Vistas de página en total

lunes, 13 de enero de 2014

2013 (enero/febrero)

(Rescate de textos del muro de facebook que no quiero perder del todo)





ENERO

2

Ejercicio de audición:

Desayune antes de las ocho de la mañana en un rancho de Valizas entre el mar y el bañado, de preferencia después de una tormenta de lluvia y viento.
Disfrute del silencio absoluto del lugar y la hora elegidos.
Comience por contar cuántos sonidos es capaz de diferenciar. Sí, de acuerdo, ranas, pájaros y mar. Ahora piense: ¿cuántos tipos de ranas escucha? Las constantes y las esporádicas, las de acá nomás y las de final del capiz, a una cuadra. ¿Y aves? Las golondrinas del techo y sus pichones parecen acaparar el aire pero si escucha atentamente sentirá gorriones, churrinches, teros y cuatro o cinco más que tal vez usted no sabe nominar, por el momento. También puede ser que perciba perros, vacas, gallos, gallinas, quizá algún humano, y hasta su propia sangre que corre, si se deja llevar por la vida y comprueba que es usted parte de un mundo en el que es tan necesario como la última hormiguita que se lleva al hormiguero los restos de migas del desayuno.
Respire hondo.
El ejercicio ha terminado.
Que tenga un buen día.


FEBRERO

1

Ya anduve en un Cutcsa.
Ya fui a la peluquería.
Ya me encontré tres alumnas en Tienda Inglesa.
Ya morí de calor cada vez que asomé al mundo exterior.
Ya me contaron historias de ladrones y balazos.
Ya escuché una cumbia.
Ya volví a Montevideo.
Suerte que mañana me voy de nuevo.






3

Pide atún el 99.8% del tiempo.
Siempre quiere que le abra alguna ventana que está cerrada.
Se cuela a mi dormitorio a la primera de cambio.
Duerme bajo la mesa entre mis pies y la paso pateando.
Jode TODAS las mañanas llorando desde que aclara y si no le abro se tira contra la puerta con todos sus pocos kilos.
Le roba el atún a su hermana.
No me deja hacerle mimos a nadie que no sea ella y para jugar con Tania tengo que esconderme.
Me mira acusadoramente cada vez que preparo el bolso para irme.
Duerme arriba de cualquier cosa mía que deje tirada por ahí.
Deja nubes de pelos por todos lados.
No se lava bien y pasa el verano con rastas.
REGALO GATA ARIA, PELUDA, DE BUEN CARÁCTER, INCAPAZ DE AGREDIR A NADIE.
O al menos la presto por tiempo indefinido.






LAGUNA DE CARNAVAL

MARTES 12

00.30: Llego a Tres Cruces con tiempo sobrado y me instalo en las sillas azules. Un cuarentón alto y grandote me mira al pasar. Seguro que este va para Río Branco y me toca de compañero de asiento. Dicho y hecho.
00.57: Cuarentón me habla, me habla, me habla. Ya bajé el apoya brazos del medio, contesté con monosílabos y me metí en facebook con el celular aprovechando la wifi de un bus de COT pero él sigue al firme. Solo queda el recurso de hacerme la dormida, cosa nada difícil en este tipo de viajes.
01.39: Ratoncito (el guarda canoso que me toca siempre que viajo a la una) me comunica que hay un par de asientos libres más adelante y allá fui. Buen viaje, insistió aún Cuarentón. I love Ratoncito.
06.55: Llegada a Río Branco y comienzo de espera del segundo ómnibus, el Decatur. Charla con chica en la misma situación pero con menos paciencia. Envidia de pelado con tablet con wifi. Sorpresa por el auto espectacular con el que se va de la terminal el Ratoncito. Cuarentón se fue en otro vehículo, pero no fue registrado.
08.00: Comienzo del oficio religioso en la iglesia Dios es Amor de enfrente a la parada. Pastor de voz intencionadamente temblequeante que parece querer inducir a hipnosis a las dos veteranas gordas del auditorio. No logro discernir en qué idioma se expresa, pero identifico tres palabras de vez en cuando: aleluya, gloria y Satanás.
09:00: Arribo al Lago. Saludos, charlas, desayuno.
09.50: Tiempo de alimentar a la fiera. Voy con mi padre a buscar al gato vagabundo al que le damos de comer hace meses. Sorpresa: ahora tiene pelo. Y sigue igual de mimoso, aunque ya no da asquito tocarlo. Nos separamos después con mi viejo uno para cada lado, y me detengo a contemplar el campo de enfrente al terreno en que vive el gato, donde se asolean felices cinco garzas blancas y dos rosadas. El vecino de al lado y su mujer me llaman y me ofrecen si quiero ver a su apereá domesticada. Cruzo volando, cámara en mano. “Chiquinha… vein chiquinha...” llama dulcemente él, al tiempo que de atrás de un alambrado asoma la cabecita del roedor, una cosa dulce, gris y peluda, de movimientos suaves y desconfiados. La mujer trae una zanahoria y él se la ofrece a la apereá (que es hembra porque está “grávida” y se le nota la pancita), quien comienza a mordisquearla de a poco y hasta se deja tocar la cabeza. Al final le dan un trozo de zanahoria que lleva presto para su nido tras un pequeño cerco y comparte con una cría de la camada anterior que hace acto de presencia al momento. Toda la escena es contemplada por varios dorados que entran y salen de una especie de jaula sin paredes donde tienen agua y comida a discreción. Salgo casi llorando ante tanta bondad y comunión con la naturaleza, mientras pienso que en cualquier momento me convierto en una vieja sensiblera y ando por el mundo largando el moco por cualquier cosa.
10.20: Paso por lo del Carioca que viene llegando con una garrafa en su carretilla y le encargo dos frascos de Ambrosía, pese a que mi madre a los diez minutos de verme ya me avisó: “estás más gordita, m’hija”.
11.00: Arranco para la playa. El calor es asfixiante y nunca deja de sorprender esto de estar a medio metro del agua y no sentir ruido alguno. Aves, caracoles, algo a lo lejos con pinta de serpiente, poca gente en mi playa personal. La lengua de arena está cada vez más grande y solo doy vuelta cuando estoy a cuadras del último ser humano visible y me da miedito que me salga al paso un yacaré o una anaconda. Ni me saco la ropa ni me pongo bronceador, concentrada en la belleza de los islotes, los juncos, las líneas de cucharetas en la orilla, los colores de la arena, la pureza del aire.
12.30: Almuerzo hogareño con todos los chismes de Montevideo para compartir. Miradas de rejo al patio del fondo, donde la gata acababa de mantener un épico enfrentamiento con un ofidio verde y negro aún no identificado.
13.00: Inicio oficial de la Hora de la Siesta. Se suspende toda actividad hasta las cuatro de la tarde, y es una medida que respetamos sí o sí, porque el calor se encarga de sofocar cualquier conato de rebelión ciudadana.
Tarde en la noche: Aquí en Reino Mosquito, bañada en Off y a punto de estrenar mi nuevo tul gigante estilo vieja película de expedicionarios en el África. Esperamos en cualquier momento recibir una maldición gitana de boca de una mujer a la que no queremos alquilarle la casa. Mi viejo no puede creer que su cuadrito vaya perdiendo 2 a 0. La gata acaba de burlar nuestros esfuerzos mancomunados y se escabulló por ahí. Traté de conseguir sardinas o atún para el gato vagabundo pero se ve que eso por acá es lujo. Creo que mejor me voy a encerrar antes de que reaparezca la gitana.


