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sábado, 4 de febrero de 2023

Febrero de 2023




Y acá anda una, leyendo el nuevo programa de Literatura de tercero (aunque en los papeles el curso y la materia se llamen de otro modo). 
32 páginas de un pdf colorido y con variados esquemas (de las 8 que tenía el plan 2006), cuya columna vertebral sigue siendo una lista de autores del país y el continente, que escribieron en castellano, la mayoría del siglo pasado, sin ensayistas, con un ordenamiento en base a géneros literarios. 
¿Diferencias en la nómina de candidatos/as a estudiar? Se han agregado varios nombres. 
En narrativa se agrega Ángeles Mastretta y en lecturas complementarias viene Peri Rossi, se va Borges.
Lírica: vienen Sara de Ibáñez y Elena Garro en los autores a trabajar y en los complementarios se agregan Orfilia Bardesio, Virginia Brindis de Salas, Amanda Berenguer, Circe Maia, Ida Vitale, Cristina Peri Rossi. 
En teatro se agrega Gambaro y en lecturas complementarias vienen Jorge Curi, Taco Larreta y Mercedes Rein. 
34 hombres y 18 mujeres, de las cuales 10 pertenecen a los textos complementarios.
Nada más para agregar.





"¡A mi hija le tocó el IAVA!" me dijo ayer una amiga, y yo me quedé de lo más contenta. Conozco al IAVA desde los 15 años (los míos, no los de él, ¿eh?) y también fui feliz cuando me dieron el pase, aunque tuviera que viajar tres cuartos de hora desde mi casa de entonces -que, con intervalos, es la misma de ahora.
¿Qué tiene de particular este liceo? ¿Es una cuestión de prestigio? 
Los docentes somos los mismos que los de otros lados (aunque acá la mayoría tenemos vasta experiencia, que no es sinónimo de sabiduría pero para algo sirve). Los estudiantes, también (vienen de todos los barrios y clases sociales y no hay selección por escolaridad). El edificio es más lindo (quizás), aunque su edad avanzada y los reciclajes apurados lo tienen a mal traer, con techos que se llueven, tejas francesas que no hay cómo reponer, escalones de mármol que se quiebran y ahí se quedan, entre otras cosas. Y es helado, el edificio en invierno es el Polo IAVA, sin capacidad eléctrica para instalar aires acondicionados que calefaccionen sus salones gigantescos. Los planes de estudio son iguales. La Dirección cambia de vez en cuando, las adscriptas son estables, los limpiadores trabajan y la cantina es cara. Igual que en otros liceos. 
¿Entonces?
Un entorno cultural: mil librerías, fotocopiadoras y papelerías en dos cuadras a la redonda.
Un buen gremio estudiantil, que se empezó a gestar (en su etapa de retorno a la democracia) cuando con mi generación inauguramos los actos del 14 de agosto por el día de los mártires estudiantiles.
Una de las mayores bibliotecas del país en el piso de arriba, un gran museo de historia natural al costado.
Espacios amigables para exposiciones, muestras de teatro, canto, danza. 
Una comunidad docente estable (y preocupada por el estudiantado, pero eso es igual en todos lados).
El peso de la historia, la tradición, los grandes que pasaron por sus aulas. Yo no olvido que estoy dando clases en los mismos salones en que estuvo Idea (y me corre un chucho por la espalda).
No sé. 
Sé que nos llevamos bien, que no tenemos problemas de acoso (o no han llegado a nuestros oídos), que la gran mayoría de los que pasamos por el IAVA lo llevamos en el alma y que por eso y tal vez mil cosas más es que no puedo evitar ponerme feliz cuando una amiga me dice que su hija va a empezar a cursar con nosotros. 
Último día de febrero, estimados. 
Capten el cambio en la temática de mis posteos habituales. 
En fin.




Una vez, hace años, alquilé el rancho de una amiga en Valizas y me fui sola en diciembre. Como estábamos cerca de la playa no teníamos electricidad: se podía conectar una batería para cosas esenciales como la heladera, pero había un problemita y es que yo no sabía cómo, hasta que vino el vecino de enfrente y me ayudó. 
El vecino era un viejito amoroso que pasaba los días en el rancho, con la esposa inmovilizada en silla de ruedas y cuatro gatas obesas y bellas que habían traído en el auto desde Montevideo.
_ Tuvimos que hacer una separación con red para que ellas puedan viajar cómodas en el asiento de atrás y no interfieran con el manejo. -me explicó, mientras conectaba la generación de electricidad en mi rancho. 
Durante todos los días que pasé en esa casa los veía charlar y tomar solcito por la mañana, rodeados por las gatas y con una señora que los ayudaba a trasladar a la enferma y a realizar los mandados y otras tareas de la casa, porque el señor era grande y ya rondaba los noventa. 
Después (mucho después) supe que su nombre era Pedro Aguerre, y por una amiga que era su sobrina llegué a visitarlo en Montevideo en una tarde inolvidable de charla y memoria, de pasado y presente. Pedro, el General Pedro Aguerre, había sido uno de los militares constitucionalistas, y su rechazo a la dictadura le valió largos años de cárcel. 
Hoy Pedro se nos fue. Lo más natural del mundo, y también lo más triste. Ojalá que haya otro tiempo después de este tiempo, y que lo que fue este gigante no se diluya del todo. Los que lo conocimos (aunque fuera un poquito) lo mantendremos vivo en la memoria. 
Hasta siempre, General. Con mayúscula.





Reencuentros
El gato Lío tuvo una instancia confusa esta semana, porque dos chicas que lo vieron en la vereda dijeron que era suyo y ahí nomás se lo llevaron. En verdad la frase de una de ellas (quinceañera) fue “ese era el gato de nuestro abuelo que se murió y nosotras le dijimos que lo íbamos a cuidar”. Claro que haberlo dejado tirado dos o tres meses no condice con la idea de cuidado, ante lo cual mi vieja intentó oponerse al traslado, pero ellas lo justificaron con una frase irrebatible: “es que estábamos de vacaciones”. 
Y se lo llevaron. 
El gato iba pateándolas y tratando de zafarse, pero igual. Mi vieja me lo contó por teléfono, muy angustiada, pero yo sabía que -salvo que lo encerraran- la cosa no iba a pasar de un par de horas, y así fue. Al rato apareció en la cocina de mis viejos, muy nervioso y asustado. Les dije que lo dejaran en mi casa, con una ventana abierta, y ahí se durmió en una silla, ya un poquito más tranquilo. 
Ayer llegué muy tarde, y por media hora no lo vi, pero enseguida apareció. Está bien, como siempre, durmió un par de horas conmigo y después me saltó desde el piso a los pies para despertarme y sugerir (sutilmente) que ya era hora de abrirle la puerta. 
Todo para decir que si uno tiene mascotas o decide heredar una tiene que darles un entorno seguro y saludable, y que, en el caso de los gatos, es el animal quien decide si quedarse o no en una casa. No son objetos: son seres sintientes. 
Buenos días.




Una foto de bote rojo a la que de repente le saltaron decenas de peces al costado. Una escena playera en la que irrumpe un hombre a caballo.  Ruido de aleteo sobre mi cabeza: son los patos que pasan rumbo a las dunas, mientras el sol se pone sobre el horizonte más allá del arroyo. Una tarde tan perfecta que solo daba para agradecer por estar vivo ante tanto milagro.




¿Vieron que una chica que vive en Polonia dice que cree que puede ser Madelaine? Se llama Julia, tiene grandes similitudes físicas con la nena de 3 años secuestrada en Portugal hace más de 15 años y pide una prueba de adn que la familia de Madelaine ya accedió a realizar.  En las redes mucha gente la está atacando (pues redes), pero ella aduce que no quiere dinero, solo saber la verdad. 
Me hace acordar a Edipo, me hace acordar a tantas historias de personas que crecieron ignorando sus orígenes y (sobre todo) me hace acordar a la maquinaria de silencios que continúa operando en estos lados. Todos merecemos saber quiénes somos, de dónde venimos y adónde han ido a parar nuestros seres queridos. 




Estaba tratando de llegar a la playa del lado de Valizas y me detuve cuando se terminó la calle y el mar seguía rompiendo con fuerza contra los muros de las últimas casas. Podría haber subido la duna pero ya era casi mediodía, así que me quedé un rato en la orilla mirando las olas y el juego de la espuma. 
Un pescador solitario dejó su sitio de poder y se me acercó. 
_ ¡Cómo se lleva las casas!
Nos miramos con gesto de impotencia y por unos segundos seguimos viendo el chocar del agua contra los cercos de madera, que inevitablemente me llevaba a otro lugar y otro tiempo. Después él se puso a hablar. Me contó que conoció varias filas de ranchos que hoy no están, que fue marino mercante, viajó por tres continentes y cuando era joven le gustaba ir a bailar a La Terraza. El señor debe ser más joven que yo pero tiene ese aire intemporal de los pescadores, sobre todo los de playa. 
_ ¡Sí habré ido a La Terraza!  -murmura, no sé bien para quién- Ahora solo queda la explanada vacía. Es muy triste. Lo que pasa es que el mar está enojado con nosotros por todo lo que le hacemos. Calentamos el mundo, excavamos donde no debemos, hacemos todo mal, y por eso él está furioso. 
Charlamos un poco más, me contó del rancho de su hijo, que está entre los candidatos a irse en no mucho tiempo a vivir entre las olas, y nos despedimos como conocidos que se cruzan por azar en la playa, aunque nunca nos habíamos visto. Es que el miedo y la preocupación ante el desborde de los elementos nos barren las distancias. En estos dos días todos por aquí hemos sido testigos de la fuerza del agua y el viento, y de repente recordamos que hay cosas más importantes que las noticias del día o de las redes sociales. 
Y en eso estamos.




