Páginas vistas en total

martes, 19 de junio de 2018

Cuento de invierno




Nunca me va a gustar el frío, pensé, mirando a la gente a través del vidrio empañado de la ventana. Todos embutidos en camperas, gorros, bufandas. No dan ganas de abrazar a nadie. Todos se apuran, nadie mira a los ojos. Nadie sabe quién sos. 

Aparté la mirada del vidrio sucio del bar y traté de concentrarme, pero no lo logré del todo. La mesa era demasiado grande y el barullo de la gente alrededor y del partido en la tele sobre nuestras cabezas me impedían escuchar a la persona que leía. Era una chica de voz grave; el texto decía algo sobre úteros y hospitales. Todas las cabezas estaban inclinadas en su dirección y los demás parecían irla siguiendo sin mayores inconvenientes. Debe ser cosa de la edad, cada vez escucho menos, me dije, terminando de distraerme.

Esa noche había por lo menos otras seis mesas ocupadas en Las Flores. De algunas solo veía un fragmento de escena: la espalda del hombre canoso cerca de la puerta, las caras de la mamá y un niño de la familia comiendo pizza en la mesa de enfrente, la parte de arriba de los mozos tras el mostrador. Un par de adolescentes enamorados jugaba a sacarse fotos simultáneas con los celulares. Dos ancianos acababan de reencontrarse frente a la barra y conversaban con evidente alegría y pocos pelos. Infinidad de botellas polvorientas sobre los estantes, y los infaltables paquetitos de chicles en un costado de la vitrina, al lado de empanadas y pascualinas.

En mi mesa, la chica de voz grave había acabado la lectura y comenzaba el momento de las devoluciones. Yo seguía sin poder escuchar la mitad de lo que se decía pero no importaba, porque igual no había atendido antes. La grapamiel no era Valdi. Serrana, capaz. No me daba cuenta. Alguien pidió un fainá, y uno de los mozos gritó un gol que al final no había sido. La dinámica de continuar el taller en el bar había parecido al principio una solución. El sótano donde nos reuníamos todos los martes terminó inundado con las lluvias de la tarde y Las Flores quedaba a pocas cuadras, pero nosotros éramos muchos y la mesa se hizo demasiado larga. De los cinco compañeros a mi izquierda, incluyendo al profesor, no percibía más que unas matas de pelo y algunas narices. Enfrente sí, veía rostros, y escuchaba la mitad de las palabras. Los de mi derecha, arrinconados contra el costado del bar, de vez en cuando se consultaban sobre lo que había dicho alguien en el extremo opuesto. De alguna manera, pese al partido, a las voces de otras mesas y al frío que nos esperaba más allá de la puerta, igual estaba buena esa ceremonia. Había un ritmo como de olas que se alternaban con cierta suavidad perezosa. Lectura, comentario, grapamiel, sugerencia, lectura, mirada, comentario.

Esa noche la reunión terminó un poquito después de lo habitual. Nos quedamos un rato con el tema de dividir la cuenta y saludarnos esquivando mesas y sillas. Mientras me demoraba para comprar unos chicles y después hacer la cola para el baño vi cómo la gente del taller se iba yendo, en grupos o de a uno. Voy a ver si los alcanzo caminando rápido, pensé al salir, dirigiéndome a la puerta, pero una voz familiar pronunció entonces mi nombre y ya no pude dar un paso más. 

El hombre de las canas, al que hasta entonces solo había visto de espaldas, me miraba fijamente y trataba de sonreír. Evidentemente, el encuentro lo había dejado casi paralizado. Capaz que si lo hubiera pensado un segundo me habría dejado pasar sin mirarlo, pero esas cosas no te dan tiempo a meditar, solo suceden. 

_ Hola. -murmuré, cayendo como  bolsa de papas en la silla de enfrente. -Hola, no lo puedo creer. Sos vos.

_ Soy yo. Un poco más viejo. Vos estás igual.

Lo miré. Él bajó los ojos. Las canas no eran la única novedad; en su frente había caminos, surcos, recorridos que nunca había visto. Estaba flaco. Los años no habían sido piadosos con él. Por un momento nuestras miradas se cruzaron. Me tomé su vaso de agua mineral, para disimular, y traté de hablar sin que la voz me temblara.

_ Pensé que nunca más iba a verte. ¿No estabas en Suecia?

_ Pero volví-.  respondió- Volví hace tres meses. ¿Querés un café?

Me miró con un intento de sonrisa. Yo hice un esfuerzo sobrehumano y me aguanté las lágrimas. 

_ No. Pedime una grapamiel. Sin hielo.

Hacía media vida que no lo veía, pero recuerdo perfectamente el momento de la despedida. Cómo me abrazó al final, cómo se fue caminando encogido, como sin fuerzas, en una tarde helada y de viento. 

_ Te extrañé, ¿sabés? -me dijo- Sos la única persona que he extrañado en la vida. No hay día en que no tenga ganas de verte, pero no tenía cómo ibas a reaccionar si te buscaba.

Traté de mirarlo con enojo, pero me salió el dolor de adentro. Eran demasiados años de abandono. Ya no había furia, solo una herida que ninguna charla de café ni ninguna de sus miradas de ahora iban a poder cerrar, nunca.

_ No te gastes, que no voy a creerte. Pero hablame de vos, y no mientas. Sabés que no podés mentirme, porque me doy cuenta. 

_ ¿Qué querés saber?

_ Todo. 

Y me lo dijo. Me habló de su casa en Upsala, de su perro Fidel (“igual al Frodo, ¿te acordás del Frodo?”), de su trabajo en la Universidad. Del matrimonio con Paula, del divorcio, de los líos por la plata. Yo también le conté de mis cosas, pero menos. Nunca más voy a confiar en vos, pensaba, me dejaste. No te importé. Fuiste una mierda.

A las horas vino el mozo con la cuenta, porque ya estaban cerrando. Él propuso acompañarme hasta la parada, y me negué. Capaz que el camino hasta 18 se hacía largo y oscuro, pero necesitaba irme sola, o al menos sin él. 

_ Mari… Me gustaría pasar un día por tu casa y conocer a tus nenes-. Me dijo- ¿Puedo?

Lo miré. Tenía los ojos llorosos y la voz le temblaba. Estaba a punto de decirle que no, cuando estiró la mano y me la pasó dulcemente por la cabeza, desordenándome el pelo. Fue solo un segundo; en seguida la retiró y bajó los ojos. Yo di un paso atrás, pero acusé el golpe. 

_Está bien-. Le dije, aguantándome las ganas de abrazarlo. -Pasá cualquier día de entresemana, que mamá los deja temprano, pero dame un par de días para prepararlos. Ellos no saben que tienen abuelo. 

Y me fui. 

La noche estaba aún más helada que antes, ya no quedaba casi gente caminando. No había andado ni diez metros cuando escuché el ruido de la cortina metálica del bar que cayó con un estrépito de bomba sobre las baldosas. 

Ojalá que el próximo martes no llueva, así el taller vuelve al sótano de siempre, pensé. No me gustan los bares de viejos, nunca me gustaron. Son traicioneros. 

Y seguí caminando.


domingo, 3 de junio de 2018

Junio 2018





Corrí al ómnibus. Se detuvo. Extrañamente, aún tenía válido el boleto anterior.
Se vació un lugar. Encontré al sentarme que había en él un paquete sin abrir de Halls de miel. Se las di a un hombre con niña en el asiento de enfrente. Los dos sonrieron y dijeron “gracias”. 
Se vació un asiento con ventanilla. El ómnibus va calentito, solo sube un cantor, de buena voz y un solo tema.


Karma de 103. Pequeñito pero de respuesta inmediata.





Los dos muchachos buscaron un sitio en el medio del 103 Carlomagno, pidieron disculpas si ocasionaban alguna molestia y comenzaron su acto. Tomó la palabra el más canchero, que hablaba con una evidente impostación, como cuando uno juega a hacerse el locutor de radio. 
_ Buenas tardes. Y cuando uno dice “buenas tardes en general lo que escucha es...?
Uh. Sonamos. Graciosito. 
_ Vamos a hacer un poco de música. Bueno, ¿qué otra cosa podríamos hacer con este instrumento?- prosigue, y me aguanto las ganas de realizarle un par de sugerencias. 
Tocan (muy bien) una versión movidita de “Hasta que me olvides”, y el señor impostado toma de nuevo la palabra.
_ A ver si saben... ¿de quién es este tema?
Silencio sepulcral. La gente los ha aplaudido, pero la tarde no está como para test de memoria.
_ ¿De quién es este tema, señores?- repite, y ante la falta de respuesta agrega: 
_ Bueno, se ve que nos falta un poco de cultura general... Es de Luis Miguel, señores, del disco, bah, del casette Aries.

Listo, lo que faltaba. Aturdida, invadida y ahora insultada por un luismiguelero. Cerrá y vamos!




