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martes, 9 de enero de 2018

Enero 2018






Estoy en Montevideo en enero y no me quejo. 
Termino mi licencia el 30 y voy a trabajar el 31 con una sonrisa en la cara. 
Hay mosquitos y no digo nada. 
Viajo en buses sin asiento y ni mu. 
Pero que un péndex con guitarra me destruya Costumbres Argentinas y encima pretenda un aplauso... no. ¡Así, no!


Bienvenidos a las crónicas de bus 2018. 




Se ve que la trataban mal, porque apareció en la cooperativa muy, muy flaca, con un collarcito lila y una cadena colgando. Es blanca, de raza indefinida. Un vecino le desenganchó la cadena, que ella había enredado en un árbol, y otros le pusieron platitos con agua y comida. Es tan tímida y está tan asustada que no deja que la toquen. Una vecina le sacó fotos para publicar en las redes; yo hice lo mismo con otra, una cruza con cimarrón, pero cuando puse un comentario sobre ella en un post los de la página me contestaron que tuviera cuidado y me remitieron a un blog donde tienen dos páginas de advertencias, la mitad de ellas con mayúsculas. OJO. CUIDADO. PRECAUCIÓN. Que hay gente que busca perros vagabundos para rituales, que hacen empanadas, cualquiera. Borré la foto. Me comuniqué con una chica que buscaba a una perra blanquita: no era ella. Hoy salí temprano de casa pero no las vi en la vuelta; ya estaba por tomarme un bus cuando la vecina que la había sacado foto me contó que ayer entraron tres perros vagabundos a la cooperativa y se armó terrible relajo porque mataron al Coco, el gato blanco peludo, uno de mis amores del camino. La perrita se asustó y se fue corriendo, y yo aquí voy, escribiendo una historia sin remate, solo para decir que arranco el día triste, pero ya va a pasar. Todo va a pasar. Historias mínimas. Solo eso.




Bajé hace un rato de un ómnibus en el Intercambiador y caí de repente en una fiesta popular como nunca había visto en mi barrio. Una cuerda de tambores compuesta exclusivamente por jóvenes, un escenario donde cantaban (por ahora) grupos de veinteañeros, un público entusiasta y heterogéneo que colmaba el estacionamiento sobre 8 de Octubre, muy buen sonido, decoración digna, programación fluida y sin baches. Algunos dirán: pan y circo. Yo miro las caras de felicidad de mis vecinos. los guardias de seguridad de la terminal caminando sonrientes, la gente bailando en los andenes mientras espera el 103 y digo: aplausos. Esto en mi barrio (repito) antes no pasaba.





Cinco y media de la tarde en el Intercambiador Belloni. Estaba sentada, esperando tranquilamente que pasara el siguiente ómnibus de la línea que acababa de perder, cuando ella se instaló a mi lado. Mayor que yo, pero no tanto: unos diez años. Vestida de remera y short negro, de pelo corto, un tanto rellenita; una mujer llena de energía y con ganas de conversar. Con evidentes ganas de conversar. 
Primer intento: _ Hay algo de carnaval hoy en el barrio. 
Yo: _ Mmjm. (Vista fija al frente)
Segundo intento: _ ¡Qué ventolina! Me voy a tener que poner un gorro.
Yo: _ Sí. (Mirada para otro lado)
Tercer intento: _ Es el municipio F este, ¿no?
Yo: _ Ajá. (Ojos al piso)

Cuarto intento: no hubo, porque preferí levantarme y sacar estas fotos del evento carnavalesco del barrio, hoy. Si a alguno le interesa, no cuente conmigo, pero queda avisado.





Nos habíamos visto medio de casualidad hace dos o tres días, una mañana. Yo estaba en la terraza desayunando y él caminaba hacia la puerta de la casa de al lado; era tan, pero tan bello que no pude evitar ponerme de pie y seguirlo con los ojos. Los suyos son de un verde profundo. Ese día solo me miró durante uno, dos segundos intensos, antes de seguir su camino, pero ese tiempo bastó para saber que era inolvidable.
Hoy volvimos a cruzarnos, hace un rato. 
_ Hola. ¿Querés desayunar?- lo invité. Él emitió un suave miau de conformidad y vino corriendo. 
Es un gato joven, aunque adulto. Tiene una cabezota gigante; debe ser el macho del pueblo, pero enseguida se tiró a hacer mimos y hasta se me subió a la cintura, ronroneando. Es divino. Le di un pedazo de queso y casi un cuarto de carne picada que compré para celebrar nuestro encuentro.
Yo sé que los amores de verano son así: intensos pero efímeros. En unas horas dejamos Valizas para poner rumbo a otros universos y otros amores. Sé que lo voy a extrañar.

Si andan por el pueblo búsquenlo en la casa de enfrente a la Dársena, cruzando la principal, cómprenle algo de comer y avísenle que apenas pueda voy a volver a visitarlo. Gracias.





En el barrio La Cachimba se ha formado la corredera. Allá fueron los bomberos con sus campanas, sus sirenas...

Suena un saxo acompañado por un raspador y unas voces un tanto débiles y desafinadas en el boliche de enfrente, mezclado con las motos y los autos de la principal, con el murmullo lejano del mar y los fragmentos de diálogo de quienes pasan por la vereda.

Valizas al mediodía y en el centro es cualquier cosa menos silencio, pienso, mientras me dispongo a zafar del sol calcinante del mediodía disfrutando de la terraza del rancho. Corre una brisa agradable y desde el primer piso domino un panorama de cinco ranchos, tres comercios, diez autos y unas seis personas en la calle, persona más, persona menos.

Quizás debería encarar una siesta reparadora, siempre y cuando consiga acallar las voces de adentro, que no siempre suenan tan armónicas ni resultan tan concertadas como lo que ensayan desde la vereda los gurises del saxo y el raspador de enfrente.


La suave brisa va derivando en el habitual viento de la tarde. Tiempo de entregarse al descanso, especialmente porque de Buena Vista Social Club acabamos de pasar a una pseudo cumbiamba y estaría bueno dormirse y dejar de escucharla aunque sea por un ratito, por lo menos. Por lo menos.




A veces se echa en el suelo mientras yo me tiro en la cama, y es una gata perro. O se trepa a la ventana de arriba y se convierte en gata mono. Cuando toma sol a pleno mediodía pienso que es gata lagarto, y si se pone a mirarme fijo en la más absoluta inmovilidad es gata axolotl. 

Yo sigo siendo siempre la misma, sin embargo. Su esclava.





_ Hola, ¿cómo andás? No, no, no, todo bien, solo estaba leyendo un... Eh... pará, pará, dame un segundito que saque a la gata del cuarto así se deja de mirarme fijo y puedo hablar más tranquila. Ya está. ¿Qué decías? Ah... un gimnasio... ¿cerca de casa? No sé... ¡Ay! No, no, nada: solo que casi tropiezo en la escalera. Sí, la pesada ahora está maullando en la puerta del frente y voy a abrirle. ¿Cómo era eso que me contabas? ¡Ya va, pesadilla, ya va! No, vos no, ella. Tengo que sacarla... Ups, se me fue otra vez para el piso de arriba. Listo, ya la bajé. Este... no sé, lo del gimnasio, no sé... ¿Otra vez arriba? ¡Gata, es la última vez que te bajo! ¿Me oíste? ¡No, no te escapes! Ta, listo, te vas para el fondo. Punto. Perdoná, ya volví. ¿Que si me falta el aire? Puede ser... Las primeras seis veces de esta media hora subí y bajé la escalera olímpica, pero sí, ahora estoy sintiendo el esfuerzo. ¿Cómo era eso del gimnasio? Soy toda oídos.





Lunes, más o menos 5 de la tarde. Mi amigo Danilo y y caminábamos por la rambla del Buceo pensando ir a tomar un cafecito a alguno de los paradores que estuviera abierto. Ruido de moto despacito a mis espaldas. "Me roban", pensé, y dicho y hecho. Me dieron un tirón a la carterita, intenté peleárselas (de puro instinto) pero se rompió (o cortaron) la correa, y se fueron con ella. Eran dos, flacos, jóvenes, creo que con casco. Ni mi amigo ni yo proferimos ni medio grito, y seguimos caminando como si nada, comentando el suceso. 
No me lastimaron, salvo que el dedo meñique de la mano izquierda se me quemó un poco por el cinchón. En la cartera había un recibo de alquiler que acababa de pagar, la tarjeta del transporte (con poca carga, voy a ver si llamo ahora y la anulo) y un monedero con unos 100 en moneditas, o menos. El celular, las llaves, la cédula, la plata y la tarjeta de débito iban en mis bolsillos de la pollera. Casi me dio lástima que los dos muchachos se pusieran en peligro por tan poca cosa. :) Ojalá que no miren los papelitos sueltos de la cartera, pensé, así no se enteran que hacía 20 minutos acababa de girar un montón de plata a mi amiga de USA, que me había comprado pasajes y reservado hoteles para cuando vaya a visitarla en unos meses. Ojalá no se enteren que en un bolsillo de la mini llevaba el iphone 6 que hace un par de días se salvó de las olas y ahora escapaba del robo como por arte de magia. Pobres motochorros. Llevarse una carterita vacía solo para tirarla por ahí en la vuelta, porque ni correa para colgarla tiene. 
Mi amigo y yo continuamos caminando, mirando hacia la playa y los tachos de basura, pero no vimos la famosa carterita. Yo revisé incluso por arriba un par de contenedores, y nada. Volvimos al barrio y nos metimos en el bar de al lado de la cooperativa, donde un par de cortados y una torta Rogel pronto nos dieron la dulzura necesaria para afrontar el resto de la tarde gris y accidentada.


