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domingo, 1 de mayo de 2016

Mayo 2016




Martes húmedo, con viento y frío. 
Iba a toda velocidad, como siempre, cuando me crucé con dos chicas de quinto sentadas en los escalones del liceo, a la salida.
_ ¿Cómo andan?
_ Bien. Pero te extrañamos, profe.
_ Eh... Nos vimos ayer.
_ Sí... Pero ahora hasta el viernes no tenemos clase, y son muchos días sin vernos. Justo ayer estábamos hablando de eso, que queríamos que vos fueras como nuestra maestra.
_¿Su maestra?
_ Sí; que vos nos dieras todas las materias. 
Listo. Salió el sol, los pajaritos cantan en las ramas de los árboles y sigo mi camino como con veinte años menos.

Que nunca falten.





Él es un veinteañero que viaja de pie, como yo, en el ómnibus a medio llenar de las nueve menos cuarto de la mañana. Es alto, delgado, bello, y acabo de tocarle el culo ante una curva que hizo el 404 para esquivar a un auto.
Si esto fuera al revés acá se armaba lío, pero él ni se inmutó. 
Moraleja: a veces los accidentes ocurren. Accidentes, dije. Accid...

Ta, che, yo con malpensados no puedo hablar.





Breve manual práctico de cómo llenar hojas sin tener una leve idea de lo que se preguntó.
Ejemplo 1:
PREGUNTA: 
Mencione y explique cuatro características del Romanticismo.
RESPUESTA:
Está relacionado con el amor. Es un tema de un cuento, poema, texto romántico.Puede traer sufrimiento, dolor, por lo que puede influir en la personalidad de los personajes. Casi siempre es una historia que tiene momentos, etapas, lugares, tiempos, diferentes escenarios. Esta historia se ve reflejada, es contada en el cuento, poema, texto, de diferentes formas según el autor y el tipo de texto.
Ejemplo 2:
Pregunta: 
Comente los primeros ocho versos de la rima 53.
Respuesta (fragmento):
"Pero aquellas que el vuelo refinaban" se puede interpretar como que refinaban su vuelo, o sea, lo hacían más sutil, o que refinaban la hermosura de aquellas golondrinas. Con su fino vuelo refinaban su hermosura, lo hacían que fuera lindo de contemplar.
Y así, TRES carillas. 
El autor es un chiquilín inteligente, aclaro, sin problemas de razonamiento ni de escritura. 

Me pregunto hasta qué punto esa vocación palpable por la payada que se advierte en este escrito no es producto de personas que le han hecho creer que varias carillas de lo que sea es siempre sinónimo de un trabajo aceptable. Me pregunto.





Teléfono. Mi vieja.
_ Tengo algo que contarte. Tengo gato nuevo.
_ ¿Cuál? ¿El amarillo?
_ Sí; ¡no sabés qué manso y mimoso que es! Está castrado, se ve que tenía dueño. Yo no lo dejo entrar a la casa porque Guaytica siempre anda rezongando, pero le acomodé un cajón con trapos bajo el techito de la cocina; él duerme ahí y a eso de las nueve de la mañana se levanta y se va.
_ ¡Ah, me alegro, pobre! Voy a tener que ir a verlo. Yo también tengo gato nuevo. Bah, dos: madre e hijo. Pasan la noche en el costado de casa y después, durante el día, no los veo. Son re ariscos, pero al menos la comida y la leche que les dejo desaparece en un minuto. 
_ ¿Y no les pusiste nada, una cucha, algo?
_ Sí, algo hice, pero tengo que conseguir un cajón... Voy a ver cómo hago. 
_ El Cele no quería otro gato porque dice que si nos vamos de viaje no lo vamos a dejar solo, pero yo le dejo comida al brasilero de enfrente y él le da, no hay problema.
_ Sí, si yo le digo a Teresa también les deja comida a estos, pobres. Ojalá consiguieran donde quedarse del todo.
_ María ya puso fotos del amarillo en internet; vamos a ver si aparece el dueño, o alguien que lo adopte, pobrecito. 
_ Ojalá.

Y corto, pensando que de tal palo tal astilla. Que lo que se hereda no se roba. Que hijo e' tigre bicho overo. Etc.





9.20 de la mañana del sábado. 
Tania no ha parado de maullar pidiendo mimos desde las 7.10.
...
...
...

Socorro.





Cuando la adscripta abrió la puerta y entró al quinto Artístico 2 esta mañana se encontró con un panorama levemente diferente al de todos los días. Ellos y yo estábamos sentados en círculo, oyendo en un reverente y profundo silencio a una compañera que leía un poema de Benedetti. 
La actividad vino un poco por el Día del Libro, ayer, y otro poco porque está buenísimo rescatar esa cosa tribal del pueblo sentado alrededor del fuego, oyendo cantos y cuentos. 
Ellos leyeron textos que trajeron en libros y otros que buscaron en el celular. Políticos, amorosos, humorísticos. Propios y ajenos. Cuentos, poemas, frases. Cortázar, Galeano, Drexler, Lovecraft, Ibero Gutiérrez, Les Luthiers. Todo fue escuchado, pensado, aplaudido y comentado, y en el medio me contaron quiénes escriben, o bailan, actúan o son músicos. Al final me pidieron para repetirlo de vez en cuando, y quedamos en hacer seguido algún día de lectura de textos propios y alguno de ajenos, antes de cerrar la clase con un aplauso para todos nosotros, de puro felices.
No. No del todo. 
La palabra "felices" en verdad se me acaba de atravesar un poco en la garganta. En el recreo una chica se quedó charlando, contándome que escribe desde el comienzo de la adolescencia, cuando el psicólogo se lo recomendó como camino para salir de una profunda depresión. Ahora hace novelas, tiene casi terminada la primera de una trilogía, de 500 páginas, y un anticipo que colgó en no sé qué red social ya tuvo más de trece mil lectores. 
O sea, no del todo felices, pero peleándola.
Amo a estas personas. 
A las dos últimas horas este grupo, el otro artístico y dos o tres otras clases nos dimos cita en el Salón de Actos para ver Teatro en el Aula, cuya función había venido a anunciarnos la adscripta un rato antes. 
De pasada para dejar la libreta vi a un ex alumno del liceo 30, Eros, que ahora canta en los ómnibus y hace el IAVA nocturno. Parece que su prima no lo acompañó hoy, y él se había ido a pasar el tiempo en el patio del liceo, tocando la guitarra y sintiéndose en su casa. Me lo llevé para el teatro, pese a que el salón estaba que casi literalmente no cabía un alfiler.
Empezó la función. Representaron Nuestros Hijos a capacidad colmada, y ni se oyó un celular ni se vio a nadie distraído ni los actores lograron cortar con facilidad el riquísimo intercambio posterior a la función, cuando la emoción de la escena abrió paso a la reflexión y el análisis con los protagonistas. 
Un viernes pleno de palabras, de comunicación, de cercanías.
Repito que amo a estas personas. 

Que nunca falten.





Me pareció ver un lindo gatito.
Me pareció ver un lindo gatito y su mamá que salieron corriendo del costado de mi casa cuando me acerqué ipad en mano para sacar fotos del otoño. 
Me pareció entender ahora por qué sentí algunas noches un maullidito leve cuya procedencia luego no pude identificar, por qué a veces oigo bufidos y peleas de gatos en el costado y por qué Roldana quiere salir al frente a todas horas. 
Madre e hijo salieron corriendo cuando me acerqué. 

Ampliaremos.





Cuando cae la noche la CITA se convierte en una gran casona familiar. La gente sube, saluda, se pregunta por toda la familia y se baja a pocos kilómetros. La mitad se conoce. La otra mitad somos de Montevideo. 
Hoy a la salida de la ruta, ya cayendo la noche, un señor para el ómnibus y le pregunta al chofer si puede avisar que tiene los planos que una pasajera se dejó olvidados a la mesa de un bar en el centro. 
La pregunta corre por los asientos y allá por el 30 o más se oye de pronto un grito femenino: "ay, sí, son míos!", seguido por una carrera hacia la puerta delantera, donde estaba el señor que se los alcanzaba. Era un perfecto desconocido, y se había tomado un taxi para alcanzarle el rollito negro de plástico, que la señora recibió como inesperado maná en el desierto.
Y la CITA arrancó. Seguimos avanzando en la negrura de la noche donde la única luz es la de mi pantalla, acercándonos a la patria de la mitad extranjera, la de los que asistimos con sorprendido calorcito en el pecho a las acciones solidarias y desinteresadas que parecen constituir el pan nuestro de cada día para nuestros ocasionales compañeros de ruta. 

Que nunca falten.






"¡Rubia, estás divina!", me grita desde la esquina de la plaza de Florida, antes de acomodarse el casco, arrancar la moto y partir a una vertiginosa velocidad de treinta por hora en su motito. Ah, bueh, listo. Entramos en la etapa en que los señores casi octogenarios nos manifiestan a viva voz sus impresiones. 
Sí, para la atracción no hay edad y bla bla bla, pero si yo le gritara en la calle algo similar a un flaco de 20, ¿me dirían lo mismo?
Del ridículo no se vuelve, y de andar por la vida como personaje de historieta gritándole a desconocidas para alejarse luego echando humito por el caño de escape, tampoco.
Me pregunto qué pensarían del señor sus bisnietos de hoy, si lo vieran en acción. 

Me pregunto.





Una madre joven va a subir al 103 con un niño en brazos y otro muy pequeño de la mano cuando el chofer le avisa que detrás viene otro ómnibus vacío y ella se baja, agradecida.
El guarda lucha un buen rato con una tarjeta magnética que se resiste a ser leída: lo intenta desde Rubén Darío hasta Habana, mientras la chica le dice que no sabe qué sucede, porque sí tiene boletos cargados, hasta que él decide que no hay problema, que "por hoy pasa". 
Soy mala. Con lo de la joven de los dos niños ni lo pensé pero con la de la tarjeta me la juego a que si no fuera preciosa el muchacho le hubiera hecho pagar el boleto ya a la parada siguiente.
El 103 sigue avanzando impertérrito entre los jirones que quedan de la niebla, diciéndonos a través de la radio los números de la suerte para cada signo, en "El horóscopo del Aire Tropical". 
IAVA, allá voy.

Especialmente porque soy de Aries y para cuando empecé a escuchar la radio mis números ya habían pasado.





Confesión
Hoy vi una película con Alessandro Gassman. 
Punto para Italia. 
10 puntos para Italia. 
10.000 puntos para Italia. 

Por la actuación, obviamente. Obviamente.





Él es alto, morocho, de veintipico de años y con una dicción hiper cuidada, a diferencia de la mayor parte de sus colegas. Viste enteramente de fucsia: blusa, saquito, pollera de picos y un par de alas a la espalda. 
_Buenas tardes- comienza- Vengo para que puedas concederte un deseo...
Y comienza a ofertar lo que vende: caravanas y broches de pelo. No veo si alguien le compra, pero ojalá le vaya bien, pobre hada de fucsias desvaídos y alas sin vuelo. 
Tranquilo, a paso de caracol, el 405 lo deja en Avenida Italia y comienza a reptar por Comercio. Nosotros ya ni nos quejamos.

Nuestras alas tampoco funcionan y hace rato que dejamos de creer en los cuentos de hadas.





Parece ser que yo ya había estado cenando con Juana de Ibarbourou y su marido en la vieja casa de 8 de Octubre, una vez, invitada por alguien de mi amistad. 
Ahora habían pasado muchos años de su muerte y el viudo estaba haciendo una venta de garaje con sus libros y los recuerdos de variados viajes por el mundo. Yo anduve mirando un poco pero no llegué a comprar nada porque dieron las dos de la tarde y los dueños de casa empezaron a pedirnos que nos fuéramos, que la venta había terminado. Lástima.
Fui hasta el perchero de la entrada a buscar mi campera anaranjada y... horror: no estaba!! Revisé decenas de sacos beige y marrones, y nada, hasta que vi algo colorinche caído contra la pared y la saqué con alivio. De todos modos no era ella sino otra, horrenda, cortita y brillosa, con vivos verde oscuro. 
Quiero mi campera, señor viudo de Juana, y la quiero ahora. 
Ya me había pasado antes, cuando fui a cenar con ellos, que me habían perdido mi sobretodo negro, y ahora esto... No, no es una campera cualquiera, usted no entiende, me la traje de MInnesota y me costó cien dólares. Claro, para usted no es nada, con esta tremenda casa, pero yo soy docente, y
Y me desperté.
Parece que mi cerebro hizo un cóctel narrativo mezclando varias cosas (como el robo de mi campera de gamuza beige en El Gaucho de Valizas, cuando me quisieron a cambio dar otra de ese color pero espantosa) y desconociendo ampliamente categorías tan lógicas como el espacio y el tiempo, pero, bueno, así es la cosa.

Mi campera anaranjada (que sí traje de Minnesota pero no costó cien dólares) sigue colgada en el perchero, y eso fue lo primero que me alivió al despertarme esta mañana. Eso, y poder quedarme un rato en la cama aunque del otro lado de la puerta un par de gatas vetustas se empeñaran en convencerme de lo contrario.





