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jueves, 7 de noviembre de 2019

La función de las cinco



Había empezado a hacer mucho calor en la sala del cine; la película llevaba recién media hora de empezada cuando me encontré transpirando inquieta en la butaca. Miré hacia la derecha: Eduardo estaba tan concentrado en la trama que ni notó cuando le solté la mano y me separé de su cuerpo, buscando aire fresco. 
En la pantalla, una historia de amor adolescente. Los dos jóvenes se conocen en un tren por la Toscana, charlan interminablemente y se enamoran sin importar tiempo ni espacio. Él es norteamericano, ella francesa. Ambos rubios, bellos, de ojos claros. 
Mientras la historia avanza sin escollos hacia el amor infinito yo sigo moviéndome con incomodidad. Pienso que es noviembre, casi verano, y que quizás no fue buena idea la de venir al cine a la función de las cinco, como dos viejitos.
El muchacho yanqui, una vez abandonado el tren, le dice a la francesa que lo espere un momento en la vereda y se mete en el bar más antiguo del pueblo. Va a intentar que el anciano de ojos resecos  detrás de la barra le regale una botella de vino y un par de copas de cristal para celebrar sus primeros cuarenta minutos de amor. En este preciso momento yo necesito un vaso de agua, que no tengo. La chica en la pantalla se ve fresca, hermosa y descansada tras una larga noche en el tren. Miro de reojo a mi costado y veo cómo Eduardo se pasa un pañuelo de papel por la cara y el cuello para secarse la transpiración. Siento los muslos pegados a la butaca y la espalda empapada. La tarde de sábado se va poco a poco instalando en el casillero de las olvidables, y con ella la historia de los jóvenes ilusionados cuando, de pronto, algo por completo ajeno a la película cobra forma ante mis ojos. Algo absurdo, inverosímil. Valizas. 
Mi rancho de Valizas aparece sin aviso y se instala en mi presente. Dejo de ver el parque y el muchacho que corre hacia su enamorada con las copas y el vino. Ya no siento calor, ni tengo a Eduardo a mi costado. La sala de cine se desvanece, y en su lugar aparecen la mesada rústica, los bancos de madera con el logo de Ikea, los caracoles de mar amontonados en las repisas y la escalera despintada que lleva al dormitorio. ¿Qué quiere ahora Valizas? ¿Por qué de repente me disuelve a Linklater, al lindo Ethan Hawke y la rubia Julie Delpy?
Muevo la cabeza para ver si puedo volver al brindis nocturno de los amantes en el parque, pero Valizas se niega a irse. Desconcertada, camino unos pasos por el piso de abajo. Observo los estantes, tanteo las puertas y cierro las ventanas. Abro la puerta delantera. El viento de la playa me golpea, haciéndome enderezar la espalda y mirar de frente al mar. Un olor fuerte a salitre se abre paso. El sonido de las olas me envuelve, me arropa como una suave manta de cuna, y ya no quiero moverme ni volver. 
Quiero estar ahí. 
Quiero estar ahí. 
Empiezo a llorar sin emitir sonido, y una vez que las primeras lágrimas se abren paso el dique entero se desmadra, avanza y desborda un mar de llanto. Lloro, lloro, lloro inmóvil y en silencio, mientras mi cuerpo de Valizas se despide y mi cuerpo de Montevideo se hace pequeñito, pretendiendo no ser visto ni escuchado. 
Cuando termina de pasar la tormenta, Valizas se va. Vuelvo a estar en el cine y miro alrededor por si tengo que dar explicaciones, pero nadie (ni siquiera Eduardo) se ha dado cuenta de nada. 
A la salida mi novio me toma de la mano y propone ir hasta el bar que nos gusta, cosa que acepto.
_ ¿Compartimos un vino, como en la película?
_ No, muy temprano. Mejor un café, o un capucchino. De repente me vinieron unas ganas enormes de comer algo dulce. 
_ Tenés los ojos enrojecidos... ¿Pasa algo?
_ No, no, nada. Nada.  
La tarde es soleada y tranquila, como siempre. Me lavo la cara en el baño, y trato de componerme. Estas cosas llevan su tiempo. Aún van a pasar varias horas hasta que suene el teléfono de línea, y cuando escuche la voz de mi amigo Marcelo desde el único teléfono de Valizas contándome de la tormenta, de las crecientes de la luna llena, de las olas de quince metros y del rancho sucumbiendo ante el mar con un crujido, la noticia no me va a tomar desprevenida. 
Hasta es probable que muchos años después, cuando cuente esta vieja historia para nuevos oídos, les diga que por un momento fui feliz mientras paseaba por mi rancho de Valizas, antes de que se fuera a vivir para siempre entre las olas. 

domingo, 3 de noviembre de 2019

Noviembre 2019




Fueron 440 nombres.
440 mujeres víctimas de femicidios desde 2006 hasta hoy.
Alguien al micrófono mencionaba un nombre y un departamento; el resto lo repetíamos como en una suerte de ceremonia, como un eco en el aire, una memoria.
Nos llevó casi una hora el rescate de las 440 mujeres del olvido.
440 historias, sueños, proyectos, familias.
440 nombres de los cuales de vez en cuando nos sonaba alguno. Micaela Onrrubio, Brisa, Lola Chumnalez.
Estos son días de emociones amontonadas en el alma, y vestirse de negro esta noche no es más que una pequeña metáfora de la oscuridad que todavía nos rodea. Miles de mujeres agotadas por la elección de ayer, de hace pocas horas, marchando hoy por los derechos de todas. Ojalá que nunca se nos borren de la memoria el dolor y la impotencia con que asistimos (todavía) a la soberbia impune del patriarcado. Ojalá que ninguna persona de las que hoy nos acompañó se vuelva amnésica cuando se trate de defender y profundizar la agenda de derechos que con tanto trabajo hemos conquistado en este país donde somos tan pocos que casi casi que todos nos conocemos. Ojalá que nadie se limite a figurar frente a las cámaras, porque estos no son tiempos para los tibios y los estrategas de lo chiquito. Son tiempos para la memoria, la dignidad y el compromiso. Al resto, que se lo lleve el viento del olvido.

Ni una menos.




Eran las diez de la mañana. El barrio se despertaba tranquilo y sin mucho movimiento. Andaba caminando en busca de un comité para retirar listas, cuando vi unas banderas a media cuadra de Camino Maldonado, y allá fui. Dos veteranos, una chica con aire angelical entregando las listas, y un par de personas pidiendo, como yo.
_ Te voy a dar un beso porque vos fuiste mi profesora de Literatura- dijo la muchacha, que resultó ser una ex alumna de dos colegios, de la que recuerdo sus escritos interminables y perfectos, con una letra preciosa y envidiable.
El veterano aprovechó para decirme:
_ Ah, usted es profesora de Literatura. Y, dígame, ¿quién gana hoy?
Nos reímos y charlamos un rato, mientras yo le sacaba fotos a una figura humana embanderada que habían instalado en el frente de su casa. Los dos viejos eran de la 90. El hombre, de ojos claros y mirada inteligente, nos contó (a Natalia, la ex alumna ahora Psicóloga, y a mí) que había escrito un libro y estaba por presentarlo a una editorial.
_ Yo lo que hice fue contar muchas cosas que la gente de ahora no conoce. Del tren que pasaba acá cerquita, que llevaba al Hipódromo, ¿usted sabía? Le decían "el tren de los patos" porque todos se gastaban la plata en las carreras y volvían patos, sin un peso. Los gurises los perseguían gritándoles "¡patos, patos!" y ellos les tiraban moneditas. Pero también pasaron cosas muy feas, cosas que hoy la gente ni se acuerda, como una vez que en el 58´ los colorados estaban empapelando paredes antes de una elección y una señora salió a decirles que no pegaran en su casa, que después le costaba sacarlo. La agarraron entre varios, le sacaron los pechos para afuera, le pasaron engrudo y le pegaron un papel ahí. Pero la gente se olvida de estas cosas, y hay que saberlas. Por eso escribí el libro.

La mañana seguía avanzando y la gente continuaba pasando a solicitar su lista o a que le dijeran dónde votar. Ya era hora de ir enfilando hacia mi circuito.

En la parada, casi cuarenta minutos sin que parara ningún ómnibus. Los 103 pasaban a Luis A. de Herrera, y aún así seguían de largo. La gente se iba acumulando.

_ Yo ya voté, por lo menos.- me dijo una señora de avanzada edad.- Me tocó ahí, en Areguatí, en la iglesia de los mormones.
_ ¿No será en la de los Testigos de Jehová?- pregunté, a lo que me dijo que no, que ella reconoce a las iglesias mormonas por el formato alto y de líneas geométricas.
_ Si vieras, m´hija... ¡Un lujo esa iglesia!- comentó, al tiempo que yo ya le hacía señas a un Copsa, para salir de la situación de intranquilidad de no poder tomar un bus para ir a votar.

