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lunes, 5 de junio de 2017

Junio 2017




Jueves soleado por la mañana. Voy cómodamente instalada en el primer bus de mi viaje al centro (léase 404) cuando percibo que una de las dos únicas personas de pie (una señora, frente a mi asiento) tiene las manos llenas de manchas, de esas que vienen con los años. La miro Tiene unos 70. ¿Califica 70 para darle el asiento, o se ofenderá si la tomo por vieja? 
En esas dudas andaba cuando se baja mi compañero de asiento. Menos mal, pienso, problema resuelto. Pero no. Porque la señora no solo no se sienta, sino que le ofrece el lugar a un hombre de unos sesenta, el otro que iba de pie en el 404.
_ Siéntese.
_No, señora, gracias. Siéntese usted. 
_¡Le digo que se siente!
_¿ Usted ya se baja?
_ No. pero siéntese. Por favor. 
_ ...?
_ Lo oí quejarse. Usted necesita el asiento más que yo. Siéntese. 
_Sí... Ando embromado... Bueno, gracias. 
Y se sentó. A la parada siguiente se vació un asiento detrás de la veterana, él discretamente se lo señaló y ella lo ocupó en un segundo. 
Historia solidaria de jueves. 
Pero no es la única, porque en mi segundo bus matinal (un 109, para variar) una chica muy muy gorda perdió el boleto y hubo cuatro filas de asientos y varias personas de pie que se pusieron afanosamente a buscarlo, hasta que apareció. 
Son recortes de la realidad, obviamente. 

Cada uno ve lo que quiere (o lo que puede). 





En una de sus rimas (no recuerdo cuál) Bécquer pedía un diccionario donde ver "cuándo el orgullo es simple orgullo / y cuándo dignidad", pero yo no pido tanto. En verdad como usuaria de bus me conformaría con una aplicación que permitiera saber "cuándo una panza es embarazo / y cuándo obesidad", e incluso "cuándo un viejito agradecerá que le dé el asiento / y cuándo se ofenderá".
Miércoles de modestas pretensiones, como ven.

Es el invierno.





Sí, esos rulos de la primera fila son los míos, y al lado está Diana, en la Final de la TEDx, ayer. Todos estábamos asistiendo a algo muy raro: de la nada un flaco (el que está parado, en la foto) interrumpió a Calderón y presentó a un muchacho que tenía al lado, un rubio veinteañero al que calificó como el "Forrest Gump ruso". El aludido de pronto se paró y comenzó a hablar en inglés, explicando que estaba en el Guiness porque era el hombre más joven que había visitado todos los países y proponiendo la creación de cien nuevas empresas uruguayas de primer nivel para cambiar el mundo. Bah, o eso entendí yo, porque entre que la sala era gigante, el ruso hablaba con acento y mi inglés necesita urgente un refresh andá a saber si el rubio no nos estaba invitando a una fiesta electrónica, andá a saber...
Ta, todo para que vieran que estaba en primera fila. 

¿Cholula de Johansen, yo? Naaa...






Lunes feriado invernal con sol y sin gatas en mi casa: luces y sombras. 
Me pongo a leer cuentos de estudiantes presentados a un concurso literario en relación con los libros y las bibliotecas y de a poquito el sol se va colando por todos los rincones de la casa y del alma. 
Es así de simple: si te gusta lo que hacés, no es trabajo.
Pero igual sigo extrañando a mis dos gorditas. 
El patio está muy solo sin ellas.

Es así de simple.





Además del viento y el frío, hoy fue para mí un día de amores, desamores y reenamores.
El premio a Amor de Domingo es paaaara... Gabriel Calderón, que se metió a las dos mil personas de la TEDx en el bolsillo y nos convirtió en sus esclavos súbditos y adoradores incondicionales durante las ocho horas y pico que duró la cosa. (¿Eso? ¡Mágica, eso!)
Y... bueno... A veces los amores se nos enfrían de golpe. El premio a Chasco de la Jornada fue paaaara... Hernán Casciari, que solo leyó un cuento suyo de hace varios años. Bien leído, obviamente, pero con gusto a poco. A MUY poco.
Por último, el premio Mariela Platino de Domingo va paaaara... el Kevin. Kevin Johansen nos hipnotizó con su grave voz, con su guitarra, con sus ideas, con su pinta de paz, y terminamos todos obedeciendo cada una de sus órdenes desde el escenario. Al finalizar su charla mi amiga y yo (en la primera fila) le pedimos a Calderón que nos lo tirar... Eh... No. Nada. No dije nada. Sur o no Sur.
Feliz fin de domingo.
Ps: Solo 3 de los 11 oradores de hoy fueron mujeres, pero las tres estuvieron increíbles (Susana Mangana, Manuela Da Silveira y una chica muy jovencita de cuyo nombre no me acuerdo pero que la rompió).
Ps 2: Feliz Natalicio. 
Sean los orientales tan ilustrados como valientes.

Ps 3: este cerebro cansado dejará de escribir intrascendencias en 3...2...





El mundo del cholulo no da tregua. 
Primero fue Peluffo, y todo era muy fácil y sin fisuras. 
Después entró al ruedo Saffores, y empezamos a cuestionarnos algunas cosas. 
Ahora es el Kevin.

Una no quiere ser polígama, pero la realidad la lleva.





Fb me felicita porque Liceos en Red tiene 9534 likes y 19.108 personas que han interactuado ya con la pågina, amén de otros datos que demuestran que nos tienen claritos claritos. También sugieren (muy de pasada y desinteresadamente) que sería bueno publicitar lo que hacemos, para llegar a más personas 
El viejo Orwell debe estar aguantándose las ganas de gritarnos "yo les avisé!!". 

Big Brother is watching you. Always.




Viajo en un 103 flotando en esa rarísima sensación que solo se produce ante el encuentro con la magia. Vengo de trabajar sin parar ni para almorzar durante exactamente media jornada, pero escuchar a Sergio Blanco hablando una hora de Narciso y la autoficción me dio energía y maravilla para el resto del año, mes más, mes menos. 
El día arrancó envuelto en la más espesa niebla de antes del amanecer y termina sumergido en una luminosidad diferente. Tránsito de la tiniebla hacia la luz. 
Linda imagen, ¿eh?
No es mía. Es de Sergio Blanco. 

Genio.





"_ Yo tambieeeeén..
_ ¡No, tú no!
_ Yo tambieeeeén...
_ ¡No, tú no!"
Ese era el marabishossso estribillo de una canción que todo el mundo escuchaba cuando yo tenía 5 o 6 años, y por alguna peregrina razón la cosa ha sido tan pegadiza que aún reauena en mi cerebro. La semana pasada volví a oírla en un segmento radial de música setentosa, y ahora me recibió a todo volumen en el primer 103 que se dignó a detenerse entre la niebla. La Cumana, parece. 
Yerba mala.. 

Etc.





Primero se me inundó el baño.
Después estuvieron dos personas un par de horas, dijeron que lo habían arreglado pero a la primera de cambio el piso se hizo laguna de nuevo.
A los días vinieron tres, revisaron caños, cámaras, metieron aspiradoras, cintas, de todo, hasta que se declararon derrotados, y se fueron cabizbajos.
Hoy vino uno nuevo, trabajó cinco minutos, sacó una bola de pelos y jabón de no sé dónde y solucionó el problema.

El que sabe, sabe.






La ruptura
Pieza para dos con fondo de violines.
_ Mari, ¿qué está pasando con nosotros? Te noto distante...
_ Eh...
_ Decime la verdad. 
_ Mirá... esto se terminó. Lo siento, pero vos me hacés daño, y no va más. 
_ ¿Cómo que te hago daño? Si siempre decís que soy un dulce, que te levanto el ánimo...
_ Bueno, eso era antes. Ahora no te quiero más. 
_ Mentira. Vos no podés vivir sin mí. 
_ Sí que puedo, maldito paquete de Oreos, sí que puedo. Adiós. 
_ ¿Y todo porque recién te avivaste que en veinte días vas a ponerte de nuevo una bikini? Andá... andá nomás a esa playa del Norte, andá que después hablamos. 
_ No, no hablamos más. Esto se terminó. 
_ Sí, sí, te creo y todo, te creo... Suerte en pila. Saludos a la lechuga.
_ ¡Idiota!

Fin





Amigo lector... ¿aún no tienes un boliche propio? ¡No desesperes! Con total desinterés traigo esta noche para ti la receta indicada. Toma nota.
1. Consíguete un altillo en la Ciudad Vieja, de preferencia dos o tres habitaciones con techo descascarado y muy, muy alto. Si las paredes son mohosas y húmedas, mejor que mejor. No pongas pasamanos, y cuida de dejar alguna que otra bolsa de basura a la vista, para dar la impresión de un desorden casual.
2. No exhibas cartel alguno que dé a la calle informando de su existencia: al público le encanta creer que visita un sitio solo para los que están en posesión del dato.
3. Coloca un par de sillones hechos con pallets (pero no muy elaborados, ¿eh?, no te desubiques: una base con almohadones y algo inclinado a modo de respaldo serán más que suficientes). Trae también un par de sillas de esas metalizadas con almohadones de los años 70, haz cuatro almohadones de arpillera para el piso y pon algunas mesas inestables con cármica celeste (no vayas a cometer el error de limpiarlas, o se pierde la magia), acompañadas por cajones de la feria que harán las veces de novísimos asientos para los invitados a las veladas.
4. ¡No vayas a cometer la imprudencia de poner calefacción alguna! O los habitués del lugar sentirán que los estás tomando por cincuentones que necesitan un poco de aire cálido para sentirse a gusto. Verás que las personas se sientan a las mesas sin quitarse los abrigos y eso está bueno, pues al estar ellos sentados en los cajones de todos modos no tendrían respaldo donde colgarlos.
5. Siempre, siempre, siempre poca luz. Muy poca, que apenas puedan leer los precios del minúsculo menú. Una luz negra sería lo óptimo, y te permitiría pintar simpáticos detalles en las paredes con algún aerosol que resalte lo fluorescente.
6. Nunca, bajo ningún concepto, pongas precios bajos. La caipirinha, por ejemplo, deberá rondar los $250, y tú cobrarás además $100 la entrada por persona (pero serán $150 si los invitados son dos, para que vean que tienes también tu parte sensible).
7, Arma shows con jóvenes artistas ignotos, que lean sus textos convencidos de que han descubierto la pólvora. Debes elegir con cuidado: lo ideal es que aparezcan palabras como glande, orificio uretral o escroto, que siempre quedan bien en cualquier cuento, poema o inclasificable microtexto.


Tengo en verdad más tips para ti, estimado emprendedor, pero considero que debes buscar por tus propios medios el brillo que hará de tu lugar un sitio inolvidable. ¡Adelante! Y después nos cuentas.





Marque con una cruz la que considere la peor posibilidad para un sábado a la noche: 
a) El baño se inunda mientras toma una ducha, y como usted es un desprolijo y deja todo en el suelo se le moja la ropa que se iba a poner .
b) Sale hacia la parada y al caminar por una calle solitaria se cruza con un pirado que grita a lo loco insultos y amenazas para usted y el resto de la humanidad. 
c) Llega a la parada y pasan 11 ómnibus de largo, porque vienen del lado del estadio de Peñarol repletos de hinchas vestidos de amarillo y negro, mientras una persona comenta que interdepartamentales no va a haber por un buen rato, porque temen que los destrocen y no los sacan a la calle hasta que se desagote la marea futbolera. 

d) Todas las anteriores.





