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martes, 1 de octubre de 2019

Octubre 2019

Halloween es una fiesta de diversión y dulzura. De la creatividad de los disfraces. De las madres acompañando a sus hijos (o a veces algún hermano mayor).Del dulce o truco. De las calabacitas de plástico. De las máscaras de goma. De las puertas aporreadas por hordas de infantes azucainómanos. De los gritos destemplados exigiendo golosinas. De la convergencia del barrio entero en mi cooperativa, donde no hay rejas y las casas están muy juntitas, para caminar menos. De los papeles de caramelos y los restos de globos tirados por todas partes. De la competencia por las mejores golosinas. Y del deseo, queridos, del súbito e impostergable deseo de caminata por la rambla, deseo que cesará ni bien caiga la noche y los recolectores se refugien otra vez en sus hogares para evaluar las ganancias de la tarde, devolviendo la calma a las calles y los portales.

¿Escape? ¿Quién dijo escape?
Lo mío es la vida sana.




Primer recreo de la mañana en el IAVA. Voy a sala de profesores y en el pasillo me cruzo con dos alumnos, que vienen hablando de promedios.
_ Yo con 6 igual me la llevaría; tengo que sacar más para exonerar...
Cuando pasan por mi lado uno de ellos, que está vestido todo de negro, me susurra al pasar:
_ Estamos de luto, profe...
Y sigue caminando rumbo a su clase.
De más estaría decir que no hemos hablado de política, pero uno va a las marchas y los actos, y se cruza con las personas.

_ Me quedo contigo acá - dice una compañera docente que me ve sentada en el banco afuera de la sala de profesores.- Necesito aire fresco, no quiero encerrarme ahí adentro. Y nos quedamos charlando hasta que el timbre nos anuncia el final del recreo. Tomamos las libretas y nos vamos, cada una a su grupo.
Cuando suena la siguiente salida de clase miro al cielo. La mañana sigue gris, aunque se intuye un reflejo de sol entre las nubes.
Hoy el ánimo de muchos está tan gris y pesado como el día, pienso, y por dentro un poco estamos de luto, pero acá no se ha muerto nadie. Seguimos vivos, caminando, como vamos a seguir siempre, por el tiempo que haga falta. Esto no es cuestión de discursos, que ya saben que yo no hago. Hoy es día (para mí) de resistir, y descansar un poco la cabeza, para volver al ruedo con las ideas claras y la energía dispuesta.

Si se sienten muy mal les puedo prestar a Matilda por unos días. Piénsenlo. Se las llevo a domicilio. Incluyo atún y piedritas. Piénsenlo. 




 Acabo de hacer una encuesta visual por mi cooperativa (por no decir que fui al bar de la esquina y en el camino me puse a contar balconeras).
200 viviendas
21 balconeras del Frente
0 de otros partidos
1 de Peñarol






Salí de casa con el tiempo justo para llegar a la CITA, y me tomé un Copsa. Por el camino, dos cosas. Un desvío en 8 de octubre nos hizo tomar a paso no de tortuga pero digamos que lento (de gato viejo, ponele), y ya volviendo a la avenida hubo de repente una frenada, seguida de un estruendo, que hizo temblar al 7A. Habíamos chocado con algo, creo que con una grúa. “No murió nadie pero chocamos”, dijo una chica a alguien a través del celular, y añadió: “a no ser que al ómnibus le fallen los frenos, porque estamos parados en bajada rumbo a 8 de octubre”. Me miró riendo desde el asiento de enfrente, y le devolví la sonrisa, mientras me paraba a ver si veía algo. El chofer había bajado de inmediato, con los papeles del omnibus en la mano.
“Ahora vamos a demorar acá hasta que venga el del seguro”, dijo alguien a mis espaldas. Calibré el tiempo que me quedaba... Difícil para Sagitario. Y me bajé.
Caminé una cuadra hasta Propios y subí a un 100 que estaba por arrancar. Pagué boleto, me senté, y en eso veo que una señora que está por bajarse le recrimina algo al chofer.
_ ¡Tampoco faltaba tanto!
_ Qué quiere, señora... Yo no puedo fiarle el boleto a todo el mundo.
_ ¡Pero eran 3 pesos!
_ Y bueno, si le voy a dar tres pesos a cada uno...
Y así un par de minutos, hasta que la discusión se vio interrumpida por el sonoro vozarrón de un hombre desde la mitad del coche.
_ Flaco, sos un sorete. Un tremendo sorete.
Y por si quedaran dudas, agregó:
_ ¡Tremendo sorete! Y no te equivoques, mirá que no sos el dueño de la Cutcsa.
El veinteañero que estaba sentado enfrente a mí lo aplaudió, mientras la señora se bajaba y el chofer volvía a concentrarse en su programa de radio.
Iba escuchando “Las cosas en su sitio”.
Cuando llegué a la terminal faltaban diez minutos para la salida de la CITA, y acá voy, rumbo a Florida, a comenzar la penúltima semana de clase, a pleno sol y con la esperanza puesta en el domingo, donde vamos a tratar de poner (de verdad) las cosas en su sitio.

Bueno, ta. Nada que ver, pero igual: #NoALaReforma




 El muchacho de al lado en el 103 me ofrece un asiento y yo lo acepto rapidito. No vaya a ser que se le escape un “sientesé, señora” y quede en evidencia que no me lo está cediendo por género, sino por edad. Antes caballerosidad anacrónica que péndex sumándome años. Pucha, digo.



Ayer salí de Ciudad Vieja y marqué el reloj en el trabajo a las 17.56. Caminé todo el Centro, hasta la parada del IAVA, donde tomé un 104. Crucé varios barrios, bajé en Mdeo. Shopping, miré el reloj: pensé que eran siete y pico pero no: 18.48.
Hoy me desperté a las 6, busqué un programa en youtube y me fijé si hacía calor en el teléfono. Miré el reloj: pensé que serían seis y diez, pero no: 7.05.
¿Estoy trastornada, he caído en un agujero temporal, o es que todo es relativo?
No sé, pero parece que no soy la única a la que le pasan estas cosas; incluso he oído de personas que de golpe se están despertando en los setentas, o al menos eso creen. Ojo. Que esto es 2019, vamos para adelante y a las seis nos vemos.




El Nuñez salía a las seis de la nueva terminal de Río Branco. Le dije al Cele que mejor esta vez no me trajeran en auto, que quería sacar fotos y tomar un cafecito antes del viaje interminable de todos los regresos, así que cuatro y media me tomé un ómnibus local. A las cinco bajé en otro mundo. La terminal es una maravilla, impecable, amplia, con fuentes, muchos asientos, palmeras y un free shop gigantesco al que solo entré a comprar un café que en verdad terminó siendo chocolate.
Anduve recorriendo todo, de boca abierta, hasta que levanté los ojos al cielo y ya no pude bajarlos a la tierra. No sé cómo describir esto, de verdad. Todo el espacio que la vista alcanzaba a abarcar estaba surcado por bandadas de cientos, de miles de aves negras que avanzaban en formación, todas a la misma velocidad y para el mismo lado. Cada bandada tenía entre cincuenta y cien bichos, que bordaban el cielo y se acercaban como bailando, sin dejar nunca su grupo. Una, otra, otra... Miles, queridos, miles, miles, miles. Solo yo las miraba, el resto de la gente se ve era de la zona y ya no las percibía. Casi lloro. De verdad. En la laguna he visto cada atardecer cuatro o cinco bandadas, pero acá no paraban de pasar. Si mirabas todo el horizonte (y la terminal está en una zona abierta, frente al río) veías siempre ocho o diez bandadas a la vez.
Cuando eran las seis menos dos tuve que obligarme a subir al bus, pero hasta seis y media las seguí mirando, porque otras bandadas venían desde el campo, siempre hacia Brasil.
Nunca vi algo igual.
Vuelvo alucinada. Feliz. Impactada.
Feliz fin de domingo y buena semana para todos. Mañana cuelgo algún video. Filmé como veinte. El viaje recién empieza y ya me gasté media batería, pero valió la pena.

Estamos parados en Vergara esperando la hora de salida. ¿Saben qué hace el guarda? ¡Juega en el celular a un jueguito en el que va a toda velocidad por una carretera! O sea, tiene un viaje de siete horas mirando una ruta, y en los “recreos” mira otra ruta.

Cosas veredes...