Los que me conocen saben que siempre estoy compartiendo fotos de animales perdidos o de personas que necesitan algo, dando una mano en lo que pueda para alegrarle la vida a alguien: ahora es mi momento de apelar a la solidaridad de las redes sociales.
Necesito un dispositivo que abra la ventana de la cocina sin tener que levantarme de la silla, otro que deposite atún en un recipiente sobre el piso y un tercero que decodifique vocalizaciones complejas en felinos de la tercera edad.
Eso, o un viaje a Hawaii. 
O un recital de Buitres.
O un Baileys.
Lo que llegue primero.

Gracias.





Esto es de locos. 
Más de 600 personas compartieron las fotos que puse ayer de la intervención estudiantil en el IAVA, unos 400 pusieron que les gusta y muchos fueron (siguen) reaccionando ante cada una de las 21 fotos que colgué, comentando, emocionándose, reconfortándose (salvo una) por el compromiso y seriedad de los estudiantes ante un tema tan doloroso para todos. Bah, para casi todos. 
Ahora llego a casa tras una larguísima jornada y me entero de que mis fotos fueron colgadas por Caras y Caretas, sin mediar ni permiso ni comunicación alguna. Ta, no me molesta, pero... un "permiso", al menos? Las personas compartimos y listo; los medios, en cambio, deberían tener sus fotos, solicitar permisos o al menos citar sus fuentes. Digo, ¿no? Ya me ha pasado un par de veces con otros medios, esta no parece ser la excepción, sino la regla, pero eso no lo hace menos inadecuado.
Y eso es todo lo que puedo razonar antes de mi merienda tardía de las diez y pico de la noche. 

Ta mañana





Misterio en Arbolito: 16 semillitas marrones ante mi puerta, semillas que no son de ningún árbol de la cuadra.
Capaz que están desde ayer, no me fijé al entrar. Supongo que algún niño del barrio habrá andado jugando en el frente de casa... Semillas venenosas para gatos, no serán, no? Hummm...
Esto viene a sumarse al martillo tirado en el jardín con un esqueleto de ratón machacado abajo, del año pasado, o a las bombachas que nos aparecían dos por tres en el patio del fondo, en otras épocas. 
Arbolito: tierra de gatos, de hojas amarillas y de preguntas sin respuesta.
Si hay novedades, ampliaremos.

Si no, nos quedaremos con la duda.




Cincuenta. Cincuenta bancos tiene la plaza de Artigas en Florida. CINCUENTA. Sí, los conté. Bancos grandes, de hierro, como para tres o cuatro personas, circunvalando la manzana o cruzándola en diagonal. La misma plaza donde el Artigas muestra orgulloso su sombrero en la mano derecha, gesto que sería de altiva dignidad si no fuera por el nido de hornero que ha anidado en la cavidad de su copa. La plaza de las mil palomas que vuelan como locas en bandadas a las seis en punto de la tarde. 
Cincuenta bancos. CIncuenta.
Si gustan pasar una tardecita por estos pagos, anímense al fabuloso mundo de la pereza vespertina sentados en un banco para ustedes solos y dejándose hipnotizar por el vuelo puntual y aparentemente caótico de las aves. No se van a arrepentir.

(¡Cincuenta!!)



Intervención en el patio del IAVA, hoy de mañana, en el recreo previo a una asamblea estudiantil con motivo del 20 de mayo y la Marcha del Silencio. Impresionante. Ellos no hablaron una palabra y a la vez nos dejaron a todos mudos y con un nudo en la garganta, aunque inundados de orgullo. 
Estos son nuestros gurises. 
Se puede apostar al futuro, entonces. 

Que nunca falten.




Toque por la tarde: 18 cortada. Tránsito a paso de tortuga renga. Ambulancia de la UCM que aúlla y aúlla sin poder zafar del atasco. Quilombo general e irrestricto y una CITA que se me va en 15 minutos. 

Oooom.





Si io pudiera ir con el viento para buscaaaarteeee...
Cumbialín, nego lindón, Cumbialín...
La última noche que pasé contigo quisiera olvidarla pero no he podido...
Mañana de clásicos en el 103.
La última resuena en mi cabeza como la canta mi vieja: La última noche que pasé contigo, caí de la cama y me rompí el ombligo...Otro clásico.
Feliz símil lunes para todos.





UNIVERSOS
1. LA PROFESORA
Ella es bella, cultísima, cálida, maravillosa. Fue mi profesora en el IPA y años después tuve a su nieto en uno de mis grupos, lo que nos da una especie de alianza intergeneracional, o eso me digo, para creer por un minuto que soy su preferida.
Me ve comprando una revista literaria en el Congreso y se pone a charlar conmigo. Nos interrumpe la plebe varias veces pero siempre retomamos, hasta que al final no resisto la cholulez y le pido a un compañero que nos tome una foto. “Salieron sin las piernas”, acota un cuarto, y acto seguido la profesora establece una relación entre la foto, los cuadros de Leonardo y las películas de Peter Greenaway. Me chorrea la admiración por todos los poros. 
Antes de irse toma mi brazo y me susurra “Gracias por escuchar mis historias”. Salgo de la sala tratando de no chocar con la cabeza las lámparas del techo, mientras con la vista voy tratando de identificar dónde está la máquina del café, que el alma de una andará flotando de la emoción pero el cuerpo es materia, y la materia también establece sus reclamos.
2. EL TAXISTA
Nos ponemos a charlar a propósito del tránsito endiablado del viernes por la noche, los paros del sindicato del taxi y los peligros de la calle. Él parece haber pasado hacer rato los sesenta años, y ante mi pregunta de si deja subir a cualquier persona al coche hace una pausa y me contesta con voz resignada:
_ Mire, señorita, lo que pasa es que si me pongo a elegir no trabajo. 
Y me cuenta una historia de hace unos días, donde venía de sacar un préstamo de diez mil pesos, acepta un viaje y se le sube al asiento delantero un hombre de muy mala catadura, que le indica una dirección en el Cerro. El desconocido lo hizo parar un par de veces en el camino, para bajarse a comprar algo en un almacén primero y en un bar después.
_ Yo le di charla, lo fui conversando, y cuando se bajó la verdad es que respiré aliviado. Ocho rapiñas llevo, ocho, y pensé que de otra no zafaba. A las cuadras me paró la policía y me preguntó dónde lo había dejado: resulta que acababa de asaltar dos comercios, ¡y yo lo estaba llevando a cometer esos robos! ¡Con los diez mil pesos del préstamo en la billetera! Al final se les escapó.
Después agrega que otros compañeros son mucho más desconfiados. Él, por ejemplo, vive a varios kilómetros de Montevideo y a veces está mucho tiempo en la ruta con su nieta de noche esperando un taxi, porque no hay quien se anime a detenerse. 
_ Los otros días levanté a unos en la ruta; hacía pila que ninguno les paraba, pobre gente. Iban a la emergencia porque el señor mayor se sentía muy mal y necesitaba ver a un médico. Al ratito se murió. Ahí, mire, en el asiento de delante de donde usted va sentada, señorita. Bueno, ya llegamos. Son 127 pesos.
3. EL MILITAR
Tiene casi noventa años, está todo el tiempo sentado pero de todos modos sostiene siempre con la mano derecha la empuñadura de su bastón de madera. Su aspecto es decididamente agradable, prolijo, lúcido. A su alrededor los demás conformamos un auditorio variopinto compuesto por su tercera esposa, su sobrina, otros dos amigos y yo, que casi no osamos hablar por no cortar el ritmo de los recuerdos que fluye sin un error y sin el menor rastro de senilidad, recorriendo el norte del país, la educación rural, la formación de los militares de carrera, los abusos de los poderosos. 
Nos cuenta que hizo 33 procedimientos contra el contrabando y en ninguno de ellos obtuvo que se procesara al culpable. 
_ Lo que pasa es que esa era la zona de influencia del CURSA: Contrabandistas Unidos de la República, S. A.- dice con cara de pícaro. Y sigue contando. 
_ Yo tenía un hurón que me habían regalado. Mansito. Viajaba a caballo conmigo, adentro de la chaqueta, y cuando quería salía, se iba a recorrer el lomo del caballo y se metía de nuevo en la chaqueta. Un día volví al destacamento y mi asistente me dijo “mire que el coronel le mató el hurón… dice que le estaba comiendo las gallinas”. Yo hice un reguero de maíz hasta mi carpa, puse a mi asistente en la puerta con el sable en la mano y le di orden de no dejar entrar a ningún bicho. Al rato había una montonera de gallinas sin cabeza a la entrada de la carpa; esa noche preparé una olla podrida y lo invité a cenar al coronel, que trajo el vino y todo. Al otro día me dice: “capitán… ¿dónde están mis gallinas?”. “¿Sus gallinas? No sé… se las habrá comido el hurón…”.
La charla dura dos o tres horas, hasta que al final los visitantes nos decidimos y empezamos a abrigarnos para salir a la noche. Por un momento me quedo sola con él, y conversamos sobre un amigo en común que tenemos, sobre las únicas dos visitas por semana que le dejaban recibir en la cárcel adonde fue a parar por negarse a aceptar el golpe de Estado, sobre su rancho en Valizas y sobre la gata negra que fue la última que tuvo. 
_ Usted sabe que ella y la blanca se hablaban entre ellas. Yo no quería creer hasta que lo vi. Una le decía algo a la otra, iba y le dejaba todos sus gatitos mientras salía por un par de horas. Al regreso, otra conversación, iba hasta la negra y se llevaba en la boca de vuelta todos los hijos, uno por uno. De no creer, mire. 

Terminamos de despedirnos luego de un rato, y salimos al mundo exterior. En la vereda de enfrente un grupo de muchachos combatía el frío tocando tambores. El invierno estaba cada vez más cerca. Y nos fuimos.





Son dos mujeres jóvenes, de unos veintipico, treinta años. Se vienen quejando (en el asiento delantero del 404) de TODOS los aportes que deben hacer a la escuela de sus hijos.
En verdad, la que se queja es solo una, que tiene cinco hijos, tres de ellos ya en edad liceal.
_Veinte pesos por mes pidieron para fotocopias!!! Veinte pesos por cada gurí todos los meses!!
La otra casi no habla, y cuando lo hace es ignorada por la quejosa, que despliega todas sus artes para sustentar (a lo que se ve, sin la menor base extra-intuitiva) su tesis central de que en la escuela la están currando.
Qué lástima, diría Paco. Qué lástima la pobreza, la desconfianza, la incomunicación.
Bajo del ómnibus agradeciendo que mis estudiantes por lo menos se sacan sus propias fotocopias, aunque no debe faltar alguna mamá joven de cinco criaturas que piense que voy a medias con la fotocopiadora de frente al liceo.
Lo cual, pensándolo bien... Eh... No, nada. 
Los dejo. Voy a sacar unas cuentitas.

Hasta luego.




La CITA viene de Florida a una velocidad supersónica. Desde que salió no ha hecho ni una parada, porque es un bus directo puesto a ultimísimo momento. 
Vengo distraída leyendo cuando a la entrada de Montevideo algo pasa y el chofer clava los frenos. Creo que un auto se tiró a pasar a otro y casi nos lo llevamos puesto, por lo que comentan los que vienen sentados del lado de la ruta. 
Me viene un severo e imprevisto ataque de Carpe Diem; saco de la mochila un arrolladito de dulce de leche que llevaba para la merienda y me lo como antes de llegar a Tres Cruces. 
¿Excusas? ¿Yo? 
Que nunca falten los pequeños placeres. 

Especialmente el placer de estar vivo.






