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viernes, 3 de mayo de 2019

Mayo 2019





  
La CITA se demora en Plaza Cuba. Pasan y pasan los minutos y no nos movemos, hasta que en cierto momento el chofer se para y nos dice:
_ Estamos esperando porque el guarda se durmió, y ya viene para acá en un taxi.
Al rato llega el guarda, un muchacho de veintipico que aparece bostezando y diciendo algo del estilo de:
_ Yo 7.09 clavados estaba en Cufré, se ve que vos pasaste antes. 
M’hijito... pienso, con cabeza docente. Dejate de excusas y empezá a cortar los boletos, empezá.

(Bueno, ta. Estoy cansada. Mi amabilidad natural volverá a aflorar cuando pueda dormir una noche entera. Creo.No garantizo nada.)




El 103 avanza despacio y sin sobresaltos bajo el sol de mayo. Hay asientos libres, algunas personas conversan animadamente y el calor suave del mediodía nos envuelve con dulzura de abuela. El chofer y el guarda, ambos de veintipocos años, vienen oyendo y tarareando en voz baja un tema tranquilo de La Vela. Soy de la ciudad...🎵 El resto del transporte viene en calma, sin bocinas ni frenazos.

Ya saben que no fumo (ni quiero), pero no puedo evitar pensar que esta placidez de martes tiene un algo de universo fumado y sin estrés. Solo espero que tras la paz no venga el bajón del hambre. 
Ni falta que hace.




Ayer (por el día del libro) vi que alguien proponía compartir comienzos de libros, y me puse a buscar “Zapatos italianos” de Henning Mankell. Sé que alguna vez ya había publicado una imagen de los primeros párrafos, pero en mi casa no pude encontrar ni el libro ni la foto. De noche, en lo de una amiga, me puse a mirar sus libros (como siempre; a lugares donde no hay libros difícil que vuelva) y lo vi. Si lo encuentran por ahí no lo dejen pasar, que como decía mi profesora de Literatura Uruguaya (Mántaras): “es oro en polvo”.

Ps: si alguien tiene mi Mankell (o cualquier otro libro que le haya prestado) ya sería tiempo de ir devolviendo, ¿no?
Ps 2: salvo que sea una novela policial, que ya conozco el final. 
Ps 3: aunque, viendo cómo viene mi memoria, es probable que no recuerde quién es el asesino, así que, listo. También la quiero.




A ver, Acuarios. Necesito alguien que limpie mi casa, que corrija escritos y que pueda ponerle colirio en el ojo al gato loco que me ve con un frasco en la mano y sale corriendo. Espero su ayuda. Susana Garbuyo dice que sin condiciones, así que pónganse las pilas, ta?

(Cosas que una lee mientras toma un cortado post carnet de salud en el cual TODOS los médicos que la revisaron le encontraron algo. Que falta mamografía, que el arreglo de una muela se está saltando, que con el ojo izquierdo en vez de leer una adivina, y así.)




Pasada la medianoche. Malvín. Calles vacías, paradas olvidadas. Aire frío. 
_ ¿Estás libre?- pregunto a un taxi que espera en una esquina con la bandera encendida. El conductor se sobresalta. Estaba concentrado en el celular.
_ Sí, disculpá.- me dice- Estaba metido en esto y no te había visto. Si me das unos segundos cierro lo que estaba haciendo y listo.
_ Bueno. 
Arrancamos. Me pregunta la dirección y qué camino prefiero tomar. Se lo digo. Le cuesta escucharme, hablo fuerte pero él siempre me pide que lo repita. 
Tomamos Veracierto. Dos cuadras. Se da vuelta.
_¿Te molesta si fumo?
_ Sí, pero no importa, porque con la mampara no pasa. 
_ Bueno. 
Enciende un cigarro. 
Una cuadra más. Se da vuelta.
_Disculpá, otra pregunta: y la música, ¿te molesta la música?
_ No.
Pone una cosa en inglés que de repente sube a todo volumen.
_ Se subió sola. Disculpá.
No respondo. Seguimos avanzando en la soledad de la noche. A los dos minutos me pregunta si terminé la joda temprano. Alerta. No levanto la cabeza del celular, pero endurezco la mirada. 
_ Ninguna joda. Estaba en una reunión. 
_ ¿Qué?
_ Ninguna joda. Estaba en una reunión. 
_ Ah, disculpá.
Silencio. Sigo mirando el teléfono, mientras por las dudas les mando un mensaje a mis amigas. Voy con un tipo raro. 
De nuevo su voz desde más allá de la mampara.
_ Disculpa, no te quiero interrumpir, pero cuando termines con eso me gustaría hacerte una pregunta. 
Sigo mirando el celular y no contesto. Mis amigas deben estar durmiendo, porque no dicen nada. Me pregunto qué hacer si sale de mi camino, pero no lo hace. Como a los diez minutos vuelve a hablar.
_ Te quería preguntar si sabés de algún trabajo. 
_ No. ¿No querés ser más taxista?
_ No, para nada. Yo soy camionero, y llegué hace poco a Montevideo. Ya me robaron dos veces. 
_ No sé de ningún trabajo... Ahí tenés que tomar a la derecha.- aclaré al llegar a 8 de Octubre. 
_ Sí, a las calles grandes ya las conozco. Yo igual les pregunto a todos los pasajeros, porque así como no sé quién me va a robar, tampoco sé quién podría saber de un trabajo.
Pobre tipo. El miedo se evapora, y deja paso a una sensación ambivalente: no parece peligroso, pero tampoco confiable. Es raro, capaz que anda con algo encima, o quizá en una crisis emocional. No lo sé. Por las dudas evito mirarle la cara en el espejo retrovisor, y hablo mirando por la ventanilla.
_ En esa esquina está bien. 
_ ¿Acá? Bueno. Son... $256. 
_ Bien. 
_ Además también tengo que recuperar a mi familia. 
_ Bueno. Que tengas suerte.
_ Chau. 
_ Chau. 
Y me fui.




Oooom...

(Tranquilos, todo bien. Padres en casa, gato que no abre un ojo ni se deja curar y gata hiperexaltada por las visitas, pero todo bien. Cuerpo que no para desde las 5.30 a.m., pero todo bien. Patrulleros que me cortan las calles y me obligan a caminar dos cuadras oscuras por mi barrio, pero todo bien. Compañeros que me cuentan que ya los están llamando para la defensa del trabajo por concurso de CFE, pero todo bien. Todo bien. En serio. Todo... buaaah!!! Eh... Todo bien.




Cuando desperté el martes pasado todavía llovía. Como si el aguazo que acompañó la marcha del silencio no hubiera sido suficiente, todavía llovía. 
Desayuné tratando de no mirar mucho para el costado donde los championes, la capa de nylon, el jean y las medias empapadas seguían tirados en el piso. Al final se hizo la hora y hubo que encarar el mundo exterior, paraguas en mano. 
Era un día de alerta amarilla, y el liceo parecía vacío cuando entré, pero en el Artístico de la primera hora había unos diez o quince valientes. Estábamos con el Salmo 1, les propuse hacer algo creativo y terminaron escribiendo sus propios salmos, manteniendo la estructura básica original. “Feliz del estudiante que..,”, “Feliz de la mujer que...”, “Feliz de las bailarinas que...”, etc. Uno hasta hizo un Salmo 666. Estuvo bueno. 
El segundo grupo era un Humanístico, y había 4 alumnos. Lectura recreativa en la primera hora, ¿qué hacer en la segunda? Recorrida por los túneles y zonas secretas del IAVA de la mano del inefable Walter, obviamente. “El” Walter nos contó mil historias de ahora y del pasado, de días de clase y de madrugadas silenciosas, de escapes, de fantasmas y de empleados de la compañía de seguros entrando al edificio en plena madrugada. Éramos 5 estudiantes y el maestro, recorriendo un lugar desbordante de historias. 
Las últimas dos horas tuvieron el doble de alumnos en el otro Humanístico: eran 9, e hicimos un repaso a través de un juego. Primero armamos los subgrupos por sorteo. cada equipo redactó para los otros 5 preguntas de lo dado hasta ahora, y yo otro tanto sobre el liceo, desde la fecha de fundación hasta el nombre de las adscriptas del turno. Medio minuto para contestar, grupos que terminaban con puntaje negativo, discusiones sobre las respuestas... Excelente. 
¿Di clase del tema previsto en algún grupo? No. 
¿Aprendieron algo? Sí.
¿Y yo? También. 
¿Y la alerta? Bien, gracias.

Salí del liceo poco menos que saltando entre los charcos de la vereda, con la insignia del viejo IAVA que me regaló Walter en el bolsillo de la mochila. Abrí el paraguas: afuera seguía lloviendo, pero adentro no importaba.



El juego es propio de los días de lluvia, y tiene pocas reglas. Consiste en agotar los recursos sonoros, visuales y expresivos en general pidiendo para irse, hasta que la humana abre una salida. Allí hay que dar media vuelta y salir corriendo en el sentido opuesto, como si nunca se hubiera querido abandonar el abrigo hogareño, hasta que pasados dos minutos se retorna a la base inicial y se inicia una nueva jugada. Los equipos Gris1 y Gris2 deberán alternarse entre puerta del living y ventana de la cocina. El juego termina cuando la humana toma su paraguas y cartera y sale de la escena, momento en que los participantes se retirarán a enroscarse en sus respectivos dormideros.
Game over.




Despertás en medio de sombras y sueños, y ya sabés que lo primero que vas a pensar es que no tendrías que entrar tan temprano, y lo segundo es que hoy mismo tenés que cambiar el sonido del teléfono por algo más amable y musical. Te bañás con agua tibia, porque olvidaste prender el calentador por la noche. Todos los días es lo mismo. En la cocina dos gatos grises demandando atún y en la puerta del frente una mas, exigiendo cualquier cosa. Dos cuadras solitarias, una parada ventosa con tres personas. Ya sabés que aunque parezca demorar el Copsa llega, y te levanta. Siempre tomás el mismo. Hace calor adentro del coche, como cada madrugada. Los pasajeros vienen durmiendo, algunos son despertados por sus compañeros de trabajo. Abren los ojos, bostezan, y cuando se bajan saludan al chofer y le dicen “gracias”. 
Podrías sentir que estás en una especie de loop, y que los hechos van calcando un guion que se repite hasta el infinito. Todo podría seguir siendo así cada día, para siempre pero no, porque hoy desde que despertás ya sabés, no es un día más. Es un día especial.
Ta, todo para decir que si muero hoy el cielo puede esperar. 🎵😎❤️
No me juzguen.



_ Mirá, profe, la cosa fue así. Teníamos dos horas libres. Yo andaba con un hambre bárbara, así que llamé a Rappi y pedí que me trajeran algo para comer en ese rato. El problema es que el delivery demoró más de lo que me habían dicho, y cuando apareció ya estábamos en pleno escrito de Matemática. Había empezado hacía como 10 minutos. El de Rappi golpeó y se asomó por la puerta. “Tengo un pedido para Manuel, ¿es acá?”, dijo, y todos nos quedamos helados. No sabíamos qué hacer. El profe lo quiso echar de la clase, pero no era culpa de él (ni mía tampoco), fue de casualidad. Y ahora la adscripta me dice que no me haga más el vivo, que ese chiste no lo puedo repetir, pero ta, si el delivery se demora no es mi culpa... 
_ ¿Y qué pasó con la comida?
_ ¿Y qué va a pasar, profe? Me la comí cuando terminé el escrito. Las papas fritas estaban frías y durazas. ¡Todo mal, profe, todo mal!

