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sábado, 4 de enero de 2020

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Yo:_ ¿Es grande el aeropuerto de Panamá?
La chica del mostrador en Carrasco:_ Eh... Es mas grande que este...
Tiene 225 puertas.


Una ya sabe que las fotos desde el avión son una bosta, pero igual: una (que va en ventanilla) saca. Porque el panorama desde el cielo es tan increíble que no vale no registrar, no se puede. Ríos que forman racimos (o rizomas, no le acuerdo bien y no tengo wifi a más de 10.000 metros). Volcanes, muchos volcanes, varios de ellos humeantes, algunos rodeados por una zona desierta de arena negra. Casitas y calles en lo alto de todas las estribaciones. Barquitos dejando su huella en ríos y lagunas. El mapa de la pantalla me va tirando países: Nicaragua, El Salvador, Guatemala. Para cuando llegamos a México ya vamos por encima de las nubes, y no veo nada. Después, zonas montañosas sobre la costa oeste de Estados Unidos. Me pregunto si veré el Gran Cañon, pero se nubla.

Los dos primeros vuelos son una seda. La comida ronda en ambos el concepto de “desayuno”, incluye frutas, una barrita de cereales y algo harinoso que en el primer caso fue un croissant caliente con dulce de leche y en el segundo tostadas francesas: una cosa esponjosa de tres cm de alto, suavetona, para comer caliente con manteca o con syrup. El almuerzo se sirvió una y pico, que para mí es como tres y pico, y no tenía opción vegetariana: hamburguesa de carne o sandwich de pavo. En ambos casos, una mole de pan con algo en medio. El jugo de piña con guayaba viene siendo lo más rico.
Mientras tanto, en la pantalla, mapa de vuelo sigue mostrando el progreso hacia San Fco: Chichicastenango, Huehuetenango, Belice, San Diego... Afuera hace menos 51 grados. Faltan mil horas de vuelo. Los dos brasucas de al lado miran una película atrás de otra, en tanto yo retomo intermitentemente una novela policial de la que ya confundo nombres y sospechosos.
Es dura la vida del turista.


Vuelo de United, dos muchachos a mis espaldas:


_ What are you watching at Netflix?

_ Eeh... The irish man.
_ Oh, is good, but is too longer!!

Confirmado. Para las charlas intrascendentes no hay fronteras., y si no hay 103, siempre hay algo parecido. 



El jet lag me está haciendo hacer cosas raras. Ayer (24) me dormí a las nueve de la noche, y acá estoy, despierta en navidad a las 4 de la mañana, en la habitación sin ventanas de mi hostel. Jail 233, es nuestra celda. Tenemos camas de metal, y dos ventanas tapiadas. La única luz es la del mini arbolito de navidad de diez cm que mi amiga trajo para poner los regalos ;(que deberían abrirse hoy, pero hicimos un mix de navidades y los abrimos en lo que serían las 5 de la mañana de Uruguay).

Cada vez que decimos de dónde somos nos miran con sorpresa, pero un australiano ya había ido a Montevideo y otro dijo que quería conocer. El hostel está lleno de australianos, todos de menos de 30. En las habitaciones compartidas no permiten quedarse a mayores de 45, pero la nuestra es semi privada (dormitorio nuestro, cocina y baño compartidos con otras dos habitaciones). Queda a una cuadra de la playa, tiene desayuno y las camas son reee cómodas. Hubiéramos ido al Royal Hawai, pero sale U$745 la noche, y una no es partidaria de los grandes hoteles, vio...
Los australianos de al lado ya están despiertos, hablando en la cocina. Ellos tb deben tener jet lag, o capaz que aún no durmieron. O son otros, porque hay una voz de mujer. Es muy raro esto del apto compartido.
5 de la mañana.
Para cuando mi cuerpo adapte sus horarios a este mundo ya voy a estar amaneciendo en Montevideo a las 11 de la noche.



Salpicón hawaiano


* lleno de pájaros

* Olas gigantes, agua turquesa, arena maso (limpia, linda, pero hasta ahí)
* La mayoría son asiáticos
* Edificios por todos lados, pero mucho verde
* Todo impecable
* Ómnibus con aire acondicionado, con anuncio de cada parada (U$2.75)
* Poca gente con perros, pero los que andan con ellos los llevan al super, a la playa, etc, y hasta les ponen ropas navideñas 😱
* Homeless, varios, casi todos hombres
* Inodoros incomprensibles en los baños públicos, llenos de comandos y botones. No supe cómo usar el mío, pero al final el agua se tiró sola, y los comandos eran x si querías usarlo como bidet.
* Ni un fuego artificial. Creo, porque me dormí a las 9.
* En la calle te van regalando cremas hidratantes
* Música callejera y chicas con trajes típicos por todos lados
* Playa con espigón para cortar las olas gigantes
* Gente de todas las razas y edades, todos bien vestidos y con pinta de no tener problemas.
* Gente haciendo yoga
* Parque vacíos
* Sol que no lastima
* Limusinas
* Japoneses modelando con ropa de boda en la playa
* Libre tránsito por hoteles carísimos
* Palomas por todos lados, la mayoría blancas
* Flores hasta en los adornos del pelo: si te la ponés a la derecha, es porque estás soltera
* Gente vestida igual (parejas, familias, grupos de amigos)
* Aún no vi ningún gato



Llueve, llueve, llueve, llueve. Hay alerta de lluvias y alerta de inundación. De tsunami no, x ahora, y de rayos sí, pero en otra parte de la isla. Hace calor. No hay mosquitos. El mar sigue turquesa. Las calles desbordan de japoneses. Aún no vi un gato. Mi amiga se está haciendo un pilot con una bolsa de basura. Ampliaremos.


Ocho de la noche del 25 de diciembre en Waikiki. La lluvia parece haber amainado, aunque nunca se sabe. Hoy la ciudad estaba inundada y llena de pedazos de palmera que habían volado con el viento, pero eso no era lo único que te podía caer del cielo. Íbamos rumbo al hostel al mediodía cuando vimos cinco enormes colchones negros, de esos de las reposeras, que cayeron desde lo alto de un edificio y fueron a aterrizar en la calle y la vereda. Un auto que pasaba recibió un colchón en pleno parabrisas, aunque por suerte se manejó bien y no pasó nada. Las personas de alrededor sacamos otros de la calle, en tanto un par de turistas desde la azotea del edificio trataban de evitar que se volaran otros.

