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martes, 2 de agosto de 2022

Agosto 2022




Historia mínima La buena noticia es que al fin encontré algo que el gato viejo puede oler (y por lo tanto, come). La mala noticia (para mí) es que es suprema de pollo. Chau, chau sueldo, fue un gusto verte. Adiós.




Los miércoles no madrugo, y puedo quedarme un ratito remoloneando con el teléfono, aunque eso signifique una mirada de reproche del parte de gato viejo, acostumbrado a ser alimentado otros días desde casi antes del amanecer. Hoy me puse (por primera vez) a mirar reels en esta red, y me impresionó lo machistas, lo simples y lo vintage que son. Señoras explicando por qué perdonaban infidelidades con tal de tener marido, chistes sobre cómo si él se va seguido al baño es que chatea con la amante, consejos para parecer flaca, para que no se vean las canas, recetas, ideas para arreglar cosas y consejos para cortarse el pelo. Ninguna de las personas que vi tenían pinta de uruguayos, que no digo que seamos looo adelantados, pero ya superamos la etapa australopithecus -o eso elegimos contarnos, por lo menos. La pregunta es: ¿esto va por fuera del algoritmo y es una cuestión latinoamericana en general? Si es así me generan una sensación agridulce: al menos hay una cosa que no controlan controlándome, pero a la vez qué espanto. Y si no va por fuera, entonces voy a quejarme y preguntar dónde están los gatos, las piedras, los volcanes, los hongos y los fósiles de la megafauna. Y a otra cosa mariposa.





Ustedes me ven muy normal pero en los últimos días he pasado por la mano de tres dentistas. Ustedes me ven muy normal pero estuve desde el sábado conviviendo con un enemigo dentro de mi propia boca (el alambrecito suelto de un arreglo que me pinchaba la lengua una palabra sí y la otra también). Ustedes me ven muy normal pero hoy de mañana me puse un algodoncito en la boca para evitar el dolor y al rato me lo comí. Ustedes me ven muy normal pero ni bien salí de la segunda dentista me vine a tomar un café para compensar (si los dientes se me van a estropear, que sea por una buena causa). Ustedes me ven muy normal pero cada vez que me gasto una fortuna en mokas me llevo para casa dos sobrecitos de edulcorante como souvenir. Ustedes me ven muy normal pero acabo de cantar Mariposa Technicolor en pleno Starbucks (bajito, eso sí, creo que a Fito no le habría molestado). Ustedes ¿me ven muy normal? No me contesten. 🙂 Buenos días.





Diálogo de liceo Recreo, sexto de Ingeniería. Yo: _ ¿En qué andan? Ellos: _Abriendo sobres, profe. Valentín se compró un montón. Yo: _ Aaahh… Valentín: _¿Querés abrir uno? Yo: _ ¡Bueno! Y volví a abrir un sobre de figuritas por primera vez desde Zoo Color (año… eh… hace tiempo, en fin). Salieron un montón de desconocidos que le di a Valentín, justo cuando tocaba el timbre para comenzar la hora de clase. (“Lejana infancia, paraíso, cielo. oh seguro, seguro paraíso”…)





Restaurante Rodríguez: alimentamos a los gatos (grises) del barrio desde 2016, en especial a los que aparecen justo a la hora en que tenemos que irnos. 🙄🙄🙄 (El corrector del teléfono insiste en escribir “gastos” en vez de “gatos”… y creo que comienzo a comprenderlo)


Mañana de sábado lluviosa, en el siglo pasado. _ Yo creo que va a abrir, tendríamos que ir yendo... -decía mi madre, optimista a prueba de Santas Rosas. _ No, Inés, mejor no vamos. -respondía mi viejo, mirando el cielo por la ventana.-Vamos a armar el puesto y se nos van a mojar todas las cosas. Además mientras llueva no va a haber ni un alma. _Sí que hay: los verduleros están todos. _ Pero a las verduras no les hace nada que se mojen, y lo que no vendan hoy lo van a vender mañana. Pero nadie compra ropa mojada; vamos a esperar un ratito. Y a los cinco minutos, ella: _ Para el lado de la Curva está más claro. Esto para en dos minutos. Y en general paraba, pero a veces no. Nosotros vivíamos de la feria, que era tres veces por semana, porque el resto del tiempo se dedicaba a hacer la ropa para vender. Si llovía un jueves no pasaba gran cosa, porque era una feria pobre y no se movía mucho, pero los sábados y domingos eran nuestro fuerte, y cuando había meses con fines de semana lluviosos la economía familiar tambaleaba. Cosas que una recuerda cuando abre los ojos, se acuerda de que es sábado y escucha el sonido de la lluvia en la ventana. Primero hay un alivio al estilo de "al fin se descargó esto; vamos a ver si salimos del calor malsano de la previa a la tormenta", y en seguida: "uh... los feriantes". Pero capaz que abre, y hasta las diez de la mañana no es mucho lo que se vende. Yo creo que está aclarando.




Estoy tomando un moka post almuerzo de lo más tranquila cuando oigo a mi izquierda una voz que me suena familiar. Es un hombre de unos 60 años o tal vez más al que he escuchado un montón, pero nunca hasta ahora en persona: ¿se acuerdan de “Besotón”? Fue protagonista de una serie de audios hace dos o tres años: siempre quedaba en ver a una mujer pero algo (según él) se lo impedía, hasta que ella se dio cuenta de que la situación era de lo más risible y compartió los audios. Acabo de ver que en youtube aparece un mashup con el título “Fritonga”. My intelectual lo mío, no me digan nada, pero… es igual!! Es igual!! Capaz que no es, pero acaba de llamar a una señora y el saludo es muuuuy onda Besotón. Hasta luego. Ps: ténganme paciencia, que tengo dentista en un rato y estoy tratando de juntar ánimos. Tres cosas que nunca me salen bien: dentista, oculista y declaración de IRPF. Ufff…




Leo en Mdeo. Portal que un hombre en Italia dio positivo a la viruela del mono, al VIH y covid al mismo tiempo, y la noticia no me impresiona tanto como la imagen que la acompaña: algo como una aguja con un tubito lleno a medias de sangre. Digo "algo como" porque apenas la vi desenfoqué los ojos en defensa propia. No me pasa nada con la sangre, en general, salvo que venga en formato de agujas, tubitos, hospitales. En ese caso tengo que salir rápidamente del tema o me caigo redonda. Todas las (tres o cuatro) veces que me desmayé en la vida fue por la misma causa. ¿A alguien más le pasa? Además de mi padre, digo, porque parece que esto es algo hereditario. Y lo de desenfocar los ojos, ¿es normal? ¿Y lo de escribir de cualquier cosa para olvidar que en un rato vuelvo a ver a uno de los hombres que más me critica, me rezonga y (a veces) me hace sufrir (vulgo dentista), es común? Viernes de asueto, niebla y arrepentimiento, estimados. Debo usar siempre el hilo dental. Debo usar siempre... etc. Mea culpa. Saludos desde la casa pum para arriba. El gato viejo resiste: come, va al baño y duerme. Yo hago lo mismo, pero con wifi. Buenos días.






Termino de barrer un pasillo al costado de mi casa y la gata vecina al instante se pone a revolcarse en el rastro de tierra que he dejado. Igual que los pajaritos, los perros y quién sabe cuántos otros bichos. ¿Por qué los humanos no amamos tirarnos en el piso sucio? Porque con la arena todo bien, pero a la tierra le escapamos. ¿Es algo puramente cultural, o será que a un gato la tierra seca le sirve para algo que a nosotros no? Mediodía feriado, estimados: no esperen más profundidad (porque al menos por acá no-la-van-a-en-con-trar). 🙂 Feliz independencia





Tres gatos blancos en una quinta con perros, un mega recital en Nueva York, un ex que se carga a una rubia de pelo lacio (!!!), una intrusión de mi parte a la casa de una familia desconocida, una charla sobre el cáncer de piel... Todo eso y mucho más en el sueño de la noche de hoy. ¿Cómo diablos hace el inconsciente para darle consistencia narrativa a tanta cosa diferente? Nunca terminaré de sorprenderme.





Uno no puede ser uruguayo y no ponerse nostálgico un 24 de agosto; yo echo de menos muchas cosas. Extraño las horas de apoyo con las que podía ayudar a mis estudiantes. Recuerdo con amor los tiempos en que había un psicólogo en cada liceo y que todos los gurises sordos tenían sus intérpretes de LSU. Los años en que no se decidía una reforma educativa a espaldas de los docentes. El tiempo en que no se perseguía a quien pensara diferente. Cuando se creaban liceos y se abrían grupos. La época en que se podía dialogar; ¿se acuerdan? ¡Qué tiempos! Uno no puede ser uruguayo y no ponerse nostálgico un 24 de agosto, pero a veces para ponernos contentos necesitamos algo más que un Last train to London sonando bajo la bola de espejos. Porque "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", y sin embargo por momentos nos sentimos retrotraídos a unas épocas que van mucho más allá de nuestro pasado reciente, y a esas sí que (por más nostálgicos que seamos o que nos digan que somos) no queremos volver. Y con estas reflexiones, me voy cantando bajito*. Vivimos revolcaos en un merengue Y, en el mismo lodo, todos manoseaos... Buenas tardes. *En la voz de Peluffo.






Diálogo de liceo Clase con cuarto año a mitad de la mañana: tenían que buscar la biografía de Gregorio de Laferrère y algo de información sobre "Las de Barranco", que empezamos hoy, y extrañamente todos habían hecho los deberes. _ No vayas a creer que algunos las copiamos hace un rato porque nos faltó la profe de la hora anterior, ¿eh? -dijo alguien. _ Ah, con razón había dos o tres biografías tan cortitas que no llegaban a ocho renglones... _ Pero lo hicimos. _ Sí, está bien. Medio de casualidad, pero lo hicieron. La vida del señor Gregorio se charló entre todos, reflexionamos sobre por qué no importaba si había nacido un martes o un jueves, un marzo o un noviembre, ellos fueron anotando las cosas más importantes en el pizarrón y después hice un sorteo con los ocho textos de la obra que llevé para prestarles. En el grupo son quince; a los que no les di les voy a fotocopiar el primer acto en el colegio, pero el texto entero está colgado en Crea desde la semana pasada para que lo vayan leyendo. Repartimos personajes (sin importar el género de quién iba a leer; eso estuvo bueno) y empezamos a medio leer y medio actuar el primer acto, hasta que tocó el timbre de salida. _ ¿Ya pasaron las dos horas? -dijo uno, y otro contestó: _Ni me di cuenta. Empecé a guardar mis cosas, y un tercero al pasar rumbo al recreo me felicitó: _ Hoy la clase estuvo buena. Salí a mi vez al patio, sin terminar de decidir si "hoy la clase estuvo buena" entraría en la categoría del elogio o de la crítica, pero, en fin, ya era la hora de enfilar hacia los scones de queso de la cantina, así que no daba para mucho cuestionamiento. Y aquí estoy, en mis mini vacaciones de la Independencia, sin clase hasta el lunes y sin la menor nostalgia por los madrugones y las salidas casi de noche de mi casa. Feliz pre feriado, feriado y post feriado.