#SoloEnElIAVA




Ayer de tardecita siento golpes en la puerta: era un niño de unos seis años.
_ ¿Usted tiene mamá?- me preguntó.
_ No. - le dije, y enseguida corregí:- Tengo, pero lejos. ¿Por qué?
_ Ah.- dijo, alcanzándome una pequeña cajita de cartón a cuadros fucsias y blancos.- Esto es para ella.
Al principio no entendí, y pregunté si me estaba haciendo un regalo o queriendo vender algo, hasta que me explicó:
_ Es un regalo de la cooperativa para todas las mamás.
Ahí de reojo capté que el niño (previsiblemente) no estaba solo, sino que andaba con dos señoras y otro nene recorriendo las 200 casas del barrio con sus coloridas cajitas. Le di las gracias, pensé que el regalo sería un perfume y lo dejé sobre la escalera para dárselo a mi vieja cuando venga de visita en un par de semanas.

Pero no contaba con la astucia de uno de mis convivientes, uno de largos bigotes y curiosidad a pruieba de balas. A los diez minutos Matilda ya había tirado la cajita al piso con un manotazo indagador. La cosa hizo un estruendo al chocar contra el suelo, y acto seguido la culpable me miró con cara de yo no fui. Suspiré y fui a ver qué había quedado. La caja estaba choreando agua, porque su contenido no era un perfume, sino esta cosa extraña de la foto. Una esfera llena de agua rodeada de voladitos de plástico y corazones verdes y rosados, con una flor de tela adentro, que se iluminaba con su correspondiente pila disimulada en la base.
De eso ha pasado ya un ratito, y acá estamos. El agua de la esfera se salió, la pila dejó de funcionar, la flor de tela ahora es solo un trapo recortado y los voladitos están bien, gracias. Ya no sé si rezongar a Matilda por romper cosas o si felicitarla por su buen gusto. Nunca vi nada tan kitsch, inútil y poco resistente. Yo, madre, hubiera preferido toda la vida un garoto y una tarjetita.
Sí, sí: la intención es lo que cuenta, bla bla bla. Díganme eso en serio y ya mismo lo agendo como sugerencia para su próximo regalo de cumpleaños. He dicho.




La pareja de jóvenes y su hija pequeña hacían fila delante de mí, en el cajero.
_ ¡Mama, me quiero sentar ahí!- dijo la nena, tratando de subirse a una de las dos sillas azules con rueditas que estaban vacías al costado. 
_ Bueno. Pará que te ayudo... A ver... ¡Muy bien!
_ ¿Y Carolina?
_ Carolina también tiene su silla- dijo la madre, acomodando a la muñeca de trapo en la de al lado. ¿Querés que te haga girar, Bruna? 
_ Sí. 
_ Ooooooh... ¿Te gusta?
_ Sí. Otra vez. 
_ Ooooooh... 
_ Ahora a Carolina.
_ Bueno. Ooooooh... 
_ Ahora a las dos. 
_ A las dos a la vez no puedo. 
_ A ella. 
_ Bueno. Ooooooh... Ta. Ya está. Carolina dice que no le gusta.
_¿No le gusta?
_ No. Dice que se marea. Está cansada. 
_ Aaaah. 
_ Mirá, ahí viene Papá. ¿Vamos con el?
_ Vamos. 
_ No te olvides de Carolina, Bruna. 
_No. Vamos, Carolina.
Y se fueron.

En otras partes del shopping las madres se compraban autorregalos, hacían mandados apurados para el almuerzo o se sacaban fotos en la escalera mecánica con sus hijos en brazos; yo me quedo con esta. Me hubiera gustado tener una madre que me hiciera girar haciendo “oooooh” (la mía tiene otras virtudes, pero el juego nunca fue su fuerte). 
Cosas que pasan.

Ps: no, queridos, no se me está despertando un tardío instinto maternal. Además la chica de Cosem que me dio la vacuna del sarampión me dejó bien clarito que por tres meses no puedo quedar embarazada, y yo siempre respeto las indicaciones de los profesionales de la salud. 😎




Cuando a la tardecita del miércoles pasado salí del CES y me tomé el ómnibus en la puerta del Solís, vi medio de reojo que algo raro flotaba en el ambiente. Mucha gente amarilla y negra, una masa de jóvenes casi uniformados que abarrotó el 103 desde la primera parada por 18.

No me interesa el fútbol, en absoluto, excepto cuando se cruza sin permiso con mi vida, cosa que últimamente sucede cada vez que Peñarol tiene que jugar en el CDS. El estadio queda como a 10 km de mi casa, es re lejos, pero igual: estoy en el camino. Mala suerte.

Este miércoles el viaje del centro a mi casa fue verdaderamente tranquilo adentro del bus. Todo el mundo charlando, buen clima, bien de bien. El problema es que afuera los hinchas empezaron a ver pasar un coche atrás de otro que no les paraba (no por prejuicio, sino porque a la repletura habitual de las seis de la tarde se sumaba la inhabitual masa aurinegra, y no entraba un alfiler). Ahí arrancaron los insultos, los golpes en el costado del ómnibus, un clima de agresión continua que se fue haciendo más y más espeso a medida que nos acercábamos a mi barrio. 
Durante tres o cuatro paradas avanzamos a paso de hombre Trancazo total. Los hinchas del ómnibus de atrás saltaban y gritaban desacatados. Los gurises de mi barrio tocaban tambores. Yo tenía que bajarme en la Unión a comprar comida para mí y para los gatos pero no encaré, porque si dejaba el 103 no hubiera hallado qué tomarme para volver. Para bajarme tuve que avanzar dos metros por el pasillo, y llegar hasta el fondo fue una especie de parto. Una chica bajita murmuró que se iba a bajar conmigo aunque su parada quedaba 4 cuadras más adelante, porque aquello iba demasiado lleno y no aguantaba más la situación.

Llegué a casa totalmente agotada, y los dos gatos me miraron con cara de mudo reproche. Les di un atún de Tata que no le gustó ni a ellos ni a la vecina muerta de hambre, en fin. Cosas que pasan.

Obviamente el problema no fue de los hinchas que iban en mi bus, ni tampoco se puede culpar a los otros por enojarse si se quedaban de a pie. El caso es que el clima de guerra por diversos motivos se repite en el barrio cada vez que hay un partido grande en el CDS.

Este domingo ya los interdepartamentales avisaron que paran de 12 a 20. ¿Qué va a hacer la gente que vive por Camino Maldonado? ¿No salen ese día? ¿No van a visitar a su madre si no tienen auto ni plata para pagarse un taxi?. Falta organización, sea de los clubes, del STM o de la Intendencia.

#ViernesQuejoso.

Cuando duerma unas horas se me pasa. Creo.




El problema con Villa Serrana es que si no tenés auto se complica llegar a cualquier lado. Hay pocos almacenes, las vacas y los caballos dejan la bosta en el pasto y en las casas pueden aparecer arañas. Si a alguien le dan miedo las tormentas eléctricas es probable que ver una partiendo el cielo desde el ventanal del Ventorrillo de la Buena Vista sea una experiencia poco recomendable. Corran la voz. Especialmente entre los círculos de personas ruidosas, contaminantes y poco respetuosas de la naturaleza, que aún no han descubierto la zona. A ellas no les gustaría Villa Serrana, y sería muy bueno que nunca llegaran a conocerla. Corran la voz. 



Ya estaba cayendo la tarde cuando subí al Copsa que me llevaría en veinte minutos de regreso a mi casa. Caminé hasta el único asiento libre, cerca de la puerta trasera, y medio periféricamente noté que todos los pasajeros de la zona eran muchachos de aspecto (digamos) poco tranquilizador. Poco tranquilizador por lo menos para el Iphone, que es medio cobardón y en seguida me empezó a rogar que no lo sacara por nada del mundo del bolsillo del vaquero.

Un par de horas antes había estado charlando con algunas estudiantes de Florida sobre los prejuicios, la portación de cara y otros males de los otros (siempre de los otros), lo que me hizo sentir un tanto culpable de la sensación de inseguridad copseña, aunque veinte minutos no son mucho tiempo, de manera que dejé el teléfono guardado sin más cuestionamientos, cerré los ojos y me dediqué a escuchar.

Los dos del costado iban inmersos en una alegre charla.
_ Che… ¿vos viste lo que le pasó a aquel?
_ No, flaco… Yo hace dos meses que no salgo a la calle, no tengo ni idea de nada. 
_ Ah, ¿estabas adentro?
_ Sí. 
_ ¿Y por qué te metieron?
_ Por rapiña. Andábamos rastrillando por ahí y viste cómo es…
_Ah… Así que estabas… Dejame ver a quién conozco adentro estos días… ¿Lo tenés al Joel?
_ Sí, sí, pero el Joel ya salió.

“¿Ves? ¿Ves?” me empezó a susurrar el Iphone, “¿Ves que mejor no sacarme?”.

En eso subió un cantor, entonó algo de un cielo de un solo color, fue aplaudido, bajó. Los gurises siguieron la conversación.

_ ¿Y vos ahora que saliste, en qué andás?- preguntó el que no había estado preso.
_ Y… a veces en los semáforos, a veces vendiendo curitas. Ta brava la cosa, pero igual acordate de lo que te digo: quien mal anda mal acaba. Yo ya me limpié, ahora, por la misericordia de dios, no me meto más en nada.

Opa_pintó conversión religiosa. El teléfono emitió por lo bajo un suspiro de alivio, aunque no salió del bolsillo.

_ Y ahora a veces me pasa- continuó- que ando por Punta Carretas en el semáforo y me para un viejo de esos que te quieren dar lecciones y te hablan de la droga y esas manos… Y yo pienso entre mí “qué suerte para vos que no me agarraste antes”. Ahora solo le digo “que dios lo bendiga”, me doy media vuelta y me voy…Pero esos chetos de mierda… ¿qué saben ellos? ¿Qué saben lo que es trabajar? No saben nada, botija. Y yo tengo que alimentar a los míos. Tres pibes, tengo. 
_ Y ahora se viene el Día del Niño. 
_ ¿Qué Día del Niño? Es el Día de la Madre. Me acuerdo porque mi vieja cumple… bueno, cumplía en mayo y a veces coincidía. 
_ ¿Y el Día del Padre cuándo es? ¿En junio?
_ No, botija. En junio es el Natalicio de Artigas y el Día del Abuelo: el 19 de junio, me acuerdo.

Y ahí me bajé.

El gurí tendría veinte años, sin madre, con tres hijos y antecedentes. Se acordaba del Natalicio de Artigas y parecía haberse encauzado por el lado de la religión.
Qué difícil todo.
No hay remate de la historia. Mi celular sigue conmigo.

Qué difícil todo.





