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domingo, 13 de enero de 2013

TÓMATE UNA GRAPPAMIEL CONTIGO MISMO







INTERESANTE

La Avenida Aladino Veiga por las mañanas suele parecer un desierto polvoriento. Un par de autos lentos, algún carro repartiendo leña o garrafas, varios perros eternos y nosotros, los madrugadores de cada día, haciendo los mandados para el desayuno. 
Mi madre siempre repite que hay que ser muy cuidadoso con lo que uno hace el primero de enero, porque estará haciéndolo por el resto del año. Tal vez por eso no me molestó la mañana fresca y ventosa con que comenzamos 2013, y menos cuando la llovizna nos decidió a llegar a la panadería del Tío Pato justo en el momento en el que entraban Interesante y su mujer.
Interesante es un vecino morocho de ojos azules, un par de años mayor que yo, de buen porte aunque con pinta de tímido y por momentos algo encorvado, al que no me provoca ningún conflicto ético mirar ostensiblemente desde el momento en que lo hago desde antes de que “esa” formara parte de su vida. Él fue durante varios veranos la imagen típpica  del solitario que se iba con su libro a la playa más allá del pueblo, o a la paz de La Proa de otros tiempos, hasta que empezamos a verlo acompañado en el rancho de enfrente, tres eneros atrás. Ignoramos todo sobre él salvo que es hermoso, que es lector, que toma sol al mediodía y que es absolutamente incapaz de no mirar para nuestro rancho cada vez que se le presenta la oportunidad de zafar de la órbita de su compañera.
El encuentro en la panadería sirvió para confirmar la existencia de alianzas en sus manos, para verlos como una pareja de personas amables y atentas con las chicas que atienden el comercio, para escuchar mejor la voz grave y agradable de él y para que mi amiga me confirmara que la señora anda necesitando de un asesor de vestuario y estética en general a la brevedad posible.
(No, nunca dije que fuésemos buena gente. Como expresó en Colonia un pésimo cantor ambulante al que no le dimos dinero por torturar nuestros oídos: “¡son tan lindas… pero tan amargas!”)
En el transcurso de estos días se fue estableciendo con el vecino una dinámica de pequeñas complicidades que implicaron el cruce de saludos, sonrisas y gestos cordiales en las calles del pueblo cuando él venía solo de hacer los mandados, a la vez que quedaba de manifiesto que ante los “qué tal” que enunciábamos en caso de venir la pareja (eternamente de la mano, no fuera a ser que Interesante tirara demasiado de la cadena y terminara por romperla) él saludaría con un gesto sin palabras y la respuesta de ella sería un distraído silencio, salvo que la saludadora fuese mi amiga, en cuyo caso sí respondía algo, desganadamente.
Se trata de un juego, y lo sabemos. Un juego que dura unos días por año, que no colide con otros juegos y otros cruces, y que solo puede tener lugar entre la sal y la arena de los ranchos de la costa valicera.
Aunque, no. No es verdad.
En realidad la historia con Interesante aún está por empezar.

LA AVENIDA

Por la tarde la calle principal se va poblando con un puesto al lado del otro, hasta armar el escenario perfecto de seducción para posibles compradores a la vuelta de la playa. Allí se mezclan los pareos y gorros al mejor estilo de Castillos con las artesanías opacas y sin gracia que se venden en los balnearios desde que yo era niña, aunque también hay algunos libros, jugos naturales y hasta tortas fritas y pop, todo entreverado en olores y pregones más o menos encubiertos. El público se compone de una masa tan heterogénea y compacta como los rebaños a la salida del Estadio, que deambula por las cuatro cuadras del centro desde la caída del sol hasta las dos o tres de la mañana sin perder su densidad poblacional ni cambiar sus hábitos perennentemente migratorios.
En uno de esos puestos encuentro un libro que he estado buscando por años: la historia del Francés contada por Pancho, mi ex vecino de las Malvinas. Supe tenerlo y prestarlo pero ya hacía mucho que había decidido volverlo a comprar dado que mis reclamos de devolución amenazaban con caer en el silencio por tiempo indefinido. Volví a leerlo en estos días, especialmente las partes que me tocan de cerca, historias pequeñitas que transcurrieron en mi rancho o que me tienen como personaje secundario y contribuyen a aclarar algunos puntos oscuros de mi propio pasado en el pueblo. Debo ser la única persona que lo ha comprado dos veces, pero vale la pena.
A la caída de la noche la calle principal se vuelve peatonal y van apareciendo clowns, mimos, estatuas y espectáculos circenses de todo tipo y nivel, con respuestas del público que oscilan de la vergüenza ajena que provoca un payaso solitario sin un chiste bueno a la hilaridad ante un adolescente con peluca cantando Staying Alive al mejor estilo Barry Gibb o la admiración pura y franca frente a las cuatro chicas que hacen un espectáculo con fuego que nos deja a todos sin palabras. También hay músicos a cada paso, teatro, y cualquier cosa de la que alguien suponga que puede sacar dinero o prestigio. 
Aquí estoy, mírenme, hago esto, soy diferente, deténganse, apláudanme, denme algo.



