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jueves, 30 de abril de 2020

Historias desde la cuarentena, 39. Detrás del tapabocas.



Antes de salir me paso delineador por los párpados y un poco de rímel en las pestañas. En estos tiempos de tapabocas los ojos son más que nunca el espejo del alma, pienso, mientras me preparo para ir a cumplir uno de los dos turnos que me toca hacer esta semana en el trabajo. Vengo, como tantos, de varias semanas de hacer tareas desde casa, sea para la oficina o para las clases del liceo, y esto de volver a ver el sol y de compartir el espacio con alguno de los compañeros, aunque sea de lejos y con los rostros a medio tapar, se parece mucho a la alegría del reencuentro. Nunca pensé que me pusiera tan contenta tener que atravesar la ciudad para estar cuatro horas frente a una computadora, pero ya ven, las cosas cambian.
Estaba a cinco minutos de salir cuando escuché un par de golpes en mi puerta. Detesto cuando alguien llama fuerte, como exigiendo atención inmediata, pero esto era diferente: un sonido bajito, discreto. Atendí por la ventana, como siempre: en la vereda había un muchacho de unos veinte años, alto, flaco y de pelo negro.
_ Disculpe, vecina. ¿Tiene basura para tirar o alguna tarea que yo pueda hacer?
Traté de disimular la tristeza, pero no sé si pude: es el segundo gurí que viene esta semana pidiendo algo para hacer. Estamos cayendo en un abismo, y yo a esto ya lo viví, en este barrio y en esta misma casa, hace 18 años.
Pensé darle algo, pero en el momento no supe qué, y solo dije:
_ No, por ahora no tengo nada…, perdoná. Que tengas suerte.
El muchacho parecía tímido, y ante mi negativa solamente sonrió, saludó y siguió su camino. Él no sabe que hay otro, el que vino ayer, que ya le ganó la clientela. El otro es lindo, es simpático y charlatán; cuando lo atiendo por la ventana me pregunta si la gata barcina es mía; me cuenta que todos los días ella lo persigue olfateando las bolsas de basura que otros vecinos le han dado para tirar y que lo tiene loco, lo cual le creo, porque a mí me hace lo mismo. El otro tiene la actitud y la energía del vendedor; no como el chiquilín de hoy, que parece bueno pero anda como sin fuerzas.
Cuando salía para la parada el muchacho tímido seguía golpeando las puertas de la cooperativa. Ahora llevaba un litro de leche en la mano, por lo menos. Me acerqué hasta él, esquivando al caniche ladrador de mis vecinos de enfrente, y le di la barrita de cereales que llevaba para acompañar el almuerzo.
_ Para que tengas algo dulce- dije, tratando de sonreír, con los ojos asomando apenas detrás de la barrera celeste del tapaboca.
_ Muchísimas gracias- sonrió a su vez, con una boca en la que le faltaban todos los dientes de adelante.
Diez minutos después voy camino a la Ciudad Vieja, sentada en el último asiento del ómnibus, tratando de no llorar para que el rímel no se corra demasiado, rumbo a mi empleo público con el sueldo asegurado.
A veces una siente que no, que las cosas no cambian.
Y ni siquiera sé con quién enojarme.

martes, 28 de abril de 2020

Historias desde la cuarentena, 38. La función de las cinco.



Había empezado a hacer mucho calor en la sala del cine; la película llevaba recién media hora de empezada cuando me encontré transpirando inquieta en la butaca. Miré hacia la derecha: Eduardo estaba tan concentrado en la trama que ni notó cuando le solté la mano y me separé de su cuerpo, buscando aire fresco. 

En la pantalla, una historia de amor adolescente. Los dos jóvenes se conocen en un tren por la Toscana, charlan interminablemente y se enamoran sin importar el tiempo ni el espacio. Él es norteamericano, ella francesa. Ambos rubios, bellos, de ojos claros. 
Mientras la historia avanza sin escollos hacia el amor infinito yo sigo moviéndome con incomodidad en el asiento. Pienso que es noviembre, casi verano, y que quizás no fue buena idea la de Eduardo de proponer que viniéramos al cine a la función de las cinco, como dos viejitos.
El muchacho yanqui, una vez abandonado el tren, le dice a la francesa que lo espere un momento en la vereda antes de meterse a la carrera en el bar más antiguo del pueblo. Ya no le queda dinero, pero va a a intentar que el anciano de ojos resecos detrás de la barra le regale una botella de vino y dos copas de cristal para celebrar con la rubia sus primeros cuarenta minutos de amor. En este preciso momento pienso que necesito un vaso de agua, pero no lo tengo. La chica en la pantalla se ve fresca, hermosa y descansada tras una larga noche en el tren. Miro de reojo a mi costado: Eduardo se está pasando un pañuelo de papel por la cara y el cuello para secarse la transpiración. La sala se va pareciendo a un sauna. Siento los muslos pegados a la butaca y la espalda empapada.

La tarde de sábado comienza poco a poco a instalarse en el casillero de las olvidables, y con ella se va tambaleando la historia de los jóvenes ilusionados cuando de pronto algo por completo ajeno a la película cobra forma ante mis ojos. Algo absurdo, inverosímil. Algo tan fuera de lugar como mi rancho de Valizas. 
La imagen aparece sin aviso y se instala en mi presente. Dejo de ver el parque y el muchacho que corre hacia su enamorada con las copas y el vino. Ya no siento calor, ni tengo a Eduardo a mi costado. La sala de cine se desvanece, y en su lugar aparecen la mesada rústica, los bancos de madera con el logo de Ikea, los caracoles de mar amontonados en las repisas y la escalera despintada que lleva al dormitorio.
¿Qué quiere ahora Valizas? ¿Por qué de repente me disuelve a Linklater, al lindo Ethan Hawke y la rubia Julie Delpy?

Muevo la cabeza para ver si puedo volver al brindis nocturno de los amantes en el parque, pero Valizas se niega a ser desalojada. Desconcertada, doy unos pasos por el piso de abajo que, como siempre, está tapado de arena. Observo los estantes, tanteo los postigos y miro por las ventanas. Voy hasta la puerta delantera y la abro de par en par. El viento de la playa me golpea, haciéndome enderezar la espalda y abrir los ojos al mar. Un olor fuerte a salitre se abre paso hasta mi cara, y por un momento cierro los ojos para concentrarme en la sensación. El sonido de las olas me envuelve, me arropa como una manta, y ya no quiero moverme ni volver. 

Quiero estar ahí. 
Quiero estar ahí. 

Empiezo a llorar sin emitir ni un sonido, y una vez que las primeras lágrimas se abren paso el dique entero se desmadra, avanza y desborda un mar de llanto. Lloro, lloro, lloro inmóvil y en silencio, mientras mi cuerpo de Valizas se despide y mi cuerpo de Montevideo se hace pequeñito y transparente, traspasado por la tormenta.

