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lunes, 11 de septiembre de 2017

Rumbo a la frontera






ETAPA 1: las Jornadas Treintaitresinas

Salí de mi casa en plena noche, arrastrando un bolso con rueditas por las calles de la cooperativa, bajo una humedad casi llovizna. A las seis menos cuarto ya estaba esperando el ómnibus que nos llevaría a Treinta y Tres, junto a otras ocho o diez personas, en la vereda de Hospital Italiano. 
Allí había estudiantes que venían de Salto, Paysandú, Durazno. Tres gurisas de Mercedes habían salido ayer a las ocho y media de la noche, y llevaban en vela desde entonces. El de Salto vino con guitarra. Charlan de sus profesores, que algunos comparten, porque son estudiantes semipresenciales. Todos coinciden en que preferirían tener clase con una persona en vivo y no a través de una pantalla pero no tienen otra opción, y se lo bancan.
El ómnibus que iba a salir seis y diez llegó seis y cuarto. El chofer tenía agendadas 26 personas pero solo éramos 11, por lo que deliberamos un rato sobre si partir o esperar hasta que, siendo las 6.38, pusimos proa al Este y arrancamos. Al Noreste, más precisamente. Vamos sin baño, pero con muchos asientos libres para estirarse o poner bolsos. El chofer avisó que va a parar cada hora y media más o menos, para estirar las piernas. Y acá vamos. Con gris pero sin lluvia. Acá vamos.



Llegamos a la Casa de la Cultura justo a tiempo para el primer coffee break. En medio de decenas de estudiantes aparece de pronto una chica de cara redonda y rozagante que me dice:
_ ¿Sos Mariela, no?
_ Sí... 
Ex alumna, obviamente. Del 2004, más o menos. Solo lo cuento para dejar constancia de que recordé: 1) su liceo 2) un tema relacionado a su apellido 3) el grupo en que estaba. 

Debe ser que las jornadas treintaitresinas aceitan los resortes de mi memoria.




Crónica (intencionalmente) desordenada

CHOCOLATE CALIENTE PARA EL ALMA

Pese a que en el programa el chocolate al final de la jornada estaba anunciado con la debida antelación, debo reconocer que por un momento pensé faltar sin aviso e irme directo a la posada. "Mi casa", como le acabo de decir a los amigos que me trajeron amablemente en su auto, porque la llovizna aunque no moja tampoco termina de irse. Estaba muy cansada, luego de una noche de cuatro horas de sueño y una jornada académica de diez horas.
Pero fui. 
La cosa era en el IFD, a un par de cuadras de donde estábamos. Dos salones estaban acondicionados con decenas de sillas y mesas larguísimas, y el olor a chocolate caliente se sentía ya desde la esquina. Una olla gigante humeaba junto a la puerta, y de allí salían de continuo bandejas cargadas de vasos enormes rebosantes de deliciosas calorías. Bizcochuelos de coco, de chocolate, de colores amarillos, naranjas o cremitas circulaban sin cesar. Y merengue, ¡había merengue para ponerle al chocolate!
Hola, soy Mariela R y hace dos semanas que no comía harina. Hasta el chocolate con bizcochuelo, en fin. 
Carpe diem.

YO YO YO

Ella arranca su presentación y de inmediato se la ve como pez en el agua con el micrófono y la notoriedad. 
A mi criterio - y tengo derecho a tenerlo...
Como yo siempre digo...
Eso para mí es importante...
Una mujer me dijo "cuando ud habló de eso en su libro sentí que estaba hablando de mi vida"...
Para mí...
Yo no creo en eso...
Yo no creo que las cosas sean así...
Desde hace mucho lo vengo aprendiendo...
A mí me interesa mucho más...
Para mí, que lo conocí personalmente...
Yo intento... Aunque el "yo" me gustaría no usarlo tanto, pero no puedo...
18.20 arrancó su ponencia.
18.41 llegó al tema.
18.48 lo liquidó.
Sin comentarios.

EL CORO DE LA TERCERA EDAD

Son 29, 24 señoras y cinco hombres altos, al fondo. Un guitarrista y un pianista. Todos con uniforme y carpetas con las letras. Divinos. 
Una de las señoras es una viejita como de 120 años. Cuando se olvida de la letra hace caritas de resignación y medio que mueve la boca, pero no canta. Se afirma cada vez que llegan al estribillo que dice "Y buscándote en cada canción...", y ahí le da a la garganta con alma y vida. 
Una voz de ultrasoprano se destaca entre la multitud. Miro a ver su la identifico y sí, ahí está. Es aguda como para romper cristales, pero canta con empeño y emoción. Todos lo hacen. 
_ Están agrandados porque se van de gira a Vergara- aclara el director. 
Admirables, los viejos. Uno los critica pero con cariño. 
Me emocionaron.

TOQUE

Hubo también una chica cantante de Melo, guitarrista y percusionista, excelentes. Me distraje un rato pensando que si pudiera le sacaría la barba y casi todo el pelo al percusionista, un veterano de pelo como el mío pero blanco. Si soy la novia lo rapo mientras duerme. 
Bueno, ta. No me juzguen.

LOS PARNASIANOS

"Parnaso" es un grupo literario de Treinta y Tres que se reúne los jueves a las tres de la tarde, razón por la cual todos parecen ser jubilados. Una chica canta un poema sobre la violencia escrito por una señora muy muy muy mayor. Buena voz, un poco afectada. Otro veterano escritor recita uno de sus textos y sorpresivamente canta a todo pulmón el último verso. Canta bien. El hijo de la tercera persona que muestra sus poemas canta el texto con un amigo. 
Esta gente tiene magia. No los de Parnaso, digo, sino todos.

REGISTROS

Muestra de fotos antiguas del departamento. Pista de karting, carnavales, fiestas, eventos varios, presentados por un muchacho cuarentón que todo el tiempo decía "en mi época", y me daban ganas de gritarle: ¡tu época es esta, m'hijo!

FRONTERIZAS

Dos brasileras disertan sobre la literatura de la región. Me gustan sus ponencias, pero más me gusta ver que entiendo el cien por ciento de lo que dicen, aunque hablan en su idioma. Evidentemente el portugués del Sur es más fácil para nosotros que el de otras regiones, aunque también hay que decir que tengo facilidad para los idiomas. Es un hecho. Para la modestia quizás no tanto. Según. A veces.