En otras zonas el tema del transporte estaba funcionando lo más bien. A la altura del estadio, lo único, un trancazo de quince minutos.

Después, todo normal. Me llegaron audios, y me angustié mucho, pero lo que yo vi (salvo el tema del transporte en mi barrio) fue una jornada tranquila.

Y aquí estamos, a minutos de que se empiecen a saber resultados, escribiendo para no pensar, mientras se enfría el té de tilo.

¡Viva la democracia!
Carajo.



Esta imagen que acabo de ver, más allá de la intención metafórica, me trajo un recuerdo del jueves pasado. Iba hacia el IAVA por Eduardo Acevedo, cuando en un tarro de basura junto a la vereda vi una jaula de pájaro intacta, con sus tres potecitos de cerámica para comidas y agua. La imagen me sacudió las entrañas, porque las jaulas de pájaro me llevan a un universo muy oscuro. Estuve a punto de llevármela, no porque la quisiera de adorno (que bastante angustiante me parecería tener en mi casa una cárcel), sino para que nadie más la pudiera usar para el encierro. Al final la dejé; iba a andar fuera de casa todo el día, y la jaula era incómoda para cargar por liceos y oficinas. Creo que estuve mal.

No soporto la imagen de los pájaros encerrados. No entiendo cómo alguien puede pensarlo siquiera.

Hernán Casciari, que es de Mercedes (Argentina), cuenta que cuando él era niño, en los setenta, una vez el presidente de su país, otro mercedino, fue a visitar su escuela. Era un tal Videla. Todos los niños fueron formados para recibirlo, y antes de irse el presidente les dejó un regalo para poner en medio del patio: una pajarera.

La realidad tiene sus propios sistemas de metáforas.

Cuando yo era chica mi vieja tuvo en dos ocasiones unos cardenales enjaulados: la Colona y el Arisco. Los había visto merodeando en la quinta, y como sabía quiénes los iban a atrapar si llegaban antes, ella les puso un trampero y los cazó primero, solo para soltarlos a la primera oportunidad en que nos fuéramos a pasear al medio del campo. Éramos gente pobre, no salíamos mucho. La Colona estuvo con nosotros como un año, y el Arisco un poco menos. Cuando mi vieja le abrió la jaulita a la Colona la cardenala al principio salió tímida, como incrédula, con pasitos temerosos. Después echó a volar, y se perdió entre los árboles. Estábamos en una estancia de Treinta y Tres que era de un conocido de mi viejo que nos permitía quedarnos en el monte, y por el resto de nuestra estadía la Colona vino a saludar a mi madre una vez cada mañana, hasta que nos fuimos. Se paraba cerca del campamento, cantaba un ratito para nosotros, y se iba.

No sé por qué se me vinieron hoy a la mente estos recuerdos. Será que hace dos días que se me están removiendo las tripas con esto de la libertad y los derechos. Estoy dividida entre la alegría de la democracia y el nudo en la garganta de saber que acá nomás, entre nosotros, hay una red de cazadores buscando cortar alas y encerrar almas. Estamos rodeados de luces y sombras, y hay que elegir.

Que sea un buen día de votación, mis amigos, y que viva la libertad, siempre, para todos.






Sábado preelectoral a puro jardín en Arbolito. Igual que en octubre; la ansiedad se canaliza hacia lo vegetal. En este caso, el reino animal estuvo representado por Matilda trepándose todo el tiempo a la palmera y por una mariposa visitante que dio un par de aletazos y se quedó dormida entre las ramas del romero. Hubo recorte de pastos y setos, hubo reubicación de caracoles (por no decir que fueron tirados lejos, al pasto de la vereda) y hubo cosecha de pitangas escondidas entre el follaje. Al final, como acto simbólico, terminé plantando la margarita que me dieron en la marcha de esta semana por los desaparecidos. La planta originaria no va a prender, pero su flor fertilizará la tierra para las plantitas que vienen.
Es necesario cultivar nuestro jardín, decía el muchacho Cándido.
Y en eso estamos.




Hay días en que el concepto de individualidad se vuelve relativo. Después de un infinito viaje en un 103 calentado a fuego por el sol de este noviembre inclemente ya no estoy en condiciones de afirmarme como ser autónomo y desgajado del universo. Soy una mancha de energía en el asiento de la ventanilla, la huella de un pensamiento, el caldo de lo que alguna vez fueron neuronas frescas y razonantes.
Ya tomé agua, ya me vine de musculosa, sandalias y minifalda, ya respiré y cerré los ojos ante el ardor del reflejo de sol, y sin embargo: nada. Sigo volviéndome un humano desecado, suspirando por sombra y viento fresco.
Sumida en estos pensamientos trato de sobrevivir, cuando de repente miro por la ventanilla y la veo. Una chica rubia, con casco de bici en la mano. Dos remeras: una calada, encima otra (de manga larga), y camperita de jogging sobre las dos. Calzas. Medias. Guantes.

Y ya no puedo seguir escribiendo, aunque el viaje es largo y para que el pastel esté listo todavía falta, quizás, una media horita de horno.


Fabio Zerpa tiene razón: hay marcianos entre la gente. 




De repente te encontrás con que un número te persigue, le sacás una foto a la coincidencia y te olvidás del tema, hasta que horas después lo buscás en el inconsciente colectivo (vulgo Google) y te enterás de que ese número en el I Ching es la revolución, y se asocia al cambio. Ahí te empieza a gustar el 49, más allá del juego inicial del azar y de la foto.

2020 será año de cambios, en lo personal y en lo colectivo (pase lo que pase el domingo que viene), y habrá que aprontar tu corazón (que ya viene un nuevo sol🎵).




Imagínense un boliche en Montevideo, un miércoles por la noche. Afuera, el calor más pesado del casi verano. Ómnibus llenos. Aire caliente. Personas en la calle con rostros agobiados, ánimos caldeados y espíritus nerviosos por la elección de gobierno en cuatro días.
Mientras tanto, en un sótano fresco y a media luz, un grupo de personas bebe, conversa, escucha y comparte palabras. La premisa del taller literario tiene que ver esta semana con una canción que haya marcado tu vida. Alguien llevó un parlante, y cada lectura tuvo banda sonora; arrancamos con Wish you are here y terminamos con Marta Sánchez (vayan llevando).
Todos los textos fueron breves, y nadie dejó de escribir. La hora del final del taller resultó alegremente ignorada, mientras el sótano se fue haciendo útero, refugio, iglesia, cueva. Salí cantando por las calles calientes de la noche. soñé con música, desperté sonriendo y se me ocurrió compartir lo que había escrito.



Quiere que juegue con ella 24/7.
Se convierte en una fiera cuando aparece la gata del vecino, a la que tiene aterrorizada.
Duerme arriba de toda la ropa que dejo en la cama, especialmente si es de color negro.
Solo quiere atún del bueno.
Rompe las macetas pequeñas del marco de la ventana, tirándolas al piso.
Se afila las uñas en el cuero del respaldo de una silla y lo deja todo agujereado.
Juega con todo lo que encuentra, por ejemplo con el billete de 200 pesos que ayer encontré debajo de la heladera.
Tiene buenos pulmones.


Olas. Olas. Olas.
Jazz.
Voces suaves de personas conversando frente al mar.
Olas.
Gritos desde el interior: “¡No no no!”, “Aaaay!”, “¡Penal, penal!”.
Jazz.
Olas y olas.
“¡Noooo, mirá lo que hizo!”
Jazz.
Olas.
Y así.
Domingo de clásico en La Proa.




Eran las nueve de la mañana. Volvía de mi caminata previa al desayuno de domingo cuando al pasar por la plaza saludé al único ser vivo que caminaba por la principal. Era un cubano cincuentón, que cargaba una enorme mochila, un bolso de mano y una bolsa de mandados con agua y comida. Lentes espejados. Rastas. Canoso.
_ Disculpe.- me dijo- ¿Me dice cómo hago para llegar a los barquitos?
_ Sí, es fácil: salís a la playa y están a unas cuadras, a la derecha.
_ Ah, bien. ¿Y cómo llego a Cabo Polonio?
Lo miré como calibrando si debía advertirle de lo bravo que estaba el sol. El cubano era morochote, pero igual se iba a achicharrar por el camino, sin contar con que iba cargado como para sucumbir antes de La Ensenada.
_Mirá, podés ir bordeando el mar o cruzar por las dunas, pero si es tu primera vez te conviene ir por la playa. Son al menos dos horas, el sol está fuerte y el camino va subiendo y bajando.- le dije.
Él no pareció amilanarse, y me siguió preguntando cosas sobre el trayecto. Charlamos unos minutos. Indagó si ya había hecho ese camino, por qué no lo hacía más y si era de Valizas.
_ No, yo soy de Montevideo.
_ ¿Sí? Yo también- respondió sonriendo.
_ Tú eres cubano.
_ Sí, pero ahora vivo en Montevideo. Trabajo en Montevideo, pago BPS... Solo me falta encontrar una novia que viva en Montevideo.
Rápido, el cubano. Puso cara de desilusión cuando le dije que vivía en la otra punta de la ciudad, pero volvió a sonreír cuando agregué que trabajo en la Ciudad Vieja, donde él vive.
_ Bueno, capaz que nos veremos por ahí, entonces.
Miró hacia la playa, se acomodó la mochila y se fue por la principal, cargando con todos sus petates bajo el sol ya caliente de la mañana.