_ ¿Llovió mucho?
_ Sí, cayeron colchones de punta. (Cecilia dixit)
Sigue haciendo calor.
Hoy había canilla libre de snacks y bebidas en el otro edificio del hostel, cruzando la calle. Adivinen quiénes no fueron.
Los australianos del apto 2 ya no están, así que vamos a dormir sin voces ni risas a la madrugada (léase más de las once, porque seguimos con el temita del jet lag). Nos quedó el otro, el alto del apto 1, que parece medio oriental aunque no hablamos casi con él. Desprolijito, el muchacho. Deja la alfombra de la ducha mojada y eructa después de comer. No molesta, es amable y de buen ver, pero puede y debe mejorar.
Hay movimiento en el hostel. Gente sube y baja escaleras, charlan, salen. En nuestro apto soy la única despierta, sentada en el umbral mientras espero a que se actualice mi teléfono nuevo, cosa que iba a llevar unos minutos pero va como tres horas y no termina. Son las nueve y pico, y se me cierran los ojos del sueño, pero es que en Mdeo son pasadas las cuatro de la mañana, y el cuerpo tiene memoria de hogar.
En ocho horas nos vamos a otra isla, a ver volcanes y otras cositas.


The Big Island


El viaje a la Isla Grande comenzó en plena noche, y antes del amanecer ya estábamos bajando en el aeropuerto más lindo del mundo mundial: el de Kona, al aire libre, sin estrés, casi sin techo. A los costados una tierra negrísima con pastos secos, que al final resultó no ser tierra sino lava.

Kona es en el extremo seco de la isla, llueve poquísimo, aunque hoy estaba nublado y ayer hubo terrible vendaval, nos dijo una señora, que contó que el viento le llegó a tirar un bananero de su casa.
Comenzamos el camino guiados por Mike, un señor obeso y charlatán. Íbamos unas veinte personas, la charla se hacía en inglés y eso ayudó a que me evadiera cada vez que quisiera concentrarme en el paisaje.
La Big Island tiene 5 volcanes, el que más conocemos es el Kilauea, que hizo erupción el año pasado, pero ese es en el otro extremo, en el lado lluvioso. Acá hay uno que está activo (el Mauna Loa) pero no ha producido daños desde 1983. En ese año hubo 700 hectáreas cubiertas de lava, pero no murió nadie, porque la cosa fue muy lenta. Un día un temblor, al otro humito, después olor sulfúrico y al fin lava. La gente decía: “walk, walk for your life”. 🙂
Los Temblores de tierra son comunes, más o menos hay uno al mes. En cuanto a la lava, la negra tiene menos de cien años y la roja más, porque cambia de color al oxidarse.
En la isla no hay serpientes, zorros, mapaches ni lobos. Las vacas y las cabras son salvajes, y son especies invasoras, como casi todas. Hace 10 años vinieron unos lagartitos (geckos) verdes de Madagascar, están por todas partes y se comen a los lagartitos nativos, que son marrones. Los barcos trajeron ratas, y hubo que combatirlas con otros bichos, pero nada es muy efectivo. Hay ranitas; Mike menciona “the Never ending simphony of the cookie frog”.
Mucha costa de lava rocosa. Olas, pero no grandes. Hay una playa que se llama Magic sand, donde la arena se va en invierno y vuelve en primavera. Acá el Mc Donald’s abre a las seis y media, pero si hay olas ningún empleado aparece a trabajar hasta al mediodía.
Arboles ohia: son típicos de Hawai pero están muriendo por un hongo. Acá hay mil cuidados ambientales. Si haces trakking tenes que lavarte las manos con alcohol, por ejemplo. Los árboles ohio crecen lento y dan pocas semillas, nadie sabe cómo eliminar ese hongo.
En algunas partes de la isla hay Steam vent: agujeros de vapor. En 2018 erupcionó el Kilauea, un huracán pasó cerca y los vapores que explotaban de los steam vent se registraban como temblores: cartón lleno.
La ciudad de Hilo (“jilo”), en el otro extremo de la isla, es la segunda más poblada de Hawai, con 86.000 personas. En 1960 fue azotada por un tsunami (los tsunamis acá siempre son consecuencias de los del sudeste asiático), pero mucha gente desoyó las alertas, o volvieron a sus casas cuando llegó una olita de 3 pies y creyeron que la cosa había pasado. Por la noche hubo una ola de 35 pies, la gente estaba desprevenida y muchos murieron.
Los nombres aquí son muy musicales: Avenida Kanehameha, por ejemplo. El idioma original solo tiene 6 consonantes y las 5 vocales, por lo cual luchas consonantes se repiten. Además no hay palabras que no terminen en vocal, y muchas son compuestas: casa de la montaña verde, ponele.

El tour


Playas de arena negra como el carbón.

Lagos con nenúfares lilas.
Túneles de lava.
Cascadas.
Arcoiris.
Palmeras.
Paraíso.
Parques.
Corales.
Tortugas durmiendo.
Peces.
Pavos reales al costado de la ruta.
Lluvia.
Helechos grandes como árboles.
Orquídeas.
Montańas.
Lava negra por todos lados.
Café.
Nueces de macadamia.
Totems.
Un nativo (o pseudo) medio en bolas.
Santa Ritas de todos los colores y por todos lados.
Agujeros de vapor.
Fósiles.

No hay palabras. Las fotos dicen algo, no mucho. Indescriptible.

Y estoy agotada (pero feliz).


Llueve. Para. Sale el sol. Llovizna. Sale el sol. No hay nubes pero llueve. Sol. Lluvia. Sol. Creo que nunca en la vida vi tanto arco iris. Ahora entiendo lo de “some place over the rainbow”... Hasta en la matrícula lo tienen.



Salpicón hawaiano


* No hay nada más cambiante que el tiempo en esta isla.

