Acabo de caminar entre proyectiles livianos y erizados de pelusa.
Acabo de ver una bicicleta solitaria moviéndose de manera inquietante en una esquina.
Acabo de ver a una chica literalmente meterse en su remera hasta emerger triunfal de la misma con un cigarrillo encendido.
Acabo de caminar entre los plátanos floridos y huracanados del centro.
Sé que de esta batalla solo se sale con el ceño fruncido y los ojos llenos de lágrimas, sé que (por suerte) no soy alérgica y sobre todo sé que no estoy sola en esto.
Ánimo, compatriotas.
Es solo la primavera que llega.
Diálogo de dos chicas en el asiento de atrás del 405, hace media hora:
_¿Ya están dando el eclipse?
_ ¿Eh?
_ Si ya está lo del eclipse, que todos tan mirando pa' arriba.
_ No sé. Yo no veo un sorete.
_ Pero todos tan mirando pa' arriba.
_ Debe ser eso.
Sí, debe ser eso, aunque yo no vi nada hasta que me bajé del bus, aliviada por dejar de oír el celular de mi compañero de asiento (amigo de las de atrás) y de verlo golpear al compás el respaldo del de adelante con su mano tatuada con un rosario espantoso y las letras M-A-M-A en la base de cada dedo.
Ta luego.
Me voy a ver la luna.
Sueño de una noche de casi primavera
Escena 1:
Me encuentro con mi amiga Marila en el CCE, como habíamos quedado. La idea era ver dos presentaciones del FILBA e ir después a ver algo de stand up por ahí cerca, porque ella ganó un par de entradas en un sorteo.
_ ¿Cómo se llama lo que vamos a ver? - había preguntado yo unos días antes.
_ No sé, es algo con una Laura graciosita_ fue su enigmática respuesta.
_ ¿Y dónde es?- quise indagar ayer.
_ No tengo ni idea.
_¿?
_ Es por acá. No me acuerdo dónde. Vos tenés que usar tu súper teléfono y averiguarlo.
Uy.
Sonamos.
Pero no, porque al final encontré la dirección, y era, sí, cerca.
Escena 2:
Auditorio del CCE.
Tres poetas en la mesa: la Poeta Mayor (de edad), la Poeta Joven con aire de Marossa y el Poeta Shileno, que miró a sus pies todo el tiempo, salvo cuando leyó, intentó ver al público a los ojos y quedó encandilado por los reflectores.
La Poeta Mayor aclaró que era moderadora pero también participante de la mesa, que cada uno de ellos tenía 16 minutos de exposición y luego habría 12 minutos para intervenciones del público.
A la flauta.
Comenzaron sus 16 minutos. Fue una preciosa clase poetona, diría un viejo profesor del IPA, después de la cual hubo lecturas selectas de varios de sus libros. Quedó clara la importancia de la poética que ELLA planteaba en cada uno de los textos, y cómo los fue variando en el correr del tiempo.
La Poeta Joven tomó la palabra entonces, mirando al público con sus lindos ojos azules, pero ya a las tres primeras palabras me empezó a dar miedito. Había unos tonos raros, una lectura no preparada, una convicción de novedad cuando trabajaba el tema de la poesía futura LEYENDO bastante mal cuatro hojas con temas tan novedosos como las teorías de Platón o el Enigma de la Esfinge, que tuvo a bien contarnos por si no lo sabíamos.
El Poeta Shileno cerró la mesa. Empezó simpático. No muy interesante, pero simpático. Hasta que se puso a leer un poema sobre los niños de Marte y de la Luna y dejé de escucharlo, aunque reconozco que se emocionó sinceramente y terminó con los ojos llenos de lágrimas, weón.
Tercera escena: Madame Millet.
Impecable, la francesa.
Muy lindos los franceses que vinieron a escucharla.
Quiero leer "Celos".
Me gustaría escribir literatura erótica.
Je.
Cuarta escena:
La obra de stand up graciosita resultó ser en Platea Sur, un bar con escenario en Bartolomé Mitre, y fue en verdad graciosa, aunque yo hubiera preferido irme a la marcha que se desarrollaba a esa misma hora, pero bueh, el tiempo no se divide como uno a veces quisiera, vio, doña...
Quinta escena:
La parada de Eduardo Acevedo y 18 estaba llena de gente y por casi única vez en mi vida tuve que esperar un buen rato por el 103, mientras pasaban y pasaban otros que iban a mi barrio pero por caminos no muy seguros para mi integridad post medianoche. Había convencido a mi amiga de dejarme ahí para no desviarla y estuve un rato largo, mientras mi bolsa de nylon transparente y sin asas con un par de zapatos marrones adentro amenazaba todo el tiempo con caérseme de la mano.
De pronto, una voz.
_¡Mariela!
Una chica de sexto artístico del IAVA, divina. Venía de la marcha.
Y al rato:
_¡Hola!
Una profe del IAVA. Venía de la marcha.
Y a los cinco minutos dos voces a coro:
_ ¡Profe!_ y me vi rodeada a derecha e izquierda por la misma persona.
Eran las gemelas Lupi, de sexto de Medicina, que venían de la marcha.
No sé por qué, pero me parce que yo también hubiera tenido que ir a la marcha.
Sexta escena:
A eso de la una iba caminando hacia casa cuando de repente me acordé de una mirada angustiosa, de una colita entre las patas y un hociquito tembloroso. Ya me había pasado del salón comunal como media cuadra pero di vuelta a ver si mi futuro perro seguía ahí y no, no estaba.
Fiuuuu...
El mundo seguía en orden. Ya podía irme a dormir en paz.
Telón lento.
Fin.
Salgo de casa y a los diez metros me llega un grito.
_ ¡Mariela! ¿Cómo están tus viejos, m'hija? ¿Muy inundados?
Mi vecina Tere.
Respondo, tranquilizo, sigo.
Dos metros más.
_¡Hola!
Un vecino.
a la media cuadra tres niños en GUERRILLA DE AGUA.
Guardo e passo.
Cartel en lo de Olga: Hoy tortas fritas.
_Buenas tardes.
Una pareja de cooperativistas.
A la altura del salón comunal, unos ojos que me miran con amor, interrogación y miedo. Le hago un mimo y sigo. Nota mental: si sigue ahí a la vuelta le voy a dar de comer. Pobre. ¿Adopción? Mmmh...
_Adios, vecina.
Junto a la camioneta estacionada un gato blanco y peludo quiere subir a la parte trasera. Veo a la dueña más adelante y le aviso que tenga cuidado, que el Coco anda con ganas de irse de paseo. No logro definir si esa es mi faceta bondadosa o buchona.
_Buenas, ¿qué tal?
Otro vecino.
Unos péndex en la plaza presumen a ver quién es más duro.
_¿Y yo, gil, y yo, cuando anduve a los tiros en el Paso con el Seba?
Llego a Camino Maldonado.
Hay dos personas en el puesto de las tortas fritas y tres en el de los churros.
Me preocupa más el perrito abandonado que los péndex de la placita.
Debo estar mal.
Y me subo al 103.
Es toy pen san do
Enamarteunavezmás!
Pero mi corazón
dice que no,
dice que no,
dice que no.
Oooooo!
Tarde de clásicos en el 103.
Tanto como la cola de cuatro personas bajo la llovizna y el viento en la casa de enfrente a la parada que vende tortas fritas.
Tanto como el teenager que ríe todo el tiempo en la última fila, el veinteañero que juega a rescatar a una dama en un castillo desde su celular en el asiento de adelante, el treintayalgos de traje que se hace el golden boy de Wall Street junto a la puerta o el cuarentón que va parado, alto, serio, de pelo corto pero con cuatro trenzas negras de 40 cm de evidente nylon que caen sobre la espalda de su jogging verde.
Tanto como la castaña de rulos que se acaba de sentar y escribe y escribe y escribe.
Tarde de clásicos en el 103.
Que nunca falte.
Van 4 o 5 veces que me sucede lo mismo. Facebook me notifica q alguien "aceptó mi solicitud de amistad", y yo ni noticias. Dos eran parientes entre sí, de algún ignoto pueblito de USA, otro era Fucac, y ahora alguien que nunca oí nombrar antes.
Opción 1: mi teléfono tiene un virus.
Opción 2: mi notebook tiene un virus.
Opción 3: mi cerebro tiene un virus.
Ampliaremosss...
¿Ser o no ser (rulienta)?
O "Post de autobombo solo levemente disimulado"
Hace un par de meses comenté en medio de la sala de profes del IAVA que necesitaba un asesor de belleza. No sé maquillarme, la ropa nueva que compro languidece en el ropero mientras uso siempre lo mismo y ando con los rulos desde que me enteré de que los tenía, allá por la adolescencia.
Una compañera me contestó en el acto.
_ Yo. Yo soy asesora de belleza.
Y era.
Había trabajado en la tele, asesorando a más de un pseudo famoso (con el nivel de psuedofamosedad que pueden alcanzar las luminarias vernáculas), y me dio ipso facto una clase teórica sobre Cambios Que Debía Emprender Ya Mismo en mi apariencia.
_ Tenés que sacarte los rulos_ fue lo primero_ El rulo no da elegante.
_ Pe... pero...
_ Sacatelós. Tenés unas lindas facciones y los rulos te las tapan, haceme caso.
