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sábado, 3 de agosto de 2013

BREVE HISTORIA




PARTE 1

Primero fue el silencio.
Yo le había dado mi teléfono a la salida de una obra de teatro espantosa en la que el azar hizo que coincidiéramos, un espectáculo hecho por un grupo de teatro independiente del interior que transcurría en una especie de barca y que nos había llevado a Diana y a mí a lamentar seriamente el hecho de haber arrastrado hasta la Sala Verdi a Yolanda, la madre de mi amiga con sus ochenta abriles, su andador de lentos pasos y su paciencia a prueba de balas.
Hacía veinte años que no nos veíamos, y él estaba igual, igual que siempre. Nos prometimos un encuentro algún día, encuentro que no se dio ni en esa semana ni en el resto del año.
Luego fue la distancia. Apenas un saludo a lo lejos en medio de una exposición de autos clásicos bajo el sol rabioso de febrero, sobre la rambla de Punta Carretas, justo en la mañana de ese domingo en que yo me había levantado tan extraña que no me sentía dentro de mi cuerpo y había tenido que recurrir al SEMM para saber que no estaba de remate y que eso ya le había pasado antes a otras personas.
Lástima que ni él ni yo estábamos solos ese día, y volvimos a perdernos.
Casi arrancaba ya la primavera cuando en una concentración por la diversidad sexual en la Plaza Libertad apareció su sonrisa y me detuve. 
Algún día por fin llegó el verano; vinieron la arena, el sol, los caminos de caracoles, los tragos a la madrugada, las horas de ocio, los libros postergados, el tiempo para todo, para charlar sin decidirse, para desear sin ansiedades.
Para algunas cosas el apuro no tiene razón de ser.

PARTE 2

_ Sí, m’hija, ya entendí lo que me planteás, pero no estoy de acuerdo, a mí me parece que no es por ahí la cosa. Yo qué sé por qué. Porque no los quiero dejar más sin clases, porque por algo me desafilié después de veintipico de años, porque… Ta, tenés razón. No, no, en serio, cuando tenés razón, tenés razón, te lo reconozco. No nos vamo’ a andar peleando por teléfono cuando hace tanto que no nos vemos, no da. Otro día hablamos de eso. ¿Tu marido, tus hijos? Pah, qué bueno. Me alegro pila, che. Y, sí, ya era hora. Un día te alcanzo el cd con las fotos del último encuentro con las chiquilinas; ¿te acordás, que saqué como veinte fotos? Esas. ¿Qué? Ah, ¿yo? Bien. Bien, sí… ¿Qué querés que te diga? Sí, obvio que seguimos. ¿Perdón? ¿Y esa risa? Esta es otra etapa, nada que ver. ¿Viste las fotos que colgué en el muro? Me ayudó con las lámparas; un divino. Me dejó sin luz en el living, es verdad, pero bueh, un detalle. Yo qué sé qué hizo; de repente fuimos a levantar la llave general, y nada. Ni luz del frente ni de la entrada. Una semana pasé así; hasta llamé a mi viejo a Cerro Largo a ver si tenía idea de qué diablos podía ser. Al final quedó todo bien. Como cuando se llevó mi computadora para la casa y la estuvo formando todo el fin de semana. Sí, formateando, eso, es lo mismo. Bueno, como te decía, se la llevó, la limpió de bichos y cuando me la fue a devolver resulta que todo era diferente, ya ni sé cómo editar las fotos, nada. ¡Casi no encuentro el procesador de textos, imagínate! ¿Eh? Ta, otro día la seguimos. Justo que te iba a contar todo lo bueno…Dale. Beso, cuídate.

PARTE 3

Esquema de guión para mi próxima película.

Escena 1. Secuencia basada en la reiteración. Primer plano de fila de butacas en un cine cualquiera de Montevideo. Mujer enrulada que por momentos suspira, se asusta o se inclina mirando con atención lo que ocurre en la pantalla. A su lado un hombre alto de pelo negro y campera de cuero oscila entre cabecear y entreabrir los ojos, hasta que su compañera le da un discreto codazo. Él finge despertarse y mira hacia adelante sin ver más que sus pestañas, que vuelven a cerrarse. La acción se deberá repetir entre ocho y nueve veces, hasta que la cámara se enfoca en el “The end” de rigor con el que termina la función, antes de mostrar las luces que se encienden y pasar a un fundido en blanco. Como variante a considerar, en vez de en un cine la acción puede ubicarse en un recital de Nicolás Arnicho en el Teatro Solís.

Escena 2. Mini road-movie, solo que en vez de ir en auto los personajes caminan. Ambos recorren solitarias y por momentos desoladas calles de la Curva de Maroñas en busca de fotos de iglesias y campanarios, de fábricas abandonadas y de viejas casas con fantasmas. Larga secuencia ubicada en el Club Ciclista Fénix, donde la mujer de los rulos manifiesta su deseo de acercarse a la vieja sede de la institución y el hombre de negro convence a un veterano del lugar para que les preste la llave del candado, atraviesen el portón principal y se pasen media hora rodeando y fotografiando la enorme casona  antigua y señorial aún pese al desgaste y al peligro de derrumbe, peligro del cual los dos protagonistas son cuidadosamente avisados por el veterano del club. Salen de allí con aire de felicidad, y continúan su recorrido, con las cámaras en el bolsillo, ya que llevarlas en la mano sería una imprudencia casi imperdonable.

Escena 3. Detalles de alcoba. Serie de situaciones cercanas al sueño ubicadas en diversos días y que finalizan siempre de igual manera, con el hombre durmiéndose exactamente un segundo después de pronunciar su última frase de la noche que suele ser algo como "creo que en un ratito me voy a dormir".

Escena 4. El toque romántico. Cámara ubicada en el interior de un ómnibus de transporte 
internacional de pasajeros. Primer plano de la mujer, sentada junto a la ventanilla y escudriñando el panorama de las calles y veredas de la entrada a Montevideo. En una esquina su rostro se ilumina al cruzarse con el de él, que ha venido en medio de la noche más fría del año solo para dejarle un beso y un saludo silencioso a su paso. La escena se funde con la caída de miles de pétalos de rosas y unos angelitos que sobrevuelan la Plaza Cuba abrigados con bufandas y guantes de lana.

