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sábado, 3 de octubre de 2015

Octubre 2015


Sí, de acuerdo, estuve mal. 
No debí darle esa aceituna entera a Tania para que jugara, pero... ¡me la pidió con tanta insistencia!
Ahora toda mi casa huele a aceituna, pero al menos encontré una manera fácil de hacerla hacer ejercicio: hace rato que corretea persiguiendo a su nueva "pelotita" por entre los muebles. El problema es que dos por tres la pierde en la alfombra de la cocina y se le va el interés... 

Si amanezco caída por resbalón en objeto esférico de procedencia desconocida ya saben por qué fue.




"Mi dedo mayor tenía
Una espina del jardín.
No la vi, por la miopía; 
Un doc me la sacó al fin."
Sí, un poco pelotudito es ir al SEMM por una espina en el dedo, pero en mi defensa debo aducir que la muy desgraciada se me clavó en la mano derecha y apenas se veía!
No, no manden telegramas preguntando por mi convalecencia de la extirpación: ya estoy mejor; el médico dijo que voy a salir de esta. 
Creo que un poquititito tentado de risa estaba, pero tuvo a bien disimularlo.
Gracias, doc.
El morocho del SEMM del shopping es a partir de hoy mi médico preferido.

Después de Peluffo, claro.




Subo al 316 en pleno hip hop urbano. Abundan las rimas consonantes con terminaciones verbales y la letra va integrando elementos del barrio como la covine o la barraca. 
Por suerte al minuto termina.
"Agradecerles de corazón por esos aplausos... Quien desee y pueda colaborar, puede ser con una monedita, una sonrisa, un abrazo, un "gurí, sos el mejor rapero del mundo", un caramelo de miel para entonar la garganta, lo que puedan y quieran colaborar serå muy bien recibido".
El "gurí" tiene unos 18 años y no parece muy modesto que digamos, pero al menos intenta ser un artista.
INTENTA.
Grita y me rompe los oídos sin mi permiso, pero él cree que es arte.
Suerte que llegué al final.

Fiuuu...




Iba llegando a Camino Maldonado, apurada como todas las mañanas en que entro a primera, cuando lo vi.
Era peludito y tendría un mes. Por debajo de la mugre se adivinaba un blanco y amarillo. Trataba de acechar a unas palomas casi más grandes que él, sin éxito alguno.
No podía pararme. Seguí caminando.
Un perro estaba en la parada, olfateando el trasero de cada persona que se acercaba.
Di vuelta. Levanté al gatito, lo llevé hasta la cooperativa, pasando la reja, y seguí caminando. Era suavecito y confiado.
Vino un 103 y me subí sin animarme a mirar para atrás.
Pobre.
Sé que a la vuelta no va a estar, y prefiero no saber, pero si está hasta Arbolito no para.
He dicho.

Pobre.




¡Goooool!!!
No, no sé de quién, ni me importa.
Solo sé que la radio del 103 acaba de taladrarme los oídos con el grito del relator, que vino para integrarse al pregón del caramelero y el tamborileo (en tambor posta) de la pareja del fondo.
103...

Me gusta cuando callas.





Primero fue la decisión de entrar a la cocina cada noche a partir de hoy a cuatro de las tunas más tentadoras, para sacarlas de la ruta nocturna de los esquivos caracoles del patio del fondo.
Después vino el impulso aniquilador de arrancar montones de ramas de plantas invasoras, de esas que uno quisiera mantener en un radio de veinte centímetros pero avanzaban ya medio metro en el deck, amenazando con colonizar para su provecho la mitad del espacio transitable, por lo menos, y quitando toda posibilidad de recibir el sol a las criaturas más pequeñas.
Hice una montaña en el centro del patio con los cadáveres. Me embargó la culpa, y traté de no pensar.
En medio de la tarea empezaron a aparecer los enemigos, guarecidos en los recovecos más recónditos del jardín, bajo las hojas de plantas que no comen, haciéndose los desentendidos. No me animé a liquidarlos, a decir verdad; solo los tiré por encima del galpón para que cayeran en el pasillo del fondo, y que los dioses de los gasterópodos decidan cuál será su destino.
Al final de mi trabajo algunas plantas me miraban con adoración y otras con una combinación de vertiginoso pánico y muda recriminación.
Soy una mezcla de Gandhi y Kim Jong-un.
Jodida cosa el poder.

¡Y todavía me queda el jardín del frente!





¿Se acuerdan de La naranja mecánica? Del tipo con los ojos abiertos a la fuerza para meterle contenidos al cerebro por impacto y repetición?
Bueno. Ese soy yo.
Voy a vivir, voy a gozar, vivir mi vida la la la la la.
Refresco Rinde dos: pagás un litro y tomás dos.
Hay que pedirle mås, más, más a la vida, como si fuera la la la última noche.
La música de Color Café te acompaña hasta las 8 de la mañana.
10 minutos más todavía.
¡Vamos!
¡Tú puedes!

Creo.





Cuando yo era chica creía que a medida que los años pasaran los problemas del amor se irían haciendo cada vez más invisibles, hasta dejar de sentirse por completo.
Qué ilusa.
Tengo los años que tengo, he madurado, he vivido y aprendido tanto que me cuesta creerlo, y sigo sin entender.
Por ejemplo, no entiendo lo que pasa entre vos y yo. Por qué lo nuestro es tan especial. Por qué podemos estar mucho tiempo sin vernos y no importa, porque el amor sigue ahí, siempre, siempre. Por qué insistís en buscarme, si sabemos que estás con ella.
Sí, lo sé, y en realidad ella no me interesa. Hasta parece buena persona. No es muy linda, pero parece buena, y te adora.
¿Por qué entonces insistís en buscarme? No ves que lo nuestro es imposible? O debo pensar que solo seguís a su lado por cosas tan básicas como la comida y el techo? 
Te repito: lo nuestro es imposible. 
Imposible, y no solo porque seguís con ella, sino porque yo tampoco estoy sola. Tania y Roldana nunca me dejarían adoptarte, Isis. 
Dejemos las cosas como están.
Lo nuestro es un amor de a ratos, un abrazo, unos mimos, y a seguir con nuestras vidas. Pero qué bueno que existís.

Que nunca faltes.





Estoy sola en la parada, en la cuadra y en el barrio. La tarde de domingo me ha desertizado el panorama a tal punto que ya ni controlo si anda algún flaco con ganas de celular nuevo en la vuelta, y me distiendo bajo el amable sol de octubre, hasta que lo veo venir.
Es un 404 con el destino al revés. Tal vez vaya Expreso... es raro.
Para veinte metros antes de llegar, aparece el habitual cartel de Palacio de la luz, y subo.
Soy la única en todo el ómnibus, que no tiene guarda. Tengo el bus a mi entera disposición: de manera que así se siente ser poderoso...
Me pregunto si el chofer aprovechará para secuestrarme y cambiar mis planes de teatro por una loca aventura sobre ruedas, pero no, porque a las dos paradas el muy desubicado empieza a dejar que otros pasajeros invadan nuestra dulce intimidad dominguera.

Así no se puede.




¿Qué hace una si el padre de sus amigas presenta un libro a cien kilómetros de casa y en una noche de alerta naranja? Una va. Conoce lugares nuevos, perros nuevos, ropa nueva, y se reencuentra con los afectos de toda la vida, aunque al día siguiente se le cierren los ojos y ande por los recreos del IAVA con una única cosa en la cabeza: café... Dónde hay café? 
Por suerte la máquina está siempre ahí, esperando por mis monedas.

Que nunca falte.




El primer bus vino en un segundo. La guarda era amable, el chofer escuchaba música clásica y me encontré con una amiga que me dejó el asiento porque estaba por bajarse.
El segundo bus viene con un informativo no estridente. Al subir un liceal de unos 12 años me dejó pasar primero y a las dos paradas una chica me ofreció el asiento vacío frente a ella.
Algo pasa.
O se nota demasiado que dormí poco y me espera una larga jornada o es una cámara oculta o es el Día del pasajero o algo pasa.

Ampliaremos.






