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domingo, 2 de octubre de 2016
Octubre 2016
Mi lado B
En cierto momento miré a escondidas el celular, abriendo la cartera con mucho disimulo y tapándola con el saco que tenía en la falda, por las dudas. La obra que veíamos en un pequeño teatro céntrico parecía ir por la segunda o tercera hora y ni miras de avanzar, por lo que supuse que serían como las once de la noche o la tarde del día siguiente, pero no. Eran recién las 20.56.
Hasta ese momento yo había evitado mirar a mi amigo, moverme o realizar el más mínimo gesto de comunicación, pero la tensión era tan palpable que se sentía en el aire: la obra había empezado un poco después de las siete y media, y desde los primeros minutos sabíamos sin la más mínima duda que estábamos conteniendo la risa, porque era malísima. Espantosa. Fuera de toda previsión. Increíble.
Había una docena de actores en un escenario diminuto, sobreactuando y destrozando con la mejor voluntad un texto clásico digno de mejor suerte. Todos gritaban absolutamente todo el tiempo, sin variación de tonos, y la mayor parte del elenco se mandaba un furcio atrás de otro. Había silencios que me juego la cabeza que no estaban en los planes originales. Cambios de texto que evidentemente obedecían a errores del momento. Caras de locos y enormes ojos abiertos a cuenta de nada. En fin. Uno no podía salir indemne de semejante experiencia. Saldría aburrido, enojado, estafado, en el mejor de los casos. O tentado, en el peor.
Hice un esfuerzo sobrehumano por no exteriorizar la risa que me estaba sacudiendo por dentro con cada parlamento, hasta que en cierto momento le hice un gesto a Danilo, que venía a significar: “Este es el acto 2. Son 5”. Él murmuró que a este paso tendría que haber un corte en algún momento, y su intención de fuga en el entreacto era tan lógica y justificada que no tuve ni que preguntarle. Era una sala pequeña, para unos 70 espectadores. La salida estaba muy a mano.
Al fin, oscuridad. Escenario momentáneamente vacío. ¿Se venía el entreacto? ¡No! Volvieron los actores. La cosa continuaba sin prisas y sin pausas. Sobre todo, sin prisas. Silencios, furcios, gritos, sobreactuados… Y recién estábamos llegando a la mitad.
Hubo un momento de cambio de personajes en el escenario. Ahora o nunca. Danilo me hizo un gesto y salimos agachaditos, tratando de no joder demasiado a las personas de nuestra fila. Creo que lo hicimos de modo bastante silencioso, mientras los actores estaban de espaldas al público, y por suerte la salida era a través de una cortina bien visible desde la platea, así que la fuga nos salió bien.
¡Fiuuu…! Respiramos aliviados, sintiendo que acabábamos de ganar un par de horas de domingo por la noche, y subimos la escalera hacia la salida, esperando ganar la vereda antes de arrancar a comentar la pésima idea que habíamos tenido de ir a ver ese adefesio inenarrable.
Pero la puerta que daba a la calle estaba cerrada.
Tanteamos otra puerta, en el costado: también con llave. Y ni un alma a la vista.
Era una trampa. Tendríamos que quedarnos allí horas y horas hasta que la horrenda cosa gritona terminara, sin poder salir y sin hablar siquiera, porque si seguíamos oyendo a los actores era evidente que ellos también nos escucharían a nosotros.
Nos sentamos en unos escalones, junto a la imposible salida que ingenuamente habíamos creído tan cercana, nos miramos, y empezamos a desternillarnos de risa. Fue una implosión. Llorábamos, rodábamos por los escalones, casi nos hacemos encima, pero todo en el mayor silencio. Nunca estuve tan tentada en toda mi vida. No podíamos parar. Aquello era una sacudida existencial que venía de lo más profundo de las entrañas; moriríamos riendo en silencio mientras unos escalones más abajo los actores se mataban y se odiaban en escena, y nosotros ahí, a un metro de la vereda y sin poder salir.
Por suerte no se me disparó la claustrofobia que me suele acompañar de vez en cuando, pero en cierto momento casi me viene un ataque cuando me di cuenta de que había perdido a Danilo y no lo veía por ninguna parte. ¡Estaba en medio de una película de terror y no me había dado cuenta! Y ahora de repente me encontraba sola en los pasillos de un teatro desierto, oyendo voces chillonas y creyendo que todo era una inocente confusión de domingo, cuando de cualquier parte me podía aparecer un payaso asesino, un psicópata, un actor desairado y empezar a acuchillarme sin piedad…
Pero no. Era que mi amigo había bajado hasta los encargados de sonido, a los que les pidió que nos abrieran. Ellos dijeron (por señas) que por ahora no podían, que aguantáramos un rato, y recién como a los diez minutos o dos horas (ya para entonces el tiempo había dejado de existir) apareció uno de ellos con un manojo de llaves y las fue probando con parsimonia, hasta encontrar la correcta.
Salimos a la vereda y explotamos. Nos fuimos riendo a los gritos hasta 18. Debemos de haber parecido un par de cuarentones fumados, o unos locos necesitados de urgente atención médica, pero a esa altura ya nada importaba.
Nunca, nunca, nunca más voy a ir a ese teatro o a ver algo de ese elenco. Ojalá nunca conozca a ninguno de los actores. Ojalá ni siquiera vea nunca la obra actuada por otra compañía, porque no voy a poder evitar recordar lo de esta noche. Pero la risa valió la pena. Estoy liviana como si de golpe me hubiera quitado diez años de encima. Y me voy a dormir, porque por suerte yo no he asesinado el sueñ…
Eh…
No, nada.
Me voy a dormir.
Hasta mañana.
Y creía que no iba a llegar, pero llegó.
Último día de clases en Florida!!
Bueh, día de cumplir (parcialmente) el horario, porque clases, lo que se dice clases, no se están dando ni en Literatura ni en ninguna especialidad, por la sencilla y terminante razón de que no se ve un estudiante de acá a Pando.
Solo hay un encuentro de CINEDUCA, para el cual ya fui convenientemente interceptada cuatro cuadras antes de llegar al CERP. Ellos eran como 12 estudiantes y dos docentes, y yo llegaba cargada con la mochila, el abrigo y la bolsita del almacén con yogurt y dos ticholos.
_ Disculpá... ¿Te podemos hacer unas preguntas?
_ Sí, claro.
Y me entrevistaron. Yo andaba sin apuro y ellos (en su mayoría chicas) eran alegres y cálidos.
Todo iba de lo más bien, hasta que se abrió la puerta de una casa, frente a la cual estábamos, y una veterana nos preguntó con voz autoritaria que por qué le estábamos sacando fotos del frente de su casa.
La vieja. La típica vieja chusma y mala onda.
No sé cómo le explicaron, porque lo mío había terminado y reemprendí el camino al CERP, pero me sentí como el niño al que un vecino gruñón en medio de un picadito le pincha la pelota.
Nota mental: cumplir años, sí, convertirse en vieja, no. Nunca.
Nota Mental 2: Terminé Florida, lalalala!
Eran tres mujeres de entre treinta y cuarenta años, que viajaban juntas, dos sentadas y una de pie, en el 316 de casi las nueve de la mañana.
Tema central: el Nene fue invitado a un cumpleaños el 2 de noviembre.
_ ¿El 2? El 2 cae miércoles...
_ Sí, pero es feriado, no se trabaja.
_ Eso serás vos, que tenés suerte. Yo trabajo.
_ ¡Yo también!
_ Bueno, igual no sé si lo llevo, porque el salón del cumpleaños es pasando Mendoza y ahí es bravo...
_ ¿Pasando Mendoza? Nooo, no lo lleves! Ese barrio es muy peligroso. ¿Y a qué hora es?
_ Acá dice que a las 19, pero no dice hasta qué hora.
_ ¿A las 19, un cumpleaños de chiquilines, y no dice hasta qué hora? No, mija, yo le compraba algo para que se entretuviera en casa y no lo llevaba nada... Esa zona es horrible.
_ No,no seas mala, no estoy de acuerdo. Llevalo, pobre chiquilín. Es el cumpleaños del amigo,y además el otro pobre no tiene la culpa de vivir tan lejos. Llevalo.
_ Ah, qué viva, vos porque vivís en una calle tranquila frente a la Plaza 5... Así cualquiera.
_ Igual, ¡ hay que cumplir un 2 de noviembre, que lo tiró! Fea fecha para cumpleaños.
_ Che, esto va a paso de tortuga... ¿A qué hora voy a llegar al trabajo?
_ Y... Nueve y cuarto...
_ ¿Y cuarto? Y veinticinco, dirás. Mientras paso por la panadería...
_ ¡Pero si vas llegando tarde no pases por la panadería, mujer!
_ ¿Y cómo voy a hacer? Si después hasta las once que él se va no puedo tirarme hasta la panadería... Muero de hambre antes,porque me levanté seis y media de la mañana y salí sin desayunar, yo. No, yo voy a la panadería aunque llegue a la hora que llegue.
Ahí me tuve que correr para atrás, y dejé de escuchar su parloteo matinal. Cuántas puntas para una historia, pensé. El pobre niño con fea fecha de nacimiento y los padres que se lo festejan aunque sea en un barrio peligroso. El otro, que como no va al cumple lo vana querer distraer con cualquier boludez. La mujer que se siente segura viviendo frente a la Plaza 5, que es una zona de lo más complicada. La que se escapa de la casa cuando el patrón se va, que no puede esperar dos horas sin comer aunque eso signifique la llegada tarde al laburo. Y la otra, que en vez de ocuparse de sus cosas se pasa oyendo conversaciones ajenas y completando en su cabeza lo que en el diálogo no aparece.
Bicho raro, el ser humano. Tan distinto y tan igual.
Todos estamos en el mismo barco, sentados o de pie, junto a la puerta o casi en el fondo. Y seguimos navegando ( o al menos eso nos contaron).
"La bruja lanza un hechizo sobre el marinero, lo va a marinar 9 veces 9 semanas".
_ ¡Sale marinero a la milanesa para la mesa dosss!
"Virgilio le dijo que el único que podía matar a la loba era un perro casado".
Pobre Dante. Así no se puede salir de la selva. Así, no. Quizás con un lebrel (perro cazador) hubiera podido, pero perros casados en esa época eran cosa e'mandinga, mire.
LA CREACIÓN SEGÚN 4ºAÑO DE LITERATURA
DÍA 1
Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del aula.
Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un programa, ni un oral, trabajos de grupo, deberes ni escritos: sólo el salón 2B y el silencio existían.
No había nada que recordaran de historia uruguaya ni (mucho menos) iberoamericana. Los nombres de autores no asomaban; sólo rostros en reposo, apacibles, comiendo alfajores.
Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntas Uruguaya e Iberoamericana, en la oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Uruguaya e Iberoamericana. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando, y se pusieron de acuerdo: tendría que haber más lecturas.
DÍA 2
Aquí me pongo a evaluar
Al compás de la libreta;
Que el profe que lo desvela
Una duda extraordinaria,
frente al aula solitaria
sabe que están con la Abuela.
DÍA 3
Profes necios que acusáis
a las chicas sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su atención,
¿por qué os molesta si están
atentas al celular?
DÍA 4
¡Cayó la flor al río!
O voló una mosca.
O pasó alguien por el pasillo.
O se oyó una voz al lado.
Los temblorosos hilos de la clase
Rodaron por las mentes ya dispersas,
Y en el silencio de la tarde fueron.
DÍA 5
Hace un rato me estaba paseando por el salón y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay un escritorio, sillas despatarradas y con asiento, vidrios inundados de sol, una tele, algunos enchufes.
Me paseaba por el salón solitario, aburrida de estar esperando, desde hacía rato, soplando el maldito calor que junta el aire acondicionado y que ahora, siempre en las tardes, derrama adentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear mis botas en las baldosas, o escribía poemas enteros en el pizarrón, esperando que llegaran.
Seguí caminando, con pasos cortos, para que las botas golpearan muchas veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que hace mucho cumplí cuarenta años, y ellas solo tienen veintialgo.
Ni siquiera tengo tabaco. No tengo tabaco, no tengo tabaco. Menos mal que no fumo.
DÍA 6
Mariana: ellas serán un escándalo en tu centro.
Mientras las otras clases recen, giman o lloren,
Y bajo el paso implacable de los días
Las tímidas y tristes, en bajo acento, oren,
Ellas irán como alondras cantando en el pasillo
Y llevarán al primer piso sus risas y sus pasos,
Irradiarán nuestras jornadas con su franca alegría
y con torta alfajor nutrirán nuestro viaje.