Cuando el momento termina de pasar, Valizas ya se ha ido. Vuelvo a estar en el cine y miro alrededor por si tengo que dar explicaciones, pero nadie (ni siquiera Eduardo) se ha dado cuenta de nada. Los dos rubios terminaron amándose en el parque, me parece, aunque demoro mucho rato en volver a tener los ojos secos para mirar la pantalla.

Cuando la película termina no son ni las siete. Eduardo me toma de la mano y mientras salimos de la sala propone ir a tomar algo hasta el bar que nos gusta.
_ ¿Compartimos un vino, como en la película?
_ No, muy temprano. Mejor un capuchino.
_ Tenés los ojos rojos... ¿Pasa algo?
_ No, no, nada. Vamos ahora para el bar; de repente me vinieron ganas de comer algo dulce. 

La tarde es soleada y tranquila, como siempre. Antes de salir me lavo la cara en el baño, y trato de componerme, porque ya sé cómo es esto. Estas cosas llevan su tiempo. Aún van a pasar varias horas hasta que suene el teléfono de línea de mi casa, y cuando escuche la voz de mi amigo Marcelo desde el único teléfono de Valizas contándome de la tormenta, de las crecientes de la luna llena, de las olas de quince metros y de mi rancho sucumbiendo ante el mar con un crujido, la noticia no me va a tomar desprevenida. Sé cómo son estas cosas. No las entiendo, pero son.

Cuando haya pasado media vida, cuando Eduardo ya no sea más que un recuerdo y a mí se me ocurra contar esta vieja historia para nuevos oídos, quizá les diga que por un momento fui feliz mientras estaba en mi rancho de Valizas, antes de que se fuera a vivir para siempre entre las olas. 

Historias desde la cuarentena, 37. Odisea con manzanas: ida y vuelta de Toscana a La Spezia, sin morir en el intento




1. Barga

Es la una de la mañana y el mundo exterior duerme desde hace varias horas. El viento se hace oír pese a las gruesas paredes de la casa, y es una suerte vivir en una época de calefacción generalizada.

Barga es un pueblito toscano en un valle rodeado de montañas: estamos a unos 400 metros sobre el nivel del mar. La Casa Cordati es antigua, de muros gruesos, con frescos en las paredes y con las habitaciones llenas de pinturas del signore Giordano, abuelo del veterano que la administra ahora. Queda en la Via del Mezzo, adonde llegamos hace unas horas, al atardecer. Como todos los pueblos medievales de la Toscana, Barga tiene calles empedradas, escaleras y callejones que suben y bajan y muy pocos autos (solo de los más pequeños) que apenas pueden girar en las esquinas y a veces dejan huellas de rozones contra los muros de las casas. Hay por todos lados unos gatos gordos que vienen corriendo a pedir mimos, y muy poca gente. Un silencio al que estábamos desacostumbrados, especialmente luego de pasar por Florencia y su constante hormigueo humano. Aire puro, con olor a estufa prendida al caer la noche. En el horizonte se ven las montañas nevadas, y en los techos cercanos las columnas de humo que se elevan.

2. Riomaggiore

El viaje alle Cinque Terre, sobre la costa de la Liguria, nos demandó varias horas. Teresita, Alejandro, Marila y yo íbamos de fiesta en nuestro auto alquilado, viajando entre las alturas, viendo a lo lejos los pequeños pueblitos con sus casas siempre amarillas o anaranjadas, alguna iglesia, un castillo en lo alto y un fondo de montañas que poco a poco se fueron convirtiendo en unos picos blancos altísimos y esplendorosos: los Apeninos. Desde ayer andamos con la música de Marco en la cabeza, que cantamos con cualquier pretexto. Vamos viajando como adentro de un puzzle, porque si los paisajes de de Florencia nos recordaban a las pinturas medievales, los de esta región nos llevan a las clásicas imágenes de rompecabezas con prados, agua cristalina, puentes firmes y antiguos, montañas verdes cercanas y blancas a lo lejos. Cascadas por todas partes y cientos de cañadas y arroyos de unos veinte centímetros de hondo, entre piedras blancas y aguas verdes.

No nos dan los ojos.





Ya habíamos casi agotado las provisiones de frutas y bizcochos cuando llegamos a nuestro destino en Cinque Terre: Riomaggiore, el primero de los cinco pueblos, el más chico y el más bello, construido sobre los acantilados. Nuestro acceso fue complicado dado que no se permite el ingreso con auto de quienes no residen o alquilan allí: tuvimos que dejar el vehículo a unas cuadras, por un tiempo máximo de tres horas.

Riomaggiore es colorido, lleno de pasajes y escaleras endiabladas, con muchas vueltas y recovecos. Caminamos cuadras y cuadras antes de poder ver el mar. Andábamos de procesión por los rincones del pueblo como por un laberinto, y yo me sentía como en esas pesadillas donde quiero bajar a la playa y siempre algo me lo impide. A una bajada sucedían otras, vueltas, calles encaracoladas, terrazas, y el mar que no aparecía. Por fin lo vimos, desde arriba. Tras mucho preguntar accedimos al nivel de las olas, y cuando lo encontramos resultó que cualquier esfuerzo hubiera valido la pena. Agua turquesa transparente, acantilados, botes, gaviotas, boyas, flores.

Playa de arena, sin embargo, no hay en el pueblo. Lo que sí hay es un mirador panorámico espectacular desde el que se dominan los acantilados, los botes y las olas. A él accedimos Alejandro y yo, mientras Marila retrocedía una cuadra a buscar a Teresita, que estaba sentada ante la mesa de un café, capuchino de por medio, esperando a ver si el descenso no era muy dificultoso. Al rato nos encontramos los cuatro, recorrimos algo del mirador y nos sentamos a merendar en un barcito frente al agua, donde una gata que estaba sobre la mesa se dejó desalojar sin mayores resistencias.





3. La partida

Pasado el rato decidimos que ya era tiempo de visitar el segundo pueblito de los cinco. Mientras Ale iba a buscar el auto para acercarlo, Marila y yo nos adentramos más en el pasaje que se abría a partir del mirador principal, que consistía en una larga vereda con baranda, que iba descendiendo contra el acantilado. La gata del barcito nos fue mostrando el camino, hasta que se tendió al sol entre las piedras. El paseo terminaba en una playa de piedras esféricas veteadas de blanco y negro, del tamaño de pelotas de fútbol. Era complejo caminar entre ellas, porque todo el tiempo se estaban reacomodando ante nuestros pasos; recorrimos un poquito, yo me guardé unas piedritas pequeñas y volvimos arriba. El agua estaba helada, aunque no para cuatro nórdicos, que parecían felices de bañarse en la heladera.

