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sábado, 14 de septiembre de 2013

RITUAL





Timbre. Rescate de la merienda en el fondo de la cartera. Carrera hasta el bebedero. Cola, empujones, amenazas, agua. Ronda. Ay, ay, ay, cuándo vendrá mi amor; me arrodillo a los pies de mi amante, me levanto constante, constante. Transmisión al oído de alguien de un rumor oído a la entrada. Gestos de inteligencia: te lo dije. Pelea en el fondo. Carrera vertiginosa para ser el primero en saber cómo salió. Mirada compasiva a los dos que la maestra lleva a la Dirección. Caminata sin rumbo por el patio. Llanto lejano de alguien por una caída. Grito y amenaza al vivo que desata moñas de túnicas: vas a ver, le voy a decir a mi hermano. Mirada a la puerta del salón. Comienzo de aburrimiento. Timbre. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

1978





Yo le pedí, le rogué, la miré con los ojos más grandes que pude pero no me hizo caso.
_ Señorita, no quiero sentarme más con Jorge. Me muerde la goma, tira puntas de lápiz en mis cuadernos, me hace “arre caballito” en las trenzas. ¿Por qué no me pone con Loreley? ¡Por favor, señorita!
Pero Jorge siguió ocupando el banco de al lado hasta el 6 de diciembre: molesto, pesado, insoportable.
Lo vi años después: él estaba con un muchacho rompiendo a patadas el muro del costado de la Iglesia, y le dije de todo. Nos amigamos cuando ya se había hecho albañil y empezó a comprarme ropa deportiva en la feria para su hijo, pero al crecer el niño dejé de verlo. Hace poco encontré a la maestra de cuarto y supe por ella que Jorge, entre otros, había tenido a su padre preso por aquellos años.
Pobre Jorge.
Tener que compartir el banco hasta el 6 de diciembre con una nena molesta, pesada, insoportable, incapaz de ver más allá de una goma, un cuaderno y un par de trenzas.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

ESTE NO ES





Abro los ojos; me había quedado dormida y el mar llega casi a mis pies. El sol de setiembre se siente tibio y amigable en Valizas. Hay un fósil al alcance de mi mano, traído por una ola. A mi alrededor la playa entera está salpicada de piedras, huesos y caracoles.

Abro los ojos; había apagado el celular y ya es casi la hora de irme. Roldana me recuerda que tiene hambre desde afuera del dormitorio. Voy a la cocina y me pongo a corregir escritos.

Abro los ojos.

Este no es mi lugar en el mundo.

domingo, 25 de agosto de 2013

24 de agosto





1983. Carta:
Prima: no me van a dejar salir esta noche. No es justo porque yo tenía pila de ganas de ir a la Fiesta de la Nostalgia en Zum Zum y tenía la pollera con voladitos que me hizo mi vieja y los zapatos de charol negro y rojo recién arreglados pero viste cómo son. Se les metió eso de que no salga más que una vez cada quince días y como el sábado pasado fui contigo al Automóvil ahora dicen que hoy no porque tengo que estudiar. Divertite vos por mí. Va a estar buenísimo, ojalá que no te pidan la cédula. Mañana de tarde voy por tu casa y me contás todo.


1988. Querido diario:
Hace tiempo que no ando por acá, debe ser que estoy madurando, o más bien que no tengo tiempo. Paso estudiando. El IPA es un embole, no sé quién me convenció de meterme en esto que no me da ni un minuto libre. Para peor hoy justo que no tengo nada urgente para hacer o entregar me encantaría ir con aquellas a la noche de la nostalgia ahora que hay bailes por todos lados, pero mi novio es re celoso y no le gusta llevarme a los boliches. Yo qué sé, tendrá miedo. Igual a mí eso de la canilla libre no me convence: mucho borracho suelto, mucho pesado en la vuelta, mucha gente por todos lados. Mejor nos quedamos en casa viendo "El auto fantástico", que a él le gusta y mis viejos, si no ponemos la tele muy alta, no se quejan.