Un par de papeles sueltos en el frente me llevan a salir con una bolsa y empezar a sacar también las hojas secas y los caracoles. Cosas que una hace en las mañanas de sol y de paro. Empiezo con la palmera devenida casi en bosque: saco cuatro, cinco hojas secas que se desprenden con la mayor facilidad y de repente una que se resiste. No está menos muerta que las otras, pero sigue prendida a la ilusión de la vida y termino por dejarla, por ahora. Con los malvones realizo una labor similar, arrancando las hojas amarillentas o que empiezan a estar apestadas, y en la concentración de la tarea descubro dos cosas, bah: tres. La primera, que tengo que ir cambiando el ángulo de observación, porque hay zonas de hojas marchitas que solo se ven desde cierta perspectiva. La segunda, que hay quienes crecen contra viento y marea (como las que planté allende el murito, en una tierra seca que casi nunca riego) y a veces son las más fuertes y rozagantes. La tercera, que hasta en seis metros cuadrados se puede sembrar una selva, aunque después hay que atenerse a las dificultades de circulación en el terreno. Filosofías agrícolas matinales, estimados. De todo se aprende, si hay tiempo para el hacer y si el sol acompaña a las neuronas. La fauna local acompañó la tarea poniéndole el toque de belleza que la jardinera desaliñada no posee (ni mucho menos).





Yo: desayuno y miro cosas en la notebook desde hace 40’, porque hoy no fui al liceo. Él: hace 40’ que espera que le vuelva a dar del paté hiper caro. Adivinen quién va a ganar esta contienda silenciosa.



Diálogo de liceo Sexto de Ingeniería: los más grandes y maduros del liceo. La practicante está a punto de empezar su clase cuando escucho ruidos en los bancos del fondo. Miro disimuladamente: un par de estudiantes le están pegando con la palma abierta al banco. Me ven mirándolos con cara de asombro y uno de ellos explica: _Es que estamos ensayando la tapadita, profe. _Por el álbum del mundial. No nos acordamos de cómo era. -aclara el otro. La profesora declina hacer comentarios, y se dispone a escuchar la clase.





El amontonamiento nuestro de cada domingo… Hoy creo que por primera vez le encontré algún borde a la feria, porque normalmente camino por horas siguiendo rutas aleatorias y no llego a ningún lado. Confluencia de olores, músicas y acentos, gentes de cualquier edad, perros felices con el paseo, kilómetros de puestos, estatuas, intérpretes: el pulso de la ciudad late en la feria de Tristán Narvaja y nosotros vamos flotando entre sus ondas. Alguien me toca la mano desde atrás: es un niño de ocho años disfrazado de payaso que se da vuelta al pasarme, me sonríe y sigue su camino. Me parece que anda solo: en tres segundos lo engulle la multitud y no vuelvo a cruzarlo. Vine a la feria con solo dos objetivos: comida de sobrecitos para el gato y libros de “Las de Barranco” para mis alumnos de cuarto. Lo del gato lo soluciono en dos minutos; de los libros que busco solo encuentro uno, pero hay otros tres o cuatro que acaban en mi bolsa de compras. Una resistencia por vez: hoy no traje suculentas, pero sí un Mankell, un Pedro Juan, un Matute y un par de amigos. Ah: y un Garoto Meio Amargo, por aquello del chocolate y de las endorfinas. Cuando subí al 100 de la vuelta el chofer venía a toda cumbia. _¿Cuánto cuesta el común?- pregunto, porque me dejé en casa la tarjeta. _ 48. -dice él- Los domingos es más caro. _¿En serio? _No. - responde con gesto simpático, antes de arrancar y poner proa a 18, 8 de Octubre y por fin mi barrio. He vendido en esta feria cuando tenía once o doce años; he pasado temporadas de olvidarla y otras de visitarla con frecuencia, pero siempre vuelvo. Es un vicio (como los libros, las suculentas y los chocolates amargos), y quién se cree una que es para resistirse a los vicios. Buenos días.






Parte veterinario: el gato se ve que pasó una noche excelente (durmiendo en el piso sobre una frazada, al lado de sus amados fósiles), porque hoy amaneció caminando, con hambre y maullando a todo volumen por el paté hiper caro. Todavía no le di (le toca de noche o le va a hacer mal, porque es MUY potente y hay que dosificarlo), pero sí pastillitas, comida de sobre y atún, y comió muchísimo de todo eso. Gracias por los mensajes; ayer estaba de verdad muy triste. Feliz domingo.





El gato viejo hace meses que solo deja sillón para comer o ir al baño. Muy ocasionalmente (dos o tres veces) ha salido un ratito al patio cuando hay sol: la suya es una vida que se sabe cercana al final y que trata de ahorrar hasta la última caloría y el más mínimo movimiento. Desvaría un poco de vez en cuando y le da por lamer fósiles, pero en general me reconoce y ronronea cuando me acerco. Come poco porque huele menos, y siempre tiene hambre pero no reconoce la comida. Hace varias semanas que me deprime verlo; ya me dijo un veterinario que no se va a recuperar, pero espero que el final llegue solo y no con mi decisión. En los últimos seis años se murieron mis tres gatas mimosas; estoy de verdad cansada de sufrir sin esperanzas. Hoy lo vio un veterinario nuevo, un muchacho muy dulce y con grandes ojos verdes que se tomó el tiempo de acercarse de a poco para que el viejo no se asustara (aunque ni hablar de salir corriendo, porque apenas se mueve). Le dio un par de inyectables, y casi de inmediato, mientras él iba a su camioneta a buscar el post para que le pagara la visita, el gato pidió comida y pareció reconocer alguna cosa. Yo fui después a la veterinaria a comprar un paté hiper caro que capaz que lo levanta un poco, y a la vuelta hice mandados y saqué unas fotos del atardecer. Caminé bastante (porque estaba triste) y al volver una hora más tarde hallé al gato en el mismo lugar en que lo había dejado: no podía moverse. Traté de levantarlo pero pegó terrible grito, así que lo volví a poner en el piso. Eso fue hace un par de horas. Desde entonces el gato a veces camina, pero no coordina movimientos. El paté le encantó, la dosis diaria permitida se la acabó en un minuto. De vez en cuando da unos pasos, y hace un rato fue al baño en sus piedritas, pero se queda sentado, como si las patas de atrás no le obedecieran, no sé. Ya le acerqué frazadas, pero prefiere el suelo frío. Ahora se subió a mis fósiles en el piso de abajo de la biblioteca y ahí está, en el sitio más incómodo de la casa, mientras yo a tres metros de él me demoro en la cocina para no dejarlo solo. Quiero que sea mañana (y mañana querré que sea pasado, y así).




De mi abuelo paterno no tengo ninguna foto, de mi abuela solo una y de los maternos debo tener 4 o 5. Tuve un novio en la adolescencia con el que nos sacamos dos fotos en tres años. Ni una con mi mejor amiga del liceo. Una sola con la maestra que tuve en cuarto, quinto y sexto. Eran otros tiempos, en mi familia solo usábamos un par de rollos de 24 para todo el año y no era cuestión de andar repitiendo a las personas. Pero de los bichos sí que tenemos: para ellos siempre había rollo suficiente (de tal palo... etc.). Saludos desde la mañana del sábado, mientras espero que venga el veterinario a ver al viejito. En eso estamos.





El señor de las tortas fritas es el más amado de los comerciantes del barrio del liceo. Hoy en el recreo vi a los de quinto Científico entrar con dos tortas fritas cada uno: _¿Son ricas o son baratas?- lea pregunté. _ Las dos cosas, profe.-dijo uno, y otro aclaró: _ Es que hoy están de oferta a $10; no nos podemos resistir. Cada uno con sus vicios, pensé, mientras cruzaba a por el segundo café de la mañana para degustar con el bombón de chocolate que acababan de regalarme los de Humanístico. Sacrificada la vida del docente. Ni me digan.





 Una sale de dos horas de transitar por caminos oscuros, de enfrentar el discurso propio y ajeno del dolor de la muerte, del suicidio, de la rabia y la impotencia, y una cuadra después la cercanía de la primavera le pone como un calorcito a la tarde (otra vez helada) del invierno.
Falta poco. 
Y acá vamos.