Los restaurantes son el único punto de encuentro en este pueblo sin bailes, porque los vecinos votaron para que ningún establecimiento pudiera superar cierto  volumen de sonido (bastante bajo, por cierto), ahogando cualquier intento de abrir un boliche. Nosotros recorrimos las posibilidades de almuerzos, cenas o grappamieles vespertinas, desde La Proa al inefable Rey de la Milanesa, pasando por Doña Bella, Barroco, El Tazú, Notanquetan, Punto G, La Casita del árbol, El Pez de Color, el Yiye, la pizzería del Cholo y el parador de la playa a la bajada del rancho, y solo dejamos fuera de nuestro itinerario al Rabuk, El León y El Chorizo loco, por diversas razones que no vienen al caso.
El tradicional Yiye y El León son centrales en la vida nocturna al contar siempre con espectáculos de música en vivo, y en sus veredas se concentra una enorme multitud compuesta en un noventa y ocho por ciento de veinteañeros, la mitad con botella de cerveza, caja de vino Santa Teresa o bidón recortado con sangría o caipirinha para tomar en vaso descartable, en el propio recipiente o hasta en taza. Todo vale en la oscuridad de Valizas. A la mañana  se ven los restos de la noche en formas difusas que duermen en la arena, la plaza o las veredas. Nosotros damos unas vueltas, oímos música o tomamos algo en el patio mágico de La Casita del Árbol antes de volver al rancho. No está bueno eternizarse en un mundo de masas humanas donde no se ve a quién se cruza. 
Tal vez los únicos hombres de nuestra edad son los dueños de los boliches, pocos de los cuales resisten una segunda mirada. Uno opina que cada año estamos más lindas. Otro (supuesto propietario del hostel con menos onda de Valizas) quiere hacerse el interesante y no le sale. Hay un morocho que viene como siempre a charlar pero no logra gran cosa y un canoso que se deshace en sonrisas mientras nos sigue cobrando a cien pesos la medida de Baileys, sin contar un veterano que  compite conmigo en la búsqueda de fósiles y se empeña en gritarnos desde una silla de afuera del local las bondades de su carta de comidas. El de la parrilla resulta ser el único hombre mirable de la noche valicera, aunque este sí que está concentrado en su trabajo y no registra más presencia femenina que la de la moza que suponemos que es su compañera.

El 581
Por el rancho pasamos estos días cinco personas. Yo llegué el 29 de diciembre al amanecer, Roxana a la tardecita, Francisco a la noche siguiente, Claudio el 3 y Valeria el 7.
Claudio y Francisco, amigos de Roxana a los que yo prácticamente no había visto nunca, resultaron ser un encanto. Por momentos casi olvidábamos que se trataba de dos personas y no una, porque no solo tenían gustos e intereses muy similares sino que compartían igual sonido de llamada en el celular y hasta andaban leyendo el mismo libro: “Tómate un café contigo mismo”, de un tal Dressell, autor del no menos célebre título de “Yo te manipulo ¿y tú qué haces?”, que nos valió horas de bromas fáciles propias de cerebros de vacaciones.
Francisco había llevado al rancho todo lo que encontró con aspecto de comestible en su casa, desde un budín hasta frutas, vino y un par de latas de sardinas. Roxana y yo no dimos crédito a nuestros ojos cuando una tarde lo vimos prepararse un soberbio refuerzo de pan, mermelada de arándanos y mortadela, pero él muy serio argumentó que no entendíamos nada y que lo suyo era lo agridulce.
Claudio, por su parte, pareció quererme, al menos hasta la noche en que lo conminé a darme el resto de su presa de pollo para alimentar al Lupo, un perro peludito adorable que me imploró comida sin saber de mi condición de vegetariana, aunque yo creo que él ya había terminado de cenar y solo se queja para ver si en un futuro la culpa me lleva a pagarle una cena por tierras montevideanas.


Claudio y Francisco fueron en esos días como los hermanos menores que nunca tuve. Por las dudas Roxana y yo preferimos no acompañarlos en las noches valiceras ni preguntamos detalles de sus posibles depredaciones, pero compartimos el mega recital de la cancha que cerró con los inefables 4 Pesos de Propina. Alguna madrugada nos encontró a todos bailando a Gilda en la arena de la playa bajo las luces estroboscópicas del parador que convertían en surrealistas los fragmentos movedizos de humanos y caninos bañados en luna y alcohol.
Los últimos dos días los pasamos con Valeria, en su primera salida de Montevideo con amigas desde los veinte años. Si haría tiempo que no incursionaba por estas latitudes que antes de salir me preguntó si a Valizas se llegaba en camión.
Valeria se nos reveló como la mayor amante del agua de todos los habitantes del rancho, tanto en lo que respecta a los baños de mar como a la ingesta del líquido elemento. La llevamos de caminata por Malvinas y por la Ensenada y también se terminó enamorando de Valizas. Solo le preocuparon unos ruiditos en el techo del rancho por la noche pero la convencimos de que serían golondrinas y acabó por dormirse; de los murciélagos ni hablamos, por las dudas. Ella fue la que logró arrancarnos de la vagancia de comer en restaurantes y hacernos cocinar, e incluso con Roxana armaron fuego en el parrillero, lo que se venía haciendo esperar desde el año pasado, para asar unos chorizos y provolones que pronto fueron  alabados y degustados.
Este año no vimos ni una víbora; el único bicho salvaje que pasó por el vecindario fue un gato amarillo enorme que andaba detrás de la gata de mi ex practicante Silvia, en el rancho del costado. Hemos tenido que cambiar el camino de entrada desde el momento en que el que usamos habitualmente estuvo todo el tiempo inundado, lo que nos llevó a tener que pasar sí o sí por la puerta de Interesante cada vez que íbamos al pueblo. 
Qué problema, ¿no?

