Vistas de página en total

sábado, 6 de junio de 2015

Junio 2015



"El perro de Verdier" le dicen mis viejos al amigo gris y negro que pasa acostado al lado del portón de la entrada. Parece que el dueño es un hombre de la laguna que le da de comer pero lo deja atado afuera toda la noche para que le cuide el gallinero, por si las comadrejas. De todos modos el Verdier pasa frente a casa todo el día, porque los vecinos de enfrente le dan de comer y le hacen mimos, aunque no lo dejan entrar a la casa. 
Desde que llegué mi vieja y yo hemos estado desarrollando un paso de comedia que consiste en que yo llamo al Verdier y ella lo corre, porque (dice) él no se lleva bien con los gatos. 
_Vos no te preocupes_ me consuela, o cree hacerlo_ porque tiene casa y comida, y los gurises de enfrente juegan con él todo el día.
_Pero pobre, no tiene un hogar como la gente... Yo quiero que tenga donde entrar y tirarse en la cocina. _trato de aducir, sin mucha lucidez _ Él es lindo, es limpio, es bueno, se merece un hogar.
_ Si es por eso, _ tercia el Cele_ cuántos humanos también son buenos y no tienen lo que se merecen. El mundo es así.
La sabiduría cortita y al pie de mi viejo me deja sin argumentos en mi lucha Pro Adopción del Verdier. 
Voy a tener que pensar estrategias alternativas. Con la gata me salió bien, pero este es un desafío mayor.

Ampliaremos.




Estaba encantada leyendo un artículo sobre paleontología cuando se me ocurrió compartir algo de lo que dice con mis viejos.
_¿Sabían que hace 280 millones de años Cerro Largo estaba tapado por el hielo?- les pego el grito de dormitorio a dormitorio, porque ya son más de las nueve y ellos se acuestan con las gallinas.
_Bueno...-responde mi vieja- Yo me acuerdo que una vez cuando yo era chica nevó.
_ Inés, _ se oye la voz del Cele- ¡Yo no creo que vos seas TAN vieja!

Mi vieja y Mirtha Legrand, un solo corazón.




_No te gusta la Coca, no te gusta la Sprite, no te gusta el Pomelo... Solo el agua te gusta a vos?
La pregunta era de un hombre, en el asiento detrás del mío en el Rutas del Plata. La respuesta vino en una vocecita infantil de unos tres años. 
_El agua y la Guaraná. Esas me gustan.
Es un niño muy bueno, dijo eso y ya no lo volví a escuchar, porque habla bajito con el padre y la hermana, mientras el bus cruza sierras y más sierras. 
Lavalleja es una belleza. Así sí vale la pena este eterno viaje a la Laguna, de día, viendo los detalles. Por ejemplo, una chancha con cuatro lechoncitos comiendo sueltos junto a la ruta, o un señor que en su frente tiene esculturas y objetos varios hechos solo con viejas herraduras herrumbradas. Dan ganas de bajarse y recorrer cada cerro. Además por aquí el cielo azul y el calor de la tarde no parecen propios de fines de junio. 
Este es un mundo aparte. Un mundo donde el único vendedor de bus subió a pregonar alfajores serranos, damasquitos y yemitas. 
Ahora que me acuerdo aún no he hecho los honores a ciertos exponentes de la industria del postre lavallejense que me miran desde la mochila. 

Con permiso.
...

Pirarajá es un pueblo dormido junto a la ruta 8, en el que los únicos seres vivos visibles a la hora de la siesta del domingo son las gallinas. Negras, marrones, blancas, están en todos los predios y se adueñan de las veredas, corriendo desaladas si el ómnibus las asusta al pasarles cerca. 
A la salida se ven los restos abandonados hace décadas de veinte o treinta casitas iguales. El Tiempo pintó de negro sus paredes de bloques y por donde en una época hubo techo asoman ahora frondosos árboles grises y verdes. Al lado, las paredes blancas inmaculadas del cementerio del pueblo.
El niño del asiento de atrás sigue hablando con el padre. Ahí van a seguir todo el viaje, porque van para la Laguna. 

El alfajor serrano estaba delicioso.
....

El niño sigue hablando con el padre en el asiento de atrås:
_Sabías que algunos dicen que la luna es de queso?
_De queso?
_Sí, dicen, pero no es. Es de piedra. O de meteorito.

GENIO.





Ah, sí, sí. Bajate nomás a comprar caramelos en el quiosco de 8 de Octubre y Berro, pará el ómnibus y bajate, que los pasajeros no decimos nada. Y no te olvides de invitar a la guarda aunque eso signifique más tiempo de 103 detenido, eh? Todo bien, no nos quejamos.
Pero deberías habernos invitado a nosotros, viste. 
Imperdonable actitud.

No llega a ser aceptable, señor chofer. Puede y debe mejorar.





Iba hablando por teléfono con mi vieja, pasando por el costado del Intercambiador Belloni (alias el que algún día se inaugurará y será hermoso y tendrá BROU y locales y mural artistoso pero por ahora hace más de un año que complica el tránsito y no termina de terminarse) cuando la vi. 
Una gata peluda, entre gris y amarronada, mimosa y tierna como la que más. Es la portavoz de la patota de Los gatos de la Curva. Hace mucho que quedaron solos; son una colonia de diez o quince gordos, peludos y divinos gatos que una señora tenía en su modesta vivienda, a los que tuvo que abandonar cuando por el tema del Intercambiador su habitación fue tirada abajo y ella terminó en una pensión donde no admiten gatos... larga historia.
El caso es que hoy la portavoz del grupo se puso a maullarme y a seguir mis pasos, y en un instante aparecieron otros: uno enorme, amarillo y blanco, otro como fuego, una negra peluda y majestuosa, y entre otros uno chico, de unos tres meses, blanco y gris, absolutamente querible. 
No pensaba hacer muchos mandados en el Disco, pero ya que estaba compré un paquete de comida de gatos, para llevarles a la vuelta. Hasta aquí todo bien. Lástima que se me ocurrió que era mejor llevar el paquete abierto, para que no se pusieran ansiosos si yo demoraba en darles la comida, o incluso _pensé_ podía pedir una tijerita en Atención al Cliente en caso de ser necesario.
Pero una es una, qué se le va a hacer.
"A ver... qué dura esta bolsa... Si hago fuerza por este lado y la voy abriendo de acá... un poquito más..."
Listo.
La bolsa de porquería se rajó de punta a punta con total inquina, premeditación y alevosía.
Desparramé Gattis por todo el Disco. Léase caja, piso y zonas aledañas. Gatti, Gatti, Gatti...
La cajera me dio solidariamente una bolsita extra, y junté las que estaban encima de la caja. Todo, absolutamente todo alrededor quedó con olor a Gatti. 
De todos modos los gatos no se enteraron de nada y se quedaron comiendo de lo más panchos, creyendo tal vez que quien los alimentaba era una persona centrada y sin problemas de motricidad fina.
Ps: Si alguien quiere uno, están al costado del Intercambiador, primer pasillo. O si alguien quiere dos. O tres. O doce.

Piénsenlo.





Él tiene un año, más o menos, y llora. Llora a moco tendido desde que me subí al menos, y ya van diez o doce paradas. Se llama Kevin, y su mamá es una rubiecita de unos veintipico con una calma a prueba de balas. No serå muy efectiva, pero que es tranquila, es.
-Basta, Kevin, no le hagas esto a mamå. Ya nos bajamos. Escuchame. Basta. Ya estå. A mamá no le gusta eso.
Y el Kevin redobla la apuesta y berrea con toda la fuerza, pero ella sigue hablándole con una dulzura inconmovible.
Al fin se bajan en Comercio.
El 103 arranca y los gritos de Kevin se siguen oyendo hasta que avanzamos y el ruido del tráfico los apaga.
Me pregunto si el rol de madre podrá obrar tan maravillosamente sobre la capacidad de calmar sin alterarse de una mujer o si la rubiecita no tendría un par de Rivotril encima.

Me pregunto.






Sentimientos encontrados.
Ayer de tarde pasé un par de horas oyendo cómo podaban el árbol que la vecina de al lado tiene en su patio. 
No me gustan las podas; cada vez que estoy por ir a la Laguna y mi vieja me dice que el Cele anduvo cortando los árboles del fondo tiemblo, porque se le va la mano, y en un ratito lo que era frondoso y verde, denso y vital, se convierte en un montón de troncos pelados y un inmenso espacio libre sin gracia ni para qué. El Cele sabe lo que pienso pero no me da corte, y sé que por dentro está orgulloso de los desastres que se manda un par de veces al año.
Hoy de mañana me asomé desde la ventana de arriba y vi que la cosa era aún peor de lo que pensé: de la otrora orgullosa y alta anacagüita que se había adueñado del fondo de la vecina ya no queda ni la sombra; solo un montón de ramas y un tronco seccionado tirado en el pasillo (como todo lo que la de al lado desecha, porque muy prolija que digamos no es, la vecina). O sea que no hubo poda, sino asesinato liso y llano de una indefensa anacagüita en la plenitud de su ser.
Recién vi a Tania en la ventana, pidiendo para entrar, y algo en la imagen no me cerró del todo, hasta que me di cuenta. Mi gata estaba en la ventana, al rayo del sol. Hace años que no había sol después de las dos de la tarde en mi patio del fondo, y ahora tengo por delante horas y horas inesperadas de luz y calor en medio del invierno!!
Pobre anacagüita. 
Ojalá descanse en paz en el paraíso de las plantas. 
Bienvenido, sol. 