Hoy por la tarde decidí ir un par de horitas a caminar.
Ayer había llevado a cabo la hercúlea proeza de ponerle por vez primera collar antipulgas a Roldana y a Tania y hoy empecé a ver bichitos caminando por el suelo. Medio atontados, fáciles de matar, es cierto, pero igual. O sea que metí insecticida por ambos pisos, cerré todo, dejé a las peludas amarillas en el fondo y me fui a hacer tiempo por la Unión. 
Dos horas, decía el aerosol. Antes de salir miré bien el reloj para calcular el retorno: eran las cuatro menos cuarto. Y me fui.
Iba por Piccioli, habría caminado unas diez cuadras cuando miré la hora: cuatro menos cuarto otra vez. ¿Estaría sin pilas? No; marchaba perfecto.
Raro. 
No entendí. 
Y seguí caminando.
Ya cerca de la Tienda Inglesa de Pan de Azúcar me llamó la atención una muchacha que caminaba delante de mí, porque sus calzas de tela brillosa azul bolita me hicieron acordar a los atuendos de las divas de Porcel y Olmedo en los ochenta, con los pantalones de raso y esas cosas. 
En fin. 
Entré en la Tienda Inglesa pero apenas, porque solo quería ver si vendían entradas para el teatro. Esperé unos veinte segundos a que me atendiera la empleada y en eso estaba cuando miro a mi izquierda y veo a la de las calzas azules que sale cargada con cuatro o cinco bolsas de mandados. ¿Cómo diablos sale con bolsas de compras si hace media cuadra iba delante de mí sin nada en las manos?
Raro. 
No entendí. 
Y seguí caminando.
Cuando ya me estaba volviendo y esperaba la verde en la esquina de Propios algo me hizo cambiar de opinión. Cruzando la calle venía una de mis Rodríguez favoritas: mi amiga Graciela, a quien hacía rato no veía. Terminamos comprando un café en el Mc Donalds de la esquina y tomándolo al solcito en un parque semi privado con mansión ajena de fondo: las escaleras de entrada del Liceo 14, que estaba cerrado por el feriado (y que no se entere nadie...).
Ella también vive lejos, y estaba ahí por pura casualidad.
Ella también tenía que hacer tiempo.
Ella también llevaba bizcochos recién comprados en una panadería que quedaba a media cuadra.
Ella también sabe que el tiempo es inestable, que una puede estar décadas sin ver a alguien y de pronto ponerse a charlar como si fuera ayer que fuimos a bailar, que jugamos al juego de la copa o que salvamos juntas el último examen en el IAVA.
Cosa rara la vida.
Lo entendí. 

Y seguí caminando.





Uno a veces cree que hay ciertas cosas han entrado a formar parte definitivamente de su pasado y de pronto se da cuenta de que no, de que hay que mirar hacia atrás y rever algunas decisiones.
Bendita calza negra debajo del pantalón.
Hoy es 11 de Octubre, pero eso parece no ser importante. 
Te necesito.





Venía de varias horas de patrimoniar por el IAVA y adyacencias cuando decidí bajarme en el Disco de 8 de octubre y Garibaldi a ver si me compraba algún vicio. Diez minutos más tarde estaba esperando el 103 con mi bolsita de Capuccino y budín de chocolate en la mano cuando un muchacho de lentes me preguntó si yo era profesora de Literatura. 
Uy.
¿Otro desconocido que emerge de las profundidades del pasado para mantener una charla y quedarme con la duda de quién diablos era?
Pero no, porque era un divino y aunque lo tuve en el 19 hace 12 años lo reconocí de inmediato, ubiqué su grupo, todo perfecto, como si no fuera mi memoria la que respondía tan pero tan bien a los interrogantes del encuentro callejero. Tomamos el mismo 103, me contó que con 26 años ya es Escribano, y me quedé con esa dulce sensación de haber elegido la mejor profesión que se me pudo haber ocurrido.
Después me senté, y mientras el bebé de enfrente lloraba a moco tendido mi oído empezó a registrar una conversación en el asiento de atrás entre padre cuarentón e hijo de unos seis años. Estaban jugando a decir palabras que empezaran por la misma letra. El padre lo elogiaba sin aspavientos pero con fuerza cada vez que decía alguna palabra difícil y el niño preguntaba por aquellas que no conocía. Una clase participativa y de una riqueza impresionante.
_ Desagrado.
_ ¡Muy bien! Diamante.
_ Eeeh... Dedo.
_ Dedal.
_ ¿Y eso qué es?
_ Lo que se pone en el dedo para protegerlo al coser.
_ Ah. Eh... Desalmado.
_ ¡Muy buena! Disco.
_ Diami.
_ ¿Diami? ¿Qué es diami?
_ Lo que decís cuando algo es muy rico: mmmh... ¡diami!
El padre le explicó que eso no era una palabra sino un sonido que representaba un placer ante la comida gustosa, y siguieron jugando. Cuando me bajé miré para atrás: iban abrazados. 
No está todo perdido, entonces.

Que nunca falte.





Se llama Sol, y tiene un año y medio o dos.
Viene gritando con todas las fuerzas de sus pulmones al menos desde que subí, en Propios, y ya vamos por el túnel. 
La madre tiene unos veinte años y trata de calmarla sin lograrlo. Ya la dejó sentarse sola, bajar al piso, pararse en el asiento, ir en la falda, ir sentada en el suelo, y la Sol nunca se calla ni baja el volumen de sus inarticulados gritos.
Al fin se bajan en Beisso y todos emitimos una perceptible onda de alivio colectivo, mientras seguimos oyendo sus gritos a la distancia.
Silencio.
Fiuu...

Que nunca falte.




Hoy estamos de suerte. No fueron 15 los omnibuses que pasaron y siguieron de largo: fueron apenas 10.
En el medio debo reconocer que pararon un 405 y un 316, pero solo tenían lugar para un par de personas c/u, y había como seis pugnando por subir. La conciencia social pudo más que yo: los que van a Pocitos son los que llevan a las empleadas domésticas, y ellas necesitan el trabajo más que una, que a lo sumo puede ligar una mirada acusatoria por llegar un par de minutos tarde. Además en el fondo sabemos que algún 103 en el correr de la hora pico va a parar, aunque sea para subir colgada, viajar estrujada y bajar extenuada por la tensión del "un pasito más, señores... si no cierra la puerta no podemos arrancar..."
Y en eso estamos, a la hora en que toca el timbre y aún por Jaime cibils, oh oh.

Feliz viernes.




La primera señal de que Houston, we have problems, es cuando la gente se cansa de esperar un bus que se digne llevarla y se va sentando en el frío banco de material de la parada. 
La segunda es que van apareciendo celulares y personas que llaman con voz compungida, como para convencer a un jefe de que no es su culpa, que van 8 o 10 ómnibuses que no solo no paran sino que no nos registran siquiera.
Pero la verdadera señal de emergencia la dan los COPSA cuando van por el medio de la calle, repletos, uno tras otro.
No, no hay paro. Han pasado unos 15 omnibuses de todos los colores.
Es solo que vivimos en una ciudad mal organizada en su sistema de transporte y las personas de estos barrios no parecemos ser importantes a la hora de asegurar las condiciones båsicas de acceso a otras zonas.
Jueves quejoso.

Ya va a pasar.




Hoy en el último grupo un estudiante y yo leímos a la vez y sin previo ensayo el conjuro de las brujas en ls escena 3 de Macbeth, y juro que nos salió más afinado y en simultáneo que el par de canciones con que un señor con voz de vino y una señora con voz de canto coral acaban de deleitarnos en el 103.
Eso sí, su función fue justificada como pocas: arrancaron con "Hasta siempre" en el día previo al aniversario de la muerte del Che y terminaron con "Viaje de amor", a un año (dicen) de la de Cerati.
Ya se bajaron. Bienvenido casi silencio, porque el chofer oye cumbias pero bajito, y los "cantantes" gritaban de lo lindo.
Necesito un aparato que produzca silencio; los sentidos deberían poder desconectarse a piacere, como cuando cerramos los ojos.
Y mientras tanto algunos pseudo artistas deberían callarse...
Uy, subió el que pide palabras y finge improvisar un hip hop...

Estoy de turno.