Abro los ojos y pienso: “no sonó el despertador, me dormí, ya se fue el bus” pero no, aún faltan dos minutos para el sonido de la alarma. Todos los días lo mismo. Salgo de casa en plena noche y al abrir la puerta temo que haya alguien esperando para meterse y robarme, aunque suele estar solo la gata de los vecinos, mirándome con expresión consoladora. Al rato voy hacia la parada, camino diez pasos y vuelvo: ¿dejé a Matilda encerrada en mi dormitorio? No me acuerdo. Reviso, compruebo que no está ella y encuentro un vómito viejo de gato debajo de mi cama. Nota mental: limpiar vómito viejo de gato debajo de la cama. Salgo. Hay tormenta y no traje paraguas. ¿Cerré bien la puerta? ¿Me abrigué demasiado? ¿Tengo todos los libros? Sigo caminando; no hay un alma en la calle. La perra negra duerme en una puerta y esta vez (quizás) no va a seguirme. Hay solo una mujer en la parada: si se toma un bondi la sigo sea cual sea y me bajo en el Intercambiador. Todo menos quedarme sola, esperando. Por suerte viene un Copsa en seguida y lo tomo. 
Ha pasado el momento de inseguridad matinal; es tiempo de encarar la jornada. A partir de acá y hasta que me tome la CITA solo tendré miedo a dormirme antes de llegar a la terminal, a desubicarme en la panadería y a que me toque un invasor de espacios en el asiento de al lado. 
Bienvenidos a mi mundo, estimados. 
¿O es que creían que era fácil vivir conmigo?




Mis dos abuelos fueron hombres de trabajo, aunque diferentes. El viejo Manuel se ocupó toda su vida de las tareas más ínfimas de la Intendencia de Cerro Largo y tuvo un hijo atrás de otro hasta completar la docena, mientras que el viejo Barreto arrendaba un campo cerca del Poblado Las Ratas, hasta que la vida y los fracasos lo hicieron terminar como sereno del Club Naval, viviendo en una casa llena de hijas, nietas, fantasmas y bichos.
Mi abuela paterna, cargada de gurises, no hizo otra cosa que administrar las monedas de la Intendencia para vestirlos y (con suerte) darles un plato de comida. La otra, la madre de mi vieja, al mudarse a la ciudad encontró un trabajo confeccionando por encargo túnicas escolares y puso un taller en la casa, donde surfilaban y costureaban también las hijas y las vecinas. 
Mis padres casi no saben lo que es vivir sin hacer nada. El Cele arrancó como ayudante para todo a los ocho años en la casa del escribano Cirilo Ibáñez, en Melo, fue metalúrgico de joven en Electromet y al final se mandó un grito de Asencio cuando yo tenía nueve o diez y se dedicó a confeccionar y vender ropa infantil en la feria con mi madre, que para entonces estaba harta del servicio doméstico y también buscaba independizarse de patrones y plusvalías.
Yo hice la feria con ellos desde niña, fui payasa, atendí una biblioteca y vendí comida macrobiótica en una galería del centro hasta que terminé el IPA y me pude dedicar a la docencia y a la Literatura, a veces más a una, a veces más a otra. 
Empecé a escribir sin saber adónde iba, y me acabo de dar cuenta de que soy la única de toda esta línea familiar que tuvo la opción de elegir y lo sigo haciendo, a veces bien, a veces mal. ¿Quién puede estar cien por ciento seguro de todo lo que elige?

Salud, queridos. Hoy y todos los días.


Que haya trabajo, pero también vida. Primero vida. Después se ve.

sábado, 20 de abril de 2019

La linda






Buquebús, niño del asiento de atrás, a su madre: 
_ ¿Nosotros estamos de cabeza?
_ ¿Eh?
_ Si estamos de cabeza. ¿Viste que el mundo es una pelota? ¿Quiénes están cabeza abajo? ¿Qué país?
_ Eeeeh...

Buenos Aires. Edificios espejados en edificios. El Centro Cultural Kirschner, hermoso pero con poca propuesta cultural. Restaurantes desabastecidos. Personas en un contenedor desarmando viejas computadoras. Arbolitos. Una chica sin hogar que pide agua en un bar y se la tira adentro de la remera. Gente amable. Ñoquis cuatro quesos. Un señor cincuentón en la mesa de al lado, teñido del “rojo Sadaic” del que habla Dolina. Quiosquitos que parecen tener la Sube, pero no. Buses bien señalizados. Boleto barato. Colectivo limpio. Pasamos por Retiro y Costa Salgueiro, que tiene una zona sobre la rambla con edificio de 1903, espectacular.

Aeroparque. Excelente atención. Carteles con fauna autóctona de cada provincia (incluyendo las Malvinas). Máximo de 8 kilos de valija: yo tengo 7. Me preparo mentalmente para despachar una a la vuelta. Menos mal que no vuelo por Andes, que solo permite 5 kilos. Día espectacular.




Yo (subiendo al avión): _ ¿Te das cuenta? Hoy ya viajamos por tierra, por agua y ahora por el aire. 
Mi amigo: _ ¡El próximo es por el fuego!
Yo: _ ...


Primeras impresiones: Salta nocturna.
Quiero vivir acá y comer humita. Ir a las peñas donde canta Hermógenes Quipildor (el hijo de Zamba), pero con discretos tapones de oîdos. Quiero comprarme todas las artesanîas y hacerme té negro con los limones de las veredas. Despertarme con montañas. Tener calor y que los salteños anden de bufanda. 
Vengan a Salta. Ustedes se lo merecen. Vengan.



Todo el mundo vendiendo ramos en los alrededores de las iglesias. Día nublado, agradable. Arrancamos temprano para Cafayate después de un desayuno frugal en el hostel (donde Danilo dice haber visto un gato). La van tiene música en inglés. Empiezo a especular con jubilarme y venir a vivir a Salta (como a cada lado que me ha gustado, sí, ta...).


Tres Cruces. Apachetas son los montículos cónicos, símbolo de los incas. Los jesuitas encontraron tres de ellas y pusieron tres cruces para representar el padre, hijo y espíritu santo. 
Otra version indica que aquí se encontraron restos de tres buscadores de oro; algunos creen que el oro esta aún por aca



Cafayate: crónica esquemática nivel pasada la medianoche.

Salimos a las 7. 
Salta tiene barrios por profesiones: del docente, del peluquero, del odontólogo, del periodista... 
En el camino, control policial: cero alcohol, o multa de mínimo 15000 pesos. 
Lechos secos gigantescos de ríos nunca hondos, llenos de piedritas. 
Se planta maíz, tabaco. Vino patero. 
Choque espantoso de tres coches hechos bolsa. 
Altares del Gauchito Gil. 
Casas de tierra. 
Tordos. 
Cárcavas. 
Monte chaco-salteño-riojano-tucumano-boliviano. Espinoso.
Vestirse de gaucho es un honor. Botas 6000$, traje 15.000, rastra 1000 dólares (con oro y plata). Poncho 7000. El hecho en telar es de los dos lados igual. El tradicional de Salta es color borra de vino con dos franjas negras, señal de luto por la muerte de Güemes. 
Un.”caballo peruano” cuesta 150.000 dólares. 
Plagas: hay Garrapata, polvorin y pique. 
Pasamos
Por la Curva Erótica (en la Qubrada de las Conchas, Ruta 69, junto al Porongal). 
Brea: arbusto de tronco verde, las semillas son alucinógenas. 
Temperaturas extremas:.60 grados máxima (en Tartagal), hasta 20 bajo cero. Promedio: 18-25 grados. 
Hay 30.000 km de caminos incas, caminos reales.
Cafayate: cajon de agua
Calchaquí: sembrador de la luna
Diaguitas: estuvieron 60 años guerreando, fueron conquistados y los llevaron cominando hasta Quilmes.
Vino Bruttoni: 12000$ el litro. 
Borrachera de bodega Vasija Secreta
Comida slow. Veeeery slow. 
Artesanías. Muchas. Baratas. 
Arañas que saltan 3 metros, son tamaño cd. Cuelgan de árboles, si no levantas la vista no las ves. Tb hay viuda negra. 
Hombre sentado en barril a la mañana y al atardecer: parece pasar ahí todo el día.
Cosas típicas de la cocina salteña. Ají campana: pica x la entrada repica x la salida (humor salteño). Humita, tamal, locro pulsudo. Dulce de cayote. Quesillo. 
Mensaje moral y religioso al final. El guía se convierte en padre. 
Mensaje más práctico: “Por favor no olviden nada. Que esta combi después va al lavadero y los que lavan son tucumanos.”



El ascenso en teleférico al San Bernardo. Los diez siglos más largos de la historia (a no ser que hayan sido cinco minutos).



Los amish. Hace horas que tratamos de adivinar qué relación de parentesco tienen, pero no nos ponemos se acuerdo. Para mí la nena de verde es la madre de los chiquitos y hermana de las otras, pero es raro, porque tiene carita de quince años. El muchacho también es joven, veinteañero, quizás. 
#CosasQueUnaHaceDeVacaciones
#NuncaDijeQueFueraPerfecta
#ChusmaPeroSoloEnSalta



Motoqueros. Gauchos con bombo legüero. Un péndex de guitarrita desafinando “avanti morocha”, mientras a dos metros la peña folklórica suena a todo trapo con Zamba de mi esperanza. Una chica hace danza árabe sobre su escenario, y en el boliche de al lado hay espectáculo de malambo. Los autos pasan a un metro de las mesas. Hay veinte boliches en tres cuadras de la calle Balcarce, y en cada uno hay un par de mozos que se paran en la vereda a cazar turistas. Gente que pide dinero. Gente que come empanadas. Gente que saca fotos. Gente que en vez de charlar mira el celular. Gente que vende hojas de coca naturales o machucadas (le compramos de las primeras). Contaminación sonora nivel alerta roja, pero a solo dos cuadras del hostel, lo cual, para el nivel de cansancio de hoy, es como maná en el desierto. No doy más. Tengo las piernas como si hubiera jugado al fútbol, los ojos como si me hubiera fumado tres porros y el alma contenta, como si estuviera de vacaciones en Salta y hubiera ido a degustar una empanadita de queso en la calle Balcarce, entre la peña y la peña. 
Agotada. 
Feliz. 


¿Saben quién cumple años hoy? Salta. Fundada el 16 de abril de 1582.


Gracias por todos los saludos por acá y por wsp, queridos! Este ha sido un cumpleaños INCREÍBLE. Van unas fotos como anticipo... prepárense, porque los voy a atomizar (aviso). Ahora, volviendo a Salta y a sus 1300 m de altura, luego de Jujuy y sus tres mil y pico. (Gracias a la coca que me ha dado taaaanto...🎵). Día de descubrimientos y de dejà vus... ya contaré. Creo.



Quebrada de Escoipe, en la cordillera oriental de los Andes. Tiene un promedio de 300 días de sol anuales, pero salimos con llovizna. A eso de las ocho abrió y fue un día seco y de calor, como todos. Pasamos por varios ríos, siempre de cauces anchísimos llenos de piedras. Ponele que media cuadra de cauce y un metro de ancho del agua, que tampoco es profunda. Cuando crece mucho, en temporada de lluvias, llega a la cintura (pero MUY correntosa, y siempre helada). 
El guía nos habla de la gente de Salta: antes tenía un promedio de vida de entre 80 y 105 años. Vida sin estrés, alimentación a base de quinoa, maíz y carne de llama (que no tiene colesterol). Hay 47 variedades de papa andina, y unos duraznos silvestres que se llaman cuaresmillos porque se cosechan en la cuaresma, con los que se puede hacer dulce sin azúcar agregado. La economía de Salta se basa en 4 pilares, que en orden de importancia son el gas y petróleo, la minería, agricultura y turismo. 
Mientras avanzamos suenan zambas y chacareras en la radio de la van. Poco a poco vamos subiendo a las montañas, cambia la vegetación y se empiezan a ver los cardones. Hacemos un par de paradas en miradores y si bien aquí no nos apunamos (porque el aire es diferente, no entendí bien por qué) igual andamos todo el tiempo sin aliento. Unas montañas suceden a otras, hay colores verdes, amarillos, rojos, grises, verdes y blancos. Algunos guanacos. Vacas en las alturas que según el guía dos por tres se caen. Flores. Gente. Polvo. Naturaleza en versión gigante y poderosa. Difícil de describir.