Escena 5. Momentos de cotidianeidad. La cámara oscilará entre un primer plano de la cena con  pollo y papas al natural recién preparada, un libro antiguo entreabierto sobre la mesita de luz, una vista de la gata arisca de la familia dejándose mimar por el hombre, una seguidilla de momentos en que la mujer pone cara de no tener idea de quiénes son los músicos que él menciona, el sonido de un timbre por la noche,  y de la ventana que se abre por la mañana, la imagen de dos manos que se encuentran y de la sonrisa feliz de ella, en primer plano.

Y ya sobran las palabras. O tal vez no.



jueves, 11 de julio de 2013

EL PACTO







Al primer marronazo la baldosa se hizo añicos y una lasca que saltó hacia mi lado me dio en la frente. No llegó a lastimarme pero me impresionó lo suficiente como para no reprimir una exclamación que pronto encontró eco en otra voz, mucho más grave que la mía.
_ Señora, va a ser mejor que se aleje un poco. Esto puede ser peligroso, ¿sabe?
Miré al albañil con una mezcla de desprecio e incredulidad. ¿Señora? ¿Peligroso? Qué sabrás vos de peligros, pensé, y lo de señora se lo podés ir diciendo a tu abuela. En ese momento mi prima Nancy me tocó el brazo y con un gesto desarmó mi naciente belicosidad. Estamos grandes, lo sé, y la edad nos pone quisquillosas. Moví la cabeza y levanté los ojos como queriendo indicar mi resignación y ella y Marcela me sonrieron, mientras el reloj marcaba las nueve de la mañana y una tormenta de golpes iba desarmando poco a poco el piso de lo que había sido la cocina de nuestra abuela.


Estábamos todas las primas, una de las tías y un par de sobrinos nietos que correteaban por el patio como nosotras lo hiciéramos hace cincuenta años. Un azar del destino nos ponía frente a frente con la posibilidad de develar el misterio más grande de nuestra infancia. Apenas podíamos respirar.


El dueño de la casa, Gustavo, fue el que puso en marcha esta locura al llamar a Estrella hacía tres semanas y contarle que iba a demoler la vieja cocina y convertirla en un patio interior dado lo vetusto de su instalación. Era más barato edificar una nueva al fondo que refaccionar las paredes rajadas y cambiar las endebles ventanas que ni él ni mi abuelo lograron nunca impermeabilizar del todo. Escuchar eso y preguntar si nos dejaba participar de la empresa fue todo uno y así, con la velocidad de las comunicaciones propia de esta época, nos vimos de pronto envueltas en un laberinto de idas y venidas que desembocó en esta reunión matutina de ojos ansiosos y recuerdos agazapados. Solo faltaba Moisés, nuestro único primo varón, que estaba viviendo en Brasil con su familia desde hacía varias décadas.


Poco nos importaban, en verdad, paredes y ventanas. El piso era nuestro objetivo. El piso y lo que pudiera haber debajo, para ser más precisos. Las viejas historias del sótano clausurado antes de que los abuelos compraran la casa, del primer dueño obligado a casarse con una chica embarazada que desapareció misteriosamente, de mis tías matándose a golpes cada noche ante la aparición de una figura rubia y etérea que las miraba en silencio, todo eso y mucho más rondaba en el aire a nuestro alrededor. Yo me había tomado un cuarto más de esas pastillitas que desde mi jubilación uso (por prescripción médica) antes de acostarme, Lourdes confesó haberse preparado un té de tilo y Elizabeth retorcía entre sus manos un peluche de una de las nietas, juguete que, a juzgar por cómo estaba siendo tratado, corría serios riesgos de ser desmembrado en cualquier momento.
_ Esto tal vez lleve un rato, señoras. Si quieren, cuando terminemos de levantar las baldosas les avisamos.
No nos miramos siquiera. No hacía falta.
_ Nos quedamos acá, si no les molesta.
Si así fue no nos lo comunicaron, de modo que asistimos al lento proceso de romper, retirar, limpiar, hasta que bajo los escombros fue perfilándose algo así como un piso diferente, que a la postre terminó por ser el borde derecho de una vieja puerta de madera. Gritamos al unísono, haciendo saltar de la sorpresa a los dos muchachos, que nada sabían de nuestras intenciones, y corrimos a buscar al dueño de casa, quien precisamente por serlo tenía derecho a participar de cualquier descubrimiento que en su territorio pudiera tener lugar.
Gustavo vino todo lo rápido que pudo, lo que no es mucho decir. También él ha envejecido; es otro de los espejos en los que rehusamos mirarnos.
La puerta del sótano, si es que lo era, medía un poco más de sesenta por sesenta y pronto fue despejada, pero los obreros no lograron levantarla y tuvieron que hacerla pedazos, tal como hicieron con todo el costado derecho de la cocina, el que daba al corredor de la entrada cuando yo era niña.
Un agujero negro y con olor a humedad apareció ante nuestros ojos. Instintivamente nos habíamos tomado de las manos mientras nos acercábamos con actitud reverente.
_ ¿Qué hacemos? _preguntó alguien.
_ No sé_ respondimos las demás.
_ ¿Por qué no bajan? _terció uno de los obreros, el más rubión, con cierto tonito irónico en la pregunta.
_ Yo voy_ dijo Gustavo, manoteando una linterna que colgaba del rincón, ante lo cual Estrella dio casi un salto y lo tomó del brazo.
_ Gustavo, dejanos entrar primero. Llevamos una vida esperando.
Y bajamos.
Colocamos una escalerita de aluminio en el pozo y bajamos de a una por estricto orden de edades, de mayor a menor. Primero las mellizas, luego yo, las evangelistas después y por último Marcela, la más joven, que aún seguía trabajando pero se había pedido la mañana libre para asistir al descubrimiento (o no) del sótano perdido desde hacía setenta años.
La linterna de Gustavo y la luz de los celulares nos fueron mostrando los contornos de una habitación pequeña con piso de cemento. Dos paredes llenas de estantes donde se acumulaban rimeros de libros, diarios y papeles a punto de desintegrarse por el tiempo y la humedad. Un baúl en un extremo, que al abrirlo reveló prendas femeninas cubiertas de moho y un par de ropitas de bebé de un color que podría o no ser rosado. Una mesa rústica. Botellas vacías. Clavos oxidados. Pedazos de platos rotos contra un rincón. Un tenedor en el piso.
Una respiración entrecortada me sacó del estado de hipnótica contemplación en que había pasado no sé cuántos minutos. No entendí si era Marcela o Nancy la que lloraba, ni presté atención a las voces que susurraron las previsibles palabras de aliento y consuelo. Había tropezado con algo confuso y estaba maldiciendo la presbicia que me impedía enfocarme bien en lo que divisaba ahí, en el piso, a mi lado. Parecía un hueso. Me agaché a tomarlo y en ese instante mi vieja operación de rodilla me cobró boleta, perdí el equilibrio y caí encima de Lourdes, que dio un grito y trastabilló a su vez. Se nos fueron de las manos los teléfonos. Por un momento todo fue confusión y griterío, porque no hay nada más contagioso que el pánico, y el de seis mujeres de cierta edad no es precisamente el menos ruidoso.
_ ¿Están bien? ¡Señoras! ¿Están bien?_ asomó por la parte superior del pozo la cabeza con rulos del obrero más joven, que no llegaba a los treinta años.
_ Sí, sí, no te preocupes. Ya salimos.
Una a una fuimos asomando de nuevo por el agujero del piso de la otrora cocina de la vieja Barreto, nuestra abuela. Nos sacudimos el polvo y salimos al frente, donde los niños y la tía Esther, arrugadita y encorvada pero alegre como siempre, nos esperaban tomando un poco del tibio sol de setiembre.
Décadas de enigmas, hipótesis y leyendas habían sido de golpe suprimidas en apenas unos instantes de confrontación entre lo especulado y lo hallado. Como siempre, no hubo necesidad de muchas palabras entre nosotras. Los diez o quince minutos que nos llevó la caminata hasta Cuchilla Grande y 8 de Octubre bastaron para ponernos de acuerdo en unos pocos puntos fundamentales. Somos una familia pacífica y levemente egoísta: elegiríamos el silencio, más cómodo y menos riesgoso.
Han pasado cinco años de esa mañana y lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer. Ninguna quebró el pacto, hasta ahora, pero en mi fuero íntimo sé que si algún día me encuentro a un nieto o bisnieto de ese hijo de puta me va a oír. Vaya si me va a oír.

