NO
HABÍA NADIE
Llorar no es para todos. Algunos no
podemos.
Éramos tres personas sentadas
alrededor de una mesa en el taller literario, tratando de recordar
cuándo había sido la última vez que un libro o una película nos
había llevado hasta el borde o el desborde del llanto. Llevábamos
cinco minutos casi en absoluto silencio, cada uno de los tres perdido
en sus recuerdos.
_ Es que llorar, lo que se dice
llorar…- empezó a decir Victoria, antes de dejar la frase para
siempre en suspenso.
_ Yo creo que hace tiempo se me
cayeron unas lágrimas con una película… ¿Cuál era? No me puedo
acordar.- murmuró Pablo, casi para sí mismo.
Nos miramos, frustrados. Los otros
subgrupos a nuestro alrededor charlaban animadamente y hasta se
sacaban unos a otros la palabra, coincidían con gozosas
exclamaciones, se miraban radiantes. Nosotros, de pura casualidad,
éramos los tres acorazados sin ventanas del taller, blindados, a
prueba de balas.
Maldije para mis adentros la
consigna que dejaba tan en evidencia mi incapacidad, mientras miraba
las marcas de los vasos sobre la mesa y me preguntaba si demoraría
mucho en aparecer Paula con el té y los scones que le había pedido.
Llorar no es para todos. Algunos no podemos.
Yo no pude derramar ni media
lágrima cuando murieron mis abuelos, por ejemplo, y eso que a tres
de ellos los quería. No lloré cuando supe que el mar se había
llevado mi rancho de Valizas, ni siquiera cuando fui a visitarlo y
solo vi el marco rojo de la puerta del fondo de la cocina,
resistiendo el viento, clavado en la arena donde antes estaba mi
casa. No me salen las lágrimas, no me salen. En algún rincón debo
tener un océano profundo y antiguo como mi propia existencia,
esperando una fisura para derramarse y tapar todo. Mi gata Roldana
murió en mis brazos cuando el veterinario le aplicó una inyección
para matarla; yo sentí cómo se aflojó y se dejó ir en un segundo.
Después él me ayudó a enterrarla en el jardín. Fue muy amable. Yo
disimulé como que no pasaba nada: tenía 17 años, la pobre, ya era
tiempo de descansar, es lo normal. Pasé unos días muy triste, cada
vez que abría la puerta de casa me parecía ver una manchita
amarilla escurriéndose entre las sillas que venía corriendo a mi
encuentro, escuchaba sus maullidos en mi imaginación cada mañana,
pero no se me cayó ni una lágrima.
_ Capaz que alguna vez cuando era
chica, con esas películas espantosas tipo Bambi… - murmuro, por
decir algo, mientras los minutos siguen avanzando y los tres
blindados, silenciosos, no llegamos a abrir ni media puerta.
La imagen de la puerta me lleva de
repente muy atrás en el tiempo (la memoria sigue extraños caminos),
y se me viene a la cabeza la mañana del censo. Yo tenía 22 años, y
ya era empleada pública. Participar en ese censo no había sido
opcional: me había tocado entrevistar quince casas en una zona de
fábricas abandonadas a dos cuadras de mi cooperativa, y no había
posibilidad de renunciar a la tarea.
La primera encuesta fue la más
fácil, porque aunque no conocía personalmente a sus habitantes
sabía muy bien que eran los dueños de la fábrica de baldosas. Me
había pasado media infancia en el terreno baldío de al lado
juntando cuadraditos esmaltados de cerámica para hacer proyectos de
mosaicos con mis primas. Los de la fábrica desechaban cosas que para
nosotras eran perfectas: pequeñas baldosas marrones con arabescos en
los bordes, otras verdes con el centro más claro, algunas (las
mejores) de un azul intenso, con cuatro líneas delgadísimas y
negras que las atravesaban en diagonal. De vez en cuando aparecían
tiradas en el baldío montañas de zócalos y cenefas rectangulares,
de esas que tienen relieve, y nosotras corríamos a atesorarlas, sin
mayor criterio de selección.
Mi tía Coca había sido por años
la limpiadora en esa casa; yo sabía que se trataba de gente amable y
educada. Mientras los entrevistaba me ofrecieron café con galletitas
pero les dije que no, que mejor me concentraba en las preguntas. Fui
planteando todas las interrogantes y rellenando los formularios con
la impecabilidad y la indiferencia de alguien preparado para eventos
formales, hasta que al terminar saludé y salí a la calle, carpeta
en mano, rumbo a mi siguiente parada.
Esto del censo era muy fácil,
lleno de preguntas y respuestas concretas. Datos de las personas, de
sus cosas, nivel educativo, trabajo, hijos. Una papa.
Al salir de la primera casa tuve
que atravesar un callejón que nunca antes había visto, al lado
mismo de la fábrica. Era un pasillo largo que conectaba las dos
calles paralelas que me tocaban, y en ese pasillo se amontonaban
varias casitas sin jardines ni muros, una moto desarmada, un carro
viejo, despintado, y varios perros felices tomando sol sobre la
tierra. Había olor a bosta de caballo y se escuchaban los gritos de
dos o tres niños jugando a la pelota. Voces de gente adulta que
charlaba en voz muy alta. Una nube de moscas atacando un pellejo que
hasta los perros habían despreciado. Cumbias a todo volumen. Risas.
_ ¡Qué suerte tuviste que no te
tocó censar en el cantegril!- me dijeron una madre y su hijo al
recibirme en la segunda casa. Estábamos en la cuadra paralela a la
de los dueños de la fábrica de baldosas, y por alguna razón mi
padrón se había salteado el callejón. Tal vez por ser de contexto
crítico se lo habrían adjudicado a alguien ducho en esas lides, o
quizás nadie los tenía registrados.
Miré a mi
alrededor: la casa en la que me dijeron que había tenido suerte era
tan parte del cantegril como todas las del pasillo pero ellos no se
daban cuenta, porque estaban sobre la calle. Me empecé a
entristecer, y ya no pude volver a la alegre indiferencia del
principio.
_ ¿Trabajás?- pregunté tres
casas más tarde a una mujer que ya me había contestado que era
soltera, que había tenido tres hijos y que solo dos estaban vivos.
_ No, no.- respondió, enfatizando
la negativa con la mano derecha.- Cuando era joven sí, trabajaba,
pero ahora no.
La miré sin parpadear, y tragué
saliva antes de continuar: su edad había sido la segunda pregunta de
la encuesta. Ella tenía 23.
Salí de nuevo a la calle y
continué recorriendo viviendas, formulando preguntas y rellenando
planillas, mientras avanzaba la mañana del domingo. No veía la hora
de ir a almorzar a casa y descansar con la cabeza libre de problemas.
_ Buen día, m´hijita.- saludaron
a coro los dos viejos. Vivían con tres perros esqueléticos y un
gato gordo, en una casa tan escondida y llena de vegetación que al
golpear las manos pensé que nadie iba a atender y que el lugar solo
era un entrevero de yuyos y árboles. El hombre demoró cinco minutos
en caminar hasta el frente y abrir los cuatro candados del portón
para permitirme la entrada. Entre tanto la mujer, encorvada y con
pañuelo de flores en la cabeza, espantaba a los perros y limpiaba
una silla plegable con almohadón para que yo me instalara
cómodamente a preguntarles si tenían cocina a supergás y
televisión en colores. Al terminar la entrevista me despidieron con
un beso y los dos se quedaron haciéndome adiós con la mano,
mientras se aseguraban de volver a cerrar los cuatro candados.
Hubo una casa en particular que
estaba repleta de gente. Salían como hormigas; cada vez que pensaba
que había terminado de preguntar aparecía un tío o una sobrina que
llegaban desde el fondo, y la cosa se hacía interminable. El último
fue un hombre cuarentón, flaco y desgarbado. Estaba prolijo, como si
se hubiera bañado para el censo. Llegó caminando con los ojos
bajos, me dijo el nombre, la edad y nivel educativo.
_ ¿Trabajás?
_ Eh… No. Me echaron el mes
pasado. Yo soy albañil; trabajaba con Di Palma, estuve dos años,
pero después redujeron el personal.
Bajé los ojos y pretendí
concentrarme en los papeles. En la planilla no había lugar para
aclaraciones. Puse una cruz en “desempleado” y dije algo amable;
no soy buena para estas cosas, pero nadie habría podido sacarle a
ese hombre la tristeza.
_ A ellos qué les importan los
pobres- acotó en ese momento una de las hermanas, y supe que la
frase iba dirigida a mí, como hipotética representante de un
gobierno que no los defendía de los patrones.
_ Ya vas a conseguir algo, Héctor,
algo va a salir.- dio una vieja que creo que era la madre, a mis
espaldas.
El hombre agradeció con la mirada
pero no se enderezó, y siguió mirando el piso.
Salí de la casa puteando por
dentro al tal Di Palma. Yo no lo conocía, como no conozco a ningún
rico, pero justo en ese mes había oído ese nombre, porque una de
mis amigas había salido un par de veces con él. Di Palma (ella lo
mencionaba así, por el apellido), la llevaba a comer a sitios caros
y aparecía a buscarla cada vez en un auto diferente, reverendo hijo
de mil putas, cogiéndose a una piba de barrio que no le iba a
complicar la existencia, mientras a este otro pobre se le iba la vida
porque le habían sacado el sueldito de mierda de la construcción.