MIÉRCOLES 13

La tarde de ayer transcurrió plácida y calurosamente.
A eso de las tres estábamos en el porche viendo pasar las horas cuando paró un auto y una joven muy gorda se bajó de él. Preguntó si alquilábamos la otra casa, porque precisaba alojamiento por dos días, a lo que mi madre respondió que quedaba libre esa noche pero no nos interesaba un alquiler por tan poco tiempo. La mujer no era fácil de amilanar y comenzó a insistir hasta que le dijeron que sí, que por 700 pesos cada noche podía quedarse, lo cual ya era una rebaja del precio típico de febrero.
_ Y dígame una cosa, ¿usted se enoja si le pregunto algo?_preguntó antes de irse.
_ No. ¿Qué?
_ ¡Déjemela en 500 por noche, no sea malo! Por una vez, una excepción, qué le cuesta…
Resumo. Empleó el mismo mecanismo de regateo propio de un nene de tres años una y otra vez, hasta que surtió efecto y mi vieja se la dejó en 600. No quedó convencida pero se fue prometiendo pasar a la tardecita si no había encontrado algo más barato. 
Nos quedamos pensando que primero dijo que eran ella y el marido, luego habló de tres personas y después resulta que eran ellos y sus suegros. Además dijo ser amiga de la que nos está alquilando ahora y era mentira, como comprobamos apenas hablamos con la inquilina, a quien la otra trató de venderle un juego de sábanas y mientras tanto le preguntó vida y obra. Gitana era la mujer, aunque sin colorinches ni lectura de manos. Decidimos no alquilarle aunque no teníamos por qué preocuparnos, puesto que no volvió. Capaz que la asustó la tormenta, porque alquiler más barato no conseguía ni en sus sueños. Qué bueno que no reapareció.
De noche armé mi súper tul alrededor de la cama, a resultas de lo cual pasé la primera noche lagunera sin mosquitos desde que tengo memoria. El único riesgo era que la gata intentara subirse a la cama, pero con el calor anda bastante desamorada y durmió arriba de la mesa.
Al amanecer de hoy había un hermoso viento que se convirtió rápidamente en el calor estático y desmoralizador de todos los días. Como a las diez de la mañana aún no había encarado salir y estaba sola en la casa, ante la primera salida de mi vieja desde hacía un par de meses. Habían ido ella y el Cele a la otra casa a ver cómo estaba todo, y yo escuchaba a Dolina cuando golpearon las manos. Eran dos mujeres.
_ Hola.
_ Hola… _ Ni idea de quiénes eran.
_ ¿Vos sabés quién soy yo?_ preguntó la veterana, captando mi cara de desconcierto.
Esa voz… Esa voz tenía sabor a infancia, a la casa de mis abuelos en Lutecia, a madre de primo hiperactivo y peleador.
_ ¡Almerinda!
La tía Mirinda, como le decíamos, es una prima de mi viejo que vive en Melo y andaba de paso con su reciente ex nuera por la Laguna. Les calenté agua para el mate, charlamos un rato y se fueron a la otra casa a ver a mis padres. Al rato volvieron ellos y apareció otra visita: la enfermera de la Laguna, que venía a despedirse tras ser echada del trabajo por no sé qué lío con una vieja del pueblo llamada Aeropagita.
Al rato me fui a alimentar al gato viejo pero al llegar el bicho no estaba en su sitio habitual. Lo llamé varias veces, revisé el terreno, y nada. Ya me iba a volver con la comida y estaba poniéndole agua en el platito cuando apareció: había estado ahí nomás, a un metro, bajo unas piedras que forman como una cueva fresca, pero es que el pobre es sordo y no me había visto llegar.
La playa era un horno. Las calles, paseo del infierno. Bajo los árboles se podía sobrevivir, pero apenas. A las doce pegué la vuelta casi sin aire. Por el camino un caniche quiso morderme y tuve que gritarle que se ubicara en su tamaño. Otro bicho sí me mordió o picó o algo, porque sentí un lanzazo en la pantorrilla y un dolor peor que el de la picadura de una avispa, aunque nunca vi qué diablos había sido.
Y aquí estoy, en medio del Tiempo Sagrado, bajo los árboles del fondo, tirada en la hamaca paraguaya y oyendo las chicharras y los pájaros del barrio. Qué vida sacrificada esta. Me merezco un monumento, o al menos una foto para la posteridad.


JUEVES 14

Así como para el pueblo hebreo el día va de sol a sol, aquí en Lago Merín el tiempo se mide de siesta a siesta.
Ayer a eso de las cuatro de la tarde no me había animado aún a encarar las pocas cuadras de caminata hasta la playa y estaba hablando con Diana por teléfono cuando un grito de mi madre desde el galpón me hizo dejar todo y salir corriendo. ¿Se habría caído de nuevo? ¿Se le abrió la operación como consecuencia de haber caminado en exceso después de meses de obligatorio reposo? No, era algo mucho más sencillo: se le había enredado una víbora en la pierna. No era venenosa, eso seguro, por su color verde-amarillento con manchitas negras. Ella dijo más tarde que en verdad no se asustó, primero porque en la semi-penumbra del galpón pensó que era un sapo y segundo porque andaba con el pie un poco hinchado y con sensibilidad menguada en toda la zona.
Al galpón no he vuelto a entrar, por si acaso.

