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martes, 23 de octubre de 2012

UNA HISTORIA QUE MARCÓ MI VIDA


 
          

DUDA



Enterarme de que los Reyes eran los padres no significó un trauma para mí, que ya me había dado cuenta.
El primer día de escuela, en vez de llorar como los otros niños, yo estaba chocho con liberarme de la soledad de hijo único y primer nieto.
Años después hubo un beso de debutante en cumpleaños de quince pero no fue como en las películas.
De cuando me recibí solo recuerdo que llovía y tenía hambre. Por ahí debe andar el diploma.
Mi casamiento fue tan feliz como mi divorcio. Quizá un poco más.
Y eso es todo.

A veces pienso si no andaré por la vida sin haberla empezado a estrenar.

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ANTES DEL ANOCHECER




Era la tarde gris de un sábado de mayo. La película llevaba ya hora y pico y todo hacía suponer que la parejita de jóvenes que se conoció esa noche en el tren europeo seguiría siempre unida contra viento y marea. Mi novio me apretaba la mano como asumiendo que tendríamos igual destino y yo asistía emocionada a la felicidad propia y ajena, cuando de repente ya no estaba en el cine sino en mi rancho de Valizas, presa de una tristeza negra que me empezó a gotear cataratas de lágrimas sobre la remera azul. Veía mis muebles, las ventanas, la mesada, oía el mar y lloraba, lloraba en silencio, mientras la pareja en la pantalla sonreía y se juraba amor eterno. Aquello era de locos. Menos mal que mi novio no se daba cuenta de nada, porque no quería asustarlo tan pronto.
Dos horas más tarde me enteraba del viaje irreversible de mi rancho mar adentro, ese sábado, a las seis y cuarto de la tarde.

No volví a desconfiar de mi llanto, y ese novio me duró dos semanas.

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GÉNESIS




No lo mires, me dijeron, no lo escuches ni te atrevas a tocarlo, que lleva el fuego en los dedos, en la voz y en la mirada.
Pero nunca fui buena obedeciendo y acá estoy, buscando un rincón en la tierra donde sentarme a llorar.



viernes, 19 de octubre de 2012

LOS VIEJOS






Debe haber sido una mujer hermosa, pienso, mientras miro su cara cubierta de arrugas y sus ojos opacos que no saben adónde encaminarse. Acababa de llegar penosamente desde el baño. Volver a sentarse a su mesa le costó sus buenos minutos, mientras se tomaba del borde de la silla e iba escogiendo minuciosamente cada movimiento para no perder el equilibrio. Flaca y alta, de unos setenta, cubierta la cabeza de unos mechones blancos que denunciaban su abandono, pálida y débil como la que más.
La voz de mi amiga cortó por un momento mi contemplación de la anciana de la mesa de enfrente. Se dirigía al mozo.
_ Ah… Me trajiste la grappamiel doble…
_ Sí. Como no me aclaraste pensé que la querías como la primera.
_ Bueno, es igual, no te preocupes. Se toma rápido.
Él ya se estaba yendo cuando pareció cambiar de idea y se acercó a nosotras con actitud de complicidad, para largarnos un discurso que tenía aspecto de muy enunciado y poco recibido:
_ Yo de alcohol no sé nada porque no bebo ni una gota. Y tampoco fumo. Soy una persona de vida absolutamente sana. Hago ejercicio todos los días y así me mantengo en forma. ¿Ustedes qué edad creen que tengo?
Nos miramos, descolocadas. Habíamos venido por una horita a este bar de estudiantes a charlar un poco de nuestras vidas y ahora este veterano nos enredaba en acertijos etáreos de difícil solución. Yo pensé que andaría por los sesenta y pico, pero juzgué prudente no decir nada. Seguro que él esperaba que arriesgáramos un “cincuenta”, pero no me iba a salir de modo creíble. Cuando se convenció de que no diríamos palabra continuó:
_Tengo sesenta y cinco años. Y parezco mucho menos. ¿Ven al mozo aquel, el que está atrás del mostrador, el canoso? Tiene cincuenta y uno, y todos le dan más que a mí.
Qué bonito, agrandarse quemando la edad ajena, pensamos. En verdad el otro parecía de sesenta y pico, pero no era para andar pregonándolo a las primeras clientas que se le cruzaran en esa noche de octubre.
_¡Y además me encantan las mujeres!_ agregó intempestivamente el hombre, antes de lanzarnos una mirada de inteligencia y retirarse a servir a otros parroquianos.
Mi amiga y yo largamos la risa y lo comentamos divertidas un buen rato, hasta que retomamos el hilo de la charla sobre el trabajo, los posibles estudios de posgrado, los kilos de más y las vacaciones que debíamos solucionar de una vez por todas en estos días.
En cierto momento de silencio, muzzarella de por medio, volví mis ojos a la anciana del pelo blanco. Estaba haciendo evidentes esfuerzos por fingir que leía un libro, mientras el bar se  iba llenando de voces de veinteañeros que llegaban de la Facultad de enfrente y de un par de chantas que se acodaban a la barra hablando a los gritos para marcar su presencia. No llegué a ver de qué obra se trataba pero sí me fijé en sus manos. Llevaba puestas dos alianzas en el mismo dedo.
En ese momento una tristeza honda como un mar de lágrimas me sacó por un rato de la charla, del bar y de la noche. Alguna vez tuvo ilusiones, pensé. Una marido, tal vez un par de niños. Capaz que fue o es una hija de puta de esas a las que odian con razón quienes las conocen bien, capaz que su soledad no es gratuita sino bien merecida, pero seguro que en alguna etapa de la vida tuvo un alma limpia, unos ojos francos y unos planes de futuro bien distintos de esta mesa solitaria y este libro que no se deja leer.
La vieja cerró el libro y comenzó su lenta salida del boliche, apoyada en un bastón oscuro. Yo no pude mirarla más, o me ponía a llorar y arruinaba el encuentro con mi amiga. Pasó a mi lado sin mirarme y de a poquito se fue perdiendo en la noche.
Qué será de mí a su edad. No podía evitar pensarlo.
Comparé mentalmente a los dos viejos del bar con mis padres septuagenarios, con los que el domingo pasado hicimos una excursión por las barrancas de la Laguna Merín buscando restos indígenas.
Tal vez cada uno tiene la vida que se merece.
Pero tal vez no.
Volví a casa con un nudo en el alma y me pasé como dos horas oyendo canciones tristes, hasta que el sueño se apiadó de mí y logré cerrar los ojos.