Por fin las tres mujeres iniciamos la vuelta, yendo al encuentro de Alejandro en un sitio acordado entre él y Marila, que son nuestros conductores designados, ante la inutilidad de las otras dos pasajeras del vehículo. Cruzamos el túnel que lleva a la estación de trenes (porque hay un tren que conecta los cinco pueblos y va al nivel del mar), hasta donde esperábamos encontrar a Ale con el auto, pero no estaba. Ninguno de nosotros tenía señal en el celular, y Tere, que es asmática, comenzaba a respirar con dificultades y a necesitar su inhalador. Me adelanté a mis amigas subiendo por una calle de repecho interminable para ver si por ahí estaba nuestro amigo, pero llevaba caminadas ya seis cuadras cuando vi que el tránsito estaba totalmente cortado porque la calle estaba en reparaciones. 

Problemas.

Retrocedí hasta donde venían caminando a paso lento Marila y Teresita, y en eso pasaron dos hombres con pinta de cincuentones pero que resultaron ser septuagenarios, y con nuestro escaso italiano les preguntamos hasta dónde les parecía que podría haber llegado Ale con el auto. Hasta el estacionamiento, dijeron, y nos invitaron a seguirlos. Dos tipos de lo más interesantes; ambos eran pilotos y habían viajado por todo el mundo. Al principio bajaron el ritmo de su caminata para acompañar el nuestro, pero en seguida yo me adapté al de ellos, mientras Marila y Tere nos seguían, cada vez más a lo lejos. En algún momento ellas dejaron de vernos, porque la calle era larguísima y llena de vueltas, con lo cual se hicieron a la idea de que Ale estaría perdido por ahí y yo secuestrada por los dos tanos, e incluso me pegaron un par de gritos, que nunca escuché.

Llegamos al fin al estacionamiento, mis dos guías siguieron su ruta hacia sus respectivos hogares, pero no había ni rastros de Alejandro.

¿E allora?

Para entonces Tere ya no podía seguir caminando, pero por suerte había conseguido asilo temporal en un hotel, cuyo dueño muy amablemente la dejó quedarse en los sillones del lobby y le dio un poco de agua. Ya estaba al caer la noche. El aire había cambiado y comenzaba a soplar un viento frío. Marila y yo caminamos hasta la entrada del pueblo e intentamos pedir ayuda a los carabinieri, pero ante nuestro precario italiano ellos no entendieron la situación y solo nos mandaron de nuevo a la estación de trenes. Decidimos que era mejor si nos separábamos: ella se quedaría allí, a la entrada del pueblo, esperando a ver si por casualidad interceptaba a Alejandro, en tanto yo desandaría el camino hasta la estación, que quedaba a unas diez cuadras. Hacia allá estaba yendo a toda velocidad, mientras pensaba que todas las películas de psicópatas comienzan con 
una noche que se acerca y un grupo de personas que se va separando inocentemente, cuando escuché un sonido que venía de la zona de Marila. Fue algo tan lejano que no logré determinar si era o no era obra de mi imaginación. Dudé si seguir hasta la estación o volver a desandar las varias cuadras ya hechas. Las piernas comenzaban a sentirse agotadas, y el aire frío se me metía por todos los poros, pero desandé el camino, por si acaso. Por suerte el grito sí era de mi amiga, que había encontrado a Alejandro. Él nos había estado buscando por todo el pueblo a las carreras mientras dejaba el auto ilegalmente estacionado, y venía con pinta de exhausto. Levantamos a Teresita del hotel del señor amable y abandonamos Riomaggiore. Ya podíamos seguir nuestro viaje, aunque el tiempo no daba para retomar el plan original de ir a otro de los Cinque Terre, así que pegamos la vuelta y pusimos proa a Barga, dejando La Spezia para volver a la Toscana.

Meses después, ya en Montevideo, nos seguirían lloviendo las multas por estacionamientos indebidos y excesos de tiempo que ese día ilusamente habíamos creído evadir. 
Pero quién nos quita lo vivido.

4. El retorno

Nos perdimos un millón de veces.

Recorrimos caminos, los desandamos, nos guiamos con mapas bajados desde el teléfono y en papel, hicimos varias veces los mismos cruces y nos empantanamos una y otra vez ante las mismas rotondas.

Eran casi nueve cuando hubo que parar a comer. Con todas las vueltas del día nos habíamos salteado el almuerzo, de manera que cuando vimos al pasar por un pueblito pequeño un cartel que ofrecía los "ravioles gratinados de la Nonna Carla", allá fuimos, aunque tuvimos que dejar el auto a un par de cuadras y caminar por la carretera, ante la total ausencia de veredas.

De los ravioles gratinados y de la Nonna Carla quedaba solo el cartel, porque en el lugarcito al que llegamos no había más que pizza, servida por dos personajes con pinta de ex-presidiarios: un veinteañero de ojos y dientes saltones con el jean roto por todas partes y una cuarentona con ojos maquillados a lo Cruela Devil, que metían miedo, pero las pizzas estaban ricas, y nosotros muertos de hambre.

Al rato de reanudar el regreso tuvimos que abandonar la autopista. Salir de ella implica, en Italia, pagar de una vez todos los peajes que habíamos atravesado en el camino. A esa altura venía manejando Marila, quien se ubicó correctamente frente a la barrera y apretó el botón para ver a cuánto ascendía nuestra deuda: debíamos abonar la módica suma de 6.60 euros. Empezamos a juntar monedas entre los cuatro, para lo cual hubo que sacar la mochila de Ale del asiento de atrás y revisar cada uno de los monederos. Juntamos todas las monedas que hallamos, las pusimos en la máquina y esperamos: aún faltaban dos euros. Para entonces estábamos demorando una eternidad en el peaje, y los tanos del auto de atrás comenzaron a tocar la bocina. Pusimos en la máquina un billete de diez euros, confiando en que el cambio nos serían devuelto, pero la máquina no lo aceptó, porque venía medio arrugado. Los de atrás volvieron a bocinar. Probamos con uno de veinte: también lo rechazó. Empezamos a entrar en pánico. Quizás estábamos lejos de la máquina y eso dificultaba la operación de poner bien los billetes. Como yo estaba en el asiento de atrás, del lado donde tenía lugar la operación, bajé del auto para acercarme al dispositivo de control, y apenas abrí la puerta se me desparramaron por el suelo de la autopista las seis o siete manzanas que llevábamos para el desayuno del día siguiente. Empecé a levantarlas, en medio de los bocinazos de los tanos, mientras la máquina del peaje repetía con tono de desesperación una suerte de interminable letanía: "Usted no puede descender del vehículo. Usted no puede descender del vehículo. Usted..."

En cierto momento de iluminación, entre la histeria, las manzanas y los bocinazos, la cosa aceptó uno de nuestros billetes, nos dio el cambio, se abrieron las barreras y salimos de la autopista como quien acaba de ser admitido en el Paraíso.