Valizas se despereza lentamente a mediados de noviembre.

Batalla de colores en el cielo del atardecer.

Flores, flores de todo tipo y color. Patos, gaviotas y garzas. Perros gordos y mansos. Hormigas voladoras pegadas a la arena mojada de la orilla. Golondrinas. Sapos que recorren a los saltos casas y patios. Arañitas. Humanos. Mosquitos.

Una amiga que vive en Valizas, rescata perras castigadas, vive de hacer correcciones de estilo y hace las tortas más deliciosas de chocolate y frutilla.

Españoles, brasileros, franceses, catalanes, argentinos. “Hay pila de gente”, dicen los locales, y una ve solo treinta personas deambulando por la playa.

Un cangrejo que pretende hacerme frente y se va cangrejeando de costadito hasta perderse entre la espuma.

Un candombre que se mezcla con la cumbia, la electrónica y el arrullo de las olas.

Todas las estrellas.

Plantas que con solo tocarlas te dejan las manos con olor a marihuana.

Un amigo de otros tiempos arreglando el techo de su rancho.

Artesanos.

Personas que dicen conocerte pero vos no tenés ni idea.

Una zona entre Valizas y Aguas Dulces donde una vez tuviste el rancho más lindo del mundo.

Un presente en paz con el mar y con la arena. Todas las heridas se cierran con el tiempo, decís, mirando tu rodilla lastimada por caerte bobamente ayer, yendo desde el baño a tu habitación privada con seis camas, todas para vos. Valizas te reinicia, siempre. Quedarte viendo la puesta de sol en lo alto de una duna relativiza todos los temas humanos, los importantes y los otros, los pensamientos rumiantes pequeñitos de cada día. Felicidad en colores y sonidos de mar, pese a la cumbia de enfrente. El mar siempre puede más, si una se entrega al aquí y ahora.

Valizas, aquí y ahora.




Mediodía de paz en el hostel de Valizas. La gata Milu deambula por el patio, algunas ratoneras rezongan o avisan a otras aves de la presencia de la gata, mientras en el cielo compiten nubes y sol, sin viento y en silencio. Yo ya había tomado mi café con torta de zanahorias made in Tío Pato (que el año pasado amenazó con irse pero acá sigue) y andaba tratando de hincarle el diente a un libro de mindfulness que lleva casi cien páginas sin decirme nada, cuando una cumbia a todo volumen irrumpió en la plácida calma de Valizas, desparramando por muchas cuadras a la redonda sus notas discordantes y sus letras sin letras.
La Pelusa está de fiesta, y cuando la Pelusa está de fiesta no hay quien no se entere. Puso un cartel en la puerta de su boliche que anuncia que solo le quedan tres sábados, así que (digo yo) arranca temprano para sacarle el jugo a lo que falta.
Dejé el libro a un costado, indecisa. ¿Encerrrarme en la habitación (donde igual se escucha todo)? ¿Exiliarme en La Proa, caipirinha de por medio? ¿Huir a un barcito nuevo que está a dos cuadras y promociona café y trufa por $80?
Cualquier cosa es mejor que la tortura de la cumbia, nada puede ser peor, pensé, y ahí mismo confirmé que sí, que siempre puede haber algo peor. El karaoke de la Pelusa, por ejemplo. Porque a la Pelusa (o a una hija,no tengo claros los personajes del boliche) les encanta cantar, y si las escucha todo el pueblo, mejor. Cantan lo que sea, pero siempre en ritmo de cumbia. De manera que hasta ahora han pasado versiones tropicales de Volver a empezar, Garganta con arena y lo que te puedas imaginar. Hace un rato me vine al frente, donde el chico de la recepción está a full con la electro (que me gusta), así que tengo un oído en cada ritmo. Cuando (por azar cósmico) ambas músicas coinciden en el silencio, se vuelven a escuchar los pajaritos y allá lejos, como siempre, el sonido hipnótico de las olas.

¿Mindfulness, decías? 





La primera vez que fui a Chile fue hace unos veinte años. Había ido con Aldo, que era mi novio por entonces, recorriendo pueblitos costeros y paisajes desérticos sin planes y sin plazos.
Una noche nos impresionó lo bello y armonioso de una fiesta popular de música y comida casera; creo que era en Chañaral. Estaba todo el mundo, niños, viejos, parejas, bailando y coreando las canciones que diversos grupos entonaban desde el escenario. Unos minutos pasada la medianoche hubo un revuelo en la organización, y de pronto los músicos enmudecieron. Al parecer la fiesta tenía permiso solo hasta las doce, y varios carabineros se apostaron alrededor del escenario para impedir su continuación. Los dos uruguayos nos miramos: ¿se iría a armar un lío? No. En Montevideo habría habido silbidos, golpear de manos, insultos, pero no en este pueblo. Aquí todo el mundo hizo silencio, los músicos bajaron del escenario y en pocos segundos la fiesta popular se había transformado en un desfile tranquilo y silencioso de las gentes caminando en grupos pequeños hacia sus vidas sin festejos. Sentimos el miedo. Sentimos en miedo en lo más profundo de las entrañas. Aquello no nos afectaba en lo personal, pero el miedo a los carabineros se respiraba en cada rostro cabizbajo y sometido.

Unos días después, en Calama, también, sentí el poder de los uniformados, aunque solo fuera por la forma en que nos miraron con soberbia antes de captar que éramos turistas inofensivos, o en los modos con que increparon al chofer de una excursión por no sé qué carencia del vehículo (mientras yo llevaba en la mochila piedras del Salar de Atacama y temblaba por si se les ocurría revisarla...).

El año pasado fui al Sur de Chile, y cuando cruzamos en bus la cordillera quedó más que claro que en la aduana chilena el trámite es estricto y con reminiscencias dictatoriales. Se bajó TODO del bus, hasta las almohadas de viaje. Las maletas se apilaron sobre unas mesas afuera y las mochilas y bolsos de mano en unos bancos de madera dentro de las instalaciones, para proceder a su meticulosa revisación. Un carabinero nos explicó con tono autoritario que no podíamos pasar ni media galletita, que teníamos que hacer silencio, y que la multa si encontraban algo orgánico en nuestras cosas era de 200 dólares. Allí entró el primer perro, un labrador beige, el que busca drogas. Media excursión dijo algo así como “aaaaw”, y acto seguido el carabinero nos fulminó con la mirada.
_ ¿En qué quedamos, señores? ¡Ni una palabra más!
Nos miramos en silencio. El pequeño Pinochet parecía orgulloso de su rol de mando. A continuación vino el segundo labrador, el negro Zeus, el que olfatea en busca de frutas, quesos y fiambres. Zeus se paró al lado de una cartera y la señaló con la patita. El carabinero le dio una recompensa. La dueña de la cartera fue llamada a revisación y a declarar con el superior de turno, pero no tenía nada. Había quedado el olor de una manzana, y se ve que el olor no se puede multar, por ahora.

Nada, reminiscencias de viernes preocupado por Chile y por Bolivia y por nosotros e ainda mais. Mi paso por el país flaquito siempre fue fugaz y de turista, pero ya desde hace décadas me parece que los chilenos son tan queribles como lo son de detestables sus autoridades.
Nada ha empezado este año; este es un despertar de siglos de cabezas bajas y voluntades sojuzgadas. Los patricios (o los que creen serlo) no van a dejar de tener el poder así como así. Y ya no hablo de Chile.





Momento paranoico
Instagram me sugiere páginas basándose (como siempre) en mis “intereses”. Gatos, fósiles y Evo son temas de los que he visto bastante en estos días, aunque de amatistas en la red no he buscado ni colgado nada... pero esta mañana, mientras pasaba junto a los artesanos que las venden frente a Tres Cruces, pensé que me encantan esas piedras.
Las primeras sugerencias, la mitad de la pantalla, no coincide con algoritmo alguno, excepto el de mi vida interior.
Pienso, luego me es sugerido.
Miedo. O me leen la mente o creo que lo hacen, y en ambos casos estoy en el horno. Mi-e-do.