Maldito censo. Quién me mandó ser
empleada pública. Y todavía me faltaba una casa.
Miré dos veces el papel con las
indicaciones que me había dado el coordinador: la última dirección
que me quedaba era la de la vieja fábrica textil, abandonada desde
que tengo memoria. Un edificio de tres pisos y media cuadra de largo,
eternamente despintado y vacío. Golpeé la enorme puerta, por las
dudas, y ya me estaba por ir cuando sentí que se abría y escuché
una voz:
_ Pasá rápido, por favor.
Obedecí sin pensarlo dos veces.
Quien había hablado era una mujer de unos veinte años, que apenas
entré miró a ambos lados antes de volver a cerrar la pesada puerta.
Mientras lo hacía, miré a mi
alrededor: eso no era una casa.
_ Seguime.- dijo la chica.
Fuimos hasta el final del enorme
hall de entrada, que medía más de veinte metros de largo. El piso
había sido de monolítico; ahora estaba saltado en algunas partes, y
con manchas de humedad. Recién cuando la muchacha se sentó y me
ofreció un lugar ante su mesa percibí que también había allí una
nena, totalmente absorta en pintar un paisaje marino con crayolas en
una hoja de garbanzo. Solo había un par de camas, una cocinilla,
algunos enseres domésticos, y más allá del rincón habitado
comenzaban los tres pisos vacíos de la fábrica. Cada palabra del
censo retumbaba como si estuviéramos en una cárcel pero no había
ninguna puerta cerrada, salvo la de la entrada.
_ Hace seis meses vinimos para acá
porque nos quedamos sin lugar y el cuidador no dice nada y nos deja
quedarnos, pero por favor, por favor, por favor no le vayas a decir a
nadie que estamos solas. Si alguien se entera, si algún hombre sabe…
¡Por favor, no le digas a nadie!- imploró la muchacha, tomándome
fuerte de brazo y mirándome a los ojos muy de cerca. La nena levantó
la cabeza y se la quedó mirando, pero no dijo nada, y continuó
coloreando su lámina. Estaba haciendo un pulpo rojo; no era fácil
dibujar los tentáculos.
_ Quedate tranquila. ¿Cómo voy a
decir? Además está estrictamente prohibido revelar datos del censo,
no te preocupes, olvidate, soy una tumba.
_ Por favor- repitió- No digas
nada.
Hice las preguntas de rigor y
rellené los casilleros correspondientes, hasta que cerré por fin la
carpeta y di el censo por terminado. Llegué derecho a tirarme en la
cama. Tenía un nudo en el estómago, no pude almorzar. A las cuatro
me levanté para ir hasta lo del coordinador a llevarle los papeles
con datos, números y cruces. Había cumplido con mi deber. Me sentía
viscosa, sucia, sin salida. Después de bañarme vomité un rato
abrazada al inodoro, pero no fue suficiente. Demoré varios días en
salir del censo, y nunca más quise participar en una encuesta, pero
no lloré. No pude.
_ ¡Ah, me acordé!- exclamo de
pronto Victoria, cuando ya se nos acababa el tiempo para elaborar una
propuesta- Coco. Con Coco lloré, un poquito.
_ Yo no la vi.- respondió Pablo.
_ Ni yo.
Cuando se hicieron las nueve y
salimos del taller cada uno se fue caminando por su lado. La noche
estaba helada y oscura, nadie tuvo ganas de quedarse de charla en la
vereda.
Una hora después abrí la puerta
de mi casa y creí ver una manchita amarilla escurriéndose entre las
sillas, pero no: no había nadie, estaba sola. Prendí la computadora
y puse un programa de radio. Hoy tampoco iba a llorar.
Ayer escribí para el taller un cuento que se relacionaba a un posible cadáver enterrado desde hace casi un siglo bajo el sótano de la casa de mis abuelos. Hoy estoy leyendo "Huesos en el jardín", de Mankell, donde un hombre va a comprar una vieja casa y encuentra los huesos de una mano asomando de la tierra, en lo que parece ser un crimen muy lejano en el tiempo. Al mismo tiempo las noticias anuncian que fueron hallados restos humanos bajo el suelo del Batallón 13.
La ficción y la realidad, tan cercanas ellas, y tan paralelas, a veces. Solo que en la novela de Mankell es seguro que al final se encontrará al culpable, en tanto que en la vida real hay criminales que pasan por toda una existencia de apariencia honorable, o al menos inocente.
Acabo de subir al ómnibus más incómodo de todos los que conozco. El pasamanos negro está encima del asiento de la calle (para tomarse de él hay que caer sobre el pasajero de al lado) y el amarillo solo es accesible a quienes midan de 1.80 para arriba. De las piolitas no digo nada porque, ya se sabe, fueron diseñadas por alguien que en su vida subió a algo que no fuera un auto. No dan estabilidad, te hacen ir a los bamboleos y lastiman las manos.
Por lo demás, todo bien: vino en hora, la gente viaja en silencio, el chofer es amable y viene escuchando bajito una música que no molesta. El problema no es el servicio, es el envase.
#ViernesQuejoso
(Ya va a pasar)
Ayer fui a trabajar en taxi, porque una compañera lo había pedido en el camino, pensando que un temporal que se vino en la ruta nos empaparía en las 6 u 8 cuadras que caminamos desde el bus hasta el CeRP. Al pasar por la vía del tren (un poco antes de las 9) me sorprendió una masa de flores rojas al costado de los rieles: eran cientos, cuando la semana pasada solo había unas pocas. Un rato antes Anto (colega buscadora de imágenes) sacó la primera de estas fotos. Cuando yo fui a cazar amapolas a las diez y media ya la mitad de los pétalos estaban desperdigados por el suelo, y para el mediodía solo quedaba el verde sin rojos de la tercera foto.
Hablame de lo efímero.
Una tiene que corregir escritos, trabajos grupales y cosas que los estudiantes escriben de motu propio. Una empieza esta semana con tres autores. Una no ha escrito nada aún para el taller literario. Una tiene mucho para ordenar en su casa. Una podría encerar el piso.
Una se compra un policial y decide que, después de todo, la noción de independencia transita, a veces, por insospechados caminos.
Vengo semidormida en la CITA en la mitad del camino a Florida, cuando salimos a la ruta después de Canelones y abro los ojos. Hay algo raro a mi alrededor, aunque no me resulta fácil darme cuenta de qué es, al principio. Un ruido como un crujido leve llama mi atención a la izquierda, y en ese momento veo a la señora.
La señora viene en el asiento de al lado; debe haberse sentado cuando bajó una chica flaquita que durmió junto a mí durante todo el viaje de Montevideo a Canelones. Está vestida con una campera lila y un gorro a cuadros, y solo cuando la miro de reojo me doy cuenta de que en verdad es un señor, con un claro principio de barba en las mejillas.
El señor tiene una carta manuscrita en la mano; son dos hojas pequeñas, de tamaño cuaderno, escritas con grandes y bellas letras azules.
¡Una carta manuscrita!
El señor tiene además el sobre ya pronto, con nombre y dirección del destinatario. No miro el contenido (no solo por ética, sino -probablemente- porque sospecho que me va a resultar más interesante quedarme con la duda respecto a los tópicos de la misiva), pero sí llego a chusmear que el encabezado dice “Progreso”, y el esquema vacío de una fecha: “ / /2019”.
Me pregunto cuánto tiempo llevará escribiéndola el señor de la campera lila. Lo miro de nuevo con disimulo: debe andar por los setenta.
El señor revisa obsesivamente la carta. La corrige, le agrega líneas. Escribe apoyándose en la mano, sacando nuevos crujiditos al papel. Por fin parece satisfecho, completa la fecha (pero se adelanta un día, y le pone 24/8), la guarda en el sobre y se guarda la lapicera en el bolsillo de la campera. Es una lapicera azul y plateada, tipo Parker, pero de menor calidad.
A los pocos minutos saca todo de nuevo y vuelve a desplegar la carta, leyendo y corrigiendo alguna cosa. Vuelta a guardar el papel en el sobre, que ahora va a una especie de billetera, y de ahí al bolso de mano.
El señor parece satisfecho. De vez en cuando me mira, pero creo que es porque porque le molesta el sol que estoy dejando entrar por la ventana.
Mientras tanto seguimos avanzando entre los campos llenos de vacas negras de la patria. Bostezo y toso un poquito, saboreando de antemano el café que voy a prepararme ni bien llegue a Florida, al CeRP, a mi cuarto año de Literatura con siete alumnas y al comienzo de la actividad del último día de la semana, y me quedo pensando que por más que lo intento soy incapaz de recordar cuándo fue la última vez que alguien me escribió una carta manuscrita, con lapicera azul, con ciudad y fecha de encabezado, una carta para enviar en un sobre blanco por correo.
Este es un mundo poco poético.
Quiero una carta. Manuscrita. En sobre blanco.
