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sábado, 28 de abril de 2012









DECISIÓN

Creo que yo tenía unos ocho o nueve años cuando descubrí que no había ni un emigrante en mi familia, y eso me hizo sentir desdichada. Todos mis amigos tenían una abuela italiana, un tío gallego o al menos un bisabuelo que algún día vino del Brasil, pero no. Nada. Nunca una tradición extranjera para mostrar como rareza, un apellido original o palabras de otro idioma incorporadas al habla cotidiana. Para peor no tomo mate, no como asado, no miro fútbol ni carnaval: tampoco puedo sacar patente de criolla de pura cepa.
Soy un caso perdido. Ni extranjera de origen ni uruguaya de gustos. Un pasado sin raíces y un presente desligado del entorno.
Todo eso pienso para convencerme de mi decisión de partir, mientras escucho que los altavoces del  aeropuerto anuncian el embarque de mi vuelo. Trato de esquivar los pedazos de mi alma que han quedado desperdigados por el suelo de la terminal y me dirijo a tomarlo.



miércoles, 25 de abril de 2012

Microrrelatos con bicis



AÚN NO SÉ

Cuando abrí los ojos y vi la bici roja junto a mi cama no podía creerlo. Hacía dos años que la pedía, y nada, hasta que Papá consiguió ese préstamo que daba el nuevo gobierno y me la trajo de cumple. Me levanté de un salto y la saqué a la vereda así, como estaba. Era una luz. Liviana, obediente, reluciente.
De pronto me di cuenta de algo que me hizo dejar de pedalear: pensé en Ana. Si empezaba a ir en bici al liceo _y tendría que hacerlo_ dejaría de verla cada mañana en la parada del ómnibus y quién sabe adónde mirarían sus hermosos ojos verdes si yo no estaba allí para cruzarme en su camino.
Volví a casa cabizbajo, con la bicicleta de arrastro a mi lado.
_ ¿Y, che? ¿Te gustó el regalo?
_Sí… pero estuve pensando que es muy cara. Mejor la cambiamos por un vestido nuevo para Mamá que hace tiempo no se da un gusto, y de repente también una pelota de basquet para mí. ¿No?
Fue un buen gesto, si no fuera porque a los dos meses Ana se mudó para Melo y yo me quedé a pie, sin la bici y sin sus ojos.
Aún hoy no sé qué me dolió más. 


 
 
ÚLTIMA VEZ

Iba distraída por la rambla de Malvín cuando lo vi. Bajé la velocidad de la bici y lo confirmé: era él, el cantante más famoso del país, siendo asediado por una chica que le hablaba sin parar pese a que su rostro evidenciaba las ganas de seguir con el interrumpido paseo.
En esos segundos traté de pensar en la forma más efectiva de rescatarlo y hacerme merecedora de su eterno agradecimiento, pero no se me ocurrió nada. Nunca he sido buena bajo presión.
Ya estaba a tres metros cuando mi bici decidió por sí misma y con un desvío a último momento atropelló a la joven, que cayó de costado sobre la vereda. Él me miró como para matarme y se inclinó sobre la víctima, que se hizo la lesionada aunque bien claro se veía que aquello era puro teatro.
Murmuré una disculpa y seguí velozmente mi camino, roja de cara y con la cabeza baja.
_ ¡Te pedí que no trataras de ayudarme más, querida!_ le dije.
_Es la última vez_ contestó.





NOTICIAS

_ No señor, el cuarto no se lo devuelvo nada. Y la bici tampoco._ le dije a mi vieja dando un portazo.
_ ¡Pero son cosas de él, Yona!_ oí que me gritaba desde adentro.
_ ¡Eran!_ le retruqué, también a los gritos. Y me fui.
Lo que pasa es que el Brayan se cree muy vivo, y ahora piensa que como se le acabó la plata en España tenemos que mantenerlo, y no. Si él se fue, ahora que se maneje. Nadie lo había echado.
_ Quedate con la bici, pibe_ me acuerdo clarito que me dijo el día antes de irse._No pude venderla, así que es tuya. Que la disfrutes.
Y lo hice. Estuve entrenando durísimo, hasta que empezamos a hacer picaditas en el callejón y les gané a todos por lejos. Antes no me respetaban, pero ya saben quién soy. El novio de la Yeny, ese soy. El que se gana todo. El de la bici roja.
Volví a casa insultando a mi hermano por lo bajo. No le iba a dejar pasar esta.
_ Vieja… ¿Te acordás del martes pasado, cuando te faltó la plata de la billetera? Bueno… Tengo noticias para darte.

miércoles, 11 de abril de 2012

MIRANDO A TRAVÉS DEL CHARCO...


Al atardecer del primer día tanto Rox como yo estábamos exhaustas. La jornada anterior no tuvo más que un par de horas de sueño y el día había estado de lo más caminado, así que nos tiramos a hacer una siestita de siete a diez, luego de la cual fuimos a cenar a El Establo, el restaurante de enfrente al hotel. Había llovido, pero la noche se presentaba tan calma y cálida como el resto del día.
Lo que no supimos hasta un día más tarde es que en esas tres horas azotó a Buenos Aires el temporal más atroz de los últimos tiempos, con vientos de hasta 150 km/h, que levantó miles de techos, mató a 16 personas y dejó desamparado a un número incierto pero enorme de familias. Varias jornadas después aún seguían sin agua y sin luz en vastas zonas del Gran Buenos Aires, corrían rumores de saqueos y se hablaba de enviar al ejército a custodiar las calles. Por todas partes los árboles y postes de señales caídos atestiguaban la magnitud de la tormenta.
Pero nosotras no nos enteramos de nada, y lo único que nos preocupó en esas horas fue decidir si era mejor pedir una pizza a la piedra o una provoleta con morrón, tomate y jamón…


Se sienta a la mesa de al lado y pide un café con leche. Es alto y flaco, rubio, de ojos claros, evidentemente yanqui e irresistiblemente atractivo. Me mira, con discreción, pero me mira, haciéndome abandonar todo prejuicio respecto a los hombres mayores que yo. Tardamos un rato en darnos cuenta de que es Cleant Eastwood. Bah, o al menos en bautizarlo como tal. Habla español, como la mayoría de los norteamericanos que se aventuran por estas tierras de hombres incivilizados y hermosas mujeres dispuestas a abandonar a su amiga a la primera oportunidad de… En fin. Estuve a un tris de dirigirle la palabra cuando nos levantamos para ir en busca del improbable Museo de Bellas Artes, pero mi timidez se impuso. Se quedó solo, tomando su cafecito bajo los tilos de la vereda de la Recoleta.
Y así fue como perdí la oportunidad de conocer al hombre de mi vida.