Paso por el salón comunal de mi cooperativa, usualmente tan callado y solemne, y me sacuden las notas a todo volumen de Obladi-Oblada. Es el cumpleaños de Paul Mc Cartney, pienso mientras camino medio distraída con las bolsas de los mandados, y acto seguido soy sacudida por una idea jamás antes formulada en mi cabeza: ¡hay vida en COVINE 5!!! 

Epifanías de lunes por la mañana, estimados. Que empiecen bien la semana, y que sea con la música que más les guste.




Domingo soleado por la mañana. Estoy corrigiendo escritos sobre la Biblia mientras escucho música clásica de fondo, en este momento "Adagio en G Minor", de Albinoni. 
No entiendo por qué, pero youtube me ofrece como sugerencia algo que se llama "Free Depression". 

Voy a hacerme un café, y capaz que me paso a Buitres. Por las dudas.





¿Se acuerdan del bus del que hablaba hace un par de días, el que estaba LLENO de órdenes bajo la forma de carteles? Acabo de subir a otro que me explica las normas de comportamiento, solo que este apela a la indirecta.

“Hoy una embarazada y una anciana que estaban de pie me miraban mucho. Seguro que me confundieron con alguien.”

Yo (de verdad) no sé en qué omnibuses viaja la gente que hace (o la que aprueba) estos carteles. Viajo por lo menos en dos por día, y siempre se le da el asiento al que lo necesita. Capaz que a veces uno va en otra y no percibe lo que le rodea, pero si se ve, se actúa. Nunca (NUNCA) vi que alguien tuviera que seguir parado más de diez segundos después de pedirse un asiento. Basta de decirme que debo hacer lo que ya hago y no podría dejar de hacer. “Pasando al fondo que hay lugar”, por ejemplo.


Viernes quejoso, exacto. Ya va a pasar.




“El que nace pichi, el que crece pichi es pichi, más allá del poder”, dice una voz molesta y conocida que taladra mis oídos cuando emerjo de la siesta vespertina de 103. ¿Hace falta, señor chofer, hace falta poner esto a todo volumen? No sé de qué habla pero la terminología lo delata, más allá de todo intento de disimulo. Lamento mi siestus interruptus. Y me paro, porque por suerte ya voy llegando a destino, justo cuando sube un cantor disfónico y desafinado como el que más. “¡Ay ay ay ay... ay ay amor... ay mi morena de mi corazón!”





Llovizna. Llovizna siempre. Entre sombras, presagiando luces que no llegan, un gris espeso de piedra y de silencio. La ciudad cierra sus ventanas. Por las calles se deslizan cuerpos apurados. Veo la vida desde atrás de un vidrio empañado con rastros de tierra, de polvo, de hojas secas y manos indecisas. 
Martes de noche en Montevideo. Algunas letras, voces, tiempo compartido. Qué más. Qué menos




El hombre es un cincuentón, de pelo larguito, con aire de artesano. Se para y habla con el chofer del 103:
_ ¿Me avisa en San José?
_ Eeeh... San José es la paralela a 18. San José y qué va usted?
_ Voy a San José. ¿Es la que viene?
_ No, San José corre como 18. Esta es 18, la primera para aquel lado es San José. 
_ Yo me tengo que bajar en San José. 
_ Lástima que no sabe en qué esquina. Tiene que bajarse, cruzar 18 y buscar la primera que corre como esta. 
_ Ah... Yo bajo en San José...
_ Sí, le conviene bajarse en esta y ver.

Bienaventurado seas oh, tú, chofer de infinita paciencia con el que puedo sentirme identificada, especialmente cuando vengo de un escrito de la Biblia en el que me preguntaron si Jesús era el mismo que Moisés y si aparecía mencionado en el texto.


Oooom.




Dos chicas en el ómnibus, de unos 13 años, una a mi lado y la otra parada. 
_ Fa... el lunes van a dar el carnet.
_ ¿Y qué problema, boluda? El primer carnet siempre es el más lindo, porque es el de mejores notas.
_ Es que tengo 7 bajas.
_ Ta, pero el año pasado ¿cuántas tuviste en el primer carnet?
_ 10. 
_ ¿Ves? El primero siempre es el mejor, y aparte con 7 bajas estás re bien, boluda. 
_ Sí, tenés razón.


Profesora entrando en modo contención de discurso “Andá a estudiar o qué te pensás que hacés en el liceo”, en 3... 2... 1...




Tienda Inglesa llena un viernes a la caída de la tarde. Paso rapidito, apenas para comprar un par de cosas, y me detengo ante una promotora parada prolijamente frente a una bandeja llena de mitades de huevo duro pinchadas con un tenedor de plástico. 
_ Buenas tardes.
_ Hola.
_ ¿Gusta probar los huevos duros envasados Prodhin?
_ ¿Cómo? 
_ Son 5 huevos duros pelados y envasados en un paquete como este.- me dijo la chica con voz de ángel.
_ Estoy totalmente en desacuerdo con la idea- aclaré con amabilidad- pero igual voy a probar uno. 

Dejé a la muchacha con su trabajo antiecológico del que ella no tenía la culpa y me fui, comiendo mi medio huevo duro, y preguntándome qué sentido tenía ofrecer una muestra si el huevo es igual a cualquier otro sin envase. Cosas que pasan.




Esto de las nuevas narrativas hace unos años que me parece de lo más interesante, pero no sabía que ya había concursos y todo. 
Vamos a entendernos: esto no es una nueva forma de hacer cuentos, es otra cosa, así que si caemos en "el libro de papel nunca va a desaparecer", "no vas a comparar a esto con Quiroga", etc, le estamos errando al bizcochazo. No es un cuento. Como no tiene nombre, por ahí andan boyando denominaciones tentativas. Las historias pueden ser un poco simples al principio, pero que se vienen, se vienen.

#HistoriasDelHilo





_ Hola mi amor quiero saludarte en nuestro aniversario decirte que estoy muy feliz de que hace un mes seas mi esposa sos mi rayito de luz soy muy feliz contigo sos una hermosa mujer.

El mensaje de voz es leído con cariño pero sin la menor entonación, lo que me hace sospechar un papelito en la mano del enamorado, que llama a la radio para dedicar un tema pero antes prepara su discurso aniversario. La canción es Dancing in the dark, y al terminar la locutora de voz empalagosa nos informa que el dedicante se llama Salvatore, que hace 4 años que conoce a su flamante esposa y que se pasa las horas jugando con su perra Donna.

El 7A continúa su avance por Tres Cruces, mientras la pasajera del asiento de adelante no termina de decidir si hizo bien o no en tomarse el primer bus que pasara por la parada. Es como un viaje a la radio de la infancia, pero si a mí ya desde chica me asqueaban Aquí está su disco, el señor Bello y la Bombonería Palay, ni te digo Radio Disney a las siete y media de la mañana un martes de invierno en 2018. 
Creo que a veces me gustaría no hacer, no pensar, no andar en ómnibus no escuchar radio. Básicamente, preferiría ser Donna. Pero solo a veces.


Siempre hay un momento en el viaje en que se apagan las luces del ómnibus y quedan apenas los indicadores del pasillo y el baño. Suele ser al dejar atrás una ciudad, en el mismo momento en que el afuera se hace negrura sólida y sin fisuras, especialmente cuando la noche no tiene luna ni estrellas ni relámpagos. Las voces de los pocos pasajeros, esos que sin ver sospechamos, bajan el volumen, se perlan de bostezos y terminan muriendo despacito. Hasta el aire acondicionado se apaga sin que nadie más que yo lo perciba, o eso creo, en medio de la oscuridad y el silencio más absolutos de este viaje desde el pasado hacia el presente. 
Habrá que entrar en modo introspectivo, pienso, habrá que pensar, evaluar, decidir, cambiar, empezar, terminar, buscar, pienso, hasta que echo una mirada de reojo al cartelito encendido en el techo, debajo del portaequpajes: salida de emergencia. 
Abro el ipad y me pongo a leer una novela. 
Hoy no será. Hoy no.




Otro día gris en la Merín. Mis viejos desayunan mientras charlan sobre las noticias policiales de la radio y discuten respecto a qué clase de caca hace cada uno de sus gatos, si es pequeña o grande, sólida o medio líquida. En cierto momento su agradable coloquio matinal se interrumpe para llamar al electricista del pueblo, por el pequeño detalle del agua de lluvia corriendo encima de los cables de la electricidad. Trato de leer algo pero en esta casa no se conoce el concepto de “concentración”. No da para salir a caminar porque aún llovizna de vez en cuando. Si miro por la ventana del frente hay una perrita negra de un vecino en el portón, mirando para la casa con cara de hambre. Si salgo al fondo ipso facto aparecen los nueve gatitos del fondo a maullar y trepar por el tejido.