* Si pedís una pizza cuatro quesos te la traen sin salsa de tomate y con un potecito de miel.
* No hay serpientes, excepto las que algunos introducen ilegalmente como mascotas. En la Big Island si encontrás una la tenés que matar y llevar a la policía en una caja. Una vez una señora atropelló (sin querer) a una pitón, y muy prolijamente hizo lo debido, pero cuando abrieron la caja en la police station la bicha estaba viva. No sé qué pasó con ella ( ni con los polis).
* ¿Qué es lo primero que sabés cuando vas a viajar en avión? Que no se puede llevar nada líquido ni cremoso de más de 100ml, ¿no? Y si en el aeropuerto de la mañana te sacaron tu protector solar sin estrenar, ¿da para que en el de la tarde caigas a la aduana con una botella de coconut syrup de 350ml que te compraste para llevar a Montevideo? No, ¿verdad? (Snif...doble snif)
* En North Shore las olas son gigantescas y los caracoles microscópicos.
* En Kailua todo el que tiene un kayac o similar aparece a la misma hora: a las 10 de la mañana. Salen de todas las esquinas y se apresuran a meterse al mar como lemmings en procesión; vi más de 40.
* Estuve en la piscina natural más increíble del mundo. Cristalina, peces de colores, caracoles, cangrejitos. Agua verde-blanca. Arena espectacular. Rocas con fósiles. Maravilla.
* Una abeja me picó un dedito del pie derecho. Más de una hora me duró el dolor. Creo que la pisé en la arena, sin verla, al anochecer. Pobre.
* Un gato, un solo gato (negro) he visto en esta isla, y no fue en una casa sino merodeando a la orilla de la carretera junto a un bosque. Debe comer gallinas, que son salvajes y están por todas partes, porque mucho otro bicho no hay. Pocos insectos (salvo un millón de mosquitos que se nos metieron al auto puntualmente en un solo lugar). Alguna mariposa. Dos o tres moscas. Y pará de contar. Aves sí, pero no muchísimas. Garzas blancas y palomas por todos lados, unos pájaros tipo urraca, gorriones... No hay gaviotas en las playas.
* “Te juro que me agarré una bronca...” escuché hoy en la playa, y pensé: uruguayos, pero no. Eran cordooobeses.
* Acá nadie mira a nadie. No digo las miradas normales de “a ver si me gusta tal”, digo mirarse, en general. Si te quedás viendo a una persona seguro que ni se da cuenta, porque todos viven metidos en una burbuja, con o sin tecnología.
* Ya van tres mujeres que me dicen que les encanta mi pelo. La última hoy de tarde: yo no la había visto, ella iba con su perrito y me pegó un grito que casi salto: “you have such a wonderful hair!!”. Las otras dos fueron promotoras, de esas que regalan cremitas hidratantes por la avenida principal de Waikiki.
* Voy manejando el jet lag con una lentitud digna de mejor esfuerzo: recién logro dormir a las 10 y despertar a las 6 (en plena moche, porque estamos en invierno). Para cuando me adapte del todo ya estaré en Montevideo, empezando de nuevo el proceso.
* Traje un montón de ropa de abrigo porque leí que las noches eran frescas, pero no. Ayer me quedé de bikini hasta la casi noche, y si no fuera por el incidente abeja daba para eternizarse en la playa.
* Leo las noticias de Montevideo y entre el tema Manini y la violencia de género el panorama parece jodido jodido. Disculpen que esté llenando esto de fotos y crónicas light; digamos que estoy en el recreo, y una en los recreos vive medio sin pensar, aunque la realidad sigue ahí, del otro lado, y aguarda.



Coffee time. El vaso es de Starbucks pero el café me lo acabo de hacer en la cocina. Las paredes son verdes, aunque de plástico, y la sombrilla del patio en vez de paja es de nylon.

Siglo XX cambalache, siglo XXI apariencia. Salvo la playa, las montañas y los (pocos) bichos. Esos son de verdad. 



El sábado de tarde tiene un nombre: Manoa Falls, y un subtítulo: Barro Peligroso.

Hicimos la excursión con la gente del hostel, fuimos bordeando una montaña verde llena de casitas en la falda, y apenas bajamos vimos que habíamos llegado a Jurassic Park. De verdad. La película no se filmó en esta isla, pero sí acá cerca, en Kauai.
El paisaje es impactante. Árboles gigantes, helechos aún más grandes que los de la otra isla, lianas, troncos caídos, ruido de agua corriendo a nuestro lado.
El único problema era el camino. El camino (con todo lo que ha llovido) estaba resbaloso como la
mierda, y del mismo color, además. Barro líquido, pegajoso, invitando a la caída. Por suerte vi al comienzo una caña-bastón, que me sirvió de apoyo, y aún así. Todos íbamos de championes, pero igual. Un segundo de distracción y rodabas. La gente que ya volvía venía indefectiblemente embarrada, algunos descalzos, unos pocos con las pantorrillas embadurnadas de ese lodo plástico, tipo greda.
_ Vamos a ver solo la primera de las siete cascadas- avisó el muchacho del hostel (que tiene pinta de hawaiano y es el único que me cae bien del Waikiki Beach)-porque en las otras ya se ha muerto gente alguna vez, y ustedes me caen bien.
Nadie dijo ni mu, y todos aceptamos dejar las seis cascadas restantes para otro momento (es decir nunca).
El camino llevó una media hora, en repecho. A veces escalones, puentes de tablas fangosas, partes casi imposibles. Mucha gente subiendo y bajando, el tránsito se hacía por momentos de una sola mano, porque el camino era muy angosto. A los costados, la selva, alta y profunda, impenetrable. El barro, siempre, y siempre el ruido del agua. No había bichos, ni siquiera mosquitos. Algunas personas iban con perros, incluyendo uno que había sido blanco pero ahora iba de lo más contento con sus cuatro patitas marrones.
De repente miramos hacia arriba, y ahí estaba la catarata. Altísima, cayendo por una pared de roca, caudalosa, impresionante. A sus pies, una laguna transparente entre las rocas, cuya agua nos dijeron que mejor no tocar porque tiene no sé qué bacteria, lo que me pareció medio chucu, pero ta. Igual no me animaba.
Volví caminando atrás de unos japoneses, y la bajada fue más fácil de lo esperado. No había resbalado ni una vez, pero igual venía con los championes tapados del barro del camino.
En el parking, como en todos lados, gallos, gallinas y pollitos. Había como treinta, más un cardenal disputándoles las semillas que una mujer les tiraba de un paquete. Tras media hora de cola esperando por una manguera para lavarnos, los del hostel decidimos que igual nos íbamos a ir embarrados, y así subimos a la van.
Pasamos por una especie de heladería, donde compramos unos vasos de helado con cosas, muy ricos. El mío tenía helado de banana y alrededor coco, granola, chocolate negro y miel. Así pertrechados de calorías arrancamos para la picnic-area, un mirador imponente desde lo alto de un cerro, dominando todo Honolulu, ya en plena noche.
Cuando llegamos al hostel el barro se había secado, así que solo lo saqué con un cepillo, y listo. Casi limpios. 🙂 Mariela: inteligencia.
Las Manoa Falls fueron difíciles, pero increíbles.
Ahora le toca a Pearl Harbor.
Coming soon.


Pearl Harbor Memorial. No llegamos a tiempo para el barco (las colas son de cientos de personas), y solo vagabundeamos por ahí y vimos un par de museos. Muchas aves, lindo paisaje. Gente con pinta de patriota emocionado, incluyendo un veterano con un águila tatuada en el brazo con la leyenda “pray for us”. “We never forget”, dicen, y una se pregunta si su buena memoria alcanzará a otros hechos relacionados con su historia reciente. En fin.