¿Por qué, Señor, por qué se nos ocurrió elegir este sitio en el Buquebús, delante de los cuatro monstruitos del Apocalipsis más la madre? Pesadillas sobre-excitadas y pateadoras de respaldos de asientos.
Menos mal que encontramos otros dos lugares vacíos varias filas adelante, o estaríamos declarando ante la policía por haberlos tirado sin querer por la borda, criaturitas de Dios…


La Boca nos pareció sacada directamente de una novela de Roberto Arlt. Caminar por Olavarría resultó ser una experiencia casi religiosa, debajo de un cielo atravesado por cientos de cables de luz enredados en una maraña impenetrable, caídos unos encima de los otros con pasmosa promiscuidad. Los niños y adolescentes habían invadido calles y veredas, pero no podemos quejarnos, porque nos pidieron disculpas cuando una pelota pasó casi rozándonos. Al rato nos dimos cuenta de que estábamos caminando hacia el interior de La Boca, alejándonos del famoso Caminito, que es la fachada turística del barrio. Pegamos la vuelta y enfilamos hacia lo previsible.
Que no lo fue tanto esta vez. 




Yo esperaba algún boliche tanguero y unas paredes fileteadas con el típico dibujo porteño asociado al tango, al 900’, a los carritos lecheros, pero no aquello, que era indescriptible. Una abigarrada conjunción de casas de chapas pintadas de colores, muñecos enormes asomados a los balcones representando figuras típicas de La Boca, conventillos reciclados y prontos para ser recorridos y miles de puestitos de venta de lo que sea, incluyendo terrones de tierra de La Bombonera, que por cierto se divisaba a pocas cuadras de donde estábamos. Por no hablar de los sonidos. Cada pocas casas había un boliche y en la mayoría de ellos un cantor desafinaba con mayor o menor destreza algún tango compadrón, mientras las parejas (profesionales o rejuntadas de entre el público) se lucían sobre precarios estrados de ocasión. Las músicas se fusionaban en una mezcolanza impenetrable, que además tenía como condimento la voz de Ricardo Fort desde una pantalla enorme en el interior de un restaurante que pasaba Intrusos para quien quisiera informarse de por qué los Fort estaban enemistados con no sé quién. Viejas imágenes de cartón con bailarines de tango sin cabeza, para que los transeúntes, previo pago de quince pesos, se sacaran una foto con sus rostros asomando por los agujeros, al mejor estilo de los años 50’. Y hasta el Diego cobrando por una foto junto a él. Un poco más morochito quizá, pero igualito de cara. Algunos gatos dormitando entre la superpoblación de esculturas del barrio. Una vieja asomada a su ventana parecía ser lo único auténtico en medio de esa mise en scene vertiginosa y bizarra. Le saqué una foto, pero medio disimulando, y salió movida. Al menos la del perrito solitario junto a las vías del tren fue preciosa. A él no había que explicarle que de tan común se había vuelto exótico, y por suerte no cobraba por ser rescatado del olvido.





El Abasto fue una desilusión. Encima que para verlo nos caminamos toda Corrientes, pasando incluso por el Once de más que dudosa reputación, resulta que del tradicional mercado que queríamos ver solo quedaba parte de la fachada, integrada a un monumental Shopping de varios pisos y que ocupaba toda una manzana. La estatua de Gardel, una más, como tantas. La esquina del Filete, una tiendita con las paredes pintadas decorativamente. Y ta. Se acabó. Fue muy poco.




Vichábamos libros en una librería de usados por Corrientes cuando le toqué el brazo a Roxana y le señalé, sin aliento, lo que estaba viendo: una revista “El Péndulo” de 1982, con la edición original de “El lugar”, de Levrero. El vendedor era un chanta, así que disimulé lo mejor que pude mi emoción y le compré, además de esa y otras dos revistas (una con “Gelatina” y otra con “Confusiones cotidianas”), un par de novelas policiales, para despistar.
Al final nos rebajó seis pesos argentinos. Chanta, pero seductor. Lo había llamado la mujer por teléfono unos minutos antes, pero de todos modos nos invitó a volver a visitarlo antes de irnos. Aún nos debe estar esperando.