O capaz que estoy a solo un día de empezar las vacaciones, ya no tengo nada para corregir ni estudiar y me entretengo con cualquier cosa, la la la!

Lo siento, amores. Este era un post baboso encubierto. Sean felices. 




Puta madre. Vengo concentrada con los escritos de quinto y ni cuenta me doy de que la CITA se enlentece hasta casi quedar detenida en medio de la carretera. Escucho un “Ah!!” de un señor en el asiento de atrás, y sin pensar miro por la ventanilla. Hay un accidente, una moto caída y a su lado una mujer sostiene a un hombre ensangrentado. Pego un grito, que solo por un segundo despierta a la chica del asiento de al lado, la CITA acelera, y seguimos el viaje. Hay varios autos detenidos, deben estar esperando la ambulancia.

Todos seguimos el viaje, mis amores. Espero que el pobre hombre no esté herido de gravedad, pero la sangre tiene esas cosas. Nos enfrenta a la finitud propia y la continuación de la vida. Es un golpe en el medio del pecho que te dice que no pierdas de vista lo importante.




“El Renacimiento fue una época en donde la literatura es un arte en el cual se desprende más, donde se refleja el arte, se expresa y consigue un cambio de perspectiva, de vida, ya que situaba al hombre como el centro, esta fue una etapa en la que se pasaron muchas cosas, dado a que lo que se estaba viviendo no era lo mismo a lo que en ese siglo paso, sino que fue el comienzo donde la literatura es “expoltada” de manera productiva. En el siglo XVII situamos el Barroco, donde este es una continua evolución de lo que fue el renacimiento, donde la literatura es el centro de expresión, manifestación, representación, demostración de lo que estaba sucediendo”.

Bienvenidos a mi mundo.
(Novemina, tienen?)




_ No. La Mancha no es una ciudad de España, es una re-gión.
Me doy cuenta de que estoy hablando sola y me silencio de inmediato, pero nadie se ha dado cuenta, al parecer. Las personas en el bar están metidas cada una una sus asuntos, y las del resto de la terminal caminan siempre apuradas, mirando sus pantallas y arrastrando valijas con rueditas. De vez en cuando se oye la voz de una señora llamando al embarque de diversos omnibuses. Hay viejitos que caminan lento, trancando el ritmo normal hacia los andenes. En la mesa más cercana, frente a mis ojos, un hombre y una mujer están tomando café. Se ríen mucho y de cualquier pavada, a él le suena el teléfono pero no lo atiende. Se deben estar conociendo. Han pedido la cuenta ya hace rato, pero no se deciden a irse. Vuelvo a corregir mis últimos escritos del año, y de nuevo me escucho murmurando cosas.
_ ¿Cómo que la Mancha no tiene relieve? Yo lo que dije es que era una llanura.
_ Aquí le dejo la cuentita. - dice el mozo, a quien llamé hace un minuto.
Se queda mirando los escritos y dice:
_ Esto me recuerda al liceo.
_ Son de liceo.
_ Ah, ¿sí?
_ Sí, del IAVA. ¿Vos dónde estudiaste?
_ Yo vengo del interior, pero me quedaron tres materias de sexto... A una la cursé en el IAVA, justo; a las otras dos las tengo que hacer algún día.
Lo miro. Es alto y hermoso, tiene unos cuarenta años y su voz es grave y agradable. Ya se imaginan qué pasó a continuación entre él y yo, ¿verdad?
Le hablé de Uruguay Estudia y le di para adelante con terminar bachillerato, queridos. Eso no se pregunta. Una anda por la vida con un chip docente inevitable, y estos no son tiempos para dejar las cosas a medias. El hombre me agradeció, porque no sabía de estas oportunidades.
Cuando miro para adelante la pseudo pareja acaba de irse. Aún falta media hora para que salga mi CITA. Y me vuelvo a la Mancha, una ciudad sin relieve donde parece que vivía un anciano de 52 años, ay, dios...




Hoy me puse nostálgica, y en el primer bus de la mañana vine mirando los recuerdos del muro. La clase con los gurises sirios. El museo del IAVA hecho teatro por la noche. Amanecer color esperanza en una carretera. Un trabajo parcial inolvidable con película, entrada y avant premier en el liceo. Y la noche mágica de Roger Waters.

Ahora voy en el segundo bus rumbo al IAVA, pero hay una voz que no puedo sacar de mi cabeza (por suerte).

Recuérdame
mi mejor vez,
Recuérdame.
La espina no,
la flor, la flor,
Si es que hubo flor.

Resistan, estimados, resistan.
Y siembren flores.



_ Profe, te quiero decir que me gustó mucho tu propuesta de dejarnos elegir a través de qué arte expresarnos en la segunda prueba. Te quiero agradecer, porque nos diste toda la libertad, y tu materia ni siquiera es específica.- dijo un estudiante de Artístico esta mañana, y una compañera que lo escuchó al pasar agregó:
_ No es especifica pero tendría que ser.

Listo. Entendieron todo. Curso cerrado.



¿Se acuerdan de aquella canción que solo decía “Jhonny, la gente está muy loca”? Tenía toda la razón, y lo acabo de comprobar ao vivo.
Vine sentada veinte minutos al lado de la Shirley (imposible quitarle el artículo), la rubia platinada de perfume dulzón que mencioné en el post anterior. La Shirley se pasó la mitad del tiempo mandando audios de cuatro o cinco minutos, y la otra mitad escuchando los audios que acababa de enviar. Nadie le contestó nunca ni medio mensaje, pero eso no pareció importarle. Audio (consejo, pseudo chiste, autoelogio, consejo, risita, pseudo chiste), poner enviar, escuchar el propio audio (consejo, pseudo chiste, autoelogio, consejo, risita, pseudo chiste). Y así cinco o seis veces, hasta que pasamos Mendoza, quedaron asientos libres y me mudé para el fondo. Voy con una pendex que escucha música pop y adelante viene un niño quejoso y movedizo, pero todo es mejor que Lady Audios. Todo.
¡Pobre de quien viva con la Shirley! Capaz de triturar un cerebro en tiempo récord. Insuperable.



Me lo crucé a la altura de las vías, y no fue hasta una cuadra más tarde que me pude dar cuenta de que había sido adoptada. Yo ni lo había mirado, deben creerme, no alenté en su psiquis canina ni la menor posibilidad de un “hola”, pero eso no pareció ser obstáculo para el gordo. Caminamos juntos muchas cuadras. Cruzamos semáforos y cebras. Pasamos plazas y avenidas. Y él siempre a mi alrededor, olfateando, esperándome si yo iba más lento. Al llegar a mi parada pareció comprender que lo nuestro tenía los minutos contados y se buscó un nuevo amigo, uno marroncito y blanco, petiso y compadre. Con él se fueron correteando hasta la esquina, y pronto dejé de verlos.
Mi CITA vino puntual en el último día de clases en Florida. Ahora solo me queda descansar después de un año hermoso pero interminable, esperar que el gordo de verdad tenga un hogar en Florida y rogar para que el perfume pesado y dulzón de la rubia platinada con la que voy como compañera de asiento no me haga caer desmayada en mitad del trayecto hacia mi hogar. Hogar sin perro y (al menos por un par de días) también sin despertador.(Jhonny, la gente está muy loca 🎵)

martes, 1 de octubre de 2019

Octubre 2019

Halloween es una fiesta de diversión y dulzura. De la creatividad de los disfraces. De las madres acompañando a sus hijos (o a veces algún hermano mayor).Del dulce o truco. De las calabacitas de plástico. De las máscaras de goma. De las puertas aporreadas por hordas de infantes azucainómanos. De los gritos destemplados exigiendo golosinas. De la convergencia del barrio entero en mi cooperativa, donde no hay rejas y las casas están muy juntitas, para caminar menos. De los papeles de caramelos y los restos de globos tirados por todas partes. De la competencia por las mejores golosinas. Y del deseo, queridos, del súbito e impostergable deseo de caminata por la rambla, deseo que cesará ni bien caiga la noche y los recolectores se refugien otra vez en sus hogares para evaluar las ganancias de la tarde, devolviendo la calma a las calles y los portales.

¿Escape? ¿Quién dijo escape?
Lo mío es la vida sana.




Primer recreo de la mañana en el IAVA. Voy a sala de profesores y en el pasillo me cruzo con dos alumnos, que vienen hablando de promedios.
_ Yo con 6 igual me la llevaría; tengo que sacar más para exonerar...
Cuando pasan por mi lado uno de ellos, que está vestido todo de negro, me susurra al pasar:
_ Estamos de luto, profe...
Y sigue caminando rumbo a su clase.
De más estaría decir que no hemos hablado de política, pero uno va a las marchas y los actos, y se cruza con las personas.