1993. Con una amiga en el Lobizón de Pocitos, 2.30 a.m.:
_ Al final esto cada año es lo mismo: un embole. Todo el mundo sale en pareja y los boliches que no pasan música vieja quedan vacíos. Mirá alrededor: nadie. Bah, nadie que valga la pena, obvio. ¿Vamos pegando la vuelta? Dale, pedí la cuenta vos que el mozo ese que está bueno te está cargando hace rato. Uy, mirá quién entró: el pesado aquel de la Escuela que me tiene harta. Dale, pagá y vamos, ¿querés? Te espero en la puerta.


1998. Teléfono:
Hola. ¿Cómo andan? Acá, como siempre. No, ¿estás loco? ¿Con lo que cuesta, encima ir a bancarnos un montón de vejetes como nosotros que se hacen los nenes y salen a dar lástima entre los péndex de veinte? Ni ahí. No, más bien íbamos a encarar una tranqui, acá en casa. ¿No quieren venir, pedimos unas pizzas y hacemos un partidito de TEG? Por eso, porque tu mujer siempre nos gana a todos y ya es tiempo de acabar con su imperialismo triunfante, ¡jaja! Bueno. caigan cuando quieran, que nosotros estamos acá. Beso.


2003. Mail:
¡Fiesta de la Nostalgia en casa!
 Lluvia. Para unos pocos elegidos. No vale venir solo/a. Te esperamos con ropa y música adecuada a la ocasión. Vos ves. 
¡No faltes!


2008. Mensaje de texto:
Gracias por la invit, xo mucho xa corregir y muero de sueño. Bzzz...


2013. Chat:

Che, ¿te vas hoy de jodita con tu marido? Yo sigo engripada. ¿No te animás a pasar antes del baile por una farmacia y tirarte por casa? Necesito Flodigrip, Rondec y Bucoglobín para hacer gárgaras. Te pago acá cuando vengas. Ah, y tráeme una lata de atún para las gatas, ¿ta?  Tocá el timbre fuerte que ando con los oídos tapados y si suena bajito no lo escucho. Gracias, te espero. 

sábado, 3 de agosto de 2013

BREVE HISTORIA




PARTE 1

Primero fue el silencio.
Yo le había dado mi teléfono a la salida de una obra de teatro espantosa en la que el azar hizo que coincidiéramos, un espectáculo hecho por un grupo de teatro independiente del interior que transcurría en una especie de barca y que nos había llevado a Diana y a mí a lamentar seriamente el hecho de haber arrastrado hasta la Sala Verdi a Yolanda, la madre de mi amiga con sus ochenta abriles, su andador de lentos pasos y su paciencia a prueba de balas.
Hacía veinte años que no nos veíamos, y él estaba igual, igual que siempre. Nos prometimos un encuentro algún día, encuentro que no se dio ni en esa semana ni en el resto del año.
Luego fue la distancia. Apenas un saludo a lo lejos en medio de una exposición de autos clásicos bajo el sol rabioso de febrero, sobre la rambla de Punta Carretas, justo en la mañana de ese domingo en que yo me había levantado tan extraña que no me sentía dentro de mi cuerpo y había tenido que recurrir al SEMM para saber que no estaba de remate y que eso ya le había pasado antes a otras personas.
Lástima que ni él ni yo estábamos solos ese día, y volvimos a perdernos.
Casi arrancaba ya la primavera cuando en una concentración por la diversidad sexual en la Plaza Libertad apareció su sonrisa y me detuve. 
Algún día por fin llegó el verano; vinieron la arena, el sol, los caminos de caracoles, los tragos a la madrugada, las horas de ocio, los libros postergados, el tiempo para todo, para charlar sin decidirse, para desear sin ansiedades.
Para algunas cosas el apuro no tiene razón de ser.