No había nada interesante para ver en el cine ayer, así que dos amigos y yo optamos por ir hasta el centro, a ver una cosa llamada Poemario Trans Pirado, una especie de performance que incluía canciones y textos, yo qué sé, algo. 
"Ya entré, estoy sentado en el piso", me había avisado Danilo por mensaje unos minutos antes, por lo que me metí en la Casa Tomada (que así se llama el lugar, a una cuadra de la plaza Independencia) presagiando una hora y media de incomodidad física que me haría salir renqueando o haciendo papelones por delatar demasiado a las claras que me estaba metiendo en situaciones que no correspondían a mis (bastantes) años. 
Mi principal temor era haberme metido en una cosa bizarra y repetida, uno de esos eventos que creen descubrir la pólvora solo porque no han mirado un poquito para atrás, como tantas veces.
Al rato llegó Verónica, y los tres vimos todo el evento compartiendo sobre el suelo una mantita, casi en primera fila. Había algunas sillas y bancos, unos pocos almohadones, alfombritas y piso, aunque nada de esto alcanzó cuando la gente empezó a llenar y llenar el espacio. Un público joven, que en el correr de la noche se fue revelando como fanático de la estrella, al punto que conocían sus poemas de memoria y coreaban sus canciones. Heteros, seríamos diez. O menos. 
La presentación arrancó con la Dulce Polly, que aprovechó la presencia de Mariana Percovich para armar una pseudo entrevista que estuvo buena, y entonces apareció ella. Vestido negro, collar fucsia, maquillaje hermoso, alta, una diosa. Y empezó con esto:
Yo, pobre mortal, 
equidistante de todo
yo, D.N.I: 20.598.061,
yo, primer hijo de la madre que después fui,
yo, vieja alumna
de esta escuela de los suplicios.
Amazona de mi deseo.
Yo, perra en celo de mi sueño rojo.
Yo, reinvindico mi derecho a ser un monstruo. 
Ni varón ni mujer.
Ni XXI ni H2O.
Yo, monstruo de mi deseo,
carne de cada una de mis pinceladas,
lienzo azul de mi cuerpo,
pintora de mi andar.
No quiero más títulos que cargar.
No quiero más cargos ni casilleros a donde encajar
ni el nombre justo que me reserve ninguna ciencia.
Yo, mariposa ajena a la modernidad,
a la posmodernidad,
a la normalidad.
Oblicua,
bizca,
silvestre,
artesanal.
Poeta de la barbarie
con el humus de mi cantar,
con el arco iris de mi cantar,
con mi aleteo:
Reinvindico: mi derecho a ser un monstruo
¡Que otros sean lo Normal!
El Vaticano normal.
El Credo en dios y la virgísima Normal.
Los pastores y los rebaños de lo Normal. 
El Honorable Congreso de las leyes de lo Normal.
el viejo Larousse de lo Normal.
Yo solo llevo la prendas de mis cerillas,
el rostro de mi mirar,
el tacto de lo escuchado y el gesto avispa del besar.
Y tendré una teta obscena de la luna mas perra en mi cintura
y el pene erecto de las guarritas alondras.
Y 7 lunares,
77 lunares,
qué digo, 777 lunares de mi endiablada señal de crear
mi bella monstruosidad,
mi ejercicio de inventora,
de ramera de las torcazas.
Mi ser yo, entre tanto parecido,
entre tanto domesticado,
entre tanto metido de los pelos en algo.
Otro nuevo título que cargar:
¿Baño de Damas? ¿o de Caballeros?
o nuevos rincones para inventar.
Yo, trans…pirada,
Mojada, nauseabunda, germen de la aurora encantada,
la que no pide más permiso
y está rabiosa de luces mayas,
luces épicas,
luces parias,
Menstruales, Marlenes, Sacayanes, bizarras.
Sin Biblias,
sin tablas,
sin geografías,
sin nada.
Sólo mi derecho vital a ser un monstruo
o como me llame
o como me salga,
como me pueda el deseo y las fuckin ganas.
Mi derecho a explorarme,
a reinventarme.
hacer de mi mutar mi noble ejercicio.
Veranearme, otoñarme, invernarme:
las hormonas,
las ideas,
las cachas, 
y todo el alma
Amén.
A partir de ahí cantó, acompañada por un pequeño tambor, recitó, leyó, habló y nos conquistó por completo. 
No soy fácil para la poesía, los que me conocen lo saben, pero sé reconocer a una artista cuando estoy frente a ella. 
Ayer vi a una grande. Mis respetos. 

Si quieren leer más de ella busquen sus libros, y si no los encuentran (que es lo más probable) vayan al blog y después me cuentan.



"¿Mariela, por ventura deseas borrar del dispositivo anterior estas 1329 fotos después de bajarlas a tu computadora?"
Sí. La respuesta debida era sí, maldita condición de inmigrante digital condenado a borrar todas las fotos de Tania, Roldana, Florida y la Toscana una por una.

Repite conmigo: lee atentamente antes de hacer click. Lee atentamente antes de hacer click. Lee... etc.







Pienso: "hoy es un buen día para comer sano", y me hago una deliciosa ensalada de zanahoria, remolacha, huevo duro, queso y lechuga con aceite de oliva y salsa de soja, que va a parar a mi mochila, bien metidita en su recipiente de plástico con bolsa de nylon por si acaso y todo, hasta que cierta innata y oculta rebeldía la hace desparramarse sobre mis libros, mis papeles, atravesar el fondo de la mochila y mancharme ambas piernas del vaquero nuevo con unos dibujos surrealistas de color de vino y olor a remolacha.
Luego, existe una jornada de andar por el CeRP con pinta de hippie que no conoce el concepto de "prolijidad y decoro", que termina en que antes de subir a mi CITA de todos los jueves me compro un paquete de galletitas Lulu en la estación de servicio, para compensar el estrés de la jornada.
"Cogito, ergo sum" tu madrina, maldito Descartes. Yo pienso, luego engordo. Así no vale, viejo. Así no.
(A todo esto, las manchas de remolacha en un vaquero...¿salen?)





Imágenes de lunes

Un sueño placentero e incontable roto en pedazos por el sonido del despertador.
Desayuno sin muzzarella, que me olvidé de comprar.
4 mails 4 de trabajos del IAVA que debían caer el sábado pero me llegan al final del domingo.
Corridas.
103. 
Libretas en manos de adscriptos a los que debo explicar que no, no hice aún los promedios que eran para el viernes. 
Edipo hace decretos, le erra al bizcochazo, recibe a Tiresias, mientras yo saco faltas, pongo llegadas tarde, hago guardar celulares y avanzo en el texto. 
"¿Qué respondieron a esto los dioses?", pregunto, y en el segundo que dura el silencio pre respuesta se oye el silbidito de un celular desde el medio del salón, y todos largamos la risa. 
Recreo.
La máquina del café no funciona.
Una compañera se disculpa conmigo por haberme mirado mal el viernes, gesto del cual no guardo recuerdo. 
Voy al baño y descubro que no le había sacado las etiquetas al vaquero nuevo, oh oh. Por suerte no se veían. 
Hora de apoyo. No vienen alumnos, y aprovecho a ir a comprar un libro para una estudiante de Florida y a pasar por los chinos a comprar el almuerzo. Vuelvo al liceo. 
Hora de salida. 
Me voy a 18, hoy invadida por carteles de aspecto decadente y viejísimos. 
Dejo pasar en 103, un 102, un 110, hasta que viene el que va a 3 Cruces y subo. 
Dos cantores de bus, recontra oh oh. 
Alto.
Son mis alumnos, o lo fueron. Grabo parte de su show y me propongo tal vez subirlo, pero no sé si me van a dejar. Son buenos. Más allá del afecto, son muy buenos. Los filmo un ratito. Terminan. 
Charlamos hasta que el bus para en la terminal, a las 12.23 del mediodía.
12.30 sale mi CITA.
La gente es lenta. Paso a un montón. La escalera mecánica para bajar estaba apagada. Bajo a la carrera. Llego a la CITA con dos minutos a mi favor y los aprovecho para almorzar mi comida china. No debí comprar fideos chinos: no son fáciles de comer con cucharita de café, que es lo que tengo. 
Necesito café. 
Chocolate.
Una siesta.
Florida, estoy yendo. No sé en qué condiciones de despeje o lucidez mental, pero estoy yendo. 

Ampliaremos.





_ Mariela, ¿quieres ver tus recuerdos en Facebook?
_ Dale. ¿A ver el 1° de mayo de 2013?

"Aaaargh! Que alguien le explique a Roldana que hoy es el día de los trabajadores, no de los gatos con esclavos humanos, que se ha pasado llorando ante mi puerta desde las seis y mediaaaa!"

_ Ah, qué lindo.
_ ¿Quieres ver más recuerdos?

_ No, dejá... Es muy amable de tu parte lo de mostrarme mi pasado, pero Tania está gritando y arañando la puerta desde hace una hora y tengo que levantarme a darle de comer. Nos vemos, ¿eh? Saludos.




¿Se acuerdan de esto?

"Pregunta 4 de la prueba diagnóstica: 
¿Encuentra algún recurso literario en este cuento? Explíquelo citando el texto.
Respuesta:
En este punto considero que mi memoria no es suficientemente coherente, así que decido no responder por el momento, mas aseguro que para próximas clases intentaré prepararme con repaso e investigación."

Hoy me acabo de encontrar con el capítulo 2:

Pregunta: Principales aspectos de la biografía del autor.
Respuesta: 
Lamentablemente no podré responder a esta actividad ya que estuve ausente el día en que se habló del tema, en los apuntes no encontré nada relacionado y no lo anoté como un tema de estudio para este escrito. Pese a mi justificación sí recuerdo haber leído sobre el libro de donde proviene el cuento y las temáticas que se tratan a lo largo del mismo, como... (etc).

No está payando, es muy buena de verdad, pero lo que me encanta es la forma en que plantea sus lagunas. Es una genia. No sé si la votaría para presidenta, pero cuando saque su primer libro voy a ser la primera en comprarlo.

domingo, 3 de abril de 2016

Marzo/Abril 2016



"Ticholos.. Gomitas masticables... Pañuelos para sonarse los mocos..."
103 sin eufemismos. 

Le compré cinco ticholos.





Valiente no es aquel que no tiene miedo.

Valiente es el que se anima a hacer los mandados en la Tienda Inglesa del Mdeo Shopping un sábado 30 de abril a la una y media del mediodía.





Leo en un titular: "División en Italia por el proyecto de 'museo' sobre el fascismo", pero no veo ninguno que vaya en contra de los museos de la tortura, de los que vi trojas en la Toscana. Sí, museos de la tortura, por diez euros la entrada usted accede a un recorrido por el maravilloso mundo de las torturas medievales.
Una barbaridad es una barbaridad y no hay que convertirla en objeto de veneración aunque hayan pasado mil años. Que sea objeto de estudio, claro, perfecto, pero de ahí a exponer los horrores del pasado en medio de las tiendas de vino y las de objetos cerámicos, qué querés que te diga, me parece mucho.





Una vez hace años decidí que lo mío no era la docencia, así que me compré ropa de oficina, agarré el diario y me presenté a un montón de entrevistas. Yo tenía veintipoquitos; hacía un par de años que daba clases y esto de correr de un lado para el otro, los turnos tapados de puentes y los grupos de suplencias de cursos siempre empezados por otro –las más de las veces eran licencias con motivo psiquiátrico, o eso al menos decían las causales de su abandono de la labor- no era para mí. 
En esa semana alguien del 3º4 del liceo 14, que era el más fatal de todos, me preguntó si yo iba a estar con ellos el año siguiente y les conté que no, que dejaba de dar clases, que había tomado una decisión. Me salió sin pensarlo, porque nunca he sido de contar demasiado de mi vida privada, pero tampoco era cuestión de mentirles.
Contrariamente a lo que yo hubiera esperado, la noticia corrió como reguero de pólvora. Al otro día tenía una madre esperándome en la puerta del salón antes de empezar la hora de clases: había venido especialmente a pedirme que lo reconsiderara, que su hija me adoraba, que sería una pena que dejara los liceos en aras de un trabajo supuestamente más descansado pero con seguridad menos importante. Una compañera docente me invitó a charlar en la cantina (en uno de mis –ya lo he dicho- MUCHOS puentes) y me estuvo hablando de corazón, que tuviera paciencia, que algunas cosas iban a mejorar y otras no pero que si de una cosa estaba segura era de que no me tenía que ir de Secundaria. Los gurises de 3º4 estuvieron un mes preguntándome si lo había reconsiderado, pese a que ya tenían claro que aunque siguiera difícilmente me volviera a tocar con ellos en este mundo de tanto vértigo y variabilidad a la hora de elegir un liceo. 
Y me quedé.
Tenía un par de segundas entrevistas agendadas para tareas de las que ahora no guardo el menor recuerdo, pero decidí quedarme y probar un año más. O una década. O dos.
Hoy volvía de dar clases en Florida, ya pasadas las ocho, y me detuve en la terminal un momento a saludar a una compañera que venía de la ATD nacional y esperaba la CITA para volver a su ciudad, a la que iba a llegar casi a medianoche. De charla estábamos cuando alguien me toca el hombro y me saluda: era una estudiante del IAVA del año pasado, que venía con la mamá y el hermano. Siempre me gusta encontrarme con gente linda, y la chica es de verdad un encanto, pero esta vez la que se llevó toda mi atención fue la señora, que me dio un baño de elogios que me dejaron como nueva pese a las doce horas de trabajo y los 200 kilómetros de viaje que cargaba encima. 
Salí de Tres Cruces cantando temas de Buitres, fresca y despejada como si acabara de empezar la jornada, comprobando, una vez más, que soy una persona afortunada por haber elegido el mejor de los caminos posibles. 
Un camino con corazón. 

Que nunca falte.





Yo nunca había querido
con tanto frenesí
como te quiero.
Te veo al despertar,
siempre te veo.
Te veo hasta en la brisa,
en mi silencio.
Pierdo mi fuerza,
no puedo ni hablar 
cuando te veo
cuando te veo.
No sé qué magia
es la que tienes tú
pero te quiero, 
pero te quiero.
No entendí si era Casino o Antillano, pero el 103 arranca el viernes a toda cumbia. El siguiente tema es algo de "el Uruguay me ama, vamos Suárez a cantaaaar", y después algo onda "me tienen miedo, me tienen terror cuando yo toco la plena mezclada con wawancó".
En 20 minutos tengo que estar dando una tragedia griega. Ya me veo a Edipo diciéndole a Yocasta que la ve en todas partes, al coro cantando con Suárez (todos con la celeste) y a Tiresias toreando a Edipo: "me tienes miedo, me tienes terror... lo de vos y tu vieja solo lo sé yooo".
Feliz viernes.

Ooom.