5. Hogar, dulce hogar

Llegamos a nuestro pueblo silencioso y vacío alrededor de las diez y media de la noche, pero la jornada no podía terminar con una sensación general de agotamiento, de manera que mientras Tere se reponía en la Casa Cordati los otros tres nos tiramos hasta un barcito cercano, a tomar algo que nos reconfortara por igual el alma y el cuerpo. Barga es un sitio tranquilo y sin noche; casi no quedaba ningún sitio abierto. Por suerte caímos en lo de Aristo, un lugar minúsculo y de película atendido por un chico veinteañero, una señora cincuentona y un duende de edad indefinida, muy bajito, de barba blanca y ojos azules. El duende (don Lorenzo), con su gorro negro de chef y su chaleco a cuadritos de personaje de cuento, nos explicó en qué consistía cada trago, respondió las preguntas que le hicimos sobre las fotos y los instrumentos musicales que decoraban el lugar y charló un rato con nosotros sobre la vida del pueblo. Nos contó de un tenor uruguayo que visita Barga dos por tres: Marcelo Guzzi, que suele acompañar a Andrea Bocelli y que un día de estos, como su padre se lo pidió, cantó frente al mismísimo restaurante de Aristo. Al principio había dos o tres personas porque era a media tarde, a la hora de la siesta, nos contó el duende con su voz de anciano sabio, pero cuando empezaron a sonar las canciones y su voz se fue adueñando de las calles y los espacios pronto se congregó una multitud y fue emocionante ver correr las lágrimas en los ojos de los viejos, conmovidos por la belleza de su canto.






La noche del regreso de los Cinque Terre nos conformamos con tomar unas grappas y moscatos, pero a la siguiente los cuatro cenamos en lo de Aristo sopa de lentejas con torta de queso, tomate y berenjena, y unas tortas caseras de postre que añoraremos cada día de nuestras vidas. De despedida el duende nos invitó con una ronda de vino de la zona, el "vin santo", que es dulce y delicioso, y al rato, cuando ya nos íbamos hubo otra vuelta por cuenta de la casa, esta vez de un licor de chocolate tan espeso y espectacular que era de limpiar la copa con el dedo, literalmente.

Y es por eso que ya estamos haciendo planes para irnos a vivir a Barga.




domingo, 26 de abril de 2020

Historias desde la cuarentena, 36. La última va por vos


La noche estaba demasiado linda como para encerrarse. Todos queríamos hacer vereda, pero en Las Flores solo había dos mesas libres, cada una para cuatro personas, separadas por varios metros de distancia. Nos miramos con los compañeros del taller: éramos demasiados, aunque quizás moviendo una de las mesas y arrinconándola junto a la otra se podría llegar a una solución. No necesitábamos mucho espacio, solo queríamos tomar algo y compartir unas pizzas.

_ Disculpá- le dije al mozo, un veterano de uniforme negro que estaba parado inmóvil y con rostro inexpresivo al lado de la caja registradora- Somos nueve. ¿Nos podemos quedar afuera?

_ No. -respondió, cortante, antes de dar media vuelta y empezar a secar un par de vasos sobre el mostrador.

Volvimos a mirarnos, derrotados. No había habido explicación, propuesta alternativa ni mirada de disculpa. Solo un rechazo claro y contundente: acabábamos de ser devueltos a la calle.

_ ¿Por qué todos los mozos de los bares que están buenos tienen que ser tan fucking garcas? - preguntó uno de los nuestros ya comenzando a caminar para ver si encontrábamos otro lugar, uno que tuviera sillas en la vereda y donde no resultáramos invisibles.

_ ¡Es verdad! Todos. Sobre todo los veteranos. -respondió una chica rubia, de lentes.

_ Y lo peor es que uno sigue yendo.- siguió el primero- Yo no sé si es porque el bar está bueno o porque nos gusta que nos traten así.

_ ¿Así cómo? -preguntó un veinteañero que siempre caminaba a los saltitos, pero ya no escuché la respuesta. Me había rezagado en la modesta caravana que avanzaba ahora por Pablo de María; la vereda era angosta y no admitía más de dos personas a la vez. Algo de la escena me había quedado dando vueltas en la cabeza, una reminiscencia que subía desde lo profundo de la memoria, pero demoré un par de minutos en lograr enfocarme y recordar, hasta que lo vi.

Era Julio.

Hubo una época larga de mi vida en que pasé todas las noches de lunes a jueves y de marzo a noviembre en el Periplo, un viejo bar que era a la vez un bar de viejos, en la esquina de Martí y Benito Blanco. El Periplo era el punto obligado de peregrinación para quince o veinte fieles que lo visitábamos diariamente a la salida de Bellas Artes a las diez y nos quedábamos hasta alrededor de medianoche, según a qué hora saliera el último ómnibus de cada uno. Ocho mesas adentro y ocho afuera, barra de madera, botellas polvorientas en los estantes: el Periplo no precisaba de fotos autografiadas ni de cuadros de Gardel en sus paredes. Tampoco había música, ni tragos elaborados. Solo bebidas, pizzetas y a lo sumo un pote con manicitos, si Julio quería.

Eternamente de camisa blanca y moñito negro, Julio era un veterano regordete, de bigote y pelo teñidos, que andaría por los cincuenta y tantos, o quizás sesenta años. Era el único mozo del Periplo, atendía a todo el adentro y el afuera. Durante el día el bar tenía unos pocos habitués, todos hombres, probablemente del barrio. No eran más de seis o siete veteranos, que se pasaban las horas sentados con una grapa en las mesas de la vereda viendo cómo caía la tarde sobre la playa y cómo se iba yendo la luz, con el ruido infernal del tránsito de Benito Blanco como sonido de fondo. Con ellos Julio era amable y considerado, tal vez porque no complicaban su accionar y dejaban buenas propinas. Por la noche, en cambio, los estudiantes de la Escuela caíamos en masa a armar cada vez un mapa diferente de amistades, cambiando la disposición de las mesas y dificultando el paso entre las sillas. Consumíamos poco, gritábamos mucho, andábamos siempre con la plata justa. Queríamos solucionar el mundo, y el Periplo era nuestra sala de sesiones.

_ ¿Ya vienen por acá? ¿Ustedes no faltan nunca? ¡Qué cruz, dijo Fierro!- solía ser la bienvenida por parte del mozo.

_ ¡Hola, Julio! Tres grappamieles sin hielo, una cerveza y manicitos, si podés…

_ Manicitos, manicitos… ¡Esta les voy a dar! -decía con cara de pocos amigos, resoplando y dando media vuelta hacia la caja donde Artigas, el encargado, se ocupaba de administrar las bebidas y los tickets.

_ Ahí tienen. -tiraba los vasos y el pincho con la cuenta sobre la mesa. -No pidan más. Hoy no hay maní. ¿Por qué tengo que aguantarlos todos los días, no tienen otro bar adonde ir?

_ Dale, Julio, no rezongues… ¡Si vos nos querés! - le decíamos.

_ ¡Qué los voy a querer! Rezo cada día para que no vuelvan, pero ustedes… ¡Ay, dios, qué cruz! – y se iba, con la bandeja plateada en una mano y el trapo blanco sobre el hombro, como si alguna vez limpiara las mesas.