Queridos, trabajo todo el día, vivo sola y estoy un poco alienada. Me gusta charlar por acá con algunos de ustedes, los conozca o no de otros lados. Aprecio el humor, las buenas fotos y las palabras justas, y francamente poco me importa si disentimos en matices. Está todo bien, salvo con los que piden (proclaman, exigen, sugieren, reivindican) que vuelvan al poder los milicos. Nada personal con los militares, pero en su rol, que no es gobernar.
Quien quiera botas en el poder, que lo escriba para otros ojos. Yo acá me junto con mi gente, más allá de banderas, y mi gente no apoya nada que no se vote.

Ta, era eso.
Continuemos con nuestra programación habitual.
Buenas noches.



Salí del IAVA a las doce y cuarto, y ya se notaba un ambiente diferente en el barrio. Muchos veteranos, algunos de ellos en parejas, otros en grupos, caminaban lentamente por Eduardo Acevedo hacia 18.
_ Está todo cortado, profe.- me pegó el grito una alumna, que iba volviendo sobre sus pasos, y agregó: -Voy a ver si los ómnibus pasan por abajo.
Le agradecí y dije que ya lo sabía. Ella me miró con extrañeza pero siguió su camino sin detenerse, porque en un rato entraba a trabajar en el banco, y andaba con el tiempo justo.
Empecé a moquear ni bien llegué a la esquina. Un mundo de gente silenciosa aguardaba de pie, todos serios, muchos con banderas comunistas, algunos con una rosa roja en la mano. Había viejitos que caminaban lento, mujeres con abrigos rojos, jóvenes de ojos húmedos. Una única bandera de Uruguay. La foto de Bleier presidiendo la entrada de la Universidad, y un cartel negro con letras blancas a cada lado: uno con su nombre y un enorme "¡Presente" y otro que decía "Nunca más terrorismo de Estado".
El frío del mediodía se nos fue metiendo en el alma, casi tan tangible como el viento inclemente, propio de otras épocas.
Cantamos el himno con la Filarmónica, y el "¡tiranos temblad!" resonó fuerte y claro. Alguien (Felipe Michelini) leyó una proclama que apenas pudo terminar, porque la voz se le cortaba. Tabaré presentó sus respetos ante los restos de Eduardo Bleier y salió por el medio de la gente, que lo aplaudió emocionada.
El Paraninfo fue recibiendo uno a uno a quienes venían a despedirse, mientras la Filarmónica finalizaba con el Himno a la Alegría. Algunas personas depositaron flores rojas en memoria de Bleier, abrazaron a su hijo con fuerza o levantaron un puño al cielo en señal de unidad, y no hay foto (ni mía ni de los que saben) que pueda plasmar la intensidad de este mediodía.

MEMORIA.
Respeto.
Y nunca más.



Recortes de la semana

1. Lunes
Despierto agotada. Empiezo a dar clase en el primer grupo y los gurises me miran extrañados.
_ Profe, vos te olvidaste que hoy tenemos el escrito, ¿no?
_ Ups.

2. Martes
Despierto cansada. Miro el reloj: 6.30. Matilda me mira con cara rara. Pienso que ya ni el dormir me carga las baterías; debo estar en 60%. Me lavo el pelo, bajo a la cocina, pongo a calentar agua, prendo la computadora. Miro la hora: 3.56. Vi mal. En fin.

3. Miércoles
Calor pesado, húmedo, intenso, que me derrite a cada paso por la Ciudad Vieja.
_ ¿Torta frita, vecina?- pregunta uno de los dos cubanos que se instalaron en Rincón y Juncal.
_ Eh... No, hoy no. Otro día.
Llego a la oficina.
_ ¿No habría que decirles que en este país las tortas fritas son para los días de lluvia?- pregunta una compañera.
_ Y... No sé- digo, y miro por la ventana. Alguien les está comprando una, por lo menos.
Si andan en la vuelta: a 20 la torta. ¡Sabor!

4. Jueves
Charlo por facebook con dios en su versión Sergio Blanco, y paso flotando el resto de la jornada.

5. Viernes
La guarda me obliga a pagar un boleto local con mil pesos, y paso puteándola el resto de la jornada.

6. Sábado
Me asomo por un momento al mundo del taxi, cuando viajo en uno y veo que le llega un mensaje de texto en el celular, que tiene fijado contra el parabrisas: "Atención ojo muchacho con gorro de visera en calle tal y tal; dice que va va para el Cerro". No pude leer más. Portación de gorro, creo que se llama la figura delictiva.

7. Domingo
Una fila interminable llama mi atención en la Feria del Libro. La sigo, por curiosidad, y llego hasta una señora desconocida, que está de lo más ocupada firmando ejemplares de un libro.
_ ¿Quién es?- pregunto, y me contestan que es Lourdes Ferro, que hace (literalmente) tres horas que está firmando libros y sacándose fotos con sus seguidores. Parece que es una astróloga. "La de la tele", escucho un comentario admirativo a mi costado.
_ Y bueno, todos tenemos nuestros ídolos- pienso, mientras guardo en mi cartera el libro que acabo de comprar, el de la Señorita Bimbo. La de la radio.

Feliz semana, estimados.
Que tengan suerte, sol, energía, amor, esas cosas, y también memoria. Mucha memoria.




"El cuadrado empedrado y el cuadrado oscuro".

Yo estaba de viaje por Brasil con mis amigas. Un día hicimos una excursión por varios lugares, una parte de la cual fue por barco, pero me quedaron apenas unos jirones del sueño como recuerdo. Apenas la imagen de un compañero de trabajo que ahí era actor, hacía el papel de Edipo y estaba tirado con sus ropas blancas en la arena de una playita triangular encajada entre las piedras de un acantilado, de tres por tres metros de lado, azotada por las olas.
En la siguiente escena yo acompañaba a una de mis amigas al baño, donde teníamos que hacer una fila larguísima, aunque de rápido movimiento. Al llegar a los baños había dos puertas de un lado y una enfrente, a diez metros de las otras. Nadie sabía muy bien nada, mi amiga entró en un baño que se desocupó de los dos de un lado y yo entré al tercero, el solitario. En realidad no tenía muchas ganas de ir, pero como nos esperaba un viaje largo y ya había hecho la fila para acompañarla, quise aprovechar.
Ni bien cerré la puerta me di cuenta de que por dentro no había pestillo. Problema. De todos modos pensé ir a baño primero y estudiar después el tema de la salida, y ahí fue que me di cuenta de que eso no era un baño. Estaba en una lujosa residencia, llena de plantas y sillones marrones de cuero de esos enormes, con tachas de metal en los costados. Recorrí varias habitaciones sintiéndome una intrusa, pero ni encontré el baño ni se me cruzó una sola persona. Dije "hola" un par de veces: nada. Decidí buscar la salida. Antes de llegar a la puerta vi un cartel con la frase que copié al principio, a modo de contraseña que abriría la puerta. "El cuadrado empedrado y el cuadrado oscuro".
De inmediato se me ocurrió que eso era un colegio, que ese sería el despacho del Director y que el cartel era para los alumnos, que sabrían perfectamente a qué se refería la críptica indicación.
Encontré un botón metálico en una escultura gris y rugosa que podría pensarse como empedrado, lo apreté, hubo un sonido pero no pude hallar el cuadrado oscuro, el sonido se apagó a los dos segundos y la puerta permaneció cerrada. Desesperación. Miedo. Claustrofobia. El ómnibus que se iría. Sensación de intrusa. Dos alumnos.
¿Dos alumnos? ¿Qué diablos hacían dos alumnos ahí, en un pasillo a la derecha, haciendo ejercicios en un aparato tipo gimnasio?
_ Estamos haciendo un trabajo para la columna, profe. Nos trajeron acá, pero nosotros tampoco sabemos cómo salir.

Y ahí desperté.

Ya entendí algunas claves; otras, las sigo buscando. ¡El ello se manda a veces unas contraseñas tan difíciles! Pero no me angustio. Todas las puertas, tarde o temprano, se terminan abriendo.



