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domingo, 13 de agosto de 2017

14 de agosto

14 de agosto 

I

_ Va a ser en el patio, en el recreo que viene- me dijeron. Y yo fui.

El acto no duró mucho; ni siquiera faltamos a la clase siguiente. Solo hicimos un minuto de silencio por los mártires estudiantiles, depositamos un ramo de flores al pie del busto a Artigas y cantamos el himno todos juntos y con un nudo en la garganta, un 14 de agosto de 1984.

Éramos unos cuarenta estudiantes y cinco o seis profesores, observados en silencio por los dos porteros que nos controlaban todos los días desde la puerta de Eduardo Acevedo, los mismos que te daban un número fijo de asiento cuando ibas a la sala de lectura de la Biblioteca Central, no fuera cosa que escribieras alguna consigna inapropiada en la mesa y después no pudieran identificarte.

A los pocos días el IAVA entero era sacudido por la noticia: cuatro de los profesores que nos habían acompañado en ese acto acababan de ser sumariados y retirados de sus cargos por haber cantado el himno ese día con nosotros.

De los docentes de mi grupo la medida solo afectaba a la profesora de Italiano, quien fue muy clara en la última clase que dio en el 5º Humanístico 3: sí estuvo en el patio ese día, pero no había cantado el himno.

_ La vida me ha dado muchos disgustos, y la verdad es que ya no tengo ganas de cantar, nunca- nos dijo al despedirse.

Pronto un rumor comenzó a correr imparable por los salones. Se decía que entre los profesores sancionados había una figura importante del gremio docente y que el sumario por cantar el himno no tenía otra finalidad que sacarlo del medio, metiendo a otros tres en la vuelta para disimular sus objetivos.

Al día siguiente marchamos desde el liceo hasta el Consejo juntos, estudiantes y profesores en defensa de nuestros docentes, pero nada logramos. En la misma semana aparecieron los suplentes, que nada tenían que ver con el asunto, se reanudaron las clases y el tema poco a poco fue dejando de estar presente.

Unos meses después hubo elecciones.



II

Tres años más tarde, ya como estudiante del IPA, una noche iba parada en un 103 rumbo a la Marcha del Silencio cuando una señora que estaba sentada enfrente a mí me tocó el brazo y me dirigió la palabra.

_ Disculpame, ¿te puedo hacer una pregunta? Ese muchacho de la foto que llevás en tu carpeta, ¿no es Líber Arce?

Miré el viejo pegotín del CEIPA que tenía en el reverso de mi carpeta roja.

_ Sí, es él.

_ Yo fui la enfermera que lo recibió en el Clínicas, ¿sabés? Fue horrible, pobrecito. Hicimos todo lo posible pero no lo pudimos salvar, no pudimos. Fue horrible.

Y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Otras personas empezaron alrededor de nosotros a intervenir en la conversación en voz baja, reverente, dolida, hasta que cesaron las voces y el 103 de pronto se volvió él mismo una Marcha del Silencio.

El pasado no era tal.

El dolor seguía intacto.


Igual que la memoria.

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