Ps: obvio que no les tengo lástima, ni se molesten en comentarlo, porque es solo una broma de mi parte. Si no se le pone humor a estas cosas terminan por agrietarnos el alma. Yo iba en plena tarde, rodeada de gente, con un hombre al lado, con la carterita cruzada y no llevaba nada (o casi nada) en ella. Más cuidado que eso... E igual. Es decir, que no existe zona de seguridad que valga. Precauciones, sí, siempre. Denuncia también, aunque la verdad que ir hasta Malvín para declarar por una cartera vacía robada por dos tipos que ni siquiera vimos, no daba. Ajo y agua, y a no dejar que esto nos amargue, les parece? En este caso la cosa salió bien, no hay heridos, no hay casi pérdidas, ni siquiera hubo susto. Quizás eso último es lo más preocupante.





Elizabeth Litton es una artista sudafricana que vive en Canadá. Hace 4 años inició un proyecto que ella llama "guerrilla art movement", que consiste en esparcir pequeños San Antonios de porcelana (mariquitas, le dicen otros, ladybugs is in english) por el mundo. Ella los envía en paquetes de 10 (gratis, of course) y la consigna es pegarlos en sitios visibles y públicos, o al menos muy visitados. Entre sus planes está reunir las fotografías que la gente le envía de sus sanantoñitos y realizar con ellas una exposición colectiva. 
Esta es mi pequeña contribución a su proyecto: desde este verano un pequeño San Antonio acompaña la vida de los humanos en Valizas. 




Domingo gris, fresco, disfrutable. Dejo de obedecer a la criatura gris que reclama atún TODO EL TIEMPO y miro por un segundo hacia atrás. 
La semana pasada marcó un antes y un después en mi vida, por muchos motivos, y todos (o casi todos) tienen que ver con lo literario. Empecé con el jurguito de "El diablo tiene gusto a sal" porque mientras estaba esperando que saliera el Rutas en Tres Cruces iba leyendo la novela de Burel en Instagram y debo decir que un poco me decepcionó. "No parece muy preparada", pensé, ¿será que la está planeando sobre la marcha?". Supongo que no era así, y no soy quién para decirlo, pero el caso es que en esos 6 minutos que demoró en salir el ómnibus decidí que estaría bueno crear una ficción para ir desarrollando en tiempo real en este mundo de facebook en el que soy TAN activa. :) Es decir, que le copié la idea, solo que la arranqué sin tener la menor planificación previa (y así salió). 
Como experimento literario y vivencial la idea resultó de lo más divertida, y creo que fui aprendiendo algunas cosas sobre la marcha. Obvio que el producto es cualquiera, y por eso ya desde el principio pensé que tendría que pedirle disculpas a mis lectores, que quizás esperaban algo armadito, cerrado, redondo. Voy a reescribirlo, de todos modos, y lo dejaré entero, por si gustan darle una mirada. Cuando lo intente de nuevo (y sé que voy a hacerlo) prometo haberlo planeado con anticipación, porque lo primero que aprendí es que no se puede disfrutar de la playa, el pueblo y los amigos y a la vez escribir 100 capítulos de un texto coherente, y mucho menos valioso. Entretenido, sí, quizás, puede ser, no lo sé. 
Lo que me ha estado pasando desde que arranqué el primer post el martes pasado hasta ayer de noche es que muchas personas (bah: 5 o 6)se comunicaron conmigo por mensajes de todo tipo preguntándome si era verdad lo de las amenazas, aconsejándome cómo actuar o dándome datos de la historia de la casa (sí, de la historia de verdad: lo que menos pensé es que iba a terminar sabiendo más cosas de Osvaldo Cruz con este jueguito, pero sucedió). La imagen que acompaña esta publicación, por ejemplo, me llegó de una amiga que vive en otro continente, que sabe perfectamente que esto es ficción pero se ve que tiene cierta veta de detective, encontró algo que podría ilustrar la historia y me lo mandó. <3
Muchísimo de lo que escribí es ficción, muchísimo de lo que escribí es absolutamente la verdad. No voy a empezar a aclarar si hubo un hombre de ojos celestes, si se me mojó el celular con una ola o si me voy a comprar un rancho en Valizas. Quizás sí, quizás no. 
Eso es todo.








Acaba de subir al COPSA un muchacho que estaba sin camis y en la vereda se puso algo: una bata de hospital. Tiene una herida en el pecho. ¿Se habrá fugado? Muuuy raro...




Ayer, en Punta del Diablo, estuvimos charlando con Mariela y Luis (los anfitriones de la cabaña en la que estuve) de las visitas a nuestros hogares por parte de mormones y Testigos de Jehová. Parece que dichas congregaciones no suelen alejarse mucho de sus iglesias madre, porque a mí siempre me visitan los Testigos (que tengo a unas 4 cuadras) y a ellos los mormones de la vuelta. 
Hoy me tocan timbre a las nueve de la mañana: eran los mormones,por primera vez en la vida.
¿Será que son como las publicidades de facebook, que te aparecen cuando comentás algo de un tema? "Hemos visto que utilizaste la palabra "mormón" en las últimas 24 horas, tenemos un mensaje y un libro para ti..."

Big Brother is watching you. Servicio las 24 horas, también en la costa rochense.




La mujer tiene 45 años y es la tercera vez que la veo. Conversamos durante una hora, durante la cual mi máxima intervención quizá llega a ser de unas 3 o 4 palabras de corrido. Me cuenta de su vida, sus amores, la infancia, las múltiples cirugías que ha pasado por temas de salud, su relación con el ex marido de insaciable apetito sexual, la búsqueda infructuosa de un hermano adoptivo que es travesti y que quizás viva en Buenos Aires aunque ella en el fondo de su corazón siente que ya ha muerto, las veces que se le inundó el apartamento, el amigovio que vive en la Playa Pascual, los boliches after hours de la Ciudad Vieja que abren de 5 a 17 horas donde hay un pool, donde se baila y se fuma, donde cada cual hace su vida y define su noche en función de su deseo y no de la luminosidad del
mundo exterior.
La mujer habla, habla, habla, y no es que esté sola, porque su hijo viene a charlar de vez en cuando y a ella no parecen faltarle amigos: todo el tiempo le van llegando mensajes de texto, audios y fotos de hombres fornidos (que me muestra). Es una persona fuerte, o eso parece. Y habla. Cuenta cosas interesantes, me abre un panorama de la realidad al que difícilmente puedo acceder conversando con otros. 
La mujer es como una ventana abierta a la casa del vecino: una mira, escucha, hace acopio de historias y se dice por dentro que ni en pedo se mete en un boliche a la mañana, al mediodía o a la tarde. Luego una sale al inclemente calor de la vereda, larga un suspiro de significado incierto y se dirige con paso cansino y sudoroso a la parada del 103.




“Flaca... no me clavesh losh puñalesh por la eshpalda...”

Bienvenidos a las crónicas de bus 2018, por ahora sin mucho texto, pero con ambientación audiovisual. Agradezcan si no se escucha bien el tema, y tengan en cuenta que no los estoy exponiendo a los silbidos supuestamente melódicos del final. Tómenlo como un regalo de Reyes un poquito atrasado. De nada.




7 de enero: el día en que la gata aprendió a entrar por la ventana del piso de arriba. El silencio acaba de poblarse de maullidos, e ipso facto se iniciaron las acciones de conquista de nuevos espacios.

El 7 de enero será recordado en este hogar como el Día de las Invasiones Múltiples.

jueves, 4 de enero de 2018

Subliminal

Voy a su encuentro una vez más, como siempre. Como si no pudiera hacer otra cosa. Cuando el alma ordena no queda otra que obedecer. Voy con preguntas, con ganas, con certezas, sabiendo que el ayer y el hoy van a tejer caminos inesperados pero a la vez sabidos desde siempre. Tengo prontos los ojos y la piel, la risa, las palabras. Queda poco, y el camino mismo ya es parte del disfrute. 
Voy a su encuentro una vez más, como siempre, y no veo la hora de llegar, pero a la vez voy tranquila, porque sé que Valizas me espera. Como siempre.




Resoluciones para 2018:

1. Medir las consecuencias de mis actos (no debo mirar a los ojos a los perros vagabundos de la playa, no debo mirar a los ojos a los perros vagabundos de la playa, no debo...).