Y que la vecina, de ahora en más, no quiera plantar nada que sobrepase los dos metros de altura, o volvemos a las sombrías tardes del invierno, de cuyo frío no quiero acordarme.





Crónica de lunes en 103.

Voy sentada detrás de un chofer que viene escuchando rock nacional a un volumen amigable, y su selección es impecable. Lástima que la péndex de al lado viene viendo (y oyendo) uno tras otro de una serie de videos que me ensucian la música. No me animo a tirarle el celular por la ventanilla; quizás ella no sea capaz de entenderlo. 

Uh. Acabo de escuchar una versión desmayadísima del himno nacional, miro de reojo y veo que está viendo la filmación casera de un acto escolar. Tal vez no es tan péndex después de todo; mejor no le tiro el celular. 

El chofer arrancó ahora con el rock argentino.
Saaaabremos cumplir...
Nooo... no puedes ser feliz con tanta gente hablando a tu alrededoooor...

La ex péndex guarda el celular, suspira y murmura "ah, qué horrible!" Se ve que tiene problemas, pobre. Menos mal que acabo de salvarle la vida a su teléfono lleno de actos escolares. No hay caso: cuando una es buena gente es buena gente, y listo. Y me voy al primer parcial con un sexto de Medicina, a seguir esparciendo el bien, la tolerancia y la felicidad por el mundo.







Paso por una calle en Canelones: Tolentino Gonzalez, y se me viene a la memoria la imagen de mi viejo nombrando alguna vez a la tía Tolentina. Nombre alto y sonoro, si los hay. Tolentina. Tía de Celestino. Del mismo departamento que mi tía Petronila y mi bisabuela, la vieja Presolpina, madre de Albino, Albina, Aldina, Adelina, Adeal, Antenor, Alaides y la tía Santa.

Momento onomástico de la jornada.




Escena uno.
Personal del bus, siete de la mañana.
-Pará, pará... Te estás llevando a una señora con la pierna enganchada en la puerta.
La voz del guarda sonó amable pero firme, y la respuesta del conductor tuvo el mismo tono.
-El problema es que vos no me avisás nada.
-Yo no te di la voz de arrancar, vos saliste solo.
- Pero nunca me das la voz, no me decís nada.
-Sí, te digo.
-No.
Escena dos.
Chica al teléfono:
- Él me dijo si le podía dar 200 pesos para la moto y yo le dije que sí. Al rato me dice que al final agarró mil de la cómoda, y cuando voy a ver resulta que se había llevado dos mil. No, no entra más, ya fue. Me tiene que devolver la llave pero no entra más. Voy a estar manteniendo vagos, yo?
Escenas de la vida conyugal versión 103, pienso. 
Distintos problemas derivados de la convivencia, sea en una casa, sea en el trabajo.

Y me bajo rumbo a mi convivencia de dos horas con cada sexto artístico, que hoy no tendrá mucho diálogo hablado, porque tienen el primer parcial conmigo.




Crónica de bus al caer la noche.
En el silencio del 103 alguien arranca un pregón que se escucha por encima de la cumbia del chofer. El vendedor de turno es rubio, de pelo como el mío y ojos verdes no como los míos.
Empieza su discurso muy seguro de sí mismo.
- Una verdadera oferta que llega a manos de todo el pasaje capitalino, señoras y señores. Ticholos de la mejor calidad, señoras y señores. Están llevando la funda de 16 tich... Eehhh... 
Se interrumpe, mira el paquete de ticholos y los cuenta rápidamente.
- 2, 8, 16... Están llevando 20 ticholos, VEINTE, por solo 40 pesos.
Pero no espera a ver si surgen clientes, parece avergonzado del error en la presentación de la oferta y se baja en esa misma parada.
Las crónicas de bus trascienden horarios, señoras y señores. 

Como la vida misma.





En el 405 la Sole había venido dominando las primeras paradas, hasta que el guarda le pegó un grito al chofer:
- Siete y diez! 
El otro rápidamente se disculpó y puso a Sotelo.
Bien, pensé, buen cambio.
El 113 que me tomé en Comercio, por su parte, no tenía que cambiar nada porque ya venía con los Redondos a todo vapor, y me felicité por el progreso del acompañamiento sonoro de mi inmersión de viernes en la vida ciudadana. O al menos eso pensaba, hasta que cual cruel estocada del destino asomó, entre las últimas notas de Amor Francés, la voz inconfundible del señor de La Ley FM preguntando a sus oyentes que opinaban del desafío de una internauta china ( o japonesa, no recuerdo) respecto a dejar de depilarse las axilas. 
Pobre Indio, pensé. Tanto arte para morir en esta bastardez.
Y me bajé, y empecé a caminar hasta el IAVA, donde los tordos del patio por suerte no conocen de las interferencias de las voces ajenas.





_ Buenos días, señoras y señores. Voy a brindarles algo de creación espontánea, para llevar a todos el hip hop uruguayo. A ver, señora, diga una palabra, cualquiera, la primera que se le ocurra,
Uh. El improvisador de bus versión 103. Pero la señora entró en el juego enseguida.
_ Matrimonio.
El improvisador lo pensó por un momento y sin más dijo:
_ Matrimonio. Bien. A ver, señor -encaró a un canoso- dígame una palabra, la primera que se le ocurra.
El improvisador es un fraude, qué desilusión. No pudo con un matrimonio, tal vez porque no sabe del armonio, ni del antimonio. 

Oh oh. Algo terrible pasa a continuación. El canoso se envalentona, se levanta, toma la palabra y hace una larguísima oración en la que repite "señor" unas cuarenta veces, termina con tres amén y vuelve a sentarse. 
Menos mal que ya me bajo, no vaya a ser que esto sea contagioso.


Guarda, en la próxima!






Los miércoles no son uno de mis días de madrugar, por lo cual salgo de casa ya con el sol clareando el horizonte. De todos modos, depende de qué ventana mire para pronosticar lluvia (la de la cocina) o sol (la del frente). Hoy decidí optar por el sol, y saqué el paraguas de la mochila. Creo que hice bien.
En el camino a la parada una criatura ninja de pronto se descolgó de un árbol, pasó frente a mí y se encaramó a toda velocidad al portón de un vecino. Era un gato barcino ataviado con una ridícula capita negra toda agujereada, pobre. Le costó subir al portón, y eso empañó un poco su acto, pero al fin lo logró, y se fue por los muros.
Media cuadra después, un bulto en la vereda tapado con nylon negro: un televisor, que alguien habrá tirado, pero protegido, para no perjudicar a quien se lo lleve. Postales que nos pintan de cuerpo entero.
El 103 vino en un segundo, con espacio para subir y todo, y la guarda tuvo a bien devolverme tres pesos que le di de más. Vienen oyendo la bazofia de La Ley FM, pero no muy alto, al menos.
Y aquí voy rumbo al IAVA, sentada junto a un adolescente que se entretiene armando hasta el infinito un cubo de Rubik de esos que nunca llegaré a armar ni en esta ni en las próximas tres vidas.
Dejo de escribir y miro por la ventanilla del bus. Sí, es un día de sol, y de pronto me acuerdo de que hoy salgo más temprano por un tema de reuniones de cuarto y coordinación suspendida y me dan ganas de arrancar a correr de alegría como el ninja cat de mi cooperativa, pero sin la capita negra con agujeros.
Miércoles de sol adentro y afuera.

Que nunca falte.




Escrito con sexto año. Cuando quedaban diez minutos veo a un estudiante que aún no había escrito ni una palabra y tenía la hoja en blanco doblada por la mitad arriba de la mesa.
_ Pablo, aún no empezaste... ¿Querés entregar?
_ No, profe. Estoy esperando una epifanía.

No habrá estudiado, pero que tiene vocabulario, tiene.





"Esta es la auténtica curita uruguaya, porque estå la otra, la china, que nada que ver."
Chauvinismo de bus.

Lo que faltaba.




Todos sabemos que los días se acortan en invierno. Lo leímos, lo vivimos, lo comprendemos. Pero aceptarlo es otro cantar. Quizás por ello durante todo el mes de junio, al salir de casa en la mås plena y nocturna oscuridad, lo primero que pensamos tiene tintes sombríos y entonación de puteada 
Los omnibuses van con los vidrios empañados, muchos pasajeros tosen o suenan sus narices, mientras otros los miran con muda recriminación.
Somos un universo de hombres devenidos en osos.
Las ventanillas rezuman humedad, no hay vendedores y nadie habla.
Junio es el mes mås cruel, diga lo que diga el señor T. S. Eliot. Cuando volvamos a pasar por esto después de las vacaciones de julio todo estará teñido por el palpable alargamiento de los días, y el proceso de deshibernación será alegre y casi automático.
Pero mientras tanto...