Diálogos conmigo misma:
_ Voy saliendo tarde…
_¿Te dormiste?
_No, pero volvió la gatita adoptiva de la esquina y tuve que volver, abrir las dos cerraduras, sacarle comida al gato, cuidar que la ardillita de al lado la deje comer…
_ Ah… ¿Y daba para ir sacándole fotos al amanecer, entonces?
_ Estaba lindo… 
Dos cuadras más adelante:
_Uy… ¡No traje ni plata ni tarjetas!
_ …
- Ah, no, las tengo en el bolsillo de la mochila. 
_ …
No es fácil vivir acá adentro, estimados. 
Buenos días. 
Feliz martes.
(Igual voy a llegar temprano)





Diálogos de liceo
Primer grupo. Quinto Artístico
Entran del primer recreo y un muchacho en el fondo charla un buen rato bajito con la de al lado. 
_ Fulano, ¿estás contándole algo de la Divina Comedia?- pregunto, con esa tendencia a ironizar por lo fácil que me caracteriza. Pero él no estaba para dobles discursos: 
_ No, profe. Le estaba contando que ayer vi a Lali. ¡Vi a Lali!!! Seis horas de cola, hice, pero la tenía a metro y medio. ¡Vi a Lali, profeeee!
Y ta, le pedí que nos contara cómo había sido todo, porque una contra Lali no puede. Y Dante tampoco.
Segundo grupo. Quinto Científico. 
_ Profe, ¿cuándo hay otro café literario?
_ Eh.. No sé, todavía no lo pensé. 
_ ¿Mañana?
_ No; hay que armarlo bien. 
_ ¡Dale! ¿Qué te cuesta?
_ Mañana no. ¿Por qué tanto apuro?
_ Es que quiero que hagas algo casero así tengo algo rico para el desayuno. 
_ Eh... No te lo recomiendo. 
_ Bueno. Igual traé algo comprado. Pero hacelo. 
_ Sí. Pero otro día. 
_ No te olvides. 
_ No.
Tercer grupo. Sexto Ingeniería.
_ Hola, profe. 
_ ¡Fulano! Hace dos meses que no te veía. 
_ Sí. Pero volví. ¿Puedo hacer la prueba mañana? 
_ Eh... Bueno. 
Cuarto grupo. Quinto Científico. 
_ ¿Eso del pizarrón es de ustedes? -pregunto, ante un cartel de "Feliz cumple, profe".
_ Sí, es del viernes. Se ve que nadie lo borró. 
_ Ah, lo voy a borra... ¡Aaaahg!
_ ¿Qué te pasa?
_ Me duele lo que le escribieron al costado. 
_ Es que los de la tarde le agregaron cosas. ¿Vos decís por lo de "obesa"?
_ No: lo de "ermitanea".
_ Ah... ¡Pero no fuimos nosotros! Nosotros lo hubiéramos escrito bien. 
_ ...





Domingo, atardecer de casi primavera, Día del Niño.
Dos nenas y dos varones de entre cinco y seis años; ellos de bermudas y remera, ellas de vestido, con moñitas rosadas en el pelo. Cuatro niños de entre cinco y seis años, sentados solos y silenciosos a la mesa de un bar, sin hablar, sin jugar y sin mirarse, pendiente cada uno de la pantalla de su celular. 
El futuro llegó hace rato... 
Y no pinta bien.




El gato viejo terminó de comer y en vez de dirigirse a su sillón rumbeó medio tambaleante hacia una biblioteca. 
_ ¿Qué estás haciendo ahí, viejito? -pregunté mientras me acercaba. Estaba revolviendo unos adornos, pensé que pretendía ir al baño entre mis libros (!!!!) pero no: solo sacó un fósil de la repisa más baja, lo hizo caer al suelo (!!!) y se puso a lamerlo. Lo mismo hizo con un par más. 
¿Será que en los huesos de hace diez mil años queda aún algún nutriente que el viejo olfatea y necesita? ¿O se me enloqueció? Está muy mimoso, pobre, a veces pienso que busca esconderse por aquello de que los gatos prefieren morir a solas, pero cuando le abrí la puerta del fondo se rehusó a salir, y terminó instalándose (con mucho trabajo, y gracias a que le puse un escaloncito) en su sillón. Ahí está, lavándose, con pinta de aquí no ha pasado nada. 
Pero no sé. 
¿Alguien más ha visto un gato lamer fósiles? Ya sé que en general las casas no tienen huesos de la megafauna, pero por las dudas... Raro.





Estimados, si alguno de ustedes está suscrito al pasquín de la Plaza Cagancha tengo tres cositas para decirles: 
1. No está bueno apoyar a quien nos desinforma a diario, adalid del blindaje mediático de ya sabemos quién.
2. Hoy salió un artículo sobre los glaciares de Cerro Largo; ¿me lo pasan? Gracias. 
3. No me juzguen.




Una puede despertarse 35 minutos después de lo previsto, puede saltearse el desayuno, vaciar un sobrecito fucsia en el plato del gato y salir a las corridas. Lo que una no puede es dejar de sacar fotos cuando el cielo le ofrece un amanecer con colores de incendio sobre el horizonte. 
Una se toma el Copsa de los días apurados y piensa que este va a ser un jueves espectacular, mientras avanza sentada y cómoda hacia las clases y las reuniones de profesores, tratando de evitar la imagen del gato que cada vez está peor y ahora a veces se queda enganchado con las uñas cuando intenta subir al sillón en donde duerme. Una en medio del apuro de esta mañana igual le puso en el suelo un tatami a manera de improvisado escaloncito; vamos a ver si le sirve. Ayer una hizo el intento de hacerle la cama sobre sus almohadones en el piso pero no funcionó, porque el gato es un bicho de costumbres. 
Una mira por la ventanilla, trata de no pensar mucho y avanza hacia la claridad de la mañana.




Un grupo me quedó desfasado (por paro, porque ellos pidieron cambiar la fecha, etc) y recién hicieron la primera prueba, gracias a la cual acá estoy, en pleno agosto, enterándome de algunas cosas. 
* La Biblia es un rejunte de textos
* Otras de las religiones que se encuentran en la Biblia son el islam y el harekrishnas
* Si un salmo no tiene autor se llama "salmoherfano"
* El Nuevo Testamento habla de la muerte de Jesús y su llegada (después de la muerte de Cristo)
* Edipo dice algo con forma sutil, es decir, con un eufemismo: "hay que vengar la muerte con la muerte"






En el banco de la parada hay un señor y tres adolescentes sentadas, más una nena de pie. Un perro barbilla está acostado contra las piernas del hombre, que apenas me ve me dirige la palabra: _Él también espera el ómnibus… _Ya veo- respondo de pasada, pero él no demora un segundo en volver a hablar, como si charlar con desconocidos mientras se espera el ómnibus a las tres de la tarde del domingo fuera lo más normal del mundo. _¿Usté como dice que se llama él? _Eh… Benji. Todos ríen. _No. Con “t”. _Tranco. _No. Ti… _Tiago- digo, cansada de la adivinanza pero sin querer ser antipática. _No. La más chica me susurra que el perro se llama Tito; se lo digo y el hombre parece contento, aunque sigue con ganas de conversar. _Ellas son mis hijas; me vinieron a visitar, porque yo estoy viviendo en la calle. El Tito está conmigo, no sé va a subir al 328. ¿Usté sabe a qué hora pasa el 328? _No, ni idea… _Usté tiene pinta de ser del cante, ¿sabe?- dice de pronto, y las cuatro hijas lo rezongan: “no, papá, ¿cómo le va a decir eso a la señora?” La señora (yo) lejos de ofenderse piensa que capaz que sí tiene pinta de vivir “en un cante”, y eso que no se puso los guantes con los dedos cortados que ya le dijeron que dan un poco homeless neoyorquino, pero en seguida reacciono y me doy cuenta. Yo le seguí la charla sin fijarme en su aspecto desharrapado o en el dejo de vino que arrastran sus palabras, le sonreí a las nenas y adiviné el nombre del Tito, así que debo ser del cante. En eso justo pasó el 405 y me fui de la parada. El domingo se está haciendo cada vez más gris; ya es tiempo de volver a mi casa. Viene frío el invierno. Frío y complicado. Buenas tardes.




La cafetería está semi desierta el domingo a mediodía: algunas personas solas y unos cuantos binomios de un padre o una madre con un niño. Esta no es hora de los amigos ni de las grandes familias. En la mesa de enfrente una mujer de cuarenta y pico que no sabe cómo estar a solas un domingo a mediodía. Es novata en esto, y se le nota: mira a todos lados con gesto de autosuficiencia y hace una tras otra varias llamadas por teléfono, todas breves. El café no lo toca desde que yo llegué con mi cuponcito lleno de sellos a reclamar un moka gratis. Iba a ir a Tristán pero vino primero el 405 y hacía frío en la parada. Así somos los que vivimos sin familia los domingos: capaces de mudar de decisión en un instante y de reconocer a un recién llegado a nuestras tierras en menos que se enfría un café. Testigos del movimiento de los encuentros habituales más allá de los ventanales. Algunos en paz, otros desconformes. Haciendo proyectos o esperando que pase el tiempo: basta mirarnos para darse cuenta si estamos de este o del otro lado del domingo, como siempre. A veces pienso que debo ser un bicho raro (aunque me consta que de vez en cuando todos lo pensamos), porque me gustan los domingos, el campo al atardecer, las noches sin luna, el viento que me despeina y hasta los días nublados. Y el silencio. El tiempo libre. Saberme sociable pero no siempre. Solo a veces. Mientras tanto la señora cuarentona hizo un par de llamadas más y terminó por retirarse. Mi café se acabó hace diez minutos; es tiempo de ir a por un almuerzo saludarle o un vicio lleno de sellitos negros: lo que pinte primero.





 

Sueño: 
Yo iba al trabajo en un tren moderno, de estilo europeo. Dos por tres me pasaba que a la altura de Larrañaga (es decir, a media hora de mi casa) mi gata Matilda entraba por la ventana y se me subía a la falda. Me extrañaba, pobre, y lo peor es que yo tenía que sacarla por la ventanilla y confiar que supiera volver a casa, porque ese tren no dejaba viajar gatos. El problema es que en determinado momento mi trabajo cambiaba de destino y pasaba a ser Noruega, adonde iba cada día en un viaje de tres horas (Geografía: cero) haciendo trasbordo en un país europeo de cuyo nombre no me acuerdo pero como si fuera Croacia (es decir, no era uno de los más visitados). 
Nota al pie: el diccionario me marca con rojo "trasbordo" pero la RAE me da permiso, así que seguimos.
En realidad no seguimos: el sueño terminaba con que yo estaba haciendo fila en la aduana del primer país, con Matilda escondida en la mochila y sabiendo que fuera en ese o en el de destino un scanner me iba a sonar, porque no se puede pasar gatos de contrabando (y menos muertos hace un año, aunque se ve que en el sueño eso no sucedía).
_ Señor Freuuuuud, se solicita su presencia en Arbolito...
Ps: la foto es de 2020 (y aún la extraño).





¿Habrá alguna novela policial escrita por un hombre en que el protagonista no resulte deseado por cuanta mujer atractiva se le cruce en el camino? Me pregunto. De Chandler a Rolón, pasando por todos los que me acuerdo, diossss... Me gustan las policiales y me gustan los hombres, pero esta incapacidad de pintar a un detective que algún día conozca a una mujer a la que no le mueva un pelo me tiene harta (y eso que acabo de nombrar a mi amado Chandler).
Catarsis de sábado, estimados.
Esto con Agatha Christie no me pasaba.




