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domingo, 6 de agosto de 2017

Agosto 2017






"Buenos días, señoras y señores. Con el mayor respeto y sin el menor interés en molestar paso a ofrecerles la mejor gomita americana..."
¡Ah, el vendedor de bus clásico! Correcto, claro, sin chistes ni vueltas, que no me canta, no me hace una arenga política, social o religiosa, ni apela a un posible futuro delictivo por su parte si no le compro. 
Decí que no consumo gomitas, que si no... 

Que si no no se hubiera bajado del bus sin vender nada, pobre vendedor clásico de bus. Creo que nadie lo registró; solo compartió una parada con nosotros. Capaz que si hacía alguna payasada dejaba de ser invisible. No sé. Pobre.






Salgo de casa esperando que el cielo se venga abajo y me reciben el sol y el azul. Un 103 semivacío pasa al momento, y llego al liceo quince minutos antes. La máquina del café ya está andando. Me meto a internet y leo de un hombre que rifó su camioneta para pagar la operación de su esposa y el ganador no quiso aceptar el premio. La mujer salió bien. Un miércoles que arranca con todo el brillo. Carpe diem. Y saludos a Inumet.






Cuando sorpresivamente después de meses y meses sube al bondi el morocho rapero decidís compartir algo que te distraiga y te ponés a tipear mientras recorre los asientos exigiendo atención: "mirándome a mí.. ¡biennn!!"
Si tú no eres usuario de la línea A del STM lo lamento por ti, estimado, pero no vas a poder escuchar su tono de voz ni a recrear en tu cabeza verso por verso su tema hit y único, el que habla de la higuera que no da higos y de la chica sin padre que cayó en manos de la pasta base. Sí, ese digo, el de siempre. 
Baja del 103 y se ve que el chofer le comenta algo, quizá que está más tranquilo, porque se ríe y contesta:
_ Sí, soy yo. Estoy más lindo, más blanco, pero soy yo, jaja! 
Y se va. 
Está más tranquilo, es verdad, mucho más. Aún es molesto y repetitivo, pero ya no parece desquiciado. O largó algo o está metido en un amor, una terapia o una religión. No nos gritó ni nada. Me alegro por él. Y por todos nosotros.




Una está de lo más tranquila trabajando en su casa y de pronto el cielo se oscurece y se instala un silencio tenso en la naturaleza, hasta que un trueno (lejano, por ahora) lo interrumpe. Es como que la noche apareciera a las once de la mañana y se adueñara del resto del día. 
Una estaba ayer de lo más tranquila viendo una serie por la noche, cuando el ruido del granizo se apoderó del patio y hubo que mirar asombrada cómo iban apareciendo una a una centenares de piedras de hielo en el patio. 
Una puede estar en un liceo, en un cine, en donde sea que no se llueva, pero cuando afuera se pone a diluviar y el ruido del chaparrón se hace intenso de veras una no puede menos que sentir como que el corazón se arruga un poquito y cierta inquietud se instala en el alma hasta que la cosa amaina y vuelve a los niveles normales.

Una es un bichito. Como todos.





No, no, no, no. 
El problema no es que llegaras hoy al liceo con el bolsillo reventando de monedas en previsión de una larga jornada de trabajo, todo para encontrarte con un prolijo cartel en la máquina de café informando escuetamente que "No funciona".
El problema no es que hoy fuera la última fecha para entregar promedios y debieras andar haciendo malabares con el tiempo para darle a las adscriptas notas y juicios de unos 70 estudiantes de cuarto año.
El problema no es que del frío de la mañana hayamos pasado a un pre-verano al mediodía, obligándote a cargar bolsos y campera en mochila y mano, y aún así asarte bajo el sol de diciembre en agosto.
El problema no es que en el Abitab te trancaran la tarjeta del STM durante una operación supuestamente sencilla de recarga y te tuvieran 40 minutos (sin exagerar, reloj en mano) parada frente a la ventanilla, cuando tus extremidades llevaban ya seis horas y media de no conocer la palabra "asiento" en ninguna de sus variables posibles. Ni que te hicieran salir diciendo que estaba todo bien cuando no lo estaba. Ni que tuvieras que bajarte del bus que tomaste rumbo al CES ante el cartel de "Sin saldo disponible" cuando acababas de acreditar mil pesos. NI que caminaras de vuelta 4 cuadras para volver a plantificarte frente a la bienamada y nunca buen ponderada ventanilla del Abitab, mientras se hacían las dos y media de la tarde y tu desayuno había sido a las seis y media de la mañana. Ni que te dieran salida con un vago "mañana te desbloquean la tarjeta", es decir, panorama incierto e imposibilidad de boletos de una o dos horas de acá a mañana, en el mejor de los casos.
El problema no es que para cuando llegaste el buffet pegado a tu trabajo no tuviera más que fuentes vacías de comida que debió ser rica, en su momento pero que ahora brillaba por su ausencia. 
No, ese no es el problema. 
El problema es que te dejes afectar por pequeñeces, que sabés que son insignificantes, transitorias y hasta tragicómicas, pero igual te joden. ¡Cómo te joden! 
Brownies de tilo compro. Nervocalm, gotas. O empanadas de valium, lo que tengan más a mano. 

Feliz lunes.





"Hay 9.191 personas sin luz en Montevideo", leo, y lo primero que pienso es "fiuuuu...", y después: ¿cómo se llega a esa cifra tan específica? Si fuera el número de hogares podría entenderlo, pero ¿9191 personas? ¿Eso incluye las visitas? ¿Los parientes que vinieron por el fin de semana largo? ¿Los amantes escondidos en el ropero? ¿Los amigos de los nenes que vinieron por la pijama party y ahora no se quieren ir? ¿Eh?