DÍA 7
Es un poderoso día de primavera en Florida, con todo el sol, el calor, el viento, la lluvia, el frío y las alertas naranjas que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí. Es un buen día, entonces, quizás, para desearles mucha suerte, decirles que me he divertido mucho con ustedes, que ojalá se lleven lo mejor de lo que cada uno de nosotros ha podido darles en estos años, y que con esta sencilla pero emotiva ceremonia les estamos dando la bienvenida como colegas.
¡Mucha suerte!
Él tiene cincuenta y pico. No lo conozco,no sé de qué materia es, cómo se llama o en que turno trabaja, y sin embargo en diez minutos de escucharlo leer ya puedo deducir algunos puntos. Es manipulador: bajo una apariencia de humildad él utiliza los tonos, la velocidad y las miradas para sesgar su lectura e ir induciendo rechazo o aceptación por lo que nos trasmite. Tiene un ego bastante desarrollado, lo que se advierte en su forma autoritaria de ir llevando la lectura como si fuese una clase. Nos mira, parece calibrar si entendimos, va lento por si no podemos seguirlo. Los alumnos lo deben apreciar, porque es claro y didáctico, pero no parece haber captado que está leyendo para adultos y no para jóvenes estudiantes, es decir, que es de estructuras rígidas y con poca autocrítica.
Obviamente todo esto dice mucho más de mí que de él. Dice que estoy aburrida, que no me importa el texto que el compañero amablemente lee para todos, que soy un as del prejuicio y la generalización y que las ATD hace años que dejaron de aportarme algo excepto ganas de salir corriendo. Décadas. Desde el siglo pasado. En teoría, todo bien. En la práctica, no sirven. He estado en ATDs de 15, 20 liceos, bajo diferentes gobiernos y ante distintos desafíos, y siempre pienso lo mismo: yo a este día lo hubiera aprovechado más dando clase.
El chofer intentaba oír a Joel en la radio, pero la guarda venía hablando y hablando y hablando sola o con quien quisiera escucharla.Una negatividad tras otra. Todo mal en el mundo, todo mal. Tendría treinta y pocos. La miré durante medio minuto y me agotó. Lo que debe ser tenerla de madre, esposa, amiga o compañera de trabajo, pensé.
Cuando bajé (porque eso tiene el boleto de una hora: uno elige) miré al pobre chofer y lo vi serio, hosco, como abrumado.
Ahora voy en un 111 donde una señora se saca muy concentrada los pelos del bigote, pinza y espejo en mano, y donde dos pesados de Remar me gritan lecciones de moral incluyendo cuentos de ranitas que no podían salir del pozo pero ta, me lo banco, porque no me queda otra. ¿Para cuándo el boleto de una hora con número ilimitado de viajes? ¿Eh?
¡Renunciá, Bonomi!
Uh.
Creo que la guarda me pasó algún virus. Por suerte tengo mi antídoto cerca:faltan dos paradas para el IAVA. Resistiré. Espero.
¿Recuerdan lo que conté hoy de la guarda negativa y el potencial efecto expansivo de su mala onda? Bueno, creo que estoy infectada. Estaba maniobrando para dejar bajar a alguien en el bus, con mochila y bolsas de mandados, y no sé cómo pero mi celular escribió un estado por su cuenta: "Grrr". No lo publicó pero lo pesqué justito. Él tambén empezó a vivir en negativo, parece, y lo peor es que no sé si hay vuelta atrås.
Fue un placer conocerlos antes de esta fase.
De lo que escriba de aquí en mås no me hago responsable. Todo es culpa de la guarda. Del celular. De Bonomi. De cualquiera menos yo.
Él tiene unos19 años. Es castaño, alto, flaco, de ojos verdes. Tiene tatuada una corona onda reina de Inglaterra de unos 8 cm en el cuello, y debajo, con letras manuscritas, un nombre de mujer: Griselda.
Él tiene unos 19 años. Es castaño, alto, flaco, de ojos verdes, y está loco. O es edípico. O lleno de amor paternal. O muy inocente. O está enamorado.
Multiple choice de lunes de mañana, lector. De lunes de mañana gris y amenazante.
Usted decide.
Yo solo sé que no quisiera ser Griselda.
Cuando salí de mi casa esta mañana iba poco menos que de arrastro.
Un rato antes acababa de llegarme un mail con el resultado del estudio citológico que le hicimos a Roldana por un bulto en la espalda, y aunque yo de terminología clínica no sé demasiado, de todos modos la palabra "sarcoma" en el informe ya de entrada no auguraba nada bueno.
Mi gata es muy vieja, es cierto, tiene 16 años, pero igual...
Detesto los resultados de estudios médicos. Ahí sobre la mesa tengo un par (míos) que no pienso abrir hasta que vuelva a ver a mi ginecólogo, en un par de semanas. Son de rutina, sí, pero en ambos casos escuché la palabra "nódulos", y preferí ignorarlos. Ahí están, pero no están. No son. Olvidados.
Hice todo el viaje al liceo en un estado de angustia lamentable. Si no fuera porque no puedo me habría dado vuelta y chau todo hasta el lunes, pero no. Son los últimos días, había escritos fuera de fecha para hoy en el IAVA y un parcial en Florida. No podía.
Y así llegué al liceo.
Mi ex practicante Selene estaba en la sala de profesores. Acaba de publicar un libro ("10 relatos de una mujer placard"); se lo compré y resulta que no solo era el primero que vendía (porque el libro venía recién salidito del horno) sino que además yo aparezco en uno de sus cuentos. Cuando me lo llevó al Quinto Artístico 2 la invité a pasar y nos estuvo contando cómo era eso de editar un libro, en una charla con los estudiantes que estuvo muy interesante.
Después, a propósito de edición de libros y como estábamos empezando a hablar del Quijote, nos mandamos una expedición espontánea e imprevista hasta la Biblioteca Central de Secundaria, donde hay un armario lleno de libros antiguos, que tiene incluso un Quijote de 1607.
A la segunda hora la lectura del texto se hizo en la más pura y castiza lengua de la madre patria, porque Paula, una de las estudiantes del grupo, es española, y además lee muy bien.
Ya me estaba yendo del salón cuando vi un dibujo del Quijote y Sancho en el cuaderno de Candela, otra de las Artísticas, que me lo terminó regalando.
Repetimos la excursión a la biblioteca en el otro Quinto, donde creo que más que el Quijote lo que les intrigó fue un libro de "Hechizerías" (sic) de principios del siglo XVII. A la vuelta me contaron de un túnel que va de la Facultad de Derecho a la rambla, dicen, y si bien no me enganché en buscar a Walter (el de mantenimiento) para que nos mostrara su ubicación en el edificio en ese momento, igual tomo nota de que quiero indagar sobre esa historia. Ya va a haber oportunidad cuando termine la temporada de parciales, espero.
Cuando salí del liceo este mediodía ya no iba más de arrastro, sino leve y ligera, como si volara.
Qué gran cosa la comunicación humana.
Y el IAVA.
Que nunca falte.
Éramos solo dos en la parada: el pelado alto y yo. Le hicimos señas a un 103, y cuando se detuvo él me dejó pasar primero, pero yo ya me había arrepentido, porque el destino no me servía. El pelado alto me miró con expresión interrogativa.
_ Va hasta Bulevar- le aclaré, y él de todos modos subió.
Ahora, en el siguiente 103, a la altura de Bulevar, el pelado alto acaba de subir a mi bus y pagar nuevamente el boleto.
Moraleja: Rulos, inteligencia.
Clase con Cuarto 4, ayer. Estamos viendo "La mujer", de Juceca, el cuento de Nostálgico Amano y cómo los amigos lo quieren engañar dibujando una mujer sentada sola ante una mesa del boliche El Resorte.
_ ¿Y cómo sería esa mujer? ¿Alguien pasa a dibujarla?
_ ¡Sí!
Pasaron dos, un chico y una muchacha. Ambos dibujan envidiablemente. Él incluso inventó una forma de encajar la tiza en su lápiz mecánico e iba de lo más bien, pero durante el recreo descreyó de su arte y borró el trabajo. Ella lo terminó en un ratito.
Pasen y vean.
Ese momento en que.
... Ese momento en que te instalás tranquila en el 7A, sabiendo que son las 10.27 y vas a llegar con tiempo a Tres Cruces antes de las 11.
... Ese momento en que el chofer detiene el vehículo y anuncia que "Hay que hacer trasbordo; vamos a pasarnos al coche que viene atrás", porque acaba de pinchar una rueda.
... Ese momento en que el coche que viene atrás nos pasa por el jopo sin oír la bocina del chofer ni ver las manos levantadas de los pasajeros, y sigue raudo y veloz su camino sin incluirnos en sus planes de viaje.
... Ese momento en que el chofer llama a medio mundo, en que los pasajeros nos vemos a los ojos con expresión desolada, en que el reloj avanza implacable y empezás a darte cuenta de que ni por casualidad vas a llegar a tu CITA de las 11.
... Ese momento en que entrás 11.05 a Tres Cruces, descubrís que aún quedan asientos en el siguiente coche, decidís que chau dieta y vegetarianismo y por una vez te comprás un delicioso sandwich de pan de nuez en el Café de la Terminal.
... Ese momento en que pasás Plaza Cuba, confirmás que vas sola en TUS dos asientos y te explayás con toda comodidad mientras mordisqueás el almuerzo, sin importar que aún no es una hora adecuada, a la vez que vas pensando que apenas llegues al CERP lo primero (después de marcar la entrada) va a ser preparar un delicioso café, negro, humeante, solidario y compañero.
Que nunca falte.
Nos sentamos a charlar de temas aparentemente ajenos, en un banco de una plaza, en el living de una casa, frente a la mesa del bar, y el tema no tarda en aparecer. Aparece siempre, no puede no aflorar. Vivimos en un mundo violento, aquí y ahora o allá y hace tiempo. Siempre. El miedo nos acecha, nos rodea, nos estruja el alma. Y cuando algo realmente pasa el miedo no desaparece, sino que navega y sobrevive en medio de olas de angustia, de pantanos de tristeza, de islas de rabia y de dolor. Siempre. Por un rato lo olvidamos, o creemos haberlo olvidado, levantamos la cabeza y seguimos para adelante, hasta que el dolor reaparece en el rostro de alguien que queremos, y entonces lo que nos inunda es la impotencia. Siempre. Siempre. Hablamos, consolamos, alentamos, pero sabemos que el peligro sigue estando a mano, demasiado a mano. Siempre. Maldición, siempre.
Hasta hoy.
Vestirnos hoy de negro tal vez en los hechos no cambie gran cosa, es verdad. Pero los lutos son conglomerados simbólicos, y compartir el dolor y la decisión de trabajar para cambiarlo es también una forma de lucha.
Para que deje de ganarnos el miedo. Para que dejen de matarnos los sueños y la confianza. Para que dejen de matarnos.
Despertar.
Destapar.
Informar.
Educar.
Amar.
Amar.
Amar.
Y amarse. Amarse mucho. Amarse tanto que quede claro que ningún hijo de puta tiene derecho a lastimarnos bajo ningún concepto. Amar al prójimo como a uno mismo, ¿ no era eso?
Amar, amar, entonces.
Siempre.
Que se haga el silencio.
Que alguien calle a Ariel Pérez.
Que sea despedido.
Que su radio deje de estar en el aire.
Que nunca más aparezca alguien con su nivel de imbecilidad.
Que no haya continuadores.
Que el chofer no pueda escuchar la música alta y que alguien se lo haga cumplir.
Que así sea.
Saludos desde el 100.
_Mañana es por la 3.- le dice de pronto el guarda al chofer, en medio del silencio.
_No, no, no, mañana es por la 10. Por suerte.
_ ¿Estás seguro?
_ Sí, estoy. Gracias a dios es por la 10.
_ ¿Vos le rezaste?
_Sí. Pero el jueves me toca por la 3 igual. Me están poniendo a prueba. Hasta ahora he fallado todas.
Es lo que tiene ir oyendo diálogos ajenos; una se queda con ganas de preguntar cuál es la 3 y por qué no les conviene. ¿Queda lejos de su casa? ¿Es una línea difícil? ¿Aburrida? ¿Peligrosa?
Misterios matutinos.
No me exija más, estimado lector: todos sabemos que no se puede esperar gran cosa de un misterio de las 9.24.
Además, ya tengo que bajarme.
Y ni siquiera sé en qué línea.
Las casas de mis abuelos vivieron de puertas abiertas durante toda mi infancia, y más. Uno no sabía lo que era pedir permiso o golpear la puerta; bastaba con abrir el portón, decir "bueeenas" y ya se sabía que se había entrado en territorio propio, seguro, protegido. Zona de primos y de tíos. De galpones llenos de herramientas para construir cosas y de fantasmas para escribir pesadillas, en Osvaldo, de reuniones en el patio a la sombra de los paraísos y de tía canchera para contarle unas cosas y aprender otras, en Lutecia.