MUSEO CON MAESTRO

En cierto momento hubo una pausa y con las tres chicas de Mercedes que viajaron conmigo desde Montevideo nos metimos al Museo de la Casa de la Cultura. 
Instrumentos, libros, muebles, restos indígenas, armas, fotografías, de todo como en botica. La peculiaridad es que todo se podía tocar, y además el encargado no solo nos explicaba cualquier cosa sino que nos brindó un concierto de acordeones, excelente. Digo acordeones porque probó varios: un Todeschini y un Hohner, entre otros. Me hizo acordar a mi abuelo, obvio, y más porque en cierto momento se puso a tocar algo que era parte del repertorio típico del viejo Barreto. Nos contó que él nunca estudió solfeo, toca de oído y por números, y así le enseña a sus alumnos. Da clases a unos 15, de entre 8 y 70 años, y en su casa tiene decenas de acordeones. Un personaje.


EL MITO DE DIONISIO DÍAZ DEVELADO

A mitad de la tarde estaba sentada en el museo con un muchacho que me iba a imprimir un plano de la ciudad, cuando entraron dos veinteañeros. Uno se quedó mirando la foto de un niño de unos dos años, una foto antigua, como de 1900. 
_ ¡Mirá! Dionisio Díaz. Qué fraude. Cuando me enteré que nos habían contado la historia toda mal no podía creerlo. 
_¡No jodas! ¿De verdad no fue como siempre dijeron?- salté, sorprendida. 
_ De verdad. El profe nos explicó. Contaron todo mal. - dijo, y me dejó pensando. 
Acá en Treinta y Tres parece que "el profe" no es cualquier docente sino uno en particular, un veterano de apellido Mujica, si no me equivoco. 
Siguieron las ponencias de la jornada, con mucha gente en todas ellas salvo la última de la noche, que competía con una presentación estudiantil en el salón azul, y solo contó con una veintena de asistentes, todos mayores de cincuenta o poco menos. Entre ellos, yo. 
Sí, adivinaron: era sobre la verdad del caso Dionisio Díaz, un lirio en el pantano, como arrancó a decir don Jorge Muniz, investigador independiente, un veterano flaquito y de ojos inquietos. 
El señor arrancó pidiendo que "No hagan preguntas capciosas", porque no las iba a contestar. En la sala estaba un bisnieto de Quintín Núñez (el padre de Dionisio) y el que faltaba era Bervejillo, autor de un libro sobre el tema, que se había ido a la sala de al lado. 
Ya de entrada me di cuenta de que no me acordaba (o nunca supe) ni la vigésima parte de la historia, pero de a poco fui entendiendo. 
La charla estaba centrada en la existencia de un pacto de silencio por parte de la policía de Vergara con respecto a su actuación en el crimen, y de entrada se admitió que hay aún muchas dudas, que nunca serán solucionadas. 
Fueron pasando frente a nuestros ojos fotos y más fotos de Vergara y El Oro, los personajes, el contexto. La investigación es minuciosa, tanto que uno de los entrevistados parece que hace poco le dijo a don Jorge que deje de preguntar, "que los tiene llenos con el tema".
Toda la charla fue condimentada con datos de lo más pintorescos , al estilo de: "Juan Ibiaga siempre se distinguió en Vergara porque no le fiaba a nadie, ni a los empleados". 
Copio fragmentos. 
"Felicia, la hija de Quintín Núñez, era nacida en Italia, aunque también se dice que era nacida acá". "Mi abuelo decía que era buena persona, solo que muy callado."
"Dio la casualidad que mi abuelo se llamaba María Salomé y mi abuela María Fascioli". "Don Agustín Iza era famoso por sus tratamientos con agua fría". 
Le suena el celular al cinto. "Disculpen que uno me llamó".
"La empleada Eufrasia (ponele) cura a Juan Díaz de una mordedura de perro y ahí él le comentó que no sabía qué hacer porque la situación en su casa se le iba se las manos". 
"Trompo Vergara dice que Juan Diaz andaba molestado por las cosas que veía en su casa".
"El sr Bruno Muniz filmo una película que no se la recomiendo a nadie. Le dije si conocia el lugar y no, no había estado. ¿Y? ¿Cómo va a escribir de lo que no sabe? Otro sí, vino a pedirme datos y se los di porque vino humildemente, no con grandilocuencia, a pesar de que era de Montevideo".
"Pacto de silencio: la policía sabía dónde estaba Juan Díaz y demoraron dos días en agarrarlo. Ahí lo liquidaron, lo ataron con un cuero a una piedra y lo tiraron al agua. Cuando el tiento se pudrió apareció el cuerpo, con la cara comida por los pescados pero con la herida a la vista. Claro que lo encontraron enseguida cuando quisieron, porque ellos sabían dónde estaba. Cuando lo enterraron en Vergara fue todo el pueblo a verlo, e incluso hicieron exhibiciones macabras con el cuerpo en el cementerio: le ataron un alambre del pene y cuando venían las mujeres a mirar tiraban del alambre y se paraba. No era un ser humano; era peor que un animal, eso llegaron a hacer con el cadáver, pero eso se tapó y nadie lo dice."
Aparece uno de nombre lindo en la historia: el Loco Loló Lucas. No me acuerdo quién era. Un testigo de algo. 
Sigue la charla, que me gusta, pero es larga. 
"Natalio no era caudillo, era juez de paz en 1907 y también comerciante, pero no tenía plata. La que tenía pesos era la mujer, porque era Jijena y los Jijena sí tenían plata."
"El que llega a la casa de Dalmiro Rodríguez tiene que quedarse cuatro días, porque uno no le da."
Opa: aparece una pariente en la historia: Gumersinda Barreto.
Hay algo relacionado al crimen de la ternera, porque Juan Díaz era carnero de Saravia, pero no lo capté muy bien. 
"La pelea no fue de noche, fue de mañana."
"Dionisio no pudo hacer ese camino solito a sus nueve años: cruzar 5 km de monte, 3 alambrados, 2 cañadas, con una beba de 11 kilos y apuñalado. Dicen que lo acompañó alguien. ¿Quién? El propio Juan Díaz."
"Algunos se llamaron a silencio por pudor, por honor, otros porque estaban comprometidos y podían perder el puesto y otros porque de esas cosas no era fácil hablar".
"Quintin (padre de Dionisio) en el lecho de muerte confesó que quien mató a Juan Díaz fue él. Si no lo mataba él lo mataba otro, andaban varios buscándolo".
"Dionisio murió en la comisaría porque demoraron en iniciar el viaje, la llevada a Treinta y Tres fue puro teatro del comisario Yelós. El chiquilín ya estaba muerto". 
"Carlos Molina y Serafín J García pintaron la campaña tal cual era, sin mujeres bonitas y sin gauchos de chiripá planchado, como en los cuadros de Blanes."
Y así, luego de hora y pico de datos y más datos, terminó la conferencia. 
Algunos preguntaron un par de cosas , pero pocos, porque ya eran pasadas las ocho y media de la noche y el chocolate con merengue nos estaba esperanddo. 

