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domingo, 9 de junio de 2013

UNA VEZ DORMÍ OCHO HORAS...




                Entré al bar por el patio trasero, como lo hacían todos, y consideré la posibilidad de ocupar alguna de las mesas debajo del parral donde el aire de la tardecita se hacía sentir en rachas suaves, pero terminé por instalarme en la sala interior, donde ya había varios grupos de personas. Deben ser todos conocidos, pensé. La mayoría rondaba los veintipico, y había en el ambiente un cierto clima de expectativa que atribuí a la tarde de domingo, con la clásica operación de mirar y ser mirado reducida al interior de un establecimiento en virtud del frío que este año se empezaba a sentir cada vez más temprano.
                La dueña, una mujer de unos cincuenta años regordeta y simpática, apareció a los pocos minutos con un cortado y dos medialunas que yo no recordaba haber ordenado. En verdad justo estaba por decidirme por algo dulce, dudando entre la torta de chocolate y los panqueques con dulce de leche. La miré interrogativa.
                _Tú aceptaste la dos cuando te pregunté si estaba bien, ¿te acuerdas?
                Sí, me acordaba, pero yo había pensado que se refería a la mesa dos, no a una promoción. Detesto los combos y me hubiera encantado pedir cualquier otra cosa no organizada de antemano. Igual, no importaba. O un poco sí, porque las medialunas eran de esas de color amarillo rabioso y altísimas, con pan como para cuatro porciones y fiambre y queso apenas dibujados con tinta traslúcida en el medio del socotroco, pero no opuse resistencia. La masa era chiclosa y me costó muchísimo pasar cada bocado.
                En eso estaba cuando a mi alrededor se empezó a gestar un movimiento de general nerviosidad. ¡Estaba por empezar el concurso! ¿Cómo que qué concurso? EL concurso. Una competencia de saberes y opiniones, por parejas, que se desarrollaba en forma simultánea en toda la ciudad. Ese bar era una de las filiales donde se daba la competencia, lo que me llevó a comprender cómo es que había tanta gente allí, cuando Melo por lo general los domingos solo bosteza y mira la tele.
Yo había ido sola, por unos trámites familiares, y me hallaba instalada en un hotel enorme y tranquilo de las afueras, sobre una calle de doble vía que una vez había pretendido ser el nuevo centro de la ciudad y ahí seguía, medio siglo después, sin siquiera ser pavimentada, con los yuyos y los bichos creciendo alegremente sin barrera alguna ni de hombres ni de cemento. A la mañana siguiente partiría en el ómnibus de las ocho de vuelta a mi casa en Montevideo, y esa oportunidad de pasar la noche sola en el oscuro rincón de los orígenes de mi gente me parecía por lo menos romántica y hasta casi aventurera.
                La competencia se desarrollaba de manera simultánea en todas las mesas donde una pareja participaba, e incluía un ítem de opinión, una pregunta de cultura general y una fundamentación de alguna cuestión teórica, todo lo cual se planteaba en prolijas tarjetitas blancas que se entregaban a uno de los dos jueces al terminar.
Cuando habían pasado unos minutos me retiré para hacer uso del baño, en el patio trasero. A la salida demoré varios minutos jugando con un gatito bebé hasta que la dueña, celosa a más no poder desde la casa de al lado, lo hizo entrar y me privó de la diversión. En ese momento me di cuenta de que el patio ya estaba baldeado y las sillas y mesas del mismo apiladas prolijamente sobre un costado, es decir, que toda la actividad se concentraba ahora en el interior del establecimiento.
Y allá fui.
Se estaban dando los puntajes. A la primera pareja, dos muchachos, los avergonzaron horriblemente al decirles que no habían pasado del mínimo porque la opinión que plantearon en el primer ítem era tan pobre como previsible. Eran muy exigentes y despiadados estos jueces melenses. Los participantes lo aceptaron contritos aunque se defendieron mínimamente aduciendo que a uno de los dos se le había roto la moto, por lo que llegaron con el tiempo justo y en un estado de ánimo nada apropiado para la argumentación persuasiva, pero nadie les llevó el apunte y se continuó con la entrega de resultados.
Terminé mi medialuna, pagué y ya me estaba retirando cuando me llaman los muchachos de una mesa cercana para preguntarme quién soy y qué estoy haciendo ahí, sola. Aprovecho para preguntarles quién ganó la competencia y por sus caras de extrema sorpresa deduzco que es algo de todo punto inadmisible que alguien hubiese permanecido en el bar sin prestar atención a cómo se iba definiendo la cosa. Habían ganado ellos, al menos en esa primera etapa. Los felicité y me quedé un ratito conversando, pero no mucho. Uno de los triunfadores trató de cimentar su triunfo intelectual conquistando a la nueva u obteniendo al menos mi teléfono pero no lo logró, porque a esa altura lo único que yo quería era volver al hotel antes de que cayera la noche.
Se me ocurrió que lo mejor sería no subir hasta la ruta sino tomar por la calle trasera, caminar unas ocho o diez cuadras y allí sí, subir un par más por la doble vía del hotel, y emprendí el camino. Bueno, camino, lo que se dice camino en verdad no fue, ya que a los pocos pasos me di cuenta de que volar sería infinitamente más práctico, y me elevé medio metro, con lo cual evitaba pasar demasiado cerca del pajonal de la esquina. Cientos de pájaros blancos, parecidos a lechuzas y en su mayoría pichones, ya estaban dispuestos a conciliar el sueño al borde del pajonal y me miraron pasar volando bajito sin inmutarse en lo más mínimo. Siempre que vuelo me pasa lo mismo: los animales lo aceptan mucho mejor que las personas, porque es algo natural y ellos lo saben.
Hacía años que no volaba; casi había olvidado que podía hacerlo. Y ni necesitaba aletear: aunque traté de colaborar con la operación moviendo brazos y piernas (porque me parecía que al menos debería tratar de imitar a las aves) nada cambiaba con ello mi forma de desplazarme, que consistía en un vuelo rasante con no más de una o dos cuadras de autonomía cada vez. Me pregunté por qué había dejado de hacerlo hacía tanto tiempo si era tan maravillosamente placentero y liberador, pero no supe responderme. Es verdad que muchas veces me había soñado volando, pero no era lo mismo que ahora, que sí lo estaba haciendo de verdad.
En la esquina del hotel pensé que la doble vía estaba aún más inundada de agua y de yuyos de lo que había previsto; tendría que volar todo el trayecto hasta mi punto de destino o me embarraría de pies a cabeza.
Ciudad rara, esta Melo. Semejante hotel de lujo, en una calle con pretensiones de gran avenida, y el turista lo único que ve al llegar son charcos barrosos y matorrales espesos. Tendrían que ponerse a arreglar las calles y dejarse de concursitos.
Levanté vuelo por última vez y me dirigí al hotel, que ya era tarde y a la mañana siguiente tendría que madrugar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