Apareció en el barrio en la misma época que Innominada. Estaba toda sarnosa, horrible. Los vecinos de la cooperativa, a media cuadra de casa, la fueron curando y alimentando. Una vez le llevé restos de un Canito que al regalar a la otra me había quedado en la heladera, y desde ahí me saluda muy amorosa cada vez que me ve. Hace unas semanas le voy dando de vez en cuando comida de perro (que también sobró), y se ve que ya aprendió dónde vivo, porque hoy abrí la puerta y me estaba esperando. 
Uno más para atendeeeeer!
Ta, pero no se entusiasmen, que no la voy a adoptar. No soy la única alimentadora, por suerte, otros vecinos la curaron de la sarna, engordó pila y ahora hasta collar antipulgas le han puesto. 







¿Por qué tengo el bolsillo de la mochila lleno de azúcar?
¿Cuándo van los de la sanitaria a solucionar de una vez el tema de las esporádicas inundaciones en mi baño?
¿Dónde se esconden los idiotas caracoles de mi patio antes de comerse mis plantas cada noche?
¿Cuándo voy a empezar a corregir los escritos?
¿Hay vida en Marte?
Etc.
Misterios de la vida en Arbolito y aledaños.

Feliz sábado.




Hace pila que el teléfono de línea de casa (como la mayoría de los que conozco) está más de adorno que para otra cosa. Suele sonar en plena tarde de tanto en tanto, y en ese caso sé que o es mi vieja (que quiere que la llame yo) o un número terminado en 774 al que más vale no atender, porque viene con una joven voz femenina que promociona algo entre servicio de compañía y empresa velatoria, según el día. 
En ocasiones recibo llamados a número equivocado, y de esos los que me dan lástima son los que creen que soy la veterinaria, pobre gente necesitada de ayuda para sus bichitos. Se ve que tenemos teléfonos similares, qué sé yo. Por último está la Señora Veterana. Siempre que llama la Señora Veterana yo atiendo y ella contesta:
_ Hola. 
Y se queda esperando. Yo también espero unos segundos, pero como veo que la cosa no arranca al final junto paciencia y pregunto:
_ ¿Sí?
_ ¿Cómo andás?- me dice, mientras yo elevo los ojos al cielo y pido paciencia porque sé que está equivocada, sé que cree que habla con su amiga Marta y que cuando le explique que no soy yo no me va a decir una sola palabra y se va a quedar ahí, quizá mirando perpleja el aparato. 
Hace años que mantenemos esta rutina la Señora Veterana y quien les habla. A esta altura, es casi un paso de comedia. Lo que no entiendo es por qué no marca bien el número luego de tanto tiempo, cómo no se da cuenta de que no soy su amiga y cuándo va a murmurar un "disculpe" o "me equivoqué" para compensarme por los segundos perdidos una vez cada pocos días. Pero no. La Señora Veterana no hace nada, no emite el menor sonido, hasta que yo largo un resoplido más o menos audible, y corto. 
Suerte que no soy Marta, pienso.
Termino mi cafecito de las tres y pico, escribo estas líneas para sacarme la imagen de la Señora Veterana y el sonido feliz de su voz mientras aún cree que soy su amiga y me dispongo a indagar cómo va todo por el piso de arriba, que acaba de inundarse de nuevo. 
Esto del eterno recomenzar (en estas y otras lides) ya me está poniendo los nervios de punta. 
_ ¡Marta! ¡Atendé, Marta!! Y pasale bien tu teléfono, ¿querés? ¡Pucha, digo!

Feliz fin de semana, estimados. 


Glub glub glub.





Una sale de su casa en medio de la noche, cada día un poquito menos mañana y más tinieblas, y solo se cruza con dos abnegados dueños de perros de esos que todos los días los llevan pacientemente a su paseo orinador por la placita de la cooperativa. 
Una siente que acá pasa algo raro, porque en general suele haber algún que otro vecino en la calle. Además la parada la espera desierta, y el 405 aparece con ocho o diez asientos libres. 
Misterio.
Hasta que una se instala, escucha un partido en la radio del chofer y comprende todo. Jugaba Uruguay, parece. Vaya a saber por qué ni en dónde ni para qué, pero jugaba Uruguay.
Nota mental: una debería cuestionarse esta suerte de extranjería en la que vive, o el día menos pensado le van a quitar el derecho a voto por suspensión de la ciudadanía.
U-ru-guay!
U-ru-...

Etc.





Nunca como este año tuve tantos estudiantes complicados en mis grupos. No, no, no: no me refiero a problemas de conducta (todos son un encanto, la verdad, sin excepciones) ni a problemáticas familiares de abuso o violencia (lo que no quiere decir que no existan), ni a temas de bullying o supuestas ballenas azules que por el IAVA parecen no haber encallado, por ahora. Hablo de un elevado número de personas con diagnóstico de dificultades de aprendizaje, en tratamiento psiquiátrico o psicológico o con trastornos de alimentación. 
¿Consecuencia de una sociedad hipermedicalizada? ¿Incapacidad de lidiar con el altísimo nivel de estrés de la era digital y la velocidad vertiginosa de los cambios a todo nivel? Puede ser, pero una docente planteó hoy otra causa posible para tanto desajuste:
_ No olvidemos que los estudiantes que tenemos hoy en bachillerato son los que nacieron durante la crisis del 2002. 
La pucha. 
Se me vienen de golpe imágenes de la gente desesperada, de la mamá que le cocinó pastos a su hijita, de los niños que se desmayaban de hambre en las escuelas, de los saqueos, de la angustia, del miedo. Las secuelas de la desnutrición infantil y la impronta de un inicio de vida en medio de la incertidumbre no son algo que se solucione fácil. 
Digo, para no sulfurarse cuando uno medio como que se desespera y no alcanza los mejores resultados. Hay que ponerse en los zapatos del otro, y la conciencia histórica no es un detalle menor.
Ta, hoy no me pinta el costumbrismo humorístico, lo siento. 
Ya volveré. 
Excepto que hoy saque el 5 de oro y me vaya a... Ejem.. No, nada, no dije nada. 
Ya volveré.

Feliz fin de miércoles.





Viajo hasta el liceo apretada entre dos abrigadas humanidades, al fondo del 103. Los tres vamos pendientes del celular. la humanidad de mi derecha juega a algo con autitos y la humanidad de mi izquierda oye cumbias con auricular mientras manda un wsp atrás de otro. 
Enfrente, junto a la puerta, una chica de unos 14 años viaja sentada, conversando con una ancianita de pie. Debe ser la abuela, pienso. La chica le toma todo el tiempo la mano como para transmitirle afecto y calor, le sube el cierre de la campera, la mira con adoración. Seguro que la viejita la obligó a sentarse, con ese afán maternal que perdura hasta cuando el protector deviene en protegido y se resiste a darse cuenta. Ambas charlan momentáneamente con una joven que se baja sonriendo y diciendo que "siempre es mejor estudiar que limpiar". La nieta sigue sonriendo a la anciana, aunque en cierto momento sus miradas cambian de objetivo porque entra en el cuadro un grandote de pelo pinchudo y espalda interminable. Bondadosa pero no ciega, pienso. Y me bajo.




Y con esta sencilla pero emotiva ceremonia damos comienzo a las hostilidades entre Friolentos de Bus y Necesitados de Aire. 

Por ahora solo nos limitamos a lanzar miradas condenatorias a las ventanillas abiertas al aire gélido de la mañana, pero los resoplidos y las palabras al estilo de "¡parece que viven en carpa!" están ahí nomás, a pocos días y pocas paradas de distancia.





_ Hola, ¿Santiago?
_ Sí.
_ Ah, qué tal. Mirá, te hablo de la cooperativa, de la calle Arbolito. Tengo un problema, se tapó un desagûe del baño y está todo inundado, ¿ustedes podrían pasar por mi casa hoy?
_ Sí, no hay problema. ¿Vos sos la rubia, no?
_Sí.
_Bueno, en la tarde pasamos. Hasta luego.
Esto es así. En la cooperativa nadie sabe cómo me llamo: para unos soy la profe de Literatura, para otros la amiga de Isis, para los más viejos la hija de Rodríguez y para los de la empresa de áreas verdes-limpieza-seguridad-portería-jardinería-y-construcción se ve que soy "la rubia". Espero que sea "la rubia" sin adjetivo alguno: ojalá que esta gente no conozca las letras de Sumo, lo que no creo, porque cuando llamo a su celular me aparece una musiquita de "si te vas io también me voy, si me das io también te doy, mi amooooor".
Ayer puse que todo estaba vacío y silencioso en mi casa. Hoy está todo vacío, silencioso y mojado. 
Ooooom.





Estoy sentada a la mesa de la cocina y cada vez que me voy a levantar tanteo automáticamente el suelo para no pisar a nadie que esté durmiendo a mis pies. 
Voy a abrir la heladera y lo hago despacio, porque podría ser que si lo hiciera bruscamente le pegara a alguna cabecita con anhelos de atún.
Bajo la escalera mirando dónde apoyo cada pie, por si se me cruza una silueta peluda y amarilla que baje a la par de mis pasos.
Entro de la calle y miro a la alfombra.
Abro la puerta del dormitorio por la mañana y miro al piso. 
Todo está muy vacío y en silencio.

Este va a ser un largo invierno.





¿Viste cuando no querés pensar que tu gata está tirada en una frazada en el piso respirando con dificultad porque ya no puede levantarse y como vos no sabés si dejarla morir en paz o llamar a la veterinaria para acelerar el final y que deje de sufrir decidís no pensar en el tema y ponerte a subir fotos de la charla en la UTU del miércoles pero a la vez te cuesta escribir porque las lágrimas no te dejan ver el teclado pese a que es natural, ya lo sabés hace rato y etc etc etc?

Bueno, eso.