A veces pienso que para los gurises de la edad de mis alumnos la noción de lo que era vida en los años ochenta se debe reducir a lo que se revive trabajosamente cada 24 de agosto, en esa cosa melancólica que todos tenemos, y que se potencia en los fines de semana largos nublados y con alertas meteorológicas. Parece que solo escuchábamos YMCA o Last train to London, que lo más importante de los bailes era tener una bola de espejos en el techo y unos jean oxford y que el único peinado de moda eran los rulos largos y esponjosos como... Nada. No dije nada. Ol-vi-den-e-so-úl-ti-mo. Y continuemos.
5 cosas básicas acerca de los bailes de mis quince años:
1. Eran de 12 a 4. Uno llegaba doce y cuarto, y media, y se quedaba hasta las últimas tres canciones, que eran siempre las mejores. Un par de veces por año el Banco República tenía permiso para hacer baile hasta las 6, y ahí la gente salía de los otros lugares (el Automóvil Club, en mi caso -ojo, no confundir con el Centro Automovilístico, que era un embole-) y se tomaba un ómnibus para Pocitos, a romper la noche en ese ratito extra y salir con la luz del día sintiéndose una persona de mundo. Casi un neoyorquino, te diría

2. No se vendía alcohol, y de la marihuana solo nos enterábamos por las películas. En algún momento de la noche caía una inspección del INAME y todos lo sabíamos al instante porque de golpe se prendían las luces y pasábamos de la penumbra romántica habitual a un ambiente luminoso y familiar, como de cumpleaños de quince. Ese era el momento apropiado para que los que aún no tenían los 15 cumplidos (yo, al principio) se pusieran a bailar con cualquiera, porque era sabido que los inspectores solo dejaban en paz sin pedir documentos a los que bailaban. Los novatos (en general, las novatas) apenas prendían las luces corrían a encerrarse en el baño, trampa mortal que los experientes escabullidores del INAME conocíamos muy bien. Nunca al baño durante una inspección, o esas personas horribles y viejas, como de 35 años o más, te echaban a la calle por ser extra péndex.
3. La pista era pequeña, bailabas apretujado y sin poder desplegar habilidades danzarinas. La transpiración te corría a chorros, haciendo que tu flequillo brushineado a duras penas antes de salir de la casa de tu prima se te volviera rulito tras rulito en dos canciones. ¡Porca miseria!
4. Poca música en español. Dos o tres temas argentinos en la última media hora y basta. Cero música uruguaya. Cero música antigua tampoco: nunca Creedence, Doors, Beatles. ¡Ochentas, ochentas, ochentas! It's urgent, Tubular bells, Eye of the Tiger, Everybody Wants To Rule The World. Esas cosas.
5. A las tres menos cuarto bajaban aún más las luces y venía la media hora de música lenta. ¿Bailás? No. ¿Bailás? No. ¿Y entonces a qué venís? (silencio piadoso mirando para otro lado hasta que se iba el pesado) ¿Bailás? No. ¿Bailás? Sí. ¿Venís siempre acá? No, a veces. Mis padres no me dejan salir todos los sábados. Ah, ¿y con quién viniste hoy? Con mi prima y unos amigos. Aah...Pero... ¿amigos amigos, o hay algo más? No, no: solo amigos. Aaah... ¿Estudiás o trabajás? Etc.
Bueno, ta, ya me di cuenta: caí en la misma rosca nostálgica de la que intentaba zafar al principio. Ustedes hagan como que dije algo nuevo. Y dejen de sacar cuentas de la edad que tengo, ¿quieren?

(¡Let's dance! Put on your red shoes and dance the blues...)





Truenos y más truenos. Lluvia a baldes. Noche espantosa, que por suerte comenzó a estarlo justo justo cuando llegué a mi casa. Estaba preparando una ensalada y de pronto una cosa ensordecedora, entre rayo y trueno, hizo temblar las paredes de Arbolito. "Está timosférico", me dije, y me sorprendí con esa palabra, que siempre decía mi vieja cuando yo era chica y arrancaba un temporal.. Timosférico no existe ni en español ni en portugués, aunque googleando por ahí la encuentro en un par de notas; debe venir de algún portuñol cerrolarguense que no logro descifrar. O quizá es invento de mi familia, vaya uno a saber. Pequeñas contribuciones Barreto Borba al español de entre casa.
Feliz viernes timosférico, estimados. 

Que les (nos) sea leve.





Respira... respira hondo y repite conmigo: hay que darle tiempo al tiempo. Los zapallos se acomodan en el carro. Cada cosa a su momento. Oooom... respiro... respiro cuando alguien me manda fotos de tres gatitos abandonados en un contenedor, uno blanco, otro barcino y uno amarillo, respiro hondo y digo no sé, vemos, no te aseguro nada, hasta que la persona confirma que dos fueron dados en adopción en pocos minutos y es un hecho que el tercero correrá (o ya corrió) la misma suerte. 
Estrategia de auto regulación, le llaman. 

No sé por cuánto tiempo más pueda mantenerla.





Llueve a baldes y truena de vez en cuando; está tan oscuro que la luz de la cooperativa junto a mi ventana aún no se apaga. Estamos atascados en medio del invierno. De pronto suena el teléfono: es el mensaje de una amiga que me cuenta que (al fin!!) nació su bebé, con una foto de las dos juntas, con las caritas pegadas. ¡Algo tan simple! Por un segundo desaparecen la lluvia, el frío y los truenos. La vida (siempre) puede más.