Buses de Oahu: manual del usuario


En estos días hemos tomado ómnibus varias veces, lo que nos da, sino un nivel de experticia, al menos la posibilidad de disertar sobre el tema a nivel de redes sociales (o sea, el mío). De todos modos sí existe un manual del usuario: un folleto que está para servirse, junto al chofer, en cada vehículo, y que contiene cuatro o cinco carillas de reglas y recomendaciones. Mezclo eso con lo que he visto y me da el siguiente popurrí waikikeño:


* Se baja una escalerita cada vez que va a ascender un pasajero, para que no tenga que hacer el esfuerzo de trepar al primer escalón.

* Carteles luminosos y una voz en off van anunciando las paradas y los centros de interés de c/u de ellas. Como si dijera: “18 y Ejido. IMM. La Pasiva. Ministerio de tal cosa. Hotel Fulano.
* El aire acondicionado nunca falta.
* Los choferes no dan cambio ni boletos (no hay).
* Hay buses dobles.
* El pasajero pide parada tirando de una cuerda, pero no se pone de pie hasta que el bus se detiene. Recién ahí uno se levanta y se baja.
* Esperan a la gente aunque corra una cuadra.
* Son limpios y bastante puntuales.
* Cada boleto sale U$2.75.



Hawai 2019: Lado B


* Hay homeless por todas partes. No piden, no acechan, no nada. Solo están.

* Por otro lado, vimos varios loquitos (hombres y mujeres), gente con la mirada perdida, hablando solos, con pinta de caídos del (hiper exigente) sistema.
* Hay mal olor dos por tres.
* Varios canales cruzan la ciudad, a veces limpios, a veces maso.
* Hay personas con cara triste, por ejemplo una que dijo que este iba a ser el peor fin de año, porque lo pasaba sola y su hijo estaba lejos, en Nueva York. “Don’t be sad”, le dijo una vieja que charlaba con ella, con lo que queda claro que las frases chotas de consuelo imposible se dicen igual en todo el mundo.
* Mucho use y tire. Por todos lados voy encontrando cosas que van a parar a mi valija, desde collares a lentes de marca. Las toallas de los hoteles quedan todos los días por decenas tiradas a la orilla del mar, aunque luego algún empleado las recoge. Quedan snorkels, sandalias, pañuelos, juguetes e inflables, porque acá todo se usa y se tira, todo sale rápido de circulaciòn, todo tiene vida corta (salvo que termine en mi valija, que vino medio vacía pero se va relltenita). 


Hanauma Bay: el rincón vip del paraíso.


Una cree que después de ver tanta maravilla ya no puede haber nada que la deje con la boca abierta, pero esta isla siempre se guarda un as bajo la manga. Hâlona Blowhole es un parque natural que incluye playa, cerro y acantilados, aves, peces, mangostas y humanos que lo recorren con los ojos desorbitados y el alma agradecida.

Fuimos en una van con la gente del hostel, y la primera parada fue en unos acantilados negros (volcánicos) donde las olas reventaban cada cinco segundos, generando unos aluviones de varios metros de espuma. Pero no solo chocaban la roca, sino que se metían por un agujero que dejó la lava en alguna remota erupción, así que además de la ola rompiendo contra la piedra aparecía también un chorro de agua que se elevaba varios metros hacia el cielo, saliendo por el agujero.
Trepamos las piedras mojadas (imaginen mi miedo a resbalarme y caer) y recorrimos por adentro un agujero de lava de unos 30 metros de largo (imaginen mi claustrofobia), que empezaba alto, después te hacía agacharte y terminaba en una parte que solo se podía hacer de arrastro (imaginen mi retroceso).
De allí llegamos al cerro, al que se podía subir por un camino de mil escalones altos, empinadísimos y sin pasamanos. La vista desde arriba sería muy linda, pero cuatro de nosotras decidimos saltear la escalada y bajar directamente a la playa.
Nunca demoré tanto en entrar a una playa. Primero, no es gratis: sale U$7.50, y para pagarlos tuvimos que hacer una cola de más de media hora. La playa es de un par de cuadras, encerrada entre las viejas paredes de un cráter volcánico, y solo puede entrar por día una limitada cantidad de personas. Después de pagar la entrada, esperamos otros veinte minutos hasta que fueran las 12.30, que era nuestra hora de pasar al anfiteatro y tener una charla (con video de orientación incluido) sobre cómo moverse en un arrecife. Básicamente, las dos reglas principales son no tocar nada y no meterse en situaciones que uno no puede resolver. “Si tiene dudas, no lo haga”. Hay corrientes marinas fuertes, hay aguavivas, los corales cortan la piel. Los arrecifes son extremadamente frágiles, y allí viven peces que solo existen en esta parte del mundo. Para este año se va a prohibir la entrada a Hawai de pantallas solares que no sean amigables con los arrecifes (que son casi todas).
Al fin, casi a la una, bajamos a la playa. Bajamos literalmente, porque estábamos en lo alto del cráter. Una mala hora, aquí y en cualquier lado, pero como no hay agujero de ozono no lo sentimos, y no nos quedó ni la marca de la bikini. El agua es del color turquesa de las fotos más turísticas, ese que uno piensa que es un filtro, pero no. Es así.
Como habíamos llevado snorkel, nos pusimos a vagabundear alrededor de los arrecifes. “Si solo miran desde arriba no van a ver nada, tienen que sumergirse”, había dicho en la charla un viejo con sombrero de pulpo violeta, y era verdad. Aunque solo estuvieras a un metro de profundidad, bajo el agua había todo un mundo por descubrir. Los peces saben que no somos sus predadores, así que andan entre los corales y las piernas humanas de lo más tranquilos. Vi como diez o quince especies, de variados tamaños y colores, divinos. De entre veinte cm y medio metro. Solos o en barra. Rayados o lisos. Grises, amarillos, azules, celestes, platinados, negro con rojo... Literalmente no daban los ojos!!
En el afuera, mientras tanto, las mangostas acechaban entre las plantas y los tarros de basura, en busca de restos de comida. La playa está sembrada de corales que no debemos traer disimuladamente en el bolsillo de la mochila. Casi no hay caracoles. La mayor parte de la gente son japoneses. Hay árboles a la orilla del agua y palmeras contra el acantilado. Las aguavivas, por suerte, suelen irse por la mañana. En cierto momento salió del agua una foca, que se tendió contra las rocas, y al instante aparecieron dos guardias que acordonaron el lugar y clavaron carteles de “shhh... estoy durmiendo”.
Volvimos a las cinco de la tarde, y no importa cuánto escriba: no soy capaz de decir ni la décima parte de lo que vivimos. Uno de los mejores días de mi vida.


De aeropuertos, carteles y puertas improbables...


Salí de Honolulu ayer (1/1) por la noche. No fue difícil encontrar la puerta, y todo el tramiterío de valijas y boarding pass me lo hizo mi amiga, así que cero problema. El aeropuerto es medio vintage, no hay enchufes para celulares y hay muebles y máquinas que parecen de los años 70’. Los carteles de los baños son simpáticos, y los anuncios se pasan en inglés y en hawaiano.