sábado, 13 de octubre de 2012

Avenida Océano Atlántico, 832 (capítulo 12)




La semana de Turismo de 1995 constó sobre todo de días pasados por agua, con el rancho inundado e incluso con el camino al pueblo por la playa cortado en algunos sitios. Había ido a Valizas con Miguel y hubo un mediodía que de tanta lluvia no nos animamos a volver al rancho después del almuerzo en Doña Bella y nos quedamos como una hora en su patio techado jugando a la conga por plata, juego en el que ambos éramos tan obsesivos como malos perdedores. En esos días comprobamos lo que ya me había dicho alguien: el mar cada año crece un poco más, y la barranca frente al rancho, que no existía cuando lo conocí, tenía ahora como un metro de altura. 


A mitad de semana fuimos al Cabo, a ver si la cosa estaba un poco mejor. En el camino, al cruzar el arroyo en el bote de Rochita, Miguel se quiso hacer el vivo e ir parado oteando el horizonte cual intrépido navegante de procelosos mares. Conclusión: perdió el equilibrio, se me cayó encima y me dejó un diente medio hundido, que me valió un posterior tratamiento de conductos. Sin comentarios.

Excepto por ese detalle, la salida estuvo impecable. La playa estaba llena de estrellas de mar y junté unas cuantas, que olían horrible. De noche pintó un festival de teatro y capoeira en la playa Sur, escuchamos la lectura de varios cuentos en “Duendes” y terminé durmiendo con los championes puestos en la primera cama del rancho de la hermana de Miguel que encontré libre. 


Nuestros perros del verano no nos acompañaron esta vez. Barbi pasó por la playa, ya adoptado por otro grupo humano y tuvo la delicadeza de subir corriendo hasta el rancho a saludarnos, pero no se quedó. A Roberto no lo vimos más.

Volvimos a Montevideo el último domingo, jugando a las cartas todo el camino. Era mi cumpleaños, pero ni eso me salvó de la terrible humillación de perder por conga un partido en el que yo iba menos uno y él cien. Creo que eso determinó más que nada el final de la historia.
Cuando llegamos a casa mis padres se habían ido a Ñangapiré, así que la heladera estaba vacía. Ya era muy tarde para ir al Disco; me entró una especie de depresión de cumpleaños sin amigas y sin comida, hasta que al rato tocaron el timbre Laura, Analía y la Pacha, que cayeron de sorpresa con comestibles y Coca Cola.
Y así empecé los 28.




Con mi madre y mi amiga Anita hicimos una fugaz incursión en Valizas en las siguientes vacaciones de julio por dos días, en los cuales (para variar) el tiempo estuvo nublado y lluvioso.
Una de esas tardes venía de vuelta del Súper Barrios cuando vi a alguien que venía corriendo hacia mí. Era alguien a quien había buscado por cada calle y cada esquina del pueblo desde que llegáramos: era Barbi. De atropellados nos fuimos a saludar a toda velocidad y nos dimos terrible cabezazo. Nos hicimos muchas fiestas y mimos, hasta que vino la nueva dueña, una porteña que se había quedado a vivir en Valizas, pensando mudarse pronto al Cabo. Creyó que era mío y vino contenta a devolvérmelo, pero pronto la desilusioné: yo no podía llevármelo, no solo porque andaba en ómnibus sino porque ya había en casa dos perros vagabundos, que bastantes líos nos causaban. De todos modos, la muchacha parecía buena gente y supongo que se quedaría con él, pero nunca más volví a encontrarlo.


Ahí supimos que el Poseidón había sido arrastrado por el mar igual que el Buteco, el boliche de Mandrake Wolf donde se vendían bebidas y choclos y estaba abierto solo las noches lindas, como rezaba su cartel. Hay en la playa nuevas barrancas por todos lados, tiemblo con cada tormenta y (por si fuera poco estrés) también paso pendiente de los diarios por si la Intendencia de Rocha decide hacer algo con todas las construcciones levantadas (como la mía) en terrenos fiscales. Son muchos miedos para manejar, y lo peor es cuando en Montevideo le cuento a alguien del rancho y me pregunta con cara de desconcierto: “¿y para qué te gastaste la plata en algo que te lo tiran en cualquier momento?”.


Hace como un mes estaba en lo de mi dentista con la boca abierta y la orden estricta de no cerrarla cuando él se pone a hablar con la esposa y su asistente, mampara de por medio, acerca de un temporal horrible que hubo por las costas de Rocha en el que el mar se llevó muchos ranchos, una cosa espantosa. Casi muero intentando que me miraran para preguntar con los ojos más detalles, pero ellos dale que dale con la tragedia y qué horrible, pobre la gente que tenía ranchos por ahí, te das cuenta, pierden todo, todo, todo. Hasta que empezaron a reírse: era una broma.


El siguiente fin de semana largo en que aparecí por Valizas fue el del doce de octubre, con dos compañeras de Bellas Artes. Íbamos a llegar de noche, lo cual no es una experiencia recomendable ya que uno no sabe si no va a encontrar un intruso, una ventana rota o una puerta abierta, pero esta vez estaba todo en orden.