18 nutrida y variopinta al caer la tarde previa a la previa del feriado. Personas abrigadas para el invierno junto a gentes de remera y con aire acalorado. Dos chicas vestidas igual (jean, top gris, saquito negro) corriendo por la vereda, descalzas y a toda velocidad. Un gaucho de impecable traje típico negro y un payaso de ropa y maquillaje multicolores conversando, mientras interminables olas de personas aspiran en cada parada a subirse al salvoconducto a su barrio, vulgo 103. Pero ya no hay lugar, ya no. Solo unos pocos privilegiados pertenecen de verdad al gran mundo. Unos 128, a juzgar por el panorama que veo desde mi asiento, justo al lado del joven que juega al fútbol en el celular y me tiene acorralada contra la ventana. 103 microscópico y lento, pero seguro y pasador. 103 con Soda Stéreo. Lejana adolescencia, paraíso, cielo.





Iba llegando a la parada cuando la vi: una tarjeta del STM nuevita, ahí, sobre el pasto. ¿Cuándo le van a poner nombre a estas cosas?, pensé, pero no pensé mucho, porque a unos metros vi un vecino revisando afanosamente su mochila, pregunté, y sí, era de él.
Comienzo el día con una buena acción. Tal vez mi recompensa sea venir en el 103 parada junto a una mujer que lleva un enorme pin en el saco con la leyenda: "Controle su peso ahora. ¡Pregúnteme cómo!", pero no, no voy a preguntar, porque lo mío fue una acción desinteresada, porque no creo en las recompensas instantáneas y porque la señora tampoco es una Barbie made in 103, en fin. 

Pequeña maldad de miércoles de mañana. Para equilibrar lo de la tarjeta, digo.





El 405 con destino a Peñarol los domingos de noche suele venir repleto y con un ambiente inconfundible. La mitad de los pasajeros son niños, la otra mitad quinceañeros en barra y el resto (unos pocos) somos los abnegados mayores de 15 que pagamos un pasaje para viajar apretados, respirando "Eau de teenager" y cuidando que la ropa no se nos manche de rojo con las manzanas acarameladas de los más chicos. Sí, ya sé que dos mitades más unos pocos no da una unidad: a eso me refiero cuando digo que el 405 Peñarol suele venir reventando. 
Hoy en particular el fascinante y nunca bien ponderado Mundo Adolescente se dividía en dos bandos, geográficamente lo bastante distantes para no rozarse, pero lo bastante cerca como para escucharse y medirse con la mirada. 
El Grupo del Fondo tenía un número desde mi perspectiva indefinible de chicas y chicos, aunque casi siempre se escuchaba a uno solo de los varones, que les decía "sucia" a sus amigas (evidentemente, un vocativo aceptado por el grupo), aunque no todo el tiempo: de vez en cuando lo cambiaba por "sucia de mierda". Nueve veces, por lo menos, durante las cinco o seis paradas en que le presté alguna atención, al principio. Las chicas no parecían molestarse, o al menos nada decían, mientras él hablaba, hablaba, hablaba, siempre a máximo volumen. 
El Grupo del Medio consistía en cinco o seis varones, todos flaquitos, de gorro, championes y pantalón negro de jogging achupinado. Ellos no hablaban fuerte, pero jugaban de mano, se pegaban cachetadas y patadas todo el tiempo, al menos hasta que una mujer les paró el carro y su hijo mayor, un chiquilín de unos 18 extremadamente voluminoso, les ordenó de muy malos modos que se dejaran de cosas, a lo cual por suerte obedecieron, tras el intercambio verbal en mal tono de rigor para no quedar como unos peleles con los del Fondo.
Cuando todos se bajaron en el Intercambiador el chofer le pegó el grito a uno de que no se hiciera el vivo, que lo había visto escupir para adentro al descender. 
Reanudamos la marcha en medio, ahora sí, del espacio y el silencio apropiados para una noche de domingo, y en tres paradas ya me estaba bajando en la cooperativa y reencontrándome con el celular, que vaya uno a saber por qué desde el principio del viaje me había rogado con la mirada que lo dejara ahí, bien metido adentro de la cartera, un poco escondido entre los lentes y un par de recibos que acababa de pagar un rato antes. Es tímido, lo que pasa. No le gustan las multitudes. 
Feliz fin de fin de semana. 
Y recuerden que el viernes es feriado. 





"Prepárate que voy a castigarte, voy a darte, por cualquier parte, y hasta el yugo voy a darte". Linda la letra del 100 que viene con cumbia a todo trapo. Después disimula como que habla del canto, en esa cosa pueril de "nooo, yo no hablaba se eso..." La siguiente canción afirma que "voy a darte sin clemencia". 

No critico la cumbia, sé que porquerías como esta hay en todos los géneros. Solo digo que es tiempo de reaccionar contra la violencia, venga en el formato que venga.