LA IGUALITA
Pieza breve para dos personajes
(Sábado, 22.15 horas. 113 Aduana. La pasajera se para para bajar y escucha la voz del chofer)
ÉL _ ¿De qué materia eras vos?
ELLA _ ¿Eh?
ÉL _Sé que sos profesora, pero no me acuerdo de qué eras.
ELLA_ Literatura.
ÉL _ Ah, claro, Literatura. Estás igualita.
ELLA_ ¿Fuiste alumno mío?
ÉL _ Sí.
ELLA_ ¿De qué liceo?
ÉL _ Pah. Pasé por tantos. Yo soy de acá, de la Unión.
ELLA_ Capaz que del 19.
ÉL _ Ahí va, del 19.
ELLA_ Bueno, que andes bien. Suerte.
ÉL _ Vos también.
Fin.
Las mañanas de los sábados cuando ya no tienes 20 tienen ese... qué sé yo.
7.39: despierto con una serie creciente de maullidos ante mi puerta. Tengo una mamografía a las diez y media, así que hay tiempo de desperezos y mimos sabatinos.
7.40: ¡Un momento! ¿Yo no tenía otro examen ginecológico hoy? ¿Era antes o después de la mamo? Ni idea.
7.50: Tras buscar sin éxito en mi teléfono y papeles llamo a Cosem, quien amablemente me dice que no sueñe que me vayan a atender antes de las 8.
8.05: Cosem confirma que tengo un estudio agendado para hoy a las 8.50. No me da el tiempo para bañarme, pero llego.
8.10: ¡Las mamografías previas, tengo que llevar las mamografías previas!
8.20: Ta, no las encuentro, me voy.
8.21: Apenas llovizna. No hay un alma en las calles.
8.50: Llego en hora. Paso al instante. Me hacen una especie de ecografía (de rutina); el médico enuncia para la secretaria un montón de guarismos indescifrables, mucho gusto, hasta luego, deje la puerta abierta por favor.
9.30: Me dispongo a esperar la hora de la mamo en otra clínica de Cosem, pero me llaman apenas llego. Una técnica jovencita y amable. Apretujes frontales y oblicuos, mire para allá, tómese de aquí, ahora la otra, listo, que tengas buen fin de semana.
9.40: Saco número para médico general, ya que estoy, por aquello de la puntada (que debe ser muscular, por la tos) y me dan para 11.45, en otra clínica (la tercera de la mañana).
9.41: Aprovecho y saco hora para el oculista, pero pido para noviembre, porque antes no tengo tiempo.
10.10: Me instalo en una cadena de cafés semivacía donde tengo wifi, jazz y una bonita vista de la alerta amarilla.
10.50: No traje nada para leer, confirmo que esta cadena de cafés no tiene diarios, y decido entretenerme escribiendo intrascendencias.
11.00: Las publico.
_ ¿Cuál es tu plan, qué pensás hacer?- escucho a alguien parado a mi lado en el 103, y ya iba a arrancar con algo del orden de “y... ver si resisto la mañana, si me sigue doliendo una puntada en el pulmón, si puedo terminar con la tos, y si no capaz que llamo al Semm, no sé, depende..,”, cuando la voz continúa:
_ Con el macaco ese de la maqueta, digo, ¿qué vas a hacer?- y me doy cuenta de que solo era una madre hablando con su hijo en el camino a la escuela.
Respiro hondo (todo lo hondo que el resfrío me permite) y sigo pasando al fondo del pasillo, que hay lugar. No estoy segura de cuáles son mis planes. Por ahora, un paso a la vez, hasta que llegue la primavera. Y ahí recalculamos.
6 de la tarde en Montevideo. La tarde está tan fría que hace un rato hubo una llovizna sin agua: puro hielo que atravesaba ropas y calzado. La Plaza Independencia embolsa el viento de manera criminal, y no hay forma de aislarse de las inclemencias del tiempo. En este contexto, un grupo de personas uniformadas, en su mayoría mujeres, baja de un vehículo y se para al costado del Solís, en la peor vereda del viento. Esperan algo, no sé qué. Sus uniformes son primaverales; ellas usan pollerita por la rodilla y medias de nylon, camisa fina y chaquetita azul.
Me hizo acordar a cuándo tenía que ir al IAVA de pollera. ¿Hace falta tamaña inhumanidad, solo por las tradición o las apariencias? ¿Por qué no hay uniformes abrigados para esta gente?
Reflexiones de lunes pasado por frío.
#UniformeCriminal
Rambla de Kibón. Fines de los 90, principio del 2000. Una pequeña multitud que había ido temprano a un toque de Taddei se encuentra de pronto con que Claudio sube al escenario una hora antes y canta cuatro temas.
_ ¡Qué buena esta prueba de sonido acompañado por ustedes, gracias!- nos saluda antes de irse, con la sonrisa gigante que siempre le vistió la cara y la mirada. Al rato volvió, a la hora del recital, y apareció en una ambulancia, porque la cosa era patrocinada por la UCM. El show fue largo y desbordante. La gente colmó toda la explanada.
Ahí empezamos a adorarlo.
Después lo vi muchas veces. Muchas. Con y sin el hijo (cuando era niño y cantaban juntos “Dormite conmigo”), con y sin pinturas. De repente lo encontraba de público, como en el show de la Epumer en un bar del centro, poco antes de que ella se fuera a los 40 (otra tragedia, que todavía duele), a veces en espacios cerrados, a veces aprovechando su generosidad de músico de alma. En el Plaza subió al escenario de bastón, y todos gritamos por fuera, lloramos por dentro y festejamos su vida y su entereza de artista pleno y completo. Al Solís entró descalzo, desde el fondo de la platea, cantando con su guitarra, vestido de blanco y lleno de collares. Esa noche, en el Tasende, lo fui a saludar y le pedí que me firmara un disco. Él me sonrió, me dio un beso, agradeció el saludo. Yo me fui contenta, porque él ya estaba curado y se apoyaba en la pierna sin problemas.
El año pasado, en marzo, nos regaló un concierto de primer nivel en la peatonal Sarandí. Estaba radiante, con más fuerza que nunca. Se le notaba la espiritualidad, la búsqueda de lo absoluto, la sabiduría.
Un tipo luminoso.
Festejemos su vida, y que parta tranquilo. No nos vayamos a asustar, que nadie va a apagar la luz.
Diálogo con el chofer del Copsa, línea 703, a la vuelta de Tres Cruces:
YO _ Hola. ¿Vas al km 24?
ÉL _ No: llego al 16.
YO _ Ah, qué lástima. Voy solo hasta Rubén Darío.
ÉL _ Son 53$.
YO _ Bien.
Explique el sentido del diálogo, teniendo en cuenta que la calle Rubén Darío queda más o menos en el km 10.
Opciones:
A) No tiene sentido
B ) No tiene sentido pero igual nada importa, porque es viernes y llueve.
C) Tiene sentido, pero solo para la gente del barrio.
D) Soy una micro delincuente.
Llueve.
Hace frío.
Aún quedan dos meses del invierno.
Estás con terrible resfriado.
Tosés.
Te cuesta respirar por la nariz.
Tus neuronas se niegan a hacer sinapsis.
Te pusiste tanta ropa que en vez de una cebolla parecés un Michelín.
Hay tremenda humedad y los rulos hacen lo que quieren.
Pero es viernes.
Querido Youtube:
Algo anda mal en nuestra relación. Nunca sería capaz de dejarte, pero quiero que sepas que a veces me estás dando una sensación de incomodidad... No sé. Ya no sos el que eras. Hace tiempo que te pusiste viejo y aconsejador: que compre esto, que use esto otro y, siempre repitiendo hasta el cansancio las mismas cosas. ¡Que Aure es la palabra hebrea para luz, por ejemplo, me lo decís veinte veces por día, m’hijo! Ya recorro mi casa repitiendo “hello, my name is Aure, which is a hebrew word for light”. Y que grammar is no sé qué, también. Y lo venía bancando bastante bien, skip esto, skip lo otro, pero cuando arrancaste con eso de que “la música es algo traNscendental”, viste... ya no pude mirar para otro lado. Me metés en los oídos y en el cerebro esa N infame al principio de uno de cada tres videos, y viste que yo tengo mis problemitas.
Obvio que voy a seguir viéndote, pero ya no es lo mismo, no es lo mismo. Fue lindo mientras duró, pero la magia se acabó.
No sos vos, soy yo.
Buenos Aires, mayo de 2018: un hombre es buscado por la policía por fraude y estafa. Pesa sobre él una condena de 9 años.
Buenos Aires, agosto de 2019: el prófugo es localizado en plena calle Corrientes, como autor y protagonista de una obra de teatro para niños en la que hacía de ladrón bajo el seudónimo de Ronnie Stanford. La policía va a prenderlo, pero él les muestra el teatro lleno de niños y pide que lo dejen hacer la función. Lo dejan, ven toda la obra entre el público y lo detienen cuando baja el telón.
Hablame de realismo mágico.
Este es un post prejuicioso, centrado en un estereotipo a quien de aquí en adelante denominaremos El Podador. La autora de este post avisa que odia a todos los podadores tanto como odia a los domadores, a los matarifes y a los carniceros, en tanto estén en funciones, y quiere dejarlo claro desde el principio.