El desayuno del hotel es muy completo, si bien a la vez conlleva cierto grado de desilusión, porque las medialunas son apenas ricas, no deliciosas como de costumbre, el queso y el fiambre alcanzan solamente el rango de aceptables y los jugos no son naturales. De manera que no entendemos por qué la gente se sirve comida como para resistir el sitio de Troya: de a cuatro rodajas de fiambre por medialuna, frutas que se extraditan hacia las habitaciones de maneras más o menos solapadas, facturas a medio comer que se envuelven en servilletas y se guardan para después… ¿Habrá que desquitar el costo de la habitación en comida?
De todos modos no soy quién para hablar. Después de cuatro días de almorzar, merendar y cenar en restaurantes, vine con un kilo más de lo que llevaba al irme, y eso que caminé como loca con mis nuevos y súper cómodos championes Olimpikus. Que no serán Nike, pero se las traen. Y ni que hablar de los que se compró Roxana, diseñados por la hija de Paul Mc. Cartney, que alternan el verde con amarillo, blanco y plateado. Una joyita, mire…




El Museo de Bellas Artes nos venía esquivando desde hacía años, y pareció una broma de mal gusto cuando también esta vez lo encontramos cerrado. Luego nos dijeron en el Centro de información Turística que el Viernes Santo en Argentina es un feriado muy importante, pero que seguramente abriría el sábado, y allá fuimos.
Para variar, estaba abierto… y era gratis.
Salimos un par de horas mas tarde, con los ojos cansados de tanto disfrute. No se puede creer la calidad y cantidad de las obras que atesoran en ese feo edificio de La Recoleta. Cuadros de Velázquez, grabados de Goya, esculturas de Rodin (incluyendo El beso), pinturas de Renoir, Rembrandt, Sisley, Corot, Degas, Toulouse Lautrec, Van Gogh, Rubens…
No hay palabras. No puede haberlas.
Qué ganas de ser argentina que me vienen algunas veces.


Mi celular recibe llamadas pero no las hace. Chequea Facebook pero no Adinet. Garronea Wi Fi en cuanto lugar puede, porque el hotel cobra la conexión a Internet al triple que los Locutorios de la zona, y por principio me niego a pagarles algo que debería ser gratuito. No me llego a liberar de él del todo, pero al menos mi adicción se atempera un par de grados, por fuerza mayor… Bienvenida sea la tecno-abstinencia.


Por estos días se habían cumplido treinta años del desembarco argentino en Malvinas, y el tema estaba más que candente a todo nivel. Carteles en Plaza de Mayo, volantes, afiches, coronas de flores, una historieta sobre el hundimiento del Capitán Belgrano en gigantografías en una esquina, el monumento a los caídos con sus nombres en la Plaza San Martín, todo rezumaba el fracaso, el enojo, la impotencia de una guerra tramposa donde los caídos eran gurises chicos, de provincia, con la heroicidad de los veinte años y la ignorancia del que ha vivido toda la vida bajo una dictadura que les negó la cultura tanto como les segó la vida.
La exposición del Palais de Glace, particularmente, nos dejó una profunda impresión. Todo el piso inferior albergaba cientos de fotografías de las islas ayer y hoy, de los soldados durante la guerra y en el presente, de los pingüinos y las focas, junto a revistas y diarios de 1982 que comentaban los hechos de la forma más terriblemente sensacionalista y superficial, mientras todo el tiempo sonaba de fondo el silbido del viento helado de las Malvinas. Sobrecogedor. Hice la mitad de la muestra con lágrimas en los ojos. Todavía tengo ese viento en mis oídos. El dolor era palpable en esa sala, la habitaba de continuo, se metía en nuestras pieles y nos transportaba al infierno. Pero valió la pena solo para recordar que no hay que olvidar.




Ellos eran tres muchachos: un rubio, otro medio pelirrojo y un morocho gordo. Hacían jazz sobre el pasto de la Plaza Francia, en nuestro último día de vacaciones, y nos pasamos oyéndolos de sobremesa como una hora y media. El público se componía mayoritariamente de veinteañeros argentinos, aunque no faltó la señora setentona de impermeable beige y cabello blanco que se paró a escucharlos por unos minutos antes de seguir su paso cansino por entre las gentes que allí tomábamos el tibio solcito de esa tarde de sábado. O el trío de brasucas que no se sabe por qué pensaron que el jazz era bailable e improvisaron una danza festiva y carnavalera, antes de sobornar a la orquesta con un billete para que les dejaran hacer un acompañamiento de panderetas en un par de temas en los que el jazz se arrimó a la bossa nova. Terminaron aplaudiéndose ellos mismos y se fueron, felices como todos los brasileros, a seguir con su danza por otros escenarios ciudadanos.


A la vuelta del Abasto paramos a almorzar en un bar llamado León, donde el sol nos fue corriendo por varias mesas, y siempre nos encontraba.
La comida se demoró más de una hora. Cuando llegaron mis canelones de verdura y pollo estaban deliciosos, por más que de pollo solo tenían el nombre. De todos modos yo los prefería vegetarianos, así que no hubo quejas de mi parte. Pero la comida de Roxana sí que daba para amargas recriminaciones al mozo y al dueño, que no se hicieron esperar. Un churrasquito de pollo miserable acompañado por unas rodajas de zapallitos y berenjenas que estaban o crudos o quemados, sin término medio. Tras las quejas, un buen rato después, le trajeron otro plato, que resultó solo un poco mejorcito que el anterior. Pero lo anecdótico no es eso, sino que el mismo plato rechazado por mi amiga fue a parar a la mesa de al lado, donde la veterana, que había visto todo, lo devolvió a su vez, mientras ni ella ni nosotras dábamos crédito a lo caraduras que podían ser en este sitio. Sitio para no volver y para promocionar por la negativa a cuanto yorugua tenga planeado caer por Buenos Aires con hambre y plata para gastar. Nunca el León, please. Nunca. Corrientes al 2800.



Como nos habían informado en el hotel que el Tren de la Costa no funcionaba fuera del verano intentamos tomar un local en la Estación Retiro, que no quedaba lejos de nuestros temporales aposentos. Una vez allí la cola fue larga y demorada, pero al menos el pasaje resultó barato: unos 25 pesos nuestros por tres cuartos de hora de viaje de Buenos Aires al Tigre.
Subimos al tren.
Y bajamos del tren.
No soportamos la miseria, el estado deplorable de esos vagones, el hecho de ir amontonados y de sentirnos observadas por decenas de ojos inquisitivos a los que no queríamos poner el fácil rótulo del pintoresquismo nacional.
Le dimos los tickets a dos personas que hacían la cola y nos fuimos velozmente de Retiro para no volver, al menos por este viaje.