La grandiosidad del mar cuando se encrespa es a la vez hipnótica y vertiginosa. Mientras en las orillas varios turistas tomábamos frío y sacábamos fotos tres surfistas desafiaban a la fuerza de la espuma. En el pueblo todos los comercios vacíos salvo El Gallinero, donde varias mujeres de diferentes generaciones poco a poco nos fuimos juntando en alegre y casual charla. 
No sólo hoy hubo alerta naranja por vientos cercanos a un ciclón: ayer se vieron trombas en el agua, pequeños tornados cercanos a la costa.
_¿Cómo pasaron la noche? -pregunta una de las dueñas a una señora que estaba con la hija adolescente. 
_Fue duro… -respondió la mujer- Todo el tiempo escuchamos contra la pared del frente los golpes de las olas, pero al final la casa resistió. Hoy se formó una laguna en el costado, aunque la tormenta ya está amainando. Por esta vez resistimos.
Yo me había pedido un capuchino, que terminé tomando de pie en la puerta, porque no quería abandonar la conversación pasando a otro ambiente del comercio. Les conté de mi rancho y sus vaivenes, mientras ellas recordaban cuántas líneas de casas se habían perdido en la costa, y no siempre por la acción del mar. 
_ ¿Tú te acuerdas del rancho de Cecilia, que se lo tiró la Intendencia por error?
—¿Por error?
_Sí: iban a tirar uno y tiraron otro, porque se equivocaron de número. 
Pregunté cuándo van a escribir un libro que rescate la memoria del balneario: por ahora parece que la opción que prevalece sería una obra coral, la historia del pueblo desde distintas perspectivas. 
A la caída de la tarde el frío del invierno en un febrero rarísimo terminó por encaminarme de regreso a la cabaña, donde (extrañamente) hace un rato que miro una película en la tele: es la primera parte de El Hobbit. Lástima que está en español, lástima que Peter Jackson hiciera cualquier enchastre, lástima que el color se ve raro y Gandalf a veces parece rubio, pero no está mal. 
Arriba de mi techo corretean bichos y hace un rato hubo apagón durante dos o tres minutos, pero aparte de eso no ha aparecido Juanchito y todo está más que bien. 
Mañana vuelve el verano. Creo. 




Volví a Aguas Dulces por un par de días: esta vez me alojo en una cabaña más pequeña, dentro del complejo al que vine con dos amigas en enero. Llego en un mediodía de cielo azul y mucho viento, y me atiende Viviana, la misma chica de la vez anterior.
_Che… -pregunto una vez que me instalo- Los lagartos que habíamos visto en las otras cabañas, también andan por este lado?
—Sí, sobre todo el grande. ¡Es enorme! Mira, te muestro un videíto. -dice Viviana mientras busca imágenes de un cocodrilo paseándose por mi patio como Juancho por su casa (nunca mejor dicho). - Aunque capaz que se murió, no sabemos, porque desde el mes pasado que no lo vemos. Ya era grande, tenía como 12 años por lo menos.
_Aaaah, pobre… -comento, mirando de reojo unas huellas MUY sospechosas junto a la puerta de entrada. Nota mental: googlear cuánto viven los lagartos y cómo son sus huellas.
_ Pero el chico sí, anda siempre por acá. No hay que darle de comer. 
_ No, no. Claro. -respondo con aire de persona ecologista a quien no le va a asustar un reptil de lengua bífida y larga cola paseando a centímetros de su puerta. - Mejor no darles nada. 
Y en esto estamos, estimados. Disfrutando del mediodía en el patio con toda la paz del mundo pero con la mirada periférica activada, por las dudas.





_Quiero salir, por favor. Uh. Llueve. Éntreme. Me aburro adentro. Abra la ventana. Me voy. Volví. Déjeme entrar. No me voy a quedar adentro. Salgo. Pero refrescó. No puedo estar afuera. Quiero entrar, por favor. 
Y así.



Papelera de reciclaje: 2020
_ ¡Cómo me gusta tu pelo! - dice una señora que desayuna sola desde la mesa de enfrente. - Desde ayer que te lo miro. Me encantaría tenerlo así. 
La miré. Era rubia, de rulos. 
_ Gracias... ¡Pero lo tenés como yo!
_ ¡No, qué voy a tener! Yo siempre quise tener el pelo así, pero tengo mis años, y una enfermedad que me hace caer el cabello...
La miré de nuevo. Tendría unos sesenta y algo. Cabello por los hombros, con brillo, lindo. 
_ Oíme: tenés un pelo precioso. 
_ A mis años ya no da para pelo largo…
_ ¿Qué edad tenés?
_ 81.
La miré otra vez. Flaca, vestido hippie, pañuelito en la muñeca, sola en el hostel. Fue como ver un espejo que adelanta, de esos de los que habla Cortázar en Historias de cronopios.
Seguimos charlando un rato, mientras Valizas despertaba y la niebla de la mañana terminaba de disiparse. Después tomé mi café y me fui a la playa. El domingo estaba comenzando.  





Problema neurótico 7654b: no puedo pasar por una planta tirada sin llevarla para casa. Esto no me ocurre cuando lo que cruzo son podas enormes (por suerte) pero si veo una pequeña arrancada lo más probable es que la guarde en la cartera y la plante después en algún lado. Hace unos días me pasó: recogí algo con leve olor a menta, un brote de unos 4cm de diámetro, y lo llevé en la mano mientras tomé el ómnibus, recorrí el shopping y terminé haciendo mandados en el supermercado. Incluso en cierto momento bajé especialmente al baño solo para mojarla. Estás en buenas manos, chiquita. Aguantá que en un rato llegamos a la maceta. Pero no llegamos, porque mientras maniobraba para guardar las compras en mi bolsa dejé la plantita momentáneamente asomando de un bolsillo de la cartera y me la olvidé por completo. Cuando me acordé, ya en mi casa, no quedaban ni rastros de la pobre. Esto no tiene pies ni cabeza, pero me sentí culpable. Yo le había ofrecido protección y terminé dejándola caer en cualquier lado. Por las dudas desandé el camino hasta la parada mirando el piso por donde había pasado, pero nada. Se me debe haber caído en el shopping, donde seguro que la habrán barrido poco menos que al momento. Un fracaso ilevantable. Descansa en paz, pobre plantita con aroma a menta. Ooom. Esta mañana me levanté con ganas de poner orden en el fondo, porque ayer encontré una planta con hongos (y hoy vi otras), fondo donde por el tema de la sombra he ido amontonando macetas a lo loco (tengo casi cien) y donde hay algunas invasoras a las que de vez en cuando debo ponerles coto. En la tarea arranqué ramas, tiré plantas y podé enredaderas sin el más mínimo cuestionamiento de que ellas también eran seres vivos que confiaron en mí como regadora y humana responsable. ¿Cómo funciona esto de la culpa? ¿Dependerá de en qué momento del día nos encuentre? No sé. Por ahora sigo anotando temas para una futura e hipotética terapia (y que Freud lo maneje). Buenos días.





Hace un par de años, en pandemia, escribí una novela corta con algo de imaginación y un poco (a partes iguales) de autoficción. Digamos que pensé una situación ficticia sobre la base de personajes reales que conocí hace más de treinta años. En la trama aparecía una figura masculina misteriosa y atractiva para la protagonista, una especie de mago o aprendiz, de quién en la vida real nunca supe el nombre (o tal vez supe y lo olvidé, que esto de los genes familiares me viene de larga data) y a quien con una de mis amigas llamábamos El Sucesor. Después no hice nada con el texto, se lo di a leer a un par de personas, modifiqué algunas cosas y ahí quedó el archivo, encarpetado. Ayer -sorpresivamente- mi amiga sacó de algún lado y me trajo el nombre del Sucesor, de quien ahora tengo al alcance de la mano sus perfiles en redes sociales y conferencias varias en youtube. Y no es. Este señor canoso y sexagenario con pinta de chanta de secta no puede ser el misterioso morocho de ojos claros que conocí en los ochenta. Me siento Penélope (la de Serrat, no la de Homero). Un poquito sigo diciendo que no puede ser, que alguien nos pasó el nombre de otro señor, pero una voz bajita en la conciencia me susurra que no solo debe ser él, sino que a la mitad de la gente que me conoció de esa época le debe pasar lo mismo conmigo. La semana pasada, en un cumpleaños, me pasó: alguien a quien en el siglo pasado conocí superficialmente (pero que sé que estaba interesado) no dio señales de reconocimiento. Por otro lado hoy de tarde una chica a la que no veía desde la misma época se me quedó mirando y dijo "no puede ser, estás igual". ¿Podemos cambiar tanto por fuera que alguien que tratamos de vez en cuando deje por completo de reconocernos? ¿Debería importarnos el reconocimiento o su carencia? Dudas nivel febrero, estimados. No mucho más. No sé si alguna vez haré algo con esa historia. No sé si alguna vez reconoceré al Sucesor. Espero que no sea el de los videos.






Como la planta estaba junto a la ventana por unos días pensé que el polvillo blanco que tenían algunas de sus hojas sería una suerte de descascaración de la pared (de la que no lograba encontrar el origen).
Como la miré de cerca vi que lo blanco en verdad era un hongo, que la estaba invadiendo a velocidad preocupante.
Como en internet decía que tirara lo hongueado y cambiara todo fui a buscar tierra y maceta para comprar en 8 de Octubre.
Como a las veinte cuadras una señora me saludó muy simpática salí de mi ensimismamiento caminador y resultó que era Rosario, mi maestra preferida.
Como le pregunté si sabía quién y me dijo que su sobrina vendía tierra allá fuimos, gran charla de política y preocupación social de por medio. 
Como (ya en casa) había que tirar la tierra vieja pero me pareció que era un exceso dejarla en la basura terminé por estrellar la maceta en el jardín del frente, en la parte en que el pasto nunca crece.
Como ipso facto salió de la maceta una cosa semi lombriz semi víbora de unos veinte centímetros que se empezó a retorcer furiosa sobre el suelo el gato Lío vino a intentar atraparla, mientras yo difusamente aceptaba el hecho de que había convivido por lo menos durante un año con esa mascota de incógnito a un metro de la mesa de mi cocina. 
Como lo tapé de tierra el bicho alargado reptante se quedó quietito, en tanto el bicho alargado cazador pronto perdió el interés y se acostó a mirar la calle, como siempre.
Como limpié las hojas y tallos lo mejor que pude y planté en una nueva maceta tres ramitas de la planta original voy a pasar unos días sin saber si la ortiga de terciopelo* al final vive o sucumbe. 
Pequeñas historias de febrero. 
Es lo que hay. 

*ese es su nombre. 