Mirador de piedra del molino. Según qué cartel mires tiene 3457 metros o 3348. Cosas que pasan.


Parque de cardones: reserva ecológica. Los cardones viven entre 200 y 509 años. Está prohibido cortarlos, las artesanías que se hacen con ellos solo pueden hacerlas lugareños, utilizando un cardón que se haya secado solo. Se secan de abajo hacia arriba. Las espinas absorben la humedad del aire. Florecen en primavera, muchas flores por cada planta, y cada flor arroja 8000 semillas (según el guía) u 80.000 (según un cartel). Sobrevive el 5%, los diez primeros años son críticos. Crecen primero hacia abajo, y luego van subiendo, pocos cm por año. A veces se protegen creciendo en medio se un yuyo que se llama jarilla, con la que tienen una especie de relación amistosa. Hay kilómetros de parque de cardones, de los que solo se permite recorrer un sendero de doscientos metros rigurosamente delimitados.
Quiero un cardón en mi patio.



Iglesia de la Candelaria, de 1873. Hay Un mural enorme que recrea el momento en que la imagen de la Virgen fue asaeteada y casi degollada por un malón de los indígenas en el siglo XVII, cuando aún estaba en otra parte. Una de las dos torres más altas de Argentina. Preciosa.



Museo Güemes. Lo más interactivo e interesante que he visto hasta ahora. Cada sala juega con una forma diferente de aprovechamiento de lo digital en pos se la recreación de una historia (UNA historia de Güemes, que no necesariamente coincide con otras que nos han contado por estos lados). Está ubicado en la casa original del caudillo, tiene elementos históricos, libros y obras de arte relacionados con don Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero de Goyechea y la Corte. No, si por falta de nombre no ha de ser...



Llullaillaico. Prueben a decirlo en voz alta. Llullaillalco. Suena dulce, ¿no? Pero la historia no lo es tanto... Ojo: aviso que es dura.

Llullaillalco se llama el sitio de alta montaña donde fueron encontradas tres momias de unos 500 años de edad: dos niños de unos 7 años y una doncella de 15. Fue un enterramiento ritual. Los dos niños fueron elegidos por ser los más bellos de sus respectivos pueblos (o quizá por ser hijos de un cacique). Se les celebró una suerte de matrimonio simbólico y se los colmó de toda clase de distinciones, incluyendo un desfile de gala, tras el cual cads uno volvió a su pueblo caminando en línea recta (no importa si en el medio había montañas, montes o ríos). Luego de ser honrados en su tierra los dos niños volvieron a reunirse (junto a toda la población) en lo alto de la montaña , donde se los agasajó y vistió con ropas finas y adornos varios, algunos de plata y oro. Junto a ellos iba la doncella, también finamente vestida y enjoyada, con la misión de acompañar a los niños en el tránsito al más allá, donde se reencontrarían con los espíritus de los antepasados. 
Los tres fueron alimentados y bebieron chicha hasta caer dormidos. Ahí los enterraron. Vivos. 
Las tres momias fueron desenterradas hace unos veinte años por un equipo de la National Geographic, junto a 160 piezas de adorno, cerámicas y prendas de ropa. El aire seco, el frío y la altura conservaron los cuerpos de una manera pasmosa. 
El el museo cada vez se muestra una sola momia, por razones de conservación, y de las otras hay fotos y videos. Impresionante. El pelo, la piel, hasta los dientes... Te eriza; yo me conmoví hasta las lágrimas, y ojo que no soy de llanto fácil (más bien todo lo contrario). 
Con esos sacrificios el pueblo entregaba a la montaña lo más preciado; sus niños, pidiendo con ello la protección de las divinidades. Y ya sé que es cultural, que es religión, lo que quieras, pero es un acto tan horrendo que escapa a toda calificación. La cara de la niña, en particular, te parte el alma. Pobrecita. Ojalá que haya encontrado la luz, bajo la forma que sea. Pobrecita.



Hora de vicios en el hostel. Ya vi que me
entraba todo en la valija, ya solo tenemos agendado ir a la Catedral y quizá a un museo de arte, antes de volver a Viracocha para la cena y aprontar el regreso de mañana. Hora de un café en saquito.
Bueno, ta... Es lo que hay, y además es rico. 



La Catedral de Salta: por fuera predomina el rosado, como el celeste en la Candelaria y el amarillo en la San Francisco. Oro por todos lados. Hoy llena, por semana santa. Tiene un ojo masón en el frontispicio, y otro sobre un oratorio de madera. Hummm...



Breves: 

En todas las excursiones, en todos los restaurantes y en todos los paseos a los que fuimos en Salta la música siempre estuvo como elemento esencial. 99.5% de lo que escuchamos fue folklore (léase chacareras, zambas, vidalitas e ainda mais, que para mi oído ignorante en esas ramas del arte sonaba todo a lo mismo, pero como bombo legüero). Yo conocía tres o cuatro de los temas, nada más. Por ejemplo, la Zamba para olvidar, que aprendí en la lejana infancia, una semana de Turismo en que nos fuimos a una estancia en Flores y mi prima Mirian se la pasó cantando de domingo a domingo, o la Zamba de Balderrama, que para mí iba con ¨V¨, porque me confundo con el Pibe. Poca cosa, en todo caso, la mayor parte de los temas me resultaron totalmente novedosos.
En algunas de las excursiones, en los ratos en que no estaba mirando las montañas con la boca abierta y la cámara del teléfono al rojo fuego, pude escuchar parte de las letras, y hay de todo. Casi todas tremendamente machistas. La mayor parte tienen letras simples, enfocadas en el amor: ¨¿Para qué quiero vivir/ con el corazón herido/ para qué quiero vivir/ después de lo que me has hecho?¨ Otras, en cambio, desbordan poesía con las palabras de todos los días: ¨Ayer te vi/ traías tanta sombra/ que la noche parecía/ deshacerse para mí¨.

…..

Durante la conquista un español le pidió a un indígena destacado en el dibujo que pintara ángeles. 
_ ¿Y qué son los ángeles?- preguntó, a lo que el español repuso:
_ Son como nosotros, pero con alas.
Y los pintó con alas, y con armas en las manos. Son “Los ángeles arcabuceros¨, pintura que aún se conserva en Uquía, aunque sin sus marcos de oro originales, porque cuando se mandaron a restaurar las pinturas los marcos se perdieron por el camino y nunca fueron repuestos. Cosas que pasan…

…..

Diálogos de Van:

1
Madre: _ Ah, nosotros hace días que viajamos. Nuestro hijo, por ejemplo, tuvo que faltar 8 días a la escuela.
Hombre: _ Ah. Y vos –mirando al nene- ¿estás contento de no ir a la escuela?
Nene: _ No. Porque después cuando vuelva no entiendo nada, y además voy a tener pila para copiar. 

2
Abuela: _ ¡Mirá el color de las montañas! Parece una colcha verde extendida sobre la tierra.
Nena: _¿Y acá quién corta el pasto?

3
Guía: _ Y esta es la ´Cancha¨, terreno que se usa para el secado de pimientos.
Vieja: _¿Y aquí trabajan chicos?
Guía: _Sí, trabajan todos.
Vieja: _¡Así se educan! ¡Qué bien! Después se hacen leyes, que denuncien el trabajo de los chicos y eso, pero esta es la forma en que hay que educarlos: trabajando.

4
Nena: _ Mamá, se me rompió el sachet de mayonesa adentro del bolso.
Madre: _¡No podés ser tan estúpida!
Nena: …
Madre: _Ponete el cinturón y callate. 
Nena: _¿Por qué me decís eso?
Madre: _Porque una nena inteligente como vos no puede hacer eso.
Nena: _¿Y quién dijo que yo soy inteligente? Además soy hija tuya, así que soy como vos. 

5
Guía: _ Y en este momento vamos a hacer magia. ¿Ven que estamos subiendo un repecho? Bueno, ahora miren lo que sucede. – Apaga el auto, que empieza a deslizarse hacia atrás, como si estuviera en una bajada.
Madre de nena: _ Este auto es como vos: siempre lleva la contra. 

6
Guía: _Aquí la población es complicada. Cuando viene el ginecólogo a hacerles papanicolau a las mujeres, los hombres las mandan para el monte, para que no las toquen, pero cuando tienen hijos en seguida van a pedir un plan. Para eso sí se sienten argentinos…


Salpicón breve:

_ Hay gente que paga tours para dormirse en la Van. Especialmente millenials. 

_ Poco ganado por esta zona. Algo de vacas, ovejas, cabras y caballos. Bichos, vimos un zorro, caranchos, algunas aves muy lindas, picaflores, mariposas, lagartijas y poco más.

_ En Salta hay una Peluquería Alelí.

_ Efectos de la altura: ya en Salta (1300 m) te sangra un poco la nariz. En otros lados (Humahuaca, por ejemplo) te falta el aire, sentís palpitaciones y si vas a ponerte protector solar tenés que cerrar el frasco rápido, porque sigue saliendo, y saliendo. Lo más alto que vimos: el pico Nevado de Cachi: 6.400 m. Lo más alto que estuvimos: Cachi: 3457 m. 

_ Los ríos se ven a veces marrones, a veces, grises, a veces verdosos. El agua baja de las montañas, pero no es potable, salvo que venga de una vertiente. La del deshielo trae minerales que no son para consumo humano.

_ Las cholas son tan insistentes que no aceptan un no, y te siguen, te siguen, te siguen media cuadra hablando sin parar, con los brazos llenos de muñequitas de tela y camineros de mantel de colores. Yo fui siempre amable, pero firme. Una de ellas, una joven, me dijo entre dientes algo que a mí me sonó como ¨¡chena basura!¨.

_ Hay mucha cosa abandonada. Un pueblo entero (Alemanía) vacío (aunque ahora ocupado por artesanos). Casas con las ventanas tapiadas con ladrillos. Una cancha de fútbol en medio de las montañas, invadida por los yuyos y las gallinas (¨miren, ahí está el Monumental¨, dijo el guía). 

_ La hoja de coca tiene 14 alcaloides. Posee propiedades digestivas, regula la presión arterial, cura el dolor de panza, quita el hambre y la sed (pero solo mientras se consume). Tiene que consumirse verde: si se seca pierde las propiedades. En Argentina (que no la produce) se permite la posesión de hasta un cuarto kilo de hojas, pero no se permite entrarla al país. Hay que ponerse muchas (entre 5 y 20) en el cachete, e irla mojando con la saliva, sin masticar. Se colocan dobladas al medio, sacándole antes el cabito, que puede molestar. Esto (que se llama ¨coquear¨) se deja hasta que se le va el gusto, como un mate lavado. Tiene un gusto amargo, pero se soporta bien, y te acostumbrás. 

_ Dos dejà vus tuve en estos días. Primero, la hoja de coca: yo ya conocía ese gusto. Capaz que era solo el recuerdo de haberla tomado en té, puede ser. Segundo, la bajada por escalera del cerro San Bernardo: yo ya había hecho ese trayecto, conocía las paradas, los escalones, la ruta en el medio, todo. Nota aparte: bajamos el cerro medio lento, porque la escalera es interminable. Son 284 metros de altura, así que la escalera tiene como un kilómetro, por lo menos, porque va caracoleando entre los árboles. En todo el trayecto fuimos vapuleados por los locales, que subían y bajaban como parte de una rutina aeróbica, a veces marchando, a veces trotando, incluso con sus perros, mientras nosotros nos arrastrábamos cual gelatina que se derrite de cima a hostel, para caer rendidos en nuestra habitación compartida hasta que la noche nos impulsara a levantarnos y salir en busca de alimento, como cualquier primitivo. 