A la mañana se impuso una caminata hasta la gran duna blanca, sitio de descubrimiento ritual al que llevo a cada nuevo invitado. El aire estaba más puro que nunca, no había viento y el ambiente parecía cargado de la paz, la energía y el silencio del invierno. Mónica se puso a hacer ejercicios de yoga al borde del barranco, mientras ambas Marielas nos dedicábamos a un trabajo de relajación, cada una en lo suyo. Yo andaba metida en la lectura de un libro de Castaneda y tal vez por eso me concentré en “ver” como dice él, en percibir lo que no vemos, acceder a otro nivel de conciencia a la vez que se detiene el fluir de los pensamientos y se trata de dejar la mente en blanco. Desenfoqué los ojos y traté de no pensar, mientras aguardaba a que cualquier poder que hubiese en la zona se contactase conmigo o se manifestara de alguna manera. Sentí todo el tiempo que algo estaba a punto de pasar, a la vez que ante mis ojos el entorno se teñía de un uniforme color rojizo. De pronto, escuché un horrible grito de mujer en el monte, como de película de terror. No sé por qué pero no me preocupó y seguí con lo mío, como sabiendo que el grito no respondía a una situación del aquí y ahora. Más tarde, al comentarlo con mis amigas, resultó que Mariela también vio cómo el paisaje se enrojecía y escuchó el grito pero no así Mónica, que estaba a dos metros de distancia. Por otro lado, durante el tiempo de su concentración, Mariela había tenido fija en la mente la cara de una mujer joven y desconocida. Ahí, medio impresionada con lo ocurrido, nos contó una experiencia suya de tiempo atrás en que junto a unas amigas estaban jugando al juego de la copa cuando a ella se le apareció mentalmente la imagen de un hombre, lo comentó a sus amigas describiéndolo y la dueña de casa creyó saber de quién se trataba. Trajo un álbum de fotos y, sí, ahí estaba el hombre. Era el abuelo de esa chica, muerto allí mismo hacía poco tiempo.
La historia terminó por ponernos los pelos de punta.


Un poco después, tras caminar y sacar algunas fotos, pegamos la vuelta. Nos obsesionaba la idea de que habíamos tenido “contacto” con el espíritu de una mujer asesinada y enterrada en la duna, cosa nada improbable, especialmente si recordábamos que esa era una zona cargada de misterio para la gente del pueblo. Claro que éramos conscientes de estar haciendo un pastiche de viejas historias de fantasmas, incluyendo la leyenda de la playita de “La Encantada”, que dice que una mujer joven suele cruzarse con los caminantes y pedirles venganza por su muerte. Una de mis amigas (ya en el delirio más absoluto) dijo "saber" que el nombre de la mujer cuyo grito escuchamos empezaba con R, ante lo cual yo empecé a tantear: Rita, Rosita, Rosario. ¡Rosario! Las dos sintieron algo especial al oír ese nombre, así que decidimos que habíamos acertado. El grito había venido de Rosario, la mujer de la duna blanca.


El mismo día por la tarde llegó el elemento masculino al rancho: Horacio, Gabriel y el Negro Alejandro. Nosotras habíamos decidido no contarles nada de Rosario para no transformar la cosa en objeto de bromas, y preferimos no acompañarlos cuando hicieron su caminata hacia la duna, pero no pudimos menos de sorprendernos y revelarles todo cuando al llegar nos contaron que se pasaron hablando de lo fácil que sería matar a una mujer y enterrarla en ese lugar, donde nadie jamás va a hacer una excavación, donde el viento borra las huellas antes aún de que uno termine de irse.


Último dato: en una de las fotos de la duna que sacamos el día de Rosario mi imagen aparece claramente acompañada por una silueta humana, un contorno que marca un cambio en la coloración de la foto y que no coincide con mi propia forma. Hay quienes la ven y también hay quienes dicen que es un problema del rollo, o una entrada de luz. Pero ahí está.





El sábado de mañana hubo caminata hasta el Cabo. Gabriel quiso quedarse en el rancho y se aburrió toda la tarde, pero los demás nos abrigamos como para el polo y allá fuimos. 
Todo anduvo bien al principio. Encontramos una especie de marco de puerta parado en la arena que transformamos en un portal mágico, poco antes de que Horacio se convirtiera en gaviota y nos diera mil vueltas gritando y moviendo las alas. Sacamos fotos, escalamos la duna, jugamos. Lo que no fue en absoluto  habitual fue la tormenta de arena que nos agarró en plena playa del barco. Tuvimos que vestirnos hasta no dejar ni un resquicio de piel al descubierto, porque la arena nos golpeaba furiosamente, al extremo de dolernos. Así, con pareos en la cabeza, medias, lentes, seguimos camino con el viento en contra, cual grupo de beduinos de una mala película buscando afanosamente la Gran Caravana que nos protegiera. Yo sentía que el viento me había desgastado los dientes, que estaban raros al tacto con la lengua, pero era solo que tenía la boca llena de arena, como comprobaría más tarde frente a un espejo. Como compensación encontré unos enormes caracoles y muchos huesos de lobo desparramados, blanquísimos. O sea que yo no iba a volar con el viento, porque llevaba una buena carga de lastre adicional.
Por fin llegamos al Cabo. Hasta mis rulos habían desaparecido con el viento; juro que cuando me miré en el espejo tenía el pelo lacio. Hicimos un excelente almuerzo, tomamos sol en el patio de una de las posadas, protegido y con vista al mar, y pegamos la vuelta, pero esta vez en jeep, porque el viento era cada vez más fuerte.


Al otro día el viaje fue menos aventurero y menos interesante.
Estábamos volviendo a Montevideo.

lunes, 8 de octubre de 2012

EL ARQUITECTO




Un día pensó que si otros han construido sus castillos con piedras, tierras y montañas él bien podría hacer el suyo con palabras.
 Unas cuantas esdrújulas de fuerte sonoridad oficiaron de cimientos, y cuando la estructura demostró su firmeza escogió cuidadosamente las que irían en la fachada delantera. Después de encajarlas como mejor pudo estuvo un buen rato lustrándolas y realizando pequeños cambios de último momento para que los colores y las texturas no resultaran discordantes. Puso las más duras como puerta y dejó las sutiles para ventanas y claraboyas. Un ajedrez de monosílabos ofició de piso, al tiempo que para el techo prefirió un buen cuerpo de arcaísmos curtidos y de resistencia probada a lo largo de los siglos. En las paredes colgó términos extranjeros, como detalle curioso para que se entretuvieran las visitas mientras hacían su recorrida inicial por la residencia. Como rasgo de cortesía hubo palabras románticas en una bandeja apoyada en la mesita ratona junto a la entrada y también vocablos de otros, colgando plácidamente del perchero por si acaso eran necesarios en alguna fría noche sin luna.
Terminada su tarea desplegó frente a sí un papel en blanco, y se dispuso a esperar.

sábado, 29 de septiembre de 2012

PUZZLE DE AGUA DULCE





Había una vez una ciudad.
Llegamos a Colonia a media mañana; el día ya se perfilaba luminoso y cálido. El primer recorrido por la parte histórica bastó para que recordáramos por qué amamos a este lugar, y más aún cuando enfilamos hacia el muelle de los yates donde la regata que tendría lugar al otro día ya estaba a pleno con los preparativos. Aquello era un paisaje bucólico y soñador de barcos meciéndose, agua tranquila, paseantes a la orilla del río y ritmos lentos para cada palabra y cada movimiento.
Se nos ocurrió que era mejor no almorzar en la zona más turística, donde ya habíamos sido invitadas con queso fresco y una copa de vino, y nos instalamos en una parrillada del centro, sobre la vereda.
Craso error:
* Demoraron en atendernos.
* El mozo era medio lelo y dejó seguramente las huellas de todos sus dedos en los cubiertos al traerlos.
* Mis ravioles eran ocho.
* El ambiente era el de un Mc Donalds al mediodía.
* Había un payaso autodenominado Carqueja.
* A los niños no le daban una Cajita Feliz pero sí la Casita de Carqueja.
Nunca más.