El Podador siempre es hombre.
El Podador tiene más de 40 años.
El Podador vive en una casa y no en un departamento.
El Podador suele creerse Jefe de Familia, Jefe de Cuadra, Jefe del Barrio.
El Podador comienza a accionar todos los años por estos días. Elige un día de sol para buscar sus herramientas y salir a medir fuerzas con los árboles y arbustos sobre los que cree tener jurisdicción. Mira hacia arriba y esboza un pensamiento generado en la zona reptiliana de su cerebro de homo sapiens (solo sapiens): vamos a hacer que haya más sol sobre la tierra. Y empieza. A veces, si tiene suerte, reúne a su alrededor una pequeña cohorte de homo sapiencitos (en este caso, tanto hombres como mujeres) deseosos de aplaudirlo e imitarlo. Cuando termina se vuelve a contemplar su obra y se mete en su casa a lavarse las manos y ponerse a mirar el informativo. Atrás deja un tronco mocho, en el mejor de los casos, que va a demorar dos años en volver a ser árbol.
El Podador respira satisfecho.
Ha derrotado a alguien.
Ya puede continuar con su vida.
Hoy cumplo dos semanas de no-salud. Nada grave, solo un crescendo de toses, mocos y garganta a la miseria, bien invernal, lo típico. Hasta ahora la vine llevando sin faltar por esto (especialmente porque la semana pasada sí falté unos días, por el concurso de CFE), pero hoy claudiqué, y me quedo.
He despertado muchas veces esta mañana. Una con la alarma habitual, a las cinco y media. Otra un poco antes de las siete, para avisarle a una alumna que viaja de lejos que no iba a ir. La tercera hace un rato, para decirle al resto del grupo (son pocas estudiantes, es fácil comunicarse, y además varias viven enfrente al Cerp).
No sé en cuál de esos despertares salí de un sueño muy extraño. Parece que yo tenía algún enemigo, que por la noche había entrado a mi casa pero no a robar sino a dejarme mensajes atemorizantes. La puerta de mi dormitorio, por ejemplo, estaba atravesada del lado de afuera por una cartulina gigante llena de cosas escritas con diferentes colores y letras. Cada uno de los peldaños de la escalera también, cubierto de papeles y amenazas, que no llegué a leer en ningún caso, solo arranqué todo y lo hice una pelota de cartulinas y papel garbanzo que dejé tirada en la cocina, hasta decidir si iba a ir o no con ella a la policía.
Pero eso no había sido lo peor. Cuando volví a la cama (porque en el sueño también estaba enferma) estaba jugando con una Matilda a cada lado y a los pies el gato viejito, que parece que en el mundo de lo onírico sí se atreve a subir la escalera, cuando... Un momento. ¡Tenía una Matilda a cada lado! ¡El hdp de mi enemigo me había dejado una gata idéntica a la mía, y ahora no solo no sabía cuál era cuál sino que iba a tener que adoptar a la nueva! La pobre probablemente habría sido secuestrada de alguna casa solo por la cabeza retorcida de alguien que me quería complicar la vida. Tres gatos. Ahora tenía tres gatos grises de pecho y patas blancas, y encima los tres iban a querer dormir en mi cama...
Ahí me desperté. Después anduve por Cuba, volé en un parapente y me perdí en un hotel, pero ya nada podía impresionarme más que haber tenido un enemigo dejándome amenazas y una Matilda 2 en mi propia casa.
Creo que voy a llamar al Semm.
Nací en la pobreza, y viví en un barrio donde la violencia era cosa de todos los días. Fui niña en el 73’, cuando corrían personas y desembarcaban camionetas de milicos en las fábricas de mi calle. Fui adolescente en el 82’, cuando las milanesas de mi vieja empezaron a ser estiradas con arroz porque la carne no alcanzaba. Nunca tuve clases de inglés, de ballet ni de manualidades. No fui a colegio privado. Mis viejos no me regalaban muñecas Barbie, pero me cuidaban. Iban a llevarme y a traerme de la escuela, en la niñez, y mi padre me acompañaba a la parada todas las madrugadas cuando tenía que ir al liceo. No conocí el mar hasta pasados los veinte: una vez al año íbamos al campo de algún conocido, que nos dejaba pasar unos días a monte y a río. Tampoco tuve amigos en el barrio, porque en mi calle no había niños; solo fábricas, curtiembres y esas cosas. Casi no había casas. Siempre corrían arroyitos de aguas coloridas junto a los cordones de las veredas: verdes, azules, a veces rojos o amarillos. El olor a los cueros, a los químicos y a la nafta de los camiones que eternamente hacían fila en mi vereda resulta imposible de quitar de la memoria. Todo el tiempo sonaban silbatos: la entrada de la BAMA, el recreo de la INLASA, el fin de turno de la APPELSA o la Montevideo.
Podría seguir así cincuenta páginas. Quizá algún día las escriba.
Ahora tengo la vida que quiero; supongo que para un sociólogo debo seguir siendo pobre, pero para mis parámetros personales estoy casi casi en la gloria.
¿Me costó trabajo?
Sí. Mucho.
¿Soy un ejemplo de que siempre que se quiere se puede?
No. No siempre.
Pude hacer algo yo, porque mi pobreza no era estructural. Vivía en una familia, mis viejos y mis abuelos tuvieron trabajo y siempre se me alentó a estudiar. De no ser así habría necesitado apoyo de afuera para poder salir. Apoyo en dinero, becas, trabajo, salud, lo que fuera. Romantizar la pobreza es propagar la mentira de la meritocracia. A veces la historia de superación es un cuentito con moraleja que se hace con la mejor intención, pero no es cierto que todo (TODO) dependa del esfuerzo personal. Es necesario, pero cuando se viene de varias generaciones de pobreza estructural no es la única variable. Hay que abrir los ojos. Y ayudar.
(Sí, la gripe me puso intolerante, especialmente con algunas mentiras rosa que abundan en las redes. Lo siento. Unos Bio Grip C y volveré a las crónicas costumbristas, supongo. Hasta entonces.)

IAVA, coordinación al mediodía en el Salón de Actos. El señor vino con dos ayudantes impecablemente vestidos, un chico y una mujer joven de pelo corto, quienes se ocuparon de ir pasando las imágenes en el cañón, sacar fotos del evento y repartir caramelos entre los asistentes. Decenas de docentes experimentados escuchando una charla sobre Inteligencia Emocional. Una de las primeras cosas que hace el conferencista (con micrófono solapero inalámbrico, re chuchi) es contarnos un cuentito de Jorge Bucay, y preguntar luego obviedades a la concurrencia. A continuación toca el tema de las emociones, entre las cuales destaca algunas de dudosa filiación emocional, como la autoestima, la empatía o el optimismo. Nueva cita de Bucay, mechada entre Coleman y Gardner. Se intenta proyectar un video, pero no se encuentra cómo conectar el sonido. Consejos morales sobre cómo criar niños en la era celular. Profesoras que intervienen, llevando la charla a "qué horrible, no hay que ser amigo de los hijos, hay que ser padre".
Adivinen quién se fue a corregir escritos a la Sala de Profesores.
Mírenlos... son los oportunistas. Vienen rodando a velocidad normal por la avenida, hasta que se acercan a nuestra parada. Nos ven desde lejos: 25 potenciales pasajeros esperando que un ómnibus se digne detenerse y llevarnos a otras tierras. Han pasado ya seis 103 de largo. Los taxis huelen nuestros cálculos mentales, saben que existe la posibilidad de pasar justo justo cuando nos cansamos de la espera y claudicamos. Por eso frenan, y nos pasan despacito, despacito, con su bandera roja que proclama disponibilidad inmediata. Oportunistas.
Por suerte de pronto aparece un 316 providencial que no me llevará hasta el liceo, pero me dejará en un territorio cercano. Voy sentada junto a un hombre desquiciado que habla solo, se contesta, ríe, insulta en voz baja al guarda y sacude la cabeza, pero al menos parece tranquilo, por ahora. Si la locura o el alcohol lo terminan por convertir en violento tendré que bajarme y subirme al primer taxi que se detenga, pienso, pero por ahora sigo en la manada colectiva, donde los otros integrantes no escuchan a mi compañero, o lo toman como normal. Él ahora está manteniendo un diálogo imaginario con su hermano, quizás no muy diferente del que yo estoy teniendo con ustedes.
Llegó el momento de bajar en Propios y esperar un segundo bus, con o sin loco. Deséenme suerte.
Algunas veces el infierno puede ser tener que levantarse una hora antes en medio de la madrugada para corregir trabajos basados en la Divina Comedia, especialmente si afuera hace frío, si llovizna y el invierno se te mete por los huesos y el alma. Peor aún si te pasaste la mitad de la noche sin dormir porque estabas tan congestionada que la mayor parte del tiempo ni siquiera podías respirar, o si desayunás leyendo cosas en las redes que te hacen preguntar para qué seguir con este chico Dante cuando todos nos pasamos media vida tocando los círculos del infierno, a veces con las manos, a veces con los ojos.