Osvaldo era la casa de mis abuelos maternos (en la calle Osvaldo Cruz) y Lutecia era el nombre de la calle de mis abuelos paternos. Ambas quedaban a unas cuadras de mi casa, que estaba en el medio. Las dos eran enormes, llenas de recovecos, con frente y con fondo, con galpones, con campo adelante para ir a corretear con los vecinos. De día salíamos a perseguir mariposas y de noche bichitos de luz. Conocíamos a todos los de la cuadra, y no teníamos problemas con ninguno. Los domingos de mañana en Osvaldo ya sabíamos que los que jugaban al fútbol en el campito nos iban a golpear las manos para pedir agua, tanto como por la tarde, en Lutecia, nos dábamos una vuelta por la cancha de baby fútbol de la esquina o hasta nos animábamos a entrar con algún tío al Club Primavera, guarida de bebedores de caña y jugadores de bochas.
Yo algún día tendría que escribir sobre estos dos mundos paralelos pero de difícil encuentro, pienso, mientras la CITA corre rauda y veloz hacia Florida.
Por ahora solo quería contar que mis abuelos vivían en casas eternamente abiertas, cosa que a un niño de hoy le podría parecer propia de un cuento de hadas.
Y lo era.
Paisaje de domingo en el STM.
Una chica muy muy muy voluminosa vestida de blanco saca de pronto un cepillo turquesa y se peina el cabello en pleno pasillo durante diez minutos.
La tarjeta de un muchacho es rechazada por la máquina. "Debe haber sido denunciada por robo", dice la guarda, e ipso facto todas las miradas del ómnibus se clavan en él "O por extravío", aclara ella enseguida, aunque de todos modos la gente lo sigue mirando con recelo hasta que el muchacho se baja, una parada después.
Esta cosa va llena hasta el tope.
Me distraigo un momento y de pronto la guarda se ha convertido en un gordito y el chofer veterano en un peludo de colita.
Un veterano con rasgos charrúas me ofrece un asiento pero no lo acepto, porque estoy a punto de bajarme.
Por suerte.
No todo viaje sin cantores es bueno. A veces no se llega ni a tolerable.
Estornudo un par de veces para contribuir al clima general, y me bajo.
Caminar, divino tesoro.
Que nunca falte.
Llego a la parada bajo la lluviecita mansa de la mañana. La cuadra está desierta y hay solo un hombre esperando el bus. Un tanto desprolijo, el señor, y con un tatuaje medio tumbero en la mano derecha. ¿Será un ladrón? No creo, porque está con el mate. O sea, que puedo sacar el celular. Un baboso? No, porque apenas me miró cuando me refugié bajo el techito. Respiro tranquila, entonces.
Pero me quedo pensando en el tema del aspecto personal y su incidencia en la vida social del individuo.
Pobre hombre. Capaz que no es un mal tipo, pero su facha mete un poco de miedo. Si pasara un auto con alguien conocido, por ejemplo, a mí podrían arrimarme hasta el shopping, pero a él no lo llevarían, no.
En eso se acerca un auto rojo, para, el hombre del mate sube y se va charlando con el conductor, mientras yo sigo en la parada esperando el ómnibus bajo la lluvia.
Cómo demora el 329.
Estornudo cada cinco minutos.
Ojos llenos de pinchazos made in pelusa de plátano.
Manga corta bajo el sol, pero camisa y saquito en la mochila.
Lamento no tener lentes de sol, mientras cargo el paraguas por si la alerta naranja.
Montevideo, octubre y primavera.
Todo dicho.
En medio de los 2.500 escritos que tengo para corregir entre hoy y mañana asoma de pronto una hojita de escasos 13 renglones, con firma, fecha y grupo:
"Profe: ya que no puedo interrumpir la clase por este simple anuncio, dejo esta nota advirtiéndole de la desprolijidad que se da en este escrito. Perdón por la letra desprolija (y quizás inentendible en partes), los reiterados tachones y alguna que otra falta de ortografía.
Disculpá la informalidad del anuncio."
Estamos inaugurando una nueva sección, estimado lector. Se llama "cartas al profesor".
Cabe señalar que en este caso la nota acompaña un escrito de seis páginas con letra preciosa y, sí, algunas faltas de ortografía, pero no tantas.
Me dan ganas de empezar a repartir cartas por el mundo.
"Estimado guarda, disculpe que le di todas monedas chicas, pero las de diez las reservo para la máquina del café del liceo"
"Señor cantor de bus, le advierto que no le di nada porque está usted desafinando de lo lindo"
"Señora rubia del asiento de adelante, ¿es necesario que tire usted tanto para atrás el respaldo, considerando que aquí detrás hay una profesora tratando de sacar adelante un poco de trabajo atrasado?
Esto sería interminable.
Lo voy a considerar.
Voy sentada en el 103 enterándome de mi futuro, quiera o no quiera. Mi número de la suerte es el 510 y debo practicar algún deporte para aflojar tanto estrés que me tiene tensionada. Algo pasa entre Aries y Acuario, pero no llego a escucharlo porque una frenada se impone a la radio y borra las palabras. Cuando sigo oyendo ya le estamos deseando un feliz cumpleaños a la Sole, "una cantante de Arequito", aclara el locutor, con su voz impostada y plena de intenciones didácticas.
¿510, entonces? Y yo que creía que era 16. 16 + 12= 28, fin de clases en CFE, descanso, caminatas, cine, teatro, reuniones con amigos, tiempo, vida. Debo estar equivocada. Es 510, entonces. El horóscopo del aire tropical no se equivoca.
Feliz martes de la diversidad cultural y los pueblos originarios, etc. Me voy a hacer algo que afloje mis tensiones: me voy al IAVA. Tan estimulante como dar clases en Florida, pero a solo media hora de mi casa.
Que nunca falte.
Paso toda la mañana y parte de la tarde del domingo oyendo los audios colgados en Youtube de Hernán Casciari en Perros de la calle. No limpio mi casa, no salgo a caminar, no me saco trabajo de encima, no nada: arranco como una obsesiva con el primero y sigo en orden cronológico hasta el 15 o 20, aunque hablen de Messi o se pasen media hora buscando a un hipotético Baslala que ya sé (porque hace dos meses que sigo al programa) que nunca fue encontrado y que probablemente no exista, o tal vez sí, quién sabe.
A las cinco y media salgo de mi casa rumbo a la Feria del Libro. Demasiado temprano, es verdad, pero es la única estrategia posible para zafar de los hinchas de Peñarol que a esa hora están jugándose el campeonato en el estadio de Danubio, a pocas cuadras, y que tanto si pierden como si ganan se van a poner pesados. Viajo en un 103 con el final del partido a todo volumen y en lo único que pienso es en los Canelones de la vieja de Mercedes enfriándose en la mesa, en el libro de Borges que el ex gordo nunca devolvió a la biblioteca y en los salames quinteros del flaco que hace chistes malos y no conoce al habitante más ilustre del pueblo (ni a nadie).
Debo estar mal.
Seguro, debo estar mal.
Vuelvo a recorrer la feria, disimulo como si me interesara algo más que los libros de Casciari que sé que no voy a ver por ningún lado, y termino yendo al Salón Azul. Falta apenas una hora y cuarto para que empiece la magia. Adentro, a sala llena a reventar, un muchacho rubio y hermoso con una especie de jopo levantado (o eso veo cuando la puerta se entreabre durante un segundo) dialoga con el público y con un payaso. Sí. Hay un payaso dentro de la sala, mientras afuera veinte o treinta personas intentan entrar a como dé lugar para ver al muchacho rubio y su jopo levantado, pero los organizadores no los dejan, y ellos se van con los hombros caídos y los libros no firmados. Me fijo en el programa: el nombre me suena. Voy a Wikipedia y me saco la duda: es el autor de diez libros, diez, y todos se llaman igual. Que termine de una vez. Que terminen él y el número de danzas típicas del salón de enfrente, que terminen todos y que arranque Casciari.
Opa. Se armó una mesita. Compré dos libros.
Estoy tercera en la fila, devorando Charlas con mi hemisferio derecho y sintiendo un algo de Levrero en las sesiones, cuando entran a la sala (ya vacía) dos personas: una mujer morocha y un muchacho de campera deportiva verde. ¿Era o no era? No puede ser. Muy flaco. ¿O era?
Era.
Me instalo en el medio de la segunda fila (porque la primera estaba reservada) y me dispongo a escuchar en vivo la voz que me acompañó desde la computadora y desde el papel todo el santo día. Detrás de mí tengo a un pendejo que me apoya los pies en el respaldo, adelante a una mujer que quiere comer bizcochos y los termina guardando porque no se anima, a la izquierda una chica que saca fotos con el celular y a la derecha otra que le lee un cuento a alguna persona que no alcanzo a distinguir, pero no importa.
Va a hablar Casciari.
Silencio.
Ayer volvía a mi casa de lo más tranquila en un 103 que tomé vacío en la Ciudad Vieja cuando pasamos por la zona del Parque Central y aquello se llenó de gente vestida toda con los mismos colores. Venían contentos (habían ganado), tenían todos ellos entre 15 y 20 años, y no eran malos gurises, pese al relajo que armaron desde el primer momento y que fue in crescendo hasta que bajé en la cooperativa. Ni uno intentó pasar sin pagar boleto, ni insultaron a nadie de otros coches o de la vereda, ni se pelearon con los pasajeros que ya veníamos en viaje. En realidad, creo que no nos miraron. Ellos estaban en una suerte de ceremonia litúrgica, tal vez regada con alcohol o ahumada con faso pero que algo de religioso tenía, al menos para ese grupo.
Cantaron a los gritos todo el camino. Saltaban, se empujaban y hacían una suerte de pogo en los pasillos del ómnibus, cuyo guarda (un chiquilín) iba de lo más divertido, mientras el conductor (que tendría 30 años) charlaba con un hincha tranquilo y se mostraba levemente preocupado por el estado del vehículo, pero no demasiado. Los hinchas de Nacional golpeaban el techo, los pasamanos, los respaldos de cada asiento. Yo iba sentada a la ventanilla, al lado de un hombre joven que por la cara y el silencio debía ser del cuadro contrario. En cierto momento se bajó, y pese a que el bus iba lleno nadie se sentó conmigo, porque al parecer era mucho más divertido ir parado, a los gritos, saltando y golpeteando cosas. Seguro.
Sus cantitos al principio me parecieron bastante inocentes, pero cuando les presté atención vi que no lo eran, para nada. No había grandes insultos ni malas palabras, pero si amenazas de muerte para los contrarios, e incluso reivindicaban como lo más natural del mundo que ya les habían matado a uno, cosa que cantaban todos, los chicos y las muchachas, con sus caras frescas, felices, con la alegría de un sábado a la noche con los amigos del barrio.
Hoy es domingo, plena tarde de sol de un domingo de fin de semana largo en primavera, y no puedo evitar escucharlos desde mi ventana abierta. No a los de ayer, claro está, sino a los otros, porque Peñarol hoy juega contra Danubio en mi barrio. Es una suerte que sus gritos y tambores lleguen hasta mis oídos en Arbolito, o me los habría encontrado indefectiblemente al salir de mi casa a la hora en que termina el partido. Ahora puedo adelantarme y zafar, aunque llegue al Centro demasiado temprano, no importa (y además, a riesgo de revelar mis prejuicios, debo reconocer que los de hoy me preocupan bastante más que los de ayer).
Hay veces en que me siento por fuera del mundo en que vivo.
Me pasa en los asados, me pasa en el Carnaval, me pasa en los fines de semana en que Danubio juega en Jardines, me pasa en las Navidades que no me interesan, cuando suena el Himno que no me conmueve o cuando la gente me habla de los programas de televisión o de las series que todos ya vieron y yo no escuché nombrar siquiera.
Hay veces en que me siento por fuera del mundo en que vivo, repito. Ni mejor ni peor, solo por fuera. Y no sé si quiero entrar.
Calle principal de mi cooperativa. Un hombre y una mujer estaban charlando a pocos pasos del salón comunal. En verdad ni los había mirado, concentrada como iba en la pantalla negra del celular y sus habitantes virtuales, hasta que la voz de la señora llegó a mi conciencia, y supe al instante que estaba hablando de mí. Le explicaba al señor quién era yo, aunque sé que ella no sabe mi nombre. Nunca hemos hablado, y nuestra máxima interacción ha sido un saludo a mano levantada, un par de veces, a media cuadra de distancia.
¿Qué podría decir, que me definiera? ¿"Ella vive en Arbolito"? ¿"Siempre anda apurada"? ¿"Se pasa sacando fotos a cualquier cosa"?
No.
"Ella es amiga de mi perra".