Una noche le tuve miedo. Era un secreto a voces que cada vez que servía un Usher en nuestra mesa Julio volcaba una medida a escondidas para él, en un vaso extra que dejaba entreverado con los otros, por si se daba la ocasión. Artigas estaba enfrascado en los asuntos de la caja y nunca se daba cuenta, o al menos no decía nada. Julio lo iba tomando con disimulo, de a traguito, y parecía ponerse más cascarrabias, pero solo parecía. Los ojos se le empezaban a achinar y hasta se mandaba algún chiste, sin que se le fuera el rictus de malhumor constante de la cara. La noche en que me asusté fue cuando sin querer le di un codazo a su vaso, lo volqué y el whisky fue a parar a la mesa y al piso. Al escuchar el ruido Julio se dio vuelta y me miró como si estuviera a punto de entrar en ebullición. Vino hasta nosotros, apoyó las manos en la mesa y los ojos se le pusieron saltones, con unos hilos de sangre en cada esquina. No dijo una palabra; solo se quedó ahí, mirándome, en un silencio que duró una eternidad. Yo me fui haciendo chiquitita, hasta que pude tocarle la mano y con un hilo de voz le pedí que trajera otro whisky, que yo lo pagaba. Ahí se le descongestionó la cara en un segundo, se puso de nuevo el trapo blanco al hombro y con la voz de todos los días le gritó a Artigas que salía un whisky para la mesa de Bellas Artes, que ya le tenía las bolas llenas.


_ ¡La puerta libre, la puerta libreee!- se escuchaba veinte veces por noche su grito desde el mostrador si había quienes dudaban entre entrar o instalarse en la vereda. "Nuevitos" pensábamos los habitués, conocedores del mandato que Julio repetía eternamente y que todos obedecíamos. 

_ El otro día me lo encontré en el Umbral de la Noche, después de que cierra el Periplo- me contó una vez Alejandra, una de las compañeras de la Escuela. -Estaba medio en pedo, no conseguía que nadie le diera bola y se puso a charlar conmigo. Dice que en realidad nos adora, que se divierte peleando pero le caemos bien. Él tiene dos hijos de nuestra edad, pero no los ve. Cosas de familia, parece. No me quiso contar mucho.

“Yo sabía que nos querías, viejo loco”, iba pensando una noche, tiempo después, mientras volvía a casa al caer la tarde y no sé por qué andaba medio perdida en los recuerdos. 

El Periplo ya hacía meses que había cerrado para siempre. 
Julio se murió un día antes.
Hacía pila que no pasaba por la esquina de Benito Blanco y Martí, y al verla desde la ventanilla del 405 me golpeó el vacío de la vereda sin mesas y las cortinas de metal de lo que había sido el Periplo cerradas y en silencio. “Julio, la última va por vos!” había grafiteado alguien con aerosol negro sobre la puerta, y yo me puse a llorar como una idiota en el medio del ómnibus, hasta que la chica del asiento de al lado me ofreció un pañuelito descartable para que me secara los ojos.

Desde entonces han pasado años, bares y mozos, y no, ahora no estoy llorando, por lo menos no por afuera. Levanto la cabeza; los compañeros del taller acaban de encontrar un bar que parece dispuesto a dejarnos quedar en la vereda. Sacudo las imágenes del pasado y la memoria: es tiempo de pedir algo para tomar y empezar otra vez a pensar cómo solucionar el mundo.

sábado, 25 de abril de 2020

Historias desde la cuarentena, 35. Digamos que.




Digamos que eran las tres de la tarde y que las dos mujeres charlaban animadamente. La veterana de pelo corto y lentes había llegado sofocada de calor hacía media hora, cargando en una bolsa negra los huesos de su madre. La dueña de casa, su sobrina, era quien iba a llevar la urna a Cerro Largo para juntar esos restos con los del hombre que durante setenta y seis años había sido su marido.


Apenas llegó la visita ambas mujeres se ocuparon de depositar la urna con sumo cuidado en un estante del galpón, del cual cerraron la reja al salir. La estadía de los huesos en la casa iba a ser transitoria, y ni el viaje de la tía en un 195 desde el Cementerio del Norte ni el que haría la sobrina en un ómnibus de Núñez hacia Río Branco con la urna en un bolso les producía demasiada impresión. Son cosas de la vida y de la muerte, que a todos nos van a tocar.