jueves, 13 de junio de 2013

Memoria afectiva






8 DE ABRIL

Otra vez los bichitos.
         Antes no me pasaba esto de tener que rascarme como una condenada, pero ahora sí, cada vez con más frecuencia. Ayer incluso lo hice tan seguido y con tanta fuerza que me saqué un poco de sangre y tuve que pasar la tarde mordisqueando el aire para espantar a una mosca demasiado atrevida que me revoloteaba alrededor, hasta que me la comí. Fue casi lo único del día, sin contar el pedazo de pan que encontré tirado de mañana y el hueso pelado que dejó abandonado el de enfrente. Voy a ver si mañana las cosas mejoran y encuentro algo más, porque entre los ruidos de mi panza y las costillas que se me marcan ya ni me reconozco, y eso que yo solía ser la más linda del barrio cuando cachorrita, o al menos eso me decían.
         No sé a quién más hacerle fiestas a ver si me invita con alguna cosa; paso moviendo la cola y mirándolos a todos a los ojos, pero cuesta no desanimarse cuando las horas pasan y las personas también.
Ya aparecerá algo.
Ojalá.
        

2 DE MAYO

Hace dos semanas que estoy en una nueva casa.
Bueno, estar, lo que se dice estar, no estoy mucho, pero al menos me dejan dormir en el patio por la noche, en unos cartones que arrimaron debajo del parrillero. Están un poco húmedos. Algo es algo.
Los más chicos de la manada son un castigo, aunque la voy llevando. Ayer me persiguieron por todo el patio soplándome una corneta en las orejas para ver cómo corría, hasta que uno de los grandes les pegó cuatro gritos y tuvieron que entrar a la casa. Por fin tuve un poco de paz. En realidad creo que hubiera preferido entrar, con los demonios esos y todo; el tiempo está empeorando y pasé la noche en un solo temblor. Capaz que es también por el hambre, porque como me dan solo lo que les sobra a veces me duermo sintiendo cómo me gritan las tripas, pero ellos no se enteran porque su cuarto está lejos y mis lamentos no les llegan.
Hace tres días que me acostumbré a escaparme al mediodía, cuando el humano saca la moto del patio, caminar un rato y pararme en la puerta de un supermercado donde todo el tiempo entran y salen personas, algunos cargados con paquetes que prometen toda clase de comidas. Yo los miro, los miro, les pongo mi mejor cara, pero hasta ahora no he logrado mucho. Hubo uno alto, ese sí, que me llamó, me hizo unos mimos y hasta me dio algo de carne en la esquina, pero cuando lo vi entrar a su casa y cerrar la puerta comprendí que su interés se había terminado y me volví al patio y el hueco debajo del parrillero.
Y acá sigo.


15 DE MAYO

Hoy me encontré de nuevo al grandote de la otra vez, y volvió a darme comida. Me sacó también fotos, como cuatro fotos. Debo haber salido muy demacrada; a esta altura no hay manera de evitar que se me marquen las costillas, porque los del patio y los niños malvados se ocupan cada vez menos de mí. A veces pienso que se olvidaron de mi existencia.
Por supuesto que lo seguí hasta la casa, que no es muy lejos del supermercado, y esta vez esperé un rato ante su puerta una vez que la hubo cerrado. Hice bien, porque al rato me trajo un recipiente con agua (limpia, para variar) y me habló muy cariñosamente. A mí me gusta el grandote, pero me pareció que por alguna razón no me va a adoptar, al menos por ahora.
Por eso, cuando cerró la puerta la segunda vez, me fui.
No estoy muy fuerte que digamos para las desilusiones, y además la noche se venía lluviosa y helada, pero sé que hice mal, especialmente porque la puerta del patio estaba cerrada cuando llegué y tuve que pasar toda la noche debajo de uno de los cajones de verdura, en la vereda del supermercado. Menos mal que los dueños no se dieron cuenta o me sacaban a pedrada limpia, como hicieron la semana pasada.
Cuándo dejará de llover.
Cuándo tantas cosas.