Debo reconocer que ya desde ayer estaba preocupada por tener que ir a verlo hoy. Cuando le toqué timbre y bajó a abrirme pensé por un momento que mientras él no saliera del ascensor aún estaba a tiempo de escapar e irme caminando por 8 de Octubre como si nada. Fue un instante de tentación, pero no me animé, y de pronto ahí estaba él, abriendo la puerta. 
Es alto y flaco, como a mí me gustan, tiene más o menos mi edad, y se le nota la pinta de buena gente. El apartamento tiene una vista espectacular, porque está en el sexto piso, y apenas miro las paredes pienso que me gustaría probar ese color para las mías algún día.
No hablamos mucho, pero me gusta su voz. Y sus dedos. Tiene lindas manos, pienso, mientras me recuesto en el sillón y cierro los ojos, porque no quiero mirarlo directamente 
Como a la media hora él recibe una llamada. 
_ Eh... sí... ¿Podrías llamarme en un rato? Estoy ocupado ahora.
Qué bien que le cortó; hay que establecer con claridad las prioridades en esta vida, me digo mientras él vuelve a concentrarse en mí. Creo que lo hace bien, aunque sé que puedo equivocarme. He pasado por esto antes, y ya no endioso a ninguno. 

El tiempo pasa volando. Cuando me acompaña a la salida flota en el aire la posibilidad de un encuentro futuro, pero a quién voy a engañar: sé perfectamente que solo en caso de emergencia estética o sanitaria puede ser que me agarren para venir de nuevo al dentista





Listo, ya entendí todo. 
El chofer viene oyendo el partido (uds disculpen mi ignorancia, ni idea de qué partido es pero evidentemente es EL partido del miércoles). Como le tocó trabajar a esta hora y viene molesto (porque ademas es la hora pico y el 103 salió de la Ciudad Vieja ya con gente parada) se desquita parando lo más adelante que puede a cada oportunidad, provocando movimientos coreográficos de peregrinación multitudinaria, como olas de abrigos con pelos y sombreros que caminan dos o tres metros cada vez, en apretada masa indivisible.
_¿Te paso la data?- grita un señor parado a mi lado- ¡1 a 0 la franja y 3 a 1 el Real! - pero no sé a quién le habla, debe estar mandando un mensaje de voz.
Charlo con una ex alumna del 58, excelente estudiante de sexto Economía, que trabaja nueve horas y media y viaja hasta el fin del mundo día tras día, pero igual quiere hacer de nuevo sexto año, de Medicina esta vez, para cursar Veterinaria y trabajar en lo que le guste, aunque sea de aquí a diez años. 
Fútbol, apretujes, pasiones y proyectos sobre ruedas mientras cae la noche y Montevideo se apresta a apagarse.

103: la vida misma (esta vez en versión Semidirecta). 





Recorrida random por este mundo: paso por una página de la Guardia Republicana que comparte la noticia de una señora que tuvo un problema médico y fue llevada en patrullero. El perro los siguió corriendo, lo vieron, lo dejaron subir y después quedarse bajo la cama de su dueña, pobre bicho. 
Dis cosas dos llaman mi atención más allá de la tierna historia. 
"No, no ocurrió en otro país, pasó aquí", comienza, y yo pienso "obvio; dónde más alguien va a dejar a un perro entrar a un hospital?", pero no pienso mucho, porque igual me parece bien lo que hicieron. 
"Los animales demuestran mucho más valor que algunos 'humanos' ", termina. ¿Qué necesidad de terminar una nota tierna con un palo a alguien, estimada Republicana? ¿Es que no se puede con la costumbre? En toda la historia no hay ni una persona que haya obstaculizado el desarrollo de la acción, pero se ve que a veces la tentación de atacar es tan fuerte que se ataca al voleo, a ver si alguien se siente tocado.
Queda mucho por hacer.
A mí, por ejemplo, me queda bajarme del COPSA y volar hasta el IAVA. 

Permiso.






Primera escena: Sábado de tarde: Vos escondiendo media tableta de chocolate negro y enviándole órdenes a tu subconsciente: "esto no está sucediendo, aquí no hay nada nada nada de chocolate, olvidas su existencia, desaparece de tu mente en 3...2...1..."
Segunda escena: Lunes por la noche. Vos sacando la tableta de su escondite y comiendo un cuadradito. UN cuadradito. O dos. Bueno, cuatro.
Tercera escena: Lunes por la noche, dos minutos más tarde. Vos escribiendo una crónica de tu propia debilidad, solo para que alguien te comente que es un crimen dejar el chocolate escondido, que te lo comas sin culpa, que carpe diem y etc.
¿Cómo se llama la película?
Lindt. Se llama LIndt, y el subtítulo es 60% cacao. 

Creo que es un cortometraje.




El 103 vino con destino cortado: Bulevar Artigas, y por lo tanto se desplaza a medio llenar, al menos desde que en el Intercambiador se bajaron diez o doce personas. La guarda y la chofer aprovechan a tener una charla laboral. 
_ Lo que pasa es que el reglamento es de 1800... Fijate que especifica que no se puede subir al ómnibus ni siquiera con bolsos...
_ Sí, y si lo vamos a cumplir del todo también dice que está prohibido hablar en voz alta. ¡Ni se puede hablar en voz alta!
_ Sí. Si lo vamos a cumplir del todo es imposible. 
Mirá vos pienso mientras me acomodo junto a un señor que viaja termo y mate en mano oyendo cumbias sin auriculares. 
Es ahí cuando entiendo el origen de la charla matinal. En fin, tampoco pienso pelear por mi derecho al silencio a las siete de la mañana, especialmente porque solo llegamos hasta Bulevar, y ya vamos por Propios. 

No me juzguen.