Iupi.

lunes, 7 de mayo de 2018

Mayo 2018





¿La rueda? ¿Los fósforos? ¿La electricidad? No, queridos. Cuando cae la noche en Lago Merín la verdad se impone y ya no hay duda que valga: el mejor invento de la humanidad es el tul mosquitero.



Los vecinos demandantes del fondo. Los NUEVE vecinos demandantes del fondo (algunos no salieron en la foto). Tienen dueña, que no quiere regalarlos, pero ellos visitan a todos los vecinos y piden y piden y piden. Mi vieja está superada con el tema, no quiere que pasen acá y la comprendo. Igual yo capaz que disimuladamente mañana les compre comida y se las dé por ahí, lejos de la casa. Son divinos. Cómo será, que tienen conquistado al Cele, y los gatos de esta casa no los corren.




Acostumbrada desde hace años a la quietud y placidez de mis viejitas Tania y Roldana, hay ciertos aspectos de la juventud felina que ya había archivado en mi memoria, hasta que apareció Matilda. A León no lo cuento: él es un venerable anciano y el 98% del tiempo come y duerme, pero ella...

1. Se cuelga de todos los móviles de la casa (a saber: tres).
2. Deshilacha todo lo que tenga lana, ya sea un buzo en el perchero o una manta sobre el sillón. Después aparece con hilachos de colores en la boca y tengo que atraparla para sacárselos y evitar que se los termine comiendo.
3. Tira cosas (piedras de adorno, caracoles de Valizas, lapiceras) y las arrastra por el piso hasta que desaparecen bajo la heladera u otros sitios inaccesibles. 
4. Corre. Corre sin razón, de golpe, a toda velocidad. Ella corre. 
5. Mordisquea cables, manotea hojas de mis plantas, se afila las uñas en los sillones.
Acabo de rescatar una pelotita de goma de hace años y le aclaré que a partir de ahora ese (solo ese) será su juguete personal. Ya la metió dos veces bajo la heladera, la gambeteó entre las botellas vacías de adorno y la enredó en la cortina del living.
Ooooom...




“Hay un monito con su monito, 
Hay un monito con su monito, 
Es un regalo de San Pedrito
Para la fiesta de los negritos”

El 100 se bambolea por 8 de Octubre mientras avanza movido a quena, zampoña y frenazos. Los petisos se aferran como pueden a los pasamanos verticales, porque a los de arriba solo se llega pasando el metro setenta. Los excedidos de peso se comprimen en asientos y pasillos pensados para elfos. Alguna adolescente con uniforme de colegio conquista un asiento a puro codazo, anunciando a la vieja que se esconde y aguarda debajo de su piel de porcelana. 

Somos los monitos de las siete y media. La función del circo se retomará a las 18; los esperamos. No falten.




¿Cuándo se da por terminada una obra de arte? ¿Existe de verdad una voz interior que diga "listo", o podemos seguir cambiando palabras, dando pinceladas o tallando hasta que terminemos haciendo que todo se desmorone? No puedo leer nada que haya escrito sin cambiar algo cada vez, cada vez, cada vez, y sé que a partir de cierto momento solo puedo estropear lo que ya estaba, pero ignoro dónde está el límite. Tendría que sonar un timbre cuando empecemos a derrapar, algo así como un "triing!" de mensaje de texto que diga basta. 
A ver quién desarrolla esa aplicación. 

Yo quiero.



Desayuno. Matilda pide comida. Le muestro que en el platito hay. Come diez segundos. Llora de nuevo. Me levanto, camino un metro. Ella ve su plato. Come. Vuelve a llorar. La miro. No entiendo, pero la pongo frente a su comida. Quince segundos después sigue reclamando como si estuviera muerta de hambre. No entiendo a los gatos. Fin.



El mío es un barrio de pocos grafitis, pero los que tenemos duran años y años, y no son lo que podríamos llamar ortodoxos. “Los jóvenes están aburridos/ devuelvan las razzias”, reza la pared de una casa, y más allá de la pintoresca separación en sílabas la intención resulta un tanto singular, a caballo entre el humor negro y un fascismo made in años noventa, o poco menos. Debajo, Einstein. Al costado, una esvástica al revés, tachada. Grafiti vintage, made in Curva de Maroñas, pibe. Porque acá no le copiamo’ a nadie, no le copiamo’. Sabelo.




No, no todos los grupos de estudiantes son iguales: algunos son inolvidables. Gente luminosa que una conoció cuando tenían 16 años, charlaban hasta por los codos y a veces payaban de lo lindo en los escritos. Estudiosos algunos, críticos otros, histriónicos, dulces, queribles. Un mar de fueguitos. 

Hoy me los volví a encontrar, y ya no eran los mismos. Hay una luz que desde ayer nos falta a todos, y no hay abrazo ni lágrimas ni palabras que sirvan de consuelo. Pero los fueguitos deben seguir encendidos. Los que siguen acá y los que a partir de ahora mantendremos vivos en el recuerdo, porque solo eso somos: presente y memoria.




Hora de apoyo en el IAVA: aún no llegó ningún estudiante. Salgo con la jarra térmica buscando una canilla donde cargar agua para un cafecito inicial, y empiezo a rebotar contra las mallas de tejido que ha puesto la gente de la obra. Por ahí no. Paso cortado. Vuelta al patio. Por aquí tampoco. Barrera de alambre. Nueva vuelta. Acceso denegado en el patio 2; pruebe de nuevo por otro camino. 
Me siento Mario Bros. En cualquier momento me pongo un bigotito y entro a saltar alumnos y papeleras por los pasillos. 

¿Va a durar mucho la obra?




D'Arienzo era el eterno acompañamiento de los feriados con asado en la casa de mi infancia. El tío Isaías (tío de mi vieja, en realidad) no consideraba la más remota posibilidad de poner otra música que la suya para acompañar esas mañanas familiares, y si bien yo por entonces como todo niño detestaba los tangos, con el tiempo me fui reencontrando con algunos y tomándole el gustito, cosa que suele pasar pasados los treinta, es decir, hace poco. 
Ayer fui a ver Aeroplanos a la Alianza, y no solo en la obra aparece este tema de D'Arienzo sino que con el tiempo Pepe Vázquez se convirtió en el tío Isaías, por lo menos por el aspecto. 

Esa fue la última función (quiero creer que por ahora), pero si la reponen y pueden, vayan. Es una joyita. Vázquez y Calcagno, dos gigantes. Dos personas en escena, sala chica, escenografía costumbrista, y sin embargo aquello fue magia. Aplausos de pie, interminables. Arte puro.





La gata Matilda suele despertarme en medio de la madrugada, maullando como desquiciada ante mi puerta. A veces logro camuflar el sonido en algún sueño y seguir de largo, otras me levanto y bajo a la cocina con ella entre mis pies, solo para que en el tramo final se me adelante y se ponga a comer lo que ya tenía en su platito. En esas ocasiones subo la escalera resoplando y lo primero que pienso es que nunca voy a entender a los gatos. Como cuando pide a los gritos para salir, pero si le abro la puerta se asoma veinte centímetros y vuelve a meterse. O cuando le compro algo supuestamente delicioso, lo olfatea y me mira con cara de asco, o rechaza una pelotita de goma y se divierte jugando sola con un papel enrollado o algo que me tiró de la mesa sin permiso. Ella se pasa las horas mirándome, y si le sostengo la mirada no la desvía ni pestañea, no importa cuánto tiempo yo se la aguante. 
Son raros los gatos, pienso, hasta que entra el otro, León, el rival del fondo. Ahí Matilda se vuelve transparente como un niño de cuatro años, pone cara de celos, me fulmina con la mirada, va hacia él y trata de alejarlo de su platito, su silla, su humana. El otro venía de la calle, del hambre y la desprotección, y al principio se adaptaba a ella, pero cada día se vuelve más seguro y menos tolerante a los reclamos de la ex gata única de la casa. 
Distintas especies, distintos códigos comunicacionales, pero un mismo objetivo: sobrevivir. 

Igual que nosotros.




Ella es joven , alta, bella y con una nariz de payaso. Su amiga bajita, de trenzas y chaqueta plateada. La chica de la nariz roja recita tres poemas en el 103 que avanza alegre saltando los charcos de 18, pero no los dice normalmente, sino que los grita, los pronuncia de manera extraña, afectada, como cuando uno quiere imitar el acento de un ruso en una comedia. Los tres textos son de un escritor contemporáneo, breves, ricos en gerundios y palabras inventadas combinando términos comunes. Terminan lo que definen como “arte urbano”, piden unas monedas, saludan y se bajan del bus. 
A la cuadra nos sacuden de pronto unos repiques que avanzan desde una calle del Cordón; todos nos desnucamos, y alcanzamos apenas a percibir unas bailarinas, unos tambores, unos vecinos acompañando la marcha de la pequeña comparsa. 