Levanté la mirada del celular, saludé a ambos humanos y seguí mi camino, porque solo detengo el paso en la cooperativa si siento un ruidito de patas caninas corriendo a mi encuentro.
Hola. Para todos los que no me conocen, yo soy Mariela, la amiga de Isis.
Que nunca falte.
Ah, sí, a la hora de hacer mandados en este barrio hay que elegir, ¿viste? Y más si encarás 8 de Octubre como para el lado de la Unión. Porque una cosa es la Tienda Inglesa, donde va la gente como una, nena, y otra es el Bocata de la otra cuadra, un microsupermercado tan poquita cosa que los lockers están afuera, sobre la vereda, porque adentro no les da el espacio para instalarlos.
El Bocata es una especie de leyenda urbana pero viva, real y palpable. La gente se amontona hasta lo indecible en sus estrechos pasillos. En la puerta siempre hay fila para entrar porque los empleados no dan abasto y establecen turnos. Hoy vi tantos candidatos a clientes que los conté: había 36 personas esperando, entre adultos y niños. 36 personas y unos cuantos perros, cabe señalar, y eso sin contar a los vendedores de comidas varias que desde temprano se instalan a su puerta como si fuera la entrada del Estadio o de la Rural del Prado. Todo muy pueblo, ¿entendés?
En cambio la Tienda Inglesa, viste, es otra cosa, qué le vas a hacer. Uno no termina de hacer el duelo porque no se ganó el viaje a Italia y ya te están pasando por los ojos la semana de Alemania, el mundo se vuelve negro, rojo y amarillo y hay chicas que te invitan con dulces o galletitas, por lo menos. Claro, a veces tienen sus cosas, como el paquete de quinoa que quise traer hoy y estaba roto, o la “Pierna de cordero” de 240 pesos que me apareció mágicamente en el ticket porque la empleada metió mal un código, haciendo que mis 32 pesos de manzanas se multiplicaran y cambiaran de reino. Lo normal, digamos, nada tan terrible, después de todo. Estuve a punto, a punto de preguntar por el precio de unas ollas nuevas de esas con tapas bien ruidosa… eh, de esas herméticas, digo, pero al final se me pasó.
No todas las polaridades se llaman Marconi/Carrasco; eso depende de dónde vivas. En mi barrio todos sabemos que dime a qué súper entras y te diré quién eres. O te diré qué compras. O cuánto gastas. O con quiénes te cruzas.
Es la misma vaina.
8.50.
Es una linda noche, fresca pero primaveral. Llegué hace un ratito de Florida, voy al Centro y entro al SODRE a ver un espectáculo de danza en el que bailan dos alumnas.
9.10.
Terminó la parte que fui a ver y me fugué silenciosamente de la sala. Afuera llovía a baldes. ¿Qué se hizo de mi primavera de hace media hora???
Esto se está acelerando demasiado.
Feliz Navidad. Año Nuevo. Algo. No sé.
Señor, señora: ¿está usted cansado de que lo miren bien? ¿Le gustaría sentir por un momento el odio ajeno e imaginar las puteadas silenciosas de sus compañeros de bus?
¡Es muy sencillo!
Paso 1: abríguese como para el Polo.
Paso 2: abra toda la ventana de su lado, y sienta cómo vuelan sus cabellos y los de la rubia de rulos que va sentada detrás de usted y su campera hiper invernal.
Listo. Ya es usted detestado por al menos una persona. Disfrútelo. Suerte en pila.
¡Atchís!
A las seis de la tarde de viernes ya no quedaba nadie en el CERP. El Pato (el bus amarillo que nos lleva a la parada) vino repleto de docentes y estudiantes. No hay un asiento libre en toda la terminal. Muchos más bolsos que de costumbre se amontonan en los andenes, la gente se saluda, charla, sonríe.
Un aire de fin de semana largo flota en todas las caras, y encima salió el sol.
Que nunca falte.
El CA1 viene repleto pero él toca quena y guitarra como si estuviera en el Solís. Hotel California, Dust in the wing y así...
Es chileno y angelical. Aclara que el instrumento de viento es una samponia, o al menos así suena.
Viernes iuvioso pero con buena música. Muchos pasajeros lo apoian con dinero, y él sigue tocando luego de recibir el dinero: Wish you are here. Ídolo.
Una madre, a su hijo preadolescente, en la parada:
_ Más vale que mañana en tu cumple no esté como hoy. Si no, ¿dónde metemos toda la negrada? Igual ellos con una Coca y un vino están contentos aunque sea en el fondo y esté lloviznando... Algo vamo' a hacer.
El guarda del 103, a un amigo:
_ ¿Vos viste lo que es el Negro? ¡El Negro es una bestia, papá! Te mete siete turnos seguidos... Yo no sé cómo hace. Mete mañana, tarde, noche... No sé cómo hace.
Administrativa del IAVA parada junto a la puerta de su oficina, mirando el patio vacío de la mañana:
_ Es precioso este lugar, no me canso de mirarlo. Un placer para la vista. Y los pájaros... ¡Qué lugar tan lindo este!
Estimado lector, usted elige. Canyengue con la negrada aunque llueva, laburo y más laburo o vida contemplativa. Recuerde que usted elige.
Después no se queje.
Feliz viernes.
Solo unos pocos elegidos pertenecen de verdad al gran mundo.
Solo los más distinguidos pueden percibir el perfume exacto en sus narinas.
Eau du Zorrillo Número 5, by CITA.
Un aroma que perdura.
0.06 de la mañana.
Mientras trato de digerir el hecho de que el coche 816 de Cutcsa acaba de pasar por el medio de la calle sin detenerse ante las seis manos extendidas ( pese a llevar solo unas diez personas de pie en su interior) una voz infantil me saca del modo furia matinal.
Él tiene tres años, calculo, y está de la mano del padre. Ni se enteró del incidente 816, y se lo ve de lo más contento entonando una Rueda Rueda de un par de versos que repite una y otra vez.
"Rueda rueda de pan y canela,
Viene la maestra, ¡le doy un coscorrón!"
Ah, ta, listo.
Cerrá y vamos.
Ellos eran unos treinta adolescentes de uniforme deportivo azul con el logo del liceo 52 de Villa García, y probablemente habrían subido al 103 en el principio mismo del recorrido, porque ocupaban la amplia mayoría de los asientos. Por las caras debían ser de segundo año. Uno de ellos, el más fatal, era de esos gurises que demoran en pegar el estirón y lo compensan portándose mal, de lo cual se iban quejando de vez en cuando algunos de sus compañeros, aunque entre risas, y sin mucha intensidad:
_ ¡Profe, el Jona anda molestando!
_ Bueno, decile que se tranquilice- llegó una voz desde unos metros más allá, que nunca llegué a asociar con una cara, porque el 103 de las nueve de la mañana iba lleno a más no poder.
Simpáticos, los chiquilines. Hablaban a todo volumen y se reían el 98 % del tiempo, pero sin molestar a ningún pasajero ni hacerse ver con bromas pesadas o malas palabras, nada de eso. Solo jugaban a sacudir la botella de Coca de uno de ellos, a tocarle el pelo a la chica más linda del asiento de adelante o a cantar "¡vamos al museo... pi pi pi... en un coche feo...!" En cierto momento pasamos por el túnel y tres o cuatro se hicieron los asustados, como que les daba miedo la oscuridad o los quince segundos del viaje subterráneo, no sé. No suelen ir al centro, pensé, o esta broma la habrían hecho a los seis años y no a los 13 o 14. Capaz que para algunos es la primera vez que salen del barrio. No sería nada raro.
Cuánto falta para que estos divinos del 103 de hoy dejen de tener trece años y empiecen a ser mirados como un otro distinto y potencialmente peligroso por la gente que no los conoce, pensé, mientras me bajaba en la parada de Eduardo Acevedo y comenzaba a caminar hacia otros gurises, más grandes, acostumbrados desde hace años a viajar al centro, con todas las perspectivas de no ser mirados con miedo por las personas mayores que se les crucen en el camino.
Capaz que es más fácil hacer reclamos por la tele o levantar muros que interesarse por el prójimo que está ahí, en otro barrio, quizá, con otro uniforme (los que llegan), en otro medio de transporte, pero cerca. Muy cerca.
Ayer iba volviendo al IAVA después de mi hora puente, con la bolsita de la panadería llena de calorías en una mano, cuando me encontré con algunas de mis artísticas.
_ ¡Profe, ahí en la puerta hay un 3 de espadas!- me dijo una que, como la tengo en Facebook, ya está al tanto de algunas de mis obsesiones.
_ Uh. ¿Espadas, otra vez? Bueno, pero igual la encontraste vos, así que no era para mí.- salí del paso, y entré al liceo mirando para el techo, a riesgo de resbalar en los escalones centenarios.
Pero las cartas no se dejan engañar, y hoy en la repisa de mármol al lado de uno de los cajeros automáticos del Shopping me estaba esperando la susodicha carta, o al menos una de sus homónimas, onda “no te hagas la viva, ¿eh?”.
Acabo de mirar qué significa el 3 de espadas.
Mejor no hubiera mirado.
¿Alguna alma caritativa podría hacerme el favor de adelantarse en mi camino e irme sembrando las calles de oros y copas, tréboles o corazones, o al menos despejándolas de bastos y espadas?
Sobre todo de espadas, ¿ta?
Se agradece.
Crónica retro.
Yo tenía unos 25 años, estaba haciendo el IPA y por las tardes trabajaba en un microscópico local de productos macrobióticos en la Galería Entrevero: La Tienda de las Flores.
Un día llegué al trabajo deseosa de contarle al dueño lo que me había ocurrido la noche anterior.
Venía de una semana de hacer un curso de espiritualidad con una argentina de nombre Luz Gallardo y acababa de poner en práctica una experiencia que me urgía contarle a Julio, a ver qué le parecían mis incipientes condiciones de maga.
La cosa era muy sencilla: habíamos aprendido una técnica para ponernos en comunicación con quien quisiéramos utilizando el poder de nuestras mentes. Yo, que andaba por entonces muerta con un amigovio que dos por tres se me borraba varios días, fui todo el viaje en 4 (era un trolley doble, me acuerdo como si fuera ayer) concentrada en que el susodicho debía llamarme apenas llegara a mi casa. Ni un minuto antes (mis viejos dormían) ni mucho después (o la que estaría durmiendo sería yo). El temita es que el curso era a muy altas horas de la noche, y por la velocidad del trolley iba a estar llegando casi a la una de la madrugada.
El muchacho nunca me había llamado más allá de las diez, pero yo iba convencida de poder mágicamente comunicarme con él para que apareciera en mi teléfono apenas entrara.
Y lo hizo.
Estaba subiendo la escalera tres minutos después de llegar, cuando sonó el teléfono y se me iluminó el alma.
Todo eso le estaba contando ese día a Julio, y no sé si lo más importante era la llamada del muchacho o mi poder de convocatoria. Cuando terminé Julio me clavó los ojazos azules un par de segundos antes de tirarme la pregunta matadora.
_ Si en verdad no te llamó él sino que fuiste vos quien lo convocó, ¿tiene algún valor ese llamado?
Y no, no tenía.
No volví a usar la técnica súper infalible, ni se lo conté nunca a él. Para qué. ¿Qué valor tenía? Ninguno.
Hoy tengo casi el doble de esos 25, y aprendí que la gente no debe manipular a los que quiere.
Pero extraño a Julio.
Y nunca olvidé del todo a aquel muchacho.
Este día del patrimonio tuvo de todo, pero lo que más me impactó fue encontrar un libro que hablara de Julio, mi viejo y querido Julio, un ser luminoso hasta el infinito, un guía, un maestro con todas las letras. Todavía escucho su voz. Todavía veo la paz de sus enormes ojos azules. Todavía lo extraño.
174.
174 son los pasos que separan mi casa del contenedor de basura. Sí, los he contado. Tengo mis probemitas, es verdad, pero ese no es el tema. Para hacerlo de mañana sería un desvío de unos 250 pasos, paso más, paso menos, y nunca salgo con tiempo de sobra. De noche no camino una cuadra en territorio no cooperativo, si puedo evitarlo.
¿Conclusión?
Algo huele mal en Arbolito, y no son mis gatas. Ni yo.
Ampliaremos.
viernes, 2 de septiembre de 2016
Setiembre 2016
_ Profe, ¿vas a la marcha hoy?
_ No sé... Supongo que sí.
_ ¿Con quién vas?
_ Voy sola, pero me encuentro ahí con mis amigos.
_ ¡Tenés amigos, a tu edad!!!
_ ¿...?
_ Mi vieja es como vos, pero no tiene amigos. Solo mi padre.
Existencias diversas.
Si me das a elegir... Me quedo conmigo.
Y con mis amigos.
Que nunca falten.