Riiiing... riiing.
_ Hola.
_ Buenas tardes. ¿Hablo con Mariela Beatriz Rodríguez?
_ Sí.
:Buenas tardes, Mariela. Llamo para informarle que tiene disponible un préstamo en Créditos ya por un monto de...
_ No me interesan los créditos. Gracias, buenas tardes.
_ No es un crédito, es un préstamo, por un monto de hasta 20.000 pesos que usted...
_ No me interesa. Gracias, buenas tardes.
_ Es un préstamo de 20.000 pesos, que usted...
_ No me interesa, gracias, buenas tardes.
_ Usted puede solicitarlo...
Tu tu... Tu tu...
Pobre gurisa, yo sé que en el trabajo se lo exigen, pero le hubiera pegado un grito, de tenerla enfrente. Por teléfono no, no tiene gracia. Pero es una cagada. Primero, porque invaden tu hogar sin permiso, segundo porque no aceptan un no por respuesta, tercero (y principal) porque así enganchan a un montón de gente necesitada, llámese trabajadores de esta basura o gente que se endeuda hasta la coronilla sin poder pagarlo después.

Momento amargo del sábado de tarde. Iupi.




Soy tuio...amor soy tuuuuio... soy tuio hasta el sileeeencio...
Quisiera, qui sie eeeraaa....
Ah, la cruel sensación de la posible existencia de algo peor que La Ley FM en la radio del chofer del 103. Montaner se nos mete por los oídos sin pedir permiso y avanza destruyendo todo lo que se le cruce.
Tan enamorado de TI que la noche iora un pooooco más...




Llegar al IAVA antes de la primera hora supone como bonus track la asistencia al concierto de las aves del patio en cada mañana. No sé que es más pintoresco, si escucharlos como dueños del monumento histórico nacional o ver a una compañera jugando a aplaudir bajo el árbol a ver si se callan y cuánto demoran en arrancar de nuevo.




No nos movemos. Estamos trancados en la ruta y hasta el confín del horizonte brillan luces de autos inmóviles que esperan. Algo pasó un par de kilómetros o un par de mundos más adelante, y no sabemos qué.
Atrás quedó la ciudad embanderada y expectante para su feriado de mañana. Acá en la ruta San Cono no cuenta, y hace veinte minutos que aguardamos una señal de avanzar.
Espero que esto no sea como en La autopista del sur de Cortázar. Me voy a comer los waffles que me quedan, por las dudas.
Ampliaremos. 

Creo.





¡Otra vez la pareja de los besos ruidosos en el 103!
Esta vez fueron doce. Sí, DOCE besos de chhhuikk y muaak que se hacían oír por encima de los sonidos del tráfico matinal y del informativo que escuchaba a discreto volumen el chofer.
Ya los voy conociendo. Son los dos guardias de seguridad, o eso parecen por sus grandes camperas azules. Vienen tomando mate juntos, empiezan a despedirse en José Belloni y él se baja un par de paradas más tarde, en Piccioli.
Ya no pienso que ella ande con el primo. Ahora me inclino más bien por la teoría de primer semestre de casados.

Son tiernos, pero demasiado resonantes, al menos para un lunes de casi invierno a las siete de la mañana.

lunes, 4 de mayo de 2015

Mayo 2015





Es pelado, tiene unos veinte años y unos preciosos y verdes ojos. Viste de jogging y lleva el gorrito de rigor. Se para en la parte de adelante del 106 a medio llenar y empieza a pregonar su mercadería.
_ Muy buenos días, señores pasajeros. Estoy ofreciendo este delicioso chocolate... Eeh... disculpen_ se interrumpe, mira el mini budín que tiene en la mano y rectifica:
_Este delicioso bizcocho de la mejor calidad. Llevan todos ustedes el mejor chocol... Eeeh...
Vuelve a mirar el paquete que tiene en la mano. Detiene su discurso, se da media vuelta y baja del ómnibus con los hombros caídos, mirando al piso.
En sucesivas paradas suben otros vendedores, jóvenes, viejos, con curitas, caramelos, agujas y ondulines, pero no es lo mismo,.
Pobre pelado de ojos verdes.
Pobre.
Si lo ven cómprenle algo. Chocolate, bizcocho, tranquilidad, seguridad, cómprenle algo, si pueden.
Pobre pelado de ojos verdes entreverado y autocrítico, más consciente de su discurso que cualquiera de los veinte pasajeros adormilados de este 106 mañanero y perezoso.

Cómprenle algo.




Un 103 que vino apenas llegué a la parada, con buena música y asientos libres a las siete de la mañana. Un pasajero que aún tiene saldo en el boleto pero insiste en pagar y queda desilusionado por no poder hacerlo. Una señora madre con su pequeña que debate muy amablemente con el guarda acerca de los boletos de estudiante y su duración en el mes. 
Algo raro se agita en las sombras de este universo casi cinematográfico. Tengo miedo de bajar en Eduardo Acevedo y ver caer una parte de cámara o reflector marca ACME.
The 103 Show.

Good morning América.




"Mire al queso a los ojos y reconocerá sus cualidades". 
ESO es un buen slogan publicitario.

Låstima que yo consumo muzzarella, magro, parmesano y provolone, y hasta ahora no hemos podido cruzar ni una mirada.



Nueve besos.
NUEVE besos ruidosos le dio él a ella antes de bajarse del ómnibus en 8 de Octubre. 
Sí, los conté. Cómo no hacerlo si resonaban en el silencio lleno de camperas y bufandas del 103.
Desconfío de los besos sonoros en medio de una multitud, y más si son muchos, a cual más fuerte.

Para mí que ella lo engaña con el primo.



El chofer vio mi corrida y se detuvo, pese a que ya estaba a media cuadra de la parada. Viajamos sin música, sin vendedores ni cantores de bus. Al bajar me vio cara de dubitativa y me preguntó adónde iba. No hay parada en Miguel Barreiro, pero él igual me dejó allí y me deseó buena jornada. Lo mejor de todo es que no me estaba cargando; se notó que simplemente es un buen tipo.
Que nunca falten las buenas gentes en nuestro camino.

Feliz fin de domingo a tutti quanti.




Él no es tan malo para ser un cantor de bus; solo confunde un poco las "s" con las "sh". Se disculpa por pedir dinero, deja un mensaje religioso, charla con una chica que le cuenta que también hace música. No es tan malo. Pero irrumpe en mi campo atencional, grita en mis oídos, me invade.
Creo que hay algo que me resulta inevitable.
Cada vez los tolero menos. A ellos y a los vendedores vociferantes y las radios a alto volumen. Solo quiero los sonidos a los que me expongo voluntariamente.
Utopía? Delirio? Senilidad?

Oooom.




CRÓNICA DEL ÚLTIMO DÍA DE LA SEMANA
Uno piensa en un viernes de laburo y dice "ta, basta, no quiero saber nada, que termine de una vez y arranque el descanso", y encara el día de arrastro, con rostro dividido entre el agotamiento y la expectativa del afloje ahí nomás, a unas horitas de distancia. 
Salvo que dé Literatura. 
Nuestra materia es pródiga en posibilidades de trabajo, tanto como para dejarnos pasar ocho horas en el liceo y aún así salir cantando bajito y con una sonrisa a flor de piel. 
Hoy hicimos de todo. Con los del primer quinto dimos el Salmo 1, les leí algunos Salmos y la Oración por Marilin Monroe de Ernesto Cardenal y ellos trajeron poemas y cuentos para compartir. Discutimos temas de ética con los de sexto de Medicina y después nos zambullimos en Baudelaire. Con varios grupos vimos algo muy bueno de Teatro en el Aula y terminamos, con el último quinto, después de la función, planificando una actividad para la semana que viene, sentados durante la media hora final del turno en el patio, en ronda, donde cualquiera podría haberse fugado disimuladamente pero ni uno quiso moverse. Al contrario. El martes yo no voy al liceo pero ellos están encargados de una serie de intervenciones en grupos ajenos por el Día del Libro. Es algo que acordamos en la coordinación de Literatura, y mis compañeros le están dando para adelante con toda la fuerza: los estudiantes van a irrumpir en diferentes clases y a leer o recitar un texto breve, solos o en parejas, y hoy con los de quinto Artístico estuvimos decidiendo los detalles técnicos del asunto. Cuando me iba me atajó el muchacho de mantenimiento para decirme que si queríamos hacer alguna exposición él se prestaba gustoso a ayudarnos con la cartelería. Antes de salir pasé por la adscripción a avisar lo que íbamos a hacer el martes y me dijeron "¿Cómo? ¿Y a nosotras no van a venir a leernos textos?", con lo que ya agendé que un par de sub grupos pasaran por su sala a compartir con las compañeras de la docencia indirecta lo que hayan seleccionado.
En suma: feliz viernes.

Que nunca falte.



Denuncia: 
Enviar a un niñito a la escuela atendiendo más al almanaque que a la temperatura (es decir, como para casi invierno, de gorro de lana y guantes ídem) debería ser tipificado como violencia por cortitud de miras.

Comuníquese, archívese, etc.



Persiguiendo una explicación lógica.
(Salvando las distancias, In memorian Ch. P.)
9.05 el bus de la CITA se detuvo en el andén 17 y yo bajé tranquila luego de varios pasajeros. 
Fui a la agencia a sacar boletos. Diálogo previsible. Comprobación al salir de la fecha y la hora correctas.
Salida de la terminal.
Llegué a la parada, a una cuadra. No había nadie.
Vi en un cartel que estaba suspendida, y había que ir a Cufré y Daniel Muñoz.
Le pregunté a dos veteranos para qué lado sería eso.
Caminé dos cuadras.
Entre a un bar y volví a preguntar dónde diablos era Cufré y Daniel Muñoz.
Caminé otras cinco cuadras. La distancia más larga del mundo entre una y otra parada. Poca gente en la vuelta, calles desiertas.
Llegué.
Vino un COPSA, pero iba a otro lado. Al rato, un TALA.
Lo tomé.
Me senté.
Eran las 9.20.