Y nos fuimos.






Antes de ir a la posada ayer de mañana pregunté cuál era el camino más directo.
_ Mirá, podés ir hasta la plaza y ahí doblar a la izquierda. Esa es Manuel Freire. 
_ Ah, bárbaro, gracias. 
Y me fui, con mi mochila pequeña y el enorme bolso rojo con rueditas, desubicado para día y medio de congreso pero de lo más práctico para llevar cosas, cosas y más cosas a la laguna. 
Pero no encontré la posada donde se suponía que estaría. Pregunté a un señor y me dijo amablemente que esa no era la calle, que Manuel Freire era dos cuadras más adelante. Le di las gracias y seguí, esquivando los charcos y los perros amistosos de patitas mojadas que me saltaban haciendo fiestas. 
Claro, mi asesoradora inicial de recorrido se confundió, porque yo iba a Manuel Freire y ella me mandó a Manuel Oribe. ¿Ubican, Manuel Oribe? Es perpendicular a Manuel Melendez, una cuadra antes de Manuel Lavalleja. 
No tienen como perderse. 

Ahora ya lo saben. De nada. 




2. ETAPA 2: fin de semana merinero

La laguna hoy estuvo gris pero sin frío ni lluvia. Hasta dio para hacer una caminata por la playa y el pueblo, una vez que mis viejos y yo terminamos de comer la pascualina casera del almuerzo, pascualina que mi viejo acompañó con galleta se campo porque se ve que por estos lares si la comida no se acompaña con pan es como si no se almorzara, vio...
La playa estaba crecida, llena de repollitos y ramas en la línea de resaca. Anduvimos caminando un rato por encima de los restos de hojas y camalotes, al menos hasta que encontramos entre ellos una viborita verde de medio metro, más o menos. Linda, la bicha, con la boquita abierta y la lengua amenazante. Le saqué unas fotos y hasta la filmé cuando se metió a una laguneta producto de la creciente. Hay que ver lo valiente que es una cuando el celular tiene buen zoom y permite quedarse lejos al momento de registrar un encuentro con la fauna autóctona...
Mucho perro amistoso, como siempre, mucho gato hermoso, aves por todos lados, camionetas brasileras, poca gente. Calles con pozos, una rotisería nueva. Silencio. Colores. Ranitas. Paz. 
A la vuelta de la caminata pasamos por el quiosco, primero porque yo quería jugar un cinco de oro, y además porque es lindo el quiosco, que es grande como un almacén y hoy estaba decorado con fotos antiguas de la laguna, una radio Spica y lámpara antigua haciendo juego. 
Un señor de la edad de mis viejos, de ojos verdes y manos de gigante, estaba antes que nosotros, y nos pusimos a charlar. Pedro, se llama, y vive en la laguna. No sé cómo llegamos al tema (se ve que le contamos de la viboreja playera), pero nos contó que tiene una víbora parejera viviendo adentro del auto, que sale cuando lo prende y se asolea contra el parabrisas cuando hace calor. Después me enteré que era todo un mito, pero alguna dentro del vehículo debe haber hallado, porque vive medio al final del pueblo, casi cayéndose del mapa. Lo que me impresionó es que no tiene setenta y pico, como pensé al principio, sino sesenta o menos. O soy muy mala para calcular edades o la vida en este mundo te agrega unos años. Tal vez las dos cosas. 
A la tardecita me tiré hasta lo de mi amigo el Garoto y su dueña María. Él vive con su humana, otros dos canes y dos felinos, estos últimos de belleza esquiva y misteriosa. Con María probamos un licor de mirtilo, que por la foto es una especie de frutita pequeña (brasilero, el licor), y tomamos unos mates. Ta, no soy muy matera, pero 3 o 4 tomo. Estuvimos charlando de bichos, de humanos, de viajes, de Dionisio Díaz y de historias varias, hasta que cayó la noche, empezó a chispear y me volví a lo de mis viejos. 

En el país la de hoy parece haber sido una jornada movidita movidita, pero acá no. Acá estamos (en mi caso, hasta mañana) en un universo particular, fuera del tiempo y del espacio. Afuera hay un coro de ranas, y adentro ya me zumba un mosquito alrededor. Es tiempo de poner el tul. 




El sueño de mi vieja
"Esto fue hace unos años, un diciembre. Yo estaba en Ñangapiré y de repente por el repecho se abrió paso una luz, y en medio de la luz veo a mi padre caminando hacia mí. 
_ Papá, ¿qué andás haciendo por acá?
_ Vine a verte, m'hija, y a desearte que tengas un muy feliz fin de año y que te vaya muy bien en la vida. 
_ ¡Gracias, papá! Pero... ¿Cómo podés estar acá? Vos...
_ No, yo no tendría que estar acá, pero me escapé, m'hija, me escapé. Me escapé un ratito. 
Y se fue. Se metió de nuevo en la luz y se fue agachadito, como quien sabe que ha hecho una travesura. 
Ese año de verdad que me fue muy bien", concluye mi madre. 

Y habrá que creerle. 




_ Fulano (un vecino) anda medio apagadito...- dice mi vieja entrando al cuarto mientras estoy tratando de adelantar un trabajo, porque ella no conoce el significado de la palabra silencio y menos se acuerda de lo que es concentrarse. Y sigue:
_ Sí. Desde que murió la madre este invierno quedó muy triste. 
_ Mmh...- murmuro sin darle mucha entrada. El vecino tiene más de ochenta años y la vieja había pasado los cien, no es ninguna tragedia. 
_ Quedó muy mal. - sigue el tema- ¡Incluso la mujer me dijo que no la deja ni escuchar música en la casa! 
Bueh; hay que reconocer que mi vieja sabe cómo sacarme de la pseudo concentración en la que estaba. No puedo dejar pasar semejante disparate. 
_ La mujer debería aprender que no tiene que tener permiso para escuchar música en su casa. 
_ Sí. Yo le dije: ustedes ya tienen cuarenta años de matrimonio, es tiempo de que tiren parejo... 
¡Bien!, pienso, hasta que escucho:
_ Ella podría escuchar solo para ella, por ejemplo ponerse un walkman...
En fin. Esto no es fácil.