También puede suceder que te pongas a leer los seis trabajos creativos sobre el infierno dantesco que le pediste a los quintos Humanisticos y aún no pudiste corregir y de repente te encuentres con que están buenos, muy buenos, en verdad. Ahí hay dedicación, seriedad, conocimiento y buena capacidad de comunicación de las ideas. Empezás a pensar que no estabas en el infierno, sino en el purgatorio, y que el frío algún día se va a terminar.
Entonces abrís el trabajo de Marcela, y ya no podés seguir corrigiendo. La luz te golpea en los ojos, es algo tan increíblemente bello, inteligente y bien escrito que te quedás sin palabras. Marcela no es la mejor estudiante de tu clase. Ha faltado mucho, no interviene, no la ves socializar, parece tímida. No sabés nada de su vida, es un misterio, y de repente deviene en esto, cuatro carillas que no tenés nota suficiente para calificar, porque va mil mundos adelante de todo lo que hasta ahora has leído. Excepto el trabajo de Maite hace un par de años, pensás, ese también estaba despegado del mundo cotidiano. Talento, la palabra es talento, o es genio, o ambas cosas. Qué lo parió, Mendieta. Parece mentira, las cosas que veo.
MIrás por la ventana. Ya se insinúa la luz de la mañana, y los pájaros han arrancado a cantar en Arbolito. Tendrás que salir en diez minutos y corregir los dos trabajos que faltan leyéndolos del celular en el 103 pero no importa, porque el Paraíso puede tener muchas sedes, y hoy salís al mundo cotidiano flotando sobre las calles de la cooperativa.
Estoy encerrada con Matilda y el aire acondicionado en el piso de arriba, leyendo. Algo como una reminiscencia de sonido llega entonces al umbral de mi percepción, y me hace abrir la puerta: es el teléfono de línea, sonando en el living. Bajo sin ganas, sabiendo que nada bueno viene de una llamada al número fijo, y al atender escucho la voz de una chica que pregunta:
_ Buenas tardes. ¿Hablo con la señora de la casa?
La puta madre que te parió, pienso, desoyendo las voces interiores que me susurran que la chica no tiene la culpa del speech que le ordenan utilizar, y que la puteada a la madre es un resabio machista que debemos desterrar de nuestro lenguaje mental. ¿Cómo que si habla con "la señora de la casa"? No tengo voz de hombre ni de niña, o sea que es innegable que soy señora, y estoy en la casa a la que se está llamando. Puta madre, repito. ¿Quién atiende y no es "la señora de la casa"? ¿La sirvienta? ¿Sirvienta, en un número que arranca por 2514? Y si lo fuera, ¿no sería objeto de su "invitación" a participar en no sé cuál cena beneficio de los Legionarios de no sé qué, como me dijo antes de que le cortara con toda la amabilidad de que soy capaz esta tarde, que no es mucha?
Moraleja: joven oriental, el estudio no te garantiza zafar de estos trabajos odiosos, pero es un camino posible. Casi te diría que el único. Saludos de la señora de la casa. La gata de la casa ni se ha despertado, pero en general suele no llevarme la contra, por ahora (y mientras haya atún en su plato). Buenas tardes.
Hoy en los accesos chocaron un auto y tres camiones. Montevideo Portal narra que "El auto paró sin encender las luces de advertencia y quienes venían atrás no lograron esquivarlo, según la información primaria."
Elemental, querido Watson. La culpa, entonces, es solamente del auto y no de los 3 camiones que le iban comiendo cola.
Me voy yendo de la noticia y de reojo (juro que fue de reojo) veo un comentario de alguien que se las arregla para a partir de esto criticar al Frente y pedir que renuncie Bonomi.
Este es un mundo muy raro. Lleno de visiones-tubo.
(Sí, ya me voy a estudiar... es solo el recreo del segundo café de la mañana. Bueno, ta: el tercero.)
No sé qué es peor: si errarle a la hora de consulta con el dentista y caer 60 minutos antes, pasar el rato en la sala de espera consumiendo caramelos de miel o ver que durante todo ese tiempo el peluquero de enfrente mira la tele porque no le entra un cliente. Ni un caballero ni un niño. Pobre peluquero. La gente pasa presurosa por la vereda pero ninguno se detiene ante sus sillones blancos y metalizados. Quizá si pintara todo de negro y cambiara el nombre del local por “Barbería”...
Al rato acaba por cansarse de la tele, desaparece por una puerta del fondo y la única que sigue en actitud de espera sigo siendo yo.
Su local queda con las luces prendidas, como proclamando que no necesita de improbables clientes de miércoles, mientras yo miro la hora en el teléfono y disimuladamente echo mano a un muevo caramelo. No le cuenten a mi dentista.
El señor tiene una hermosa piel rozagante, casi sin arrugas, pero el cabello totalmente blanco y la expresión de su cara indican que hace rato ya que pasó los setenta. Viene muy derechito en su asiento junto al mío. Cuando pasa un muchacho vendiendo maní con chocolate él pide un paquete con un mínimo movimiento de la mano. Tiene que pararse para rescatar algunas monedas del fondo de su bolsillo; a continuación vuelve a sentarse y extiende la palma de la mano, ofreciendo tres monedas de cinco relucientes. El joven lo mira, confundido.
_ Son veinte pesos, señor.
El viejo lo mira, contempla las monedas y no dice nada. Toma con la otra mano una de ellas y mira interrogativo al vendedor.
_ Esa es de cinco- aclara el muchacho, y de reojo confirmo que es verdad, que no le está queriendo pagar con alguna de cincuenta.- Ahí tiene quince. Faltan cinco.
El hombre sonríe, lo mira, se queda en silencio hasta que parece comprender y agrega otra moneda. Vuelve a mirar al vendedor, expectante.
_ Perfecto. Ahora sí. Muchas gracias, caballero. Que tenga un buen día.-saluda el muchacho, y se baja. Esta ha sido su única venta.
Vuelvo a zambullirme en el libro que vengo leyendo, pero me quedo atenta a los sonidos que comienzan a llegar desde el asiento de al lado. El viejo trata inútilmente de abrir la bolsita de nylon que acaba de comprar. Una de esas bolsas que vienen selladas como si contuvieran un virus, qué sé yo. El hombre intenta meter uñas, hacer fuerza con los dedos de las dos manos, y nada. La bolsita acorazada resiste todo intento de acceso al contenido. Comienzo a pensar si debo ofrecerle ayuda, pero no estoy segura de si lo tomaría bien, y además nadie me asegura que yo sí sea capaz de abrirla. El veterano opta, al final, por hacer lo mismo que haría cualquier persona de bien ante un caso desesperado: le mete un dedo a la fuerza, logra vencer la férrea resistencia del nylon y generar un camino hacia el chocolate, que comienza a comer con evidente satisfacción.
No sé si acabo de ver una escena del presente del Cele o del futuro de Mariela; por las dudas elijo deslindarme del tema y volver a mi libro durante el resto del viaje. Igual yo nunca compro maní con chocolate en el ómnibus, porque prefiero los de Tienda Inglesa. Los que vienen en cajita. Esos.
Historias
1
Apenas desperté esta mañana supe que había tenido un sueño importante, pero no pude recordar el tema. No había sido una pesadilla; era algo agradable. La sensación, pasadas las horas, continuaba siendo positiva, aunque inasible. Durante la mitad del día traté de recuperar alguna imagen, sin lograrlo. Por la tarde, yendo al supermercado, escuché de pasada la frase de un veterano que charlaba con dos hombres en la puerta del gimnasio:
_ ¡Eso que decís es como lo que le pasó a Rodríguez, que le apareció una hija en Salto!
Y ahí me acordé: había soñado que tenía una hermana, de cuya existencia acababa de enterarme, que no vivía en Montevideo y que había aparecido de sorpresa en la vida de mi viejo. Rodríguez.
2
Estaba saliendo a caminar a eso de las ocho y media de la mañana cuando en la esquina de mi casa saludé a alguien que hacía días que no veía, una viejita amiga de mis padres con la que de vez en cuando me paro de charla en la vereda, al mejor estilo de cuando yo era chica y el tiempo no importaba.
_ ¿Cómo andás, Teresa?
_ Bien, m’hija. ¿Y vos? Decime, ¿de casualidad no precisás tierra?
Tragué saliva y quedé dura. Hacía cinco minutos, justo antes de salir, había encontrado una caja de semillas de pasto que compré el año pasado en Beltrame, y me había planteado si debería comprar tierra para taparlas una vez que las sembrara.
_ Siempre preciso. ¿Tenés?
_ Sí, m’hijita. Ayer estuvieron mis hijos limpiando el fondo y sacamos una cantidad de bolsas, de esas de albañil. Están en mi frente, llevátelas nomás si te sirven, que yo las iba a tirar.