De cremaciones y reducciones, de cuerpos envueltos en bolsas negras y de ataúdes tapados de cucarachas estaban conversando las dos en medio de un café acompañado de una bandeja con galletitas surtidas cuando la más joven, para cambiar de tema, preguntó a la otra cómo se sentía en su nueva casa.
_ ¿Te adaptaste bien?
_ ¡Ah, bárbaro, sí, por suerte!- respondió la tía, mientras elegía la más grande de las galletitas rellenas- Estoy muy cómoda. La casa da al frente, tengo pila de espacio, es preciosa y la dueña vive al fondo, así que estoy acompañada.
_ Me alegro, Tita, me alegro pila.
_ El único problema es que siento cosas. Hay algo en esa casa, ¿sabés?
_ ¿Eh?
_ Sí, no sé… De noche escucho ruidos, como estrallos, todo el tiempo, y dos por tres me despierto por un par de golpes en mi mesa de luz, del lado izquierdo de la cama. Así. -dijo, golpeando el armario del costado para ilustrar la intensidad del sonido.
Ante el ruido la sobrina pegó un salto en su sillón, pero enseguida disimuló como si la hubiera picado un mosquito.
_Ahí hay algo, una presencia. Yo la siento, Lela, te juro. Hay alguien en esa casa, especialmente en el baño.- concluye la señora, eligiendo ahora una galletita de chocolate con baño de frutilla.
_ Pará..._ pide la Lela mientras toma un trago largo de café para asimilar mejor lo que había creído escuchar.- Vamos de nuevo. ¿Qué dijiste?
_ ¡Te juro que hay alguien, m´hija! Los otros días me estaba bañando y sentí un golpe en el pecho, como que me dieran un empujón. Apenas tuve tiempo de decir “¡Jehová!” y agarrarme de la canilla, o me caía para atrás. La semana pasada fue peor: llegué de la calle y encontré un rastro de gotas de sangre desde el baño hasta la cama. Unas gotas enormes, las tuve que limpiar con detergente.
_ Oíme, capaz que te entró un bicho. Un gato lastimado, una rata…
_ Eso pensé yo, pero no. No tengo nada abierto, todas las ventanas tienen rejas y mosquitero. Incluso me asusté porque pensé que se me habría metido una víbora por los caños, pero revisé por todos lados y no había ningún bicho.
_ Che, Tita, ¿y vos no te estarás volviendo loca?
La pregunta era una broma, y las dos se rieron. La Lela sabía perfectamente que su tía a los sesenta años estaba tan lúcida como siempre lo habían estado todas las mujeres de su familia, y que pese a usar lentes desde chica era incapaz de confundir un rastro de sangre con una mancha de comida o de pintura. Si ella decía haber visto sangre, era sangre. Pero había que racionalizar, y pronto. La zona borrosa de los miedos le era familiar a la Lela desde la infancia atravesada por historias de fantasmas justicieros y de almas en pena asesinadas para ser luego enterradas en sótanos improbables, pero desde que vivía sola aquellos cuentos habían empezado a no ser saludables para su buen dormir y mejor descanso. Tal vez los ruidos que la Tita escuchaba en la noche eran propios de una construcción vieja, con muebles quejosos. Los supuestos golpes en la mesa de luz podían ser ruidos de la dueña de casa, una octogenaria que quizás no estaba tan bien como parecía, vaya una a saber. Siempre hay explicación para todo.
El problema era que esa tarde la tía estaba embalada, y parecía no haber racionalización posible.
_ Eso no es todo, pará que hay más. Otro día entré a la casa y una cigüeña de madera enorme, así de alta, que tengo contra una pared, estaba tirada en el piso y degollada.
_ ¡No me digas que esa vieja de mierda te rompió un adorno!
_ Yo no sé si fue ella.
_ ¿Pero tiene llave de tu casa?
_ Vos sabés que capaz que tiene; yo tendría que haber cambiado la cerradura cuando me mudé. La de la inmobiliaria me dijo que lo podía hacer pero al principio, con todo el lío de la mudanza, me fui olvidando. Después pasó el tiempo y se me fue de la cabeza.
_ ¡Ah, pero vos estás regalada! Tenés que cambiar ya esa cerradura. Y otra cosa que podés hacer _agregó entusiasmada la sobrina, gran lectora de novelas policiales_ es dejar un hilo metido en la puerta, algo que delate si te la abrieron mientras estuviste fuera. ¡No: ya sé! Antes de salir tirás disimuladamente algo de harina en la entrada, a ver si quedan huellas. Es una pavada; mirá.
Uniendo la acción a la palabra se levantó, buscó el frasco de la harina en la cocina, volvió con él al living donde tomaban el café y esparció un puñadito por el piso. Quedó una fina capa blanca poco visible en el piso de portland lustrado que daba inicio a la escalera. Una vez hecho esto ambas se quedaron mirando su obra con interés casi científico.
_ Para mí que eso no funciona.- murmuró la Tita, moviendo la cabeza.
Había que probar el dispositivo. Hicieron caminar sobre la harina a la gata de la casa, no sin cierta decepción, porque la pisada de gato es sutil y difícil de percibir. Pero cuando la Lela dio un par de pasos por la zona marcada las huellas quedaron, ahora sí, bien visibles. Tal vez demasiado visibles. El plan debía ser ajustado: habría que tener cuidado de no volcar mucha harina, porque la octogenaria tiene una vista de lince y se puede avivar.
_ Che, Tita… ¿Y quién puede ser ese fantasma del baño? ¿Se murió alguien en tu casa?
_ Por lo que sé sí, debe ser la madre de la vieja, que vivió ahí antes de que yo me mudara. Era muy longeva: llegó a cumplir los 105.
_ Mmmh… No, no. Tiene que ser alguien más joven y que muriera violentamente, por lo de la sangre… La viejita no me sirve. ¿Algún marido? ¿La dueña de tu casa estuvo casada?
_ Sí, tres veces. Justo los otros días la peluquera, que no la banca, me dijo “Ah, esa mosquita muerta ya mató tres maridos…”
_ Ta. Listo. Es un marido que la vieja asesinó en la bañera.
_ ¿Te parece?
_ ¡Y, sí! Los ruidos y cosas rotas, vaya y pase. Incluso lo de la sangre, porque capaz que ella esté entrando en tu casa de puro loca y haciendo cualquier cosa, pero… ¿Y la sensación de que hay una presencia? ¿Y el empujón de la ducha?
_ No sé. Menos mal que yo soy creyente y rezo todos los días. Incluso le pedí a la Susana que me ayudara, como es pastora… Ella me enseñó unas oraciones y me dio unas piedras bendecidas. Desde que las puse en la casa las cosas están mejorando, pero igual hay ruidos y eso.
_ Así que capaz que la vieja mató a tres maridos… _ murmuraba la sobrina, como hablando consigo misma._ ¿Qué apellido tiene, sabés? La podemos buscar en internet, o mirar por la calle de tu casa, a ver si aparece algo.
La tía le dijo la dirección de la casa, en Belvedere, y acto seguido la Lela fue hasta la mesa de la cocina. Estuvo sumergida en la pantalla por un rato, antes de volver al sillón con el fracaso pintado en los ojos.
_ No, en esa dirección no aparece ningún crimen. ¿Y si buscamos por el apellido de la vieja? ¿Cómo se llama?
_ Le dicen Beba, el apellido no sé… Era enfermera.
_ ¿Era enfermera? ¡M’hija, entonces sabía bien cómo matarlos, está clarito!
_ Sí… Además una cosa rara es que hace años que cerró el sótano que había bajo la casa del frente, que es donde estoy yo.
La Lela levantó la mirada de la pantalla y se quedó observando a la otra con expresión de incredulidad.
_ ¿Un sótano? ¿Jodeme que te tocó una casa con sótano, y encima cerrado? ¡Pero no se puede creer! ¿Otra vez?
_ ¡Sí, otra vez! Pero en la casa de Mamá nunca comprobamos si había sótano o no, ni si habían enterrado un cadáver, y si había uno era el de una mujer, y nunca nos hizo nada, pero acá es distinto. Yo no sé qué hacer. No me quiero ir, pero en junio se me vence el contrato…
_ Yo me iría apenas pueda. Mirá, en principio, cambiá la cerradura y tirá un poco de harina a ver si la vieja te está entrando cuando te vas. Y con el fantasma… ¿Y si llamás a alguien que se dedique a esto?
_ Yo qué sé.
_ La verdad, yo tampoco sé.
_ ¿Qué hora es, m´hija? ¡Uy, ya me tengo que ir!- dijo de golpe la tía, poniéndose de pie- Mi nieta está por salir del patín y tengo que ir a buscarla.
La sobrina la acompañó hasta la puerta.
_ Bueno, suerte, che. Después contame, y averiguame el apellido de la vieja, a ver si encontramos algo en las policiales, aunque sea una historia de hace muchos años. Ah, y sacale algo más a esa peluquera, a ver qué sabe.
_ Lo hago, lo hago. Bueno, chau, Leli, nos vemos. Me voy o llego tarde y mi nieta me mata.