Mi primer vuelo, a Los Angeles (supongo que sin tilde, por ser yanqui) estaba lleno a reventar. Varias veces pidieron si algún pasajero podía ceder su lugar y viajar más tarde, ofreciendo dos mil dólares de regalo en futuros vuelos de United, y no sé si alguien quiso. Yo no, porque tenía que conectar con vuelos de otra compañía (si no, ya estaba ahí). Cuando subimos la cola de entrada fue lenta y larga. Me senté en mi asiento 34F ventanilla, y una chica me tocó el brazo.
_ Sorry, I got the 34F.
_ Me too.
_ Oh, shit.
Salió de una a buscar a la azafata, que habló con alguien por teléfono (“we got that incredible situation here...”) y al final consiguió otro asiento, no sé de dónde. Fiuuu...
Mi compañero del asiento 34E fue un señor callado y abrigado que llevaba una palmera de Hawai en una bolsita. ¿No es que no se puede hacer eso? Parece que sí, porque antes otra andaba con una caja de ananás naturales. Al entrar en Honolulu pasamos un control de Agricultura que si te pescaba llevando un ser vivo (una semilla, ponele) eran U$1000 de multa. No entiendo nada.
Ya en Los Angeles, busco mi vuelo en la pantalla (porque el boarding pass no decía la puerta) y leo “TBIT”. ¿Qué diablos es TBIT? Terminal Internacional Tom Bradley, logré deducir de las indicaciones que me dio un policía. Tuve que caminar como veinte cuadras por pasillos interminables, subir y bajar unas seis escaleras, preguntar un par de veces más, hasta que encontré al fin la Tom Bradley, pero no veía las pantallas con los destinos, hasta que capté que estaban directamente sobre la pared. Y aquí estoy, en la puerta 151, esperando por un Copa que me lleve a Panamá. Llegaré a casa algún día de este mes, creo.
Y ahora, con su permiso, voy a desayunar, porque United no me dio más que un vaso de jugo en un vuelo de 7 horas. Espero que Copa se porte mejor. Ampliaremos.


Un grupo de ocho personas corre desesperada hacia la puerta 150, donde se acaba de emitir el último llamado del vuelo hacia México.

Una japonesa (probablemente maestra) cruza la terminal seguida por veinte o trienta gurisitos.
Un cura español enfrente a mí lee “El hombre Dios”, pero ya lo vi mirándome al disimulo. Viaja con una veterana con pinta de devota, que acaba de hablar con una amiga y repetir como siete veces que “esas son costumbres, siempre ha sido así”.
En la casa de cambio una chica trata de vender o comprar dólares. Debe ser musulmana: viene vestida de pies a cabeza, incluyendo el velo para el cabello, y todo su atuendo es rosado.
_¡Excuse me!- gritan los conductores de carritos que llevan a algún pasajero de movilidad reducida y circulan a todo lo que da en medio de la gente.
El aeropuerto tiene wifi y cargadores en cada asiento. Los de Copa hablan en español, y voy a Panamá, donde espero me sea fácil ubicarme.
¡Feliz dos de enero! Para mí va a ser una sucesión de vuelos, puertas, boarding passes y, con suerte, un rato de sueño. Desde ayer ando en la vuelta, y United no solo no da de comer y no tiene pantallas mi cargadores; además es más incómoda. Viva Copa! (Por ahora, y toco madera...)


El vuelo Los Angeles-Panamá dura seis horas y media, pero cuando aterricemos van a haber pasado ocho o nueve, por aquello de las diferencias horarias. Por eso mi tiempo total entre vuelos y esperas es de 24 horas, pero salí de Hawai el 1 por la noche y llegaré a Montevideo el 3 por la mañana.

Vengo sentada en la fila lectora del avión: voy con una pareja de yanquis que leen El Quijote (él) y Robinson Crusoe (ella), en tanto yo ando por la mitad de El Evangelio según Van Hutten, de Abelardo Castillo.
Afuera el sol se acaba de poner con una fuerza de rojos y anaranjados que tiñó por un momento el techo de nubes que nos ha acompañado todo el vuelo. Abajo comienzan a verse luces dispersas en los agujeros de las nubes. Estamos a una hora de Panamá.
Nada, me puse a pensar que todos tendríamos que tener derecho al menos una vez a un viaje a cualquier parte, no importa dónde, porque esto es una adicción, y, como pasa también con el amor, quien no la probó no la conoce (Lope dixit). Una vez que le agarrás el gustito no podés olvidarlo, pero si nunca saliste capaz que no tira tan fuerte. “Yo no viajo, yo ahorro”, me dijo una vez un profe amigo, y la frase aún resuena en mis oídos. Si no se puede quién va a decir nada, pero si se puede y no se hace... Es un desperdicio.
Seguimos avanzando a 11277 metros de altura, dice la pantalla. Estamos sobre Managua (que acá aparece con tilde). Afuera hace -49 grados, y vamos a 781 km por hora.
Nos estamos viendo.


El último vuelo lo hice con los 3 asientos para mí sola!! Esto en mi barrio se llama ser privilegiado.
Ahora ya en mi casa, con Matilda que no se cansa de recriminarme y pedir atún con toda la potencia de sus pulmones. Esto en mi barrio se llama ser esclavizado.



(fotos: instagram @hojasdearbolito) 