TOCO MADERA






Llego quince minutos antes de la hora coordinada para la operación y quince después de la hora en que debía presentarme en el Hospital Evangélico. Tras los trámites de admisión una especie de azafata nos conduce a mí y a otros cuatro pacientes al segundo piso. Los preoperados vamos pasando de a uno a otro sector mientras los acompañantes esperan; empiezo a preguntarme si sería necesario haber ido acompañada, teniendo en cuenta que lo mío es solo una cirugía de rutina, pequeña, ambulatoria, mínima, intrascendente (o eso espero).
En la zona de operaciones nos sacamos zapatos, ropa, relojes, caravanas e ainda mais para ataviarnos con esos sexys conjuntitos azules de blusa y pantalón que vaya a saber quién vistió antes y si los habrán lavado bien. Los pies van enfundados en unos coquetos zapatones celestes de papel atados con moña o nudo a gusto del paciente y el cabello debe desaparecer embutido en un frágil gorrito, con el que hago malabares para que los rulos no se escapen, cosa que logro a medias. Como debo dejar mochila y ropa en la sala común y no fui con nadie me dan un gorro extra para que guarde allí mis cosas de valor, si lo deseo.
Ya munida con mi historia clínica espero en otra sala, donde hay tres hombres ya disfrazados de pacientes azules, dos de ellos con suero. El más veterano es al que llevan primero. Se va deseándole suerte a los otros dos, que charlan animadamente. Uno de los que queda en la sala, el señor Ferro, parece un osito; sus brazos son un felpudo marrón tirando a rojo. El otro tiene 29 años y sufre de la columna; me entero de toda su historia porque es de lo único que sabe hablar, pobre. La viejita sentada a mi derecha, la misma que no le dejó la cartera a su marido “porque acá está el peine, por si lo preciso”, mira mis zapatones de papel y me copia el modelo de atado con moño en la parte de atrás, que le parece más chic. Al fin me llaman y parto acompañada por un enfermero que parece que está en su primer día porque las compañeras le explican cada etapa del protocolo para el ingreso de las víctimas propiciatorias a la sala de operaciones.
Soy la primera paciente de la tarde; el doctor Areosa se lava los brazos durante hora y media, más o menos, mientras me acuestan en la camilla y el enfermero novato pregunta si es necesario atarme las piernas, con lo que mi nivel de estrés sufre un salto importante, que desciende ante la pronta negativa de la nurse. Me ponen un pegotín en la pantorrilla que servirá para identificarme como fiambre en caso de necesidad, me imagino. Mueven acercándolo a mi cabeza el aparato cuadrado de las luces que hasta ahora solo había visto en las películas y me inunda el resplandor. ¿Será así la subida al cielo?
_ Ahora cierre fuerte los ojos, que le vamos a pasar alcohol por la cara. A ver… Un poco más. Siga cerrando. Avise si le arden los ojos.
_ Me arden.
_ Enfermera, una gasita con suero para los ojos de la señora.
La señora casi se emborracha con el olor a alcohol, pero sobrevive:
_ Vo’, Areosha, ¿somo’ amigo o no shomo’ amigo?
Un algo se apoya en mi frente. Había llegado el terrible momento del pinchazo o cortazo inicial.
_ Mire que esto es solo un lápiz, ¿eh?_ aclara Areosa, que capta mi preocupación.
Preocupación inútil, porque al fin y al cabo no sentí nada de nada: ni el pinchazo de la anestesia, ni el corte, ni la costura, nada de dolor ni sensación, salvo un poquito de asco escuchar sus deliciosas charlas sobre un accidentado del día anterior cuya pierna parecía un libro abierto de anatomía por lo escalpada que estaba desde la ingle al talón y otras delicatessen ideales para el que está siendo tajeado y cosido. En cierto momento sentí que me ponían una curita en la frente, y listo. 
El lunar de toda la vida, cuyo crecimiento me estaba empezando a preocupar, no estaba más.
_ Ya se puede incorporar, despacio. No haga fuerza ni se agache, en lo posible, y en una semana venga a verme.
La enfermera me guió hasta el baño, donde al abrir la puerta casi sorprendo en paños más que menores a otro paciente, hasta que quedó libre el espacio, me vestí y salí.
Un extravío cualquiera tiene en la vida, y más en este Evangélico en obras, con albañiles por todos lados. Tras probar tres o cuatro puertas y preguntarle por la salida al muchacho de la espalda dolorida, al fin logro reencontrarme con el ascensor y salir a la vereda, al aire libre, a la tarde de sol.
Por la calle me parece que todos me miran la frente y se preguntan si será que me lastimó un chorro, si me habrá golpeado mi pareja o si me caí por ahí, aunque capaz que son solo ideas mías y nadie nota la prolija mancha blanca encima de mi ojo derecho. El 404 viene pronto y en veinte minutos llego a casa. Roldana y Tania no entienden que no debo agacharme y me ladillean hasta que al final con mil precauciones les doy el atún que reclaman y acceden a dejarme en paz por un ratito.
He sobrevivido a mi primera operación.
Ojalá que sea la última, así me queda un buen recuerdo de estas lides.
Toco madera.


