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martes, 4 de agosto de 2020

Agosto 2020


 ¿Ustedes también se detienen a escuchar el ruido que hace la espuma de su capuchino?

¿Ustedes también se detienen a escuchar el ruido que hace la espuma de su capuchino cuando es domingo por la mañana y hay sol?

¿Ustedes también se detienen a escuchar el ruido que hace la espuma de su capuchino cuando es domingo por la mañana y hay sol, mientras leen la primera novela que han escrito en su vida?

Nada, eso.





El lado light de las denuncias

Cuando yo tenía veinte de años o por ahí una vez conocí en un baile de balneario a un muchacho relativamente interesante, con el que no pasó nada, más allá de charlar un rato. De vuelta a la casa con una de mis amigas resultó que ella también había estado bailando con el mismo, que incluso nos había dicho la misma pavada en distintos momentos de la noche, cuando cada una de nosotras le dijo su nombre:
_ ¿Ah, sí? Sin embargo vos tenés cara de llamarte Alicia...
Al flaco la capacidad de versear no le daba ni para cambiar el nombre, comentamos con mi amiga, y nos reímos. Éramos chicos, todos éramos chicos y la situación fue graciosa, con un leve dejo de vergüenza ajena.

Ahora, si uno es un "señor", si uno es un adulto, un supuesto artista y supuesto creativo... ¿no podría crear un verso levemente diferente para cada intento de levante en las redes sociales? ¿Hacía falta copiar y pegar a granel la presentación? Más allá de la gravedad de todas las denuncias de Varones Carnaval (que son un horror) esto parece sacado de un sketch de Sofovich... Y acá no somos chicos.

Qué querés que te diga: me quedo con el que me dijo que tenía cara de Alicia. Por lo menos no se sacó cartel con sus trabajos, eeeen fin.

Ps: ya lo eliminé (aunque él desactivó la cuenta)
Ps2: las denuncias son graves, lo sé; yo solo me estoy quedando con el lado patético del personaje.
Ps3: ¡díganme que ustedes no hacen eso de copiar y pegar mensajes! Que (como le dije por mail hoy a una alumna que copió y pegó ocho carillas de un análisis literario que bajó de internet) esas cosas son fáciles de detectar...




Hago nuevos amigos en Valizas y en algún momento, indefectiblemente, se habla del mar y de los ranchos, de las crecientes en las noches de luna llena o de las tormentas de olas gigantes que barren la costa y se llevan todo a su paso. A veces les cuento que tuve un rancho, a veces prefiero pasar por el tema como desde afuera, aunque me entran a cruzar por la cabeza imágenes de puertas y mesadas, de repisas, de ventanas de colores, de techos desflecados y de hamacas paraguayas para ver la playa desde adentro.
Después vuelvo a Montevideo y me pongo a mirar fotos.



Diez y media de la mañana en el subgrupo B del Cuarto 4. Quedan pocos minutos para el final de la clase, y casi todos están terminando un trabajo sobre Los ojos verdes, de Bécquer.
_ Profe, podés venir? - me dice uno de los estudiantes.
_ ¿Qué? - pregunto, acercándome hasta donde me permite el protocolo en este año de distanciamientos.
_ Mi madre me dio una plata que le pagaron ayer en el trabajo y me dijo que me comprara algo para mí, y yo me quiero comprar un libro de Idea Vilariño, ¿cuál me recomendás?
_ De Idea? Todos. Ayer se cumplieron...
_¡100 años del nacimiento, sí! En la plaza de Canelones pasaron una lectura de sus poemas. Yo adoro a Idea, profe, desde que la vimos este año siento que siempre dice exactamente cómo me siento, es increíble!
Nos quedamos charlando de ella, de sus libros, del documental, hasta que tocó el timbre y hubo que dejar (por ahora) el tema de la poesía para volver a las leyendas (yo) y a la Física o la Historia (él), pero Idea se quedó con nosotros en los pasillos del liceo, tan nuestro como suyo. Y por ahí sigue, derramando palabras y poesía más allá de edades y generaciones. La tribu Vilariño es amplia, se reconoce y se busca para seguir con ella, siempre.
 
 
 
 

Diálogo en Cuarto 2, a propósito del concepto de leyenda.

Yo: _ El cuento que vos decís no parece ser una leyenda, porque si involucra a un grafitero ya es bastante reciente, no puede tener más de 30 o 40 años...
Un estudiante: _ Y si habla del túnel de 8 de octubre también es nuevo.
Yo: _ No sé de cuándo es el túnel... Yo lo conozco de toda la vida, y tengo 53.
Chica:_ ¿Cuántos años tenés, profe???
Yo: _ 53.
Chica: _ ¡Yo te daba 33!
Yo:_ Aprobada, 10. Te saqué dos puntos por no darme 30.

Amo mi trabajo.  




"Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas."

(¿Y estaría bueno saberlo?
El tiempo no se ha detenido.
Lo que dejó de estar sigue no estando.
Solo queda la memoria rodeada de palabras.
Es tan fácil dejar de ya no estar en este tiempo.
Tan fácil y tan irreversible.
No sé.)



¿Cómo serán las "ayudas espirituales": uno paga, pide y obtiene?

* Quiero que sea verano
* Quiero vivir en Florencia
* Quiero que los dulces no tengan calorías
* Quiero que mi pelo no se enrede
* Quiero abrir el sótano de la casa de mi abuela
*Quiero que no me lleguen los genes familiares del olvido
* Quiero ser joven, bella y vivir para siempre
*Quiero que sepan que se me acaban las opciones y ya estoy llegando al IAVA
*Quiero saber el precio
*Quiero

 
 
 
 
 
Sábado, cerca de medianoche. Mis dos amigas y yo en casa, charlando desde hacía un par de horas. Yo venía de un WebC caliente y ellas de una ida frustrada al Solís, porque le erraron a la fecha de la entrada y fueron una semana antes.
_ Marie, ¿tenés a Mella? -dijo de pronto una de ellas.
_ ¡Sí! Qué bueno que te acordaste. - comenté, ya poniéndome a buscar "El hermano mayor" que había prometido alcanzarle desde hacía varias semanas.
_ Yo por ahora ando con Soriano. -agregó- Me acabo de enterar que "Triste, solitario y final" es una cita de Chandler. ¿Vos tenés algún Chandler?
_ Tengo estos dos. -saqué al instante de la biblioteca, porque justo los había estado vichando hace unos días.
Ella apartó "Adiós muñeca" y se quedó con el otro.
_ Me parece que este es el indicado. -dijo.
Y tenía razón.
Seguimos la charla y el agite de té, agua mineral y café descafeinado. Por algo somos como hermanas, y la literatura es solo uno más de nuestros lazos. Yo vengo a ser la hermana del medio, si no fuera que la edad (en este caso) es un dato irrelevante.






Mediodía en un bar sobre 18 de Julio. Solo hay tres mesas ocupadas: una madre y su hijo afuera, dos mujeres al fondo y yo en la primera mesa (la que está al lado de un enchufe para cargar el teléfono), como siempre.
La actividad transcurre tranquila y con un zumbido de charlas en voz baja muy cercano al silencio, excepto por el televisor colgado en mitad del bar, que va pasando las noticias a un volumen moderado.
_ ¡Ahí está, ahí está, ahí está!- suena de pronto la voz de una mujer desde la cocina, y tanto ella como los mozos y el de la caja se apiñan frente a la pantalla, en tanto otro de los cocineros se queda mirando la tele desde atrás del mostrador.
_ Es acá nomás. -murmura uno.
_En la panadería a la que vamos siempre. - acota otro.
Permanecen en silencio mirando la pantalla hasta que las noticias cambian de ángulo y se ponen a informar sobre las críticas de Larrañaga a una institución de derechos humanos. Pero eso ya no les interesa; desaparecida la sangre del informativo, vuelven a sus tareas habituales.
El momento de cercanía con el peligro ha pasado, y todos nos olvidamos de que a cualquiera puede tocarle lo mismo que a las víctimas del día.
Es tiempo de seguir ocupándome de mi té con empanadas antes de volver al IAVA para encontrarme con el grupo de la tarde.





Nos habíamos ido mis amigas y yo de viaje y estábamos en China, en lo alto de un cerro verde con un paisaje maravilloso. Ya era la hora en que el ómnibus nos pasaría a buscar; decidí hacer dos viajes para bajar todo lo que tenía, porque ademas de lo que llevaba en mi mochila había encontrado y comprado de todo. Al llegar a la casa que nos esperaba en el valle me fui a despedir de mi marido, que era igualito a Quiroga. Flaco, alto, de barba y un poco mayor que yo. Él estaba haciendo la siesta y medio que me quiso abrazar para que no me fuera, pero no tuvo suerte: el viaje continuaba, no había tiempo (ni ganas, en mi caso) para el romance. Se quedó un poco molesto pero no se levantó de la cama, mientras yo me iba al patio a ver por dónde andaba el ómnibus en el que continuaría viajando.

Estaba escribiendo el registro de este sueño cuando unos sonoros aplausos me sacaron del recuerdo: era una sexagenaria rubia y de lentes que batía furiosamente las manos mirando a otra mujer, en el asiento de enfrente a ella. Quedé desconcertada, hasta que la de los aplausos empezó a hablar en voz muy alta, como para que sus palabras llegaran a los oídos de todo el pasaje capitalino:
_ ¡Te felicito! ¡Bien por vos!
El objeto de sus aspavientos la miró, pero no dijo nada. Desde mi asiento solo pude verle la nuca: era otra rubia, probablemente más joven. La de los aplausos continuó gritando en medio del silencio sepulcral del 103 relativamente vacío a las ocho y media de la mañana.
_ ¡Bien por vos que sos tan egoísta que no usás tapabocas! Tenemos que cuidarnos entre todos, querida.
_ Ya me lo iba a poner, señora; acabo de subir.
_Pero tenés que ponértelo apenas subís, corazón, porque así no nos estás cuidando ni te cuidás vos.
Opa. Se picó el 103.
Pero la rubia joven no entró en el conventillo de los gritos, y continuó respondiendo en voz casi baja, aunque los que estábamos cerca la seguimos escuchando.
_ Mire, señora, no todos estamos tan preocupados como usted con esto de los tapabocas...
_ ¿Vos no querés proteger a tu familia?
_ Yo no tengo familia, señora.
_ ¿No tenés a nadie a quien quieras proteger?
_ No, no tengo a nadie.
Bien por ella, pensé: la carta de la soledad estuvo muy bien jugada.
La sexagenaria ya estaba abriendo la boca para continuar con su rezongo cuando intervino el chofer, pidiéndole a la sin tapabocas si podía pasar de nuevo su tarjeta, que la máquina no la había leído. Otra buena jugada. La solitaria había subido hacía ya como un minuto; era evidente que él solo estaba desactivando la grieta con una maniobra distractoria.
Su jugada salió inesperadamente bien. La joven pasó la tarjeta nuevamente y después ambas mujeres continuaron viaje en silencio. El 103 comenzó a llenarse, porque ya andábamos por la Unión, mientras yo me encontraba con que el resto del sueño que iba a relatar me había quedado de pronto tan lejano y difícil de recobrar como los tiempos de la prepandemia, ¿se acuerdan? Cuando los lunes nos quejábamos por tener que iniciar la semana.
De todos modos no crean que me importó perder el sueño: yo nunca quise ir a China, porque no voy a ir a un país que come perros. Y (después de dejarlos con esta agradable imagen) feliz lunes.




Sábado, nueve y cuarto de la noche.
Como vengo del Centro llego al Michigan demasiado temprano, aún falta un cuarto de hora para el encuentro con mis amigas.
En la mesa de enfrente hay un matrimonio con hijo preadolescente, los tres charlando y comiendo muzzarellas.
_ Arequita.-es lo primero que escucho al entrar.
El hombre está hablando de la gruta, de la gruta en la que tuve el ataque de terror el domingo pasado, de la misma gruta de la que acabo de hablar en un encuentro literario, porque desde hace unos meses estoy escribiendo algo que tiene que ver con cuevas y oscuridades.
Me dan ganas de arrimar una silla a su mesa y decirle: "sí, Arequita, ¿qué sabés de Arequita?", pero me contengo. El mozo se acera y le pido un cortado, por ahora. Trato de seguir escuchando lo que el hombre de enfrente dice pero su tono de voz es bajo y pierdo algunas frases. Es sábado por la noche, todas las mesas están ocupadas y la gente está hablando en voz muy alta. La mujer, una rubia, toma la palabra; su voz se escucha fuerte y clara cuando afirma, mirando a su hijo:
_ Yo me quedé una noche a dormir en la cueva. Los vampiros nos pasaban por arriba.
¡Una noche entera en el Arequita! Eso me daría material para una saga (y para varios traumas de por vida).
No puedo evitar mirarlos. El nene no me registra pero los adultos sí, captan que estoy escuchando la conversación, y cambian de tema.
Pequeñas sincronicidades: parece que en estos días me persiguen los sitios subterráneos. Seguiré trabajando en el tema (y escuchando charlas ajenas). Si tienen en sus casas un sótano misterioso, me avisan, y si quieren que no escuche lo que charlan se embroman: de todos modos voy a hacerlo.