¡Qué mañanita, Teté!
Parte 1: la clase.
Mi viernes arranca siempre con el quinto Artístico 2, un grupo muy cálido, de unos treinta estudiantes, aunque cuando entré hoy había solo seis. Uno de ellos era un muchacho barbudo de voz conocida, que a los pocos segundos encajó en mis recuerdos con un flaquito de lo más querible, alumno de uno de los grupos de tercero del liceo 30 que más recuerdo, allá por 2011. Es el novio de una de mis artísticas actuales, y hoy vino a compartir la clase con nosotros, trabajó, participó y todo.
Como nunca llegaron a ser muchos (en lo que creo que colaboró el escrito de Matemática que tenían más tarde) decidí plantear un trabajo creativo, tomando como punto de partida el tema de la violencia en cualquier ámbito y las posibles formas de desactivarla o aminorar sus consecuencias. Les leí la crónica que publicó hace unos días otro ex alumno, Sebastian, que les gustó a todos, y de inmediato arrancaron a hacer dibujos, cuentos y reflexiones, solos o en grupo.
A la vuelta del recreo, mientras retomaban la actividad, algo raro empezó a crecer en un costado de la clase. Dos chicas se pusieron a discutir por ocupar el mismo asiento, y la cosa fue subiendo de tono. Al parecer la de pelo violeta quiso invadir el lugar de la otra, y si bien no había insultos el tono era cada vez más heavy, hasta que medio me preocupé, les pregunté en voz baja si estaban actuando y ambas largaron la carcajada. Sí, era una representación, y muy bien hecha. Teatro invisible.
Cuando entregaron vimos los dibujos, leímos los cuentos y reflexiones y todo fue aplaudido y disfrutado.
Para entonces tres chicas me avisaron que se iban a retirar, y lo hicieron llevando una enorme bandera con el logo del gremio estudiantil...
La mañana iba a seguir movidita, por lo visto.
Y ahí tocó el timbre.
Parte 2: el acto.
Liceo centenario, hermoso y fermental, el IAVA había sido elegido hoy como sede para el lanzamiento del fin de semana del patrimonio basado en la educación.
Cuando terminé con el primer grupo decidí instalarme en el patio y no darle clase al segundo (al menos mientras durara la ceremonia), porque leer Macbeth con discursos y coros de fondo no estaba dando. Y ahí me quedé hasta casi el mediodía.
La cosa arrancó alrededor de las diez y media. Hubo un video, que no miré, y cantó el coro de niños del SODRE, todos de remerita o camisa blanca con este frío tan poco primaveral, pobres. A continuación tomó la palabra una maestra jubilada, y no la largó más. La buena señora habló, habló, habló y siguió hablando, mientras yo me dedicaba a observar el panorama del patio.
Banderas, niños de blanco, cámaras y gente por todos lados. El patio lleno de sillas. En las primeras filas, la plana mayor de MEC y CES, Periodistas. Profesores. Adscriptos. Y al fondo, bajo la galería, los gurises del gremio, con pancartas, tambores, cascos amarillos y bocas tapadas. Impresionante. Esa fue LA imagen de la mañana.
Cuando por alguna razón del destino la buena señora que hablaba dejó de hacerlo, tomó la palabra el delegado estudiantil. Un flaco, rubiecito, que no es alumno mío. Confieso que me preocupó que hablara en el acto, en medio de la protesta de sus compañeros, pero el chiquilín estaba muy bien votado: hizo un discurso de cinco minutos que fue aplaudido fervientemente por todos, todos. Chapeau.
El acto siguió un poquito más, y al final los gurises esperaron la salida da de las autoridades cantando " sal de ahí, chivita , chivita...".
Y me vine a Florida, como todos los viernes.
Si me dan las fuerzas nos vemos en la marcha, pero no prometo nada. Esta mañanita tan fuera de lo común me ha dejados agotada, y además no tuve tiempo de comprarme un almuerzo y muero de hambre. Por suerte estamos entrando en Florida. Ta luego.
Parte 3: visita del consejero Silva al CERP... esto no terminaaaa!
El 103 viene lleno a más no poder esta mañana. Yo subí casi última en mi parada, porque me distraje dejando encima del contenedor la bolsita con una pascualina que compré ayer en una panadería de Bulevar. Es una cosa delicada la pascualina: por más fresca que esté, si a una no le gusta, no le gusta, aunque tal vez estaba rica para otras personas (los que la hicieron, por ejemplo).
(Pequeño paréntesis: el contenedor de frente a casa no está mås, el más cercano queda a cuadra y media para la izquierda, y como es desviarme hasta ahí o caminar más de dos cuadras hasta encontrar el de Camino Maldonado, hace un par de días que tengo una bolsa de basura en modo espera al lado de la puerta -adentro-, sigo aguardando que me devuelvan el contenedor o que renuncie Bonomi).
Decía que el 103 viene a pleno, pero en medio de apretuje la guarda trata a todo el mundo con extrema amablidad, un muchacho me dejó el asiento (-diosss... ya se nota que llegué a los cuarenta, parece-), no hay radio encendida ni cantor desafinado, muchas personas vienen charlando y se percibe una atmósfera amable y primaveral.
Me pregunto si será que es viernes, que hay sol o que mañana arranca un nuevo mes. O tal vez es que somos de verdad buena gente, pese a lo que dicen los informativos.
No sé.
Nueve y media de la mañana, sala de espera del ginecólogo al que voy por un examen de rutina. Hay varias sillas, porque es la zona correspondiente a seis consultorios.
Un joven delgado con evidente pinta de padre aguarda en silencio en el asiento de enfrente.
Detrás de mí, en un mostrador, una morocha de ojos claros estaba atendiendo consultas sobre el cuidado de la vista o algo similar. Un hombre interrumpe cuando intenta explicarle algo a alguna veterana. No los veo, pero los escucho.
_ Perdón, te puedo hacer una pregunta?
_ Sí, como no, señor. Si espera que atienda a la señora...
_ Es solo una cosita, ¿cómo se hace para...?- y planteó una duda, que no registré. La chica vio que iba a seguir insistiendo, le solucionó la inquietud y él se fue, pero volvió sobre sus pasos solo para agregar:
_ Te felicito por los ojos hermosos que tenés.
Y se fue.
Baboso.
Sigo mirando a mi alrededor.
Un padre cuarentón y de muy buen ver juega con un niño adorable y con su gato de peluche.
Una pareja: ella a punto de parir, a juzgar por la panza, él, jugando cositas ruidosas en el celular: "dobla a la derecha..."
Una madre joven enamorada de una criatura risueña que la mira con ojos embelesados.
Se abre el consultorio que me toca, y asoma un doctor petiso, de unos 25 años. Esto me pasa por pedir hora con cualquiera, pienso; me tocó con un péndex recién recibido. Espero que al menos haya sido medalla de oro de su generación.
Llega la mujer del flaquito que aguarda pero no viene sola, sino con un bebé en brazos, una nena de tres años y dos colitas y otro hombre, de barba, en este caso. La mujer es caribeña, usa unos tacos finitos y altísimos, y tiene un gran tatuaje de escorpión en el empeine del pie derecho. Ha tenido un bebé hace poco pero se no le sobra un gramo de grasa: flaca, flaca, flaca. Es un encuentro de padres y niños, parece. Se saludan cortésmente, ella le da la nena y se va con el bebé y el barbudo, a la vez que el flaquito que aguardaba sale feliz con su hija aúpa, que va contándole chocha de la vida cómo el médico la ayudó a curar a Cachumba, la muñeca de trapo negra que lleva en los brazos.
Es casi mi turno. Miro la orden: señora Isolda Rodríguez. Oh oh. Me acaban de confundir con algún vejestorio, pienso, y voy a reclamar a la recepción. Pero no era un vejestorio, sino una señora embarazada, según me dijo el ginecólogo cuando lo comenté al ser atendida dos minutos después. Al final era un médico de mi edad; se ve que el péndex era solo un asistente.
Diez minutos y 1525 pesos más tarde abandoné la clínica, y aquí estoy, yendo a Florida para hacer mil horas de departamento y ninguna de clases, porque mis estudiantes se vienen hoy a Montevideo a entrevistar a Circe Maia.
Feliz jueves gris e indeciso.
Jueves de lecturas interminables pero gozosas.
Que nunca falten.
El ómnibus sale diez metros de su ruta habitual y mi cerebro concluye: accidente. Patrullero detenido con las luces encendidas: robo a un comercio. Siento un estruendo de guerra a la medianoche: debe ser aniversario de Peñarol. Se me acerca un estudiante con cara de circunstancia un día de escrito: viene pedido de cambio de fecha. Sendic va a confirmar su licenciatura: 10 a 1 a que no lleva el título.
Esta vida se me está volviendo un tanto predecible.
¿Será la famosa "madurez"?
103 repleto de las nueve de la mañana. Voy parada frente a un padre y su hijo de unos 7 años, en los asientos del fondo.
_¿Y, papå?- pregunta el niño a la altura de la Curva.
_ Falta poco- reponde el señor.
Pan de Azúcar:
_ ¿Ahora?
_ Falta poco.
Comercio:
_ ¿Cuándo bajamos, papå?
_ Falta poco.
Propios:
_ ¿Qué es poco?
_ Falta poco. Después del hospital.
Hospital Militar:
_ ¿Falta mucho?
_ No.Falta poco.
Sigo mi viaje parada junto a ellos, pensando que el viejo nos engaña a ambos, un poco quizá como yo misma me autoengaño al arrancar el trabajo cada jornada.
"Falta poco".
Ja.
Sábado de viento helado, de buzos de lana, de estufa a leña, de andar encapuchado y con las manos en los bolsillos.
Lunes de cerrar las cortinas de la CITA para que no entre el sol, de prender el aire acondicionado en frío, de ver palomas bañándose en charcos de agua y personas tapadas para no broncearse de golpe.
Uruguay, país de contrastes.
Por las dudas dejemos los guantes y las bufandas a mano. Nunca se sabe lo que puede deparar el mañana.
Mi número de la suerte es 808, y debo emprender nuevos proyectos. La radio lo dice, es "con mucho gustooo... el horóscopo del aire tropicaaal".
Pero el locutor da un número diferente para cada signo... ¿Cómo funciona esta lógica?
Los dejo, debo concentrarme en el programa, que está haciendo preguntas complejas, como cuál es la capital de Perú, y nos saluda desde "las postrimerías del mes de setiembre". Opa.
Es un sentimiento que me llega al alma; ella me sonríe y yo pierdo la calma.
¿Como pude amarla así?... Y ahora la odio tanto...
¡Aquí te esperooooo...!!
El lunes arranca un tanto ciclotímico en la radio del 103, o seré yo, que vuelvo al ruedo después de mis dos días de mini vacaciones.
"Será mejor que la olvides, corazón"; me grita ahora un señor que cree cantar, con fondo de maracas y un tecladito mononota.
¿Cómo olvidarla? ¡Si es en lo único que pienso! Cuenta regresiva...
Arrancamos la semana 5.
Queda poco.
Misterios de Arbolito
Un vez, en la adolescencia, mi novio y yo salimos de casa como a la medianoche y en la calle totalmente desierta y silenciosa no había ni rastros del BMW 2002 que él quería más que a nada en el mundo (incluyéndome).
Otro día fue mi viejo el que enfrentó el vacío, pero esa vez no había desaparecido su auto (un LADA bordó durazo para manejar y además bastante viejo), sino el trapo con que lo cubría por las noches, una porquería hecha de retazos sobrantes del taller, que nunca entendimos para qué alguien podía querer.
Hoy fue el contenedor. Salí con mi bolsa de basura, me paré en la esquina y miré. Ni rastro de contenedor en dos cuadras a la redonda. Nada. Ni uno.
¡Go back my contenedor!
O que renuncie Bonomi.
Lo que sea más fácil.
Todo sucedió en un segundo. Estiro la mano para parar un 109 en 18 y Eduardo Acevedo cuando se superponen el grito de una mujer, movimientos de varias personas en auxilio de un hombre caído en la vereda, frenadas desesperadas de un ómnibus y varios autos y la imagen de un adolescente que vuela en el aire y le pega una patada a alguien que no llegué a ver pero que escapó en medio del tránsito espeso del mediodía . Un robo más en la ciudad de Montevideo; aquí no ha pasado nada, señoras y señores. El caído se levantó en seguida, las personas empezaron con las consabidas frases de consuelo y aestoshayquematarlosdesdechicosaversiaprenden, como siempre, y yo me quedo con la imagen del adolescente que al menos trató de hacer algo. Medio violento, es verdad, pero fue lo que le salió sin pensarlo.
Así está el mundo, amigos.