Qué querés que te diga. Para arte urbano, me quedo con el que tenga fuerza, sangre, garra. Lo demás, pura apariencia, olvidable entretenimiento sabatino. Palabra sin alma, cáscara, autobombo. Pero esto, claro, como todo. es solo una opinión.





Uy... Ese que acaba de bajarse del ómnibus en mi parada, ¿no es...? Lo miro medio con disimulo, tratando de aclarar la imagen borrosa que la miopía suele brindarme de las gentes y las cosas, especialmente cuando tengo los lentes en la mochila. En ese momento él deja de hablar con una persona, se da vuelta, comienza a caminar en mi dirección, y en un segundo se me van todas las dudas: es. 
¿Sabrá que hace mucho tiempo que voy por la ciudad tratando de evitarlo? Pienso, mientras camino hacia la parada de donde él viene. ¿Sabrá que no he podido olvidar su voz? ¿Sabrá que aunque no lo veo ni quiera verlo igual me preocupa cómo está? ¿Me detestará por no haberlo mirado o escuchado cada vez que me lo pidió? 

No lo sé; pero cuando finalmente coincidimos en el camino él levanta hacia mí la mirada, despliega una sonrisa grande como un 103, me dice: “Buenas tardes” y se va. El Morocho Rapero sigue su camino, y yo el mío. En silencio. Por suerte.





¡Qué semanita, Teté!

¡Ah, sí, para días moviditos, ninguno como los de esta semana, mire! Arranqué con una crónica breve, una de las tantas con las que atomizo todos los días a mis amigos de estos lados, y resulta que termino apareciendo en la tele, en los diarios y hasta en la columna de Darwin. Qué cosa seria, ¿eh? 
Claro que cuando cuento de las intervenciones de los estudiantes por el Día del Libro o del Teatro, cuando escribo sobre las muestras de los gurises de Artístico o de los Días del Patrimonio con el IAVA lleno de arte e historia la cosa no se mueve tanto, ¿no? Pero con el tema de las intervenciones cercanas a la fecha de la Marcha del Silencio todo se dispara. Pasó en 2016, pasó el año pasado, pasa ahora. El tema sigue doliendo. Los comentarios que aparecieron como respuesta a lo que yo escribí muestran ese dolor vivo, a flor de piel, del lado que sea. 
Yo no doy lecciones (excepto de Literatura, y siempre respetando la opinión del otro), pero que esto tiene que dar para pensar, tiene. Tenemos que encontrar caminos para dialogar sin agredirnos, para reflexionar, para hacer autocrítica cuando haya que hacerla, para bajar la pelota al piso cuando haya que bajarla. 

Las crónicas habituales volverán a este muro cuando logre descansar un poco de este revolcón viral que me tiene más que agotada. Mientras tanto, reafirmo mi orgullo por trabajar en el IAVA, con los compañeros y los estudiantes que tengo. Y nos vemos el domingo, marchando, en silencio.





Ocho de la mañana, primera hora con quinto Artístico en el IAVA. La clase estaba tranquila, trabajando en grupos, cuando se abrió la puerta de repente, ingresaron dos figuras con pañuelos negros tapando sus caras, se dirigieron sin dudar a la primera fila y sacaron de arrastro a una de las estudiantes. Todos nos callamos de golpe. Cuando se fueron nadie dijo nada, hasta que Mateo, un estudiante, preguntó:
_ ¿Yo estoy loco o acá acaba de pasar algo muy raro? 
Hubo un alivio perceptible, y se empezó a hablar. Algunos no habían entendido nada, otros (como yo) lo sospecharon y solo unos pocos sabían de verdad lo que estaba sucediendo. Todo se aclaró cuando a los cinco minutos las figuras de los pañuelos devolvieron a la compañera “secuestrada” y comunicaron que a la una y media había una asamblea estudiantil con oradores invitados para informarse sobre el 20 de mayo y su relación con el tema de los desaparecidos.

El IAVA siempre es el IAVA. Si no hay patio para armar una performance porque la obra lo tiene vallado y vetado, la cosa se hace salón por salón, buscando que el tema te llegue a través de lo vivencial y no por un cartel o pizarrón informativo.

A quinta hora, otra vez en un quinto de Arte, lo mismo, solo que esta vez hasta yo salté, porque la entrada fue violenta y a los gritos. Impresionante. “Profe, yo sabía perfectamente que estaba haciendo un papel pero te juro que por un momento hasta a mí me dio miedo”, me dijo uno de los secuestrados. 
_ ¿Y nadie salió a defender a su compañero?- pregunté, sabiendo de antemano la respuesta.
_ No, profe, ¡si nos quedamos todos de cara! Pero en un grupo sí, me dijeron que alguien se paró y casi le pega a los que se llevaban a uno de la clase.


Gajes del oficio del actor de teatro invisible, pensé, y no pude evitar que me corriera un escalofrío por la espalda. El miedo paraliza. ¿Qué hubiera pasado si aquello nos hubiera pasado de verdad, si alguien hubiera irrumpido de pronto en un salón para golpear a un estudiante? Las que yo vi fueron todas chicas, figuras que por más pañuelo en la cara que llevaran al instante reconocí como mis alumnas de otros grupos, pero igual. Miedo. Y respeto por estos gurises, que año a año sorprenden, reflexionan, aprenden. Y enseñan.





Hay actitudes que no saben de género ni de empresas: están por todos lados. El 405 entra al Intercambiador y suben cuatro personas. La señora inspectora de Coetc se queda abajo, pero mira por las ventanillas de una manera que podríamos llamar inquisitorial, comprueba que en el fondo van cinco personas de pie (cinco) y de todos modos golpea el costado del vehículo y grita algo de “pasando al fondo que hay lugar”. No sé si será ejemplo de soberbia, afán de poder o simple automatismo, pero me dan ganas de golpearle varias veces con una monedita en la cabeza mientras le pregunto si no ve que el ómnibus va vacío y (hasta ahora) en paz. 

Síndrome de lunes, estimados. No se preocupen. Ya va a pasar.




_ ¡Muy buenos días, señoras y señores!
Levanto la cabeza y lo miro: es un muchacho joven, de voz disfónica. Viene con un adminículo cilíndrico de metal y por un momento deliro pensando que ¡al fin! ha subido al 103 un vendedor ambulante de café, pero no. Es un rapero de los que te piden palabras para armar su canción. Me zambullo en el celular como si con ello me volviera invisible, pero escucho. “Madre”, dice una mujer. “Hijo”, acota un señor veterano. “Amor”, remata un tercero. No, si acá somos todos re originales. La ex máquina de café se revela parlante que colabora en la tarea de comerme la cabeza como si yo tuviera la culpa de algo, como si no fuera más que una incauta pasajera que tuvo la mala suerte de caer en el ómnibus equivocado durante el número “artístico” equivocado. 
Ah, acaba de terminar. 
El silencio se adueña nuevamente del espacio del señor conductor y su mundo de veinte asientos. 

Al fin.





_ ¿Pero qué decís, mamá? ¡Eso es de la época en que estaba la abuela! Ta, dejá, mamá, dejá. No entendés nada. Dejame pasar, mamá, que ya es mi parada.
La viejita de lentes y pelo blanco se hace a un lado para que la hija se baje. No es una quinceañera maleducada: es una cincuentona producida hasta el mínimo detalle, tratando de quitarle alguna década al almanaque. Pelo rubio platinado como de muñeca, calza, chaqueta a cuadros y borceguíes blancos, en un conjunto un tanto ridículo pero evidentemente esmerado. 
Cuando se baja, la viejita se queda mirando, a ver si la saluda, pero ella ni la mira y sigue su camino arrogante. La madre corre la cortina y mira hacia adelante. Al rato conversa algo con la pasajera que se le sentó al lado, y sonríe. Tiene una linda sonrisa, amable, bondadosa, despejada. 
Sigo mi camino mientras corrijo escritos de quinto y compruebo, sorprendida, que de los 5 primeros uno es un 10, dos 11 y dos 12. Dejo de corregir, mitad por cábala, por si los próximos no están al nivel de los primeros, mitad porque de repente levanto la cabeza y veo que estoy llegando a mi parada. Le pido permiso al señor con aliento a vino que se me acababa de instalar al lado, y me bajo.

La viejita sigue su camino en el 306. Sola.





Palabras de miércoles.

Cuando yo era chica uno de mis pasatiempos favoritos era jugar con las bolitas de mercurio que salían de los termómetros al romperse. Aquello era magia pura: una podía jugar carreras con las gotas, irlas organizando, hacer que unas se comieran a las otras, y ellas permanecían siempre intactas, a la vez que vivían en continuo cambio. Pequeños universos, tan dinámicos como indestructibles.