Llovía a baldes cuando llegué a la parada. No había nadie esperando nada. Yo había salido unos minutos atrasada de mi casa, y tenía sí o sí que tomarme un inter, porque eran casi seis y media, y la CITA de las 7 nunca espera. Vi aparecer un 103 y lo paré, pensando en bajar en el Intercambiador, donde pasan más líneas que en mi parada. Queda solo a siete cuadras de casa, son 3 paradas, pero ni el tiempo ni la hora daban para encarar caminata.
_Local- le pedí a la guarda, poniendo mi tarjeta, pero sonó sin carga. Se había quedado justo en cero con el último ómnibus de ayer, parece, y yo no me había dado cuenta. El problema es que andaba con los 55$ del Copsa en billete chico y moneda, después solo tenía uno de 500 y otro de 1000.
_ 23 pesos.- me apuró la guarda, mientras yo pensaba.
En eso veo que justo habíamos llegado a la siguiente parada, donde alguien estaba bajando.
_ Pensé que tenía saldo, y no tengo cambio, ¿me puedo bajar?-pregunté, decidiendo que de última esperaba un Copsa en esa parada, confiando en que no demorara mucho. Ya había dado un paso hacia la puerta cuando ella, sin mover un músculo de la cara, me dijo:
_ No. No podés bajarte. Tenés que pagar.
La miré, incrédula, pero fue solo un segundo. Saqué el billete de 50 y dije:
_ Bueno, pero este es para el Copsa. A vos te pago con 1000.
_ Bien.- respondió, mientras me daba 500$ en billetes grandes y el resto de a 50 y 20.
_ No te olvides del boleto.
_ No, no.- dije, ya caminando hacia la puerta, porque llegaba mi parada.
Viajé hasta Tres Cruces con los bolsillos cargados de billetes, y cuando llegué se los cambié a la panadera de enfrente, que quedó de lo más agradecida.
La otra pobre habrá pensado que me mandé una actuación para recorrer dos cuadras sin pagar, vaya una a saber qué pasa por la cabeza de la gente, y capaz que solo cumplió con su deber, pero igual me cayó mal, y ojalá se quede sin cambio y tenga que dejar a alguno viajar gratis, por inflexible (por no decir por idiota).

Arranca el casi antepenúltimo viernes de Literatura Uruguaya en Florida. Pasen bien y traten de no mojarse o al menos de no mojar la ropa, que parece que tenemos como diez días de lluvia por delante.



Él iba rumbo a Florencia, yo en camino a Florida.
Él compartió unas fotos de los museos florentinos, yo puse una imagen del libro que iba leyendo.
Él comentó que en Florencia hoy se iba a estrenar Tebas Land, yo le dije que la estamos analizando en clase con las chicas de cuarto.
Él dijo que va a pensar en nosotras y nos va a dedicar la función de esta noche, yo me agrandé tanto que casi no entro en la foto.

SergioBlanco
Dios



Ayer pasé 8 horas y hoy 5 en el Cosquín Rock. Miles, miles y miles de personas, la enorme mayoría de entre 20 y 30 años. Algunos tomaban cerveza, otros comían choripanes, fumaban tabaco o marihuana. En grupos o en parejas. Con y sin remeras de sus bandas o de sus cuadros de fútbol, envueltos en banderas, saltando y cantando durante los toques, haciendo interminables filas para el baño o mirando sus teléfonos, como siempre. Algunos de bermudita o musculosa, pese al frío de ambas noches. Miles de jóvenes haciendo lo que querían.
¿Y qué pasó?
Pasó lo que tenía que pasar.
Tiraron la basura en los tachos. Pidieron disculpas cada vez que sin querer tocaron a otra persona. Se dieron indicaciones de cómo llegar a tal o cual lugar, si hacía falta. Se miraron con alegría, compartieron la fiesta sin hostilidades y llenaron de pañuelos rojos todas las pantallas.
Hay otro camino: el miedo no es la forma.
Chapeau, gurises. Y aplausos.



Sábado: _ ¡Rock and roll, aguante Buitres, el cielo puede esperar, no nos vamos nada!

Domingo: _ Che, todo bien con Skay pero ya hace horas que estamos, y empieza a hacer frío... ¿si nos vamos antes de que termine?

Lunes: _ Café... ¿quién tiene un sobrecito de café? O capuchino... ¡Pero ya!

(Y esa, estimados, es la razón por la que el Cosquín estaba lleno de gurises con pinta de estudiantes, y no de serios y responsables trabajadores de lunes)



Cuando Pedro Dalton empezó a cantar, eché de reojo una mirada a la luna que se iba perfilando en el azul profundo de la tarde: el día estaba terminando, y empezaba a sentirse el frío. Cada vez más flaco, el muchacho Pedro, un alfeñique de 44 kilos con voz de viejo patovica, que sonó como los dioses.
La noche hizo nido en medio de las luces, jugando entre los pinos y las colas de personas esperando para entrar al baño químico. Es la poesía de todos los recitales, y el de ayer fue maratónico. En medio del casi barro por los días de lluvia de la semana, de pronto, ya entre sombras, alguien me saluda: Pablo, ex alumno de Florida, músico, feliz, en su salsa.
Empezó el siguiente toque en el escenario Norte, y todos nos enamoramos de Aterciopelados. Hacía años que no los escuchaba, y solo sé las canciones de Caribe Atómico, pero igual.
Cuando terminaron me puse los guantes, y empecé a pensar que con ese frío iba a ser difícil que aguantara hasta Buitres. Mierda. Iba a tener que irme sin lo que más me gustaba. Todos los asientos y gradas estaban mojados, eran las ocho o poco menos, y el cierre arrancaba (arrancaba) a la una.
Mi amiga se encontró con su hijo, y yo con mi maestra.
Seguía haciendo frío.
Diana se compró un choripán y yo una garrapiñada. Re saludables. En fin.
Mis ex alumnitos de NTVG fueron (por lejos) los que tuvieron más público, en un predio amplísimo donde la luna iluminaba zonas de charcos entre el pasto. Nos sentimos en Woodstock.
Alguien me tomó del brazo entre las sombras: ex alumno. Creo que lo mandé a examen, pero nos caemos bien.
Falta mucho para Buitres: NTVG termina 22.30 y ellos arrancan 12.50. Le digo a Diana que si quiere nos vamos, pero entretanto seguimos deambulando, hasta que conseguimos unos sillones mojados, tendemos sendas bolsas de nylon sobre la superficie y nos sentamos como si estuviéramos en el living de Susana.
De los toques del escenario Sur (Prolijos, Mónica Navarro, la Triple y el Congo) vemos poco y nada: lo nuestro es el Norte, aunque admiramos la sincronicidad con que se alternan para evitar la contaminación de sonidos.
Esperamos por Babasónicos. Me pongo un gorro de lana. Diana se compra una hamburguesa. Yo un budín de naranja. Ninguna quiere tomar nada, para no usar los baños.
Babasónicos arranca, encabezado por un viejito de barba que parece una mezcla de Demis Roussos con Horacio Guaraní, pero resulta ser Darjelós. No podemos creer lo que vemos. Es Moisés en el Sinaí, de bata suelta, collar con plumas y pantalón deportivo. Miradita perversona, eso sí, eso no se pierde. Muy bueno. La voz sigue intacta.
Cuando terminan faltan aún quince minutos para Buitres. Le digo a mi amiga que igual me quedo sola si ella quiere irse pero no, se queda, y termina enamorándose de Peluffo. Otra. Por si éramos pocas.
Una amiga y su hermano me saludan desde la masa. Comienzo a pensar que no veo a nadie porque soy miope, aunque Diana dice que mi pelo se ve de lejos, y por eso ellos me ubican y yo en cambio solo veo siluetas difuminadas.
Como el Congo se demora en el otro escenario, Buitres arranca una y diez. El frío del suelo mojado nos taladra las entrañas y la garganta comienza a emitir débiles señales de “pido”, pero no importa. Nada importa. Esto es una misa, y los fieles no conocen de distracciones. Somos la barra con más agite por lejos, por años luz. Ellos se desbundan y tocan y tocan, mucho más allá del tiempo convenido. Una hora y veinte de locura, mientras la gente del Cosquín los conmina a bajarse y Peluffo (desacatado) grita que esto es a puro huevo y que no se bajan nada. Saltamos, gritamos, descargamos cuanta mala onda pudiera haber en nuestras vidas. Salimos agotados y felices. Destruidos, con los championes embarrados, las piernas acalambradas y la voz enronquecida, pero salimos riendo y nos vamos cantando por el camino.
Tocó Buitres.
El cielo tuvo que esperar.