Había una vez un gliptodonte.
A la tarde iniciamos la habitual ronda de museos, empezando por el municipal, donde otra vez morí de envidia al ver los gliptodontes enteros que tienen en el piso de arriba y las boleadoras y puntas de flecha expuestas sin demasiado orden ni concierto. Respeté la norma de no sacar fotos, a duras penas. Ambas nos horrorizamos por igual ante un cáliz hecho con decenas de huevos de aves diversas, punto inalcanzable de la bizarrez autóctona, obra de alguna señora de estanciero que resultó galardonada incluso por semejante adefesio. Charlamos un poco con la encargada, quien ante mi pregunta por las placas de gliptodonte que se venden en el hall de entrada confirmó mi sospecha de que eran auténticas. Se ve que de la prohibición de comerciar con fósiles que rige para el resto del país por acá no se tiene noticia.


Había una vez un desfile.
Los colonienses deben ser gente que vive para las competencias. Hace dos semanas, con Cecilia, caímos de pronto en un desfile escolar en Colonia Valdense que abarcaba gente con trajes típicos y disfraces varios y terminaba en el gimnasio del liceo para un encuentro entre escuelas de los pueblos de la zona. Ahora, con Roxana, la rambla se nos llena de golpe con adolescentes con los cuerpos pintados de anaranjado, o vestidos de cavernícolas o de personajes de El Chavo, a punto de organizarse por la Avenida General Flores hacia el centro para “un Telematch”, según nos contó un muchacho al que preguntamos qué diablos era ese loquero de músicas, escenografías y maquillajes entreverados y sin hilo conductor.
Yo me hubiera quedado, de todos modos, porque entre el público había gente relativamente interesante, pero la música nos corrió sin compasión y volvimos al casco histórico y al rumor del río.




Había una vez un hotel con jacuzzi.
Prepararnos para la piscina supuso el mal trago de probarse por primera vez un traje de baño frente al espejo tras largos meses de olvidar la dieta, las frutas y las ensaladas. Además no habíamos pensado mucho en el tema y solo llevamos las bikinis del verano, a todas luces demasiado sexys y reveladoras para un ámbito tranquilo y familiar como el del Hotel Leoncia. Pero la piscina climatizada tentaba mucho, y allá fuimos.
A nuestra llegada hubo un momento de silencio. Había unas diez o doce personas, todas con pinta de grupo familiar excepto dos muchachos. Mi resuelta entrada a la piscina duró como cinco minutos, al cabo de los cuales me convencí de que no era cómodo mantenerme en el reborde de unos treinta centímetros que había en el fondo, porque si me aventuraba un paso más dejaba de hacer pie y ya hace mucho que no nado, y menos en público y en un sitio tan reducido que no podría pasar desapercibida en caso de ahogarme. Arranqué para el jacuzzi, donde ya estaba instalada Roxana, quien había hecho en el mismo su entrada triunfal y glamorosa errándole a un escalón y cayendo encima de los dos veinteañeros. Comenzamos a sospechar que aquello no era lo nuestro.
A los diez minutos ya no existían la gente, los kilos de más ni las miradas de más de uno a nuestros escotes. Solo la paz, el calor, los chorros de agua y la sangre que se nos iba aquietando en las venas, como disponiéndose para una noche de sueño reparador.
Pero el sueño no entraba en nuestros planes, por el momento.


Había una vez una moza.
El agua caliente, el baño posterior y cierto aflojamiento al caer la noche me habían dejado con la presión por el piso. Casi no encaro la cena, pero al final partimos hacia la parte histórica, donde las personas parecían brotar de las grietas de las paredes e invadir todo el espacio con sus voces de música argentina, brasileña y norteamericana. Nos ubicamos en un barcito pequeño y degustamos unas pizzas con roquefort deliciosas.
Ya estábamos volviendo al viejo y querido Leoncia cuando mi amiga sacó el tema:
_ Che, Marie… La moza… ¿A vos no te pareció que era demasiado cariñosa con nosotras?
_ Sí, yo te iba a comentar lo mismo.
Uh. Nuestra única conquista de la noche del viernes consistió en una porteña rubia de ojos azules, flaca y cuarentona, que en diferentes momentos de la noche se dedicó a cada una. A Rox le contó parte de su vida, a mí me dijo su nombre y me hizo un mimo en la cabeza antes de despedirnos. Estuvo instalada junto a nuestra mesa tanto como se lo permitían los demás clientes, fue encantadora y por supuesto que nos pidió que volviéramos al otro día. 
Tal vez haya sido una estrategia de vendedora. Pero no me lo creo.




Había una vez una ciudad de Colonia en primavera.
Gente, gente por todas partes.
Cantores que desafinan en los boliches y que ante nuestra negativa a darles dinero nos dicen con tristeza “son tan lindas… ¡pero tan amargas!”.
Buñuelos con puré de calabaza.
Proyectos varios.
Comienzo oficial de la primavera con varias radios entrevistando personas (otras, por suerte) para celebrar el evento.
Museos, museos, museos.
Contactos varios con Montevideo que nos recuerda que no se olvida de nosotras.
Solcito amigable frente al río.
Gente linda.
Subida a escondidas a los cinco niveles de El Torreón y sus paisajes espectaculares, mientras los mozos no nos ven.
Medialunas microscópicas a veinte pesos cada una.
La Iglesia de Colonia.
Las rejas.
Los faroles.
Los mosquitos, que afortunadamente prefieren a mi amiga.
Los locatarios y sus piropos inocentes.
La puesta de sol junto a la isla y el perfil de Buenos Aires en el horizonte.