Hoy en particular siento que este ha sido un miércoles de mercurio. Pasé por mil interacciones diferentes, cada una con su propio registro, y de todas me han quedado huellas. Charlé con una persona que cuando hablamos me persigue con la mirada hasta el punto de crisparme los nervios y también con alguien que no sabe establecer contacto visual con otro ser humano y solo es capaz de mantener un diálogo si se pone de espaldas. Fui por un rato la guía turística de una extranjera. Me reconoció una alumna del siglo pasado. Un chico de cuarto me impresionó con su cultura general a prueba de pruebas. Pedí consejos. Jugué a actuar. Pensé mucho. Escribí un poco. Sigo hablando.


Hace años que no se hacen más termómetros de mercurio, pero estaba lindo eso de jugar con las gotitas. Ya sé que era un delirio, ni me lo expliquen: yo también aprendí sus peligros, aunque fuera tarde. Capaz que por eso quedé como quedé, vaya una a saber, pero hoy, no sé, no puedo sacarme de la cabeza la imagen de una gotita de mercurio rodando por las calles, por los salones de clase, por las oficinas y por las pantallas, siempre igual, siempre distinta, y también a veces (dicen) un poquito peligrosa.





La guarda del 110 viene con su hija sentada casi en su falda; la chiquilina es una adolescente de unos quince años, uniformada, que charla con la madre sobre el día de clases de hoy en el colegio. 
_ ... Y al final no hicimos nada. Yo llevé el catecismo y el cuaderno de coso, pero no hicimos nada. Solo fuimos a encontrarnos con dios, a la iglesia. En Matemática tampoco hicimos nada, solo corregimos los deberes. El profe miró los cuadernos y algunos no lo tenían. No hicimos nada. ¿Y ahí qué están haciendo?- se interrumpió al ver un montón de carteles y de gente vestida de anaranjado en la explanada de la Intendencia.
_ Ahí están vacunando- le explicó la madre, a lo que ella replicó;
_ Ah, sí. Nada. 
Sigo mi viaje desde el IAVA hasta el CES. Vengo de clases sobre romancero, de lecturas y trabajos en base a Tebas Land, de horas de apoyo y de coordinación, y voy hacia tres horas de trabajo en Comunicación Social, antes de llegar a casa a ver si corrijo escritos. 
Nada. Eso. Nada. 





_ ...Y se me ocurrió que después de haber estudiado Edipo Rey puede estar bueno leer un texto uruguayo de hace pocos años, que es también una obra de teatro y que toca algunos temas que ya vimos antes. Se llama Tebas Land, y es del escritor Sergio Blanco. 
En ese momento, al mencionar yo al autor, hubo un movimiento en el fondo del salón, como un cierto despertar en un subgrupo de cuatro muchachos que abrieron un poco más los ojos, pero no dijeron nada. 
Al rato, cuando ya habíamos leído las primeras páginas de Tebas Land y mientras ellos respondían algunas preguntas, yo iba entre los grupos a ver cómo estaban trabajando. 
_ Profe- me dijo uno de los del fondo- al principio pensamos que hablabas del Chapita. 
_ ¿De quién?
_ De Sergio Blanco, el futbolista, que le dicen el Chapita. 
_ Ah, no, ni sabía del futbolista... Este es un escritor uruguayo, es muy conocido. 
_ No, pero el Chapita es más famoso, te aseguro. 
_ ¿Vos decís?
_ ¡Seguro! Poné Sergio Blanco en Google y fijate. ¿Tenés internet en el teléfono? 
_ Sí... A ver...

Confirmado. Tenían razón. Primero el Chapita, después el dramaturgo.

En mi próxima vida quiero ser futbolista.




Voy a impulsar un plebiscito prohibiendo a los inspectores de Cutcsa el uso de una monedita contra el bus para enfatizar su reclamo de “sigan pasando, señores, sigan pasando que hay lugar”.

#NoALaMonedita

#PecadoDeHybris

#DanteTeInventaríaUnCírculoPropio

#ElCiegoDeLazarilloTeLasGanaríaTodas

#MeGustaCuandoCallasPorqueSoloTienesBilletesDeVeinte


#Etc





Hace unos días un amigo me contó que los sábados de mañana en la radio tal repiten un programa que en la semana coincide con nuestros horarios de trabajo, y lo miré casi con lástima. ¿Escuchar cosas en la radio, directamente? ¿Y comerme la publicidad, y los segmentos que no me interesen? Hace un par de años que ya no lo hago. A la tele la abandoné hace 8, cuando me volví a esta casa. Mails personales, no existen. Llamadas a un fijo solo si previamente lo aviso por el teléfono, porque nadie los contesta (excepto yo, que dos por tres caigo en "buenos días, señora, le hablamos de Secom..." y esas cosas). El domingo, charlando con una amiga, caí en la cuenta de que hay personas no tan lejanas en mi historia personal con las que jamás nos hemos mandado un wsp, que es cosa de los últimos 3 o 4 años, o algo por el estilo. 
Y así todo. 
Visto y considerando lo antedicho, me marcho al IAVA esperanzada, porque lo más seguro es que en un futuro cercano algún iluminado de la informática y las telecomunicaciones invente la máquina de corregir escritos de Literatura, haciendo que ciertas torturas del presente se diluyan de pronto en la memoria como si jamás hubiesen existido, o al menos eso espero. 

Buenos días.






Ella era buena, dulce, y silenciosa. Siempre estaba ahí cuando yo la necesitaba, y si bien algunas veces la acusé de quedarse con mi dinero debo reconocer que al final siempre de una u otra manera me lo fue devolviendo, asegurando la buena fe y la continuidad de nuestras relaciones. 
Hasta este mes, en que manos anónimas han atentado contra su seguridad de manera infame, escudándose en la soledad y las sombras de la noche, cuando el IAVA se pone profundo y lleno de ecos de estos y otros tiempos. 
Tres veces le cortaron los cables a la máquina del café la semana pasada, tres veces tres. Me juego la cabeza a que ningún estudiante ni ningún docente es culpable de semejante atropello a la salud y la lucidez de los habitantes del monumento histórico nacional. Y no digo más, pero sospecho (yo diría “sé”, pero, en fin, todos podemos equivocarnos). 
Todo esto para decir que si andan por mi liceo y de repente ven a alguien merodeando alrededor de la máquina (que va a resurgir de aus cenizas, volverá y será millones... de capucchinos) aprovechen y le sacan una foto. Si tiene una pinza en las manos, mejor.

¡Defendamos a la máquina del café!

¡Por un recreo digno, delicioso y calórico!

He dicho.




¿Vieron cuando cada acción que uno emprende lo lleva a empeorar lo que se quería solucionar, al estilo de las viejas comedias de enredos donde una pequeñez inicial se complicaba hasta que todo terminaba en una debacle? 
Bueno, yo arranqué esta tarde lavando la ropa. Al sacarla vi que un buzo rojo había manchado todo, y me encontré con ex musculosas blancas ahora rosadas, por ejemplo, amén de con un montonazo de cosas decoradas con bonitas e informes manchas rojizas. 
¿Solución? Lavé todo de nuevo, a mano esta vez. A un saco blanco con delicadas flores azules lo terminé poniendo en agua con un chorrito de Jane, porque estaba medio rosado por zonas. A los tres minutos ya las flores no eran azules, sino marrones, y de un tono no precisamente homogéneo. Lo emparejé como pude; creo que quedó usable. Vacié la pileta de la cocina (donde toda esta operación, palangana mediante, había tenido lugar) y ahí fue que lo escuché. Un chorro de agua con restos de jabón en polvo, agua Jane y tinte rojizo de buzo traidor cayendo dentro de mi armario, ahí, entre los frascos de cera de pisos y los limpia vidrios. Se me rompió el caño de desagüe de la cocina, iupi iupi. 
Darwin habla a veces de una manchita de café en el sillón que termina con un muerto en el baúl del auto; yo estoy igual. Sin muerto y sin auto, pero con una fuente rumorosa de la cual tendré que ocuparme en la semana, sanitario mediante. 

Repito: iuuuuuupi...




“Io trato, trato, trato pero no te ooooolvidooo... io lucho, lucho, lucho y no lo coooonsiiigooo!!”

Io trato, trato, trato de ponerle la mejor cara, hasta lo aplaudo y todo, pero debo reconocer que lucho, lucho, lucho para que me guste su canción y no lo consigo.


Me gusta cuando callas porque estás como ausente. Es tan corto el silencio y tan largo tu tema. Porque en noches como esta yo viajé en silencio/ mi alma no se contenta con haberlo perdido/ aunque este sea el último cantor por este viaje/ y esta sea mi última crónica hasta el próximo Cutcsa.