Cuando yo era niña en todas las casas se escuchaba radio. En la mía folklore, noticias y algún partido de fútbol. En las de mis tías estaban pendientes de los radioteatros de Julio César Armi, que comentaban en el encuentro vespertino de cada día al mejor estilo de la Vieja y la Gorda de al lado de Niñoquepiensa. Yo llegué a oír unos cuantos, pero nunca me engancharon (era demasiado chica).
Ya en la adolescencia temprana (ponele: 13) me pasaba las horas de la siesta escuchando Tu Discolandia en la tarde (CX24, radio El Tiempo), Sea usted Juez por un minuto -nadie es perfecto- en CX 10 Radio Continente y -atentti- Rumbo al Deporte, donde unos viejos que se llamaban Penino y Dalton casi casi que se agarraban a las piñas verbales todos los días cada media hora. Habla Luciana, escucho. Aquí está su disco. Música de regreso a casa. Música de las estrellas. 
Una noche no pude dormir, porque el locutor anunció que "este puede ser el día más triste de la historia de la humanidad" por el bombardeo de un barco soviético por los chinos (o viceversa), aunque después no pasó nada. 
Ahí por los 15 arranqué con Radiomundo e Independencia, los Old Hits, la música en inglés y el rock argentino de 9AM (y después 3PM) que con mi amiga Graciela escuchábamos en los recreos, en la radio de la cantina del piso de arriba del IAVA (sí, hubo una cantina del piso de arriba, bendita sea, que por ella nos daba tiempo para escuchar medio tema de Charly o un cuarto de Spinetta). Escuché cómo se crearon las primeras Fiestas de la Nostalgia, a las que no me dejaban ir. Sui Generis en el Franzini, ídem. Van Halen. 
Después vinieron el IPA y la democracia, y ahí me colgaba horas oyendo Parlamento del Pueblo (que trasmitía en directo las sesiones del Palacio Legislativo), un programa medio humorístico de Julia Amoretti en la 44 y al inefable José Germán Araújo en Diario 30 ("qué tal, amigos...").
La radio siempre ha estado y está en esta vida. Caras y más caras, las tertulias de El Espectador, los programas de Dolina (y las colas interminables para conseguir entrada), un par de horas de música africana creo que en la Equis, los clásicos del fútbol con Esmoris y el Profe Eyherabide, los segmentos de alquimia de un tal Floriano sobre Piriápolis, la columna pionera de sexualidad con Gastón Boero.
Hoy (hace añares) abandoné la radio uruguaya y me pasé para la otra orilla, desde donde escucho programas por Youtube, Spotify o Radiocut, porque no importa el soporte ni el origen: la radio siempre seguirá existiendo en esta casa. El día que no se emita más buscaré programas viejos o crearé los míos, lo que sea. 
Parece que hoy es el día mundial de la radio y ya saben cómo es esto: una lee posts, empieza a recordar y termina en una mezcla de lo personal y lo colectivo, como siempre. 
Y en eso estamos.





Estoy viendo en youtube el programa de María O´Donell y de repente aparece una imagen de Gran Hermano, donde ayer un señor veterano se fue de la casa, vestido de jean y campera de cuero. ¡Campera de cuero!!! En Buenos Aires hubo un récord histórico de calor para febrero, todos andaban de tops y biquinis, menos él. Me hizo acordar a los 15 años, cuando la pinta era lo único que importaba y si sentíamos que x prenda nos quedaba bien no la largábamos por nada. Además (dato de color) se fue enojado, culpando de su eliminación al peronismo. 
Miren que hay gente rara en este mundo, ¿eh?
Y ahora, con su permiso, los dejo, que tengo unos gatos ajenos en el jardín y les voy a preguntar qué desean ordenar para el desayuno.
Buenos días.





Abrí los ojos y prendí el aire. Me senté en la cama. Todo empezó a girar y girar alrededor. Me volví a acostar. Tras repetir la secuencia un par de veces llamé al Semm y también a mis viejos, por las dudas. Tuve que bajar a abrirles, porque (cosa rara) había dejado la llave puesta en la puerta. Bajé tambaleando, abrí y me desplomé de mareada sobre la alfombra. Al rato tuve que ir al baño y subí, a los tumbos, prendida al pasamanos de la escalera.
[Aclaración: no me da para hacer oraciones complejas, el ritmo es bastante entrecortado, es lo que hay. Pero capten que aprendí a usar los paréntesis rectos.]
A los 50´ vino el médico, con una doctora o enfermera. Muy amables. Yo seguía (sigo) sin poder ni siquiera incorporarme. 
Mientras tanto mi viejo estaba en el frente, barriendo hojitas secas, que es lo que más le gusta hacer en su casa. Habían dejado entrar al gato Lío, que deambulaba feliz entre las piernas de todos. 
_ ¿Por qué no vas con el Cele?- le dije a mi madre, que empezó a bajar la escalera. 
_Lindo gato. -comentó la doctora, mientras yo al mismo tiempo aclaraba:
_Tiene Alzheimer. 
_ ¿El gato? -dijo ella, y a partir de ahí el resto de la consulta la hicimos a las carcajadas. El médico dijo que esto le iba a valer un par de meses de gastadas; yo traté de defenderla, todo en medio de las risas, mientras, recordemos, seguía sin poder ni sentarme en la cama.
Parece que estoy incubando una gastroenterocolitis, aunque obviamente ni idea de qué la trajo. Por ahora le estamos echando la culpa a una fruta rara que probé ayer por pura novelería: pitahaya, aunque yo creo que fueron una ciruelas que estaban medio blanditas, en fin, quién sabe.
_Este cuadro puede durar de tres a siete días.-dijo el médico, y le pregunté si en Carnaval me podría ir a Valizas.
_Sí, claro, si estás bien no hay problemas. Acordate que tenés convenio con la mutualista de Castillos. -y me dijo el nombre, que me olvidé. -Yo trabajé ahí hasta hace unos meses.
_Ah, sí, la conozco. Ahí fui cuando me quebré la nariz, hace un año; fue donde me atendió George Clooney. 
_ ¿Quién es George Clooney? Un médico alto, medio canoso, de pocas palabras?
_ Ese. 
_ ¡George Clooney! Se llama Fulano (me olvidé del nombre). Le voy a escribir y le cuento... 
_ Bueno. Y yo, por ahora, ¿qué hago si no me puedo ni incorporar en la cama?
_ Quedate acostada y descansá. 
Me mandó un remedio que mi vieja va a ir a buscar en un rato (pues domingo y farmacias cerradas todavía). 
Y aquí estoy. Si me siento sigue girando el universo, pero por lo demás estoy bien. Por las dudas ya activé que puedan publicar en mi muro, por si el duelo y esas cosas. No, no es broma: soy así de previsora, y acabo de hacerlo. Si me voy antes que vos (🎵) ojo con las fotos de mí que cuelgan, que voy a estar mirando todo y recuerden que puedo venir a espantarlos. 
[Es el humor negro de la familia, no se asusten]
Hermoso domingo de febrero. Afuera cantan las chicharras y se empieza a cocinar otro día marabishossso de calor inclemente. 
Menos mal que (todavía) no me borré de Netflix. 
Buenos (?) días.





El concepto de felicidad va cambiando día por día. Hoy la felicidad no es salir de la feria cargando frutas en lugar de ropa, y ni siquiera es la paz de ver el agua y sus barquitos al final del recorrido, no: felicidad es que cuando llega el 405 a la parada viene chorreando agua por el costado de la puerta, porque eso quiere decir que tiene aire acondicionado. Bendito remanso de frescura en medio del fuego sabatino. Creo que me quedo todo el día yendo de Peñarol al Parque Rodó y viceversa. No me juzguen.





Una se va a otro barrio y todo cambia. 
El muchacho de la miel es directamente apicultor (y una recuerda que por años le compró a su padre, un viejito muy amable pero un poco sordo). En la parte de las verduras las remolachas vienen sin hojas y una sucumbe a una fruta colorida y cara solo por la novelería de que nunca la ha probado: pitaya. Ya en la feria de la ropa una se queda de lo más sorprendida porque ha desaparecido el 70% de los puestos (y otro tanto de los clientes). ¿Es que Villa Biarritz nunca se levantó después de la pandemia o la culpa es del calor y por lo tanto pasajera? 
La cafetería de siempre: vacía. Aquí sí tienen bolsas gratis de restos de café para fertilizar las plantas, el moka viene con más crema pero sin chorritos de chocolate, sin vaso de agua ni amaretti de cortesía. La cajera cuando me va a preguntar el nombre dice algo inusual: “¿cómo era que te llamabas?”, y ahí yo me tiro al agua con la única respuesta posible: “Mariela. ¿Vos era mi alumna?”. Y era. Punto para Mariela-cómo-era-que-me-llamaba. 🙂
Saludos desde la pausa con aire acondicionado mientras afuera 
arde la ciudad, llueve en tu mirada gris
La gente festeja y vuelve a reír
Pero este carnaval, que hoy no te deja dormir
Mires donde mires ella está ahí… *
Buenos días. 
*No tengo una ella que no me deje dormir: lo que sí tengo es un él barcino, bellísimo, trasnochado e hipervocalizador, que no sé cómo voy a educar de aquí al comienzo de las clases. Se escuchan consejos.
 