PARTE 2

_ Sí, m’hija, ya entendí lo que me planteás, pero no estoy de acuerdo, a mí me parece que no es por ahí la cosa. Yo qué sé por qué. Porque no los quiero dejar más sin clases, porque por algo me desafilié después de veintipico de años, porque… Ta, tenés razón. No, no, en serio, cuando tenés razón, tenés razón, te lo reconozco. No nos vamo’ a andar peleando por teléfono cuando hace tanto que no nos vemos, no da. Otro día hablamos de eso. ¿Tu marido, tus hijos? Pah, qué bueno. Me alegro pila, che. Y, sí, ya era hora. Un día te alcanzo el cd con las fotos del último encuentro con las chiquilinas; ¿te acordás, que saqué como veinte fotos? Esas. ¿Qué? Ah, ¿yo? Bien. Bien, sí… ¿Qué querés que te diga? Sí, obvio que seguimos. ¿Perdón? ¿Y esa risa? Esta es otra etapa, nada que ver. ¿Viste las fotos que colgué en el muro? Me ayudó con las lámparas; un divino. Me dejó sin luz en el living, es verdad, pero bueh, un detalle. Yo qué sé qué hizo; de repente fuimos a levantar la llave general, y nada. Ni luz del frente ni de la entrada. Una semana pasé así; hasta llamé a mi viejo a Cerro Largo a ver si tenía idea de qué diablos podía ser. Al final quedó todo bien. Como cuando se llevó mi computadora para la casa y la estuvo formando todo el fin de semana. Sí, formateando, eso, es lo mismo. Bueno, como te decía, se la llevó, la limpió de bichos y cuando me la fue a devolver resulta que todo era diferente, ya ni sé cómo editar las fotos, nada. ¡Casi no encuentro el procesador de textos, imagínate! ¿Eh? Ta, otro día la seguimos. Justo que te iba a contar todo lo bueno…Dale. Beso, cuídate.

PARTE 3

Esquema de guión para mi próxima película.

Escena 1. Secuencia basada en la reiteración. Primer plano de fila de butacas en un cine cualquiera de Montevideo. Mujer enrulada que por momentos suspira, se asusta o se inclina mirando con atención lo que ocurre en la pantalla. A su lado un hombre alto de pelo negro y campera de cuero oscila entre cabecear y entreabrir los ojos, hasta que su compañera le da un discreto codazo. Él finge despertarse y mira hacia adelante sin ver más que sus pestañas, que vuelven a cerrarse. La acción se deberá repetir entre ocho y nueve veces, hasta que la cámara se enfoca en el “The end” de rigor con el que termina la función, antes de mostrar las luces que se encienden y pasar a un fundido en blanco. Como variante a considerar, en vez de en un cine la acción puede ubicarse en un recital de Nicolás Arnicho en el Teatro Solís.

Escena 2. Mini road-movie, solo que en vez de ir en auto los personajes caminan. Ambos recorren solitarias y por momentos desoladas calles de la Curva de Maroñas en busca de fotos de iglesias y campanarios, de fábricas abandonadas y de viejas casas con fantasmas. Larga secuencia ubicada en el Club Ciclista Fénix, donde la mujer de los rulos manifiesta su deseo de acercarse a la vieja sede de la institución y el hombre de negro convence a un veterano del lugar para que les preste la llave del candado, atraviesen el portón principal y se pasen media hora rodeando y fotografiando la enorme casona  antigua y señorial aún pese al desgaste y al peligro de derrumbe, peligro del cual los dos protagonistas son cuidadosamente avisados por el veterano del club. Salen de allí con aire de felicidad, y continúan su recorrido, con las cámaras en el bolsillo, ya que llevarlas en la mano sería una imprudencia casi imperdonable.

Escena 3. Detalles de alcoba. Serie de situaciones cercanas al sueño ubicadas en diversos días y que finalizan siempre de igual manera, con el hombre durmiéndose exactamente un segundo después de pronunciar su última frase de la noche que suele ser algo como "creo que en un ratito me voy a dormir".

Escena 4. El toque romántico. Cámara ubicada en el interior de un ómnibus de transporte 
internacional de pasajeros. Primer plano de la mujer, sentada junto a la ventanilla y escudriñando el panorama de las calles y veredas de la entrada a Montevideo. En una esquina su rostro se ilumina al cruzarse con el de él, que ha venido en medio de la noche más fría del año solo para dejarle un beso y un saludo silencioso a su paso. La escena se funde con la caída de miles de pétalos de rosas y unos angelitos que sobrevuelan la Plaza Cuba abrigados con bufandas y guantes de lana.