LO PRINCIPAL…
La playa estuvo la mayor parte del tiempo amplia y con bajante. La excepción se dio una mañana en que el arroyo enloqueció y se fue a pasear por el costado de los ranchos, pasándole a pocos metros a algunos, cuyos dueños se abrazaban consternados al levantarse con el sonido del agua casi a sus pies. Ese día prácticamente desapareció la frontera entre mar y arroyo; la caseta de salvavidas quedó sobre un espejo de agua de veinte centímetros y las olas barrían la cuadra de playa como si fuera cosa de todos los días esta invasión del mar y de la espuma.
A la mañana siguiente ya todo había vuelto a sus cauces correspondientes con la habitual celeridad que ya no me sorprende.


Hace muchos años que las Malvinas son mi coto de caza de fósiles, y allí pasé la mayor parte de las horas de playa de cada día, sin encontrar nada inolvidable. Algunos huesos, placas de gliptodonte, unos clavos enormes y oxidados de viejos naufragios, lo habitual. 
A veces me ponía a pensar que el veterano del boliche que todas las mañanas me cruzaba por las dunas me primereaba cualquier posible hallazgo, aunque pronto quedó claro que él es bastante poco selectivo y arrasa con todo, desde caracoles a piedras, huesos, lo que venga, con su eterna bolsa de plastillera anaranjada. Un día le pregunté qué juntaba y ya no me lo despegué más. Agradable, el veterano. Me dio algunos piques sobre cuándo y cómo se encuentran las mejores piezas, me dijo que él ha llegado a la ensenada de La Viuda caminando (cosa que no acredito del todo) y me regaló una pieza de gliptodonte, de las que según él tiene más de mil en su casa. Me invitó a ella prometiendo nuevos presentes amistosos pero por las dudas preferí continuar con mis propias búsquedas. Una nunca sabe cuáles son las fronteras entre camaradería y romance en este pueblo donde todo es o al menos parece ser posible.
Algo similar pasó con un conocido de otras épocas que charló varias veces conmigo en la playa, ocasiones en las que según Roxana aprovechaba su escasa estatura para hacer un análisis exhaustivo de la parte de mi anatomía que le quedaba frente a sus ojos.
Un día me saludó en el pueblo un canoso de ojos claros totalmente desconocido, y lo hizo con tanta simpatía que yo ya me estaba empezando a auto flagelar por olvidarme de las personas, cuando me preguntó si ese año yo seguía trabajando en la playa, lo que me hizo caer en la cuenta de algo maravilloso: no era a mí a quien conocía, sino a la salvavidas de la entrada principal. No está mal ser confundida con una veinteañera, ¿eh? Y de verdad que algo parecido tenemos ella y yo: la altura, la nariz, el cabello. Tuve ganas de hablarle a la chica y decirle que yo era su futuro pero al final no encaré, por las dudas.
Volviendo a la playa, las Malvinas son por definición solitarias, y eso es parte de su encanto. De todos modos nunca se está del todo solo en enero, pero uno tiene tiempo de sobra para pensar, cantar, definir su futuro y tomar resoluciones de Año Nuevo entre fósil y fósil. Hay también trabajo para hacer, bajo la forma de mariposas, langostas o cascarudos que se entierran en la arena húmeda y son presa fácil de los odiosos pulgones de la arena. Urge sacarlos, quitarle los parásitos, si los hubiera, y depositar al bicho en la parte seca de la duna, de preferencia en alguna planta, lejos de las hormigas, a fin de facilitar su recuperación. A veces entre la fauna humana se cruza algún representante de la majuga valicera, vulgo reventado, pero no se meten con nadie. Puede suceder que una vea a un Adonis solitario leyendo en la terraza de un rancho y recién al pasar cerca y recibir un saludo termine por darse cuenta de que se trata de un amigo al que los años no han hecho sino mejorar. O encontrar compañeros de trabajo, o de Bellas Artes, y hasta alumnos. Todos andamos por la playa flotando, respirando, siendo.
Un par de veces cruzamos el arroyo en bote por la módica suma de treinta pesos ida y vuelta para ir a las playas del otro lado, zona de algas, anémonas y precipicios. La primera de esas excursiones me llevó hacia un grupo de gente que miraba algo a la orilla del agua: una enorme tortuga gris, cabezona y con aire indefenso, que parecía aceptar cualquier ayuda que los humanos pudieran brindarle. El tema es que los humanos no sabíamos bien qué hacer o a quién solicitar intervención, hasta que varias llamadas y mensajes mediante logré contactar a alguien de Karumbé y vinieron a buscarla. Tenía la caparazón llena de algas y esas cosas oscuras que se les pegan a los viejos tras mucho andar por el fondo del mar; lamenté no tener mi cámara cuando dos hombres se la llevaban montada en una tabla de sandboard hasta el otro lado del arroyo.