Una franja oscura que se hace jirones sobre el horizonte. El azul profundo de los días secos del invierno y unas cuantas estrellas remolonas que se niegan a desaparecer. El cielo de hoy a las 7 de la mañana compensa cualquier somnolencia.

jueves, 4 de mayo de 2017

Mayo 2017






DE LA FELICIDAD Y EL AGOTAMIENTO
Crónica inmediatista
Hoy fue un día movidito movidito. En el IAVA fui pasando casi sin darme cuenta de Dante a Bécquer, a Biblia, a los exámenes libres, a la coordinación, a los cuentos hechos por estudiantes, a las charlas levantadoras de ánimo, a las corridas hacia la comida china, a la máquina del café y a la garrapiñada de Tienda Inglesa que muy previsoramente había llevado en la mochila. (frutas, frutas... ¿qué era eso?)
En el CES estuve solo una hora. Mis compañeras me preguntaron varias veces cómo estaba tan tranquila y si no me tendría que ir yendo, porque eran casi las tres y hoy tenía que hablar en el acto de cierre de actividades por el Mes del Libro en la UTU, hasta que traté de aplacar lo ruloso, me puse un poco de color en la cara y arranqué a buscar un 137 que me llevara a San Salvador y Minas.
El edificio de la UTU es realmente imponente. Gigante. Venido a menos pero majestuoso. Bajé al patio del fondo, encontré el salón de la actividad y conocí en persona a quienes hasta entonces habían sido solo presencias virtuales por estos lados. Hubo que instalarse frente a una mesa larga, en una suerte de escenario elevado de la sala, que estaba repleta de docentes, autoridades varias y estudiantes muchos. Tras la apertura vino la disertación de cuatro profesores que presentaban libros: todos tuvieron a bien pararse, desdeñar el micrófono y hablar sin leer apuntes, lo cual me hizo sentir como en mi casa, aunque hablaran de Matemática, Hotelería, Crónicas de infancia y Cuentos cortos (por ponerle un nombre, porque ya me olvidé de los títulos que presentaron, mal yo, reconozco).
Ahí vino mi turno. Había preparado una charla de diez o quince minutos, pero como el tiempo sobraba (porque los anteriores fueron en general breves) hablé y hablé... Una hora, les hablé. No, mentira. Pero estuvo bueno. Fue como una clase en un clima de enamoramiento con el mejor auditorio posible. La energía fluía de modo palpable, y una vez que terminé recibí tantas muestras de afecto que quedé como atontada.
Tras el acto me regalaron un libro de Figari y luego vino un cafecito para participantes y asistentes en el salón de al lado, acompañado por las delicatessen y el impecable servicio de los estudiantes de la UTU. Las trufas de chocolate, en particular, habrían resistido cualquier intento de abstinencia en caso de haberlo habido, que no lo hubo. Reencontré una compañera del IPA, charlé con estudiantes, profesores y directores, y recibí un par de invitaciones para hablar en diferentes centros en un futuro cercano. Una señora me dijo que iba a viajar con más atención en los ómnibus a partir de ahora, otra contó una anécdota de viaje que ella "tendría que haber escrito", una tercera anticipó que le iba a pasar mi facebook a la hija para motivarla a la escritura...

Salí encantada de la vida, cruzándome con algunos estudiantes que recorrían el edificio llevando algo rico a la gente de portería y alrededores. La calle estaba mojada: misterio absoluto. Corrí a un 300. Llegué a Arbolito con las últimas luces, y cuando abrí la puerta Roldana vino a mi encuentro con su paso de tortuguita tambaleante de los últimos dos días. Cada vez que llego a casa y la encuentro con vida me dan ganas de llorar de la alegría. Acá está, ahora, acostada a mi lado, respirando. Todavía.





7.02: El primer 103 que pasa por la cooperativa se detiene y nos abre sus puertas, pese a que somos como seis los que aguardamos en la parada. 
Me siento sorprendida y agradablemente reconfortada. 
7.04: El chofer me saluda al subir y viene oyendo buena música 
Lo amo. Ni lo miré, pero lo amo.
7.06: La buena música acaba de devenir en programa futbolero. 
Creo que esta relación no tiene futuro. 
7.09: ¡Este tipo no sabe manejar! Avanza a los frenazos; una chica recién perdió el equilibrio y se me vino encima. 
Es un nabo. Desconsiderado Egoísta. No sé cómo en algún momento de obnubilación pude creer que lo amaba. 
7.12: Acabo de conseguir un asiento. Es en el fondo, voy apretada entre dos mujeres abrigadas pero al menos la radio futbolera desde acá no se escucha.
No es tan malo, después de todo. Capaz que hasta me lo puedo volver a tomar.Todo depende de mi grado de necesidad de transporte la próxima vez que el destino acierte a cruzarnos.

103. La vida misma.





¿"Difícil para Sagitario"?
¿"Difícil que el chancho chifle"?
No, queridos. 
Acabo de acuñar una nueva expresión que deja chiquitas a esas nimiedades: 

"Difícil que Roldana tome la homeopatía".




Vengo del centro en un 103 atestado, cuando se baja el señor a mi lado y se sienta otro,uno flaco, más o menos de mi edad. El olor a tabaco me inunda, de pronto todo huele a cenicero viejo: el señor, su campera, el asiento, yo, la calle, el mundo. 
Amigo/a fumador/:a: ¿alguna vez te pusiste a pensar que vas dejando a tu paso una estela olfativa que invade y ensucia el aire ajeno? Las pipas y los porros pasen, no molestan, pero el cigarrillo...
Van diez minutos de respirar poquito, medio hundiendo mi nariz en el cuello de la campera, y ni así. Tal vez por eso no salgo con hombres que fumen: cigarrillo en mano es garantía de invisibilidad a la hora de evaluar atractivos masculinos. 

Suerte que Peluffo no fuma, o lo mando a MaPa de una.





Alguien deja un comentario en el blog de Literatura en Obra, ante la información de Biblia:
👌👌👌👍👍👍✌✌👋👋👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👐👐👐👐👐
Es un tanto monocromático, pienso, pero absolutamente comprensible. Los hebreos escribían sin las vocales, yo no puedo expresarme si no es con oraciones completas y con corrección sintáctica, pero un estudiante de hoy puede plantear sus ideas (o algunas de ellas, al menos) a través de la yuxtaposición y repetición de emojis.
¿Cómo se expresarán los seres humanos de un futuro más o menos cercano? ¿Eliminaremos las barreras idiomáticas? ¿Nos comunicaremos mejor, más rápido, con mayor claridad? ¿Seguiremos leyendo, o se inventarán otras formas, aún insospechadas, para poder acceder un poquito a los universos reales o ficcionales de un otro que suponemos existente?
Por ahora, opto por limitarme a lo conocido. 

Solo sé que no sé nada, excepto de 🐆🐅🐈🐱.





26 de Mayo, 11.30. Mientras paso de 4º2 a 4º1 (sin ir a la sala de profesores, porque a esa hora no hay recreo) constato que algo raro está pasando en el IAVA en la mañana del Día del Libro. 
_ ¿Por qué vienen todos con vasos de café?
_ Están regalando en la Biblioteca de arriba, profe, ¿no te enteraste?
_ No... Lástima. Yo quería uno...
_ No te preocupes. ¡Te voy a buscar!_ respondió alguien, contento de tener una excusa para salir de la clase. 
_ ¡Gracias! ¿Podés con un vaso para vos y otro para mí? 
_ Ah, no, no hay problema: a mí no me gusta el café.
Y se fue. 
Entro al salón, miro a los estudiantes y de nuevo algo fuera de lugar llama mi atención.
_ ¿¿Y por qué todos tienen Ricarditos???
_ Porque también los daban en la biblioteca.
_ ¿Daban Ricaditos?
_ Sí, pero fuiste, profe. Ya se terminaron.
Moraleja: Los Días del Libro pueden ser muy dulces en el IAVA, pero hay que estar atento, o te pasás una hora hablando de la poesía de Bécquer y pensando en otra clase de dulzuras, más calóricas, de las que tienen chocolate por fuera y merengue de corazón.

Moraleja 2: En 2018 voy a estar más al alpiste.





Dos mujeres jóvenes y gigantes con sus hijos escolares van sentadas en el fondo del 103. Uno de ellos tiene algún problema que no logro discernir, y la mamá del otro le habla entre señas y gritos Ahora le está contando algo de su propio hijo, que durante todo el viaje mira en silencio por la ventanilla. 
_ ¡Que le quiere pegar a un a-mi-gui-to!
El otro niño la mira. La señora sigue hablando en voz muy alta, para que la escuchen él y todos nosotros.
_ Bueno, por lo menos se defiende. Es terrible zorro. Se hace el buenito y dice que él no fue. Nunca fue él. 
El niño de la otra mujer de repente grita, se retuerce en el asiento y se prende de mi brazo para no caer. "Es imperactivo", aclara la mamá, mientras la otra sigue describiendo al suyo:
_ Ya le dijeron que tiene que adelgazar, pero come como un chancho. Meta guiso, o lo que venga.
Al rato los otros dos se bajan y yo me siento junto a la señora de los gritos. Me da miedo que vea lo que escribo; tiene pinta de ser de armas (y voces) tomar. 
El hijo sigue mirando por la ventana, sin decir una palabra. 
Dentro de cinco años lo tengo en un grupo. 
¿Cómo se revierte una vida de críticas y de naturalización de la violencia, de mala alimentación y de andar contándole al primer desconocido que se cruza en el ómnibus que uno es un gordo peleador? 
Acaban de bajarse un par de paradas antes que yo. El niño me mira y esboza una sonrisa al cederle el lugar. Es dulce, de mirada tranquila y con apenas algo de sobrepeso. 

Ojalá tenga buenos maestros.





Jueves de lluvia en Montevideo.

7 de la mañana, parada de la cooperativa: llega por mensaje el pedido de una amiga para que oficie de maestra de ceremonias en la presentación de un libro, ante la falta por enfermedad de la titular. Me miro sin mirarme: vaquero, pelo con raíces canosas, cero bijou, botas bajitas. Imposible.

09.50: salimos un compañero y yo rumbo a la presentación de un libro sobre violencia en relaciones entre adolescentes. Levantamos a un profe de Música y como diez alumnas, todas de camisa a cuadritos. El profe y mi compañero (músicos ambos) hablan de grupos uruguayos de los que nunca escuché ni hablar: Depresión Adolescente, Asfixia, Púrpura... Solo sé que no sé nada y que (a juzgar por lo que dicen) varios de los guitarristas o bajistas que nombran dejaron de tocar hace un tiempo para convertirse en empleados públicos y militar en sus respectivos sindicatos.

10.00: Comienza a llegar la gente. Saludo a varias personas desconocidas que saben mi nombre y a qué me dedico. Misterios del despiste habitual, nada especialmente preocupante.

10.20: Recorro la casa gigante de la familia Gallinal construida hace 100 años, que fuera cárcel clandestina y es hoy sede del Instituto Nacional de Derechos Humanos. Una pared de agua cae permanentemente sobre el piso de abajo, donde estuvieron las celdas y donde nació Macarena Gelman. Piel de gallina. Y sigue lloviendo adentro y afuera, El agua empezó a caer con rabia, con furia casi, como si quisiera limpiar las cosas feas del mundo y llevárselo bien lejos, diría don Paco con más palabras y más poesía.

11.00: Comienza el acto. El coro de chicas canta como los ángeles, las charlas son amenas y enriquecedoras. Saco fotos, robo ideas, aprendo, tomo un cafecito, ayudo en algo (no mucho).

13.00: Me despido de mis compañeras del CES planteando que voy a casa y no a la peluquería como había pensado, porque llueve mucho. Ambas me miran y coinciden: "Andá hoy", me dicen. Y voy.

13.25: Una llamada por teléfono deviene en invitación a participar de la jornada por el Día del Libro en la UTU central, en calidad de invitada, para exponer sobre mis trabajos de escritura inmediatista en esta red. Acepto. La persona que me invita no me conoce personalmente pero siempre me lee y ya ha planteado no se dónde la posibilidad de publicar algunas de las cosas que escribo. Este es un mundo un tanto extraño, pienso. Y entro a la peluquería, donde mi amiga Anita se encarga de desaparecer todo vestigio de gris entre el castaño.

21.02: He publicado uno dos millones de posts en Liceos en Red y en el twitter del CES, he respondido cuatro mil mensajes por el Día del Libro, he leído mails y más mails con votos de mis compañeros por el concurso literario del liceo que tenemos que definir mañana a primera hora. Mi practicante tiene su visita. Hay actos y más actos en el IAVA y las dos bibliotecas, hay una charla sobre Levrero por la noche, hay una amiga que cumple años, otra que se opera y hay también (especialmente) una gatita que la sigue peleando contra el tiempo y reclama mi presencia cerca de ella.