lunes, 6 de mayo de 2013

LUNES OTRA VEZ, SOBRE LA CIUDAD…








CAPÍTULO 1: EL 58

Llego a la coordinación de cuarto año sacándome chalina y saco apenas entro, muerta de calor. Se decide una encuesta a los alumnos sobre temas varios, terminado lo cual me dirijo subrepticiamente a Sala de Profes a fin de dar cuenta de mi torta de puerros de la panadería Fénix sin impregnar con su delicado aroma a todos y cada uno de mis compañeros. Tanto ella como el delicioso alfajor de chocolate y dulce de leche que compré de pasada para el liceo me convencen de que lo mío con la Fénix no es pura nostalgia: es la mejor panadería de Montevideo.
Terminado el almuerzo acompañé el postre con dos cafecitos (porque el primero lo hice con café de máquina y lo tuve que tirar por la pileta del baño… no digan nada), y me instalé en la etapa dos de la coordinación, la de quinto y sexto año, pero duré poco porque al minuto vino a buscarme la Subdirectora para que la acompañara a una entrevista con dos señoras cuenteras.
Las damas eran Reneé y Elsye, narradoras orales según su propia definición y de edad avanzada según rápida comprobación ocular. Quieren armar talleres con los alumnos, tuvimos un buen rato de instructiva conversación con ambas y dejamos la cosa medianamente encaminada.
A la salida de la charla ya era tarde, de modo que unos minutos después me escurrí de la coordinación (nuevamente… no digan nada). Tenía trámites para hacer sí o sí antes de las cuatro de la tarde.

CAPÍTULO 2: EL 155
            Menos mal que saqué boleto de dos horas porque este ómnibus recorre la ciudad con una meticulosidad que asusta. Igual es un placer andar (casi) al aire libre, bajo un cielo azul intenso y amigable, y más cuando empiezo a reconocer lugares queridos de la infancia por los que hacía siglos que no pasaba: la calle de mi abuela, la canchita del Primavera, la panadería Danubio. Pero el 155 siguió dando vueltas implacable y cada vez más el recorrido era una mezcla de tristeza, hambre y basurales tan endémicos como los perros que merodeaban. De vez en cuando algo pintoresco, como un taller de motos consistente solo en cuatro piques y un toldo de nylon, o un pequeño cubículo de bloques pintado orgullosamente de amarillo rabioso y con el ostentoso rótulo de “Fulanito Coiffeur”. Se ven Iglesias Pentecostales por todos lados, el Cementerio del Norte, un liceo sin número a la vista, hasta que de pronto volvemos a la ciudad conocida, tomamos por San Martín y pasamos por una esquina donde un señor charla con la vecina mientras a su costado descansan sus tres últimas botellas de cerveza y un impecable vaso de vidrio, todos prolijamente alineados en la escalera de entrada a un supermercado del barrio.




CAPÍTULO 3: EN BUSCA DEL CODICEN PERDIDO

            Nadie tenía muy claro adónde debía ir para buscar uno de los benditos formularios que Secundaria me reclama este año, así que me dirigí al sitio votado por mayoría absoluta entre mis interrogados: el edificio de la esquina de atrás del IPA, donde antes funcionaba la Inspección de Formación Docente.
            Un muchacho de unos veinte años, alto y lindo, me gritó al pasar algo que me dejó pensando:
            _ ¡Pero qué veterana más hermosa, por dios!
            Sin comentarios. De verdad, sin comentarios.
            Llegué al edificio, me mandaron de una oficina a otra y al final resultó que debía ir a otro barrio: Colonia y Av. Del Libertador. Y allá fui.
            No me gusta andar sola en ascensor, y menos si tengo que ir a un piso tal alto como el octavo, pero por suerte un muchacho subió conmigo y hasta me indicó a qué puerta tocar, porque era de los funcionarios de ese piso. Para mi sorpresa el trámite fue tan amable como veloz, y un rato después salía de allí con el Formulario B en la mano. Como el ascensor demoraba y mi apuro crecía (porque debía estar en menos de veinte minutos en la Ciudad Vieja) terminé bajando de a pie, al menos hasta el primer piso, porque cuando intenté llegar a la Planta Baja desemboqué en una negrura tipo sótano que me hizo retroceder, por si acaso, y subir muy modosita al aparato por un solo nivel.
            Casi corro hasta la oficina de Acumulaciones pero al final llegué con cinco minutos de tiempo. Un rato más tarde salía con la anotación mental de qué es lo que me falta conseguir ahora. Es como un ritual: yo voy, les llevo rimeros de papeles, las miro esperanzada, hay un minuto de silencio y escucho una frase lapidaria que empieza con “Bien, Profesora, ahora solo le falta traer…”.
            A la salida el viento huracanado casi me vuela, y tuve que meter los formularios A. B y C en la mochila, porque se me estaban arrugando de solo enfrentar la revuelta de tiempo. Al menos ya no tenía urgencia para el resto de los trámites de la tarde.