Nunca he encajado muy bien en el concepto de femineidad. No hablo de la hegemonía sino del conjunto de elementos simbólicos que en nuestra cultura se asocian a la condición de “mujer femenina” (con toda la controversia que la yuxtaposición de ambos términos supone).
¿A qué voy con esto? A nada profundo (ya adelanto). Solo que me niego por igual a los tacos y los maquillajes, que le escapo a la bijou que se me enreda en el pelo, que a la peluquería voy cuando no tengo más remedio y que cuando elijo qué ponerme privilegio siempre la comodidad por encima de la moda o la belleza. Dicho esto entenderán tal vez por qué veraneo en Valizas. Y dicho esto (ahora sin bromas) entenderán que muchas veces circulo por la ciudad sintiéndome virtualmente invisible. Lo mío es el perfil bajo. Le escapo a los escotes y a la ropa sexy, no por pacata sino por cómoda. Minifaldas sí, bienvenidas, pero otras cosas… Me torturan los soutienes con aro, las caravanas pesadas, el calzado apretado y toda la parafernalia de un aparato de seducción diseñado para que las mujeres pasemos de un mandato al otro sin que jamás nos sintamos conformes con lo que muestra el espejo (aunque esto depende de cada quien, y hay personas que se manejan con un taco aguja mejor que yo con chatitas: toda generalización es por definición injusta). Pero a veces el verano puede más, y entonces pelo escote y meto colores claros: de golpe me vuelvo visible. Es fácil visibilizarse. Entonces los empleados de los comercios me sonríen seductores, algunos señores por la calle se percatan de mi paso, y aunque a las chicas jóvenes no les voy ni les vengo nunca falta una cuarentona que me observa con mirada desafiante. La deconstrucción que celebramos en los últimos años demora mucho en llegar a todo el mundo: a los de mi generación nos está persiguiendo con paso de tortuga. Todo esto para decir que estaría buenísimo hacer carne el concepto de vivir y dejar vivir, cada quien con sus hábitos, sus estilos e intereses, y también para decir que cuando una señora (usualmente una señora grande) se me queda mirando desafiante hay algo de la ariana desactivada que soy que aparece de la nada y me saca de repente la más fría de las miradas a manera de respuesta. ¿Es este un post profundo y reflexivo? No, estimados. ¿Cómo va a reflexionar alguien en medio de este horno? Neuronas a punto de ser freídas, imposible la labor de la sinapsis. Saludos desde mi terapia para sobrevivir a esta ola de calor urbano calcinante: nada mejor que un moka de pistacho BIEN caliente. ¡Y que se derrita todo! Buenas tardes.




El año pasado demoré tanto en ir a ver Bosco que me quedé sin verla. Hoy la pude disfrutar al aire libre, matizada con los grillos, teros y ranitas del Molino de Pérez, en una noche con alerta meteorológica para otros lados pero de extremo verano y quietud en Montevideo. Vi la película con una amiga, rodeada de gentes y perros, con la playa a una cuadra pero en silencio (porque este no es el mar de Valizas). La película: poesía pura. Me encantó. Fan de la directora (Alicia Cano) y de los viejos de ambos lados del océano, tan parecidos a los míos y a la que quizás llegue a ser yo algún día. Por ahora le seguimos ganando a la Inteligencia Artificial. Por ahora.




¿Cuándo fue la última vez que recibieron por correo una carta manuscrita? ¿Y que escribieron una? Yo no me acuerdo. Hoy escuché una historia de amor de la década del 60´, una historia a distancia entre argentino y chilena, y no pude evitar recordar lo lindo que era recibir una carta, y más si ya desde el sobre se percibía que tenía más de una hoja. Cartas de amor, cartas de amistad, cartas familiares... La solemnidad absoluta de la Tía Eva (ese era su nombre, con el parentesco siempre explicitado) con su letra alargada y sus buenos deseos para mí y para mi hermosa familia desde Melo, el humor de mi amiga Graciela a la que veía todos los días en el liceo y que incluía en el sobre chistes dirigidos al cartero, la confesión amorosa de algún alumno una vez que las clases terminaron (en este caso no me llegó por correo sino en mano propia, con la indicación de leerla solo después de salir del liceo)... Cartas con dos chicas desconocidas, una de Santiago de Chile y otra de Maldonado, que eran amigas de mi compañera Bibiana y terminaron también escribiéndose conmigo. Una misteriosísima carta sin remitente desde Ecuador dirigida a los "Sres. de -y aquí la dirección de mi casa-", sobre que al abrirlo solo contenía un folleto religioso avisándonos de la inminencia del fin del mundo. Una del amor de mi vida de los 16, de la cual no sé si me impresionó más lo mucho que él me amaba o lo mal que escribía (carta que siempre sospeché que fue el principio del fin). Una o dos cartas (creo que una) que venían de la orilla de enfrente y hablaban de alguien que se sentía viviendo en un país equivocado. Alguna que alguien dijo haberme escrito pero nunca fue enviada. Una que escribí pero la persona a la que se la di no llegó a echar al correo. Otra que tuve que hacer para una amiga corta de palabras, dirigida a un hombre al que yo no conocía. Una que enviamos con una amiga a su hermano en Suecia, donde le metimos al sobre un poquito de arena de Valizas. Después vinieron los mails, los mensajes de texto, los wsps, pero ya no volvió a ser lo mismo. Yo, que defiendo a ultranza la literatura digital porque la obra siempre va más allá del soporte, debo reconocer que en materia de cartas hemos salido perdiendo y que nada iguala a la ansiedad agridulce de la espera o la emoción interrogativa de ver al cartero dejando algo en el buzón de tu casa. Ustedes, ¿tienen cartas guardadas? ¿Escribieron o recibieron alguna en este siglo? ¿Las extrañan?





Horas de apoyo: 4 Estudiantes en busca de horas de apoyo: 0 Cursos de Ceibal realizados: 1 Personas con las que se conversó del curso de Ceibal realizado: 10 Aprendizajes significativos tras el curso de Ceibal realizado: 0 Planes de acción social y ecológica trazados con los compañeros en Sala de Profes: 2 Cafés consumidos: 1 Panaderías cerradas que impidieron elevar el número de cafés consumidos: 1 Boletos gastados: 2 Olas de calor sufridas: 1 Gatos seguidores de humanos disuadidos con aspersor de agua: 1 Balance de la mañana: integración humana positiva; el resto puede y debe mejorar.





Empecé a ir a los bailes a los 15 y no había noche que no se armara una piñata. Cuando fui creciendo la cosa no mejoró. Piñas en la calle, piñas en carreras de autos, piñas en recitales, piñas en liceos. Por la tele vi piñas en programas de tele y en el parlamento. Salvo en los liceos, en que he tratado de separar, todas las demás veces me he alejado (pero alejado en serio, no quedándome a ver qué pasa). Ya no voy a bailar, mi barrio es muy tranquilo y en el IAVA ni siquiera he visto discusiones, pero que la violencia no se fue (ni ahí) es una verdad dura e ineludible. Estamos muy lejos de ser una especie pacífica, lo bastante lejos como para no esperar un cambio profundo a corto plazo, aunque quizás algunos ánimos se moderen al pensar en las posibles consecuencias, no lo sé. No sé nada, cada día sé menos. Leo las noticias y me tapa una ola de angustia e incertidumbre. Después mi optimismo habitual toma las riendas, pero allí adentro, en algún rinconcito del alma, sigue latiendo un germen de desesperanza. ¿Cómo se puede volver a ser persona una vez que le quitaste la vida a otro? ¿Se vuelve? Qué tristeza.




Estaba stalkeando a un ruso que a veces cuelga buenas fotos y me encuentro con esta imagen: yo soñé hoy con algo muy muy muy parecido. Estaba en el Cabo, a punto de entrar a un hostel nuevo y veía una performance en protesta por la violencia en la que decenas de mujeres se cubrían por completo el cuerpo y el rostro con telas blancas, generando un efecto muy similar al de la foto (aunque en el sueño no se les veían ojos ni bocas). Raro esto de encontrar lo onírico en lo virtual. Solo me falta salir a la calle y ver algo así en lo (quizás) real, en cuyo caso saldré corriendo a pedir hora con un psicólogo (o un parapsico, no estoy segura).





Salgo de casa en medio del silencio del atardecer y cuando paso frente a lo de mis viejos saludo a mi madre, que está cerrando una ventana. En ese momento el gato Lío, que hasta entonces se había limitado a seguirme sigilosamente, rompe el silencio y se acerca maullando a la puerta. Es su nueva modalidad. Desde que volví de Aguas Dulces me sigue como un perro a todas partes, y más de una vez he tenido que dar vuelta cuando a una cuadra de mi casa de repente aparecía su silueta silenciosa caminando a mis espaldas. Nos miramos con mi vieja. No hacen falta explicaciones. _ ¿Me lo aguantás un minuto? _ Sí, dale que cierro la puerta. -responde ella, en tanto el gato ya se ha colado en su living y mi viejo está de lo más contento haciéndole mimos, que el otro retribuye a ronroneos. Llego a la parada sin sombra felina. Hay varios muchachos esperando el ómnibus, además de una pareja de sexagenarios que está de espaldas a mí, junto al cordón de la vereda. Los miro con detenimiento, pensando que los años en común mimetizan a la gente: tienen la misma altura (bajitos), son igualmente flacos, de pelo blanco y tan corto que no llega a tocar el cuello de la camisa. Andan con ropa dominguera, de esa que no tiene muchos lavados. La señora habla mucho y en voz alta; se la nota molesta y enojada. Él parece más tranquilo, aunque casi no escucho lo que dice. Al parecer han salido a pasear sin ponerse antes de acuerdo en el destino. _ ¿Y qué vamos a hacer a la rambla? No tenemos nada que hacer en la rambla… -dice ella. Él murmura algo. Yo pienso que ir a ver atardecer junto al agua nunca puede no ser una belleza y si pudiera se lo diría, pero la señora no parece leer mis pensamientos y continúa hablando en voz alta, mientras apoya su mano en la cintura para reforzar su argumento. _ Yo no quiero ir a la rambla. Nosotros tenemos que ponernos de acuerdo, ver antes lo que vamos a hacer, no salir así, a lo loco. ¡Y yo no voy a ir a la rambla! Dicho esto se va de la parada y comienza a alejarse hacia la esquina, sin volver ni un momento la cabeza. El hombre cruza las manos a la espalda y baja a la calle, donde mira por unos segundos a la distancia como para evaluar si el ómnibus iba a seguir demorando. Después baja la cabeza y se va tras los pasos de la señora. Ella, entre tanto, llega a su casa y recién desde ahí se digna a mirar por un segundo hacia la parada, a ver si él la seguía. Confirmado el regreso del otro, se mete en la casa. Él hace lo propio al minuto, cerrando tras de sí el portoncito de la entrada, y ninguno de los dos volvió a salir (por lo menos) en los quince minutos que demoró en venir mi bus (pues domingo). Cada uno elige su propia relación tóxica, pienso, mientras me dispongo a recordar que se está terminando la comida de gatos y no puedo volver a casa sin llevar por lo menos un paquete. Y en eso viene el ómnibus, que me saca velozmente de las historias propias y de algunas de las ajenas.