Había una vez una noche de sábado.
El jacuzzi esta vez no tenía veinteañeros pero sí una señora gorda que se molestó porque (según ella) le pusimos la silla encima de sus ojotas. Por suerte no demoró en irse, y tampoco duraron mucho los niños que nos invadieron y se pusieron a practicar zambullidas entre nosotras, ante la total inacción de sus padres. Hubo al fin una hora de soledad y silencio para sosiego del alma y afloje del cuerpo. Solo nos fuimos al momento de cerrar, a las nueve.
Los restaurantes estaban más llenos aún que el viernes y terminamos en el mismo bar del mediodía, ante la Plaza Mayor. Una especie de Peluffo vernáculo, un veterano de barba y un símil Capusotto estuvieron todo el tiempo castigando nuestros oídos con un variado repertorio de murga, candombe y porteñada. Por todas partes hay hordas de maestras ocupando mesas y mesas. Ahí entendemos el feriado largo argentino y la hiperabundancia magisterial de estos dos días. No tenemos ganas de hacer vida nocturna, y volvemos al hotel a la medianoche.




Había una vez un barrio de Colonia.
Un ómnibus local nos llevó hasta el Real de San Carlos, la plaza de toros abandonada a pocas cuadras de la playa. Le damos la vuelta alucinadas, sin entender cómo se dejó venir abajo algo tan hermoso.
El Museo de los Naufragios resultó un chasco; un enorme galpón de lata con decoración infantil por el cual estimamos que no valía la pena pagar los cien pesos de la entrada. Ahí se quedaron los tesoros de Collado y sus secuaces, sin nuestras miradas de domingo al mediodía, pero el Paleontológico nos compensó con creces. Pequeño, sí, dos habitaciones apenas, pero maravilloso. Charlamos horas con el guía, que nos explicó todo lo que sabía sobre los Doedicurus, Mastodontes y otras yerbas. Impresionante.
De allí fuimos a la playa, bajo un sol casi veraniego que ya me estaba dando colorcito en la cara. Encontré algunos fósiles, piedras de raro aspecto parecidas a dientes y otras simplemente hermosas, y me las llevé en la mano, porque andaba sin mochila. Empiezo a cuestionarme seriamente la posibilidad de tomar horas en el CERP de Colonia, si aparecen.




Había una vez un cliente y una moza.
Nos instalamos en el primer restaurante con aspecto amigable que tenía lugar, y resultó ser el mejor. Mis ñoquis con morrones y puerros fueron los más ricos que he probado en la vida, la decoración nos encantó tanto adentro como en la vereda, había un par de mesitas instaladas en el interior de dos autos clásicos y una chica que cantaba con una voz tan dulce que le terminé comprando un disco. Estábamos tan bien allí, bajo el sol tibio de setiembre, con buena música y un aire general de paz y armonía que nos quedamos horas y horas entre almuerzo, postre, café. La moza, la Nancy, resultó ser un personaje con la que ligamos terrible onda ya desde el momento en que Rox la llamó para pedirle algo y ella la calificó de rompepelotas, y más aún cuando yo le pregunté si tenía una bolsita para mis piedras y me la quiso cobrar a cinco pesos.
En la mesa de al lado almorzaban Diego y una pareja de veteranos. Diego es un flaco alto de mi edad, castaño, de rastas, con unos enormes ojos de expresión casi infantil. No lo habíamos visto más que de pasada estos días pero después de horas de escuchar su conversación (que, como la de todos los porteños por aquí, parece tener cierta tendencia al volumen más alto de lo necesario) ya sabíamos todo de su vida. Igualita a la nuestra: instalado en Colonia sin trabajar, con moto y auto clásico, harto de viajar por Europa, interesado ahora en África, invitado a ser juez de un concurso de Mister Elegancia en México, corredor de rally… Con pinta de buena gente, sin embargo . Y evidentemente más interesado en nuestra mesa que en la suya, cabe señalar.
Voy a volver a Colonia, seguro, y más ahora que mi amiga la Nancy me dijo que está bien, que ella está enamorada de él (“igual que aquel mozo, el de rojo, que también muere por Diego…”) pero me lo cede gustosamente cuando le cuento que estoy separada. Una ídola, la Nancy.


Había una vez un domingo.
Fue duro cargar con nuestros bolsos hasta la terminal, porque hemos ido acumulando de todo desde el día en que llegamos. Yo llevo como peso extra un espejo con marco de madera y pequeñas baldositas azules, un buzo nuevo, una bufanda, un pan de nuez  y unos dos kilos de piedras. Roxana también compró ropa y termina el viaje con una mermelada a la que no pudo resistirse.

Volvemos con un poco menos de plata pero con el alma agradecida.
El viaje de vuelta dura menos que nuestro duelo por dejar a Colonia. Los ojos y el corazón se me quedan prendidos a la Calle de los Suspiros y no sé cómo convencerlos de volver a Montevideo.


viernes, 28 de septiembre de 2012

Avenida Océano Atlántico, 832 (capítulo 11)




Una tarde el Correcaminos vino de visita y pasó un par de horas arreglando el techo desflecado, trabajo por el cual fue recompensado con un Martín Fierro y un vaso de leche. De otras cosas ni hablamos, porque él es deportista y no consume alcohol, cigarrillos, Coca Cola o galletitas rellenas. Un santo. Trajo con él a un amigo que se estaba quedando en un rancho más allá del mío, cerca de la entrada a la duna blanca. Esa era la “precaria vivienda” de la que hablaban los altoparlantes de los jeeps de El Francés cada vez que pasaban por la playa. Una construcción diminuta pero cálida, con techo de tejas francesas recolectadas a la orilla del mar, de las que provienen del naufragio entre Valizas y Aguas Dulces de “La Juanita”, un barco marsellés de los muchos que terminó sus días por esta zona. El único problema del rancho era que la arena se colaba por los intersticios de las tejas y llovía hacia el interior, según de dónde soplara el viento. 