Él es viejo, a veces huele mal y su pelo no es sedoso. Apareció en el frente hace tres años; no sé nada de su vida anterior. Tiene miedo. No se deja tocar más que por mí, y es muy raro que acepte la presencia de invitados en la casa. Con el tiempo se ha vuelto un tanto osado en la usurpación de mi silla, mis sillones y mi cama (cuando no me doy cuenta), pero aún le cuesta dejarse mimar y jamás se sube a la falda. Si estiro la mano hacia él se queda quietito esperando la caricia pero no pide mimos ni sabe iniciarlos. Igual ronronea como diciendo que siga, y no se aleja. Es torpe. Trepa a la ventana del dormitorio haciendo un ruidaje de guerra y tira las macetas con suculentas que de puro ilusa he colocado en el marco para que les dé el sol de la tarde.

Ella es joven, bella y aterciopelada. Apareció unos meses antes que el gato, era de un vecino a media cuadra de mi casa. Le encantan las visitas, demanda mimos al que llega utilizando todos los medios visuales, sonoros y táctiles a su alcance. Tiene los bigotes más largos y los ojos más bellos del mundo. Me persigue todo el tiempo, y no es por comida. Estira la mano pidiendo caricias, es capaz de subirse a mi falda cada dos segundos y no darse cuenta de que tal vez ese día no estoy de humor para cuatro kilos de felino restregándose contra mis manos. Ronronea muy fuerte y a veces ronca mientras duerme. Camina entre los libros de la biblioteca y rompe los adornos. 

Los dos grises son de carácter diferente pero se llevan bien, sin ser amigos. No sé si será casualidad que aparecieran en el momento en que me había quedado sola en esta casa, pero ahora formamos una buena unidad de convivencia. Yo a veces soy como él y otras veces como ella. Y así vamos. 




El hilo de la vida

El fin de semana en las sierras de Lavalleja tuvo múltiples caras, colores y sonidos, pero hubo dos lugares de los que no pudimos salir igual que como habíamos llegado. Uno de ellos es El hilo de la vida, el otro la gruta del Arequita.
Yo iba muy canchera porque a ambos paseos ya los había hecho antes: al hilo había ido el año pasado, con otro grupo de amigos, y a la gruta una vez, en la infancia. Los dos coincidieron en que los hicimos por la tarde, que hubo una charla inicial en un anfiteatro al aire libre y que nuestro guía era en ambos casos un Gustavo que había arrancado con una profesión totalmente diferente a la que estaba desempeñando ahora: médico el del hilo, profesor de Educación Física y atleta el de la gruta.

Del hilo de la vida no saqué apuntes. La recorrida va al principio siguiendo una pequeña corriente de agua que mucho más adelante desemboca en el Santa Lucía, un hilo de agua rodeado de cerros tapizados de piedras con líquenes y cuarzos blancos. Varios caballos nos siguieron un buen trecho, pidiendo mimos y comida.
Diseminados por el lugar hay 78 estructuras hechas con piedras en forma de cono con el vértice truncado, chato. Nadie sabe qué son, ni quiénes las hicieron. Se parecen a las apachetas de origen incaico de las que vi muchas en Salta y Jujuy, su tamaño es variable pero nunca pasan de los tres o cuatro metros de alto y todas tienen unas piedras chatas que sobresalen, ubicadas a alturas variables y sin un patrón fácilmente identificable. Son estructuras de las que se han encontrado ejemplos en otros lugares del país, y de las que el primer registro escrito es de Darwin, que reconoce haber derruido ocho para concluir que su función no era funeraria. Aparentemente son macizas, no hay en ellas ni restos humanos ni objetos labrados por el hombre, y lo que sí hay es una serie de piedritas de cuarzo entre las rocas, como marcando diferentes niveles de la construcción. Hay quien sostiene que tienen que ver con las constelaciones (por ejemplo con la Cruz del Sur) o con el magnetismo del lugar. A una de ellas, a la que le quitaron las piedritas de cuarzo, la destrozó un rayo, y el guía teoriza que pudo haber funcionado como una forma primitiva de canalizar la energía… O algo así, porque en medio de la charla me distraje mirando los cactus y las flores del camino.
A lo lejos se veían unos dibujos raros en el campo: eran “la prueba de lo que puede llegar a hacer un hombre enamorado”, según nos contó el autor de la intervención, que había dibujado con un tractor el nombre de su amada sobre los yuyos.
Algo pasa con la energía del lugar. Las varillas de bronce que manejaba el guía se entrecruzaban siguiendo un patrón determinado, moviéndose siempre al pasar por los mismos puntos, y no era que él las manipulara, porque el año pasado yo (medio descreída) se las pedí para ver cómo era: se mueven solas, y mucho.
Tuve muchas ganas de llorar estando arriba de un cerro de lleno de cuarzos, una emoción que nada tenía que ver con lo que estaba hablando el guía, al que hacía rato había dejado de escuchar. Me sentí bienvenida, acompañada, reconfortada. Una presencia en particular estaba cerca, conmigo: era Julio. Julio el mago, el luminoso, de quien (oh casualidad) he estado escribiendo sin parar durante las últimas semanas. Gustavo contó que Julio había estado en el hilo un poco antes de pasar a otro plano, y coincidió con Diana y conmigo en que era un sabio y que estaba infinitamente más avanzado que cualquiera de nosotros.
La visita al lugar duró un poco más de dos horas. Hicimos un par de rituales en relación con la energía del sol y de las piedras, subimos un cerro desde donde se dominaba un paisaje increíble, pasamos por una cantera abandonada y por varias de las pirámides truncadas y terminamos en el establecimiento tomando té de hierbas y comiendo scones calentitos, mientras se encendía un gran fuego junto a la cañada y se escuchaban tambores a lo lejos.
Salimos casi a la caída de la noche. De mis fotos de la luna llena una salió normal, y la otra mostró un cielo súbitamente oscurecido y una línea de luz que nada me puede explicar, y ni falta que hace. Lo que está está, y quien puede ver, que vea.




La gruta del Arequita

Datos
En este paseo sí, saqué algunos apuntes. El cerro Arequita tiene 307 metros de altura (para comparar, el Catedral tiene 514, el de las Ánimas 501 y el Pan de Azúcar 490). El río Santa Lucía, que divide la parte de serranías de la llanura, nace detrás del Arequita, entre él y un cerro similar, que es el de los Cuervos. Allí está la Laguna de los Cuervos, que ni es laguna (sino engrosamiento del río) ni de cuervos (porque lo que hay son buitres). El Arequita es una enorme muralla de piedra, y desde donde lo mirábamos se podría decir que hay una forma de mano humana, entre cuyos dedos índice y mayor aparece claramente una cruz de color negro. Debe ser parte del relieve, no está pintada ni la componen plantas oscuras, y se ve fácilmente desde abajo. Algunos sostienen que señala los 4 puntos cardinales, que es una cruz templaria, que se parece a un cuervo o que simboliza lo masculino y lo femenino.
El nombre Arequita (con igual etimología que Arequipa, en Perú) viene del guaraní: Araycuahita, agua de las altas piedras de las cuevas. Ara es un altar, sitio alto. “Y”, un río o arroyo. “Cua” es cueva, “hita”, piedra. La “h” indica que es una piedra grande. Se refiere al río que nace en la piedra (corre agua en la gruta, agua que no se sabe bien de dónde sale, que va a parar al santa Lucía). Las altas piedras son el Arequita y el de los Buitres. La edad de ambos se calcula en 300 millones de años. Han pasado por glaciaciones, por una etapa volcánica (la gruta parece ser una especie de agujero de lava), por enfriamientos y resquebrajamientos que dieron lugar a sus grutas y columnares.

Vivencia
Gustavo, el guía, era un flaco veterano de edad incierta. Cuando llegamos a preguntar, sin tener idea de nada, justo empezaba una visita guiada en menos de diez minutos.
_ ¡Qué casualidad! –dijo mi amiga, la que había entrado a preguntar.
_ Nada es casualidad. –respondió Gustavo, mirándola bondadosamente con sus grandes ojos azules.
Empezamos la charla bajo el sol, y después pasamos a unas gradas techadas. Al momento se puso a llover copiosamente, mientras Gustavo nos contaba de eras geológicas y de etimologías del nombre del lugar, que su familia (de origen vasco) cuida dese hace cinco generaciones. A su lado dos de los nietos: una adolescente hermosa, probablemente la heredera de su misión, y un chiquito rubio enrulado y silencioso. Terminada la charla, en absoluta sincronicidad, cesó de llover y volvió a salir el sol. Nos dirigimos hacia la mole de piedra y comenzamos el descenso hacia el corazón del cerro.
La bajada no era especialmente dificultosa, aunque los escalones estaban húmedos y algo resbalosos. Dos de mis amigas se sintieron mal a mitad del descenso y subieron a la superficie, pero volvieron a bajar acompañadas por Gustavo.
_ Yo sabía que ibas a subir. –fue el comentario del guía a una de ellas, antes de tomarla del brazo y reiniciar la bajada. No nos explicó por qué.
Al entrar me sentí absolutamente a gusto en el enorme espacio de la cueva, similar a un anfiteatro. Tengo un temita con la claustrofobia, pero el lugar era amigable y no hubo que entrar agachado ni ninguna de esas pesadillas. Había varios puntos iluminados con una tenue luz artificial que permitía percibir los relieves del lugar sin que perdiera su misterio. Nos quedamos todos parados en silencio sobre la tierra húmeda, a manera de feligreses de un ritual ancestral y misterioso, mientras se escuchaba todo el tiempo el sonido del agua goteando sobre la gruta y Gustavo nos iba explicando cómo la cueva en su interior replica la geografía del exterior: allí estaban simbolizados los dos cerros, el nacimiento del río, los cuatro puntos cardinales, todo. Como es afuera es adentro.
Era un sacerdote en su templo. Una paz nos fue ganando a todos, al menos hasta que a Gustavo se le ocurrió la peregrina idea de pedir a la nieta que apagara las luces y nos dejara en la oscuridad más absoluta. Mierda, mierda, mierda: la claustrofobia empezó a dispararse. No tolero la oscuridad absoluta, me provoca pánico, aunque era consciente de la presencia del celular en el bolsillo, con su promesa de pantalla luminosa a un solo toque de mis dedos. En caso de ser necesario, lo iba a encender. Otra de mis amigas me tomó en ese momento del brazo, aterrada por el sonido de los murciélagos que revoloteaban sobre nuestras cabezas. Cerré los ojos, me concentré en la respiración y un poco me hice la valiente, a la vez que Gustavo hablaba de experimentar allí una suerte de nacimiento, de la salida de la oscuridad del útero materno rumbo a la vida, a la luz. Ahí se encendieron nuevamente las luminarias y volví a respirar, aliviada. Se ve que mi nacimiento no fue un lecho de rosas, pensé mientras ascendíamos los escalones y volvíamos a reencontrarnos con el sol y el verde del mundo exterior.
Pasamos mucho rato mis cinco amigas y yo asoleándonos sobre el pasto, que estaba tan seco como si no hubiera caído un aguacero apenas un rato antes. Al final decidimos volver a activarnos, porque ya eran pasadas las dos de la tarde y sabido es que uno después de volver a nacer suele tener hambre. El Arequita pronto volvió a quedar a nuestras espaldas, mientras enfilábamos hacia otras rutas.
Este ha sido un viaje removedor, inmerso en un año de cambios que no sabemos adónde planean llevarnos. Y allá vamos.