"Rosita dio a luz por primera vez!!!! Miren qué bebés más lindos!!! Miren esos diseños!!!" Son palabras de una página de reptiles que sigo para ver si le pierdo el miedo a las bichas. Debo reconocer que, aunque aún dispararía si veo una cerca, tanto amor por ellas empieza de a poquito a desarmar no una fobia (en el sentido de rechazo) sino el miedo por ellas que me acompaña desde la infancia. ¿Será que la exposición al amor ajeno hace con el tiempo que una termine por desarmar los temores construidos en la infancia? ¿Qué dirán los psicólogos? Mmmh...




Amo a este hombre. He perdido la cuenta de las veces que lo vi cantar, empezando por los candombailes del Atenas y terminando en las dos horas de ayer en Atlántida. Siempre impecable, siempre conectado con lo más puro de nuestra esencia. Disfrute absoluto, con un público maravillado y una luna llena que se ocupó de despejar las nubes cada vez que la noche amenazaba tormenta (porque una desespera por la lluvia, pero no cuando canta #JaimeRoos). Un espectáculo gratuito de primer nivel, organizado por la Intendencia de Canelones (una no da puntada sin hilo, vos decís?).




Los predicadores son seis: cinco en el escenario y uno tratando de captar público en los alrededores. Habían, argumentan, cantan y aleccionan para un espacio vacío que no llega nunca a tener ningún adepto. Mientras tanto tres o cuatro personas revisan los tachos de basura y un señor que recicla latas de cerveza amenaza con romperle las piernas a un minusválido: _ ¡No vas a caminar nunca más, rastrillo! Un niño que viene con la mamá se pone feliz al ver una pelota aparentemente abandonada, y cuando ve que tiene dueño pregunta si se puede hacer amigo del nene, a ver si se la presta. Yo encuentro en el cantero una tarjeta de transporte y de la doy a uno de los cuidadores. Quizá fue robada, quizás solo la perdieron. Solo un día como tantos de los mejores cinco años de nuestras vidas.




La primera vez que fui a Florianópolis pensé: yo acá me quedo a vivir. Y no, no me quedé, pero hasta hoy extraño las queijadinhas de coco. ¿Ubican? Una especie de tortitas con masa muy fina, color caramelo, de forma redonda. En mi última incursión a tierras brasileras solo caminé unos metros para cruzar la avenida principal del Chuy, y eso fue suficiente para reencontrar cosas tan maravillosas como la cocada (en la foto, el ultimo bocado), las paçoquinhas (que ya fueron), las rapaduras de amendoim y el dulce de fíos de ovo (que sobreviven por una sencilla razón, y es que aún no fui a buscarlos a la casa de la amiga que me los trajo en su auto).
Mucho Lula, mucho Lula, pero si me dicen “Brasil” lo primero que me aparece es la góndola de los dulces del Cairo, el Londres o cualquiera de sus secuaces. 😊
(Díganme que no soy la única…)




Ahora resulta que cuando voy a lo de mis viejos tengo un gato-perro que me acompaña y se queda hasta que vuelvo a casa. Por suerte los locatarios (humanos y felinos) lo aceptaron bien de bien; es más: mi viejo no entendió que era mío y no dejaba de entrarlo a su casa. Y el gato chocho. Es lo más mimoso y de buen carácter que he visto.




Cuando empecé a veranear en Rocha Aguas Dulces era un balneario de familias y viejos; ahora, en cambio, se ha convertido en un pueblo de ambiente tranquilo, de lo más agradable y lleno de pibes de mi edad. 
Fuera de bromas: me gustó. Había ido a pasar unos días otras veces, hace ya muchos años, pero recién esta vez me sentí como en mi casa. ¿Esto será madurar? 
Puntos a favor: la gente de los comercios estaba distendida (pese a la poca afluencia de turistas) y con ganas de conversar, los precios son buenos, la playa hacia La Esmeralda es amplia y pródiga, no es un balneario que se extienda por grandes distancias, Doña Tota y lo de Marta son dos pilares, es lo bastante agreste como para que una vea lagartos, cardenales y dorados pero a la vez lo bastante civilizada para que haya servicios como retiro en efectivo y 5 de oro (esencial). 🙂
Puntos en contra: de la ruta de entrada hacia el lado de Valizas hay cada vez menos playa, no hay panaderías, los cientos de ranchos con cartel de "Se vende" le dan un aire levemente fantasmal, los helados (dicen mis amigas) no son ricos y las miles de piedras que apuntalan a los ranchos de la costa suponen un problema ecológico de difícil previsión a futuro. 
Fui a fines de enero, que no es la mejor fecha para evaluar la vida de un balneario, pero me dio la sensación de una segunda La Coronilla, uno de esos sitios que van cayendo en el olvido y no hay forma de repuntarlos. La Coronilla (lo sabemos) murió por el Canal Andreoni y el consiguiente enturbiamiento de sus aguas. Aguas Dulces está decayendo por el avance del mar y por un juicio por la propiedad de las tierras que tiene a todo el mundo en vilo y sin ganas de grandes inversiones. Probablemente falten atracciones para los niños y jóvenes, quizás no hay mucho hostel, debe haber otras razones (que por mi poco conocimiento de la zona no vislumbro). 
¿Quién puede anticipar el futuro de los pueblos? Son como organismos complejos, que a veces reclaman a gritos por ayuda del Estado (infraestructura, promoción, actividades culturales) y otras veces se van apagando de a poco y en silencio. En fin. Difícil para Sagitario (pero quién sabe).




La primera vez que fui a Aguas Dulces me hablaron de Doña Tota: comida deliciosa, a buen precio y en el mejor lugar del balneario. Hoy apenas entré vi a una mujer canosa y con lentes de sol que me saludaba: era la misma que me había hablado de Doña Tota hace más de treinta años. 🙂 Hay cosas que no cambian con los años. Por suerte.




La casa de tartas y tortas con el nombre más inapropiado y los productos más ricos. Dos hermanas nacidas en Aguas Dulces (donde han vivido siempre) fundaron un local de comidas ideal para merendar, coqueto como el que más, al cual los clientesy amigos van contribuyendo a decorar con gallos y teteras de los más variados tiempos y estilos. Marta, quien lo atiende, es un personaje simpático y maravilloso: “explosiva” la califica un artículo de El País en el que la entrevistan el 31 de diciembre del año pasado, artículo que no deja de mostrar a todo el que le cae bien y quiera verlo. Uno de los descubrimientos (para mí) en este año de reencuentro con una playa que tenía abandonada desde hace… no sé desde hace cuánto, quizás desde que tenía arena. Sí van, pasen. Y después me cuentan. 🍰

jueves, 5 de enero de 2023

Enero de 2023


Aguas Dulces 

Bandera amarilla, supongo que por mar revuelto y olas grandes. Tarde espectacular, sin viento, sin sombrillas voladoras ni aves que me corran si me acerco demasiado a la duna. En la foto no aparecen, pero también hay humanos (del tipo tranquilo y silencioso). Por las calles se ven perros plastas y amistosos y gatos bellísimos pero indiferentes. Los precios son en general buenos, los helados (dicen mis amigas) más o menos, los lagartos desde hace un par de días no se dejan ver y los grillos deben de haber consumido algo, porque no paran un segundo. 



Se llama Biblioplaya: es una biblioteca de préstamo de libros organizada por la Intendencia de Rocha. La chica que la atiende me contó que ya prestaron unos cien libros, de los cuales sólo siete no fueron devueltos (y en ese caso no fue olvido, porque ya de entrada habían dado datos falsos).  Están en varios balnearios y su material es interesante.



Todo me recuerda a tiiii… 🎵
Caminar por la playa de Aguas Dulces para el lado de Valizas es una especie de viaje al pasado. Los ranchos al borde de la playa, las puertas que asoman al vacío… Yo a esta película ya la vi (snif).



Era apenas pasado el mediodía; el sol caía a pleno sobre el pueblo. Mis amigas y yo estábamos haciendo una especie de post desayuno y pre almuerzo cuando una de ellas comentó sorprendida: 
_ ¡Miren: allá hay un lagarto!
 Y ahí estaba él, sobre el pasto del costado, orgulloso de su cola y sus escamas, a escasos tres metros de nosotras, con un murito de por medio. Al principio todo fue paz y amor, admiramos su belleza y le sacamos fotos, pero nuestro idilio amenazó con desaparecer cuando vimos que de repente Juanchito metía su cabeza por un agujero que lo llevaba directo a nuestro patio. 
_ ¡Aaaaay, no no no, fuera bicho!- gritamos las tres al unísono, haciéndolo retroceder hacia una zona de sombra y plantas desde donde se quedó a mirarnos, indeciso. De inmediato tapamos con leña el agujero que comunicaba nuestro patio y su pasto, con lo que nos sentimos más o menos a salvo. Y ahí empezó la culpa: 
_ Pobrecito, sigue intentando entrar por el agujero, capaz que tiene una cueva con hijitos que lo están esperando…
En el rancho las opiniones estaban divididas: que había que dejarlo pasar por el patio, que ni por casualidad, que si los lagartos trepan o no a las paredes, que qué hacer si se nos mete en la cocina… Al final le abrimos el pasaje, pero para entonces él ya se había aburrido de nosotras y se estaba instalando en un macizo de plantas al costado, donde se mimetizó tanto que pronto dejamos de verlo. 
En ese momento acertó a pasar Viviana, la encargada de las cabañas en las que estamos. Le comentamos que teníamos un lagarto en el jardín y su respuesta distó mucho de tranquilizarnos: 
_ Ah, sí, son de acá. ¿Cuál tienen: el grande o el chico? 
_ Eh… uno de medio metro.
_ Ah, ese es el chiquito. Suponemos que es hijo del otro. 
_ ¿Ese es el chico???
_Sí. -aclaró la muchacha- El otro es mucho más grande. En general se pasea por el camino de tablas.  Vive acá, ¿ven?. -Y señaló una especie de tapa de pozo con una cuevita al costado, justo junto a la ventana de nuestro dormitorio. 
Después nos contó que además de las cabañas antes ellos tenían un restaurante, y pronto la gente que cenaba le empezó a tirar sobras a los lagartos. Por eso se instalaron, y aunque ya no hay restaurante ellos siguen de dueños y señores de la zona.
Y aquí estamos las montevideanas, con un ojo mirando para cada lado,  sin tener claro si de verdad queremos volver a ver al chico o sacarle una foto al grande desfilando por la pasarela de madera que conecta nuestras cabañas.
¡Ah, la Naturaleza, qué bello es tenerla cerca (a veces)!