CAPÍTULO 4: TRES CRUCES BIENAMADA

            Cola en CITA. Gesto solidario de la tarde: dejo pasar a una señora con bebito. Hago oídos sordos a la histeria creciente de los clientes ante la lentitud del proceso de adquirir los boletos y termino en Buquebús, donde me aseguro pasajes y hotel para este fin de semana en Buenos Aires, con lo cual salgo de la terminal cantando bajito y casi flotando sobre las escalinatas de Bulevar Artigas. En el 526, nuevo gesto solidario al dejar sentar a joven que acababa de darle su sitio a un ciego. Estuve mejor de lo que creía, porque ella estaba recién operada, como me contó cuando nos pusimos a charlar a propósito del pésimo humor del ciego, que ese día aún no había almorzado y estaba despotricando de lo lindo contra todo el mundo, partiendo de la idea base de que “la gente es una porquería”.

CAPÍTULO 5:    EL CHOPIN

            En el cajero del BROU otra cola, de unas ocho personas esta vez, y en el interín charla con una francesa, en inglés. Opa. La Alianza rinde sus frutos, aunque tanto Madame X como yo reconocimos que nuestro english es pésimo. Ella había estudiado español y yo francés pero ambas preferimos champurrear un yanqui básico, por las dudas. Estaba haciendo un viaje por el continente con su marido en una casa rodante y se mostró encantada con la gente, el ambiente y la comida en Uruguay, aunque reconoció que somos un país bastante caro. Charlamos como diez minutos, después la acompañé hasta un cajero de Banred porque el del BROU no servía a su tarjeta, y hasta me la crucé un rato después en Tienda Inglesa, donde nos saludamos casi como vecinas.
            Enésima cola del día, en el Banco esta vez. Pago el alquiler. Paso por el stand de Comprador Frecuente, saco una revista para leer en el ómnibus, me tiro hasta la Tienda a hacer mandados y luego a Mosca, recorrido durante el cual me doy cuenta, ante las caras de decepción de ciertas empleadas del piso de arriba del Shopping, que se ha largado a llover. Por suerte no me mojo y en el 405 mis cuatro bolsas de mandados y yo nos acomodamos (es un decir) cerca de la guarda, en medio de un mar humano que enlentece la salida de cada parada, porque es difícil cerrar la puerta con tantos pasajeros amontonados en los escalones delanteros. Por el camino sube el padre más hermoso del mundo con un niño en brazos. Yo voy en el asiento para lisiados, pero no tengo que levantarme, por suerte, porque mi espalda me duele tanto que el “pero qué veterana… (etc.)” me resuena en los oídos minuto a minuto. Antes de bajar saludo a un muchacho que conozco aunque ni idea de quién es y veo con sorpresa que el padre hermoso no solo baja en mi parada sino que se da vuelta a mirarme, con niño en brazos y todo. Por momentos pesa más el “hermosa” que el “veterana”, y sigo mi camino entre truenos y relámpagos, sin lluvia por ahora.
            Cinco omnibuses y siete horas después de haberme ido vuelvo a entrar a mi hogar dulce hogar.
            Quién le explica a Roldana que este no es momento para ponerse a maullar y revolotear con cara de hambre alrededor de la heladera. Y quién me explica a mí por qué, cansada y todo, con dolor de espaldas, sin el trámite hecho, con un montón de plata menos y oyendo la tormenta que presagia un martes lluvioso e invernal, aún sigo portando esta estúpida sonrisa que hace días no consigo borrar de mi cara.
            Pregunta retórica, amigo lector.
            Conozco la respuesta.