_ Me quedo contigo acá - dice una compañera docente que me ve sentada en el banco afuera de la sala de profesores.- Necesito aire fresco, no quiero encerrarme ahí adentro. Y nos quedamos charlando hasta que el timbre nos anuncia el final del recreo. Tomamos las libretas y nos vamos, cada una a su grupo.
Cuando suena la siguiente salida de clase miro al cielo. La mañana sigue gris, aunque se intuye un reflejo de sol entre las nubes.
Hoy el ánimo de muchos está tan gris y pesado como el día, pienso, y por dentro un poco estamos de luto, pero acá no se ha muerto nadie. Seguimos vivos, caminando, como vamos a seguir siempre, por el tiempo que haga falta. Esto no es cuestión de discursos, que ya saben que yo no hago. Hoy es día (para mí) de resistir, y descansar un poco la cabeza, para volver al ruedo con las ideas claras y la energía dispuesta.

Si se sienten muy mal les puedo prestar a Matilda por unos días. Piénsenlo. Se las llevo a domicilio. Incluyo atún y piedritas. Piénsenlo. 




 Acabo de hacer una encuesta visual por mi cooperativa (por no decir que fui al bar de la esquina y en el camino me puse a contar balconeras).
200 viviendas
21 balconeras del Frente
0 de otros partidos
1 de Peñarol






Salí de casa con el tiempo justo para llegar a la CITA, y me tomé un Copsa. Por el camino, dos cosas. Un desvío en 8 de octubre nos hizo tomar a paso no de tortuga pero digamos que lento (de gato viejo, ponele), y ya volviendo a la avenida hubo de repente una frenada, seguida de un estruendo, que hizo temblar al 7A. Habíamos chocado con algo, creo que con una grúa. “No murió nadie pero chocamos”, dijo una chica a alguien a través del celular, y añadió: “a no ser que al ómnibus le fallen los frenos, porque estamos parados en bajada rumbo a 8 de octubre”. Me miró riendo desde el asiento de enfrente, y le devolví la sonrisa, mientras me paraba a ver si veía algo. El chofer había bajado de inmediato, con los papeles del omnibus en la mano.
“Ahora vamos a demorar acá hasta que venga el del seguro”, dijo alguien a mis espaldas. Calibré el tiempo que me quedaba... Difícil para Sagitario. Y me bajé.
Caminé una cuadra hasta Propios y subí a un 100 que estaba por arrancar. Pagué boleto, me senté, y en eso veo que una señora que está por bajarse le recrimina algo al chofer.
_ ¡Tampoco faltaba tanto!
_ Qué quiere, señora... Yo no puedo fiarle el boleto a todo el mundo.
_ ¡Pero eran 3 pesos!
_ Y bueno, si le voy a dar tres pesos a cada uno...
Y así un par de minutos, hasta que la discusión se vio interrumpida por el sonoro vozarrón de un hombre desde la mitad del coche.
_ Flaco, sos un sorete. Un tremendo sorete.
Y por si quedaran dudas, agregó:
_ ¡Tremendo sorete! Y no te equivoques, mirá que no sos el dueño de la Cutcsa.
El veinteañero que estaba sentado enfrente a mí lo aplaudió, mientras la señora se bajaba y el chofer volvía a concentrarse en su programa de radio.
Iba escuchando “Las cosas en su sitio”.
Cuando llegué a la terminal faltaban diez minutos para la salida de la CITA, y acá voy, rumbo a Florida, a comenzar la penúltima semana de clase, a pleno sol y con la esperanza puesta en el domingo, donde vamos a tratar de poner (de verdad) las cosas en su sitio.

Bueno, ta. Nada que ver, pero igual: #NoALaReforma




 El muchacho de al lado en el 103 me ofrece un asiento y yo lo acepto rapidito. No vaya a ser que se le escape un “sientesé, señora” y quede en evidencia que no me lo está cediendo por género, sino por edad. Antes caballerosidad anacrónica que péndex sumándome años. Pucha, digo.



Ayer salí de Ciudad Vieja y marqué el reloj en el trabajo a las 17.56. Caminé todo el Centro, hasta la parada del IAVA, donde tomé un 104. Crucé varios barrios, bajé en Mdeo. Shopping, miré el reloj: pensé que eran siete y pico pero no: 18.48.
Hoy me desperté a las 6, busqué un programa en youtube y me fijé si hacía calor en el teléfono. Miré el reloj: pensé que serían seis y diez, pero no: 7.05.
¿Estoy trastornada, he caído en un agujero temporal, o es que todo es relativo?
No sé, pero parece que no soy la única a la que le pasan estas cosas; incluso he oído de personas que de golpe se están despertando en los setentas, o al menos eso creen. Ojo. Que esto es 2019, vamos para adelante y a las seis nos vemos.




El Nuñez salía a las seis de la nueva terminal de Río Branco. Le dije al Cele que mejor esta vez no me trajeran en auto, que quería sacar fotos y tomar un cafecito antes del viaje interminable de todos los regresos, así que cuatro y media me tomé un ómnibus local. A las cinco bajé en otro mundo. La terminal es una maravilla, impecable, amplia, con fuentes, muchos asientos, palmeras y un free shop gigantesco al que solo entré a comprar un café que en verdad terminó siendo chocolate.
Anduve recorriendo todo, de boca abierta, hasta que levanté los ojos al cielo y ya no pude bajarlos a la tierra. No sé cómo describir esto, de verdad. Todo el espacio que la vista alcanzaba a abarcar estaba surcado por bandadas de cientos, de miles de aves negras que avanzaban en formación, todas a la misma velocidad y para el mismo lado. Cada bandada tenía entre cincuenta y cien bichos, que bordaban el cielo y se acercaban como bailando, sin dejar nunca su grupo. Una, otra, otra... Miles, queridos, miles, miles, miles. Solo yo las miraba, el resto de la gente se ve era de la zona y ya no las percibía. Casi lloro. De verdad. En la laguna he visto cada atardecer cuatro o cinco bandadas, pero acá no paraban de pasar. Si mirabas todo el horizonte (y la terminal está en una zona abierta, frente al río) veías siempre ocho o diez bandadas a la vez.
Cuando eran las seis menos dos tuve que obligarme a subir al bus, pero hasta seis y media las seguí mirando, porque otras bandadas venían desde el campo, siempre hacia Brasil.
Nunca vi algo igual.
Vuelvo alucinada. Feliz. Impactada.
Feliz fin de domingo y buena semana para todos. Mañana cuelgo algún video. Filmé como veinte. El viaje recién empieza y ya me gasté media batería, pero valió la pena.

Estamos parados en Vergara esperando la hora de salida. ¿Saben qué hace el guarda? ¡Juega en el celular a un jueguito en el que va a toda velocidad por una carretera! O sea, tiene un viaje de siete horas mirando una ruta, y en los “recreos” mira otra ruta.

Cosas veredes...



Queridos, trabajo todo el día, vivo sola y estoy un poco alienada. Me gusta charlar por acá con algunos de ustedes, los conozca o no de otros lados. Aprecio el humor, las buenas fotos y las palabras justas, y francamente poco me importa si disentimos en matices. Está todo bien, salvo con los que piden (proclaman, exigen, sugieren, reivindican) que vuelvan al poder los milicos. Nada personal con los militares, pero en su rol, que no es gobernar.
Quien quiera botas en el poder, que lo escriba para otros ojos. Yo acá me junto con mi gente, más allá de banderas, y mi gente no apoya nada que no se vote.

Ta, era eso.
Continuemos con nuestra programación habitual.
Buenas noches.



Salí del IAVA a las doce y cuarto, y ya se notaba un ambiente diferente en el barrio. Muchos veteranos, algunos de ellos en parejas, otros en grupos, caminaban lentamente por Eduardo Acevedo hacia 18.
_ Está todo cortado, profe.- me pegó el grito una alumna, que iba volviendo sobre sus pasos, y agregó: -Voy a ver si los ómnibus pasan por abajo.
Le agradecí y dije que ya lo sabía. Ella me miró con extrañeza pero siguió su camino sin detenerse, porque en un rato entraba a trabajar en el banco, y andaba con el tiempo justo.
Empecé a moquear ni bien llegué a la esquina. Un mundo de gente silenciosa aguardaba de pie, todos serios, muchos con banderas comunistas, algunos con una rosa roja en la mano. Había viejitos que caminaban lento, mujeres con abrigos rojos, jóvenes de ojos húmedos. Una única bandera de Uruguay. La foto de Bleier presidiendo la entrada de la Universidad, y un cartel negro con letras blancas a cada lado: uno con su nombre y un enorme "¡Presente" y otro que decía "Nunca más terrorismo de Estado".
El frío del mediodía se nos fue metiendo en el alma, casi tan tangible como el viento inclemente, propio de otras épocas.
Cantamos el himno con la Filarmónica, y el "¡tiranos temblad!" resonó fuerte y claro. Alguien (Felipe Michelini) leyó una proclama que apenas pudo terminar, porque la voz se le cortaba. Tabaré presentó sus respetos ante los restos de Eduardo Bleier y salió por el medio de la gente, que lo aplaudió emocionada.
El Paraninfo fue recibiendo uno a uno a quienes venían a despedirse, mientras la Filarmónica finalizaba con el Himno a la Alegría. Algunas personas depositaron flores rojas en memoria de Bleier, abrazaron a su hijo con fuerza o levantaron un puño al cielo en señal de unidad, y no hay foto (ni mía ni de los que saben) que pueda plasmar la intensidad de este mediodía.