sábado, 25 de julio de 2020

Historias desde la cuarentena, 51. En la barra




Este país tiene de todo, pensaba yo mientras el auto avanzaba por las calles desiertas de Sarasota. Tiene playas, montañas, desiertos. Todos los matices habidos y por haber entre riqueza y miseria, entre grandeza y mezquindad, entre cultura e ignorancia. Este país tiene de todo, excepto gente. 
Hacía casi una semana que había llegado a Estados Unidos en un viaje de turismo y desde el primer día quedé desconcertada por el escaso número de personas que se veían por calles, parques y plazas. Incluso en las playas, casi nadie, en relación al tamaño de la ciudad y al turquesa de las aguas. Algunos deportistas corriendo por las vías peatonales. Mucho cemento, mucho plástico. Lagartijas pequeñas, un par de bandas de cuervos y algunas garzas solitarias. Seres humanos solo de pasada, dentro de los autos. 
Miré a la única persona que tenía a mano en esa mañana de nervios y definiciones. Mi amiga Cecilia manejaba segura y distendida, moviéndose como pez en el agua por las avenidas vacías y los cruces plagados de semáforos. 
_ Che, son diez menos diez, ¿estás segura de que es por acá? - pregunté tratando de no sonar preocupada. 
_ Sí, dice que a unas cinco cuadras. La señora del GPS no se equivoca. 
_ ¿Cómo era el bar? 
_ Shamrock, Shamrock Pub. Igual abre a las diez, pero calculo que hoy por el partido capaz que lo adelantan unos minutos. 
_ Esperemos. ¡Ah, ahí está! Y hay espacio para estacionar. Bien. 
Abrimos la valija del auto y nos preparamos para entrar: Cecilia sacó la remera de Suárez y yo me colgué a la espalda la bandera uruguaya que había comprado en Tristán Narvaja apenas le ganamos a Portugal (porque antes no me había animado). 
_ Mirá para la esquina-. murmuró mi amiga. 
Un par de muchachos estaban bajando a la vez de su auto, uno de ellos con la remera de Francia. Coincidimos los cuatro en la puerta al entrar, emitiendo un sonido colectivo que sonó más o menos como un “ups” sin hostilidad. “Vamos a ver cuánto les dura la alegría” pensamos todos, al tiempo que nos íbamos ubicando sobre la barra: ellos en un extremo, Cecilia y yo en el otro. 
El partido estaba en la parte de los himnos; era un viernes laborable y no había más personas que nosotros y el barman, un rubiote musculoso de ojos claros y voz un poco ronca. El Shamrock era el único soccer bar que encontramos en Sarasota, sin contar el de los brasileros de la esquina de casa, que abría solo por la tarde y donde nadie se acordaba de la contraseña del wifi, salvo que empezaba por “Jesús”. En los otros bares los televisores pasaban béisbol, tenis o fútbol americano, pero ni noticias del mundial. 
_ ¿Do you have wifi for guests? - pregunté apenas nos instalamos, haciéndome la anglófona. 
_ Yes: Weloveyou- respondió el barman, que parecía sonreír con la mirada. 
Las cervezas llegaron junto al pitazo inicial y a partir de ahí y por un rato el mundo se concentró en un par de pantallas y un relato en inglés indiferente, donde los nombres de los jugadores sonaban casi irreconocibles. Conforme pasaban los minutos otras personas fueron apareciendo. Una veterana se sentó al lado de nosotras y pidió un whisky que vino con manicitos, cuatro o cinco hombres ocuparon una mesa del costado y se ve que a mis espaldas había un rival, porque de vez en cuando escuchaba una voz que repetía como en trance una sola palabra: 
_ ¡Allez, allez, allez! 
Todos estábamos pendientes del partido, incluso el barman, que demoraba las bebidas hasta que alguna interrupción del juego le permitiera entregarlas. Aquello era emocionante, aunque poco duraron mis nervios. Cuando vi que jugaban mucho mejor que nosotros empecé a hacer el duelo y ya con el primer gol asumí que la cosa no iba a tener remedio. 
Nunca me importó el fútbol, esa es la verdad: los primeros tres partidos de Uruguay en el mundial ni los había mirado. Como hincha soy de los que solo aparecen cuando pasamos la primera fase. Si hubiera estado en Uruguay capaz que veía el partido, pero ni hablar de comprar una bandera ni -mucho menos- ir a un bar de fanáticos, como ahora. 

Las personas empezaban a comentar lo que pasaba en la cancha, intercalando frases a propósito del calor, la playa y la cerveza, mientras que la veterana del costado aprovechaba a darle charla al barman cada vez que se le ponía a tiro. Él contó que su familia venía de Croacia y cuando la mujer le dijo que seguramente no habría nacido cuando fue el mundial de Francia 98 el muchacho aclaró que sí, porque tenía 33 años. 
Vivaza, la veterana. Mentalmente empecé a hinchar por ella, aunque de lejos se veía que tenía menos chance con el croata que nosotros con los franceses. Tendría unos sesenta años pero se mantenía bien, y nadie me saca de la cabeza que el fútbol también a ella le importaba tres pitos, o en todo caso mucho menos que las ocasionales presas que se le pudieran poner a tiro en un sitio frecuentado por hombres jóvenes y solteros. El croata también la captó al vuelo, porque sin que viniera a cuento de nada aclaró como de pasada que estaba casado y que a veces las mujeres que iban al bar no se daban cuenta y se lo trataban de levantar, pero la sexagenaria no acusó recibo del golpe. 
_ El croata está que se parte- murmuró de repente mi amiga, y me di cuenta de que yo no era la única que empezaba a distraerse del partido. Las cosas por Rusia parecían no tener mucha vuelta, estábamos haciendo todo mal y solo cabía rezar para que no nos golearan. 
_ ¿Do you need another beer, ladies? - preguntó el muchacho sonriendo en el entretiempo, y le dijimos que no, que las uruguayas preferíamos sufrir la derrota con lucidez. Por suerte para entonces la barra se había llenado de gente y ya no divisábamos a los franceses de la otra punta. Nada peor que ser testigos de la felicidad ajena cuando va en contra de la propia. 
_ Me gusta que no te pongas triste por ir perdiendo, sweetie- me dijo en inglés la veterana, creyendo que yo de verdad era una hincha comprometida. - La vida va y viene, y al final lo único que nos queda es lo que logramos por nosotros mismos. Cuanto más difícil, mejor. -agregó, llevándose el vaso de cerveza a los labios con la mirada fija en la espalda del barman, que le alcanzaba unas cervezas a los franceses. –El resto solo son triunfos ajenos. 
_ ¡Allez, allez, allez… gooool! -explotaron los gritos a nuestras espaldas. 
Dos a cero. Dos a cero en el segundo tiempo, y todos sabemos que los milagros no existen. Los franceses de la barra habían bajado de sus taburetes y saltaban abrazados, gritando cosas que por suerte no entendíamos. 
_ Voy al baño- informó Cecilia con resignación y se fue, mientras yo me quedaba charlando con la veterana, indiferente a la pantalla y a las ilusiones ajenas. 
_ Another beer, now? - apareció de pronto frente a mis ojos el croata compasivo. 
_ No, gracias. - respondí, tratando de no errarle al inglés. - Ya estamos por irnos. 
_ Cuéntame más de tu familia.- aprovechó la veterana, que no se daba por vencida- ¿Por qué se vinieron de Croacia? 
Me dio cierta curiosidad saber si sería capaz de remontar un partido que a simple vista le estaba resultando adverso, pero la cosa iba para largo y nuestro ánimo no estaba en su mejor momento. Ni bien sonó el pitazo del final dejamos la barra y enfilamos hacia el auto, tratando de no escuchar los festejos de los que nos habían ganado. 
_ Mirá lo que había encontrado a la entrada- comentó Cecilia en la vereda, mostrándome un colgante plateado y pequeñito con forma de trébol de cuatro hojas. – Pensé que nos iba a dar suerte pero no sirvió. -dijo, mientras lo tiraba en un cantero lleno de tréboles verdaderos.- ¿Qué querés hacer ahora? 
_ Vamos a almorzar a otro lado. -propuse, al tiempo que guardaba la bandera en la valija del auto –Tengo ganas de hacer barra en un lugar sin televisores. 
_ ¿Vas a buscar tu propio croata? - sonrió mi amiga. 
_ Mejor un latino -dije.- Me tengo más fe en mi idioma y además ya me tienen harta los hinchas de fútbol. 
_ A mí también. – murmuró ella, tirando la remera de Suárez sobre el asiento trasero. 

Pusimos el GPS y emprendimos la marcha bajo el sol inclemente del mediodía de verano, a ver si de una vez por todas empezábamos a encontrar a la gente de verdad en medio de las palmeras de plástico y el cemento tropical de Sarasota.

domingo, 19 de julio de 2020

Historias desde la cuarentena, 50. Somos una familia




El hombre era fuerte, tendría unos treinta años y sus brazos parecían dos columnas de piedra. Era lo único que le podíamos ver. Tenía una remera negra manchada con restos de pintura, guantes de cuero en las manos y lentes de obra protegiéndole los ojos. En cierto momento se quedó mirando por unos segundos el piso y pareció calcular sus fuerzas. Las tres mujeres que lo observábamos en silencio contuvimos la respiración cuando vimos que los golpes estaban a punto de comenzar.
Al primer marronazo la baldosa del centro de la habitación se quebró en diagonal. Era un piso barato de monolítico amarillo; la violencia del impacto hizo que se desprendieran un par de lascas, que volaron como proyectiles. Ninguna me alcanzó, pero ante la posibilidad de que lo hicieran no pude reprimir una exclamación.
_ Señora –dijo en ese momento el albañil con tono de cansancio- va a ser mejor que se aleje un poco. Esto puede ser peligroso, ¿sabe?

Lo miré con una mezcla a partes iguales de desprecio e incredulidad. Qué sabrás vos de peligros, pendejo imbécil, pensé, y lo de señora te lo podés ir metiendo bien en donde más te guste. Estaba por verbalizar una versión suavizada del insulto interior cuando Nancy se adelantó hasta mí, me tocó el brazo y con un gesto pacificador desarmó mi naciente belicosidad. Ella dos por tres tenía esas cosas: era la Madre Teresa de Calcuta, en versión pentecostal. Bajó los ojos y puso una cara que venía a decir que no me complicara con Mr. Músculo, que estamos grandes, y la edad nos pone quisquillosas. Moví la cabeza y levanté los ojos como queriendo culpar al cielo por mi resignación, pero retrocedí un metro, como él quería. Somos una familia pacífica, y no era el momento de sugerir lo contrario.
Quedé recostada a la pared, mientras el reloj marcaba las nueve de la mañana y una tormenta de golpes empezaba a demoler el piso de lo que había sido la cocina de nuestra abuela.
No estábamos todas las primas: solo las dos evangelistas y yo. Las demás eran más chicas, no habían llegado a escuchar las historias y la rotura del piso no las emocionaba. Miré por la ventana: afuera un par de nietos de Gustavo, el actual dueño de la casa, correteaban por el patio entre las plantas, como nosotras lo habíamos hecho hace cuarenta años.
Era el primer día nublado del comienzo del otoño. Un azar del destino nos daba la posibilidad de develar el mayor misterio de nuestra infancia, y la emoción era tal que apenas podíamos respirar. 



El propio Gustavo había puesto en marcha esta locura al contarle a Nancy ayer de noche que iba a demoler la vieja cocina para convertirla en un patio interior. Ellos se veían en el culto religioso, y aunque no eran amigos mantenían una relación cordial. Gustavo había comprado la casa de nuestros abuelos hacía ya un par de años, y recién ahora estaba en condiciones económicas de empezar a planear algunos cambios. La idea del patio interior se le ocurrió cuando vio que resultaba más barato edificar una pieza nueva al fondo que refaccionar las paredes rajadas de la cocina, el techo lleno de hongos y las ventanas verdes que ni él ni mi abuelo habían logrado nunca impermeabilizar del todo.
Apenas supo que la cocina iba a ser demolida, Nancy se comunicó con Marcela y conmigo, que somos las primas mayores, después de ella.
_ Queremos estar. -dijimos, cada una desde su teléfono.
_ Hay que pedirle permiso a Gustavo.
_ Pedile.
_ ¿Y qué le digo?
_ Yo qué sé, inventate algo. ¿No sabés contar historias imaginarias? Hacé de cuenta que es un testimonio.
_ Prima, no te metas con mi religión…
_Bueno, está bien, pero pedile. Decile que queremos ver por última vez el cielo por las ventanas de la cocina o que ahí se conocieron los abuelos, no sé, cualquier cosa. Vos ves.


Esa noche hubo un laberinto de mensajes entrecruzados que desembocó, horas más tarde, en la reunión matutina de Nancy, Marcela y yo en la vieja casa familiar, todas con los ojos muy abiertos y cargando los recuerdos de varias vidas y una muerte.
Poco nos importaban, en verdad, las paredes y ventanas de la cocina: el piso era nuestro objetivo. El piso y lo que pudiera haber debajo, si es que algo había. Las viejas historias del sótano clausurado antes de que los abuelos compraran la casa, del primer dueño obligado a casarse con una chica embarazada que desapareció misteriosamente, del piso de baldosas amarillas armado de apuro días antes de la venta de la casa, de mis tías matándose a golpes por escapar cada noche ante la aparición de una figura rubia y etérea que las miraba en silencio, todo eso y mucho más rondaba en el aire a nuestro alrededor. Si es que alguna vez había habido un cadáver enterrado bajo la cocina de la abuela, como sospechábamos, este era el día para confirmarlo.
Yo por las dudas había tomado un cuarto más de esas pastillitas que desde la jubilación uso (por prescripción médica) antes de acostarme, porque una nunca sabe cuando la puede traicionar el corazón. Marcela confesó haberse preparado un té de tilo en el desayuno, en tanto Nancy retorcía entre sus manos una Biblia que, a juzgar por cómo estaba siendo tratada, corría serios riesgos de ser desmembrada antes de la llegada del Juicio Final.



_ Esto tal vez lleve un rato, señoras. Si quieren pueden ir al patio y yo cuando termine de levantar las baldosas les pego el grito.

No nos miramos siquiera. No hacía falta.