Escena 5. Momentos de cotidianeidad. La cámara oscilará entre un primer plano de la cena con  pollo y papas al natural recién preparada, un libro antiguo entreabierto sobre la mesita de luz, una vista de la gata arisca de la familia dejándose mimar por el hombre, una seguidilla de momentos en que la mujer pone cara de no tener idea de quiénes son los músicos que él menciona, el sonido de un timbre por la noche,  y de la ventana que se abre por la mañana, la imagen de dos manos que se encuentran y de la sonrisa feliz de ella, en primer plano.

Y ya sobran las palabras. O tal vez no.



jueves, 11 de julio de 2013

EL PACTO







Al primer marronazo la baldosa se hizo añicos y una lasca que saltó hacia mi lado me dio en la frente. No llegó a lastimarme pero me impresionó lo suficiente como para no reprimir una exclamación que pronto encontró eco en otra voz, mucho más grave que la mía.
_ Señora, va a ser mejor que se aleje un poco. Esto puede ser peligroso, ¿sabe?
Miré al albañil con una mezcla de desprecio e incredulidad. ¿Señora? ¿Peligroso? Qué sabrás vos de peligros, pensé, y lo de señora se lo podés ir diciendo a tu abuela. En ese momento mi prima Nancy me tocó el brazo y con un gesto desarmó mi naciente belicosidad. Estamos grandes, lo sé, y la edad nos pone quisquillosas. Moví la cabeza y levanté los ojos como queriendo indicar mi resignación y ella y Marcela me sonrieron, mientras el reloj marcaba las nueve de la mañana y una tormenta de golpes iba desarmando poco a poco el piso de lo que había sido la cocina de nuestra abuela.


Estábamos todas las primas, una de las tías y un par de sobrinos nietos que correteaban por el patio como nosotras lo hiciéramos hace cincuenta años. Un azar del destino nos ponía frente a frente con la posibilidad de develar el misterio más grande de nuestra infancia. Apenas podíamos respirar.


El dueño de la casa, Gustavo, fue el que puso en marcha esta locura al llamar a Estrella hacía tres semanas y contarle que iba a demoler la vieja cocina y convertirla en un patio interior dado lo vetusto de su instalación. Era más barato edificar una nueva al fondo que refaccionar las paredes rajadas y cambiar las endebles ventanas que ni él ni mi abuelo lograron nunca impermeabilizar del todo. Escuchar eso y preguntar si nos dejaba participar de la empresa fue todo uno y así, con la velocidad de las comunicaciones propia de esta época, nos vimos de pronto envueltas en un laberinto de idas y venidas que desembocó en esta reunión matutina de ojos ansiosos y recuerdos agazapados. Solo faltaba Moisés, nuestro único primo varón, que estaba viviendo en Brasil con su familia desde hacía varias décadas.