MEMORIA.
Respeto.
Y nunca más.



Recortes de la semana

1. Lunes
Despierto agotada. Empiezo a dar clase en el primer grupo y los gurises me miran extrañados.
_ Profe, vos te olvidaste que hoy tenemos el escrito, ¿no?
_ Ups.

2. Martes
Despierto cansada. Miro el reloj: 6.30. Matilda me mira con cara rara. Pienso que ya ni el dormir me carga las baterías; debo estar en 60%. Me lavo el pelo, bajo a la cocina, pongo a calentar agua, prendo la computadora. Miro la hora: 3.56. Vi mal. En fin.

3. Miércoles
Calor pesado, húmedo, intenso, que me derrite a cada paso por la Ciudad Vieja.
_ ¿Torta frita, vecina?- pregunta uno de los dos cubanos que se instalaron en Rincón y Juncal.
_ Eh... No, hoy no. Otro día.
Llego a la oficina.
_ ¿No habría que decirles que en este país las tortas fritas son para los días de lluvia?- pregunta una compañera.
_ Y... No sé- digo, y miro por la ventana. Alguien les está comprando una, por lo menos.
Si andan en la vuelta: a 20 la torta. ¡Sabor!

4. Jueves
Charlo por facebook con dios en su versión Sergio Blanco, y paso flotando el resto de la jornada.

5. Viernes
La guarda me obliga a pagar un boleto local con mil pesos, y paso puteándola el resto de la jornada.

6. Sábado
Me asomo por un momento al mundo del taxi, cuando viajo en uno y veo que le llega un mensaje de texto en el celular, que tiene fijado contra el parabrisas: "Atención ojo muchacho con gorro de visera en calle tal y tal; dice que va va para el Cerro". No pude leer más. Portación de gorro, creo que se llama la figura delictiva.

7. Domingo
Una fila interminable llama mi atención en la Feria del Libro. La sigo, por curiosidad, y llego hasta una señora desconocida, que está de lo más ocupada firmando ejemplares de un libro.
_ ¿Quién es?- pregunto, y me contestan que es Lourdes Ferro, que hace (literalmente) tres horas que está firmando libros y sacándose fotos con sus seguidores. Parece que es una astróloga. "La de la tele", escucho un comentario admirativo a mi costado.
_ Y bueno, todos tenemos nuestros ídolos- pienso, mientras guardo en mi cartera el libro que acabo de comprar, el de la Señorita Bimbo. La de la radio.

Feliz semana, estimados.
Que tengan suerte, sol, energía, amor, esas cosas, y también memoria. Mucha memoria.




"El cuadrado empedrado y el cuadrado oscuro".

Yo estaba de viaje por Brasil con mis amigas. Un día hicimos una excursión por varios lugares, una parte de la cual fue por barco, pero me quedaron apenas unos jirones del sueño como recuerdo. Apenas la imagen de un compañero de trabajo que ahí era actor, hacía el papel de Edipo y estaba tirado con sus ropas blancas en la arena de una playita triangular encajada entre las piedras de un acantilado, de tres por tres metros de lado, azotada por las olas.
En la siguiente escena yo acompañaba a una de mis amigas al baño, donde teníamos que hacer una fila larguísima, aunque de rápido movimiento. Al llegar a los baños había dos puertas de un lado y una enfrente, a diez metros de las otras. Nadie sabía muy bien nada, mi amiga entró en un baño que se desocupó de los dos de un lado y yo entré al tercero, el solitario. En realidad no tenía muchas ganas de ir, pero como nos esperaba un viaje largo y ya había hecho la fila para acompañarla, quise aprovechar.
Ni bien cerré la puerta me di cuenta de que por dentro no había pestillo. Problema. De todos modos pensé ir a baño primero y estudiar después el tema de la salida, y ahí fue que me di cuenta de que eso no era un baño. Estaba en una lujosa residencia, llena de plantas y sillones marrones de cuero de esos enormes, con tachas de metal en los costados. Recorrí varias habitaciones sintiéndome una intrusa, pero ni encontré el baño ni se me cruzó una sola persona. Dije "hola" un par de veces: nada. Decidí buscar la salida. Antes de llegar a la puerta vi un cartel con la frase que copié al principio, a modo de contraseña que abriría la puerta. "El cuadrado empedrado y el cuadrado oscuro".
De inmediato se me ocurrió que eso era un colegio, que ese sería el despacho del Director y que el cartel era para los alumnos, que sabrían perfectamente a qué se refería la críptica indicación.
Encontré un botón metálico en una escultura gris y rugosa que podría pensarse como empedrado, lo apreté, hubo un sonido pero no pude hallar el cuadrado oscuro, el sonido se apagó a los dos segundos y la puerta permaneció cerrada. Desesperación. Miedo. Claustrofobia. El ómnibus que se iría. Sensación de intrusa. Dos alumnos.
¿Dos alumnos? ¿Qué diablos hacían dos alumnos ahí, en un pasillo a la derecha, haciendo ejercicios en un aparato tipo gimnasio?
_ Estamos haciendo un trabajo para la columna, profe. Nos trajeron acá, pero nosotros tampoco sabemos cómo salir.

Y ahí desperté.

Ya entendí algunas claves; otras, las sigo buscando. ¡El ello se manda a veces unas contraseñas tan difíciles! Pero no me angustio. Todas las puertas, tarde o temprano, se terminan abriendo.



Llovía a baldes cuando llegué a la parada. No había nadie esperando nada. Yo había salido unos minutos atrasada de mi casa, y tenía sí o sí que tomarme un inter, porque eran casi seis y media, y la CITA de las 7 nunca espera. Vi aparecer un 103 y lo paré, pensando en bajar en el Intercambiador, donde pasan más líneas que en mi parada. Queda solo a siete cuadras de casa, son 3 paradas, pero ni el tiempo ni la hora daban para encarar caminata.
_Local- le pedí a la guarda, poniendo mi tarjeta, pero sonó sin carga. Se había quedado justo en cero con el último ómnibus de ayer, parece, y yo no me había dado cuenta. El problema es que andaba con los 55$ del Copsa en billete chico y moneda, después solo tenía uno de 500 y otro de 1000.
_ 23 pesos.- me apuró la guarda, mientras yo pensaba.
En eso veo que justo habíamos llegado a la siguiente parada, donde alguien estaba bajando.
_ Pensé que tenía saldo, y no tengo cambio, ¿me puedo bajar?-pregunté, decidiendo que de última esperaba un Copsa en esa parada, confiando en que no demorara mucho. Ya había dado un paso hacia la puerta cuando ella, sin mover un músculo de la cara, me dijo:
_ No. No podés bajarte. Tenés que pagar.
La miré, incrédula, pero fue solo un segundo. Saqué el billete de 50 y dije:
_ Bueno, pero este es para el Copsa. A vos te pago con 1000.
_ Bien.- respondió, mientras me daba 500$ en billetes grandes y el resto de a 50 y 20.
_ No te olvides del boleto.
_ No, no.- dije, ya caminando hacia la puerta, porque llegaba mi parada.
Viajé hasta Tres Cruces con los bolsillos cargados de billetes, y cuando llegué se los cambié a la panadera de enfrente, que quedó de lo más agradecida.
La otra pobre habrá pensado que me mandé una actuación para recorrer dos cuadras sin pagar, vaya una a saber qué pasa por la cabeza de la gente, y capaz que solo cumplió con su deber, pero igual me cayó mal, y ojalá se quede sin cambio y tenga que dejar a alguno viajar gratis, por inflexible (por no decir por idiota).

Arranca el casi antepenúltimo viernes de Literatura Uruguaya en Florida. Pasen bien y traten de no mojarse o al menos de no mojar la ropa, que parece que tenemos como diez días de lluvia por delante.



Él iba rumbo a Florencia, yo en camino a Florida.
Él compartió unas fotos de los museos florentinos, yo puse una imagen del libro que iba leyendo.
Él comentó que en Florencia hoy se iba a estrenar Tebas Land, yo le dije que la estamos analizando en clase con las chicas de cuarto.
Él dijo que va a pensar en nosotras y nos va a dedicar la función de esta noche, yo me agrandé tanto que casi no entro en la foto.