Cosas que me tienen harta:
A) Los seres humanos que:
1 En el ómnibus
1.1 Van junto a la ventanilla y se paran de golpe exigiendo el paso de inmediato.
1.2 Son padres con niños y los dejan usar jueguitos a todo volumen.
1.3 Se atraviesan en los pasillos.
1.4 Se apuran tanto que cuando vamos llegando a Tres Cruces ya se paran en Bulevar y Garibaldi. 
1.5 Son mirones.
1.5.1 Babosos. 
1.5.2 Leedores de celulares ajenos.
1.6 Reciben mil wsp a durante el viaje pero no se les ocurre bajarle el silbidito de miércoles a la cosa.
2 En la calle
2.1 Los que no saben caminar con el paraguas cerrado y lo van esgrimiendo cual espada, sin preferencia predeterminada de víctima propiciatoria.
2.2 Andan con la familia o amigos, caminan de a tres o más y no dejan que nadie los pueda adelantar.
2.3 Cambian bruscamente de rumbo, retroceden o caminan de costado, mirando para adelante como si no hubiera un resto del mundo a sus espaldas.
2.4 Hablan por el celular a gritos.
3 En el facebook
3.1 Los negativos.
3.2 Los paranoicos.
3.3 Los enigmáticos. 
3.4 Los juegueros.
3.5 Los que se megustean.
B) El frío.
C) La gente quejosa.

Feliz jueves.





Crónica del ying y el yang
19.20 llego a la puerta de la catedral, al velorio 400 años atrasado de Shakespeare y Cervantes. Es a las 20, pero ya hay una cola de una cuadra. Entramos: no hay asientos. Me quedo adelante junto a un confesionario, a un metro y medio de los atriles de los músicos. Al rato llega una de mis amigas y al minuto la otra. Un gallego con pinta de agregado cultural empieza a chistar para que se haga silencio. Comienza el concierto.
Voces maravillosas. Sorprendentes. Envidiables. Directora de orquesta con cabello color zanahoria. Un viejito sentado en el borde mismo de uno de los bancos, casi por caerse. Otro todo trajeado mueve al compás la patita cruzada, dejando ver sus medias de rabioso amarillo. En el primer banco, banco de honor, la Iglesia y la Madre Patria bajo la forma de cardenal y embajador de turno. Nada ha cambiado desde el siglo diecinueve, pienso.
La Matriz estalla de gente. Silencio embelesado. De los cinco niños que están sentados en el suelo junto a nosotras cuatro se han dormido profundamente y el restante se pone de pie para escuchar mejor al coro que no deja de seducirnos. A los dos minutos empezamos a usar el confesionario como guardarropa, y tiramos ahí buzos y carteras. Total, durante el velorio nadie lo va a usar .
Pasa el tiempo y nos baña la magia de los sonidos. El concierto termina en medio del éxtasis general de la población. Reponemos fuerzas con un cortado y un millón de palabras, y nos volvemos.
El ómnibus que venía vacío de pronto se llena de hinchas de Nacional. Varios no pagaron boleto. El guarda lo exige. Discusión, Insultos. Amenazas. Caras patibularias. Ánimos más que caldeados. Gritos y provocaciones que continúan hasta que me bajo en mi cooperativa en medio de la niebla.
He sobrevivido a otro viaje en 103 y lo celebro con un café caliente mientras veo una entrevista a Dolina y escucho a Tania llorar desde el fondo para que le abra la ventana.
Sábado.

Que nunca falte.




CARAMELERO: _Pastillas... Hay de fruta, hay de menta... Pastillaaas..
VIEJA: _ ¿Qué salen las pastillas?
CARAMELERO: _10.
VIEJA: ¿Diez pesos? ¿Te parece?
CARAMELERO: _ Estas, sí.
VIEJA: _Ta, entonces no, gracias.
YO (pienso): La vieja se quedó en 1986. 

Y sigo viaje.




Hoy tomé conciencia de una situación que está afectando mi vida desde hace un par de años, y es que comienzo cada día de mi vida escondiéndome. Sí, me escondo. Trato de pasar desapercibida, de no llamar la atención, de no moverme, casi. Arranco cada día queriendo ser un fantasma.
Es un problema estacional; solo se da en otoño e invierno, al menos cuando hace un poco de frío o podría llover y por eso dejo la ventana de la cocina cerrada. A la mañana siguiente, cuando despierto, basta con moverme lo suficiente como para incorporarme en la cama cuando empiezo a escuchar los maullidos destemplados de Tania ante la ventana de la cocina para que le abra. Grita como una condenada, como si no comiera desde hace una semana, y tengo miedo de que los vecinos se quejen, porque mis despertares en época de trabajo son siempre entre las seis y las siete. 
Por eso me escondo. Si me voy a quedar unos minutos remoloneando es esencial que no haya el menor sonido. Prender la luz: imposible. Ir al baño y volver a acostarme: menos. Apenas me muevo la consigna es bajar, abrir ventana, alimentar, y cabe señalar que el concepto de "bajar" implica en este caso un complicado mecanismo de relojería para llevar la computadora prendida y no dejar nunca de mirar el piso, o me enredo con Roldana, que adora caminar entre mis pies y bajar la escalera al mismo tiempo que yo.

Es dura la vida de las mascotas humanas. Pucha digo.




Hoy al salir de mi casa había una cruz en el cielo. Constantino la habría tomado como una señal religiosa; yo prefiero pensar que es la señal de que ya pasó la tormenta y se viene el sol.
Sol.
Sol.
Sol.

Que nunca falte.




Che, no es por nada, pero es mi cumpleaños... 
El 405 venía tranquilo y semi vacío, la lluvia parecía conjurada y los relámpagos a lo lejos no tenían pinta de amenazantes... Qué necesidad había de gritos desafinados en mis oídos? Para peor apenas subió se me sentó al lado, mientras se presentaba a las otras 4 o 5 víctimas... eh...pasajeros, aunque algo debió intuir, porque se levantó al toque y se fue al fondo del ómnibus, desde donde gritó con todas sus fuerzas un par de temas que no tenían culpa de nada, pobres. Al final dijo que no lo movía el arte sino la plata (honesto, al menos), y tuve que aplaudirlo para no dejar solo al único otro pobre caritativo (o sordo) que lo hizo. 
En momentos como este quisiera ser la 99 y tener un cono del silencio, o al menos quisiera haber sacado boleto de una hora, para ver si exorcizo los gritos y los rasguidos con un desplazamiento sorpresivo. 
Aunque no sé.
Capaz que esto de entrar en los cuarenta me está poniendo un poco intolerante.

Ampliaremos.




En medio de las calles mojadas, desafiando con hidalguía la humedad del otoño, avanza mi 103. 
Voy sentada en el primer asiento, sitial para conquistar el cual tuve que despertar con voces y empujoncito en el hombro a un veterano que adujo "haber pestañeado por un momento", en una extraña concepción temporal que preferí no cuestionar.
Entre Comercio y Propios, por esos avatares del Destino y de la IMM, hemos enfrentado cuatro semåforos en rojo, uno detrás del otro. Cinco, ahora.
El guarda sonríe todo el tiempo, y su compañero de vez en cuando se mueve de forma espasmódica, como si bailara una cumbia muda, al tiempo que pareciera que oye un informativo en el que se dice una y otra vez que va a seguir lloviendo, cosa bastante fácil de creer.
El coche viaja con un calor de horno, y mientras escribo se ha bajado el veterano pestañeador y ahora veo que me acompaña una péndex profundamente dormida, a la que despertaré en la próxima parada. Deséenme suerte.
Feliz miércoles.



A pesar de los pronósticos en contra la mañana se presentaba cálida y sin lluvia. Bajamos mis viejos y yo hasta la playa, que hace unos días anda medio tapada de repollitos de agua; parece que vinieron en masa, en un islote que el Cele divisó a lo lejos y la corriente terminó por depositar en la orilla en unas horas, y ahí están.
Poca gente y mucho perro, todos más que amigables. 
Hay mucho espejo de agua en la orilla, lagunetas que van quedando de anteriores crecidas y se secan más o menos lentamente. En una de ellas, tres bagres. Quietitos, medio resignados, los bigotudos. La única que iba descalza, mi madre, trató de atrapar uno, pero se le escurrió. El Cele hizo lo propio, con idéntico resultado. La idea era devolverlos a la laguna, pero para ello faltaba el pequeño detalle de poder agarrarlos, y dicen las malas lenguas que tienen como unas púas que clavan al supuesto agresor, o sea que había que andar con cuidado. Al final lo logramos, con la ayuda de una botella de plástico de dos litros que había tirada por ahí, y de a uno, de a uno, los devolvimos a a laguna.
Al rato nos separamos, y yo me quedé juntando cosas y armando mandalas sobre la arena, ya bajo el sol tibio del casi mediodía. 
Un veterano se acercó a ver lo que estaba haciendo.
_Pensé que estaba pescando- me dijo. 
_Ah... No, yo no pesco. Estaba jugando.- respondí sin pensar, y era cierto. 
Él me miró con cara de comprender mi nivel de felicidad grado ultraextrahipermegaplus.
_Está haciendo un mandala, no?
_Sí, eso mismo.
Y siguió su camino. 
Que nunca falten los interlocutores respetuosos de las felicidades ajenas. Ni los caracoles chatos, los perros amigables y los soles imprevistos de este mundo silencioso y sin tiempo. 

Feliz sábado.



Llego a la parada un rato antes de la medianoche y me tomo lo primero que pasa. Era un 404 y el chofer era Nestor Kirschner, o lo parecía mucho. Al pasar por Habana sube otro chofer, esta vez extrañamente muy interesante, que se pone a charlar con Kirschner y le cuenta de sus problemas de horarios laborales. 
_ Yo siempre cumplo, estoy diez minutos antes del relevo, no llego tarde, pero no seas malo: el otro día había largado a las once de la noche y me pusieron el primer viaje a las cuatro y media de la mañana...
En esas quejas andaba cuando me paré para bajar en Propios.
_¿Vos sabés si acá paran los COPSAs?- le pregunté, cargada como para la guerra (léase fin de semana en la Laguna por cumpleaños del Cele, que fue el miércoles).
_No- contestó el interesante. paran media cuadra más adelante. Te conviene bajar en la próxima y volver media cuadra. 
_ Ah, bárbaro, gracias.- respondí, pero no tuve que desandar nada, porque Kirschner me dejó justo en la parada, pese a que el 404 no paraba ahí. 
Grande Kirschner. 
Que nunca falten los choferes amables. Ni los que están que se parten.

Feliz fin de semana a tutti quanti.




Mi rutina matinal de levantarme, darle de comer a las gatas, limpiarles el baño y desayunar se vio hoy interrumpida por un movimiento multipatoso en el cajón de las piedritas sanitarias. No era una tarántula, pero sí una araña negra grande. Muy grande. Gigantesca. De unos seis centímetros de diámetro con todo y patas, bah. O cinco. Dejémoslo en cinco.
Hice como que no la veía, me dediqué a preparar mi té y puse la computadora en el extremo opuesto de la habitación, pero ella no se fue. 
Soy invisible, pensaría la pobre. 
Tengo una aracnofobia leve, pensaba la otra pobre, es decir yo.
Roldana fue en cierto momento a hacer uso de las piedritas pero al verla frenó la marcha, consideró la situación por un par de segundos y retrocedió, aunque a los cinco minutos se ve que la cosa era imperiosa porque volvió al cajoncito e hizo sus necesidades bien en el borde, lejos de la intrusa, que seguía hecha estatua. 
En cierto momento subí a lavarme los dientes y al volver vi que había desaparecido. No me animé a limpiar el cajón, por si estaba en la parte de afuera contra la pared, y salí, dejando la ventana abierta cual simpática y otoñal invitación a la vida al aire libre a principios de abril. 
Espero que haya entendido la indirecta. 

Ampliaremos.








Montevideo gris y mojado.
Baldosas flojas aguaitando al desprevenido.
Esquinas aliadas a los fabricantes de paraguas.
Cabellos impremeditadamente al viento.
Edificios que gotean cuando uno ya se creía a salvo.
Personas que no saben maniobrar paraguas ni abiertos ni cerrados.
Calles desbordantes de aventuras oleosas,
Veteranas que resbalan en el pavimento, caen cuán largas son a media cuadra de la puerta de su trabajo y horas después siguen sintiendo que les duele medio cuerpo, dos terceras partes del alma y el cien por ciento de su orgullo.
Montevideo gris y mojado.

Esto en la Toscana no me habría pasado.





Venir en un 103 un mediodía gris, ir mirando por inercia imágenes en el celular y descubrir de pronto al 832 en una foto de hace veinte años me provoca una sensación agridulce, difícil de explicar.

Sus colores se me meten en el alma y siento el olor y el sonido del mar, la arena tibia bajo los pies descalzos, el viento en la cara, la música de los Redondos en el Gaucho, las milanesas de pescado de Doña Bella y las interminables caminatas por la playa al Polonio.

Nada de crónicas de ómnibus o de corrección de pruebas diagnósticas por lo que queda de la tarde. Me voy más allá de las Malvinas a buscar caracoles, placas de gliptodonte o improbables boyas de vidrio.

Con su permiso.









Lunes, 8 30 de la mañana. Recién arrancaba mi clase en el quinto Artístico 1 cuando la adscripta entró para hablar conmigo y me dijo algo en secreto.. Una chica cumple hoy sus 16 y los padres querían entrar a clase y darle un regalo. 
Como la estructura tradicional e inamovible de clase no es lo mío enseguida dije que sí, y estuvo muy emotivo. Los padres le dieron un ramo de flores y repartieron huevos de Pascua a estudiantes, profesora y adscripta. 
Es el IAVA.