A veces es de noche y tengo que corregir escritos. 
A veces me meto a cantar viendo un video y luego viene otro, y no termino. 
A veces no importa que la voz no me dé y los agudos no salgan. 
A veces mis vecinos son oyentes involuntarios de un concierto que pasa de Buitres a No doubt y de Loop Lascano a Café Tacuba. 
A veces me desdoblo y mi yo responsable le dice a la cantante: 
_ Baby, you´re gonna miss that plane.
_ I know... -respondo, esgrimiendo un frasco rosado de crema de manos a manera de micrófono.
Y me río, porque algún día hemos de morir y mientras tanto habrá que seguir cantando. 
Ya corregiré por la mañana. 
Quizás.
Si rezo solo Dios se aburre igual
Pero así, creo, me escucha mejor... 🎵






Para salir de mi casa rumbo al Intercambiador tengo dos opciones: doy la vuelta por Camino Maldonado o corto Camino hacia Belloni atravesando un pasaje de pedregullo que casi no tiene casas, porque de un lado está el depósito de hierros viejos y del otro los muros de la Iglesia Santa Gema. El trayecto no es muy largo, media cuadra, pero en el barrio lo sabemos un tanto heavy (territorio ideal para que pase una moto y te quedes sin algo) y muchos preferimos históricamente evitarlo. Cuando iba al IPA y salía a las siete y cuarto el Cele me acompañaba a cruzarlo todas las mañanas. Después dejé de tomarlo hasta este año, que trabajo en un colegio para ese lado y la pereza me está haciendo elegirlo, con tal de ahorrar algunas cuadras. Todo para decir que desde hace cuatro días me le animo al pasaje a cualquier hora, incluyendo el comienzo o el final de la noche, porque en el depósito de hierros viejos apareció una gatita con pinta de perdida y no es cuestión de dejarla con hambre. Saludos desde el reino de la lógica y la prudencia. Es gris oscura, de ojos verdes, mimosa y acariciable. Y en eso estamos.




Hace mucho que no he reincidido en la queja contra los cantores de bus, pero algunos parece que la reclaman a los gritos… Y con parlantes, pobres oídos míos. Imaginen una versión en castellano de “unbreak my heart” (“regresa a mí”) a un volumen de estadio, en desvaída función de 121 para 7 pasajeros de los cuales sólo dos aplaudimos (un poquito). No es que ella cante mal: es que el volumen de la voz y la música aturden, y una que ya aclaró que es medió reacia a escuchar algunas cosas (especialmente los agudos)… Por suerte el show es breve y en pocas paradas volvemos al traqueteo del Cutcsa que avanza sin mucho apuro bajo el cielo húmedo y gris de la tarde de agosto. Viva el silencio chirriante y conocido. Buenas tardes.




Detesto enviar audios. Recibirlos me molesta un poco menos, pero siempre prefiero o la llamada a la vieja usanza o el discreto mensaje de texto. El único audio que envié fue un "Presente" para la Marcha del Silencio de 2021. No tengo problemas con la voz (hablo muchísimo en mi trabajo), ni tampoco con los sonidos en general: soy capaz de dormir -y lo he hecho- con una fiesta electrónica sonando a todo volumen a diez metros de mi cama, pero hay algunos que tengo que evitar. Una masticación con chicle me saca de quicio; soy capaz de recorrer todo el bondi para bajar por la puerta delantera y evitar el timbrazo desde el fondo y no tengo idea de cómo suena mi teléfono, porque siempre está en silencio*. Los videos de ASMR me resultan tan insoportables como la gente que grita o las voces afectadas. ¿Misofonía o intolerancia? Yo qué sé. Capaz que las dos cosas. O quizás es que hace años me hice amiga del silencio y nos llevamos muy bien. Vaya a saber. Buenas noches. *Sonidos que igual me gustan: -las olas de Valizas -el ronroneo de un gato -el viento -una estufa a leña -los cantos de las mezquitas en Turquía -el ruidito de las cebollas en el aceite caliente -la lluvia (a veces) -la música que elijo -las máquinas de coser -las ranas -la efervescencia -los cuencos -algunas voces




Salgo de casa envuelta en los últimos jirones de la noche y el gato me observa en silencio desde su sillón favorito.
_ Ella y yo somos opuestos. -debe pensar él- Yo me borro de la casa cuando amanece en tiempos de calor y la señora prefiere irse a callejear con el frío.
Salgo a enfrentar el martes de agosto sabiendo que elegí la especie equivocada. El gato cierra los ojos y se dispone a iniciar la nueva siesta.
Buenos días.





La noticia de dos viejitos que escaparon de un geriátrico es lo más triste que he leído en mucho tiempo (de verdad), pienso desde el 100 donde un señor muy pobre está tratando de vender pulseritas de plástico cuando sube una veterana ataviada como jovencita, micrófono en mano y altavoz a la espalda, evidentemente muy dispuesta a cantar algo para todo el pasaje capitalino.
El de las pulseritas le avisa que el ómnibus está ocupado; ella hace un gesto de molestia porque el chofer no le avisó que ya había un vendedor en el 100, se instala en la puerta para bajar y se rehúsa a escuchar al otro, que le dice un par de veces: “igual yo me bajo y seguís vos, mirá que no tengo problema…” Qué cosa dura esto de la realidad, che. Tan propicia a recibirnos con una piedra en cada mano, especialmente si es lunes y es agosto y una vuelve a su casa cansada, hambrienta, medio sensible y con ganas a veces de abrir una puerta y echar a caminar, a ver qué pasa. Ya se me va a pasar.





Hace un rato venía en el ómnibus medio triste por dos viejitos que intentaron escapar de un geriátrico pero los atraparon en la misma tarde. Temas sensibles en esta familia, estimados, imposible que yo lea esa noticia sin pensar en mi viejo, en un par de tíos, en mi futuro (?). Bajé del 100 y ni bien me dispuse a cruzar Camino Maldonado me pasaron tres cosas chiquitas pero lindas: vi esta imagen risueña en el teléfono, le pasé por el costado a un cartel de algo que solo repetía obsesivamente un nombre que no mencionaré aquí (digo, haciéndome la misteriosa), y al levantar la vista me encontré con el rostro risueño de una estudiante del IAVA a la que le había dado clase hacía unas horas. _ ¡Hola, Fulana! No me digas que somos vecinas... _ Jaja! No, profe, vengo al CLE a estudiar Francés. _ ¡Excelente! ¿Y tenés posibilidades de ir a Francia? -pregunté, por aquello de que en los Centros de Lengua los mejores estudiantes de cada generación reciben como premio un viaje a país cuyo idioma estudiaron (Francia, Italia, Alemania, no sé si Brasil o Portugal). Ella dijo que sí, que puede estar entre los finalistas. Y me alegró el día. Fácil para los cambios de ánimo, áura que dice...

miércoles, 6 de julio de 2022

Julio 2022



_ ¿Qué hacés, guachita, cómo andás? -saluda la mujer que camina delante de mí en la feria llevando de la mano a su hija.

_ Muy bien, preciosa, y vos? -le responde una señora canosa y flaca con pinta de octogenaria.

En la feria del barrio la mitad de la gente parece conocerse. Yo también me encuentro a una vecina de la cuadra y nos pasamos un rato conversando, contándole de mis viejos y deseando ella (que ya está jubilada) y yo (que todavía no, pero en fin) que la ciencia avance lo bastante rápido para que nuestra vejez pueda transcurrir con dignidad y con algunas neuronas medianamente activas.

- ¡Todo barato, joven, qué le vendo, qué le vendooo?

Sigue el pulso de la feria, ruidosa, amontonada y llena de cachivaches, igual que cuando yo vendía ropa de niños con mi vieja en la esquina de Smidel y Manuel Calleros.

_ ¡Cuatro cancanes por cien pesos!

_ ¡Pregunte que no molesta!

_¡Acá sabemos todos los números de la suerte! ¡El 17 de Susana, el 45 de Moria, el 32 de Rial...!

Compro capuchinos y un par de quesos. Cada pocos metros controlo que el celular no se haya ido de mi bolsillo. Recorro varias cuadras con el radar enfocado en dos conceptos: café descafeinado y sobrecitos de comida para gatos, pero no, se ve que eso no rinde en este barrio. Hay ventas de juguetes usados, de ropa interior, de bijouterie, de remedios (!!!). Paso por varios puestos de libros: el 90 % son novelas de Sydney Sheldon y Danielle Steel, otros venden libros de texto, incluyendo un viejo ejemplar de "Ciencias Geográficas" que ya era arcaico cuando yo iba a la escuela. Compro "La soledad de los números primos", que ya leí pero no tengo. Le doy una mirada a los perros que duermen al sol en las veredas, a los veteranos compartiendo botellas de cerveza como si nunca hubiera habido covid, a los puestos de pastas rellenas sin refrigeración desde las ocho de la mañana. Evito detenerme ante los bagayeros repletos de Garotos y cocadas. Vuelvo a casa con la bolsa liviana y la cabeza llena de imágenes: por esta feria no ha pasado el tiempo. Por mí, por mi vecina, por los feriantes que eran mis compañeros y de los que no queda ninguno vendiendo sí, el tiempo pasó y pasa, inexorable, pero para la feria, los perros y los libros de Ciencias Geográficas de 1950 parece que no. Son como una burbuja donde el final del siglo XX se deja visitar los sábados, siempre y cuando una salga con alguna cosa, porque no es cuestión de andar por la feria del barrio turisteando.

_ ¡Todo barato, vecina, pregunte que se terminaaaa!

Y en eso estamos. 





Hace años que no tengo tercero, y por lo tanto había abandonado una propuesta que con los más chicos me funcionaba, pero este año la refloté en el único grupo de cuarto en que trabajo. Se trata de crear juegos de mesa tomando como base los textos que hemos ido viendo en la primera mitad del año; la única premisa es que para ganar haya que demostrar conocimiento de los temas de la materia y que ellos vengan a clase con todos los implementos, así cada juego se puede probar  y se ve si en la práctica funciona.