Jueves de lluvia en Montevideo. 

Maravilloso jueves. 
No doy más. 
Hasta mañana.
Feliz Día del Libro.

#LosLiceosLeen





Para ser honestos, yo me lo tendría que haber imaginado. Una charla sobre la ayahuasca en el Sheraton de Punta carretas... No pega. 
Pero fui. 
Tal vez cuando entré al enorme salón con sus arañas gigantes de símil cristal y lo vi repleto de unas 300 personas de lo más variopintas tuve que pensar que aquello no era muy lógico. Algo no me cerraba.
Pero me senté en la tercera fila. 
En una de esas cuando empezó la cosa y un cincuentón de pañoleta en el pelo, blusa onda hindú anaranjada y pantalón blanco rodeado por dos muchachos de camisa blanca y con instrumentos musicales tomó la palabra y arrancó diciendo que todo comenzó cuando estuvo preso en España, algo en mi cerebro me tendría que haber enviado una señal de alarma, pero no. 
Es decir, que me quedé. Dos horas y media, me quedé. 
Tengo que reconocer que al principio un poquito dudé si la cosa era como me estaba pareciendo, porque siempre cabe la posibilidad de que una sea una escéptica de porquería y olfatee negocio allí donde otros ven santidad y buenas intenciones. Un poquito. Solo al principio. 
El capo de la cosa, el cincuentón de anaranjado, contó de su presidio por consumo de ayahuasca y de cómo decidió desde allí dar un buen golpe... un golpe de conciencia, que derribara sus muros interiores, etc. Los dos músicos contaron algo de su historia y cantaron varias canciones. Luego pasaron al frente otros tres de la organización; en total eran cinco hombres y una mujer, la única uruguaya. Los otros eran tres argentinos, un colombiano y un peruano. Todos se presentaron largo y tendido. Después pasaron videos de su empresa, los retiros, la experiencia de una chica barcelonesa que perdonó a sus padres muertos después de un retiro, etc. Todo en terribles chalets con piscinas y parques gigantescos, por toda Europa, con gente sonriente y bien alimentada que se abrazaba sobre alfombras y bailaba dando saltitos. 
Hubo preguntas de los asistentes, que se respondieron sin decir gran cosa. Todo era un juego con las palabras. Por ejemplo, el líder (Alberto) se presentó diciendo: 
_ Nací en Argentna, pero no soy argentino. Tengo seis hijos, pero no soy padre. Adoro escribir, tengo un blog con seis millones de lectores, pero no soy escritor. Tengo 5 empresas, pero no soy empresario. Tengo genes masculinos, pero no soy hombre. 
Y así. 
De la ayahuasca se habló menos de lo que puede uno aprender en la wikipedia. Yo saqué apuntes pensando hacer una crónica extensa a modo de autocastigo por no haberme ido antes, pero no, no da para tanto. A las diez menos diez me fugué de la sala, aunque para el final de la charla habían prometido que nos iban "a compartir una medicina que trajimos del Amazonas para acceder por la nariz..." 
Que la medicina que trajiste del Amazonas te ilumine, hermano empresario. Yo me voy a dormir, que mañana entro a primera.

Guarda e passa.





_ ¿Y por qué me decís infantil?- sonó una voz de chica en la parada, a mis espaldas.
_ ¡Porque tenés 14 años! Ya estás grande para esas cosas...- respondió otra voz femenina, probablemente de la madre.
_ ¿De qué te la vas? ¿Qué hay, si quiero mirar dibujitos?
_ Nada... Pero deberías estar en otra cosa...Mirando novios...
_ (sonido de asco)
_ ¿Qué tiene de malo? Mirá, ahí viene el ómnibus.
_ No sé... A mí me gustan los dibujitos, me gusta el animé... Cuando veo a mis amigas todo el tiempo hablando de novios me dan ganas de decirles: "¡Recapaciten, recapaciten!"
_ Ah, no, ese ómnibus no es el nuestro.

Pero sí era el mío, y me lo tomé, dejando interruptus el registro del diálogo entre Julieta y la Nodriza. Digo, entre las dos voces de mi parada. 
"_ 14 años, Julieta... Otras en Verona a tu edad ya son madres..."


Pucha, digo.





Primero fue el vaquero que había dejado en el piso y amaneció con una más que sospechosa mancha de humedad en una pierna. No tuve ni que mirar a la viejita que durmió conmigo para saber lo que había pasado y decidir que no puedo dejar más la puerta del dormitorio cerrada por la noche, o este episodio inaugural corre el riesgo de repetirse.
Después fue la charla por teléfono con mi madre, que no solía ser para nada demandante pero hoy me dijo varias veces que este era un fin de semana largo y que estaría bueno si me daba una vuelta por la laguna. "Lo que pasa es que hoy hay una marcha..." "Claro... Aunque igual tenés libre domingo y lunes..."
En fin.
Ahora estaba a punto de subir una foto a un álbum cuando se me dio por revisar y vi que ya había compartido exactamente lo mismo hace un par de días, pero me lo había olvidado. 
Vino bravo mayo. O 2017. 
No sé. 

Carpe Diem.






Estoy tratando de cargar la tarjeta del transporte en un Abitab cuando su voz con acento extranjero llama mi atención 
_ Va a ser en el Prado, el domingo. 
Y se enfrasca en una compleja descripción del lugar, la dirección, habla de cómo es la la puerta y hasta del timbre. Al parecer está invitando a todos los empleados del local a un almuerzo, que se pone a detallar de inmediato..
_ Habrá pescadix, saladix, queso, aceituna, longaniza...
Los empleados lo escuchan en silencio. Los clientes continúan esperando ser atendidos. Su voz retumba en el silencio del local de pagos. 
_ Prochuto de pollo, prochuto de queso... 
Brochette, pienso, debe querer decir brochette. Raro el acento; no logro identificarlo.
_ Y habrá colita de cuadril, chorizos, pollo, bondiola...
Es turco, me ilumino de inmediato. Es turco. Y sigue. 
_ Y café también habrá. Café a la turca. 
La voz de la empleada me vuelve abruptamente a mi rol de cliente en espera. Tomo el recibo y me voy, no sin antes pensar que este domingo, en el Prado, unos empleados de estos ahora flacuchos que tengo enfrente van a salir rodando por la bajada de alguna callecita gracias a la benerosidá del durco aquí bresente.
Igual no me tentó nada, quizá porque me fui del local antes de que arrancara a enumerar los postres, porque si resulta que también iba a haber baclavá para todos creo que ipso facto me autoinvitaba a la festichola dominguera. Pero no. Mejor así. Después de todo no sé quién iba a querer canilla libre de postres turcos, y ni siquiera estoy segura de que el baclavá sea una de sus especialidades. 

Al cabo que ni quería.




Cuando despertás y el cielo se viene abajo...
Cuando ves que hay alerta naranja...
Cuando presentís que no van a ir los estudiantes...
Cuando es viernes...
Cuando el lunes es feriado...
Ahí es cuando igual te levantás y salís de buen humor, porque como decía tu abuela no sos de azúcar, porque te gusta lo que hacés y porque el diluvio te da el lujo de parar justo justo cuando caminás hasta la parada. 
Feliz viernes. 

No es tan grave, ¿eh? ¡Arriba!





Yo no digo que nos vaya a pasar absolutamente a todos, pero para la mayoría de las personas la vejez es una etapa que viene con disminución de la vista, el oído y la movilidad. 
Él es pelado, de ochenta y pico de años. Viene súper abrigado y se apoya en un bastón. Charla en voz muy alta con una jovenzuela de sesenta mientras ellos y todos esperamos interminablemente que algún ómnibus se detenga, abra la puerta y nos diga: "suba... suba a mi mundo de veinte asientos..."
El anciano habla, habla, habla. La jovenzuela casi no puede meter un bocadillo entre su abigarrado discurso, que va de contar que una vez por mes se reúnen los de la colectividad de Calabria y son siempre los mismos a cómo evitó ser robado porque no le quiso entregar su bolsa a un ladrón y él no pudo quitársela es lo que yo digo hay cada vez más chorros qué barbaridad y quieren que uno los entienda yo no le iba a dar nada y mi señora anda bien con la diabetes allá arriba porque cocina y después come yo siempre le digo que
Uy. Perdón. De repente fui abducida por una maraña de circuitos chisporroteantes, pero creo que gracias a un 103 que se dejó invadir logré por un pelo escapar de Mundo Viejo y comienzo poco a poco a incorporar algo de oxígeno a mis neuronas. Estoy salvada.
Por ahora.







Estadísticas matinales desde la visión del aspirante a pasajero en 8 de Octubre y Comercio.:
# 8 omnibuses interdepartamentales que no me sirven.
# 1 546 que no me sirve.
# 3 Cutcsas que me servirían pero no se detienen, como no se detuvieron otros tantos en la primera etapa de aspirante a pasajero, en la cooperativa.
# 21 personas esperando ómnibus para el centro. Las conté cuando un 100 amagó a parar.
# Un 316 y un 404 que ni nos miran porque no es su parada. 
# Un 106 con espacio (aunque no mucho) que abre sus puertas frente a mis asombrados ojos y me invita en silencio a llegar en hora al trabajo. 
# 2 paradas más y me bajo. 
# 1 comienzo de miércoles. 

# 12 hs de trabajo por arrancar en 3... 2...





Jueves, seis de la tarde. 
Camino entre las sombras del atardecer por mi cooperativa cuando de la canchita de fútbol junto al Salón Comunal me llegan unos silbidos admirativos y el grito de una voz de púber que recién entra a la adolescencia:
_¡Divina!
Y al instante otra voz juvenil que le grita:
_¡Pará, que esa es mi tía, puto!
Era el hijo de una prima. 
Seguí mi camino como si no hubiera escuchado, pero me quedo pensando que los roles de piropeador de toda figura femenina y de defensor de la familia a como dé lugar están en los genes de algunos desde siempre, incluso desde antes de que dejen del todo la infancia, y el uso del "puto" como insulto también.

Somos unos bichitos. Todavía somos unos bichitos.





Ella tiene unos cincuenta años, o pocos más. Se despide de la anciana flaca que vive cerca del Salón Comunal y comenta algo de que se viene la lluvia. 
_¡Está feazo!- reconoce la viejita, que la mira alejarse y cuando la tiene como a veinte metros parece querer reanudar el diálogo y le pega el grito:
_¿Llevás todo, estás segura?
_ Sí, llevo todo, no te preocupes.- responde la mujer, sonriendo y sin detenerse. 
Camino detrás de ella pensando que podría hacer una crónica sobre las madres y cómo les cuesta asumir la adultez y autosuficiencia de los hijos, cuando la cincuentona se sube a un auto, me mira y me dice:
_ Hola, ¿cómo andás?
_ Todo bien, ¿vos? - le contesto a la desconocida, mientras la crónica indirecta del Día de la Madre se resbala de costadito hasta instalarse en el casillero Olvido y Desmemoria que transito desde hace años con cierta preocupante regularidad.
Por enésima vez, queridos: implantemos el saludo autonominatorio ya. "Hola, Fulana, soy Mengano, ¿cómo andás?".
Sea un buen ciudadano: colabore con el despistado, o resígnese a ser saludado en forma standard, y quédese con la duda de si el otro sabe o no quién es usted.

Feliz fin de domingo.