Todo dicho.




Ella no llega a tener 20 años, es grande, alta y un poco excedida de peso. Viste una prili rosada semi cubierta por un chaleco abierto. Viaja junto a un joven cuya cara no logro ver porque duerme con la cabeza hundida en la cuna de un bebé, que también duerme.
Detrás del joven, a mi lado, viene una nena de unos cuatro años, hablando todo el tiempo con la de la prili, que es la madre.
_Mamá, me duele la panza, pero no tengo ganas de vomitar.
_ Bueno, ahí tenés tu bolsita por las dudas.
_Mamá, dejá de sacarle fotos al bebé, querés?
_Vos no me digas lo que hacer.
_¡Pero no podés pasar todo el tiempo sacando fotos, nena!
_Dame el paquete de los chicles-ordena la madre. 
Cuando la nena se lo alcanza se le cae algo.
_¿Qué fue eso?
_Se me cayó el anillito.
_A ver si cuidås tus cosas.
_Lo estaba cuidando, mija. No hablés si no sabés.
_Si lo estabas cuidando no se te caía.
_Lo tenía en la mano. ¿No ves que no sabés?
Y así siguen, y van a seguir por años, hasta que la nena se haga adolescente y tenga sus propios hijos que la traten de naba y se permitan mandonearla. A no ser que en el camino la educación que reciba fuera del hogar posibilite el milagro y el ciclo se rompa.
En eso estamos.



¿Cuántas veces se le puede decir al interlocutor que uno a medida que cocina va limpiando los utensilios? 
Para el señor que va en el asiento de atrás del 103 parece que al menos seis. 
"Yo voy usando y voy limpiando, voy usando. y voy limpiando..." 
SEIS VECES.
Todo lo cuenta con reiteraciones inmediatas. La mujer que va con él solo mete un "mjm" de vez en cuando. Pero lo escucha.
¡Ah, el amor y sus cegueras temporales! 
Que nunca falten.



La CITA anda a los tumbos por un camino de barro. Algo pasó en la ruta y terminamos tomando un desvío que nos tiene hace rato viajando en modalidad Rock & Samba, con el agregado de un novedoso sistema de hidratación de pasajeros conocido como "LPM, esta catramina se llueve como afuera".

Por si no los vuelvo a ver, fue un placer haberlos conocido.




Soñé que andaba en un viaje por otro país con un grupo grande de gente. Estábamos viendo a ver adónde ir de excursión ese día; manejamos varias posibilidades hasta que al final triunfó mi moción de ir a Cape Cod, una playa llena de aves marinas y con preciosos paisajes.
Nunca en mi vida (que yo recuerde) había oído hablar de un lugar llamado así. Acabo de despertarme y de buscar, solo por si acaso, y me encuentro con que es una preciosa península playera en Massachussets, con algunas de las mejores playas de USA...

Y bueno,,, Si el inconsciente dice, habrá que ir. Mi súper yo no se opone, y el yo menos. Somos una familia muy bien avenida.




El 103 vino lleno esta mañana. Voy parada en el fondo, junto a un grupo familiar compuesto por abuela con nieto sentados y madre de pie al costado. La abuela tiene en una mano un paraguas infantil verde fluorescente y con la otra lleva abrazado al nene, que tiene unos ocho años y viene con una gruesa campera encima de la túnica. Debe haberlo vestido la vieja, pienso. Las abuelas siempre exageran con el abrigo de los niños. La madre tiene unos treinta muy mal llevados. Rezonga a la vieja por pasar comiendo caramelos y se baja en la Unión sin saludar, dejando al niño en mitad de una frase.
Los dos siguen viaje, más abrazados que antes.
En unos años lo tendré sentado en mi clase, pienso, y ojalá que siga teniendo una abuela que lo abrace cuando la madre lo ignore y se vaya sin mirarlo.

Y me bajo al encuentro de mis nuevos gurises, sin saber si vienen de abrazos o de abandonos, como todos nosotros.




El 103 viene con mucho espacio libre pero sin asientos. Un veterano petiso y yo subimos en la cooperativa y nos ubicamos en el fondo. 
Al instante un morocho con rastas de unos veinte años lo mira, se levanta y le cede su asiento al petiso, mientras su compañero a los pocos segundos hace lo propio conmigo.
_Quedate, no hay problema.-acota el veterano, ya instalándose.
_No hay problema; nosotros somos jóvenes- contesta el de las rastas. 
El amigo y yo no hablamos, pero intercambiamos una cálida sonrisa.
No me queda claro si me acaban de tratar de vieja o de confundir con una embarazada, pero no tiene importancia.

Lo que vale es la intención.




Explosiones en Pakistán dejan 38 muertos, y ni El País ni El Espectador tienen ni noticias. Se ve que la postergación del estadio de Peñarol o el debate por la edad para la jubilación son mucho más importantes, salvo para Facebook, que me dice que como estoy en la zona afectada puedo enviar una confirmación de que no he sido afectada por el atentado.

El mundo del revés.




"Vuelven las cenas bailables al gigante del barrio... El próximo sábado 12 de marzo el Parador Oriental abre sus puertas con un gran espectáculo musical. Uno de los músicos más contundentes de estos tiempos: Chico Ferry, con una de las presencias que..."
Y ahí se fue el auto-parlante, y dejé de escuchar. 

La Curva se mueve, vo', sabelo!





¡Cómo está esto!
Me aparece una nota al costado: "Acabas de mencionar “oferta“ en tu publicación Estudiantes de 14 a 18 años de liceos públicos..." (etc), que es algo que colgué en Liceos en Red, y me ofrece promocionarlo. Pagando, claro. 
El post hablaba de la posibilidad de acceder gratis al Solís, y decía algo de que "Con esta oferta el Teatro contará con 1702 localidades...". 
Se ve que en este mundo virtual (no virtuoso) las acciones desinteresadas no cuentan gran cosa.

Huelo dinero... alguien menciona una oferta... ¿Dónde, DÒNDE?




El País digital, siempre velando por dar a sus lectores informaciones objetivas de la realidad.
Párrafo en torno al (viejo) caso de O. J. Simpson, hoy:
"El veredicto, seguido por 145 millones de telespectadores, causó una gran polémica y sus detractores acusaron al jurado de ignorar las pruebas, 10 de los 12 miembros eran negros, como Simpson."
Sin pararnos a considerar la pésima redacción de este enunciado, sin discutir su simplismo ramplón, su contenido es totalmente racista y discriminador.
¿Qué pasó aquí? ¿Cortamos y pegamos sin leer más que por arribita, o de verdad pensamos que los nenes con los nenes, las nenas con las nenas, los negros con los negros y así todo?

Otra perlita más de un largo rosario. Y van...




Yocasta de 103.
"El mayor me salió inteligente pero no le gusta estudiar. Me quedó debiendo tres materias este año; una me la salvó en diciembre y las otras dos en febrero. Por lo menos me va a empezar el año sin materias del año pasado..."
En la cabeza de la buena señora el nene LE hace todo a ella.

El despertar va a ser difícil.



Esto funciona así: durante cinco años dejás las paredes intocadas y de repente en 48 hs te entra una fiebre decoradora y sálvese quién pueda. 
Que alguien me pare, plis. 
En cualquier momento entro a poner fotos de mis gatas y la cosa se hace irreversible.

Ampliaremos.




jueves, 24 de marzo de 2016

Bajo el frío de Toscana




Ella va muy contenta con su minifalda amplia negra a lunares blancos, sus medias blancas a la altura de las rodillas, su saquito violeta atado a la espalda onda Chilindrina, el pelo en dos colitas altas anaranjadas y fluorescentes y las mejillas muy pintadas de rojo. 
No, no es una niña. Tiene unos veinte años, y si bien parece estar montando un personaje no veo cámaras ni acción alguna que me lo confirme. 
Los aeropuertos tienen su propia fauna, pienso. 

Y me voy al checkin, que acaban de llegar mis amigas.



"Buenos días, señores pasajeros, habla el comandante. Estamos llegando a Roma en unos quince minutos, con un retraso de apenas un cuarto de horaEl día se presenta nuboso, con 13 grados de temperatura. Está un poco tontorrón, como que ahora sí, ahora no, y va a seguir tontorroneando durante toda la jornada. Les deseamos un muy feliz viaje, y a los peregrinos que puedan encontrar la paz y la energía que andan buscando."
A los cinco minutos:
"Señores pasajeros, este es el comandante. Olviden todo lo que les he dicho, pues me he equivocado. ¡Este día va a ser MA-RA-VI-LLO-SO!!"
Ahí fue cuando lo aplaudimos todos.
Salute a tutti quanti. 

Ya estamos en el primer piso de un apartamento espectacular frente a la Piazza de Santa Maria del Trastevere, y esto no se puede creer.



_Mariela, hoy no escribiste nada...- me dice Tere mientras descansamos post merienda en la casa. 
Y es verdad. No escribí porque desde las primeras horas de la mañana hasta las seis y media no paramos más que para almorzar. 
Eso explica mi actual estado de agotamiento, pienso, mientras me duele todo lo que sea músculo utilizado para caminar y los ojos me piden un respiro. Es sacrificada la vida del turista. Por suerte me acaban de invitar con unos Tarallini al Olio, que son como snacks de aspecto pero saben a ambrosía, y recupero algo de las energías invertidas en la jornada.
Impresionante, la jornada. Absolutamente impresionante.
Primero pensamos que llovería, porque estaba todo negro, pero pronto salió el sol y asomamos al martes. Comenzamos caminando hacia el Tíber, al que bordeamos por unas cuadras. Un paseo arbolado, cruzado por múltiples puentes de diversas épocas. Llegábamos a la iglesia de la Boca della Veritá cuando se largó a llover, y corrimos a refugiarnos, pero la lluvia no duró más que unos minutos. Todo el día fue una sucesión de grises y azules. 
La boca della Veritá es una escultura con forma de rostro humano donde la tradición dice que si uno pone la mano en su boca y dice una mentira es mordido y la mano queda atrapada. Nosotros zafamos.
Caminando, caminando entre monumentos, iglesias, ruinas y parques, vimos desde arriba el paisaje y panorama espectacular del Foro Romano, con el Coliseo de fondo. Pasamos sin entrar por los Museos Capitolinos, el Museo del Resorgimento, y entramos al altar de la Patria, monumento a la unificación nacional, el Palazzo Vittoriano, más familiarmente conocido como la Torta de Bodas, en virtud de su color blanco y sus muchas columnas. Subimos hasta lo alto en un ascensor y llegamos a un lugar desde donde disfrutamos de una visión panorámica de Roma de 360 grados. 
Roma no tiene edificios altos, casi todos tienen tres o cuatro pisos. Las callecitas son estrechas, muchas veces adoquinadas, y hay palomas y gaviotas por todas partes. En lo alto del edificio que decía, por ejemplo, encontramos varias gaviotas adictas a la cámara, a las que les rendimos el homenaje que reclamaban posando como dueñas del mundo. 
Almorzamos en el mismo lugar, con la vista panorámica de Roma y las aves caminando entre las mesas, mientras afuera llovía torrencialmente. 
Al rato asomó de nuevo el sol, y salimos. 
Era tiempo de iniciar la tarde. 
La tarde tuvo un solo nombre: Museo Vaticano. Y voy a renunciar a contar lo quo vi, porque es de verdad inefable. No hay palabras para contarlo, no existen palabras para tanta belleza y tanta grandiosidad. Caminamos sin parar durante cuatro horas, dejamos sin ver varios museos, vimos arte egipcio, babilonio, etrusco, paleocristiano, contemporáneo, de todo. Salas de 120 metros de largo, como la de las cartas geográficas, que tiene 40 mapas gigantescos de las posesiones papales del Renacimiento. Salas con veinte tapices de 8 por 5. Salas con decenas de esculturas romanas: salas de humanos, de dioses, de animales, un Hércules dorado de metros de altura, sarcófagos, bañeras gigantes y un interminable etcétera. Enormes aposentos decorados tanto en paredes como en techos, Rafael, Miguel Ángel, y toda la patota de sus discípulos. Y la Capilla Sixtina, donde no se puede hablar y hay guardias que hacen callar a los parlanchines con sonoras órdenes cortantes. Solo en la Sixtina se prohiben las fotos. Uno pasa horas mirando para arriba con la boca abierta. No hay palabras, de verdad. 
A la Piazza de San Pedro la vimos apenas, porque ya era tarde y estaban cerrando el acceso, pero fue suficiente para saber que tenemos que volver. 
Tenemos que volver.
Tenemos que volver. 
Aún no tiré la moneda en la Fontana di Trevi pero na hace falta hacerlo para estar seguros de algo: vamos a volver. 
Y me cansé de escribir, por ahora. 

Ta mañana.