En el grupo de hoy uno o dos de los trabajos claramente fueron elaborados a las corridas, pero la mayoría revelaron dedicación, tiempo y esfuerzo. Hubo un tablero de madera, otro de cartón plegable, fichas sacadas de algún juego de ajedrez de los padres y un dado luminoso al que de inmediato bautizaron "dado tincho". Comenzaron por presentar y explicar cada juego, tras lo cual vino la parte lúdica. Algunos de los partidos despertaron tal nivel de fanatismo que hubo que controlar a la hinchada, que elaboró banderas de apoyo a los jugadores y hasta tenía una montaña de papelitos picados para festejar el triunfo (papeles que requisé y fueron a parar a la basura porque mucho jueguito, mucho jueguito, pero el salón al profe siguiente siempre hay que dejárselo en condiciones). 

Cuando ya habíamos ordenado todo y estaba por tocar el timbre les dije notas: varios reclamaron que le subiera un punto al trabajo de algún compañero, explicándome el tiempo que les había llevado realizar el juego (pese a que yo había puesto calificaciones de 8 para arriba). Después cuatro o cinco vinieron en el recreo a contarme lo felices que estaban de que Luis Suárez estuviera en Nacional y cómo el tema había sido trending topic en el fin de semana, con millones de menciones en twitter.

Y digo yo: ¿de qué clase de Literatura se van a acordar estos gurises cuando sean adultos y hayan dejado muy atrás a Bécquer y a Lazarillo de Tormes? ¿Cuánto tuvieron que estudiar y repasar para elaborar 20 o 30 preguntas de los temas que hemos visto desde marzo hasta ahora? ¿Y qué mejor oportunidad que esta para evaluar la solidaridad entre pares y el acercamiento cordial entre estudiante y docente? 

Yo aprendo mucho de estas clases. 

Y así estamos.





Jueves de tarde. El gato viejo duerme desde la mañana y decido enfrentar el frío para hacer un par de trámites y algunos mandados. De camino paro en una cafetería que me seduce con finalidad de vicio y mientras tomo el calórico, caro y nunca bien ponderado moka se me da por revisar las notas del teléfono, a ver si borro alguna cosa (porque desde hace dos años y medio edito siempre la misma página y la cosa a veces se vuelve medio entreverada). Leo largas listas de compras, recomendaciones de libros, series y lugares, apuntes de conferencias, crónicas inconclusas y un montón de datos y frases que no logro interpretar. Entre ellos, una lista de lugares y animales que me dejan un tanto desconcertada: ¿qué tienen que ver Neptunia y una hormiga? Se aceptan sugerencias.

Saludos desde la tarde que amagó con tener sol pero se arrepintió al instante. 

Ya vendrán tiempos mejores; incluso (quizás, si todo sale bien) es posible que algún día podamos lavar la ropa. 

Buenas tardes.




Miércoles, 4 de la tarde. Suena el teléfono fijo. Lo miro de reojo desde la mesa de la cocina: no tengo ganas de atender porque suelen ser promociones de Secom o propuestas para cambiar alguna cosa largando algunos pesos. Como escuché en la radio: "cuando suena el fijo solo puede ser mamá, promoción o secuestro express". 

Pero el teléfono sigue sonando, y termino por levantarme.

_ Hola. 

Silencio. Voz de viejita:

_ ¿Quién habla?

_ ¿Con quién quiere hablar?

Silencio. Al rato, una risita:

_ No debe ser ahí, en esa casa son todos hombres. 

_ Ah, entonces no. 

_ Ta luego. 

_ Ta luego. -respondo, aunque a la viejita de la risa pícara no la voy a ver luego ni nunca. 

Dos minutos más tarde vuelve a sonar. Ocho o diez veces. Corta. No vuelve a intentarlo.

Y esa ha sido la mayor interacción con el teléfono fijo que he tenido (más o menos) en lo que va del siglo.





7.25 de la mañana. Una compañera y yo estamos saliendo de la sala de profesores del IAVA cuando ella ve un movimiento debajo de las mesas de las computadoras: 

_ ¡Mirá, hay un pajarito! 

_ Ah, pobre, se debe haber quedado encerrado desde ayer... -comenté, al tiempo que abría una de las puertas para dejarle el camino libre, hasta que la profe dijo:

_ Uy, tiene una pelusa enganchada. No va a poder volar. 

Era cierto. El bichito era un pichón ya un poco crecido y arrastraba tras de sí una pelusa de pelos y mugres varias de unos diez cm. de largo. 

Comenzamos la cacería. El pichón no iba a poder volar con ese colgajo, así que cerramos la puerta y le cortamos el paso hasta que la otra profe logró atraparlo y yo salí en busca de unas tijeras. Por suerte afuera había unas chicas del Artístico del año pasado que en seguida nos facilitaron una. Traté de cortar la pelusa con la mayor delicadeza pero no era fácil, porque estaba muy enredada en sus deditos y la miopía y todo eso. Al fin lo logramos, pero el pichón no volaba. 

_ ¿Qué hacemos?

_ ¿Y si lo dejamos encima de esa planta?

_ Dale.

_ Uy... ¡No me suelta la mano!

_ Pobre, está asustado. A ver si entre las dos... Ahí. Bien. Ojalá que sobreviva. 

_ Ojalá.

Dejamos al pichón entre las hojas de una plantita, protegido de la lluvia, y nos fuimos cada una a su grupo, mientras yo me concentraba en la buena acción de la mañana e intentaba olvidar la imagen que había visto hacía diez minutos de una persona durmiendo bajo la cornisa de un edificio, frente al liceo, sobre el suelo mojado del invierno. La otra profe y yo realizamos una pequeña y buena acción individual pero lo otro sigue estando, implica un problema estructural y demanda por lo tanto soluciones estructurales. 

Todo para decir que me siento impotente (y triste). Tan gris como el martes. Como si me hubiera quedado encerrada en un mundo que no es el mío y por alguna razón no pudiera volar, por ahora. Por ahora. 

Espero que por lo menos el pajarito se salvara. El de la foto no es él sino uno parecido. Si alguien sabe de su paradero se agradecen informes: es un bicho gris, plumoso, un poco tímido y bastante silencioso. Mullidito. Lindo.




Hace como tres meses (sin exagerar) que el gato viejo solo duerme en el sillón, come y hace sus necesidades en la bandeja sanitaria. Hoy lo saqué un rato a la ventana, por aquello del sol y la vitamina D (que no sé si aplica a los gatos) y de repente ya no estaba... Salgo al frente a ver si no lo sacude algún perro del barrio (porque el viejo está flaco y debilucho) y lo veo yendo al baño en el jardín de una vecina que no soporta a los gatos!!!! Por suerte terminó y vino corriendo a meterse en el living y zambullirse en su sillón, porque la vecina no tiene buen carácter y yo ya me veía metida en un lío barrial de esos que una no busca pero a veces encuentra. 

El gato viejo ha sobrevivido mucho más de lo previsible dado su edad y sus múltiples heridas de bicho entero y callejero; mi relación con la vecina es cordial y vamos a ver si sobrevive. 

Historias mínimas, estimados. Acabo de escuchar en la radio que el martes es el día de Aries y voy a ver si en lo que queda del día justifico mi condición de ariana o si empiezo a descreer de la astrología radial (lo que me quede más fácil, como siempre).

Buenas tardes.






Reciclando historias… (2015)

_ ¿Va a llevar algo más?
El feriante joven me miraba, bolsa de nylon abierta y lapicera preparada para seguir sumando ítems en la cuenta.
_ Sí. Mandarinas. ¿Esas que tenés ahí son Elendale?
_ No, joven.- terció un veterano, el dueño del puesto, de mejillas coloradas y unos ojazos azules que gritaban a las claras su ascendencia italiana.- Esas son tangerinas-tangerinas. Pruebe una.
_ No, igual te creo...
_ Pruebe, pruebe.
Y probé. Dulces, suaves deliciosas.
_ Y ahora pruebe aquellas, las de adelante. 
_ ¿Qué son?
_ Pruebe.
Y probé otra vez, y me fui de golpe a los ocho años, al sabor de verdad, al olor, a la cáscara que se pega en la fruta, al tangerino del patio de mis abuelos al que con mis primas asaltábamos a diario y que era el refugio cantado en todas las escondidas.
_ No puedo creer…
_¿Vio? Se llaman Montenegrinas. Es que las de Salto son tangerinas de verdad.
Y siguió explicando cosas sobre las variedades de frutas y el proceso de transporte y almacenamiento de los cítricos, mientras yo pensaba que cuando uno ama lo que hace no hay profesión anodina.
_ Adiós, querida, que te vaya bien, cuidate.- me despidió, ya con la confianza de saber que me había convertido en su fan número uno y clienta de cada fin de semana a partir de ahora. 
Y me fui.





En una época caminaba por la rambla y cuando veía a una persona sentada sola y mirando la playa pensaba “pobres, los solitarios de domingo, salen a ver pasar la gente igual que las familias del interior sacan el auto al borde de la ruta para contemplar el tráfico del final del fin de semana”. 
Ahora, a veces, cuando no voy a caminar por la playa y el tiempo no está demasiado neblinoso, me siento en una cafetería a ver pasar la gente y a imaginarles historias. 
A mi lado hay una pareja con cuatro niños varones de entre cuatro y nueve años. En cierto momento uno de ellos dice que cuando se vayan va a extrañar al Uruguay y dos de los otros le hacen coro:
_ ¡Yo también voy a extrañar a Uruguay!
El que no dice nada es el mayor, que mira para abajo pensativo y se pone a ordenar los autitos rojos de plástico que los hermanos han desparramado sobre la mesa.
En la puerta de la tienda de enfrente hay un par de hombres cargados de bolsas esperando a que salgan sus parejas. Miran el celular, no saben cómo pararse, hasta que ellas asoman y deciden que ya es hora de avanzar y continuar mirando otros comercios.
Detrás de mí alguien le da una indicación a una chica que parece ser su novia: 
_Vamos a ver si más allá hay lugar. -y lo dice con tal tono de cheto que reprimo las ganas de imitarlo y repetir sus palabras en voz alta, porque debo decirles que no soy buena persona y cuando escucho una voz afectada enseguida me vienen terribles ganas de parodiarla en voz alta.
Dos adolescentes con pinta de primero de liceo recorren el local hasta que encuentran las sillas vacías que necesitan para llevar a una mesa abandonada, en un costado. 
La música funcional se mezcla con los gritos de los niños que van a extrañar a Uruguay, con las voces de los empleados llamando a los clientes para darles sus cafés ya preparados y con el ruido de los autos en la avenida, a pocos metros. 
Empiezo a planear una novela cuya acción sólo transcurra en una tarde gris y cuyos personajes todo el tiempo entren y salgan del mismo shopping. La narradora podría ser una profesora de Literatura que solía ir a caminar a la rambla cuando había sol y el tiempo no parecía estar demasiado neblinoso. Alguien que de repente se encuentra un domingo de tarde sentada en una cafetería viendo pasar la gente e inventándole historias. Algo así.