Una ya sabe que si ve 3 ambulancias que avanzan con la sirena abierta es que pasó algo. Si además pasan buses llenos de hinchas de un cuadro de fútbol una entra a suspirar en la parada y a pensar “que no sea acá, que no sea acá”. Y no, no era en mi parada, pero sí a 3 de casa. Se armó lío en el Intercambiador, donde se juntaron hinchas de Nacional y Peñarol. Cuando pasé había como 20 policías ahí y 6 enfrente. Una chica subió al 405 llorando, diciendo que el fútbol era una mierda, que a quién se le ocurre hacer jugar a los dos a la misma hora y que los milicos empezaron a los tiros entre la gente que esperaba tranquilamente su omnibus. 
Dónde está la frontera entre diversión y locura, me pregunto. En qué momento la perdimos, si es que alguna vez fue nuestra. Cuándo la naturalizamos tanto como para que el muchacho que viene sentado adelante con un amigo le comente que “y sí, ya hubo muertes... a mí me mataron a un amigo de la escuela. 19 años, tenía”, para acto seguido arrancar a hablar de posiciones en la tabla, como si tal cosa. 

Ya sé que no entiendo el fútbol, es una pasión que no tengo, como no tengo fervor religioso ni patriótico, pero una cosa sí tengo clara, y es que la vida, la libertad de expresión y la seguridad de las personas deberían estar protegidas a como dé lugar, y que ante las caídas en el salvajismo no podemos vivir en el silencio y la indiferencia. Vengan de donde vengan, amparadas en el motivo que sea.




Primero filtramos datos de 87 millones de usuarios, luego, pedimos que ellos y el resto nos los entreguen (aún) más voluntariamente: servicio de citas estilo Tinder (pero "para construir relaciones reales a largo plazo, no solo aventuras") en esta red. Coming soon.

"Profesora de Literatura, colecciono fósiles, vivo con dos gatos."

Mmmh... No sé.

"Me gusta madrugar, adicta al café, veraneo en Valizas."


Tampoco. Soy nueva en estas lides, señor Z; ¿por qué no me escribe usted mi perfil de presentación? Total, ya lo sabe todo...

jueves, 3 de mayo de 2018

No hacía falta






No hacía falta

Cuando vi que la bolita se detenía en colorado el 14 no grité, juro que no grité. Solo me quedé ahí quietito y sin moverme ni un milímetro mientras por adentro me subía una cosa como una efervescencia, los ojos se me abrían hasta quedar tirantes y el cerebro empezaba a tirar fuegos artificiales de esos que se ven en las fiestas, pero de los grandes, ¿eh? De los de La Noche de las Luces, por lo menos.

Era cosa de no creer, mismo. La primera vez que iba a la rula; había empezado con los mil pesos que me dieron de aumento por los quince años de trabajo y fui ganando una vez, y otra, y otra, hasta esto. Una fortuna. Nunca en la vida conocí a alguien que tuviera ni cerca. ¿Qué digo ni cerca? Nunca en la vida conocí a alguien que tuviera plata, nomás. ¡Muchacho! Ahora sí que salimos de pobres, pensé, pero no quise empezar a los gritos porque uno es medio bruto y capaz que eso acá no se hace, vaya a saber. ¡La de cosas que quedan por aprender a partir de esta noche!, pensé, mientras disimulaba una lagrimita que amagaba caerme por la cara. ¿Llorar, yo? No, señor. ¡Lo que faltaba!

Cuando me dejó de volar la sangre por las venas y pude enfocar los ojos de nuevo, pregunté. Me dijeron que en el correr de mañana, en horas comerciales, podría pasar a recibir el cheque del casino. Que tenía que ir yo y nadie más porque el premio es intransferible, repitieron, y que cuando se trata de mucha plata el dinero no se entrega en el momento pero que si yo quería seguir jugando me lo apuntaban a cuenta y lo descontaban del millón cuando me pagaran.  En las caras se les veía que me iban a pinchar todo lo posible para que siguiera apostando, pero a buen puerto iban por agua. Di media vuelta y arranqué para las casas. Ni loco iba a perder lo ganado; esta era mi primera y última noche de ruleta. Lo juro por la memoria de la viejita que me mira desde el cielo, paz descanse.  

Mientras iba de regreso en el 110 tuve como una hora y pico de tiempo para pensar. Decidí que cuando se lo contara a la Ñata lo iba a hacer en grande, como para que no se lo olvidara mientras viviera. Si hubiera sido otra capaz que no lo hacía, pero la Ñata es a prueba de balas y no se iba a andar muriendo de un infarto, así que decidí que esa noche la iba a llevar del infierno al cielo en menos que canta un gallo. Al gurí no sé si lo iba a poder embaucar, no porque sea muy vivo, sino porque hace unas semanas que no para en casa. Debe andar enamorado.

Después de caminar las cuatro cuadras desde la parada esquivando pozos y perros por los pasillos del barrio entré al rancho y me moví medio a lo oscuro, para no despertarla. El gato de la Ñata andaba por ahí cazando bichos, pero ese no es problema porque no maúlla salvo que olfatee comida, y yo venía sin nada en las manos. Abrí la puerta del armario de la cocina despacito, despacito, tanteé por atrás de los frascos del azúcar y la harina y saqué el revólver. Pensé que iba a estar más sucio porque hace una punta de años que acá nadie tiene que salir a la noche por unos mangos, pero no: estaba reluciente. La Ñata lo debe de haber limpiado, pensé, mientras me acercaba al dormitorio. Mujer imprudente, me dije, pero sin miedo ninguno, porque yo a este coso hace añares que le saqué las balas. Fue todo el mismo verano: el nacimiento del Oscarito, la entrada a la fábrica de vidrio y el abandono de las bandidiadas. Aquello ya era tiempo pasado. Pasado pisado, susurré, ya medio imaginando un viaje en barco, unos vasos de whisky y una mesa con comida hasta pa' tirar pa'rriba. Pero antes, la bromita, y después el notición.

_ ¡Ñata!- pegué el grito desde la puerta, y ella saltó de la cama y se me quedó mirando con los ojos redondos como dos de oro.
_ ¿Qué hacés con el revólver, Antonio?
_ ¡No aguanto más esta vida, Ñata!- dije, apuntándome a la cabeza como si de verdad quisiera matarme y terminar con todo. 
_ ¡Pará, viejo, qué hacés!- escuché un grito del Oscarito, por la izquierda.- Dejá esa arma, que está car...
El estruendo me impidió escuchar el final de la frase del botija, que de repente se cayó de rodillas, mientras miraba cómo mi cuerpo se desplomaba despacito y sin ruido sobre el piso de baldosas.
_ Que estaba cargada, viejito, porque yo...- empezó a decir, pero no terminó la frase.

Igual no hacía falta.

martes, 3 de abril de 2018

Abril 2018






“Momento de furia. ¿Alguna vez te enojaste y tiraste algo contra algo o alguien? ¿Qué tiraste? ¿Por qué te calentaste? ¿Qué agarraste, qué tiraste, qué reventaste?”

Petinatti contribuyendo al buen relacionamiento social y a la no violencia, como siempre.


Gracias, coche 94 de la línea 110 por ponerlo a todo volumen, así no se desperdicia la oportunidad de difundir tan nobles y sanos contenidos. Así estamos.




Los grandes sucesos de este mundo se originan en la desobediencia, o al menos eso plantean muchos de los mitos de prohibición / transgresión, desde los hebreos (Adán y Eva) a los mayas (Ixquic), pasando por los griegos (Pandora).

En el caso de esta última no estoy tan segura de si da para hablar de desobediencia, desde el momento en que su fin (sin que Pandora lo supiera) era castigar a los hombres, y si los dioses te dan una cajita cerrada y a la vez una curiosidad insaciable, dos más dos, no hay vuelta que darle: la vas a abrir. Todos los males se escapan y están desde entonces a nuestro alrededor. Solo la esperanza, como sabemos, se queda ahí, en el fondo de la caja. Es lo último que se pierde, dicen. Lo que no dicen, por lo general, es por qué los griegos la ponían en la misma caja de los otros males.


Saludos desde un domingo gris y desobediente. No importa cuántos males haya sueltos por el mundo, todos pueden ser derrotados. Incluso la esperanza.




Hace unos años yo tenía un novio que estudiaba teatro en la escuela de La Gaviota. Muchos años. Digamos que en otro siglo. Como estudiante de la institución tenía que oficiar dos por tres de acomodador, y yo muchas veces lo acompañaba: nada del otro mundo, pero había de vez en cuando alguna obra como la gente. Él era bancario, y la actuación era a la vez escape y frustración, porque estaba rodeado de alumnos talentosos, lo que resaltaba su proverbial discretez en estas lides. Dejamos después de un par de años, y por estas cosas de la cartelera no volví a pisar este teatro hasta hoy, en que entro y no me invade ni un mísero recuerdo. Nada. Como si entrara por primera vez. Cero huellas. Cosas que pasan.




Cuando mi viejo plantó una palmerita en su jardín pensó en algo ornamental, más hoja que tallo, apropiado para un espacio pequeño como nuestro patio delantero, pero le erró. La criatura creció, creció, creció hasta sobrepasar la ventana del piso de arriba. 
Hace un par de meses la cooperativa me obligó a cortarla con no sé qué pretextos de reglamentos y amenazas de multas cada mes, pero le dejé sus cuatro brazos a un metro, porque supuse que algo volvería a nacer, algún día.
Hoy tiene 58 brotes asomando con una fuerza bárbara. 58. Los acabo de contar. ¿Cómo diablos van a crecer 58 palmeritas en un espacio de dos por dos? 