2. Darle a cada cosa el tiempo que merece (el tiempo para desparramar bien el protector solar, por ejemplo, que ayer me quemé mal en algunos sectores y hoy parezco una campera camuflada).

3. Evitar riesgos inútiles (si voy a buscar fósiles a la duna, me tengo que poner las ojotas).

4. Ahorrar (batería).

5. Averiguar qué alimentos mejoran la memoria (la meta inmediata es llegar a identificar al menos al 70% de las personas que saludo en el pueblo).

6. Huir de los placeres engañosos (los helados de Punto G parecen naturales e inofensivos pero NO SON MIS AMIGOS, debo recordarlo).

7. Meterme al agua de vez en cuando, o disimular como que lo hago, por lo menos (disfrutar exclusivamente de la arena parece ser algo insólito en este mundo, recuerda que debes adaptarte a las costumbres de la especie).

8. Ser agradecida (si no existiera el agujero de ozono, por ejemplo, no habría tiempo para leer).

9. Elevar el nivel de selectividad (quizás, en una de esas, tal vez algunos caracoles tienen derecho a quedarse en la playa).


10. Recordar que (aunque resulte difícil de creer) hay otros mundos más allá de Valizas, y en todos ellos y en todos los años se puede ser feliz. Para transformar todo lo demás existen los gatos, la grapamiel y los amigos. ¡Salud!




Yo antes tenía un sitio de poder; el lugar perfecto para ver, escuchar, pensar y sentir era una pequeña duna en el frente de mi rancho. En cierto momento el viento y el mar se pusieron a jugar con mi duna, me la desarmaron en millones de granitos de arena y los esparcieron por todo Valizas. Ahora soy el mar, soy la arena, soy el sol, soy el viento. Vuelo entre las rocas y persigo delfines alrededor de las islas. El agua fría me abraza los pies y la enormidad del cielo se me mete ojos adentro y más allá. No tengo límites, soy el universo entero y puedo acostarme a descansar en el filo transparente de un grano de arena de la playa. Ya no existe mi sitio de poder en el rancho: ahora tengo el espacio infinito y el

presente sin bordes. Creo que hice un buen cambio.




Termina el año y yo llorando como una naba por la playa de Valizas. El viento me da en la cara y tira mis lágrimas sobre la arena, gotitas de agua dulce que anhelan conocer el mar. Igual sé el camino de memoria, es solo que me gustaría poder captar mejor lo que piso o lo que dejo pasar, pero no. Veo todo a medias. Camino y lloro, camino y lloro con el ojo izquierdo, mientras observo las olas y los posibles hallazgos con el derecho, que es el ojo en el que no me puse protector solar.





Fin de año bizarro en Valizas. Llueve a baldes. Ya cenamos, ya corrimos media cuadra hasta la casa, ya vimos unos fuegos artificiales increíbles que se nos venían encima (una porquería, pero...). Ahora nos tiramos los tres en el entrepiso, porque hasta la una (o hasta que pare el agua) de la casa sin goteras nooo... no nos moverán!En el hostel de al lado está arrancando el baile de blanco, al que estamos invitados. Pinta muy electro, uno de mis amigos me pregunta si traje ácido , mientras el otro recibe y escucha a volumen alto audios interminables y tristísimos de alguien que está internado y dice “cuando estoy mal me cuesta comunicarme”, pero no parece, porque habla, habla, habla de su enfermedad, da detalles, no termina más. Al final se despide diciendo “feliz año”, y dos de los tres habitantes del entrepiso no aguantamos más y largamos la carcajada. 
No, nunca dije que fuéramos buena gente. 

Al lado se empezó a calentar el ambiente. La música suena como si estuviera dentro de mi cerebro. Me gusta. No sé si me gusta para romper la noche o para dormirme con ella, pero me gusta. Uno de mis amigos lleva el ritmo con la patita y tiembla todo el entrepiso. Creo que ya va siendo tiempo de activarnos. 




Típico: se te viene encima zumbando cual acorazado valicero, se enreda en tu blusa, en tu pelo, hasta que le das un manotazo que hace reír a los chicos lindos de un auto que pasaba, te lo sacás de encima y lo tirás a la calle. Êl se queda pataleando cual Gregorio Samsa en el despertar de la mañana después de una noche de sueño intranquilo. Caminás unos metros. Te entra la duda. Das vuelta. Sigue ahí, patas arriba. Buscás un palito para enderezarlo: se hace el muerto. Al fin se da cuenta de que querés ayudarlo, que no le guardás rencor por el susto y el ridículo de recién. Acomoda sus alas y se aleja volando despacito bajo el sol del mediodía.




Yo no sé de cierto si cada familia tiene sus propias supersticiones de Año Nuevo; lo que si sé es que en la mía se dice que hay que tener cuidado con lo que uno haga el primer día del año, porque eso va a marcar la tónica para los siguientes 364. El recuerdo me viene en la primera hora del martes, mientras descanso en una de las cuchetas de la habitación 14 del hostel, y no puedo menos que pensar que de salir veraz la superstición me voy a pasar 2018 oscilando entre bailes de blanco y agites oscuros como la noche de la calle principal. Viviré caminando por la playa, seguiré cuerdas de tambores y tomaré muchos cafés con leche comprados en panadería. Voy a averiguar todo el año precios de ranchos por si saco el 5 de oro, a almorzar en Doña Bella y a consumir Ricarditos caseros del Tío Pato. También pasaré comprando sacos de lana multicolores y cremas naturales (la de coca y clavo de olor que me vendieron para la tendinitis tiene un olor tan rico que no sé si pasármela en el pie o usarla como realzador de comidas). Lo peor es que, de ser cierto lo que se dice en mi familia, todas y cada una de las noches de 2018 voy a intentar trepar infructuosamente a la cucheta de arriba una vez, dos, tres veces, hasta terminar en un ataque de risa silenciosa. Voy a tener que ensayar lo de la cucheta. ¡Ánimo! ¡Yo puedo!


Este va a ser un largo año.




Todo mal con estas vacaciones, todo mal. Demasiado sol, para empezar. Ni un solo día de lluvia o de frío para poder quedarse metido en el hostel. Los fósiles que encontré son enormes y pesados, una cantidad; yo no sé cómo me los voy a llevar a Montevideo. ¿Y dónde están las peleas de borrachos por la noche, o los cuerpos que amanecen al lado de la calle tapados de polvo? Todo tranquilo, amable, limpio... Esto no es Valizas. La batería del celular se me pasa agotando, de tanto bicho no humano que veo y filmo por la playa. Todo mal. El desayuno delicioso del hostel me va a engordar, y los jugos frutales que hacen enfrente me obligan a pasar cruzando la calle. Además hay demasiada cosa para hacer, una tiene que estar todo el tiempo sintiendo que deja algo de lado. Especialmente por la noche. ¿Dónde quedó mi Valizas de un solo baile y sin recitales? ¿Por qué ahora todos vienen a tocar a la calle principal? Ya ni autos pasan por la Aladino Veiga, porque al caer el sol se transforma en peatonal. Mi pueblo ya no es el mismo. Todo mal.




Eran las cuatro y cuarto en el hostel: tiempo de ir activando la tarde de playa. En verdad ya estaba casi pronta, solo me faltaba pasar por el baño. Me puse de espaldas a la puerta y comencé a deslizarme por la cucheta con mucho cuidado de no despertar a la mujer que duerme en la cama de abajo, una cincuentona muy amorosa que hace masajes en el patio del hostel. Lento... lento... ahora la patita derecha en la parrilla de la cama... un centímetro más y... 
Me caí de la cucheta. 
No recuerdo cómo fue, debo tener amnesia post traumática. Solo sé que un segundo después aterricé sentada, no en la cama de la masajista (que de todos modos ya se había levantado y no estaba en la habitación), sino en la de al lado, haciendo saltar a una mujer que dormía feliz y sin esperar que de golpe le cayera una rubia encima. La mujer quedó medio preocupada y me preguntó como ocho veces si no me había lastimado. Yo demoré en contestarle pero cuando terminé de reírme le aseguré que no, que no me había hecho nada, al menos en el cuerpo. De la autoestima mejor no hablemos, por ahora. 
Salí de la habitación 14 meditando sobre lo sucedido. Había subestimado al enemigo, trágico error que no debe repetirse. Las precauciones para no volver a ser emboscada deben ser las máximas hasta pasado mañana, en que me voy del hostel y vuelvo a mi casa con camas de un solo piso. 

Por suerte no hubo daños mayores, excepto que en la caída se me aflojó el tornillo de la caravana, a la que terminé teniendo que rescatar de las profundidades del agua del water. La lavé bien y le puse alcohol en gel antes de volver a ponérmela; las dos chicas que estaban conmigo en el baño me dijeron que con eso bastaría, yo les creí, y aquí estoy, en la ventosa tarde de playa de Valizas. Derrotada en la batalla con la cucheta pero vencedora en el enfrentamiento al agua del water. Yo creo que por hoy puedo decir que me quedo en tablas. Mañana será otro día.