13 DE JUNIO

Hoy sí que fue un día raro. No sé si bueno o malo, pero raro sí, sin dudas.
En plena tarde, mientras hacía mi clásica función en la puerta del supermercado, cuál no sería mi sorpresa al ver de nuevo al grandote, que pensé que habría desaparecido del todo. Le hice muchas fiestas y él me correspondió, e incluso me llevó hasta la puerta de la carnicería, donde consiguió carne fresca y sabrosa. Hacía días que no comía algo que no oliera mal. Quizá meses.
De la carnicería emprendimos el camino a su casa. Yo lo seguía contenta y esperanzada, pero en eso sentí que me llamaba el de la moto. El del patio. El de los niños de la corneta. 
Crucé la calle hasta él, a ver si se había arrepentido de maltratarme y dejarme sola todo el día, pero no. Solo me llamó para marcar que (según parece) era algo así como “mi dueño”.
“Listo”, pensé. “Ahora me lleva de arrastro al patio y al infierno”.
Pero no, porque en eso el grandote (con muy buenos modos, debo reconocerlo) se puso a hablar con él y a decirle que no parecía estar ocupándose de mí si me dejaba sola todo el día, si me tenía flaca a más no poder, si en cualquier momento me mataba un auto por andar vagando por las calles. El otro pareció dudar, decidir si pelear por mí o por su honor, pero no mucho, a decir verdad, porque de pronto escuché que le decía:
_ Bueno, si te la querés quedar, por mí, quedatelá.
Y se dio media vuelta y se fue, sin mirar hacia atrás ni una sola vez. A mí me pareció que hasta se iba aliviado. Yo pensé que me iba a defender un poco, pero nada, ni un segundo. 
Me fui caminando con el grandote, que me llevó hasta su casa y esta vez sí me hizo pasar. Tuve que aprender a subir una cosa larga y con vueltitas que ellos llaman escalera, pero no fue difícil. Una vez adentro lo primero que miré fue que aunque el espacio era pequeño al menos no había patio, ni humanos pequeños, ni cornetas, y me puse a saltar y mover la cola de puro contenta. Él apenas entramos se dirigió  a la otra habitación y cerró la puerta, a través de la cual al ratito se empezaron a oír roces en la madera y maullidos suaves, como de gato de casa. A mí me gustan los gatos de las casas; son muy suaves y mimosos. Los de la calle no, porque más de una vez me robaron la comida a arañazo limpio, pero los que tienen familia me caen muy bien. Sí, ya me han dicho que los perros no debemos ser amigos de los gatos, pero yo soy así, qué le voy a hacer. Me caen bien.


20 DE JUNIO

Al final no me quedé a vivir en lo del grandote; resulta que él era solo un nexo hacia otro destino, en el que estoy ahora.
Vivo con otros perros y algunos gatos. No entiendo mucho cómo es esta familia; hay varios humanos que van y vienen durante el día y uno solo que se pasa aquí todo el tiempo pero nos tratan bien, con cariño. La humana que me trajo me tuvo incluso una noche en su casa y se ocupó de bañarme y matarme los bichitos, así que estoy como quien dice empezando una nueva vida.
Ya ni me acuerdo de cómo fueron las muchas casas en las que he estado antes. Los perros tenemos memoria afectiva pero no anecdótica, por suerte.
Y disculpen, pero ya es la hora de la cena y debo acercarme al reparto, o no me tocan los mejores pedazos. Buenas noches.

domingo, 9 de junio de 2013

UNA VEZ DORMÍ OCHO HORAS...