A eso de las cinco enfilé bajo el sol rabioso y despiadado hacia la lengua de arena, que tendría unas diez personas y tres perros en total y estaba preciosa. Más tarde empezaron a llegar los amantes del kitesurf y la gente que viene a contemplar el atardecer, porque la lengua es la única playa en la que se ve el sol ponerse en el agua. Esta vez el espectáculo fue un tanto original porque el cielo quedó cortado en dos entre nubes negras y cielo azul produciendo extraños efectos de luces y sombras que traté de captar en las ochenta fotos de celular que saqué hasta que se me agotaron las pilas de la cámara. Ochenta y uno, en verdad. Las acabo de contar.

Hoy desperté arrullada por el dulce sonido de una llovizna reparadora que nos acompañó un breve rato, suficiente para ayudar al pueblo a respirar mejor por unas horas. A eso de las nueve fui como todos los días a darle de comer al gato viejo. Ya estaba como a una cuadra a la vuelta cuando me crucé con un señor gordo sentado en el frente de una casa que me pegó el grito:
_ ¡Ese gato va a quedar pipón!
Esto es el Lago Merín. Una no conoce a nadie pero todos la conocen a una.

El resto de la mañana lo pasamos en la casa nueva haciendo una mudanza de todos sus muebles para un dormitorio, porque parece que se alquila por unos meses a una gente que viene con sus propias cosas. Me encanta la logística de las mudanzas, el cálculo de la mejor disposición de cada objeto para ahorrar espacio, el cambio de todos los ambientes momento a momento. La cosa salió tan bien que nos sobró pila de espacio, modestia aparte.

A la vuelta le compré la Ambrosía al Carioca y ya abrimos uno de los frascos para probar. Decididamente, un manjar de los dioses. Lo que no me gustó mucho fue la víbora verdosita que vi en una zanja, a mitad de camino entre su casa y la mía, pero como estaba inmóvil no supuso una amenaza real sino un simple motivo de futuras pesadillas.
Ahora estoy en el fondo, en mi hamaca del mediodía. Una hornera camina por el pasto a un par de metros, hay picaflores, ratoneras y gorriones en la vuelta. De la víbora del galpón ni noticias. De vez en cuando caen algunas gotas que no molestan; todo el universo parece detenerse una vez más y no seré yo quien venga a despertarlo.
En dos horas más cambio verdes por grises, pájaros por bocinas y puertas abiertas por rejas y muros. Pero ese también es mi mundo, como la plaza de Valizas, como la playa Sur, como la calle Florida en Buenos Aires y el barrio de La Víbora en La Habana.
Cuántos mundos propios tendré por ahí que todavía no conozco.
Qué gran cosa esto de estar vivo.

miércoles, 8 de enero de 2014

2012 (octubre/noviembre/diciembre)





Algunos textos sueltos, rescatados de la red.


OCTUBRE

28

Yo tengo una paciencia casi infinita. Para que decida cortar algo de raíz tiene que haber sido muy invasivo, y eso es lo que sucedió hoy. En verdad todo empezó ayer, cuando vi que los tréboles se habían adueñado de un par de macetas y estaban empezando a asfixiar a las primitivas pobladoras de las mismas. Hoy se me ocurre buscar un cactus que hace tiempo que no veo y solo veo horrorizada su cadáver, muerto por falta de sol quién sabe hace cuántas semanas, desde que una planta vecina lo fue bloqueando por completo. 
Eso lo decidió todo. 
Le hice primero los honores fúnebres al cactus y arrasé luego con los tréboles, las veinte o treinta ramificaciones del lazo de amor y el kilo de tunas de una especie particularmente prolífica que ya campeaba sobre seis o siete macetas, disimulando con su aire frágil y sus florcitas delicadas y lilas. Las tiré a la volqueta en una bolsa grande, de las que me dan en la veterinaria con el Cat’s Pride sin el cual mis gatas no pueden subsistir en buenas condiciones higiénicas, e incluí en ella todos los caracoles que encontré y también el cadáver de la lavanda, de cuyo asesinato súbito no puedo acusar a nadie, pese a que me la juego por alguna persona cercana y desequilibrada, de las que se ponen a barrer la vereda en medio de los ciclones subtropicales. 
Ya que estaba, y ya que la susodicha volqueta parece haberse convertido hoy en depositaria de despojos de jardines varios, me traje de allí un par de gajos de malvón y dos de Tibuchina, para ir probando suerte en algunas macetas que me han quedado desocupadas luego de la masacre vespertina.
Tania está feliz porque le dejé a mano una maceta con pastos que masticar de vez en cuando, mientras que Roldana se revolcó un buen rato entre las plantas arrancadas y las huellas húmedas de las macetas cambiadas de lugar. Los caracoles espero que no vuelvan y, por favor, que nadie piense que todo (incluyendo esta crónica) no fue más que una excusa dominguera para zafar de la corrección de los escritos de mis alumnos sobre la poesía gauchesca y el Martín Fierro.


31

OTRA TÍPICA DE CERRO LARGO...

Si alguien encuentra por ahí alguna ambulancia perdida, sepan que la Policlínica del Lago Merín perdió una completa. Fue un préstamo de ocho días, según afirman, y dicen poseer documento comprobatorio. Ya hace cinco años de esto. Tenía incluso radio-comunicador, pero el aparato no dio más señal de vida, no comunicó a la base el paradero del vehículo. Si no falleció, debe estar en estado terminal. No se escucha ni el canto de la sirena.


NOVIEMBRE

19

Acabo de dar vuelta a un cascarudo que pataleaba en el vacío, caído de caparazón sobre el hormigón de la vereda.

Llegó el verano.



23

A VER... ¿QUÉ NOTA LE PONDRÍAN A ESTE TRABAJO?

Pregunta mía: Elabore una continuación de “El desalojo” donde tres o más personajes se reencuentren diez años después.

Respuesta de Guillermo:

Era la mejor y la peor de todas las épocas. En algún lugar de La Mancha, cuyo nombre no recuerdo, en una muestra de aviación, se encuentran el fotógrafo y el periodista.