Ya hacía tres noches que cenábamos en el mismo restaurante de la esquina, cuando nos decidimos a ir a conocer los Pubs de la otra cuadra. Reconquista estaba sembrada de ellos, aunque parecían funcionar sobre todo como After Office, porque a la medianoche estaban casi vacíos, excepto el Irish Pub, donde sonaba un grupo de rock de lo más interesante.
Breve conclusión de nuestra velada en el Irish Pub (que en realidad se llama The Kilkenny):
Las bebidas salen un Potosí.
Los mozos son rezongones.
Varios de los gordos del hotel de enfrente frecuentan el pub y parecen más que dispuestos a confraternizar con nosotras, que los esquivamos heroicamente.
El único hombre potable es una especie de Peluffo vernáculo que resultaría más que mirable, si estuviera en el planeta La Tierra (diría Dolina). No terminamos de captar qué es lo que lo ha sacado de la realidad, si la cerveza o la coca, pero el hecho es que está muy lejos de todo.
Y hay un peladito interesante, pero… no queremos problemas con menores de edad. Bah, no con menores de 30, al menos.
El cantante, que se las da de duro, se babea al mencionar que fue padre hace un par de días. Murmullo de “aaahhh” generalizado.
Debe haber ocho hombres por cada mujer del boliche.
Nos dan pop.
Hablamos con el Señor Escupidor, que salpica con cada palabra.
Y nos fuimos a dormir.


Un nuevo amor se instala en mis gustos a partir de la ida a La Boca: la Legui (por Leguisamo), una bebida que es como un licor de caña, deliciosa. El mozo me la trajo cuando le pedí algo similar a la grappamiel, y me hice fan al momento, y más cuando lo llamé para decirle que si seguía dejando la botella olvidada en mi mesa no respondía por ella y él, en un gesto tan veloz como generoso, me volvió a llenar el vaso de onda, por pura simpatía. Lástima que no me dio el tiempo de ir a un Carrefour a buscar una botella, pero ya volveré a por ella.




La habitación es de lo más confortable, pero nos desespera el ruido infernal del extractor del baño cada vez que prendemos allí la luz, por lo que poco a poco empezamos a usarlo a oscuras. Cualquier cosa con tal de evitar ese rugido innoble que altera nuestra paz más que los gritos de los niños de la habitación de al lado, cuyos padres creen que la idea de pernoctar en un hotel es dejar la puerta abierta y que las criaturas pululen por los pasillos, bien lejos de sus progenitores.


No me dan los ojos para mirar todo lo que hay a mi alrededor. Parques, museos, barrios típicos, librerías gigantescas… y los hombres más hermosos del mundo, mal que les pese a mis amados coterráneos del paisito.
Creo que me gustaría vivir en Buenos Aires. Al menos si vivo cerca de Florida, en días laborales y en horas de la tarde.


Menos mal que Roxana se puso firme con lo del teatro, o no sé si hubiera pagado lo que pagué para ver “Mineros”. 140 pesos argentinos, multiplicados por 4.5… Mejor no hablar de ciertas cosas…
Pero valió la pena, y mucho. Grandinetti, Arana, Leyrado y Marrale se comieron el escenario, con una historia divertida y conmovedora basada en tres mineros reales que devinieron en pintores, con todos los cuestionamientos sobre la relación del arte con los obreros más ignorantes que el texto sin dudas rescataba a las mil maravillas. Una escenografía gigantesca y admirable. Tuve que cogotear la mayor parte del tiempo, porque se sentó delante de mí un desgraciado veterano altísimo que se movía de continuo, pero no me quejo. Salimos emocionadas y felices, y juramos que no  podemos dejar de ir al teatro aunque sea una vez por vacaciones, porque nada en Montevideo se compara a lo que hemos visto por estas tierras.

Y ese fue parte de nuestro transitar por la bendita Santa María de los Buenos Aires, a la que pienso volver a la primera oportunidad que me dé la vida o al primer compromiso porteño impostergable que me invente sin pena ni culpa.
Nos estamos viendo.