Terminaría con que me quiero ir a vivir a Barga, pero ahí también hay ladrones, porque uno de esos días vimos un auto junto al nuestro que amaneció con el vidrio de atrás hecho pedazos.
En todos lados se cuecen habas, decían los viejos.
Feliz primavera.
Sin miedos pero sin dormirse.
Así está el mundo.
Soy una oyente cautiva de un informativo radial. Escucho reclames horrendos, opinones que no me aportan, noticias que no son tales y (lo peor) lectura de comentarios de oyentes que oscilan entre lo insulso, lo tonto y lo venenoso.
¿Cuánto tiempo de vida le queda la radio y la TV si no evolucionan? Me siento en la década del ochenta., y no solo por mi peinado. Y no, no uso auriculares. Por ahora.
Feliz 21 de stiembre gris, húmedo y fresquto.
No se crean lo de los tres meses de primavera. Es una leyenda urbana.
Y sigo oyendo el informativo, que me cuenta como idea bomba la posibilidad de una materia de lenguaje audiovisual que existe desde hace años. En fin.
Manual de consumo de la tableta de chocolate Águila que acaba usted de comprar en un comercio frente a la parada del ómnibus:
Paso1: Guarde la tableta en el bolsillo de la mochila y dígase mentalmente "mejor la guardo para después, con un cafecito".
Paso 2:abra uno de los extremos, corte un pedazo de unos 2 cm aproximadamente y consuma con deleite.
Paso 3: vuelva a guardar la tableta, cierre el bolsillo de la mochila y mire distraídamente por la ventanilla durante dos o tres segundos, que le parecerán eternos.
Repítase la operación hasta que el paso 2 se le vea imposibilitado de realizar por razones de ausencia de chocolate. Tire el envoltorio y póngase a escribir en el celular, para olvidar.
Buena suerte.
Ayer de noche se me dio por buscar el significado de la carta que había visto en mi camino, cosa que nunca hago, y era de lo más nefasto. Siempre me pasa lo mismo con estas cosas: cuando se me da por preguntar lo que sale es por lo menos negativo. Tal vez por eso no investigo mucho, no sé, y ya me da un poco de miedo.
Hoy veo que en "un día como hoy" además de una foto del cadáver de un paraguas que me conmovió, además de un comentario sobre un recital de Buitres y además de unas cuantas cosas habituales, hace 4 años (justo) había colgado la misma carta. Por aquello de las regularidades y los ciclos, digo. En fin.
Eran dos muchachos que andarían por los veinte años. Simpáticos, ambos cargados con enormes mochilas, detalle nada común en los cantores de bus. Hicieron una improvisación con palabras que les dimos los pocos pasajeros de las tres de la tarde en el 526, acompañados por una base musical que sonaba fuerte, pero sin llegar a ser molesta. Después de ser aplaudidos y antes de bajarse uno de ellos nos hizo el Top Tres de las palabras más difíciles que les habían dicho hasta ahora: australopitecus, supercalifragilísticoespialidoso y esternocleidomastoideo.
_ Con esa última debo confesarlo... No pude- reconoció antes de saludarnos de nuevo y descender del bus.
A la parada siguiente subió otro veinteañero, quien también instaló una pista musical, pero no para incursionar en el "Free Style" que los hiphoperos nos habían explicado, no. Este encaró con una preciosa flauta una composición de Johan Sebastian Bach, que fue debidamente presentada a todo el pasaje capitalino y sonó como los dioses.
Qué querés que te diga...
Esto no es el 103.
Viajo en el 526 y me agarra como un status, visssste, Mecha. Esto es otra cosa.
Que nunca nos falten Bach, los omnibuses para gente como una y las palabras de cuatro sílabas, por lo menos. Por lo menos.
Paso por el costado de Tres Cruces, donde ya se está armando una feria llena de mesas y carpas multicolores. "San Pancracio", pienso con tono de experta, al mismo tiempo que escucho que el chofer le dice a alguien:
_ Hoy es 19. San Expedito.
Ufa.
No importa qué tan montevideana y ex feriante sea una: al final siempre llegamos a que solo sé que no sé nada.
Maldito Sócrates.
(Viene bravo el lunes. Menos mal que tengo café en la mochila. Ampliaremos.)
Es rara la ciudad cuando es de día y aún no despierta. Veredas vacías, cielos grises, árboles respirando inmóviles, omnibuses que se desplazan entre bostezos, radios con noticias a medio volumen, pasajeros silenciosos. No suben vendedores. Los comercios de la Unión tienen cerradas sus sucias cortinas, y los bares permanecen a media luz, como a la espera.
Es rara la ciudad cuando es de día y aún no tiene habitantes, y me gusta esta cosa de cemento llena de papeles, marquesinas decadentes y personas quejosas,qué le voy a hacer. Vivo pensando en otros universos, pero sé que este es mi lugar.
"Conservate en el rincón/ en que empezó tu esistencia/ vaca que cambia 'e querencia/ se atrasa en la parición". Maldito José Hernández. Me estaba tratando de vaca y yo sin darme cuenta.
Sigo mi viaje hacia otros rincones, que no son el mío pero se dejan prestar.
Y que nunca falten.
Tarde de domingo en Arbolito
16.20: "Me voy a sentar un ratito en el patio para que el pelo se seque más rápido al sol."
16.25: "Mmmh... esos ladrillos de la pared contra el piso tienen una capa de musgo; eso debe favorecer la humedad. Lo voy a sacar con un cuchillo viejo".
16.30: "Qué genia que soy; sale re fácil".
16.32: "¡Una araña, una araña, una araña!"
16.46: "La muy viva se refugió en el rinconcito exterior del marco de la puerta. Si cierro la aplasto, pero no la quiero matar, y ni loca la toreo para que se vaya de ahí".
16.48: "Listo; solucionado el problema: no cierro nunca más la puerta de la cocina. Espero que nadie se dé cuenta".
17.13: "En la milésima mirada de lejos al rinconcito descubro que la criatura ya no está. Mi casa vuelve a estar segura. No vuelvo a explorar la Zona Musgo hasta 2019, por lo menos."
Él tendría unos cinco años, y ella un par más. Eran primos, y compartían el mismo asiento en el 306 repleto del mediodía.
_¡Vamos a jugar a ver casas!- propuso la nena.
Él, a la cuadra:
_ ¡Ya vi como diez!
_ Ah...Yo no estaba jugando.
_ Pero vos dijiste...
_ Sí, pero no estaba jugando.
_ Vamos a jugar a otra cosa.
_ Bueno ¡Ya sé! Juguemos al Rey del Silencio: el primero que habla pierde.
_¿Eh?
_ Perdiste.
_ ¡No se puede jugar contigo!
_ Perdiste otra vez.
Y ahí me bajé.
Pobre piojo. Yo también habría perdido con la malvada Reina del Silencio, y con cualquiera que me viniera con eso de que "me gusta cuando callas".
Vivan las palabras.
Que nunca nos falten.
Pasan los meses, pasan los años, y el Intercambiador Belloni sigue en veremos.
Hoy la parada que está al frente era un pequeño Shopping del ambulantismo. Un veinteañero voluminoso como el que más, con unos pocos paquetes de pastillas en la mano. Un veterano con bolso negro lleno de chocolates símil chocolates. Dos flacos treintañeros de muy buen ver tocando la guitarra. Mi preferido: un señor canoso surcado de arrugas pero quizá no tan viejo, con una prolija tabla llena de dulzuras tradicionales y multicolores: carmelos de miel, de anís, de dulce de leche, entre otras calóricas tentaciones.
Distraída en esa contemplación estaba cuando escuché una voz familiar que hacía como dos años no llegaba a mis oídos... ¡El Morocho rapero vive y lucha! O al menos eso creo, porque en una pestañeada lo perdí de vista, y ahora no sé si es él que volvió al ruedo o si fue una alucinación de mis sentidos para recordarme que no todo son guitarras y golosinas en el transporte público capitalino, y que el Morocho Rapero puede ser tan eterno como el espacio y el tiempo.
O como el Intercambiador Belloni.
Dudas varias:
¿Cómo se le dice a una persona que guarda el boleto de la ida y tira en la papelera del cerp el que va (o iba) a usar a la vuelta?
¿Qué nombre recibe la obsesión por conocer lugares nuevos que la lleva a una a internarse por los más recónditos rincones de Florida, sin saber en cuáles hay perros bravos o veredas desparejas?
Y por ultimo (pero no menos importante): ¿qué diablos hace Alessandro Gassman viajando en la CITA de las 18.30, camuflado de jogging y championes y con una bolsita blanca de nylon en la mano, como si fuera simplemente un hombre común que retorna a su hogar tras una larga jornada de trabajo?
Estoy arrancando una semana sin clases en Florida con solo dos días de ídem en el IAVA. Si no nos volvemos a ver es que me escapé con Alessandro; sepan disculpar, y cuiden a Roldana y Tania hasta que vuelva, ta?
Muchas gracias.
"Quien quiera nacer tiene que destruir un mundo", decía una novela de Hesse (Demian, supongo, aunque no podría asegurarlo), y recuerdo que la idea me impresionó profundamente cuando la leí en plena adolescencia, en esas tardes en que el liceo no nos tapaba a deberes y todos podíamos disponer de horas y horas libres para invertir a nuestro antojo.
El tiempo ha pasado. Han venido las canas, se han ido las tardes libres (de marzo a octubre, por lo menos) y uno se supone que debe haber ido elaborando algunas -pocas- sapiencias, de esas que los que nos juzgan suelen llamar "signos de madurez". Y cambiamos. Todos cambiamos.
Ya no pienso como a los 16 años que quien quiera nacer debe destruir un mundo, no porque viva en el mejor de los mundos posibles sino porque he descubierto que vivo en el único mundo posible: el mío. Que no es igual al de nadie, que parece coexistir con esos otros millones de universos de los que hablan las gentes, pero que no se superpone. Nunca se superpone del todo. Mi mundo no es ni más ni menos auténtico o verdadero que el de cualquiera, solo que es el mío. Nadie ve la realidad a través de los ojos de otro, y si los dejamos decirnos cómo es la vida es solo por pereza y por un ratito, nunca por mucho tiempo.
Por eso no me gasto en intentar convencer a otros. Dialogar sí, a veces, según con quién. Pretender unanimidad, imposible, y además poco constructivo.
Un viejo profesor (que además era un mago, y no solo metafóricamente) me dijo una vez que el mejor consejo que podía darme era que escapara de las salas de profesores, y creo que tenía razón, lo que explica por qué muchas veces huyo, aunque el cuerpo permanezca. Es demasiado valioso nuestro tiempo en esta vida como para desperdiciarlo con charlas insustanciales o quejas inútiles, sea en el ambiente que sea: sala de profesores, reuniones familiares, redes sociales, discusiones de ómnibus o de supermercado, charlas de vereda.
Guarda e passa.
Investigar, crecer, revolucionar, mejorar, luchar, defender, sí. Intercambiar palabras por el puro deporte de describir cómo creemos que es el mundo, no.
Paso, gracias.
Recién tiré.
Yo no me acordaba del nombre de la banda, pero no fue inconveniente; ella lo buscó pacientemente en su computadora hasta dar con él. Cuando prendí el celular para confirmar la fecha en un mensaje de wsp no me dijo que lo apagara, y al constatar que mis abis alcanzarían apenas para un café con leche ni se hizo problema ni me dijo nada, solo me pasó los suyos y me hizo ahorrar 250$.
Que nunca falten las personas solidarias. Y tranquilas. Y sin prisas.
Que nunca falten las personas, en fin.
Se desplaza a una velocidad promedio de 5 km/h, no produce precipitaciones excepto cuando estornuda, y graniza únicamente si le da por tirar cosas de la mesa, especialmente objetos pequeños que después demoro meses en volver a encontrar. Su peligrosidad se intensifica en horas matutinas, cuando juega a meterse entre mis pies. La actividad eléctrica es mínima, aunque un par de veces me dio como una descarga extraña al tocarla, y en vez de truenos emite unos sonidos de igual intensidad pero agudos.
En Arbolito no es necesario consultar una página para saber que vivimos en alerta amarilla.
Por suerte.
Martes 13:
14.35: lluvia torrencial, viento huracanado, vamos a morir, vamos a morir!!
14.40: tarde soleada y viento suave en la Curva de Maroñas.
14.45: todo puede suceder.
Bajo las escaleras del IAVA y un muchacho me alcanza un volante de clases particulares. Sigo mi camino flotando hasta 18, aunque no sé si es por el ego inflado o por la alerta naranja
La zona de los accesos a Montevideo es una imagen difícil de digerir, que tienta a zambullirse en un libro y no pensar demasiado hasta que la CITA sale al campo abierto y el aire puro de la ruta. Paredes grises, casas precarias, hacinamiento y miseria hasta donde la vista alcanza dejan en el alma del observador una pátina de culpa y vergüenza que dura un ratito, hasta que el paisaje lo limpia un poco por dentro y se vuelve a reiniciar en el olvido.