Seguiremos trabajando, pero queda mucho por hacer.




Huracanes, terremotos, volcanes en erupción, precipitaciones intensas en el mundo. Tomenta política en Montevideo. Lluvia mansa en la laguna. 
Este es un universo privilegiado, donde los problemas nos llegan tan diluidos que resulta fácil creer que sus efectos no nos tocarán, al menos por un rato, y donde la preocupación principal es que el Gatón no tenga suerte en su intento de cacería, o habrá que ir a mojarse hasta liberar a su presa. 

Domingo pasado por agua en la laguna.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Setiembre 2017





El señor es canoso, alto, delgado y de ojos claros. 
El señor vive a una cuadra de mi casa y no tiene mal ver. 
El señor debe tener diez años más que yo, o tal vez menos. 
El señor lava su camionetita roja todos los santos días de su vida, o le pasa un paño, o le reza, vaya una a saber. 
No sé si el señor es soltero, casado, viudo, divorciado o enamorado, pero sí sé una cosa: el señor es inmirable.
Saludos desde el 103. 

Feliz viernes.





Atención: muchacho de remera blanca manga corta y short blanco y azul caminando por 18, ahora. 
Si lo ven, aléjense. Peligro de sentirse un viejo de m abrigado como para el invierno en primavera. 
Repito: aléjense. 

De nada.





Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
Hoy llega al fondo de mi alma el sol. 
Hoy lo he visto, lo he visto y lo he encarado...
¡Hoy él me habló! 
Y sonrió, y me dio un beso, y me preguntó mi nombre. Ta. Listo. Salí del CCE flotando sobre las baldosas de la Ciudad Vieja, y demoré media hora en dejar de repetirme que había hablado con Pedro Juan Gutiérrez. Pedro Juan Gutiérrez, mi escritor adorado desde hace décadas, el mejor de los que caminan por este mundo, el gigante, el uno, el rey. 
Sergio Blanco dio antes una charla-actuación-misa-clase deslumbrante, y me encantaría quedarme pensando en las mil y una genialidades que tiró sobre nosotros como si nada, como luces, como caminos, como alimento, pero no. No voy a poder. Tengo un libro nuevo de Pedro Juan y eso clausura por unas horas toda otra posibilidad en el resto del universo. 

Saludos desde el 106 que parece que me lleva a mi casa. Yo sigo flotando.




Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki ¡Uop!
Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki Cheiki ¡Uop!


Bienvenidos al 103.





Acabo de ver a un ex alumno desde el bus. Lo tuve en cuarto y en quinto, a fines del siglo pasado, y no solo está igual de cara, pelo y silueta, sino que está vestido con la misma remera y jean negros y camina con la misma expresión ausente de 1998. 
Para algunas personas el tiempo no pasa...

Qué lástima.




Mito o realidad: ¿la primavera es la estación de los infieles?
Cargar el celular sin electricidad es posible con este sencillo truco
Horóscopo del 19 de setiembre, por Susana Garbuyo
Probá esta mascarilla de palta y recuperá el brillo de tu pelo
La ciencia determinó qué dice y oculta una sonrisa
Aunque no lo creas, tus glúteos hablan de tu salud.

Eme De Mujer: cambió la presentación digital, pero el contenido sigue fiel a sus principios. Principios del siglo XX, digo.





No hay que pedir peras al Olmo (pero se le puede comprar platos).
La idea había surgido medio de casualidad hace un par de días, cuando un amigo y yo vimos el anuncio de lo que Olmos calificaba de “Gran feria de oportunidades”. Las tres palabras sonaban igualmente tentadoras y estaba bueno eso de ir de exploración y aventuras por los caminos de la patria, de manera que miramos unos mapas y decidimos probar suerte hoy, domingo, de mañana. 
Para llegar desde mi casa había que tomar un interdepartamental a Pando y luego uno que pasara cerca de Empalme Olmos, uno de la empresa SATT que dijera “Azulejos” en el parabrisas, bus que al parecer pasaba los domingos solo una vez por hora. Y allá fuimos. 
Estuvimos un buen rato esperando en Pando; el ómnibus de las doce pasó doce y media. Bastante gente en la parada; me llamó la atención el encuentro de dos parejas, una de ellas con un bebito, que se saludaron y estuvieron charlando un rato mientras esperaban el bus. Todo muy normal, excepto el pequeño detalle de que los cuatro tenían más o menos quince años, en fin. Cosas que pasan. 
Vino el SATT. Subimos, viajamos unos minutos, llegó nuestro destino (previa consulta por partida doble a los mapas del celular y al guarda del bus) y bajamos al medio de la nada. De verdad, aquello era la desolación más absoluta. Campo, pastizales, muros deteriorados de una gigantesca fábrica muy venida a menos, silencio, nadie a la vista en el camino polvoriento, nada. Nada. Nada. 
Empezamos a caminar hacia lo que podría ser la entrada de la fábrica. Era casi la una de la tarde, no pasaba un vehículo y por supuesto a nadie se le ocurría ir de a pie como nosotros, kamikazes de domingo en territorio desconocido. Como dato complementario, el chofer del ómnibus nos había confirmado lo que ya hacía rato sospechábamos: los horarios de internet estaban mal, y la frecuencia de los domingos era solo de un coche cada dos horas. Dos horas. Dos. Oh oh.
Al fin, una cuadra más adelante, encontramos el camino de entrada, y nos metimos en la feria. Adentro del local había, sí, gente. Mucha gente. Un enjambre de personas pululando entre cerámicas, artefactos de baño, platos, vasos, jarras y tazas de todos colores y diseños. Conseguimos un canasto, yo elegí unas cuantas cosas, pagamos y salimos del local cargando tres cajas de tamaño mediano. No eran muy pesadas, pero tampoco lo contrario. 
El reloj del celular marcaba la 1.23. En lo alto del cielo un sol casi veraniego. ¿Qué hacer? Nos sentamos en unos escalones a la sombra, a deliberar. 
Opción 1: esperar a las dos y media, hora probable de pasada del siguiente bus.
Opción 2: intentar caminar hasta la ruta 8 vieja, como a diez cuadras, a ver si encontrábamos la parada de otra empresa que iba a Pando, la Ruta del Norte (de la cual no teníamos los horarios). 
Opción 3: hacer dedo y que alguno de los que salía de la feria nos acercara hasta Pando.
Opción 4: ir a la entrada, a ver si el guardia de la garita tenía idea de horarios de buses. 
Opción 5: llorar. 
Opción 6: quedarnos allí para siempre por los siglos de los siglos amén.
Terminamos haciendo un híbrido de varias de estas opciones. Preguntamos al de la garita, nos dijo que “ahí, al lado de ese arbolito” que estaba a media cuadra podíamos parar el ómnibus, que pasaba muy de vez en cuando. Fuimos nosotros y nuestras tres cajas de platos y cosas varias hasta el lugar, un sitio desolado frente a un arroyito de aguas oscuras y orillas con flores amarillas. Estaba yo intentando sacar fotos del arroyo cuando vimos un auto que llegaba a nuestro arbolito. Le hicimos dedo: era una mujer sola, que accedió a llevarnos “hasta antes de Pando”, dijo, pero solo porque estaba medio boleada y no entendía muy bien por dónde andaba. Sabina, como el cantante, se presentó. Nos dejó en la plaza de la ciudad, tras un rato de viaje de lo más amable y conversado. Almorzamos en un bar coqueto de comida deliciosa, subimos a un 7A vacío que apareció al momento de llegar a la parada y volvimos a la capital. 