Tuve un sueño en el cual despertaba en un lugar extraño y recordaba el sueño de esa noche, en el que yo revivía un viaje en ómnibus con mis amigas que en verdad nunca existió. 

Ahora no sé si estoy adentro o afuera y no estoy segura de dónde prefiero estar, porque en el sueño del sueño volaba, y volar es algo que vengo intentando desde que tengo memoria (o quizás desde la última vez en que creí despertar). 

Buenos días.




Ella tiene unos 4 o 5 años, viene abrigada con una camperita fucsia y peinada con un coqueto moñete en lo alto de la cabeza. Los padres tienen veinte y pocos años, parecen alegres y juegan todo tiempo con la niña. Ella canta, ríe, pide que le hagan cosquillas y cada pocos segundos grita de alegría con toda la fuerza de sus pequeños pulmones. 

Qué lindo es escuchar reír a un niño, pienso, qué importante para todos recordar que la vida no es solo bajón, invierno y un gobierno blanco interminable. 

……….

Algo para el dolor de cabeza, ¿tienen? Porque la nena gritona y los padres cosquilleros vienen acompañando mi viaje desde hace media hora y no-los-aguanto-una-parada-más. 

Buenas tardes. 

Saludos desde el mundo de la intolerancia a los chillidos y a cualquier sonido fuerte (excepto si proviene de Peluffo cantando en vivo y yo gritando malditos tus ojos que me han condenado el corazón, etc).




Salgo del liceo y camino hasta la Ciudad Vieja. Hablo media hora por teléfono con mi madre. Tomo un moka. Miro el cielo azul que se deja ver desde la esquina. Respiro lento, suspiro en silencio, pero la sensación de impotencia no se va.

No es tarea fácil ser docente, estimados. Más allá de cuántos palos nos peguen por los prejuicios de siempre o por las razones políticas de turno, no es fácil estar cada año al frente de cientos de gurises cuyas historias muchas veces ni siquiera vislumbramos. Hay una soledad helada y cortante que se nos viene encima dos por tres y nos deja medio desactivados. Después hablamos con algunos compañeros y nos ponemos de nuevo en pie, pero ¿a qué costo?

A mí escribir me salva (por ahora).

No es un mensaje alegre y alentador por el día del amigo, lo sé, lo siento, pero a veces no se puede. A veces no se puede.




Hay veces que las palabras no sirven para nada. Una quiere decir tanto y ellas ahí, tan insuficientes. 

Una dice "buenos días" por costumbre y sin pensar, justo un segundo antes de darse cuenta de que aunque afuera hay sol y cielo azul adentro del salón solo se ven ojos llorosos que no saben para dónde mirar sin ser mirados. Ojos bajos. Bancos sin cuadernos. Un pizarrón escrito desde antes de las vacaciones. Silencio.  Nadie sabe qué hacer o qué decir. Ni ellos ni yo. 

Les hablo desde el corazón y les digo que francamente no sé que es lo mejor para ayudarlos, pero quiero. Ellos tardan unos minutos, hasta que poco a poco empiezan  a encontrar las palabras.. Me siento en un banco del fondo, porque no quiero quedarme junto al escritorio: todos somos iguales ante la muerte. Al rato empezamos casi sin hablarlo a acomodar los bancos para que queden en ronda, y seguimos buscando caminos que diluyan (un poco) las angustias. 

Hablamos de la adolescencia, de la literatura y de las palabras que no saben ser suficientes ante un dolor tan fuerte y tan inesperado. Ellos me van contando quién era la compañera, y a través de sus palabras comienza a perfilarse su figura en el recuerdo. 

_No cursaba Literatura porque ya la había aprobado.

_Era un poco mayor que nosotros; tenía veinte años. 

_Yo la conocí antes, en el volley…

_ Con la que hablaba pila era con una pelirroja…

Antes de terminar la clase les reparto las pruebas corregidas, ellos leen en voz alta algunos textos propios y las nubes empiezan a hacerse (un poquito) más livianas. 

_Gracias, profe. -dijo uno de estudiantes cuando tocó el timbre- Ahora que pude desahogarme me siento un poco mejor.  

Yo no me siento mejor. Me arden los ojos y por mi cabeza no hacen más que desfilar poemas tristes. El dolor ajeno se me metió en el alma y va a quedarse allí un ratito, pero al menos las palabras ayudaron, pienso, sabiendo que de todos modos nunca serán suficientes. 

Las palabras, el tiempo y el afecto. ¿Qué más nos queda para compartir? Son todo lo que tenemos. 

Y así estamos.





"En ese momento, cuando nos ponemos el saco de incendio y el casco, no hay emociones" dice uno de los bomberos que trabajó en el rescate de las víctimas en el atentado a la Amia (Bs. As.) hace 28 años.  "Después pasa esto" dice, con la voz quebrada, mientras recuerda detalles del rescate. 

A las 7 de la noche, cuando estaban desde el mediodía trabajando, se produjo un segundo derrumbe. Un frío helado, personas con el agua al cuello, una de ellas atrapada tras una mesada que se le vino encima pero de alguna manera le salvó la vida, al crear un espacio que no quedó tapado por los escombros. Era Martín, un mozo que al momento de la explosión estaba repartiendo el café, al que solo podían acceder a través de un pequeño hueco de lo que fuera una pared. 

_ Pudimos llegar hasta él, yo que era el más delgado pude pasar el brazo, le agarré la mano y no me soltaba ni por casualidad. 

Ante la amenaza de un segundo derrumbe los bomberos tuvieron que salir. Le dieron una linterna a Martín y uno de ellos antes de irse se sacó el reloj y se lo dio. 

_Era de mi papá: lo voy a venir a buscar. 

Martín fue el único de los que estaban atrapados en ese sector que pudo sobrevivir. Hubo 85 muertos y 300 heridos. No hay culpables condenados por el atentado. 




Dos por tres voy a caminar por la rambla para el lado de Punta Gorda (cada vez que pierdo el ómnibus a Malvín y pasa un 306, por ejemplo): suelo arrancar en Gallinal y a veces llego hasta Arocena. Hoy en particular me llamó la atención la cantidad de macumbas que vi entre la playa de los Ingleses y la Verde: maíz, naranjas, jarrones, flores blancas, muñecos (bastante creepys) de madera, entre otras cosas. Unos veinte “trabajos”, quizás más. 

Hace unos meses una chica de sexto año de Ingeniería me dijo que esta es una época donde los jóvenes se sienten tan perdidos que hay un florecer de la astrología (en su peor variante) y de todo saber que se aparte de lo racional. Como que, dado el fracaso de la ciencia y la filosofía tradicionales para dotar de sentido a un mundo que cada vez se siente más impredecible, de alguna manera ellos sienten que este es el momento de apostar a lo esotérico. 

No sé si eso tiene que ver con la cantidad de cosas que vi hoy en la orilla. Collares, vasijas, ataduras, gallinas muertas… Una naranja medio tajeada y revestida de plumas negras (muy inquietante, por cierto). 

Comparto unas pocas imágenes, las más leves. 

Ayer comenté que un poquito me sentía en la Edad Media; hoy creo que debo andar por sus inicios. 

¿Cuándo para este retroceso? ¿Tiene un final? Supongo que se da solo en Latinoamérica, pero (la verdad) no estoy segura. 

Y con estas alentadoras consideraciones, me despido, estimados. 

Que tengan un buen final de domingo.




El muchacho era sudafricano y tenía 23 años. Participó en un juego o desafío en un boliche para ganar un premio de 12 dólares, se tomó una botella entera de Jagermeister en dos minutos, sufrió un colapso y se murió. Hasta ahí una tragedia, la peligrosa fusión de ignorancia y pobreza sumadas a la inconsciencia propia de algunos gurises que a los veinte años suelen sentirse eternos. 

¿Da para que en las redes se comparta el video?

¿Cuál es el morbo de cosechar likes por haber registrado el momento mismo de la muerte?

Obviamente, el suceso se registró como parte de la apuesta, pero una vez que el chiquilín se muere, ¿por qué subirlo?

Pasó en el otro extremo del mundo, pero igual. Estamos todos en el mismo barco. 

Hay días que me siento en la Edad Media.




2016-2022: adivinen quién fue la que más creció en los últimos 6 años en esta casa. 🌿

Ps: ¿Siempre llueve en esta fecha?

Ps 2: ¿Siempre estoy con tiempo para intrascendencias los 16 de julio?

Ps 3: ¿Qué se hizo del farolito del fondo?*

Ps 4: ¿Quién le dijo al laurel que él también estaba admitido en este patio?

* Lo tiró Matilda. 

Ps 5: Extraño a Matilda.

Ps 6: Sorry, golpe bajo, trataré de no hacerlo muy seguido. 

Buenos días.




Ellos son dos cuarentones que vienen un poco copeteados y charlan en voz muy alta en el ómnibus. Al principio el tema es la guerra de las Malvinas, después discuten por qué les caen mal los chilenos y al final recalan (cuándo no) en el fútbol. 

~ Cuchá, Cabeza: el uruguayo es conformista. Cuando tiene en el bolsillo treinta millones de euros ya no juega más. 

Mirá vos, ahora resulta que soy definida por un señor semi tomado en el 405. Yo no juego al fútbol, pero desde ya afirmo que cuando tenga treinta millones de euros voy a hacer lo posible para encajar con ese estereotipo. 

Buenas tardes.




Voy a anotar en las notas del teléfono la novela que alguien acaba de recomendar en la radio y me encuentro con una anotación que hice en la madrugada: alguien me había transmitido un mensaje muy importante y no quería olvidarlo, así que lo escribí. 

"buenos días deberé Valle rubia". 

Qué bueno que lo tengo registrado; ahora mi vida tiene sentido. 