domingo, 15 de diciembre de 2019

Antes de la noche




El cielo estaba en la hora mágica cuando salí esta tarde del trabajo, y no había esquina que no terminara en incendio. La puerta de la Ciudadela, con el Salvo de fondo iluminado en las alturas, parecían esperar por alguien que registrara el diálogo de la tarde y los perfiles, la quietud de los edificios y las siluetas apuradas de las personas.
Los oficinistas de Ciudad Vieja, como de costumbre, estábamos más allá de la luz y de la magia. La mayoría mirábamos las pantallas de los teléfonos o tratábamos de encender un cigarro luchando contra el viento. Siempre es lo mismo a las seis. Dejamos nuestras celdas como abejas desbandadas, con una sola misión reflejada en la mirada: llegar. Llegar lo antes posible a alguna parte.
En lo que a mí respecta, hace cuatro años que comparto apuros y misiones cotidianas. Mi casa queda lejos y el viaje es largo: no hay tiempo para atardeceres. Al acercarme a la peatonal la masa de gente era hoy tan compacta que debí reducir la velocidad y caminar a paso normal, esquivando siluetas. En cierto momento, a la entrada del estacionamiento, levanté los ojos porque una figura me llamó la atención. Era un hombre que caminaba unos pasos adelante, del cual solo veía la espalda. Medianamente alto, de lentes, con canas y cabello corto. Ni gordo ni flaco, cabezón. Era Santiago.
Cada vez que veo a Santiago es repetición de la anterior: levanto la cabeza y él va caminando. Le veo la nuca, el cuello, las orejas. Hace años que Santiago camina en mi dirección, es lo único que parece hacer. Siempre de espaldas, adelante.
Si lo veo solo por lo general me apuro para pasarlo, aunque también se da a veces lo contrario, como una vez a la salida del cine, hace unos tres años. Yo estaba con una amiga; veníamos de ver un documental sobre estalactitas. La sala estaba llena y la salida se hizo  lenta. Una masa ondulante de seres humanos murmurando caminaba despacio hacia la puerta, como en una suerte de procesión. Esa noche, más tarde, yo iba a viajar al interior, y como no me daba el tiempo de volver hasta casa llevaba conmigo una mochila azul enorme. Siempre me cargo de más cuando viajo. Pensé comentarle algo a mi amiga sobre las imágenes de la película, pero quedé sin aliento al levantar la cabeza y ver que allí iba él, adelante. Llevaba un buzo rojo como los que usaba antes, iba con la campera en una mano y un manojo de llaves en la otra, caminando en silencio detrás de la mujer de cabello corto que yo había visto en sus fotos de las redes. 
Estábamos a medio metro. 
Sentí (creí sentir) su perfume.
Seguí caminando sin dejar de mirarlo. 
Él se llevó una mano a la nuca. 
En ese momento alcanzamos la salida y la gente comenzó a caminar con más libertad; algunos nos cruzaron por delante y otros se fueron interponiendo, hasta que terminé por perder su espalda en un mar de siluetas parecidas.
Muchas veces he encontrado a Santiago, muchas.
Ninguna cambió nada.
Una vez me habló de sus hijos. Fue un sábado por la tarde, años antes de lo del cine. Yo venía de regreso a casa, pensando hacer mandados para la merienda. Dos metros antes de entrar al supermercado él apareció caminando delante de mí, quizás también rumbo a las compras de la tarde. Aún no usaba lentes por entonces. Lo seguí un par de metros sorprendida, porque esa misma mañana había despertado sabiendo que lo encontraría allí a esa hora. A veces me pasan estas cosas, aunque ya aprendí que nada significan. Algo de magia, intuición... Conexión inútil.
Esa tarde hablamos un rato, me contó de dos hijos, morí un poco por dentro. Volví a casa sin las compras y cuando muchas horas después por fin volvió el hambre llamé al bar de la otra cuadra para pedir una pizza. Vino con poco queso, fría, con gusto a quemado.
Santiago iba solo cuando hoy por la tarde lo empecé a seguir sin darme cuenta. Acababa de salir del estacionamiento; aún llevaba las llaves del auto en una mano. El traje oscuro lo hacía lucir respetable. No me gusta cuando viste de abogado, pero como solo lo cruzo una vez cada tres o cuatro años todavía no se lo he comentado. Los lentes le quedan bien, y ha bajado un par de kilos (debe estar yendo al gimnasio). Caminé detrás de su silueta, copiándole el ritmo de los pasos y la manera distendida de dejar los brazos sueltos como si siguiera teniendo veinte años. Raro que no esté fumando, pensé, pero luego recordé que lo había abandonado. Apagué lo que quedaba de mi cigarrillo contra una columna de la plaza, lo tiré en el tacho de basura y seguí caminando. Cuando pasamos la peatonal había ya menos gente en la vereda. La hora mágica dura pocos minutos, y estaba por terminar.
Un poco antes del Solís íbamos a menos de un metro de distancia. Por fin terminé de decidirme y extendí la mano hacia hombro, pero antes de tocarlo mi brazo se detuvo en el aire. Me vi despeinada y sin maquillaje, con ropa olvidable, orejas sin caravanas y dedos sin anillos. Me acordé de las canas, las arrugas. No era más que una oficinista saliendo del trabajo a las seis, como todos. Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta mientras las sombras de la tarde se me iban colando una a una entre los ojos. Reduje la velocidad y vi cómo Santiago se alejaba: un metro, dos, media cuadra. Para cuando llegué a mi parada su traje ya no se veía en la vereda.
El 103 vino enseguida, con un asiento libre en la ventanilla. Me gusta ver pasar la vida cuando estoy triste: todos parecen correr hacia algún lado. 
Cuando llegue a casa ya va a ser de noche. 
En mi barrio hay poca gente, y por más que levante los ojos no habrá nadie en el camino.  
El viaje es largo.  
La hora mágica acaba de terminar.


domingo, 1 de diciembre de 2019

Diciembre 2019



_ Tengo que hacerte un pedido extraño- escribió mi amiga desde la otra punta del mundo.- ¿Me traés gomitas? Las de acá son una mierda.
Unas horas antes de irme, a las apuradas, como de costumbre, marché hace un rato a buscar las gomitas.
La feria de Tristán estaba tranquila y caminable. Las lluvias de ayer, el aire fresco de hoy y la locura del consumo en las shoppings la habían vuelto despejada y de ritmo lento, como feria de pueblo. Recorrí varias cuadras, saqué fotos, salteé los libros y las comidas, y terminé comprando 23 gomitas en tres puestos diferentes. Eran casi todas blancas y negras, como habían sido pedidas, pero yo no estaba segura, porque mi amiga quería UN tipo especial de gomitas.
_ De estas- rezaba el pie de foto de un objeto atrapapelo igual a todos los de su especie- no las de goma o esas finitas de elástico súper duro que te revientan el pelo.
Miré las que había encontrado hasta ahora: eran parecidas, pero no iguales. Ninguna terminaba de convencerme, así que terminé a la vuelta de la feria, en un quiosco de esos que tienen de todo, pidiendo nuevos suministros.
El vendedor, un flaco veinteañero de remera negra y gorrito con la visera para atrás, me miró un segundo más de lo habitual, hasta que su cara pareció iluminarse.
_ Yo a usted la conozco.
Lo miré de nuevo: tenía una sonrisa limpia, transparente.
_ Yo a vos también te conozco, ¿de qué liceo eras?
_ Del 30. Soy Sebastián.
Hace diez años que me fui del 30, y mi memoria borra las caras y los nombres a una velocidad pasmosa, pero de este gurí sí que me acordaba.
_ Escribías muy bien.
_ Gracias, profe. Me acuerdo de un trabajo en especial que usted nos mandó...
_ El de la autobiografía- dijimos los dos a la vez.
_ Ese.Ese trabajo me cambió la vida.
Yo suspiré en silencio. No me acuerdo exactamente qué había escrito Sebastián, pero sí tengo memoria de dos hojas escritas de ambos lados, con tinta negra y letra gótica, llenas de odio y de deseos de muerte. Era uno de los primeros trabajos con ese tercero, yo casi no los conocía pero quería moverlos hacia la escritura creativa, y la premisa era hablar de uno mismo, de la forma que cada cual quisiera. El chiquilín resultaba bastante inaccesible a esa altura del año, y después de leer la carta terminamos trabajando en conjunto la psicóloga, la adscripta, la directora y yo. No me acuerdo qué hicimos, pero nos acercamos, hablamos, escuchamos.
_ Medio dark, la autobiografía...
_ Sí, profe. Fue una época complicada, pero ya salimos. Fue justo ahí que empezamos a salir.
_ ¡Me alegro!
_ Te quiero agradecer, profe. Me salvaste la vida. En serio, gracias. Fuiste la primera que me escuchó de verdad.
Tragué saliva y por un un momento quedé muda. No era ninguna heroína; solo había estado atenta, sin saber el alcance de las consecuencias. Sebastián me alcanzó las gomitas, le pagué y no pregunté más, porque el quiosco ya se estaba llenando de personas apuradas en busca de cigarrillos o de 5 de oros. Nos dimos un abrazo, le agradecí el inesperado regalo de Navidad y salí a la calle medio moqueando bajo el gris de las nubes.
Ahora tengo la cartera rebosante de gomitas. Creo que ninguna es de las que mi amiga quiere, pero no se sabe. Nunca se sabe.