                Entré al bar por el patio trasero, como lo hacían todos, y consideré la posibilidad de ocupar alguna de las mesas debajo del parral donde el aire de la tardecita se hacía sentir en rachas suaves, pero terminé por instalarme en la sala interior, donde ya había varios grupos de personas. Deben ser todos conocidos, pensé. La mayoría rondaba los veintipico, y había en el ambiente un cierto clima de expectativa que atribuí a la tarde de domingo, con la clásica operación de mirar y ser mirado reducida al interior de un establecimiento en virtud del frío que este año se empezaba a sentir cada vez más temprano.
                La dueña, una mujer de unos cincuenta años regordeta y simpática, apareció a los pocos minutos con un cortado y dos medialunas que yo no recordaba haber ordenado. En verdad justo estaba por decidirme por algo dulce, dudando entre la torta de chocolate y los panqueques con dulce de leche. La miré interrogativa.
                _Tú aceptaste la dos cuando te pregunté si estaba bien, ¿te acuerdas?
                Sí, me acordaba, pero yo había pensado que se refería a la mesa dos, no a una promoción. Detesto los combos y me hubiera encantado pedir cualquier otra cosa no organizada de antemano. Igual, no importaba. O un poco sí, porque las medialunas eran de esas de color amarillo rabioso y altísimas, con pan como para cuatro porciones y fiambre y queso apenas dibujados con tinta traslúcida en el medio del socotroco, pero no opuse resistencia. La masa era chiclosa y me costó muchísimo pasar cada bocado.
                En eso estaba cuando a mi alrededor se empezó a gestar un movimiento de general nerviosidad. ¡Estaba por empezar el concurso! ¿Cómo que qué concurso? EL concurso. Una competencia de saberes y opiniones, por parejas, que se desarrollaba en forma simultánea en toda la ciudad. Ese bar era una de las filiales donde se daba la competencia, lo que me llevó a comprender cómo es que había tanta gente allí, cuando Melo por lo general los domingos solo bosteza y mira la tele.
Yo había ido sola, por unos trámites familiares, y me hallaba instalada en un hotel enorme y tranquilo de las afueras, sobre una calle de doble vía que una vez había pretendido ser el nuevo centro de la ciudad y ahí seguía, medio siglo después, sin siquiera ser pavimentada, con los yuyos y los bichos creciendo alegremente sin barrera alguna ni de hombres ni de cemento. A la mañana siguiente partiría en el ómnibus de las ocho de vuelta a mi casa en Montevideo, y esa oportunidad de pasar la noche sola en el oscuro rincón de los orígenes de mi gente me parecía por lo menos romántica y hasta casi aventurera.
                La competencia se desarrollaba de manera simultánea en todas las mesas donde una pareja participaba, e incluía un ítem de opinión, una pregunta de cultura general y una fundamentación de alguna cuestión teórica, todo lo cual se planteaba en prolijas tarjetitas blancas que se entregaban a uno de los dos jueces al terminar.
Cuando habían pasado unos minutos me retiré para hacer uso del baño, en el patio trasero. A la salida demoré varios minutos jugando con un gatito bebé hasta que la dueña, celosa a más no poder desde la casa de al lado, lo hizo entrar y me privó de la diversión. En ese momento me di cuenta de que el patio ya estaba baldeado y las sillas y mesas del mismo apiladas prolijamente sobre un costado, es decir, que toda la actividad se concentraba ahora en el interior del establecimiento.
Y allá fui.
Se estaban dando los puntajes. A la primera pareja, dos muchachos, los avergonzaron horriblemente al decirles que no habían pasado del mínimo porque la opinión que plantearon en el primer ítem era tan pobre como previsible. Eran muy exigentes y despiadados estos jueces melenses. Los participantes lo aceptaron contritos aunque se defendieron mínimamente aduciendo que a uno de los dos se le había roto la moto, por lo que llegaron con el tiempo justo y en un estado de ánimo nada apropiado para la argumentación persuasiva, pero nadie les llevó el apunte y se continuó con la entrega de resultados.
Terminé mi medialuna, pagué y ya me estaba retirando cuando me llaman los muchachos de una mesa cercana para preguntarme quién soy y qué estoy haciendo ahí, sola. Aprovecho para preguntarles quién ganó la competencia y por sus caras de extrema sorpresa deduzco que es algo de todo punto inadmisible que alguien hubiese permanecido en el bar sin prestar atención a cómo se iba definiendo la cosa. Habían ganado ellos, al menos en esa primera etapa. Los felicité y me quedé un ratito conversando, pero no mucho. Uno de los triunfadores trató de cimentar su triunfo intelectual conquistando a la nueva u obteniendo al menos mi teléfono pero no lo logró, porque a esa altura lo único que yo quería era volver al hotel antes de que cayera la noche.
Se me ocurrió que lo mejor sería no subir hasta la ruta sino tomar por la calle trasera, caminar unas ocho o diez cuadras y allí sí, subir un par más por la doble vía del hotel, y emprendí el camino. Bueno, camino, lo que se dice camino en verdad no fue, ya que a los pocos pasos me di cuenta de que volar sería infinitamente más práctico, y me elevé medio metro, con lo cual evitaba pasar demasiado cerca del pajonal de la esquina. Cientos de pájaros blancos, parecidos a lechuzas y en su mayoría pichones, ya estaban dispuestos a conciliar el sueño al borde del pajonal y me miraron pasar volando bajito sin inmutarse en lo más mínimo. Siempre que vuelo me pasa lo mismo: los animales lo aceptan mucho mejor que las personas, porque es algo natural y ellos lo saben.
Hacía años que no volaba; casi había olvidado que podía hacerlo. Y ni necesitaba aletear: aunque traté de colaborar con la operación moviendo brazos y piernas (porque me parecía que al menos debería tratar de imitar a las aves) nada cambiaba con ello mi forma de desplazarme, que consistía en un vuelo rasante con no más de una o dos cuadras de autonomía cada vez. Me pregunté por qué había dejado de hacerlo hacía tanto tiempo si era tan maravillosamente placentero y liberador, pero no supe responderme. Es verdad que muchas veces me había soñado volando, pero no era lo mismo que ahora, que sí lo estaba haciendo de verdad.
En la esquina del hotel pensé que la doble vía estaba aún más inundada de agua y de yuyos de lo que había previsto; tendría que volar todo el trayecto hasta mi punto de destino o me embarraría de pies a cabeza.
Ciudad rara, esta Melo. Semejante hotel de lujo, en una calle con pretensiones de gran avenida, y el turista lo único que ve al llegar son charcos barrosos y matorrales espesos. Tendrían que ponerse a arreglar las calles y dejarse de concursitos.
Levanté vuelo por última vez y me dirigí al hotel, que ya era tarde y a la mañana siguiente tendría que madrugar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