La siguiente excursión a la Ensenada significó mi encuentro con lo que andaba buscando desde el principio: un yacimiento. En una extensión de unos seis metros de piedras y huesos varios encontré suficientes placas de gliptodontes y caracoles fosilizados como para quedar conforme por el resto del verano. En cierto momento tres jóvenes imberbes intentaron robar parte del tesoro y se pusieron también a revisar el territorio pero por suerte captaron mi aire de propietaria y se alejaron disimulando, como si caminar por allí hubiese sido su único objetivo desde el principio. Principiantes.







HORIZONTE

Volveré a Valizas tan pronto como pueda, qué duda cabe.
Por ahora ando tratando de convencer a Irene de que me venda el 581 pero ella me desanima con inútiles argumentos de mar y crecidas, sin pensar que me especializo en comprar ranchos de efímera duración para ir armando mi propia mitología personal basada en el concepto del ubi sunt…
De aquí soy, y aquí me quedo. Aunque mis pies caminen por el cemento y mi nariz respire olor a ómnibus de Cutcsa, yo sigo recorriendo las Malvinas, tomando una grappamiel en el Yiye y charlando con mis amigos del pueblo.
Este es mi lugar en el mundo; lo ha sido y lo será por siempre. El resto no pasa de ser un vulgar asunto de papeles, y los papeles no pesan cuando el corazón toma las riendas y decide plantar bandera.







martes, 25 de diciembre de 2012

Indecisión







Corrió todo lo que pudo. Sintió que el aire la abandonaba pero no paró hasta traspasar la puerta y cerrarla a sus espaldas. Ahora el peligro quedaba del otro lado. Miró las paredes del muro y concluyó que resistirían; no había fisuras ni zonas de fragilidad; veinte siglos no llegarían a desgastarlas. Estaba a salvo.
                Al principio escuchó atentamente hasta que confirmó que la puerta no iba a abrirse. Suspiró aliviada. La ventana entre ambos lados era pequeña, y ni manos ni miradas iban a atravesarla.
                Levantó la cabeza y comenzó a ver las construcciones a su alrededor. Recorrió jugueterías, parques de diversiones, cementerios y museos, hasta que el aburrimiento y los bostezos le empañaron la visión y se sentó sobre la hierba, donde de inmediato un impulso la llevó a levantarse. Pegó la oreja al muro; oyó puertas y ventanas abriéndose y volviendo a cerrarse a velocidad de miedo. Nada sorprendente, en todo caso, siempre era así del otro lado. Un mundo de vértigo y cambios, una carrera furiosa. Se apartó con desgano.
Tal vez le hubiera gustado animarse a seguir ahí.
Volvió a sentarse en la hierba y se quedó mirando la pared.
Que el Universo decida, se dijo al fin. Yo no puedo.
Y apagó la computadora.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Avenida Océano Atlántico, 832 (Capítulo 15)




Era ya febrero cuando retornamos al 832 Mónica, la Pacha y yo, en un día lluvioso. Esa noche fuimos al pueblo, donde un Apolo vernáculo cantaba como los dioses (“¡Ay, amor! Sin ti no entiendo el despertar...”), y a las tres de la mañana terminaron ellas comiendo polenta con queso en el rancho mientras yo entonaba canciones de Serrat subida a un banco junto a la mesada. Al otro día la lluvia seguía y sobre la tardecita me quedé sola, aunque ya los miedos estaban un poco domesticados y resistí la soledad sin mayores problemas.

Días después volvió la Pacha, con un chileno de lo más simpático. Después de una ardua labor de convencimiento en Montevideo ella había logrado que el Cali nos diera las llaves de su rancho en el Cabo, para donde partimos después del almuerzo. Había por entonces en él una sola habitación que hacía las veces de todo, con el confort más espartano, y ni siquiera tenía baño, es decir que uno debía ir al boliche más cercano o confiar en la oscuridad de la noche.
Hicimos playa en la Sur, al anochecer dormimos en unas colchonetas y en medio de la madrugada el silencio fue quebrado por un grito del chileno:
_ ¿Yo qué estoy haciendo acá?
Fue suficiente para despertar a la tropa, que terminó oyendo unos tambores en La Taberna del Lobo, como siempre.


A la vuelta en el 832 había varios amigos ya instalados, por aquello de que la llave quedaba a mano. Era el primer sábado de Carnaval y medio mundo acudía a su cita con Valizas o con el Cabo. Por la tarde llegó Laura con vituallas de Montevideo, porque el día siguiente era su cumpleaños y la madre la mandó bien pertrechada de comida, y también Adriana, quien tuvo a bien acompañarme a comprar bizcochos integrales a la panadería del Nórdico. No estaba él pero sí el otro rubio, uno alto y hermoso, con enormes ojos azules. Ya habíamos charlado alguna que otra cosa pero de noche nunca se lo veía, porque el agite no era lo suyo. Lo cierto es que los famosos bizcochos integrales le estaban cayendo pesadísimos a mi estómago, habituado a las galletitas brasileras rellenas de chocolate, pero una a veces tiene que sacrificarse en aras de intereses más elevados que el simple bienestar digestivo.