Ellos eran dos, padre e hija, y venían sentados adelante en el 405, en un asiento perpendicular al mío. La nena tendría 3 años y el padre no llegaría a los veinte. Él sostenía una Cajita Feliz en la mano y venía totalmente concentrado en su teléfono, mientras ella mordisqueaba como la cosa más natural del mundo una bolsa vacía de nylon transparente. En cierto momento, como él no la miraba, consideró que era tiempo de llamar su atención de un modo más directo:
_ Mirá, papá. 
_ Ah. ¿Ta rica esa?- dijo él, y siguió pasando foto tras foto en el celular. 
Todo mal, pensé, todo mal. La lleva a Mc Donalds, es adicto al teléfono, la deja masticar bolsas, todo mal. 
En ese momento él empezó a mostrarle a su hija lo que había estado mirando con tanto interés en el teléfono: eran todas fotos de ella, o de ella con él, sonrientes. 
No estaba todo del todo mal, entonces. 

La nena dejó de masticar la bolsa, ambos se concentraron en las imágenes y a partir de ahí no dejaron de sonreír como en las fotos, hasta que vino mi parada y tuve que bajarme.





Nunca llegué a verle la cara, porque todo el tiempo lo vi de espaldas, charlando con el guarda. Tiene veintipico, y subió al ómnibus en 20 de febrero, excitado porque parece que un Cutcsa no frenó y "casi le pasa por arriba". Habla a los gritos, dice que va a denunciar al que no frenó, pero no está seguro de qué línea era y no le tomó la matrícula. 
_ Estoy de turno. Ayer me quisieron rapiñar y hoy esto... 
_ ¿Te quisieron rapiñar?- le da pie el guarda, y el muchacho arranca a contar lo de ayer, y de otra vez que tuvo que ir a declarar y la jueza le dijo no sé qué cosas de venganzas y corrupciones, y se pone a hablar de que él apoya a la 404 y a Graciela Bianchi, y que esto está cada vez peor, y etc, etc, etc, hasta que se bajó en Comercio, asegurando que iba a denunciar al chofer que no había parado antes. 
Apenas bajó, el guarda se fue a charlar con el chofer. 
_ ¿Viste lo que contó, lo que le dijo la jueza? ¡La jueza! ¡Fijate vos, la jueza!
El chofer lo miró un segundo antes de responder. 
_ Andá a saber cómo fueron las cosas...
Y liquidó ahí la charla, con lo que la música de la radio volvió a adueñarse del viaje. 
Dos posturas frente a la vida, pienso. O quizá tres. O cuatro. El novelero (sea por inocencia o por aburrimiento), el que exige pruebas (por cauteloso o por experiente), el que desparrama indignación (por actitud vital o por interés político) y la que registra todo (por afán de escribir o por trastorno obsesivo). 

De todo como en botica en la viña del señor.





Era una oficina gigante, como el Salón de los Pasos Perdidos, o más. Todo el espacio estaba ocupado por personas vestidas completamente de negro o azul oscuro, la mayoría de ellas inmóviles, sin nada que hacer. Sobre un extremo, la zona de castigo, donde las autoridades (que no se diferenciaban visiblemente del resto de nosotros) tenían bajo estricta observación a ocho o diez infractores, a los que sentaban en una mesa, paraban a su lado o los hacían tirar boca abajo en el piso. Entre ellos, entre los castigados, había una chica flaquita muy movediza que evidentemente iba a querer escapar a la primera oportunidad, por lo que uno de los guardias la controlaba con especial cuidado. 
Afuera, en el patio, se repetía exactamente la misma situación. Un hombre de mi edad, en especial, llamó mi atención; creo que yo lo conocía de antes. Era otro de los castigados, pero su actitud era la opuesta a la de la muchacha; él se esforzaba al máximo por cumplir el castigo, a fin de caerle bien a la autoridad y obtener con ello algún beneficio. 
La sensación aplastante era que por la más mínima e impensada cosa que uno hiciera o dijese se podía pasar de persona común a castigado por tiempo indefinido.
Yo di una vuelta por el patio caminando muy despacio en ese mundo de gente quieta, y volví a entrar. Extrañamente, en ese momento los guardias habían salido todos al patio y adentro no había quedado ninguno. Insólito. Como era previsible, la flaquita ya no estaba, y en su lugar solo se veía un buzo negro, que habría abandonado en el momento de la huida. Me pregunté qué debía hacer: si no denunciaba el hecho probablemente terminara condenada por cómplice, pero yo quería que la chica se pudiera escapar. Miré alrededor: no había ni rastros de ella, seguramente ya estaría muy lejos, inalcanzable. Salí al patio y se lo comenté como de pasada a alguien, a una persona cualquiera: "Creo que una chica de adentro se escapó", y la persona me respondió "No te preocupes, que igual a la una..." pero se interrumpió ante una mirada intimidatoria de otra, a su lado. Parece que había algo de lo que no se debía hablar, y yo no tenía ni idea.
Seguí caminando. Mi conocido prisionero en el patio se esforzaba por mantener su obligada inmovilidad. Era una persona de las que cumplen a rajatabla cualquier mandamiento, más allá de la lógica o la justicia.
En ese momento se empezó a esparcir un rumor por todo el lugar, y todos comenzamos a mirarnos como si fuera la primera ver que nos veíamos. No estaban. Los otros no estaban por ninguna parte. Era ya la una de la tarde, y por alguna razón todas las autoridades se habían retirado para siempre.
Mi conocido se resistía a creerlo y permanecía inmóvil, aún cuando veía que a nuestro alrededor las personas cambiaban de posición y empezaban tímidamente a desplazarse, primero con miedo, luego más rápido, dibujando sonrisas en sus caras y comenzando a hablar en voz alta. Era hermoso. 
Lo último que recuerdo era que él al fin se decidía y empezaba a moverse hacia la salida. Iba capitaneando una banda de cuatro personas con diferentes grados de discapacidad: un loco, otro rengo, alguien de mirada muy extraña. Ese era el grupo más lento de la sala, pero en ellos fue que se enfocaron los periodistas que aparecieron como por arte de magia para captar las imágenes de la liberación. Se empezó a escuchar una música vibrante, propia del final de una película de actos heroicos. Los cuatro salieron de la sala juntos. Iban caminando lento, pero avanzaban. 