El amigo del Correcaminos era Guillermo, un psiquiatra argentino canoso y cuarentón que nos cayó tan bien que esa noche salimos Adriana y yo con él. Fuimos a Malucos y nos quedamos hasta que unos relámpagos hicieron su aparición en lo negro de la noche. Demasiado tarde; no bien alcanzamos la orilla del mar se largó una lluvia espantosa que nos ensopó. Al llegar todo estaba tan mojado que Guillermo no encaró caminar hasta su casa y se quedó a dormir en el entrepiso del 832. Pilar también se refugió en el rancho cuando volvió del pueblo después que nosotros, y tuvo que dormir como pudo en el único medio colchón seco que quedaba. ¡Nos dio una lástima! A la tarde siguiente hizo su aparición el novio, que pareció ser lo bastante intuitivo como para captar que no era bienvenido, así que ambos nos abandonaron antes del anochecer. Hogar, dulce hogar. Hubiera ido a hacer ruedas de carro por la playa, de tan contenta que estaba. Si alguna vez hubiera sabido hacerlo, digo.


Con Adriana hicimos una incursión en el Gaucho, que yo tenía bastante abandonado desde hacía semanas. El baile en febrero es otra cosa, con ambiente tranquilo, espacio para moverse y todo. A la salida, en medio de la más absoluta negrura, íbamos hacia la playa cuando detrás de nosotros empezó a caminar un grupo de seres que a juzgar por las voces eran muchos y pesados. Por suerte no nos veían, porque al no tener luz eléctrica Valizas era en esos tiempos, en las noches sin luna, una eterna e impenetrable oscuridad, y la arena de las calles absorbía por completo el sonido de las pisadas. Íbamos a diez metros de ellos pero era como si nos separara un universo entero, así que yo me sentía de lo más tranquila, al menos hasta que Adriana me susurró:
_ Rezá para que no tengan linterna.
Por suerte no tenían.


A la mañana siguiente arribó Sandra y ella, Adriana y Guillermo se fueron al Cabo, mientras yo me quedaba a hacer algunos arreglos en el rancho al son de “Onda Marina”, la única FM que sintonizamos. Al rato pasó a saludar Miguel, alias Antonio Banderas, quien elogió mi pintada del frente del rancho con aceite quemado. Esas horas de trabajo y soledad me vinieron muy bien, las estaba necesitando. Por la tarde volvieron mis compañeros: primero Guillermo, que había tomado un jeep, y más tarde Adriana y Sandra, que prefirieron caminar cuando el conductor del vehículo no dejó subir a Barbi (el barbilla). Venían de arrastro, no sólo por la caminata habitual sino porque se perdieron entre las dunas e hicieron muchos kilómetros de más. Incluso se cruzaron con alambrados y me contaron que ante cada uno de ellos las muy miedosas mandaban a Barbi a cruzarlo primero, por si estaba electrificado. ¿Qué será peor: perderse siguiendo las huellas de los jeeps de El Francés, o preocuparse por la electricidad en Valizas?


Laura vino también uno de esos días, lo que hizo que nos enfrentáramos al problema de la falta de lugar para dormir. El único sitio libre era junto a Guillermo en el colchón de dos plazas, pero ella muy tranquila dijo preferir la hamaca paraguaya y hacia allí encaminó su agotada humanidad. Habrían pasado dos o tres horas cuando se pasó silenciosamente para el piso de arriba (donde Guillermo ya dormía feliz) porque estar en la hamaca es de lo más incómodo después de un rato y además uno se muere de frío. Premisa: siempre refresca en Valizas por la noche.


Por la mañana, cerca del mediodía, nuestro sueño fue interrumpido cuando sonaron fuertes golpes en la puerta del fondo. “¡Gabriel!”, dijo Laura, que andaba por su reconciliación número 345, mientras se tiraba a toda velocidad del entrepiso para ocupar santamente su lugar en la hamaca. Pero no era Gabriel sino Analía, quien quedó muy sorprendida de saber que su hermana había compartido el lecho con un desconocido. De todos modos Guillermo se iba esa tarde, así que el problema del espacio quedaba solucionado.


Al anochecer tuvimos un espectáculo extra con la salida de la luna llena, tan grandiosa que hasta salí a lavar los vidrios para disfrutar sin obstáculos del prodigio. Fue la única vez que se hizo la noche sin que llegáramos a prender una sola vela. Nadie quería salir, así que para entretenernos empezamos con Adriana a crear el argumento para una novela estilo Corín Tellado que sería protagonizada por todas nosotras, representadas por la heroína, que tenía las iniciales de Pacha, Laura, Analía, Sandra, Mariela y Adriana: era Plasma. El enamorado, qué duda cabe, debía ser el hombre más lindo de Valizas, al que le habíamos comprado bizcochos en la panadería Vientos del Sur, un rubio alto y con enormes ojos azules al que bautizamos como el Nórdico. Acostumbraba correr olas cerca del rancho y más de una vez salimos a la playa con cualquier pretexto cuando él pasaba montado en su caballo blanco, con los rulos al viento, bermuda de jean desflecada y cuerpo trabajado a sol y salitre. El Nórdico era muy un buen protagonista, hasta que al otro día se nos vino abajo, y todo por culpa de Laura.
_ Che, Mariela, yo no quiero desilusionarte pero me parece que a tu ídolo le falta un diente...
¡Oh, cruel destino! El Nórdico, a quien que habíamos transformado poco menos que en un dios en nuestra imaginación, venía a ser un simple habitante de un pueblo sin dentista con la sonrisa incompleta. En fin, igual le podríamos pagar el implante. Plasma es una heroína de lo más solidaria.




Una tarde de esas, mientras mis amigos estaban fanatizados jugando a la conga por plata, todos blanquitos y sin bajar a la playa, estaba yo tomando sol en mi sitio de poder en la duna cuando apareció un muchacho a pedirme permiso para sacar agua del pozo. Venía del lado del monte, donde él y otros dos estaban acampando. Me hizo toda una historia de cómo uno de ellos estaba lastimado por haberse enganchado el pie en un alambrado mientras caminaban por la duna blanca. Era algo extraño que se quedaran ahí porque el monte frente al rancho no es lugar para acampar, con el viento y las víboras, tan lejos de los mandados, pero no dije nada. Estuvimos charlando un rato y en determinado momento la cosa empezó a preocuparme, especialmente cuando mencionó que pensaban quedarse bastante, tal vez hasta marzo. Antes había dicho que estaban sin trabajo y con poca comida, así que no resultaba difícil sumar dos más dos para sacar conclusiones. Traté de sonsacarle algo, ver si era de los intrusos habituales de las Malvinas, pero no logré gran cosa. Me dijo, eso sí, que más de una vez había abierto un rancho para pasar la noche (lo cual no le parecía un delito), si bien aseguró que nunca había estado en el mío. Al rato se fue con sus amigos, a llevarles el agua. Gabriel y compañía se iban esa noche. Marielita y el 832 iban a quedar a merced de los Ladrones Del Monte.