Y este ha sido, como se imaginarán, el único día de mi vida que pienso dedicarle al Empalme Olmos, salvo que alguna vez me compre un auto, cosa bastante improbable. Y aun así, no sé. No sé.





_ A ver. A ver. Déjenme maniobrar, que si no... Salí, vos, siempre invadiendo. ¡Uy, perdón, perdón! Te corté sin querer, no era contigo. Estas porquerías, están por todos lados... ¿Quién le metió en la cabeza al Cele la idea de elegir un seto con espinas? No, no me importa, si estás enredado en la pitanga te voy a sacar igual. ¿Viste? Ya te saqué. ¡Puta madre, no me pinches! ¡Ay, hola, hola, pensé que te habías secado! Tomá: un poco de tierrita para tapar esas raíces al aire. Acá hay que hacer espacio, el sol no llega ni por casualidad. ¿Ustedes que se piensan, que la tierra es solo para sus brotes? No, no, no, no: fuera. Y vos estás sacando ramas para todos lados, m'hijita, aimsorri, tengo que arrancarte esta, y esta otra. Esta también. ¿Viste? Mucho mejor. ¡No, no, no: el romero no, el romero no! Solo vos, querida, que ya tenés metros de ramas para todos lados. Bien. Así, así. Más prolijo. Mucho mejor. Mañana corto el pasto y termino el seto. Listo. Ta mañana.





El Cutcsa avanzaba con paso cansino. Su guarda, un veterano de esos que una no querría tener en la familia, era una mezcla de resentido y pseudo gracioso que intentaba a toda costa llevar al chofer a una conversación, a lo que el otro ofrecía una heroica y silenciosa resistencia. 
Primero apeló al tema político:
_ Que gobiernen Tabaré y Lucía es cono que nos gobiernen dos botijas de 4 años. Peor: dos perros chihuahuas. 
Nada. Cero respuesta del chofer. 
Ahí arrancó con el tema "afuera se vive mejor".
_ ¡Ah, como extraño Austria! ¡La gente de Austria, la comida de Austria, los postres de Austria!
Tu hijo de Austria te debe haber sacado de encima rapidito y ahora te tenemos que fumar nosotros, pensé, pero no dije nada. El chofer seguía mudo. 
_ ¿Viste lo de la marihuana? La van a vender en todos lados. Yo sé dónde venden. Cuando quieras te puedo conseguir. Te puedo conseguir marihuana, te puedo conseguir cocaína, te puedo conseguir anfetamina, te puedo conseguir heroína...
_ ¿Harina?- dijo por fin el chofer, pero al otro no le gusto la respuesta. Acá los chistes solo los puede hacer él. 
_ Con vos no se puede hablar.
Y se quedó mudo por el resto del viaje. 

Gracias, harina. Al fin me servís para algo.





Él tiene unos 18. Muy prolijo, de bigote y sombrerito. No toca bien la guitarra, articula con faltantes de consonantes y sus canciones no tienen final. Cuando hace un silencio luego de la primera tres o cuatro personas del 100 aplaudimos tibiamente y eso le da alas para presentar la segunda, una canción que habla de la playa y del mar, sucundún sucundún, según anuncia. Nuevo silencio de varios segundos, otra vez aplausos cansinos y a destiempo. Es hora de pasar la gorra y descender, pero el muchacho no quiere "dejarnos con el silencio", y arranca con una tercera, que anuncia cortita pero la siento interminable. 
¡Oh, la falta de percepción de la receptividad ajena! 
Al menos si escribiera crónicas de bus podría pensar que lector que se aburre es lector que abandona, pero al cantor hay que oírlo sí o sí. 
Om. 
Acaba de sonar un terrible golpe a mi costado: un señor en silla de ruedas le tiró algo al ómnibus, a la vez que grita y gesticula, mientras el 100 arranca y no le abre. 
Tarde complicadita en el STM. 

Doble om.




¿En qué lugar una se deja el iphone re chuchi olvidado en un banco del patio y alguien no solo no se lo queda sino que se toma el trabajo de buscarla para devolverlo?

Sí, acertaron: en el IAVA.


¿En qué lugar una se pasa las dos horas de coordinación asistiendo a una brillante charla sobre la historia reciente (centrada en Soledad Barret y Vladimir Roslik), en un Salón de Actos colmado de estudiantes y docentes atentos?

Sí, acertaron: en el IAVA otra vez.