No entiendo.



Ella tiene veintipocos, es muy linda y viene charlando a los gritos con sus dos amigas, que no sé si también habrán hecho magisterio como parece que ha hecho ella.
"Y yo quiero que sepan que yo les grito porque es una metodología de trabajo que yo tengo, y lo voy a seguir haciendo, les dije. A ustedes sus padres cómo los tratan? Y... nos gritan, nos ponen en penitencia, nos pegan, dijeron. Bueno, les dije, yo también tengo hijos y les grito o los pongo en penitencia cuando se descontrolan. En eso una nena levantó la mano y dijo que el padre jamås les gritó ni les pegó a ella ni a su hermano, que antes cuenta hasta diez, y yo dije me parece muy bien pero acá las cosas no son así...
Un muchacho, una vieja y yo intercambiamos palabras y miradas de incredulidad.
Ella dice tener 101 de puntaje. No sé 101 de cuánto, ojalá que de 8000.

Riesgos de viajar en el STM. 

O de vivir, no sé.



_ Riiiing...
_Hola. 
_Hola, ¿me escucha?
_ Sí.
_ ¿Tú sos mayor de edad?
...............................................
Listo. Lo imprevisible ha sucedido.
Por un segundo amé a una promotora de algo por teléfono.

No sé de qué, porque la corté antes de que pudiera explicarlo ("disculpame, estoy trabajando, no tengo tiempo"), pero por un momento algo en mi alma me dijo que a esta señora sorda (o demasiado diplomática) habría que hacerle un monumento. Solo por un momento.



Me asusta la gente enfervorizada. Hay como un recordatorio insoslayable de nuestra condición de bichos que asoma en el grupo entusiasmado y potencia todo lo fuerte, lo instintivo, lo salvaje.
Si yo estoy entre la masa lo aguanto un poco mejor, pero hasta ahí. Grito y salto cuando Peluffo canta Condenado Corazón, pero no entro en el pogo, por ejemplo.
Todo esto es solo para decir que bendito sea el 402, que a diferencia de todos los buses que pasaron antes cargados de hinchas gritadores, cantores y puteadores en barra, viene vacío y con un cantor que entona Muchacha ojos de papel.
Fiuuu...

Que nunca falte el bus vacío después de un clásico.




Me vieron ir al galpón y sacar el pet carrier, y no son ningunas gilas. Hace cinco minutos que me controlan discretamente, de reojo, y se me alejan todo el tiempo. Si bajo, suben. Si voy al living, pasan a la cocina y me miran desde lejos. Lo que no tienen claro es por quién voy esta vez, pero sé que saben que del veterinario una de ellas hoy no se salva. 
Igual no hay problema, porque la que tengo que llevar es Roldana, que dentro de todo es fácil de atrapar y de maniobrar. Tiene una herida en la patita que no se cura. 

A por ella.






Él tiene unos 17, y va charlando con el amigo en el fondo del 103 abarrotado de las ocho dr la mañana. Tiene sueño. Anduvo tapado con una frazada al levantarse, porque hacía frío. Admira al tío rockero del Jhonny, que se fue a Argentina a ver a los Ramones y demoró dos años en volver. Habla raro, y hace una musiquita tarareada para llamar la atención de una péndex, que no lo registra. Estå deseando salir del laburo para comprarse un Colet de litro y bajarlo con galletitas.
Adolescencia, divino tesoro.

Si quiero llorar no puedo, y a veces lloro sin querer.





Del café colombiano, las cámaras de televisión y las más que improbables mariposas amarillas.
Cuando entré a la Sala Maggiolo hoy a las seis y cuarto de la tarde pensaba simplemente asistir a una charla. Un profesor colombiano venía a hablar sobre Cien años de soledad, y ya que tenía a bien hacerlo en un horario que me convenía, allá fui.
Ni bien entré me di cuenta de que aquello era ligeramente diferente de lo que había previsto. En vez de un ambiente docente y/o estudiantil, con el periodista descreído y los dos o tres aspirantes a a artista de la palabra que son de rigor en estos asuntos, la cosa venía de traje y corbata, voces colombianas y cuerpo diplomático. Dos cámaras de televisión, dos. Un fotógrafo profesional. Mesa central rodeando un macizo de rosas amarillas tan artificiales como imponentes. Video de Gabriel García Márquez en pantalla sobre la pared. Dos chinos en un costado. Mujeres muy maquilladas y con trajecitos. Espacio para unas treinta personas de público y diez expositores.
Primer pensamiento: Menos mal que vine con el pelo suelto.
Segundo pensamiento: ¡Pero me puse vaqueros!
Tercer pensamiento: Bueno, al menos son Levi's.
Cuarto pensamiento: Vaqueros son vaqueros, m'hija. Lo único que se ve es que sos la única que no se produjo, y además el pelo suelto así como está no te favorece.
Me sacó de mis sesudas reflexiones la voz de una rubia colombiana que me invitaba a degustar junto a la puerta un delicioso café colombiano, acompañado de gaietitas colombianas y caramelos colombianos. 
Y aiá fui. 
Quinto pensamiento: Muero con el café colombiano.
De vuelta en la sala, estaba hamacándome despacito en mi silla de cuero giratoria (ejem!) cuando escuché una voz conocida, levanté la vista y vi a Pallares, el inefable, el dulce Pallares, el único al que fui a saludar de los dos o tres conocidos que fueron perfilándose entre el colombianaje de embajada y las luminarias vernáculas. Un Olímpico.
Quince minutos después de la hora prevista comienza la charla. El presentador menciona que antes del invitado central harán uso de la palabra otras tres personas, y yo empiezo a desear que se rompa el continuum espacio temporal y me saque de allí por un par de horas, pero sorpresivamente todos son bastante breves y a las siete en punto comienza a hablar el disertante. 
Siete y veinticinco termina la charla. 
Han sido 25 minutos inolvidables de citas a diestra y siniestra de la novela, de la cual el profesor tiene un conocimiento realmente admirable, y nada más. Lo que me ha impresionado durante su conferencia han sido las manos: el señor tiene sesenta y pico, pero sus manos son finas y delicadas como las de un veinteañero, y no puedo dejar de mirarlas. 
Terminada la (digamos) disertación ("tengo aquí 17 hojas de reflexiones sobre la novela, pero no voy a leerles a ustedes 17 hojas..." aclara), el maestro de ceremonias abre el espacio a preguntas, al cual llama "conversatorio", y el previsible silencio se posa sobre la concurrencia durante un par de minutos incómodos, hasta que la cosa empieza a moverse y la charla toma colores y tonos que (al fin) se vuelven ricos y nutrientes. 
Tres cuartos de hora después se cortan las preguntas, hay un cierre convencional y todos salimos de la Maggiolo, algunos rumbo al segundo café colombiano de la noche, otros rumbo a los previsibles "qué tal", "divina charla", "qué eminencia", yo rumbo al primer 103 de la parada, que me lleva raudo y veloz a mi Macondo privado de la calle Arbolito.
Nota hogareña: Antes de entrar a mi casa, ya desde la vereda, siento que algo raro pasa. Prendo la luz del living: todo está inmóvil y en silencio, igual a como lo dejé hace un par de horas, pero sigo intuyendo que algo anda mal y subo a los dormitorios, que dejé cerrados al salir, como siempre. Ni bien abro la puerta del cuarto del frente una cosa amarilla se cuela por la abertura de la puerta y baja la escalera como una exhalación que se desvanece en el patio del fondo. Sin querer había dejado a Tania encerrada. 
Qué le vamos a hacer, pienso. No todos pueden tener a su alrededor un enjambre de mariposas amarillas, pero algo es algo.

Que nunca falte.



Son solo voces en mi oreja. Una voz muy chiquita, de unos tres años, otra de un nena en período de inicio de escuela (digamos seis) y otra de padre joven, de treinta y pico. El padre va defendiendo algo y la nena de cinco o seis le retruca que no debe hacerlo. Lo normal, pienso, hasta que enfoco mi atención en las voces y escucho claramente su protesta:
-No, no se hace eso, no se comen los mocos, es horrible lo que hacés.
Por favor, por favor, por favor, pienso, que esté rezongando al hermanito menor...
Bienvenidos a las Crónicas de bus, el regreso.
No será muy agradable, pero es la vida misma.

Así está el mundo, amigos.



Tengo un estudiante en quinto Artístico que desde el comienzo ha hecho la plancha. Simpático, no molesta, pero cero estudio, escrito bajo, reacción medio tardía ya sobre la fecha de entregar promedios, lo normal. 
Ayer estábamos empezando la información de Biblia y Nahuel se me apareció con cuatro hojas manuscritas de datos que había sacado de internet y me pidió para empezar a leerlos al grupo. Cuando arrancó pensé "qué bien, lo que consiguió está ordenado y redactado de modo claro, va de lo general a lo particular, no agobia con datos inútiles...", hasta que de repente me di cuenta de que lo que estaba compartiendo me sonaba muy conocido. Demasiado conocido.
_ Disculpá, Nahuel, ¿de dónde sacaste esa información?
_ De Rincón del Vago, profe, ¿por?
_ Porque la escribí yo.
_ ¡No jodas!
_ Sí, conozco mis repartidos. Igual, pará, vamos a confirmar. 
Y me metí en el blog, busqué la información y empecé a leerla en voz alta. Era idéntico, palabra por palabra, y todos largamos la carcajada.
_ Te están robando la plata, profe, denunciálos!_ fue la expresión de tres o cuatro.
_¿Qué le vamos a hacer? Ya estoy acostumbrada._ liquidé yo, para cerrar con un chiste. Y seguimos con la clase.