Miré para su casa y respiré con opulencia: ahora sí podía proceder a la siembra. La tierra era negra, húmeda y tan abundante que terminé pasándole dos bolsas a un vecino que las miró con cariño, y tirando otras cuatro en el pozo de la vereda. Ya hacía un par de años que nos había quedado una suerte de paisaje suavemente ondulado, después de que la OSE estuvo tratando de mejorar la poca presión del agua en el repecho de mi calle. Con la tierra de Teresa no lo solucioné del todo pero llegué casi a nivelarlo. Tiré también una bolsa entera en mi frente, que solo logra dar una gramilla de hojas tristes y flacas. Sobre ese manto esparcí las la bolsita de semillas de pasto (curiosamente celestes) y después las tapé con más tierra, que venía con montones de hojas secas y tres o cuatro lombrices perezosas.
Ojalá los gatos del barrio entiendan que ese no es su nuevo baño social y que no me nazcan pastos celestes, que no combinarían con el color de los ladrillos.
3
Salí por fin a caminar después de las labores de jardinería. Todavía no eran las nueve y media, y no había personas ni autos circulando por la avenida excepto un hombre, un amigo de mi padre que desde hace años me mira con expresión interrogativa, como cuestionándose si no será que me gustan los señores mayores. Iba paseando a su perro, y al cruzarnos me preguntó:
_ ¿Nos caímos de la cama hoy?
Otro, pienso, y salgo del paso respondiendo cualquier cosa. Igual que la vieja Tocha, la viuda de uno de mis tíos, que solo sale de su casa para pasear a sus tres pequineses meones y hace un par de domingos me preguntó qué hacía levantada tan temprano. Por qué no se irán a la puta madre que los parió ella, los pequineses y el amigo de mi viejo. Esta gente nunca me ve de mañana porque cuando abren sus ojitos de jubilados y empiezan a pensar en preparar el mate yo ya estoy dando clases en el IAVA o llegando a Florida. Me tiene harta la soberbia de la tercera edad. Yo nunca voy a ser como ellos.
Sigo caminando por la ciudad desierta, cuidando de no tropezar con las baldosas flojas de la vereda. En cualquier momento empiezan a caer unas gotas pero no importa, porque ando con paraguas. A la vuelta voy a pasar por la farmacia a comprar Bucoseptine para la garganta, que me tiene mal. Por suerte traje algo de plata; siempre es mejor ser precavido.
4
El flaco Esteban estaba charlando con dos veteranos cuando pasé por la esquina de su casa. Al parecer el partido con Progreso era la gran incógnita de la tarde, pero apenas vio que me acercaba bajó la vereda y vino a charlar conmigo de recitales, de la acústica del Antel Arena y de cómo nos perdimos a Las Pelotas ayer, en el Museo del Carnaval.
Hace más de media vida que nos conocemos, y solo hablamos de música y de vacaciones. Me pregunto si algún día tendríamos que cambiar de tema, aunque no estoy segura, porque me da pereza. Pero igual me pregunto.
5
Encontré un naipe tirado en el camino: estaba dado vuelta, y solo tenía una frase escrita en letras rojas sobre fondo blanco, que decía "Decídete y hazlo". Odio las instrucciones incompletas. Entré al supermercado; compré dos cajas de sobres de capuchino y unas galletitas de chocolate.
6
En tres días tengo la defensa del trabajo para el concurso de CFE al que me presenté hace siete meses. Debería haber estado todo este sábado encerrada, estudiando.
Esta microhistoria anula todas las anteriores.
Cuando yo tenía 10 años una de mis primas me invitó a formar parte de una cadena de niños que enviaban postales por el mundo. El asunto era muy simple: si aceptaba ser parte del juego tenía que enviarle una postal con el lema "Los niños del mundo unidos por la paz" (o algo parecido) a una persona cuyo nombre y dirección figuraban en una especie de hoja de instrucciones, ocupando el primer escalón de una lista de cinco renglones. El último de esos nombres era el de la prima que me había enganchado con el juego. A continuación debía yo convencer de entrar en el juego a otras cinco nenas, que garantizarían la continuidad de la cadena y que me colocarían en el último renglón en la línea de prelación de las instrucciones. Pasado un tiempo prudencial yo debía haber sido casi casi millonaria en postales (o no tanto, pero tenían que llegarme unas 200), todas ellas con el mismo mensaje de fe y optimismo de los niños del mundo unidos por la paz. Obviamente que envié mi postal y convencí a cinco nuevas participantes (mandada a hacer como a medida para toda credulidad que hubiera en la vuelta), e igualmente obvio que (aunque esperé semanas y semanas) nunca recibí ni una sola postal, aun cuando ya había transcurrido tiempo más que suficiente para que el lento correo de los años 70´ las trajera hasta mi casa.
Esto me vino a la memoria porque hoy escuché que en Argentina está circulando una estafa piramidal con el mismo esquema, solo que en vez de enviar una postal te piden para engancharte que aportes la módica suma U$ 1440, teñido todo el asunto de un tinte pseudo solidario y feminista, con videos de mandalas de lo más coloridos, con grupos de wsp como apoyo y hasta con gente famosa que los avala.
Ojo. Eso es lo que quería decir, aunque supongo que ustedes ya habrán escuchado también sobre el tema. Algunas personas (las primeras) pueden llegar a ganar dinero, pero casi el 90% marcha y se queda sin un peso. Ya no tenemos 10 años, pero a veces...
Ps: Y si alguno de ustedes fue uno de los que debieron enviarme mi postal y no lo hicieron, es muy tarde ahora para enmendar su falta de compromiso con el juego, aunque reconocerlo podría ser un primer paso. Igual por las dudas no me manden postales. Prueben con un libro, quizás. Por aquello de la inflación.
¿Neurótica, yo? ¿Intolerante ante las masticaciones de chicle, snacks o pop de mis amigos?
No, queridos: misofónica.
"Lo que para nosotros son sonidos de fondo, casi la banda sonora de la vida, como el ruido al masticar, el chasquido de unos labios, el tintineo de los cubiertos o el clic de de la punta de un lápiz al romperse, para otros resultan sonidos profundamente desagradables. Algunos de los sonidos que provocan este malestar tienen una intensidad relativamente baja, del orden de 40 a 50 decibelios, es decir, por debajo de una conversación normal. Sonidos que son capaces de desencadenar estrés, ira, irritación y, en casos extremos, rabia violenta. Estas personas odian irracionalmente determinados ruidos. Sufren lo que se denomina misofonia.
Se cree que es un trastorno neurológico, probablemente localizado en las altas estructuras del sistema nervioso central, caracterizado por experiencias negativas que son solo resultado de sonidos específicos."
Por eso, si alguna vez voy con ustedes al cine o al teatro, se ponen a comer algo a mi costado y ven que me mudo varias filas para adelante, no traten de detenerme. No son ustedes: soy yo. Ahora, si se ponen a sorber un plato de fideos o a masticar con la boca abierta, sépanlo desde ya: no soy yo, son ustedes.
¿Ya les conté que vivo en el barrio equivocado? Yo tendría que mudarme a la zona de la Universidad, porque haga lo que haga siempre termino esperando el ómnibus en 18 y Eduardo Acevedo. Liceo, boliches, feria, chinos, taller: de día o de noche, todo me lleva a las mismas pocas manzanas de la vuelta del IAVA.
Hace poco le agregué un dentista (por si faltaba algún rubro) y de ahí vengo ahora, de Mundo Audio. No porque me mande mensajes de voz (que sabe que detesto) sino porque tengo tanto consultorio odontológico en la memoria que ya reconozco los instrumentos solo por el sonido.
Pequeño Mariela Onomatopéyico:
Yiiiiiiiii: torno malo. Duele.
Pip... pip... pip...: láser. Inofensivo.
Rummmrrum: torno intermedio. Maldad nivel leve.
... ... : líquido azul, silencioso. Acidez soportable.
Splash: al dentista le llegó un mensaje.
Fffshhhhh: succionador de saliva. Neutro.
_ La cabeza para acá.- Orden del dentista viendo que me voy escapando hacia el otro extremo del sillón.
Bzzzzz: secador con aire frío. A veces se ensaña con las encías.
Wenoreueeewo: canción en la radio, mezclada con otros ruidos.
Trrrrrr... trrrrr: torno gordito con gusto a flúor. Bondadoso.
Shick- shick- shick: pulidor interdental. Molesta pero no duele.
_ Bueno, Mariela.- Inicio de despedida. Libertad infinita hasta la próxima semana.
Fin.
Ps: bienaventurados, oh, vosotros, si no conocéis de estos ruidos. Solo unos pocos elegidos pertenecen de verdad al gran mundo.
Iba llegando a la esquina de 18 y Fernández Crespo cuando nuestros ojos se cruzaron. Yo venía de caminar en forma errática y aleatoria desde Tres Cruces, guiándome más por la comodidad de las veredas con sol que por la brevedad del recorrido. Llevaba en la mano una bolsa transparente robada a la sección de frutas y verduras de Tata, con solo una lata de atún y otra de sardinas en su interior. Mi objetivo era la feria, como tantas mañanas de domingo. Hoy en particular me había fijado como consigna no mirar libros, sino artículos de jardinería. Tierra, macetas, quizás alguna pequeña suculenta o un helecho esponjoso.
El semáforo me detuvo antes de llegar a la esquina. Ese fue el momento en que lo vi, o mejor dicho que sentí sus ojos clavados en los míos. El cuerpo humano tiene esa capacidad: si nos observan, lo percibimos. Vestigios de nuestras épocas de víctimas potenciales de grandes animales, dicen los que saben.