Creo que en unos días más los dos gatos van a tener monte propio. Y yo también. :)




Esa inefable sensación de levantarte casi de madrugada, mirar por la ventana de la cocina esperando ver las tablas del patio bañadas por la lluvia y encontrarte a dos metros de la puerta con un bichito muerto, que no te queda claro si será una rata pequeña o un ratón con sobrepeso... 
Sospecho que se trata de un presente dejado allí por un individuo gris entrado en años, quizás para que al verlo yo comprenda que el autor del hecho es aún buen cazador, uno al cual conviene seguir mimando y alimentando, por el bien del hogar y por la seguridad de todos sus habitantes.


#QuéHeHechoYoParamerecerEsto




Una marcha por 18 nos enlentece hasta la casi inmovilidad. Vamos moviéndonos tortuosamente a pasitos de bebé cansado, mientras suenan bombas cada cuatro segundos. El 110 se hace caldo de cultivo para un millón de impacientes resoplidos. La radio nos va avisando que no se puede transitar por 8 de Octubre desde Sanguinetti a Garibaldi, ni por Propios ni por Luis Alberto de Herrera, creo que por un partido (o al menos eso le cuenta al teléfono mi compañera de asiento). Hay frenadas, alguien tiene mal aliento y el ómnibus nos aturde ahora con Nasser, que parece que ama a este lugar aunque nadie entiende bien por qué.

Todo para distraer mi cerebro de la imagen de la rata muerta que voy a tener que sacar del patio cuando llegue a mi casa.

Espero que esté muerta. Espero no encontrar media rata. Espero no caer en su velorio y tener que darle el pésame a toda su familia. Espero que esta no haya sido el inicio de una serie de ofrendas. Espero.


#TranquisQueNoHabráFotos




Tengo un problema, necesito ayuda.
Esto no es un chiste ni una cadena ni una crónica que terminará de manera amable en diez renglones. 
Tengo un problema. 
¿Se acuerdan que ayer mencioné a una rata muerta, que al final desapareció, o sea que solo había estado fingiendo su defunción? Bueno. Apareció. Está a medias metida debajo del deck de madera, medio trancada, viva. Recién Matilda pasó por ahí y le dio unos manotazos; creo que es su juguete, pobre bicho. Acabo de entrar a Matilda a la cocina, y desde ayer no hay una ventana abierta en esta casa.
¿Qué hago? 
Me da lástima, pero también miedo. 
No la quiero matar, pero tampoco la puedo dejar que viva en mi casa. No hacer nada equivale a condenarla a una muerte lenta, que tampoco quiero. Me encantaría que alguien dijera "tranqui, yo la adopto", pero ta, los humanos no adoptamos ratas, lo sé. 
¿Qué hago? ¿Qué harían ustedes? ¿Le pago a alguien para que se encargue? Tirarle con aerosol o pegarle, olvídenlo: no lo voy a hacer. Los gatos por lo visto son medio inútiles en este trance. La otra opción es no salir al patio por un mes; una solución estilo "Casa tomada", que no resuelve la angustia de saberla ahí, sufriendo. 
Necesito consejos.

¿QUÉ HAGO?




Terapia anti ansiedad

Dicen que el miedo a los perros se puede revertir teniendo un acercamiento amistoso con algunos de ellos, que el pánico a volar se soluciona viajando en simuladores de vuelo... Yo estoy trabajando para bajar mis niveles de ansiedad desde hace un mes (siglo más, siglo menos), desde que enfrento una de mis peores pesadillas, y es que estoy con problemas de conexión en mi casa. 
Es un temita psicológico, una forma de adicción, lo sé, lo sé, lo sé, pero no se trata solo de entretenimiento: trabajo con esto, necesito wifi. 
Ya apagué y reconecté todo lo apagable y reconectable, ya llamé a Antel, ya un amigo ha instalado tres diferentes routers, pero la cosa continúa hasta hoy incambiada. Prendo la notebook. No hay conexión. A la hora y pico, sola, se conecta. Si la apago, recomienza la misma historia. Cuando quiere, se cuelga. El ipad hace años que se cayó y quedó un tanto desequilibrado: hace lo que quiere, y en general no quiere. La computadora vieja se desmaya cada tres minutos. El teléfono la va llevando, pero se me van cien pesos de datos cada tres días. Por si fuera poco (sé que ya lo he contado, pero déjenme hacer catharsis una vez más) la computadora del trabajo dos por tres se oscurece, queda todo en blanco y negro y demora dos minutos o media hora (según el día) para volver a la normalidad.

Todo para decir que si me cruzan por la calle y perciben que ando un poco desencajada, con la mirada perdida en el horizonte o aislada del entorno inmediato, no se preocupen, que ya va a pasar. Es solo el síndrome de abstinencia.




Abro la puerta del frente para que Matilda encare la lluvia y vaya al baño en el jardín, porque no hay manera de convencerla de usar la caja sanitaria. Insólitamente el gato cabezón del frente, que suele ser tímido y huidizo, se cuela muy decidido, come, toma agua y se instala en una silla. Elige la de Matilda, pero le digo que no se desubique y lo paso para la de enfrente. Cuando a los dos minutos abro de nuevo y entra la gata su cara es un poema. Se detuvo un metro antes de la mesa y ahí está, alelada, definiendo qué acciones emprender para la reconquista del territorio invadido, concentrada, meditabunda, pero siempre bella.




El 103 avanza lento y repleto, como siempre a esta hora. Viajo de pie junto a una pareja sentada enfrente, dos jóvenes de veintipico, flacos, ambos con pinta de ir a trabajar. Él viene cebando el mate; ella de vez en cuando le cuenta alguna cosa. Una pareja normal, en suma. Ella viene revisando su celular; él le clava los ojos a la pantalla cada vez que aparece una página nueva, a ver qué está mirando. La chica dos por tres le muestra lo que ve o le lee alguna cosa que llama su atención. Me da la impresión de que sutilmente le está queriendo probar que no anda en nada raro. En cierto momento apaga el teléfono: cuando lo enciende unos minutos después se ve un fondo de pantalla con los dos abrazados. Es una foto común, solo que él tiene una gran corona como efecto agregado sobre su cabeza. Una pareja normal, en suma, pienso, mientras me corro hacia el fondo, donde acaba de quedar un asiento libre.





Cuando subió en la segunda parada, se me sentó al lado con un suspiro de alivio y emitió un sonido con tono de “al fin, qué cansado que estaba” yo opté por mirar por la ventanilla con toda la indiferencia de que soy capaz, como sugiriendo que no te sueñes que me vas a dar charla, porque vas muerto. Ni lo miré, la verdad, igual podría haber tenido 30 años que 70, daba lo mismo. 
Allá por pleno centro, mientras el tránsito se casi paralizaba por alguna razón y todos jugaban a ver quién toca la bocina más alto, me di cuenta de reojo de que el tipo estaba chusmeando lo que yo hacía con el celular, y acto seguido arranqué a chequear las páginas casi a diez centímetros de mis ojos, cosa complicada para la edad de una, pero en fin.
En cierto momento empecé a notar que el hombre a mi lado no venía precisamente en silencio. Algo decía entre dientes. Paré la oreja, medio que atendí, pero ahí él se calló por un par de paradas. ¿Me vendría diciendo obscenidades? Seguí tratando de escuchar: no, más bien eran sonidos inarticulados, al estilo de “uh”, “oh”, “ne”. ¿Tendría síndrome de Tourette? La culpa me invadió; me sentí muy mala gente, mirá si le decía algo y el pobre solo era alguien con una condición particular e inevitable. 
En eso entramos a 8 de Octubre; traté de meterme en la prensa, leer algo que me distrajera y que no fuera personal, pero él seguía mirando mi teléfono, y desistí. 
Un movimiento periférico me llamó de pronto la atención. Algo estaba haciendo ese hombre con su mano derecha. Lo miré. Venía de lo más concentrado en su actividad, que consistía en sacarse grumitos de moco de la nariz y pegarlos con el dedo al respaldo del asiento de adelante. 
_ Permiso.- medio que le grité de inmediato al ponerme de pie para bajarme, no importaba dónde estuviera. 
Él se corrió unos diez centímetros y me miró.
_ ¿Pasás?
_ No. No paso.- respondí con la peor voz de que soy capaz. Se corrió bastante, pero no se levantó. 
Salí sin tocarlos ni a él ni al pasamanos y bajé en Pan de Azúcar, bendiciendo al sacrosanto boleto de una hora, del que aún me quedaban diez minutos de validez.

Como diría Larralde: cosas que pasan.