Esa semana hubo un par de días de sol y tranquilidad en el rancho, antes que un elemento distorsionador de la paz hiciera su aparición: el Pictionary, que nos entretuvo muchas horas, hasta que ardió Troya. Fue lo de siempre; se hace algo que otro cree que es trampa, empezamos con “¡no podés hacer eso!”, “a mí vos no me gritás”, “y vos no me chorriés”, cosas por el estilo. Me fui dando un portazo. Claro que no había llegado a pisar la orilla cuando me puse a reír, aunque no di vuelta en seguida porque la playa estaba preciosa, con millones de cosas para juntar. Demoré media hora en volver y entrar de cara larga, sin decir una palabra y ponerme a hacer el bolso para volver a Montevideo, onda las odio a todas, me voy. Pero soy una inútil, y a los diez segundos me fui del personaje.


El lunes por la noche salimos Adriana y yo, dejando a las hermanas sumidas en un dulce sueño. Oímos música en vivo en Malucos y encontramos un compañero del taller de escultura símil Nicolas Cage, autor de interesantes piezas de hierro. Con él fuimos hasta el Gaucho, donde descubrí que entre toneladas de polvo y en medio de un infierno de calor estaban todos los hombres interesantes del pueblo, incluyendo al de los bizcochos integrales, con quien me quedé largo rato afuera. Estaba abstraída del mundo a tal punto que ni cuenta me di cuando alguien descolgó del palo del techo mi precioso bucito Hering de color azul Francia y se lo llevó. Dios mío, ¿otra vez? Otra vez robada en el Gaucho. Igual no fue tan terrible; era un buzo viejo, solo que yo lo adoraba. Él me prestó su campera, y al día siguiente inventamos con Adriana que al ver que alguien se había robado mi buzo nos habíamos cobrado con el primer abrigo que encontramos. Lo preocupante fue que no solo nadie del rancho nos criticó sino que la única sorpresa fue que nos hubiéramos animado a hacerlo.

Hubo un recambio turístico, se fueron los que estaban, la Pacha y la Pato aparecieron de la nada, y también Carmen, compañera de la Escuela que venía por primera vez al Subliminal, el rancho de alta rotatividad. En cierto momento incluso pareció que teníamos un fantasma invitado, porque mientras Carmen estaba en el baño alguien le golpeó la puerta y no fue ninguna de nosotras, que estábamos adentro charlando. Nadie pudo convencerla de que no había sido una broma. Algunas empezamos a mirar para afuera con desconfianza. A eso de las ocho y pico me tiré hasta la panadería a devolverle la campera al muchacho pero no lo encontré hasta más tarde, cuando hablamos dos minutos, él se fue a acostar temprano y yo me quedé en el Gaucho tomando tres grappamiel al hilo y pensando que este, evidentemente, no era mi verano.


Poco a poco empecé a notar que ese hombre era tan lindo como complicado. Tenía 32 años y hacía tres que vivía solo en un rancho. Había tenido su época de consumo descontrolado, había pasado por un período de fervor religioso que lo llevó a ser de los constructores de la iglesia del pueblo, había sido granjero en Francia y panadero en Valizas. Era de esos seres que a todo le dan mil vueltas, que construyen o destruyen su mundo con palabras. Lástima que yo andaba solamente buscando un poco de feliz simplicidad veraniega.



A la noche siguiente no tenía ganas de salir y me quedé sola en el rancho, leyendo. Ya era de madrugada y me había dormido cuando alguien golpeó la puerta del fondo. Casi muero del susto; pensé que era el fantasma del día anterior. De todos modos saqué fuerzas de flaqueza, las suficientes como para preguntar:
_ ¿Quién es?
_ El asesino misterioso -me respondió una voz conocida, que me volvió el alma al cuerpo. 
Era el Correcaminos. Venía a avisarnos que su rancho había sido robado, seguramente por un loco que andaba suelto en el pueblo por esos días, porque el hecho era extraño. Alguien había tirado todos sus cassettes a la arena del frente, le había roto algunas cosas, pero no se llevó la plata que estaba a la vista. Ahí entendí quién había golpeado la puerta del baño a Carmen y me di cuenta de que ni loca me quedaba sola en el rancho. Como mi amigo se dirigía al pueblo a hacer la denuncia fui con él hasta el centro, donde me encontré con el resto de las Subliminales.


Después supe otras cosas del pobre loco de Valizas. Se decía que estaba escapado de un psiquiátrico y que los médicos lo habían andado buscando, mientras él alegremente se paseaba por la playa vestido con una pañoleta y la parte de arriba de una biquini. Había robado un tarro enorme de basura a la entrada de la playa para ir metiendo en su interior las propiedades de los bañistas que encontraba sobre en la arena: championes, lentes, bronceadores. Un día golpeó la puerta a Elimay a las seis de la mañana para pedirle un poco de leche para el botija (?) porque la vaca (?) se había despertado seca ese día y no daba nada. Nunca supe qué fue de él.