_ Nos quedamos.
El hombre nos echó una mirada que imaginamos de fastidio a través de los lentes de albañil, pero no dijo nada. Mientras Gustavo, el dueño de la casa, se ocupaba de atender a su mujer que estaba en cama con un principio de congestión, mis primas y yo asistimos al lento proceso de romper, retirar materiales e ir limpiando el piso. En cierto momento, bajo los escombros, empezó a perfilarse algo así como una base diferente, que a la postre terminó por ser el borde derecho de una vieja puerta de madera. Al darnos cuenta de lo que era las tres mujeres pegamos un grito que hizo saltar al albañil, ignorante de nuestras intenciones.
Gustavo vino todo lo rápido que pudo, lo cual no es mucho decir. También él ha envejecido; su escaso cabello blanco y sus manos surcadas de manchas y lunares son algunos de los espejos en los que rehusamos mirarnos.
La puerta del sótano, si es que eso era, medía un poco más de sesenta por sesenta, y pronto fue despejada del todo. La madera estaba en muy buen estado, teniendo en cuenta que llevaba más de medio siglo tapada con el piso de baldosas. Ya no tenía picaporte, aunque se adivinaba en uno de sus costados la huella de una cerradura oxidada. El obrero trató de abrirla haciendo palanca con un cincel, pero fue imposible. Hubo que romperla a marronazos, como quien tira abajo la puerta de un calabozo de piedra y de hierro. Los pedazos fueron desprendiéndose con cada acometida de los brazos como piedra del albañil, hasta que un agujero negro y con olor a polvo apareció ante nuestros ojos.



Instintivamente las tres primas nos habíamos tomado de las manos para acercarnos al borde del abismo.
_ ¿Qué hacemos? -preguntó una voz.

_ No sé_ respondimos las demás.

_ Esto es muy raro.- dijo el albañil, agachado y metiendo la cabeza entre las sombras. -Parece que hay una habitación debajo del piso. Pero estas casas viejas a veces venían con bodegas, capaz que es algo de eso.
_ Yo voy a ver qué hay. -dijo Gustavo, manoteando su teléfono para iluminar el agujero, pero Marcela dio un paso al frente y lo tomó del brazo, mirándolo a los ojos como solo ella sabe hacerlo.

_ Gustavo, por favor… Llevamos una vida esperando.
_ Bueno, está bien, bajen primero. Ahí no va a haber nada, pero bajen. 

Y eso hicimos.
Al principio pensamos colocar una escalerita de aluminio, pero en seguida vimos que no iba a hacer falta: aquello no tenía más de metro y medio de profundidad. Bajamos por estricto orden de edades, de mayor a menor. Primero Nancy, luego yo, y por último Marcela. Ella es mucho más joven que nosotras, tanto que aún sigue trabajando, aunque se había pedido la mañana libre para ir en busca del sótano perdido.



Ya abajo, nos quedamos muy juntas e inmóviles, tratando de observar. Las luces de los celulares fueron descubriendo difusamente los contornos de una habitación pequeña, con piso de cemento. Al frente, una pared con estantes donde se acumulaban diarios y papeles estropeados por el tiempo y la humedad. Un montón de prendas femeninas en un rincón, entreveradas con algunas de bebé, de un color que podría o no ser rosado. Botellas vacías, pedazos de loza, algo con forma de tenedor. Un martillo.

El sonido de la respiración entrecortada de Marcela me sacó del estado de hipnótica contemplación; no capté si era ella o Nancy la que lloraba y repetía obsesivamente algo asociado con el nombre de Cristo. Di un paso adelante y ahogué una exclamación: había tropezado con algo. Maldije la presbicia, que me impedía enfocar lo que parecía ser una bolsa de arpillera. Le di una patada: sonaba como un saco de huesos. Me agaché para abrirla, y fue ahí que la vieja operación de la rodilla me jugó una mala pasada. Perdí el equilibrio y caí, mientras trataba de tomarme del brazo de Nancy, quien dio un grito y cayó conmigo. Marcela pegó un salto para evitar que la tiráramos. Se nos fueron de las manos los teléfonos, y por un momento todo fue confusión y griterío. Alguien me tironeaba del pelo, hubo una mano que se crispó sobre mi cara, y solo por la forma del anillo pude identificar que era la de Nancy, tratando de buscar un apoyo para ponerse en pie.



_ ¿Están bien? ¡Señoras! ¿Están bien? -asomó por la parte superior del pozo la cabeza del albañil, iluminándonos con una linternita de bolsillo.

_ Sí, sí, fue un tropezón. Ya salimos.
Una a una fuimos asomando de nuevo por el agujero del piso de la cocina de la abuela. El fortachón treintañero nos ayudó a subir, tironeándonos con tanta fuerza que por un momento nos sentimos volar desde la oscuridad del sótano hacia la superficie. Ninguna de nosotras había sido nunca muy robusta, pero con el paso del tiempo nos habíamos puesto livianas, casi solo piel y huesos.
Una vez arriba, cuando recuperamos el ritmo normal de la respiración, nos sacudimos el polvo sobre los escombros de la cocina, y salimos al exterior. Gustavo y el albañil se quedaron abajo, comenzando una exploración en serio y con mejor iluminación del espacio recién descubierto, pero ese ya no era nuestro tema.



Somos una familia pacífica y levemente egoísta: el silencio siempre sería lo menos riesgoso, y las tres lo teníamos claro. Habíamos querido saber, y supimos. Ya no era tiempo de hacer denuncias ni declaraciones.
A partir de esta mañana la casa había dejado de pertenecernos.

miércoles, 1 de julio de 2020

Julio 2020





Salgo a caminar por mi barrio y no han pasado diez minutos cuando una voz emerge de de entre los ojos con tapabocas que me cruzo y saluda al pasar:
_ ¡Hola, profe!
Contesto con el mismo “holaaaa” de cuando no sé quién me habla, pero a este muchacho sí lo ubico, me acuerdo del nombre, el liceo y el grupo. Era uno de los 15 o 20 estudiantes de un sexto de Economía donde todas las chicas eran mudas y ninguno de los varones se callaba, nunca.
Una imagen me viene a la memoria, suelta, como tantas otras. El recuerdo de una clase de hace seis o siete años. Era una tarde de invierno, yo estaba tan feliz que irradiaba alegría, y todos los gurises de Economía se pusieron a preguntar qué me pasaba.
_ Nada, nada.
_ Profe, para mí que te enamoraste...
_ No. Sigamos con Bradbury.
_ Ah, pero alguien hay.
_ Sí. En “La pradera”...
_¿Y podemos hablar de un él o una ella?
_ Un él. ¿Vamos a concentrarnos en el cuento?
Pero obviamente que no, no querían. Me hicieron dos mil preguntas, les contesté tres, y cuando tocó el timbre todos salimos pensando que habíamos logrado nuestro objetivo. Ellos, porque algo les había dicho. Yo, porque no les había dicho nada.
Venía de una clínica, de levantar el resultado de un análisis que decía que los quistes que tenía eran benignos, que no iba a tener que operarme y que todo estaba bien de nuevo (toco madera), pero a los efectos de la clase era mejor derivar para el lado del amor, alejándose de la muerte.
Cuántas veces hablamos con alguien sin saber que no estábamos hablando, en realidad. Leemos e interpretamos la superficie, pero se nos escapan las verdades, aunque no nos mientan.

Reflexiones de jueves frente a un alto Moka en Starbucks, estimados. Pocas ideas, muchas calorías y el dulce tiempo de las vacaciones diluido por el sinsentido de este 2020 extraño, propicio a encuentros y descubrimientos.
Nada más.
Nada menos.




El tragaluz de la cocina, que daba al jardín del costado, tiene nueva luz desde que corté el seto hace un par de días. La planta que ven es una violeta no sé qué (me olvidé del nombre), que se mandó unas guías eternas buscando al sol que no puede recibir en directo pero sí en diferido. La sombra es (obviamente) Matilda, que encontró un nuevo sitio para asolearse, protegido de perros y de niños saludadores. En un rinconcito, si miran bien, hay tres manchas de colores: son los muñecos de goma que encontré cuando participé en la limpieza de la playa Capurro, devenidos ahora en protectores de Arbolito.
Todo bien, todo en paz, todo perfecto, excepto por el hecho de que mi viejo antes de mudarse le puso al tragaluz, además de la reja exterior que ya tenía, otra por adentro. La casa está de ese modo más segura, con solo un pequeño problemita a considerar. Algo minúsculo, mire. Un detalle. El vidrio (que en un intento de robo fue rajado, y mi vieja aún sostiene que quien intentó entrar fue un ex alumno mío del liceo 19, pero, en fin, no tiene pruebas), el vidrio, decía, es imposible de cambiar si no se saca una de las rejas. Iupi.
El contact que le metí hace años ha sostenido relativamente bien la zona rajada, con apenas un mínimo de humedad colándose por los intersticios de las rajaduras, pero ahora que corté el seto la lluvia le dará en directo, es decir... Es decir que no se pierda el próximo y apasionante capítulo de la saga: "Arreglando los arreglos del Cele", en cualquier momento, por este mismo canal. Buenos días.




El portoncito de madera era re lindo pero se estaba pudriendo, y el seto había crecido tanto que ya no cumplía su función ornamental y de pared, sino que las ramas le tapaban toda la luz al jardín del costado y por entre los troncos se podían colar perros o personas.
Había que tomar una decisión.
El primer herrero quedó de llamarme en un par de días, en marzo, y hasta hoy lo estoy esperando. El otro, que es de la cooperativa, se tomó casi dos meses en decidirse pero cuando vino terminó el trabajo en dos o tres días, hizo todo prolijo y hoy de mañana apareció a devolverme $300 que ayer le di de más, al pagarle.
Mientras anduve en la mañana enterrando plantas y sacando piedras del costado (porque mi viejo había hecho extrañas cosas en ese espacio como rellenarlo con escombros, ay, dios) no hubo vecino que no se parara a charlar sobre las rejas, por qué las puse, cuánto me costaron, y de paso me preguntan por mis padres y les mandan saludos. Esto es una gran familia y acá nos conocemos todos.
Matilda y la Intrusa ya le han dado el visto bueno al nuevo espacio soleado para revolcarse a salvo de los perros. Las plantas por ahora no entienden mucho lo que pasa pero les gusta, y revolviendo en un lazo de amor encontré un mini enanito de jardín, así que la protección está asegurada.
Tareas de martes con sol y vacaciones, estimados. Cuando precisen un trabajo de jardinería, ya saben: me avisan, y yo en no más de ocho o diez años se los soluciono. Buenas tardes.




Tomo el 100 casi vacío en la parada del Solís, y al instante comienzan a tambalear mis planes de bajar en Tienda Inglesa para comprar la comida fresca que tanto Matilda como el viejito piden desde ayer con insistencia. El mandado sería simple y rápido, pero todavía no me olvido de que la semana pasada dos empleadas dieron positivo al virus.
Entonces me instalo en un asiento del fondo y empiezo a escuchar la radio del chofer, donde un señor impresentable está llamando a gente desconocida para pedir a los gritos que lo saluden atrasado por el Día del Amigo, y me decido.
Horror a Petinatti mata horror a coronavirus. Apenas llegue a la Tienda me bajo (aprovechando el boleto de una hora) y que sea lo que sea.
Deséenme suerte. 🙏

Ps: no, no es lo mismo si me bajo en el Disco: a Matilda no le gusta la carne del Disco (y por algo será).




Soy hija única, no tengo hijos, vivo con dos gatos y un montón de plantas, tengo a mis viejos a medio país (y capaz que a medio siglo) de distancia , pero no estoy sola. Mis amigos me abrazan, me contienen, me abren los ojos o me pasan la mano por el lomo cuando sienten que lo necesito. Son más mujeres que hombres, son más de mi edad que de otras, son más de mi ciudad que de distancias, pero hay de todo. Amigos virtuales con los que charlo por acá como si nos conociéramos desde chicos, amigos del barrio, de la profesión, del amor, de la vida.
Ustedes me conocen; no estoy ni ahí con los “días de”, y este invento argentino tiene el mismo tufillo comercial que los otros, pero igual: si reivindica la importancia de la amistad y funciona como pretexto para el saludo o el encuentro, bienvenido.
La amistad se teje con palabras, con gestos, con el alma. Es el único sentimiento que no necesita de la frecuentación (decía Borges), y es una droga blanda que te pinta el alma de colores (digo yo, con previsible torpeza). No tiene cupo máximo. Siempre hay lugar para alguien más. Viene sin fecha de vencimiento. La mejor actualización es el encuentro frente a frente, con café o grapamiel de por medio, pero admite también otros caminos, como este.
Un abrazo enorme, mis queridos.
Que 2020 no pueda con nosotros.




Cuando yo era chica veía un programa de "cosas increíbles" que pasaban en la tele: Believe it or not. Estoy armando un nuevo capítulo; se aceptan contribuciones.

*En los días más fríos de esta semana vi un muchacho en la Ciudad Vieja con remera de manga corta y una chica por mi barrio comiendo un helado palito.

*La gata Matilda pasó la noche afuera. Hoy maulló como una condenada frente a mi ventana apenas vio que abría la persiana, solo para entrar, bajar corriendo la escalera y pedir para salir por la puerta del frente.

* He dado 9 horas de clase presencial desde el 13 de marzo, y tengo 2 semanas de vacaciones.

*La DGI, que desde hace años me devuelve plata cuando viene el asunto del IRPF, ahora dice que le debo 15 mil.