En estos días de vacaciones he subido fotos y he contado mil y una cosas de Salta la Linda. Paisajes increíbles, artesanías multicolores, personas amables, comida deliciosa y perros gordos y buenos. 
Hay otro lado del que no he hablado mucho, todavía. Del lado B. De los niños que recorren los bares vendiendo medias, o de los que te miran con ojos muy abiertos y te dicen si quieres que te canten una coplita, por ejemplo. De la nena que vi hoy durmiendo en una bolsa enorme de basura, de esas que a veces ofician de mini volquetas. De las cholas que te persiguen con baratijas y te da una tristeza enorme no comprarles, o de la chola rebelde que por esa misma razón me insultó en Humahuaca por ejemplo. De las caras de tristeza de los viejos, del fanatismo religioso, de la actitud sumisa de algunos descendientes de pueblos originarios, por ejemplo. De los muchos graffitis que hablan de una Salta violenta e impune, por ejemplo.
“En los 23 años que tengo he visto pasar 11 presidentes, pero solo a dos gobernadores de Salta”, nos dijo el guía de un paseo. 
Acá el poder manda, y manda fuerte. 
“Urtubey, mataste a las francesas”, leí en una pared, y más tarde vi un libro con el título “¿Quién mató a las francesas?”. La historia me sonaba, pero no recordaba mucho, porque se trató de un doble crimen en 2011, así que he buscado información y he preguntado por acá. Dos chicas asesinadas, y todo apunta a un caso de corrupción y encubrimiento de los hijos del poder, tan impunes hoy como en el pasado. No voy a contar la historia, pero la cosa parece (desde este lado) tan clara como el agua. 
Queda mucho, mucho por hacer, acá y en todos lados.
Qué tristeza.


En el almuerzo de Cachi compartimos mesa con unas personas muy agradables. Uno en particular, un chico de 25 años, nos encantó porque encaró el día entero de excursión sin nada en las manos, andaba solo y fue a Salta por solo 4 días que tenía libres. Estudia Letras y trabaja como maquinista de tren; esta foto me lo hizo acordar. El gurí nos contó que dos por tres se tiran personas a las vías, como la anciana de la imagen, que se salvó porque el maquinista frenó justo a tiempo. En este caso, la señora mo quería agobiar a su familia, porque no le daba el dinero para comer. Nuestro amigo, aún siendo tan joven, ya llevaba tres muertos en sus recorridos. Su padre se jubiló con más de treinta episodios similares. Terrible. 
(Ta, al final del viaje tiro todas las pálidas... sorry. Debe ser la realidad que me va alcanzando).



El vuelo de Salta a Bs. As. dura casi dos horas, y hoy está transcurriendo por encima de un mar de nubes, así que aprovecho para contarles la historia de las francesas, según lo que me dijeron en Salta y lo que leí x ahí (es decir, que tomen todo con pinzas y si les interesa el tema investiguen por su cuenta).
Todo sucedió en el año 2011. Las dos turistas eran Cassandre Bouvier y su amiga (no recuerdo el nombre), de veintipico de años, universitarias, de vacaciones en Salta. La historia oficial dice que se fueron de caminata a la Quebrada de San Lorenzo, a 10 km de la ciudad, y cuando regresaban al atardecer, cerca de un mirador solitario, fueron abordadas por dos hombres (locales) que las atacaron y violaron. Un tercero que pasaba por el lugar fue invitado a unirse (“vení, indiecito, aprovechá”), lo cual hizo (“para que no lo tomaran por marica”). Este último se retiró con las dos chicas aún con vida, y no sé por qué dejó en el lugar su bolso con la carabina. Con esta arma fueron ejecutadas ambas jóvenes. Una de ellas quedó herida e intentó trepar hacia el camino pero no pudo llegar, y murió (aparentemente horas después) por la pérdida de sangre. Los dos cuerpos fueron encontrados un par de semanas más tarde por un grupo de chaqueños que paseaba por el lugar.
Hasta aquí un doble femicidio, cuyos culpables fueron encontrados y juzgados. Uno era un guía local, otro un cuidador de caballos de paseo, el otro no me acuerdo. El tema es que los hechos no parecen coincidir con esta versión de caso cerrado, y las dudas subsisten por varios motivos. 
En primer lugar, los cuerpos supuestamente llevaban dos semanas en el monte pero no habían sido atacados por los animales salvajes y la ropa estaba limpia. En segundo, la forense que los examinó dio una fecha estimada de muerte totalmente diferente a la de su desaparición, que es la que el juez (desoyendo a la técnica) hizo constar en actas. Un policía que investigaba el doble crimen apareció sospechosamente “suicidado” meses más tarde. Tiempo después una mujer envió una carta anónima donde no revelaba su identidad por miedo, y donde contaba que había visto a las chicas la noche de su desaparición, en una fiesta de alta sociedad donde estaban los poderosos de Salta, en una mansión que se comunicaba por un camino directo del mirador donde supuestamente las atacaron. Al parecer en la fiesta corrió de todo, y en cierto momento varios hombres las llevaron aparte, porque querían tener relaciones con una de ellas. 
El hombre que cuidaba los caballos siempre protestó vehementemente su inocencia. Lo inculparon solo porque era pobre y porque había afirmado haberlas visto pasar esa tarde por su puesto. El propio padre de Cassandre (que desde entonces se vino a vivir a Salta) lucha por su liberación, con la idea de que prefiere un culpable suelto que un inocente preso. Su hija no soportaría esa injusticia, dice. El hombre tiene familia, todos quedaron abandonados a su suerte y a él le dieron cadena perpetua. El otro que fue condenado se sospecha que miente para encubrir a algún poderoso. 
Un director francés hizo en 2017 un documental desde esta perspectiva, creo que se llama igual que el libro: “¿Quién mató a las francesas?”. En el mismo no da nombres de los posibles asesinos, pero un diputado (de los de Urtubey, el gobernador de Salta y capaz que futuro presidente argentino) se sintió aludido y dijo que iba a iniciar acciones legales. El documental fue retirado de Youtube, pero hasta hace un tiempo se podía ver en algunos lados.
Como frutilla de la torta, hay una periodista que afirma que las francesas no eran turistas, sino que estaban en Salta con un objetivo académico. Las dos eran profesionales (Cassandre era Socióloga), y la periodista dice que estaban investigando una posible desviación de dinero de fondos internacionales, destinado a la alimentación de los descendientes de los pueblos originarios. 
Ayer no pude conseguir ninguna noticia posterior a 2018; ignoro si el hombre de los caballos continúa preso, pero no lo dudo demasiado. La historia de María Soledad Morales, en Catamarca, me viene a la memoria: otra chica violada y asesinada por los poderosos de la provincia, con chivos expiatorios entre los pobres y con la total impunidad de los hijos de los ricos. Cómo tantas veces. 
¿Hasta cuándo?



Ya tuve frío, vi una pelea callejera, viajé en un ómnibus lleno y me impresionaron los precios del supermercado. 
Definitivamente, he vuelto a Montevideo.



Espero el bus que me llevará a mi casa y mientras tanto escucho a un cantor ambulante en la parada: 
_ No sé para qué volviste... si ya empezaba a olvidar... 🎵
Definitivamente (y contradiciendo mi post de hace cinco minutos) sigo en Salta.

viernes, 12 de abril de 2019

Abril 2019



_ Hola. ¿Cuánto cuesta el alimento para gatos adultos?
_ ¿El kilo? $310. 
_ Ah. ¿Y medio?
_ $140. 
_ Dame dos de medio.
_ Cómo no. Son $280. 
_ Aquí tiene, gracias. 
_ Gracias, feliz día.




Trabajo en una oficina calórica: nos comunicamos con gusto a chocolate. Todo el que viaja trae algo, y los escritorios se van poblando de coloridos envoltorios. Somos 10, pero comemos por 20. Alfajores, bombones, Garotos. Nunca un mix de hojas verdes. Nunca una manzana Granny Smith. Nunca. 
Hoy me puse a escuchar y cada uno que llegaba hacía terrible ruido al pisar las baldosas de la entrada: creo que ellas se están quejando de nuestro (creciente) sobrepeso. 
Somos Comunicación Social, la oficina más sociable (y la más dulce) del Consejo de Educación Secundaria.




Montevideo es ese lugar donde en el mismo ómnibus un boleto al km 10 cuesta más que uno al km 24, donde los de una hora a veces se enloquecen y duran tres viajes en 4 horas y donde un músico de bus puede mandarse un solo de guitarra al mejor estilo Dire Straits sobrándose, con la guitarra atrás de la cabeza. 
Parece mentira las cosas que veo.




Después del almuerzo me tiré en la cama por un segundo y cerré los ojos. 
Cuando los abrí no tenía la más remota idea de en qué país estaba ni -mucho menos- en qué día. Había una ventana a mi derecha: vi lejana la silueta oscura de unas montañas. ¿Era de tarde o de mañana? ¿Dónde diablos estaba? ¿Y yo, quién era? Silencio absoluto. A la luz tenue del día los contornos de las cosas se fueron perfilando. Me llevó unos segundos recordar, hasta que un maullido abajo, en el patio, fue trayendo la tardecita, el dormitorio, las nubes recortadas en el horizonte y el lunes endomingado. No suelo hacer siesta, pero el cuerpo hoy se tomó sin permiso dos horas y media de descanso profundo nivel piedra. 
El cuerpo sabe, y yo obedezco.



El lado hormiguero de Tres Cruces 😱

Un atasco que arranca en la cuadra anterior y se continúa con la entrada de los buses, que hoy ocupan todos los andenes. Decenas de personas agolpadas para pasar a zonas de embarque, colas de media terminal, agencias a tope, comercios repletos de gente apurada y en el RedPagos una cola de veinte minutos. Cámaras de tv registrando el movimiento pre Turismo. Caras de apuro. Gente que choca gente.
Menos mal que yo (hoy) no viajo.





“¿Qué vas a hacer

Cuando mi invierno sea primavera,
Cuando me quieras y yo no te quiera,
Cuando ni el perro esté esperando afuera?”

La CITA hace méritos para competirle al 103, parece. Ladra Montaner a todo trapo; mis oídos se quejan y yo trato de mantener la cordura. Tranquilos, tranquilos que ya vamos llegando... Tranquilos, y que no se nos pegue...
Tranquilos, porque qué vas a hacer
Cuando mi invierno sea primavera,
Cuando me quieras y yo no te quiera,
Cuando ni el perro esté esperando afuera...🎵


Socorro.




Eduardo Acevedo, hoy, siete y pico de la mañana. Voy rumbo al IAVA cuando veo a una adscripta caminando lento en mi dirección. La saludo, cruzamos dos frases y sigo mi camino, porque mi paso es más rápido y quiero llegar a tiempo para prepararme un café pre-clase. Es lo que tenemos los jóvenes, viste.
En la esquina con Guayabos baja de un 60 una alumna de quinto Humanístico. Me saluda con simpatía, se pone a caminar y en media cuadra me saca 40 metros de ventaja. Es lo que tenemos los ex alumnos del siglo pasado, viste. 
Llego al liceo, me preparo el café y subo la escalera. Despacio. Pucha, digo.