Cae la tarde en Valizas. Mi amigo Danilo y yo tomamos un café frente al hostel, y a mí se me van los ojos hacia un parroquiano bello y pensativo. 
_ Me encantaría conocerlo. -digo. 

_ ¿Y por qué no vas hacia él y hacés como que te caés?- propone mi amigo- Total, ya estuviste practicando hoy de tarde...




Me despierto en el hostel a las. cinco de la mañana. Todo el mundo duerme a mi alrededor, algunos roncan, y el boliche de la esquina sigue a todo trapo bajo el sol que se asoma. No me animo a bajarme de la cucheta tan temprano por si me caigo encima de alguien, así que saco el teléfono de debajo de mi almohada y entro a mirar el inicio de fb. 
Alguien cuelga la noticia de una chica de 16 años asesinada. Otra. Pienso que tal vez pueda ser algo viejo o de otro país, como si con haberla sufrido una vez antes o con suponerla alejada de mi casa se pudiera mitigar el horror. Me meto a El País a buscar información, pero no encuentro. Quizás en Mujeres de negro digan algo, se me ocurre. Voy a buscar la página, a la tercera letra que escribo me salta esto, y entonces entiendo todo. 
Una cosa. Somos un objeto, punto. 
No para todos, lo sé, no para todos. Y la atracción sexual y el instinto y lo que quieran, pero instinto tenemos todos, y sin embargo cuando en el buscador pongo “hom”, además de “hombres desnudos”, me aparecen home design, homini studio y un tal homero techera. En esta sociedad los hombres serán o no cuerpos tentadores, pero también son personas. 
Las personas se respetan. Los objetos no. 

¿Hasta cuándo?





Esto es así: primero te vas de caminata a las Malvinas con la excusa de los fósiles y los caracoles. No sabés cómo, pero terminás instalada en lo alto del lugar donde suponés que alguna vez estuvo tu rancho. Pasan personas, gaviotas, un jinete. Entre la arena hay casas escondidas, una cancha de volley, un gazebo de madera y varios bancos para mirar, escuchar, oler y dejarse seducir por el mar. De repente, un perro. Viene, ve, vence. Se va. Te mirás la pulserita con el logo del hostel y te entra un gustito agridulce en los ojos y en el alma. La playa está llena de personas, el sol va bajando y el aire refresca, como siempre. Ya va siendo hora de pegar la vuelta.




Ayer (no sé a qué hora) me dormí escuchando como si estuviera en el dormitorio a una banda cuyo cantante con voz rasposa gritaba una canción de inolvidable estribillo:
_ Cada verano pienso que voy a verte...
¡Pero llega el invierno y no te veo nunca más!
Hoy, 7.30 de la mañana, algunos en la plazoleta siguen cantando con guitarras, no en onda suave sino con nivel de volumen propio de recital de estadio. Sin amplificación en este caso, pero con gritos y aplausos de los fans. Yo no sé si el cantante es el mismo que por la noche o si no será que todos tienen voz de lija por estos lados. 

No, no me estoy quejando: yo duermo igual en medio de un toque (y ya lo he hecho). Solo aviso: si van a venir a Valizas y tienen problemas de sueño miren muy bien dónde se quedan, o cómprense unos tapones para los oídos. 

domingo, 3 de diciembre de 2017

Diciembre 2017







Hace años que un escritor nuevo (para mí) no me conquistaba así, por completo, en un momento. Lo leo despacio para que no se termine muy de golpe, y al mismo tiempo siento que me corre por las venas una especie de alivio grande como un universo: así que aún hay libros que me conmueven. Así que puedo sentir de nuevo que me zambullo en un universo de letras por el solo placer de leer y no porque tengo que, porque es tiempo de o porque hace mucho que no. Así que no todo está perdido, respiro, mientras miro cómo 18 de Julio se desliza ante mis ojos en el silencio de la mañana de diciembre y de tormenta. 

“El ómnibus va despacito, despacito”, dice una señora a alguien por teléfono, en el asiento de atrás. “Va despacito, pero voy bien”, termina, y me dan ganas de darme vuelta, de mirar sus lentes, sus arrugas, sus pelos grises y sus labios agrietados y decirle que sí, que tiene toda la razón del mundo, y que las dos vamos despacito despacito, pero vamos bien.




Primero fueron los bichitos de luz. Después desaparecieron las mariposas, los mamboretás y los guitarreros. Acabo de darme cuenta de que hace años que no ando por la calle enderezando cascarudos, porque no los veo por ningún lado. ¿Qué nos pasa, Montevideo? ¿Estamos perdiendo los bichos buenos? ¿Nos hemos convertido en territorio exclusivo de mosquitos, hormigas y caracoles? ¿O solo pasa en mi barrio?





Saco a la gata por el frente y a los cinco segundos la veo entrar corriendo por el fondo, perseguida por un benteveo. Evidentemente el equilibrio de poderes es una cosa delicada; me fui tres días y algunos se subieron al carro y ahora quieren dar un golpe de Estado en Arbolito. Voy a tener que reconquistar mi reino, esta mañana marcará el inicio de las hostilidades.
¡A defender nuestro territorio! 
¡Adelante, mis valientes!


(¿Mucho TEG en estas fiestas, vos decís?)





Tips para realizar su propio horóscopo chino (de acuerdo a las predicciones que aparecen hoy en la nunca bien ponderada Paula, de El País):

1. Comience con una dosis de denuncia contra las grandes potencias.
2. Plantee un alegato en favor de la familia.
3. Imagine all the people, living for toooday... iu hu uuu...
4. Termine con un llamado a la conciencia ecológica, que siempre rinde bien.

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Ahora levante la cabeza del teléfono, deje de criticar a Ludovica Squirru y constate, azorado, que se equivocó de ómnibus en el intercambiador Belloni, que los 405 y los 402 se parecen pero solo en el color, y que más allá del año del Perro o el bicho que sea usted debería concentrarse un poco más en el mundo que lo rodea. Solo un poco.





“El honor de la doncella
Es como la endrina:
Apenas la han tocado
Y ya el dedo le dejan señalado”
La vieja coplita española me da vueltas y vueltas en la cabeza. Me la enseñaron en el IPA, en relación a un personaje de ese nombre del Libro del Buen Amor. Parece que la endrina es una frutita frágil cubierta por una pelusita, medio como el durazno, y si se la toca se la marca.
Yo no soy ni española, ni medieval, ni mucho menos doncella, pero no puedo evitar sentirme endrina. Voy por la vida rebosante de moretones de variado tamaño y color. Hace un rato, por ejemplo, me descubrí uno en la pierna: gigante, como de siete por cuatro centímetros. 

Aviso esto por si me cruzan algún día y perciben alguna mancha sospechosa en mi anatomía: tranquilos, que no sufro violencia. Es solamente un caso extremo de torpeza doméstica. Disimulen.




Sábado. 6.30 de la mañana. Mensaje de wsp. 
_ ¿Vamos a la playa?
_ Mshhmmsí. 
_ Bueno. Salimos 7.30. 
Y aquí estamos. 

Se declara inaugurada la temporada de playa.





Historias mínimas

El viejo había tenido doce hijos con su mujer, doce hijos y todos de a uno, pero al parecer la docena no fue suficiente, o quizás la cosa le pasó sin pensar, de puro enamorado en tiempos de poco método anticonceptivo, vaya uno a saber. El caso es que existió un hijo extramatrimonial, al que algunas de las hermanas trataron y visitaron durante años hasta perderle el rastro. La esposa legítima, madre de los seis hombres y las seis mujeres que aparecían validados por la inscripción en la libreta matrimonial, era una señora dulce y angelical, flaquita y frágil, pura bondad y estoicismo. No sé bien cómo se llegó a enterar del affaire de su marido con la parda Tobinha, petisa y entrada en carnes, pero que lo supo lo supo. Cuentan las malas lenguas que cada vez que iba a aprontar el mate de la tarde la buena señora, sin que se le moviera un músculo de la cara, le pedía a alguno de sus hijos que le alcanzara la caldera tiznada del fuego, deformada por los muchos años y los muchos mates, diciendo:

_ M’hijo, hágame el favor, páseme la Tobinha, ¿quiere?