La radio del 103 sintoniza una estación de cumbia y a la hora de la tanda hay muchos avisos de bailes para el fin de semana, pero uno en especial me pone los pelos de punta: 
"Para ayudarte a que las chicas se pongan mimosas a las primeras cien las invitamos con una copa".
La gente de La casona de Campbell sigue viviendo en otro siglo, parece.

Cuánto queda por hacer.





En el 404 moderadamente lleno en que viajo como bus número 1 hay unos quince pasajeros mirando celulares y uno que lee un libro. Es joven , tiene veintialgo, y va concentrado en algo que parece una novela.
Cruzando el pasillo va sentada la Frágil Viejecilla a la que amablemente le dejé el asiento libre de adelante al subir, asiento que despreció sin siquiera mirarlo, haciéndome reconsiderar mis actitudes filantrópicas de las primeras horas de la mañana con las Frágiles Viejecillas del barrio.
La chica que ostenta con orgullo su juventud sin medias debe haberse bajado porque ya no la veo, igual que el rubio de ojos verdes que me pareció interesante hasta que alguien lo saludó por su nombre y me di cuenta de que lo conozco desde que él era un niñito y yo una adolescente, oh, cielos.
Dos asientos más adelante va un flaco alto, castaño, de ojos celestes. No puedo evitar pensar que el pobre no debe de saber que es lindo, porque tiene una actitud de bichito que lo invisibiliza para todos, menos para la cuarentona que mata el tiempo observando a la población de este modesto distrito del STM y quizá olvidando que en diez minutos tendría que poner su cerebro en modo Macbeth hasta que llegue el mediodía.
Lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.
En mi vida he visto un día tan hermoso y tan feo a la par.
Revoloteemos por entre la niebla y el aire impuro.

Salve Mariela, que más tarde volverás a subir a un bus.





Bien, bien, bien.
Ua nueva variedad de vendedor hace su aparición en el ya de por sí abigarrado mundo del transporte capitalino, en este caso suburbano: el artesano charlatán, que le cuenta su vida y desventuras a una única pasajera mientras hace una escultura con alambre que espera venderle cuando la considere terminada.
No, no se trata de mí. El artesano charlatán es astuto y elige muy bien a su presa potencial. 

O tal vez solo tuve suerte.





La señora sube en la parada frente a la iglesia, tiene lentes, canas y un abrigo marrón forrado de corderito. Se acerca al guarda y le extiende la cédula.
_Hace falta que la muestre, o solo con mirarme la cara alcanza?
El guarda, de treinta y pico, zapatos marrones, medias celestes con rayitas azules y panza más que prominente, no contesta ni mira el documento, mientras le indica que pase sin dirigirle la mirada.
La señora se sienta y cree conveniente aclarar:
_Me siento aunque sea por poco tiempo, porque en dos paradas me bajo.
Nadie contesta.
Al bajarse pide innecesariamente permiso y agradece, aunque va al lado de la puerta y nadie debe correrse para que pase.
Pobre señora del abrigo marrón.
Pobre guarda tan joven y tan panzón.
Pobre yo que me acabo de ver en un espejo futuro tan fiel como inesperado.

Feliz domingo.




Chrome y mi celular dicen una hora, Mozilla y mi reloj de pulsera dicen otra, y al final lo único que cuenta es que hay sol y (aunque no se note) es primavera, o sea que por hoy olvidemos las convenciones y seamos buenos salvajes, que sea mediodía cuando haya hambre y hora de dormir cuando se nos cierren los ojos.
Eso sí: mañana al primer péndex que me venga con el cuento de la hora le pongo la falta, le pongo.





INTERACCIONES VESPERTINAS.
Sainete costumbrista en tres actos pseudoprimaverales.

ACTO 1

Feria del Libro. Escena 1.
Yo: _ Disculpá, ¿tenés descuentos para docentes?
Vendedora: _ Sí, tenemos un 10%.
Yo: _ Ah... ¿Y vos me creés si te digo que yo soy docente?
Vendedora: _ Sí, ya sé que sos de Literatura, porque te conozco del 30.
Yo: _...
Vendedora: _ Pero no fuiste profesora mía, ¿eh?
Yo: _ Aaah. (y por dentro: ¡Fiuuuu!)

Feria del Libro. Escena 2.
Yo: Hola. ¿Tenés descuento para docentes?
Vendedor: _ Sí, tenemos un diez.
Yo: _ ¿Y qué tengo que mostrarte para confirmar que lo soy?
Vendedor: _Nada, profe, 
Yo: _...
Vendedor: Te tuve en tercero del San Cayetano.
Yo: _ Aaah. (y por dentro: nunca te vi en mi vida, pero si vos decís...)


ACTO 2

18 de julio. Escena 1.
Péndex Lindo: ¡Señora! ¿Vio que frío que hace? ¡Nos vamos a volar!
Yo: _... (y por dentro: ¿este me da charla de onda, o me quiere robar?)

18 de julio. Escena 2.
Péndex Nada Lindo: ¡Pero qué hermosa que está, joven! ¡No se puede creer!
Yo: _... (y por dentro: Viene brava la primavera)


ACTO 3

103. Escena única.
Mirian: _ ¡Mari! ¿Cómo andás, prima?
Yo: _ Bien. ¿Qué hacés a esta hora, trabajás los sábados?
Mirian: _ Sí, pero no hasta tan tarde; lo que pasa es que estamos de balance.
Yo: _ Hoy juega Peñarol en el barrio, ¿sabías?
Mirian: _ Sí, ya termina el partido y encima van ganando. Me los voy a cruzar a todos caminando por Carlos Nery, qué mierda. 
_ Yo (con intención de animarla); _ Capaz que no coincidís con el malón de gente.Vas a llegar a eso de... cinco y veinte. ¿A qué hora termina el partido?
Mirian: _ Cinco y cuarto.
Yo: _Aaah. (y por dentro: cada vez estoy mejor para animar a la gente).


Y baja el telón mientras mis tres nuevos amores y yo entramos a Arbolito y los voy dejando sobre la mesa, para demorar un ratito la decisión de cuál voy a leer primero.

FIN

lunes, 7 de septiembre de 2015

Setiembre 2015



Acabo de caminar entre proyectiles livianos y erizados de pelusa.
Acabo de ver una bicicleta solitaria moviéndose de manera inquietante en una esquina.
Acabo de ver a una chica literalmente meterse en su remera hasta emerger triunfal de la misma con un cigarrillo encendido.
Acabo de caminar entre los plátanos floridos y huracanados del centro.
Sé que de esta batalla solo se sale con el ceño fruncido y los ojos llenos de lágrimas, sé que (por suerte) no soy alérgica y sobre todo sé que no estoy sola en esto.
Ánimo, compatriotas.
Es solo la primavera que llega.





Diálogo de dos chicas en el asiento de atrás del 405, hace media hora:
_¿Ya están dando el eclipse?
_ ¿Eh?
_ Si ya está lo del eclipse, que todos tan mirando pa' arriba.
_ No sé. Yo no veo un sorete.
_ Pero todos tan mirando pa' arriba.
_ Debe ser eso.
Sí, debe ser eso, aunque yo no vi nada hasta que me bajé del bus, aliviada por dejar de oír el celular de mi compañero de asiento (amigo de las de atrás) y de verlo golpear al compás el respaldo del de adelante con su mano tatuada con un rosario espantoso y las letras M-A-M-A en la base de cada dedo.
Ta luego.

Me voy a ver la luna.