La Tita se fue con paso apurado por el repecho rumbo a la avenida, al tiempo que la sobrina llamaba a su propia madre para actualizarle las noticias, no de los fantasmas sino de los huesitos de la abuela reposando ahora en el galpón del fondo, prontos para ir a juntarse con los del viejo en unos días.
_ No te vayas a quedar con miedo._ le pidió la madre desde el otro extremo de la llamada_ Mirá que la de la urna es Mamá, y Mamá nunca va a asustarte.
_ No, ya sé. La vieja más bien me protege, no te preocupes.
_ Sabés que cuando me traje los restos de Papá para acá, hace como diez años, tuve la urna en casa un par de días y cada vez que entraba me parecía verlo sentado a la mesa de la cocina. Ni comer pude en esos días.
Mi madre pintada de cuerpo entero, pensó la Lela. Como mandada a hacer para decir siempre lo más inoportuno. Pero disimuló al teléfono y continuó hablando con la voz más tranquila que pudo.
_ Bueno, listo, te aviso cuando saque el pasaje.
_ No te olvides de traerme a Mamá.
_ No, no me olvido.
Después de cortar la Lela se quedó con el teléfono en la mano, pensando que la suya siempre había sido una familia un tanto peculiar. Mordisqueó la última de las galletitas de chocolate que habían quedado en la bandeja, se sirvió un poco más de café y decidió que a alguien iba a llamar, aunque fuera a un ex de esos que no se lo merecen, porque esa noche no se iba a quedar sola en la casa, por las dudas.
Digamos que por las dudas.

miércoles, 22 de abril de 2020

Historias desde la cuarentena, 34. El hombre alto.



Había llovido mucho ese jueves; las calles del barrio estaban todas desbordadas. Por el momento el chaparrón había parado, pero un torrente de agua sucia mezclada con hojas secas y papeles de caramelos serpenteaba contra los cordones dificultando todo intento de cruce. En las veredas una cuadrilla invisible de baldosas flojas jalonaba de trampas el camino de los peatones que tratábamos de llegar a alguna parte.
Estaba cayendo la noche cuando pasé por el boliche. Lo vi vacío y decidí quedarme. No tenía mayores motivos: ni hambre, ni aburrimiento, ni esperanza de encontrar a nadie. Especialmente esto último: no había amigos que desafiaran esa tarde la tormenta a cambio de un rato de café y de charla, pero la lluvia parecía a punto de largarse otra vez sobre las calles y el lugar estaba seco, así que entré.


Afuera los relámpagos empezaban a contrastar con las sombras de la calle, pero solo de vez en cuando me llegaba el eco de algún trueno: el ruido de la máquina del café y el televisor con el informativo puesto a todo volumen eran suficientes para amortiguar cualquier sonido. Antes de sentarme traté con relativa inutilidad de sacudirme la lluvia, aún adherida al buzo de lana. El veranillo de San Juan parecía oficialmente cancelado a partir de esa tarde; estaba empezando a refrescar y ya podía ir presagiando un estornudo inicial y varios días de narices acuosas en mi futuro cercano.
_ Buenas. ¿Ya sabe lo que va a pedir? – resonó la voz del mozo a mi derecha.
Era un veterano regordete de bigote oscuro, camisa blanca de manga corta y moñito negro prendido con alfiler.
_ Hola, sí: un cortado, gracias. Con edulcorante. – respondí mecánicamente, mientras trataba de secarme un poco la cara y las manos con servilletas de papel.
El mozo me miró con aire reprobatorio, como si fuera una herejía utilizar sus servilletas a modo de toalla. Por un momento pareció a punto de decirme algo, pero se contuvo.
_ ¡Artigas! ¡Sale un cortado! – gritó dando media vuelta, dos segundos antes de desaparecer detrás de la barra.


Ya en condiciones anímicas de explorar los efectos de la lluvia en mis pertenencias, abrí con sumo cuidado mi mochila. La computadora no parecía mojada, pero un fajo de escritos de mis alumnos había recibido algo más que un par de gotas. Los deposité sobre la mesa: la cosa no parecía grave, nada que un rato de sol o de aire acondicionado no pudieran solucionar. Los estaba sacudiendo un poco, con ese gesto inútil de quien sabe que algo se le fue de las manos, cuando escuché junto a mi mesa una voz que no era la del mozo.
_ Hola, profe.
Levanté la mirada, porque el que hablaba era alto; llegué hasta su rostro y me quedé sin palabras. Dejé los escritos sobre el mármol de la mesa y debo haber tragado saliva, aunque no articulé ningún sonido.
_ ¿Usted sabe quién soy? – preguntó con un tono en el que me pareció percibir un leve dejo de inseguridad. El hombre tenía unos cincuenta años; era delgado, de rasgos fuertes pero armónicos, y me observaba con una seriedad no exenta de simpatía. Nos quedamos en silencio durante un par de segundos, hasta que encontré la forma de responder sin que la voz me temblara.
_ Claro que sé.
_ ¿Y qué es lo que sabe?
_ Que sos profesor, o lo fuiste. Que hace poco te jubilaron, que te fuiste a otro barrio y llevaste a tus amigos. A los tres.
Él no respondió. Se quedó mirándome, como si hubiera esperado otra reacción de mi parte. Por fin abrió la boca y murmuró algo que coincidió con un silencio del informativo y resbaló sobre las mesas no muy limpias y las sillas vacías del boliche:
_ Todo es diferente ahora, ¿sabe? Ya no duermo en la calle. Puedo bañarme.
_ Ah, qué bien. - respondí- Yo también me baño, pero no siempre. Depende del frío.
Hubo un amague de sonrisa en sus labios, que no terminó de definirse. Movió la cabeza y bajó los ojos durante un momento, que aproveché para echarle un vistazo.
Nunca supe su nombre, para mí era el Alto. Era evidente que había sido un hombre atractivo, lo fue mientras vivió en la calle y ahora la ropa nueva y un aire general de limpieza no habían llegado a cambiarlo del todo. Se había cortado el pelo, pero aún se le armaba un principio de rulos grises sobre la frente. La voz era grave y reposada.
_ Me está tomando el pelo, profesora.
_No, no. Para nada.


El mozo apareció en ese momento para dejar el cortado, lo miró como para preguntar algo y se fue sin articular palabra. Se había olvidado del edulcorante, pero la noche no estaba como para andar reclamando pequeñeces, así que vacié un sobre de azúcar en el vaso y empecé a revolver sin ruido, cuidando que la leche no se derramara.
_ ¿Querés sentarte? - ofrecí. El Alto se desplomó en la silla de enfrente y durante un rato largo permaneció mirando por la ventana. Parecía haberse ido.
_ Siempre me pareciste interesante- quise decir, pero continué revolviendo el cortado sin pronunciar una palabra.


En realidad nunca supe gran cosa ni del Alto ni de sus amigos. Ellos eran solo unas presencias habituales a la entrada y a la salida de mi trabajo. Los primeros años me acostumbré a verlos sentados en los bancos de la vereda, siempre juntos y sin meterse con nadie, con esa condición imperturbable que da el vivir en la calle y dormir en las escaleras de un liceo. Ajenos a los gritos de los gurises o a las puteadas de las limpiadoras cuando llegaban por la mañana y había olor a pichí en los rincones de la entrada del edificio. Ajenos a todo; ellos vivían lejos, muy lejos de todo. Supongo que eran cuidacoches, pero al no tener auto eso no me quedó muy claro. Siempre los vi inmóviles, como haciendo tiempo. No sé para qué.