Están en la parada desde antes de que yo llegue. Evidentemente son madre e hija, de ese tipo de madre e hija que quizá sin proponérselo terminan vestidas casi iguales: botas beige, vaquero, campera verde, pañoleta. La chica tiene unos 16 y la señora cuarenta. Por sus actitudes se nota que hay rezongo en curso: la madre le habla de cerquita y buscándole la mirada, que la muchacha tiene fija en el horizonte por donde algún día va a aparecer el ómnibus salvador.
Entre el ruido de los autos que no paran alcanzo a oír salteadas tres frases maternas en medio del extenso discurso a veinte centímetros de la cara de la chica: 
_- A mí no me vengas con más cuentos. 
__ Vos no podés tener todas esas bajas. 
_ Y si tenés baja Matemática el lunes mismo vas a...
En ese momento paró un 103 para la chica y atrás un 316 para la mamá, que ante el amague de su hija de subir al ómnibus le dijo ofendida: 
_ ¿Qué? ¿Ni un beso merezco?
La chica le dio un beso de compromiso, aún con la mirada inexpresiva, y se subió al 103 repleto, seguramente como cada mañana. 
Una escena común, mínima, repetida. La señora nunca levantó la voz ni dijo nada inapropiado, pero yo no pude evitar quedarme pensando cómo le quedaría la cabeza a la muchacha y en qué condiciones estaría para hablar de Macbeth a las ocho menos veinte si fuera mi alumna, por ejemplo. 
La vida es un cuento contado por un idiota, llena de manchas malditas que no se van de las manos y de imposibles oráculos que devienen verdaderos cuando uno menos se lo espera. 
Bueno, bueno, no se quejen, salvo que sean alumnos del 2DB2 del IAVA, que en 15 minutos tiene una cita con la turbia Escocia del siglo XI. 

Feliz miércoles.






12 de setiembre: aniversario de casados de mis viejos. 
Llamo: atiende mi madre.
_ Hola.
_ Hola. ¡Feliz aniversario!
_ Gracias, Mari; ¿cómo te fue de viaje?
_ Un embole, no terminaba más. 
_ Ah, ¿sí?
_ Sí: tormenta eléctrica, un gurí adelante llorando todo el camino, eterno. 
_ Bueno, pero lo importante es que te haya ido bien. Te paso con tu padre, que está acá leyendo en el frente con su gatita.
...
_ Hola.
_ Hola, Cele, feliz aniversario.
_ Gracias. ¿Cómo estuvo ese viaje?
_ Más o menos. Agarramos toda la tormenta eléctrica, rayos, relámpagos... 
_ Bueno. Me alegra que te haya ido bien...
...

Yo calculo que este, estimados, debe ser el secreto para poder vivir 54 años juntos: actitud positiva y cierta saludable negación de la realidad cuando no se adapta a nuestras expectativas.




La muchacha rubia y flaca se afirma contra el pasamanos del ómnibus y comienza a pregonar su mercadería. 
"_ Buenas tardes señoras y señores. Aquí estamos con mi compañera, ofreciendo las típicas bolsitas artesanales que hacemos, las bolsitas que habrás visto en algún auto. Son bolsas que sirven para guardar los residuos de tu auto, las podés guardar en la guantera del auto..."
Todo bien con el discurso de la muchacha, aunque le falta un poquito de adaptación al medio: los pasajeros del 106 a Piedras Blancas no somos de usar bolsas de residuos en el auto. Debe ser que tiramos todo por la ventanilla cuando vamos en el Mercedes rumbo al chalé de la costa. Sí, sí, seguro: debe ser eso.

#ErrorDeSpeech106






El policía habla con el detenido en la serie yanqui:
_We are gone... go talk with that skinny east butt you have for girlfiend...
Ta, mi inglés es medio pelo, así que no me queda claro si dijo "east butt" o qué, pero lo que sí sé es que seguramente el señor policía no mencionó lo que leo en los subtítulos:
_ Vamos a hablar con esa fábrica de cándida que tienes por novia.
Es decir, que caemos en lo de siempre: traduttore, tradittore.
Porca miseria. Y los dejo, porque voy a ver si la "fábrica de cándida" delató o no al rubiecito interrogado. Ta luego.





"Hola. Hola. Hola. ¿No saludan? ¿No? Hola. ¿Son humanos? Hola."
Esa es su entrada al pasaje cansado del 103 que marcha a paso lento por 18 de julio. Después se pone a cantar algo de Robbie Williams pero en español. Es afectado, suena bastante mal, pobre, pero lo que me quedo pensando es cómo alguien pretende ser bien recibido por personas a las que comienza retando. 
La gente lo aplaude, igual, y él arranca con Stand by me. 

Quizá a algunos les gusta su estilo, su voz o su guitarra. Quizá. Pero no a todos. Adivinen a quién no.




"¿Te dije alguna vez que sos una tortuga?"

(Nena de unos 5 años a su abuela, mientras tratan de alcanzar el 142)




Domingo nublado al mediodía. Calor pegajoso. La feria de Tristán Narvaja rebosa de gente. Y de plantas. Animales no vi, pero seguro que había, salvo que hayan prohibido su venta (ojalá). Mucha comida por todos lados. Cosas chinas, venezolanas, quesos 
saborizados, brochettes, pizzetas, hamburguesas veganas, brownies mágicos, dulces exóticos, lo que quieras. 
Cuando había andado una cuadra empezó a lloviznar, y arrancó la afanosa labor de tapar puestos y desarmar mesas (me vienen recuerdos de cuando yo hacía feria). Sigo caminando, como todos. Nadie se desbanda, porque el agua es mansa y escasa, pese a que un informativo que escucho al pasar anuncia que "llueve intensamente a esta hora sobre la capital". Lo de siempre. 
Un hombre habla por celular: "va ahí adelante, de remera negra. La novia es una rubia, creo que va también de negro". No sé si el señor cumple labores de vigilancia, si es un ladrón vendiendo su presa a un cómplice o un simple chusma de feria. Cuando el semáforo se pone en verde lo dejo atrás y me sumerjo en la marea. 
_ Esto es muy sencillo: te vas ya mismo de acá. - dice una mujer treintañera a un hombre ídem. 
_ No, no me voy. Vos no me das órdenes. 
_ Claro que te vas. Y ya mismo. 
Pensé que sería una discusión de pareja, pero no: era una disputa territorial, por el armado de un puesto. No sé quién ganó. 
Sigo caminando. Saludo a una gurisa de este año que está comprando en un puesto con la madre. Oh oh. Las mamás de mis alumnos ya son mucho más jóvenes que yo. 
Me cruzo con otro, alguien de hace años, que me hace la pregunta fatal:
_ Hola, profe. ¿Vos te acordás de quién soy?
¡Y me acordaba! Lo tuve hace veinte años, pero me acordaba. Aplausos para mí. Gracias, gracias. 
Charlamos un rato, me presentó a su niño y me contó que justo hoy estaba cumpliendo 35. Una linda escena de reencuentro profe/alumno, hasta que de pronto una inesperada pregunta llega hasta mis oídos: 
_¿Y cómo fue que engordaste tanto, profe?
Ok, ok. Ya era tiempo de ir dejando la feria y volver a mi casa. Después de todo, nunca me ha gustado mucho la feria. Y llueve intensamente sobre la capital. 
Saludos desde un 100 que viene oyendo "La rubia tarada" a todo volumen.
Por si faltaba algo, digo. 
¡Feliz domingo para la juventud!
Pucha, digo. 