PERIODISTA: (extendiendo la mano) _ ¿Cómo le va? ¿Se acuerda de mí?
FOTÓGRAFO: (escupe una semilla de sandía): _ ¡Cómo no! El lío del desalojo…
PERIODISTA: _ Un día entretenido… Che, qué loco esto de los aviones. Primero los hermanos Wright con esto, después Marconi y la radio, más tarde Graham Bell y el teléfono. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad…
FOTÓGRAFO: _ ¡Daguerre y su daguerrotipo! Esa sí fue una buena noticia.
PERIODISTA (con tono de sorpresa) _ ¿Daguerrotipo? ¿Tenés como cien años?
FOTÓGRAFO: _ Sí, más o menos. (dirigiéndose a una multitud) A ver, muévanse, que me tapan la foto.
JUAN: _ Dejanos, es nuestra única oportunidad de salir en una foto.



DICIEMBRE

4
Puedo escribir los versos más tristes esta tarde.

Escribir, por ejemplo, "el liceo está tranquilo

y a partir de hoy las clases quedan lejos".

Puedo escribir los versos más tristes esta tarde.

Yo los quise, y a veces ellos también me quisieron.

Cómo no haber dudado de su estudio en cada escrito.

Sus trencitos, sus excusas, sus faltas infinitas.

Pensar que no corrijo. Sentir que ya no grito.

Oír este silencio, más silencio sin ellos.

De otro. Serán de otro. Como antes de mis notas.

Ya no los veo, es cierto, pero siempre está febrero.

Es tan, tan largo el año y es tan cortito enero.

Porque en tardes como esta yo estuve rezongando,

mi alma no se contenta con haberlos despedido,

aunque este sea el último día que ellos me escuchen

y estos sean los últimos versos que yo hoy escribo.

(y que Neruda me perdone)


10

I
Hospital de Melo; la definición de lo bizarro. Llueve a baldes. Estoy en la recepción, porque más de un acompañante por enfermo no se puede (pese a que en la sala de nueve camas solo está mi vieja). He esquivado a dos cucarachas hasta ahora. Las escaleras y pasillos se llueven. La cena de hoy fue tan fea que nadie quiso comerla. En la recepción, tres mujeres hablan sobre la Atlántida y las profecías mayas del fin del mundo. Me traje un libro pero a los dos minutos apagaron la luz. Podría mirar la tele, un fascinante programa argentino de fútbol. Viene mi viejo, aburrido. 

II
"Trajeron a una mujer quebrada para la sala" dice mi padre, "es grande como una ballena". 
Los otros pacientes que pasaron por la sala en estas dos semanas han sido variopintos. 
Estuvo la cieguita, de 15 años que un día empezó a quejarse muy fuerte; su madre (de treinta) miró a la mía y le dijo "no se preocupe, doña, es que ella siempre fue autista y ahora que está empezando a hablar no lo puede creer y está emocionada".
O la veterana con el hijo de 43 pirulos, Edipo de tapa de libro si los hay y al parecer con cierto retraso, que les contó que cuando el hijo se ennovió con "esa", que ya tenía diez hijos, ella la encaró un día y le dijo "vos podés hacer lo que quieras, que mi hijo nunca va a dejar de vivir conmigo".
Y la viejita de 77 años que vivía en un pueblo minúsculo llamado Ramón Trigo y escribía sus poemas en un cuaderno, que le mostró a mi padre para ver si le gustaban. "Le ponía h a todo pero sus ideas no eran malas" opinó mi progenitor. 
Lo dicho antes: un mundo raro. Conmovedor e irritante. Raro.


15
¡Qué difícil es ser madre! Mis dos criaturas de 72 años son de la variedad acumulativensis, que se caracteriza por poner CADA objeto, toalla mojada, galletita o mitad de alfajor en una bolsita de nylon individual y luego hacer un bollo con cada prenda de ropa y meterla a prepo en la mochila.
Dios. La que me espera.


26
La Laguna me ama tanto que no quiere que la abandone. 
Paseando por la lengua de arena hace un rato me enterré de pronto casi hasta la rodilla. Di como cinco pasos desesperados y en cada uno me hundía más, hasta que pisé arena firme y salí. No había nadie cerca porque la tormenta había puesto el cielo negro-negro, o sea que mi desaparición física iba a ser un misterio, hasta que algún pescador rescatara alguno de mis huesos, la cámara o el celular. 
Tengo que hacer testamento. 
¿Alguien quiere a Tania y Roldana?


26

Domingo 23: compartí la espera del bus al Lago con un muchacho de unos 25 años, con dificultades para hablar y cierto retraso evidente. Llevaba un pet carrier con un gato persa color arena, tan grande y peludo que era un espectáculo. Había venido de Mdeo en la bodega de Núñez. En cierto momento lo sacó, atadito con correa, y el gato se le fue corriendo una y otra vez hasta que lo encerró de nuevo en la jaula. Me dieron ganas de asaltarlo, robarle el gato y liberarlo por ahí, pobre bichito nacido para más noble destino.

Miércoles 26: el mismo gurí, la misma jaula, pero esta vez lleva para Montevideo dos preciosos gatos adultos, de Angora, blancos.

¿Qué hizo con el otro?
¿De dónde sacó a estos dos?
Tráfico de gatos de raza en Lago Merín?


27
Me sacaron los puntos de la cabeza... Y creo que no se me fue ni una neurona en el proceso! El médico dijo que me porté precioso y que no lloré ni un poquito... ¿Me estaría tomando el pelo?




domingo, 5 de enero de 2014

2012 (julio/agosto/setiembre)






Este es un pequeño rejunte de textos posteados en el muro de facebook en la segunda mitad de 2012 que por alguna razón me parece que resisten el paso del tiempo y quiero compartir con quien acierte a pasar por estas Hojas de Arbolito.
Este será, en cierta medida, un viaje en el tiempo.
Bienvenidos a bordo.


JULIO



15

8 de la mañana. Día de sol en Río Branco. Hace una hora que estoy, y ya aprendí que acá se saluda a todo el mundo, que en la Boutique de la otra cuadra hay un Show de Caipiras, que los muchachos andan por la Avenida con los cuellos llenos de guirnaldas de algún cumpleaños, que los diarios recién llegan a las 10, que los bizcochos calentitos de la Nueva Esmeralda son irresistibles, que los bolsos se dejan solos en el banco de la Agencia Núñez y que la Agencia queda sola si las empleadas van a comprar algo al almacén. Bandadas de aves, en formación o en desorden. Poco movimiento humano. Un veterano con guitarra espera como yo el bus a la laguna, que pasa en 10 minutos. No me animo a preguntar por el barcino que hasta el verano pasado era el mimado de la agencia y ahora ni rastros.
Estoy en un mundo distinto y ajeno. Helado. Silencioso. Tranquilo. Con otras reglas. A seis horas y a varios países de mi casa.