Sueño de una noche de casi primavera
Escena 1:
Me encuentro con mi amiga Marila en el CCE, como habíamos quedado. La idea era ver dos presentaciones del FILBA e ir después a ver algo de stand up por ahí cerca, porque ella ganó un par de entradas en un sorteo.
_ ¿Cómo se llama lo que vamos a ver? - había preguntado yo unos días antes.
_ No sé, es algo con una Laura graciosita_ fue su enigmática respuesta. 
_ ¿Y dónde es?- quise indagar ayer.
_ No tengo ni idea.
_¿?
_ Es por acá. No me acuerdo dónde. Vos tenés que usar tu súper teléfono y averiguarlo.
Uy.
Sonamos.
Pero no, porque al final encontré la dirección, y era, sí, cerca.
Escena 2:
Auditorio del CCE. 
Tres poetas en la mesa: la Poeta Mayor (de edad), la Poeta Joven con aire de Marossa y el Poeta Shileno, que miró a sus pies todo el tiempo, salvo cuando leyó, intentó ver al público a los ojos y quedó encandilado por los reflectores. 
La Poeta Mayor aclaró que era moderadora pero también participante de la mesa, que cada uno de ellos tenía 16 minutos de exposición y luego habría 12 minutos para intervenciones del público.
A la flauta.
Comenzaron sus 16 minutos. Fue una preciosa clase poetona, diría un viejo profesor del IPA, después de la cual hubo lecturas selectas de varios de sus libros. Quedó clara la importancia de la poética que ELLA planteaba en cada uno de los textos, y cómo los fue variando en el correr del tiempo. 
La Poeta Joven tomó la palabra entonces, mirando al público con sus lindos ojos azules, pero ya a las tres primeras palabras me empezó a dar miedito. Había unos tonos raros, una lectura no preparada, una convicción de novedad cuando trabajaba el tema de la poesía futura LEYENDO bastante mal cuatro hojas con temas tan novedosos como las teorías de Platón o el Enigma de la Esfinge, que tuvo a bien contarnos por si no lo sabíamos. 
El Poeta Shileno cerró la mesa. Empezó simpático. No muy interesante, pero simpático. Hasta que se puso a leer un poema sobre los niños de Marte y de la Luna y dejé de escucharlo, aunque reconozco que se emocionó sinceramente y terminó con los ojos llenos de lágrimas, weón.
Tercera escena: Madame Millet.
Impecable, la francesa. 
Muy lindos los franceses que vinieron a escucharla.
Quiero leer "Celos".
Me gustaría escribir literatura erótica.
Je.
Cuarta escena:
La obra de stand up graciosita resultó ser en Platea Sur, un bar con escenario en Bartolomé Mitre, y fue en verdad graciosa, aunque yo hubiera preferido irme a la marcha que se desarrollaba a esa misma hora, pero bueh, el tiempo no se divide como uno a veces quisiera, vio, doña...
Quinta escena:
La parada de Eduardo Acevedo y 18 estaba llena de gente y por casi única vez en mi vida tuve que esperar un buen rato por el 103, mientras pasaban y pasaban otros que iban a mi barrio pero por caminos no muy seguros para mi integridad post medianoche. Había convencido a mi amiga de dejarme ahí para no desviarla y estuve un rato largo, mientras mi bolsa de nylon transparente y sin asas con un par de zapatos marrones adentro amenazaba todo el tiempo con caérseme de la mano. 
De pronto, una voz.
_¡Mariela!
Una chica de sexto artístico del IAVA, divina. Venía de la marcha.
Y al rato: 
_¡Hola!
Una profe del IAVA. Venía de la marcha.
Y a los cinco minutos dos voces a coro:
_ ¡Profe!_ y me vi rodeada a derecha e izquierda por la misma persona.
Eran las gemelas Lupi, de sexto de Medicina, que venían de la marcha. 
No sé por qué, pero me parce que yo también hubiera tenido que ir a la marcha.
Sexta escena: 
A eso de la una iba caminando hacia casa cuando de repente me acordé de una mirada angustiosa, de una colita entre las patas y un hociquito tembloroso. Ya me había pasado del salón comunal como media cuadra pero di vuelta a ver si mi futuro perro seguía ahí y no, no estaba. 
Fiuuuu...
El mundo seguía en orden. Ya podía irme a dormir en paz.
Telón lento.

Fin.







Salgo de casa y a los diez metros me llega un grito.
_ ¡Mariela! ¿Cómo están tus viejos, m'hija? ¿Muy inundados?
Mi vecina Tere.
Respondo, tranquilizo, sigo.
Dos metros más.
_¡Hola!
Un vecino.
a la media cuadra tres niños en GUERRILLA DE AGUA.
Guardo e passo.
Cartel en lo de Olga: Hoy tortas fritas.
_Buenas tardes.
Una pareja de cooperativistas.
A la altura del salón comunal, unos ojos que me miran con amor, interrogación y miedo. Le hago un mimo y sigo. Nota mental: si sigue ahí a la vuelta le voy a dar de comer. Pobre. ¿Adopción? Mmmh...
_Adios, vecina.
Junto a la camioneta estacionada un gato blanco y peludo quiere subir a la parte trasera. Veo a la dueña más adelante y le aviso que tenga cuidado, que el Coco anda con ganas de irse de paseo. No logro definir si esa es mi faceta bondadosa o buchona.
_Buenas, ¿qué tal?
Otro vecino.
Unos péndex en la plaza presumen a ver quién es más duro.
_¿Y yo, gil, y yo, cuando anduve a los tiros en el Paso con el Seba?
Llego a Camino Maldonado.
Hay dos personas en el puesto de las tortas fritas y tres en el de los churros.
Me preocupa más el perrito abandonado que los péndex de la placita.
Debo estar mal.

Y me subo al 103.





Es toy pen san do
Enamarteunavezmás!
Pero mi corazón 
dice que no, 
dice que no, 
dice que no.
Oooooo!
Tarde de clásicos en el 103.
Tanto como la cola de cuatro personas bajo la llovizna y el viento en la casa de enfrente a la parada que vende tortas fritas.
Tanto como el teenager que ríe todo el tiempo en la última fila, el veinteañero que juega a rescatar a una dama en un castillo desde su celular en el asiento de adelante, el treintayalgos de traje que se hace el golden boy de Wall Street junto a la puerta o el cuarentón que va parado, alto, serio, de pelo corto pero con cuatro trenzas negras de 40 cm de evidente nylon que caen sobre la espalda de su jogging verde.
Tanto como la castaña de rulos que se acaba de sentar y escribe y escribe y escribe.
Tarde de clásicos en el 103.

Que nunca falte.





Van 4 o 5 veces que me sucede lo mismo. Facebook me notifica q alguien "aceptó mi solicitud de amistad", y yo ni noticias. Dos eran parientes entre sí, de algún ignoto pueblito de USA, otro era Fucac, y ahora alguien que nunca oí nombrar antes.
Opción 1: mi teléfono tiene un virus.
Opción 2: mi notebook tiene un virus.
Opción 3: mi cerebro tiene un virus.

Ampliaremosss...





¿Ser o no ser (rulienta)?
O "Post de autobombo solo levemente disimulado"
Hace un par de meses comenté en medio de la sala de profes del IAVA que necesitaba un asesor de belleza. No sé maquillarme, la ropa nueva que compro languidece en el ropero mientras uso siempre lo mismo y ando con los rulos desde que me enteré de que los tenía, allá por la adolescencia. 
Una compañera me contestó en el acto.
_ Yo. Yo soy asesora de belleza.
Y era.
Había trabajado en la tele, asesorando a más de un pseudo famoso (con el nivel de psuedofamosedad que pueden alcanzar las luminarias vernáculas), y me dio ipso facto una clase teórica sobre Cambios Que Debía Emprender Ya Mismo en mi apariencia. 
_ Tenés que sacarte los rulos_ fue lo primero_ El rulo no da elegante.
_ Pe... pero...
_ Sacatelós. Tenés unas lindas facciones y los rulos te las tapan, haceme caso.
Volví a casa rumiando el tema, pero no llegué a decidirme. MI prima Mirian, que trabaja en temas de estética femenina, apoyó la idea del laciado, pero mi amigo Danilo me dijo que no, ni soñarlo.
_ Te va a quedar el pelo duro, horrible. 
Cuando le dije a la peluquera de hacerme un brushing solo para probar suspiró con cierto desaliento y me miró a los ojos:
_ Este no es el mejor día para probar, porque está muy húmedo...
Yo creo que en realidad quiso decir que ni loca se metía en esa empresa, pero bueh.
Pasó el tiempo.
Hoy estaba pensando que el viento y la humedad y si me lo ataría para no asustar a los alumnos de la mesa de examen que tengo en la tarde, cuando recibo un mail de un adorado profesor del IPA que entre otras cosas me dice que le encantan mis rulos y agrega "no te los lacies nunca". Divino. Casi largo el moco. Y ahí me acordé de otro profe que una vez me hizo un elogio inolvidable.
Escuela de Bellas Artes, en Pocitos, años noventa. 
Voy subiendo la escalera que da a los talleres cuando oigo una voz cascada que me pega un grito a mis espaldas: 
_¡Niña!
Me volví: era el Tola.
_ Es terrible subir la escalera detrás de ti, porque uno no sabe si mirarte el pelo o la cola. No se puede decidir.
Entendimos ya lo del "autobombo levemente disimulado", ¿no?