Él estaba con un amigo esperando para atravesar 18, en esos segundos de transición entre el fin de la luz roja y el establecimiento definitivo de la verde, mientras yo me detenía ante la amarilla que me impedía cruzar Fernández Crespo. Evidentemente, ambos venían de la feria a la que yo estaba yendo. El amigo no me registró, pero él sí. Muy seguro de sí mismo, se me quedó observando durante cinco o seis interminables segundos, mientras yo desviaba rápidamente la mirada y me concentraba en la luz del semáforo de enfrente, hasta que de reojo capté que dejó de mirarme y empezó a cruzar, alejándose.
No me volví a mirarlo. Media cuadra después empezaron a aparecer los puestos de plantas, tierra y macetas que estaba buscando, y a los pocos minutos me olvidé de la desagradable sensación de haber sido mirada con insistencia por un famoso sexagenario argentino, pseudo humorista, pseudo cantante y pseudo político.
Seguí caminando bajo el sol del mediodía. Tristán Narvaja me recibió con el tsunami de olores, sonidos y colores de costumbre, y un par de horas más tarde regresé a mi casa, cargada de tierra y macetas como para seguir atiborrando los espacios luminosos del patio.
Díganme que no esperaban una historia romántica.
Olvídenlo: no la va a haber. No es mi estilo.
Salgo a la calle y de pronto una caricia, algo como una tibieza que se me instala con suavidad en la cara y en las manos. Me recuerda a algo conocido pero no logro determinar qué es, hasta que un nuevo misterio me distrae cuando la mitad del cielo cambia de color y pasa a ser... no sé, algo así como... ¿celeste?
Este es un extraño sábado. Quién sabe qué más puede llegar a suceder. Estén atentos, por las dudas, y después me cuentan.
Terminada la asamblea, a eso de las diez y media, once, nos fuimos mi amigo de la cooperativa y yo hasta el bar de la esquina, a tomar un cafecito post instancia deliberativa.
Íbamos llegando a Camino Maldonado cuando los vimos: cuatro patrulleros saliendo de la calle de enfrente y tomando hacia afuera, a toda velocidad pero sin sirenas prendidas. A los pocos minutos, ya desde la mesa del bar, observamos cómo seguían sus pasos otros tantos, más algunas motos y un par de vehículos de mayor porte. ¿Accidente en la ruta? No, porque no pasaron ambulancias. En cierto momento cuatro camionetas de PADO y un par de motos pasaron a la carrera hacia el centro, todo en el más absoluto silencio. Era como una película muda: luces rojas y azules corriendo en patota entre la niebla, sin que nunca se oyera ni mu.
Misterio. Ya miré los portales, y no dicen nada. Debe ser cosa de rutina. Otra noche de viernes en la tranquilidad a prueba de balas de la Curva de Maroñas.
Hace un rato vi una publicación, y me acordé.
Yo tenía 26 años y daba clases en el vespertino del liceo 25, que quedaba relativamente lejos de casa, pero era muy lindo. El 103 me dejaba en el km 16 de Camino Maldonado, y de ahí caminaba dos o tres cuadras hasta llegar.
Una tarde sentí una corrida a mis espaldas: era un milico. Me hizo señas, y me detuve. Qué diablos habría hecho mal, pensé, pero no. No era yo, era él, o más bien, era un otro.
_ Hola.- me dijo, mientras trataba de recobrar el aliento- Yo trabajo en aquella comisaría de allá, ¿la ves?
_ Eeeh... Sí.
_ Tomá.- agregó, alcanzándome un papelito- Es el teléfono de un compañero que quiere hablar contigo. Llamalo.
_ ¿Pero, qué...?- empecé a decir, mientras el uniformado ya se daba vuelta y empezaba a alejarse rumbo a la seccional.
_Llamalo.- agregó, y nunca lo hice.
Hasta ahora no me había dado cuenta de lo desubicado de ambos policías. Cargarse a una desconocida en horario de trabajo es lo de menos: el tema es intentar aprovecharse de la “respetabilidad” que se supone te da el venir uniformado, como si estuvieras cumpliendo las funciones para las que todos te pagamos, y no. A veces no.
#Microinvasiones
Muchacha ojos de papel nació cuando yo tenía dos años, y me acompañó toda la vida, pero yo casi no conocía más del Flaco, como no conocía (y no conozco) mucho de tantas cosas.
Una vez, en 1994, fui a pasar un fin de semana a Buenos Aires con una pareja de amigos. Iba a encontrarme con un amor de verano, un pibe de veinte años que estudiaba medicina y tocaba el saxo (o sea; dios). Ese sábado me invitó al cine a ver una película argentina que después nunca vi que se estrenara en Montevideo: Fuego gris. Una demencia. Y ya no pude dejar de amar a Spinetta.
Sabe que estoy yendo a su encuentro. ¿Estará con alguien cuando llegue? ¡Ah, los nervios, los nervios! A él seguro que no le pasa, porque tiene como diez años menos y además está acostumbrado a esto de las citas, pero yo... Yo estoy fuera de training. Hubo un tiempo en que ir a verlo no me habría movido un pelo. Ahora me cuestiono cada paso. Menos mal que no me pinté los labios, pienso. Mejor natural. Espero que no me cuestione la vida que llevo; es solo la segunda vez que voy a verlo, pero en la primera se puso serio y me marcó los límites. Creo que con él no se juega. No le va la impuntualidad, y ya me planteó las cosas con una claridad tal que un poquito me puso los pelos de punta. Sé que me va a hacer sufrir, y encima quiere dinero, mucho, mucho. Esta relación no va a ser buena a corto plazo, pero a la larga... quién sabe. Tal vez me haga bien, y termine repartiendo aún más sonrisas por la vida. Nunca se sabe.
Matilda camina por los muros sembrados de vidrios con una elegancia a prueba de tropiezos. Salta desde el sobretecho hasta la ventana de la cocina y aterriza impecable en los únicos 40 cm sin plantas. Camina entre los adornos de los muebles sin tocarlos, sube a la mesa como quien trepa un escalón y cuando quiere irse salta de piso a muro sin el menor esfuerzo.
El gato no puede saltar hasta el muro, solo llega al nivel del sillón y cada vez que baja a la ventana de la cocina se lleva puesta una maceta. No sé si es un tema de género, de edad, tamaño o simple torpeza, pero las plantas lo ven venir y tiemblan.
La humana, entre tanto, hace una hora que se debate entre hacer o no hacer mandados, porque tiene la heladera vacía después del viaje pero cada vez que mueve un dedo siente una especie de "crack" como de hueso que se deshiela.
Que venga la primavera. YA.
Vacaciones deee julio
La salida del bus a Carlos Paz se realizó en tiempo y forma. Solo tenemos la mitad de los asientos ocupados, de manera que pronto nos dividimos para tener dos plazas por durmiente, porque la idea inicial era que el viaje llevaba entre 12 y 4 horas, hora más, hora menos.
Nuestra guía se llama Elba y tiene una edad acorde con el nombre. Habla muy bien y es correcta, no se excede con los discursos ni se come las eses como la del año pasado.
A la hora de la cena el problema fue que somos cuatro vegetarianos que había os avisado, pero nuestras bandejas no aparecían. Al final parece que estaban por ahí, y nos las dieron: un pedacito de pascualina y una bandeja llena de papas cocidas, cortadas en trozos, con perejil. Iupiiii...
Tras la cena, al rato estuvimos media hora en un parador con olor a fritanga, y yo me pasé un buen rato juntando ágatas entre el pedregullo, igual que el año pasado.
De mañana hubo una franjita de luna escondiéndose en el horizonte, lagos vaporosos, águilas entre la niebla. Una circunvalación de Córdoba que dejó en claro el cinturón de miseria de la ciudad, que dejamos atrás para entrar Carlos Paz, entre las sierras y al pie del lago.
Las vacaciones han comenzado.
Después de un “opíparo” almuerzo en el hotel de fideos con un leve rastro de queso decido tirarme hasta la principal de Carlos Paz a tomar un cortado con medialunas. Mucho restaurante carnívoro, mucha comida chatarra pero poca cosa saludable a la vista, por ahora.
En la principal,una especie de 8 de octubre con alguito más de nivel, grandes marquesinas con espectáculos de revistas y humoristas que aseguran arrancar carcajadas pero tienen los ojos tristes en las fotos. Son obras que se dieron en Turismo, las carteleras están ya sin color y un poco raídas en los bordes.
Paso por una cafetería elegante pero me parece cara y sigo de largo. Me siento en la segunda, que tiene todas las mesas arregladas pero ni un comensal instalado; espero cinco minutos, no viene nadie, me voy. En la tercera un mozo de increíbles y azules ojos trae un cortado y dos medialunas y doy comienzo a mi segundo desayuno, en este caso de las 13.30.
Entra un chico vendiendo tablas de picar carne. Que necesita vender, que tiene dos hijos autistas, que debe darles de comer. Tras él, a los dos minutos, una muchacha con unos pares de medias en la mano. Insiste, insiste, insiste. Parece que no se va a ir, pero al final se da la vuelta y regresa a la calle principal.