_ Son 194 pesos. Mire que otro le puede cobrar un recargo.
_ ¿Por transporte de animales, decís?
_ Sí. No mucho, treinta o cuarenta pesos. Pero yo no le voy a cobrar. Estamos todos en la misma. 
_ Muchas gracias. Que tengas buen día. 
Bajé del taxi con el pet carrier en la mano y la mochila al hombro. Roldana había dejado de maullar hacía un ratito. El guardia de la puerta me explicó cómo llegar al edificio del hospital y arranqué a caminar entre las sombras. 
Apenas eran las siete de la mañana y el cielo estaba empezando a aclarar entre las nubes. La Facultad de Veterinaria es un mundo mucho más grande de lo que parece. Hay varios edificios del mismo tamaño y estructura del que se ve por la entrada principal, bajo los árboles había un caballo pastando y entre las ramas sonidos de pájaros raros para Montevideo. 
Ni qué decir que me perdí. Terminé en Histología, donde una amable limpiadora, cual improvisado Virgilio de túnica azul, me guio hacia mi destino. 
En el edificio me recibió un barcino gordo, antes de ingresar a la sala de espera llena de dueños y mascotas. Hay un perro que camina mal, otro envuelto en una frazadita, otro acostado entre sus dueños que me mira con los mismos ojos de la ex Innominada en sus épocas de enfermedad y unos cuantos más, algunos en pet carriers como Roldana, que espera tranquila. 
Hace un siglo que llegamos. Son las siete y media. Hace frío. La gente es silenciosa. Hay poca luz. Tengo el pet carrier en la falda y me doy cuenta de que tiembla, pero no es ella, soy yo, que me vine de championes livianos 

Ampliaremos.




El BROU te acerca los mejores regalos para que sorprendas a mamá en su día, dice el mailing que me llega con la factura de la tarjeta, y a continuación promociona 12 (sí, DOCE) artefactos de cocina, dos "set de recién nacido" (uno rosado y uno celeste), un esterilizador eléctrico, un calentador de mamaderas, dos depiladoras, un secador de pelo y una planchita. 
Gracias, BROU; qué sería de los hijos sin tus maravillosas ideas para sorprender a mamá en su día. 
2017... ¿te suena a algo? 

En pleno siglo diecin... veinte... ¿Veintiuno?





A las ocho en punto se oscureció la sala grande del teatro Solís y comenzó a sonar el habitual anuncio de apagar los celulares: la obra estaba por comenzar. 
Lástima que mi entrada era en la cuarta fila de la tertulia baja, digamos que en el segundo nivel sobre el escenario. No es que estuviera tan lejos, pero los asientos de la cuarta fila solo son taburetes, de respaldo duro y tan altos (para ver el escenario) que las patitas nos quedaban colgando en el aire. Sí, había apoya pies, pero me quedaban los pies torcidos cual Edipo en pañales, y mi tendinitis empezó a quejarse ya en los primeros minutos. 
Lo que fuimos a ver era una compañía de actores argentinos haciendo una obra en función inclusiva para sordos y ciegos. Y viejos, faltó agregar.
Ni bien empezó la representación nos quedó claro que la pareja de ancianos en la fila 1 iba a hablar casi toda la obra. Hay algo en la tercera edad que anula la posibilidad de susurrar, de permanecer en silencio o de captar las señales de incomodidad del entorno, parece. 
Por otro lado los ciegos tenían un audífono por donde una voz les iba describiendo prolijamente las acciones mudas sobre el escenario: "en este momento el actor mira al público... se sienta... entra Fulano por la derecha... etc). El tema es que al comienzo hay un largo silencio donde no pasa nada, y los pobres se entraron a preocupar de que los audífonos no anduvieran bien, y cuando comenzó la acción resultó que la voz de los audífonos era claramente audible desde dos filas de asientos a la redonda por lo menos. 
Los sordos, por su parte, tenían una pantalla sobre el escenario con subtítulos y aclaraciones de lo que iba sucediendo a nivel sonoro ("tararea", por ejemplo), pero además en la platea, no sé bien por qué, había una persona que les traducía la obra en lengua de señas, persona que debía sí o sí estar muy iluminada, para incomodidad de los espectadores de las filas de atrás, que tuvieron esa luz todo el tiempo entre ellos y el escenario. 
A todo esto hubo un celular que sonó y sonó en vibrador, como si el dueño creyera que de ese modo no era audible, y hubo tres personas en mi sector que apenas fue redondeando el final se levantaron y se fueron, como para evitar las montoneras de la salida, onda recital del Indio, no importa si los actores seguían o no concentrados en el escenario, como en efecto sí lo estaban.
Es verdad, la obra no era gran cosa, lo admito, pero aún así, hubiera podido ser apreciada de otra manera si cada uno podía concentrarse en la escena menos que en el público o en la propia incomodidad.
En resumen, el tema de la inclusión tendría (a mi juicio) que organizarse mejor. Los ciegos hubieran estado mejor en el mismo sector, con alguien que los guiara o auxiliara si había problemas técnicos con los audífonos. Los sordos y su intérprete, ídem. Los viejos... Bueno, los viejos que hablan en el teatro son un tema a esta altura insolucionable. El Solís hace décadas que debería clausurar ciertas filas de asientos propios de la tortura medieval, y la compañía argentina pudo y debió rendir más. 

Feliz última media hora de domingo.





Me pasé los domingos de la infancia cuidada por mis abuelos mientras la Choli y el Cele hacían feria. El viejo Barreto trabajaba de sereno en el Club Naval, y además de alguna bandejita de canapés y masitas después de un cumple de 5 o algún casamiento también le daban los diarios, entre ellos un suplemento (creo que de "El Diario", "Mundocolor", una cosa por el estilo) lleno de historietas que se abría con una página a todo color de Clemente, por Caloi. 
Mis abuelos ya no están, la Choli y el Cele dejaron de hacer feria y yo no leo diarios ni historietas, pero siempre me quedo de boca abierta con la genialidad de Tute, quizá confirmando aquello que de tal palo, etc. 
Caloi se fue hace 5 años. Comparto el homenaje de su hijo y me sumo al recuerdo; la canción que le dedica al padre es... sin palabras.





INNOMINADO

1. Mi vieja me lo había dicho apenas me desperté: anda un gatito barcino perdido en la cuadra, pero yo (aunque lo busqué toda la mañana) no pude encontrarlo. Ella andaba con un misterioso paquetito en la mano que a la postre resultó ser comida que le había birlado a Roldana para ver si podía alimentar a la criatura (¿o de dónde se creen que soy como soy?) pero para mantener las apariencias me dijo varias veces que no fuera a agarrar ese bichito, que era muy lindo y comprador pero etc. 
Hace un rato llegué a casa bajo la lluvia y lo escuché desde mucho antes de verlo, porque estaba maullando a todo volumen, pobre. Apenas lo aupé se puso a ronronear; es precioso, sedoso, ojos enormes y verdes, aún no me fijé si hembra o macho. Tiene unos dos meses, supongo. Con Roldana no hubo mucho feeling, por ahora, porque la criatura estaba asustada y terminé dejándola en el galpón con manta, comida y agua. 
Después saco fotos lindas y empiezo campaña de adopción. Empezamos, quise decir. 
Entienden la indirecta, ¿no?

Ta mañana.

2. Un segundo. Un segundo de ponerlo en el baño, moverle las manos en las piedritas, y el tipo entiende que ese y no otro es el lugar para ir al baño en una casa humana. 
Gatos: inteligencia.

3. _ ¡Salí de arriba de los libros! ¡No, no me muerdas, no quiero jugar si mordés! ¿Qué hacés arriba de la mesa? ¿Desde cuándo te subís a la cocina? ¡Dejá ese cable! ¡Basta de atacar al paraguas, dejalo en paz! ¡Las botellas... no me rompas las botellas!
8 horas, 8 horas de clase di esta mañana y no rezongué ni el 1% de lo que me hace mandonear esta criatura en dos minutos. Después me mira con ojazos y se pone a ronronear, pero no me engaña: yo sé que es un demonio de Tazmania con envoltorio peludo y bigotes.
Aunque se me suba a la falda y levante la cabecita como diciendo que no va a destrozar más la casa. Aunque maúlle suavecito y se acurruque contento. Aunque ponga cara de angelito y se vaya durmiendo de a poquito, como bebito que todavía es. Aunque se ponga a amasar abriendo y cerrando las patitas.
Salí de mi casa lo antes posible, Innominado. Salí. 

4. Acabo de dejar a Innominado en su nuevo hogar en Malvín, con una humana amorosa y un cachorro terrier que es el doble de activo que él. 
Final feliz.





Oíme, inconsciente. 
Sí, sí, a vos te hablo, no te hagas el desentendido. Ya fue con tus arrogancias, ¿me oís? ¿Quién te creés que sos? ¿Kim Jong Un? No, no es así, viejo, la cosa no es así. Ya sé que contigo no se puede razonar, por eso te lo digo bien claro y con todas las letras: yo soy quien decido a qué hora despertarnos, no vos. Sí, ya sé que si abrimos los ojos a las siete igual llegamos en hora al liceo, pero por algo puse el despertador a las seis, para bañarme, corregir y trabajar en las redes, ¿entendés? Media pila, viejo, media pila. Y dejá de pelearme. Mirá que el yo sin nosotros no llega a nada y acá solo podemos funcionar en equipo, ¿eh? Dale. Dejame laburar, al menos de lunes a viernes. Igual ahora el fin de semana es tuyo y yo no me meto. Dale, dejá de decidir cosas que no te corresponden, que después el yo se preocupa, termina comiendo demasiados dulces y nos complica la vida a todos. Cuento contigo, viejo. Uno para todos y todos para uno, como cuando éramos chicos, ¿te acordás? Un abrazo, ello. Nos vemos. 
Te quiero (pero solo si te portás bien).
Súper Yo.






Jueves, siete y media de la mañana. El 103 va lleno y yo me distraigo pensando en temas trascendentes, como el de las moneditas. 
No me gustan las moneditas. No valen nada. Tintinean si camino con apuro, me rompen los bolsillos si las uso en el pantalón y pesan si las llevo en la cartera. A las de 50 me da miedo perderlas, las de 1 y 2 solo sirven si tengo que pagar un ómnibus en efectivo y las nuevas de 10 me rebotan en la máquina de café del liceo. Las de 5 no fallan, ellas sí, siempre son bienvenidas en mi mundo. Las únicas.
En esos pensamientos ando cuando escucho que una señora al darle el asiento a su amiga le dice:
_ Pasá vos, que trabajás ocho horas. 
_ ¿Ocho? ¡Once!- responde la aludida, agradeciendo el gesto. 
Once horas, mete la doña. 
Y una aquí pensando intrascendencias. 
Y otros allí, leyéndolas. 
Lo siento mucho, amigo lector, pero sabido es que la culpa pesa menos si se reparte.
Feliz jueves.