Una mañana en que entraba temprano, el primer año en que di clases en el liceo , fui de las primeras en llegar. Iba subiendo la escalera cuando encontré un libro viejo tirado junto a la puerta principal. Lo levanté y le di una mirada por arriba: era un análisis de las coplas de Manrique, una edición española con pinta de seria a la que le faltaban la contratapa y algunas hojas del final.
_ Mirá lo que acabo de hallar- le dije al Subdirector, que en esa época era un profe de Historia pachorriento y barbudo. -No tiene sello de biblioteca, y hace años que nadie da Manrique en el liceo; ¿de dónde habrá salido?
_ Debe ser de los que duermen en las escaleras. – me contestó el Sub- Ellos siempre están leyendo.
_ ¿Te parece?
_ Sí, sí, no te creas...- agregó al ver mi expresión de sorpresa. - Hay uno que es profesor de Filosofía. Yo dos por tres les paso cerca, y cuando escucho lo que hablan veo que tienen las tales discusiones. Discusiones en serio, ¿eh? ¡No sabés todo lo que saben!
_ ¡Ah, mirá! No tenía idea- le dije, pero no era cierto, o no del todo. Yo nada sabía de ninguno de esos hombres estatuas, pero el Alto tenía más o menos mi edad, y a mí me sonaba de algún lado. Quizás del IPA, o de Humanidades; tal vez de las tardes heladas en Cinemateca viendo películas de imágenes difusas y sonidos entrecortados, no sé, pero yo a esa cara ya la tenía vista.

Desde el día de la charla con el Subdirector más de una vez me había encontrado tratando de armar la historia del profesor devenido en cuidacoches. Era como un juego, un invento de narrador que imaginaba cómo era, qué le había pasado, qué lo llevó a la calle. A veces era una tragedia personal; otras, una rebeldía desencaminada. A veces el padre era militar y pretendía que él siguiera sus pasos. O se le había muerto un hijo, o no había sabido manejar un desamor. En esas divagaciones se iban yendo los meses y años, y no parecía imposible continuar tejiendo historias hasta el infinito. Un par de días por semana los cruzaba a los cuatro al aprovechar la hora puente para ir a la panadería de la otra cuadra, o al ir hasta lo de los chinos a comprar arrolladitos primavera antes de empezar las horas de la Coordinación.
De sus amigos no recuerdo ni una cara.
Él me esquivaba la mirada, pero no siempre.


Este año ya llevábamos como tres semanas de clase cuando tomé conciencia de que los cuatro habían desaparecido. Fue una mañana en que vi a alguien durmiendo en la vereda sobre la puerta del costado y me encontré pensando que había un intruso, porque no era uno de ellos.
_ Se fueron.- dijo el Subdirector cuando pude preguntarle- Al que era profesor le salió la jubilación, y alquiló algo en un barrio, lejos del centro. Se los llevó a todos con él, o al menos eso me dijeron. Y capaz que lo que le dieron fue una pensión, no lo tengo claro.


Afuera la lluvia acababa de largarse con fuerza una vez más. Terminé de tomar el cortado y eché una mirada alrededor. Dos muchachos empapados entraron riéndose fuerte, y se instalaron junto a la barra. En el televisor, terminado el informativo, había comenzado un programa de entretenimientos, en tanto el mozo pareció olvidarse por completo de nuestra presencia, seguro de que no nos íbamos a mover de la mesa mientras no escampara el diluvio de afuera.
Me sorprendió escuchar la voz del Alto, cuando ya lo creía perdido del todo en el silencio.
_ Fue una noche larga, ¿sabe? Una noche de años. Y todo era igual. Ahora a veces los días son diferentes. A veces.
Yo no supe qué contestar; hubo un silencio interminable, hasta que en cierto momento el Alto pareció despertar de un sueño entreverado y movió la cabeza como para despejarse o para barrer algún retazo de oscuridad. Fue ahí que se acomodó en la silla y enderezó la espalda. Por encima de la mesa vi que me extendía la mano.
_ Hola, profe. Yo soy Marcos.
_ Marcos. -sonreí, estrechándola- Me llamo Mariela.
_ ¿Mariela? Tengo una hermana que se llama como vos. Vive en San Pablo, hace una vida que no la veo...
Se quedó unos instantes mirando llover a través de la ventana y temí que volviera a refugiarse en el silencio, pero volvió.
_ Está bravo afuera, y acá se está bien, ¿no? Voy a pedir un café. ¿Querés otro cortado?
_ Sí. -dije, guardando en la mochila los escritos, que ya se habían secado. - Y capaz que una muzzarella. ¿Te parece?
_ Para empezar, sí. Me parece. Me parece muy bien.

lunes, 20 de abril de 2020

Historias desde la cuarentena, 33. Una cosa fría que me pasa por el cuello





Ocho de la noche: llamada de mi vieja.
Alerta.
Los horarios de mis padres son tan tempraneros que a esta hora ya tendrían que estarse durmiendo, y nunca me llaman después de las cuatro o cinco de la tarde.
Atiendo medio con miedo, porque ayer me enteré de que el coronavirus llegó a Yaguarón, ahí nomás, a 20 km de la laguna. De todos modos el tono del "Hola, Mari" inicial ya me dice que la cosa no está relacionada ni con enfermedad ni con accidente. Es el tono de mi vieja cuando quiere contarme algo.
_ ¿Sabés por qué te llamaba? Una pavada que pasó ayer de noche, bah, de madrugada. Estaba durmiendo, de repente me despierto por un movimiento en la cama, como de bicho, y siento una cosa fría que me pasa por el cuello.
_ ¿Eh?
_ Sí, algo me estaba pasando por el cuello y como yo me moví el bicho se asustó y me picó en la yugular. ¡En plena vena!
_ ¿Una víbora???
_ No: un ciempiés. Yo al principio pensé que era una víbora y pegué el salto, pero cuando prendí la luz lo vi correteando entre las sábanas. Llenos de patas, como de ocho centímetros, horrible. Lo maté y lo puse en una cajita, por si me preguntaban qué era.
_ ¿Y la picadura?
_ Fa, me ardía pila, pero el tema es que yo no sabía qué hacer, si daba para ir a Río Branco o si se me iba a pasar. Desperté al Cele, agarré todo por las dudas, pero ta, medio que se me fue pasando, y a final me dormí. Me quedó una mancha como de quemado, y me ardió pila de rato. Hasta ahora tengo la marca, qué bicho de mierda. Pero la enfermera, cuando se lo mostré hoy en la policlínica, dijo que mortal no era, por lo menos.
_ Es que ese pueblo de ustedes esta lleno de bichos...
_ No... Ah, y no sabés lo que cazaron los gatos hoy: un alacrán gigante!!! Estaba ahí, al lado de la puerta, nunca habíamos visto uno tan grande.
_ Tené cuidado, que son venenosos, aunque no te maten.
_ Sí. Bueno, Mari, era eso, te dejo, que descanses.
_ Vos también. Haceme el favor y revisá bien tu cuarto antes de acostarte.
_ Sí, sí. Ta mañana.
_ Ta mañana.