Si están cenando, feliz cena. Y buen provecho.





En todos lados se cuecen habas... También en el CA1.

Vengo sentada cerca del chofer, quien en cierto momento pide un asiento para una señora embarazada. Miro a los costados: hay un asiento libre, me quedo tranquila. En ese momento una cincuentona pintarrajeada, con el pelo casi blanco y de vestido floreado se instala en el lugar. La embarazada queda cortada. Le ofrezco mi asiento, al tiempo que una joven le dice a la otra que el lugar libre era para la futura madre. 
_ Yo también estoy embarazada- dice aquella, con un desparpajo digno de mejor empresa.- Además me iba a parar, pero como la señora le dio el asiento vi que no hacía falta.
"La señora" que le dio el asiento era yo. La miro, y ella me sostiene la mirada. Embarazada a los cincuenta y pico. Sí, sí.


El Oscar del CA1 va para...





Entrás a la ferretería del barrio y uno de los cuatro hombres que charlan en la vereda entra al comercio y te atiende. Le pedís 20 clavos chiquitos; él saca un puñado de un cajón, los pone en una pequeña bolsa y te los alcanza, al tiempo que dice:
_ Llevalos nomás, los puse al tun tun. 
_ Ah, bien. ¿Y cuánto te debo?
_ ¿Cómo te voy a cobrar por eso? Nada, nada. 
_ ¿Te doy $20?
_ ¿Tas loca? No, no es nada, llevalos tranquila.
_ Bueno... ¡Gracias!

Te vas con tu bolsita llena de clavos casi intangibles en la mano, pensando que la felicidad a veces se compone de pequeños gestos, de esos que nunca -pero nunca- van a salir en los informativos.




Mira, ya no sé cómo ni dónde decirte que la cosa se terminó. Nuestra relación, así como estaba, no va a seguir ni medio día más. Me lastimaste, y lo sabés. No, no, no; yo no estoy diciendo que seas de mal carácter o que tengas malas intenciones, pero vamos a tener que asumirlo alguna vez: sos medio bruto, y no medís las consecuencias de tus actos. Por eso te pegué un par de gritos y te eché de casa hoy: porque me sentí herida y eso es algo que no voy a permitir. ¿Entendiste? Que te quede bien claro. En esta casa los gatos no juegan con uñas. Punto. Y dejá de pedir sardinas, ¿no ves que me tengo que poner alcohol en el arañazo? Bueno, dale, tomá, pero dejá de sacar las uñas cuando jugamos, ¿ta? O te las corto. Sí, las uñas. Por ahora las uñas. Por ahora.




Vengo asada de calor, o más bien en proceso de horneado en el 110, cuando paramos en Propios y veo a un inspector joven que se pone a golpetear con una monedita la carrocería del ómnibus, con el consabido mensaje subliminal de: “ pasando al fondo que hay lugar...”.

_ Qué pelado idiota- pienso, en medio de mi inminente calcinación, y ya me estaba recriminando por insultar a un inocente cuando escucho que una mujer le dice a la amiga: “qué pelado de mierda”, y un hombre más atrás comenta “¿este pelado qué se piensa?”, con lo cual concluyo una Verdad Indemostrable Pero Cierta: el calor, a partir de cierto grado, saca lo peor de nosotros.

_ Escuchame- graba en un audio la del asiento de al lado- vengo recaliente. Más vale que estés en casa cuando llegue, eh? Y dejate de calle y calle.

Lo dicho.


Saludos desde las brasas.




_ No se puede creer... Todos los días lo mismo...- dice el chofer del 7A a una chica flaquísima hasta la preocupación que está parada junto a la puerta, esperando para bajar en Garibaldi. Ella no dice nada, pero él sigue:
_ Lo que pasa es que todos vienen por 8 de Octubre todos los días. No aprenden más. Los padres traen a los nenes al colegio este, el de los ricos y poderosos. ¡Y mirá esta gorda, con el mate y el pucho! ¡Todos los vicios, tiene!
La chica no dice nada, pero se arrima al grupo un hombre que también va a bajar y se mete en el monólogo. A partir de ahí soy testigo de cinco minutos de lugares comunes como “es que a nosotros no nos criaron así”, “uno tenía valores”, escucho agrandes solapados al estilo de “uno, que sabe algo de mecánica” y no-frases como “no se puede creer”, “cómo están las cosas”. 
Es una maravillosa no-conversación, plena de tonterías, vaciedades y mala onda, pero el chofer y el otro se saludan contentos al llegar a Garibaldi. Ya han establecido quiénes son y cómo “piensan”. Ya están prontos para arrancar otro día igual a todos los días.


Menos mal que me voy al IAVA, pienso al bajar, mientras emito un silencioso suspiro de alivio.




Respirar... Continuar respirando siempre, aunque el aire se haga pesado y te apretuje por los cuatro costados, aunque el bebito siga llora que te llora desde el asiento de atrás, aunque el vestido de verano te asfixie cual abrigo de pieles, aunque por la vereda de 18 veas caminar personas con camperas abrigadas, aunque el calor se te cuele por cada célula de la piel recalentada de este otoño que es una hipérbole del verano, aunque la radio del 100...

Alto. Algo así como un alivio comienza a deslizarse por mis oídos, que no terminan de creer lo que escuchan o parecen escuchar. ¡La radio del 100 acaba de poner Solitario Cadillac!


Tiempo de seguir en el bus calcinante que corre por un mundo sin aire, pero al menos ahora cantando bajito y con el corazón contento.




Primero buscás todas las autoexcusas habidas y por haber para no encarar la corrección de las pruebas diagnósticas. 
Después leés una y ya te enganchás, porque les pediste que inventaran una historia a partir de algunas premisas definidas en el grupo, y las historias que hicieron están buenas. 
Hasta que llegás a ella... La Microletra. Y sabés que por ahí, desoyendo todas tus indicaciones previas, te está esperando él: El Lápiz Transparente.


Definitivamente, este es el momento de recurrir a un superhéroe que te salve: Cafecito. Cafecito no será muy saludable, pero nunca te abandona. 




Dos hombres vienen charlando en uno de los asientos paralelos al pasillo del 103 Semidirecto. Uno tiene unos 45, el otro veinte años más. El cuarentón viene de traje y corbata y viaja cargado de carpetas. Durante medio Montevideo los tengo enfrente: son dos desconocidos que disfrutan despotricando del país, de los pobres que viven colgados de la luz y el agua, de la educación, de los valores que ya no existen y de los políticos de ahora, que no tienen moral alguna, según dicen. El cuarentón, en especial, se pasa varias paradas elogiando a Fulano de Tal, líder colorado de otros tiempos, ya muerto. Me llama la atención que se centre en Fulano de Tal, que no era de las figuras principales de su partido, hasta que miro de reojo la carpeta roja, la que está más a la vista de las muchas del entrajado, y leo su nombre, escrito con letra manuscrita al mejor estilo primer año escolar de 1973: Fulano de Tal. Tiene el mismo nombre y apellido; debe ser pariente del muerto, pienso, y en ese momento escucho que dice:
_ Ahora la política es una joda y trabajar en la educación es un castigo.
Sigo recorriendo la tapa de la carpeta colorada y leo, en el tercer renglón: Historia, Didáctica III. 
Bajo del 103 pensando que no me quedó claro si el cuarentón Fulano de Tal es estudiante tardío o docente del IPA pero una cosa es segura, y es que la educación no es el camino para él y ojalá que encuentre otro, por él y por todos nosotros. 
Y me voy a trabajar en el IAVA, que no es un castigo, sino más bien una suerte. 




Yo debo andar de mala onda. 
Hace como veinte días que mi notebook agarra internet cuando quiere. A veces (como ahora) reconoce la señal y se conecta de lo más contenta, pero de repente se tara, se pone antisocial y me aísla del mundo. Tengo otra, muy viejita, que anda con achaques y dos por tres se me queda colgada mirando el techo. La ceibalita, una desmemoriada, también se me puso rebelde, y no reconoce la autoridad del router. El ipad desde que tiene la pantalla rajada (suceso cuyo origen ignoro; no sé si se le cayó a alguien o qué pasó en su oscuro pasado) tiene una forma muy peculiar de no darme corte y hacer lo que se le da la gana. El teléfono (hasta ahora mi más fiel aliado en esto de las conexiones) ya arrancó a dar muestras de una personalidad un tanto errática; quizás lo afectó el baño de mar que le di en enero, no lo sé. Esta semana la computadora que uso en la oficina del CES también empezó a colgarse: con cada foto que intento bajar de facebook (operación básica para compartir cosas en las redes sociales, que es una de mis funciones) la señorita se enoja, se pone toda gris y por un rato de improbable duración se niega a volver a entrar en razones. 
Lo dicho: yo debo andar de mala onda.
Es decir, que me tendría que ir de viaje. 

Por el bien de todos, ¿viste?