"No todos tenemos a alguien en quien confiar", dice escuetamente alguien en twitter, ante un post del CES que recomienda contárselo a alguien de su confianza y no aislarse si siente que solo se relaciona con personas a través de las redes sociales, que sus opiniones no tienen valor o que el resto de la gente va a estar mejor sin su presencia, entre otras cosas.
El nombre y la foto vienen de un animé, ni siquiera sé si es un chico o una chica. Tiene 9 seguidores y su descripción personal es "armonía rota". 
"No todos tenemos a alguien en quien confiar", dice, y no sé por qué pero no me suena a bardero de twitter sino a alguien de verdad solo. Le contesté lo mejor que pude, pero su frase me sigue dando vueltas en la cabeza, como un eco de tantas veces que siento que quisiera hacer algo por otro y no puedo. 
"No todos tenemos a alguien en quien confiar", dice, y me partió el alma. ¿Exagerada, yo? Puede ser, pero a veces me parece que uno percibe cuando el dolor de otro es profundo y verdadero, aunque se trate de una voz anónima, a través de una pantalla fría, impersonal. Pero capaz que solo son cosas mías. 

Ojalá.

domingo, 2 de abril de 2017

Abril 2017





Voy subida a una tortuguita gris y metalizada. Es amable y tranquila, pero lenta. Oye noticias a volumen aceptable pero avanza con demasiada calma. No tiene amiguitos que canten o que ofrezcan cosas por la módica suma de, pero tampoco avanza, o eso parece. Voy sentada junto a la ventanilla, cosa de ir viendo en detalle el lento transitar de las casas y las personas en la vereda, y eso me está poniendo la ansiedad en nivel de alerta naranja oscuro. Uuuuuna cuadra... Comenzamos la oootra... Con calma y sin prisas, vamos empezando el díaaa...
Listo, lo confirmé: soy un digno producto del estrés y la alienación ciudadanos. Me dan ganas de bajarme y subirme a un 103 gacela, aunque venga repleto y a los gritos por la selva de cemento. 
¿Mucha telenovela brasilera en mi infancia, vos decís? 

Vale todo.




Viaje de un largo día de miércoles hacia la noche
Tranqui, Marielita, tranqui, que el 316 de las siete se dejó tomar y el 109 pasó apenas te bajaste en Propios; te va a dar para tomar un café de la máquina antes de la primera hora de clase y todo. 
Tranqui, repito. Tranqui. Después de todo perder quince pesos porque en vez de café salió un agua coloreada no es el fin del mundo. Y vamos a por ese quinto Biológico. 
Ya sabés que cuando hay alerta amarilla algunos grupos se pasan de listos y te viene la mitad aunque no haya ni lluvia ni viento, no es ninguna novedad entrar al segundo grupo y verlo por la mitad, tranquila. Dejamos la clase de la practicante para el viernes y sacamos una tarea grupal de la galera, que los que faltaron se merecen quedarse sin apuntes pero la practicante también se merece debutar con un grupo completo. Tranqui. 
Una sola paloma en todo el patio, una blanca jaspeadita caminando sola, como despistada. Sospechoso. Alguien vio al muchacho con el halcón en el liceo hace un par de días. Mejor no preguntar. 
No, no estuvo bien que una profe de Matemática decretara que a partir de ahora todos los miércoles te cambiás de salón para darle clase al último grupo, es verdad, pero tampoco es culpa de ella que el salón 14 estuviera lleno de mosquitos talla XXL y que terminaran vos y los Artísticos yéndose a otro salón a la media hora, acosados por los enemigos y dejando como recuerdo un montón de manchas rojinegras en las paredes del sacrosanto y nunca bien ponderado monumento histórico nacional alias IAVA. No fue nada. Vos tranquila. 
Maldita china, no sé cómo diablos hace para taparme siempre la balanza y cobrarme lo que se le canta, no importa que tanto me descogote para relojear lo que pesa. Me debe robar diez o veinte pesos por vez, seguro que no más, pero por algo cuando me pesa el chino la comida siempre sale menos que si lo hace ella. Igual es muy barato. No da para quejarse. Tranqui, Marielita, que recién es mediodía. 
De vuelta en el liceo entrás a la Sala de Profes con un budín de pan gigante de la cantina que es grande como una cuarta asadera, más o menos, y sos la envidia de medio mundo, incluyendo a la profe de Inglés a la que le vendés la mitad dado que aquello era una enormidad se lo mirara por donde se lo mirara y además tenías que comerlo rápido porque a la una empezaba la mesa especial.
Una alumna, una sola alumna para un extraño examen a la hora de la coordinación. Que es reglamentada pero que es libre, que Uruguayos por el Mundo pero que lo da acá, que nos instalamos en un salón vacío pero al rato llega una clase, que no hay llave de biblioteca, que cuando entramos perdemos a una de las tres profesoras, que después no encontramos la Biblia, que la chica se quiebra en el oral, que si no salva no pasa a sexto, que no sabe nada de nada, que la madre la obligó a presentarse, que prefiere perder que cursar sexto a lo loco, que terminamos charlando con ella como media hora, que ese único examen nos llevó tres horas y media y no nos quedó claro por qué ni cómo pero en cierto momento se salió del IAVA y había un mundo afuera, quién lo hubiera dicho, había vida después del liceo. 
Tranquila, Marielita, que aunque sea tarde hay que sacar un boleto céntrico, bajarse en el huracán de la Independencia y trabajar un rato más hasta que dan las seis y salgas disparada, porque te acabás de enterar de que la función de teatro a la que vas es mucho más temprano de lo que creíste y o volás o no llegás, pero vos tranqui, no te alteres, dale, tranqui que se puede. Capaz que se puede. 
Las piedritas. Tenés que comprar piedritas porque el baño de Roldana está con una capa de un milímetro y la pobre se merece algo más digno. Bajás en la Unión. Cerrado. Caminás a Tienda Inglesa. Comprás. Perdés un 103. Subís a un 100. Estás tan cansada que no te das cuenta y te bajás una parada antes. Llegás a tu casa y en diez salís de nuevo mientras tus amigas te bombardean a mensajes de voz y de texto a ver si querés que pasen por tu casa, que pueden ir, que no hay problema que ¿estás segura?… Marielaaaaa… querés que pasemos… Contestales o siguen… Marielaaaaa… Llamada de voz… Mensaje… Llamada… 
Pero tranqui. Vos, tranqui. 
Esperás un COPSA que nunca pasa, tomás un 103, bajás en Comercio y te prendés al primer taxi. A Plaza Independencia, decís, y recién en el Cordón lo mirás y le aclarás que vas al costado del Solís. El Solís… Es un teatro, ¿no?, te llega desde el asiento del chofer con acento dominicano. Uy, Marielita… Tranquila, que falta poco. Tranquila aunque el dominicano se pase en amarirrojo un semáforo atrás de otro. Tranquila aunque en las noticias que va oyendo el tachero sobre la interpelación de hoy un señor de pronto diga “estoy profundamente dolido e indignado porque en las redes sociales…” ¿Redes sociales? ¡Liceos en Red! ¿Qué cagada me mandé en Liceos en Red o en el twitter? Ah, no, era en las redes del Frente, respire, profe, respire. Uno… dos… profundo… Oooom…
Al final llegás al teatro antes que la mayor parte de tus amigas, ves la obra, encontrás a dos ángeles bajo la forma de Artísticas del IAVA, te tomás un último 103 de la jornada y volvés a tu casa celebrando que el partido de Peñarol haya sido en tu barrio y no en el estadio, así la pesada no viene saltando y gritando en tus orejas como otras veces. 
¿Viste que se podía? 
No era tan difícil, ¿no?
Bueno, ahora despertate, que tenés que ir a dormir a tu cama, no sobre el teclado de la computadora en la mesa de la cocina. Despertate, che. ¿Me oís? No sigas de largo, ¿eh? Y estate atenta, que en seis horitas más arrancamos de nuevo. 

Pero por ahora vos, tranquila, que este miércoles se acaba en diez minutos. Tranqui.





Esto de salir de la Ciudad Vieja tiene evidentemente sus ventajas. El 103, por ejemplo, viene vacío, y una puede elegir siempre la ventanilla que más se adapte a las necesidades de ver gente o ver calle, siempre del medio para atrás, si se quiere continuar en posesión del asiento hasta el final. 
Como el viaje es largo y la luz no da para leer mucho se impone una mirada distraída sobre comercios y transeúntes en plena caída de la tarde.
Primero veo a una alumna del IAVA que tuve en clase esta mañana. Camina apurada, aún con la tabla de Dibujo, como si todavía no hubiese terminado la jornada de estudio.
Después un amigo de hace años, siempre igual, siempre con aire de buena gente y no mucho más. El mismo que una vez, cuando le pregunté si se iba de vacaciones a algún lado, me respondió: "yo no hago vacaciones, yo ahorro", y con eso está todo dicho. 
Unas paradas más adelante, una prestigiosa académica con muchos libros y títulos a su nombre, la misma que intentó analizar un poema de Quevedo confundiéndolo con uno de Fray Luis, en fin, todos nos podemos equivocar.
Sigo mirando a la gente distraídamente, hasta que tomo conciencia de que solo estoy buscando identificar una silueta, un rostro o unos ojos en particular entre la anónima multitud que camina, espera un ómnibus o envía mensajes de voz. Es lo mismo que me pasa con las cartas que encuentro cuando voy caminando: si las veo es porque ando con un moldecito de carta en mi cabeza. Solo que el moldecito de la silueta, del rostro o de los ojos que ando buscando en modo random es infinitamente mas fácil de interpretar que una carta cualquiera de la baraja, y sé que en cualquier lugar y a cualquier hora que lo encuentre no significa más que una cosa para mí: peligro. 
Quizá es por eso que de vez en cuando, cuando vengo de bacana con asiento de ventanilla propio en el 103, me zambullo en alguna crónica que me saque de las siluetas, los rostros y los ojos de las personas que me cruzo, por si acaso. 

Solo por si acaso.





Ella no era, evidentemente, una de esas personas que pueden enfrentar un viaje de bus sin llamar la atención. Muy rubia, muy voluminosa, muy gritona y con ganas de hacerse ver, subió al Cutcsa con un varón de tres años y una nena de unos cinco, se me sentó al lado con un sonoro "¡Permiso!" y comenzó a increpar al nene, que se había mandado raudo y veloz para el fondo. 
_¡Sarajani! ¡Venís inmediatamente para acá y te sentás ahí enfrente! ¡Que vengas te digo, Sarajani! Te estoy hablando a vos; no hay nadie más con ese nombre. ¡Sarajani!
Y Sarajani vino, refunfuñando, y se sentó enfrente con cara de dignidad ultrajada, pero Miss Gritos no estaba conforme, y al instante pegó otro rezongo:
_ ¡Sarajani cerrá YA MISMO esa ventanilla! Y no te hagas más la viva, ¿estamos?_ante lo cual fue la nena la que obedeció, bajo la mirada fulminante de la matrona, dejándome con más dudas que certezas. 
¿Es que ahora Sarajani es un sustantivo común que yo desconozco? ¿Y qué viene a significar: niño, m'hijito, botija o guacho de m?

Desásnenme, por favor. Piensen que mi cerebro ya es del siglo pasado y no procesa con rapidez los cambios lingüísticos. Se los agradezco mucho.





Cuando estaba en Bellas Artes tenía un amigo que sabía pila de música, de buena música, era un experto, y el chiste era preguntarle cuál era su músico preferido del siglo, o de la Argentina, o del mundo; él siempre decía lo mismo: el flaco Spinetta. Años después salí con un porteño que también lo amaba, tanto que en nuestra única noche compartida en Buenos Aires fuimos a ver Fuego Gris, una película videoclipsosa que recorría muchas de sus canciones. Qué grande cuando los amigos y los amores del pasado la llevan a una por el buen camino del arte. Entre otras cosas.