Ya me veo incluyendo en mi carpeta de méritos una fotocopia de "Rincón del Vago" en el rubro "Publicaciones".





Qué interesante experiencia, ir a abrir la puerta de la cocina para salir al patio por primera vez en la semana y darte cuenta de que nunca la habías cerrado desde quién sabe cuándo.

(La Progress no me impactó, pero el viejo alemán me encontró hace rato. parece)





El viaje de Florida a Montevideo a la hora en que yo me vengo demora una hora y media. Como la noche cae temprano en el otoño y el recorrido es directo suelen ir las luces apagadas, como invitando al sueño reparador tras una jornada de trabajo. Las personas que viajan juntas hablan en susurros y en general quedan muchos lugares libres para acomodarse a gusto. 
Puede acontecer que uno no tenga suerte, como me pasó a mí el martes pasado, que vine sentada detrás de Beavis & Buthead y escuché durante buena parte del viaje sus risitas tontas, matizadas con informaciones sobre las hamburguesas y los refuerzos que habían comido antes de salir, más las milanesas que los estaban esperando en casa de la tía, en la capital, pero hoy no. 
Hoy todo era silencio y placidez, al menos hasta la mitad del viaje, cuando de pronto un grito se dejó oír desde el asiento diez o doce, un grito que nació sin proponérselo y se extinguió al momento, como arrepentido de su exabrupto. Fue una sola palabra:
_ ¡GOL!
Nadie lo miró siquiera, y el señor hizo como que no captó el salto que dimos los otros veinte pasajeros, sorprendidos en nuestra buena fe modorresca de las ocho de la noche.
Ya en la parada, aguardando el COPSA que me traería hasta casa, veo un hombre joven, de unos veintipico de años, rosadito de cara, ojos verdes, gorrito peruano en la cabeza y bolso de vendedor ambulante a un costado. Está arrodillado al lado de otro, un adolescente de unos quince, de gorrito plancha y equipo deportivo azul, extremadamente flaco, que está sentado en el hormigón de la parada.
_ Vos lo que tenés que hacer es conseguirte un celular de esos baratos, ponerme de número gratis y así te llamo y te paso la letra, ¿te parece? Dale, vo', hacelo, papá, dale. Me llamás y yo te paso la letra, y después vos te la aprendés y me la decís a mí y un día te animás en el ómnibus. Es así, papá. Nadie nace sabiendo; yo aprendí así. Un poco le copié a mi hermano, otro poco lo saqué de un vendedor, otro poco de otro, y así. 
El más chico lo miraba sin decir nada, hasta que vino un COPSA a Salinas y los dos se subieron. Acababa de presenciar una clase teórico-práctica de primer nivel.
A los pocos minutos vino mi bus, y dos paradas después me acordé del intempestivo gritón de la CITA,porque de repente 8 de Octubre se tiñó de equipos deportivos azules y un contingente en su mayoría masculino entró a desfilar por las veredas. Evidentemente, venían DEL partido, aunque por sus caras no llegaba a darme cuenta de si para ellos había terminado bien o mal; el frío borra la expresividad, parece. 
La puerta se abrió en Jaime Ciblis y con sorpresa vi que se subían mis dos vendedores de recién, el maestro y el discípulo. Ya estaba revisando mis bolsillos en busca de 50 pesos, porque algo les iba a comprar, aunque fuera para no desilusionar al flaquito, pero se ve que el chofer les dijo que no, porque se bajaron. 
Seguí en el 7A, oyendo un informativo de la tele que terminó con unas entrevistas a posibles intendentes y una frase del locutor que me pareció muy a propósito: "Y ahora nos vamos, y seguimos con Rastros de Mentiras... Hasta mañana, amigos..." 
De todos modos del rastro de mentiras no supe gran cosa porque la radio del COPSA no se enganchaba con el canal de televisión sino que comenzó su propio programa, un musical, con una voz grave y muy modulada de locutor que anunció el primer tema de la noche:
_ Es tiempo de que lleguen historias... De que lleguen poesías envueltas en nobles melodías que llegan al alma... Ricardo Montaner: "Castillo Azul"...

Y ahí me bajé.




Momento triste de las siete de la mañana.
Paso por una página de ex alumnos de mi liceo de ciclo básico, veo que una persona pregunta por otra a la que no ve hace como cuarenta años, y la respuesta no se hace esperar:
"_Hola Gracielita estoy bien trabajando como siempre. Esperando pasen los 9 años que me quedan y poder jubilarme."
Tanto quien pregunta como quien responde me son absolutamente desconocidas, ni falta que hace saber más, pero la cosa me queda dando vueltas en la cabeza y no sé si me dan más ganas de llorar o de sacar una mano por la pantalla de la notebook y sopapearla para que reaccione.
Me hace acordar a un cuentito de su familia que un día nos hizo nuestra profesora Graciela Mántaras, de Melo. Un buen día una de sus tías consideró que ya era tiempo de descansar de toda una vida de trabajo, reunió a sus hijas, les repartió las tareas domésticas que le quedaban a cada una y se sentó a esperar la muerte. Ese día la tía cumplía los cuarenta años. Murió a los noventa.

Y me voy a dar clases, donde seguramente a los cinco segundos ya me haya olvidado completamente de que hay personas en el mundo cuyo sueño está en poder algún día jubilarse dentro de nueve años o de nueve siglos.




Crónica del miedo.

Si digo que hace cinco años que vivo sola y esta fue la primera noche que sentí miedo, automáticamente mi receptor pensará que alguien me quiso robar, que pensé que me daba un infarto o que vi un fantasma agitando su sábana blanca desde la silla de enfrente, pero no. Lo que sentí por veinte segundos fue el terror más visceral e inmanejable que recuerdo, y el motivo fue tan simple como un ruido. Un ruido.

Estaba leyendo el impresionante libro de Mankell que mencionaba hace un par de días, que se pone mejor y mejor a cada página, a cada párrafo, a cada palabra. Roldana dormía a mis pies sobre la alfombra y Tania a fuerza de llorar y poner cara de desgraciada había logrado el acceso a uno de los nuevos almohadones, donde ronroneaba feliz y calentita. Domigo de paz en la primera noche otoñal del año en Arbolito.

De repente la música que había dejado de fondo se me entró a contaminar con una interferencia sonora que parecía provenir del exterior. ¿Qué era eso? Sonaba muy fuerte. Demasiado. Bajé el volumen de la computadora, dejé el libro a un lado y abrí la ventana de la cocina: un estruendo de avión volando bajito invadió mi paz nocturna. Nada fuera de lo normal, después de todo. Pero cuando el ruido fue in crescendo y aquello comenzó a exceder largamente los decibeles de esperabilidad me acordé de la malhadada nave rusa Progress. Se me venía la cosa rusa encima. No había otra explicación, se me estaba cayendo la Progress, y mañana saldría en los noticieros de todo el mundo , pero no estaría en condiciones de enterarme.

El rugido del aire se hizo por momentos ensordecedor; me esforcé en medio del terror por divisar desde dónde se me estaba viniendo, pero no vi ningún resplandor ni bola de fuego incandescente ingresando a mi órbita visual, hasta que divisé las idiotas luces rojas de un avión que comenzaba poco a poco a alejarse sobre el horizonte, cerré la ventana y pude volver a respirar con cierta normalidad.

El peligro ha sido conjurado.

Por ahora.