Lunes, 7.35 de la mañana, sala de profesores del IAVA. Un veterano y yo solos, en silencio. Aparece una profe entrada en años, que apenas da un paso en la sala mira el perchero y pega un gritito de felicidad:
_ ¡Ay, mi paraguas, mi paraguas! Me lo olvidé el otro día y todavía está acá, no lo puedo creer!
La miro un segundo, calibrando si hablar o hacerme la boluda, y al final le explico con toda la amabilidad de que soy capaz que en este liceo no se roban las cosas, que todos dejamos pertenencias en la sala sin miedo, pese a que tiene dos puertas, una a cada patio, que muchas veces quedan abiertas.
Me observa un segundo, decidiendo ella también si contestar, y al final dice algo de que “ la directora dijo que a veces entra gente de afuera...”, etc. Sí, sí: gente de afuera, seguro, pensé, pero no dije nada.
En eso llegó uno de mis practicantes y lo saqué al patio, a respirar un poco de aire puro. Después entré a un Artístico y me olvidé del tema. 
Hoy, a tercera hora, la misma señora me vio en la sala y se me vino al hilo.
_ A ti te quería contar, profesora. Ayer me olvidé de vuelta del paraguas en la sala y ¿sabés qué? Hoy no está. 
Lo dijo con una sonrisa, no de labios, sino de ojos. Parece que lo había comprado en Europa, que el tal paraguas era fuerte como ninguno y eso le daba una pena terrible, pero los ojos le brillaban con la mirada de quien prefiere perder algo antes que asumir que la gente no siempre es digna de desconfianza. 
_ ¿Preguntaste en dirección o adscripción?- le dije, pero no, claro. Para qué. Y ahí me fui a uno de los Humanísticos, mientras la señora comentaba a todo el que quisiera escuchar que había perdido un paraguas buenísimo, europeo, que ella adoraba, aunque se lo había olvidado dos días seguidos en la sala de profesores. 
Pobre señora, tan feliz ella con su comprobación de la maldad del mundo y la credulidad de los optimistas. Ojalá que no encuentre nunca el dichoso paraguas. Sería para ella una decepción muy grande reencontrarse con él, aunque más no sea para volver a olvidarlo.



Despedida (por ahora). 
“No te acobardes”, me dijo mi viejo al saludarme en Río Branco. Creo que se refería a que encarara pronto una visita a la laguna pese al interminable viaje de ida y al inconmensurablemente eterno viaje de vuelta en Núñez, pero lo voy a adoptar como consejo para todo. 
Y aquí vamos.




El cuentito asqueroso de la mañana (aviso).

Hoy el Gatón amaneció raro. Se sentía mal, parece, porque anduvo vomitando en la alfombrita de la cocina. Mi vieja tiró la alfombra al patio, para lavarla luego, pero se le cayó una cosita: una lagartija bebé de unos 10cm. de largo. 
Solo espero que se lo haya comido muerto, porque el bicho está entero, pobre. Ni masticado, mire! Capaz que se murió de un infarto cuando vio la masa anaranjada que se le venía al humo. 
QEPD.




Vamos mis viejos y yo caminando por la orilla de la laguna cuando suena un celular. Evidentemente es para el Cele (que hoy cumple años) pero atiende mi madre (como siempre):

_ Hooola. - saluda a la voz del otro lado- ¿Cómo andás, criatura?

La criatura era mi tío Valmar, que ya anda por los 75. Mi vieja no se ubica en la edad que tiene, pienso. Apenas vuelva a Mdeo. se los voy a contar a mis amigas de cuando iba al IPA: a las chiquilinas les encantan estas historias.




Se perdió billetera celeste marca Lincoln, el dinero queda como gratificación para quien la encuentre...
Se perdió campera azul de niño con el nombre bordado...
Se extravió celular a nombre de Ramón Pérez, Ramoncito...
Se encontró una mochila que se entregará a quien acredite ser su dueño...
La farmacia Informa que estará cerrada esta semana por reparaciones en el edificio...

La Voz de Melo. El lugar donde el siglo XX vive y lucha.




Todavía andaba caminando por los paisajes del sueño cuando sentí el contacto de su mano suave posándose en mi brazo. Abrí los ojos y vi los suyos, sonriendo con dulzura. Nos quedamos mirando un segundo interminable, hasta que egresé de la inconsciencia lo suficiente como para qué él pudiera decirme algo. Una sola palabra, que quizás encerraba un sinfín de significados, y que sonó más o menos así:
_ Llegamos. 
_ Gracias. _ contesté, mientras me disponía a tomar mi mochila, la carpeta, el celular y el abrigo. Ya no quedaba nadie en ningún asiento. 
Fui la última en bajar de la CITA. Cuando entré a la terminal, mi ángel de la guarda se había perdido en la multitud. Yo miré hacia adelante, abrí del todo los ojos y me sumergí en la marea que algún día, quizás, terminará de llegar a destino.





jueves, 4 de abril de 2019

La Tienda de las Flores




1

El sótano de la galería era una cueva negra, profunda y sin orillas. Se lo veía ilimitado, se lo adivinaba inquietante. Debía ir de cuadra a cuadra, en paralelo con la doble fila de locales comerciales que ostentaban sus vidrieras luminosas y carteles de ofertas al nivel de la calle. Nadie sospechaba la existencia de ese pozo de sombras y olvido, pero allí estaba, esperando cada día que se hicieran las siete de la tarde para verme bajar por la escalera de servicio, llevando en la mano la asadera con los vasos, cubiertos y platos de la jornada. 
Mi trabajo no era malo, y debo reconocer que me llevaba poco tiempo. Era la encargada de un local de productos macrobióticos durante cinco horas, tres veces por semana: justo lo justo para pagar las fotocopias de la carrera que cursaba por la noche, una vez que terminaba de lavar las cosas y podía volver a la superficie. 
El local era pequeño. A un costado tenía dos mesitas blancas y rebatibles, con cuatro bancos de madera. Al fondo la heladera, haciendo ángulo con el medio metro de mostrador recostado al vidrio de la galería. En la pared encima de las mesas se veían tres estantes atiborrados de cosas que nunca supe para qué servían, por las que nadie preguntaba. Durante el tiempo en que me tocaba estar al frente de La Tienda de las Flores solo venían los clientes del hambre buscando una torta de manzana o un jugo de peras como merienda de dieta. Los otros, los que compraban productos de nombre indescifrable, preferían venir cuando estaba el dueño, no solo porque él sí sabía todo, sino porque les gustaba recargarse al sol de su mirada. 
Era  gordo, Julio, y ya había pasado los setenta, pero no importaba. Tenía unos ojos que eran pura luz, y bastaba hablar con él durante dos minutos para darse cuenta de que ahí había algo. Una suerte de pureza, una fuerza que venía del fondo del tiempo. Una magia. Por esas cosas del destino el apellido era Stellardo, que sonaba a emperador de la luz. Hablar con Julio era como asomarse a un abismo pero de los buenos, y yo creo que era por eso que los clientes de verdad no venían conmigo. Yo solo era el relleno de un horario en los huecos en que no pasaba nada, y lo sabía. Todos lo sabíamos. 
Mi función en esa tienda era simple y sin vueltas. Servía en platos de loza blancos las pequeñas porciones de torta y pasaba los jugos de la heladera a vasitos de plástico no descartables. Lo más difícil que tuve que aprender fue cómo maniobrar con el cuchillo al cortar las rodajas de pan integral para los sándwiches vegetarianos sin que se desmigajara o quedara un corte desprolijo. Aquel pan era durísimo de corteza pero blando por dentro, lo cual complicaba mi tarea. Al principio debo confesar que lo sufrí un poco y hubo sandwiches que me quedaron impresentables, hasta que le agarré la mano.
_ El secreto con este pan está en la velocidad del corte, no en la fuerza- me había dicho Julio el primer día, y tenía razón. A las dos semanas ya las rodajas me salían como de molde.
En La Tienda de las Flores el trabajo no era intenso; tenía siempre horas libres, que aprovechaba para leer apuntes y subrayar las fotocopias que iba a usar en las clases de la noche. Al terminar la jornada, como era yo quien cerraba el local, tenía que ocuparme de dejar todo en la heladera, esconder la plata abajo del mostrador y bajar al sótano con la asadera, a lavar lo que se había ensuciado. 
El primer día Julio bajó conmigo; después, tuve que animarme. El sótano quedaba bajando por una escalera, a la que se accedía a través de una puerta con llave. Había que prender la luz de acceso, que iluminaba el camino al baño del personal, y otra más cuando uno entraba. El baño era normal, como todos, aunque el agujero gigante en que estaba metido inspiraba miedo. La oscuridad lo rodeaba. Al principio traté de fijar sus contornos, hasta avancé unos metros a ver si me acostumbraba la vista y lo convertía en una simple construcción abandonada, pero nunca pude lograrlo. Probablemente tuviera una cuadra de largo, igual que la galería. Un espacio enorme y desaprovechado, si se pensaba racionalmente; una posibilidad de depósito en pleno centro de la ciudad de la que nadie tenía la menor noticia. 
De todos modos a mí no me importaban las elucubraciones de tipo racional, porque yo no era la dueña del espacio, sino la empleada de la tienda. Aquel sótano desplegado en su negra inmensidad no me daba ganas de pensar en negocios sino de salir corriendo, y pronto. Cada vez que lo tenía ante mis ojos convertía en literal la metáfora de la boca de lobo que mi madre utilizaba cuando quería describir un lugar por demás oscuro y peligroso. 
Aunque la galería comercial tenía en ese entonces unos veinte locales, nunca me crucé con otra persona en mis bajadas de servicio. Yo creo que a todos el lugar les daría miedo, aunque en ese tiempo no me puse a considerar demasiado el asunto de la soledad. Lo único en que pensaba cada día era en la manera más efectiva de hacer las cosas a toda velocidad para volver a la superficie. Arriba la vista era alegre y luminosa, llena de carteles y atravesada por luces y sonidos, pero abajo reinaba el silencio. La sola aparición en mi cabeza de la idea de un apagón tenía la virtud de paralizarme, y más de una vez pensé que tendría que comprar una linternita de bolsillo, cosa que invariablemente después de subir olvidaba. 
Arriba el tiempo tenía otra consistencia. A las dos y media venía la empleada pública a buscar su tarta de lo que hubiera y se quedaba charlando sin apuro, porque sus compañeros del Ministerio le marcaban la tarjeta de la entrada. Un rato más tarde el muchacho flaco de la mercería de la punta empezaba a campanear hasta que llegaba la novia de la facultad, y a las seis en punto bajaba la escalera de enfrente el rubio de campera verde y casco negro en la mano, que me saludaba con una sonrisa. A veces aparecía Gerardo, un cuarentón macumbero que hablaba seis idiomas sin haberlos estudiado, y que trabajaba haciendo de guía para los turistas que venían en los cruceros. 
Dos hombres de ojos azules solían también darse una vuelta de vez en cuando por la Tienda: Alejandro, que venía por mí, y alguien de quien nunca supe el nombre, al que con mi amiga Diana le decíamos El Sucesor de Julio, que solo venía a verlo a él y seguía de largo con cara de decepción cuando me veía detrás del mostrador. Las horas pasaban ligeras y sin penas, como solían pasar en esos años. 
Julio solía darse una vuelta a mitad de la tarde, para ver cómo iban las cosas. Era un mago, aunque nunca me lo dijo. Su saber era claro y elevado; él te podía charlar de macrobiótica, de su quinta o de lo que fuera, y ya te dabas cuenta de que estaba en otro nivel. Tenía siempre tres o cuatro libros al costado de la heladera; yo sabía que estaba autorizada a leerlos porque Julio me había dicho que no eran secretos, aunque no iba a entender nada. Y era cierto. Unos libros imposibles, llenos de símbolos, esquemas y nombres de cosas en idiomas muertos. Cuando él se encontraba en el local con el Sucesor o cuando coincidía con el macumbero (jamás con los dos juntos) dos por tres me miraba con una luz diferente en los ojos y decía algo así como:
_ ¿No querés ir a pasear un ratito por 18? Media hora estaría bien.
Y yo me iba sin preguntar ni una palabra, en parte porque me sabía de más en esas constelaciones, en parte porque a los veinte años el cuerpo pedía algo más que dos metros cuadrados para caminar sin sentirse como un bicho enjaulado. Cuando volvía, Julio estaba solo. 