Ayer comencé y terminé el día bloqueando personas de las redes. En medio de ambos extremos, por la mañana, interrumpí a un conferenciante para manifestar sus generalidades con errores, y por la tarde le arrugué en la cara dos hojas de papel con sus opiniones a otro, haciendo un bonito par de bollitos que dejé en su papelera, porque restregárselas por la nariz quizá habría sido demasiado (aunque no estoy segura de esto último).
Hoy arranqué el día con una catarata de malas noticias de orden ecológico, histórico y policial, y ya estaba por ahogarme en el escepticismo más desesperanzado cuando una amiga me manda esta foto, con su correspondiente historia. Alguien de Lago Merín halló dos crías de comadreja abandonadas luego que unos perros mataran a la madre, tras lo cual hace una semana que las alimenta, para liberarlas luego (como ha hecho antes con otros bichos) en un bañado cercano.
Miro por la ventanilla del 402: la tormenta parece haber sido conjurada.
Miro para adentro: el día de confrontación parece haber quedado encapsulado, aunque no termino de decidir si el hecho de enfrentar o bloquear a quienes lo piden a gritos es un paso atrás o adelante en mi camino, usualmente calmo y silencioso.
Por ahora ha salido el sol, y la vida continúa.




Yo digo, ¿no? Si a un tipo le filtran fotos íntimas y se viralizan...
¿Es menos grave que si le sucediera a una mujer?
¿Es menos grave porque es famoso?
¿Es menos grave si está bueno?
¿Es menos grave si la esposa hace un chiste?
¿O es la misma mierda de la invasión de la privacidad de la que tanto nos quejamos?
Si él/ella las publica, viva su libertad.
Si eran privadas, no me parece que dé ni para medio chiste.



El 404 avanza feliz por Camino Maldonado, levantando tsunamis a su paso por las zonas inundadas. Los pasajeros, la mitad cubiertos con camperas mojadas y la otra mitad sosteniendo paraguas chorreantes, miramos en silencio por la ventanilla y pensamos que hoy sería un excelente día para hacer teletrabajo. Tengo los pies mojados y el pelo mafaldeado, y ya estoy lamentando haber dejado abierta la ventana de la cocina.
Mientras tanto el gato León y la gata Matilda duermen a pata suelta, cada uno en su piso de la casa que la humana mantiene a costa de pies mojados y rulos con frizz.
Algo anda mal en el reparto de privilegios de este grupo cohabitacional.
Sigo mi viaje seria y pensativa. Que no me olvide que tengo que hacer mandados a la vuelta: el atún está por acabarse.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Escenas de fin de semana



Viernes, siete de la tarde. 
La Plaza Independencia explota de colores, risas y alcohol. Hay cuatro filas de puestos ofreciendo cosas diversas para la venta, en tanto que a los costados varios grupos de gurises bailan y saltan al son de una música electro que viene no se sabe de dónde. Los camiones de la fiesta avanzan casi vacíos, con solo un par de figuras aburridas recostadas en la carrocería, mirando al resto desde la distancia, como quien ve un grupo de vacas pastando en el campo. Las travestis altísimas, flacas y hermosas, cruzan la calle en monopatín, caminan desabrigadas enfrentando al viento o desfilan orgullosas sobre sus tacos aguja de quince centímetros. Una chica finge que me va a dar un prendedor con los colores de la diversidad y ya me lo está poniendo en el saco, cuando pide una colaboración de cien pesos y desisto del regalo. 
_ ¡Qué lindo tu buzo!- me dice una señora, admirando las franjitas y los pompones de lana con los colores de la diversidad. 
_ No lo uso desde la marcha del año pasado- debí decirle, pero solo sonrío y sigo mi camino entre la masa de gente cada vez más compacta.
_ ¡Sacame una foto así, brillando!- pide un adolescente a otro que responde “ahre” y obedece. 
Encuentro a una amiga sacudiendo el borde de la enorme bandera a punto de desfilar por 18, la deja en otras manos y empezamos a recorrer los caminos de la plaza. 
_ No podemos perder esto- me dice. – Esta alegría, esta libertad, esta fiesta. Si ganan ellos se nos viene la noche. No podemos perder.- Y me regala un autoadhesivo blanco, rojo y azul para pegar en la ventana.
En ese momento explotan los fuegos artificiales: todos gritan y aplauden.
La marcha ha comenzado.



Viernes, nueve de la noche. 
Soy la última en llegar a la reunión familiar en el edificio de una tía. Me reciben con total oscuridad y gritos, cual si fuera una fiesta sorpresa, y al instante me doy cuenta de que a simple vista solo ubico a la mitad de las personas de la familia, aunque luego de un rato voy trazando líneas imaginarias entre los rostros, los nombres y las historias. 
_ ¡Qué lindo tu buzo!- dice una de mis primas evangélicas, y otra, Testigo de Jehová, agrega: - Estás con los mismos colores del Antel Arena. 
Miro por la ventana: estamos en un décimo piso y a lo lejos se ven las franjas coloridas del edificio, destacado en medio de las luces y siluetas oscuras de la ciudad. 
_ Es que vengo de una marcha…
_ Sí, ya sé- acota una de las jóvenes, y nadie hace más preguntas. 
Mientras transcurre la cena participo con una parte de mi cerebro, y con la otra voy observando los hilos que unen a esta familia. Venimos de una estirpe de costureras, así que la metáfora está muy bien empleada. 
Todos los hombres, excepto el asador, pasan la mayor parte del tiempo sentados, esperando a ser servidos. Nunca hablan de nada serio, y apenas tiran de vez en cuando algún que otro chiste previsible, sin moverse de sus lugares. Las mujeres (cada vez más rubias) llevan el ritmo de la charla, controlan a los niños, reparten el alimento, ordenan los juegos y deciden los tiempos. Siempre hemos sido mayoría, y lo sabemos. Los abuelos tuvieron cinco hijas, ellas seis nenas y un varón, y en la generación siguiente la proporción fue de diez a dos. Hay un montón de novios y maridos, pero el eje de esta familia es femenino.
Sigo escuchando el concierto de voces y risas, mientras circulan las botellas de refresco entre las mesas. Nadie toma alcohol en nuestras fiestas.
Todos, menos yo, son profundamente religiosos. 
Todos, menos yo, siguen casados en primeras nupcias desde tiempos inmemoriales. 
Todos con hijos, todos carnívoros, todos participando en el grupo de whatsapp.
Solo yo frenteamplista, profesional, viviendo sola, diversa. 
_ Prima, ¿te acordás de los cuentos de la casa de los abuelos? Parece que los que viven ahora también ven fantasmas.- acota de pronto Lourdes, ante lo cual la tía Esther de inmediato pone cara seria y la corrige:
_ No señor, no ven fantasmas. Solo escuchan voces. 
_ ¡Es lo mismo! ¿Y dónde las escuchan?
_ Donde antes estaba tu cuarto. Ahí ahora ellos hicieron un patio con parrillero.
_ ¡Pah! ¡Qué loco, siempre en el mismo lado! Yo vi a la mujer de blanco una vez, en ese lugar. ¿Nunca les conté? 
Las primas se pierden en historias de fantasmas reales e imaginarios. Mientras todos dan cuenta del asado y los chorizos, yo me voy comiendo uno a uno los bocaditos de brócoli que compré antes de venir en el supermercado de la esquina. Después me quedo un rato con la mirada perdida en los colores del Antel Arena, antes de integrarme de nuevo y por un rato a la marea de las charlas y las historias.





Sábado de tardecita. 
Rambla de Pocitos. Blancos con banderas. Parejas, niños y perros caminan o están tirados en el pasto, mientras se esconde el sol tras los edificios. 
Camino por la arena, que se va llenado de rocas, piedras y bolsas de leche infladas como almohadones de nylon a la orilla del agua ennegrecida por la bajante. Nadie limpia la playa, por ahora. Algunos restos del viejo hotel asoman a intervalos regulares: diez o doce tocones de madera, cuadrados, de unos treinta centímetros de altura, tapados de musgo y mejillones. 
Levanto la cabeza, veo a varias personas revisando entre las piedras en busca de algo, nadie sabe qué. 
_ ¡Mamá, encontré otra moneda de cincuenta centésimos!- grita una nena que corre por la orilla.
Me pongo yo también a buscar cosas, pero está cayendo la noche y no encuentro nada, o casi nada. Un viejo collar de tres vueltas con un par de hilos rotos que siembra de perlas blancas las rocas circundantes, y el pedazo de un plato antiguo fileteado en azul que me guardo en el bolsillo de la camisa. 
Las palmeras se relejan en el agua sin olas de la orilla. Se encienden las luces de la rambla. Ya es hora de cambiar la arena por la vereda, postergando los improbables hallazgos de la vieja Montevideo hasta la próxima tarde de bajante.