TOCO MADERA






Llego quince minutos antes de la hora coordinada para la operación y quince después de la hora en que debía presentarme en el Hospital Evangélico. Tras los trámites de admisión una especie de azafata nos conduce a mí y a otros cuatro pacientes al segundo piso. Los preoperados vamos pasando de a uno a otro sector mientras los acompañantes esperan; empiezo a preguntarme si sería necesario haber ido acompañada, teniendo en cuenta que lo mío es solo una cirugía de rutina, pequeña, ambulatoria, mínima, intrascendente (o eso espero).
En la zona de operaciones nos sacamos zapatos, ropa, relojes, caravanas e ainda mais para ataviarnos con esos sexys conjuntitos azules de blusa y pantalón que vaya a saber quién vistió antes y si los habrán lavado bien. Los pies van enfundados en unos coquetos zapatones celestes de papel atados con moña o nudo a gusto del paciente y el cabello debe desaparecer embutido en un frágil gorrito, con el que hago malabares para que los rulos no se escapen, cosa que logro a medias. Como debo dejar mochila y ropa en la sala común y no fui con nadie me dan un gorro extra para que guarde allí mis cosas de valor, si lo deseo.
Ya munida con mi historia clínica espero en otra sala, donde hay tres hombres ya disfrazados de pacientes azules, dos de ellos con suero. El más veterano es al que llevan primero. Se va deseándole suerte a los otros dos, que charlan animadamente. Uno de los que queda en la sala, el señor Ferro, parece un osito; sus brazos son un felpudo marrón tirando a rojo. El otro tiene 29 años y sufre de la columna; me entero de toda su historia porque es de lo único que sabe hablar, pobre. La viejita sentada a mi derecha, la misma que no le dejó la cartera a su marido “porque acá está el peine, por si lo preciso”, mira mis zapatones de papel y me copia el modelo de atado con moño en la parte de atrás, que le parece más chic. Al fin me llaman y parto acompañada por un enfermero que parece que está en su primer día porque las compañeras le explican cada etapa del protocolo para el ingreso de las víctimas propiciatorias a la sala de operaciones.
Soy la primera paciente de la tarde; el doctor Areosa se lava los brazos durante hora y media, más o menos, mientras me acuestan en la camilla y el enfermero novato pregunta si es necesario atarme las piernas, con lo que mi nivel de estrés sufre un salto importante, que desciende ante la pronta negativa de la nurse. Me ponen un pegotín en la pantorrilla que servirá para identificarme como fiambre en caso de necesidad, me imagino. Mueven acercándolo a mi cabeza el aparato cuadrado de las luces que hasta ahora solo había visto en las películas y me inunda el resplandor. ¿Será así la subida al cielo?
_ Ahora cierre fuerte los ojos, que le vamos a pasar alcohol por la cara. A ver… Un poco más. Siga cerrando. Avise si le arden los ojos.
_ Me arden.
_ Enfermera, una gasita con suero para los ojos de la señora.
La señora casi se emborracha con el olor a alcohol, pero sobrevive:
_ Vo’, Areosha, ¿somo’ amigo o no shomo’ amigo?
Un algo se apoya en mi frente. Había llegado el terrible momento del pinchazo o cortazo inicial.
_ Mire que esto es solo un lápiz, ¿eh?_ aclara Areosa, que capta mi preocupación.
Preocupación inútil, porque al fin y al cabo no sentí nada de nada: ni el pinchazo de la anestesia, ni el corte, ni la costura, nada de dolor ni sensación, salvo un poquito de asco escuchar sus deliciosas charlas sobre un accidentado del día anterior cuya pierna parecía un libro abierto de anatomía por lo escalpada que estaba desde la ingle al talón y otras delicatessen ideales para el que está siendo tajeado y cosido. En cierto momento sentí que me ponían una curita en la frente, y listo. 
El lunar de toda la vida, cuyo crecimiento me estaba empezando a preocupar, no estaba más.
_ Ya se puede incorporar, despacio. No haga fuerza ni se agache, en lo posible, y en una semana venga a verme.
La enfermera me guió hasta el baño, donde al abrir la puerta casi sorprendo en paños más que menores a otro paciente, hasta que quedó libre el espacio, me vestí y salí.
Un extravío cualquiera tiene en la vida, y más en este Evangélico en obras, con albañiles por todos lados. Tras probar tres o cuatro puertas y preguntarle por la salida al muchacho de la espalda dolorida, al fin logro reencontrarme con el ascensor y salir a la vereda, al aire libre, a la tarde de sol.
Por la calle me parece que todos me miran la frente y se preguntan si será que me lastimó un chorro, si me habrá golpeado mi pareja o si me caí por ahí, aunque capaz que son solo ideas mías y nadie nota la prolija mancha blanca encima de mi ojo derecho. El 404 viene pronto y en veinte minutos llego a casa. Roldana y Tania no entienden que no debo agacharme y me ladillean hasta que al final con mil precauciones les doy el atún que reclaman y acceden a dejarme en paz por un ratito.
He sobrevivido a mi primera operación.
Ojalá que sea la última, así me queda un buen recuerdo de estas lides.
Toco madera.


lunes, 6 de mayo de 2013

LUNES OTRA VEZ, SOBRE LA CIUDAD…








CAPÍTULO 1: EL 58

Llego a la coordinación de cuarto año sacándome chalina y saco apenas entro, muerta de calor. Se decide una encuesta a los alumnos sobre temas varios, terminado lo cual me dirijo subrepticiamente a Sala de Profes a fin de dar cuenta de mi torta de puerros de la panadería Fénix sin impregnar con su delicado aroma a todos y cada uno de mis compañeros. Tanto ella como el delicioso alfajor de chocolate y dulce de leche que compré de pasada para el liceo me convencen de que lo mío con la Fénix no es pura nostalgia: es la mejor panadería de Montevideo.
Terminado el almuerzo acompañé el postre con dos cafecitos (porque el primero lo hice con café de máquina y lo tuve que tirar por la pileta del baño… no digan nada), y me instalé en la etapa dos de la coordinación, la de quinto y sexto año, pero duré poco porque al minuto vino a buscarme la Subdirectora para que la acompañara a una entrevista con dos señoras cuenteras.
Las damas eran Reneé y Elsye, narradoras orales según su propia definición y de edad avanzada según rápida comprobación ocular. Quieren armar talleres con los alumnos, tuvimos un buen rato de instructiva conversación con ambas y dejamos la cosa medianamente encaminada.
A la salida de la charla ya era tarde, de modo que unos minutos después me escurrí de la coordinación (nuevamente… no digan nada). Tenía trámites para hacer sí o sí antes de las cuatro de la tarde.