Poco nos importaban, en verdad, paredes y ventanas. El piso era nuestro objetivo. El piso y lo que pudiera haber debajo, para ser más precisos. Las viejas historias del sótano clausurado antes de que los abuelos compraran la casa, del primer dueño obligado a casarse con una chica embarazada que desapareció misteriosamente, de mis tías matándose a golpes cada noche ante la aparición de una figura rubia y etérea que las miraba en silencio, todo eso y mucho más rondaba en el aire a nuestro alrededor. Yo me había tomado un cuarto más de esas pastillitas que desde mi jubilación uso (por prescripción médica) antes de acostarme, Lourdes confesó haberse preparado un té de tilo y Elizabeth retorcía entre sus manos un peluche de una de las nietas, juguete que, a juzgar por cómo estaba siendo tratado, corría serios riesgos de ser desmembrado en cualquier momento.
_ Esto tal vez lleve un rato, señoras. Si quieren, cuando terminemos de levantar las baldosas les avisamos.
No nos miramos siquiera. No hacía falta.
_ Nos quedamos acá, si no les molesta.
Si así fue no nos lo comunicaron, de modo que asistimos al lento proceso de romper, retirar, limpiar, hasta que bajo los escombros fue perfilándose algo así como un piso diferente, que a la postre terminó por ser el borde derecho de una vieja puerta de madera. Gritamos al unísono, haciendo saltar de la sorpresa a los dos muchachos, que nada sabían de nuestras intenciones, y corrimos a buscar al dueño de casa, quien precisamente por serlo tenía derecho a participar de cualquier descubrimiento que en su territorio pudiera tener lugar.
Gustavo vino todo lo rápido que pudo, lo que no es mucho decir. También él ha envejecido; es otro de los espejos en los que rehusamos mirarnos.
La puerta del sótano, si es que lo era, medía un poco más de sesenta por sesenta y pronto fue despejada, pero los obreros no lograron levantarla y tuvieron que hacerla pedazos, tal como hicieron con todo el costado derecho de la cocina, el que daba al corredor de la entrada cuando yo era niña.
Un agujero negro y con olor a humedad apareció ante nuestros ojos. Instintivamente nos habíamos tomado de las manos mientras nos acercábamos con actitud reverente.
_ ¿Qué hacemos? _preguntó alguien.
_ No sé_ respondimos las demás.
_ ¿Por qué no bajan? _terció uno de los obreros, el más rubión, con cierto tonito irónico en la pregunta.
_ Yo voy_ dijo Gustavo, manoteando una linterna que colgaba del rincón, ante lo cual Estrella dio casi un salto y lo tomó del brazo.
_ Gustavo, dejanos entrar primero. Llevamos una vida esperando.
Y bajamos.
Colocamos una escalerita de aluminio en el pozo y bajamos de a una por estricto orden de edades, de mayor a menor. Primero las mellizas, luego yo, las evangelistas después y por último Marcela, la más joven, que aún seguía trabajando pero se había pedido la mañana libre para asistir al descubrimiento (o no) del sótano perdido desde hacía setenta años.
La linterna de Gustavo y la luz de los celulares nos fueron mostrando los contornos de una habitación pequeña con piso de cemento. Dos paredes llenas de estantes donde se acumulaban rimeros de libros, diarios y papeles a punto de desintegrarse por el tiempo y la humedad. Un baúl en un extremo, que al abrirlo reveló prendas femeninas cubiertas de moho y un par de ropitas de bebé de un color que podría o no ser rosado. Una mesa rústica. Botellas vacías. Clavos oxidados. Pedazos de platos rotos contra un rincón. Un tenedor en el piso.
Una respiración entrecortada me sacó del estado de hipnótica contemplación en que había pasado no sé cuántos minutos. No entendí si era Marcela o Nancy la que lloraba, ni presté atención a las voces que susurraron las previsibles palabras de aliento y consuelo. Había tropezado con algo confuso y estaba maldiciendo la presbicia que me impedía enfocarme bien en lo que divisaba ahí, en el piso, a mi lado. Parecía un hueso. Me agaché a tomarlo y en ese instante mi vieja operación de rodilla me cobró boleta, perdí el equilibrio y caí encima de Lourdes, que dio un grito y trastabilló a su vez. Se nos fueron de las manos los teléfonos. Por un momento todo fue confusión y griterío, porque no hay nada más contagioso que el pánico, y el de seis mujeres de cierta edad no es precisamente el menos ruidoso.
_ ¿Están bien? ¡Señoras! ¿Están bien?_ asomó por la parte superior del pozo la cabeza con rulos del obrero más joven, que no llegaba a los treinta años.
_ Sí, sí, no te preocupes. Ya salimos.
Una a una fuimos asomando de nuevo por el agujero del piso de la otrora cocina de la vieja Barreto, nuestra abuela. Nos sacudimos el polvo y salimos al frente, donde los niños y la tía Esther, arrugadita y encorvada pero alegre como siempre, nos esperaban tomando un poco del tibio sol de setiembre.
Décadas de enigmas, hipótesis y leyendas habían sido de golpe suprimidas en apenas unos instantes de confrontación entre lo especulado y lo hallado. Como siempre, no hubo necesidad de muchas palabras entre nosotras. Los diez o quince minutos que nos llevó la caminata hasta Cuchilla Grande y 8 de Octubre bastaron para ponernos de acuerdo en unos pocos puntos fundamentales. Somos una familia pacífica y levemente egoísta: elegiríamos el silencio, más cómodo y menos riesgoso.
Han pasado cinco años de esa mañana y lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer. Ninguna quebró el pacto, hasta ahora, pero en mi fuero íntimo sé que si algún día me encuentro a un nieto o bisnieto de ese hijo de puta me va a oír. Vaya si me va a oír.