¿Viste cuando fumigás tu casa, se va el fumigador y empiezan a salir cucarachas moribundas de todos los tamaños, a las que tenés que matar de un pisotón para que no sigan sufriendo? Viste cuando el asco y la lástima compiten con el alivio de liberarte de la plaga? Viste cuando tu gata porfía para entrar pero no la dejás porque se puede intoxicar olfateando cucarachas fumigadas sobre el piso de la cocina?
Bueno, así.
Feliz jueves.

(Entrando en paranoia en 3...2... )




La madre es rubia y flaquita; debe tener 18. Su hijo no llora: berrea como si lo estuvieran carneando. Ya van diez minutos de viaje, y la chica no logra calmarlo.
_ Ta, ta, Germán. Dale, Germán, dale. Taaa. Dale, Germán... Calmate.
Nadie dice una palabra en el 402 calcinante. El niño llora, se retuerce, agota sus pulmones, y nada.
Ella tiene extensiones, sandalias peludas y tatuajes en todo un brazo. Para mí tendría que estar empezando una carrera. Va cargada de bolsos; de uno de ellos asoma un osito marrón. De vez en cuando nos mira, como con culpa.Después se da por vencida, deja al niño gritando en el asiento de al lado y se dedica a navegar en el celular, aunque de vez en cuando todavía tira un:
_ Ya bajamos, dale.

Han pasado casi diez minutos más, y la tormenta no amaina en absoluto, hasta que por fin la chica se para para bajarse, y ahí Germán, si no se calla, ingresa al menos a un nivel de llanto que podríamos llamar standard.
Pobre gurí. Pobre madre. Su viaje juntos durará bastante más de veinte minutos, y por ahora la comunicación no está resultando.

Me pregunto si habré sido Germancito en algún viaje. Me pregunto.




Eran las dos y media de la tarde cuando una voz por cinco años olvidada afloró de pronto de entre las telarañas espesas de mi subconsciente. No era una voz amiga, ni siquiera conocida. Eran las palabras de un policía, que en la puerta de la oficina del pasaporte me había dicho:
_ Usted tiene que venir con la cédula impecable, ¿eh? Si tiene el más mínimo borde despegado ya para esto no le va a servir.
Miré mi cédula: cada esquina tenía un leve efecto de despegue. ¿Y si por esa nimiedad no me daban el pasaporte la semana que viene? ¿Arriesgar, o renovar?

Tres y media estaba yo en la oficina del pasaporte, preguntando.
_ Ehhh... Está más o menos- dijo la chica- Quizás no le hagan problema, pero le conviene renovarla.

A las cuatro ya estaba esperando turno para la cédula de urgencia mientras miraba la vieja, la de 2014, y pensaba que esta vez difícilmente podría salir peor en la foto. A mi alrededor muchos inmigrantes de nombres vistosos y acentos musicales.

Al fin me llamaron, y pasé ante un escritorio.
_ Ponga su pulgar derecho aquí... Ahora el índice...- fue guiando mi accionar la de las huellas dactilares. Mi yo del siglo XX se asombró de que ya no se estilara enchastrar los dedos, pero mi yo de 2019 no dijo nada.
_ Bien. Mire la cámara. ¡Ay, no! Me piden verificación completa.- Páseme de nuevo la mano derecha, por favor.
Me fue tomando la impresión, ahora de cada uno de los diez dedos, previo mojado con una toallita húmeda. Comencé a paranoiquear. ¿Por qué me tocaba verificación de huellas? ¿Es que era sospechosa de algo?¿No me iban a dar la cédula, luego no renovaría el pasaporte y mis vacaciones se quedarían en la nada? ¿Por qué yo, por qué, por qué???
_ De repente tengo restos de pintura en las manos- arriesgué, y la chica me dijo que no, pero que la piel estaba muy seca.
_ Capaz que por el aguarrás...
_ Puede ser. Listo, ahora sí, mire la cámara.

Cinco menos diez ya iba saliendo con mi nueva cédula, comprobando que lo que parecía imposible se había concretado. Había salido peor aún que en la de 2014.

_ Hola, ¿me das un capuchino?- pregunté en el carrito de Mapfre, y terminé cediendo a la promoción de capuchino y scones. Con la cédula ya en mi poder mi cuerpo se había aflojado notablemente, y necesitaba un chutazo de azúcar. Claro que a la media cuadra la espuma del borde del vaso se voló con el viento y se incrustó de lleno en mi remera negra, pero no importaba, ya nada importaba. Era una mujer de vacaciones, con cédula nueva en la cartera y cafeína en las venas; ¿qué más se le puede pedir a la tarde de un viernes 13?

Sean felices, y (en todo lo que concierne a asuntos legales) no sean como yo.



Voy llegando al supermercado y escucho los maullidos. El barcino estaba gordo y lustroso; reclamaba atención de tal manera que pensé que andaba perdido, pero no. Tenía un collar con su nombre, un teléfono y un lugar: Barra de Valizas.
_ El gato tiene dueño, ¿no?- pregunté por las dudas al chico de la caja.
_ Sí, es de ahí enfrente. Lo que pasa es que es muy sociable y le encanta meterse en los autos que paran aquí. Le dejas un vidrio bajo y él se te mete. La gente sale con las compras y de repente ya va lejos, por la comisaría, y recién ahí ven que él va en el auto; por eso los dueños le pusieron el collar con el teléfono, por si alguien lo tiene que devolver.