Domingo, once de la mañana. 
Un padre y su hijo van conversando en el asiento de atrás en el bus. Charlan sobre lo lindo que es salir de mañana cuando hay sol, del partido de ayer dirigido por Maradona y de lo que hizo el Gordo Fierro en el cumple de su hermana.
Una hermosa escena familiar, que me llega a través del sonido de sus voces. El hombre no vive con el chico pero disfruta de compartir con él sus intereses y de dejarle una enseñanza de vida a través de las palabras. El gurí mete de vez en cuando algún bocado, con tono admirativo. Debe tener unos diez o doce años a juzgar por la voz, que al principio creí que era la de una nena.
_ Ah, yo es lo que tengo- escucho al padre de pronto y tiemblo, porque nada bueno puede venir después de esa frase.
_ Yo puedo ser violento con cualquier hombre. -prosigue con orgullo- Yo me doy contra cualquiera, pero menos con un hijo. Ni contigo ni con el Lolo. Ni con tus amigos tampoco; con ustedes no podría. Pero con los demás, sí: puedo ser violento con cualquier hombre, si hace falta. Yo es lo que tengo.
Cuando llega mi parada, y bajo del ómnibus los miro de reojo: el padre ya cambió de tema, ahora le está mostrando al chico un par de fotos en el celular. La semilla de la violencia ha sido sembrada.






Domingo al mediodía.
Playa con sol y sin viento. Gentes adelantando el verano, perros, niños y cometas. Sombrillas. Camino descalza y con los pies en el agua, detrás de un hombre al que no le veo la cara. Lindo físico. Va de sombrero, camisa blanca desprendida y bermuda, con ojotas en la mano. Pelo entrecano. Barba. Buen caminar. Mientras lo sigo pienso qué tal vez tenga mi edad, que en una de esas no le gusta el reggetón y que si anda solo por la playa un domingo al mediodía debe ser que no tiene familia. Por unos minutos el desconocido de adelante es el hombre perfecto, hasta que se pone de perfil y veo que tiene más de sesenta años. 
Devenido en sexagenario, el antes hombre perfecto de pronto detiene su paso, se quita los lentes de sol y le habla a una chica de unos veintipico, de calza y musculosa roja, que estaba sentada en su pareo realizando ejercicios de estiramiento. No escucho el principio de su alocución, pero por su gestualidad intuyo algo del orden de “qué bueno es eso, hacer ejercicio, el aire libre, la playa”.
_ Sí. – responde ella sonriendo, antes de agregar con tono caribeño: _ Esto es muy bueno, io vengo aquí todos los días.
_ Lo sé, porque te he visto.- aclara el hombre, acercándose, a lo que la joven responde que sí, que ella también lo ha visto pasar otras veces. 
A esa altura los dialogantes de la arena van quedando lejos, a mi espalda, y pronto dejo de escucharlos. 
Sigo caminando con los pies en el agua. 
El hombre perfecto no existe, y yo no voy a volver a tener veintipico. 
Mierda. 

sábado, 7 de septiembre de 2019

Setiembre 2019




El padre y su hijo van conversando en el asiento de atrás en el bus. Charlan sobre lo lindo que es salir de mañana cuando hay sol, del partido de ayer dirigido por Maradona y de lo que hizo el Gordo Fierro en el cumple de la Charo.
Una hermosa escena familiar, pienso. El hombre se ve que no vive con el chico, pero disfruta de compartir con él los intereses y de dejarle una enseñanza de vida a través de sus palabras. El gurí mete de vez en cuando algún bocado, con tono admirativo. Debe tener unos diez o doce años, a juzgar por la voz, que al principio incluso creí que era la de una chica.
_ Ah, yo es lo que tengo- escucho al hombre de pronto y tiemblo, porque nada puede salir bien después de esta frase.
_ Yo puedo ser violento con cualquier hombre. -prosigue con orgullo- Yo me doy contra cualquiera, pero menos con un hijo. Ni contigo ni con el Lolo, ni con tus amigos tampoco. Con ustedes no podría. Pero con los demás, sí: puedo ser violento con cualquier hombre, si hace falta.

En eso llega mi parada, y cuando bajo del ómnibus los miro de reojo: el padre ya cambió de tema, ahora le está mostrando al chico un par de fotos en el celular. Una hermosa escena familiar de transmisión de enseñanzas, donde la semillita de la violencia queda sembrada en tierra fértil, regada con la admiración hacia la figura paterna y calentada al influjo suave del sol de la mañana y el afecto compartido.

Contame qué educación o qué terapia le sacan al gurí este mandato de la cabeza. Y contame cuánto de cierto hay en este “pero menos con un hijo”.


Feliz domingo, mis amores. Saludos a todos, especialmente a los que ya se dieron cuenta de que la violencia no es el camino, bajo ninguna de sus formas. Ninguna de sus formas. Y ya saben a qué me refiero.




Háganme caso: No vayan a Brasil.
Y si van, no recorran puestos de comida.
Y si lo hacen, corran de la zona de dulces.
Y si van a la zona de dulces, no compren cocada cremosa.
Y si compran cocada cremosa, prepárense para iniciar una relación tóxica para el resto de sus vidas.
Y si caen en las garras de la cocada cremosa y van a Brasil avisen, que quiero un par de frascos.


Sábado por la mañana. Centro de Florianópolis. Los mercados de semillas, dulces y galletitas me estaban cercando de manera irreversible, y yo trataba de zafar de ellos perdiéndome en el mar de personas que realizaba las compras del fin de semana, cuando me llamó la atención una cosa blanquita, en el piso. Parecía una piedra pulida. Estaba semienterrada entre las piedras y la tierra de la calle, así que escarbé un par de segundos, y la saqué.
Era una muela.
Era una muela intacta y humana, con sus raíces enteras, relucientes. Por un momento no supe qué hacer con ella, e incluso no estaba segura de que su carácter humano, así que me la guardé en el bolsillo mientras decidía su destino entre mis manos.
Ya en el ómnibus jugué un ratito a decir que me llevaba conmigo el espíritu del muerto; el tipo de juegos que una hace cuando está rodeada de personas y son las dos de la tarde, pero en la siguiente parada opté por la lógica y la tiré a la basura.
La primera noche, ya en mi casa estaba frente a la computadora, distraída, cuando algo me hizo saltar de la silla.
Eran las nueve y media de la noche, mis dos gatos dormían y el barrio estaba tranquilo y silencioso. A mí se me había dado por pensar que aquello de la muela tenía que haber sido asunto de brujería, y ya andaba mirando para todos lados, cuando escuché una voz a mi costado. Y no era cualquier voz: era una voz conocida.
_ ¡Ciencia! ¡Ciencia! ¡Ciencia!- gritó, invisible, mi amiga Cecilia a mi costado.
Miré alrededor: aquello ni tenía pies ni cabeza. ¿Por qué Cecilia (que vive en Minnesota) se me iba a aparecer en forma de sonora e insólita invocación a la ciencia? ¿Es que la muela del muerto había despertado extrañas conexiones energéticas, y mi casa se convertía en un portal de absurdas sobrenaturalidades?
Dos segundos después el dispensador de comida de los gatos empezó a echar pastillitas sobre el plato, y todo volvió a tener sentido.
Algo había quedado trancado en el aparato en la semana que no estuve, y parece que los últimos días Matilda y León se habían quedado sin ración, hasta que revisé el mecanismo y lo volví a la normalidad. Es un buen dispensador, incluso viene con la posibilidad de grabar la voz del dueño llamando tres veces al animal antes de largar la comida. Se ve que cuando Cecilia me explicó su funcionamiento me dijo algo de que “esto no tiene ninguna ciencia”, su última palabra quedó grabada y la activé sin querer mientras destrancaba el aparato, ese mismo día, por la tarde.
Miré a mi alrededor: los dos gatos seguían durmiendo, y el señor de la muela al parecer había decidido no hacer reclamos, así que estábamos en paz, y ya podía volver a mi computadora.
Pero por un momento...



Autoficción de primavera

Yo nunca pensé hacer algo así, señor juez, se lo juro. ¿Cómo iba siquiera a imaginarme que era capaz de llegar a una cosa semejante? Siempre he sido una persona tranquila, que se lleva bien con los adolescentes.