En cuanto al muchacho de la panadería, la cosa no tenía remedio. Hubo un par de encuentros y desencuentros, pero ahí faltaba piel y faltaba sangre. Y se terminó.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Cuento de la selva








El hombre pisó el freno tan fuerte como pudo ante el joven que cruzaba la calle concentrado en su celular, y en seguida sintió el golpe en la delantera del auto. Una niebla espesa lo envolvió por un segundo.
_ ¿Está bien, señor? Disculpe, no lo vi… _ dijo el muchacho, asomando por el agujero del parabrisas.
El hombre tuvo tiempo apenas para comprender que en su brusca maniobra había chocado contra una columna, y volvió a desmayarse.

La mujer había sentido el frenazo desde el patio del fondo, y supo lo que pasó sin necesidad de verlo. Salió corriendo a la esquina donde su hijo acababa de bajarse del ómnibus, y su grito terminó de despertar al hombre que parecía dormir sobre el volante. Él bajó del auto a los tropezones y esperó unos segundos hasta que el mundo dejara de girar. No había columna a la vista. Solo un bulto confuso debajo del auto y un desconocido que lo tomaba del hombro y lo alejaba con firmeza.
_ Mejor no mire, amigo. Ya no hay caso.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Avenida Océano Atlántico, 832 (capítulo 14)





Una tarde, mientras paseaba por la playa con Cachirulo (nuevo perro temporal), divisé algo que llamó mi atención en un desvencijado rancho de las Malvinas, no muy lejos del mío. Tapando su pozo de agua estaba ni más ni menos que mi adorado acolchado verde, que había sido robado el año anterior. No había nadie en el lugar, así que lo saqué de ahí y me lo llevé a mi rancho. De camino le pregunté al muchacho de Contra Viento y Marea si sabía de quién era esa precaria construcción, y me dijo quién la había estado habitando últimamente: era Sarah Kay, la ladrona con aire angelical.
Llegué al 832 por el fondo, alborozada con la recuperación del acolchado, un poco sucio pero intacto.
_ ¡Horacio! ¡Mirá lo que encontré!_ le grité a mi amigo que descansaba sobre la arena, cerca del pozo.
Como no me dio mucho corte ("ah, qué bueno...") entré a contarle a Gabriel, a ver si lo conmovía un poco más mi historia. Ahí apareció Horacio, rojo como un tomate: había estado tomando sol desnudo, aunque yo, con la alegría del momento, ni me había dado cuenta.


Esa exposición en el fondo tuvo otras consecuencias para Horacio: cuando volvió a Montevideo se llevó consigo seis hermosos gusanitos de esos que dejan en la piel las moscas de Rocha, lo que hizo que se pasara contando que estaba embarazado, que era responsable de varias vidas en gestación y otras cosas igual de agradables.


El tercer día del año dormía yo feliz por la mañana cuando en medio de mis sueños confusamente fueron apareciendo la voz y la cara de Gabriel, que me hablaba no sé de qué cosas raras, hasta que desperté.
_ Che, Mariela, ¿vos no tenías un pozo de agua en el fondo?
_ Msé. ¿Eh?
_ Bueno, quería decirte que no lo tenés más. Lo tapó la duna.
_ Desapareció -clarificó las cosas Horacio- Se fue.
Me pareció que el día de los inocentes había pasado hace ya mucho, pero igual fui a ver qué broma habían tramado él y su amigote.
Pero no había broma. Ni pozo.
En una noche las dunas alrededor del rancho habían cambiado completamente de fisonomía. Junto a La Balconada se formó un gran declive, una depresión nueva del terreno. La arena que antes estaba allí ahora se amontonaba sobre el camino de tablas y el cadáver de mi pozo, cuya hilera superior de bloques apenas sobresalía del suelo. En su interior la cuerda azul y negra estaba enterrada en la arena, y del balde de latón cuatro metros más abajo, ni noticias. La duna se lo había devorado.
Como compensación la ventisca nos dejó muchos metros de arena limpia, suelta, un placer para caminar, tirarse al sol o incluso deslizarse en tabla por la bajadita, pero la rapidez del cambio nos hizo reflexionar sobre las posibilidades de supervivencia del 832 en este mundo de bases tan móviles como el viento.


Difícil, pero no imposible, fue la opinión de San Correcaminos cuando lo vio, pero luego lo examinó mejor y concluyó que sí, que era imposible. Hubiera resultado inútil intentar rescatarlo de su lecho de arena y había que hacer uno nuevo, tal vez más lejos del rancho, cerca del monte. Según él es muy fácil hallar agua en esta parte de Valizas, casi cualquier lugar sirve para pozo, así que lo mejor sería elegir un sitio que no estuviera muy cerca de la zona de corrimiento de las dunas.


Sandra llegó ese mediodía, y pronto la pusimos en antecedentes de las novedades del día y los problemas que se nos venían a ella y a mí, ya que Horacio y Gabriel pronto huyeron rumbo al Cabo, en su eterna búsqueda del agua y de las mujeres hermosas que dicen no encontrar en Valizas.