Volví a casa rumiando el tema, pero no llegué a decidirme. MI prima Mirian, que trabaja en temas de estética femenina, apoyó la idea del laciado, pero mi amigo Danilo me dijo que no, ni soñarlo.
_ Te va a quedar el pelo duro, horrible.
Cuando le dije a la peluquera de hacerme un brushing solo para probar suspiró con cierto desaliento y me miró a los ojos:
_ Este no es el mejor día para probar, porque está muy húmedo...
Yo creo que en realidad quiso decir que ni loca se metía en esa empresa, pero bueh.
Pasó el tiempo.
Hoy estaba pensando que el viento y la humedad y si me lo ataría para no asustar a los alumnos de la mesa de examen que tengo en la tarde, cuando recibo un mail de un adorado profesor del IPA que entre otras cosas me dice que le encantan mis rulos y agrega "no te los lacies nunca". Divino. Casi largo el moco. Y ahí me acordé de otro profe que una vez me hizo un elogio inolvidable.
Escuela de Bellas Artes, en Pocitos, años noventa.
Voy subiendo la escalera que da a los talleres cuando oigo una voz cascada que me pega un grito a mis espaldas:
_¡Niña!
Me volví: era el Tola.
_ Es terrible subir la escalera detrás de ti, porque uno no sabe si mirarte el pelo o la cola. No se puede decidir.
Entendimos ya lo del "autobombo levemente disimulado", ¿no?
Los rulos se quedan.
Subo al 103 y me siento.
En mi parada ha subido también un muchacho de unos 18 años que empieza a ofrecer chocolates asiento por asiento y al llegar al mío mira la entrada que llevo en la mano y dice:
_Buitres? Es hoy? Dónde es?
_Sí, en el velódromo_ le contesto, y él a partir de ahí sigue todo su pregón cantando.
_Toca Buitres y si muero hoy... Chocolatessss... El cielo puede esperaaaar!
Qué le vamos a hacer.
Somos pasión.
Cuando bajé del 103 en la parada de mi cooperativa era casi a la una de la mañana. Una vecina bajó también, por la otra puerta, una señora rubia de pelo corto, medio bajita y de cincuenta y pico largos, y aunque no la conozco más que de vista me extrañó que anduviera callejeando a esa hora de la noche. Nos saludamos, cruzamos Camino Maldonado juntas y nos metimos charlando en la coope.
_ ¿Venís de los Buitres?_ me dijo enseguida.
Mirá vos, pensé. La señora no solo sabe que existen sino que se acuerda de que hoy había un recital y todo.
_ Yo también_ agregó, sin darme tiempo a contestarle.
_ ¿Ah... ¿Fuiste?
_ Sí, estuvo bárbaro. Tenía a Peluffo ahí, cerquita. En primera fila. Mi marido no quiso ir, pero agarré a mi sobrina y marchamos. Yo cuando te vi me imaginé que venías de ahí, porque sabía que la otra vez habías ido...
Y seguimos charlando hasta que entró a su casa y yo continué hasta la mía, pensando que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, y que no deja de ser un tanto inquietante todo lo que puede saber de una alguien que por comodidad englobamos a la ligera en la categoría "vecinos que nos caen bien pero apenas saludamos".
Un 103...
No paró.
Otro 103!
Sigue de largo.
Algo amarillo... un 316.
Chau chau.
Allá viene otro 103.
Y allá va.
Un 100.
Saludos.
Ah, un 404; este sí va a parar!
Nop.
Un nuevo 103... y con lugar!
Hdp. Se fue de largo.
Dos o tres Copsas pasan y levantan pasajeros, pero el boleto sale 41 y me dejan 6 cuadras más lejos... Cruel dilema: ser o no ser?
Hasta que un 103 que se ve que salió de por acá nomás para en la cooperativa y subimos los ocho o diez sobrevivientes de la odisea matinal de cada jornada.
Menos mal que el reloj de mi liceo atrasa cinco minutos. Y que es viernes. Ooooom...
Un hombre alto, grandote, veterano y de bigotes, un señor que camina con su sombrero criollo atadito bajo el mentón, bombacha de paisano, cinto de monedas y golilla al cuello, un gaucho con todas las letras, en fin, no puede andar transitando con orgullo por Tres Cruces si lleva de tiro una valija de rueditas.
Ya no da criollos el tiempo.
La feria del Lago.
Mis viejos ya me habían contado que desde hace un tiempo se viene armando una feria dominguera a beneficio de la escuela de Lago Merín donde se venden plantas, comida, ropa, libros e ainda mais. Una Tristán Narvaja en miniatura , de no más de media cuadra, que funciona por unas horas a partir de las once. Yo ya había pasado un rato antes, durante el armado, y volví con ellos a eso de once y media.
La principal atracción de hoy, a mi juicio, era una exposición de fotos antiguas de la laguna que se bamboleaban de lo lindo con el viento casi primaveral.
Recorrí todos los puestos, saqué muchas fotos, jugué con un perro peludo y compañero y terminé comprando un par de libros interesantes (uno de Courtoisie y una antología de cuentos hispanoamericanos), un par de empanadas de verdura y queso con aceitunas y una botellita de licor casero símil Baileys que ya abrí y está muy rico.
En una estaba mirando un puesto de alfajores caseros cuando la que lo atendía, vecina de mis viejos, nos aclaró que eran hechos de margarina.
_No tienen nada de origen animal- agregó.
_¿Vos sos vegetariana?- no pude dejar de preguntarle. Me miró con sus enormes ojos claros.
_No, no lo soy, pero cocino sin manteca por una cuestión de salud. Yo soy diabética, soy insulino dependiente.
_Ah, no sabía que las mantecas te podían hacer mal...
Y ese fue el comienzo de veinte minutos de intensa charla con Pelusa. Pelusa (originalmente Dora) tiene dos hijas, y una de ellas, que ahora tiene 12, desde los dos años se niega a comer carne y ella se lo respeta. Su hermano vive en la Quebrada de los Cuervos, al aire libre, cultivando lo que consume, en una comunidad naturista, y se dedica a la sanación. Es un chamán o es un loco, según a quién le preguntes. Tuvo su etapa de consumo, de salir desnudo a la calle, de andar en cuatro patas y de usar únicamente ropas de lino blancas (como Santiago Nasar, ahora que pienso). Ella lo vio, en una Navidad, subido a lo alto del parrillero, todo vestido de blanco (hasta de poncho) y rodeado de rayos de luz de todos los colores. Pelusa y su hermano no necesitan hablar para comunicarse, y ya quedamos en que algún día vamos a arreglar para ir juntas a visitarlo a la Quebrada. Él a veces viene a la laguna, pero dice que no encuentra un punto de buena energía, que hay algo negro, que no ve la luz, y sufre.
En la feria también estaba mi amiga María, junto a la Comisión de Mujeres Laguneras. María es maestra jubilada, organiza clases particulares gratuitas para niños y adultos que no terminaron la primaria, dirige un Club de Lectura y se desplaza en un viejo Fiat al que por su color ha bautizado Celestino, mal que le pese a mi progenitor de igual nombre.
_Es que algunos de por acá ya le estaban diciendo "Viagra", tuve que apurarme a cambiarle el nombre...
Ya casi por pegar la vuelta nos fuimos de nuevo a mirar las fotos viejas de la Laguna. Una en particular me llamó la atención: una de un precioso castillo que nunca vi por estos pagos. Era una construcción grande, seguramente una de las primeras del pueblo.
_Che, esto ya no existe, no? -pregunté a mis padres.
Una mujer rubia que estaba también mirando fotos a mi lado me contestó:
_Sí que existe, está sobre la playa, cerca de la OSE. Lo que pasa es que el dueño tiene todo muy cerrado alrededor y desde la playa no podés verlo.
Charlamos un poco más, se fue, y otra señora tomó la posta de las explicaciones del caso. Resulta que el del castillo es un cincuentón que alterna su vida entre Yaguarón y el Lago, se dedica al deporte y a la aviación, anda en terrible camioneta y tiene en su casa un criadero de yacarés y otros bichos, entre ellos cruceras, a las que cría para extraerles el veneno y hacer antídotos con él.
_Y es un lindo hombre, ¿sabés? Muy pintón-terminó la presentación del Quiroga local. Un aventurero pintón en la laguna, mirá vos... Y nos separamos entre risas, hablando de planes de incursionar al disimulo en el castillo prohibido y ver qué hay de cierto entre tanta leyenda.
El Lago da para todo. Quién lo iba a decir.
Que nunca falte.
Domingo de perros.
Salí sola a caminar por el pueblo, y hace una hora y media que recorro aleatoriamente sus calles de vituminoso, tierra o pasto, bajo un sol que cada vez se hace más norteño y primaveral.
Tras caminar por los bordes, por la ruta, por la zona chic de la playa y por las regiones olvidadas de toda gestión municipal concluyo que una sola cosa las iguala por completo: en este pueblo hay más perros que gente.
Por suerte ninguno me atacó, aunque hubo unos cuantos ladridos amenazadores e incluso una enorme pseudo oveja de color beige (un barbilla gordo y sin cola, en fin) se me acercó con rostro circunspecto, me dio una vuelta alrededor y se volvió para su casa. No entendí si era tímido o malo, y tampoco le di mucho corte, porque andaba concentrada fotografiando telas de arañas en los alambrados contra el bosque. Capaz que solo quería que le diera corte, no sé.