Es verdad que cuando los de la agencia de viajes me dijeron que en el ómnibus a Brasil iban unos gurises temblé, por un momento, pero caí como un chorlito cuando me aseguraron que los de este colegio eran re tranquilos, de la planta.

De la planta de algún alcaloide, les faltó decir.

Cinco horas, señor juez, cinco horas llevaban los veinte promitentes egresados del Colegio Bethesda cantando con toda la fuerza de sus jóvenes pulmones de 17 años. Todo el repertorio cumbioso y regetonero imaginable, señor juez. Con palmas, señor juez. Bailando por el pasillo, señor juez. Con sus dos profesores de veintipoco cantando como otro gurí más, señor juez. Cinco horas, cinco fucking eternas interminables infinitas horas de gritos, cantos, palmas y alaridos, señor juez.

Y todavía faltaban trece horas para llegar a Florianópolis, donde iban a quedarse en el mismo hotel que nosotros. Pared de por medio. Seis días y seis noches, antes de iniciar las dieciocho fucking eternas interminables infinitas horas del regreso, compartiendo otra vez el espacio y el tiempo.

Por eso lo hice, y lo volvería a hacer, señor juez. Sé que estuve mal, pero no pretendo disculparme. Que la justicia dé su veredicto, señor juez. Estoy en sus manos.




La zona del castillo del Parque Rodó era un desierto con puestos de comida cuando llegamos mis dos amigos y yo ayer, a la una y media de la tarde. El sol picaba lindo, y lo primero que pensé fue que el agua del lago estaba podrida y llena de cosas flotantes, aunque después de mirarla de cerca parece (parece) que una isla amarronada que flotaba en su superficie no era un rejunte de hojas secas sino de plantas acuáticas. Uno de mis amigos opinó que aquello eran camalotes, por decir algo que sonaba a genérico, pero no, no eran. De las profundidades del agua verde limo emergían dudosas burbujitas, que no terminamos de definir si eran señal de vida animal o gases producto de la descomposición de hojas y raíces. Y así comenzamos nuestro paseo.
La idea era ver un rato de llamadas al aire libre, y no fue hasta media hora después que googleamos el horario de inicio y vimos que nos habíamos equivocado y empezaban dos horas más tarde, así que comimos, remoloneamos y caminamos por la rambla como gente sin tiempo. Después hubo recorrida por el castillo, encuentro con conocidos y fotos del paisaje natural y humano, hasta que la cosa empezó a moverse, y nos instalamos en el cantero del medio de Herrera y Reissig a ver pasar las comparsas.
A nuestro lado había una familia numerosa, consistente en cuatro adultos y seis gurises que todo el tiempo pedían plata para ir a comprar tortas fritas. La viejita, en particular, era todo un personaje. Pequeña como un duende, de pelo blanco y arrugas milenarias, fumó un cigarro tras otro y se bailó todo, imitando incluso el paso hacia atrás de algunas bailarinas que se habían adelantado mucho en la coreografía y retrocedían al encuentro de sus tambores.
Las llamadas de primavera son distintas a las de carnaval, no solo por el número de integrantes de cada grupo sino por el vestuario, el maquillaje y la distribución de los roles. Hubo pocos bailarines (varones), casi nada de bastoneros, estrellas y lunas, aunque antes del desfile sí se pudo ver un cabezudo (uno solo), un pelado de ojos claros que recorría las veredas con los cuatro dedos de la mano levantados en señal de invitación para fines de octubre.
Casi eran las cinco de la tarde cuando comenzó el movimiento. Pasaron como 15 comparsas, de las que solo vimos las siete primeras. La Rodó era la que organizaba, abrió la marcha y desfiló impecable. Detrás venía Balele, que es una comparsa de ciegos e inclusiva que yo ya había visto en febrero. Algunas bailarinas venían acompañadas por sus guías, vestidas de negro, y entre los tambores había dos o tres ciegos y algún chico con síndrome de Down. Desfilaron con bastones, con muletas, con lentes negros, con alegría, con ganas, con gracia y entusiasmo. No tenían banderas, pero cuando los porta banderas de la Rodó terminaron de recorrer las dos cuadras del desfile volvieron sobre sus pasos y se pusieron al frente de Balele, a la que acompañaron desde la mitad hasta el final su recorrido. Después que terminaron de pasar demoré un rato en mirar a mis amigos, hasta que se me fueron las lágrimas de los ojos. Qué cosa la emoción, che. Una que es tan dura para llorar por lo propio y se desmorona así, de la nada, en mitad de la fiesta ante la grandeza ajena. No miré a los costados, pero no debo haber sido la única.
Las comparsas continuaron apareciendo, pasando, atronando, alejándose. La viejita de al lado siguió bailando y prendiendo un cigarrillo atrás de otro, mientras sus gurises comían tortas fritas. Yo me enamoré de la mitad de los tamborileros y salí encantada con las mujeres de todos los tamaños y de todas las edades que desfilaron orgullosas bajo el sol de la avenida.
Buena manera de comenzar las vacaciones.




Viernes previo a vacaciones de primavera en el CeRP. Mis alumnas de la tarde adelantaron el asueto y volaron en masa este mediodía hacia sus pueblos, aunque lo hicieron con previo aviso.
No hay casi nadie en la vuelta, pero mi trabajo implica cumplir el horario y marcar la salida a la hora del final de la última clase. Mis compañeras de departamento están de congreso en Montevideo, así que soy la dueña de la mesa, el aire acondicionado y todas las tazas de café.
Como quedan aún 50 minutos antes de marcar la salida, en cierto momento me tiro al sol en la soledad del banco del Paseo de Lectura, al fondo del edificio, a ver si por lo menos cazo un lagarto o un pajarito con la cámara pero no, nada. Solo escucho a los niños de jardinera de la escuela de al lado, en el recreo, que dicen cosas como:
_ Tu novia es la más fea.
_ ¡Qué va a ser, la tuya es fea, la mía es linda!
A mis espaldas escucho de vez en cuando algo como pasitos entre los pastos, pero no logro ver al bicho que los produce. Capaz que es una apereá. Algo hay. Me instalo en el banco del frente, por las dudas, y en eso veo que los gurises de la escuela están excitados, llamando a una maestra y agolpados contra el alambre que los separa del CeRP.
_ ¡Se mueve, mirá, se mueve!
_ ¡Está viva, aaaah!
_ ¡Maestraaaaa!
Paro la oreja y me concentro en ellos. Ahora están elaborando hipótesis:
_ Está re gorda, y es negra. ¡Debe ser una mamba negra!
_ ¡No es una mamba, tarado, es una boa!
_ ¡Maestra, la víbora se está moviendo!!
_ ¡Ahí se va, mirá, se está yendo para ese lado!
“Ese lado” era el CeRP, justo justo en el momento en que me acordé que tengo que poner al día la libreta electrónica, así que tuve que salir del patio y volver a la tranquilidad sin ofidios del departamento de Literatura.
Cosas que pasan.
En un rato salgo rumbo a la parada, mirando para abajo, por las dudas. La primavera viene brava por estos lados, pero no esperen fotos, porque mi celular no las saca bien si yo voy corriendo.
Buenas tardes. Que les sea leve el viernes 13 y (para aquellos a los que corresponda) felices vacaciones.




Qué crisis jodida la nuestra. No damos más. Miles de uruguayos huyen del país, la cola de afuera para subir al Colonia Express llega hasta la puerta del medio de Tres Cruces, y la de adentro otro tanto, e incluso pusieron un bus que está embarcando en la vereda de Goes. No se puede creer, a mí no me engañan. Esto es culpa del Frente.