martes, 7 de abril de 2015

MEDIO KILO DE EQUILIBRIO





Mi humanidad y yo avanzábamos con cierta dosis de cansancio y pereza por las calles del Cordón rumbo a Tres Cruces. Eran las cuatro de la tarde de un martes siete de abril pero ni hora ni fecha coincidían con el calor veraniego de la jornada, que nos llevaba a casi todos los que íbamos por Colonia a amontonarnos en la vereda de la sombra. Yo iba planificando tareas pendientes con una parte de mi cerebro mientras con la otra relojeaba disimuladamente lo que hacía un flaco parado en la esquina sin camisa, de bermudas, gorrito y bicicleta al lado. De pronto, unos metros antes del cruce, de un comercio me llegó el olor inconfundible a raciones de bichos a la vez que una cotorra desde adentro me martilló los oídos con un algo que quiso ser palabra pero murió en parloteo indescifrable. Recordé que Tania y Roldana estaban por quedarse sin comida y entré.
El señor canoso y veterano fue muy amable y me vendió medio kilo de Equilibrio para gatos adultos, el único que consigo, ya que parece que nadie tiene Equilibrio de felinos gerontes en esta bendita ciudad. La venta vino con explicaciones varias sobre la calidad del producto, la conveniencia de no mezclar alimentos de diferente tipo y otros asuntos de dudosa trascendencia a los que escuché con suma atención, no por el tema en sí sino por la voz del vendedor: un sonido de modulación impecable, con una resonancia limpia, impresionante. Parecía de radio. Y se lo dije.
_ ¡Qué buena voz que tenés!
Me miró encantado. Algo de orgullo empezó a perfilarse en lo que antes era pura cortesía.
_ Sí… Gracias. Es que yo antes me dedicaba a otros oficios, pero usted sabe cómo es esto.
_ ¿Trabajabas en la radio o eras cantante?
_ Mire, hice muchas cosas. En alguna época supe ser cantante; últimamente ya no cantaba, pero era acompañante. Con mi guitarra. ¿Ve esa guitarra que tengo ahí atrás?_ y señaló un instrumento prolijamente enfundado, con un cartelito al lado que decía “$2000”.
_ La traje yo mismo de España, en el año 1956, y ahora la tengo para vender porque la artrosis no me deja… _ y me mostró la mano, de movilidad aceptable para vendedor pero restringida para guitarrero_ Seis guitarras tenía; a las otras ya las he vendido. Yo iba al Prado.
_ ¡Ah! ¿Eras payador?_ lo interrumpí, mientras el libro de Bartolomé Hidalgo me empezaba a dar saltitos de contento desde adentro de la mochila, porque justo hoy me tocaba trabajar sobre uno de sus diálogos en el CERP. 
_ Sí, payador y cantor.
_ ¿Fuiste o sos? ¿Se deja de serlo?_ medio que le grité, porque intuí que andaba un poco duro del oído, aunque lo disimulaba bastante mejor que yo.
Y me contó lo que le pasaba: que tenía 79 años y a veces se le olvidaba lo que iba a decir, se quedaba en blanco en mitad de una frase y eso como payador no podía ser. Él necesitaba la palabra precisa, la nota adecuada, no podía andar diciendo cualquier cosa en el escenario. Yo le expliqué que a mí me pasaba lo mismo a los cuarenta y pico en las clases, pero no fue un gran consuelo. 
Si no podía cantar ni tocar la guitarra solo le restaba ser público, y eso no siempre era gratificante. Me dijo de un famoso payador uruguayo, Moreno, que vivió 40 años en Panamá y volvió en estos días a los ochenta años  a dar un recital en la Sala Zitarrosa, un sábado a las ocho de la noche. 
_ Éramos… No sé, seríamos dieciséis. Una vergüenza. 
Traté de explicarle que ahí capaz que fallaba la publicidad, pero para hacer publicidad hay que tener plata y esa barrera no se arregla con buena voluntad. 
_ El único programa de radio que se ocupa de nosotros es a las seis de la mañana y si uno no tiene auto no puede ni ir para una entrevista porque no es prudente salir de  noche a esta edad. Yo por ejemplo ya no me animo a ir vestido de gaucho a un espectáculo porque es peligroso andar con el cinto de plata y oro, no lo puedo llevar a ningún lado y para mí era un orgullo lucir las ropas de la tradición del payador. 
_ Pero en el Prado sí cantan todavía, ¿no?
_ En el Prado a veces tenemos el escenario Molina, que es el más chico de todos, pero no se puede competir con la música estridente de los otros. Le ponen a Luca Sugo al lado, y la payada necesita concentración, porque es un canto espontáneo, no es aprendido de antemano.
_ Igual viste que los gurises capaz que no saben de payadas pero sí de canto espontáneo, porque muchos de ellos improvisan lo que cantan.
_ En este país los jóvenes no saben nada de la tradición porque nadie les enseña. No es culpa de ellos. De Bartolomé Hidalgo, por ejemplo, solo conocen el monumento de cemento, ese, donde los 24 de agosto, el Día del Payador , nos reunimos un puñado de viejos a hacerle un homenaje.
Casi podía sentir cómo desde el libro los cielitos y los diálogos de Hidalgo estiraban sus bracitos para irse con él a homenajear al Cantor de la Patria Vieja. Están tan poco acostumbrados a encontrar amigos… Tenía que decirle.
_ Conozco el monumento y no es muy lindo. ¿Sabés que yo justo hoy iba a dar una clase sobre Bartolomé Hidalgo?
_ ¡Qué bueno! Es el iniciador de la poesía gauchesca. Un simple empleado del Cabildo y que hizo unos versos espléndidos.
_ Y terminó pobre como las ratas, vendiendo sus poemas en hojitas sueltas en Buenos Aires.
_ Es verdad. Tuberculoso, pobre, murió muy joven. Hoy nadie canta los Cielitos de Hidalgo. Cuando yo iba a la escuela la Directora, la doctora Cata (porque era doctora y además maestra, doña Cata) nos los enseñaba. Ahora eso se perdió, como todo lo que tiene que ver con el arte de los payadores.
_ Sí. Igual viste que de Martín Fierro se habla más, al menos. 
_ Bueno, pero, ¿quién era Hernández?
_ Un Senador.
_  Ahí tiene. 
_ ¿Vos tenés los Cielitos de Hidalgo? _ le pregunté, pensando regalarle mi libro si me decía que no, pero sí lo tenía, en la misma edición que yo: una barata, publicada por la Universidad de la República. 
Los poemas de mi libro se quedaron un poco más tranquilos al enterarse de que seguían viviendo en otros ojos más allá de las clases y la historia de la literatura, y yo decidí que ya era hora de ir marchando.
_ Bueno, me voy. Un gusto.
_ Para mí también. Disculpe que le di lata con mis cosas y la demoré.
_ No, al contario.
Y me fui con mi bolsa de Equilibrio en la mano, cantando bajito rumbo a la terminal. 
Ni siquiera me acordé de fijarme si el de la bici seguía al acecho en la esquina. Ya no era importante. 


viernes, 3 de abril de 2015

Abril 2015





Montevideo, 30 de abril de 2015, 17.55 hs.
VISTO: que hay un armatoste ruso dando vueltas por la atmósfera y que se nos viene encima.
CONSIDERANDO: que como dice la nunca bien ponderada página de espectador.com "La nave carguera rusa Progress está cayendo descontrolada rumbo a la Tierra y podría impactar en cualquier lugar del planeta, incluido Uruguay".
RESUELVO: que de suceder la eventualidad de que el Progreso me caiga encima y no deje de mi modesta existencia más huella de la que quedó de mi rancho en Valizas:
1) Mis amigos y conocidos deberán hacerse cargo de la manutención de Tania y Roldana procurándoles una alternancia de Equilibrio para gatos adultos y atún desmenuzado al natural, con abundante agua y piedritas sanitarias a su disposición, así como una ventana abierta al fascinante mundo exterior y un almohadón prohibido para que se diviertan usurpándolo.
2) Alguna de mis compañeras de Literatura tendrá que tirarse hasta el IAVA y cerrar mis promedios, que son para el 8 y no los tengo hechos.
3) Los valores de la casa están debajo de la cama de una plaza, en el dormitorio chico, en varias cajas. Ojo al moverlos, que los fósiles son duros como piedra pero los escudos de mar se rompen de solo mirarlos.

Comuníquese, atiéndase, publíquese, archívese, cúmplase.





Estaba bien avanzada la segunda hora del escrito de quinto Artístico a las nueve y media de la mañana cuando alguien golpeó la puerta y pidió permiso para pasar: era un alumno que venía con pinta de caído de la cama y con los ojos a medio despertar. 
Capaz que tendría que haberle dicho que no podía ingresar al salón a esa hora, que la responsabilidad, y la puntualidad, y el escrito y esas cosas, pero algo en su mirada se ve que me contuvo porque lo invité a sentarse y a intentar hacer algo en los veinte minutos que le quedaban de clase.
Estuvo escribiendo hasta que tocó el timbre, mientras una parte de mi cerebro razonaba que para cuando él llegó ya había algunos compañeros afuera del salón, los tres o cuatro que habían entregado temprano, quienes podrían haberle contado cuáles eran las preguntas, posibilitando un mini repaso injusto para los otros estudiantes. En eso estaba, dudando, hasta que decidí que igual bien valía el esfuerzo del muchacho de intentar hacer algo para zafar del 1 y que ya vería yo qué pasaba al corregirlo. 
_ ¿Qué pasó? ¿Te dormiste?- le pregunté cuando me entregó la hoja al final.
Me miró con sus enormes ojos cansados, salimos al patio y me contó. 
El abuelo murió hace unos días y la madre de él se instaló prácticamente de continuo en la casa de sus propios padres para consolar a la abuela, que aún vive. El viejito tenía ochenta y cinco y venía de una enfermedad larga y dolorosa, por lo cual mi alumno pese a sufrir la pérdida no estaba desconsolado pero la mamá sí, y a él le partía el alma verla sufrir y no poder ayudarla. Ayer estuvo horas en medio de la madrugada desvelado hablando con ella para ayudarla a desahogarse y repuntar un poco, y quisiera ver si alguien sabe cómo conciliar eso con el origen y evolución del teatro griego, la estructura externa de una tragedia de Sófocles o los recursos literarios del parlamento de un personaje en el prólogo de Edipo Rey.
Aún no corregí, pero a mí ya me puse buena nota por no haber caído en la exigencia en el cumplimiento de las normas sin preguntar antes cuál era el motivo de su no observancia. Los docentes tenemos entre las manos un material tan delicado y sensible como el alma de las personas que nos rodean, y es aterrador ver con qué precariedad nos movemos en esa delgada línea entre lo que es correcto y formativo para ellos y lo que sería una permisividad contraproducente de nuestra parte.