jueves, 13 de junio de 2013

Memoria afectiva






8 DE ABRIL

Otra vez los bichitos.
         Antes no me pasaba esto de tener que rascarme como una condenada, pero ahora sí, cada vez con más frecuencia. Ayer incluso lo hice tan seguido y con tanta fuerza que me saqué un poco de sangre y tuve que pasar la tarde mordisqueando el aire para espantar a una mosca demasiado atrevida que me revoloteaba alrededor, hasta que me la comí. Fue casi lo único del día, sin contar el pedazo de pan que encontré tirado de mañana y el hueso pelado que dejó abandonado el de enfrente. Voy a ver si mañana las cosas mejoran y encuentro algo más, porque entre los ruidos de mi panza y las costillas que se me marcan ya ni me reconozco, y eso que yo solía ser la más linda del barrio cuando cachorrita, o al menos eso me decían.
         No sé a quién más hacerle fiestas a ver si me invita con alguna cosa; paso moviendo la cola y mirándolos a todos a los ojos, pero cuesta no desanimarse cuando las horas pasan y las personas también.
Ya aparecerá algo.
Ojalá.
        

2 DE MAYO

Hace dos semanas que estoy en una nueva casa.
Bueno, estar, lo que se dice estar, no estoy mucho, pero al menos me dejan dormir en el patio por la noche, en unos cartones que arrimaron debajo del parrillero. Están un poco húmedos. Algo es algo.
Los más chicos de la manada son un castigo, aunque la voy llevando. Ayer me persiguieron por todo el patio soplándome una corneta en las orejas para ver cómo corría, hasta que uno de los grandes les pegó cuatro gritos y tuvieron que entrar a la casa. Por fin tuve un poco de paz. En realidad creo que hubiera preferido entrar, con los demonios esos y todo; el tiempo está empeorando y pasé la noche en un solo temblor. Capaz que es también por el hambre, porque como me dan solo lo que les sobra a veces me duermo sintiendo cómo me gritan las tripas, pero ellos no se enteran porque su cuarto está lejos y mis lamentos no les llegan.
Hace tres días que me acostumbré a escaparme al mediodía, cuando el humano saca la moto del patio, caminar un rato y pararme en la puerta de un supermercado donde todo el tiempo entran y salen personas, algunos cargados con paquetes que prometen toda clase de comidas. Yo los miro, los miro, les pongo mi mejor cara, pero hasta ahora no he logrado mucho. Hubo uno alto, ese sí, que me llamó, me hizo unos mimos y hasta me dio algo de carne en la esquina, pero cuando lo vi entrar a su casa y cerrar la puerta comprendí que su interés se había terminado y me volví al patio y el hueco debajo del parrillero.
Y acá sigo.


15 DE MAYO

Hoy me encontré de nuevo al grandote de la otra vez, y volvió a darme comida. Me sacó también fotos, como cuatro fotos. Debo haber salido muy demacrada; a esta altura no hay manera de evitar que se me marquen las costillas, porque los del patio y los niños malvados se ocupan cada vez menos de mí. A veces pienso que se olvidaron de mi existencia.
Por supuesto que lo seguí hasta la casa, que no es muy lejos del supermercado, y esta vez esperé un rato ante su puerta una vez que la hubo cerrado. Hice bien, porque al rato me trajo un recipiente con agua (limpia, para variar) y me habló muy cariñosamente. A mí me gusta el grandote, pero me pareció que por alguna razón no me va a adoptar, al menos por ahora.
Por eso, cuando cerró la puerta la segunda vez, me fui.
No estoy muy fuerte que digamos para las desilusiones, y además la noche se venía lluviosa y helada, pero sé que hice mal, especialmente porque la puerta del patio estaba cerrada cuando llegué y tuve que pasar toda la noche debajo de uno de los cajones de verdura, en la vereda del supermercado. Menos mal que los dueños no se dieron cuenta o me sacaban a pedrada limpia, como hicieron la semana pasada.
Cuándo dejará de llover.
Cuándo tantas cosas.