En medio de la desolación hoy, sin embargo, un grupo de unos diez hombres y mujeres estaban comiendo algo, charlando y riendo sobre el pastito de la vereda, seguramente en su media hora del almuerzo, todos vestidos de uniformes anaranjados. Sentados casi en ronda se mataban de risa por algo, sin percibir la grisura del entorno, la proximidad de la lluvia ni (mucho menos) la mancha amarilla con letras rojas que cruzó veloz por la carretera.
Dejeneur sur l'herbe, versión ruta 5. O tal vez ruta 3, no estoy segura.
Que nunca falten las manchas de color entre los grises, los descansos en el trabajo y las risas compartidas.
"Ella es gordita, piernuda, no le va muy bien en gimnasia, pero lo que le sale bien es la carretilla... ¡Si la vieras!", le cuenta una madre a otra en el 103, y de pronto me veo en el patio de la Escuela 55 de Jardines del Hipódromo, en la clase de la señorita Zulma. Nunca fui gordita ni piernuda, lo cual parece no haber bastado para destacar en los deportes. El paro de manos nunca me salió. Correr, más o menos. En el Manchado solía esquivar bien aunque no eliminaba rivales. Pero la carretilla y las carreras de la especialidad eran mi fuerte. Teníamos clase una hora, una o dos veces por semana, en el patio de polvo de ladrillo y piedritas lleno de envoltorios de los Chocolondos y de chicles Ploc! que vendía la vieja Eudosia en una covacha que hacía las veces de cantina. Vieja neurótica, malhumorada y gritona, la Eudosia. Al fondo, pasando el campito, vivía otra vieja, de la que lo único que me acuerdo es que una tarde los 600 niños de la 55 empezamos a decir que era una bruja y unos cuantos le apedrearon la casa.
Mirá qué interesante, todo lo que te puede despertar una sola palabra oída por casualidad en el primer bus de la mañana.
A propósito, acabo de pasar el túnel; es tiempo de ir bajando.
Feliz lunes de sol o de tormenta. Nunca se sabe.
Él es voluminoso, cabezón y pelado. Debe andar por los cuarenta y algo. Cuando reparo en su existencia es porque viene sentado delante de mí en el 405 y se entretiene en mostrarle una tras otra diferentes fotos de una moto al péndex rubiecito que va al lado y las contempla con una especie de atención flotante entre el vehículo y las notificaciones de su wsp. Debe ser su hijo, pienso, debe ser un buen pibe, que viaja un poco atomizado por el viejo pero atento a su obsesión motoquera. En eso veo que el pelado entra a mostrarle fotos de minas voluptuosas en bikini. Padre separado, clavado, y a lo que se ve un poco inexperto con el manejo del teléfono.
_ Mirá, te la amplío y... ¡Uy, la eliminé sin querer! Igual no te preocupes que esa foto la podés encontrar en internet.
En eso el pibe dice de golpe "chau" y se baja sin mirarlo. Se ve que el cuarentón no era el viejo, después de todo, sino un baboso y denso compañero de asiento ocasional.
Moraleja: ojo con quien te sientas.
Hay mucha gente sola en este mundo.
¡Tan sola!
Domingo de tarde en el 103. 5 adultos y 7 niños en los primeros 5 asientos. Una canción melódica internacional medio inescuchable desde el asiento del chofer y un regetón ídem en el fondo. El guarda discute con el chofer sobre si bajó o no bajó alguien por la puerta del fondo, mientras vamos a los frenazos, un bebé se desgañita llorando en el medio del coche y una señora habla (casi grita) en portugués por el celular.
Domingo de tarde en el 103.
Como la vida misma.
"Su antivirus está obsoleto":
Ups.
Se ve que el señor Avast se cansó de enviarme mensajes discretos, del tipo de "Hace x días que no actualiza su antivirus" y ha decidido emplear un lenguaje más directo.
Obsoleta tu abuela.
Y sí, ya reinicio "el ordenador", ganaste.
Como siempre.
Duda existencial.
Desde que esta cosa decidió mostrarme cada mañana mis "recuerdos de un día como hoy" he empezado a percibir algo que no termino de definir si es o no inquietante: me repito con una regularidad casi matemática.
Cuelgo fotos muy similares, constato hechos parecidos o registro pensamientos que van en la misma línea, con uno o dos días de diferencia. No digo cosas obvias, como que en setiembre arranco a hacer cuentas regresivas o a constatar el calorcito de la primavera, ni me refiero a lo permanente, como una queja por un cantor de bus desafinado, no. Digo que a través de esta mirada para atrás (en este caso, hasta 2012, ahí nomás) empiezo a entrever un trazado de líneas que parecen alejarse pero terminan volviendo y pasando otra vez frente a mis ojos, como una especie de mandala sin precisión geométrica, pero visible. Coinciden mis días felices y coinciden los problemáticos, mis tiempos libres y mis estreses, coinciden los días en que escribo y atomizo respecto de absolutamente todo y también los otros, los días de silencio, en que las palabras dolerían demasiado y prefiero dejarlas adentro para que se sanen en reposo.
¿Soy la única a la que le pasa?
Memo personal para guardar, pegar en la puerta de la heladera y repetir 3 veces antes de salir cada mañana de mi casa: Debo sacar SIEMPRE boleto de una hora. Siempre. Por si me veo envuelta en una nube desagradable multisensorial como la de hoy, apretujada, oyendo a Ariel Pérez por la radio del chofer y mareada (es un decir, más bien sería asqueada) por el mal aliento del veterano que viene a mi izquierda. Cosa jodida el mal aliento. El señor parece limpio, pero igual: el que lo tiene no lo percibe. Si me pasa, quiero saber. No, no por acá!!! Por mensaje, plis.
Sigo mi viaje, donde al menos la vista no tiene de qué quejarse. Algo es algo.
Siempre una hora, no lo olviden. Ariel Pérez acaba de poner "bien bien buena, tú te ves bien buena", ay, diossss.
Y feliz viernes.
Tantos años sobre la tierra y aún tan crédula; parece mentira. La primera tarde de sol y aire caliente y ya retirás el calientacamas y cambiás la alfombra peluda bajo la mesa por una livianita y veraniega hecha de esterilla, como si a partir de ahora todo fuera aprontar el pareo, el bronceador y las ojotas. Parece mentira.
¡Pero da una alegría!
Siendo las 17 horas del día 10 de setiembre de 2016 se da por bienvenida la primavera en Arbolito.
Y que sea lo que sea.
En el viejo viejo viejo liceo 30, el de media cuadra antes del túnel, la entrada del turno se hacía pasando de a uno frente a las dos adscriptas, Ana María (la joven, digamos) y Griselda (la vete, pintarrajeada y siempre a punto de desarmarse de tantos tacos y caravanas enormes). Era plena dictadura, y además de la obligación general de la insignia y el uniforme perfecto, las chicas no podíamos ir maquilladas, ni siquiera con las uñas pintadas.
Con respecto al pelo las normas se ve que no eran tan estrictas. Mis compañeras iban pasando con sus hermosos cabellos lacios, Laura, Mariela, Marina, todas entraban sin problemas, pero a mí siempre me decían lo mismo:
_ Rodríguez, átese el pelo.
_ P... p... pero...
_ Rodríguez, ya le dije que se atara el pelo o no puede entrar a clase.
Y Rodríguez, que se había pasado la noche con el torniquete para ver si aplacaba el efecto Mafalda (ya que por entonces nadie le había dicho que tenía rulos), se lo ataba como podía, aunque por dentro pasaba media mañana insultando a la veterana y pensando que así el chico de tercero que le gustaba nunca le iba a dar corte.
Se ve que los pelos alborotados para ciertos regímenes represores no se asocian a la obediencia debida, y deben aplacarse a como dé lugar. O, como me dijo una compañera el año pasado, sin ir más lejos: "tenés que sacarte los rulos. El rulo no da distinguido". En fin.
Todo esto me vino a la memoria al leer esta nota.
Aplausos para la sudafricana de nombre complicado; que nunca falten las rebeldes, aunque sea en temas aparentemente intrascendentes.
http://www.montevideo.com.uy/contenido/Estudiante-sudafricana-se-rebela-contra-el-lacio-obligatorio-319771
El coche 2 de las 19.30 de CITA suele tener una fauna tan estable como variopinta. Está la señora voluminosa que tiene 18 gatos y me cae muy bien, está el veterano canoso de ojos claros que parece ser sumamente culto y etéreo, está mi compañera del CERP que da Inglés, es como yo en todo y por lo tanto me cae bárbaro, está el profesor de tenis, que sube con su ropa deportiva, su raqueta y sus pelos grises un poco desprolijos, está (hoy) mi compañero de asiento, un muchacho medio grandote de unos treinta años que venía jugando algo en el cel, comentando cada movimiento en voz alta y ocupando parte de mi espacio, hasta que salimos a la ruta y me pasé a otro lugar, en el asiento de enfrente. Y está (siempre está) él. Alto, delgado, con voz grave, de barba, de mi edad. Él. Supe saber su nombre, pero me lo olvidé. Él es el motivo por el que no es tan terrible tener que volver de Florida en la CITA de las 19.30, aunque se pase todo el viaje durmiendo y nunca le toque ir sentado conmigo.
El muchacho de enfrente me mira como con odio por haberlo abandonado, pero no me importa, porque estaba invadiendo mi limitado espacio personal, y además no es él. Si lo fuera podría considerarlo, pero no es.
La CITA avanza mansamente por la carretera, con su fauna habitual y esporádica, incluyendo a la rubia de rulos que escribe y escribe como si no le importara nada del resto del mundo, aunque no es verdad. No es verdad.
La séptima semana de la cuenta regresiva continúa su avance inexorable y hay olor a pre pre pre primavera en el ambiente.
Que nunca falte.
Llegar a tu casa y descubrir que alguno de tus vecinos le está dando de comer a un perro (suponés) en TU jardín, en un pote de esos blancos de dulce de leche de 5 kilos, no tiene precio.
Alguien se está pasando de listo en mi barrio.
Cuando se apagan las luces del pasillo en la CITA comienza la hora de la verdad. La oscuridad de la noche y la aparente privacidad de los dos asientos por pasajero van produciendo una extraña alquimia en las cabezas de los que viajan de Florida a Montevideo.
El de atrás, por ejemplo, que al principio iba hablando de trabajo, de fábricas, de cómo encarar la vida y los negocios, el mismo que cuando su amigo se bajó en Mendoza se dio el lujo de decirle paternalmente "ojalá nunca cambies esa cabeza y sigas pensando así", ni bien quedó solo y a oscuras llamó a su mujer para hacerle una infantil escena de despecho que empezaba por "no te quedaste hasta que arrancó el ómnibus, te fuiste en seguida".
El de enfrente parecía tranquilo, dado que venía durmiendo lo más pancho, hasta que en cierto momento abrió un ojo y lanzó un sonoro "pero yo no puedo creer, recién vamos por Canelones, la puta madre que lo parió, por diosss!".
El de adelante, por su parte, es un compañero profesor del CERP de pinta muy seria y discreta, si no fuera porque viene cantando algo en un pseudo portugués ridículo hasta lo indecible, con grititos y alaridos bajos dignos de no caer en el olvido.
Cuando se apagan las luces de la CITA se encienden las señales de alarma de cada loco suelto, pienso, y me pregunto en cuál categoría debería incluirme, aunque por un tema de estabilidad emocional prefiero no contestarme, por ahora, y seguir jugando solitarios y comiendo galletitas de limón y jengibre, de esas que vende Tienda inglesa, oferta especial por la Semana de Gran Bretaña, según dicen.
Que nunca falten.
Complicadita la mañana para el transporte capitalino.
Venía de lo más tranquila en el CA1 que tomo por tres paradas, del liceo a Tres Cruces. Un músico ambulante (probablemente boliviano) estuvo haciendo un par de temas, con amplificación y todo, que sonaban bien, tranquilos y armoniosos.
Llegando a Bulevar el músico iba charlando con el chofer sobre el partido de ayer y sobre lo lindo que sería ver un partido con lo que él denominaba El Quinteto Perfecto, a saber: Suárez, Messi, Neymar, Ronaldo y Sánchez, cuando de repente hubo una frenada tan fuerte que varios pasajeros gritaron y yo me fui sobre el asiento de adelante con terrible empuje. Era de las enfrentados, y me pegué ambas rodillas contra el borde. Otra mujer se golpeó la mano, todos quedamos impactados, pero nadie dijo una sola palabra.