Cuando pasé hoy de mañana por la vía y miré en busca de las amapolas solo vi un mar verde de tallos al viento, pero hace un rato fui por ahí otra vez y vi que no, no eran solo tallos: algunas flores sobrevivían. Pero, ¿por qué habían pasado del casi rojo al casi blanco?
Me metí a sacar fotos entre los yuyos y cuando volví a la vereda había un hombre parado mirando lo que hacía. Robusto, el hombre; una especie de versión levemente rejuvenecida del Colorado de Omar Gutiérrez.
_ Ya murieron todas las amapolas- me dijo, con cara de tristeza.
_ Sí, quedan pocas... - respondí. Lo que no entiendo es por qué se pusieron de este color, ¿qué habrá sido?
El Colorado me miró, volvió a mirar las amapolas y dijo:
_ Es por el mata yuyos.
Claro, eso explicaba las matas de yuyos quemados y ennegrecidos que había pisoteado para llegar a la foto.
_ Pah... Eso es terrible para los bichos... Los perros, los gatos...
_ Sí, es. Pero el vecino de ahí siempre tira mata yuyos y no hay quien lo haga entrar en razón.
_ Horrible. Ta luego.
_ Ta luego.
Y me fui a sacar las fotocopias que necesitaba. Cuando volvía vi que aún quedan dos o tres amapolas de anaranjado furioso, escapadas del matayuyero, en la vereda de enfrente.


Salgo de casa temprano, pero de día. Matilda se queda en la cama grande, ya por iniciar la primera de sus siestas matutinas post atún. Mientras cierro la puerta viene a saludar la gata Juancha, la vecina, desperezándose feliz bajo el sol de las siete. Media cuadra más adelante siento pasos y me doy vuelta: Tamara está cada día más gorda. Su piel se siente fría al tacto, consecuencia de su decisión de dormir en la vereda, porque cuando los vecinos le hicieron una cucha ella ni la miró y nunca quiso meterse. Voy un poco apurada pero acaricio su cabeza, le aseguro que ya va a volver el calorcito y sigo caminando. Ella se queda moviendo la cola. Cuando casi llego al Salón Comunal, sorpresa sorpresa: el gato León, mi viejito, instalado como dueño y señor en la vereda, a una cuadra de casa. Lo saludo como diciendo “¡mirá vos!; él me mira sin moverse, con sus ojos acuosos por la edad, pero digno. Sigo caminando: unos metros más adelante es momento de traicionar a Tamara con Isis, mi otra perra de pasada. Isis tiene los ojos claros y la sonrisa inquieta; corretea y salta a mi alrededor mientras le hago unas fiestas y retomo el rumbo. Ya cerca de la parada me persiguen unos maullidos y me detengo un instante: es la gata nueva, que todavía no sé cómo se llama, pero desde hace varios días me acompaña, saludando a mis piernas y maullando bajito. 
En el interín, me he cruzado con cinco o seis personas de la cooperativa, con algunas de las cuales intercambio un “hola” o un “buen día” distraído. Vivo en el barrio desde el siglo pasado, pero aún no los ubico.
Cada uno tiene sus prioridades.




Gurises uniformados de dos colores tomando vino de caja por la calle. Gurises uniformados de tres colores haciendo la guardia frente a su club. Adultos con uniformes camuflados apostados a las puertas de los bancos. 
Qué querés que te diga. Prefiero a mis gatos de dos colores tomando sol en el fondo.
#PorFuera




Plantas. Bolsas de comida para perros. Espejitos.

_ ¿A ver? ¡Aaaah!- dice una chica, y se zambulle en un libro que miro de reojo: “Manual práctico de normas laborales”.

Comida venezolana. “Brownis”. Quesos.

_ Este es el mejor regalo que le podés hacer a alguien: un libro.- dice un hombre a mi costado.

Música. Piedras. Un enmascarado bailando a la puerta de su tienda.

_ Y el Dani? 
_ ¡El Dani soy yo! 
_ No, yo digo el otro Dani.
_ Ah.

Juguetes. Revistas. Tamboriles.

_ Todo ha cambiado Antes una persona era flaca: “uh, qué horrible, está enferma!”. Y ahora...

Regalamos perritos. Todo a 100. Tiro los buzios.

_ Mi hijo más chico se compró una moto; ¿cómo le va a ir?

Fósiles sobre una mesita. $700 por seis placas unidas de gliptodonte, $500 por tres.


Y así.





Cafecito post almuerzo en el patio. Creo que la última vez que hice una comida al aire libre en mi casa tenía diez o doce años. ¿Será que me cuesta moverme de las rutinas? ¿Qué otras cosas no estaré haciendo, no porque no pueda sino por simple programación inconsciente? 🤔


(Sí, los adictos nos justificamos de múltiples maneras y el café se disfruta en cualquier parte, pero ese no es el tema) 🍮

lunes, 19 de agosto de 2019

NO HABÍA NADIE




 
NO HABÍA NADIE


Llorar no es para todos. Algunos no podemos.


Éramos tres personas sentadas alrededor de una mesa en el taller literario, tratando de recordar cuándo había sido la última vez que un libro o una película nos había llevado hasta el borde o el desborde del llanto. Llevábamos cinco minutos casi en absoluto silencio, cada uno de los tres perdido en sus recuerdos.
_ Es que llorar, lo que se dice llorar…- empezó a decir Victoria, antes de dejar la frase para siempre en suspenso.
_ Yo creo que hace tiempo se me cayeron unas lágrimas con una película… ¿Cuál era? No me puedo acordar.- murmuró Pablo, casi para sí mismo.
Nos miramos, frustrados. Los otros subgrupos a nuestro alrededor charlaban animadamente y hasta se sacaban unos a otros la palabra, coincidían con gozosas exclamaciones, se miraban radiantes. Nosotros, de pura casualidad, éramos los tres acorazados sin ventanas del taller, blindados, a prueba de balas.


Maldije para mis adentros la consigna que dejaba tan en evidencia mi incapacidad, mientras miraba las marcas de los vasos sobre la mesa y me preguntaba si demoraría mucho en aparecer Paula con el té y los scones que le había pedido. Llorar no es para todos. Algunos no podemos.


Yo no pude derramar ni media lágrima cuando murieron mis abuelos, por ejemplo, y eso que a tres de ellos los quería. No lloré cuando supe que el mar se había llevado mi rancho de Valizas, ni siquiera cuando fui a visitarlo y solo vi el marco rojo de la puerta del fondo de la cocina, resistiendo el viento, clavado en la arena donde antes estaba mi casa. No me salen las lágrimas, no me salen. En algún rincón debo tener un océano profundo y antiguo como mi propia existencia, esperando una fisura para derramarse y tapar todo. Mi gata Roldana murió en mis brazos cuando el veterinario le aplicó una inyección para matarla; yo sentí cómo se aflojó y se dejó ir en un segundo. Después él me ayudó a enterrarla en el jardín. Fue muy amable. Yo disimulé como que no pasaba nada: tenía 17 años, la pobre, ya era tiempo de descansar, es lo normal. Pasé unos días muy triste, cada vez que abría la puerta de casa me parecía ver una manchita amarilla escurriéndose entre las sillas que venía corriendo a mi encuentro, escuchaba sus maullidos en mi imaginación cada mañana, pero no se me cayó ni una lágrima.


_ Capaz que alguna vez cuando era chica, con esas películas espantosas tipo Bambi… - murmuro, por decir algo, mientras los minutos siguen avanzando y los tres blindados, silenciosos, no llegamos a abrir ni media puerta.


La imagen de la puerta me lleva de repente muy atrás en el tiempo (la memoria sigue extraños caminos), y se me viene a la cabeza la mañana del censo. Yo tenía 22 años, y ya era empleada pública. Participar en ese censo no había sido opcional: me había tocado entrevistar quince casas en una zona de fábricas abandonadas a dos cuadras de mi cooperativa, y no había posibilidad de renunciar a la tarea.


La primera encuesta fue la más fácil, porque aunque no conocía personalmente a sus habitantes sabía muy bien que eran los dueños de la fábrica de baldosas. Me había pasado media infancia en el terreno baldío de al lado juntando cuadraditos esmaltados de cerámica para hacer proyectos de mosaicos con mis primas. Los de la fábrica desechaban cosas que para nosotras eran perfectas: pequeñas baldosas marrones con arabescos en los bordes, otras verdes con el centro más claro, algunas (las mejores) de un azul intenso, con cuatro líneas delgadísimas y negras que las atravesaban en diagonal. De vez en cuando aparecían tiradas en el baldío montañas de zócalos y cenefas rectangulares, de esas que tienen relieve, y nosotras corríamos a atesorarlas, sin mayor criterio de selección.


Mi tía Coca había sido por años la limpiadora en esa casa; yo sabía que se trataba de gente amable y educada. Mientras los entrevistaba me ofrecieron café con galletitas pero les dije que no, que mejor me concentraba en las preguntas. Fui planteando todas las interrogantes y rellenando los formularios con la impecabilidad y la indiferencia de alguien preparado para eventos formales, hasta que al terminar saludé y salí a la calle, carpeta en mano, rumbo a mi siguiente parada.