Y ahí me desperté.





1.¿Cómo superar la ruptura de una relación dañina?
2. ¿Qué tan seguido hay que cambiar las esponjas de cocina?
3. A qué se deben los raros agujeritos que aparecen en tu ropa.
Estimada amiga, no tienes por qué preocuparte si ignoras alguna de las respuestas a tan sesudas preguntas; estoy en condiciones de develar para ti los misterios de la sabiduría ancestral femenina:
1. No seas pegote y manejate.
2. Una vez por semana. 
3. A que usás la ropa reventando, darling.
De nada. 

Si deseas saber más detalles puedes consultar la sección "M de Mujer", en El País Digital. Qué haríamos sin ella las mujeres que vivimos en pleno siglo diecin... veinte.





Día de alerta meteorológica, aunque apenas si llovió un poco esta mañana. Día de asamblea en el Salón de Actos y de intervenciones en el patio por los mártires estudiantiles. Día en que ambos practicantes reacomodaron sus planes para adaptarse a una situación no prevista. 
En la última media hora con un grupo de cuarto, viendo que eran la tercera parte de la clase y que no daba para arrancar La casa de Bernarda Alba sin quórum, les propuse empezar a ver la película. Conseguí computadora pero los parlantes no andaban, así que me fui a la biblioteca a ver si había un cable para conectarlos. Volví a los tres minutos, pero mi presencia no era imprescindible: ellos ya estaban viendo la película, porque habían conectado el sonido del celular. Se escuchaba bajito, pero se entendía. Vimos veinte minutos y tocó el timbre. La semana que viene arrancamos de nuevo con el texto. 
Día de alerta, asambleas y cambios de planes. 

Día en que todos aprendemos algo. Por suerte.





Voy llegando a casa cuando lo veo. Es casi medianoche, y entre los dos serenos de la cooperativa, uno en cada punta, hay dos cuadras vacías de toda alma humana, barridas por el viento. Él me mira, me mira sin disimulo y en un momento se decide, cambia su camino y comienza a seguirme. Es un negro joven, en muy buen estado físico. Siento sus pasos detrás de mí. No importa cuánto me apure o cuán indiferente pretenda mostrarme, sus pasos resuenan en el hormigón mojado de la calle principal de las viviendas. En cierto momento algo lo debe haber distraído, porque dejo de escuchar su caminar a mis espaldas y para cuando llego a Arbolito no hay ni rastros de él. 
Respiro aliviada. No estoy para tramitar adopciones caninas a esta hora de la noche, y además el perseguidor andaba de collarcito y estaba bien alimentado, así que debe tener familia en el barrio. 
Entro a casa y suspiro mientras me aflojo y comienzo a calentar agua para un capucchino. 
Si hubiera sido un gato ya le estaría abriendo una lata de atún, pienso, pero sé que no. Demasiado pronto. Todavía no.





Estoy echada a perder, no tengo remedio. Intento evitar que cierto nivel de maldad aflore demasiado pronto, pero a veces no puedo evitarlo. Por ejemplo cuando una persona que está dando una charla utiliza conceptos como espacialidad, textura, semiótica y poética, espesura, texto plano, necesidad de plasmar un universo , etc, pero no puede evitar meter un yo, a mí, yo, yo, me, cada dos palabras, a la vez que menciona cosas que "han habido" e inserta un "bueno, nada" cada cinco minutos. Mea culpa, mea culpa, mea grandísima culpa. 

Tal vez algún día supere el rechazo que me provocan algunas individualidades ya desde el primer momento. Tal vez no.





Ese fantástico momento en que te levantás y los dos a la vez, el teléfono y la computadora, te cuentan que han tenido una noche de jodita y dependen de vos para poder abrir los ojos de nuevo (ellos le llaman "reiniciarse").
La notebook tiene buen carácter y solo te demanda unos numeritos, pero el teléfono nuevo es un poco temperamental y arranca con necesidades de IDs, contraseñas y pruebas varias que apenas (y a regañadientes) están al alcance de la neurona titilante de las seis de la mañana. 

Ahora están ellos y vos desayunando, y solo queda esperar que se dejen de locas pasiones, que se estabilicen un poco y abandonen esta frenética e interminable carrera por incorporar la novedad más insignificante día por medio. Les asegurás que vos los querés como son, que no tienen que actualizarse como si los fueras a cambiar por otro al primer viaje que te pinte, pero ellos te miran de reojo e intercambian un gesto de incredulidad cuando creen que no los estás observando. Y tal vez tienen razón.