Difícil tarea, la nuestra.




Hace mucho tiempo que estoy pensando si estará bien lo que hago, pero no termino de decidirme.
Nuestra relación empezó hace un par de meses, cuando comenzaron las clases, y desde entonces no ha pasado un día sin que yo fuera a buscarlo en algún momento de la mañana. En las horas puente, por ejemplo, salgo de sala de profesores medio a lo bobo como sin rumbo, como dudando si voy al baño o si me tiro hasta la cantina pero siempre, siempre, siempre termino yendo a ver si lo encuentro en su lugar de costumbre. Y él siempre está. A veces no me puede atender o no está disponible pero al menos lo veo allí y su presencia me tranquiliza, aunque sé perfectamente que no soy la única en este liceo que depende de él y está bien, lo acepto. De hecho la que me lo presentó fue una chica de secretaría el segundo día de clases. Las alumnas también lo buscan pero no tanto.
Algo de culpa me provoca esta relación, lo admito. Más de una vez he pensado cortarla y liberarme pero la carne es débil, mis decisiones son endebles y él termina ganando. Dependo de él, maldito aparato expendedor de café, cortado y capuchino. Dependo totalmente. 






Salí de mi casa pocos minutos antes de las nueve, arrastrando mi humanidad hacia el salón comunal de la cooperativa que tuvo la nunca bien ponderada idea de fijar una asamblea obligatoria un domingo a las nueve de la mañana. 
Nueve y cuarto dio comienzo la reunión y nueve y veinte surgió el primer conflicto. Me preparé mentalmente para tres o cuatro horas de palabras y ánimos caldeados. Mientras se leía el balance a aprobar, en la imposibilidad de entender las dos carillas llenas de haberes y saldos, me entretuve hojeando la lista de los integrantes de la cooperativa. Primero revisé quiénes figuran como socios: en 200 casas hay solo 55 mujeres como socias titulares, mirá qué dato revelador. Después me puse a mirar nombres raros; dos me encantaron. Uno era Odorico, que me trajo vívidas reminiscencias de "O bem amado", de Odorico Paraguazú, el alcalde corrupto que desesperaba por inaugurar el cementerio del pueblo y ya que estaba me acordé de las tardes de los setentas y la tele que empezaba a las seis y la señal de ajuste y las películas con una raya, dos rayas, tres rayas y que al apagarse dejaba por unos segundos el puntito blanco de luz en el centro y esas cosas. Después vi que hay alguien que se llama Boabdil, y me acordé de haber estado en Granada, en La Alhambra, al lado de un árbol con un cartel que rezaba: "Aquí lloró el rey moro Boabdil al mirar por última vez sus dominios antes de dejarlos en manos de sus enemigos". Pobre Boabdil: estaba lamentando su derrota militar, llorando por el inminente destierro, cuando la bruja hija de puta de su madre le toca el hombro y le dice que se deje de llorar como una mujer lo que no supo defender como un hombre. 
En esas divagaciones andaba cuando escucho que se va a pasar a votar el balance, y de pronto la asamblea llegó a su fin menos de una hora después de haber empezado, en un clima de concordia y con un aplauso generalizado para la mesa directiva y para la masa social que aprobó el balance. 
Sorpresas te da la vida.






Segunda hora de clase con el sexto Artístico 2 en el IAVA. Acabábamos de hacer la corrección del escrito y propuse que como parte del Día Mundial del Libro dedicáramos esa hora de clase a alguna lectura recreativa. 
Ya lo había hecho en el otro sexto: yo llevé textos de Benedetti y Galeano y alternamos sus voces y la mía para acercarnos a varios de ellos. Pero este segundo grupo tiene personalidad propia y apenas dije de leer algo ya salieron de las mochilas libros, desde Gioconda Belli a Murakami, pasando por Darwin y otros varios. Cada uno pasó de motu propio al frente de la clase y leyó ( y leyó MUY BIEN) lo que quiso. Al rato otros, los que no tenían libros, sacaron sus celulares y fueron sumando voces y palabras. Algunos (entre ellos yo) nos sentamos en el piso para escuchar mejor y con mayor comodidad. Uno de ellos, que es fotógrafo de profesión, leyó un texto sobre la esclavitud, mientras desde el patio sonaba cada cinco segundos un sonido de tambor que parecía acompañarlo, ante nuestros ojos y oídos encantados.
Todos aplaudieron cada intervención.
Salí flotando sobre las viejas y queridas baldosas del patio de mi liceo y no paré de volar hasta que me desplomé sobre mi asiento del bus a Florida, tres minutos antes de que saliera.
Qué maravilloso esto de levantar vuelo en medio de la jornada laboral.
Qué suerte que decidí ser docente.







La parada tenia poca gente hoy y el 103 vino medio vacío. Me senté enseguida; pensé que era una lástima haberme olvidado del reloj en casa, pero ya estaba hecho.
Los comercios por 18 presentaban un aspecto de feriado, todos cerrados, con sus cortinas bajas, y las veredas estaban lindas para caminar, así, sin gente. ¿Dónde está la gente de las ocho de la mañana?
Ahí me di cuenta de que había puesto mal el reloj, que eran las 7, el liceo estaba cerrado y no había ni un bar disponible para hacer tiempo y corregir escritos hasta que abriera. 
Menos mal que 3 Cruces no duerme.
Saludos desde mi segundo desayuno del día, en La Mostaza.
Médico geriátrico que cobre poco, ¿alguien conoce?





Aún no son las siete y media, ya está oscuro y estoy esperando un ómnibus de CITA cuando los veo venir. Ellos son dos. Tienen unos 15años, son flacos y visten de modo similar. Vienen tomando algo de una caja que se pasan de uno a otro sin detener su marcha. Cruzan por mi lado y mientras charlan siguen compartiendo el litro de Colet. 
Cae la noche en Florida y yo vuelvo a Montevideo. 
No nos separan cien kilómetros o una hora y media de viaje. Estamos a un mundo de distancia.





Don Isidoro fue el primer historiador de la patria, el primer biógrafo de Artigas y el primer cronista de Montevideo. Todo el mundo coincide en que no era una lumbrera para esto de la literatura pero se las ingeniaba para ser ameno y para rescatar del olvido las pequeñas cosas del quehacer cotidiano, las calles, los personajes, las situaciones de la ciudad en que vivió casi toda su vida. Medio desordenado el hombre para el contar, bastante carente de rigor científico y metodológico,pero muy laburador, eso sí. Dicen por ahí que hasta los 90 años, en que se jubiló como archivero, no faltaba un solo día a su puesto de trabajo. Otros tiempos. Lo veían caminar encorvado por la Ciudad Vieja y ya todos sabían quién era. A veces se paraba a saludar a un niño por la calle y contarle que en otros tiempos había conocido a su bisabuelo.
Me gusta este viejito. No coincido en su admiración por Rivera, no coincido en muchas cosas pero me gusta. Es como un hermano cronista que desde otros siglos sigue hablándonos de un mundo que posibilita el nuestro, sin gritos ni estridencias ni genialidades pero con afecto y amabilidad.

Que nunca falten los lazos con la tradición, las miradas al mañana ni las correspondencias inesperadas con las voces ajenas.




Características del siglo XVIII:
"La religión no era muy aprobada por la religión de la época."
"La enciclopedia, en el siglo XVIII se creó la enciclopedia."
"Comprende los años 1701 al 1800."

(Me parece que este no es el mejor de los mundos posibles.)



Mi lectura de las crónicas de Montevideo Antiguo de don Isidoro de María en el fondo del 103 se ve de pronto interrumpida por el rasgueo premonitor de espectáculo de bus por el que no pedí ni pagué. 
Oh oh. No otra vez.
La guitarra era blandida por un muchacho de rulos y se escuchaba algo de percusión desde un sitio no visible para mí, desde el cual se empezó a oír una voz cantando "El poeta dice la verdad". Canté yo también desde mi asiento, bajito. El muchacho de al lado me miraba de reojo con cara de extrañeza; se ve que en Artigas las señoras no acostumbran saber letras de gurises, y menos entonarlas en lugar tan inapropiado. Sí, era de Artigas, porque un rato antes él y un grandote (que hubiera sido lindo si tuviera plata y en vez de matarse trabajando se pudiera arreglar mejor porque sus rasgos eran bellos pero estaba muy venido a menos) tuvieron una charla en la cual ambos manifestaban que se sonaban conocidos pero no sabían de dónde. El grandote le preguntó desde el asiento de enfrente si era de la Iglesia pero no. Se despidieron cordialmente sin saber de dónde se sonaban, si es que en verdad se conocían y no le erraron como a las peras, cosa de la cual tengo mis serias dudas. 
Terminó la canción y sonaron aplausos. El cantante me sonríe y viene a darme un beso: estuvo conmigo en un tercero del 30 hace como cinco años. Su compañero informa que han cantado un tema de La Trampa, le pregunto a mi ex alumno de quién es la letra, a lo que contesta que de Federico García Lorca. Punto para él. Nos reímos y charlamos un rato; queda descorazonado cuando se entera de que estoy con los sextos Artísticos de la mañana del IAVA, porque él también hace sexto Artístico allí pero de noche, y se bajan, a interrumpir nuevas lecturas y provocar nuevos encuentros en el STM.
Retomo a don De María hasta que unas paradas después levanto la mirada y veo a una mujer que me mira y hace lo peor lo peor lo peor que puede hacer alguien conmigo: me saluda. Una desconocida me saluda en el ómnibus, título de mi próxima saga de 42 tomos.
_ ¿Cómo andás, Mariela? ¡Tanto tiempo! No sabía si saludarte, si me ubicarías...
Nunca la vi en mi vida, no tengo la más pálida idea de quién puede ser pero después de tan cálido reconocimiento por su parte me siento la forajida más vil si se lo hago notar. 
Conclusión: tuvimos un hermoso diálogo de cinco paradas en el cual agucé al máximo mi capacidad deductiva pero no llegué a absolutamente ningún lado. Ella tiene más o menos mi edad, trabaja por la Curva, dice que estoy igual y me cuenta que terminó sexto de liceo en el IAVA Nocturno hace cinco años. O sea, ni la más leve idea. 
Lo único bueno es que ahora mis encuentros de bus parecen estar cortados por el mismo molde, todos con el IAVA como hilo conductor. 
Pero no es consuelo. MALDICIÓN. 
Otra vez.
Otra vez.
Otra vez.
Otra vez.
Otra vez.
Vivo en un mundo de desconocidos que juegan con mis nervios para hacerme sentir "Yo, la peor de todas". Debe haber cámaras registrando cada pseudo-encuentro y un tablero donde se van anotando los que al final reconocí y los que dejé pasar sin animarme a preguntar. La gente hace apuestas y escribe estadísticas, mientras nuevos actores se entrenan para probar suerte conmigo.
"The Mariela's Show". Coming soon.