200 casas tiene la cooperativa, 200. 
200 hogares de entre 1 y... ponele seis personas máximo, hacen un número de caras imposible de registrar por alguien que hasta ahora sigue confundiendo un par de alumnos en cada grupo (sshhh...). De los nombres no hablamos, porque no son un problema, el vocativo "vecino" es todo terreno, y además los saludos no tienen por qué incluir la nominación del interlocutor. Pero las caras...
Cuando volví a la cooperativa, hace 7 años, había optado por saludar a tutti quanti sin más discriminación que la edad: gente de menos de veinte no cuenta, punto. Lo lamento. No pidan demasiado. 
Ahora trato de reconocer a las personas, lo juro, pero no me sale bien. Saludo a desconocidos que tal vez solo vienen a visitar a alguien, y soy cruzada por gente que tira un "Mariela, ¿cómo andás?" que me pone los pelos de punta, porque ni idea de quiénes son. Ayer, por ejemplo, una señora me dijo: "Vos no sabés quién soy, ¿no? Soy tu vecina de enfrente." 
_ Ah... No... Lo que pasa es que como estás con los lentes de sol... 
Bueno, ta. No me juzguen. Igual ella se mudó hace poco a la cooperativa. El año pasado. Es decir, ayer. 
Pero lo de recién fue peor. Mucho peor. Si lo cuento es solo para sacármelo de adentro, a ver si se diluye un poco. 
Estaba cruzando a una señora de pelo blanco cortito que de pronto me dijo "¿cómo andas, bien?" y la reconocí por la voz. No sé bien quién es, pero es de las que saludo siempre. Ahora estaba diferente. 
_ ¿Te cortaste el pelo? Te queda re lindo. 
_ Sí... Me lo tuve que cortar por la quimio.
...
...
...
Tragame tierra. 
Todo bien, ella lo dijo de modo natural, y nos quedamos un rato charlando de tintas y peluquerías, pero... Tragame tierra. 
Lo siento por ti, lector; ¿esperabas una crónica divertida de domingo? Cuando pueda hago una. Esta no es. 

Hasta la próxima.








Mediodía de sábado en mi barrio. 
Se escuchan cuatro o cinco clases de pájaros, medio pisoteadas sus voces por las de los teros del fondo, que son siempre las más fuertes.
Cielo gris, aire cálido, silencio. 
Debe hacer una hora que no pasa un auto por mi casa, porque cuando voy a tirar la basura hay un perrote negro durmiendo en el medio de la calle.
Una Combi herrumbrada y en desuso está parada hace años en la vereda de la esquina; debajo pueden verse los cadáveres de 15 o 20 petacas de algo cuyas etiquetas originales no llego a divisar. 
Una casa a media cuadra permanece con la puerta abierta para atrás, quizás para que la cumbia que escucha a volumen alto pueda escapar de sus paredes y visitar también a los vecinos cercanos, entre los cuales por fortuna no me encuentro. Veinte o treinta juguetes multicolores de plástico tirados en el patio del frente. 
Comienzan a aparecer flores en los jardines de la cooperativa, y las personas de pasada al almacén se paran a charlar y a contarse cosas del prójimo.

Mediodía de sábado en mi barrio, o tal vez debería decir: mediodía de sábado en mi pueblo.






Publico la foto de un 4 de oros que encontré cerca de casa ayer y esta cosa me propone "activar la función de venta de la publicación para despertar más interés en mis amigos y publicar en grupos más fácilmente". 
Mmmh... Algo huele mal en Dinamarca. 
¿Será que vamos a arrancar en los perfiles personales el mismo jueguito que en las páginas, donde si no pagás no te ve casi nadie? 
"Es gratis y lo seguirá siendo", dice, pero todos sabemos que hay formas sutiles de inducirte a largar los pesos sin llegar a la obligación pura y dura. La invisibilización, por ejemplo. 
Arranco el viernes medio conspiranoica, pero no sé, no sé...
Ampliaremos. 
Si no me ven por acá, saludos. Sean felices. Fue un gusto.




Le salen hojas: ellos se las comen. 
Repunta un poco: vuelven a hacerla ensalada.
Hace veinte días que la entro al caer la tarde y pasa la noche en la mesada. Si algún día me olvido de hacerlo temprano, cuando voy a mirar ya tiene un caracol mandándose a bodega alguna de sus hojitas.
He bordado complejas filigranas de sal alrededor de la maceta pensando (tonta de mí) que con eso detendría el asedio, pero no. Nada los detiene. 
Hoy encontré al enemigo colándose a la cocina por el marco de una ventana. No sé cómo hacen las hdp de las babosas para afinarse nivel filo de papel, pero lo hacen. 
Esto se llama guerra.
Lástima que no tengo más armas que la vigilancia y el destierro de las fuerzas invasoras, porque yo a esos bichos (con o sin caparazón) no los mato, no por una cuestión filosófica sino por puro asco. 
Pero a partir de acá entramos en guerra. 

He dicho.

sábado, 19 de agosto de 2017

Memoria afectiva



La memoria tiene esos recovecos raros, que a veces nos saltan al encuentro cuando menos lo esperamos. En una fría y oscura mañana de sábado invernal, por ejemplo, mientras cae la lluvia y todo el barrio aún duerme en un profundo silencio. 