Vienen bravas mis vacaciones del punto de vista gastronómico, pienso, y me dispongo a tomar mi cortado. Salud. Y que mejore Argentina, que la veo frágil y sin fuerzas. El día de sol y cielo azul (como los ojos del mozo, repito) merece ser vivido con un poco más de energía.
Ya vendrán tiempos mejores, y fotos, y crónicas optimistas. Por ahora, es lo que hay.
Córdoba capital: 1.391.000 de personas, zona histórica de varias manzanas. Nueces deliciosas a 60 los 100 gramos. La mitad de los hombres tiene ojos color esmeralda. Peatonales por todos lados. Gerardo Romano en un teatro (pero el martes que viene). Museos, exposiciones, catedral. Gente muy amable. ¿El eclipse? Bueh... nunca sentí que se oscureciera el sol, medio entrecerrando los ojos lo vi con un mordisco menos y ahí por la mitad desapareció entre los edificios. A la vuelta a la señora guía le dio por contar chistes y adivinanzas y no hubo quien la eclipsara. Y esa fue la tarde del día 2. 🌓
María tiene 90 años, o quizás 91. Camina derechita, tiene el pelo blanco y los ojos risueños. En el entrevero de gente de la excursión tardé varios días en verla, pero una vez que hablé con ella fue imposible olvidarla.
Había nacido en Brasil y aún tiene acento norteño, sobre todo en las "r" y las "v", así como algo del cantito musical de los paulistas. Anda de pollera y sandalias pese al aire helado del invierno cordobés, y su ropa es prolija pero no de marca.
Quizás fue por eso que una tarde en el lobby del hotel una señora argentina muy bien peinada y mejor vestida se le acercó a indagar quién era y cómo era que estaba ahí, de vacaciones. La señora empezó por presentarse como viuda, aclarando que el primer marido le había dejado unos campos, lo que le permitía pagarse esos días en Carlos Paz.
_ ¿Y usted? ¿Cómo hizo para venir acá?- preguntó la indiscreta, a lo que María abrió mucho los ojos y respondió:
_ Y... yo saqué la plata y pagué.
_ Aaah... ¿Y a qué se dedica para poder pagarse un viaje como este?
_ ¿Yo? Vendo caramelos en los ómnibus.
_ ¿Eh?
_ Sí... Vendo de noche, porque hay menos competencia y la gente compra más.
Ante tan inesperada revelación la señora decidió batirse en retirada, no sin antes pasar por la mesa de sus congéneres en el otro extremo del hotel y comentarles algo, ante lo cual todas las cabezas se voltearon a mirar a María, que seguía tranquila, con la mirada perdida a la distancia.
_ Se ve que me vio vieja y encima negra y dijo "esta mujer no puede pagarse un viaje". Así que le inventé lo de los caramelos.
María nos contó la historia en medio del almuerzo del día siguiente, y todos morimos de risa. Le pasamos pidiendo caramelos toda la semana; ella siempre encontraba una forma graciosa de respondernos.
Había llegado a Uruguay hace setenta años buscando estudiar, porque iba a ser enfermera y en su país no había buenos cursos. Incluso vino 17 días antes de cumplir la mayoría de edad, y tuvo que reportarse cada uno de esos días en la comisaría para saber que no le había pasado nada, por ser menor. Después entró a la Escuela de Enfermería, y una noche los muchachos de la Escuela Naval la invitaron a un baile con sus amigas, del cual tres de las cuatro volvieron con novio. Ella se casó con el muchacho que conoció esa noche, y estuvo con él hasta enviudar, hace pocos años. Nunca tuvo hijos, porque una vez perdió un embarazo casi a término y no se animó a repetir la experiencia. Parece que bajando de un ómnibus, mientras su marido la esperaba abajo dandole la mano para que descendiera, el chofer arrancó antes de tiempo, María cayó sobre unas piedras, con el peor resultado posible. Su ginecólogo era Crottogini, que no daba crédito al enterarse de lo que había ocurrido.
De todos modos, pasado el tiempo, la vida siguió su curso. En cierto momento se le ocurrió presentarse a Martini Pregunta para responder sobre mitología griega, y el propio embajador la invitó cada semana a la embajada para darle clases sobre el tema. Su desempeño fue tan bueno que ganó el segundo premio: 2000 dólares y un viaje de dos meses por Europa con su marido, pero ella terminó llorando porque no quería salir segunda.
Ahora estaba paseando en excursión, y de alguna manera la convertimos en la niña mimada de nuestro grupo.
_ Che, María, ¿y si te ponés mejor a vender preservativos en el ómnibus?
_ No, porque si los vendo todos después no me quedan para mí, ¿y qué hago?
Antes de empezar a tomar una copa, según María, hay que bendecir la bebida:
"Vino divino
lindo alimento
tú que estás afuera
pasa para adentro."
En cierto momento, ya volviendo a Montevideo, dije por el micrófono del ómnibus que tuvieran cuidado, que iba a escribir historias acerca de todos los pasajeros. Cuando regresaba a mi asiento María me tomó la mano y dijo que quería saber si de verdad iba a escribir acerca de ella y le dije que sí, porque era la persona mas interesante que he conocido en mucho tiempo. Y era cierto.
Cuando es viernes y tu cuerpo lo sabe
En medio de la noche el ómnibus corre y corre por la ruta. Estamos cerca de Rosario, y ya sabemos que la próxima parada será en un par de horas en Gualeguaychú. A nuestro lado se vislumbran apenas unos enormes espejos de agua que parecen no tener fin. Hay islas negras y alargadas; la luna anaranjada se puso hace rato sobre el horizonte y el cielo está tapado de estrellas.
La mitad de los pasajeros viene adormilada, otros leemos, y los cuatro niños del fondo vienen haciendo adivinanzas, cuando de repente todos lo sentimos: el coche baja la velocidad y se detiene. Automáticamente abrochamos los cinturones de seguridad que hace rato tenemos olvidados, por si es un control policial, pero no. No sube nadie.
_ Bueno, señores... - llega desde la cabina la voz del chofer- Ha habido un accidente más adelante, y nos vamos a detener acá de dos a cuatro horas.
Nos miramos sin preocupación, porque sabemos que lo de las cuatro horas es una broma, pero sí es cierto que algo ha pasado. Empezamos a cabecear hacia el pasillo tratando de ver para adelante: la fila interminable de luces rojas titilantes llega hasta el horizonte, pero no se mueve.
Ha habido un accidente.
Nadie sabe mucho, hasta que empezamos a recabar datos de los autos de los alrededores. Pasan una grúa, un patrullero, una ambulancia. Los celulares están fuera de servicio y la radio del ómnibus no puede comunicarse con ningún camionero que aporte algún dato. Un señor uniformado que pasa caminando nos confirma que lo que pasó fue el choque de un auto y un camión sobre un puente, pero es lo único que sabe. Detrás de nosotros ya la cola de autos es tan interminable como la de adelante.
A la media hora Diana baja a fumar, y yo la sigo. Los dos choferes ya están parados en el borde de la carretera, mateando. Mientras charlamos se suma Nélida, luego Rosa, hasta que poco a poco ocho o nueve personas nos agrupamos al frente de nuestro bus, iluminado por sus focos. Pasa el tiempo, y nada. La fila no se mueve ni un poquito. Empezamos a hacer planes de cazar algún bicho para comer cuando nos entre hambre, y por un momento me olvido de que soy vegetariana.
Cuando ya había pasado más de una hora Guillermo, uno de los choferes, sube el volumen de la radio, y el rock de los 80’ empieza a adueñarse de la noche. De Donna Summer a Gloria Gaynor, Abba y toda la patota Disco.
I will survive!
La ruta se hace pista. Nos ponemos a bailar mis amigas de siempre y las recién conocidas, la guía veterana, la abuela que viaja con la nieta y parecía caminar con dificultad, y hasta la jubilada con pinta de poco sociable empieza a ondular bajo una bola de espejos imaginaria. Guillermo va enganchando temas y jugando con las luces, mientras el otro chofer colabora con una linterna poderosa, cuyos haces de luz danzan entre las figuras llenas de camperas que se mueven y cantan.
Un grupo de muchachos de los autos de atrás se viene arrimando tímidamente; nos observan por un rato en silencio, hasta que uno dice con tono admirativo:
_¡Lo que son los uruguayos!
Y otro acota:
_ Es que allá en Uruguay tienen la droga gratis.
Gratis no pero legal sí, habría que aclarar, pero no decimos nada y solo seguimos bailando como locos bajo el cielo estrellado. Los argentinos no bailan, aunque sí vienen a charlar. Nos ubican en rutas y caminos, hablamos de fútbol y de lugares para conocer de los dos lados, hasta que Guillermo desde el ómnibus nos cuenta que la fila de adelante parece que empezó a moverse.
Subimos rapidito, con las mejillas coloradas y las orejas frías, y a los dos minutos ya estamos en marcha hacia nuestros hogares.
Acabo de vivir un cuento de Cortázar. La autopista del Sur versión uruguaya. Acabo de vivir un cuento de Cortázar.