Por suerte el Correcaminos vino de visita más tarde y me tranquilizó, porque la Guardia Forestal había echado a los acampantes (cosa que siempre sucede, por otra parte). También agregó nuevos datos, como que uno de ellos estaba lastimado por romper de una patada el vidrio de un rancho y no por tropezar con un alambre, como dijeron, y que habían hecho fuego para cocinar usando como leña los postigos de las ventanas del rancho jamaiquino. En todo caso ya estaban desalojados, pero el tema era saber si volverían. Por suerte no lo hicieron.


Cuando las otras visitas me abandonaron volvieron Pacha y Pato con un ánimo bárbaro, y se pusieron a arreglar todo. Pintamos el palanganero, seguimos pasándole aceite quemado al rancho, la Pacha hizo un móvil con caracoles, hasta confeccionamos una hamaca para el exterior con una vieja red de pesca verde que habían encontrado en la playa, aunque no resistió el primer intento de probarla y dio con la Pato en el piso en un segundo. Después deshicieron la mesa que había en el fondo junto al pozo, en la que lavábamos los utensilios de cocina, para armarla de modo más firme. Recién ahí se dieron cuenta de que nos faltaban herramientas para la tarea.
_ Mariela, ¿dónde podemos conseguir un hacha? _Gritaron desde el fondo.
_ Yo qué sé, ni idea. Capaz que algún vecino tiene.
_ Bueno, andá a pedirle. _Me ordenaron con tono de capataz de obra.
Y fui. Mis vecinos habituales no estaban, así que me tiré hasta el rancho de Yamandú, uno chiquito, eternamente semienterrado en la arena junto a La Balconada. Nadie afuera, puerta cerrada. Golpeo, y alguien se asoma. Casi me caigo de la sorpresa cuando veo al Nórdico. ¡Era mi vecino! Tras sobreponerme en medio segundo a tamaña revelación le expliqué en qué andaba y él amablemente me prestó el hacha. En breves minutos registré dos datos importantes: estaba leyendo un libro que tenía abierto sobre una silla y comentó algo de lo impresionante del atardecer y cómo él se lo estaba perdiendo, con lo cual la carencia odontológica comenzó a parecer una simple y olvidable contingencia.
Lo del hacha al parecer fue sólo para conocer al Nórdico, porque tanto la Pacha como Patricia se aburrieron pronto de su labor constructora y dejaron todo tirado, con lo que me quedé sin mesa, ni vieja ni nueva. No sé por qué pero no me sorprendió demasiado.


Un día en que andábamos medio aburridas se nos ocurrió asaltar la parrillada del pueblo, la de nuestros amigos. Primero pasamos por Barlovento a pedir la colaboración de una conocida y a dar los últimos toques a nuestro arreglo personal que consistía en raros peinados, enormes lentes y un maquillaje atroz. La chica entró primero a pedir a Cocotero y Pumping Bucles que apagaran la música y ahí hicimos nuestra entrada, con el discman de la Pato y dos parlantes chillones a todo volumen al son de los Rolling. Nos falló la música, demasiado baja, pero valió la pena. Habíamos ido provistas de tarjetas para comunicarnos por escrito, unas de comunicación externa y otras internas. Las externas eran para los dueños de casa y resumían nuestras demandas, que tenían que ver previsiblemente con la música, la caipirinha y la comida de la parrilla. Nuestra única arma, cabe agregar, era el mango de un viejo paraguas que encontramos. Las tarjetas de circulación interna, escritas por cada una de nosotras para las otras dos, contenían posibles inicios de conversación con todos los hombres interesantes de Valizas. Las mías tenían dos posibles interlocutores:
A Miguel: _Che, Antonio Banderas, ¿cuándo voy a conocer tu rancho?
Al Nórdico: _ Vo’, rubio, ¿me contás cómo perdiste el diente?
Como ven, el lema del grupo era la sutileza.


Con Antonio Banderas hubo una historia pequeñita. Ambos sabíamos que nuestros corazones estaban en otro país aunque a la vez nos llevábamos bárbaro, porque él era muy divertido y además cocinaba casi tan bien como la Pacha. Solo que hablaba demasiado, siempre creía tener la razón y estaba sin trabajo a los 32, dato que no es menor para configurar una cierta tipología del vago de Valizas.


El siguiente día Pacha y Pato decidieron repentinamente que querían cambiar de aires e ir a La Paloma, así que me quedé sola en el rancho, con todas las historias de fantasmas que había escuchado alguna vez rondando en mi cabeza. Estaba para peor leyendo un libro de Jorge Amado que en determinado momento habla de los misteriosos espíritus de la selva... hasta que lo cambié por una revista Caras que alguien había dejado y entonces se me fue el miedo, porque una no puede pensar en fantasmas y muertos vivientes mientras lee que la Pradón se peleó con la Suller, o que Tinelli anda de vacaciones por el Caribe. Y me dormí.


En realidad sola del todo nunca estuve, porque tenía conmigo a Barbi y a Roberto, la segunda adquisición canina de la temporada. Ambos nos habían causado más de un problema peleando con cuanto perro había en Valizas o no dejando pasar a nadie por la playa. En general no bien veían a lo lejos venir a una persona ya bajaban la duna a toda velocidad para ladrar y amenazar a quien fuera. Más de uno de los caminantes nos insultó a los gritos; muchas veces tuvimos que bajar a la playa y traerlos de arrastro por la arena hasta el rancho. Hubiera resultado engorroso explicar que no eran nuestros y que solo les dábamos alojamiento provisional, así que ni lo intentábamos. A veces llegamos a salir de noche dejándolos encerrados para evitar problemas. Una tarde, incluso, Roberto le ladró tanto a unos chicos que pasaban cabalgando por la playa que el caballo de uno de ellos se asusto y terminó cayéndose arriba del jinete. Casi nos dio un infarto, aunque por suerte no pasó nada.
Pero nuestros perros también tenían sus facetas buenas, como la ternura de Barbi, o la capacidad increíble de Roberto para devolver cualquier palo o piedra que le tiráramos, de donde fuera. No es sólo lo traía: lo atajaba en el aire con acrobáticos saltos. Pasamos horas jugando con él, y si el palo iba a parar al mar allá iba Roberto a buscarlo entre las olas. También participaba habitualmente en el volley de la playa, persiguiendo todo el tiempo la pelota, para disgusto de los jugadores.