martes, 3 de abril de 2012


LUZ VERDE

Hay personas que se instalan en nuestra vida tan de a poquito que pasados los años no somos capaces de determinar desde cuándo nos acompañan. Uno intenta remontarse a un tiempo previo a su presencia pero choca con ese banco de niebla espesa en que se convierte la memoria cuando se niega a entregar las imágenes que le pedimos. Claro que eso no fue lo que me sucedió con Marcelo: tengo tan clara en la retina la primera vez que lo vi como la última. Tal vez más.
Hacía poco más de un mes que nos habíamos mudado a la cooperativa cuando entre los adolescentes del barrio se instauró el ritual de ir al Salón Comunal por las noches. Nos reuníamos a eso de las ocho en espacio enorme del piso superior a jugar a las cartas, charlar de la nada o compartir las impresiones que nos causaban las nuevas familias que llegaban al barrio. Las casas eran doscientas, así que el tema daba para llenar las horas de informes, críticas y debates de variada índole. Yo la primera vez que fui llegué de la mano (en sentido metafórico, por suerte) de un rubio cuya madre (amiga de la mía) conminó a pasar por mí una noche de enero, para consumar mi presentación en sociedad. La tribu pronto me aceptó como integrante con plenos poderes, de manera que no tuve mayores inconvenientes, salvo cuando mi padre se puso firme con eso de que “no puede ser que llegues todos los días a la medianoche” y me dio a elegir entre ir dos días hasta tarde o de lunes a lunes hasta las diez, opción esta última que acepté, no sin las amargas quejas y tristísimos lamentos que eran de rigor en casos flagrantes de abuso de autoridad paternal como este.
Pronto se hizo evidente que aquella cofradía daba para mayores emprendimientos que las noches de cartas, canciones y chistes repetidos, y algunos de los muchachos mayores empezaron a planear un campamento. Quedaba poco del verano cuando pudimos concretarlo: íbamos a ir a La Floresta en febrero, por tres días. Nos acompañarían tres matrimonios jóvenes, porque de otro modo sería imposible obtener el consentimiento paterno, pero todos sabíamos que los adultos iban también a divertirse y no a controlarnos obsesivamente, de manera que no nos preocupaba gran cosa su presencia.
Estábamos ya subidos en la caja del camión de la cooperativa para salir cuando de pronto alguien pasó a saludar antes de la partida, y yo quedé conmocionada ante los ojos verdes más intensos del mundo.
_ ¿Por qué no venís con nosotros, Marce?_ le preguntó alguien, a lo que él respondió con la voz propia del hombre de 18 años que era:
_ Porque no puedo: tengo que laburar. Diviértanse. Después me cuentan.
Esa fue la primera vez que lo vi, el día de la partida al campamento. El mismo campamento donde José Luis casi se mata al tirarse un clavado en una zona de medio metro de profundidad, a resultas de lo cual anduvo seis meses con un aparato ortopédico de la cabeza hasta la cintura, ddonde casi morimos de hambre por imprevisiones y metidas de patas varias (como el arroz al que le echamos por descuido tres veces sal), donde una tarde nos metimos tan en lo hondo que dejamos de hacer pie y tuvieron que sacarnos de a uno los mejores nadadores del grupo, donde en una guerrilla de agua terminé llenando de arañazos al flaco Esteban, y donde me hice amiga del Cacho, quien años después le robaría el auto a mi novio Juan de enfrente a mi casa, a media cuadra de la suya. 
La patota del Salón Comunal duró unos seis meses, hasta que la cooperativa empezó a trancarnos los encuentros. Cerraban temprano el salón, lo usaban para las reuniones del Consejo Directivo, etc. Esa fue la disolución del grupo grande, pero unos cuantos de nosotros continuamos viéndonos en la casa de Luisa, una veterana que vivía enfrente con muchos hijos propios y varios adoptados, tirana de todos ellos en lo que a las labores de limpieza refiere y gran jugadora de cartas por plata. En torno a la mesa circular de su cocina nunca faltábamos siete u ocho de los gurises del barrio más alguno de los hijos, con lo que las reuniones eran multitudinarias. Allí Marcelo y yo nos hicimos amigos, y seguimos siéndolo por años.
Poco a poco él se fue acostumbrando a pasar por mi casa antes de ir a lo de Luisa, para que pudiéramos charlar sin esa molesta mirada ajena que siempre busca romance donde solo hay amistad. Porque una vez pasada la primera impresión de la mirada de sus hermosos ojos a mí se me hizo claro que él y yo estábamos hechos para ser amigos, tal vez los mejores amigos. Ambos nos contábamos todo, desde los sueños a los amores, las pequeñeces y las grandezas imaginadas de dos vidas de barrio sin mayores aventuras. Cuando empezamos la facultad los horarios se modificaron un poco, pero nos las arreglábamos para estar en contacto un par de veces por semana. Era un mundo sin celulares ni correos electrónicos, por lo que la única manera de saber en que andábamos era apersonarse en la casa del otro a reclamar un ratito de charla. Nuestros padres se preguntarían en qué iba a acabar eso pero nosotros no, porque sabíamos que lo que compartíamos era demasiado valioso como para arriesgarlo por una interrogante que preferimos dejar sin plantear.
Con el paso del tiempo vinieron los cambios. Yo me casé y tuve dos hijos que ya son independientes. Él se fue a trabajar a Brasil y después a México. Cuando nos dimos cuenta habían pasado décadas sin saber uno del otro, hasta que volvimos al barrio casi al mismo tiempo, impulsados yo por mi divorcio y él por una tentadora oferta de una universidad privada para dar clases de Acondicionamiento Lumínico, que era su especialidad.
Eso fue hace un año. Desde entonces me he acostumbrado a salir del barrio por la calle de atrás de mi casa, evitando pasar por la de él. Alguna vez que vislumbré su silueta a lo lejos aceleré el paso para no encontrarlo, y apenas si saludo a sus viejos, como para no dar pie a que me pregunten ni me cuenten nada. No sé bien por qué. Tal vez la mirada de sus ojos de entonces es lo único que se mantiene limpio en mi memoria; sería terrible que también él se hubiera manchado, que hiciera cuentos aburridos del trabajo, se quejara del estado de las calles o de la inseguridad. Peor aún, que se me apareciera en casa convertido en galán maduro intentando lo que nunca encaró antes. Que huela a viejo. Que no se afeite. Que no sea él y no pueda volver a serlo nunca. Lo más duro es pensar que él tampoco se anima a buscarme, así que debe sentir lo mismo. Tal vez también yo hablo tonterías, tengo un brillo opaco en la mirada, teorizo más y realizo menos.
Olvidaba contar que probablemente voy a terminar dejando la cooperativa. Hay un apartamentito en La Blanqueada que es de la tía de mi amiga Leticia y se alquila a precio razonable. Estaré más lejos del trabajo, pero no importa: mientras sus ojos no me miren con una expresión de velada decepción esto de levantarme cada día aún puede tener algún sentido. Y otra cosa que voy a hacer es llamar a Alejandro, aquel profesor que conocí en Humanidades hace un par de meses. Contrariamente a lo que opina la hija de mi amiga Susana, que es su alumna en Epistemología, no parece un mal tipo. Es inteligente, simpático… y de ojos marrones, como los míos. 
Estaba buscando el teléfono cuando alguien llamó a mi puerta. Qué molesto; seguro que es un vendedor y después yo me distraigo y me olvido de llamar a Alejandro.
_ ¿Quién es?
_ Soy yo, Sofía.
Me asomé por la ventana de arriba. Ahí estaba Marcelo. Un poco más canoso y con una barba espantosa, pero ahí estaba.
_ Me agarrás a punto de salir para el trabajo, ¿te enojás si no te abro ahora? Paso por tu casa un día de estos y charlamos, con tiempo, ¿te parece?
Cerré la ventana sin esperar respuesta. Él quedó un poco descolocado y demoró unos segundos en irse, mientras yo me deslizaba hasta el suelo y ahí quedaba en silencio, bloqueando toda acción y todo pensamiento. Hasta que reaccioné. Había que hacer algo, y de inmediato.
Tomé el teléfono y disqué el número de Alejandro. 
Respiré hondo. 
Colgué. 
Y salí disparada a la calle.