Me despertaron los truenos, cinco minutos antes de que el teléfono se pusiera a sonar. Había pensado bañarme y tomar un capuchino antes de salir de casa pero a juzgar por los relámpagos la lluvia era inminente, y decidí prescindir de todo protocolo higiénico o nutritivo. 
Salí con mi mochila cargada al máximo, saludé al sereno de enfrente y arranqué a patear hacia la parada a toda velocidad. Dos cuadras, necesito dos cuadras antes de que empiece el agua. Ya iba una cuando pensé en la pobre gatita, en el jardín. ¡Un momento! ¿La había sacado antes de mi siesta nocturna? ¿O estaba en el sillón y con el apuro mi la miré? Mmmh... 
Di vuelta. 
_¿La corrió el agua?- preguntó el sereno. 
_¡No, pero me olvidé de algo!- jadeé, ya sin aliento. 
La gata estaba en el jardín. Igual subí y miré que hubiera desenchufado el calefón, más que nada para disimular con el sereno. Volví a calzarme la mochila al hombro. Salí.
Dos cuadras, necesito dos cuadras antes de que arranque el agua. Los relámpagos eran enceguecedores. Pero llegué, y a los cinco minutos me subí al primer ómnibus que pasó. 
Íbamos por la Unión cuando empezó la revuelta de viento. Nunca había visto algo igual: desde mi asiento de adelante dominaba todo el panorama de 8 de octubre, y fui espectadora privilegiada de la Danza de la Basura. Cientos de bolsas, hojas, papeles y hasta botellas de plástico se arremolinaban frenéticamente, subían hasta la altura del ómnibus, se perdían en el horizonte. Una basura tan preocupante como poética, podríamos decir. 
La lluvia comenzó tres paradas antes de que me bajara. 8 de octubre se llenó de personas con capas de nylon de colores, la mayoría refugiada a la entrada de un bar o bajo el techito de una parada. Los truenos eran cada vez más intensos. Una vez en la calle corrí media cuadra y ya estuve en territorio protegido, con solo algunas refrescantes gotas encima y con la ropa seca. 

No sé por qué, pero me siento como si hubiera sobrevivido a un huracán. Debe ser que una a veces es un poco exagerada, especialmente cuando hay alerta naranja y sale de su casa en mitad de la noche. Debe ser eso.





La gata de mis viejos al atardecer cobra una extraña hiperactividad. Salta en el aire, corretea, persigue enemigos imaginarios. 
_ ¡Ya le dio la chiripiorca!- dice mi madre. 
_ Desde que la mordió la crucera el año pasado quedó así. - complementa el Cele- Pero no pasa nada, porque la sacamos un rato al fondo, se distrae y se olvida.
Mientras tanto el Gatón duerme en el galpón a partir de las seis y media, porque es un digno gato de esta casa y le gusta acostarse con las gallinas. Hoy ha andado todo el día medio extraño; parece que anduvo de pelea con el negro del fondo y ya le vimos un par de heridas pequeñas en el costado. 
Guaytica, Gatón y el Negro Enemigo no son los únicos que toman como propio el terreno de la casa: también anda en la vuelta una panzona de tres colores con collarcito rosado y a punto de parir, así como varios bebés, algunos de ellos siameses, que nacieron en la casa del fondo y vienen a jugar a la nuestra. Todavía no vi a los chiquitos ( ni falta que hace). 
_ ¿Y los tuyos qué hacen cuando ven a los gatitos? -le pregunto a mi madre- ¿Los corren o les da curiosidad?
_ Ni una cosa ni la otra: se meten para adentro en un segundo, muertos de miedo. 
Ah, sí. Para valientes, los de esta casa, vio...
Y así está el Mundo Felino en lo de mis viejos, estimados. El Cele es capaz de pasarse horas sentadito inmóvil para no molestar a Guaytica, que dicho sea de paso ya le ha destrozado un par de pantalones, amasando con sus uñitas mientras la tiene en la falda. 
Mundo Canino por ahora se compone de los tres divinos de enfrente a los que mi vieja alimenta durante la semana, cuando la dueña está trabajando fuera del pueblo, y también hay en la cuadra un Mundo Ave variopinto y colorido. En la calle frente a la casa ya he visto gorriones, horneros, tijeretas, benteveos, churrinches y cardenales, mientras que por el cielo dos por tres pasan garzas y otras aves enormes que no sé identificar. Mundo Ofidio por ahora no se ha hecho notar, en tanto que Mundo Humano se ha visto reducido a unas pocas interacciones, dado el carácter tormentoso de este domingo de lluvia y de viento. 
Y esto fue un reporte espontáneo de mi parte, desde el dormitorio B de la casa de mis progenitores. 
Así está el Lago, amigos.






Me tiro en la hamaca y el Gatón viene a hacer mimos. Cuando me olvido de él concentrada en la lectura salta hacia mi cabeza y me atrapa el pelo. Lo mastica un ratito, hasta que se aburre y se tira en la tierra a revolcarse.

Hoy vimos cinco tortugas muertas en distintos lugares de la playa. Algunas recientes, otras no tanto. Al llegar al pesquero mi viejo me hace una seña silenciosa y voy. Había una sobre la arena, asoleándose; no llegué a verla. Me quedo diez minutos en la orilla a ver si se asoma, pero nada. Cuando pegamos la vuelta la vemos metiéndose a la laguna; pasó por delante de mis narices, la muy ninja. Le deseamos buena suerte, la miramos un rato hasta que dejamos de percibir la mancha negra entre las olas y seguimos nuestro camino.

Luego de diez meses de ausencia ayer apareció el brasilero de al lado. Estuvo enfermo, con cáncer, pero ahora parece estar bien, y ya no es gordo sino “magro”, dice. Contrata a uno para cortarle el pasto y nosotros respiramos aliviados, porque el terreno es una selva y en las selvas suele haber alimañas. Hoy de mañana, por ejemplo, el señor que corta el pasto encontró cuatro criaturas entre la maleza. Unos bichos peludos, de un mes y medio más o menos. Invado el terreno del brasilero y el señor me pone uno de ellos en los brazos, uno negrito, que huele a perfume y ronronea. Miro a mi madre, que eleva los ojos al cielo y dice que no me preocupe, que son de unas gurisas que viven al fondo de casa, por la otra calle. Dejo al perfumado en el suelo y corre a reunirse con la madre adoptiva, una gata hermosa de tres colores y con collar rosado, a punto de parir nuevas criaturas laguneras.El hombre retoma el corte de pasto. Nosotros nos vamos a caminar.

En la playa algunas cosas han cambiado, pero poco. Ahora desde la orilla ya se divisa el castillo misterioso, que antes no se veía. Hay barrancas nuevas, la lengua de arena no ha vuelto a aparecer y el paso a la altura de los caños de la arrocera se complica un poco más cada verano.

A la vuelta paro a comprar agua en el almacén de la esquina. Ayer me desubiqué con un par de quindims de coco, es tiempo de compensarlo con una alimentación sana e hipocalórica. 
_Llevo esta agua. Eh... ¿qué son esos?
_ ¿Estos de acá? Son de maní con dulce de leche.
_ Ah... Dame uno.

Y bueno, es diciembre.

Ya vendrán dietas mejores




La mañana asomó gris, aunque sin lluvia; anduve cazando gatitos con el celular y solo pude atrapar a uno. Con los perros fue más sencillo, pero su efusividad me descolocó un tanto; terminé cayendo en el jardín, sobre un murito, a resultas de lo cual seguí por la vida con dos agujeros en el traste de la calza. Igual acá nadie se fija, o eso quiero creer. 
Antes de ir a la playa pasé por la ferretería a comprar Piracalamina porque hace dos días me picó un bichito invisible en un dedo del pie y lo tengo un tanto hinchado y rojo. Sí, en la ferretería venden Piracalamina y todo tipo de medicamentos, además de dulces del Carioca y libros del dueño, que firma con sus dos apellidos para darse dique con que es pariente de Benedetti. Lento, el comercio en la laguna, hay que venir munido de una carga de paciencia que no se consigue por mis pagos. 
En la playa, cero gente. Anduve juntando cosas que trajo la marea: caracoles, pequeños juguetes, gomitas de pelo, una pulsera. También vi un par de anzuelos en buen estado, enredados en una tanza, y los dejé como estaban (bien por no hacer que sean útiles de nuevo y mal por no tirarlos a un tacho, lo sé, lo sé). Hice un par de mandalas, los dejé en la arena y empecé a volver con las primeras gotas, pero como la cosa no pasó de ahí decidí cambiar de playa y arranqué para el lado de la Virgen de los Pescadores. 
“Esa zona está llena de víboras”, les había dicho un viejo a mis padres hace un par de días, así que anduve con cuidado. Una cigüeña estaba inmóvil en el agua, cerca de la orilla. Me miró un segundo y volvió a concentrarse en la pesca, que se ve que no se estaba dando muy bien, porque estuve unos quince minutos y nada. Fui para un costado y me llamó la atención que justo en ese momento arrancó un concierto de insectos a unos tres metros, entre el pasto. Me están avisando que anda una víbora, pensé, porque es sabido que insectos y pájaros alertan de la presencia de los enemigos ofidiosos. ¿Dónde estará la bicha? ¿Será grande o pequeña, culebra o crucera, pacífica o agresiva? ¿Le sacaré una foto o mejor la filmo en video? La respuesta no es ninguna de las anteriores: cuando la vi en el pasto, de color verde oscuro, a un par de metros de mí y con la cabecita levantada, salí corriendo como alma que lleva el diablo o como fóbica que se encuentra con su peor pesadilla. 
A partir de ese momento abandoné mi faceta NatGeo y dediqué el resto de la mañana a filmar cardenales y churrinches, que son bichos no reptantes y sin lengüita bífida, que yo sepa. 
Lo mío no es la aventura. 