Es rara esta playa. 
Cortada cada media cuadra a la altura del pueblo, extensa, ilimitada una vez que dejamos sus fronteras. LLENA de cucharetas y fósiles que al parecer solo a mí me interesan. Hay bastante gente, así que no me va a dar miedo la soledad en mis eternas caminatas. El agua: verde, no muy fría, amable, tentadora. A lo lejos mis dunas de siempre, recortadas contra el horizonte pero sin salir en las fotos. El ambiente humano es tranquilo y familiar. Sin aves ni lobos, aunque si pececitos en la orilla. A dos km hay una playa nudista, que no está más que vagamente señalizada. Algunos perros. Un cielo por momentos azul y al instante todo gris pero (ay!) aún sin lluvia. 
Es rara esta playa. 
Estoy a punto de agregar “y de acá no me mueve nadie”, pero vamos a esperar hasta mañana, a ver si la prodigalidad de hoy es habitual o si fue solo la forma que encontró Agua Dulces de darnos la bienvenida. 
Y por acá andamos.



Montevideo

Cuando tenía quince años me sentía una ilusa por buscar al hombre de mi vida en cada baile al que iba. A los veinte empecé a fantasear con que todos íbamos en el mismo barco, especialmente los políticos que parecían indicar el rumbo favorable para todos. Cuando andaba por los treinta bajé un poco las expectativas y empecé a soñar con grupos de treinta alumnos y horarios con no más de dos puentes. A los cuarenta mis ilusiones se enfocaron en descubrir escritores que no me aburrieran mucho y postres sin calorías. Hoy antes de salir de casa busco un paraguas y lo guardo en la cartera. 
Cada etapa tiene sus propias ilusiones. No sé si me habré vuelto sabia o básica, solo sé que el hombre de mi vida al final no fue uno, que de los rumbos del país mejor ni pensar, que sigo con horas puente y con grupos repletos, con poco escritor de culto y mucho exceso de azúcar, pero algún día va a llover, o al menos eso espero.*
* Sería lindo que no fuera cuando vuelva en busca del océano pero, en fin. 





Emocionante. Es la mejor palabra que encuentro para definir el saludo de Lula a quienes fuimos hoy a la explanada de la IM. Una multitud lo esperó durante una hora, pese al sol y al horario (que seguramente impidió a muchos acudir al encuentro). La Intendencia repartió agua y gorritos, que fueron muy bien recibidos. Entre los asistentes se destacaban los brasileros, que estaban desbordando alegría y hasta algunos bailaban al son de las músicas improvisadas de la espera. Todos rompieron en vivas cuando Lula les agradeció el apoyo de la colectividad de su país desde Uruguay en las últimas elecciones y les dijo que estaba bien si habían venido a vivir aquí por un amor o por otros motivos, pero si habían dejado Brasil por falta de trabajo él iba a hacer todo lo posible para que pudieran volver a tener un trabajo digno en su país.
El discurso de Lula ante Cosse fue fuerte y significativo (un tanto entorpecido -a mi criterio- por la traducción simultánea, que no me parece que fuera necesaria), pero cuando salió al balcón de la Intendencia aquello fue de verdad impresionante. Yo estaba con dos amigos y con mi profesora de Matemática de cuando hice primero de liceo. Todos los que vi después del discurso salieron (salimos) con los ojos húmedos. 
Pocas veces tengo la impresión de asistir a un momento histórico, y hoy fue una de ellas. Tras el acto (previo pararme a aplaudir el guinchado del auto sin matrícula de un ser revoltoso y maleducado) caminé hasta la terminal de Tres Cruces (desde donde estoy escribiendo ahora, moka y consumo de por medio) y todo el tiempo escuchaba a mi alrededor voces de personas desconocidas que comentaban admiradas la grandeza de este hombre y lo importante que es esta visita para reencontrar nuestro camino. 
Lo de hoy fue un poquito de agua en medio del desierto (y soy consciente del peso de la metáfora hoy, justamente). Bienvenido sea. 
#volveremos




Aries
A partir de hoy su energía cambiará y se tornarán indispensables por unos días. Todo se da en función a lo que ustedes dicen y hacen. Adelante arianos.
(Por reclamaciones de los otros signos consultar a la señora de El País; yo solo leo y repito, porque soy indispensable. Y ahora los dejo, que tengo que pensar muy bien lo que digo y hago en estos días. 
* Australia
* Gato que no madrugue
* Más presión de agua en casa
* Boya de vidrio en la playa
* Moka cero calorías
* Peluffo 
* Trabajo de seis meses en el Norte y seis en el Sur -si mis seis meses caen en verano
* Un buen gobierno 
Y esas cosas)



La plaza del Intercambiador hoy se convirtió en sala de cine: Tarsilinha, una película brasilera con entrada libre, justo a la hora en que empieza a caer la noche sobre el barrio. Madres con niños, familias numerosas y algún que otro perro en la vuelta. Iluminación colorida, anticipando el carnaval que se viene. A partir de la semana próxima todos los jueves habrá cine gratis en la Lazaroff, que depende de la Intendencia como todo el Intercambiador, donde también hay teatro gratuito durante los días de Montevideo de las Artes. ❤️



Esteeem… Si yo ayer levanté de la vereda (junto a un contenedor) un micro maniquí exhibidor de caravanas y anillos y hoy hice lo propio (en otro barrio) con un par de macetas de barro, ¿ya califico para conducta problemática o solo entro en el rango de requechera tercermundista?



_ Hola, llevo este. -digo, esgrimiendo ante la vendedora la tercera parte de un melón en la feria.
Un viejito del puesto se acerca y me ofrece otro, que es la mitad del melón. El señor tiene como noventa años, no llega a los cincuenta kilos y tiene la espalda arqueada por una enorme joroba que le tuerce la cabeza y lo hace mirar todo el tiempo hacia abajo.
_Lleve este, joven, que es más fresco y de mejor color. Es un poco más grande que el que usted eligió, pero lo acabo de cortar. El otro me quedó de ayer. 
_ Le voy a hacer caso al que sabe. Gracias. 
Vuelvo a casa con el melón (que huele delicioso y al que estoy a punto de probar), pensando si a un anciano como el que me atendió le hará bien seguir en actividad, si estará en la feria por obligación o por gusto y si siempre va a seguir habiendo verduleros que hagan que una se sienta feliz al hacer los mandados (y no solo porque le digan “joven”). 
Buenos días.



Estar de vacaciones, en Montevideo y con una ola de calor me lleva a pasar más tiempo conectada a las redes, viendo noticias y esas cosas: el amarillismo que campea en lo que se difunde ya me tendría que tener curada de espanto, pero no. 
Enero de 2023; ya casi pasó un cuarto de este siglo y seguimos en la misma. Se le exprime a la sangre hasta la última gota de rédito político o hasta el más ínfimo índice de captación de audiencia, los medios dele que dele, hurgando en los dolores ajenos y aportando datos morbosos, lectores que piden ojo por ojo o que esperan que los/as presos/as ejecuten una venganza difusamente disfrazada de justicia. Todos los prejuicios en un cóctel explosivo que nunca se sabe para dónde va a salpicar. 
¿Ustedes no sienten que estamos retrocediendo varios casilleros en ddhh, en capacidad crítica, en posibilidad de empatía? No digo en Uruguay, sino en términos generales. ¿O será que pasados los 50 a muchos nos agarra una especie de visión negativa del futuro de la humanidad, onda "todo tiempo pasado fue mejor"? 
Ojalá sea eso. 
O capaz que es el calor que me tiene medio paralizada para salir de casa y conectar con la naturaleza. 
Debe ser eso.





¿Ustedes también tienen "amigos" por estos lados que no tienen idea de quiénes son o por qué están? ¿Ustedes también tienen dos o tres (y hasta cuatro) veces a la misma persona en distintos perfiles -por aquello de que olvidan la contraseña, crean otro, y uno no sabe a cuál borrar? ¿Ustedes también aceptaron ser "amigos" de emprendimientos que después fueron abandonados? ¿Ustedes también se cuestionan qué hacer con los que ya no están? ¿Ustedes también tienen decenas de "amigos" que no usan más esta red, pero en fin? ¿Ustedes también han dejado de seguir perfiles pero les da cosita eliminar?
Es raro este mundo. Tan líquido y a la vez con raíces tan por todos lados. Hoy anduve de limpieza; espero no haber borrado a nadie que quisiera seguir en contacto, pero la verdad es que si no conozco y no interactúo, ¿para qué? 
Y ahora, con su permiso, me voy a darle de comer al gato. Espero que él no me borre de sus contactos (porque está resultando bastante popular en este barrio, no vayan a creer... todo el mundo lo conoce y más de uno nos sentimos sus dueños, pero no).
Buenos días.




_ ¿Le sangran las encías al cepillarse?- preguntó la dentista. 

_ No. -respondí, y aclaré por las dudas: - A veces, cuando me paso el hilo. 

_ A ver si me va diciendo qué números le señalo… - ordenó el oculista, que era un joven muy amable. 

_ A… T… d… ¿c? O tal vez o…

_ Ahora va a sentir un pinchacito. -anticipó el del examen de sangre- Pero apenas.

_ Mirá que a veces me desmayo. -aviso, pero no hubo tiempo, porque la cosa duró pocos segundos y yo me mantuve con la mirada fija en la pared de enfrente. 

_ Pase por la balanza. -dijo la doctora. 

“Que no me diga, que no me diga”, pensaba yo, y por suerte no me dijo.

_Ahora párese junto a esta pared. -indicó, y cuando lo hice murmuró: -1.63.

_ Pero yo mido 1.65. -aduje- ¿Ya me estoy achicando?

_Es probable.  

_ Bueno, este era el último examen. -saludó la chica de la recepción -Puede retirar el carnet de salud a partir de mañana. No olvide traer la vacuna antitetánica. Buenos días. 

… 

Y ahora aquí estoy, reponiéndome de las diez horas de ayuno, con un par de cm que desaparecieron, encías frágiles y ojos que ven cada vez menos, haciendo trámites para la prórroga de la edad jubilatoria. ¿Cuándo pasó todo esto? Ayer de mañana estaba lavando mi ropa hippie de Valizas y hoy…

Debe haber un error. 