En una calle fui de pronto sorprendida por una criatura que se me vino encima sin previo aviso, pero solo era un perro blanco y peludo que me hizo tantas fiestas que me dejó el pantalón negro lleno de huellas terrosas. Otro fue un salchicha hiperdesarrolado, también mimoso y alegre. Un collie amarillo. Dos que se pelearon todo el tiempo por mi atención, hasta que tuve que dejarlos. Un marca perro blanco y marrón, otro medio negrito, esto es el festival del can arachán en todas sus variantes.
Ahora estoy sentada en una duna, en medio del silencio del agua y los trinos de los pájaros. Pasa un solo hombre caminando, con sus seis perros de tiro.
Este es un mundo raro.
Que nunca falte.
Hay días en los que a uno todo le sale mal.
Hoy me levanté en hora, salí temprano y apenas llegué a la parada pude tomar un 404. Un señor me dio el asiento a las pocas paradas, y cuando bajé en Propios ya tenía un 103 esperando.
El primer grupo de Artístico se vio reducido a dos o tres al principio y menos de diez al final, porque hoy es la muestra de Arte de los sextos, así que nos pusimos a planear crucigramas y sopas de letras para plantearle a los compañeros ausentes la clase que viene.
A mitad de la segunda hora una estudiante, Camila, se me sentó a lo indio en el escritorio y nos pasamos veinte minutos hablando de educación, de la necesidad de repensar todo, de su decisión de hacer Historia en el IPA. El tema había arrancado un rato antes, cuando la vi que iba recorriendo los sub grupos y chequeando cómo iban, por lo que le comenté que su actitud era muy de profe, y quedó de lo más contenta.
Tercera y cuarta hora se me pasaron volando, porque anduve acompañando y registrando la previa de la muestra que empezaba a las diez y media. El IAVA era un torbellino de gente tocando instrumentos, ensayando bailes, colgando fotos, solucionando aspectos técnicos.
Ya en la calle al llegar a 18 vi que estaba perdiendo el único bus que me deja en la puerta de 3 Cruces. Hice un gesto de frustración aunque no lo corrí, porque el semáforo se puso en verde, pero él se ve que me había visto la cara, porque frenó y me abrió la puerta.
Ya en él,una chica se puso a cantar: estaba juntando plata para poder seguir estudiando en Montevideo, porque era de Rocha, y cantaba como un ángel.
Llegué a 3 Cruces insólitamente con 9 minutos de adelanto, y aquí voy, con todo el espacio para mí, porque no va nadie en el asiento de al lado.
Hay días en que a uno todo le sale mal, decía.
¡Pero por suerte también hay de los otros!
Toco madera, y que nunca falten.
"Y yo te doy un beso
en la boca
pa que te vuelvas loca
tú me provocas
chica rabiosa".
Bis.
Bis.
Bis.
Bis.
Bis.
"¡Eeeeeel Reeeja!"
Fin.
Hoy caminé más de dos horas por la rambla.
Caminé, caminé, caminé. Caminé solo tres kilómetros, pero no es mi culpa: todo el tiempo aparecían cosas llamándome para explorar o fotografiar. Primero fue el coreano celeste y el hombre que cargó hasta él a la mamá en los brazos, porque hay una subidita y la vieja no llegaba, no llegaba. Después vino el muelle frente a la Aduana de Oribe, el pescador con su perro miniatura, los carteles pintados a pincel en el piso, los restos de vigas carcomidas por el tiempo devenidas en arte incidental. MIles de gaviotas en la playa minúscula que hay junto al puertito. El señor de los quesos más ricos y baratos del mundo. Gaviotas peleando a picotazos su territorio de pesca en el paseo al lado del Yacht. Dos gatazos blancos y negros haciéndose adorar por los humanos en plena rambla. Garzas blancas con copete y tordos negroazulados. Ombúes solitarios y personas ídem. Olor a porro, a mar, a pescado frito, a verano, a sol. Dos adolescentes que conozco tiradas al sol haciéndose mimos. Letras multicolores del cartel de Montevideo intervenidas por criaturas y la explanada de Kibón invadida de jóvenes en algo que parecía ser un concierto de rock pero que al final resultó encuentro de juventudes católicas de todo el país, con chicas sonrientes dentro de hábitos de monja y muchachos de sotanas marrones o con cuellos de cura. Gritaban y aplaudían a alguien que conducía el encuentro, tanto que acabé por decidirme y me fui a mi parada, muerta de hambre y mordisqueando disimuladamente un pedazo del queso Colonia que había comprado en el puertito.
Hoy caminé más de dos horas por la rambla.
Que nunca falte.
Es joven, tendrá veintipico. Sube al 103 semivacío del atardecer dominguero y empieza:
" Buenas noches, amigas, amigos. Voy a recitar para ustedes un poema de Eduardo Galeano".
Uh.
Y arremete con un texto sobre los pobres, dándole solemnidad a fuerza de enlentecer el recitado hasta límites exasperantes.
Menos mal que Galeano es de texto breve.
Vuelvo a casa después de un encuentro de casi dos horas con la más pura belleza, esta vez bajo la forma de media docena de suecos, unas lanas y unos violines. Circus Cirkor, se llaman, y son arte, destreza, poesía. Toman los hilos de tu vida y los manejan a su antojo, mientras vos creés que estás simplemente contemplando un espectáculo y no te das cuenta hasta el final de que después de este baño de magia ya no podés ser el mismo.
En mi próxima vida quiero integrar una de tres compañías: el Cirque du soleil, el Teatro Sunil o el Cirkus Circor. En esta me conformo con algo más modesto, como hacer girar un aro de hula hula, subirme algún día a unas telas o ser capaz de transmitir con palabras una milésima parte de la maravilla de que acabo de ser testigo.
Los que me conocen saben que no tengo tele, por lo que no se asombrarán si recién ahora me pongo a ver la entrevista de Aldo Silva a la Ministra, hace unos días.
Escucho diez segundos y ya no salgo de mi asombro: no sabe hablar. El primer enunciado de su discurso ya me da vergûenza ajena (y propia porque es la autoridad que designa para la educación un presidente al que yo voté, o sea que también tengo que ver en esto).
"_ Bueno, en realidad creo que no le ha llamado la atención a nadie que el Presidente como siempre se preocupara por los niños, niñas y adolescentes de este país. Realmente en este país hubieron muchísimos días de huelga..."
Más allá del esnobismo de "niños, niñas", que corre como reguero de pólvora aunque no está aceptado por la RAE, el "HUBIERON" acaba de romperme los oídos.
¡E-du-ca-ción!
No estoy burlándome de una persona que comete un error accidental o que no ha podido estudiar: es la autoridad, dios mío, TIENE que saber expresarse.
En fin; tal vez la señora deba volver a recursar alguna materia de Educación Secundaria.
Entre otras cosas.
En la marcha de ayer estábamos todos, o casi. Uno caminaba tironeado por personas que hacía años no veía, entre abrazos y reencuentros. En esas cuadras hice un repaso de toda mi historia estudiantil y profesional; creo que si antes de morir veo pasar la vida ante mis ojos no encuentro tantos amigos y conocidos.
Un poco temblaba ante la posibilidad de ser abordada por algún extraño de esos que saben quién soy y yo ni la más mínima idea, pero por suerte no pasó, salvo al principio.
Me había encontrado con mis compañeros del 58 y entre ellos iba una señora rubia de ojos claros que sonrió, un poco de lejos, y en un momento vino a saludar. Uy.
_ ¿Cómo andás? - me dijo.
(por favor, neuronas, iluminación cerebral ya: ¿quién es, quién es, quién es?)
_ Vos no te acordás de mí, pero yo sí. _ aclaró_ Fuiste mi practicante en el Bauzá.
_ ¿En el Bauzá? ¿Estás segura? Pero mi adscriptora en ese año fue Teresa Torres... - balbuceé, medio entreverada.
_ No, mi amor. - aclaró con tonito irónico.- No te hagas la péndex, que yo estaba en sexto de Derecho y vos hacías la práctica en mi grupo.
Ta visto. Una es mucho más grande de lo que su ego le deja creer. Maldita marcha.
Yo estaba en un lugar gigante, enorme, enorme, enorme, una especie de cilindro techado, con ventanas a lo largo por las que se veía un mar tranquilo iluminado por edificios lejanos. En plena noche no era mucho lo que percibíamos del exterior, pero de vez en cuando podíamos captar que entre las sombras se movían, solos o en pareja, una especie de policías camuflados con tonos de verde. ¿Estaríamos en guerra? Pero no parecía. Mientras hablaba en inglés con una rubia canadiense de veinte años que me sacaba como medio metro de altura había a nuestro alrededor otras personas que se movían extrañamente, cuatro o cinco de ellas dentro de coloridos disfraces, a un nivel más alto que nosotros. Dos tenían trajes negros iluminados por hileras de luces blancas y saltaban todo el tiempo. Era lindo verlos saltar: medio metro cada vez, más o menos. No sé por qué pero todas las sillas tenían vestidito blanco y en las mesas en vez de haber comida o vasos de bebida había un gran despliegue de Coca Life y Acquarius de naranja en botellas de plástico de cuarto litro. La canadiense trataba de hablar en español mientras yo trataba de responderle en inglés, y nuestro diálogo era sin embargo de lo más fluido y enriquecedor. Cada vez que el líder de la secta (un narizón medio canoso) hablaba desde su tarima los fieles le gritaban, aplaudían a rabiar y le sacaban fotos. Se ve que era una comunidad a régimen para adelgazar porque solo se les permitía comer una vez en la noche, aunque lo que les daban en esa ocasión no era muy dietético que digamos: un par de donas de Mc Donalds con su bolsita de papel y todo. Los habitantes del mundo del cilindro gigante eran muy variados, pero a la vez indiferenciables como las arenas de una playa (perdón, Dante). Todos tenían pulseras fucsia, y cuando desperté esta mañana lo primero que hice fue mirar si yo también llevaba una de esas en mi muñeca derecha, pero no, se ve que al salir me la quité, por suerte. Y me levanté a aprontarme el desayuno, mientras pensaba que ojalá que mi cara o mis rulos no aparezcan en ninguna foto debajo de una bola de espejos, o que yo no me entere, al menos.