Salgo de casa y me enfrento al espectáculo del amanecer en mi barrio, pero mi día no se despega del gris y la tristeza. Roldanita está mal. Casi no come. Tiene hambre, y hasta ayer pedía comida pero casi no comía, porque no podía reconocerla. Hoy ni pidió nada. Mi veterinario del barrio ya no puede hacer nada. Una amiga me dice que la lleve a la facultad, que hay oncólogos, pero no pude comunicarme y además los 17 años de mi gata y el tumor enorme que tiene desde hace meses me pesan a la hora de seguir luchando. O sea que no sé. capaz que soy insensible si no la llevo y capaz que soy insensible si no la dejo morir en casa y en paz. No sé. No sé nada. No sé.





_ Hola...
_ Hola, ¿cómo andàs? ¿Estás extrañando a la perrita?
_ No... Pero algunos me preguntan por ella... ¿Le gustó a la señora?
_ ¡Sí, claro! Está lo más bien. La señora que la tiene ama a los animales. Se le había muerto una perra hace poco y ella no quería tener un cachorro, así que le vino bárbaro que se la lleváramos. Yo la bañé y desparasité antes de entregársela; quedó encantada. Salió todo redondo.
_ ¡Ah, qué bien, me alegro!
Y me fui de la veterinaria, no sin antes comprarle una lata de comida hipermegacara a la pobre Roldana, que anda cada día más desmejorada y flaquita, pobre.

El ciclo de la vida, nivel mascotas.





Ellos son dos, y vienen charlando en el 316 de las siete de la mañana.
_ La macana es que tengo escrito de Biología y no estudié nada.
_¿Y no podés faltar a algo antes?
_ Tengo Química...
_ No, a Química no podés faltar. Faltate a Literatura.
_ Sí... ¡Qué materia al pedo!
_ Los Biológicos no tendríamos que tener Literatura.
_ No... Es una cagada este plan.
Los miro. No son mis alumnos. El bus sigue avanzando. 
Al ratito uno envía un mensaje de voz.
_ Che... Te faltó una coma en el mensaje, no entendí...¿Dijiste que sí o que no?
Sonrío en modo Gioconda y me preparo para bajar.

Feliz miércoles.





La felina pasa pidiendo comida, pero ya casi nada le gusta. Está medio sorda y su problema de columna alcanza proporciones alarmantes. 
La humana, por su parte, no cesa de estornudar y de tirar pañuelitos descartables a la basura. 

Comenzó el año en Arbolito.




Colonizando abril

Las playas

En Colonia el río es ancho y con poca arena, pero alguna playita pequeña hay, donde incluso se pueden ver patos biguás pescando y donde a veces se pican las olas, cuando hay viento. La zona de las barrancas es también playa de baños, con arena medio húmeda pero limpia. En Conchillas la pequeña bahía se ve y se escucha contaminada por la gigantesca Montes del Plata, que resulta imposible de ignorar. A la altura de Carmelo ya no vemos el Río de la Plata sino el Arroyo Las Vacas, manso y con mucho verde alrededor. Zagarzazú, por último, es una especie de remanso de calma, con playas anchas de arena blanca y olas tranquilas, pegado a un monte natural que es un área protegida, como nos contó un pescador de la zona. Las calles son muy arboladas, con pinos, todo tiene un aspecto a balneario de la Costa de Oro pero en otra punta del mapa. Lo raro es que en el pueblo hay un hotel gigante (un Four Seasons, creo), con aeropuerto incluso, aunque no llegamos a verlo.

La historia

En Colonia es imposible no maravillarse ante el pasado que te encontrás a cada paso. Todo pide foto, y toda palabra es escasa, así que no haré crónica de la ciudad. Solo comparto fotos, algunas de las cuales fueron sacadas a muy tempranas horas de la mañana y por eso las calles se ven extrañamente desiertas.

Colonia Estrella: un país independiente
No parece Uruguay. No parece Colonia, ni mucho menos Carmelo. Es una república independiente, habitada por bodegueros y chefs, almaceneros y turistas. 
Se llega pasando Carmelo, y es una zona donde hay almacenes de campo, posadas, restaurantes, todo muy muy muy cuidado, bellamente presentado y tranquilo. Mucho objeto antiguo, mucha delicatessen a la venta, productos orgánicos, pastas caseras, comercio slow que invita a caminar, a sentarse bajo los árboles, a degustar productos y a gastar mucho. 
Un mundo raro, porque nos recomendaron una casa donde solo los domingos se vende comida (siempre pasta) y cuando llegamos no podíamos creer: en el medio del campo había más de cincuenta autos, de otras tantas familias, que se habían dado cita para almorzar todas en el mismo lugar. No nos quedamos, y fue una buena idea, porque caímos en otro sitio, donde los ñoquis de boniatos con salsa Alfredo (sic) eran una delicia, y donde nos regalaron dos huevitos de pascua, amén de los cafés que fueron cortesía de la casa porque era mi cumpleaños, como Marila se encargó de contarle a todas y cada una de las personas que nos cruzamos durante la jornada. 
Lo más raro que me compré fueron unos caramelos de tannat, que aún no probé, en un almacén de campo donde nos atendió una chica francesa que había venido desde su país especialmente para aprender sobre las variedades del tannat uruguayo.. 
El momento Intrusos del almuerzo fue cuando el pelado de la mesa de al lado fue al baño y vimos que la rubia que andaba con él le revisó el celular que había dejado sobre la mesa. Él no se dio cuenta.
Otra pareja, al costado, cayó con una perrita caniche toy muy mimosa, que Marila calculó que sería más o menos como su gato de tamaño. Después charlamos con el dueño: la caniche pesaba 1.400... un poquitititito menos que Pipín, que anda por los seis kilos, en fin. :)

Estuvimos recorriendo Colonia Estrella unas horas, al mediodía del domingo, y valió la pena, sin la menor duda. Un mundo raro pero digno de verse. Y de degustarse. Sobre todo de degustarse.

Barrancas de San Pedro: versión coloniense del paraíso.
Esto es así: saliendo de Colonia hay kilómetros y kilómetros de playa de río, flanqueada por unas murallas altísimas de piedra y tierra. Unas pocas bajadas permiten descender cada tanto a la playa, y hay carteles que indican que toda la zona es un yacimiento paleontológico, lo que quiere decir que uno no debe andar por ahí bobeando, escarbando o llevándose cosas. Ejem. 
Lo primero que vimos fueron huellas: marcas en la barranca de antiguas ostras, que estaban duras como piedra y a veces coloreadas de una sustancia con tono levemente mostaza. 
_ Si no encontrás una placa de gliptodonte por acá toda la salida resultó en vano- me había presionado mi amiga, provocándome cierta desazón, que de todo modos terminó pronto, cuando encontré la primera placa a los cinco minutos de revisar el borde del agua. Igual no es que hallara muchas: solo dos, pero bien enteras y definidas. Después encontramos un par de dientes, otros fósiles indeterminables, pedazos de escudos, moldes perfectos de ostras y caracoles, etc. 
Quiero vivir en las barrancas. 
Aunque ahí también estaba la araña gigante...

No sé. Lo voy a pensar.

Nosotras y los bichos

I: El roedor de playa
Estaba medio acostado sobre la arena; yo pensé que muerto pero no, porque de repente movió una patita, se puso derecho y se quedó quieto, sin miedo. Nos acercamos, Marila le dio de comer, y él lo más pancho. Al final se refugió metiéndose bajo la pierna de mi amiga y hubo que explicarle que lo sentíamos mucho pero no nos íbamos a quedar con él para siempre. 

Simpático, el bicho. Marila dice que es un minerito pero para mí que no. ¿Alguien sabe?

II: La araña negra.

Estábamos recorriendo las barrancas de San Pedro, en Colonia. Un amigo nos había mandado un mensaje recordándonos que en la parte que había sido mar se podían encontrar dientes de tiburón, por lo cual yo andaba recorriendo palmo a palmo las paredes de greda y piedra, a ver si encontraba algo interesante, cuando de repente la vi. A veinte centímetros de mi cara, la vi. Era enorme, era negra, era peluda, pero también era lenta e indiferente. No digo que se me haya ido el miedo, pero al ratito de convivencia casi la aceptamos como una compañera más de labor. Nosotras buscábamos fósiles y ella algo para picar, porque era casi mediodía y se ve que le había pintado el hambre. Nos acompañó un cuarto de hora hasta que la dejamos sola en la inmensidad de la barranca y pegamos la vuelta, pero nunca la olvidaremos.

III: Los de siempre
En Colonia encontramos unos cuantos perros vagabundos y unos pocos gatos. Los primeros, siempre gordos y viejos, de paso cansino, un tanto reumático. Los segundos, jóvenes, flacos, hambrientos. Cada día cumplimos con el ritual de salir disimuladamente del desayuno con unas fetas de fiambre en la mano para dejarlas al alcance de los gatos de la casa abandonada de enfrente, que eran tres: uno amarillo, otro negro y una barcina preñada, muy jovencita. 

El perro de la foto en la maleza es Mosh, la mascota de Campotinto, que es la bodega cercana a Carmelo en la que almorzamos ayer. Mosh apareció por el lugar muy lastimado y desmejorado y la gente del restaurante (que había perdido a la otra perra que tenían, la Lola, también callejera) lo aceptó y curó de inmediato. Después del almuerzo me acompañó a la caminata por los viñedos y alrededores: la felicidad hecha perro. I love Mosh.





VOCES LAGUNERAS
_ ¡Vecina! ¿Usté sabe qué es lo que pasa que a la salida del pueblo está la policía parando los autos y pidiendo documentos a la gente ?- pegó el grito una señora, mirando a alguien en la vereda de enfrente.
_ No supe nada...- respondió la aludida, dejando por un momento de hace tortas fritas para la venta, al tiempo que mi vieja empezaba como siempre a especular al mejor estilo Pseudo Matlock. 
_ Yo me imagino... Deben andar buscando a la señora esa que desapareció con un montón de guita hace unas semanas...
_ ¿Cuál? ¿La jugadora? 
_ Sí, esa. El vidente dijo que la veía en un balneario con poca gente y con agua en las cunetas. Seguro que anda por acá.
_ ¡Ay, María, el Garoto con el nuevo corte de pelo quedó precioso!
_ Sí... Pero yo le dije al veterinario que lo bañara sin shampoo oloroso, y él igual le puso perfume: cuando volvió a la casa los otros perros lo desconocieron y no lo querían, pobre...
Lunes, 18 hs. Temporal. 
_ ¿Vamos mañana a la desembocadura del Tacuarí?
_ ¡ Sííí, si no llueve vamos!
Martes, 9 de la mañana. Sol. 
_ ¿Vamos?
_ Dale.
Martes, 9.40. Sol con ventarrón.
_ Mucho viento, no?
_ Sí, demasiado. ¿Volvemos? 
_ Volvemos. Queda para otra vez. 
_ Hecho.

_ Portate bien, Gatoncito, eh? Dejá de perseguir picaflores. Vení, vení de vuelta conmigo a la hamaca, vení. Gatón... ¿Dónde estás? ¡Gatón, soltá esa pobre mariposa, ¿querés? Sí, no te hagas el santito, a vos te hablo. Dámela, pobre. No, no te la pienso devolver. Fuiste.