Notas del tercer día a Roma (léase con "ere", sin apoyarse en la R, per favore):

* No hay perros vagabundos ni gatos flacos en toda la ciudad. Ni mosquitos. Ni edificios. Ni aires acondicionados asomando de las fachadas, porque usan unos que van dentro de las casas.
* A las siete medio mundo está cenando o de Happy Hour, porque los bares, ristorantes e trattorías rebosan de gente.
* Si llueve aparecen miles de hindúes vendiendo paraguas y capas de lluvia.
* Los tanos tienen una forma de mirar que no conoce el disimulo: te clavan los ojos como puñales aunque vengan con sus hijos, esposas o nietos al lado.
* Los turistas son de todas partes, solos o en grandes grupos. Los únicos medio infumables son los gallegos de quince, que vienen en viaje didáctico, con profesores que explican y explican cosas que nadie escucha. Los japoneses vienen mucho en parejas, todos flacos, serios, impecables. Los nórdicos suelen ser veteranos con pinta de mucho training y varias vueltas al mundo en sus espaldas. 
* el Coliseo es enorme, no se recorre todo y hay mucha gente, pero igual su grandiosidad justifica todo, hasta la lluvia matinal con que lo recorrimos. 
* El Foro y el Palatino son gigantescos y llenos de caminos, subidas y recovecos. Columnas y pedazos de columnas por todas partes. Murallas. Gaviotas. Panoramas.
* El chocolate, el capucchino y los ñoquis son insuperables. Y la muzzarella. Y el chocolate amargo. Y las manzanas. Y el pan. Y todo. 
* frente a casa está una fuente que día y noche congrega multitudes. Ayer vimos una gaviota bañándose en el agua de la fuente a la medianoche, y salpicando agua para todos lados.
* Acá los cuervos son grises. 
* la gente es amable, linda, educada, tranquila. Quiero vivir a Roma y tomar cioccolato todos los días.

A domani.



Hoy la mañana se presentó seca y soleada, hasta que arrancó a lloviznar y estuvo tontorreando (al decir del piloto de Iberia) hasta la noche. Ahora sí, ahora no, pero sin llegar nunca a ser lluvia de verdad. 
En principio fuimos hasta el vecino Campo de Fiore, donde está la estatua de Giordano Bruno y donde funciona un enorme mercado de frutas, verduras, quesos, condimentos, licores, semillas, etc. Es una manzana, pero en ese espacio reducido se concentra el sabor della Italia, incluyendo vinos calientes con frutas, licores varios que son testeados in situ con todo éxito y una cosa visualmente maravillosa que resultó ser un bróccoli romanesco. 
Del mercado fuimos a tomar chocolate y capucchinos, y de allí al barrio judío, donde vimos una fuente con tortugas que es en parte obra de Bernini, donde nos conmovimos ante las placas en recuerdo de los judíos asesinados en Auschwitz y donde me enamoré de una gata gris y obesa. 
Ahí nos dimos cuenta Alejandro y yo de que no habíamos visto aún la Fontana di Trevi y mañana temprano nos vamos, por lo que allá fuimos, caminando, como casi siempre. 
Recorrimos varias cuadras, encontrando en el trayecto iglesias, obeliscos y palacios inesperados, hasta que llegamos a la fuente. Enorme, la fuente, de color turquesa y con buena vista pese a los cientos de turistas que deambulaban por las escalinatas, se sacaban selfies y tiraban monedas. 
Almorzamos pizza a una cuadra de la casa y ya por la tarde emprendimos la marcha hacia el Vaticano, porque nos había quedado algo en el tintero, una pavadita, mire: la Catedral de San Pedro. 
Los museos Vaticanos fueron indescriptibles, las múltiples iglesias a las que fui me encantaron, pero nada me impactó tanto por la grandiosidad y magnificencia como la Catedral de San Pedro. Ya de entrada, la Pietá. Luego, el altar mayor, las cúpulas, los relieves, las esculturas, todo enorme, aplastante. Peregrinos entrando en grupo mientras recitaban a coro partes de la Biblia, siguiendo una cruz. Gentes de todas partes. Dos monjitas sacando fotos de un santo con un celular. Un guardia suizo vestido con ropas multicolores onda murguista. Y un etc virtualmente interminable, sin olvidar, ya en el exterior, las consuetudinarias gaviotas en la cabeza de todos los santos vaticanos y las miles y miles y miles de sillas dispuestas en la plaza para no sé qué celebración católica que supongo contará con la presencia del Papa Francissssco. 
A la salida de la Catedral nos separamos: Marila no había venido con nosotros, Ale subió a la cúpula, Tere se volvió y yo me fui hasta el Castel de San Angelo, una enorme fortaleza sobre el Tiber a la que al final no entré porque me entró el amor por mis euros y no quise desprenderme de diez de ellos. Volví caminando a la orilla del río, notando con cierta preocupación que las sirenas y ambulancias se iban adueñando del paisaje, que el tráfico estaba trancadazo y había como una conmoción en el ambiente. Vi un diario tirado y lo levanté: hablaba de un terrorista que culpaba a Roma del asesinato de un imán y afirmaba que irían contra la estación, oh oh. 
Seguí caminando hasta la isla Tiberina, buscando alguna placa que testimoniara la muerte de Florencio allí, en 1910, pero en el hospital Fattebenefratelli no hay ni rastros del pobre tuberculoso que fue a morir entre sus paredes solo y lejos de su gente. 
Continuaba lloviznando, y volví a la casa. 
Mañana será el día de la partida a Florencia. Sin peligro, parece, porque dicen que lo del terrorista ya fue desactivado, aunque en fin, mejor no hablar de ciert-tas co-sas. 

Ampliaremos.



ESAS PEQUEÑAS COSAS QUE TE INDICAN QUE ESTÁS EN EL PRIMER MUNDO:

- en las paradas un cartel electrónico te indica cuántos minutos demora el ómnibus y cuántas paradas le faltan para llegar. 
- uno marca solo el boleto, y el chofer ni te mira. Para en todas las paradas, abre todas las puertas, y el pasajero se gestiona solo. 
- hay calienta toallas en el baño.
- quienes pasean perros siempre limpian lo que el bicho hace.
- por todos lados hay camionetas de la policía y milicos armados con unas cosas gigantescas en la vereda.
Y, sí. 
No todo es un cuento de hadas.

Ya me va cayendo más simpático el 103 sin horarios.



Volviendo a la casa al anochecer nos vemos obligados a detener el paso ante un cartel dentro de una heladería.
_ ¡No te puedo! ¿Eso es chocolate? 
_Mmmhh... No, no puede ser...
Entro y hablo con la empleada. 
Era chocolate. Cien kilos de chocolate derramándose por la pared, mostrador de por medio. 
O sea. 
CHOCOLATE.
...
Cien kilos de chocolate y vos, en Florencia. 
Pensalo. 
...

Soy una mujer voluble, lo sé, pero ahora he decidido que el Paraíso terrenal está en Florencia, más precisamente cerca del Duomo, del Arno y de la heladería de los cien kilos de chocolate.



FIN DE SEMANA ARTÍSTICO Y VERTIGINOSO.

Ayer la galería degli Ufizzi y hoy la Accademia significa que en 48 horas nos hemos enfrentado a Leonardo, Michelángelo, Raffaello y toda la patota renacentista, sin contar a Giotto, Massaccio y unos cientos de medievales que nos han impactado a diferentes niveles. De la admiración al respeto, pasando por matices de incredulidad, sensación de analfabetismo agudo (pese a los seis años de Bellas Artes) y franco convencimiento de una sola cosa: los pintores medievales no habrían visto muchos bebés desnudos, o no hubieran pintado tanto cabezón o desproporcionado mostrito.
Lo mejor: el David original. Impresiona ver en el mármol las venas de las manos, el cuello y los pies y a un tamaño tan enorme, bajo una austera cúpula en una nave gigantesca de la Accademia. Después lo volví a ver sentado y tomando un helado en la esquina, pero con ropa. Y no es lo mismo.
En los Ufizzi, ayer, lo mejor fue Boticcelli y alguna cosa de Leonardo. Hoy vimos además una muestra de objetos antiguos de los Medicis, entre ellos un Stradivarius. 
Hicimos miles de cosas, pero las principales fueron iglesias, galerías de arte y subidas a los dos edificios altos de la ciudad: el Campanile de Giotto y el Duomo de Bruneleschi. Ambos coinciden en los colores y estilo exterior, en las alturas similares y en que se sube por unas escaleras angostitas e interminables, que los hacen no aptos para claustrofóbicos. 
O sea, que no debí subir. 
Pero lo hice.
Ayer el Campanile tuvo un ascenso agotador de 414 escalones, planteados en cuatro tramos de gente que subía y bajaba de continuo. En lo alto, frío, viento, y una visión de la ciudad en 360 grados solo interrumpida por el Duomo, a un costado. La claustrofobia no fue un problema, aunque me quedé un poco sin aire en un par de ocasiones.. 
Hoy el ascenso a la cúpula me resultó un tanto más problemático, porque las escaleras son MUY angostas, cada vez más, y los tramos son infinitamente mas largos y se trancan dos por tres, haciendo que los complicaditos como yo nos paráramos, suspiráramos y miráramos al piso como tratando de olvidar que no había salida fácil (tal vez ni siquiera posible) por ningún lado. Pero valió la pena. Fueron como 460 escalones, 95 metros y dos recorridos circulares por diferentes niveles de la cúpula inolvidables. 
Maravilloso el Duomo.
Nunca más el Duomo. 
Bah, por ahora. 
Y no escribo más porque nos vamos a cenar.

Ampliaremos.



Listo. 
Si algo faltaba para enamorarme de Florencia era bajar hoy a la costa del Arno y encontrar una playita con arena, árboles y cucharetas nacaradas enormes!!!!! Un par de patos nadaban tranquilamente a unos metros de nosotros, una chica paseaba con su perro, otros andaban en bici, mientras escuchábamos y veíamos la caída del agua en una pequeña cascada y, a lo lejos, las siluetas de los Ufizzi y el Ponte Vecchio.
Cuando vi la primera cuchareta, dada vuelta, estaba dentro del agua heladísima del río. Me estiré haciendo una peligrosa maniobra y con un palo logré sacarla; al ver lo de adentro casi enloquezco: maravilla!!! El agua casi me corta la circulación, pero valió la pena. A las orillas una zona arbolada había recogido la resaca del río, con muchas ramas y troncos gastados por el viaje en el agua. Había entre las ramas, además de cucharetas, muchos pedacitos de cerámicas pulidos por el río y algunas piedras verdes.
O sea.

QUIERO VIVIR EN FLORENCIA. Punto.




Ayer tres de nosotros estábamos convencidos de que era nuestro último día en Florencia, pero no. Marila nos hizo ver que teníamos 24 horas más de plazo en el Paraíso, cual inesperado cheque a la felicidad en forma de paisajes, iglesias, ruinas, playa de río, caminos entre los cerros, cuervos, fuentes, cielos azules y lunas crecientes. 
Estoy tan agotada como feliz. Hoy no me da ni para crónica, porque anduvimos por las alturas y los alrededores de la ciudad y me duele cada músculo del cuerpo, aunque tal vez una sopa Rivollina me devuelva las energías en breves minutos.

Ampliaremos.



Barga es un pueblito Toscano en un valle rodeado de montañas. En verdad estamos a unos 400 metros sobre el nivel del mar. La Casa Cordati es antigua, de muros gruesos, con un par de frescos en las paredes y llena de pinturas del señor Giordano, abuelo del veterano que la administra ahora. Queda en la Via del Mezzo, que hemos recorrido solo en parte, pirque llegamos al atardecer. Calles empedradas, escaleras y callejones que suben y bajan, unos pocos autos (solo pequeños) que apenitas pueden girar en las esquinas y a veces dejan huellas de los rozones contra los muros de las casas. Gatos gordos que vienen corriendo a pedir mimos. Muy poca gente. Un silencio al que estábamos desacostumbrados, especialmente luego de pasar por Florencia y su constante hormigueo humano. Aire puro, con olor a estufa prendida al caer la noche. Se ven montañas nevadas en el horizonte.
Ayer cenamos a las siete de la tarde, en lo de Aristo, un lugar pequeñito y de película atendido por un chico veinteañero, una señora cincuentona y un duende de edad indefinida, bajito, de barba blanca y ojos azules, que nos explicó cada plato, respondió las preguntas que le hicimos sobre las fotos y los instrumentos musicales que decoraban el lugar y hasta nos contó de un tenor uruguayo que viene a Barga dos por tres: Marcelo Guzzi, o algo así. Parece que canta con Andrea Bocelli y un día de estos, como su padre se lo pidió, cantó frente al restaurante. Al principio había dos o tres personas, porque era a media tarde, a la hora de la siesta, pero pronto se congregó una multitud y era emocionante ver correr la lágrimas en los ojos de los viejos, conmovidos. 
El señor Giordano, el de la casa, nos habla solo en inglés, pero el del boliche se maneja en su idioma y le entendemos todo, salvo Marila, que preguntó qué licenciatura de italiano habíamos cursado en La Habana que ahora andábamos volando con el tano.
Cenamos sopa de lentejas y torta de queso, tomate y berenjena. De postre unas tortas caseras que añoraremos cada día de nuestras vidas. El duende nos invitó con una ronda de vino de la zona, "vino santo", que es dulce y delicioso, y al rato, cuando nos íbamos, otra ronda, pero de un licor de chocolate tan espeso y espectacular que era de limpiar la copa con el dedo, literalmente.
Ya estamos haciendo planes para vivir en Barga. Marila puede traer a Pippin y yo a las mías, que no desentonarían en este universo de gatos rollizos y lustrosos. 
Y ya es tiempo de levantarse y desayunar.