Las dos vienen charlando animadamente en el 405. 

_ Esta es peor edad. Es el momento en que se define toda tu vida, todo el futuro, el de tu familia, todo. 

_Ay, sí, esta es la peor edad.

_La crisis de los veinte... 

_Tal cual.

Me dan ganas de decirles que están en la mejor edad de la vida, que no se carguen de ideas fatalistas y que los zapallos siempre se acomodan en el carro, pero sé que no corresponde escuchar conversaciones ajenas y además (sobre todo) sé que es difícil que un veinteañero escuche la voz de la experiencia, así que me pongo a escribir en el teléfono para salir del modo escucha. 

Saludos desde la mejor edad de la vida, estimados. Que la lluvia de hoy no nos amilane, que el sol ya va a volver (si él quiere).




Momento publicitario

Lavalleja se va para arriba. No solo en Villa Serrana hay un despliegue más que interesante de propuestas turísticas y gastronómicas asociadas con lo orgánico y natural, sino que en los alrededores de Minas hay al menos media docena de sitios para recorrer sí o sí. Con mis amigas hace un par de años hicimos el camino del Hilo de la Vida, la gruta del Arequita y otros sitios, con mis viejos muchas veces he ido al Cerro del Verdún, al Campanero y el Parque de la UTE. Esta vez recorrimos el Penitente y el Parque Salus (al que no iba desde los diez o doce y fue como un viaje al pasado porque salvo unos cartelitos lo demás está igual, igual, tan igual como si nadie nunca le hubiera puesto un peso para renovarlo). Todavía me falta el Templo Budista, al que ya agendé para ir en setiembre (porque abren poco para las visitas).

El almuerzo en la Estación Penitente (en un restaurante armado sobre la base de vagones de tren, con mirador panorámico hacia las sierras) resultó una experiencia inolvidable tanto por el nivel de la carta como por la atención y la decoración del lugar, incluyendo una gata mimosa en el adentro y un perro hermoso y acompañador en el afuera. Pasamos la noche en San Francisco de las Sierras, un complejo de cabañas con ventanales enormes, piscinas fría y climatizada y desayuno con productos caseros, a 12 km de Minas.  

En tres oportunidades vimos zorros (en el Penitente y en el Parque Salus). Ayer de mañana nos levantamos con la sorpresa del campo blanco por la helada en todos los sitios a los que el sol no había llegado a derretirla. Vimos la salida de la luna enorme en la tarde el martes y el cielo despejado del miércoles nos regaló una luna llena a la caída de la noche, tan impresionante como nuestros inútiles esfuerzos por plasmarla en fotos de celulares que mostraron -sin excepción- un foquito desvaído y falto de contornos, medio flotando sobre el horizonte. 

Con algunas de mis amigas charlábamos ayer sobre la posibilidad de vivir en el campo: a ellas la soledad y los grandes espacios vacíos no les resultan tentadores, pero a mí sí. Dame una casita en Lavalleja con wifi, que yo en seguida me consigo un par de gatos, un perro y tal vez alguna oveja (para no sentirme la única de rulos en la familia), y ahí me quedo. Minas está a 56 km de Pan de Azúcar (sí, me fijé…), así que de última estoy más cerca de Valizas que desde Montevideo. 

Proyecto de cambios post laborales gestándose en 3…2…1… 

Y en eso estamos.




Tres cuentitos (ajenos) 

1. Historia de mi tío (ayer, en la plaza)

_ A la gente de antes le gustaba que fueran visitas de Montevideo, porque un poco les llevaban las noticias en una época en que no había tele ni radio; por eso a Los Montaraces los invitaban seguido para que fueran en Turismo a alguna estancia. Una vez yo no había podido sacar licencia en la fábrica y solo tenía (juntando unas guardias) 56 horas para compartir con la barra, que estaba pasando la semana en lo de Rogelio, en los Cerros de Amaro. Por suerte tu viejo llevó la bicicleta y me la dejó recostada a un alambrado en el frente de un almacén. Así nomás, sin candado ni nada, porque no hacía falta. Yo fui en la Onda, me bajé, agarré la bici (que no era una cosa del otro mundo, más bien todo lo contrario) y pedaleé los 10 km hasta el campamento. A la vuelta tuve que hacer igual, pero el problema es que era de noche y llovía; incluso por el camino me salieron al cruce un montón de perros que casi me hacen caer. La Onda pasaba como a las dos de la mañana y yo llegué pasada la medianoche (había salido con tiempo, por las dudas). Cuando llegué a la carretera dejé la bici en el alambrado, crucé a esperar el ómnibus y me refugié contra una roca enorme que por suerte me paraba un poco la lluvia, pero en eso se me apareció un zorrillo y tuve que salir corriendo, porque si el bicho me rociaba no me iban a dejar subir a la Onda. O sea que me ensopé, pero por lo menos pude hacer el viaje, porque a la fábrica no podía faltar.

2. Historia de mi vieja (hoy por teléfono)

Una vez estábamos acampando y el Cele se fue de noche a cazar con el rifle. Yo me quedé sentada en unas rocas, mirando la noche, hasta que en eso siento como una respiración rara al costado, y del susto me tiré para atrás y apoyé la mano en una cosa peluda, como con espinas. ¡Era un tatú! Yo me había sentado en la puerta de la cueva y se ve que como estaba tan quietita el bicho no me sintió, y estaba saliendo de lo más pancho cuando le apoyé la mano en la cabeza. No sé quién se asustó más, si el tatú o yo.

3. Historia de mi prima (hoy, por mensaje)

Los hermanos de la Baia eran Imágino, Godofredo, Floro, Francisco y Rosalino, y las hermanas eran Floriana y Esmeralda (la Nena y la Nenita, nunca supe cuál es cuál). Y después estaba el tío Dulo, que con los años me enteré que era Teodulo y que no era pariente sino vecino. Una vez que vino de visita a Montevideo (allá por el 70 más o menos) se subió en un Cutcsa de los viejos abiertos atrás, no sé si era un 102, 106 o 110, sé que doblaba por Cuchilla Grande. Iba tan lleno que le colgaba un pie, y Teodulo desde que subió en Pirineos hasta que se bajó fue sacando chispas todo el camino.



Mi tío Valmar es el menor de los hermanos varones de mi viejo y el penúltimo hijo de la docena que tuvieron mis abuelos. Estuvo operado hace unas semanas y (pese a que vivimos a una cuadra) hacía muchos días que no me lo cruzaba, así que cuando lo vi hoy recostado a su árbol favorito de la plaza me paré a charlar un ratito. Eran las doce del mediodía y yo estaba arrancando tardíamente hacia la feria de Tristán para hacer mandados y sacar alguna foto, pero bien valía demorarme diez minutos a charlar con mi tío preferido. 

Él arrancó por contarme que hace un tiempo se arregló el tronco del árbol a su gusto, sacándole unas protuberancias que le molestaban para usarlo de respaldo. Yo me senté en el pasto y empezaron a desfilar los temas. Historias de mascotas, de la familia, recuerdos de una estancia a la que fuimos él, mis viejos y yo en febrero de 1979, cuentos de cuando él y mi padre se iban todos los Turismos a acampar con la barra de amigos del barrio ("Los montaraces"), historias de la dictadura, de las bodas de oro de mis abuelos, de campos que quedaron en el recuerdo y de misterios nunca aclarados. 

Cuando me decidí a levantarme ya eran la una y media de la tarde. Demasiado para tomar el 103 hacia el Cordón: terminé en el bar de al lado de la cooperativa comprando una muzzarella con roquefort, que siempre sale rápido y les queda más que bien. 

Charlé con la señora de la caja, charlé con la del quiosquito de al lado (donde pasé a comprar algún vicio en forma de chocolate), charlé con el vecino de enfrente (que dijo que me invitaría a un asado si no fuera que no como carne) y me crucé con una viejita de la otra cuadra que de pasada me dijo que tiene una foto en la que aparecen mi abuela y parte de la familia, y que me la va a alcanzar apenas pueda. Entré a la casa (todavía fría por los días anteriores) y terminé explicándole al gato viejo que no todo en la vida son sobrecitos fucsia de comida con gusto a salmón, cosa que no creo que haya entendido del todo. 

El veranillo de San Juan nos regaló un domingo esplendoroso, y cada uno lo disfruta como puede o quiere. En mi caso ya saldré a caminar un rato antes de que caiga la tarde: por ahora urge registrar las historias antes de que se borren de la plasticina imprevisible de la memoria de los Rodríguez.  

Y en eso estamos.




Imaginate ser una mujer que nace en una favela de Río en 1930, hija de un obrero y una sirvienta. Imaginate que a los 12 fue abusada por un amigo del viejo, que no tiene mejor idea que casarla (a los 13) con el violador. Imaginate que vivió con él nueve años y que tuvieron cinco hijos, dos de los cuales murieron de hambre. Que le pegaba y no la dejaba cantar, pero igual ella se escapó un día para ir al programa radial de Ary Barroso, al que llegó con un vestido de la madre sujeto con alfileres, tan estrafalario que el conductor preguntó:  

_ ¿De qué planeta venís?

_ Del mismo que vos: del planeta del hambre. 

La gente se quedó callada, Elza cantó y Ary terminó el programa diciendo:

_ Hoy ha nacido una estrella.

Pero la familia no la dejaba cantar, e incluso una vez el marido le pegó dos balazos. Para entonces ella tenía 16. Cuando cumplió los 21 él murió de tuberculosis, y allí arrancó la carrera musical de Elza Soares. Cantó con Armstrong, con Piazzolla, con todos, fusionó el jazz con el samba y terminó siendo amante de Garrincha, el futbolista bicampeón del mundo, que por ella dejó a su mujer y nueve hijas. La sociedad brasilera puso el grito en el cielo, y más cuando Elza cantó una canción con el título “Eu sou a outra”. En la radio rompían sus discos en vivo, como protesta.

A los 33 años Garrincha dejó el fútbol (por lesiones) y arrancó para la bebida. Los dos eran de izquierda; durante la dictadura sufrieron amenazas e incluso una vez les ametrallaron la casa, por lo que se fueron a Italia, donde los recibió Chico Buarque. Garrincha se puso más violento; una vez le voló a Elza varios dientes de una trompada, hasta que murió de cirrosis a los 50. Para entonces la ex mujer de Garrincha había muerto y Elza, que tenía un hijo de tres años con el futbolista, adoptó también a las nueve hijas anteriores. 