Llueve manso y sin pausas sobre la Merín. 
Los dos gatos duermen sobre la cama que tienen más a mano, mis viejos miran un programa matinal con la Obaldía y yo oscilo entre tomarme un vasito de grappamiel o un café, comerme un higo confitado made in Carioca o pecar con una hipercalórica passoca. La lluvia es lo que tiene, vio. 
Mi vieja ya me hizo cuentos de ahora y de antes, cuentos que incluyen a personajes de nombres pintorescos como el Gallina Degollada o el Venga Mañana. Hace un rato me llevó al galpón para mostrarme unos enormes zapallos que trajo de Ñangapiré, de 7 y 9 kilos respectivamente. En el patio el bananero ostenta un cacho con decenas de frutas chiquitas, del tamaño de un dedo, por ahora. 
Las caminatas que tenía previstas la Intendencia de Cerro Largo para hoy y para mañana quedan suspendidas mientras no pare el agua. 
Tiempo de lectura y descanso, entonces, en los límites de Villa Makurero, durante la tradicional visita de Post cumpleaños del Cele. 
Tiempo de paz, familia y calorías.

Estoy tentada de creer que son la misma cosa.





Estaba por escribir una crónica que empezara con: "Ella es joven, bajita, de hermosos y bien maquillados ojos negros. Viene sentada a mi lado en el ómnibus y cubre su cabeza con un velo liviano, todo bordado de lentejuelas doradas. Debe ser siria. Viene oyendo música que desconozco. Me encantaría pedirle una foto pero nunca jamás voy a animarme.".
En eso la veo escribir en su celular y me imagino que pone: "voy en uno de los viejos vehículos públicos de Montevideo, sentada con una señora rubia. Lleva la cabeza descubierta y usa una musculosa ajustada que deja ver demasiada piel por debajo del cuello. Su collar plateado llama la atención, y aún no aprendió bien cómo delinearse los ojos".
Que en este mundo traidor
Nada es verdad ni es mentira: 
Todo es según el color

Del cristal con que se mira.





Voy en un ómnibus semi vacío, con menos de diez pasajeros Uno de ellos habla a los gritos por teléfono ("Voy en el bondi... me viá bajá na feria..."), otro escucha una música espantosa a todo volumen y una mujer flaca viene hace rato cantando y desafinando en voz muy alta algo que no logro identificar. El guarda es viejito y no oye nada. Los vendedores desfilan uno tras otro sin realizar ni una venta. Una chica viene contando su vida de manera audible para todos, mientras la rubia de rulos sentada en la mitad del coche trata de leer una novela y estornuda varias veces seguidas. 
Mañana de domingo sobre ruedas.
Empezaron las vacaciones y una reencuentra tiempo para las crónicas de bus y las encara con cariño aunque venga viajando en un ómnibus tranquilo, sin apretujes ni cantores a la gorra. 
Y en eso estamos. 

_¡Atchís!





Nos fuimos. 
Su nuevo hogar la está esperando a partir de esta tardecita; en estos momentos le están dando un baño coiffeur en la veterinaria para dejarla re chuchi. 
Sí, me dio culpa dejarla.
No, no me arrepiento. 

Y hasta aquí llegamos.




Desperté en hora, me bañé y desayuné sin apuros, la perrita comió y se echó a dormir, Roldana lo mismo, no había un alma en la parada y al instante en que llegué pasó (y paró!!!) un 103. 
Visto y considerando tanta fortuna no puedo quejarme ante el insignificante detalle de la música tropical del vehículo, y no voy a hacerlo. 
¡Porque bailar una plena saca las penas de amor, aquí te traigo una buena pa' que te sientas mejor!
#Viernes
#Vacaciones

#Vida




En diciembre fueron unos ojos enormes y una cola entre las patas, al principio, y una jauría de galanes solicitando sus favores, después. 
En enero se hizo amiga del barrio y adquirió patente de propiedad dudosamente colectiva. 
Febrero vino con dos criaturas y un enredo en cactus y alambre de púas que se terminó convirtiendo en asilo galponero, en medio de la ola de calor más interminable de la que tengo memoria.
Marzo se complicó. Enfermedad del cachorro, días y días en la veterinaria, suero, quietud, ojos tristes, inyecciones. 
Abril la encontró pidiendo mimos, como siempre, hasta que la llevé dos cuadras con colar y correa en medio de la culpa, porque ella encaró la caminata radiante, feliz, pero yo sabía que íbamos rumbo a la operación. 
Ahora está pasando la noche enfrente, con su amigo el sereno. Mañana vienen a buscarla para llevarla a un hogar propio y no prestado y no, no estoy triste. Roldana va a sentirse liberada, yo recobraré cierta paz, ella va a tener una casa y la dueña se habrá ganado una fuente inagotable de lametazos y miradas amorosas.

Repite conmigo: no debes volver a mirar a un perro vagabundo a los ojos. No debes. No debes. No. Un gato, puede ser. Tú ves. Pero recuerda estos meses y repite, repite conmigo: no debes volver a mirar a un perro vagabundo a los ojos. Que la cosa salió bien pero no es cuestión de andar tironeando al destino de la manga, por si se calienta y nos desbarajusta las decisiones tomadas. 




Nuevas imágenes made in Arbolito:
Triste como perra operada que te mira con ojos enormes desde un collar isabelino.
Indiferente como gata añosa que pide atún y no importa más nada en el mundo.

Culposa como humana que deja a sus mascotas solas todo el día aunque sea por laburo.




Situación levemente tensa en Arbolito.
Una no entiende por qué he vuelto a no dejarla salir al patio, la otra está contenta de haber retornado pero reclama la comida y el agua que por unas cuantas horas no va a tener.
A las cinco será la castración, y el tiempo pasa lento lento. 

Ampliaremos.




Salgo a hacer mandados y me cruzo con la vecina que adoptó a la perrita hija de Innominada.
_ ¿Qué sabés del cachorrito que regalaste?
_ Ah, bien, anda bárbaro. ¿Y la tuya?
_ ¡Pah, divina! Está enorme. Y eso que no quiere comer ración, ¿eh? Solo comida.
_ Capaz que no tiene dientes...
_ ¡Que no va a tener! ¿Sabés cómo me mordisquea jugando? Y quiere huesos, pero crudos. Si se los doy cocidos ni los mira. El otro día entré y la veo muy tranquila al lado del loro. 
_ ¿Tenés un loro?
_ Sí. Anda suelto por la casa. Bueno, los veo lo más bien juntos pero cuando aparecí yo ella lo agarró de la cola y se puso a zamarrearlo, como si lo estuviera rezongando por haberse portado mal, ¿te das cuenta?
Sí, me doy cuenta... La madre hace lo mismo, si la dejo. Todo bien con Roldana, pero si me acerco le tira algún tarascón que hasta ahora nunca ha llegado ni a tocar a mi gata. Menos mal. Mejor. Mejor para Innominada, digo. 




Una vez, mientras yo cursaba quinto en el IAVA, me quedé una semana en casa con mi amiga Graciela, mientras mis viejos y los dos perros andaban de gran descanso en Ñangapiré. Éramos compañeras de clase, estábamos preparando Matemática para dar en febrero y ese año la ASCEEP y el gremio del IPA habían hecho un acuerdo por el cual los estudiantes de profesorado iban a dar clases de apoyo gratis a diversos puntos de la ciudad, entre ellos mi cooperativa. 
Yo había vuelto de Cerro Largo a Montevideo esa misma tarde, y después de la clase ambas enfilamos a mi hogar dulce hogar, a seguir estudiando y a sacarle el cuero a nuestros compañeros del liceo, como hacíamos día por medio, más o menos. 
Lo que no sospechábamos ni ella ni yo era que una sorpresa nos aguardaba ni bien abriéramos la puerta de casa. Fuimos recibidas por decenas, tal vez cientos de pulgas hambrientas tras dos semanas de abstinencia de sangre canina, y tuvimos que taparnos los pies con insecticida para poder empezar a salir del ataque de histeria que nos ganó en un minuto. Se nos habían subido como peregrinos yendo a un encuentro místico, con fervor y devoción, en incesantes multitudes que no atendían gritos ni reclamos. 
¡Dios mío, qué papelón! ¡Traía a mi amiga del Buceo y resulta que la Curva de Maroñas hacía honor a todos los conceptos de desprolijidad y desidia que en el mundo han sido! 
Ahí aprendí que si uno tiene perros (o gatos) con pulgas y se los lleva, las bichitas no mueren de inanición sino que vaya a saber por qué se reproducen de modo exponencial, las muy malditas.
Supongo que habrá sido mi vecina La Ñata, o tal vez mi abuelo, el Viejo Barreto, quien me recomendó pasarle agua con querosén a todos los pisos, especialmente al del galpón, que era la Zona de Alerta Roja, y lo hice, mientras Graciela disimuladamente inventaba no sé qué excusas de extrañar a la familia y decidía faltar a un par de clases, medio zonceando. No parecía un remedio muy sofisticado, pero dio resultado, y zafamos de la crisis.
Al año siguiente sucedió lo mismo aunque con menor virulencia, o tal vez atajé a tiempo la expansión pulguienta, no lo sé. Después nos fuimos quedando sin perros, pasó el tema, y la Terrible Invasión del 84' se quedó convertida casi en leyenda.
Hasta ayer. 
Sí, se me llenó el galpón de pulgas, y la culpa es de Innominada. Había entrado a buscar la aspiradora, me detuve un momento junto a la puerta y de pronto... ellas. Muchas de ellas, en patota, hambrientas, decididas. 
Vacié un aerosol de veneno en el piso, me refugié en la casa confiando en no haber llevado ninguna a la Zona Hogareña, y me fui lejos, a otro barrio, porque para otra ciudad ya no me daba el tiempo. 
Ahora acabo de pasarle de todo al galpón, a los patios y al piso de arriba, y estoy esperando que se asiente un poquito el olor a insecticida (Jimo, en este caso) para confinar en un dormitorio a Roldana y en otro a la computadora y a mí, luego de hacer lo propio con el piso de abajo. Creo que la plaga ha sido conjurada, aunque con estos bichos nunca se sabe, porque son muy resistentes.
Si ahora en un minuto empiezan a sentir que les caminan cositas casi intangibles por los dedos de los pies o les da por rascarse una pierna sin motivo a la vista no se preocupen: es el efecto psicológico de las crónicas como esta, cuyo único fin es diluir la histeria propia repartiéndola entre todos los lectores. 
Buen domingo. 

Y que sean felices.




El Intercambiador Belloni es tranquilo, luminoso, seguro. Lo presiden tres enormes ombúes que están aquí desde que tengo memoria; aún no están habilitados el teatro ni los locales comerciales pero sí hay baños, asientos, música y wifi. Los niños patinan o andan en sus bicicletas con rueditas en la explanada y los jóvenes se juntan a mirarse y a presumir de sus championes o sus motos. 
Yo creo que de alguna manera todos sentimos lo mismo: al fin alguien se acuerda de nosotros y mejora nuestra calidad de vida. Puede sonar a resentimiento histórico o a alabanza frentista pero yo creo que esto es diferente. Nos tratan como personas dignas de transitar por espacios nuevos, limpios, funcionales. Cuál fue la última obra importante en este barrio antes que esta? Acá no hay muchas plazas, parques ni ciclovías.
Bienvenidos los cambios humanizantes. 

Y que nunca falten.