Nunca en la vida habían llamado para hacerme una encuesta hasta ayer, en que apareció al teléfono una señora que se identificó como perteneciente a la consultora Cifra. Según dijo buscaban encuestar a personas de entre 14 y 29 años, aunque en caso de no encontrarlos igual podían aplicar la encuesta a otros seres humanos. En este caso, yo.
La idea de ser un premio consuelo para la consultoría no me tentaba demasiado, y menos cuando le pregunté cuánto tiempo insumiría y me respondió que unos ocho minutos (que imaginé fácilmente derivables en quince, lo más probable), por lo cual metí una frase tajante e inexorable de amable saludo y di por liquidada mi participación en el asunto.
Recién me acaba de llamar otra, también de Cifra. Esta vez no pregunté nada y le corté a los dos segundos: "sí, ya me llamaron ayer; gracias, buenas noches".
Me siento una diva argentina de cuarta acosada por los micrófonos. No quiero hablar, chicos. Ahora no. No voy a hablar. Chau, chicos.
Roldana me mira raro desde su sitial en la silla de al lado; me parece que mi nueva personalidad Juanita Viale no le cierra del todo.
O tal vez solo está pidiendo atún.
Me estaba por tomar el COPSA para casa cuando vi una aglomeración de gente cerca de Tres Cruces y me mandé: era la feria de San Expedito.
Ignoro si se hace una vez por mes o por año, pero es de lo más pintoresca: una celebración supuestamente católica que cuenta entre sus muchos feriantes, además de vendedores de medias, plantas o pantalones deportivos, muchos puestos "paganos" (digamos) con amuletos chinos, lectura del Tarot, la bataja española y hasta los buzios, este último atendido por un morocho enorme vestido de pies a cabeza _incluyendo un pintoresco casquito_ con coqueta indumentaria blanca de seda con dibujos plateados. Crucifijos fluorescentes. Algo que no identifiqué visualmente pero que por los carteles eran "Cabras 2015". Libros viejos, ropa usada, videojuegos, comidas.
La iglesia (que se ve que es preciosa) estaba desbordante de fieles, pese a que empezaba a lloviznar cuando pasé, a eso de las cinco de la tarde. Eran las cinco de la tarde.
Siglo XXI, San Expedito, problemático y febril.
_¿Viste lo del cinco de oro de ayer?- pregunta el guarda del 106.- ¡Tres palos verdes!
_Con eso no hacés nada- responde el chofer.
_ No, no hacés nada- concuerda su compañero, y se quedan ambos en silencio de ahí en más.
Vaya país, pienso. A algunos ya no les queda ni la más remota esperanza de zafar de la grisura.
Y me bajo en la parada de casa, donde no hay tres palos verdes pero al menos no pensamos que todo está perdido y aún seguimos tratando de "hacer algo".
Estimado lector, el lunes gris no admite grandes optimismos, pero ya volveremos. Sea paciente. Buen día.
RESOLUCIÓN DOMINGUERA
El día de sol y la tibieza de una jornada casi primaveral, sumados a la constatación cada vez más frecuente de un lastimoso estado físico que me hace llegar sin aire cada vez que camino las dos cuadras de repecho hasta mi casa terminaron por decidirme, y retomé las caminatas.
La de hoy solo fue de una hora, para no enloquecerme, y por el barrio, cosa de no invertir tres horas para tener una de ejercicio, lo que terminaría por desanimarme en menos de una semana.
Salí de casa. Pasé las dos llaves. Vi un muchacho sospechoso sentado en el cordón de la vereda. Abrí las dos cerraduras. Volví a entrar. Roldana me miró con cara de “… ¿ya está???”
Diez minutos después el sospechoso no se veía, y volví a salir.
Mi vecino Enrique estaba lavando su auto. Versión 16 de agosto del diálogo que sostengo con él dos de cada tres días, cuando me lo cruzo por la cooperativa:
_ Buenas, m’hija, ¿andás bien?
_ Bien, gracias, ¿vos?
_ Bien. ¿Los papis?
(Sí. Tengo 48 años pero para los viejos de la cooperativa parece que aún soy una nena)
_ Bien, todo bien, gracias.
_ Me alegro. Mandales saludos.
Fin del diálogo.
Ya en Camino Maldonado, veo una cosa negra que corre por la vereda. Una cosa negra peluda con enormes orejas corría y corría por la vereda. Un conejo. ¿Qué diablos hace un conejo en la vereda? ¿Tendrá dueño? ¿Alguien se lo irá a comer? ¿Se les habrá escapado? Capaz que lo pisa un auto. Es divino. ¿Lo aceptarán Roldana y Tania si me lo llevo para casa?
Un muchacho salió en ese momento de una barraca.
_ Hola. ¿Vos sabés de quién es ese conejo?
_ Sí, es de acá.
_ Ah. ¿No baja a la calle?
_ No, él ahora entra, no te preocupes._ dijo, y me señaló el corredor abierto al costado del local, que se abría como una cuadra para adentro: un enorme paisaje Teletubbie lleno de conejos (blancos, en este caso) que corrían alegres entre los pastos.
Listo. No podía apropiarme de Shaka Zulú, así que seguí mi camino. Durante la hora siguiente me crucé con perros, gatos y palomas, pero no más conejos negros. Lástima. Era muy lindo.
Cuando volví, Enrique SEGUÍA lavando el auto. Si me hubiera visto habríamos repetido palabra por palabra el mismo diálogo de hace un rato, pero pasé silenciosa por la vereda de enfrente.
Llegué a casa acalorada pero contenta; estaba bueno caminar, después de todo.
Esta historia continuará.
Si no llueve.
Creo.
No sé.
Tengo un problema hiperespecífico en la escritura, que afecta solo a una palabra y únicamente en el caso de tipearla en la computadora.
NUNCA me sale "estudiante", siempre pongo "estudainte" (incluso en este post, recién, tuve que corregirla).
No sé desde cuándo me pasa, hace varios meses, en todo caso.
¿Tendré cura?
¿Iré empeorando?
¿Me pasa solo a mí?
¿Eh?
Nota para mí misma en el futuro, también llamada decisión en medio de la limpieza del sábado: NUNCA más gatos peludos, que se suban a la mesa o me persigan por toda la casa pidiendo atún. He dicho.
I
_ Va a ser en el patio, en el recreo que viene_ me dijeron.
Y yo fui.
El acto no duró mucho rato, y ni siquiera faltamos a la clase siguiente. Solo hicimos un minuto de silencio por los mártires estudiantiles, depositamos un ramo de flores al pie del busto a Artigas y cantamos el himno todos juntos y con un nudo en la garganta, un 14 de agosto, en 1984.
Éramos unos cuarenta estudiantes y cinco o seis profesores, observados en silencio por los dos porteros que nos controlaban todos los días desde la puerta de Eduardo Acevedo, los mismos que te daban tu número de asiento cuando ibas a la Biblioteca Central, no fuera cosa que escribieras alguna consigna en la mesa y no pudieran identificarte.
A los días el IAVA entero era sacudido por la noticia: cuatro de los profesores acababan de ser sumariados y retirados de sus cargos por haber cantado el himno ese día con nosotros.
La profe de Italiano fue muy clara: sí estuvo ese día, pero no había cantado el himno.
_ La vida me ha dado muchos disgustos, y la verdad es que ya no tengo ganas de cantar, nunca- nos dijo al despedirse.
El rumor corrió imparable por los salones. Parece que uno de los sumariados, el de Física, era una figura importante dentro del gremio docente, y la jugada del himno no tenía otra finalidad que sacarlo del medio, metiendo a otros tres en la vuelta para pretender disimular sus objetivos.
Al día siguiente marchamos hasta el Consejo todos, estudiantes y profesores, en una improvisada manifestación en defensa de nuestros docentes, pero nada logramos.
Unos meses después hubo elecciones.
II
Tres años más tarde, ya como estudiante del IPA, una noche iba en un 103 a una Marcha del Silencio cuando una señora que estaba sentada enfrente a mí me toco el brazo y me dirigió la palabra.
_ Disculpame, ¿te puedo hacer una pregunta? Ese muchacho de la foto que llevás en tu carpeta, ¿no es Líber Arce?
Miré el viejo pegotín que tenía en el reverso de mi carpeta roja.
_ Sí, es él.
_ Yo fui la enfermera que lo recibió en el Clínicas, ¿sabés? Fue horrible, pobrecito. Hicimos todo lo posible pero no lo pudimos salvar. Fue horrible.