Misterios de la vida en Arbolito Street.
Me asomo al frente porque voy a sacudir la alfombra. El micro jardincito de unos cuatro metros cuadrados está lleno de hojas secas que me propongo algún día barrer y tirar a la basura, pero no es eso lo que llama mi atención hoy, sino un martillo tirado en un costado sobre el pasto. ¿Quién me tiró este martillo y por o para qué? Lo levanto. Debajo hay un ratón, o lo que fue alguna vez un ratón, ahora aplastado hasta la bidimensionalidad, con varios días de cadáver y rodeado de moscas felices, gordas y zumbonas. 
Me pregunto muchas cosas. 
¿Habrá en este barrio alguien capaz de reventar un ratón y después no animarse a recoger el arma homicida? ¿Será que este martillo es mío y yo no me acuerdo? Y lo más importante: ¿tendré que sacar a este resto de bicho y tirarlo a la basura?
Misterios de la vida en Arbolito Street.



14.18: salgo de casa rumbo a Florida tres minutos después de lo previsto. Me demoro veinte segundos haciéndole mimos a Gomecito y explicándole al otro, al gris y blanco, que no lo iba a dejar entrar a mi casa ni ahora ni nunca.
14.25: veo venir un Cutcsa y evalúo la situación. Pensaba ir en un inter que me deja en la puerta y cuatro cuadras mas cerca, pero si espero y se demora... Decido que el tiempo me da bien y subo al bus. 
14,35: reviso el pasaje para ver si voy en el primer o segundo coche de las 15.00 y veo que el mío es el coche 1... Pero de las 11.30. Marqué para el martes con horarios del jueves, maldito alemán que no retrocede ni un par de meses. Viejo odioso.
14.40: el 103 va lento, o al menos a mí me lo parece. En cada parada se suben 5, 6, 8 personas. Son las tres de la tarde, gente, ¿qué hacen todos entorpeciendo a mi ómnibus? ¡Moviendo las tabas, que tengo que llegar a tiempo para mi clase sobre Bartolomé Hidalgo en el Cerp!
14.45: intento pararme antes para bajar primera pero ¡horror! Una vieja de dificultosa movilidad me gana la puerta de adelante y se instala allí con toda su lenta humanidad mientras miro el reloj de otra vieja que en vez de menos cuarto marca menos diez y me entro a putear por despistada.
14.50: vuelo por las cuatro cuadras, corro cruzando Bulevar, me deslizo por la escalera de Tres Cruces aferrada al pasamano por si aterrizo de puro atropellada y llego al local de CITA, donde por suerte hay una ventanilla libre y me atienden enseguida.
14.56: me desplomo en el asiento 15 del coche 1 y decido que en adelante debo salir con más tiempo, debo controlar mejor los horarios que saco, debo ser buena, luchar por la paz mundial y no comer más pizzas, harinas ni ambrosías... Aunque después de todo ya voy en viaje y no es cuestión de hacer promesas desesperadas y de dudoso cumplimiento. Por lo de salir con más tiempo, digo.



Cuando dejé pasar un 103 casi vacío solo por no correr unos metros pensé que acababa de cometer EL error de la semana.
Un segundo después, al ver que atrás venían un 405 y otro 103 con asientos libres dudé si en verdad me habría levantado y si no seguiría soñando en Arbolito.
Pero solo en el momento de ir a pagar, cuando tuve que gritarle al guarda para que saliera del dulce sueño de las siete de la mañana y me diera el boleto, terminé de asumir que es lunes. 
Al menos vamos sin cumbia, sin cantores y sin vendedores.




Pinceladas de siesta merineana.

Este es el reino de las aves, solas o en bandadas, de cualquier color y tamaño. Las arroceras, la playa, el campo pelado, todo les sirve de hábitat. Hoy me pasaron volando por arriba cuatro cigüeñas en fila india, después un halcón y tres patos, amén de urracas y garzas varias.

De noche mi vieja me llama misteriosamente, me hace señas y salimos a la oscuridad del patio del fondo. Prende la linterna, alumbra el techo del parrillero junto a la casa y veo una comadreja preciosa, comiendo los cueritos de pollo y los restos de verdura que sabe que allí le son dejados cada noche. Nos miró y se fue tranquila, sin miedo. No pude sacarle una foto, otra vez será.

Nos cruzamos por la playa con tres nenitas de siete u ocho años. Una iba hablando con tono de Nena Alfa: "yo ya canté primera para todo, esta (por una de sus amigas) cantó segunda, y vos (a la otra) quedaste última para todo. Ya está, es así."

Diez mosquitos en mi dormitorio ayer, diez posados al menos y otros tantos volando. Cada vez que vengo me felicito por el tul de expedicionario. Que nunca se rompa.

El pueblo está casi vacío. Apenas unas veinte personas en la playa a mediodía, dos autos por hora por la calle de mis viejos y casi ningún almacén abierto. En medio de este desierto desembarcaron dos o tres personas cargadas de listas para la elección de mayo y quedaron un tanto desconcertadas. No sé qué habrán hecho con lo que pensaban repartir; para mí que las tiraron en el primer tarro de basura que encontraron.

No. No, no y no. No voy a ir por lo de El Carioca a comprar ambrosía. No voy a ir a comprar ambrosía. No a la ambrosía. No, no y no. Creo.

La hora de la siesta pinta hoy soleada y silenciosa. Ayer hubo fiesta en lo de un vecino y se cantó y tomó de lo lindo. Lloviznó un poco pero ellos siguieron horas y horas entonando cosas del tenor de "Somos los piratas" o "Brindis por Pierrot". Hoy solo hay pájaros, muchos, un par de mangangás zumbones y una mariposa enorme de Peñarol.





Ese momento del domingo en que uno se pone a recolectar por la casa los marcadores de pizarra, los borradores, los textos y los apuntes, mientras busca la hojita de los horarios que aún no se aprendió de memoria y que va a determinar el nivel de dificultad de la levantada del primer lunes después de las vacaciones...





Ella alega que no fue al lugar con intención de hacerle daño a nadie y yo le creo. 
Todo comenzó con la rutina de cada viernes santo a las nueve y pico de la mañana: recorrida visual por la cocina, constatación de más ausencias que disponibilidades en heladera y armarios, decisión de visitar las instalaciones del señor Henderson en la Unión, necesidad entonces de mirarse a un espejo y volver a tomar forma humana después de una noche de sueño inquieto y despeinante.
Fue hasta el piso de arriba y allí estaba él. 
Un tres de abril por la mañana y él seguía adueñándose de la casa; un atrevimiento inconcebible.
Esperó pacientemente a que se alejara de la puerta antes de cerrarla y condenarlo. Ante la frialdad de su mirada cualquiera podría haber percibido que ya no había vuelta atrás pero no él, que siguió revoloteando, posándose un segundo en el botiquín, dejándose ver con nitidez contra los azulejos blancos del baño de la cooperativa (los más baratos, son feazos, voy a tener que cambiarlos algún día, pensó la mujer) y yendo en su paseíto, como era previsible, hasta la pequeña ventana cerrada del fondo, donde rápidamente fue reducido a una mancha roja y negra en la palma derecha de su asesina.
_ Fuiste. Jodete por desubicado. Sairam._ murmuró, recordando que una compañera de Bellas Artes una vez le dijo que no había que sentirse culpable por matar un animal en defensa propia siempre y cuando uno dijera "sairam", que viene a ser algo así como la paz sea contigo, hermano, bye bye, que reencarnes bien.
Y se fue sin culpa a hacer los mandados, no sin antes liquidar en la misma ventana al segundo atrevido de la jornada. 
Voy a tener que averiguar cuánto cuestan los mosquiteros en el barrio, pensó al salir de la casa. Esto se está poniendo demasiado épico para esta altura del año.