La caída de la tarde en mi rancho de Valizas era bella y en paz. Las sombras se iban haciendo más espesas casi sin notarlo, hasta que resultaba casi imprescindible encender una vela y adivinar las formas y los colores de lo que quedaba más allá se su radio de influencia. No había internet, ni equipo de música, solo el silencio de encontrarse con uno mismo y la inmensidad del paisaje y el tiempo. 
La caída de la tarde en mi rancho de Valizas era bella y en paz, pero no así en Arbolito, donde un &#%€£¥ apagón amenaza con mandarme a la cama a horarios de Cerro Largo, es decir, cuando se acabe la batería de la notebook y deje de escuchar viejos programas de Darwin que tengo descargados. 
"¡Luz! ¡Más luz!" Dicen que fueron las últimas palabras de Goethe, y si hay algo que tengo claro en medio de las sombras es que el tal Goethe siempre tenía la posta. 
¡QUE VUELVA LA LUZ!!!
O que renuncie Bonomi. Lo que sea más fácil. 







Yo, que te conozco bien,
Me atrevería a jurar
Que vas a regresar,
Que tocarás mi puerta.
Yo, que te conozco a ti
Me atrevería a decir 
Que estás arrepentida...
El muchacho grita y desafina en medio del bus repleto del domingo a las cinco de la tarde, mientras yo pienso que nunca había escuchado con atención esa letra pero resulta de un egocentrismo repugnante. ¿Qué sabés, m'hijo? ¿No te entra en la cabecita que ella encuentre a uno que le guste más que vos? ¿Eh?
En esa beligerancia interna andaba cuando el cantor (que yo casi no veía porque él andaba por el fondo del ómnibus) terminó de perpetrar la cosa y arrancó su discurso pro propina:
_ Gracias por esos aplausos... les diré que en la última curva me tuve que aguantar para no caerme como de casualidad arriba de esta muchacha tan pero tan bonita... A ver... permiso... corriendo las colitas para que pase... No se preocupen por ir apretados, que así arrancó Flor de la V y muy mal no le fue...
Listo, todo está claro. 
El muchacho y su canción, un solo corazón.
Queda mucho por hacer.





Domingo. Sol. Silla amiga. Plantas compañeras. Un libro apenas iniciado. Mediodía amable y un par de horas de dolce fer niente o quasi niente por delante. Pájaros lejanos. Un agosto que se disfraza de primavera. 
Y entonces: ella.
Ella aparece cuando quiere, zumbando y revoloteándome alrededor con su carita de buena, pero a mí no me engaña, y cada vez que viene me autodesalojo del Paraíso y la dejo adueñarse del fondo hasta que se aburre y pone proa a otros patios, a interrumpir otras lecturas y a desestabilizar a otras gentes.
Debo dejar de comer dulces, pienso. Mi sangre debe ser puros glucosa y triglicéridos, agrego, como si supiera algo de química o de nutrición. O quizás será que hay un kilo de miel de alfalfa en la cocina y ella me la reclama, no sé qué le pasa, solo sé que siempre vuelve, siempre vuelve. 
Por ahora me resisto al exilio bajo techo, pero no lo descarto del todo. 

Me pregunto qué hacía Quiroga cuando en la selva se le venían encima las abejas, las hormigas asesinas y las serpientes blanduzcas. Ese es el verdadero misterio de Horacio Q, concluyo, mientras me vuelvo a instalar en el fondo con el cerebro y los ojos a medias en el libro y a medias en el entorno, por si acaso. Solo por si acaso.





Camino a la parada me cruzo con un vecino y no puedo evitarlo: mi cabeza se va solita hacia febrero del 84, al campamento de Costa Azul. Fue en Costa Azul o tal vez en Jaureguiberry, no estoy segura. Los jóvenes de la cooperativa habíamos conseguido que FUCVAM nos prestara su predio y un par de carpas gigantes, nos las ingeniamos para que la COVINE nos pagara el viaje en el camión de obras, y allá fuimos. 
En mi memoria éramos como 50, pero es probable que no pasáramos de 30. Una banda de gurises de entre 15 y 20 años, acompañados por tres parejas de adultos jóvenes que en medio de su inconsciencia aceptaron ir con nosotros: Edgardo y Eva, Betty y Hugo y otros dos que mi memoria ha borrado. 
Las cosas no salieron tan mal como hubieran podido; se ve que tuvimos suerte. Cierto que el camión solo aceptó llevarnos en dos tandas y la mitad debimos esperar como 3 horas frente al SUM a que volviera por nosotros, pero ese tiempo sirvió para que pasara a saludarnos Marcelo, que tenía unos ojos verdes absolutamente inolvidables. Cierto que un día jugando a la guerra en el agua le dejé mis uñas marcadas en la espalda al flaco Esteban y también cierto que el atlético José Luis se tiró un clavado en una zona de medio metro de agua y lo tuvieron que llevar de urgencia a Montevideo, en fin, pequeñeces. Anduvo seis meses enyesado de cuello a cintura pero quedó bien, es decir, no fue nada. Y cuando la corriente nos llevó a un lugar donde dejamos de hacer pie y los nadadores del grupo tuvieron que irnos sacando de a uno tampoco fue tan terrible, especialmente porque a mí me sacó el Tito, que era el morochito más lindo de la cooperativa. 
Leo lo anterior y parece que solo recordase el paseo en relación a los chicos lindos del viaje, pero no.
También tengo la imagen de Eva y Edgardo jugando con algunos de nosotros al tutti frutti a la tardecita mientras los demás aprovechaban hasta la última gota de sol, y en realidad lo que más recuerdo es que una de las chicas casadas, Betty, se compadeció de mi inutilidad de los 16 y me agarró de hija mientras duró el campamento. Me preparaba la cocoa, se fijaba si había comido, me armaba churrascos sin grasa y me invitaba con bizcochitos, si había. Yo la adoraba. 
Betty murió en un accidente de auto un par de años más tarde, y su viudo al tiempo volvió a casarse, hace ya de esto como treinta años. Ahora cada vez que me lo cruzo (y lo veo dos por tres) me acuerdo de aquella gurisa flaca, de ojos claros y risa contagiosa que me calentaba la leche porque yo no sabía ni prender la cocinilla. 
La memoria tiene esas cosas. 
Las buenas acciones también. 
Uno a veces parece un adolescente atolondrado y enamoradizo con memoria a corto plazo, pero en verdad es una grabadora de pequeños gestos amorosos y desinteresados. 