sábado, 2 de marzo de 2019

Marzo 2019




Comienzo del viaje: Montevideo-Pan de Azúcar-Estancia del Cañadón. 13 almas en una van, circulando dos horas y media entre la niebla. A las 10 despejó. En el camino se nos sumó una pequeña comitiva de otros cinco vehículos, por suerte todos con gente interesante, salvo el Impráctico. El señor Impráctico se fue de trekking con championes de estreno, y en vez de mochila cargó sus pertenencias en una bolsa de papel símil Toto, que se rompió antes de salir. Una chica tuvo a buen darle una bolsa de nylon, que a partir de ahí don Impractico revoleó sin el menor cuidado entre los arbustos espinosos del camino. 
Nuestra coordinadora es chilena, pero los guías de verdad suben en Pan de Azúcar. 
Y al fin, a eso de las diez y media, hechos un enchastre de protector solar mezclado con Off, empezamos a cortar campo rumbo al Cerro de Aguiar.



Después de varios km de campo y vacas, de sierras y espejos de agua, llegamos a un lugar donde nos dividimos en dos subgrupos: a mí me tocó ir primero a la Cascada del Venado. El guía atlético y sus hermosos ojos azules partieron con el otro grupo, pero no lo lamenté, porque se llevaron con ellos al Impráctico. Nosotros éramos diez, con la chilena y la guía de RedÁnimas, y con ellos hicimos el almuerzo al llegar a la cascada, después de un camino (digamos) difícil. Mucha piedra resbalosa, ramas con espinas, bajadas peligrosas, todo en medio del monte tupido, pero no fue más de una cuadra. Al llegar, la piscina, el salto de agua, la palmera, el agua helada. Sí, me bañé. No sé cómo, pero me bañé en el freezer, vulgo laguna. Una paz impresionante. Toda la gente del subgrupo era muy, muy viajera, aprendí pila de cosas y saqué data para nuevos paseos. El lugar es pequeño, no daba para que bajáramos todos juntos. A la hora apareció una luz azul en la espesura: era el guía luminoso, que venía a buscarnos, para que pudieran bajar los suyos. Y nos fuimos.


Para llegar al Cañadón de la Palma hay que tener tres cosas: coraje, cierta dosis de alegre inconsciencia y unos buenos championes. El camino es sombrío, escarpado y resbaloso, se hace siempre cerca del agua y por momentos hay unas subidas y bajadas que se tienen que hacer prendiéndose a las ramas de los árboles, o uno se va de cabeza a las rocas del fondo de la hondonada. Da un poco de miedo, pero solo un compañero se quedó por el camino. Hay helechos y carquejas de un tamaño que nunca había visto, y muchos hongos vistosos y enormes en todo el trayecto. Al llegar, enfrentamos una pared gigante y mojada, por donde bajaban unos corros de agua que según las lluvias pueden ser mucho mayores o directamente no existir. Bellísimo. Valió la pena.


Después del cañadón volvimos todos por el campo hasta la estancia, camino en el cual nos cruzamos con decenas de vacas, una ranita amarilla, una araña peluda y una víbora de peñarol. Un buitre nos estuvo sobrevolando todo el tiempo, a ver si alguno se quedaba por el camino, pero ninguno sucumbió, y el pobre bicho fue defraudado. 
El final del circuito hoy por la Sierra de las Ánimas fue en el mirador de Nueva Carrara. Es un pueblito de pocas casas, que en algún momento dependieron de la mina a cielo abierto de la que se dice que salieron los mármoles para parte del Palacio Legislativo. Bah, de Carrara (Italia) es la versión oficial, peeero... No se sabe. La vista desde el mirador es francamente impresionante. 
Y de ahí nos volvimos. El día de trekking había terminado, y se acercaba, al llegar al hogar, un nuevo desafío: cómo lograr que Matilda deje de afilarse las uñas en los sillones. 
Creo que era más fácil llegar al cañadón.



¿Ven unas manchitas negras entre las ramas? Son algunos de los cientos de tordos que a la caída de la tarde se dan cita en tres o cuatro de los árboles de la calle del Cerp, en Florida. Es un club social: se nuclean en media cuadra y arman terrible concierto, pero no salen de ese radio de diez metros, aunque los árboles siguen por una cuadra para cada lado. Cosas de tordos. Y de Florida.




Trabajar en Florida es como tener permiso para estar cerca de la naturaleza un par de veces por semana. En el camino al Cerp dos por tres veo bichos: caballos, ovejas, miles de tordos, palomas, hasta una garza, una vez. En las ventanas de mi trabajo hay varios nidos de hornero, uno de ellos usurpado por las palomas, y se supone que no debemos abrir los vidrios, porque hay abejas. Todo muy natural, propio de los cien km que nos separan de la capital.
Hoy, a la hora del almuerzo, me puse a charlar con una de las limpiadoras, porque mis alumnas me habían dicho un bolazo que quería desmentir citando a una fuente calificada. 
_ Hace unos días las chicas de Literatura me contaron que una vez encontraron víboras acá adentro; eso debe ser medio leyenda, ¿no?
_ ¡Que va a ser leyenda, profesora!- me respondió.- Es verdad, solo que no fue una vez: fueron varias. 
La miré fijamente: no me estaba mintiendo ni tomando el pelo. Aquello era cierto. Parece que no es nada raro encontrar víboras en los pasillos y salones del Cerp; las limpiadoras las enganchan en la punta del lampazo y las tiran para afuera, aunque no están seguras de si son venenosas. 
_ Algo rojo tienen, pero miramos fotos en internet y no sabemos si son corales o falsas. Igual son chiquitas, ¿eh? Unos pichoncitos. Nosotras sabemos más o menos de dónde salen, porque un día vimos salir a la madre de un agujero de la tierra. Es allá en el fondo, abajo de la escalera, medio por donde anda el lagarto.
_ ¿Hay un lagarto???
_ Sí, pero es tímido. Si usted lo quiere ver tiene que quedarse quieta un buen rato, y ahí a lo mejor él sale. 
_ Qué bueno. Voy a ver si le saco una foto, si se deja ver. 
_ Vaya, profe, pero mire bien dónde pisa, por las dudas.
Como dije antes, trabajar en Florida es como tener permiso para estar cerca de la naturaleza un par de veces por semana. Muy cerca. A veces demasiado.




_ Dejamos internet y cargamos las baterías.- siento una voz a mi costado. 
Lo miro: es el mozo del bar, que me trae el capuchino y las tostadas que acabo de pedirle. 
_ Dejamos internet y cargamos las baterías.- repite, ante mi cara de incomprensión, y ahí él sonríe y yo lo entiendo. 
_ Perfecto.- le contesto, y dejo a un lado el celular. 
_ Muy bien.- dice el mozo, y se va, satisfecho, a servir a otras mesas. 
Yo me concentro en la merienda y pienso que me caen muy bien los mozos tradicionales. O será que tengo a mi viejo lejos y me viene bien un velado consejo paternal, yo qué sé. 
Cuando termine con el capuchino y las tostadas voy a encarar la corrección de trabajos de mis alumnos. “Un día con Edipo”, es el título de la tarea. Para seguir con esto de las paternidades en conflicto, digo. El juguito de naranja lo dejo para el final, por si hay que endulzar la caída de la noche. 
Feliz fin de miércoles.




Subo al Copsa después de una jornada rica pero agotadora. Los 102 km del viaje desde Florida me estaban pesando en el cuerpo y las 9 horas de clase me estaban pesando en la energía, pero apenas me senté un señor con guitarra arrancó muy dulcemente con una Carretera perdida que me ha perseguido toda la semana.

Tan fácil, fácil, no es
horizonte lejano
correr y correr
el día que no llega
dura es la noche en soledad
pero el hombre que mira lejos 
no aprende a ver.

Todos lo aplaudimos con sinceridad. Antes de bajarse habló algo con el chofer, y como voy en el primer asiento escuché que le agradeció por haber llevado el ómnibus como una seda mientras duraba la canción.

El viernes termina en paz. 
Historias que no acaban bien ni mal: transcurren nomás. 




_Mi marido debe creer que soy boba: me acompaña a todos lados. Hasta cuando voy a clases de macramé, que es a la vuelta de la esquina, él saca el auto y me lleva.- dice la sexagenaria que tengo enfrente, mientras espera que le terminen de hacer las uñas de los pies.
Yo ni levanto la cabeza, no vaya a ser que termine metida en una conversación que dure lo que dura el proceso de la tinta. Antes bicho que simpática, es mi lema peluqueril. Sigo leyendo unas fotocopias sobre el Popol Vuh y me voy dejando llevar por los mayas, hasta que dejo de escuchar a la señora. 
_ Yo quiero que me saques los mechones rubios- explica de repente otra clienta- porque hace como dos años que los tengo, y ya me tienen cansada. 
La voz me suena demasiado juvenil para semejante afirmación. Levanto la mirada y la veo: una gurisita flaca, de 14 años, ya instalada en este mundo de los afeites, como si no le alcanzara con la belleza de ser joven, fresca y linda (que lo es). La madre y la hermana la acompañan, y por un rato ellas y las dos peluqueras charlan animadamente sobre los preparativos del cumple de 15, que es en estos días: los exteriores, la tarjeta, los nervios. 
_ Tenés que comer algo- dice la madre.
_ No, no puedo. Tengo todo revuelto de los nervios, cualquier cosa que coma la voy a vomitar. 
_ Te dejé un durazno en la mesa. 
_ Ah, sí, un durazno puede ser.
Y siguen charlando sobre cómo la ensuciaron sus compañeros del colegio, tanto que tuvieron que sacarle la mugre a manguerazos, en el patio.
_ Podés encontrarme cualquier cosa en el pelo.- le aclara a la peluquera- Hasta fideos me pusieron. Ta, pero yo hago lo mismo. A una amiga le tiré cucarachas, por ejemplo. 
Tratar de no visualizar. Tratar de no visualizar. Tratar de no visualizar. 
_Listo, está pronto, ¿te vas a peinar?- suena de pronto a mi costado la voz de la peluquera, que ha terminado de enjuagarme el pelo después de la tinta. 
_ No, no, me voy así, gracias.- le digo, y podría agregar:
_ El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Pero no lo hago. 
He sobrevivido a una nueva sesión de tapado de canas. Salgo a la calle entreverada de tanta palabra, y ya no sé si me veo cucarachas en el pelo, nudos de macramé ante mis pasos o fotocopias del Popol Vuh que me persiguen por la vereda del viento de Malvín. No es fácil salir de ese mundo, pero habrá que esforzarse, porque la vida está afuera, y algunas veces el que piensa pierde. Solo algunas veces




El 300 avanza en un tiempo tapizado de tramos negros y de luces de semáforos. La radio del chofer, al principio tímida y en voz baja, se va animando a cantar cada vez más alto. Ella, el guarda y yo nos perdemos en un agujero de la ciudad y por un rato no somos más que un ritual de voces y miradas que se escapan por la ventanilla y resbalan en el vacío.