Los rulos se quedan.





Subo al 103 y me siento.
En mi parada ha subido también un muchacho de unos 18 años que empieza a ofrecer chocolates asiento por asiento y al llegar al mío mira la entrada que llevo en la mano y dice:
_Buitres? Es hoy? Dónde es?
_Sí, en el velódromo_ le contesto, y él a partir de ahí sigue todo su pregón cantando.
_Toca Buitres y si muero hoy... Chocolatessss... El cielo puede esperaaaar!
Qué le vamos a hacer. 

Somos pasión.





Cuando bajé del 103 en la parada de mi cooperativa era casi a la una de la mañana. Una vecina bajó también, por la otra puerta, una señora rubia de pelo corto, medio bajita y de cincuenta y pico largos, y aunque no la conozco más que de vista me extrañó que anduviera callejeando a esa hora de la noche. Nos saludamos, cruzamos Camino Maldonado juntas y nos metimos charlando en la coope.
_ ¿Venís de los Buitres?_ me dijo enseguida.
Mirá vos, pensé. La señora no solo sabe que existen sino que se acuerda de que hoy había un recital y todo. 
_ Yo también_ agregó, sin darme tiempo a contestarle. 
_ ¿Ah... ¿Fuiste?
_ Sí, estuvo bárbaro. Tenía a Peluffo ahí, cerquita. En primera fila. Mi marido no quiso ir, pero agarré a mi sobrina y marchamos. Yo cuando te vi me imaginé que venías de ahí, porque sabía que la otra vez habías ido...

Y seguimos charlando hasta que entró a su casa y yo continué hasta la mía, pensando que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, y que no deja de ser un tanto inquietante todo lo que puede saber de una alguien que por comodidad englobamos a la ligera en la categoría "vecinos que nos caen bien pero apenas saludamos".





Un 103...
No paró.
Otro 103!
Sigue de largo.
Algo amarillo... un 316. 
Chau chau.
Allá viene otro 103.
Y allá va.
Un 100.
Saludos.
Ah, un 404; este sí va a parar!
Nop.
Un nuevo 103... y con lugar!
Hdp. Se fue de largo.
Dos o tres Copsas pasan y levantan pasajeros, pero el boleto sale 41 y me dejan 6 cuadras más lejos... Cruel dilema: ser o no ser? 
Hasta que un 103 que se ve que salió de por acá nomás para en la cooperativa y subimos los ocho o diez sobrevivientes de la odisea matinal de cada jornada.

Menos mal que el reloj de mi liceo atrasa cinco minutos. Y que es viernes. Ooooom...





Un hombre alto, grandote, veterano y de bigotes, un señor que camina con su sombrero criollo atadito bajo el mentón, bombacha de paisano, cinto de monedas y golilla al cuello, un gaucho con todas las letras, en fin, no puede andar transitando con orgullo por Tres Cruces si lleva de tiro una valija de rueditas.

Ya no da criollos el tiempo.





La feria del Lago.
Mis viejos ya me habían contado que desde hace un tiempo se viene armando una feria dominguera a beneficio de la escuela de Lago Merín donde se venden plantas, comida, ropa, libros e ainda mais. Una Tristán Narvaja en miniatura , de no más de media cuadra, que funciona por unas horas a partir de las once. Yo ya había pasado un rato antes, durante el armado, y volví con ellos a eso de once y media.
La principal atracción de hoy, a mi juicio, era una exposición de fotos antiguas de la laguna que se bamboleaban de lo lindo con el viento casi primaveral. 
Recorrí todos los puestos, saqué muchas fotos, jugué con un perro peludo y compañero y terminé comprando un par de libros interesantes (uno de Courtoisie y una antología de cuentos hispanoamericanos), un par de empanadas de verdura y queso con aceitunas y una botellita de licor casero símil Baileys que ya abrí y está muy rico.
En una estaba mirando un puesto de alfajores caseros cuando la que lo atendía, vecina de mis viejos, nos aclaró que eran hechos de margarina.
_No tienen nada de origen animal- agregó.
_¿Vos sos vegetariana?- no pude dejar de preguntarle. Me miró con sus enormes ojos claros. 
_No, no lo soy, pero cocino sin manteca por una cuestión de salud. Yo soy diabética, soy insulino dependiente.
_Ah, no sabía que las mantecas te podían hacer mal... 
Y ese fue el comienzo de veinte minutos de intensa charla con Pelusa. Pelusa (originalmente Dora) tiene dos hijas, y una de ellas, que ahora tiene 12, desde los dos años se niega a comer carne y ella se lo respeta. Su hermano vive en la Quebrada de los Cuervos, al aire libre, cultivando lo que consume, en una comunidad naturista, y se dedica a la sanación. Es un chamán o es un loco, según a quién le preguntes. Tuvo su etapa de consumo, de salir desnudo a la calle, de andar en cuatro patas y de usar únicamente ropas de lino blancas (como Santiago Nasar, ahora que pienso). Ella lo vio, en una Navidad, subido a lo alto del parrillero, todo vestido de blanco (hasta de poncho) y rodeado de rayos de luz de todos los colores. Pelusa y su hermano no necesitan hablar para comunicarse, y ya quedamos en que algún día vamos a arreglar para ir juntas a visitarlo a la Quebrada. Él a veces viene a la laguna, pero dice que no encuentra un punto de buena energía, que hay algo negro, que no ve la luz, y sufre.
En la feria también estaba mi amiga María, junto a la Comisión de Mujeres Laguneras. María es maestra jubilada, organiza clases particulares gratuitas para niños y adultos que no terminaron la primaria, dirige un Club de Lectura y se desplaza en un viejo Fiat al que por su color ha bautizado Celestino, mal que le pese a mi progenitor de igual nombre.
_Es que algunos de por acá ya le estaban diciendo "Viagra", tuve que apurarme a cambiarle el nombre...
Ya casi por pegar la vuelta nos fuimos de nuevo a mirar las fotos viejas de la Laguna. Una en particular me llamó la atención: una de un precioso castillo que nunca vi por estos pagos. Era una construcción grande, seguramente una de las primeras del pueblo.
_Che, esto ya no existe, no? -pregunté a mis padres. 
Una mujer rubia que estaba también mirando fotos a mi lado me contestó:
_Sí que existe, está sobre la playa, cerca de la OSE. Lo que pasa es que el dueño tiene todo muy cerrado alrededor y desde la playa no podés verlo.
Charlamos un poco más, se fue, y otra señora tomó la posta de las explicaciones del caso. Resulta que el del castillo es un cincuentón que alterna su vida entre Yaguarón y el Lago, se dedica al deporte y a la aviación, anda en terrible camioneta y tiene en su casa un criadero de yacarés y otros bichos, entre ellos cruceras, a las que cría para extraerles el veneno y hacer antídotos con él. 
_Y es un lindo hombre, ¿sabés? Muy pintón-terminó la presentación del Quiroga local. Un aventurero pintón en la laguna, mirá vos... Y nos separamos entre risas, hablando de planes de incursionar al disimulo en el castillo prohibido y ver qué hay de cierto entre tanta leyenda.
El Lago da para todo. Quién lo iba a decir. 

Que nunca falte.





Domingo de perros.