Fui hasta la rotisería de la esquina, compré un quindim de coco y volví para la casa.





Autos llamativos, tierra, calles de adoquines, perros gordos, casas de colores.
Rapaduras, cocadas, bolas de geleia de abacaxi, de morango, de pessego, tés de maracujá, galletitas rellenas, chocolates, quindims, Nescafés, Amanditas.
Reales, acentos raros, palabras que acaban en enchi, ropas de colores, gente haciendo ejercicio, ojos claros, sonrisas. 
No es un puente lo que separa Río Branco de Jaguarao, ni un río ni una hipotética frontera política; son dos mundos distintos.

Visito ambos universos en una hora y media enloquecida y termino sentada en la agencia de Núñez, donde mi celular hambriento encuentra un enchufe que calme momentáneamente su ansiedad. Vuelvo a casa con la mochila llena de calorías. Sé que también constituyen un ansiolítico momentáneo, pero, bueno, nadie es perfecto. No son unas rapaduras lo que me separa de mi peso ideal; es un supermercado entero.


¿Autorregulación, conducta, dígale No a lo dulce? Sí, sí: el año que viene empiezo. El año que viene. Creo.





Ella es muy rubia, muy trajecito azul, muy botellita de Coca Cola en la mano. Subió en la terminal de Minas y cometió la terrible herejía de despertarme de mis únicos dos minutos de sueño del viaje, solo porque mi mochila ocupaba el asiento que ella quería, pese a que había otros libres más atrás. Ahora voy apretada, porque la mochila post Yaguarón es gigante y pesada, o sea que miro de reojo a la rubia, la odio en silencio y voy pegándole mentalmente con un martillo de plástico, por desubicada. Además el novio la acompañó a tomar el bus y los dos se pasaron despidiendo por teléfono. Diez minutos. En vez de mirarse, miraban la pantalla del celular y sonreían como tontos. El guarda le preguntó dónde baja y ella dijo que en Cufré. Vamos por 8 de octubre... Ah, entonces en la terminal.

Háganme caso: no me despierten del primer sueño de la noche, o les voy a tirar mala onda hasta que llegue a mi casa, me dé un buen baño y me prepare un café para acompañar las delicatessen con gusto a coco que traigo do pais irmao Brasil.


Están avisados.





¡Hoy nos INSPIRAmos!

Este mediodía, en la Sala Idea Vilariño de la Torre de Telecomunicaciones, tuvo lugar la tercera edición de INSPIRA, el evento a través del cual el CES brinda un reconocimiento a sus estudiantes destacados del año. 
Eran gurises de muchos departamentos, tanto de ciclo básico como de bachillerato, que vinieron con sus padres y profesores. Múltiples disciplinas fueron aplaudidas en la jornada: jóvenes destacados en deportes, teatro, literatura, ciencia, robótica, acciones solidarias, entre otras. Mas de cien estudiantes recibieron el reconocimiento por su labor, así como muchos de los docentes que los acompañaron en sus proyectos. A todos les regalamos una mochila con útiles escolares y libros de lectura recreativa, y un llavero re lindo para los profes. Terminamos a puro hip-hop, y quedamos todos diciendo "aaaaah!!!, impresionados. ¡Una fiesta!


Ah... ¿no lo viste en la prensa? Qué raro... ¿En serio?




Escena montevideana de verano en primavera

Cuando subí con mi caja de sandwiches de La Nueva Barcelonesa al primer ómnibus, el chofer hizo una broma al respecto: que qué bien, que justo era su cumpleaños, algo así. El segundo, en un 100, directamente estiró la mano y dijo que él me la guardaba. Era un flaco castaño con cara de pícaro. Me reí y arranqué derechita hacia el asiento con mayor porcentaje de sombra que pudiera encontrar en esta tarde de horno prendido fuego. 
Cuando me disponía a bajar nos miramos; él adoptó un aire indiferente de hombre mirando al horizonte y puso la manito. 
_ Pah, yo te daría un sandwiche, pero te faltan servilletas, viste... No va a poder ser...- bromeé.
_ Mirá, no me pelees, porque ahí abajo- dijo señalando una zona de bolsos y cosas al costado del asiento- tengo servilletas. 
Abrí la caja.
_ ¡Servite!
Me miró azorado; aquello era una broma, no un mangueo.
_ No, no, nada que ver. 
_ Servite uno- insistí.
_ ¡Bueno!
Y me bajé, con unos gramos menos de peso en la caja, pronta para enfrentar la inclemente caminata hasta las alturas del barrio, vulgo, mi calle. 

Montevideo seguía siendo un horno, pero no importaba, porque el diálogo con un desconocido acababa de refrescarme el alma.





Mediodía de calor alienante. 
Subo a un 404 que viene sin personas paradas y con un solo asiento libre, junto a la puerta del fondo. Me instalo en él, mientras dos cantores folklóricos con guitarras se paran en el medio del coche a asegurar que “yo voy a seguir cantando, verdad mi vida, para gritarte otra vez”, o algo parecido.
La mujer a mi lado, contra la ventanilla, va concentrada en su teléfono y yo me meto en el mío, que no miro desde que salí de casa hace como seis minutos. Dos paradas después pide para pasar, me mira, toca mi brazo y pega un grito:
_ ¿Pero por qué te sentás al lado mío y no me saludás, Mariela Rodríguez?
La miro: mi amiga Marita. Empezamos a reírnos por el mutuo despiste, charlamos un minuto y ella se baja. Una historiecita mínima, después de todo. Pero no. Nada de mínima, porque allá lejos, medio escondido en el fondo del alma, a ambas nos corre un pequeño chucho. Un chuchito, algo que no llega a ser miedo y se queda en inquietud, germen de angustia, desasosiego. 
Estamos dejando de percibirnos en vivo. Para mí ya hay amigos, parientes o alumnos que registro más con el nombre de facebook que con el de nacimiento. Del otro nacimiento, digo. Nombres que me hacen pensar automáticamente en una foto de perfil, sea un retrato, una mascota, un objeto. Cumpleaños, excepto ocho o diez, solo si esto me lo avisa. ¿A ustedes no les pasa a veces que mantienen dos diálogos a la vez con una persona, por acá y por wsp, por ejemplo? ¿Y no sienten que son dos sus interlocutores? ¿O solo yo estoy al borde de un abismo de despersonalización general e irrestricta?
Reflexiones de viernes a mediodía y a temperatura de horno, estimados. El recorrido del 404 es interminable, y voy hasta el destino. 

No me juzguen.





El señor es un poco más joven que mis viejos, vive en la cooperativa desde el principio, es un tanto panzón y de bigotes. Una suerte de Mario Bros del barrio, pero sin los saltitos. Es muy serio, en las asambleas nunca hace kilombo, y siempre me ha caído bien. Una especie de abuelito bueno, el señor. Me lo cruzo hace dos minutos, camino a los mandados. 
_ Buenos días, joven- me dice. 
Ta. Listo. Ya no me cae bien. Ahora lo amo. 

Y sigo rumbo al Disco, con paso gimnástico y sonrisa en los ojos, como caminamos los jóvenes que estamos de vacaciones bajo el sol de diciembre.





"Memes para que regrese tu papá", se llama un grupo de facebook que comparte chistes sobre hijos que esperan eternamente a sus padres. No hablan de padres muertos, sino de aquellos que se han olvidado de los hijos. "Abandonaditos" es el lema que aparece en la foto de portada, y verla y recorrer la página me produce una extraña mezcla de sensaciones. Es espeluznante percibir la cantidad de gurises (y no tanto, pero esta es una página para adolescentes) que sufren la falta de su viejo, pero a la vez resulta sublime ver cómo la pelean desde el humor, creando y compartiendo contenidos a través de los cuales reivindicar su valor como individuos, más allá de ajenas decisiones. 
En estos días medio de casualidad (o no tanto) he estado hablando con amigos de mi generación sobre el tema de la paternidad desde distintos roles: algunos se quejan de haber tenido padres demasiado estrictos (cerrados, en algunos casos), otros están preocupados por la decadencia paterna propia de la edad, angustiados por los reclamos y las críticas de los hijos adolescentes, asistiendo al abandono de los gurises por parte del hombre después de la separación de la pareja, en fin, todos los ángulos posibles. 
Yo no tengo hijos, y con mi viejo me llevo y me llevé siempre espectacular, pero el tema, de una u otra manera, nos toca a todos. Este año, por ejemplo, en una clase de lectura de textos propios en un quinto año, una gurisa se pasó los primeros minutos en un costadito, escribiendo frenéticamente en su cuaderno. Después me pidió que lo leyera: era una carilla manuscrita, que planteaba de modo desgarrador el dolor por la ausencia del padre. Mientras yo lo iba leyendo ella se sentó al fondo de la clase, en el piso, a llorar en silencio. Le di un abrazo, dije alguna cosa... Nunca alcanza. 
Y ta, era eso. Un tema más para pensar cómo trabajar desde la clase de Literatura, en la medida de las posibilidades, que no son muchas pero algo son. Me alegro mucho de no haber elegido ser profesora de Geografía (que era mi opción primera) o Química (que era la 2), aunque igual el tema sale de cualquier manera, en cualquier clase, en cualquier charla. 
Seguimos pensando. 