Pasan los años. En 1986 el hijo, “Garrinchinha”, muere en un accidente de auto, y durante mucho tiempo Elza toca fondo. Recién en el 92´se comienza a conectar de nuevo con la música, que como siempre la salva. En el 2000 inicia una relación con un actor 40 años menor que ella que la va llevando a la fusión del samba y el hip hop. Premios, nominaciones, éxito. Nueva relación, ahora con un hombre 47 años menor, que la introduce en el mundo de la electrónica. En 2015, con 85 años, graba un disco con el que la crítica explota y la transforma en leyenda viva de la música brasilera. 

Elza Soares murió en enero de 2022, a los 91. 

Avisó que ese día se iba a morir, fue a dormir la siesta y se murió.

Y una acá, preocupada porque las vacaciones de julio vinieron con poco sol. 

Imaginate.





Tres de la tarde: alguien golpea a mi puerta. Bajo el volumen de la computadora y atiendo por la ventana: es una chica que pregunta si alguien ha pasado por mi casa a dejar unas muestras de perfume.
_No, para nada. -le respondo- O tal vez pasaron y yo no estaba. -rectifico, pensando que en verdad alguien golpeó hace unas horas y no me dieron ganas de atender porque también tocó timbre en la casa de al lado. 
_Ah, bien... -dice ella, y agrega -¿A ti te interesa? ¿Tú no sos de usar perfume, no?
_ No, gracias. -contesto, antes de volver a meter la cabeza en mi casa. 
Está bien que todavía no me peiné y no tengo ni sombra de maquillaje encima, pero ¿daba para presuponer por eso que no voy a usar perfume? ¿Dónde están las técnicas de marketing, la motivación del cliente, el sutil mimo al ego que conduce del desinterés inicial a una posible venta? Me hizo acordar a un señor que vende buzos en la feria y cada vez que le pregunto un precio me contesta:
_Esos son los talles medianos, los grandes están acá, de este lado. 
Maldito señor sin psicología (y sin criterio, porque ya le compré dos medianos que me quedan perfecto). 
Quejas mínimas en la tarde de invierno, estimados. Pequeñas acciones inexpertas que provocan molestias en el receptor-potencial cliente. Tengan en cuenta que he sido vendedora durante más de diez años, o sea que supe estar (y estoy) de los dos lados. Las acciones que cuento serían equivalentes a que yo le dijera a un estudiante "a vos no te gusta leer, ¿no?", o "esos libros son para lectores expertos, los que vos podés entender son los de acá, de este lado". 
Media pila (y ponerse en el lugar del otro, que nunca viene mal, y no abunda).
Y ahora, con su permiso, me voy a peinar, y capaz que hasta me ponga perfume. Buenas tardes.



Parece que hoy Aries tiene que buscar a Escorpio, Tauro tiene a Escorpio en contra, Géminis recibe ánimos de Escorpio que a Libra le proporciona sabiduría, Sagitario tiene a Escorpio a su disposición y a Piscis la luna en Escorpio le hace bien. 

Para mí que la señora que hace los horóscopos en el diario quiere caerle bien a uno de Escorpio, o de repente trata de levantarle el ánimo haciéndolo imprescindible para la mitad del Zodíaco. 

Síganme para más conclusiones reveladoras de viernes por la mañana.




"Crimen pasional" se dijo durante años, e incluso se manejó la posibilidad de un pacto de suicidio. Delmira no fue la primera en faltarnos un 6 de julio de 1914 a los 27 años, pero sí es quizás la primera de la que tenemos memoria en esta "tacita de plata" donde la memoria es incapaz de recordarlas a todas y donde solo se aspira a pensar que algún día, tal vez, la violencia de género será cosa del pasado. "Si la vida es amor bendita sea", podremos decir sin mirar de reojo hacia el costado. 

Hasta entonces: respeto, memoria y resistencia.





Cae la tarde sobre la ventana de la cocina. Veo que Damian Kuc ha subido un video sobre astrología y decido distraerme un rato mientras tomo un cafecito con los scones de queso que (al fin) preparé hace un rato.

"No somos el centro del universo; para ser un poco más específicos vivimos en una nebulosa de polvo que orbita una estrella mediana en el brazo de una galaxia que forma parte de un grupo de galaxias del cual jamás vamos a salir. Ese grupo de galaxias es tan solo uno de los cientos de grupos que conforman  un súper cúmulo de galaxias y nuestro súper cúmulo es tan solo uno de los cientos que conforman lo que llamamos el universo observable, que es simplemente lo que podemos ver con grandes telescopios. Quizás el universo sea un millón de veces más grande, tan grande que nuestro cerebro ni siquiera puede comprenderlo o imaginarlo. Nosotros simplemente estamos ahí, diminutos, intentando creer que todo pasa por algo."

Salgo del video y miro la pared frente a mis ojos. En un rincón de la nebulosa de polvo hay un planeta azul y redondo que tiene en la periferia una zona de luces tenues junto a un río como mar pero barroso y sin olas. Soy un átomo silencioso e inmóvil que pestañea sin decidirse a reaccionar frente a la pantalla que acaba de cachetearme sin piedad por las neuronas hasta hace dos segundos distendidas y alegres en el comienzo de las vacaciones. 

_Miau.- suena entonces a medio metro de mi cerebro. Es un llamado que no admite dilaciones, filosofías ni pseudociencias.

_ Ya voy, gato, ya voy. 

El universo se reacomoda en el molde de lo cotidiano. Lleno el platito de unas cosas redondas con gusto a pavo, salgo de youtube y me pongo el segundo capítulo de una serie que solo se cuestiona quién fue el traidor en un grupo de amigos hace treinta años. Aquí no ha pasado nada, y los scones (pese a mis propios pronósticos) no quedaron del todo incomibles. 

Buenas noches.




Tomo un capuchino en una cafetería pequeña y acogedora, mientras mi amiga se ocupa de temas familiares. En las otras mesas hay gente que recién almuerza o que deja pasar las horas al solcito manso de la tarde de invierno. Un perro salchicha mira a su humana con adoración, al tiempo que ignora a un joven que trata de hacer lo mismo pero más disimulado. Un señor pelado se ocupa en mirar el mundo a través de unos lentes fluorescentes amarillos que casi casi hacen juego con su campera dorada. “Bueno, chicos, ¿cómo estuvo todo?” se escucha a cada momento, en tanto la señora rubia de rulitos (vulgo yo) sigue esperando a su amiga, toma su capuchino con exceso de canela y se pregunta si no habrá una forma más complicada de disponer las servilletas de papel que meterlas en un bollón de vidrio con tenedor de uso misterioso. (salvo que fuera para el micro alfajor de chocolate, porque la señora de rulitos acaba de almorzar en otro lado pero nunca es capaz de resistirse a una pequeña tentación,  especialmente si viene en formato chocolate-harina-dulce de leche). 

Y en eso estamos. 

A unos pocos kilómetros de casa, pero en otro mundo. 

Buenas tardes.




Las personas pasan y pasan frente a mis ojos. Tres cuartas partes visten de negro, incluyendo a los más jóvenes. El sol aún ilumina la avenida frente al shopping, pero ya muy débil y con ganas de rajarse. Es el primer fin de semana de las vacaciones y a los padres con niños se les suman los adolescentes con amigos y las parejas sin nada mejor que hacer en un sábado de invierno a las cinco de la tarde o poco menos. 

He venido a hacer mandados al medio de la gente para recordarme que después de la gripe sigue habiendo quienes charlan, caminan y hacen compras. He debido esforzarme en cada modesta interacción social de esta salida para que mi voz sonara más o menos normal y no al estilo de Gregorio Samsa tras la puerta. 

 Primero, el supermercado. 

_¿Algo más? ¿Lleva bolsas? 

_Eh… no. Dos, por favor. 

_Pin y verde. Su ticket. 

_Gracias. 

En la casa de electrodomésticos, trámite rápido y sin vueltas. 

_¿Tenés jarras eléctricas?

_Sí, claro. Por aquí, por favor. Son estas; hay de plástico, de metal… Todas son muy parecidas. 

_Dame la más barata. 

_Bien. Tiene dos años de garantía.

_Perfecto. 

Por último, había un lugar donde un Moka estaba esperando por mí desde hace un par de días. 

_ ¿Vos venís seguido por acá, no?- me pregunta el cajero de la cafetería, y antes que asuma que tal vez sea un ex alumno agrega, simpático: -te doy un cuponcito para próximos descuentos, así lo podés aprovechar. 

Lo miro con los ojos casi llorosos del resfriado que acecha en mi cerebro (aunque no emite señales, o la gente se asusta). ¡Alguien me reconoce en este mundo! Qué emoción. Me instalo con los mandados de la tarde y la jarra eléctrica  con dos años de garantía para ver pasar la gente de negro frente a mi ventana, mientras el sol del invierno me avisa que me apure, que ya se está por ir y no es cuestión de andar a la vuelta caminando entre las sombras. 

Algún día terminaré de mejorarme (espero). Al menos por ahora me voy con las compras más urgentes rumbo a casa, donde nadie se viste de negro y donde, para cuando llegue, el sol ya va a ser apenas un tibio recuerdo de otros tiempos menos fríos. 

Buenas tardes.




Hace más de una semana que estoy en casa (por gripe, tos, esas cosas) y casi no he repuesto los comestibles de la despensa, así que hoy se me ocurrió pensar que podría hornear algo para la tarde. Como no consumo leche ni manteca puse en el buscador "cocina con pocos ingredientes", a ver qué salía. Acá va el top 5 de las sugerencias: 

1. Salmón al horno

2. Garbanzos con calamares

3. Rodaballo gratinado al horno con patatas

4. Pollo al horno con finas hierbas

5. Fabada (una cosa con embutidos) en olla de cocción lenta

Listo. Ya tengo solucionada la merienda. 

Ah, es verdad que soy vegetariana, pero ¿quién no tiene en su casa algo de salmón, calamares, rodaballo, pollo o embutidos asturianos? 

Sí, caí en una página española, pero igual... yo solo quería hacer unos scones de queso sin manteca, yo qué sé...

Igual algo va a salir. Una pascualina, algo de eso. No sé. 

Ampliaremos.