Debe ser eso. 




Alguien intentó entrar a mi casa durante el tiempo en que estuve de vacaciones. Treparon por el muro del costado (que ahora tiene una parte sin los vidrios de punta que hace mil años le había puesto mi viejo) y trataron de forzar la puerta de la cocina (sacándole infamemente el trocito de papel contact que yo le había puesto para que no entraran los mosquitos por el agujero de la cerradura). Por las dudas que el intruso fuera alguien que sigue mis movimientos por esta red quiero decirle que las dos cosas más valiosas de la casa no estaban adentro, porque el gato no se queda en casa y las placas de gliptodote están en una repisa del galp... Ups.

Bueno, eso. 

Volvieron las carteras, dicen algunos, pero no. Y lo estoy contando en tono de comedia, pero no. 


Valizas

Jueves

En el correr de la tarde se materializó en la plaza de la Leopoldina un modesto escenario (algunos de cuyos pilares, si se miran bien, se sostienen en el aire). Un muchacho pasa medio distraído, se detiene al verlo y pregunta a unas mujeres que estaban en un banco de la plaza: 

_¿Va a haber un toque?

_Sí, amigo, pero hoy no: el domingo. 

_Ah, el domingo… -dice él, y continúa su camino,  pero a los dos metros se detiene y vuelve sobre sus pasos: 

_ ¿Y hoy, qué día es?


Noche sin viento y con estrellas. En la calle principal se alternan (sin superponerse) toques de rock y candombe, canciones propias y ajenas, músicos famosos (Fatorusso) y de los otros. Espectáculos de circo, música a la gorra o como parte de la propuesta de algún lugar de comidas, grupos mixtos o solo masculinos (esta vez no vi grupos exclusivamente de mujeres), sonidos con mayor o menor fuerza, todos con un marco de público feliz y tranquilo. 

Edad promedio (a ojo): 28. 

Ex alumnos en la noche: 0. 

Ex compañeras de trabajo: 1. 

Ex vecinos del Buceo: 1. 

Exes: ...

Algunos perros durmiendo en la calle o deambulando entre la gente. Puestos de venta de cualquier cosa (de libros a choripanes; adivinen a cuál le compré algo). 

Vivo en la Curva de Maroñas: imaginen lo raro que es para mí salir de un toque y tener mi casa a veinte metros. 

Mientras tanto se va terminando el jueves y yo oscilo entre irme a dormir o seguir escuchando música (bah: seguir viendo, porque escuchar escucho igual). Saludos desde mi habitación para cuatro personas con tres camas vacías. Temporada récord de turistas, dijo alguien. En fin.


Viernes


“Estamos recontra felices de estar transmitiendo desde Barra de Valizas, acompañando  la movida del verano 

desde el hostel de Ruben y Leo…”

Parece que ahora tenemos radio. 

Son las 8:53 minutos de la mañana en la hora de Uruguay, el cielo en este momento se presenta levemente nublado y la temperatura se las diría si me diera la pereza de buscarla, cosa que no estaría ocurriendo. 



Después de un almuerzo de canelones de verdura en La Proa una tendría que prescindir de la merienda en la panadería de enfrente al hostel, pero no. A lo sumo bajamos de tres a dos bizcochos y pasamos del café con leche al café negro. Mientras tanto el cielo se empieza a colorear porque al atardecer volvió el sol y en el hostel la electro le dejó paso a la cumbia. 

Ni ayer ni hoy encontré casi nada en la playa, excepto fotos, amigos y conocidos. Este ha sido un día de visitas y encuentros. Y aún no termina.


Sábado

Ocho y cinco de la mañana ya hay mucha gente desayunando en el hostel. Algunos hablan bajito con su grupo de referencia, otros dialogan algo sobre las virtudes o defectos de un DJ argentino, de Lali Espósito y de la telonera de Dua Lipa. Un muchacho pasa por el patio con una cosa negra y esponjosa vulgo cachorro de ovejero corriendo entre sus pies y sé que no hay otro más lindo que él en el hostel (me refiero al perro). Otro desayuna con un litro de cerveza. Un tercero se instala a tomar su café en la parte más aislada del patio, de espaldas a todo el mundo. Los empleados organizan las cosas en la cocina, limpian baños, explican las instalaciones a los recién llegados, mientras al cachorro le vienen ganas de ir al baño justo en la parte más transitada del desayuno (y el dueño limpia el piso al instante).  Arriba hay un cielo azul y a los costados unos cantos de pájaros que invitan a dejar de escribir y bajar ya a la playa. 

Cae el sol a plomo sobre la polvorienta calle principal de Valizas. Los autos dejan estelas de tierra a su paso, los perros andan de lengua afuera y algunos humanos siguen bajando (a las dos menos cuarto) a la playa. Esta humana, por lo pronto, ya clasificó los hallazgos de la mañana, se lavó (y desenredó) el cabello y hace un rato está en la etapa post almuerzo y pre café de cada mediodía, que es como decir que ha cumplido en tiempo y forma con las tareas autoimpuestas de la jornada y ya puede ir a buscar una hamaca donde iniciar la tarde. 

Y en eso estamos.


Se viene la Pool Party en el hostel. 

Hora de todo el mundo duchándose y buscando cosas en los lockers mientras la música electrónica comienza a sonar desde el patio de los sillones devenido en pista de baile. 

Adivinen quién se va al pueblo a ver un espectáculo de candombe.


Domingo

Después de un almuerzo de canelones de verdura en La Proa una tendría que prescindir de la merienda en la panadería de enfrente al hostel, pero no. A lo sumo bajamos de tres a dos bizcochos y pasamos del café con leche al café negro. Mientras tanto el cielo se empieza a colorear porque al atardecer volvió el sol y en el hostel la electro le dejó paso a la cumbia. 

Ni ayer ni hoy encontré casi nada en la playa, excepto fotos, amigos y conocidos. Este ha sido un día de visitas y encuentros. Y aún no termina.


Este pueblo da para todo. Para ir a comer a Lo de Horacio y encontrar tocando a dos (queridos) ex alumnos del IAVA, por ejemplo. Para compartir la mesa con un matrimonio de profes de Historia a los que conozco desde que íbamos al IPA. Para que les muestre el video de mi supuesta pieza indígena (la que hallé hace un par de semanas) y opinen que sí, que parece una punta de flecha o un raspador, pero además se lo reenvíen a otro profe (que conozco pero no sabía que estaba obsesionado con el tema), quien concluye que es una herramienta tallada por humanos, un “raspador bifacial”. Para que el muchacho de la mesa se adelante se meta en la charla porque estudia el tema (aunque sabe más de paleontología) y también opine que sí, que es un raspador, pero tal vez fue descartado antes de estar terminado. Para que (mientras mis ex alumnos cantan -súper bien- temas propios, de Jaime Roos, Drexler, Galemire, Charly y otros) le termine mostrando al vecino fotos de los fósiles de este viaje y la muela de mastodonte de hace algunos años, de todos los cuales me dio información más qué interesante. Para él los dientes de la quijada de ayer son de felino y no cree que estén oscurecidos por la arena negra de la zona, aunque me recomendó un lugar para consultar con mayor seguridad. Para que la chica que acompañó a mis ex alumnos en la primera parte de su show sea la hija de una de mis mejores amigas, que a su vez conoce a mis compañeros de mesa y hace unos días adoptó a los dos músicos como una especie de sobrinos. Para que en otra mesa estuviera un ex compañero de Bellas Artes y una señora con la que estuve charlando esta mañana en el baño del hostel. Y así. 🎵

También había una gata deambulando delicadamente entre las mesas, un techo de ramas con susurros de viento y una comida deliciosa y nada cara. 

Solo en este pueblo.


Dos shows para Valizas en la Leopoldina Rosa: Tridente y Chala Madre. Los primeros son de La Paloma, sonaron bien y tienen una cantante con una fuerza increíble. Los otros… unos magos. Todo el mundo bailando entre la arena y los perros, súper buen ambiente, inolvidable. Somos el mejor público del país, no tengo pruebas pero tampoco dudas. 

Terminada la música tuve que caminar como veinte metros hasta mi hogar de estos días (y de tantos otros). Saludos desde un hostel extrañamente vacío, con solo una decena de personas  charlando en el patio y nadie en la vuelta de la piscina (deben andar todos por otros lados). El dron que siguió el toque continúa pasando por encima de mi cabeza (única habitante del espacio piscina): debe ser que quiere leer lo que escribo. El cielo no da más de estrellas y la noche sigue en calma y sin viento.

Mientras tanto el pueblo sigue sonando (y soñando).


Martes

De golpe pasé a ser la menor del hostel (por lo menos a la hora del desayuno). Los patios se llenaron de hombres canosos y señoras que toman mate. Ayer se fueron los chicos de Los Ángeles con los que compartía habitación: unos amorosos que no pasaban de veinte años, incluyendo a la chica que dormía de jeans, el cantante al que le regalé una cuchareta rosada y  el flaquito que me miró como al agua en el desierto cuando le dije que si quería podía usar mi Off (no hay mucho mosquito este año pero esa noche andaban dos o tres molestando). También se fueron los otros dos de la habitación, el que dormía con el gorro de visera puesto y su amigo, que no me cayeron tan bien porque escuché que entre ellos hacían un comentario medio homofóbico (mientras se pasaban mutuamente el protector solar y se hacían bromas sobre que se les podía ir la mano… ja).

Valizas en la segunda quincena se ha puesto silenciosa y tranquila, ya no hay cola para entrar al supermercado y hay lugares libres en todos los restaurantes. En la playa disminuyeron los enemigos en forma de sombrilla pero aparecieron la fragatas portuguesas. 

Saludos desde el fin del último desayuno (por este viaje).  Hay unos planes de ir a regar las plantitas de la plaza antes de bajar a la playa pero no se sabe, porque los planes en este pueblo toman a veces caminos inesperados.


Montevideo


Novedad en la cafetería de la S: ahora se puede pedir el café en taza de loza y cuesta $20 menos. Lo que no se entiende es por qué viene con un vasito descartable con agua (cosa que antes no). Todo bien, es una mínima atención que en otros lugares se da por descontada, pero seguimos consumiendo plásticos de un solo uso. En fin. 