miércoles, 1 de mayo de 2013

TE PARECE

TE PARECE





_ Agarrás por la vereda de Las Violetas y doblás en la primera a la derecha. Sí, Las Violetas, la tienda de las dos viejitas, ¿te acordás que te conté? Bueno, ves la Barraca Libertad y seguís hasta pasar por el almacén de Cristina al lado del pasillo que lleva a Osvaldo Cruz. Ojo que al pasillo no lo vas a ver porque está escondido, es solo para los del barrio. Nada, pasa que Barros Arana tiene casi cuatro cuadras sin transversales y un día a alguno se le ocurrió armar una cortada hasta Osvaldo Cruz para no tener que dar la vuelta a la manzana, que es eterna. Parece peligroso porque no tiene más de un metro de ancho, dura una cuadra y está medio escondido entre los transparentes y los rosales, pero si un día tenés que usarlo dale sin miedo. Los milicos de la dictadura se agarraban la cabeza cuando venían a desalojar las curtiembres y los obreros se les escapaban como por arte de magia, ¡ja ja! Cómo se ve que ninguno era de la vuelta, o habrían sabido. Esa fábrica que ves de los dos lados es la Montevideo. Ah, claro, además de verla también la podés oler, como a todas las del barrio. Más adelante está la Bama. Sí, fábricas, curtiembres, yo qué sé, está llena de industrias la calle, casi no hay casas. Los pitos de las entradas y salidas de los turnos enloquecen a todo el mundo, menos a mi vieja, que los usaba de reloj: “hace un ratito que sonó la Bama, deben ser las tres y cuarto”. Bueno, a esta altura ya pasaste la mitad del trayecto, incluyendo el bar con billares y fotos antiguas del viejo de patillas, el padre de la Gorda Mariela De La Parrillada. Ahora que lo pienso, ¿sabés?, ahí debe haber nacido mi vocación docente, porque me acuerdo que a veces iba a darles clases particulares y honorarias a la gorda y dos de sus amigas, un par de años menores que yo y bastante duritas en la escuela. Pero vos seguí caminando. ¿Viste un par de casas gemelas muy lindas, con jardines? Son de los Sea, los dueños de la fábrica que está atrás. El terreno del fondo es gigante, hasta cancha de fútbol tiene. Ahí fue que el Cele se lastimó la rodilla de puro chambón nomás y se pasó como cinco meses jodiendo cada vez que mi vieja se daba vuelta en la cama y lo tocaba sin querer: “¡la rodilla, Inés!”. Nosotros vivíamos enfrente a los Sea, en la casa más chiquita de las dos, al lado de la de Tía Marina. Sí, la que tenía la Austin roja y blanca en la puerta. Al otro lado, en la casilla de lata, vivían Lucy y la familia. Creo que eran medio parientes de Sergio, aquel ciego al que mis viejos y todo el barrio ayudaban a sortear las decenas de camiones que se paran todo el día a esta altura de la calle. Empiezan en la Appelsa y enfilan hacia Cuchilla Grande en una línea interminable. A veces son brasileros o argentinos; los conductores se bajan, hacen picnics en la vereda, escuchan música, hasta alguno se tira en el pasto a dormir de vez en cuando, porque las colas duran todo el día. Una vez a uno se le escapó un charaboncito que se metió en mi casa y nunca devolvimos. Pobre bicho, tendría unos meses. Yo armé un escándalo porque me habían dicho que los ñandúes les comen los ojos a los gatos y lloré toda la tarde pero igual lo dejaron en casa por unos días, hasta que el fin de semana fuimos de visita a la chacra de Tío Arazatí y ahí lo largamos. Mi gato el Suco se escapó porque ni entró en todo ese tiempo, muerto de miedo por semejante intruso, animalito de dios. No, de la fábrica gigante no me acuerdo del nombre, aunque sí de la corriente de agua sucia que eternamente ocupaba medio metro junto al cordón de la vereda y corría hasta el bajo. El agua de la cañada siempre tenía colores extraños, verdes, azules, turquesas, anaranjados. Ahí la calle se convertía en puente y por unos metros uno solo veía campo y cañaverales, hasta que empezaba el cantegril de Quevedo. No, es verdad que antes no era un cantegril, solo había cuatro o cinco casitas muy modestas de gente tranquila que saludaba al pasar y barría la vereda de tierra todos los días. Yo iba a lo de mi abuela por la calle Quevedo sola y a veces en bicicleta sin el menor miedo. Mis dos abuelas vivían a pocas cuadras de casa, una para cada lado. Para ir a lo de la Vieja Barreto cruzaba el pasillo hacia Osvaldo Cruz y para ir a lo de la Baia agarraba por Quevedo, pasaba por el Club Primavera y ya estaba en la calle Lutecia. O seguía de largo por Barros Arana hasta la librería El Siglo, cuya superficie total rondaría los cuatro metros cuadrados. Las dos viejitas que la atendían debían amarme; no había clavo que no les sacara de encima. Me acuerdo como si fuera hoy del ruido de la puerta de metal al abrirse y del olor a papel y útiles escolares que inundaba hasta la vereda cuando uno entraba. Al lado se iniciaba el Jardín Dos Marías, los aromas cambiaban de golpe y se hacían verdes y frescos. A veces pienso que algún día tendría que cambiar mi ruta cuando vuelvo del liceo y meterme por Barros Arana a ver qué fue de todo eso en los treinta años que hace que me mudé para la cooperativa, pero no me animo, no me animo... Ah, ¿seguís ahí? No sé qué te estaba diciendo. No importa. Preguntale a alguien que te pueda orientar, igual ya estás en Camino Maldonado. ¿Eh? ¿El tono? No, m’hijo, no. No estoy llorando. Te parece.