Carpe diem.



Ya es la una de la mañana y Barga duerme desde hace varias horas. El viento se hace oír pese a las gruesas paredes de la casa Cordati, y es una suerte vivir en una época de calefacción generalizada.
Los viajeros uruguayos nos mandamos una odisea que implicó pasar por todos los paisajes y todas las situaciones posibles, todo en una jornada, pero no sé si me da el resto para contarlo. 
Empezamos con un viaje de dos horas y media rumbo alle Cinque Terre, sobre la costa de la Liguria. Todo el trayecto fue entre las montañas, viendo a lo lejos los pequeños pueblitos con sus casas siempre amarillas o anaranjadas, alguna iglesia, algún castillo en lo alto y un fondo de montañas que poco a poco se fueron convirtiendo en unos picos blancos altísimos y esplendorosos: eran los Apeninos. Ya desde ayer andamos todos con la música de Marco en la cabeza, y esto era como viajar adentro de un puzzle, porque si los paisajes de alrededor de Florencia nos recordaban a las pinturas medievales estos nos llevaban directamente a las clásicas imágenes de verde, agua cristalina, puentes firmes y antiguos, montañas verdes cercanas y blancas a lo lejos. Cascadas por todas partes y cientos de cañadas y arroyos de unos veinte centímetros de hondo, entre piedras blancas y con agua verde. 
No nos daban los ojos. 
Cuando ya habíamos casi agotado las provisiones de frutas y bizcochos llegamos a nuestro destino en Cinque Terre: el primer pueblito, Riomaggiore, el más chico y el más bello de los cinco, construido sobre los acantilados. De entrada nuestro acceso fue complicado dado que no se permite el ingreso con auto de quienes no residen o alquilan, y tuvimos que dejar el auto a unas cuadras, por un tiempo máximo de tres horas. 
Riomaggiore es colorido, lleno de pasajes y escaleras endiabladas, con muchas vueltas y recovecos. Caminamos varias cuadras antes de poder ver siquiera el mar, y cuando lo encontramos resulta que cualquier esfuerzo hubiera valido la pena. Agua turquesa absolutamente transparente, acantilados, botes, gaviotas, boyas, flores. Repito: no nos daban los ojos. 
Y ahora no me da la energía. 
Ampliaremos... Creo.

A domani!



Puesta al día.

Ayer quedamos en que habíamos llegado a Riomaggiore, en Cinque Terre. Se trata de un pueblo pequeñito y colorido que cuelga casi de los acantilados de un mar verde y transparente, pueblo que desde la carretera solo va en bajada, lleno de pasadizos y escaleras, y al cual no se permite el acceso de autos que no sean de moradores o inquilinos. Nosotros dejamos el Opel alquilado en un estacionamiento que era gratis durante tres horas, en la carretera, a un par de cuadras, y entramos al pueblo. 
Al principio nos costó encontrar el mar. Era como esas pesadillas en las que uno tiene un objetivo y se va aplazando vez tras vez: a una bajada sucedían otras, vueltas, calles encaracoladas, terrazas, y el mar que no aparece. Por fin lo vimos, desde arriba, y tras mucho preguntar accedimos al nivel de las olas. 
Playa de arena no hay en este pueblo. Lo que sí hay es un mirador panorámico espectacular, desde el que se dominan los acantilados, los botecitos y las olas, y a él accedimos, en primer lugar, Alejandro y yo, mientras Marila retrocedía una cuadra a buscar a Teresita, que estaba esperando a ver si el descenso no era muy dificultoso, sentada ante la mesa de un café, capuchino de por medio. Al fin nos encontramos los cuatro, recorrimos algo del mirador y nos sentamos a merendar en un barcito frente al agua. 
Una gata estaba sobre la mesa, y se dejó desalojar sin mayores resistencias.
Pasado el rato, mientras Ale iba a buscar el auto para acercarlo a nosotras, Marila y yo nos adentramos más en el pasaje que se abría a partir del mirador principal, que consistía en una larga vereda con baranda, la que terminaba en una preciosa playa de piedras medio esféricas, veteadas de blanco y negro y del tamaño de pelota de fútbol, más o menos. El agua estaba helada, pero un rato antes yo vi a cuatro personas bañándose muy felices. 
A la vuelta cruzamos las tres mujeres el túnel que lleva a la estación de trenes (porque hay un tren que conecta los cinco pueblos y va al nivel del mar), hasta donde esperábamos encontrar a Ale con el auto. Pero no estaba. Yo me adelanté por una calle de repecho interminable y llevaba caminadas como seis cuadras cuando vi que el tránsito estaba cortado, porque la calle estaba en reparaciones, o sea que nuestro amigo por allí no iba a llegar nunca en su vida. Problemas. Ninguno andaba con celular, y Tere comenzaba a respirar con dificultades y a necesitar su inhalador. Problemas. 
En eso pasaron dos hombres con pinta de cincuentones pero que resultaron ser septuagenarios muy bien conservados, y les preguntamos hasta dónde podría haber llegado Ale. Hasta el estacionamiento, dijeron, y nos invitaron a seguirlos, e incluso bajaron el ritmo de su caminata para acompañar el nuestro. Al final yo me adelanté con ello, mientras Marila y Tere nos seguían a lo lejos. En algún momento ellas dejaron de vernos, porque la calle era larguísima y llena de volutas, y se hicieron la idea de que Ale estaría perdido por ahí y yo secuestrada por los dos tanos, y hasta parece que me pegaron un par de gritos, pero no las escuché. 
Llegamos al fin al estacionamiento, me despedí de los tanos, y nada. 
E allora?
Marila y yo fuimos hasta el inicio de la ruta, y ni rastros de Ale. Para entonces Tere ya no podía seguir caminando y había conseguido asilo temporal en el hall de un hotel, cuyo dueño muy amablemente la dejó quedarse y le dio un poco de agua. Ya estaba por caer la noche, el aire había cambiado y empezaba a hacer frío. Tratamos de pedir ayuda a los carabinieri pero no entendieron la situación , y nos mandaron de nuevo a la estación de trenes. Hacia allá estaba yendo yo sola, recordando que todas las películas de psicópatas comienzan con un grupo de personas que se separan inocentemente, cuando escuché un grito tan lejano que pensé que era obra de mi imaginación, aunque era en realidad la señal de que habíamos encontrado a Alejandro y podíamos seguir viaje. Él había estado buscándonos por todo el pueblo a las carreras mientras dejaba el auto ilegalmente estacionado, y tenía pinta de exhausto. 
Ya no daba para retomar el plan original de ir a otro de los Cinque Terre, y pegamos la vuelta. 
Nos perdimos un millón de veces. Recorrimos caminos, los desandamos, todo guiado con mapas bajados desde el teléfono y en papel, pero igual. 
Eran como las ocho o nueve cuando hubo que parar a comer, porque con todas las vueltas del día nos habíamos salteado el almuerzo, de manera que paramos en un pueblo cerca de un cartel que ofrecía "ravioles gratinados de la Nonna Carla", y allá fuimos. 
De ravioles gratinados y de la Nonna Carla les quedaba solo el cartel, por lo visto, porque lo único que había era pizza, servida por dos personajes con pinta de expresidiarios: un muchacho de ojos y dientes saltones con el jean roto en varias partes y una mujer cuarentona con los ojos maquillados a lo Cruela Devil, que metían miedo. Las pizzas, cabe señalar, estaban muy ricas.
Seguimos perdiéndonos y encontrando el camino hasta las diez y pico, en que entramos a Barga, cansados pero felices. En realidad el viaje lo hicimos a las carcajadas, al menos las dos parásitas del asiento trasero, que ni manejábamos ni guiábamos la marcha. 
Ya en casa decidimos que el día aún no terminaba y tres de nosotros nos tiramos hasta un barcito, a tomar grappas y moscatos. 
Una buena manera de terminar la jornada.
Y yo hoy ya no doy para más, porque también fue una jornada pródiga en viajes, y además mañana con dolor en el alma dejaremos Barga para ir a Lusignano.

A domani tutti quanti. 


El detalle que faltaba de la crónica de la vuelta de Riomaggiore:
Veníamos ya en plena noche, cansados de una jornada increíble y un poco estresados porque nos habíamos perdido un par de veces, cuando llegó la hora de abandonar la autopista. Salir de la misma implica, en Italia, pagar todos los peajes que hemos atravesado en el camino, o sea que nos ubicamos frente a una barrera y apretamos él botón. Debíamos abonar la módica suma de 6.60 euros. Empezamos a juntar las monedas, para lo cual tuvimos que sacar la mochila de Ale del asiento de atrás y juntarlas con las de Tere. Las pusimos en la máquina y esperamos, pero nos faltaban dos euros. Los del auto de atrás comenzaron a tocar bocina. Pusimos un billete de diez euros, confiando en que las monedas nos serían devueltas, pero la máquina no lo aceptó, porque venía medio arrugado. Los de atrás nos bocinaron de nuevo. Probamos con uno de veinte, y lo rechazó de nuevo. Empezamos a entrar en pánico. Me bajé del auto, y se me cayeron las manzanas que llevaba en una bolsa al costado. Empecé a levantarlas, lo que debe haber provocado un montón de gritos de los otros, que por suerte no escuchamos, mientras la máquina me repetía "usted no puede descender del vehículo. Usted no puede descender del vehículo..." 
En eso, al fin y entre los bocinazos, la cosa se comió un billete, nos dio el cambio y partimos, como quien acaba de ser admitido en el Paraíso. 

A partir de aquí vamos a ahorrar moneditas para cada viaje, o esos son nuestros propósito, al menos.



Jueves de San Patricio en las alturas.

El cielo azul nos encontró a la mañana recorriendo las alturas de Barga. En la iglesia dos hombres estaban reciclando la puerta de entrada. Unos metros al costado me encontré de pronto con el piso cubierto de rositas de madera, fruto de un enorme y verde pino. Junté unas treinta, consideré que las otras miles debían quedarse allí para embellecer el suelo del mirador, y nos fuimos. 
Un nivel más abajo nos detuvimos a admirar un bellísimo jardín y escuchamos a Bach a través de la ventana abierta de una casa de la que salió mi futuro marido cuando viva en Barga. Tiene un auto negro, es todo lo que sé, pero no hace falta más. El resto son minucias. 
Marila, Alejandro y yo hicimos un almuerzo súper tempranero en lo de Aristo, donde comimos una polenta con queso absolutamente inolvidable, le llevamos comida a Tere, que después de la odisea al salir de Riomaggiore decidió que este sería su día al interior de la Casa Cordati, y partimos rumbo a la tarde.
El plan era ir hasta un parque natural en lo alto de las montañas, pasando por un par de pueblitos más que pintorescos. Llegar a Tereglio fue toda una aventura, porque la carretera es empinadísima y llena de bucles cerrados, además de angosta y al borde de un precipicio el 98% del tiempo. El viaje tuvo las vistas más espectaculares posibles, montañas verdes, marrones, amarillentas, y al final, a lo lejos, el blanco enceguecedor de los Apeninos en sus picos nevados. Unos panoramas tan abismales que nos dejaron sin aliento, pero a la vez entre los precipicios, la carretera angostita y las curvas cerradas mis mariposas interiores entraron a desbundarse y de pronto me encontré jugando solitarios en el ipad para no ver y no pensar. O sea, en buen criollo, que iba cagada hasta las patas. Cuando Marila, que manejaba, se puso a entonar mantrams para la tranquilidad no me quedó claro si era por mí o por ella, pero me vino bien un poco de paz interior en medio del torrente de pensamientos precipitosos.
En Tereglio paramos un rato a sacar fotos. Estar parada ahí también me daba vértigo, y más cuando veía carteles con el ancho de las "calles" del pueblo: 1.80 una y 1.30 la otra, oh oh. Una casa, sin embargo, nos gustó, porque tenía la llave puesta del lado de afuera, y lo tomamos como una señal de que debíamos vivir, si no allí, cerca. O sea, en Barga. 
De Tereglio, que estaba a 1488 metros sobre el nivel del mar, seguimos viaje en las alturas buscando el parque natural Orrido di Botti, donde había un hermoso salto de agua, según la información que teníamos. Al salto no lo encontramos, pero sí un arroyo que avanzaba entre las piedras con abundantes cascaditas, de agua total e increíblemente transparente que se veía blanca, gris, verde, celeste. A los costados, un bosque elfo de árboles finos y altos, con suelo de rocas cubiertas de vegetación y aire frío pero purísimo. No había nadie más que nosotros; un auto pasó un rato y siguió su camino, y un gato amarillo permitía adivinar una presencia humana, pero a nadie vimos. El parque funciona, a lo que se ve, en los meses estivales. Hay muchos senderos marcados entre el bosque o subiendo a la montaña, daba para quedarse mucho tiempo, pero nosotros queríamos visitar otros lugares, y nos fuimos.
El camino a Bagno di Lucca empezó muy bien pero pronto se hizo de piedras sueltas y nos enlentecimos al máximo aunque manejaba Ale, que como buen tucumano está más que acostumbrado a las alturas. Después la cosa se arregló, por suerte, aunque paramos en un mirador donde vimos entre las piedras un crucifijo, una cruz de metal, flores y la foto de alguien muerto allí hacía décadas, a juzgar por la imagen. Una muchacha. 
Seguimos viaje. 
Bagno di Lucca resultó ser una pequeña ciudad muy amable y acogedora, con los precios más baratos hasta ahora. Ya no nos daba la hora para baños termales, así que enfilamos a Barga, previa parada en el Puente de Maddalena, que es medieval con diseño futurista y se conserva perfectamente. 
Por la noche la cena fue, obviamente, en Lo de Aristo, donde nos despedimos de don Lorenzo y su familia. Una gata enorme dormitaba en una silla, y solo estaba la familia, porque era muy tarde para Barga: casi las diez de la noche. Don Lorenzo parecía tramar algo con la señora que Marila cree que es su esposa y yo que es su consuegra, y pronto comprobamos que lo que planeaban era sorprendernos. Primero apareció él con una cazuela que contenía sopa de pan y tomate: deliciosísima. Después cenamos (sopa de lentejas, en mi caso) y al rato don Lorenzo nos cayó con una tabla de fiambres, quesos, nueces y una salsa de manzana y cinco hierbas típica dela zona. Por si fuera poco, licor de chocolate: todo invitación de la casa.
Nos fuimos con un abrazo prometiendo volver y es un hecho que lo vamos a hacer, porque don Lorenzo se lo merece, y nosotros también.