AGOSTO


28

Acostumbrada al invierno y la noche, la luz del día me abraza feliz cuando abro mi ventana 6.45. Camino hasta la parada bajo un cielo fanáticamente azul de primavera. Apenas llego me reciben mis dos buses, para que elija. Le digo al guarda que me espere un segundo mientras cuento la plata y me responde que no hay problema, quedate tranquila, gracias por pagar con monedas, mientras le doy 19 pesos de a dos y de a uno.
Qué grande este asunto de estar vivo.



SETIEMBRE

1

Cuando nuestros ojos se cruzaron por primera vez este verano supimos que había nacido algo destinado a durar mucho tiempo.
No nos vemos seguido; a veces demoramos unos días y en otras ocasiones el tiempo se alarga y hay semanas de vivir cada uno su propia vida, sin asomarse a la del otro. De todos modos siempre volvemos a encontrarnos y cuando eso sucede tengo la certeza de que el momento vale la pena, por más que nuestros destinos estén la mayor parte del tiempo ligados a otros seres y otros presentes. Es un placer abrazarlo, tocar su pelo, mirarlo a los ojos.
A veces pienso que deberíamos vivir juntos, pero esa locura no me dura más que unos minutos. No estamos hechos para la convivencia, me digo, mientras cierro los ojos, aprieto los puños y retomo mi camino.
Él se queda ahí, en la vereda, moviendo la cola y ladrando bajito, hasta que su dueño se asoma a la puerta y le ordena entrar de una vez a la casa.


5

Querido diario:

Hoy comencé el día pagando $ 9376 pesos de IRPF.
Cuando quise comprar una porción de torta alfajor frente al liceo para compensar tan terrible golpe ya no quedaba.
Al mediodía me comunicaron que el viaje a Salta no sale.
La perra de la cooperativa, que me ama, hoy se fue con una vieja y no me dio corte.
Compré un ticholo en el recreo de Inglés y vino con un par de pedacitos de vidrio.

¿Qué debo hacer para cambiar esta racha?
a) Ir a una bruja.
b) Poner un cd de Buitres a todo volumen y olvidarme de todo.
c) Terminar la botella de Grappamiel Valdi.
d) Irme a dormir ya.
e) Otras opciones.


8

Asamblea en la cooperativa.

Llego bajo llovizna, puteando para mis adentros y repitiendo como mantram "por qué un viernes, por qué un viernes, por qué..."
Ya está medio mundo. El viejerío charla, sociable, antes de agarrarse de los pelos apenas se toque el tema de los subsidios por el aumento del alquiler, que se nos cuatriplica este mes.
Por lo menos no hace frío.
Ampliaremos. Cuanto más me aburra, más ampliaremos.
Se hizo el silencio. Comenzó la Asamblea.


Va media hora, y ya se picó.
Se hizo un minuto de silencio por los muertos desde la última Asamblea, bienvenida a un socio nuevo, lectura interminable del acta de la asamblea anterior.
_Se vota el acta... Por la afirmativa... Negativa... Abstenciones... Fulano, querés fundamentar tu abstención?
_Sí: ese informe es un chiste.
_No es un informe; es un acta.
_Ah. Esa acta es un chiste, entonces.

Una veterana pregunta por un préstamo del BROU, no entendí mucho de qué hablaba, pero en seguida un socio se identifica como empleado del BROU y pide datos, porque esa información viola el secreto bancario.

A todo esto ya han sonado como 20 celulares y hay un hombre que escucha radio unas filas detrás de mí, con un programa deportivo.

El Presidente se esfuerza. Me cuestiono si debo aclararle algún día que le falta la "i" final en "a posterior", que el BROU no "entiende DE que" ni nada es "A grosso modo", pero no lo decido.

Una socia se descompensó, y el almacenero la llevó a su casa.
La discusión aún vive y lucha.

Se enojó el Presidente: "¡No somos niños de escuela, señores!"

Alguien le pegó el grito a una vieja para que se dejara de hablar por teléfono. 
El de la radio ya la apagó.

Además del cuatriplicado, se viene OTRO aumento en octubre.

No me voy ni a las dos de la mañana.

Tengo hambre. Me aburro. No paro de toser.

Momento tenso.
Tenemos que votar socio por socio si se le da el subsidio a cada uno de los socios que lo pidieron. Alguien pasea por el salón comunal en pantuflas. Otro habla con voz inaudible. El Presidente grita que se retira porque no va a ser cómplice de esta farsa y sale de sala.
Una hormiguita camina cerca de mi pie pero no se sube. La mesa directiva se está quedando disfónica. Un estruendo nos hace saltar: es un socio que se cayó al romperse su silla de plástico.
Hay silencios entre la votación de cada socio que se cortan con un cuchillo.
El Presidente, famoso por su paciencia, no ha vuelto.
Siguen sonando celulares.
Algunos se quejan de socios que solo votan abstenciones.
Ceños fruncidos. Viejos con bastón. Murmullos constantes. Viejitas que se ríen de todo. Piso húmedo. Plantas de plástico sobre la vitrina con los trofeos de la cooperativa.
Ya votamos el subsidio de como 15 socios.
Mi compañero del Integral bosteza ostensiblemente.
Esta es una historia sin fin.


Ahora resulta que hay que pagar (además) 400 pesos de aumento de gastos comunes. Arde Troya.


14

ROLDANA TIENE NOVIO

Confirmado. Llegué más temprano que de costumbre y lo vi: un negro enorme escapando por la ventana de la cocina mientras ella venía con cara de inocencia a recibirme y pedirme atún. Con razón andaba tan contenta hoy de tarde, tomando sol y revolcándose en el patio. Ahora entiendo todo.