Al principio no nos preocupamos gran cosa. Pasamos el día en vueltas, decidiendo qué hacer, encargando los caños y esos menesteres. Siempre comprábamos agua para beber desde que yo me había enfermado y una jornada sin bañarse no le hace mal a nadie, pero el proceso de hacer un pozo es largo, así que al día siguiente tuvimos que buscar el líquido elemento necesario para la higiene por otro lado. Primero hicimos una recorrida evaluatoria por los ranchos vecinos. La Pajarera no contaba, ya que compartíamos la misma fuente de agua. La Balconada tenía su pozo seco. Contra Viento y Marea nos ofreció agua, pero no los conocíamos mucho y optamos por no aceptar. Terminamos en el rancho del Correcaminos, donde “no sale agua, sino Agua Salus”, según él. Ahí el pozo estaba bárbaro, pero tuvimos que luchar como media hora pues no teníamos embudo para pasar el líquido del balde al bidón y perdimos mucho más de lo que conservamos. Aquello era demasiado complicado y además nos quedaba lejos; había que encarar otro camino. El camino a Aguas Dulces.


Una vez allí, buscamos a varios conocidos que tenían rancho, pero la única persona que encontramos andaba con el mismo problema que nosotras. Yo ya estaba mirando con cariño una canilla en plena Gorlerito cuando se nos ocurrió lo de ir a bañarnos a un bar. Entramos al más grande, desierto a las cuatro de la tarde de un precioso día de sol, pedimos dos cafés y disimuladamente pasamos de a una al baño a realizar un rápido aseo y lavado de pelo. Un par de señoras nos miraron con cara rara al encontrarnos enjabonadas y en biquini, pero se ve que no dijeron nada, ya que nadie vino a echarnos del toilette. Al otro día estrenamos nuevo pozo. No dará Agua Salus y queda como diez metros más alejado, pero está bueno. 

Con el agua volvieron también los hombres del rancho, que mucha suerte en el Cabo no habían tenido.


Pronto partieron a Montevideo Gabriel y Horacio y quedamos solas Sandra y yo, entre rojas lunas llenas y partidos de conga. Una tarde caminamos de nuevo hasta Aguas Dulces. Volvimos justo a tiempo para ver cómo tres gurises encontraban una preciosa boya verde de vidrio, al lado mismo de donde habíamos pasado sin verla, y la llevaban hasta Valizas a patadas por la playa, generándonos vívidas imágenes de un posible triple adolescenticidio.
Un par de días después estábamos en la terminal, esperando por el Rutas del Sol de las siete de la tarde a Montevideo.

martes, 4 de diciembre de 2012

ELLOS





Hace una pausa que de ninguna manera puede ser casual, se retira el pelo de la cara, clava en mí los hermosos ojos y comienza a derramar su voz de locutor en mis oídos. Él es un sabio, un luchador comprometido con todas las nobles causas que sobre el planeta han sido, son y serán, un apóstol de la vida sana y el amor al prójimo. Qué sería de todos nosotros sin su labor en favor de la humanidad, me pregunto. Una débil vocecita interior me reprocha por haber sido tan fácil de deslumbrar a los veinte años, pero se calla enseguida, mientras dejo que las palabras me resbalen por la piel y terminen cayendo sobre la cabeza de mi gata, dormida y feliz ante el arrullo de tan dulces sonidos.

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            Me llama a las horas más dispares. Pretexta una eterna amistad en la que ni él mismo cree. Me invita a un boliche, a su casa, a reuniones con viejos amigos, al Este, a una estufa a leña en invierno y a un olor a mar en verano. Jura y perjura estar limpio de todo, un rato antes de caer en brazos del proveedor de turno y emerger de él desorbitado y despierto. Por temporadas mi amistad parece ser importante y luego se instalan pozos de silencio. Llevamos una vida de conocernos, lo suficiente como para que sepamos que de aquí no vamos a pasar. Lo demás es juego y solo juego.
Comienzo a pensar que es el hermano que nunca he tenido.

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            Su casa es más desordenada que la mía en sus peores momentos. Su vida, otro tanto. Del bolsillo del abrigo le asoma el último autito de colección que ha comprado para su hijo; tiene la gracia inmediata de los seres inteligentes y una simpatía capaz de poner a prueba cualquier distancia. Es un peluche que funciona a líneas y a alcohol. Se hace pasado sin haber llegado a ser presente.

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            Soy su fruto prohibido.
            Sabe que conmigo no.
            Pero.
            Pero.

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            Me lo cruzo en un cine y agradezco en el alma no tenerlo cerca. Camino detrás de él, miro su cabello encanecido y siento su perfume. Yo sabía que los años no iban a hacer más que mejorarlo; qué otra cosa hubieran hecho. Le debo más horas que a nadie en el polvoriento trámite de la búsqueda del olvido y por nada del mundo volvería a poner un pie cerca de sus pasos. Tantas horas pendientes de un teléfono. Tantos días de charla cada vez. El desafío de las palabras, la fiesta de la piel.
Salgo del cine y respiro aliviada. Ya no está en mi vida, y el mundo sigue andando.