SergioBlanco
Dios



Ayer pasé 8 horas y hoy 5 en el Cosquín Rock. Miles, miles y miles de personas, la enorme mayoría de entre 20 y 30 años. Algunos tomaban cerveza, otros comían choripanes, fumaban tabaco o marihuana. En grupos o en parejas. Con y sin remeras de sus bandas o de sus cuadros de fútbol, envueltos en banderas, saltando y cantando durante los toques, haciendo interminables filas para el baño o mirando sus teléfonos, como siempre. Algunos de bermudita o musculosa, pese al frío de ambas noches. Miles de jóvenes haciendo lo que querían.
¿Y qué pasó?
Pasó lo que tenía que pasar.
Tiraron la basura en los tachos. Pidieron disculpas cada vez que sin querer tocaron a otra persona. Se dieron indicaciones de cómo llegar a tal o cual lugar, si hacía falta. Se miraron con alegría, compartieron la fiesta sin hostilidades y llenaron de pañuelos rojos todas las pantallas.
Hay otro camino: el miedo no es la forma.
Chapeau, gurises. Y aplausos.



Sábado: _ ¡Rock and roll, aguante Buitres, el cielo puede esperar, no nos vamos nada!

Domingo: _ Che, todo bien con Skay pero ya hace horas que estamos, y empieza a hacer frío... ¿si nos vamos antes de que termine?

Lunes: _ Café... ¿quién tiene un sobrecito de café? O capuchino... ¡Pero ya!

(Y esa, estimados, es la razón por la que el Cosquín estaba lleno de gurises con pinta de estudiantes, y no de serios y responsables trabajadores de lunes)



Cuando Pedro Dalton empezó a cantar, eché de reojo una mirada a la luna que se iba perfilando en el azul profundo de la tarde: el día estaba terminando, y empezaba a sentirse el frío. Cada vez más flaco, el muchacho Pedro, un alfeñique de 44 kilos con voz de viejo patovica, que sonó como los dioses.
La noche hizo nido en medio de las luces, jugando entre los pinos y las colas de personas esperando para entrar al baño químico. Es la poesía de todos los recitales, y el de ayer fue maratónico. En medio del casi barro por los días de lluvia de la semana, de pronto, ya entre sombras, alguien me saluda: Pablo, ex alumno de Florida, músico, feliz, en su salsa.
Empezó el siguiente toque en el escenario Norte, y todos nos enamoramos de Aterciopelados. Hacía años que no los escuchaba, y solo sé las canciones de Caribe Atómico, pero igual.
Cuando terminaron me puse los guantes, y empecé a pensar que con ese frío iba a ser difícil que aguantara hasta Buitres. Mierda. Iba a tener que irme sin lo que más me gustaba. Todos los asientos y gradas estaban mojados, eran las ocho o poco menos, y el cierre arrancaba (arrancaba) a la una.
Mi amiga se encontró con su hijo, y yo con mi maestra.
Seguía haciendo frío.
Diana se compró un choripán y yo una garrapiñada. Re saludables. En fin.
Mis ex alumnitos de NTVG fueron (por lejos) los que tuvieron más público, en un predio amplísimo donde la luna iluminaba zonas de charcos entre el pasto. Nos sentimos en Woodstock.
Alguien me tomó del brazo entre las sombras: ex alumno. Creo que lo mandé a examen, pero nos caemos bien.
Falta mucho para Buitres: NTVG termina 22.30 y ellos arrancan 12.50. Le digo a Diana que si quiere nos vamos, pero entretanto seguimos deambulando, hasta que conseguimos unos sillones mojados, tendemos sendas bolsas de nylon sobre la superficie y nos sentamos como si estuviéramos en el living de Susana.
De los toques del escenario Sur (Prolijos, Mónica Navarro, la Triple y el Congo) vemos poco y nada: lo nuestro es el Norte, aunque admiramos la sincronicidad con que se alternan para evitar la contaminación de sonidos.
Esperamos por Babasónicos. Me pongo un gorro de lana. Diana se compra una hamburguesa. Yo un budín de naranja. Ninguna quiere tomar nada, para no usar los baños.
Babasónicos arranca, encabezado por un viejito de barba que parece una mezcla de Demis Roussos con Horacio Guaraní, pero resulta ser Darjelós. No podemos creer lo que vemos. Es Moisés en el Sinaí, de bata suelta, collar con plumas y pantalón deportivo. Miradita perversona, eso sí, eso no se pierde. Muy bueno. La voz sigue intacta.
Cuando terminan faltan aún quince minutos para Buitres. Le digo a mi amiga que igual me quedo sola si ella quiere irse pero no, se queda, y termina enamorándose de Peluffo. Otra. Por si éramos pocas.
Una amiga y su hermano me saludan desde la masa. Comienzo a pensar que no veo a nadie porque soy miope, aunque Diana dice que mi pelo se ve de lejos, y por eso ellos me ubican y yo en cambio solo veo siluetas difuminadas.
Como el Congo se demora en el otro escenario, Buitres arranca una y diez. El frío del suelo mojado nos taladra las entrañas y la garganta comienza a emitir débiles señales de “pido”, pero no importa. Nada importa. Esto es una misa, y los fieles no conocen de distracciones. Somos la barra con más agite por lejos, por años luz. Ellos se desbundan y tocan y tocan, mucho más allá del tiempo convenido. Una hora y veinte de locura, mientras la gente del Cosquín los conmina a bajarse y Peluffo (desacatado) grita que esto es a puro huevo y que no se bajan nada. Saltamos, gritamos, descargamos cuanta mala onda pudiera haber en nuestras vidas. Salimos agotados y felices. Destruidos, con los championes embarrados, las piernas acalambradas y la voz enronquecida, pero salimos riendo y nos vamos cantando por el camino.
Tocó Buitres.
El cielo tuvo que esperar.




Ayer comencé y terminé el día bloqueando personas de las redes. En medio de ambos extremos, por la mañana, interrumpí a un conferenciante para manifestar sus generalidades con errores, y por la tarde le arrugué en la cara dos hojas de papel con sus opiniones a otro, haciendo un bonito par de bollitos que dejé en su papelera, porque restregárselas por la nariz quizá habría sido demasiado (aunque no estoy segura de esto último).
Hoy arranqué el día con una catarata de malas noticias de orden ecológico, histórico y policial, y ya estaba por ahogarme en el escepticismo más desesperanzado cuando una amiga me manda esta foto, con su correspondiente historia. Alguien de Lago Merín halló dos crías de comadreja abandonadas luego que unos perros mataran a la madre, tras lo cual hace una semana que las alimenta, para liberarlas luego (como ha hecho antes con otros bichos) en un bañado cercano.
Miro por la ventanilla del 402: la tormenta parece haber sido conjurada.
Miro para adentro: el día de confrontación parece haber quedado encapsulado, aunque no termino de decidir si el hecho de enfrentar o bloquear a quienes lo piden a gritos es un paso atrás o adelante en mi camino, usualmente calmo y silencioso.
Por ahora ha salido el sol, y la vida continúa.




Yo digo, ¿no? Si a un tipo le filtran fotos íntimas y se viralizan...
¿Es menos grave que si le sucediera a una mujer?
¿Es menos grave porque es famoso?
¿Es menos grave si está bueno?
¿Es menos grave si la esposa hace un chiste?
¿O es la misma mierda de la invasión de la privacidad de la que tanto nos quejamos?
Si él/ella las publica, viva su libertad.
Si eran privadas, no me parece que dé ni para medio chiste.