lunes, 29 de abril de 2013

LA TIENDA







Tiene una vidriera sobre Camino Maldonado y otra que da a la calle del costado, ambas decoradas por la propia mano del dueño, el Gordo Giaccometti. A veces, si uno se fija con cuidado, puede llegar a ver en ellas huecos inexplicables, espacios vacíos en la constelación de calzoncillos, soutienes, remeras y pantalones deportivos que se dan cita tras los vidrios para mostrarse orgullosos a los caminantes del barrio. Es que el Gordo no siempre se acuerda de reponer lo que saca y vende.
_ Nuestro lema es servir al comprador. Eso en primer lugar. Nada de shoppings y tiendas enormes donde la persona llega y ni sabe quién es el dueño; acá le hacemos los gustos a la gente, el cliente siempre tiene la razón. ¿Quiere una prenda y no hay en stock? Pues se saca de la vidriera. ¿Quiere verde y solo tenemos en azul? Se le ofrece de nuevo el azul, que si lo mira bien es mucho mejor que el verde, ¿no le parece? ¿Si esa camisa amarilla de seda es de hombre o de mujer, dice? Depende… ¿Para quién la andaba precisando?
Giaccometti vende en la tienda desde que puede acordarse. Antes fueron su padre y antes aún, allá por los años cuarenta, su abuelo, quienes ocuparon el lugar principal detrás del mostrador.
El primero de los Giaccometti que vino a estas tierras lo hizo equivocado, pensando que no habría mucha diferencia entre el tórrido Brasil y ese húmedo y tranquilo Uruguay del que no tuvo noticias antes de embarcarse con su mejor amigo y abandonar Italia en busca de mejor fortuna y lindas mujeres.
Las cosas estaban mal en su tierra. La querra había terminado hacía poco tiempo y él no hubiera podido ni siquiera costearse el viaje si no fuera porque ante la negativa de su padre a pagárselo el tío Giusseppe, enemistado a muerte con el viejo Giaccometti y deseoso de llevarle la contra en lo que fuera, le prestó el dinero. Él cumplió con su palabra y se lo fue pagando, de todos modos, pero en cuotas tan microscópicas que la cosa amenazaba con tornarse infinita, si no fuera porque un buen día el Flaco Alberto, compinche de juergas y trasnoches desde el arribo al Puerto de Montevideo, se sacó la lotería y entre otras cosas le prestó el dinero para saldar la deuda transoceánica en una sola remesa. Grande fue el asombro del viejo Giusseppe al constatar semejante despropósito, y lo primero que pensó, no sin cierta lógica, fue que las cosas debían andar de maravillas en ese ignoto rincón de la América si su sobrino en unos meses ya había ahorrado lo suficiente como para pagarle. Es decir, que él también ni corto ni perezoso se compró su pasaje para el Nuevo Mundo. Y a él hubiera venido, si no fuera porque justo una semana antes le llegó la carta del sobrino explicándole que no, que en verdad aquí las cosas no estaban como para tirar manteca al techo, que el azar y la lotería y el amigo y la suerte y etc. Un entrevero de razones que terminaban por redondear la idea central de que no era buena idea que otro Giaccometti se apareciese por esta bendita América que apenas si alcanzaba para alimentar a uno. El tío cambió de idea y en su Venezia del alma se quedó para siempre.
El abuelo, por su parte, trabajó duro en una fábrica, dejando las horas, los días y la vida en una textil de poca monta. Un día se animó y empezó a vender de a poco: primero a los conocidos, después a los recomendados, y al final a quienes empezaron a caer por su casa en busca de una camisa, un sombrero o un juego de sábanas. Su proverbial simpatía y confiabilidad lo hicieron famoso en el barrio, aunque también es posible que al principio más de una de las clientas acudiera por el puro placer de perderse en sus ojos azules y sentirse halagada por su sonrisa de europeo de mundo, conquistador y galante.
El padre del Gordo ya encontró la vida más encaminada. Cuando tuvo que empezar a trabajar solo fue cuestión de aprender a manejar las redes y los resortes de un proyecto afianzado en el corazón del barrio. Lo llevó a cabo con tal éxito que en pocos años Giaccometti padre contaba no solo con la tiendita sino con dos apartamentos y una pequeña fábrica de prendas propias en el corazón de la Curva, controlados celosamente por él mismo porque ya se sabe lo que pasa si uno le deja el poder a terceros, explicaba el Gordo a quien quisiera oírlo.
La vida del nieto también fue muy fácil. Creció jugando entre los mostradores y haciendo artesanías con las madejas de lana y los botones de la tienda, que ya por los setenta había ampliado su rubro y era también mercería.
Hasta hacía unos años el negocio daba para tirar lindo, pero las cosas buenas nunca duran, reflexiona el Gordo cada vez que un cliente le da un real de charla. Poco a poco los pequeños comercios de este y de todos los barrios fueron cediendo paso a las grandes empresas, apareció la competencia con los chinos y se hizo cuestión de prestigio pertenecer a una franquicia y compartir el mismo cartel de la puerta con otros cincuenta o cien negocios de la ciudad. La tienda empezó a flaquear y al final solo se quedó con un puñadito de viejas fieles al buen trato y la confianza, de las que son capaces de pasarse una buena media hora eligiendo entre una bombacha blanca o una beige, porque total, qué importa la excusa cuando está claro que el motivo es el encuentro, la charla, el intercambio de chimentos y la nostalgia del pasado.
Giaccometti sigue al frente de la tienda, y lo estará por mucho tiempo más. El horario es cortado, porque el almuerzo es sagrado, pero abre de lunes a sábado todos los días hábiles y feriados laborables.
La tienda del barrio. Desde 1949, siempre a sus gratas órdenes. Por mayor y menor. Última moda. Lo que usted guste; pase y revuelva. Atendida por su propio dueño. Si no lo tenemos, se lo conseguimos. Si hay una falla se le devuelve el importe. A crédito y en efectivo. Descuentos al por mayor. Cambios de mañana. Lo esperamos.

lunes, 8 de abril de 2013

EL CELE CUMPLIÓ AÑOS





           
Llegué a Tres Cruces como siempre con tiempo más que suficiente para esperar el Núñez de la una de la mañana, y me zambullí en el primer asiento que vi desocupado, a encender mi Ceibalita y tratar de conectarme a internet a como diere lugar. Sabía que la terminal tiene wifi y mi adicción conectiva se encontraba en esos momentos en su punto álgido, mientras me preparaba para pasar un fin de semana sin conexión en Lago Merín. 
           
Veinte minutos más tarde seguía sin novedades.
Una señora rubia de unos sesenta años, muy prolija y educada, me pidió que le mirara sus cosas por un momento, mientras fue a hablar con una mujer pocos metros más allá. Al rato fue al baño, y le miré sus cosas otra vez. 
           
_ Cuidamelás, porque tengo hasta el celular ahí.
           
_ No hay problema.
             A los diez minutos
 otra veterana, esta vez una morena con pañuelo en la cabeza y bastón en la mano, empezó a emitir sonidos.
           
_ Joven. ¡Joven!
           
_ ¿Señora?
           
_ ¿No me acompaña al baño, que no veo?
           
Era ciega. La veterana prolija fue con ella, al tiempo que yo constataba que al fin tenía conexión y me sumergía en las redes, con una parte de mí pendiente de los petates ajenos, a cuatro asientos del mío. La rubia volvió al rato y se puso a hablarme, entorpeciendo mis únicos cuatro o cinco minutos de usufructo de wifi ajena.
           
_ Tuve que dejarla sola, y que alguien se ocupe de ella; yo no puedo. Hace días que duermo en la terminal porque no tengo casa. Estoy esperando a que mañana me salga una limpieza con cama, así puedo irme. Siete horas duermo en estos bancos cada noche, siete horas enteritas. Yo bajo la cabeza y ¡chan!, quedo chanta. A veces me despiertan porque van a limpiar y me tengo que ir para el otro sector, pero me adapto. El problema es que la cieguita vino con el marido y él se le borró, se le fue con bolso y todo y hace horas que no aparece y la pobre no sabe qué hacer, pero yo me lavo las manos, bastante tengo con mis problemas, ¿no?
             Miré el reloj; e
ra la una menos diez. Tiempo de ponerse en pie y enfilar hacia el andén 22 en busca del Núñez de turno.
           