(sí, ya sé... la gente tiene otras temperaturas, mi gata está loca y hemos dado cientos de clases virtuales... pero yo me quería quejar de la DGI)




Es viernes por la noche y Larry lo sabe.
Los helicópteros pasan, pasan, vuelven a pasar.
¿Qué diablos pueden ver desde allá arriba?
¿Ven si un tipo le prende fuego a otro, ven si alguien abusa de una niña, ven si una persona se muere de frío a la intemperie?
Algún día vamos a tener que poner parlantes con ruido de helicópteros y hacer que suenen un ratito cada hora en cada esquina que tenga apariencia delictiva. Va a ser igual de útil, pero más barato. Digo. Un aporte.





La primera vez que di clases fue en julio de 1989 (pueden ir sacando cuentas, pero no las publiquen). Desde entonces he tenido en promedio un par de cientos de alumnos por año, en liceos repartidos por todos los barrios (sin contar a mis colegas de Literatura, a las que les di clases en Florida). Una cuenta sencilla y muy por arribita me da más de 6000 personas. ¿Cuántas podrían recordar ustedes? En mi caso, además, piensen que no tengo una memoria privilegiada (por decir lo mínimo), y ya saben que a veces me olvido hasta de la gente con la que he salido, imagínense si recordaré a todos los gurisitos de 14 años que una vez tuve en un salón de clases.
Pero algunos quedan en la memoria.
Quedan algunos nombres, y quedan a veces grupos o generaciones, o liceos. Muchos de los que tuve en el liceo 10 en 1992, por ejemplo, o casi todos los alumnos del peor 3º8 del 19, o el mejor escritor del 58, o el sexto de Medicina en el que no mandé a nadie a examen en el IAVA, hace unos años. Igual me pasa con algunos privados como el Beata, hogar de los gurises más cálidos, o el Integral de los competitivos. De otros liceos, en cambio, mi memoria no rescata ni un nombre, ni una anécdota. Se me fueron.

¿Qué factor determina la magia de que uno quede por un tiempo más o menos largo en la memoria de los otros?
No sé, pero en este 2020 raro e imprevisible me está pasando que vuelvo a encontrar gente querida, como si ante la pérdida de significados de esta cosa loca que nos pasa (y peor aún en Uruguay, donde a la pandemia le sumamos retrocesos y horrores varios, de los que preferiría olvidarme, por un rato), como si ante esto, decía, muchos de nosotros empezáramos a construir puentes hacia el pasado y el futuro, que nos den la posibilidad al menos de imaginar que hay un camino que no termina en la nada. Que no se va.

“Profeeee, qué bueno que te vemos, por fin!!” me dijeron tres o cuatro chiquilinas hoy, en el patio del IAVA, y yo las saludé feliz, pero no tengo ni idea de quiénes eran, de qué grupo, subgrupo o lo que fuera. No las he visto. Este es el año en que no veo a mis alumnos de hoy, pero me reencuentro con los de antes. Trato por wsp de enviarle fuerza a alguien que tuve hace diez años y que hoy anda en una crisis familiar espantosa, postergo el encuentro en un bar con una amiga que fue mi alumna en el IAVA, reflexiono sobre Dolina con alguien que tuve en clase en el siglo pasado, saludo a la empleada del supermercado que recuerdo del 19, veo a otros anunciando que están por sacar un disco… todo en el mismo día.

¿Ustedes no tienen a veces la sensación de que el tiempo se está acelerando? ¿Será que ya caí en la trampa de los años, o es que de verdad estamos ante una situación de quiebre de lo conocido, y eso nos hace corrernos de lugar y quedar por un rato descolocados?

Ya vi Dark (sin fanatizarme) y no, lo que me pasa no es una secuela de la serie. Creo.





Entramos a la pequeña panadería casi al mismo tiempo. Lo dejé pasar primero, en consideración a sus muchos años y su lento andar, y cuando apareció la chica que atiende le hice una seña indicando que el señor estaba primero. Yo solo iba a comprar dos polvorones, venía de una hora de caminata por mi barrio y no tenía ningún apuro especial por llegar a mi casa.
_ ¿Qué va a llevar? –se oyó la voz caribeña de la muchacha.
El viejo demoró en contestar, hasta que le preguntó por el precio de los bizcochos. Ella se lo dijo.
_ Ah… No sé qué llevar. –murmuró él, antes de agregar: _Y estos otros de acá, qué salen?
_ Tanto.
_ Ah. ¿Y las empanadas?
_ Salen tanto.
_ ¿Cada una?
_ Sí, cada una.
_ Aaaah. ¿Y de qué son?
_ Estas de aquí son de carne, y estas otras de fiambre y de queso.
_ ¿Y eso de ahí, qué es?
_ Una tortilla.
_ ¿Y cuánto cuesta?
_ Tanto.
_ Ah, muy cara. Además es muy finita.
_ Sí.
_ A mí me gusta la tortilla, pero tan finita no.
_ ¿Y qué va a llevar?
_ Dame… ¿Esas de ahí son croquetas?
La chica me miró y ambas nos tentamos de risa, pero disimulamos.
_ Sí, señor.
_ ¿Y de qué son?
_ De papa.
_ Ah. ¿Cuánto salen?
_ Tanto.
_ Bueno, dame dos.
_ Muy bien.
_ Yo ahora voy a la farmacia, ¿puedo volver a la vuelta y llevar las croquetas?
_ Sí, cómo no.
_ ¿Y las pago a la vuelta?
_ Claro, no hay problema.
A esa altura ya había otras tres clientas, además de mí, esperando por el señor, que seguía en su mundo, ajeno al tiempo y al espacio.
_ ¿Va a llevar algo más?
_ Sí… Digamé, esos de ahí ¿qué son?
_ ¡Abigaíl, ven aquí que te necesito!- gritó mirando hacia el fondo del local la empleada, ya empezando a desesperarse. Una chica también joven y también caribeña apareció ante nuestros ojos y me preguntó qué iba a llevar, pero la otra se le adelantó y le dijo:
_ Deja, deja que la atiendo yo. Tú ocúpate del señor, y antes que hayas terminado con él ya yo habré atendido a todas las clientas que están esperando...
El anciano seguía preguntando y preguntándolo todo, ejerciendo hasta el infinito su derecho a dialogar y a ser escuchado. Quizás era una forma de existir. Ahora le estaba repitiendo a Abigaíl lo de que iba a ir a la farmacia y después volvía; menos mal que tanto ella como la otra empleada lo trataban con respeto y paciencia.
Pedí mis dos polvorones y salí al aire soleado y no tan frío de la tarde. A veces el tiempo es cruel con las personas, pensaba, y no solo por el frío del invierno.






Misterios de miércoles

1. ¿Por qué la puerta del dormitorio chico (donde duerme el gato) apareció hoy cerrada cuando me levanté a las 7.30? No hubo viento, yo no la cerré y no creo que Matilda (ni él) lo hayan hecho. El gato estaba tranquilo y durmiendo cuando la abrí.
2. ¿Qué diablos hacía Matilda sentada en el inodoro (donde nunca la había visto)? Pensé si me habría olvidado de rellenar el platito del agua pero sí, tenía agua por la mitad.
3. ¿Cómo voy a dar un curso de cuarto año si veo a los gurises una hora (40’) cada 15 días?
4. ¿De dónde venimos, quiénes somos y etc?

Nota: la extensión de la pregunta no es directamente proporcional a su importancia.





El domingo pasado en la feria estuve recorriendo libros. Miles miles, miles. Nuevos y usados, uruguayos o de afuera, de ahora, de siempre, y ninguno me llamó. Volví a casa con una bolsa llena de miel, nueces y quesos.
Quizás no andaba en un día lector.
O quizás no me crucé con la obra de ninguno de esos escritores que tengo que leer o leer.
¿Qué autor te conmueve hasta tal punto que no podés dejarlo pasar, nunca? Yo tengo muchos, y muy variados. Levrero, Pedro Juan, Mankell, Bradbury, Chandler. Borges, Cortázar, Cervantes. Y Blanco.
Sergio Blanco es dios. No hay obra suya que no vaya a ver, no hay libro que no busque o conferencia que me pierda, desde el Ricardo III que dirigió a los 18 en el castillito del Parque Rodó hasta Cuando pases sobre mi tumba, que vi el año pasado (el texto que escribió con sangre, fuera de toda metáfora). Me queda por leer Autoficción, que no pude encontrar en Montevideo.
Ya saben qué regalarme para mi próximo cumpleaños. Faltan 10 meses, pero, en fin. Ustedes vean.




Salgo de casa a las nueve de la mañana, con el pelo mojado y la campera más abrigada. En la vereda los jardineros hace una hora que llevan a cabo la matanza anual de ramas, así que cuando salgo miro a la anacahuita con piedad, casi como despidiéndola. A media cuadra un hombre está haciendo mezcla sobre la calle y me quedo pensando que en mi familia todos los hombres saben hacer mezcla, pero no las mujeres. Tiene algo de catártico revocar una pared, alisar un patio, pegar una baldosa. Nota mental: tengo que agarrar a algún amigo y pedirle que me enseñe las proporciones, porque hay una hacedora de mezcla en mi futuro. El viaje en ómnibus dura media hora; llevo un libro de magia en la cartera, pero no lo leo. La masajista me afloja, me desbloquea. Pone piedras calientes en mi espalda y deja sonidos vibrando en mis oídos antes de decirme que ya me ve del todo bien, que estoy alineada, que la energía fluye sin problemas. Y es verdad. Esta es una mañana feliz. Voy hacia el trabajo de la tarde y en el camino del 148 elijo una casa de Bello y Reborati que está a la venta, para cuando saque el cinco de oro. Al bajar paso por una calle donde alguien ha pegado poemas de Idea, Onetti y Benedetti. Un señor en la Plaza Independencia me quiere vender un gorro de piel de corderito, pero me da impresión. Como tengo una hora libre voy a una cafetería y me instalo en un sillón con un moka caliente, mientras afuera la Ciudad Vieja se encamina al último almuerzo de los días laborables. El cielo sigue gris, pero a nadie parece importarle. La gente camina con ritmo tranquilo y casi todos llevan tapabocas (a mí me parece que un poco es por el frío). Montevideo se va armando en imágenes y palabras. Esta es una mañana feliz.





El domingo pasado en la feria estuve recorriendo libros. Miles miles, miles. Nuevos y usados, uruguayos o de afuera, de ahora, de siempre, y ninguno me llamó. Volví a casa con una bolsa llena de miel, nueces y quesos.
Quizás no andaba en un día lector.
O quizás no me crucé con la obra de ninguno de esos escritores que tengo que leer o leer.
¿Qué autor te conmueve hasta tal punto que no podés dejarlo pasar, nunca? Yo tengo muchos, y muy variados. Levrero, Pedro Juan, Mankell, Bradbury, Chandler. Borges, Cortázar, Cervantes. Y Blanco.
Sergio Blanco es dios. No hay obra suya que no vaya a ver, no hay libro que no busque o conferencia que me pierda, desde el Ricardo III que dirigió a los 18 en el castillito del Parque Rodó hasta Cuando pases sobre mi tumba, que vi el año pasado (el texto que escribió con sangre, fuera de toda metáfora). Me queda por leer Autoficción, que no pude encontrar en Montevideo.
Ya saben qué regalarme para mi próximo cumpleaños. Faltan 10 meses, pero, en fin. Ustedes vean.



Cómo sobreviví al tornado de 2018 sobre Montevideo (crónica de un viento anunciado)

A la tardecita salimos para despedir a una amiga de Ceci y su hijo que se van de paseo al Gran Cañón, y ya de camino nos enteramos de la alerta de tornado par varias zonas, entre ellas el condado de Anoka, que es el nuestro. Fuimos a un restaurante sobre el Forest Lake 1, que es un lago en el que la gente se baña en verano y sobre el cual los autos transitan en invierno. Parece que acá se dan cuenta de cuándo es prudente manejar sobre el lago congelado, pero no siempre le aciertan, porque hace poco se quebró la superficie y se fue un auto al agua.
El cielo estaba bastante despejado, lo que no tiene nada que ver, porque el tornado se arma de golpe, no da mucho tiempo para refugiarse. De manera que no alargamos gran cosa la despedida. La alerta estaba en nivel "warning", que es onda "ojo". Cuando llega a nivel "watch" es porque el tornado ya ha sido visto en alguna parte. La recomendación en caso de que te encuentre en la carretera es buscar refugio en una casa (si hay) o bien meter el auto atravesado sobre la banquina (que tiene un desnivel) y meterse debajo del vehículo. Claro que en algunos lugares si bajás del auto te podés encontrar con un oso; en fin, vos ves.
Ya en la casa, la tele nos estuvo mostrando unas imágenes bastante impresionantes de granizo con piedras del tamaño de una pelota de béisbol que cayeron cerca de Montevideo. 🙂
La noche pintaba complicada. No daba para pensar en el futuro. Abrimos un Baileys y terminé un paquete de galletitas de chocolate mientras la gata dormía a pata suelta, ignorante de los sucesos del mundo exterior. Al rato nosotras también nos dormimos, porque al otro día había que madrugar para llevar a los amigos al aeropuerto.
Si el tornado venía veríamos qué hacer, pero no vino, solo pasó cerca y destruyó una casa a unas cuadras de la nuestra. Detalles.
A la mañana siguiente fuimos a hacer nuevos amigos a una granja de animales en Wisconsin, pronto nos olvidamos del viento y la tormenta, y así terminó el segundo domingo de las vacaciones de julio en verano.