17

BALANCE DE LA SEGUNDA JORNADA DE VACACIONES DE “PRIMAVERA” EN LA PALOMA:

Temporales de viento: 1
Lluvia: 0
Sol: 0
Restaurantes cerrados: 4
Restaurantes abiertos: 1
Horas de caminata por la playa: 2
Estrellas de mar: 4
Estrellas de mar en condiciones de ser llevadas a Mdeo: 0
Estrellas de mar de ayer invadidas por bichos de la humedad del patio: 11
Patos sobre las rocas: 7
Lobitos pequeños sobre las rocas: 2
Llamadas a organización ecologista para salvar lobitos: 1
Respuestas del tipo “es la selección natural, bla bla bla”: 1
Comercios abiertos para ver artesanías: 0
Pedidos al Alcalde para que nos sacara multas: 0
Campanadas fantasmales escuchadas por una de las integrantes del equipo: 0
Ballenas avistadas: 0
Balleneros: 0
Horas de viaje de vuelta: 3
Horas de viaje cantando: 2,5
Estrellas del cielo vistas en todo el viaje: 0
Gatos negros posibles novios de Roldana ante mi puerta al llegar: 1
______________________________________________________________

Saldo altamente positivo; se sugiere repetir la experiencia más allá de los meses invernales.


29

Hace un rato voy llegando a casa y a una cuadra dos niñas de unos cinco años dejan de jugar y se me quedan mirando.
NENA 1_ ¿Shakira! ¡Shakira! _ grita mientras me saluda moviendo frenéticamente los brazos.
NENA 2_ No es, ¿no ves que no es?
NENA 1 (con cara de duda)_ ¿No sos Shakira?
YO_ No, no soy. ¿Y vos?
NENA 1_ Yo sí_ Y se pone a cantar y a bailar un tema mientras yo sigo mi camino a las risas.
No tendré la plata, la voz ni otros atributos de Shakira, pero a veces me siento en el mejor de los mundos posibles.


domingo, 8 de diciembre de 2013

Querido Papá Noel:








Hace unos años que no me visitás, ¿será que no te enteraste de mi nueva dirección? Ya es tiempo de que regularices tu actuación o me veré obligada a quejarme a las autoridades pertinentes. Tengo pruebas; no intentes disimular tu imperdonable ausencia de mi domicilio o acá arde Troya. Bueno, ya sé que no vivís en Troya, pero poner que arde el Polo Norte suena cuando menos un poco torpe, ¿captás? Y haceme el favor de no distraerte con pequeñeces, que esto va en serio.
Mirá, en primer lugar quiero avisarte que en mi nueva casa no tengo chimenea, pero no hay problema si decidís tocar el timbre. Ya sabés que no soy muy tradicionalista. No, arbolito no tengo, nunca tuve, pero si te sirve hay cuatro plantas en macetas. ¿Pesebre? ¿Qué es eso? Ah, antes que me olvide, ojo con tus renos que el sereno de la cooperativa es muy estricto y no permite el paso de animales por la calle; dejalos en la esquina, al lado de la parrillada El Cholo, y capaz que todavía están para cuando vuelvas.
Pero dejémonos de prolegómenos y vamos a lo nuestro.
Mi conducta en este año ha sido todo lo buena que pudo ser, y no digo más; vos te encargarás de averiguar el resto. Ojo con los testigos que interrogues, ¿eh? Mirá que hay un par que se las traen; cualquier cosa yo te paso nombres por mensaje privado y lo conversamos.
En cuanto a lo que te pido, es muy sencillo y no te va a costar ningún trabajo conseguirlo. Tres kilos menos, un rancho en Valizas y que me revoques la pared del dormitorio, ahí donde estaba el ropero que desarmamos, porque mi viejo la había picado para meter el mueble y quedan feos los bloques a la vista con agujeros. Sí, ya sé que son deseos de distinta entidad, pero qué querés, por más que pienso y repienso no se me ocurre nada más, ¿viste? Y no esperes que diga la paz del mundo o el reparto equitativo de la riqueza, viejo, que por acá no somos políticos de los sesenta.
Nos vemos el 24 a la medianoche. Mirá que confío en vos y voy a dejar a mano el vaquero ese que no me entra para reestrenarlo en Navidad.

Mariela

Ps: qué cabeza la mía, me olvidaba: por Roldana y Tania no te compliques, que con unas latas de atún Leather Price del Disco las conformás.
Ps 2: ah, y tratá de que el rancho no sea muy cerca del agua esta vez, ¿ta?


Abrazo, viejo, que andes bien. Nos vemos.

martes, 26 de noviembre de 2013

MUNDO BARRETO, capítulo 4: La vieja Presolpina.

             