Firmado: la ecologista (y cafeinómana) quejosa.





¡Bienvenidos a un nuevo capítulo de cuestiones existenciales nivel enero!

No leí Juego de tronos ni tampoco vi la serie, pero acabo de escuchar en la radio que, aunque el autor hace años que no saca un nuevo libro (anunciado hace pila, pero bueh), los tiempos de lo audiovisual son otros, y la serie ya arrancó por donde se le cantó (por ahora con precuelas y esas cosas). ¿Qué pasa si a George R.R. Martin se le da por escribir en un sentido absolutamente distinto al que tomó la filmación? ¿Se pondrá por escrito a desmentir lo actuado, al mejor estilo de Cervantes contra Avellaneda? ¿Habrá que tomar partido por uno de esos universos o uno de ellos se quedará con el relato y el otro caerá con el paso del tiempo en el olvido? 

Todo esto para decir que si tienen Juego de Tronos y me lo quieren prestar, bienvenido.

Firmado: la que no da puntada sin hilo. 

Buenos días.



Las novelas de espionaje, como las policiales, pueden ser más o menos violentas, más o menos ingeniosas, más o menos literarias pero, eso sí: deben ser creíbles. El mecanismo de su trama tiene que conducir al lector por el camino que el autor trazó para seducirlo, desafiarlo y (casi siempre) sorprenderlo. O al menos eso es lo que a mí me pasa. 

Si en medio de una historia relativamente verosímil resulta que alguien derrama su vaso de whisky, un perro lo lame del piso y después el bicho se termina muriendo envenenado, yo como lectora recorro el resto de las páginas con una vocecita interior que me dice que los perros no toman alcohol y por ende chau seducción, chau interés, chau deslumbramiento.

Otra cosa sería si, por ejemplo, la madre de la narradora le contara que limpiando su heladera esta mañana descubrió que una botella de whisky supuestamente llena estaba ahora casi vacía. 

_Te voy a contar lo que hizo tu padre: hace días que cada vez que va a servirse agua fría se equivoca de botella y toma de la del whisky. 

_¿Quién hace eso, yo? -se defiende el susodicho octogenario, en tanto su esposa comenta que con razón estaba tan dicharachero, y que ella ya había guardado lo que quedaba de la bebida en un lugar seguro, para que él no se confundiera. 

_Por eso te pedí que te llevaras la botella con el ácido ese de limpiar las baldosas como final de obra: acá es un peligro. Acá todo es un peligro. 

_Yo tomo agua porque hace calor… -continúa defendiéndose el hombre, al tiempo que su mujer y su hija coinciden en que sí, que hace calor y que ya puede tomar tranquilo, que solo hay una botella de agua en la heladera. 

Saludos desde el mundo del moka caliente con leche de almendras, estimados, mientras termino de leer la novela en la que estaba, porque me quedan 20 páginas y quiero saber si alguien al final termina de envenenar al protagonista. 

Buenos días. Tardes. Algo.




Había terminado mi jornada de clases. Pasaba por el pasillo junto al salón de un grupo donde había sido docente por algún tiempo; ellos estaban en otra materia pero igual hicieron gestos de saludo, porque con la mayoría no nos íbamos a ver más. Me llamaron y terminé entrando a decir unas palabras de despedida. En eso desde el salón de al lado, que era el laboratorio, se empezó a escuchar un maullido y todos reímos, porque era una broma clásica de ese grupo que alguien imitara a un gato para engañar al resto. Me pregunté quién sería: a simple vista no se veían lugares vacíos. Esta vez el imitador era realmente bueno.

_ ¡Es tan creíble! Todos podemos imaginar que de verdad hay un gato en el laboratorio, ¿no? –pregunté, y ellos coincidieron en que sí, que parecía muy real. 

Abrí los ojos: el gato Lío maullaba con tono de hambre en mi ventana. Por lo menos esta vez tuvo la decencia de venir a las siete, y no a las cinco. 




Esta noche tuve infinidad de sueños. No eran derivaciones de uno central sino que se dieron en momentos separados, mediados por un despertar para entrar al gato, bajar a la cocina ante algún ruido o mirar el videíto enviado por una amiga antes de volver al reposo. Tengo cierta facilidad para dormir casi al instante, no importa qué tan despierta haya estado medio minuto antes, y esta noche por alguna razón cada vez que abrí los ojos me quedaron retazos de historias. 

En esas secuencias oníricas pasé por diversos mundos. Aprendí a hacer ñoquis. Me reencontré con un ex. Tuve en el patio una piscina ovalada con anguilas simpáticas. Visité una provincia argentina de la que me quise traer dos gatitos. Fui al almacén de mi barrio pasada la medianoche, entre la oscuridad y la niebla. 

En algunos casos pude rastrear una conexión con el mundo de la vigilia: hace un par de días había releído una crónica mía en la que hablaba de haber visto anguilas celestes en una playa, por ejemplo. En otros el disparador es imposible de rastrear, y lo que más interesante me parece es la capacidad del inconsciente para buscar en nuestro banco de imágenes algo extremadamente  concreto para meter en la narrativa, algo que puede no haber estado en nuestro pasado reciente de los últimos cuarenta años.* Me refiero (por ejemplo) al artilugio para hacer los ñoquis, que buscando hace un rato vi que se llama ñoquera. El del sueño era un coso azul de plástico, como uno que yo veía con frecuencia en mi infancia, aunque no puedo precisar en qué casa. No creo haber pensado en eso ni haberlo vuelto a ver desde los ocho o nueve años y de repente ahí está, como lo más cotidiano. 

¿Cuántas imágenes, cuántas informaciones sobre nosotros mismos o sobre el mundo que nos rodea duermen apaciblemente en alguna neurona biblioteca esperando que el Ello algún día los señale con el dedo y les diga "hoy te toca"? ¿Llegaremos alguna vez a registrar con algún aparato nuestros sueños? ¿O podremos, al menos, mejorar nuestra memoria de los sucesos vividos entre que le dimos de comer al gato y nos levantamos a cerrar la ventana?

Misterio. Uno más, entre tantos. 

(La piscina ovalada tenía animales, plantas en los bordes y un piso de arena blanca. A la luz del sol el agua era transparente y podíamos observar todo lo que había entre el fondo y la superficie.)

* Sí, una es grande (en más de un sentido). **

** Y una es medio agrandada, algunas veces. ***

*** Unas cuantas.




_ ¡A 500 la bicicleta y la cebolla dos kilos por 40!!

El pregón es la síntesis más acabada de lo que quería describir en esta crónica: la Vía Blanca al caer la tarde del 5 de enero es un rejunte infernal de las cosas más diversas que bombardean los ojos, los oídos y el olfato, sin hablar del corazón y la memoria, que también caminan zarandeados por tanta imagen entreverada de este y de otros tiempos. 

Yo había ido a caminar hasta la veterinaria donde compro la comida de los gatos, más por hacer ejercicio que por verdadera urgencia. De la Vía Blanca solo recorrí dos o tres cuadras, las primeras yendo desde mi casa, que es como decir las últimas en calidad y propuestas. Una especie de periferia donde se mezclan los puestitos de cosas viejas al estilo de Piedras Blancas con los comercios que perdieron los mejores lugares pero ofrecen ropa nueva, championes, skates y juguetes de todo tipo. Cada seis puestos, uno de comida. Pizza, choripanes, empanadas de carne a 3 por $100, roscas de chicharrones, pescado frito. Los olores van y vienen, al igual que las músicas y las voces más diversas. Piscinas, serruchos, libros, discos, zapatos, muñecas, valijas y botes inflables. Cualquier cosa. 

Un río interminable de personas recorría las calles a las siete de la tarde, que aún no era la hora pico de la Vía. Algunos ya se iban de regreso llevando bolsas y paquetes, cuando no una bicicleta envuelta de manera más que inconfundible. Parejitas felices y de las otras. Madres rezongando hijos. Niños durmiendo en valijas vacías u ofreciendo envolver regalos “a voluntad”. Feriantes rezagados que buscaban afanosamente un lugar entre las filas de puestos dispuestas de a cuatro en la avenida y una por cada vereda. Algún que otro policía de tránsito. La vida misma (o al menos la de mi barrio). 

Salí de la feria con los dos kilos de comida para gatos en una bolsa y con los sentidos abarrotados de imágenes que me gustaría poner en palabras, pero no sé si estoy en condiciones, porque ni bien se pasa la delgada barrera del pintoresquismo empiezan a asomar las tristezas, el hambre, los ojos sin proyectos, la violencia agazapada y mantenida a raya mientras duran “las fiestas” que están a unas horas de terminarse. 

Volví a mi casa con los mandados en la mano y con la boleta del 5 de oro bien guardada en el bolsillo, porque una conoce las probabilidades pero nunca se sabe. 

Y en eso estamos.





Sol y nubes. Agua (hoy) color chocolate. Cero viento. Mucha ola. 

_Hola. ¿Para vos qué es ese punto negro cerca del horizonte? -le pregunto a un pescador (con esa manía que tengo de charlar con desconocidos como si fueran mis amigos).

Él miró un segundo, sonrió y dijo que era un surfista mar adentro. 

_No parece preocupado. -agregó, con el optimismo propio de los pescadores matutinos. 

Yo seguí mi camino rumbo al hostel, mientras en el cielo las nubes y los azules se seguían disputando el territorio. 

Y así arrancó el segundo día del año. Esta noche dormí nueve horas seguidas (a diferencia de la chica de la cama de al lado, que estuvo catorce horas sin dar señales de querer despertarse, aunque recién fui al cuarto y ya no estaba). A partir de mañana vuelvo al despertador felino de las seis de la mañana, ay, diosss… Qué sacrificio. 🙂

Buenos días.





Acabo de tener una visita inesperada en mi jornada de playa: una nena de año y pico se acercó, dijo dos cosas ininteligibles y acto seguido comenzó a escarbar y tirar arena para todos lados, como un perro. ¿Así se consiguen los hijos? ¿Puedo pedir una que no sea cruza con labrador? O mejor directamente un labrador, que creo que dan menos trabajo.

Saludos desde la playa nublada y calurosa en la primera mañana del año, estimados. 

Firmado: la familiera.