sábado, 24 de marzo de 2012

PERIPLO




              Ya hacía como un mes que mi amiga Laura y yo habíamos comenzado a cursar el primer año de Bellas Artes pero ambas sabíamos que no podíamos pertenecer a la Escuela hasta tanto no nos integráramos a su anexo de Benito Blanco y José Martí, donde tenía lugar toda la parte no curricular de la carrera de artista. El viejo y querido Periplo. 
Con su media docena de mesas adentro y algunas más bajo el toldo del exterior, los baños pequeños y la barra eternamente acompañada por los mismos parroquianos envueltos en espesas máscaras de humo -porque en esa época se podía fumar en los espacios cerrados tanto como en la vereda (mal que nos pesara a los que quedábamos por fuera de ese ritual colectivo)-, el Periplo era un lugar con historia y vida propia.
      La fauna autóctona se podía dividir en tres categorías, según recuerdo. Por un lado los veteranos del barrio, dos o tres viejos inmutables acodados al mostrador desde tempranas horas de la tarde, cuando se hablaba despacio y en voz baja, mientras la rambla se iba tiñendo de brillos y a un par de cuadras algunos de nosotros jugábamos a hacernos los creadores. Esos parroquianos solían irse para sus casas a eso de las diez, sea para dejarnos el lugar libre o para verse liberados de nuestras voces, por lo que pocas veces coincidimos con ellos. Por otro lado estaban las habituales aves de paso, como la señora que cantaba noche tras noche los mismos  boleros con voz aguda e insoportable, mientras pedía un dinero que muchos le daban más para apurar su partida que para apoyar su carrera musical. O como la nena de aspecto angelical que dejaba en cada mesa sus dibujitos hechos a lápiz  para vender “a voluntá” y nos tenía a todos embobados, hasta que un día se le mojó el dibujo que había dejado sobre la huella de una botella y se convirtió en un monstruo violento y peligroso: "Me lo tienen que pagar; yo le dejé seco, ustedes no saben con quién se están metiendo..." Una fauna variada, la del boliche. 
      Y  también estábamos nosotros.
      Recién cuando Eduardo y sus amigos nos invitaron a sumarnos a la barra que iba al Periplo después de clases mi amiga Laura y yo sentimos que definitivamente habíamos comenzado a integrarnos a la Escuela. Hasta ahí los mirábamos desde la vereda de enfrente mientras esperábamos el 405 en la parada, y solo percibíamos una confusa masa humana indiferenciada en el espacio reducido del interior del boliche. A partir de esa noche esa fue nuestra oficina, donde todos marcábamos tarjeta de diez de la noche hasta variadas horas, dependiendo de las posibilidades de transporte de cada contertulio.
      Nuestra entrada iba indefectiblemente acompañada de una mirada de Julio, el mozo, y una exclamación resoplada:
      _ ¿Ya vienen por acá? ¿No tienen nada mejor que hacer? ¡Qué cruz, dijo Fierro!
      Yo confieso que al principio no entendía la relación de Julio con nuestro grupo. Eternamente de camisa blanca, pantalón y moñito azul, aquel veterano de bigote y pelo negro no pasaba más de cinco minutos sin destratar a alguno de los supuestos artistas pidiéndonos que arrancáramos para otros lados y que lo dejáramos tranquilo. Por un lado creo que no le faltaba razón, ya que éramos de poco consumo y mucha estadía, pero por otro hay que reconocer que no debía haber un grupo más fiel a un boliche que nosotros al Periplo. Con lluvia torrencial, con cansancios acumulados, con gripe, con lo que fuera, allá íbamos de lunes a viernes y de marzo a noviembre. Tomábamos una grappamiel, comíamos alguna pizzeta, mangueábamos manicitos todo el tiempo, y así transcurrían un par de horas hasta que el horario del último bus nos hacía salir disparados para la parada de enfrente.  
      No éramos los únicos habitués al boliche, desde el momento en que había otras figuras que también parecían unidas a sus sillas noche tras noche, en un romance eterno con el barrio, con el mozo y con los sonidos y colores de ese mundo abigarrado y bizarro. El Pepe Rambao, por ejemplo, nunca faltaba en la barra o alguna mesa del interior del Periplo, aunque su universo y el nuestro no pasaban de alguna circunstancial tangencia. Algún viernes que otro aparecía Gabriel Peluffo, y entonces circulaba un murmullo femenino por unos minutos, pero se apagaba pronto, porque la atención de todos se dispersaba en demasiados frentes como para durar demasiado.