Y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Otras personas empezaron alrededor de nosotros a intervenir en la conversación en voz baja, reverente, dolida, hasta que cesaron las voces y el 103 de pronto se volvió él mismo una Marcha del Silencio.
El pasado no era tal.
El dolor seguía intacto.
Igual que la memoria.
"Calma... calma... El muchacho solo trata de ganarse la vida y el hecho de que aturda, grite, cecee y desentone en medio del bus cuando vuelves cansada de trabajar todo el día es un simple dato irrelevante. A ver. Calma. Respira hondo y repite conmigo: no eres Nacha Guevara. No le vas a poner un cero. No eres Nacha Guevara."
Ooooom.
Desperté con los truenos de la madrugada. Desenchufé la computadora y el cargador del celular, por si los rayos, y volví a dormirme.
A la mañana la vieja Toshiba andaba más lenta que mi vecina de al lado cuando no está barriendo la vereda, y pensé que la tormenta la había puesto de mal humor. Cosas de la edad, me dije, mientras comprobaba en el espejo que ya tengo una nueva cana.
De acuerdo, la máquina tiene sus años, puedo entenderlo. Pero que me grite cuando la estoy apagando es algo que rebasa todo límite entre nosotras y no lo voy a tolerar. Hasta Roldana saltó cuando en medio del silencio de las siete menos cuarto nos salió con ese grito destemplado de "¡¡avast antivurs!!!" y se negó a dar explicaciones por su exabrupto. Debe ser una consigna revolucionaria en lenguaje notebook, me dije, antes de cerrarla y salir de casa hacia la humedad del viernes. Pobre, ya está delirando.
Voy a tener que conseguir un geriatra para ella.
O un geriatra, así, en general.
Por Roldana, digo.
Tiene como ochenta años, es flaquita y frágil como un cristal. Le tiemblan las manos y camina con una lentitud que da lástima. Habla en un hilo de voz, como si ni para eso le dieran las magras fuerzas que le quedan. Vivo con miedo a que un buen día le pase algo y yo, pared de por medio, no llegue a enterarme a tiempo para ayudarla.
Pero eso sí: no hay temporal de lluvia o de viento, aunque sea en pleno invierno, que no la agarre barriendo la vereda.
La vieja de al lado: un misterio que la ciencia nunca alcanzará a resolver.
Ni yo tampoco.
103: metáfora de la vida.
Unos ya suben con asiento, otros lo consiguen a las dos paradas y otros (yo) ven cómo los lugares libres se les escurren por un pelito, uno tras otro.
Una señora canosa y voluminosa hace ahí por Piccioli un ademán que interpreto como que se va a bajar, pero en realidad lo que hace es sacar un tupper de su bolsa de mano, abrirlo y mordisquear una horma de queso magro que allí trae.
Un olor a mandarinas nos inunda a la altura de Larravide y al instante se desvanece, sin que se vea quién es el responsable.
Voy oyendo y cantando bajito "Mi enfermedad", pese a que no me fumo mucho a Calamaro, cuando al fin me siento, en Comercio, junto a una péndex que también lo tararea de manera apenas audible.
Ya en Propios sube un cantor (dice) que me GRITA en la oreja un par de canciones y se baja.
Cruzamos Luis A de Herrera cuando dos péndex con sendas papas en la boca comienzan a afinar junto a mí sus fascinantes planes de compra para esta tarde.
103: metáfora de la vida.
Menos mal que en quince minutos me tomo una CITA para ir hacia otras vidas, que me den un ratito de respiro de estos buses, estos cantores, estas voces.
Que nunca falten.
"_Me bloqueó del wsp, me borró de facebook... ¡y yo me reí tanto! Ahora no puede entrar ni a facebook ni a wsp porque no tiene celular. No, no le voy a dar el mío. Él tiene su celular, pero sin internet, tiene uno viejo que solo le sirve para llamadas y mensajes. No, no le voy a comprar uno."
Qué bien, pienso. Al fin una mamá que le pone límites a su hijo. Pero desde el asiento de enfrente en el 103 Ciudadela la joven mujer sigue hablando por teléfono con su amiga:
"_Lo único que me falta es ponerlo en penitencia, pero no es mi hijo, boluda, es mi marido. Si me borra de facebook y de wsp yo lo tomo como una traición. No, no le voy a comprar un celular nuevo."
El amor en los tiempos del facebook.
Ya empiezo a añorar cuando la gente se sentía traicionada por cosas tan intangibles como el desamor o la falta de ideales; hoy la traición se puede plasmar con una captura de pantalla, tiene fecha, hora y testigos, y se soluciona con un nuevo aparato para decidir quién sigue en línea y quién se va.
No, no ando para abajo; es solo que tengo reuniones de profesores en mi mañana libre, la rep...
No, nada.
Vivan los martes. Vivan.
A ver, MSP, cuándo vamos a hacer algo por la salud mental de la población del 103?
Venir oyendo en la radio del chofer cómo Vilar me explica cuál es la capital de cada departamento es una clara incitación a la Neurosis Por Oír Que Me Tratan De Idiota.
El señor está explicando lo de las tablets xa jubilados como si los viejos fueran menos inteligentes que mi gata Roldana (lo que ya es mucho decir), y encima él mismo se entrevera con lo que supuestamente quiere aclarar.
Alguien que nos defienda, plis.
Estamos rehenes de un chofer que atenta contra nuestro precario estado de equilibrio de lunes de mañana, con niebla adentro y afuera de nuestras cabezas.
Socorro.
Salgo de casa con algún asomo de luz pero aún de noche. Arbolito es un páramo desierto y silencioso. Ni un perro en la vuelta.
A los veinte metros, del pasillo de una de las tiras de casas de la cooperativa, sale un muchacho. Su aspecto no augura nada bueno. No es del barrio, anda sin mochila ni bolso y me echa una mirada que a mí se me antojó evaluatoria. Para qué me habré puesto la campera anaranjada de Minnesota que es llamativa, pienso, mientras el ipad empieza a despedirse en voz baja desde adentro de la mochila y el muchacho camina a la misma altura que yo, pero por la vereda.
Me mira. Me mira de reojo de vez en cuando.
Dos personas van en el mismo sentido que nosotros pero más adelante. En un momento doblarán una curva y dejaremos de verlos.
Apuro el paso y por las dudas lo encaro:
_¿Vos tenés hora?
_No, no tengo- responde, medio descolocado. Pero agrega:
_Buen día.
_Buen día- contesto.
Y vuelo hacia la parada, con cara de que iba a llegar tarde al trabajo.
El ipad, por las dudas, suspira aliviado.
Yo también.
Puesta de luna llena entre jirones de nubes.
Ventajas de entrar a primera.
Por qué están todas las vacas acostadas en el campo ahora? Será porque se viene lluvia?
Solo sé que (de vacas) no sé nada.
Debo reconocer que no soy muy fan de NTVG ni (menos) murguera, pero arrancar el día con Clara a todo volumen en el 103 me pareció una muy buena opción, al menos hasta que terminó y el locutor se puso a leer y comentar mensajes de la audiencia:
"_ Muy bueno ese tema, me mata- nos dice el Negro Pablo de la Unión. Es que es un precioso tema, más que una canción es un poema".
Mirá vos, pienso. Ahora resulta que canciones y poemas van por carriles diferentes. Y en eso aparece Fernando Vilar, a discutir sobre la hora en que le entregan el programa y sobre el fascinante enigma de si el que decía "qué hay de nuevo, viejo?" era Buggs Bunny, Batman o Alf.
Por suerte acabo de liberarme de sus voces: el segundo bus viene con una señora que canta en otra radio a un infeliz que la hizo cornuda (sic) y del que (dice) ya se ha liberado.
Se ve que tanta inmersión en el arte a tempranas hors de la mañana me deja atontada, porque cuando voy a sentarme en el último asiento en la esquina del fondo me doy un golpazo en la cabeza con el pasamanos, aunque disimulo y hago como que no me pasó nada. Si me ven medio rara en estos días ya saben por qué.
Disimulen ustedes también.
Buenas noches.
Invéntese una estrofa con rima asonante AAAA.
Quizás amaste a quien no debiste amar / tomaste una decisión fatal / te lastimaron y eso te hizo mal / yo lo tuve que pagar.
Repítase cinco o seis veces con un fondo rítmico invariable.
Ya tiene usted EL tema para atormentar a todos sus pasajeros en el 77..
Sí, hoy tocó excepcionalmente Raincoop.
Un 103 pintado de azul.
Eran dos muchachos. Venían sentados detrås de mí en el 405, conversando.
_Vo, hoy nos fuimo hasta Quevedo y nos compramo uno porro ahí. Tendríamo que tener un kilo de aquello pa pasarlo bien, sabía? Taba re linda la tarde pa pasarla gozada.
Eran dos muchachos. Venían sentados detrås de mí en el 405, conversando.
_Viste que los republicanos ahora llevan a Trump? Si gana va a complicar todo lo que sea negocios internacionales con estados Unidos, visas, todo. Igual por ahora no pasa del 24% de los votos. Los demócratas esta vez van con Hilary Clinton. Siempre buscan dar una imagen progresista, como antes con Obama.
En el 405 de Peñarol al Parque Rodó dos mundos tienen su propia frontera delimitada con tinta invisible en la parada de Montevideo Shopping.