Había cambiado la luz, la camioneta de adelante clavó los frenos, el CA1 se ve que hizo lo mismo y le quedó literalmente a dos centímetros. Pufff... Zafamos. Apenas.
Mi CITA acaba de arrancar; va despacio, por ahora, y espero que no cambie, aunque llegue tarde a Florida.
Ampliaremos .
Espero.
El primer bus de hoy fue un 405 que venía lleno a más no poder, con todas las ventanillas cerradas y empañadas por el frío y la humedad de las siete y media de la mañana. Todo transcurría con relativa calma, hasta que un movimiento confuso tuvo lugar entre la abigarrada masa de humanos y abrigos: una chica de unos veinte años muy prolija y maquillada acababa de desmayarse cuán larga era en el pasillo. Dos señoras trataron ipso facto de reanimarla y la pusieron junto a una ventanilla que abrieron, mientras un par de personas les gritaban que ahí tenían un asiento, que la trajeran, que debía sentarse.
_¿Está embarazada?- preguntó alguien.
_ No sé, no la conozco- aclaró una de las madres adoptivas de ocasión, al tiempo que la muchacha se les escurría de las manos y volvía a rodar por el piso.
La escena siguiente tuvo visos de tragicomicidad. El guarda gritaba, el chofer preguntaba qué hacer, todo el mundo aportaba agua, perfume, galletitas y asientos, menos la veterana más cercana a la chica, que se hizo la sota olímpicamente hasta que alguien le exigió el lugar, porque no era cuestión de desplazar mucho a la muchacha, que a todo esto se cayó un par de veces más, hasta que al sentarse dijo que estaba bien, solo que no había desayunado.
El 405 al fin arrancó, y parece que la joven no volvió a desmayarse, al menos hasta que me bajé en busca de un 110 que me trajo hasta el IAVA, sin desmayos, solo viendo cómo la veterana de adelante ( MUY veterana ) cazaba pokemones a diestra y siniestra.
Y aquí estoy, usando mi recreo de diez para hacer la crónica del miércoles de mañana.
Acaba de tocar el timbre. Cuarto 4 me espera. Hasta otra.
La semana pasada hicimos con los de 4º del IAVA un trabajo de creación literaria: tenían describir a uno de los compañeros de clase o a sí mismo, sin dar el nombre, en un texto de entre 10 y 20 renglones, para leer luego al grupo (sin citar autor) y ver si adivinamos de quién se trata.
Copio el que me gustó más. Ustedes vean por qué será:
“Él es del liceo 35, IAVA. Vive en la Curva de Maroñas. Es un poco vago; cree que se lleva bien con la mayoría de sus compañeros. Le gusta la música y el fútbol (sin olvidar las mujeres). Es muy lindo según las profesoras, aunque él ya lo sabe. Es alto, necesita un corte de pelo y el que pueda ayudar con alguna donación se merece el cielo. No tiene novia y no quiere por un buen tiempo. Por último, él quiere mucho a la profe de Literatura porque es la más linda.”
Hacía pila que no lloraba, pero valió la pena. Ufff.
Me quedó rico el provolone con rúcula y cebolla. Fuerte, la cebolla. Pero rica.
_Buenas tardes! Buenas tarrrrdes! Uno dice buenas tardes y nadie lo saluda. Es una cuestión de educación. Todos andan con caras de María Julia Muñoz. Dan ganas de ponerse a cantar a Manson.
Y se pone a cantar un tema en inglés que él dice que es de Manson, tras lo cual se embarca en un monólogo interminable plagado de chistes malos y pseudo críticas políticas, referencias religiosas, futboleras y de dudosa actualidad. Termina gritándonos algo metalero, pide un aplauso y se baja. Nunca vi tal compendio de mala onda, mala voz y mal humor. Pobre. Espero que tuviera algo encima, así al menos le queda la esperanza de un día poder zafar y mejorar. Pero no parecía. Pobre.
Me pregunto qué haría Lazarillo de Tormes en Montevideo y en 2016. Tal vez esto.
¿Y qué haría yo si estuviera en sus zapatos?
Pero no.
Mejor no hablar de ciert-tas co-sas.
El viaje sigue, avanza la tarde del martes y ya no llueve, o al menos eso parece. Eso parece.
Lo mejor de sacar boleto de una hora es que apenas arranca el programa de Álvarez en la radio del chofer vos te podés bajar en la próxima y rezar para que el segundo bondi venga en silencio o con algo fácilmente digerible, al menos.
Gracias, boleto de una hora, por todo lo que nos das.
Que nunca faltes.
Estamos en Literatura Uruguaya II empezando a ver “La casa abandonada”, de Levrero, con los hombrecitos de once centímetros de altura que salen de un caño de la pared y se dejan caer a un agujero misterioso en el apolillado piso de madera. Deben hacer un gran esfuerzo para salir del caño ayudándose con sus dos bracitos, quedar colgados, balanceándose y luego sí, soltarse y caer y caer. Actos heroicos en la cotidianeidad, propios del héroe del siglo XX, al estilo de Gregorio Samsa y su odisea de dos carillas para poder levantarse de la cama. Nobleza y esfuerzo sin épica batalla ni enfrentamiento contra ningún poderoso enemigo, excepto los propios pinches tiranos con los que cada uno carga, sabiéndolo o no.
Recién salía de Tres Cruces cuando al asomar la nariz fuera de la terminal advertí que me había dejado el paraguas en la CITA y volví a reclamarlo.
_ ¿Un paraguas? ¿Cómo era?- preguntó la empleada de la ventanilla, enfrentándome cara a cara con el despiste habitual por el que transcurren mis días, con o sin lluvia.
_ Eeeh... No sé. Floreadito. Creo.
_ Floreadito... - repitió ella, y desapareció, para tornar en tres segundos.
_ No. El limpiador no encontró nada.
_ ¿No? Qué raro... Pero decile que lo dejé colgando de la piolita de la cortina.
_ A ver... No, dice que no quedó nada- me confirmó al instante con cara de no preguntes más, no está, comprate otro y la próxima no te lo dejes colgando de la piolita, ¿ta?
Y me fui, pero al pasar por por la puerta principal (por la que había salido hacía escasos tres minutos) me embarqué en una acción un sí es no es delictiva: saqué de la mochila el pasaje del próximo miércoles y me metí a los andenes apurada, como que me iba de nuevo. Encontré el coche en el que había venido, que estaba embarcando a otras gentes, me dejaron subir y recuperé mi paraguas, alias el floreadito, que estaba colgando de la piola de la cortina, lugar en el cual obviamente no debo dejarlo más porque pasa inadvertido para todo el mundo, incluyéndome.
Salí de la terminal cual Aquiles el de los pies ligeros, a enfrentar la lluvia y el frío de la noche invernal.
Aplausos para mí. Soy una heroína de la pos pos pos modernidad, con paraguas.
Me amo.
Venía parada casi al lado del chofer, aunque ya llevaba unos 20 minutos de viaje. El 103 iba lleno de una manera desusada para un gris domingo por la tarde. De pronto hubo un reacomodo sorpresivo de las piezas del puzzle, no sé por qué, y en una cuadra me moví tanto hacia el fondo que terminé sentada en el último asiento, junto a la puerta trasera. Fue como uno de esos solitarios que juego en el ipad cuando vuelvo a Montevideo y no quiero dormir, de esos en que una sola carta que sale desencadena la solución total en cinco segundos.
Digo yo: en la vida, así, en general, también hay a veces movimientos inesperados de piezas que cambien los presentes e iluminen todas las salidas?
Porque yo quiero.
Lo que se hereda no se roba, dicen.
Mi abuelo materno se pasaba comprando obsesivamente radios y relojes; yo no me resisto a una miel con buena pinta.
Esta de hoy en la feria está deliciosa. Cero etiqueta, cero dato identificatorio, pero blanca y cristalizada. Irresistible.
Una sale de su casa con ropa de primavera, aunque agosto recién nos dejó hace unos días.
Una se pone un bucito negro nuevo y un perfume bueno, aún sabiendo que a la cuadra va a tener un round de mimos que la va a dejar llena de pelos y de olor a perro.
Una sale rumbo a la feria aunque la lluvia anunciada para el domingo comienza suavemente a descolgarse.
Así es una.
Feliz y desubicada.
Que nunca falten los domingos (ni los encuentros con Isis)
Los dos adolescentes iban sentados detrás de mí. Tendrían 13, 14, eran muy pobres y hablaban en voz audible para todo el pasaje capitalino. El que vendía los chocolates en el 405 estaba también en un estado de pobreza importante, y no tendría muchos años más, acabo de darme cuenta. Les ofreció uno en precio especial, porque ellos dijeron que no tenían plata. Hubo un regateo, y al final se los bajó de 10 a 5 pe, ellos contaron las monedas a ver si les quedaba para el siguiente ómnibus, compraron y el vendedor se fue rapidito, bajando por la puerta delantera del bus.
_ ¡Bo, se fue de una, mirá si el chocolate estaba vencido, gil! ¡Me muero!
_A ver, fijate.
_ ¿A qué estamos hoy?
_ Yo qué sé, ¿qué voy a saber? No descansés, bo. A 9, creo.
_ ¡No, yo te digo el mes, gil!
_ Aaah... Es 9 del 3.
_ ¿A ver? Ah, no, este vale hasta el mes seis, me quedan tres meses todavía.
Y se lo comieron. Espero que el símil chocolate venciera en junio de 2017, pero desconfio. Ellos de todos modos no se quejaron de que estuviera feo; solo comentaron que no tenía casi gusto a chocolate, lo cual en ciertas golosinas no depende de la fecha de vencimiento sino del grado de similitud que su símil tenga con el modelo original a imitar.
No me puedo sacar la voz de Paco Espínola de la cabeza.
Qué lástima... qué lástima que la gente sea tan pobre.
Micro perplejidades de sábado:
1. El bebé aúpa de una señora me estaba haciendo ojitos y sonrisas, hasta que saqué el celular. Ahí dejó de mirarme mí y se quedó viendo el aparato, que mantuve apagado, hasta que vino el 111 y me lo tomé.
2. El señor alto y delgado, de mi edad, parece haber tenido mejores épocas, pero se mantiene en apariencia saludable. No entiendo entonces por qué espera un cuarto de hora a que venga el ómnibus, solo para bajarse en la segunda parada, a 4 cuadras de haberlo tomado.
3.El chofer viene oyendo el partido en la radio: los comerciales son los mismos de cuando yo era chica. Silberrrstein...el nombre de la madera!
Conclusión: la gente cambia, los reclames permanecen. Al menos los del fútbol por la radio.
Titular de El País, hoy:
"SEGÚN EXPERTO
El "burkini" ayuda a evitar el cáncer de piel".
Bien. Es una buena noticia; qué maravilla que existan expertos que nos abran los ojos ante verdades que de otro modo no podríamos sospechar. Gracias, señor experto.
Como contribución a la cultura popular aporto otras teorías que andan circulando por ahí, aunque vaya uno a saber si resisten la prueba de la contrastación empírica:
* Los alfajores triple de Punta Ballena ayudan a evitar el adelgazamiento.
* El invierno en Uruguay es una estación propicia para no sufrir insolaciones.
* Tener gatos como mascota contribuye a despertar temprano en la mañana.
* Viajar en 103 favorece el contacto humano.
* La cercanía de las vacaciones tendría un efecto de disminución del estrés.
* Navegar en redes sociales tal vez limite el tiempo dedicado a otras tareas.
* Etc.
Y con esta sencilla pero emotiva ceremonia doy por finalizada una semana más de clases.
Quedan 8. Bah, quedaban, porque hoy me enteré de que por exámenes no habrá clases en CERP la semana del 23 de setiembre.
Es decir que con esta, repito, sencilla pero emotiva ceremonia, cierro de un plumazo no solo una sino DOS semanas de la cuenta regresiva, y me voy a los saltitos por las veredas floridenses esquivando perros y mirando pájaros que revolotean bajo el tibio sol de setiembre, rumbo a la CITA amarilla y sonriente de las cinco y cuarto.
Feliz fin de viernes.
Él tiene pinta de ser un buen padre.Carga una gran mochila a la espalda, capaz que se está yendo a trabajar, pero va pendiente del cochecito de bebé prolijamente toldado que empuja.
Comienzo a verlo en Propios, y lo sigo con la mirada hasta que llega a la guardería, en 8 de octubre y Luis A de Herrera, pero no es que mire a lo lejos, es que vamos su ritmo.
Voy en un 103 tortuga , o algo raro pasa hoy en la calle. No avanzamos. Vamos venite minutos de cinco por hora, y para peor el chofer viene oyendo a Álvarez. Me pregunto en qué círculo del infierno he caído, y por qué. A Dante capaz que no le gustó que lo di medio rapidito; debe ser eso.
103.
Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate.
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