Gracias, Betty.





Llego a mi casa molesta por el ruido de las podadoras: comienza agosto y los jardineros arrancan con cuerpo y alma a mutilar a todos los árboles de la cooperativa.
Al rato voy al fondo y arranco un yuyo de entre las piedritas del costado, y otro contra el muro. Corto una rama de malvón que me estorba para colgar la ropa, saco unas tunas que están asfixiando a otras. Les pongo coto a las más invasivas; hay algunas que no tienen límites, están tomando el deck, ¿qué se piensan? ¡Fuera, basta de avances, cortar, cortar, cortar! ¡Aaargh!
Listo. 
Soy cuno más de los jardineros de la cooperativa. Tenemos un montón de despojos verdes en nuestra conciencia, y el recurso de último momento de plantar algunas ramitas en el ex baño de las gatas a ver si se adaptan al otro extremo del patio no me exonera de culpa. 

Si algún día pasan a visitarme recuerden que tengo orégano y romero para regalar. Y malvones. Y tunas varias. Albahaca no, porque se secó, y zanahorias tampoco, porque por ahora solo son dos y no pienso arrancarlas. Considérense avisados. Y no me juzguen.





La premisa 1 del usuario del STM de mi barrio es que no se corre al 103, excepto que sea el Semidirecto.
Ahí sí, una está autorizada a mandarse una carrerita de (digamos) quince metros, subir sin aliento y pensar por enésima vez que ya va siendo tiempo de volver al gym. Hace como diez años que ya va siendo tiempo, en fin.
_ A ver si te ponés las pilas de una vez- dice el guarda, y una piensa "¿y este cómo sabe?", hasta que capta que sus palabras van dirigidas al chofer.
_ ¿Por qué?
_ Porque en esta no era parada, y en la anterior tampoco. 
_ Uuuuh... ¡es cierto!- dice riendo el chofer- Esas no son paradas. Cuesta acostumbrarse. 
_ O todavía no te despertaste y vas medio dormido... - retruca el guarda, ante lo cual ambos se ríen bonachonamente.
Sigue el viaje, mientras la rubia de rulos termina de recobrar el aire, consigue asiento y se pone a escribir, pensando si valdrá la pena correr para tomar un semidirecto en estos primeros días en que nadie tiene del todo claras las paradas que se hacen y las que se saltean. O si valdrá la pena volver al gimnasio. O si está bien que escriba crónicas con su nuevo celular en medio del 103 repleto de ojos de las ocho de la mañana.
Oh oh. 
Hasta luego.





Historia de la amistad más corta del mundo
15.06: Recibo una solicitud en esta red de parte de (digamos) Juan Pérez.
15.08: Entro al perfil de Juan Pérez. Tiene veintipocos, en su foto está con una chica y entre sus muchos amigos tenemos 4 personas en común. Asumo que es un ex alumno o al menos alguien que no molesta, y lo acepto. 
15.15: Recibo un mensaje de Juan Pérez, quien me cuenta que está realizando unas encuestas sobre salud y nutrición, asegura que no va a venderme nada y me pregunta si me queda mejor que pase por mi casa de tarde o por la mañana. 
15.16: Juan Pérez es eliminado de mis amigos por caer en uno (o quizá dos) de los ítems del protocolo de limpieza de esta red, que son 4, a saber: a) baboso b) mala onda c) vendedor y d) pesado.
Fin de la historia.
Epílogo
15.20: Me cuestiono si debo seguir aceptando gente desconocida en este mundo.
15.24: Sí. Pero no garantizo que duren mucho.





_ Hola... ¿está Joaquín?- resuena en el 100 medio vacío de la tardecita. El guarda viene hablando por celular y su voz es fuerte y clara._ Ah... porque necesito líquido de frenos; vamos por la Plaza Libertad y nos estamos por quedar sin embriague. Bueno, en 20 minutos en Villagrán y 8 de Octubre, dale, bien.
Y corta.
Si no me ven por estos lados después de las seis y media no se preocupen, pero por si acaso dénle una miradita a las noticias. Solo por si acaso.





Salgo entre las sombras y el silencio de la noche. Mi calle está en lo alto de un repecho, y la soledad del entorno me da cierto escalofrío cada vez que abro la puerta, pero sé que no es más que una sensación pasajera. Sé que en la primera cuadra me voy a cruzar con el vecino de barba que va a buscar el auto en los garages de la cooperativa al fondo de mi casa, y según a qué altura nos crucemos ambos calibraremos si salimos tarde o a tiempo. Sé que cerca del Salón Comunal un veterano estará dando el paseo matinal a un par de perros lentos de color clarito, sé que en el último tramo se van a deslizar a mi paso dos o tres figuras blancas y grises, de esas bellas, peludas y con bigotes, y sé que apenas llegue a la parada me integraré a la Hermandad de la Espera, a la cual abandonaré al primer COPSA que pase y se digne detenerse. 
Pequeños rituales del invierno.

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