Queda mucho por hacer.
_ ¿Va a llevar algo más?
El feriante joven me miraba, bolsa de nylon abierta y lapicera preparada para seguir sumando ítems en la cuenta.
_ Sí. Mandarinas. ¿Esas que tenés ahí son Elendale?
_ No, joven.- teció un veterano, el dueño del puesto, de mejillas coloradas y unos ojazos azules que gritaban a las claras su ascendencia italiana.- Esas son tangerinas-tangerinas. Pruebe una.
_ No, igual te creo...
_ Pruebe, pruebe.
Y probé. Dulces, suaves deliciosas.
_ Y ahora pruebe aquellas, las de adelante.
_ ¿Qué son?
_ Pruebe.
Y probé otra vez, y me fui de golpe a los ocho años, al sabor de verdad, al olor, a la cáscara que se pega en la fruta, al tangerino del patio de mis abuelos al que con mis primas asaltábamos a diario y que era el refugio cantado en todas y absolutamente todas las escondidas.
_ No puedo creerlo.
_¿Vio? Se llaman Montenegrinas. Es que las tangerinas de Salto son de tangerinas de verdad.
Y me siguió explicando sobre las variedades y el proceso de transporte y almacenamiento de los cítricos, mientras yo pensaba que no hay caso, cuando uno ama lo que hace no hay profesión anodina.
_ Adiós, querida, que te vaya bien, cuidate.- me despidió, ya con la confianza de saber que me había convertido en su fan número uno y clienta de cada fin de semana a partir de ahora.
Y me fui.
Ayer fue un día largo y productivo. Sobre todo largo.
Estaba ya en casa, cercana a la medianoche y a punto de entregarme a un sueño reparador, más que deseado más bien implorado por mi organismo desfalleciente, cuando me cayó este mensaje:
"Un dato importante, Donde sale san josé esq martínez trueba se incendió una librería, hay una volqueta llena de libros".
Quien lo enviaba, estudiante de uno de mis grupos del IAVA, agregaba que su padre le había llevado solo un libro de Inglés pero había más, MUCHOS más, tirados, pobrecitos, esperando ser adoptados por un alma caritativa con poco sentido del olfato.
O sea, que había que hacer algo.
Dado que hoy entraba a las ocho menos veinte de la mañana mi cerebro (lo que quedaba) empezó como pudo a trazar complejos planes que más o menos se resumían en esto:
Visto: que esos libros van a durar poco en la volqueta.
Considerando: que los quiero.
Resuelvo: levantarme media hora antes y pasar por el lugar antes de la primera hora de clase en el IAVA.
Conclusión: desperté, volví a dormir, salí a la hora de siempre y terminé pasando por el mentado lugar recién durante mi hora puente a las doce del mediodía de hoy, a ver si quedaba algo. Y quedaba.
La volqueta era en verdad un par de ellas más dos enormes bolsas, de esas de escombros, llenas de libros de Inglés. De los "In focus" que tienen a Drexler en la tapa, había como cien o más, húmedos por la acción de los bomberos, unos, tiznados, otros, sucios por el incendio, el resto. Pero a mí no me interesaban los In focus, así que anduve chusmeteando por ahí, junto a dos o tres personas que tímidamente miraban qué había en la vuelta. Aquello era un Shopping de lo quemado. Shopping On Fire. Post Fire.
Tres hombres que andaban por ahí cartoneando nos dijeron a una chica y a mí que quizá mejor debiéramos preguntar qué había para llevar a los obreros que estaban adentro de la librería, pero no nos animamos, hasta que uno de los cartoneros, el más grandote, se asomó y pegó el grito:
_¡Jefe! Acá las muchachas quieren saber si hay alguna cosa que se puedan llevar de la librería, que no esté en muy mal estado_ Mientras la chica y yo nos mirábamos con cara de "uh... no queremos hacer bardo...".
_ Bueno..._ contestó alguien desde adentro_ Si nos hacen una fuercita para la Coca Cola puede ser que haya algo...
_ Si vos entrás yo me animo_ susurró la otra. Y entramos.
No pasamos más de unos metros (o se les complicaba a los muchachos que estaban trabajando), mientras el más joven nos fue trayendo varios libros que estaban casi casi sanitos del todo, aunque con olor a humo. Un encanto. Ojalá le haya caído bien la Coca Cola del almuerzo, con el olor a humo que aún había.
Terminé trayéndome unos cuantos libros tan pero tan útiles como uno de ejercicios nivel Cambridge, otro de recetas para hipertensos y tres de cocina, de esos en que no conocés la mitad de los ingredientes pero quizá algún día en una de esas quién te dice.
Y me volví al IAVA con mi tesoro a salvo de las llamas y del agua en una bolsa de supermercado.
Lo que importa, después de todo, no es la ganancia sino la aventura, y especialmente la posibilidad, ese gustito a "quién te dice que" que nos mueve más allá de cualquier cansancio, conveniencia o lógica social o monetaria.
Que nunca falte.
Eran las cuatro o cinco de la tarde. Yo estaba joggineada y empantuflada, trabajando en la computadora con vistas a desplomarme de sueño a la primera oportunidad, cuando una persona desconocida me mandó un mensaje por facebook.
Era María, una profesora del Liceo 58, el viejo y querido Benedetti, invitándome a un homenaje de entre casa que en la institución se le iba a hacer a Vanessa, ex alumna de allí, a quien tuve en tercer año en el 19 y con quien me he encontrado y reencontrado reiteradamente a lo largo de todos estos años.
¿El motivo? La publicación de una antología de poetas jóvenes en Buenos Aires que la incluye con justo mérito entre sus voces, o tal vez también el fin del ciclo liceal, ya casada y madre de familia, en el turno Nocturno, o quizá fue simplemente el celebrar una vida luminosa que se nos cruza en el camino, vaya uno a saber. La invitación era para hoy mismo, y la premisa básica era la discreción, porque la homenajeada iba a ir al liceo pero no sabía del todo lo que le esperaba.
Salí de mi cansancio, de mi pantuflez, de mi cara lavada y pelos atados en lo alto de la cabeza, y allá fui.
La cita era a las 21.15. Ya al bajar del 103 encontré a Fernando, a quien había convocado (en un rapto de lucidez) porque estuvo en el mismo tercero que Vanessa y son amigos. Él venía un poco de apuro, en medio de un par de horas puente, dado que es profesor de Química en el 37. Mirá vos mis alumnos del 19...
Cuando Vanessa llegó ya estaba todo preparado para recibirla. Sus compañeros de clase del año pasado, sus amigos, decoraron la biblioteca del liceo con una cartelera, libros y globos de colores, y además había café, una torta con dulce de leche y otra, la especial, que atentaba contra cualquier intento de dieta en esta fría noche de julio.
El director, sus profesores, sus compañeros y amigos leímos textos de ella y del libro en el cual están publicados. Se le hicieron preguntas, se charló, se le dio una placa de bronce y se le deseó la mejor de las suertes ahora y siempre.
El Bendetti es una gran familia, como lo era también el 19, "Ansina", cuando Vanessa, Fernando y yo nos encontrábamos todos los días en el ruidoso 3º8 en el que nos conocimos. Un grupo en el que, de los cuatro estudiantes con los que tengo contacto, dos son escritores, otro profesor y otra casi psicóloga.
Cosas que la prensa no dice, ¿vieron? Qué raro, ¿no?
Salí del 58 en medio de la niebla, en la soledad difuminada de Camino Maldonado, pero no importaba nada, porque esta noche había recibido luz suficiente como para alumbrar mil mañanas.
Que nunca falten.
El primer 103 de la mañana venía con la cumbiamba al mambo y su destino era Luis A de Herrera.
El segundo viene con un informativo donde Fernando Vilar defiende enojado los precios altos de la carne y la nafta y cuando ve que la situación es indefendible corta la discusión con la excusa de que "dejemos de hablar del tema, porque yo los viernes vengo de buen humor.. "
Dios mío.
Nunca creí que preferiría oír una cumbia a un noticiero a las siete de la mañana.
_A ver... ¡pasando al fondo que hay lugar!- ordena el guarda al llegar a una parada llena de gente deseosa por subir.
En eso se oye una voz desde la vereda:
_¡Vamos, pasando, que quedo yo solo y estoy gordo!
Y sube. El chofer-guarda del 402 le agradece el trabajo de guarda honorario y ofrece como retribución dejarlo en la puerta de la casa, al tiempo que responde a la pregunta de alguien con una ingenuidad (o una capacidad para la fabulación) que me deja patitiesa:
_¿Este ómnibus cada cuanto pasa?
_Cada 12 o 15 minutos.- dice.
Ja, pienso. Pero no digo nada.
_¡Cómo va de lleno!- comenta un pasajero.
_Nunca viene así- aclara otro- Debe haber faltado el anterior.
Deben de haber faltado varios, me digo, porque tanto ahora como de mañana lo esperé más de media hora.
_¡Me tapås el espejo, negro!- grita de pronto el chofer, y el gordo se da por aludido:
_¿A mí me decís?-pregunta con tono zumbón.
_No, a uno del fondo.
_Ah, bueno. Igual me bajo en la próxima.
_Bien. Queda lugar para tres pasajeros entonces- contesta riendo el chofer.
Así es el STM: dicharachero, popular e impredecible.
Y dejo de escribir, porque voy asardinada y esto no da para letras. Además subió una señora con una nena y le voy a dar el asiento.