El viaje fue eterno y jalonado de sueños y despertares, pero sin contratiempos. Al llegar esperé pacientemente el bus que me llevaría a la Laguna En el interín pasaron muchos liceales, todos de rigurosa camisa celeste y corbata bordó, como los de antes. Muchos iban en bicicletas pequeñas, como de niños, y se afanaban pedaleando parados sobre sus vehículos por el empedrado de la Avenida Virrey Arredondo. Al fin vino Pico y me subí a su desvencijado autobús, tan solo una hora y media después de comenzar a esperarlo.
           
Al principio no entendí por qué demoraba en arrancar. Siete u ocho minutos más tarde, cuando subió su mujer con la nietita en brazos, comprendí que habíamos estado esperando que la criatura se levantara, porque los abuelos (dueños del vehículo) la iban a llevar a pasar el día con ellos. A las dos cuadras hubo una nueva demora, esta vez de diez minutos, mientras la pareja bajaba en una panadería y cargaba bolsas y bolsas de pan y bizcochos para repartir en varios almacenes del pueblo. Finalmente a las ocho menos diez, bajo un sol cada vez más agradable, arrancamos, no sin antes cruzarnos con un desfile de autos clásicos consistente en dos cachilas, una cupé roja y un taxi redondo y simpático, que parecía sacado de una vieja película de los años cincuenta, acompañados por varios autos y camionetas modernos con banderas y distintivos varios.
           
_ Seguro que estos van a comer un asado por ahí, porque desfilar a esta hora no creo… _ fue la sentencia de Pico, que comía implacablemente un bizcocho tras otro. 
           
Frente al liceo dos adolescentes hicieron señas y subieron: habían madrugado en vano, porque no tuvieron clase, al menos en su grupo. En el camino, garzas de todo tipo, blancas y rosadas. Y al llegar, como siempre, mis viejos esperándome en la parada del Almacén El Vasquito (que como reza su cartel del frente “de todo tiene un poquito”).
           
Junto al portón de la casa nos esperaba una nueva amiga: Lucía, la perra cimarrona de los vecinos de la esquina, mimosa y plasta como la que más. La gata Guaytica se dignó hacerme algún mimo, desayunamos, mi viejo se probó el buzo que le llevé de cumpleaños y nos fuimos a caminar al ritmo cada vez más lento de mis progenitores. La primera parada, qué duda cabe, fue para alimentar al Gato Esqueleto. Aún se le palpa la columna vertebral, pero al menos ya tiene pelo y camina con paso más vivaz que hace unos meses, e incluso viene a nuestro encuentro desde media cuadra antes. Me lo llevaría para casa, si no fuera porque imagino vívidas escenas de pugilato entre las dos gordas de Arbolito y el nuevo, al que no quiero someter a tan dura prueba de sobrevivencia.
           
La playa estaba casi desierta, bajo un sol de verano digno de público más nutrido. Mucho pasto, eso sí, pero el agua estaba clara como siempre y las aves cruzaban todo el tiempo frente a nuestros ojos. Un barbilla nos siguió pacientemente por cuadras, hasta que entendió que no lo íbamos a adoptar y nos abandonó en alguna parte. Caminamos como veinte cuadras, nos cruzamos con una docena de personas, jugamos al 5 de Oro en el kiosco de Juanita (a la que esperamos un rato, porque estaba charlando a media cuadra con su amiga de la panadería) y volvimos. Mi viejo y yo pasamos un rato por lo del Carioca, le compré un kilo de Ambrosía y aproveché a sacarle unas fotos de su extraña casa, aunque otra vez me quedé con ganas de fotografiarlo a él con sus pelos blancos y lagos, sus lentes, su sonrisa franca y ese aire de personaje que comparte con más de uno por estas latitudes.
           
A eso de las once, confirmado ya que no me iba a conectar a ninguna Red Ceibal de la zona, me desplomé sobre la cama y quedé inconsciente por una hora por lo menos, mientras mis viejos tomaban mate bajo los árboles del fondo, donde mi hamaca estaba ya preparada. Al mediodía pasé un buen rato actualizando la fecha y hora y borrando mensajes viejos (a veces equivocados) de sus celulares, por ejemplo: “Acá con la Vale re turrit y el Brian re slow, tamos flayando”. Almorzamos canelones de pollo y dulce de zapallo, todo casero y más que sabroso, tras lo cual me preparé el clásico café con canela y me instalé en la hamaca, un poco culposa de haber dejado a mis gatas encerradas en este día de sol tan espectacular. Pero ya estaba hecho, y al rato de oír los millones de pájaros y el aleteo de los picaflores sobre mi cabeza todo sentimiento negativo se fue diluyendo dulcemente en la modorra de la hora de la siesta. 
           
La tarde se presentó increíblemente tranquila y soleada, ideal para ir a la lengua de arena y pasarme horas observando aves y proyectos de olas. Solo había otras tres personas: una pareja y un muchacho canoso haciendo deportes acuáticos, que me saludó al pasar, mientras un perro marca perro corría gaviotas y teros entre los charcos. Me quedé sentada en la arena seca, dejándome vaciar por el murmullo del agua que con el correr de la tarde se fue convirtiendo en un perfecto espejo matizado de gris y celeste. 
           
Y se vino la noche. La cuadra de casa se presenta casi del todo oscura y silenciosa. Hace un rato que armé el tul mosquitero, Guaytica aún no sabe si dormir o no conmigo, mi vieja ya empezó a hacerme cuentos de fantasmas y espíritus burlones (al mejor estilo de los Barreto de toda la vida) y yo acabo de decidir que no fue una buena idea abrir la Ambrosía, a la cual difícilmente puedo resistirme. Creo que si veo al Carioca voy de cabeza a comprar el segundo frasco. 
           