CAPÍTULO 2: EL 155
            Menos mal que saqué boleto de dos horas porque este ómnibus recorre la ciudad con una meticulosidad que asusta. Igual es un placer andar (casi) al aire libre, bajo un cielo azul intenso y amigable, y más cuando empiezo a reconocer lugares queridos de la infancia por los que hacía siglos que no pasaba: la calle de mi abuela, la canchita del Primavera, la panadería Danubio. Pero el 155 siguió dando vueltas implacable y cada vez más el recorrido era una mezcla de tristeza, hambre y basurales tan endémicos como los perros que merodeaban. De vez en cuando algo pintoresco, como un taller de motos consistente solo en cuatro piques y un toldo de nylon, o un pequeño cubículo de bloques pintado orgullosamente de amarillo rabioso y con el ostentoso rótulo de “Fulanito Coiffeur”. Se ven Iglesias Pentecostales por todos lados, el Cementerio del Norte, un liceo sin número a la vista, hasta que de pronto volvemos a la ciudad conocida, tomamos por San Martín y pasamos por una esquina donde un señor charla con la vecina mientras a su costado descansan sus tres últimas botellas de cerveza y un impecable vaso de vidrio, todos prolijamente alineados en la escalera de entrada a un supermercado del barrio.




CAPÍTULO 3: EN BUSCA DEL CODICEN PERDIDO

            Nadie tenía muy claro adónde debía ir para buscar uno de los benditos formularios que Secundaria me reclama este año, así que me dirigí al sitio votado por mayoría absoluta entre mis interrogados: el edificio de la esquina de atrás del IPA, donde antes funcionaba la Inspección de Formación Docente.
            Un muchacho de unos veinte años, alto y lindo, me gritó al pasar algo que me dejó pensando:
            _ ¡Pero qué veterana más hermosa, por dios!
            Sin comentarios. De verdad, sin comentarios.
            Llegué al edificio, me mandaron de una oficina a otra y al final resultó que debía ir a otro barrio: Colonia y Av. Del Libertador. Y allá fui.
            No me gusta andar sola en ascensor, y menos si tengo que ir a un piso tal alto como el octavo, pero por suerte un muchacho subió conmigo y hasta me indicó a qué puerta tocar, porque era de los funcionarios de ese piso. Para mi sorpresa el trámite fue tan amable como veloz, y un rato después salía de allí con el Formulario B en la mano. Como el ascensor demoraba y mi apuro crecía (porque debía estar en menos de veinte minutos en la Ciudad Vieja) terminé bajando de a pie, al menos hasta el primer piso, porque cuando intenté llegar a la Planta Baja desemboqué en una negrura tipo sótano que me hizo retroceder, por si acaso, y subir muy modosita al aparato por un solo nivel.
            Casi corro hasta la oficina de Acumulaciones pero al final llegué con cinco minutos de tiempo. Un rato más tarde salía con la anotación mental de qué es lo que me falta conseguir ahora. Es como un ritual: yo voy, les llevo rimeros de papeles, las miro esperanzada, hay un minuto de silencio y escucho una frase lapidaria que empieza con “Bien, Profesora, ahora solo le falta traer…”.
            A la salida el viento huracanado casi me vuela, y tuve que meter los formularios A. B y C en la mochila, porque se me estaban arrugando de solo enfrentar la revuelta de tiempo. Al menos ya no tenía urgencia para el resto de los trámites de la tarde.

CAPÍTULO 4: TRES CRUCES BIENAMADA

            Cola en CITA. Gesto solidario de la tarde: dejo pasar a una señora con bebito. Hago oídos sordos a la histeria creciente de los clientes ante la lentitud del proceso de adquirir los boletos y termino en Buquebús, donde me aseguro pasajes y hotel para este fin de semana en Buenos Aires, con lo cual salgo de la terminal cantando bajito y casi flotando sobre las escalinatas de Bulevar Artigas. En el 526, nuevo gesto solidario al dejar sentar a joven que acababa de darle su sitio a un ciego. Estuve mejor de lo que creía, porque ella estaba recién operada, como me contó cuando nos pusimos a charlar a propósito del pésimo humor del ciego, que ese día aún no había almorzado y estaba despotricando de lo lindo contra todo el mundo, partiendo de la idea base de que “la gente es una porquería”.

CAPÍTULO 5:    EL CHOPIN

            En el cajero del BROU otra cola, de unas ocho personas esta vez, y en el interín charla con una francesa, en inglés. Opa. La Alianza rinde sus frutos, aunque tanto Madame X como yo reconocimos que nuestro english es pésimo. Ella había estudiado español y yo francés pero ambas preferimos champurrear un yanqui básico, por las dudas. Estaba haciendo un viaje por el continente con su marido en una casa rodante y se mostró encantada con la gente, el ambiente y la comida en Uruguay, aunque reconoció que somos un país bastante caro. Charlamos como diez minutos, después la acompañé hasta un cajero de Banred porque el del BROU no servía a su tarjeta, y hasta me la crucé un rato después en Tienda Inglesa, donde nos saludamos casi como vecinas.
            Enésima cola del día, en el Banco esta vez. Pago el alquiler. Paso por el stand de Comprador Frecuente, saco una revista para leer en el ómnibus, me tiro hasta la Tienda a hacer mandados y luego a Mosca, recorrido durante el cual me doy cuenta, ante las caras de decepción de ciertas empleadas del piso de arriba del Shopping, que se ha largado a llover. Por suerte no me mojo y en el 405 mis cuatro bolsas de mandados y yo nos acomodamos (es un decir) cerca de la guarda, en medio de un mar humano que enlentece la salida de cada parada, porque es difícil cerrar la puerta con tantos pasajeros amontonados en los escalones delanteros. Por el camino sube el padre más hermoso del mundo con un niño en brazos. Yo voy en el asiento para lisiados, pero no tengo que levantarme, por suerte, porque mi espalda me duele tanto que el “pero qué veterana… (etc.)” me resuena en los oídos minuto a minuto. Antes de bajar saludo a un muchacho que conozco aunque ni idea de quién es y veo con sorpresa que el padre hermoso no solo baja en mi parada sino que se da vuelta a mirarme, con niño en brazos y todo. Por momentos pesa más el “hermosa” que el “veterana”, y sigo mi camino entre truenos y relámpagos, sin lluvia por ahora.
            Cinco omnibuses y siete horas después de haberme ido vuelvo a entrar a mi hogar dulce hogar.
            Quién le explica a Roldana que este no es momento para ponerse a maullar y revolotear con cara de hambre alrededor de la heladera. Y quién me explica a mí por qué, cansada y todo, con dolor de espaldas, sin el trámite hecho, con un montón de plata menos y oyendo la tormenta que presagia un martes lluvioso e invernal, aún sigo portando esta estúpida sonrisa que hace días no consigo borrar de mi cara.
            Pregunta retórica, amigo lector.
            Conozco la respuesta.