Que nunca falte.



Viernes 18: hasta luego, Barga.

Salimos de nuestro pueblito preferido por la mañana, no sin antes despedirnos del signore Giordano, que ha sido nuestro mejor casero en todo el viaje. 
Íbamos con todas las maletas y un par de enormes bolsos con comida, que procuramos disimular lo mejor posible en el auto, para bajarnos y deambular unas horas por los pueblos del camino. 
La primera parada fue en Lucca, el único pueblo con muralla medieval completa y en perfecto estado de conservación. Gruesísima, la muralla. Lucca al principio no me cayó del todo bien, pero al rato me gustó más. Tiene una enorme plaza abierta en el medio, varios palacios interesantes, una torre altísima con árboles en el techo, iglesias muy antiguas y tiendas de artesanías, cerámicas y productos de cosmética y comida de la región de lo más pintorescos. Almorzamos en la plaza mayor, al aire libre, delicioso (lasagna de primo piato y tagliatelli ai fungui de secondo). El mozo me dijo que era bellísima, pero era un tradittore, porque a todas les caía con el mismo verso. Nuestra moza venía de Brasil, de Fortaleza, y se mostró muy contenta de poder manejarse en portugués con nosotros. 
Seguimos viaje un rato, hasta que nos acercamos a Pisa y ya desde lejos asomó la silueta de la torre inclinada. Pisa también (como todos) tiene su parte antigua amurallada. Nos acercamos a la torre y descubrimos que todos los edificios de alrededor eran magníficos: una catedral con puertas gigantescas de metal llenas de relieves y estatuas de lobos en los vértices, un baptisterio y otros edificios de delicadísima ornamentación, incluyendo un duomo que parecía inclinarse para el lado opuesto de la torre. Esta última, cabe señalar, puede subirse, previo pago de entrada y revisación policial con detector de metales, como en todas partes. La susodicha torre es realmente grandiosa, más allá de la inclinación. 
Terminamos tomando un par de capuchinos en la barra, para acceder a dos cosas tan imprescindibles a esa hora de la tarde como el baño y el wi fi, y partimos hacia Lucignano. 

Llegamos a nuestro nuevo hogar por la noche, y cenamos en su restaurante, que es muy distinguido y glamoroso. A partir de ahora compartimos la misma habitación los cuatro. Nos hemos quedado sin cocina ni heladera, sin lo de Ariosto, el signore Giordano y la Casa Cordati, pero ya lo superaremos. Creo.



Montepulciano es el pueblo favorito de los conocedores del vino. Queda en el Val d'Orcia, rodeado de las carreteras más verdes y bellas de toda la Toscana. Coincide con los demás en las murallas, calles de piedra, casas antiguas y palacios e iglesias medievales, en los panoramas que domina y en la proliferación de vicolos (pasajes, callejones) y escaleras, porque el acceso es sumamente empinado. 
La diferencia es que en Montepulciano todo es aún más hermoso.
Hay toda una parte de la ciudad que es subterránea: tumbas etruscas, túneles y bodegas. Uno se topa con un pasaje a otro tiempo y otro nivel bajo la tierra en el medio de una tienda o una taberna. Vas caminando, ves un cartel de tumba etrusca y voilá, there she is. 
En cierto momento bajamos a una antigua taberna a la que se accedía desde la entrada a un palacio. Empezamos a descender una escalera tras otra, nos perdimos y alejamos en un momento, y pasamos a otro mundo. Un mundo de toneles gigantescos de vino, de bodegas oscuras y estancias misteriosas, que terminó en una coqueta tienda de degustación y venta, un par de calles más abajo. 
Los miradores de Montepulciano dominan un panorama de fondo de pantalla de Windows: pasto verde luz, cipreses finutos alineados, montañas a lo lejos, maravilla. 
Sus gatos son gordos, como todos por aquí. Sus lagartijas, verdes y preciosas. Sus perros, coquetos y siempre paseando a sus dueños. 
Amamos a Montepulciano y ¿a que no saben qué? 
Quiero vivir en Montepulciano. 
He dicho. 

Y me voy a dormir.



De Montepulciano a Bagno Vignoni no hay muchos kilómetros, solo un ratito de viaje por el mejor paisaje de la Toscana, pasando por Pienza. Este resultó ser un pueblito amable y lleno de palomas y personas que esperaban algo que creímos sería una procesión religiosa pero al final era una simple visita guiada. La pizza de Pienza es fina y de masa crujiente, en forma de pizzeta que te traen entera acompañada por una tijera para que vos te la vayas cortando a piacere. 
Entre Pienza y Bagno paramos a sacar unas fotos en una parte muy panorámica, donde fuimos saludados por una bandada de motoqueros enfundados en uniformes grises y negros. En eso me agaché a juntar unas piedritas (qué raro, no?) y empecé a encontrar caracoles de tierra pequeñitos, redondos y blancos, chatos, la cosa más linda e inesperada que me podía pasar ahí, al borde de la ruta. Hallé caracoles de cuatro clases diferentes, como quince, y todos caben en la palma de mi mano. Obsesión ideal para viajes, liviana y fácil de ocultar por si no pudiera llevarlos...
Estacionamos a la entrada de Bagno Vignoni y caminamos media cuadra hasta una especie de plaza que al final no era tal, sino otra entrada al paraíso, de las que abundan en esta provincia. Estábamos en un sitio alto, dominando un paisaje infinito y hermoso. Al frente, un sitio arqueológico con varias construcciones enormes de difícil identificación pero con pinta de primitivas piscinas, y todo surcado por caminos de aguas termales corriendo alegremente hasta caer por una cascada rumbo a un arroyo lejano. Salía vaporcito del agua, y la gente se descalzaba y sentaba a la orilla, con los pies en remojo. Un placer!!! Estuvimos un rato dejándonos masajear por el agua y entramos al pueblo. A diferencia de todos los otros, aquí no hay plaza central, sino una enorme piscina de agua caliente y verde, transparente y espectacular. No se permite tomar baños allí, pero hay muchos hoteles con termas, que por la módica suma de 38 euros te permiten el acceso a piscinas e hidromasajes, aunque ya era de tardecita, y lo dejamos por si nos pinta un día lluvioso. Cabe señalar que no creemos que eso ocurra, porque el tiempo está cada vez mejor, con cielos azules y para andar de remerita.
De allí enfilamos a Lucignano, nuestro pueblo, también medieval, también lleno de subidas, pasadizos, iglesias y palacios, otro placer para recorrer sin tiempo, aunque llegamos al atardecer y ya nos propusimos recorrerlo mejor con más luz. Cenamos en un lugar muy cálido y lleno de delicias, y pegamos la vuelta. 
Nos quedan paseos como para tres meses, pero el miércoles pegaremos la vuelta a Firenze, Roma, Madrid, Montevideo.

Snif.


Domingo de ramos varios.

Tras un opíparo desayuno (porque estamos en un B&B) arrancamos Marila, Alejandro y yo rumbo a Lucignano, que ayer vimos de tardecita y hoy queríamos recorrer con luz matinal. 
Ya desde que llegamos vimos que el ambiente era diferente. Reyes y damas medievales se paseaban por las calles, muchos jóvenes con pinta de voluntarios estaban apostados en la puerta de algunos museos e iglesias y unas señoras organizaban todo desde una de las plazas. Era el FAI de primavera: Fondo ( o fundación) Ambiente Italiano... Algo parecido. 
Por una contribución sugerida de tres euros uno accedía a visitas guiadas por todo el pueblo. 
Recorrimos el museo de Lucignano llevados por unos cuantos liceales impecablemente vestidos, preparados con seriedad y con una solvencia y seguridad digna de admiración. La joya del museo es el álbero del Amore, una obra enorme, una especie de joya de metro y pico de altura, que reposa entre pinturas y retablos varios. Visitamos una iglesia muy antigua y enorme con restos de frescos en sus paredes, recorrimos más callejones y miradores, vimos gatos, viejos, vinos y el hombre más bello de Italia y del mundo, hasta que de pronto escuchamos tambores o algo similar y nos asomamos a una calle. Todo un desfile medieval tenía lugar a esa hora, y el pueblo los acompañaba desde las veredas y saludaba a sus conocidos, especialmente a los más chiquitos. Hubo demostraciones de destreza con banderas y varios instrumentos musicales, lo que colgué en videos hace unas horas.
Solo nos faltó ver a un gato gordo, del que los dueños publicaban en un cartel que uno si lo veía podía sacarle fotos, pero por favor se las enviaran por mail a una dirección que ahí constaba. 
Al mediodía, ya con Tere, pusimos proa a Cortona, pasando por Camucia, que debe ser su ciudad dormitorio (Ale dixit). También aquí había personajes medievales, con la peculiaridad de que eran todas mujeres, hasta que llegó un noble varón pelirrojo, con talante reposado y gruesa voz, que ya habíamos visto por la mañana en Lucignano. 
Almorzamos en un bar atendido por un símil Bart Simpson, tomamos un helado deliciosísimo (en mi caso, de chocolate negro con naranja y pistacho) en otro sitio, compramos recuerdos en un local de cerámica y subimos hasta lo alto del pueblo, que en este caso es decir muy muy muy alto. Ya Cortona queda en una subida y se ve desde lejos, pero en el interior del pueblo hay repechos y repechos interminables y maravillosos, hasta que uno accede a la fortaleza, en lo alto, y domina varios valles y un lago lejano. El día no era el más luminoso, pero estuvo bueno. 
Cortona es la tierra natal de Santa Margherite, y hay una iglesia donde se conserva una reliquia de la cruz y donde se supone que estuvo San Francisco. Los gatos son gordos y tranquilos y todos los perros pasean orgullosamente con sus amos, atados con una cuerdita. Los perros, cabe señalar, entran a los bares, a las oficinas y a los museos como si tal cosa, y a nadie le molesta. 
Comenzaba a atardecer. Ya no daba para ver el mejor museo etrusco del mundo. Hicimos los honores a unos chocolates calientes que parecían mousse en taza, me compré un gato de terracota que pesa como dos kilos, y nos volvimos.
La cena temprana fue en Lucignano, donde entre cerveza, vino y vino santo nos hicimos un lío con la cuenta y nos quedaron cinco euros sin justificar, por ahora. 
Mañana será otro día. 
Por suerte, aún en Italia. 

Ci vediamo.


La frutilla de la torta

Para el último día entero del viaje no pudimos elegir mejor destino que San Gimignano. Nos habíamos imaginado algo muy comercial y un poco antipático, una especie de Punta del Este versión Edad Media, pero encontramos un pueblo pequeño, amable y espectacularmente panorámico.
El estilo arquitectónico es muy homogéneo: casas de tres o cuatro pisos, de ladrillo a la vista a veces mezclado con piedras, techos de tejas, postigones marrones, calles empedradas. Ya desde lejos se ven sus torres, las más características de todos los pueblos toscanos. Las torres eran símbolo de prestigio social, y no había familia toscana de peso que no tuviera la suya. En San Gimignano hubo más de setenta, de las que quedan unas catorce, si no recuerdo mal. 
A la entrada hay un ascensor, para zafar de unos cuantos metros de repecho, aunque de todos modos el pueblo puede recorrerse se punta a punta en veinte minutos. No parece haber mucho de extramuros; se conservan las dimensiones de origen. Los comercios abundan en souvenirs, objetos de cerámica y alabastro. La gente es cordial y tranquila. Los turistas abundan pero no molestan. Las palomas son las dueñas absolutas de las paredes, y solo vimos un par de gatos. No entramos a ningún lugar, porque el día y el pueblo invitaban a los ambientes exteriores. Las pastas del mediodía fueron seguidas por los mejores helados de Italia y del mundo, según los carteles orgullosos de la puerta y según las palabras del señor heladero, vestido de blanco y recibiendo a todos los clientes con gracia y simpatía.
En suma: amamos a San Gimignano, que se lo merece con toda razón (aunque en nuestro corazón Barga vive y lucha),