El domingo a mediodía, aprovechando que el invierno no estaba tan cruel como otros días, volví a reencontrarme con la feria de Tristán Narvaja, abandonada desde el principio de la pandemia. Supongo que las veredas no están ahora habilitadas, porque en la mayor parte de las cuadras no hay puestos, pero el resto sigue más o menos como siempre: multitudes, libros, músicos, comidas exóticas, cachivaches.
Lo que no está como siempre es la calle misma, porque hay varias obras en curso: zonas inundadas que le complican la vida a los puestos de las transversales, esquinas de circulación limitada por vallados y tejidos y pozos profundos. No son pozos en el sentido de baches, sino excavaciones. Uno se asoma al alambrado y ve las entrañas de la esquina, con los viejos sistemas de desagüe a la vista, como arterias de tierra y de ladrillo. Son caños enormes, de un metro de diámetro, apoyados por un techo de bovedilla (o algo así, no soy experta en el tema pero se ven los ladrillos formando la curvatura del espacio), que van por el medio de la calle a un metro bajo el pavimento y se cruzan en las esquinas. Me quedé un rato mirando la estructura, tomando conciencia de que caminamos todos los días por encima de una ciudad subterránea de la que no tenemos ni noticias.
¿Qué hay en este momento bajo nuestros pies? ¿Cañerías de desagüe, un arroyo entubado, restos de una construcción ya demolida, el esqueleto de un muerto en batalla, el fósil de un gliptodonte, qué hay?
Una vez vi en TV Ciudad la entrevista a un señor de Piedras Blancas que estaba haciendo un pozo en el patio de su casa y se encontró con que bajo su propiedad había una habitación enorme, quizás una bodega de la época de la colonia. Montevideo no llegaba hasta tan lejos ni mucho menos, pero estancias sí, había. “¿Encontró algo ahí dentro?”, le preguntó el periodista y el hombre contó que sí, que había un montón de sables y otras porquerías viejas; que él había metido todo en el contenedor y ahora estaba muy contento con su taller subterráneo que no tuvo que edificar.
Ya saben que me encantan las historias de sótanos y descubrimientos imprevistos. Montevideo es una ciudad nueva en una zona de civilizaciones poco desarrolladas, dicen, pero… ¿y si debajo de nuestros pies habita la maravilla y no nos estamos enterando?
Nada, era eso. Duda de martes, estimados. Estoy empezando a meterme con Bécquer en las clases por zoom y de repente me agarró el romanticismo del misterio y lo imprevisto. No voy a romper el piso de mi casa ni a excavar nada en los cuatros metros cuadrados de mi jardín. Pero qué lindo sería.





Viven encerrados en sus casas. No caminan por la calle, no charlan con los vecinos en la vereda, no tienen pequeños barcitos para sentarse a tomar un cortado y esperar que vengan sus amigos, los habitués, los de siempre. Todo queda lejos. Sus comercios son gigantescos y sin ventanas. No te miran al cruzarte. No se besan al saludarse. No se tocan. Los empleados de las tiendas te tratan con una amabilidad aprendida de memoria. Cambian de ropa y de muebles todo el tiempo, y cuando dejan de usar algo lo llevan a una casa de beneficencia o lo dejan tirado en la vereda, para que alguien se lo lleve. Compran todo hiper empaquetado, generan tanto plástico y cartón que después al menos lo separan por categorías, para acallar la conciencia. Cumplen con todas las reglas, están llenos de reglas. Dicen amar a los animales pero obligan a los inquilinos a extirparle las uñas a los gatos, y enseñan a sus perros a no dejar la casa poniéndoles sensores que les dan una descarga cada vez que se acercan a los límites invisibles de sus hogares. Viven en un eterno gran hermano. Si ve algo, diga algo. Muestre su identificación, abra la mochila. Camino privado, no pase, no estacione. Váyase.
Una vez que entrás en sus casas o te presenta un amigo entonces sí, son encantadores, simpáticos y cálidos. No conocí a uno solo que me cayera mal, y sin embargo en su conjunto son prejuiciosos e indiferentes. Se dicen americanos y nos dejan afuera a los demás, que somos la mitad del mundo. Es muy raro ese país. Es el que más he visitado, sacando a nuestros vecinos, y aunque he ido a lugares absolutamente diferentes hay un sello común que se siente en todas partes: No existís, nadie existe, salvo los suyos.
Qué suerte tengo de vivir en el tercer mundo, pienso, mientras me preparo el segundo café de la mañana y evalúo si ir a Tristán Narvaja a ver libros, gente y antigüedades. Acá tenemos mil problemas pero sabemos quiénes somos. Todos nos conocemos. Votamos mal a veces, es verdad, pero nos conocemos, y sabemos quién es quién.
Y con este post de intuiciones y subjetividades sin el menor asidero científico, doy por terminada la catharsis matutina. Que tengan un buen domingo.




Acababa de despertar y no sabía por qué: a las seis de la mañana algo me sacó de entre los brazos de un sueño profundo. El invierno se está poniendo duro a principios de julio, y a esa hora es plena noche. Me quedé un ratito con los ojos cerrados, rescatando imágenes de la memoria antes que la luz del día las disolviera.

Venía de un sueño extraño en un sitio abandonado, tal vez era un galpón enorme o una fábrica vacía. Debo estar mirando demasiadas series. En el lugar, mucha cosa amontonada: máquinas, muebles antiguos. Al levantar los ojos encontré un gato muerto colgando del techo, enredado en un amasijo de cuerdas y de hilos. Me detuve a mirarlo y me llené de tristeza; era pequeño y bello, gris y sedoso. Probablemente había muerto agotado tratando de desenredarse de aquellos hilos. Si hubiera llegado antes lo habría podido salvar, pensé, qué lastima. En ese preciso momento él hizo un mínimo movimiento: abrió y cerró un ojo. Estaba vivo. Lo bajé de inmediato; aún respiraba, y lo dejé descansar y recuperar fuerzas sobre el piso, pero cuando apareció otro gato gris a disputarle el territorio el recién rescatado se fue corriendo hacia la calle. Entre las veredas lo estaba buscando cuando desperté; pensaba llevarlo a mi casa, aunque era consciente de que ya tenía un par de gatos y aquello iba a ser una locura.

Cuando abrí los ojos alguien se quejaba a mi costado: era Matilda, que quizás soñaba con haber encontrado a una humana abandonada y fantaseaba con la posibilidad de traerla para la casa.

Prendí la computadora, encontré y respondí mensajes, comenté cosas y guardé fotos para compartir en el día, cuando todos estuviéramos vivos. Volví a cerrar los ojos, y ya no estuve segura de haber realmente despertado. ¿Dónde está el límite entre lo real y lo aparente? El inconsciente no sabe de distancias, puede ser tan real un sueño como el juego de las palabras en el ahora o el revoloteo de las imágenes en la memoria.

Apenas me vio abrir los ojos Matilda fue a ocupar su lugar a mi costado exigiendo mimos. Mientras le tocaba la cabeza, por un instante de iluminación, el universo entero estuvo entre mis dedos, y entendí que el amor es uno solo, no importa hacia quién, cuándo o en dónde. Somos un átomo de dios, una minúscula porción de la energía que crea y fluye, que cambia y permanece. Somos un pequeño átomo que ha olvidado su condición divina y se cree fugaz y olvidable, pero no. Quedan las huellas, queda la energía, queda la memoria de la vida, siempre, dispuestos a abrir de repente un ojo que en medio de un apocalipsis de sombras nos mira y dice “aquí estoy”.

La segunda parte del 2020 comienza con un miércoles frío, ventoso, inclemente. Las noticias se meten en el alma y la llenan de agujeros. No hace falta recordarlas, todos las hemos escuchado, como nos llegan a cada rato las señales de los pasos hacia atrás que estamos dando en derechos, humanidad, empatía. Cada día es algo nuevo, cada día el horror y la incomprensión son renovados.
En medio de este escenario vuelvo a estar frente a un grupo de personas en el IAVA. Los que durante meses habían sido rectángulos negros en la pantalla de la computadora resulta que vuelven a tener ojos, sonrisas, voces. Otros son completamente nuevos para mis oídos, que solo los habían visto un par de veces antes de que el mundo dejara de ser lo que había sido.
No es una vuelta heroica, ni mucho menos. En la primera hora arranco lenta, tal vez por la falta de costumbre de hablarle a ojos con tapabocas. Me olvido de llevar al salón el frasco de alcohol en gel, no paso la asistencia a la tablilla y le digo a una persona el nombre que tenía antes. Torpe, torpe, grita mi cerebro, mientras para el mundo exterior el rostro sonriente continúa hablando de Idea y la generación del 45’. Después me voy aflojando, reencontrando la voz de la presencia.
Les pregunto qué hicieron en este tiempo y me cuentan de series, de libros, de clases por zoom de francés, de lengua de señas, de ballet. Hablamos de Idea Vilariño, les leo poemas, charlamos del valor del arte como camino para la liberación de la angustia y discutimos cuánto tiempo tiene uno que darle a un libro (o a una serie) antes de decidir que no es para nosotros, al menos por ahora. Están helados; todos están helados. Me sale el maternalismo que no tengo y aconsejo que se abriguen, que se cuiden, que se dejen de mediecitas de verano, aunque demasiado sé que no van a darme bola, porque yo también me helé como estudiante en este liceo, y antes muerta que fuera de onda. Les cuento que Idea dio clases en el IAVA, y que miren qué bueno sería si en el futuro hay una profesora de Literatura que les lee a sus alumnos, en ese mismo salón, un poema escrito por alguno de ellos.
Cuando salimos hay un chico que me espera para pedirme que por favor lo llame por el segundo nombre, que el primero no le gusta. Ahí recién empiezo a sentir que poco a poco, a paso de caracol y con la agilidad de una oruga, vamos volviendo a la normalidad. Quién sabe cuánto demore en aparecer la mariposa, pero sus colores están ahí, esperando a ser lucidos.
Y en eso estamos.

domingo, 28 de junio de 2020

Historias desde la cuarentena: 49. Antonio Banderas



Él no era muy alto, tenía seis años más que yo y una voz extraña y disfónica, pero a mí me gustaba. Cuando nos conocimos usaba el pelo largo, estaba bronceado como quien no tiene trabajo fijo y se pasaba el verano entero garroneando ranchos de amigos en Valizas. Le decíamos Antonio Banderas.

Ese era mi primer verano como dueña del rancho más lindo del pueblo, que funcionó en la temporada como asilo provisorio para cuanto bellasartense anduviera suelto desde fines de diciembre hasta pasado el carnaval.

Antonio Banderas y yo tuvimos una historia linda, que no estuvo destinada a durar pero que tampoco terminaba de terminarse. No había motivos. Yo en ese verano venía de un romance eterno que duró cinco días con un porteño al que le llevaba varios años, y él tenía desde siempre un amor esporádico en Paraná, así que ninguno de los dos andaba en busca de pareja. Nos llevábamos bien, él era divertido, simpático, buen cocinero y mejor amante. En un par de meses ya habíamos conocido a nuestras familias y amigos, pasamos semanas de convivencia en el rancho, adoptamos perros pasajeros, fuimos a recitales en el Cabo y a paseos por el día a Punta del Diablo. Jugamos interminablemente a las cartas, nos ensopamos con diluvios varios, caminamos por la ensenada, juntamos estrellas de mar.

Terminada la semana de turismo volvimos juntos a Montevideo y nos quedamos una noche en mi casa, aprovechando que mis viejos andaban de viaje por Cerro Largo. Al día siguiente remoloneamos hasta que la mañana se hizo tarde. Serían las dos o las tres cuando accedí a levantarme, porque tenía que atender el teléfono, que no era inalámbrico y estaba en el piso de abajo.

Al descolgar hubo un par de segundos de silencio, seguidos de una risa apenas audible. No tuve que preguntar quién era: al amor se lo reconoce antes de que aparezcan las palabras. Digamos que se llamaba Álvaro (solo porque no conozco a ningún Álvaro), y digamos que ante el sonido de su voz se me aflojaron las piernas, me olvidé del tiempo y del espacio. Charlé largo rato tirada en el sillón, sin preocuparme por mi amigo en el piso de arriba, porque los dos habíamos acordado que nuestra historia no admitía exclusividades.

Cuando colgué Antonio Banderas bajaba la escalera, ya vestido y pronto para irse.

_ ¿Por qué te vas? Quedate a comer.

_ No puedo. –me dijo, triste- No sabés: atendiste el teléfono y en un segundo te cambió la voz. Eras otra. Yo no voy a competir; es imposible.

Y se fue.

Después de eso volvimos a salir un par de veces, la verdad, pero ya no fue lo mismo. Algo se había roto. Nuestra amistad con derechos funcionó mientras los otros no eran más que nombres o rostros hipotéticos, abstractos, intangibles, pero Álvaro no tenía nada de hipotético, de abstracto ni (mucho menos) de intangible.