13 DE JUNIO

Hoy sí que fue un día raro. No sé si bueno o malo, pero raro sí, sin dudas.
En plena tarde, mientras hacía mi clásica función en la puerta del supermercado, cuál no sería mi sorpresa al ver de nuevo al grandote, que pensé que habría desaparecido del todo. Le hice muchas fiestas y él me correspondió, e incluso me llevó hasta la puerta de la carnicería, donde consiguió carne fresca y sabrosa. Hacía días que no comía algo que no oliera mal. Quizá meses.
De la carnicería emprendimos el camino a su casa. Yo lo seguía contenta y esperanzada, pero en eso sentí que me llamaba el de la moto. El del patio. El de los niños de la corneta. 
Crucé la calle hasta él, a ver si se había arrepentido de maltratarme y dejarme sola todo el día, pero no. Solo me llamó para marcar que (según parece) era algo así como “mi dueño”.
“Listo”, pensé. “Ahora me lleva de arrastro al patio y al infierno”.
Pero no, porque en eso el grandote (con muy buenos modos, debo reconocerlo) se puso a hablar con él y a decirle que no parecía estar ocupándose de mí si me dejaba sola todo el día, si me tenía flaca a más no poder, si en cualquier momento me mataba un auto por andar vagando por las calles. El otro pareció dudar, decidir si pelear por mí o por su honor, pero no mucho, a decir verdad, porque de pronto escuché que le decía:
_ Bueno, si te la querés quedar, por mí, quedatelá.
Y se dio media vuelta y se fue, sin mirar hacia atrás ni una sola vez. A mí me pareció que hasta se iba aliviado. Yo pensé que me iba a defender un poco, pero nada, ni un segundo. 
Me fui caminando con el grandote, que me llevó hasta su casa y esta vez sí me hizo pasar. Tuve que aprender a subir una cosa larga y con vueltitas que ellos llaman escalera, pero no fue difícil. Una vez adentro lo primero que miré fue que aunque el espacio era pequeño al menos no había patio, ni humanos pequeños, ni cornetas, y me puse a saltar y mover la cola de puro contenta. Él apenas entramos se dirigió  a la otra habitación y cerró la puerta, a través de la cual al ratito se empezaron a oír roces en la madera y maullidos suaves, como de gato de casa. A mí me gustan los gatos de las casas; son muy suaves y mimosos. Los de la calle no, porque más de una vez me robaron la comida a arañazo limpio, pero los que tienen familia me caen muy bien. Sí, ya me han dicho que los perros no debemos ser amigos de los gatos, pero yo soy así, qué le voy a hacer. Me caen bien.


20 DE JUNIO

Al final no me quedé a vivir en lo del grandote; resulta que él era solo un nexo hacia otro destino, en el que estoy ahora.
Vivo con otros perros y algunos gatos. No entiendo mucho cómo es esta familia; hay varios humanos que van y vienen durante el día y uno solo que se pasa aquí todo el tiempo pero nos tratan bien, con cariño. La humana que me trajo me tuvo incluso una noche en su casa y se ocupó de bañarme y matarme los bichitos, así que estoy como quien dice empezando una nueva vida.
Ya ni me acuerdo de cómo fueron las muchas casas en las que he estado antes. Los perros tenemos memoria afectiva pero no anecdótica, por suerte.
Y disculpen, pero ya es la hora de la cena y debo acercarme al reparto, o no me tocan los mejores pedazos. Buenas noches.