                 Presolpina era el nombre de mi bisabuela por el lado de los Barreto. Todavía hoy recuerdo con todo detalle las visitas a su casa en Melo como una instancia formal, aburrida y no exenta de cierto temor porque la vieja tenía muy mal carácter y su posición de Hembra Alfa de la manada la hacía de todo punto indesobedecible.
            Pero había que ir.
            La casa quedaba en las afueras de la ciudad y era relativamente modesta, aunque a mí me parecía enorme y misteriosa con sus estantes inalcanzables, su olor a encierro y esos silencios incómodos de las visitas por cortesía de los tiempos de antes en los que uno miraba al piso y tragaba saliva en silencio esperando que el grito lejano de un heladero o la irrupción intempestiva de un niño o un perro introdujeran una distracción por fin, por fin, por fin algo, dios mío. Por fin. Algo.
                En la época en que íbamos a visitarla ella vivía con la Santa y la Chiquita. Había tenido muchos hijos pero ya todos excepto la menor estaban casados y viviendo por su lado, incluyendo a mi abuelo, el único que había rumbeado para la capital. Una antigua tradición de Cerro Largo la había llevado a bautizarlos con nombres que comenzaran por la misma letra. Así fueron naciendo Albino, Adeal, Aldina, Adelina, Albina, Antenor y Alaídes, aunque hay que señalar que el nombre verdadero de mi abuelo según la cédula era Juan Elbio, porque al empleado del Registro Civil el nombre de Albino no le pareció lindo y se lo cambió al inscribirlo, sin decirle nada a la familia. La última hija del matrimonio de Presolpina y Policarpio desde un principio salió medio lenta para pensar, característica que la familia atribuyó al hecho de haber decidido sus progenitores a último momento interrumpir la seguidilla de nombres que empezaran por A y ponerle Santa. Nadie se cuestionó si no sería que los padres ya estaban más que maduritos para seguir procreando criaturas y tampoco _menos aún_ se les ocurrió consultar a un médico para ver si su problema tenía que ver con algo innato, con desnutrición o con vaya a saber uno qué motivos. La Santa tuvo un nombre que no empezaba por A y les salió lenta; más claro echale agua.
                Volviendo a la dueña de casa, era una mujer fuerte doña Presolpa. Como regalo de casamiento el viejo Orosmán, su padre, les había dado un lugar para hacerse un rancho en el fondo del campo lejos de todo, donde vivieron apartados del pueblo y de la familia por varios años. Pero Policarpio trabajaba en la esquila y había épocas en que pasaba diez o quince días sin aparecer. Una noche mi bisabuela se levantó porque escuchó a los teros y se puso a esperar. También ladraron los perros. De pronto sintió que golpeaban las manos y se quedó quieta. Era muy tarde y ella no estaba armada. Esperó en silencio, con el corazón en la boca, hasta que vio una mano aparecer por la rendija tratando de levantar la aldaba. La puerta no tenía cerradura, solo una maderita que la mantenía cerrada desde adentro por si el viento y los perros, obstáculo en todo caso fácil de sortear por cualquier caminante en busca de comida, mujer y techo ajenos. Cuando aquella mano de dedos grandes y curtidos tanteó la aldaba Presolpina no dudó y le dio flor de martillazo. Nunca se supo qué fue del intruso.
                Al poco tiempo las cosas mejoraron lo bastante para la pareja como para desembolsar novecientos pesos uno arriba del otro y comprarse una casa en Melo, donde vivieron hasta el final de sus días. El egoísmo de Presolpina fue proverbial en mi familia, al punto que se decía que tenía los dulces y otras cosas ricas bajo llave para disfrutarlos sin compartir ni siquiera con sus hijos y que a la hora del almuerzo ella se comía los churrascos y le daba los huesos al marido para que mordisqueara las sobras. Conociéndola, no lo dudo.
                Las tareas domésticas del hogar recaían siempre en los hombros de la Chiquita, la criada, una muchacha apocada y sometida al menor capricho de la patrona. En esa casa había mucho que limpiar, vaya si había. Esta no era como mi otra bisabuela, doña Eleodora, que no sabía nada del manejo de una casa de familia, que era torpe, poco habilidosa y perezosa a tal punto que a veces los chiquilines amanecían meados y así se quedaban hasta el mediodía por no molestarse en cambiarlos. Presolpina era muy activa; tomó las riendas del poder desde un principio y ya no las largó más ni hubo quién le disputara el derecho a hacerlo un día siquiera. La pobre Chiquita era la que llevaba la peor parte de las tareas y los rezongos de cada jornada.
                Hace muy poco tiempo vine a enterarme de dos cosas. Primero, que al parecer la Chiquita sí era parte de la familia, desde el momento en que era hija natural de uno de los hermanos de mi abuelo, quien la trajo para que su madre la criara porque vio que la gurisa estaba pasando hambre. Segundo, que la verdadera bruja de la vida de la Chiquita no era la vieja Presolpina sino la Santa, con su apariencia de pobrecita, quien la mandoneaba y le pegaba sin miramientos, desquitando en la muchachita el vacío de sus días iguales y sin para qué. De todos modos, que mi bisabuela no fuese mala con su nieta no reconocida no quiere decir que no lo fuese con otras, que el tener criadas era una costumbre muy arraigada en campaña y por ese hogar pasaron varias. A una, incluso, llamada Mabel, se la llevó la madre después de que una vecina denunció a Presolpina por maltratar a la criatura y no darle de comer.
                Volviendo a mi infancia, en esa cuadra siempre había algunos niños. Eran amigos de mis primos lejanos Randol y Raña, y por ese parentesco me aceptaban para jugar a la escondida o la mancha, aunque a veces cuando yo recién había llegado alguno se me quedaba mirando y me gritaba: “¡yo contigo no juego, Yanet!”, y cada vez había que explicarles que yo no era la nena mala de la calle, la tal Yanet a la cual nunca pude sacarme el gusto de conocer ni de lejos, que yo venía de Montevideo y solo quería jugar sin pelear con nadie.
                Las visitas duraban de dos a tres horas. Las señales de que se acercaban a su fin eran un licorcito con el que era invitado mi viejo y un concierto de acordeón conque éramos obsequiados todos, y que es lo único realmente bueno que recuerdo de la vieja Presolpina.
Tocaba como los dioses. Cuando se abrazaba al Paolo Soprani rojo el mapa de arrugas de su cara parecía alisarse como por arte de magia, lo endeble de sus huesos desaparecía, se apagaban todas las voces y escapaban todos los silencios y todas las incomodidades mientras sonaban sus notas exactas y conmovedoras y todos nos quedábamos mudos y con la boca abierta de la admiración. Eran siempre las mismas canciones, pero no importaba. Tocaba como los dioses.
Mi abuelo heredó su oído para la música.
Mi vieja tiene la misma fuerza de su carácter indomable.
Yo solo espero no haber ligado nada del infame egoísmo de la vieja Presolpina.