Salí a la calle: el gordo estaba sentadito en la vereda, sin importarle nada de los muchos y enormes perros que andaban en la vuelta. Poderoso.




Hoy en la playa me crucé con toda clase de bichos. Garzas blancas, gaviotas, patos en la zona del arroyo. Muchos peces diminutos. Un cangrejo enorme. Un lobito jugueteando entre las olas de la orilla; cuando le dije “hola” me respondió “Ruf”, y se fue chapoteando. Despegué de la arena mojada a un alguacil, una abeja y dos abejorros, les sacudí la arena con un palo y los dejé entre las plantas de los médanos. Una víbora pequeña y verde, inmóvil pero con la cabeza levantada, en la bajada principal, cerca del agua (le saqué fotos de lejos, para no estresarla, ejem...). Perros de toda clase y color, incluyendo a un negrito efusivo que quería jugar a las carreras. Seres humanos locales y visitantes, con los que al pasar cruzamos un saludo fugaz pero amistoso.
Hoy en la playa me crucé con toda clase de bichos, y todos andaban en paz, o al menos eso parecía.
Saludos desde el mediodía caliente de Valizas, donde uno de los bichos humanos se dispone a leer algo mientras pasa la hora del sol fuerte. Leer algo, hacer una siestita... Lo que tenga que ser, que sea.




Panorama de sábado a mediodía

El mar está verde y no hay cianobacterias a la vista. Crecido, bastante crecido. Más gente que en noviembre, pero apenas. Un bus largó a unas veinte personas, que toman sol a la peor hora, amontonadas en la bajada de la calle principal.
En el hostel, la fusión variopinta de costumbre. Gentes de varios países. Un equipo de filmación que va a hacer un programa sobre Valizas. Hay un chico con guitarra y hay dos flaquitas que almuerzan unos refuerzos con tanto pan que me dan ganas de decirles que no se confíen en los 45 kilos, que se van volando, pero me callo. Un petiso rubio medio nórdico dice que la playa aquí no es fría, pero cuenta que en Londres se bañó a menos 20 grados, y ahí una entiende todo. Viaja sin fecha de regreso, como casi todos los europeos que se dedican a la aventura latina. La gata Milu hoy se quedó sola con su último gatito, y anda por entre las plantas llamando a la penúltima, que hace un rato se fue con familia humana, prendida a una nena.
Del pueblo no vi mucho. Ya abrió Doña Bella, así que la temporada puede considerarse iniciada. El Tío Pato hizo unos coquitos deliciosos. Todo el mundo trabaja para mejorar ranchos y edificar restaurantes, pero el ritmo es tranquilo, como siempre.
En un rato arrancamos el reacondicionamiento anual de la plaza. Ya verán fotos (del gatito, digo).





Saludos desde la noche de los descuentos de Mdeo Shopping. Vuelvo contenta con mi compra, efectiva, útil y necesaria: un blister de Novemina. Me ahorré como nueve pesos.
Mariela: inteligencia (y un leve indicio de fobia social).

¿Viste cuando estás a dos semanas de irte de viaje, te das cuenta de que tu visa está vencida, llamás a mil teléfonos sin lograr hablar con un ser humano, transpirás, tenés palpitaciones y respirás con dificultad, estás por las dudas iniciando nueva solicitud y en ese trámite volvés a mirar y ves que te equivocaste, que en realidad la visa dura cinco años más pero lo que tenés vencido es el pasaporte, en busca de cuya renovación salís volando de tu casa a Ciudad Vieja, porque no estás segura de estar a tiempo pero capaz que?
Bueno, así.

#NoSeanComoYoPlis




Ya aminorados los nervios de la mañana, estaba haciendo cola en el buffet de todos los días que trabajo en Ciudad Vieja. Al mediodía siempre hay mucha gente, y hoy no era la excepción. Varios de nosotros hacíamos la cola al sol, en la vereda.
Delante de mí, dos chicas jóvenes y lindas, charlando animadamente.
Un muchacho que salía ya con su bandeja de comida le tocó el hombro a una de ellas, que estaba concentrada en la charla con su amiga.
_ Ah, hola.- murmuró la muchacha sin muchas ganas.
Ambos cruzaron unas frases de cortesía, hasta que en determinado momento ella se entusiasmó al contarle algo;
_ ¡Boludo, no sabés! ¡Me voy a hacer los brackets, como vos!
La miré con disimulo; sus dientes eran de lo más parejos. El chico se alegró de tener algo para seguir charlando con ella.
_ ¿Ah, sí? Yo ya llevo dos años, y tengo para un poco más...
_ A ver, mostrame cómo te quedaron.
_ No, no, me da vergüenza.
_ ¡Dale, mostrame!- insistió la chica, sonriendo, pero él adujo que había comido algo hacía un ratito, y no abrió la boca.
Ya desde adentro, ella se estaba despidiendo mientras él seguía charlándole afuera, al rayo del sol.
_ El sábado es la marcha, ¿vas a ir?- preguntó ella.
_ No, no puedo, estoy preparando examen... No hay chance.
_ ¡Pero no has ido ni siquiera a una actividad solidaria!
_ Bueno... No sé. ¿A qué hora es?
_ A las cuatro.
_ Capaz que voy.
Y ahí la joven dio por terminada la charla con él, y volvió a concentrarse en su amiga, mientras yo iba eligiendo ensaladas y pensando que el amor capaz que es un sentimiento en vías de extinción, pero cuando se da es poderoso, y no hay pero ni examen que valga. Por suerte.




Saludos desde la noche de los descuentos de Mdeo Shopping. Vuelvo contenta con mi compra, efectiva, útil y necesaria: un blister de Novemina. Me ahorré como nueve pesos.
Mariela: inteligencia (y un leve indicio de fobia social). 



Una sale a la calle aromada de jabón y perfume. La gorda del barrio, viejita y todo, escucha nuestro paso aunque sean las seis de la mañana y vayamos con los championes más silenciosos del mundo. Una se detiene unos segundos a saludar y sigue el viaje con las manos aromadas de Eau de canine y el alma felizmente perfumada.



Carpe diem. Nadie sabe si va a seguir acá en cinco años, y el tiempo es demasiado valioso para gastarlo rumiando ofensas y deseando males. Una cosa es el humor y otra el encare del presente. “Es preciso cultivar nuestro jardín”, concluía Cándido tras comprobar que este no era el mejor de los mundos posibles. No lo es, ni lo sería gane quien gane. Yo estoy viva ahora, este es mi tiempo, no cierro los ojos ni entro en un período de latencia hasta que vote otra vez. Lo único realmente urgente es hacer todo lo posible para salvar a este planeta. El resto es chiquitaje.