Hasta la próxima.
Estaba esperando en la parada a que pasara el coche 2 de las 19.30 cuando vi las luces. Era una moto, y venía directo hacia mí. Si hubiera estado en Montevideo me habría dado por robada, pero en Florida las cosas son diferentes.
La moto frenó a un metro, el conductor se quitó el casco y dijo:
_Buenas noches.
_Buenas noches- respondimos a coro los cuatro o cinco que estábamos en la parada.
_¿Una empanadita?- ofreció, y allí mismo vendió las cuatro o cinco que le quedaban.
Florida: Universo paralelo.
Esto de haberle errado a la hora del bus a Florida y tener que viajar ahora sin asiento tiene sus ventajas, pienso, con un optimismo que corre parejo con mi despiste habitual en lo que a horarios y CITAs se refiere.
Por ejemplo, pude ver la represa de Canelón Grande desde un nuevo ångulo, que me descubrió nuevas playas y lenguas de arena que sospecho deben estar tentadoras para recorrer y buscar fósiles y fotos. También me sirve para comprobar hasta qué punto es grave la sequía por estas zonas de pastizales secos y huellas de incendios recientes.
Lo que no termina de convencerme es que, al viajar de pie, domino visualmente las acciones de varios pasajeros. En ese sentido me pregunto, entre otras cosas, por qué la viejita del asiento 35 pasa y repasa un rosario entre sus dedos flacos y huesudos. Nos estará protegiendo de un improbable choque en la ruta?
Se supone que en 15 estatemos llegando a Florida. Si la protección de la Doña 35 es efectiva, nos veremos en una próxima crónica de bus. Con asiento, espero.
Antes de que sonara el timbre para entrar a mi clase con sexto Artístico se asomó un muchacho a Sala de Profesores y me avisó que iban a llegar más tarde, porque estaban en parcial de Danza. Había habido alguna complicación con el uso del cañón, y la prueba se extendió más allá del tiempo previsto.
Al principio los esperé en el salón, pero hacía mucho frío, y me quedé en la sala hasta que vinieron a buscarme.
Al entrar una chica, Aynara, me pidió para dar una clase sobre Música del siglo XX. Ya me lo había propuesto cuando andábamos viendo vanguardias. Ella toca el oboe, es una excelente estudiante y mejor persona, ni necesita nota ni aprobación del grupo, solo quiere aportar lo que ha estudiado.
_ Pero nos queda poco rato...
_No importa, profe, todo bien, yo empiezo.
Y arrancó.
Nunca vi un practicante dar una mejor clase que esta. Clara, didáctica, a buen ritmo, con ejemplos, respondiendo preguntas, tranquila. El grupo es bullicioso, pero hoy no volaba una mosca ni aparecía ni un celular. Aprendimos muchísimo, yo sobre todo, porque ellos han tenido más formación musical, por la diversificación artística en que están y que me hubiera gustado tanto tener en los ochenta.
Al terminar le dije que le veía excelentes cualidades docentes.
_Sí, profe, pero no se gaste. Mi vieja ya está en esa, pero no me veo dando clases. No tengo paciencia.
Y se volvió a su banco, como si nada, mientras yo me iba a la sala de profes pensando en cuántos maestros uno tiene la suerte de encontrarse en esta vida, a veces camuflados bajo el aspecto de estudiantes a los que debe calificar, cuando en realidad quisiera sacarles apuntes.
Que nunca falten.
_ Mirá mi carné, gil.
_A ver? No converse... Estudie y no moleste... Reaccione... Pah, te mataron.
_Sí... Qué hijos de puta, lo hicieron para que en mi casa me caguen a pedos...
Son de primer ciclo, tienen unos 14. El que charla en ciase habla con voz fuerte y no sabe mantener un tono de privacidad. Con razón lo rezongan. El otro pobre le cuenta cosas de un "rózame " que tuvo con una el fin de semana y él lo repite a toda voz en el pasillo del 103.
Después se puso a encarar a dos chicas de enfrente, con frases matadoras al estilo de "está fresco, eh?" Pero no le funcionó.
Ya tuviste un rancho en Valizas; sabés perfectamente lo que es bañarse con un balde calentando una caldera de agua para no congelarte en el proceso, dosificar el líquido elemento para que te dé justo, para que no se llene todo de jabón y te tengas que enjuagar con agua fría, de acuerdo, todo eso estaba bien en Valizas frente al mar y la mayor parte de las veces en enero y de vacaciones. Pero que en Montevideo por el simple hecho de vivir en lo alto de un repecho tengas baja presión de OSE y la mitad de las veces te salga un hilito de la ducha y debas sacar agua del piso de abajo o lavarte el pelo en la pileta de la cocina, eso, querida, ya no es admisible. Y que te estés bañando a lo valicero con un balde dentro de la ducha y de pronto te caiga encima un chorro de agua helada porque justo justo justo en ese momento la presión volvió a los niveles de normalidad, eso sobrepasa hace rato los parámetros de admisibilidad, y más si hablamos de un 18 de julio soleado pero frío, como corresponde a esta altura del año.
18 de julio.
Viva la Patria.
¿Aspirinas o algo para el resfriado, tienen?
Subir a un 103 Ciudadela que viene oyendo "La Patria, compañero, la vamos a encontraaaar por más que se nos vuelva aguja en un pajar" me lleva varias décadas atrås en el tiempo, hasta que por suerte a las dos paradas paso por el flamante y nunca terminado (por ahora) Intercambiador Belloni y me vuelvo a ubicar en 2015.
Se nos va para arriba la Curva de Maroñas, se nos va.
Aunque en seguida arranca Zitarrosa con algo de un boyero y un teru tero, no sé. No se puede. Hay dos mil canciones divinas de Zitarrosa; ¿no podríamos correr un piadoso manto de silencio sobre algunas que no resisten el paso del tiempo (o al menos no pasarlas a las siete de la mañana)?
Dormí poco. Estoy cansada.
Que don Alfredo me perdone.
Villa Hadita.
Acabo de ver un ómnibus interdepartamental que va a "Suàrez por Villa Hadita".
¿Soy yo sola o alguien más piensa que este mundo se está tornando un poco raro?
El 103 semi vacío se me escapó por unos segundos, pero esta no es una línea que ponga a prueba la paciencia de sus usuarios, y en un minuto llegó un nuevo bus. No tan vacío, pero llegó.
De pronto miro para afuera y veo a un tipo que desde el auto de al lado baja la ventanilla y tira dos bolsas a la calle. Lo quedo mirando y me hace gestos que él cree que son de amenaza pero resultan simples bravatas de gurí chico que desde la impunidad de un auto se cree el Chapo Guzmán de 8 de Octubre.
Pasa un minuto y por un momento agradezco no ser yo una mafiosa con poder, o le daría una buena patada en el trasero al que a la altura de Pan de Azúcar inunda el 103 de un olor digno de ventanillas abiertas y ventiladores gigantes.
Dos paradas más allá, cuando ya respiro de nuevo, la de al lado se pone a oír mensajes de voz que generosamente comparte con todos los pasajeros.
Un hombre se baja y al hacerlo insulta al guarda, en cierre de una pelea cuyo comienzo no escuché.
Parece que este jueves viene de andar con pies de plomo, pienso, aunque antes de bajar veo que en él viene también uno de mis estudiantes, uno que siempre llega tarde y hoy estará a tiempo, así que no todo está perdido, después de todo.
Y me bajo.
Hablo de mañana con una compañera que se fue a Buzios y de tarde me llega por mail, de una agencia de viajes que hace meses que no me escribe, una promoción... para ir a Buzios.
Esto comienza a asustarme.
_ ¡A loooos carameloooo!
Caramelo de yogurt: 10 pesos.
Caramelo de eucalipto: 10 pesos.
Caramelo masticable: 10 pesos.
Caramelo de miel: 10 pesos.
Caramelo de café: 10 pesos.
Caramelo de fruta: 10 pesos.
Caramelo crocante: 20 pesos.
Almendras: 20 pesos.
¡A looos carameloooo!!!
Y con ese simple pero efectivo pregón el señor le vendió caramelos al menos a siete personas, hasta que me bajé del 405.
Y después me vienen con las argucias de la publicidad y los mensajes subliminales...
Ambas madres son jóvenes y bellas; una a mi costado, sentada,y otra enfrente, de pie. Ls que va sentada habla con tono estresado y se queja porque la nenita dejø caer su morralito a cuadros del jardín de infantes y no sabe cómo levantarlo. La otra lleva tres niños a la escuela, los mira con un aire de paz y amor y no se inmuta por nada. El nene mayor es demasiado sobreprotector con la más chica y le dice unas veinte veces que se agarre bien, que se va a caer, pero la madre ve que la nena va firme y la mira con una sonrisa.
Metáforas de las maneras de encarar la vida, pienso, mientras la guarda insiste por teléfono en que su hijo salga ya y se tome un 110, o no va a llegar en hora a clase y el chofer me tortura con "Contrabandista 'e frontera", primero, y con una "rueda rueda de pan y canela, que no haya más niños sin ir a la escuela", después.
Bus temático.
Menos mal que ya me bajo, o termino yo también en una escuela en vez de en el IAVA.
¡Guarda! La próxima...
Crónica con ocho apellidos vascos.