Salí sola a caminar por el pueblo, y hace una hora y media que recorro aleatoriamente sus calles de vituminoso, tierra o pasto, bajo un sol que cada vez se hace más norteño y primaveral.
Tras caminar por los bordes, por la ruta, por la zona chic de la playa y por las regiones olvidadas de toda gestión municipal concluyo que una sola cosa las iguala por completo: en este pueblo hay más perros que gente. 
Por suerte ninguno me atacó, aunque hubo unos cuantos ladridos amenazadores e incluso una enorme pseudo oveja de color beige (un barbilla gordo y sin cola, en fin) se me acercó con rostro circunspecto, me dio una vuelta alrededor y se volvió para su casa. No entendí si era tímido o malo, y tampoco le di mucho corte, porque andaba concentrada fotografiando telas de arañas en los alambrados contra el bosque. Capaz que solo quería que le diera corte, no sé. 
En una calle fui de pronto sorprendida por una criatura que se me vino encima sin previo aviso, pero solo era un perro blanco y peludo que me hizo tantas fiestas que me dejó el pantalón negro lleno de huellas terrosas. Otro fue un salchicha hiperdesarrolado, también mimoso y alegre. Un collie amarillo. Dos que se pelearon todo el tiempo por mi atención, hasta que tuve que dejarlos. Un marca perro blanco y marrón, otro medio negrito, esto es el festival del can arachán en todas sus variantes.
Ahora estoy sentada en una duna, en medio del silencio del agua y los trinos de los pájaros. Pasa un solo hombre caminando, con sus seis perros de tiro. 
Este es un mundo raro.
Que nunca falte.







Hay días en los que a uno todo le sale mal.
Hoy me levanté en hora, salí temprano y apenas llegué a la parada pude tomar un 404. Un señor me dio el asiento a las pocas paradas, y cuando bajé en Propios ya tenía un 103 esperando. 
El primer grupo de Artístico se vio reducido a dos o tres al principio y menos de diez al final, porque hoy es la muestra de Arte de los sextos, así que nos pusimos a planear crucigramas y sopas de letras para plantearle a los compañeros ausentes la clase que viene. 
A mitad de la segunda hora una estudiante, Camila, se me sentó a lo indio en el escritorio y nos pasamos veinte minutos hablando de educación, de la necesidad de repensar todo, de su decisión de hacer Historia en el IPA. El tema había arrancado un rato antes, cuando la vi que iba recorriendo los sub grupos y chequeando cómo iban, por lo que le comenté que su actitud era muy de profe, y quedó de lo más contenta.
Tercera y cuarta hora se me pasaron volando, porque anduve acompañando y registrando la previa de la muestra que empezaba a las diez y media. El IAVA era un torbellino de gente tocando instrumentos, ensayando bailes, colgando fotos, solucionando aspectos técnicos.
Ya en la calle al llegar a 18 vi que estaba perdiendo el único bus que me deja en la puerta de 3 Cruces. Hice un gesto de frustración aunque no lo corrí, porque el semáforo se puso en verde, pero él se ve que me había visto la cara, porque frenó y me abrió la puerta. 
Ya en él,una chica se puso a cantar: estaba juntando plata para poder seguir estudiando en Montevideo, porque era de Rocha, y cantaba como un ángel. 
Llegué a 3 Cruces insólitamente con 9 minutos de adelanto, y aquí voy, con todo el espacio para mí, porque no va nadie en el asiento de al lado.
Hay días en que a uno todo le sale mal, decía. 
¡Pero por suerte también hay de los otros!

Toco madera, y que nunca falten.





"Y yo te doy un beso 
en la boca 
pa que te vuelvas loca 
tú me provocas 
chica rabiosa".
Bis.
Bis.
Bis.
Bis.
Bis.
"¡Eeeeeel Reeeja!"
Fin.







Hoy caminé más de dos horas por la rambla. 
Caminé, caminé, caminé. Caminé solo tres kilómetros, pero no es mi culpa: todo el tiempo aparecían cosas llamándome para explorar o fotografiar. Primero fue el coreano celeste y el hombre que cargó hasta él a la mamá en los brazos, porque hay una subidita y la vieja no llegaba, no llegaba. Después vino el muelle frente a la Aduana de Oribe, el pescador con su perro miniatura, los carteles pintados a pincel en el piso, los restos de vigas carcomidas por el tiempo devenidas en arte incidental. MIles de gaviotas en la playa minúscula que hay junto al puertito. El señor de los quesos más ricos y baratos del mundo. Gaviotas peleando a picotazos su territorio de pesca en el paseo al lado del Yacht. Dos gatazos blancos y negros haciéndose adorar por los humanos en plena rambla. Garzas blancas con copete y tordos negroazulados. Ombúes solitarios y personas ídem. Olor a porro, a mar, a pescado frito, a verano, a sol. Dos adolescentes que conozco tiradas al sol haciéndose mimos. Letras multicolores del cartel de Montevideo intervenidas por criaturas y la explanada de Kibón invadida de jóvenes en algo que parecía ser un concierto de rock pero que al final resultó encuentro de juventudes católicas de todo el país, con chicas sonrientes dentro de hábitos de monja y muchachos de sotanas marrones o con cuellos de cura. Gritaban y aplaudían a alguien que conducía el encuentro, tanto que acabé por decidirme y me fui a mi parada, muerta de hambre y mordisqueando disimuladamente un pedazo del queso Colonia que había comprado en el puertito.
Hoy caminé más de dos horas por la rambla.
Que nunca falte.




Es joven, tendrá veintipico. Sube al 103 semivacío del atardecer dominguero y empieza:
" Buenas noches, amigas, amigos. Voy a recitar para ustedes un poema de Eduardo Galeano".
Uh.
Y arremete con un texto sobre los pobres, dándole solemnidad a fuerza de enlentecer el recitado hasta límites exasperantes.

Menos mal que Galeano es de texto breve.





Vuelvo a casa después de un encuentro de casi dos horas con la más pura belleza, esta vez bajo la forma de media docena de suecos, unas lanas y unos violines. Circus Cirkor, se llaman, y son arte, destreza, poesía. Toman los hilos de tu vida y los manejan a su antojo, mientras vos creés que estás simplemente contemplando un espectáculo y no te das cuenta hasta el final de que después de este baño de magia ya no podés ser el mismo. 

En mi próxima vida quiero integrar una de tres compañías: el Cirque du soleil, el Teatro Sunil o el Cirkus Circor. En esta me conformo con algo más modesto, como hacer girar un aro de hula hula, subirme algún día a unas telas o ser capaz de transmitir con palabras una milésima parte de la maravilla de que acabo de ser testigo.

lunes, 3 de agosto de 2015

Agosto 2015



Los que me conocen saben que no tengo tele, por lo que no se asombrarán si recién ahora me pongo a ver la entrevista de Aldo Silva a la Ministra, hace unos días.
Escucho diez segundos y ya no salgo de mi asombro: no sabe hablar. El primer enunciado de su discurso ya me da vergûenza ajena (y propia porque es la autoridad que designa para la educación un presidente al que yo voté, o sea que también tengo que ver en esto).
"_ Bueno, en realidad creo que no le ha llamado la atención a nadie que el Presidente como siempre se preocupara por los niños, niñas y adolescentes de este país. Realmente en este país hubieron muchísimos días de huelga..."
Más allá del esnobismo de "niños, niñas", que corre como reguero de pólvora aunque no está aceptado por la RAE, el "HUBIERON" acaba de romperme los oídos.
¡E-du-ca-ción!
No estoy burlándome de una persona que comete un error accidental o que no ha podido estudiar: es la autoridad, dios mío, TIENE que saber expresarse.
En fin; tal vez la señora deba volver a recursar alguna materia de Educación Secundaria. 

Entre otras cosas.




En la marcha de ayer estábamos todos, o casi. Uno caminaba tironeado por personas que hacía años no veía, entre abrazos y reencuentros. En esas cuadras hice un repaso de toda mi historia estudiantil y profesional; creo que si antes de morir veo pasar la vida ante mis ojos no encuentro tantos amigos y conocidos. 
Un poco temblaba ante la posibilidad de ser abordada por algún extraño de esos que saben quién soy y yo ni la más mínima idea, pero por suerte no pasó, salvo al principio. 
Me había encontrado con mis compañeros del 58 y entre ellos iba una señora rubia de ojos claros que sonrió, un poco de lejos, y en un momento vino a saludar. Uy.
_ ¿Cómo andás? - me dijo.
(por favor, neuronas, iluminación cerebral ya: ¿quién es, quién es, quién es?)
_ Vos no te acordás de mí, pero yo sí. _ aclaró_ Fuiste mi practicante en el Bauzá.
_ ¿En el Bauzá? ¿Estás segura? Pero mi adscriptora en ese año fue Teresa Torres... - balbuceé, medio entreverada.
_ No, mi amor. - aclaró con tonito irónico.- No te hagas la péndex, que yo estaba en sexto de Derecho y vos hacías la práctica en mi grupo.