No sé por qué me vino hoy este recuerdo a la cabeza; creo que algo charlé ayer con mis amigas que me llevó a Valizas, al rancho y al verano de los perros fugaces, los recitales en el Cabo y las estrellas de mar.

La vida tiene extraños caminos. Igual que la memoria.

viernes, 5 de junio de 2020

Historias desde la cuarentena, 48. Reflejos



La casa de electrodomésticos está desbordada de clientes; son muchas las personas que esperan su turno recostadas estoicamente a una pared, mientras unos pocos aprovechan a revisar estantes en la librería de usados de al lado. Todos, por igual, están pendientes del número al que está llamando un cartel luminoso cada pocos minutos. Yo trato de no mirar al espejo debajo del cartel: demasiado realista, demasiado detalle para un sábado a mediodía. Prefiero pensar que está distorsionado, y que esa figura despeinada y con ojeras no es más que la consecuencia de la baja calidad en el reflejo.

Mi número es el 62, lo que significa que solo tengo que esperar otros 46 llamados antes de sonreír y avanzar al mostrador. Aprovecho el tiempo para registrar gestos ajenos, adivinar historias e inventar los secretos de las personas que deambulan por el local o se quedan en trance mirando los televisores de la parte delantera del comercio. Muchos se cansan y abandonan, porque el ritmo de avance es lento y exige una paciencia que no siempre compensan los bajos precios de la casa. Cada vez que uno se va miro disimuladamente a ver si tira un número que pudiera servirme, pero no. Solo encuentro un inútil 99 abandonado por una viejita en la vereda, al que deposito en el tacho de basura de la entrada.

Cuando el llamador se estanca durante largo rato en el 44 tomo una decisión motivada por el hambre o el vicio y me voy al almacén de al lado en busca de un yogurt Conaprole con dulce de leche. Mala idea: el cartel luminoso al volver iba ya por el 91. ¿Tiempo de iniciar todo de vuelta? No. Tiempo de ir medio zonceando hasta la entrada, tomar el arrugado 99 de la basura y a los dos minutos ser atendida, sin el menor remordimiento.

Estaba esperando la entrega del producto en el fondo del local cuando una voz a mi derecha trajo de repente a mi memoria un millón de imágenes olvidadas. El IAVA, sexto año, mi amiga Graciela, las normas jurídicas, los Actos Institucionales, las interminables seis horas semanales de Derecho en el 84’ dadas a los ponchazos por el mismo señor que ahora pedía a los empleados del Empaque si podían darle un manual de no sé qué, porque había perdido el suyo. Estaba más gordo, porque habían pasado treinta años, pero seguía teniendo la nariz de borrachín, tan enorme y colorada como siempre. La suya fue la peor materia. Él había sido todo el año irónico y aburrido, deseoso de pequeñas victorias sobre nosotros, capaz de hacernos estudiar los 19 Actos Institucionales de la dictadura aunque el examen de Derecho era la semana antes de las elecciones que todos sabíamos que los derogarían de un plumazo. El profesor de Derecho era el prototipo perfecto de lo que nunca quise ser. Por suerte no me vio.

Media hora más tarde estaba retirando mis bolsas en el guarda bultos de un supermercado cuando una empleada flaquita y menuda, de unos veinticinco años, me sonrió.

_ Usted fue mi profesora de Literatura.

_ ¿Sí? ¿Dónde?

_ En el 19, en tercero. Hace mucho, pero yo la recuerdo porque me encantaban sus clases y aprendí pila de Literatura con usted.

_ ¡Qué bueno! ¿Y cómo es tu apellido?

_ Gully.

_ ¡Gully, claro, me acuerdo de vos!

Y era cierto. Oír su apellido y ver sus ojos fue como hacer el segundo click de la tarde, y acceder a otro compartimiento perdido en mi memoria. La conexión afectiva se reinstauró por breves segundos, intercambiamos unas frases, recordamos a algunos compañeros y cada una siguió su camino.

Salí del supermercado pensando en el profe de Derecho y en lo duro que debe ser ir por la vida generando malos recuerdos y deseos de no ser visto en las personas que nos reconocen, aunque no logro definir si es lo mejor o lo peor el hecho de que él nunca fuera a saberlo.

Pero, ¿y yo? ¿Seré ya o llegaré a ser un mal recuerdo para un muchacho que el día de mañana al verme me esquive y se vaya aliviado si no reparé en su presencia? Y de ser así, ¿querré saberlo?

Me pregunto dónde se saca número para preguntar por los errores y las omisiones del pasado, si habrá por ahí un manual que ayude a irlos corrigiendo y si los espejos reflejarán de verdad lo que uno es y ha sido.


jueves, 4 de junio de 2020

Junio, 2020



Está siempre sentada en el murito de alguna casa, esperando algo. No se sabe qué. Quizás ni ella sabe. Es alta, flaca y derechita, de pelo blanco y corto, con ojos verdes y arrugas muchas. Tiene una voz suave que saluda con corrección a todo el que al pasar le dirige la palabra. Adiós, vecina. Buenos días. Cómo le va.
Con mi despiste habitual en lo que refiere a la gente de la cooperativa no tengo idea de cómo se llama, dónde o con quién vive. Si vive.
Pasa las tardes y las mañanas mirando el panorama casi vacío de nuestras calles y pasajes, siempre sentada en un murito diferente. Somos doscientas casas desparramadas en cuadras largas y altas, casi casi llegando a la Cuchilla; el viento sopla lindo y el aire lastima la piel del invierno, pero ella no parece darse cuenta. Nunca usa campera, guantes, gorros o bufandas. Solo está ahí, sentada, de brazos cruzados y ojos entrecerrados.
Cada vez que la veo nos saludamos al pasar. Ella tampoco debe saber quién soy yo.
Me pregunto si algún día al salir la encontraré sentada en el muro de mi casa, o qué pasará el día en que en ya no la vea, o cuánto demoraré en empezar a frecuentar los muritos del barrio, mirando a la distancia y perdida en mi propia nada. Creo que estaré abrigada, y probablemente tenga un gato en la falda, pero no estoy segura. Nunca estoy segura.



Los dos chicos cantan con buena voz a pesar de los tapabocas. El 103 viene moderadamente lleno, es decir que cuando ellos suben solo hay unas diez personas paradas y todos los asientos ocupados.

“Hay una cosa que yo no te he dicho aún,
Que mis problemas sabes que se llaman tú
Solo por eso tú me ves hacerme el duro
Para sentirme un poquito más seguro.”


Paro la oreja. El yo lírico se quiere hacer el blandito, pero no me convence.Al rato sale con eso de “Amigos para qué maldita sea”, y ya me cae francamente mal, pero cuando aconseja a la chica que “No debes provocarme” termino de captar su esencia de machito frustrado y decadente. Los gurises, claro, siguen cantando sin pensar en la letra, y el público cautivo del 103 aplaude admirado sus buenas voces. Yo oscilo entre sentirme lúcida o paranoica, aunque sé que en el fondo es probable que sea las dos cosas, a veces más una, a veces más la otra.





Pregunta. Si el fuego en la noche de San Juan "ayuda a quemar todo lo malo, a dejar atrás la mala suerte y las energías negativas": ¿puedo poner en una fogata un papel que diga "caracoles", así se van estos desgraciados de mi fondo ? 🔥🐌

Ps: Olvídenlo: no los voy a tirar al fuego a ellos, pobres bichos. A lo sumo los arrojo por arriba de mi muro y confío en que se desorienten y se metan en otra casa.

Ps2: No, nunca dije que fuera buena vecina. 😊




Lo primero que me llamó la atención al entrar al shopping no fue que me tomaran la temperatura o me enchastraran las manos con alcohol: fue el silencio. Es martes, es un día feo, eran las seis y pico (cercano al cierre de las ocho), pero igual. El silencio iba más allá de la poca afluencia de personas, era como una tristeza de arrastro por los locales vacíos y el aire excesivamente caliente del adentro. Hasta la Tienda Inglesa estaba callada y con poca vida.
Los pisos tienen una selva de indicaciones: por acá sí, por ahí no, espere ahí, tome distancia más allá. No entre, no se siente, vaya por la otra puerta, alto, párese, demuestre que no tiene fiebre, ¿dónde va?
Cada vez que se sale y se entra hay que ponerse alcohol de nuevo, aunque se haya ido solo al supermercado o al Abitab del estacionamiento. Las manos terminan borrachas, y cuando van a digitar el pin ponen cualquier cosa. Hago tres o cuatro mandados y termino tomando un Moka en la vereda, porque adentro casi no hay mesas habilitadas.
Me pregunto cuánto va a durar esta rareza en la que estamos viviendo. Esto no es esencial (ni mucho menos), pero era una solución para las compras varias de los días de invierno.
El moka estaba muy rico, por lo menos, y con su fin termina esta crónica de la intrascendencia en tiempos de pandemia.


Que pasen una buena noche de San Juan, estimados, que dejen atrás todo lo que no sume y que el fuego (real o simbólico) purifique el cuerpo y el alma. Nos estamos viendo.




Tres hombres de buzo gris en el ómnibus que me llevó este mediodía al trabajo. Dos de cuarenta años, el otro cincuentón. Uno de ellos estornuda a lo bestia en pleno viaje, sin cubrirse la boca, el otro se rasca por dentro la nariz y el tercero no hace nada, pero parece un viejito.

Dos hombres de buzo gris en el 110 de la vuelta a la tardecita. Tienen veintipico. Uno con guitarra, el otro con cajón peruano. Hacen Jhonny B. Goode, de Chuck Berry y Cotton Fields, de Creedence: son muy buenos. Todo el mundo los aplaude, y el lunes se vuelve dinámico y animado.

Grises por fuera todos, con esa mala costumbre que tenemos los uruguayos de uniformarnos en la sobriedad, pero coloridos por dentro algunos, por lo menos.


¿El oso? Gris también él, pero lindo. Apareció frente a mis ojos mientras escribía, quiso entrar en esta crónica y quién soy yo para negarle el paso.









El veranillo de San Juan se vino con todo, pensaba, mientras caminaba por Bulevar Artigas. Varios viejitos estaban charlando en las veredas, y el muchacho que limpiaba un contenedor cantaba y silbaba algo alegre, que no reconocí. Entré al Macromercado solo a buscar unas cajas de capuchinos; era la mosca blanca en relación a los carritos desbordantes de los otros compradores. Por lo visto la mañana es la hora de reponer cosas en el Macro; varios empleados se reían y conversaban mientras distribuian frascos y paquetes, en tanto los coches cargados de cajas recorrían los pasillos del supermercado, tocando la bocina al llegar a las esquinas.
_¿Tiene tarjeta del Macro?- me preguntó una cajera joven y rubia.
_ Eh... ¿Es la misma del Disco?
_No.
_ Entonces no tengo.
_¡Yo no te puedo creer!- bromeó la rubia conmigo y con la cajera de la caja de al lado, que no tenía clientes- ¡Me pregunta si es la tarjeta del Disco, cómo puede confundirnos con ellos!
_ Un sacrilegio, lo mío...
_ Solo falta que ahora me diga que tiene bolsita y saque una de Tata.
_ Traje de Tienda Inglesa, ¿es lo mismo?
Las dos cajeras y yo nos reímos como si fuéramos viejas amigas, hasta que la otra agregó:
_ Por suerte no somos de Tienda Inglesa; ellos están peor que nosotros.
_ ¿Los empleados, decís que están peor?- pregunté desde la ignorancia del comprador que no sabe las internas de las grandes superficies.
_ Sí, seguro.
_Aquí tiene su ticket, que tenga un buen día- me despidió la rubia, aún sonriendo.

Cuando llegué a la parada cargando con mi modesta bolsita de capuchinos ya venía a mi encuentro el 404. Lo primero que hice al sentarme en mi asiento de a uno junto a la ventana fue sacarme el buzo, porque el veranillo de San Juan este año apareció adelantado y se vino con todo.