Y así pasó el cumpleaños número 73 del Cele, pese a que su documento de identidad dice que en verdad recién cumpliría 72 el próximo mes de junio. La gente de Cerro Largo nunca fue muy estricta con insignificancias como la fecha de nacimiento de los niños.

           
Hola, soy Mariela R. y hace un día entero que no me conecto a internet.

martes, 2 de abril de 2013

LAS PLANTERAS







La verdad es que no entendí cómo fue que esa extraña caja de cartón terminó entre mis cosas, aunque siempre supe que los peones de la compañía de mudanzas eran un poco desprolijos. A lo sumo me preocupó constatar, una vez instalada, que me faltaba esto o aquello, o que en medio de los paquetes con la loza se escuchara el sonido de algún plato hecho pedazos. Pero esto era diferente.
Recién me fijé en la caja durante la mañana del sábado siguiente, porque esa semana resultó tan demoledora que apenas desembalé lo esencial y acumulé el resto de los paquetes en el dormitorio pequeño, donde nadie dormiría por ahora. El sexto mes de mi embarazo ya se hacía notar y tanto Eduardo como yo preferimos no enloquecernos con los detalles y tomarnos todo con la mayor calma del mundo. Esa decisión, justo es señalarlo, no incluía al Oreja, nuestro gato de dos años, quien apenas salió del pánico inicial del traslado y el cambio de olores y formas se dedicó a explorar los nuevos ambientes con toda la meticulosidad que los felinos suelen invertir en estos menesteres.
Cuando lo vi dando vueltas y más vueltas alrededor de una vieja caja de cartón que no recordaba haber utilizado para la mudanza me acerqué intrigada. Era un objeto pequeño, del tamaño de una licuadora. Pensé llamar a Eduardo y preguntarle, pero el pobre había cargado sobre sus espaldas la mayor parte del trabajo y no estaría bien despertarlo solo para sacarme una duda. Levanté la caja y en ese momento el Oreja rezongó, asustado. Todos los pelos del lomo se le erizaron;  hasta amagó con arañarme.
_ No seas bobo, Orejita, ¿no ves que no es nada?_ le dije, mientras le acariciaba el lomo para calmarlo un poco, pero en vano. El Oreja siguió rezongando con esos sonidos gatunos que parecen sacados de una mala película de terror de los años sesenta. La caja estaba atada con una cuerda de color verdoso, bastante vieja, y me llevó un rato deshacer el nudo. Todo sea por no levantarme del sillón e ir a la cocina a buscarme un cuchillo para cortarla, pensé, mientras maniobraba con la atadura.
Para cuando terminé de abrirla ya era casi mediodía y el sol iluminaba el living con la tibieza de los meses de otoño. Dentro había una maceta pequeña con un cactus espinoso, de lo más decorativo. Bien, alguien por equivocación se quedó sin su planta, pensé. Menos mal que lo veo a tiempo de ponerle al sol y darle unas gotas de agua. Lo dejé sobre una silla mientras decidía postergar la definición de dónde ubicarlo para más tarde. El gato ya no estaba a mi alrededor; se había ido corriendo apenas comprendió que iba a abrir la caja a como diera lugar y no lo veía ni en el patio del frente ni en el muro del costado. Gato loco, ojalá que no se pierda. Este es un barrio nuevo y los felinos suelen enamorarse de las casas más que de sus dueños. 
Pronto me desentendí del asunto y me enfrasqué en el guardado de la ropa en los estantes del ropero, cuidando de no hacer ruido para no molestar al pobre de Eduardo, que roncaba a sus anchas.
En cierto momento me dirigí al living a buscar alguna cosa y fue entonces que algo me llamó la atención de inmediato: la planta se estaba moviendo. Juro que la vi moverse; era algo mínimo pero claramente perceptible. Me acerqué: algo vibraba entre las espinas. Tomé la maceta entre mis manos y ya la estaba llevando al dormitorio para contarle a mi marido que teníamos un cactus muy original cuando descubrí un mínimo agujero en una de las caras de la planta, entre las espinas. Un animalito pugnaba por asomarse el exterior a través del orificio. Era algo pequeño, con patas… Como una araña.
No pude evitarlo; tengo fobia a esos bichos desde que tengo memoria, así que no tuve que pensarlo mucho para tirar la maceta al diablo y salir corriendo de la casa.
Después me contó Eduardo que no era una araña, en realidad, sino decenas, cientos de ellas. Él despertó de inmediato ante el grito que pegué, y salió tras de mí como una exhalación, lo cual, sin que lo supiéramos por entonces, acabó por salvarle la vida. Un verdadero ejército de estos bichos salió a toda velocidad del cactus y comenzó a apropiarse de todos los espacios de la casa, dispersándose en un santiamén por los dormitorios, el living, la cocina y el baño. Se trataba de una variedad de arácnidos de veneno sumamente potente que hace sus nidos en el interior de estas plantas, de las cuales se alimentan las crías durante los primeros días de vida. Su origen es mexicano; las llaman “arañas planteras” y no existe antídoto contra su ponzoña.
Tuvimos que fumigar la casa antes de poder ingresar nuevamente en ella, pero aún así yo no estoy segura de querer que mi bebé nazca aquí. Con frecuencia percibo movimientos entre los muebles, pequeñas manchitas que deambulan a toda velocidad por el piso, aunque me cuestiono si no serán alucinaciones, fruto de la histeria del primer día y el terror que aún siento ante el solo recuerdo de esa mañana. Eduardo trata de calmarme pero yo ya me di cuenta de que, aunque disimule, él también mira continuamente el piso, las paredes y los rincones de cada ambiente. 
El Oreja, olvidaba decirlo, aún no ha vuelto.