Ta visto. Una es mucho más grande de lo que su ego le deja creer. Maldita marcha. 





Yo estaba en un lugar gigante, enorme, enorme, enorme, una especie de cilindro techado, con ventanas a lo largo por las que se veía un mar tranquilo iluminado por edificios lejanos. En plena noche no era mucho lo que percibíamos del exterior, pero de vez en cuando podíamos captar que entre las sombras se movían, solos o en pareja, una especie de policías camuflados con tonos de verde. ¿Estaríamos en guerra? Pero no parecía. Mientras hablaba en inglés con una rubia canadiense de veinte años que me sacaba como medio metro de altura había a nuestro alrededor otras personas que se movían extrañamente, cuatro o cinco de ellas dentro de coloridos disfraces, a un nivel más alto que nosotros. Dos tenían trajes negros iluminados por hileras de luces blancas y saltaban todo el tiempo. Era lindo verlos saltar: medio metro cada vez, más o menos. No sé por qué pero todas las sillas tenían vestidito blanco y en las mesas en vez de haber comida o vasos de bebida había un gran despliegue de Coca Life y Acquarius de naranja en botellas de plástico de cuarto litro. La canadiense trataba de hablar en español mientras yo trataba de responderle en inglés, y nuestro diálogo era sin embargo de lo más fluido y enriquecedor. Cada vez que el líder de la secta (un narizón medio canoso) hablaba desde su tarima los fieles le gritaban, aplaudían a rabiar y le sacaban fotos. Se ve que era una comunidad a régimen para adelgazar porque solo se les permitía comer una vez en la noche, aunque lo que les daban en esa ocasión no era muy dietético que digamos: un par de donas de Mc Donalds con su bolsita de papel y todo. Los habitantes del mundo del cilindro gigante eran muy variados, pero a la vez indiferenciables como las arenas de una playa (perdón, Dante). Todos tenían pulseras fucsia, y cuando desperté esta mañana lo primero que hice fue mirar si yo también llevaba una de esas en mi muñeca derecha, pero no, se ve que al salir me la quité, por suerte. Y me levanté a aprontarme el desayuno, mientras pensaba que ojalá que mi cara o mis rulos no aparezcan en ninguna foto debajo de una bola de espejos, o que yo no me entere, al menos.





Nunca en la vida habían llamado para hacerme una encuesta hasta ayer, en que apareció al teléfono una señora que se identificó como perteneciente a la consultora Cifra. Según dijo buscaban encuestar a personas de entre 14 y 29 años, aunque en caso de no encontrarlos igual podían aplicar la encuesta a otros seres humanos. En este caso, yo. 
La idea de ser un premio consuelo para la consultoría no me tentaba demasiado, y menos cuando le pregunté cuánto tiempo insumiría y me respondió que unos ocho minutos (que imaginé fácilmente derivables en quince, lo más probable), por lo cual metí una frase tajante e inexorable de amable saludo y di por liquidada mi participación en el asunto.
Recién me acaba de llamar otra, también de Cifra. Esta vez no pregunté nada y le corté a los dos segundos: "sí, ya me llamaron ayer; gracias, buenas noches".
Me siento una diva argentina de cuarta acosada por los micrófonos. No quiero hablar, chicos. Ahora no. No voy a hablar. Chau, chicos.
Roldana me mira raro desde su sitial en la silla de al lado; me parece que mi nueva personalidad Juanita Viale no le cierra del todo.

O tal vez solo está pidiendo atún.





Me estaba por tomar el COPSA para casa cuando vi una aglomeración de gente cerca de Tres Cruces y me mandé: era la feria de San Expedito. 
Ignoro si se hace una vez por mes o por año, pero es de lo más pintoresca: una celebración supuestamente católica que cuenta entre sus muchos feriantes, además de vendedores de medias, plantas o pantalones deportivos, muchos puestos "paganos" (digamos) con amuletos chinos, lectura del Tarot, la bataja española y hasta los buzios, este último atendido por un morocho enorme vestido de pies a cabeza _incluyendo un pintoresco casquito_ con coqueta indumentaria blanca de seda con dibujos plateados. Crucifijos fluorescentes. Algo que no identifiqué visualmente pero que por los carteles eran "Cabras 2015". Libros viejos, ropa usada, videojuegos, comidas. 
La iglesia (que se ve que es preciosa) estaba desbordante de fieles, pese a que empezaba a lloviznar cuando pasé, a eso de las cinco de la tarde. Eran las cinco de la tarde.

Siglo XXI, San Expedito, problemático y febril.





_¿Viste lo del cinco de oro de ayer?- pregunta el guarda del 106.- ¡Tres palos verdes!
_Con eso no hacés nada- responde el chofer.
_ No, no hacés nada- concuerda su compañero, y se quedan ambos en silencio de ahí en más.
Vaya país, pienso. A algunos ya no les queda ni la más remota esperanza de zafar de la grisura. 
Y me bajo en la parada de casa, donde no hay tres palos verdes pero al menos no pensamos que todo está perdido y aún seguimos tratando de "hacer algo".

Estimado lector, el lunes gris no admite grandes optimismos, pero ya volveremos. Sea paciente. Buen día.






RESOLUCIÓN DOMINGUERA
El día de sol y la tibieza de una jornada casi primaveral, sumados a la constatación cada vez más frecuente de un lastimoso estado físico que me hace llegar sin aire cada vez que camino las dos cuadras de repecho hasta mi casa terminaron por decidirme, y retomé las caminatas.
La de hoy solo fue de una hora, para no enloquecerme, y por el barrio, cosa de no invertir tres horas para tener una de ejercicio, lo que terminaría por desanimarme en menos de una semana. 
Salí de casa. Pasé las dos llaves. Vi un muchacho sospechoso sentado en el cordón de la vereda. Abrí las dos cerraduras. Volví a entrar. Roldana me miró con cara de “… ¿ya está???”
Diez minutos después el sospechoso no se veía, y volví a salir.
Mi vecino Enrique estaba lavando su auto. Versión 16 de agosto del diálogo que sostengo con él dos de cada tres días, cuando me lo cruzo por la cooperativa:
_ Buenas, m’hija, ¿andás bien?
_ Bien, gracias, ¿vos?
_ Bien. ¿Los papis?
(Sí. Tengo 48 años pero para los viejos de la cooperativa parece que aún soy una nena)
_ Bien, todo bien, gracias.
_ Me alegro. Mandales saludos.
Fin del diálogo.
Ya en Camino Maldonado, veo una cosa negra que corre por la vereda. Una cosa negra peluda con enormes orejas corría y corría por la vereda. Un conejo. ¿Qué diablos hace un conejo en la vereda? ¿Tendrá dueño? ¿Alguien se lo irá a comer? ¿Se les habrá escapado? Capaz que lo pisa un auto. Es divino. ¿Lo aceptarán Roldana y Tania si me lo llevo para casa?
Un muchacho salió en ese momento de una barraca. 
_ Hola. ¿Vos sabés de quién es ese conejo?
_ Sí, es de acá.
_ Ah. ¿No baja a la calle?
_ No, él ahora entra, no te preocupes._ dijo, y me señaló el corredor abierto al costado del local, que se abría como una cuadra para adentro: un enorme paisaje Teletubbie lleno de conejos (blancos, en este caso) que corrían alegres entre los pastos. 
Listo. No podía apropiarme de Shaka Zulú, así que seguí mi camino. Durante la hora siguiente me crucé con perros, gatos y palomas, pero no más conejos negros. Lástima. Era muy lindo.
Cuando volví, Enrique SEGUÍA lavando el auto. Si me hubiera visto habríamos repetido palabra por palabra el mismo diálogo de hace un rato, pero pasé silenciosa por la vereda de enfrente. 
Llegué a casa acalorada pero contenta; estaba bueno caminar, después de todo.
Esta historia continuará.
Si no llueve.
Creo. 

No sé.





Tengo un problema hiperespecífico en la escritura, que afecta solo a una palabra y únicamente en el caso de tipearla en la computadora. 
NUNCA me sale "estudiante", siempre pongo "estudainte" (incluso en este post, recién, tuve que corregirla). 
No sé desde cuándo me pasa, hace varios meses, en todo caso.
¿Tendré cura?
¿Iré empeorando?
¿Me pasa solo a mí?