      Ya llevábamos mucho tiempo de marcar tarjeta en la oficina cuando nos dimos cuenta de que Julio utilizaba la mesa de Bellas Artes para fines non sanctos. Dejaba disimuladamente un vaso vacío junto a los nuestros y cada vez que iba a servir un whisky a algún cliente aprovechaba y volcaba un poquito del líquido elemento en su propio recipiente, de modo que al rato tenía lo suficiente como para decir que alguien lo había invitado. Si Artigas, detrás de la caja, se daba o no cuenta, no podemos afirmarlo, pero que eso a Julio le daba una alegría traviesa de niño haciendo pequeñas trampas era seguro. Un día sin querer hice un movimiento brusco con la mano y le volqué el vaso. Temblé de pies a cabeza. Me miró con tal cara de asesino que en un segundo le estaba comprando otro. Temí que no me dejara entrar más, lo que habría significado el ostracismo público e irrevocable más terrible.
      El Periplo era el sitio indicado para todos los planes de verano, para las obras de arte plasmadas en efímeras servilletas de papel, para los romances de corta duración y las amistades eternas que duraban un par de años. Para los que tratábamos de adivinar la edad de Adelaida, que nunca confesó ni siquiera de qué signo del horóscopo chino era. Para los que le seguíamos el tren a Alejandra, creadora de la Fiesta de la Botella al Mar de Atlántida. Para los docentes de la Escuela, que solo faltaron al boliche el día en que para dar dadaísmo nos abandonaron a todos en el salón copiando cada cuarta palabra de un libro, frente a una mesa servida como para una cena, y se fueron subrepticiamente, dejándonos sin comida, sin conclusión, sin teoría expuesta, pero con la idea clave del absurdo de Dadá grabada a fuego. Era el sitio ideal para ir después de la Fiesta de la Seducción, donde todos habíamos hecho gala de nuestros recursos más sofisticados de erotismo y sex appeal exacerbado, de manera que pululamos toda una noche entre las mesas con medias de red, escotes, maquillajes provocativos y tacones. El sitio para exponer nuestras conquistas a los ojos de los amigos… o los propios. Nunca olvidaré el día en que me pasó a buscar Leo, un chico muy simpático que había conocido en la barra de otro boliche, pero que al verlo avanzar hacia mí resultó ser infinitamente petiso, para delicia de mis amigos que no podían contener la risa ante mi desazón y deseo de esconderme bajo la mesa a como diera lugar. O peor aún, cuando fui a un casamiento con otro, un estudiante de la Escuela Naval que había conocido en Piriápolis y pasó a buscarme por el Periplo con su impecable uniforme blanco. También fue el lugar donde dejé mi cartera en una silla de afuera, junto a la vereda, para recuperarla al darme cuenta una hora más tarde, sin que nadie la hubiese siquiera mirado.
      La escuela de Bellas Artes duró para mí mucho más de lo previsto. Había empezado solo por acompañar a Laura y al final me quedé siete años. No recuerdo cuánto tiempo después cerró el Periplo, tal vez por quejas de los vecinos a causa de los ruidos molestos o simplemente cayó por su propio peso, nunca lo supe. De pronto me fui acostumbrando a ver su persiana de metal baja, como abandonada. Solo volví a mirarla cuando tras la muerte de Julio vi un grafiti que alguna mano anónima dejó en la puerta: “Julio, la última va por vos”, y me puse a llorar en pleno 405, porque realmente había llegado a querer a ese viejo loco, falso cascarrabias y borrachito alegre, con su camisa blanca y su moño azul.
      Hoy en el local del Periplo funciona un prolijo y aséptico local de cambio de moneda. Me pregunto si por las noches cuando se retiran los empleados y se apagan las luces no andarán por ahí todavía nuestras voces, el ruido de los vasos sobre las mesas de mármol y el correrse de  una silla para dejar lugar a alguien más en la ronda.
      _ ¡Otra vez ustedes! ¿Pero cuándo me van a dejar en paz y se mandan mudar  de una vez para otro lado?
      _ ¡Dale, Julio! Dos grappamieles sin hielo, y unos manicitos, si podés…