No queda otra.




Esto no es un lanzamiento de cohete espacial, aquí no hay técnicos supervisando las acciones, ni countdowns, ni periodistas, pero que hay un sistema de fases cuidadosamente preparado y que se verifica día por día, hay. Yo creo que en tantos años de repetir rituales estoy en condiciones de conocer las reglas básicas que todo gato aprende de su madre desde el momento del nacimiento, o quizá desde la concepción misma. 
Comparto el aprendizaje de toda una vida, Humanos. Espero que les resulte de utilidad.

1. El reclamo sonoro debe ser iniciado al instante mismo en que el Humano abre alguna de las persianas del Refugio.
2. De no recibir respuesta se procederá a incrementar el volumen de la vocalización y, en caso de extrema indiferencia, a modular la queja lastimosa (suerte de ronquera asordinada que sugiere un desgaste de las cuerdas vocales motivado por la falta de respuesta del Humano que administra el Refugio).
3. Una vez adentro, la vocalización se realizará mirando alternativamente al Humano y al platito del atún, procedimiento que se acompañará de maullidos desesperados hasta el momento en que se sirve el alimento.
4. Una vez lamido el juguito del atún se procederá a retomar la demanda sonora. Se sugiere poner cara de incomprensión cuando el Humano diga cosas como "pero el plato está lleno, ¿qué pretende usted de mí?". 
5. En caso de recibir pastillitas, comer tres por vez será suficiente. A continuación, reiniciar maniobras vocales hasta que el Humano se ponga de pie y reagrupe el alimento. Allí se podrán comer otras tres piezas, y así se proseguirá durante un tiempo promedio de cinco minutos.
6. Mirar al Humano hasta que le duela, traspasarlo con las pupilas, perseguir cada uno de sus movimientos. En general los individuos de esa especie no resisten más de un minuto siendo observados con fijeza por el Felino a su alcance. 

7. En último caso (medida extrema), si la Mirada Fija y la Vocalización Nivel Alfa no resultaren suficientes, siempre se podrá acudir a refregarse contra el pie o la pierna del súbdito alimentador, acción que por lo general recibe como respuesta la inmediata puesta de pie del Humano y la consecución de los fines del Felino. Se sugiere reiterar el protocolo una vez por la mañana y otra por la tarde, por lo menos.




Un grupo de antropólogos forenses trabajó en la identificación de los cuerpos de los caídos en Malvinas, algunos de los cuales seguían como NN en uno de los dos cementerios a los que fueron a parar. La hermana de uno de esos soldados cuenta cómo vivieron ella y su madre el proceso, en el cual finalmente fueron informadas del paradero del caído, que tenía 19 años al momento de morir. Encontraron pertenencias, pudieron saber dónde estaban sus restos, al fin. Cuando se lo comunicaron la madre dio un grito. 
_ Mi hijo nació de nuevo- fueron las palabras de la viejita. 

No puedo dejar de llorar mientras me preparo el almuerzo, y eso que esta vez no estoy cortando cebollas.





No suelo sacar fotos en el teatro, pero hoy vi una muestra tan excelente que no pude evitarlo, y además como era al aire libre me pareció que el celular en silencio no jorobaba demasiado. 
Deconstrucción Quiroga, de Implosivo Teatral, en el patio de Arquitectura, con un viento tan imponente que en cierto momento llegó a volcar algo (una taza, una jarra, no sé) de encima de la mesa. En una de las últimas escenas los personajes comen hojas de lechuga, que el vendaval fue haciendo volar por el patio. Algunas aterrizaron en el estanque y fueron de inmediato devoradas por misteriosos peces recolectores de hojas verdes, que en la oscuridad no divisamos pero deben ser gigantescos a juzgar por el revuelo de aguas que causaban sus irrupciones. 

Salí de la muestra flotando, entre el gusto por lo que había visto y la fuerza del viento correteando a sus anchas por Bulevar Artigas. Por suerte no me volé, porque previsoramente había comprado a modo de plomadas unos bombones de coco y de yema quemada en la feria de Ideas+, un rato antes. Mariela: inteligencia




No termino de llegar a la parada cuando escucho sirenas y veo pasar un ómnibus de Núñez que corre por Camino Maldonado raudo, veloz y sin destino escrito.
Miro a mi alrededor: sonamos. Otra vez caí en la marea de uniformes amarillos y negros rumbo al Estadio. Extraña capacidad la mía de coincidir con el bus de los jugadores y el momento de mayor concentración de la hinchada de cada domingo. 
Por ahora van todos tranquilos, al menos en el COPSA que me tomé tras dejar pasar tres o cuatro buses cuyo nivel de festejo anticipado superaba los límites de mi tolerancia sonora de domingo. Pero a la vuelta... 
Indiferentes, temblad. 

O tomaos un taxi. 




El señor tiene unos pocos años más que yo; viaja en su bicicleta muy prolijito, con chaleco reflectante y sombrero para el sol de dudosa utilidad a las diez y media de la noche. 
El señor va por el medio de la calle, y hace dos minutos acaba de nacer de nuevo gracias a una poderosa frenada de mi ómnibus, que nos desestabilizó primero y despertó un unánime grito después, cuando lo vimos casi bajo nuestras ruedas. 
El señor continúa su camino por la mitad de 8 de Octubre, tranquilo, como si nada. 
Nosotros volamos sobre el asfalto. El chofer viene a puro Redondos y se ve que se le metió un espíritu de misa ricotera en la sangre, porque acelera y frena todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo. 
Yo tarareo en voz baja. 
Noche de sábado de verano en Montevideo: cada loco en su mundo, o en su pequeña isla, por lo menos.


Violenciaaaaa es mentir...





La fotógrafa toma una hoja de papel de la mesa, y lee. Lee despacio. Me molesta que vaya desgranando las líneas como si fuesen párrafos, hasta que entro en su ritmo y comprendo que cada pausa tiene una cadencia musical que es la suya y no la mía. Me dejo llevar. Habla de la fotografía, describe imágenes que nunca vemos con los ojos, reflexiona, actúa, hipnotiza. Siempre en presente, frases cortas, palabras sencillas, conceptos complejos. De vez en cuando levanta los ojos y mira a alguno de los ocho o diez que la escuchamos de pie o sentados en el piso, en un cubículo pequeño absolutamente blanco, una suerte de isla rodeada por voces y pasos de personas que tampoco vemos. Hay tres cámaras fijas que proyectan al exterior la imagen y el sonido del adentro. La performance dura una hora, y los fieles asistimos a la ceremonia en silencio y sin mirarnos. Ella continúa tomando una por una las 18 hojas que ocupan perfectamente todo el espacio de la mesa iluminada desde abajo. No sigue un orden aparente pero sabemos que ningún detalle es aleatorio. Hace pausas. Parece escribir algo con un lápiz. Mueve un lente de cámara que está sobre alguna de las hojas. Continúa. Cuando termina la lectura camina dos metros hasta la puerta y se va. No la aplaudimos, como no se aplaude a un sacerdote después de la liturgia. Poco a poco nos vamos levantando, y abandonamos la sala.
Voy a otro sitio, lleno de voces y ojos. Manos con celulares, mozos sin sonrisas. MIro a un costado: hay una foto esperando. Me entrego. Un segundo después la silla se ocupa y la foto desaparece. 
Y así todo.





Ya el hecho de que ayer me apareciera en el blog de Literatura en Obra un comentario de Homero Simpson en la información de Romancero me sonó un poco raro, pero, en fin. Que su comentario fuese de una sola palabra: "Incorrecto" no me mereció ni dos segundos de consideración: hay loquitos sueltos por todos lados, y estamos en época de examen. pensé. 
Hoy me llega otro comentario, esta vez no de Homero Simpson, sino de origen desconocido: "no te pongas la gorra pinguino que te vamo a caer con todo lo pi volves a judiar al gatito y te prendemo fuego"

O sea.

Me doy por vencida. ¿Cuál es la solución del acertijo? ¿En qué página está?


Yo solo sé que no sé nada.





En primer plano, la Facultad de Derecho, imagen emblemática de la UDELAR, con las escaleras y el piso sucio por los festejos de los que acaban de recibirse.
Al fondo, flanqueadas por globos de colores, las carpas de una feria de Huertas Educativas, proyecto universitario que trabaja motivando los plantíos orgánicos en las cárceles. En este caso, con la de Punta de Rieles, uno de cuyos presos está hoy en salida especial para trabajar en la feria atendiendo al público, con un par de policías sentados discretamente a sus espaldas. 
Derecho y cárceles. Universitarios trabajando por la inclusión, presos aprendiendo algo más que una salida laboral, y en el medio nosotros, sorprendidos transeúntes en el mediodía de 18 de julio. 
Vuelvo a mi casa cargada con las compras, esparciendo efluvios de albahaca, menta y ciboulette en el no muy aromático ambiente del 110. 