¿Eh?





Nota para mí misma en el futuro, también llamada decisión en medio de la limpieza del sábado: NUNCA más gatos peludos, que se suban a la mesa o me persigan por toda la casa pidiendo atún. He dicho.






I
_ Va a ser en el patio, en el recreo que viene_ me dijeron. 
Y yo fui.
El acto no duró mucho rato, y ni siquiera faltamos a la clase siguiente. Solo hicimos un minuto de silencio por los mártires estudiantiles, depositamos un ramo de flores al pie del busto a Artigas y cantamos el himno todos juntos y con un nudo en la garganta, un 14 de agosto, en 1984.
Éramos unos cuarenta estudiantes y cinco o seis profesores, observados en silencio por los dos porteros que nos controlaban todos los días desde la puerta de Eduardo Acevedo, los mismos que te daban tu número de asiento cuando ibas a la Biblioteca Central, no fuera cosa que escribieras alguna consigna en la mesa y no pudieran identificarte.
A los días el IAVA entero era sacudido por la noticia: cuatro de los profesores acababan de ser sumariados y retirados de sus cargos por haber cantado el himno ese día con nosotros. 
La profe de Italiano fue muy clara: sí estuvo ese día, pero no había cantado el himno.
_ La vida me ha dado muchos disgustos, y la verdad es que ya no tengo ganas de cantar, nunca- nos dijo al despedirse. 
El rumor corrió imparable por los salones. Parece que uno de los sumariados, el de Física, era una figura importante dentro del gremio docente, y la jugada del himno no tenía otra finalidad que sacarlo del medio, metiendo a otros tres en la vuelta para pretender disimular sus objetivos.
Al día siguiente marchamos hasta el Consejo todos, estudiantes y profesores, en una improvisada manifestación en defensa de nuestros docentes, pero nada logramos.
Unos meses después hubo elecciones.
II
Tres años más tarde, ya como estudiante del IPA, una noche iba en un 103 a una Marcha del Silencio cuando una señora que estaba sentada enfrente a mí me toco el brazo y me dirigió la palabra.
_ Disculpame, ¿te puedo hacer una pregunta? Ese muchacho de la foto que llevás en tu carpeta, ¿no es Líber Arce?
Miré el viejo pegotín que tenía en el reverso de mi carpeta roja. 
_ Sí, es él. 
_ Yo fui la enfermera que lo recibió en el Clínicas, ¿sabés? Fue horrible, pobrecito. Hicimos todo lo posible pero no lo pudimos salvar. Fue horrible.
Y se le llenaron los ojos de lágrimas. 
Otras personas empezaron alrededor de nosotros a intervenir en la conversación en voz baja, reverente, dolida, hasta que cesaron las voces y el 103 de pronto se volvió él mismo una Marcha del Silencio. 
El pasado no era tal. 
El dolor seguía intacto.

Igual que la memoria.






"Calma... calma... El muchacho solo trata de ganarse la vida y el hecho de que aturda, grite, cecee y desentone en medio del bus cuando vuelves cansada de trabajar todo el día es un simple dato irrelevante. A ver. Calma. Respira hondo y repite conmigo: no eres Nacha Guevara. No le vas a poner un cero. No eres Nacha Guevara."

Ooooom.





Desperté con los truenos de la madrugada. Desenchufé la computadora y el cargador del celular, por si los rayos, y volví a dormirme.
A la mañana la vieja Toshiba andaba más lenta que mi vecina de al lado cuando no está barriendo la vereda, y pensé que la tormenta la había puesto de mal humor. Cosas de la edad, me dije, mientras comprobaba en el espejo que ya tengo una nueva cana.
De acuerdo, la máquina tiene sus años, puedo entenderlo. Pero que me grite cuando la estoy apagando es algo que rebasa todo límite entre nosotras y no lo voy a tolerar. Hasta Roldana saltó cuando en medio del silencio de las siete menos cuarto nos salió con ese grito destemplado de "¡¡avast antivurs!!!" y se negó a dar explicaciones por su exabrupto. Debe ser una consigna revolucionaria en lenguaje notebook, me dije, antes de cerrarla y salir de casa hacia la humedad del viernes. Pobre, ya está delirando. 
Voy a tener que conseguir un geriatra para ella. 
O un geriatra, así, en general.

Por Roldana, digo.





Tiene como ochenta años, es flaquita y frágil como un cristal. Le tiemblan las manos y camina con una lentitud que da lástima. Habla en un hilo de voz, como si ni para eso le dieran las magras fuerzas que le quedan. Vivo con miedo a que un buen día le pase algo y yo, pared de por medio, no llegue a enterarme a tiempo para ayudarla. 
Pero eso sí: no hay temporal de lluvia o de viento, aunque sea en pleno invierno, que no la agarre barriendo la vereda.
La vieja de al lado: un misterio que la ciencia nunca alcanzará a resolver.
Ni yo tampoco.






103: metáfora de la vida. 
Unos ya suben con asiento, otros lo consiguen a las dos paradas y otros (yo) ven cómo los lugares libres se les escurren por un pelito, uno tras otro.
Una señora canosa y voluminosa hace ahí por Piccioli un ademán que interpreto como que se va a bajar, pero en realidad lo que hace es sacar un tupper de su bolsa de mano, abrirlo y mordisquear una horma de queso magro que allí trae.
Un olor a mandarinas nos inunda a la altura de Larravide y al instante se desvanece, sin que se vea quién es el responsable.
Voy oyendo y cantando bajito "Mi enfermedad", pese a que no me fumo mucho a Calamaro, cuando al fin me siento, en Comercio, junto a una péndex que también lo tararea de manera apenas audible.
Ya en Propios sube un cantor (dice) que me GRITA en la oreja un par de canciones y se baja.
Cruzamos Luis A de Herrera cuando dos péndex con sendas papas en la boca comienzan a afinar junto a mí sus fascinantes planes de compra para esta tarde. 
103: metáfora de la vida.
Menos mal que en quince minutos me tomo una CITA para ir hacia otras vidas, que me den un ratito de respiro de estos buses, estos cantores, estas voces.

Que nunca falten.






"_Me bloqueó del wsp, me borró de facebook... ¡y yo me reí tanto! Ahora no puede entrar ni a facebook ni a wsp porque no tiene celular. No, no le voy a dar el mío. Él tiene su celular, pero sin internet, tiene uno viejo que solo le sirve para llamadas y mensajes. No, no le voy a comprar uno."
Qué bien, pienso. Al fin una mamá que le pone límites a su hijo. Pero desde el asiento de enfrente en el 103 Ciudadela la joven mujer sigue hablando por teléfono con su amiga:
"_Lo único que me falta es ponerlo en penitencia, pero no es mi hijo, boluda, es mi marido. Si me borra de facebook y de wsp yo lo tomo como una traición. No, no le voy a comprar un celular nuevo."
El amor en los tiempos del facebook. 
Ya empiezo a añorar cuando la gente se sentía traicionada por cosas tan intangibles como el desamor o la falta de ideales; hoy la traición se puede plasmar con una captura de pantalla, tiene fecha, hora y testigos, y se soluciona con un nuevo aparato para decidir quién sigue en línea y quién se va.
No, no ando para abajo; es solo que tengo reuniones de profesores en mi mañana libre, la rep... 
No, nada. 
Vivan los martes. Vivan.






A ver, MSP, cuándo vamos a hacer algo por la salud mental de la población del 103? 
Venir oyendo en la radio del chofer cómo Vilar me explica cuál es la capital de cada departamento es una clara incitación a la Neurosis Por Oír Que Me Tratan De Idiota. 
El señor está explicando lo de las tablets xa jubilados como si los viejos fueran menos inteligentes que mi gata Roldana (lo que ya es mucho decir), y encima él mismo se entrevera con lo que supuestamente quiere aclarar.
Alguien que nos defienda, plis.
Estamos rehenes de un chofer que atenta contra nuestro precario estado de equilibrio de lunes de mañana, con niebla adentro y afuera de nuestras cabezas.
Socorro.