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            Y está el que vive en la pantalla.
            El que insiste demasiado.
            El que no se anima.
            El que habita un universo paralelo.
            El peor amante.
            El invisible.
   El que carga con todas las manías que en el mundo han sido.
   El que no sé puede ser tal vez pero para qué.
   Todos caminando al filo de una telaraña con los hilos rotos, mirando sin querer ver, girando en las direcciones equivocadas.
No somos más que lo mismo.
Hojas, espuma, arena, hormiguitas, palabras, letras. Polvo. Nada.
Cuando termino de escribir y trato de desperezarme el cuello se me llena de crujidos. Es tiempo de hacer.
Afuera ha salido el sol y la vida está esperando.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La señorita Rosario




Estuvo todo el día trabajando con gurises complicados y sin embargo está conmigo en medio de una multitud de veinteañeros, oyendo al Cuarteto de Nos y divirtiéndose de lo lindo. No recuerdo cuántos años tiene, pero varios más que yo seguro. Fue mi maestra en los últimos tres años de la escuela y hoy es mi amiga.
Mi amiga.
Se me llena la cara de orgullo y me brilla el alma cuando lo digo.

Conocí a Rosario en alguna reunión familiar en casa de tía Marina; una más de las innumerables primas de mi vieja, todas más o menos parecidas a simple vista. Años después ella me lo recordó, cuando empecé las clases en cuarto año y vi que la “señorita” que me había tocado era una petisa muy joven, de pelo negro y sonrisa imborrable. A partir de ahí y hasta que dejé la Escuela 55 desapareció mi nombre de la memoria de algunos de los compañeros y pasé a ser “la primita”. No importaba que fuéramos parientes lejanísimas y que yo ni la ubicara de antes; era la primita de la maestra y hubo que asumirlo.
Fue complicada la 55. 800 niños de Jardines del Hipódromo no son moco de pavo. Había que andar con mucho ojo en los recreos, escapar heroicamente de las proposiciones a peleas cotidianas, estar siempre atento a no acercarse demasiado a la cabeza de nadie, evitar el campito del fondo y tener siempre a alguna maestra cerca, por las dudas. Para ellas también la 55 era difícil pero por diferente motivo. Años después me enteré de que la directora insoportable que nos tenía aterrorizados con sus gritos y rezongos era además la espada de Damocles sobre las cabezas varias maestras. Era bravo ser de las personas que se animaban a pensar por su cuenta en esa década del 70 donde las repentinas ausencias de algunos adultos no resultaban nada fáciles de explicar a los niños que preguntaban por ellos.

            Con los años (y no por casualidad) terminé siendo docente. Con Rosario nos seguimos viendo de vez en cuando en encuentros casuales en un ómnibus, en un velorio o en visitas espaciadas. Fui como payasa a animar el cumpleaños de alguno de sus tres hijos, tuve como alumna a la del medio cuando se me ocurrió estudiar Idioma Español, trabajé en el liceo pegado a la escuela de la cual fue Secretaria mucho tiempo, hasta que la Curva de Maroñas no le pareció lo suficientemente complicada y se fue para el Borro, con lo que comenzamos a cruzarnos menos. Una vez le robé varias fotos de mis grupos de la escuela y nunca se las devolví. Por años le copié la letra, que después terminé deformando hasta llegar al horror difícilmente inteligible del presente. De todos modos, ese fue un problema menor cuando llegaron los mails y la comunicación entre nosotras empezó a reflotarse con mayor asiduidad.

            Hoy, que somos adultas y hemos pasado por algunas experiencias de vida similares, podemos charlar de todo a calzón quitado y descubro que no solo su luz sigue estando alrededor de mis pasos sino que los años no le han dejado ni la menor fisura. Lejos del carácter amargo o ácido de seres menos luminosos, lejos de la bondad bobalicona y sin fundamento de otros, lejos de las aspiraciones a lo confortable y tranquilo de la mayoría de nosotros, los mortales, ella opta por trabajar con los chiquilines de la Berro, por organizarles inolvidables fiestas de fin de año y sacar lo mejor de cada uno, tal como hacía con nosotros, los hijos de los trabajadores de la 55.

            La cerveza y la grappamiel en La Tortuguita duran mucho menos que la charla y las risas. Tenemos en común una familia, un pasado, una vocación. Hablo con ella de Melo o de la Berro y se me cruzan imágenes de bancos, pizarrones y tubos de ensayo, de la colecta cada mes para pagarle a la viejita que hacía las copias a mimeógrafo, del hijo de la directora con el que todas moríamos unánimemente en sexto año, del paseo a Lavalleja, del día en que mi prima Elizabeth me dejó un ojo negro sin querer jugando a las escondidas y tuve que pasar toda la tarde en la Dirección, de mi viejo yendo a llevarme y traerme cada día, de los odiados dos timbres al final del recreo, de mi eterno resfriado de toda la infancia y de mi inseparable amiga Mirian, la gordita.

            El 103, como siempre, viene apenas llegamos a la parada. Nos despedimos con una promesa de pronto reencuentro que sabemos que no se queda en palabras.

            Llego a mi casa flotando, y les cuento a mis gatas la verdad: que el 5 de oro lo saqué a los 9 años, cuando entré a cuarto de escuela y me tocó con la señorita Rosario.