El 404 avanza feliz por Camino Maldonado, levantando tsunamis a su paso por las zonas inundadas. Los pasajeros, la mitad cubiertos con camperas mojadas y la otra mitad sosteniendo paraguas chorreantes, miramos en silencio por la ventanilla y pensamos que hoy sería un excelente día para hacer teletrabajo. Tengo los pies mojados y el pelo mafaldeado, y ya estoy lamentando haber dejado abierta la ventana de la cocina.
Mientras tanto el gato León y la gata Matilda duermen a pata suelta, cada uno en su piso de la casa que la humana mantiene a costa de pies mojados y rulos con frizz.
Algo anda mal en el reparto de privilegios de este grupo cohabitacional.
Sigo mi viaje seria y pensativa. Que no me olvide que tengo que hacer mandados a la vuelta: el atún está por acabarse.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Escenas de fin de semana



Viernes, siete de la tarde. 
La Plaza Independencia explota de colores, risas y alcohol. Hay cuatro filas de puestos ofreciendo cosas diversas para la venta, en tanto que a los costados varios grupos de gurises bailan y saltan al son de una música electro que viene no se sabe de dónde. Los camiones de la fiesta avanzan casi vacíos, con solo un par de figuras aburridas recostadas en la carrocería, mirando al resto desde la distancia, como quien ve un grupo de vacas pastando en el campo. Las travestis altísimas, flacas y hermosas, cruzan la calle en monopatín, caminan desabrigadas enfrentando al viento o desfilan orgullosas sobre sus tacos aguja de quince centímetros. Una chica finge que me va a dar un prendedor con los colores de la diversidad y ya me lo está poniendo en el saco, cuando pide una colaboración de cien pesos y desisto del regalo. 
_ ¡Qué lindo tu buzo!- me dice una señora, admirando las franjitas y los pompones de lana con los colores de la diversidad. 
_ No lo uso desde la marcha del año pasado- debí decirle, pero solo sonrío y sigo mi camino entre la masa de gente cada vez más compacta.
_ ¡Sacame una foto así, brillando!- pide un adolescente a otro que responde “ahre” y obedece. 
Encuentro a una amiga sacudiendo el borde de la enorme bandera a punto de desfilar por 18, la deja en otras manos y empezamos a recorrer los caminos de la plaza. 
_ No podemos perder esto- me dice. – Esta alegría, esta libertad, esta fiesta. Si ganan ellos se nos viene la noche. No podemos perder.- Y me regala un autoadhesivo blanco, rojo y azul para pegar en la ventana.
En ese momento explotan los fuegos artificiales: todos gritan y aplauden.
La marcha ha comenzado.



Viernes, nueve de la noche. 
Soy la última en llegar a la reunión familiar en el edificio de una tía. Me reciben con total oscuridad y gritos, cual si fuera una fiesta sorpresa, y al instante me doy cuenta de que a simple vista solo ubico a la mitad de las personas de la familia, aunque luego de un rato voy trazando líneas imaginarias entre los rostros, los nombres y las historias. 
_ ¡Qué lindo tu buzo!- dice una de mis primas evangélicas, y otra, Testigo de Jehová, agrega: - Estás con los mismos colores del Antel Arena. 
Miro por la ventana: estamos en un décimo piso y a lo lejos se ven las franjas coloridas del edificio, destacado en medio de las luces y siluetas oscuras de la ciudad. 
_ Es que vengo de una marcha…
_ Sí, ya sé- acota una de las jóvenes, y nadie hace más preguntas. 
Mientras transcurre la cena participo con una parte de mi cerebro, y con la otra voy observando los hilos que unen a esta familia. Venimos de una estirpe de costureras, así que la metáfora está muy bien empleada. 
Todos los hombres, excepto el asador, pasan la mayor parte del tiempo sentados, esperando a ser servidos. Nunca hablan de nada serio, y apenas tiran de vez en cuando algún que otro chiste previsible, sin moverse de sus lugares. Las mujeres (cada vez más rubias) llevan el ritmo de la charla, controlan a los niños, reparten el alimento, ordenan los juegos y deciden los tiempos. Siempre hemos sido mayoría, y lo sabemos. Los abuelos tuvieron cinco hijas, ellas seis nenas y un varón, y en la generación siguiente la proporción fue de diez a dos. Hay un montón de novios y maridos, pero el eje de esta familia es femenino.
Sigo escuchando el concierto de voces y risas, mientras circulan las botellas de refresco entre las mesas. Nadie toma alcohol en nuestras fiestas.
Todos, menos yo, son profundamente religiosos. 
Todos, menos yo, siguen casados en primeras nupcias desde tiempos inmemoriales. 
Todos con hijos, todos carnívoros, todos participando en el grupo de whatsapp.
Solo yo frenteamplista, profesional, viviendo sola, diversa. 
_ Prima, ¿te acordás de los cuentos de la casa de los abuelos? Parece que los que viven ahora también ven fantasmas.- acota de pronto Lourdes, ante lo cual la tía Esther de inmediato pone cara seria y la corrige:
_ No señor, no ven fantasmas. Solo escuchan voces. 
_ ¡Es lo mismo! ¿Y dónde las escuchan?
_ Donde antes estaba tu cuarto. Ahí ahora ellos hicieron un patio con parrillero.
_ ¡Pah! ¡Qué loco, siempre en el mismo lado! Yo vi a la mujer de blanco una vez, en ese lugar. ¿Nunca les conté? 
Las primas se pierden en historias de fantasmas reales e imaginarios. Mientras todos dan cuenta del asado y los chorizos, yo me voy comiendo uno a uno los bocaditos de brócoli que compré antes de venir en el supermercado de la esquina. Después me quedo un rato con la mirada perdida en los colores del Antel Arena, antes de integrarme de nuevo y por un rato a la marea de las charlas y las historias.





Sábado de tardecita. 
Rambla de Pocitos. Blancos con banderas. Parejas, niños y perros caminan o están tirados en el pasto, mientras se esconde el sol tras los edificios. 
Camino por la arena, que se va llenado de rocas, piedras y bolsas de leche infladas como almohadones de nylon a la orilla del agua ennegrecida por la bajante. Nadie limpia la playa, por ahora. Algunos restos del viejo hotel asoman a intervalos regulares: diez o doce tocones de madera, cuadrados, de unos treinta centímetros de altura, tapados de musgo y mejillones. 
Levanto la cabeza, veo a varias personas revisando entre las piedras en busca de algo, nadie sabe qué. 
_ ¡Mamá, encontré otra moneda de cincuenta centésimos!- grita una nena que corre por la orilla.
Me pongo yo también a buscar cosas, pero está cayendo la noche y no encuentro nada, o casi nada. Un viejo collar de tres vueltas con un par de hilos rotos que siembra de perlas blancas las rocas circundantes, y el pedazo de un plato antiguo fileteado en azul que me guardo en el bolsillo de la camisa. 
Las palmeras se relejan en el agua sin olas de la orilla. Se encienden las luces de la rambla. Ya es hora de cambiar la arena por la vereda, postergando los improbables hallazgos de la vieja Montevideo hasta la próxima tarde de bajante.




Domingo, once de la mañana. 
Un padre y su hijo van conversando en el asiento de atrás en el bus. Charlan sobre lo lindo que es salir de mañana cuando hay sol, del partido de ayer dirigido por Maradona y de lo que hizo el Gordo Fierro en el cumple de su hermana.
Una hermosa escena familiar, que me llega a través del sonido de sus voces. El hombre no vive con el chico pero disfruta de compartir con él sus intereses y de dejarle una enseñanza de vida a través de las palabras. El gurí mete de vez en cuando algún bocado, con tono admirativo. Debe tener unos diez o doce años a juzgar por la voz, que al principio creí que era la de una nena.
_ Ah, yo es lo que tengo- escucho al padre de pronto y tiemblo, porque nada bueno puede venir después de esa frase.
_ Yo puedo ser violento con cualquier hombre. -prosigue con orgullo- Yo me doy contra cualquiera, pero menos con un hijo. Ni contigo ni con el Lolo. Ni con tus amigos tampoco; con ustedes no podría. Pero con los demás, sí: puedo ser violento con cualquier hombre, si hace falta. Yo es lo que tengo.
Cuando llega mi parada, y bajo del ómnibus los miro de reojo: el padre ya cambió de tema, ahora le está mostrando al chico un par de fotos en el celular. La semilla de la violencia ha sido sembrada.






Domingo al mediodía.
Playa con sol y sin viento. Gentes adelantando el verano, perros, niños y cometas. Sombrillas. Camino descalza y con los pies en el agua, detrás de un hombre al que no le veo la cara. Lindo físico. Va de sombrero, camisa blanca desprendida y bermuda, con ojotas en la mano. Pelo entrecano. Barba. Buen caminar. Mientras lo sigo pienso qué tal vez tenga mi edad, que en una de esas no le gusta el reggetón y que si anda solo por la playa un domingo al mediodía debe ser que no tiene familia. Por unos minutos el desconocido de adelante es el hombre perfecto, hasta que se pone de perfil y veo que tiene más de sesenta años. 
Devenido en sexagenario, el antes hombre perfecto de pronto detiene su paso, se quita los lentes de sol y le habla a una chica de unos veintipico, de calza y musculosa roja, que estaba sentada en su pareo realizando ejercicios de estiramiento. No escucho el principio de su alocución, pero por su gestualidad intuyo algo del orden de “qué bueno es eso, hacer ejercicio, el aire libre, la playa”.
_ Sí. – responde ella sonriendo, antes de agregar con tono caribeño: _ Esto es muy bueno, io vengo aquí todos los días.
_ Lo sé, porque te he visto.- aclara el hombre, acercándose, a lo que la joven responde que sí, que ella también lo ha visto pasar otras veces. 
A esa altura los dialogantes de la arena van quedando lejos, a mi espalda, y pronto dejo de escucharlos. 
Sigo caminando con los pies en el agua. 
El hombre perfecto no existe, y yo no voy a volver a tener veintipico. 
Mierda.