Esto del censo era muy fácil, lleno de preguntas y respuestas concretas. Datos de las personas, de sus cosas, nivel educativo, trabajo, hijos. Una papa.


Al salir de la primera casa tuve que atravesar un callejón que nunca antes había visto, al lado mismo de la fábrica. Era un pasillo largo que conectaba las dos calles paralelas que me tocaban, y en ese pasillo se amontonaban varias casitas sin jardines ni muros, una moto desarmada, un carro viejo, despintado, y varios perros felices tomando sol sobre la tierra. Había olor a bosta de caballo y se escuchaban los gritos de dos o tres niños jugando a la pelota. Voces de gente adulta que charlaba en voz muy alta. Una nube de moscas atacando un pellejo que hasta los perros habían despreciado. Cumbias a todo volumen. Risas.


_ ¡Qué suerte tuviste que no te tocó censar en el cantegril!- me dijeron una madre y su hijo al recibirme en la segunda casa. Estábamos en la cuadra paralela a la de los dueños de la fábrica de baldosas, y por alguna razón mi padrón se había salteado el callejón. Tal vez por ser de contexto crítico se lo habrían adjudicado a alguien ducho en esas lides, o quizás nadie los tenía registrados.

Miré a mi alrededor: la casa en la que me dijeron que había tenido suerte era tan parte del cantegril como todas las del pasillo pero ellos no se daban cuenta, porque estaban sobre la calle.
Me empecé a entristecer, y ya no pude volver a la alegre indiferencia del principio.



_ ¿Trabajás?- pregunté tres casas más tarde a una mujer que ya me había contestado que era soltera, que había tenido tres hijos y que solo dos estaban vivos.
_ No, no.- respondió, enfatizando la negativa con la mano derecha.- Cuando era joven sí, trabajaba, pero ahora no.
La miré sin parpadear, y tragué saliva antes de continuar: su edad había sido la segunda pregunta de la encuesta. Ella tenía 23.


Salí de nuevo a la calle y continué recorriendo viviendas, formulando preguntas y rellenando planillas, mientras avanzaba la mañana del domingo. No veía la hora de ir a almorzar a casa y descansar con la cabeza libre de problemas.


_ Buen día, m´hijita.- saludaron a coro los dos viejos. Vivían con tres perros esqueléticos y un gato gordo, en una casa tan escondida y llena de vegetación que al golpear las manos pensé que nadie iba a atender y que el lugar solo era un entrevero de yuyos y árboles. El hombre demoró cinco minutos en caminar hasta el frente y abrir los cuatro candados del portón para permitirme la entrada. Entre tanto la mujer, encorvada y con pañuelo de flores en la cabeza, espantaba a los perros y limpiaba una silla plegable con almohadón para que yo me instalara cómodamente a preguntarles si tenían cocina a supergás y televisión en colores. Al terminar la entrevista me despidieron con un beso y los dos se quedaron haciéndome adiós con la mano, mientras se aseguraban de volver a cerrar los cuatro candados.


Hubo una casa en particular que estaba repleta de gente. Salían como hormigas; cada vez que pensaba que había terminado de preguntar aparecía un tío o una sobrina que llegaban desde el fondo, y la cosa se hacía interminable. El último fue un hombre cuarentón, flaco y desgarbado. Estaba prolijo, como si se hubiera bañado para el censo. Llegó caminando con los ojos bajos, me dijo el nombre, la edad y nivel educativo.
_ ¿Trabajás?
_ Eh… No. Me echaron el mes pasado. Yo soy albañil; trabajaba con Di Palma, estuve dos años, pero después redujeron el personal.
Bajé los ojos y pretendí concentrarme en los papeles. En la planilla no había lugar para aclaraciones. Puse una cruz en “desempleado” y dije algo amable; no soy buena para estas cosas, pero nadie habría podido sacarle a ese hombre la tristeza.
_ A ellos qué les importan los pobres- acotó en ese momento una de las hermanas, y supe que la frase iba dirigida a mí, como hipotética representante de un gobierno que no los defendía de los patrones.
_ Ya vas a conseguir algo, Héctor, algo va a salir.- dio una vieja que creo que era la madre, a mis espaldas.
El hombre agradeció con la mirada pero no se enderezó, y siguió mirando el piso.
Salí de la casa puteando por dentro al tal Di Palma. Yo no lo conocía, como no conozco a ningún rico, pero justo en ese mes había oído ese nombre, porque una de mis amigas había salido un par de veces con él. Di Palma (ella lo mencionaba así, por el apellido), la llevaba a comer a sitios caros y aparecía a buscarla cada vez en un auto diferente, reverendo hijo de mil putas, cogiéndose a una piba de barrio que no le iba a complicar la existencia, mientras a este otro pobre se le iba la vida porque le habían sacado el sueldito de mierda de la construcción.


Maldito censo. Quién me mandó ser empleada pública. Y todavía me faltaba una casa.


Miré dos veces el papel con las indicaciones que me había dado el coordinador: la última dirección que me quedaba era la de la vieja fábrica textil, abandonada desde que tengo memoria. Un edificio de tres pisos y media cuadra de largo, eternamente despintado y vacío. Golpeé la enorme puerta, por las dudas, y ya me estaba por ir cuando sentí que se abría y escuché una voz:
_ Pasá rápido, por favor.
Obedecí sin pensarlo dos veces. Quien había hablado era una mujer de unos veinte años, que apenas entré miró a ambos lados antes de volver a cerrar la pesada puerta.
Mientras lo hacía, miré a mi alrededor: eso no era una casa.
_ Seguime.- dijo la chica.
Fuimos hasta el final del enorme hall de entrada, que medía más de veinte metros de largo. El piso había sido de monolítico; ahora estaba saltado en algunas partes, y con manchas de humedad. Recién cuando la muchacha se sentó y me ofreció un lugar ante su mesa percibí que también había allí una nena, totalmente absorta en pintar un paisaje marino con crayolas en una hoja de garbanzo. Solo había un par de camas, una cocinilla, algunos enseres domésticos, y más allá del rincón habitado comenzaban los tres pisos vacíos de la fábrica. Cada palabra del censo retumbaba como si estuviéramos en una cárcel pero no había ninguna puerta cerrada, salvo la de la entrada.
_ Hace seis meses vinimos para acá porque nos quedamos sin lugar y el cuidador no dice nada y nos deja quedarnos, pero por favor, por favor, por favor no le vayas a decir a nadie que estamos solas. Si alguien se entera, si algún hombre sabe… ¡Por favor, no le digas a nadie!- imploró la muchacha, tomándome fuerte de brazo y mirándome a los ojos muy de cerca. La nena levantó la cabeza y se la quedó mirando, pero no dijo nada, y continuó coloreando su lámina. Estaba haciendo un pulpo rojo; no era fácil dibujar los tentáculos.
_ Quedate tranquila. ¿Cómo voy a decir? Además está estrictamente prohibido revelar datos del censo, no te preocupes, olvidate, soy una tumba.
_ Por favor- repitió- No digas nada.


Hice las preguntas de rigor y rellené los casilleros correspondientes, hasta que cerré por fin la carpeta y di el censo por terminado. Llegué derecho a tirarme en la cama. Tenía un nudo en el estómago, no pude almorzar. A las cuatro me levanté para ir hasta lo del coordinador a llevarle los papeles con datos, números y cruces. Había cumplido con mi deber. Me sentía viscosa, sucia, sin salida. Después de bañarme vomité un rato abrazada al inodoro, pero no fue suficiente. Demoré varios días en salir del censo, y nunca más quise participar en una encuesta, pero no lloré. No pude.


_ ¡Ah, me acordé!- exclamo de pronto Victoria, cuando ya se nos acababa el tiempo para elaborar una propuesta- Coco. Con Coco lloré, un poquito.
_ Yo no la vi.- respondió Pablo.
_ Ni yo.


Cuando se hicieron las nueve y salimos del taller cada uno se fue caminando por su lado. La noche estaba helada y oscura, nadie tuvo ganas de quedarse de charla en la vereda.


Una hora después abrí la puerta de mi casa y creí ver una manchita amarilla escurriéndose entre las sillas, pero no: no había nadie, estaba sola. Prendí la computadora y puse un programa de radio. Hoy tampoco iba a llorar.