Entré a la sala de cine un minuto pasada la hora fijada para ver la película, mientras estaban dando el primero de una serie interminable de comerciales y adelantos, como siempre. Había planeado encontrarme con un amigo pero como llegué tarde ya no quedamos juntos, aunque al menos conseguí lugar en el último asiento potable de una sala donde las tres primeras filas son impensables si uno no quiere agarrase una tortícolis muy poco funcional para el domingo último de vacaciones de julio (snif).
Para llegar a mi sitio pasé por una parejita de unos veintipico de años: un cabezón de ojos claros y una rubia de pelo largo a la que le pisé un pie sin querer, lo que motivó un escándalo ("¡Ay! ¡Me mató!") más que injustificado, primero porque le pedí disculpas, segundo porque apenas le rocé un dedito, tercero porque no ando de tacos, y mis zapatos son lo bastante amistosos como para no matar a nadie.
Es decir, que ya desde ahí comencé a odiarla. En silencio, pero comencé.
A medida que me acomodaba en la butaca y me iba haciendo consciente de la realidad que me rodeaba fui súbitamente invadida por una confirmación terrible e inexorable: como corresponde a un día de vacaciones, aunque sea al último (vuelvo a decir: snif), aquello estaba lleno de niños. Había niños de cincuenta años, niños de sesenta y un sinnúmero de niños aún mayores, que comían Pop, celebraban ruidosamente los chistes más ingenuos y comentaban en voz alta todas las vicisitudes de los protagonistas, tanto en los trailers como en la película misma que yo deseaba ver en silencio y sin olor a comida alrededor.
La rubia tarada (digo, desde la impunidad que ahora me da la castañidad, y mientras me dure), en especial, resultó ser de lo más molesta durante todo el tiempo que debí soportar obligadamente a su lado. Ya arrancó durante la promoción de una película que a ella se le ocurrió que era protagonizada por Viggo Mortensen, motivo que la llevó a contar vida y obra del mismo, a ver si el cabezón de su novio se sorprendía con su erudición cintematográfica, cosa que así pareció ser, aunque ya sobre el final de la propaganda, cuando el locutor nos gritó a todos que el protagonista era Ed Harris (y no el pobre Viggo, que no podía estar tan veterano ni aún maquillado para la ocasión), no escuché ni un Mea Culpa de parte de ella ni un "le erraste fiero" de parte del novio. Probablemente él ya no la escuchaba desde un principio, y yo traté de hacer lo mismo, aunque evidentemente ella no conocía el significado de la palabra "silencio", ni mucho menos de "concentración" o de "no ser una criatura boba que ríe de todo y se finge emocionada por cualquier trivialidad para impresionar a su pareja o para hacerse la sensible, vaya uno a saber".
La fila de damas entradas en años detrás de mí, por su parte, no se quedaba atrás; comentaba cada fragmento de pensamiento que las imágenes provocaran en sus cerebros domingueros, y festejaba la ocurrencia de cada una de ellas con risotadas sonoras pero patricias, propias de señoras de Pocitos en la película de cada fin de semana con "las chicas"..
Conclusión: cada vez más ansío que llegue el día en que un señor empresario comprenda que es buen negocio poner un cine con cabinas reducidas, para 2, 3 o hasta 4 personas, donde la percepción de la pantalla no se contamine con olores acaramelados, súbitas luminosidades de pantallas inoportunas y comentarios tontos, banales y previsibles, de esos que despiertan en algunas personas al Norman Bates que todos llevamos adentro.
Ah, ¿la película? La película me encantó, por suerte. Por suerte para la rubia, digo, que pudo salir sana y salva, sin imaginar lo cerca que estuvo de una muerte lenta a manos de su circunstancial compañera de fila, o de una buena puteada que le enseñara lo que es la educación en una sala de cine, por lo menos.
El 100 viene repleto nivel sardinazgo infame. Un pelado pasa aplastando a varios para bajarse y pide disculpas aduciendo que todos tenemos unos kilos de más y eso complica las cosas, pero nadie le lleva el apunte. Los bolsos y las carteras pasan alegremente por las caras de los afortunados que venimos con asiento. De vez en cuando el chofer alecciona a los que no se corren al fondo, que hay lugar. Y en medio de esta comprimida realidad adyacente está él, con sus sesenta y pico, sombrero gaucho y voz de viernes. Viene cantando tangos, uno tras otro. No solo la letra, sino también la música: "miñenren ñen ñam netemñetem..."
No termino de definir si es sublime o infumable; por suerte ya llega mi parada.
_Guarda! La próxima!
Pero sigo con él en la cabeza.
Ñeremñenñen...
Socorro.
No hay caso. No puedo zafar de él. Y no es que me persiga, no. Es simplemente que siempre termina a mi lado. Me cambié de costado en el pasillo. Puse un péndex entre él y yo. Me corrí hasta el fondo del 103, y él ahí, a escasos centímetros de mi nariz. El Señor Oloroso. Tiene como 70 años de existencia y unos 43 de no bañarse.
Por una vez en la vida agradezco la poca fineza de mi olfato.
Pero aún así...
Socorro.
Salir de Tres Cruces en plena noche rumbo a un examen en Florida ya es algo bastante inusual en mi vida. Que vayamos a una temperatura de horno mientras afuera el mundo se congela es aún un poco más raro, especialmente en el imprevisible universo paralelo de la CITA. Pero cuando empiezo a escuchar la radio del coche termino de convencerme de que este es un día insólito: The sound of silence en español...¿A quién se le ocurre?
Las voces de... el sileeeencio...
103... El reino donde todo es posible.
Incluso que una chica vaya ahora EN MUSCULOSA mientras yo me muevo por los pasillos cual simpático Michelín de colores.
Diálogos con mi vieja.
_ Ah, no te conté: la hija de Fulana está trabajando.
_ Qué bien, ¿qué hace?
_ Baila en el caño en Punta del Este.
_ ¿Ehhh?
_ Sí, eso... Se cuelga de unos trapos y hacen danzas con otras compañeras.
_ TELAS, Inés, eso se llama telas. El caño es otra cosa.
_ Bueno, eso... Estás igual que mi vecina de al lado que me corrigió la otra vez.
_ ¿Por?
_ Porque me enseñó que acá en la frontera el mate se toma con esta bolsita de tela alrededor de la bombilla, ¿ves? Para que no se tape, porque la yerba brasilera es una porquería. Y después le pregunté dónde se podía comprar una camisinha y me dijo que no anduviera repitiendo eso, que mejor le dijera "bolsita para la bombilla": Todos me corrigen, pero todos me entienden.
El grado de neurosis adictiva de una persona puede medirse según el nivel de estrés al que llega un minuto después de descubrir que se le rompe el cable del cargador de la computadora cuya batería ya ha pasado a mejor vida.
La velocidad de reacomodación y vuelta a los niveles normales de actividad se verifica cuando la misma persona descubre que el cable de la ceibalita funciona en el cargador de la Toshiba, y permite la conexión sin dificultades.
Fueron cinco minutos terribles.
Llegar de Cerro Largo casi a la una de la mañana, abrir el facebook en el que tengo alumnos y encontrarme con dos mensajes de dos diferentes "Edipo Rey"...
La vida del docente es un tanto extraña.
Y maravillosa.
Como todos los martes y jueves, hoy me tocaba ir a dar clases en España. Es un tercero, son un poco chicos pero muy linda gente, cálidos, estudiosos y participativos.
El vuelo salió puntual. Yo iba sentada en la fila de atrás, al fnal de todo, aunque no recuerdo que hubiera muchos pasajeros además del amigo que me acompañaba. Por supuesto que no teníamos cinturón de seguridad ni había azafatas ni comida durante el vuelo ni comunicación con piloto alguno. El despegue se nos pasó sin darnos cuenta, y ya al rato nos acordamos de mirar por la ventanilla. Aún sobrevolábamos Montevideo, pero demasiado al ras del suelo; incluso en cierto momento vi cómo el avión levantaba la nariz para no chocar con un edificio de cuatro pisos, y al rato tomamos por Osvaldo Cruz, la calle de mi abuela. Me preparé para sentir las ruedas tocando el pavimento, pero nada. Seguimos volando. De todos modos la gente no estaba preocupada por nosotros; todos desde el piso (a pocos metros) miraban boquiabiertos a dos muchachos que volaban más allá con una especie de motorcito propio, vestidos con un traje lila lleno de gasas al viento.
Detrás de nuestros asientos había tres enormes bolsas, como de metro y medio de diámetro cada una, cargadas con peluches que yo llevaba a mi grupo, cada uno de los cuales tenía en su interior una computadora del Plan Ceibal que formaba parte de un intercambio cultural con el colegio español. Los peluches eran de tres clases: pandas, osos amarillos y algo indefinido de color lila, y yo pasé todo el viaje pensando cómo iba a darles la noticia y haciendo un relevamiento a ver si tenía el mismo número de peluches de cada tipo.
Ya en el colegio, mientras aún no llegaba mi hora de clase, con mi amigo nos sentamos en una sala de espera. Él se comió una plantilla de un recipiente que alguien había dejado y yo vi a una de mis estudiantes en el patio, que me confió que hoy era el día en que les iban a dar un dron a cada uno. Pobre, pensé, le dice dron a la ceibalita, tiene mucho para aprender todavía.
Estaba lindo esto de ir a otro continente a dar clases.
Y me desperté.