Tan fácil, fácil, no es
horizonte lejano
correr y correr
el día que no llega
dura es la noche en soledad
pero el hombre que mira lejos 
no aprende a ver.


Hay que mirar de cerca, me digo. Mirar de cerca y dejar de correr, a veces, para no perderse. Quizás no siempre, pero a veces.




“Compró objetos robados y la justicia lo condena a hacer 100 tortafritas y donarlas”, leí hace un par de días una noticia de San Ramón. El “tortafritas” me queda dando vuelta en la cabeza, pero, en fin, lo otro es tan garcíamarquesco que no admite disquisiciones gramaticales. Hoy veo que el tema continúa, porque ahora lo que se debate es la legalidad de la sentencia. 
Miro a mi alrededor: voy llegando a Florida y por ahora no tengo una nube de mariposas amarillas, pero igual sigo mirando, porque nunca se sabe.




Hace un par de días una señora en Estados Unidos paró en la carretera para ir al baño. Iba caminando por la vereda rumbo al lugar cuando a un camión que venía en su dirección se le escaparon dos ruedas, atravesaron toda la ruta y se llevaron puesta a la mujer, que murió en el acto. 
Ayer un griego perdió por 2 minutos su vuelo en el avión etíope que se cayó sin sobrevivientes poco después de despegar, y hubo alguien de Dubai que lo perdió por un atraso en la conexión con el vuelo anterior.
Si esto es el Destino o solo un par de casualidades en este mundo de millones de viajes cada día, no soy yo quien para decirlo, pero díganme si noticias como estas no son una especie de golpecito en el hombro, una suerte de: "¿te acordás de esto, o seguimos bobeando?". 
Carpe diem, queridos, carpe diem, que (como dice Lenine) el tiempo no para, y no hay manera de saber de antemano si la casualidad esta vez va a estar de nuestro lado.




_ El lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistóóó... 🎵

Los Redondos avanzan por los asientos del 103 y te limpian el lunes. El calor pesa menos, las tareas pendientes empiezan a bailar dentro de tu cerebro y la frente arranca de a poquito a distenderse. Hasta parece que el ómnibus fuera más rápido, pensás, hasta que te acordás de que tomaste un semidirecto, y sonreís por dentro. El Indio sigue cantando. Afuera suenan sirenas, se trancan los coches, hay caras de cansancio. Adentro vamos en silencio, en una suerte de misa desdibujada pero reverente.


(¿Lunes? ¿Quién dijo lunes?)




El Intercambiador Belloni es desde su inauguración tanto fuente de sorpresas como proveedor de enigmas. Primero fueron los 79, que empezaron a integrarse alegremente y sin previo aviso a los 300 y 405 de toda la vida. Después algunos 103, que aún no entiendo por qué entran por el carril de los que van por Belloni y a media cuadra rectifican y siguen por Camino Maldonado. Hoy fue un 112... ¿Llegan los 112 a mi barrio, ahora? 
Me distraigo del tema buses y miro el panorama a mi alrededor. Dos viejitos se saludan. Él, petiso, regordete, ella delgada, de calzas y sandalias con brillos.
_ Hola, ¿cómo andás?- dice él, y agrega: - Feliz día. 
_ Gracias, igualmente.- responde la señora. 
Lo dicho: el Intercambiador da para todo. 
Y ahora los dejo, que acabo de subir a un ómnibus donde un vendedor ofrece wafles diciéndome “joven” y voy a ver si atiendo su oferta. Lástima que también nos saluda con un “buenas tardes” que no condice con las once y media de la mañana, eeeen fin. Nadie es perfecto.




Nuevo Mariela de bolsillo

ABURRIDO: Dícese de un espacio de coordinación docente de 2 horas a 100 km para notificar una serie de situaciones que se podrían enviar por mail.

BAÑO: lo que necesita un ser humano apenas baja de la CITA y pisa el hormigón incandescente de las calles de Florida.

CONGOJA: sensación de profundo desaliento que se experimenta al escuchar que no hay asientos libres en el bus de la vuelta.

DECISIÓN: lo que hace que una persona acepte que viajará parada antes de quedarse una hora y media más en la terminal del infierno.

ESPERANZA: “que no suba el que tiene el 49, que no suba el que tiene el 49”.

FELICIDAD: estado de gracia que se produce al salir a la ruta aún en posesión del asiento 49, mientras el pasillo entero viene lleno de gente de pie (17 personas), derritiéndose como el resto de los pasajeros.

GESTO: el de quien llegando a Canelones envía un wsp que dice “vení, te dejo mi asiento y descansás”.

HUMO: lo que sale de nuestras neuronas mientras se nos fríe el cerebro.

IDEAL: “que llegue a las 5, que llegue a las 5”.

JIRONES: restos de nubes que miramos con esperanza sobre el horizonte.

KAMASUTRA: sabiduría ancestral que me vendría bien para estudiar alguna posición entre el flaco del abanico de la izquierda y la señora voluminosa de la derecha.

LÍMITE: el de la batería, que me avisa que me deje de cosas y la deje descansar.

Fin.




Niña hizo un poema sobre la dislexia que se puede leer en ambos sentidos.
Por acá y por allá: viajar en avión con niños.
Esta instagrammer copia los vestidos de las celebridades en versión XXL.
Horóscopo del 7 de mayo de 2019, por Susana Garbuyo.
Jardín urbano: cómo planificar tu propia huerta.
Adwoa Aboah, la última heroína de Barbie.

Mañana se van a llenar la boca con el Día de la Mujer; hoy "nos ubican" donde realmente piensan que debemos estar, con los niños, la huerta (para cocinar), los horóscopos y la moda (Barbie incluida). ¿Qué tienen de "femeninos" estos temas? Femenino sería que hablaran de menstruación, cáncer de mama, embarazos o menopausia. Lo demás no tiene género, sino prejuicio. Ta, es una pavada y hay que ver de quién viene (mea culpa), pero hay gente (como la de "M de mujer") que se empantanó hace 50 años y no sale, no sale.





_ ¿No te querés llevar los carpetines de mis libretas?- me dijo una compañera del IAVA el día en que tomaba su último examen antes de jubilarse.- Están nuevos, es una lástima que se archiven y en unos años terminen tirados a la basura.
Yo dije sí sin pensarlo mucho, porque si de algo estoy en contra es del use y tire de los plásticos en todas sus formas, y por supuesto que ese día me olvidé de sacar los susodichos carpetines, cosa que también me caracteriza. 
Hoy estaba en coordinación, bajé a tomar un café de la máquina (no porque tuviera necesidad sino por pura adicción) y me acordé del tema. Mientras charlaba del comienzo de cursos con un compañero fui sacando una por una las cinco carpetitas, incluyendo una que después vi que era de otra profesora y volví a poner en su casillero con un algo de culpa en la mirada. 
Y así soy, amigos. Recicladora, olvidadiza y adicta al café. 
La voz de mi compañero me llegó en ese momento.
_ Che, a todo esto, ¿para qué querés los carpetines, si a partir de este año no tenemos más libretas de papel?
_ Eeeh...
Y así soy, amigos. Recicladora, olvidadiza, adicta al café y un poquito despistada. Solo un poquito.




Ella es flaquita y petisa, de pelo largo, lacio. Debe tener 20 años. La encontré recién, metida en el contenedor de basura de la esquina. Había puesto un palo para que la tapa no se cerrara, y estaba sentada sobre unas tiras de cuero medio parecidas a las de mi alfombra, de piernas cruzadas, como si estuviera en el sillón de su casa. 
_ Hola. -saludé mientras ponía mis bolsas de Tienda Inglesa en la esquina más alejada- Voy a dejar acá estas bolsas, solo son de pasto. 
_ Ah, hola. -contestó, y agregó: -¿Usted no quiere comprar algo antiguo? ¡Mire todas las cosas que encontré!
Y me mostró un tesoro de tazas, platos, relojes de pared y adornos antiguos. Había varias bolsas. Algunos eran realmente interesantes. Unos pocos estaban rotos, quizás porque los tiraron sin mucho cuidado entre la basura. Supuse que serían producto de una limpieza general, o quizás la herencia de alguna viejita acumuladora, toda una vida de recuerdos que sus nietos tiraron al contenedor a la vuelta del cementerio.
_ Qué bueno que encontraste todo eso. -le dije- Lo vas a poder vender, pero tené cuidado que hay pila de vidrios rotos. 
_ Sí, sí. Lo que me preocupa no son los vidrios: es que me agarren los botones a la vuelta. Se van a pensar que me robé estas cosas, ¿y yo cómo les explico que estaba todo en la basura?
La dejé rescatando objetos y volví a mi casa. A los cinco minutos le llevé algo de ropa, y unas bolsas de tienda (de las duras, que parecen de cartón) para que metiera las cosas. Ella seguía ahí y me agradeció, pero dejó de prestarme atención enseguida, porque en eso pasó un veterano y se puso a manguear, a ver si le daba un pucho. 
Nuevamente volví a mi casa, a media cuadra y a medio mundo del contenedor. Iba hecha un mar de pensamientos encontrados. Pobre gurisa. Pero al menos hoy había encontrado muchas cosas. Qué peligro. Pero a la vez qué fuerza de voluntad para lucharla. Qué futuro. ¿Pero quién sabe el futuro de los demás (o el propio)?
Y entré a mi casa, para descargarme haciendo catarsis con ustedes (como siempre). Qué le vamos a hacer. Para eso están, ¿no? 
(¡Ey! ¿Qué hacen mirando con cariño la opción "dejar de seguir"? ¿Eh?)


La noche se presenta tranquila, con grillos y sin viento. No hay nadie en Montevideo; el silencio es absoluto. Los dos gatos duermen en sus lugares preferidos. Vos navegás feliz por entrevistas y artículos relacionados con la literatura uruguaya para un trabajo que tendría que estar terminado hace días pero no, aún no. Es un momento de paz, en todo caso. El trabajo fluye amablemente, las ideas se van componiendo y todo se sumerge poco a poco en la bucólica serenidad de un sábado de carnaval en Arbolito, hasta que suena algo, y pegás un salto en el sillón. 
Viene de la computadora, comprobás, es una especie de sirena desesperada. "Su máquina está en peligro, tiene 3 virus, esto es grave, haga algo, haga algo YA!" Suenen más alarmas. Volás haciendo lo que te piden, mientras una parte de tu cerebro te dice que en verdad deberías parar, pensar, quizás consultar si downloadear esto o aquello, pero la computadora se ha vuelto histérica y te bombardea con exigencias, hasta que de repente la pestaña en la que estabas se queda en blanco y ya no reacciona. 
Te quedás en blanco vos también, por un rato. ¿Y ahora? 
La página que ocasionó el problema es ahora de un blanco tan blanco como tu cerebro cuando ya no te vienen las ideas. No sin algo de culpa terminás cerrándola, y comprobás con alivio que en el resto de las páginas la alarma no parece haber sido fundada, porque todo sigue igual que hace unos minutos. Todo, salvo tu espalda, que de repente se ha contracturado a un nivel que no es adecuado para seguir trabajando. 
Habrá que seguir mañana, te decís. Y te vas hasta la heladera, donde aún te queda algo del bavarois de cereza del mediodía.