sábado, 3 de marzo de 2012

MI MEJOR AMIGA

Honestamente, nunca pensé que ella fuese capaz de hacerme aquello. Yo la quería; la quería como se quiere a los que nos acompañan desde hace años, a los que han sido y son fieles depositarios de todos nuestros pensamientos, de todos nuestros sueños.
Pero lo hizo.
La primera pista debió dármela Raúl cuando me recriminó que hubiera dejado de responder sus mails. Raúl, mi compañero de Facultad, aquel flaco morocho de ojos verdes con el que durante años habíamos mantenido una relación que bordeaba los límites del coqueteo pero que no se había atrevido a ir más allá de las bromas o alguna que otra mirada más expresiva de lo estrictamente amistoso. Fue un poco extraño que justo en el momento en que las cosas entre nosotros parecían irse (por fin) encaminando a una concreción él de pronto se hubiera borrado así de mi vida. Ni un mail, ni un comentario en el Facebook, ni siquiera un impersonal “Me gusta” de cortesía cuando colgué mis fotos del verano pasado, en las que se advertían los resultados del tiempo invertido en el gimnasio nuevo del barrio.
Raúl desapareció de la noche a la mañana y nada supe de él hasta que me lo crucé hace un mes, en el supermercado.
_ ¡Hola, perdida!_ me increpó con una sonrisa que tenía algo de forzada e insegura.
_ ¿Cómo que perdida? El que se ha perdido es otro, que yo sepa…_ respondí, sin poder evitar defenderme a la primera oportunidad, como siempre.
_ ¡Si te escribí como mil mails! Y vos no solo no me contestás sino que me borraste de la lista de amigos. ¿Qué pasó, Laurita? Si hubiera tenido tu cel te llamaba, pero ahí me di cuenta de que nunca te lo había pedido.
_ Pero… pará, pará, que hay algo que no entiendo. ¿Vos decís que me has estado mandando mails? ¿A mí?_ pregunté tontamente, ya de lo más confundida.
_ Sí, a la dirección que tenías. La cambiaste, supongo.
_ No, es la de siempre. Qué raro… No me llegó ni uno.
Llegamos a una conclusión, si no lógica, al menos posible: algún cataclismo cibernético nos había jugado una mala pasada. Y nos despreocupamos del tema para dedicarnos a asuntos más placenteros, que no era cosa de seguir perdiendo el tiempo, que bastante valioso y escaso nos resultaba.
A partir de ese día nos acostumbramos a intercambiar mensajes por teléfono. La comunicación se hizo fluida e interesante, de modo que prescindimos de la Internet y fuimos descubriendo entre charlas y mensajes lo maravilloso que es asomarse al interior de un nuevo alguien. Un otro.
Dos semanas más tarde se produjo otra situación inexplicable. Raúl había resultado ganador de un concurso de fotografías urbanas organizado por la Intendencia Municipal de Montevideo y me llamó para avisar que varias de sus fotos y una entrevista que le hicieron esa mañana en la radio estaban ya colgadas en la página de nuestra radio preferida. Pero yo no pude hallarlas. Recorrí de arriba a abajo toda la página y nada, ni rastro de Raúl ni de las fotos, y ni siquiera una mención al famoso concurso. Es verdad que entre la noticia del triunfo de Peñarol y el estado del tiempo se veía un recuadrito en blanco vacío, pero supuse que sería alguna clase de publicidad novedosa o un error de la página al que no di importancia.
Esa misma tarde había quedado en reunirme a estudiar con mi amiga Leonor, quien apenas llegué a su casa me recibió alborozada:
_ ¡Felicitaciones a la novia del fotógrafo! Te lo tenías calladito, ¿eh, Laura?
_ Eh… No, calladito, no. Se me habrá olvidado decirte. ¿Vos cómo te enteraste? _ le pregunté mientras subíamos rápidamente a su habitación, pues no queríamos que nos encontrara la mamá, que es de las que te dan charla y no te dejan ir.
_Lo vi recién, en la página de la radio._ me contestó.
_ ¿En serio?
_ Sí, claro. ¿Por?
_ No sé… A ver, mostrame.
Y allí estaban. Seis preciosas fotos y una página y media de entrevista con el galardonado fotógrafo Raúl Iturria, “una joven promesa en el registro casual de los fenómenos ciudadanos”, al decir del periodista. El recuadro en blanco no existía en la pantalla de mi amiga.
Quedé un poco amoscada. ¿Por qué no podía visualizar el artículo y las fotos en mi computadora? Tal vez existían problemas de configuración, me dije, como si supiera lo que eso significaba.
No lo eran. Hoy lo vi todo claro. 
Hace media hora estaba intercambiando mails con Bermúdez, mi profesor favorito de Derecho Penal, tratando de convencerlo para que extendiera por una semana el plazo de entrega de un trabajo. Cuando llegó Raúl, que venía a hacerme una corta visita en el tiempo que le dejó una clase cancelada a último momento, le conté en qué estaba. Él, cuyo padre había sido toda la vida amigo del catedrático, quiso sumarse a la cruzada y unirse al diálogo con Bermúdez. No llegó a escribir mucho: a la segunda palabra se incorporó de un salto con un grito:
_ ¡Me dio un choque! ¡Tu laptop me dio una descarga! _exclamó con cara de loco.
_ No seas absurdo Raúl, ¿no ves que está a batería?_ le pregunté con una sonrisa, al tiempo que pensaba que los hombres de mi generación estaban viniendo tan mantequitas como irracionales. Él se pasó un rato repitiendo que había sido un choque hasta que logré calmarlo y hacerlo volver al mail, donde Bermúdez seguramente empezaba a impacientarse. No podíamos aburrirlo o el plazo posible para el trabajo se esfumaría de un momento a otro. Convencí a Raúl de intentar escribirle nuevamente, pero no llegó a completar una palabra cuando se repitió punto por punto la escena anterior, solo que ahora los gritos iban in crescendo, así como su expresión de susto, cercana al terror.
_ Me odia… ¡Tu laptop me odia!_ repetía como en estado de trance, mientras un correo de Bermúdez nos confirmaba que se iba a desconectar y que el plazo del trabajo no se modificaba_ ¡Te quiere para ella sola, por eso trata de echarme!
_ Pero Raúl, ¿qué decís?
_ ¡Te digo que me odia! ¡Quiere borrarme de tu vida pero no entiende: yo no soy un archivo que se puede mandar a la papelera! ¡No, no y no! ¿Me oís? ¿Me oís? _ gesticulaba y gritaba interpelando a la pobre laptop, que se mantenía ahí, tranquilita arriba de la mesa del living, como todos los días.
_ Me estás preocupando, mi amor. ¿Cómo te va a odiar si es un montón de plástico y metal, un simple aparato, como todas las computadoras del mundo?
Fue ahí, juro que fue en ese mismo momento, en que la computadora, la fiel depositaria de todas mis ideas y todos mis sueños, se apagó. No sé qué fue lo que sucedió; solo vi que las luces parpadearon al instante y la pantalla se puso oscura y no volvió a encenderse.  
Los técnicos no dan con la tecla; ya es el quinto sitio al que la llevo y todos coinciden en que no entienden qué sucede, que el problema debe ser muy complejo, que tal vez si la llevo a la fábrica de origen...
A veces estoy tentada de hablarle. De decirle que la extraño, que no es para tanto, que su reacción fue desmedida, que podríamos intentar llevarnos bien los tres, que después de todo Raúl trabaja y estudia todo el día y yo estaría con ella muchas de mis horas de descanso y creación… Pero no me animo. Hoy no, por lo menos. Tal vez mañana. Eso, mañana. Mañana voy a ver si le conecto la cámara de fotos, esa que aún conserva las imágenes del verano y en una de esas, quién te dice, a lo mejor las luces vuelven a encenderse. Si eso pasa voy a prometerle al menos un par de horas por día de mi atención exclusiva, que bien se lo merece. Y si a Raúl le molesta… Bueno, después de todo, tal vez Raúl no sea el único hombre del mundo. Además ronca. Hace chistes malos. Se come las uñas. No, decididamente, Raúl no es el que yo creía. 
Mañana mismo se lo digo.