Está saliendo el sol. Un poquito.





Una tiene examen hoy en el IAVA. 
Una se duerme.
Una de todos modos desayuna, aunque signifique salir tarde de su casa. 
Una toma lo primero que pasa.

Y aquí voy, en un COPSA viejo como mi abuela, que rechina aunque esté detenido, que tiene un andar medio saltadito y unos asientos duros que han conocido mejores siglos. Saludos desde 1939. Con suerte, quizás llegue para el último examen de diciembre.





Entro a leer una reseña en Ñ: “Cuatro estaciones en Pekín”; parece interesante. Tras el texto, los típicos enlaces para que una siga leyendo y no vuelva nunca al mundo real. Vicho los primeros titulares: me proponen convertirme en una máquina quemagrasa con solo 10 minutos al día, aprender un idioma en 3 semanas o mejorar mis ingresos trabajando dos horas diarias. 
Yo no sé que estoy haciendo aquí, en este 300, donde en vez de quemar grasas debo escuchar ofertas de tabletas de chocolate a 2 x 20, donde el único idioma que se habla es el de la guarda que atomiza al chofer pero no se entiende desde mi asiento, y donde en vez de generar ingresos estoy gastando $29 por hora. 
No sé lo que estoy haciendo, repito. Y sigo leyendo, mientras pienso que así no voy a ser nunca como “Tini de Boncurt, espléndida a los 67”. 
Solo unos pocos elegidos pertenecen de verdad al gran mundo...
Sigo mi viaje en el 300. 

(No le cuenten a Tini de Boncurt)





2.53: despierto escuchando un sonido inesperado: llovizna. Dejé a la gata en el sillón y la ventana abierta, por si quiere ir al baño. Me levanto a cerrarla. 
2.55: la criatura demandante hace honor a su principal característica. No encaro sacarla ni cerrar la ventana, porque llueve pero poco, así que la dejo comiendo y vuelvo a mi cuarto. 
3.07: Llueve a baldes. Bajo. Cierro ventana. Vuelvo. Me acuesto. 
3.20: Concierto en Gato Menor Número 5. 
3.24: Bajo. Muestro a la felina que el plato sigue lleno de alimento. Ella parece sorprendida ante la constatación, y se queda comiendo, contenta.
3.35: Nueva Cantata en Miau Mayor frente a mi puerta. Dudo si sacarla al patio (donde llueve pero hay techito), hacer oídos sordos o bajar y volver a mostrarle que tiene comida en el plato. Mi capacidad de razonamiento resulta a esa hora bastante menguada; bajo, me tiro con ella en la alfombra y le hago mimos, sin llegar a resolver el dilema ventana abierta/ gata afuera. Al fin, suspiro, me hago una nota mental (“volver a habilitar el baño felino de interior”) y me acuesto. Otra vez. 
3.47: Apocalipsis Now al otro lado de mi puerta, parece que la estuviera matando de hambre. Nueva mota mental: menos mal que no hay vecinos al lado, por ahora. 
3.55: La lluvia casi ha parado. Qué lindo el patio del frente, ¿verdad? Chau, chau, hasta luego. Bye. 
4.14: Bzzz... bzbzbz... ¡Socorro! El Primer Mosquito del Verano, también reclamando mi atención. Nota mental: maldito bicho del demonio, ojalá te mueras o te quedes afónico, por lo menos. Bzzz... Bzzzz...

Arbolito: hogar de seres demandantes. 

Menos mal que traigo café en la cartera.




Primero pensé que mi hora de ir a caminar por la rambla (405 mediante) no fue totalmente afortunada, toda vez que mi barrio y ciertas avenidas parecen haber sufrido una mutación genética que ha teñido a las personas de pies a cabeza de amarillo y negro. Pero los mutantes no andan con espíritu de interactuar con los que portamos otros colores, es decir que no va a haber inconvenientes (al menos por ahora, y según cómo les vaya). 
Después me di cuenta de que el chofer del bus iba oyendo a Petinatti, que es una voz chillona que dice y repite hasta el hartazgo que quiere darle una mano a la gente, pero bueh, traté de hacer oídos sordos y sobrevivir. Es un poquito difícil, pero se logra. 
Ahora veo el reflejo de mi ómnibus en un comercio y constato, azorada, que un cartel enorme en su costado está dedicado a promocionar papas fritas con gusto a huevos fritos. Papas fritas con gusto a huevos fritos. Papas fritas con gusto a huevos fritos!!!
Listo. Todo mal. Hoy no es mi día de suerte. Capaz que voy a Tienda Inglesa y todavía tengo que pagar lo que compre, en fin. 
Todo es posible.





102 lleno de las diez de la mañana. Frente a mi una mujer amenaza todo el tiempo con bajarse y no lo cumple. Al lado, otra, que juega algo en el teléfono y hace gestos de desaliento con caras y manos cada tres minutos, promedio. Más allá, al fondo, un péndex de gorrito viene oyendo a volumen alto unas cosas horrendas con aire reggetonero. Llegamos a 18 y el coche no se vacía, no se vacía. Hace calor. Estoy yendo al trabajo. De pronto leo un titular: “Roger Waters tocará por primera vez en Montevideo en 2018”, y se acaban las señoras molestas y los reggetones insufribles, pienso que la vida es bella y oscilo entre reírme sola, lagrimear de la emoción o salir corriendo a hacer cola para sacar mi entrada, porque parece que la cosa es en febrero y no es cuestión de arriesgarse.





¡Sunescán! ¡Daluna buso!
¿Una pera 30$? ¿97 medio litro de yogurth, 82 unos brotecitos de soja? ¿Pagué 493 $ por estas pocas compritas vespertinas, saludables y vegetarianas? ¿En serio?
No. No pagué. 493 es lo que decía el ticket, pero yo no gasté un peso, porque fui sorteada para mi compra gratis, la la la la!
Exacto, estimados. Este no era un post de queja sino de baboseo: gané, gané, gané! 

Lo bueno por cero, en Tien-dain-gleeee-sa! 🎵




En esta última semana se han conjugado dos revoluciones en mi vida de cooperativista: un amigo se mudó a una cuadra y abrió un bar en la esquina que es rico, barato y tranquilo. 
¿Qué? ¿Parece que estoy contando algo bueno? No, no, no, al contrario, todo mal. Alerta roja.

_ En qué andás? ¿Cenaste? 
_ No...
_ ¿Vamos hasta el bar?
_ ¡Vamos!

"Vamos..."
¡Vamos a llegar al verano rodando por la bajada de la cooperativa! Este es un camino de ida. 
Recuérdenme como era hasta el mes pasado, ta? 

Fue un placer.





El 103 aparece lleno de hinchas de Peñarol, no hay uno que no venga de amarillo y negro. Me preparo para un viaje de cánticos, saltos y olor a vino, pero no. Todos vienen tranquilos conversando, y cuando suben dos viejitos enseguida les ceden no dos: tres asientos, por si acaso. Hay parejas, muchachos veinteañeros, señoras cuarentonas. Cada uno en lo suyo. 
Derribando mitos, versión dominguera.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la viiiida, ay, dios...





En el segundo ómnibus del domingo asisto a una escena de gritos y pataleta infantil a un nivel nunca antes logrado. Un niño hace una escena tal que parece que alguien lo estuviera carneando. La madre le habla, le habla tranquila, pero el nene parece poseído. Como será la cosa que hasta el chofer intenta hacer que se calle, sin éxito alguno. Rubiecito, de unos 3 años. Grita al menos desde que subo en 8 de octubre hasta que se baja, en Rivera. Al fin, al rato largo, comienzo a entender qué le pasa: quiere ir sentado solo y la mamá no lo deja. El niño grita, grita, y le dice “tonta de mierda”. Recuerden este nombre: Valentín. Todas las personas lo miran. Nunca vimos algo igual. Su nombre, repito, es Valentín, y de santo no tiene nada. Si lo ven en una clase de aquí a diez años, tiemblen. Y corran.





Hay regalos que te alegran el alma, que te ilusionan, que superan todas tus expectativas,pero también están los otros, ante los cuales no sabés bien cómo reaccionar y solo atinás a disimular un poco para que quien te lo dio no se sienta demasiado defraudado.
Tal es lo que ocurre cuando te despiertan maullando a las tres de la mañana y te hacen salir al patio del fondo bajo la llovizna para mostrarte un pajarito muerto que han cazado para ti, por ejemplo.
Qué he hecho yo para merecer esto, pensás, mientras tirás al pobre bicho para el patio del frente, porque no estás segura de que esté muerto del todo, aunque tiene toda la pinta, pero por las dudas.
La dadora de obsequios se queda olfateando las tablas del sitio donde depositó su ofrenda, y no parece comprender cómo me he hecho cargo del banquete sin invitarla, pero estas no son horas de andar dando explicaciones, y me vuelvo a mi cuarto esperando no ser sorprendida por más presentes, por lo menos en lo que queda de la noche.