martes, 19 de noviembre de 2013

Viento helado






Lo primero que pensó Cecilia después de indagar cómo se presentaba el aspecto del mundo exterior por una rendija abierta de la cortina de su cuarto fue que no le gustaba el viento. No tenía demasiados problemas con el frío, la lluvia y hasta la nieve, que en cierto modo podría llegar a tolerar, pero los días de viento la invitaban siempre a rebelarse, a decir no, a meterse bajo las cobijas y no asomar la nariz hasta que todo hubiera terminado y la paz y el silencio reinaran nuevamente sobre el universo y afines.
No le gustaba el viento pero de todos modos esa mañana después del desayuno se puso sus mejores championes, un equipo deportivo, pescó los auriculares del celular de arriba de la mesita de luz y se fue a caminar por la rambla. Hacía dos horas que recorría una y otra vez el trayecto entre Malvín y Punta Gorda cuando algo la hizo detenerse de repente y quedarse un segundo inmóvil, como pensando.
“¿Qué estoy haciendo? A mí no me gusta caminar, y menos con este viento helado. Parezco Diana.”
Y lentamente emprendió el retorno a su hogar, extrañada.
Mientras volvía no pudo dejar de pensar que quién sabe cómo estarían los chiquilines en la escuela y el liceo con este día tan inhóspito, y que ojalá que a su ex marido no se le diera por utilizar la excusa del mal tiempo y las posibilidades de vendaval para cancelar el fin de semana con ellos, que tanta ilusión tenían, y que además con o sin viento iba a tener que encarar la ida a la terminal de Tres Cruces a sacar el boleto para ir a dar clases al interior, como todas las semanas, y que… 
Y que ella no era ni Valeria ni Nélida, por dios, ¿qué diablos le pasaba ese día?
Retomó la caminata hasta su casa; le quedaban ya unas pocas cuadras, pero el sonido del viento en sus oídos se hacía cada vez más apremiante, y apretó el paso, aunque no pudo evitar detenerse ante la vidriera de una mercería a contemplar las hermosas madejas de lana recién recibida de Colonia, con los nuevos colores del otoño. 
“¡Pero si yo no tejo! Gabriela se debe estar acordando de mí”. Y siguió caminando. 
“Capaz que a los trillizos les vendrían bien unas bufandas tejidas por mamá para días como el de hoy” llegó a cruzar por su cabeza mientras la sacudía violentamente, intentando desalojar de allí a Claudia y todas sus cuarentonas amigas de Montevideo. 
El pelo se le metía por los ojos y los rulos no la dejaban ver el camino; trató de desenredar uno de los auriculares y los dedos se le quedaron metidos en un mechón, atrapados. Siempre que soplaba fuerte le pasaba lo mismo; iba a tener que hacerse la planchita de modo definitivo un día de estos. “Mariela tiene rulos, vos no, vos tenés pelo lacio y dócil, que no te complica los días de viento” murmuró, mientras espiaba de reojo a una ardilla que trepaba al árbol más cercano, a unos cinco metros.
Miró a su alrededor como si estuviera despertando de un estado de adormecimiento. Los parques de su ciudad son hermosos en todas las estaciones, pensó. Y el aire es tan limpio que una siente que la sangre canta cuando se camina con ganas por un rato, incluso los días de viento. Es tan maravilloso ser joven y sentirse viva. Estar donde se quiere estar. Decidir.
Llegó hasta su hogar en Eden Pairie y se tiró en la cama por unos minutos. Afuera el viento seguía soplando pero ya no le importaba. Ya no podía helarle el alma ni quitarle las ganas de poner un disco, comer algo dulce, leer un libro y continuar siendo Cecilia por el resto del día.

viernes, 8 de noviembre de 2013

MUNDO BARRETO, capítulo 3: El vecino


         


   La vaca de Juan Rivero era un asunto serio para mi abuelo. Él ya le había avisado una vez, y otra, y otra, pero el hombre no tomaba cartas en el asunto y la cabeza del Albino empezaba a echar humito cada vez que la veía pastando como si nada en medio de sus plantíos.
            _ Vecino, a ver si asujeta ese animal antes que se lo limpie de un balazo… Yo sé por qué se lo digo. Si me entra de nuevo en la chacra rompemos relaciones y dispué no se me ande quejando, que alvertido está hace rato. Yo le aviso.
            Pero el tal Juan Rivero era hombre flojo para el trabajo y con tal no cansarse persiguiéndola dejaba que la vaca pastara a su antojo. El animal era en verdad de otro paisano. El compadre Saturno Sosa se la había prestado por un tiempito para que él pudiera darle de vez en cuando un poco de leche a sus dos criaturas, porque la cosa estaba muy difícil como para poder comprar en la estancia más cercana, que quedaba a dos kilómetros pasando la zanja.
            Una tarde Albino y Viterba se demoraron un rato en asomar la nariz fuera del rancho después de la siesta. Era pleno noviembre, las gurisas estaban hasta las cuatro en la escuela y no había por qué andar trabajando la tierra al rayo del sol, que siempre cansa más que a la sombra. Ya desde el patio, mientras se echaba un jarro de agua de la cachimba por la cara para refrescarse, mi abuelo vio la figura marrón y blanca de la vaca ramoneando de lo más contenta en el medio mismo del maizal. De lejos hasta parecía estar moviendo la cola a lo perro, pero esto debe ser un agregado posterior a la historia, que no se sabe de vaca que haga esas señales, y menos cuando ve una figura de camisa a cuadros, bombacha ancha y sombrero de paja que se monta en la tordilla y arranca a correr hacia ella como alma que lleva el diablo.
            Pobre vaca.
            Mi abuelo la sacó corriendo del maizal y la persiguió montado en la yegua hasta acorralarla al borde de la zanja y obligarla a cruzar a nado. La corriente estaba crecida ese día y el animal tuvo sus dificultades, pero al final logró hacer pie en la orilla opuesta, donde se quedó un rato mugiendo lastimeramente porque estaba bravo para emprender la vuelta, aun cuando el paisano de la camisa a cuadros se alejó enseguida, yendo hasta el rancho del vecino Juan Rivero a darle las quejas por el maizal pisoteado.
            La discusión entre los dos hombres tuvo lugar en la puerta misma del rancho del otro. Era terco el hombre, y solo dejó de insultar a mi abuelo cuando este, genioso y mal encarado como el que más cuando alguien se metía con lo suyo, sacó el 38 de la cintura y le tiró un balazo que impactó en la pared de barro, a unos centímetros de su cabeza. Los Barreto de esas épocas no conocían el significado de la palabra paciencia, parece, ni sabían gran cosa del poder del diálogo y la cuota necesaria de diplomacia entre vecinos.
Lo que sí tenían claro y mi abuelo más que nadie era la importancia de llevarse bien con la autoridad, como quedó demostrado esa noche que pasaron ambos detenidos en la comisaría a raíz de la denuncia de Rivero. Este adujo que su vecino Albino le había pegado un balazo pero no pudo mostrar ni un rasguño para avalar sus dichos. El denunciante tuvo que pasar las horas cocinando y lavando los platos para mi abuelo y los milicos de la comisaría mientras ellos jugaban al truco y se divertían de lo lindo entre risas y cañas. La autoridad y la plata siempre se han llevado bien en este bendito país y en el Poblado de las Ratas mi abuelo venía a ser, sino un millonario, al menos el vecino potentado con rancho, carro y campo propio. A la mañana siguiente los levantaron temprano y cada uno rumbeó para su casa sin mirarse ni murmurar ni un buen día.
Después parece que la denuncia llegó a Melo pero no pasó a mayores porque el que la recibió fue un pariente, el padre del Lele, quien en defensa de mi abuelo la rompió en ocho pedazos y dio por terminado el tema. Entre familia no nos íbamos a andar pisando el poncho, y este Juan Rivero que aprenda a controlar la vaca o que la devuelva, que esos animales son de lo más mañosos y una vez que dan con el maíz no hay quien les haga volver al pasto.