miércoles, 1 de mayo de 2013

TE PARECE

TE PARECE





_ Agarrás por la vereda de Las Violetas y doblás en la primera a la derecha. Sí, Las Violetas, la tienda de las dos viejitas, ¿te acordás que te conté? Bueno, ves la Barraca Libertad y seguís hasta pasar por el almacén de Cristina al lado del pasillo que lleva a Osvaldo Cruz. Ojo que al pasillo no lo vas a ver porque está escondido, es solo para los del barrio. Nada, pasa que Barros Arana tiene casi cuatro cuadras sin transversales y un día a alguno se le ocurrió armar una cortada hasta Osvaldo Cruz para no tener que dar la vuelta a la manzana, que es eterna. Parece peligroso porque no tiene más de un metro de ancho, dura una cuadra y está medio escondido entre los transparentes y los rosales, pero si un día tenés que usarlo dale sin miedo. Los milicos de la dictadura se agarraban la cabeza cuando venían a desalojar las curtiembres y los obreros se les escapaban como por arte de magia, ¡ja ja! Cómo se ve que ninguno era de la vuelta, o habrían sabido. Esa fábrica que ves de los dos lados es la Montevideo. Ah, claro, además de verla también la podés oler, como a todas las del barrio. Más adelante está la Bama. Sí, fábricas, curtiembres, yo qué sé, está llena de industrias la calle, casi no hay casas. Los pitos de las entradas y salidas de los turnos enloquecen a todo el mundo, menos a mi vieja, que los usaba de reloj: “hace un ratito que sonó la Bama, deben ser las tres y cuarto”. Bueno, a esta altura ya pasaste la mitad del trayecto, incluyendo el bar con billares y fotos antiguas del viejo de patillas, el padre de la Gorda Mariela De La Parrillada. Ahora que lo pienso, ¿sabés?, ahí debe haber nacido mi vocación docente, porque me acuerdo que a veces iba a darles clases particulares y honorarias a la gorda y dos de sus amigas, un par de años menores que yo y bastante duritas en la escuela. Pero vos seguí caminando. ¿Viste un par de casas gemelas muy lindas, con jardines? Son de los Sea, los dueños de la fábrica que está atrás. El terreno del fondo es gigante, hasta cancha de fútbol tiene. Ahí fue que el Cele se lastimó la rodilla de puro chambón nomás y se pasó como cinco meses jodiendo cada vez que mi vieja se daba vuelta en la cama y lo tocaba sin querer: “¡la rodilla, Inés!”. Nosotros vivíamos enfrente a los Sea, en la casa más chiquita de las dos, al lado de la de Tía Marina. Sí, la que tenía la Austin roja y blanca en la puerta. Al otro lado, en la casilla de lata, vivían Lucy y la familia. Creo que eran medio parientes de Sergio, aquel ciego al que mis viejos y todo el barrio ayudaban a sortear las decenas de camiones que se paran todo el día a esta altura de la calle. Empiezan en la Appelsa y enfilan hacia Cuchilla Grande en una línea interminable. A veces son brasileros o argentinos; los conductores se bajan, hacen picnics en la vereda, escuchan música, hasta alguno se tira en el pasto a dormir de vez en cuando, porque las colas duran todo el día. Una vez a uno se le escapó un charaboncito que se metió en mi casa y nunca devolvimos. Pobre bicho, tendría unos meses. Yo armé un escándalo porque me habían dicho que los ñandúes les comen los ojos a los gatos y lloré toda la tarde pero igual lo dejaron en casa por unos días, hasta que el fin de semana fuimos de visita a la chacra de Tío Arazatí y ahí lo largamos. Mi gato el Suco se escapó porque ni entró en todo ese tiempo, muerto de miedo por semejante intruso, animalito de dios. No, de la fábrica gigante no me acuerdo del nombre, aunque sí de la corriente de agua sucia que eternamente ocupaba medio metro junto al cordón de la vereda y corría hasta el bajo. El agua de la cañada siempre tenía colores extraños, verdes, azules, turquesas, anaranjados. Ahí la calle se convertía en puente y por unos metros uno solo veía campo y cañaverales, hasta que empezaba el cantegril de Quevedo. No, es verdad que antes no era un cantegril, solo había cuatro o cinco casitas muy modestas de gente tranquila que saludaba al pasar y barría la vereda de tierra todos los días. Yo iba a lo de mi abuela por la calle Quevedo sola y a veces en bicicleta sin el menor miedo. Mis dos abuelas vivían a pocas cuadras de casa, una para cada lado. Para ir a lo de la Vieja Barreto cruzaba el pasillo hacia Osvaldo Cruz y para ir a lo de la Baia agarraba por Quevedo, pasaba por el Club Primavera y ya estaba en la calle Lutecia. O seguía de largo por Barros Arana hasta la librería El Siglo, cuya superficie total rondaría los cuatro metros cuadrados. Las dos viejitas que la atendían debían amarme; no había clavo que no les sacara de encima. Me acuerdo como si fuera hoy del ruido de la puerta de metal al abrirse y del olor a papel y útiles escolares que inundaba hasta la vereda cuando uno entraba. Al lado se iniciaba el Jardín Dos Marías, los aromas cambiaban de golpe y se hacían verdes y frescos. A veces pienso que algún día tendría que cambiar mi ruta cuando vuelvo del liceo y meterme por Barros Arana a ver qué fue de todo eso en los treinta años que hace que me mudé para la cooperativa, pero no me animo, no me animo... Ah, ¿seguís ahí? No sé qué te estaba diciendo. No importa. Preguntale a alguien que te pueda orientar, igual ya estás en Camino Maldonado. ¿Eh? ¿El tono? No, m’hijo, no. No estoy llorando. Te parece.