El día siguiente de mi noche de temores en el rancho fue gris, solitario y aburrido. Al atardecer fui a hacer mandados y a ver gente por la calle principal del pueblo. Divisé desde lejos a dos seres que me resultaron vagamente familiares: eran Pacha y Pato, que venían llorando después haber sido expulsadas de la casa por los hermanos de esta última, porque antes de irse a La Paloma habían dejado el rancho hecho un desastre. Se ve que del zafarrancho que había en el mío cuando yo llegué con Adriana el muchacho no había guardado registro. En fin.

Esa noche me fui con Miguel al Cabo, a un recital en la playa Sur donde hubo fogatas, conocidos, teatro y buena música. Como no teníamos dónde quedarnos volvimos en el último jeep por las dunas, entre la oscuridad y las estrellas, mientras aún sonaban los acordes de Las Manos de Filippi.


Era domingo cuando llegaron Laura, Analía y Gabriel y Adriana, al tiempo que la Pacha y Pato volvían a La Paloma con planes inciertos. Los que quedamos nos pasamos los días jugando a la conga y comiendo tortas fritas con dulce de leche, y para el primero de marzo, día en que asumió Sanguinetti, solo estábamos en el 832 Miguel y yo, quienes nos quedamos hasta una semana después de Carnaval entre lluvia, arreglos varios del rancho y excursiones al Cabo y a Punta del Diablo. Barbi y Roberto participaron en algunas nuevas reyertas, y poco a poco al fin el pueblo fue quedando completamente muerto.
Se había acabado la temporada. Era tiempo de pegar la vuelta.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

ARBOLITO CICLONADO




10.25: Me decido a levantarme, harta de oír los maullidos de Roldana a la puerta de mi cuarto. Bajo a la cocina aún sin vestirme y le tiro un poco de atún en el platito, casi enojada conmigo misma por ser tan manejable por esta ruidosa masa de pelo y bigotes. También le pongo comida al plato de Tania, aunque aún no ha venido a pedir.

10.27: Casi termino de subir la escalera cuando siento los gritos de Tania en la ventana de la cocina, del lado del patio. ¡Me la olvidé afuera, con la peor noche de temporal del año! La culpa me hace servirle doble ración de atún, a la vez que me quedo junto a ella para evitar el robo de que es objeto cotidianamente por parte de su hermana. La semblanteo un rato y respiro aliviada: no parece culparme demasiado, por ahora.

10.45: Terminado el desayuno tendría que ponerme a corregir, pero lo pospongo por unos minutos, mientras escucho el programa de ayer de Dolina.

11.30: Miro por la ventana ante un ruido extraño y descubro que la garita del sereno frente a casa está tirada de costado en la vereda, bailoteando al compás del viento. No ha parado de llover desde ayer y el temporal parece empeorar a cada hora.

11.58: Hablo con Roxana por teléfono y me entero de varias cosas: hay alerta roja por los fuertes vientos, se aconseja bajar las persianas, los shoppings están cerrando, la vida de la ciudad se paraliza a ritmo vertiginoso. Y una aquí, tranquila, oyendo Venganzas del Pasado como si el mundo no se estuviera viniendo abajo.

12.30: Mi madre ya llamó dos veces para pedirme que no me mueva de casa. Una prima postea en Facebook que está aterrorizada. Otra me llama a ver si preciso algo. Chateos varios. Cierto aire de Estado de Guerra se va apoderando de la situación. Bajo las persianas por las dudas.

13.10: La cosa va arreciando y se rumorea que aún no llegó lo peor. Voy al galpón en busca de alguna tabla para asegurar las ventanas del fondo, que no tienen postigos y empiezan a temblequear ruidosamente. De paso meto para adentro la planta de malvón, que es la única lo bastante alta como para sufrir si el ciclón finalmente se da una vuelta por el patio de Arbolito.

13.11: Encuentro una tabla que era de mi época de feriante y trato trabajosamente de sacarla del galpón corriendo bolsas y sillas amontonadas contra la pared.

13.12: Saco la tabla y al hacerlo golpeo la lata de pintura blanca de veinte litros que no dejé tan bien tapada como creía la última vez que la usé, porque vuelca sobre el piso los dos o tres litros que le quedaban.

13.13: Momento Black out. No sé si reír o llorar.

13.20: Termino de pintar de blanco el piso del galpón con la escoba vieja que acabo de encontrar y contemplo mi improvisada obra. No está mal. Esto se llama Hacer Algo Útil De Una Metida De Pata. Me limpio los championes de pintura y vuelvo a la seguridad de mi hogar dulce hogar.

14.30: Dejo salir a Roldana al patio y en seguida me arrepiento cuando cruzan por mi mente vívidas imágenes de lo que serán sus patitas llenas de pintura blanca cuando entre y se dé un paseo por mi alfombra, la escalera, el cubrecama. Por suerte la tormenta la acobarda, ni se baja de la ventana y pide para entrar a los diez segundos.

15.00: El temporal en su punto máximo. Un ruido del frente llama mi atención; cuando voy a confirmarlo no acredito lo que veo. Vientos huracanados, alerta roja, la rambla inundada, bomberos ayudando a la gente a cruzar la Plaza Independencia con una cuerda y en la calle Arbolito mi vecina de 70 años se pone a barrer la vereda bajo la lluvia.

16.00: Lo peor parece haber pasado. Dejo de colgar fotos de la tormenta en el Facebook, miro  de reojo los escritos que siguen ahí, esperando, y me voy a hacer una siestita arrullada por el ruido del viento y de la lluvia. 
Siempre que llovió paró, dicen. Y habrá que creerles.