El muchacho sube al ómnibus con una caja y se pone a hablar en voz muy alta.
_ Buenas tardes. Si puedo lograr toda su atención, en primer lugar quiero saludar a todas las madres en su día... En el día trucho, porque el día comercial de la madre es en mayo, aunque todos los días son el día de la madre.
Ante eso ipso facto me prendo del celular, como cada vez que un vendedor me quiere obligar a que lo atienda, y más si es domingo, si hay sol y si estos no son tiempo de paseos muy frecuentes fuera del barrio o el trabajo. Pero otros pasajeros no son tan intolerantes como una.
_ ¡Muchas gracias!- le responde una veterana entusiasta.
_ ¿Ustedes saben qué es lo que hay que regalarle a una madre en su día?
_ ¡Algo pa’ comer!- contesta uno de tres adolescentes que van sentados a mi costado, que deben tener trece o catorce años.
_ No, amigo.
_ Un perfume!- interviene la veterana de antes.
_ No, señora: un beso y un abrazo, eso es lo que más le importa a una madre...
Y sigue su discurso. Habla tanto que aburre. Cuenta de su pueblo, de su esposa y su hijo sin comer, de su madre de 90 años (cosa rara, pienso, porque el pibe anda por los veintipico), de su pecado de orgullo, de que hace un mes que sube al ómnibus pero hoy se vuelve a su tierra, de que por suerte encontró la Palabra de Dios que lo sacó del mal camino...
Cuando levanto los ojos del teléfono el vendedor se ha bajado y el 405 anda de desvío por calles que desconozco. Los tres gurises siguen de gran charla, planeando ir a Zara, vaya una a saber por qué. Nos bajamos todos en la misma parada; ellos cruzan hacia el shopping y yo sigo hasta la rambla.
Qué querés que te diga: me quedo mil veces con la sinceridad de los chiquilines que con los versos del vendedor. “Algo para comer” le debe gustar a una madre real, que no es una hipotética nonagenaria con un hijo veinteañero.
Aguante la frescura (y no me vengan a dar mensajes religiosos para pedirme plata, que es algo que nunca voy a terminar de tragar).
Aquí la intolerante del 405.
Feliz domingo



La clase por zoom con el cuarto de los viernes siempre es la más movidita de la semana. Ellos son entre 12 y 15, de los cuales solo dos chicas tienen la cámara encendida, pero: ¡qué dos! Son tan simpáticas como distraídas, se pasan haciendo caritas, cambiando el fondo de su imagen, haciendo la V de la victoria y realizando declaraciones amorosas a todo el resto de los participantes, incluyéndome. Me quieren comprar a Matilda, le proponen casamiento a todo el que diga algo inteligente, chatean con el grupo todo el tiempo (y seguro que también en privado), pero a la vez atienden y participan. Otros son más serios pero igualmente estudiosos, y hay una mayoría silenciosa que sin embargo responde si les pregunto algo en forma personalizada.
Las nuevas formas de ser estudiante, pienso, mientras doy la clase tomando un cafecito y controlando a la gata que domina las alturas desde el fondo y al gato que demanda comida desde el frente.
Las nuevas formas de ser docente, pienso. Cada uno va revelando quién es, sea en el formato que sea: es una etapa de aprendizajes hacia adentro y hacia afuera, que no sé si se termina con la vuelta a la presencialidad, los abrazos y la primavera (pero ojalá que vuelvan pronto, intensos y peligrosos, como siempre).











El día comienza en lunes, sigue en nublado, avanza en llovizna.

Estoy resfriada y con dolor de garganta. Trabajo toda la tarde. En cierto momento llama mi madre y me dice que capaz que tiene el coronavirus porque está con fiebre y le duele todo el cuerpo. Como en una película acelerada cruzan frente a mis ojos un viaje relámpago a la laguna, tener que ir a cuidar al Cele, mis gatos solos, mis clases sin zoom, cómo se pide licencia, qué frecuencias de ómnibus hay ahora hacia Río Branco, tendré que sacar plata del cajero por las dudas, capaz que ellos se mejoran y yo les llevo el virus desde la capital, tendría que comprar comida, todo eso y un etc. más grande que el viaje en 100 desde la Ciudad Vieja hasta mi casa en un ómnibus lleno de gente, tratando de no toser y con todas las ventanillas abiertas. Ahora mi vieja me dice que al final llamó al médico y le dijeron que debe ser algo hepático, que el Cele está igual pero que no me preocupe, que cualquier cosa mañana me llaman, que andes bien, Mari, ya llegaste a tu casa? No te preocupes que no es nada, mañana te llamamos y si no te llamamos tampoco te preocupes, que es solo una gripecita o capaz que algo que nos cayó mal, nada más, acá en la laguna no hay coronavirus. En la frontera sí, pero estamos a veinte kilómetros. Chaucito, hasta mañana.

El día comenzó en lunes, siguió en nublado, se encamina hacia la pesadilla.
(Nervocalm, grajeas, alguien tiene?)






 ...Esa sensación indefinible que te asalta cuando estás hablando con tu vieja desde la laguna, le preguntás cómo anda tu viejo de sus olvidos y despistes y de repente tomás conciencia de que hace cinco minutos que mientras conversás vas recorriendo tu casa, pensando dónde diablos habrás dejado el celular que tenés pegado a la oreja. 






Mediodía de lunes lloviznoso en Montevideo. El 100 avanza hacia la Ciudadela casi sin asientos libres, pero sin pasajeros de pie. Un veterano se para para bajar apenas pasamos Berro, y le asombra que la siguiente parada sea recién en Beisso:
_ ¡Pah, que estaba lejos la parada! ¡Con razón perdimos las elecciones!

Alguien que me explique.




A veces los domingos son grises y sin ganas.
A veces la heladera está vacía y una tiene que decidir el movimiento cuando el cuerpo aún dice que no, que es mejor quedarse, que hay series y hay libros y hay redes y hay celulares y hay mil excusas para no moverse de la casa, de la habitación, de la silla.
A veces una va cargando con una bolsa de mandados en cada mano y piensa que anda medio de incógnito por la calle, con el pelo atado para no peinarse y sin ponerse un poco de color en la cara, porque el domingo es gris y el barrio está vacío.
A veces una se siente irreconocible, como si habitara la piel de otra persona. Alguien invisible, olvidable, inexistente.


Entonces una se cruza con un hombre alto, interesante, vestido de negro, que un metro antes de pasar por su lado le dice:
_ ¡Cabo Polonio!
Una nunca lo ha visto, pero esas dos palabras funcionan como llaves del diálogo.
_ ¿Qué?
_ Cabo Polonio. Vos ibas al Cabo. Yo me acuerdo de tu cara.
_ Cabo Polonio, Valizas… Eh… Siempre voy.
_ Ya sé. Yo viajé en Rutas del Sol contigo, y no me olvido de vos.
_ ¿De qué estás hablando? ¿De este verano, de hace unos años, del siglo pasado…?
_ Mmmh… Del noventa y pico. Yo tengo 52, y siempre te vi en el Cabo.
_ Ah… Yo tenía rancho en Valizas y pasaba yendo.
_ ¿Ves? Yo no me olvido de vos.- dice él, mientras le tira a una un beso con la mano y sonríe, un segundo antes de continuar con su camino.

El domingo sigue gris, pero no tanto: acaba de aparecer un retazo de azul entre las nubes. Una deja de sentirse invisible y retoma la vuelta a casa cargando con las dos bolsas llenas de quesos, yogures y otros vicios, pero ahora avanza más liviana mientras vuelve a su casa con la primera sonrisa del domingo gris de casi invierno.








Acabo de chusmear los recuerdos de esta red, y vi que cada año había escrito algo por acá, y que (de casualidad) todas eran crónicas que me siguen gustando, así que armé un collage de años y de vivencias. De 2020 no pongo nada por ahora, porque el día aún se está armando y ya veremos cómo se porta, si viene de colores o de oscuridades, como vinieron estas dos fotos, que también me gustan.
Hoy pintó narcisismo, ¿qué le vamos a hacer?
(¿Terapia? ¿Disimular un poco? No sé de qué me hablan 😊)

2013
Amo los martes.
Me encantan los martes.
Paso la semana esperando que llegue el martes.
Mi día favorito viene después del lunes.
Los martes están hechos para ser disfrutados.
Bienvenido, martes!
No.
Comprobado.
No funciona.
El martes no se deja alcahuetear.
Fucking martes.

2014
¿Para qué trabaja una en un colegio judío? ¿Para que mientras disfruta de un bien merecido feriado dos gatas herejes la despierten maullando a todo volumen y arañando a dúo la puerta del dormitorio?
No hay derecho.
Se celebra la entrega de las Tablas de la Ley a Moisés en el desierto, y creo que voy a tener que explicarles a Tania y Roldana un par de cositas de la Ley de Arbolito.
Punto nº 1: NUNCA joderás a mi puerta hasta que yo me levante.
(podría pensar las demás ahora, pero no sé por qué me parece que va a ser inútil; en esta casa hay dos que toman mi nombre en vano)

2015
Llegar al IAVA antes de la primera hora supone como bonus track la asistencia al concierto de las aves del patio en cada mañana. No sé que es más pintoresco, si escucharlos como dueños del monumento histórico nacional o ver a una compañera jugando a aplaudir bajo el árbol a ver si se callaban y cuánto demoraban en arrancar de nuevo.

2016
A veces es solo uno, a veces hay dos o tres. Cada vez que bajo en la parada de mi cooperativa por la noche los veo: pueden ser muchachos de bases colorinches y gorritos de visera u hombres maduros de mirada hosca y pucho en la boca. Siempre están, pero no bajo el techito, sino más allá: contra la pared de una casa o incluso sentados en el cordón de la vereda o en el escalón de la entrada de alguna vivienda. Sea a las ocho o a la medianoche, ahí están cada vez que una desciende del 103 repleto o del 404 vacío.
¿Miedo?
Sí, mucho.
Por eso están ahí: por miedo. Son los padres, hijos, hermanos, parejas de las mujeres que vienen de trabajar por la noche, y ellos van a buscarlas a la parada porque el barrio se vuelve solitario y tenebroso para los que viven al otro lado de la cooperativa.
Yo cruzo Camino Maldonado, paso las rejas de la COVINE y saludo a los serenos.
No es fácil para una mujer vivir sola por esos pagos, pienso.
Depende de qué lado de la reja vivas.
En eso me quedé pensando ayer, al volver de la marcha de #NiUnaMenos. Queda muchísimo por hacer, en todos nosotros.
Mi camino (el principal) es a través de la educación.
¿Cuál es el tuyo?

2017
Estoy sentada a la mesa de la cocina y cada vez que me voy a levantar tanteo automáticamente el suelo para no pisar a nadie que esté durmiendo a mis pies.
Voy a abrir la heladera y lo hago despacio, porque podría ser que si lo hiciera bruscamente le pegara a alguna cabecita con anhelos de atún.
Bajo la escalera mirando dónde apoyo cada pie, por si se me cruza una silueta peluda y amarilla que baje a la par de mis pasos.
Entro de la calle y miro a la alfombra.
Abro la puerta del dormitorio por la mañana y miro al piso.
Todo está muy vacío y en silencio.
Este va a ser un largo invierno.

2018
Las 5 noticias más vistas hoy del diario con mayor tiraje del país.
1. Qué tan seguido tienes que bañarte, según la ciencia.
2. Los jugadores de la selección le donaron 15 pares de botines a sus colegas de Rampla.
3. Solo quedan cuatro en carrera.
4. Mariano Iudica se disculpó con Pia Shaw tras besarla sin su consentimiento.
5. Doble cinco: de los tractores de Sudáfrica al buen pie para ir a Rusia.
¿Será que vivimos en el mejor de los mundos posibles, o que no nos importan mucho los temas serios?
No sé, pero por las dudas, parece que bañarse todos los días no está bueno, y menos si es con agua muy caliente, en invierno. Vayan llevando.

2019
Una vez jugamos con una amiga a hacer cada una su lista de amantes, y las dos nos olvidamos de unos cuantos. Estábamos en una casa cerca de la playa; era enero y nuestros cerebros parecían descansados, pero el olvido tiene sus propias reglas, y selecciona con criterio. Lo que no fue especial, desaparece. Lo que valió la pena queda en el recuadro superior de la hoja, subrayado en rojo y con corazoncitos.
A la hora de la cena leímos nuestras listas, y tiramos unos adjetivos. Dulce, embole, creativo, egoísta. Después jugamos un rato a las cartas y no volvimos a hablar del tema, pero esa noche nos fuimos a dormir sabiendo que habíamos tachado mentalmente todos los nombres excepto uno o dos. Yo hice fuerzas para soñar con ellos pero no vinieron, y me encontré toda la noche buscando caracoles y botellas con mensajes por la playa.
Al otro día el sol de la ventana amaneció entre mis pies. Me levanté con la primera claridad y bajé a pasear por la orilla, a ver si pensando aparecía alguna piel descartada en el recuerdo, pero todo lo que pude preguntarme es si acaso mi nombre estaría en alguna lista, y si alguien lo subrayaría con tinta roja, aunque no le pusiera un corazoncito.





La última vez que arreglé el jardín terminé con un dolor en las articulaciones que me duró cuarenta días y cuarenta noches (sí, la edad, bla bla bla, todo lo que quieran). Hoy procedí con cautela y precaución; vamos a ver cómo me va.

Cuando volvía de mi viaje de dos cuadras llevando tres bolsas con hojas y pastos hasta el contenedor más cercano (porque en mi barrio los contenedores se van yendo de a uno, de a uno, no va a quedar ninguno), sorpresivamente vi al gato viejo saliendo de una casa. Hace como dos semanas que solo viene, come y se va: me parece que se consiguió otra familia, y pasa por acá solo a reforzar su dosis de manutención básica de galletitas y atún. El nuevo hogar, oh casuales casualidades, es la ex casa de Matilda, así que el vecino no se puede quejar: estamos a mano.

Al llegar de vuelta a mi casa se alinearon los planetas: los tres grises coincidieron en un estrecho territorio, aunque no llegaron a iniciar hostilidades. Ahora el viejo está en la cocina presionándome en silencio con sus ojos enormes, la intrusa anda por ahí y Matilda reina en el frente, junto al pasto recién cortado y el seto más o menos en orden.

Y esta fue la actualización de noticias de Mundo Gato y Humana A Sus Órdenes, en su versión de Arbolito.