Esto sucedió cuando yo tenía unos veinte, y ya vivía en esta casa. Mis viejos estaban de viaje, y por alguna razón menor una tardecita me tiré hasta la policlínica que en esa época aún teníamos en la cooperativa. Eran los buenos tiempos. 
En la sala de espera había una o dos personas además de mí. La doctora (Martha, mi amiga, algún día debería escribir sobre ella) estaba atendiendo en el consultorio grande, y nosotros aguardábamos nuestro turno sin impaciencia, pero callados. De pronto algo espantoso sucedió: un olor a caca intenso e indisimulable inundó el consultorio. Aquello era nauseabundo, insoportable. Me enderecé de golpe en la silla y miré alrededor, pero nadie parecía percibir aquel desastre olfativo. Los otros siguieron con su espera sin mover un músculo. Buenos simuladores, pensé, será que todos hacemos como si no hubiera pasado nada, y no dije una palabra. El olor duró unos segundos y se disolvió por completo. El consultorio volvía a oler a esa cosa aséptica, mezcla de agua oxigenada y alcohol en gel, como todos los consultorios del mundo. Bueno, al menos duró poco, pensé. ¡Pero qué fuerte era!
Cuando volví a mi casa aún no había caído la noche. De todos modos lo primero que hice fue subir a cerrar las persianas del cuarto de arriba, y entonces la vi. Una enorme mancha de diarrea de gato sobre la colcha preferida de mis viejos, en su cama. Palta ya se había escurrido hacia el patio, pero no hacía falta indagatoria alguna: había sido ella. Si andaba medio enferma en esos días o si fue una manera de castigar a mis viejos por irse de viaje sin ella, eso no lo sé. Solo recuerdo que metí esa colcha y las sábanas en la pileta del patio y las lavé a conciencia tratando de no respirar, hasta que la mancha desapareció lo suficiente como para que mi vieja no se diera cuenta de lo ocurrido. Ni entonces ni ahora, ¿eh? No vayan a contarle que su gata le cagó la cama y después me mandó un desesperado mensaje de auxilio a través de las dos cuadras que nos separaban en el momento de la acción; no hace falta manchar la memoria de Palta, pobre viejita, que en paz descanse. 

Ayer, a las siete y media de la mañana, estaba peinándome antes de salir para el IAVA cuando algo en el piso de abajo de pronto me heló la sangre. Un ruido familiar llegó hasta mis oídos desde la cocina, y se repitió un segundo después: era el sonido del platito azul de Roldana cuando ella lo arrastraba por el piso al lamer el atún. Los que conocen mi casa saben que el silencio de Arbolito es profundo y completo, y más a esa hora. No me estaba confundiendo, era eso. Dos veces. Bajé a ver si se había colado algún gato de afuera, pero obviamente no había nadie. Ya no hay platito de plástico en el piso, y las ventanas estaban, como siempre, cerradas. Nada en el patio del frente, nada en el del fondo. Hubo un momento en que un frío inexplicable me paralizó por un segundo, y entonces lo escuché, justo a mi lado: el sonido de un gato trepando al mueble del living, junto a la ventana, el que servía de escalera para salir al jardín delantero. 
No supe qué pensar. Me acordé de mi vieja, que después que murió el Viruta sentía durante mucho tiempo el ruido de la banderola de la cocina, como el que hacía el gato al entrar a la casa por la noche. Y me fui para el liceo, sin lograr definir si será que en mi familia somos una manga de chiflados del primero hasta el último o si será que tenemos una extraña sensibilidad para captar la permanencia de energías queridas en nuestros espacios cercanos. 
No sé qué pensar. 

domingo, 13 de agosto de 2017

14 de agosto

14 de agosto 

I

_ Va a ser en el patio, en el recreo que viene- me dijeron. Y yo fui.

El acto no duró mucho; ni siquiera faltamos a la clase siguiente. Solo hicimos un minuto de silencio por los mártires estudiantiles, depositamos un ramo de flores al pie del busto a Artigas y cantamos el himno todos juntos y con un nudo en la garganta, un 14 de agosto de 1984.

Éramos unos cuarenta estudiantes y cinco o seis profesores, observados en silencio por los dos porteros que nos controlaban todos los días desde la puerta de Eduardo Acevedo, los mismos que te daban un número fijo de asiento cuando ibas a la sala de lectura de la Biblioteca Central, no fuera cosa que escribieras alguna consigna inapropiada en la mesa y después no pudieran identificarte.

A los pocos días el IAVA entero era sacudido por la noticia: cuatro de los profesores que nos habían acompañado en ese acto acababan de ser sumariados y retirados de sus cargos por haber cantado el himno ese día con nosotros.

De los docentes de mi grupo la medida solo afectaba a la profesora de Italiano, quien fue muy clara en la última clase que dio en el 5º Humanístico 3: sí estuvo en el patio ese día, pero no había cantado el himno.

_ La vida me ha dado muchos disgustos, y la verdad es que ya no tengo ganas de cantar, nunca- nos dijo al despedirse.

Pronto un rumor comenzó a correr imparable por los salones. Se decía que entre los profesores sancionados había una figura importante del gremio docente y que el sumario por cantar el himno no tenía otra finalidad que sacarlo del medio, metiendo a otros tres en la vuelta para disimular sus objetivos.

Al día siguiente marchamos desde el liceo hasta el Consejo juntos, estudiantes y profesores en defensa de nuestros docentes, pero nada logramos. En la misma semana aparecieron los suplentes, que nada tenían que ver con el asunto, se reanudaron las clases y el tema poco a poco fue dejando de estar presente.

Unos meses después hubo elecciones.



II

Tres años más tarde, ya como estudiante del IPA, una noche iba parada en un 103 rumbo a la Marcha del Silencio cuando una señora que estaba sentada enfrente a mí me tocó el brazo y me dirigió la palabra.

_ Disculpame, ¿te puedo hacer una pregunta? Ese muchacho de la foto que llevás en tu carpeta, ¿no es Líber Arce?

Miré el viejo pegotín del CEIPA que tenía en el reverso de mi carpeta roja.

_ Sí, es él.

_ Yo fui la enfermera que lo recibió en el Clínicas, ¿sabés? Fue horrible, pobrecito. Hicimos todo lo posible pero no lo pudimos salvar, no pudimos. Fue horrible.

Y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Otras personas empezaron alrededor de nosotros a intervenir en la conversación en voz baja, reverente, dolida, hasta que cesaron las voces y el 103 de pronto se volvió él mismo una Marcha del Silencio.

El pasado no era tal.

El dolor seguía intacto.


Igual que la memoria.

domingo, 6 de agosto de 2017

Agosto 2017






"Buenos días, señoras y señores. Con el mayor respeto y sin el menor interés en molestar paso a ofrecerles la mejor gomita americana..."
¡Ah, el vendedor de bus clásico! Correcto, claro, sin chistes ni vueltas, que no me canta, no me hace una arenga política, social o religiosa, ni apela a un posible futuro delictivo por su parte si no le compro. 
Decí que no consumo gomitas, que si no... 

Que si no no se hubiera bajado del bus sin vender nada, pobre vendedor clásico de bus. Creo que nadie lo registró; solo compartió una parada con nosotros. Capaz que si hacía alguna payasada dejaba de ser invisible. No sé. Pobre.






Salgo de casa esperando que el cielo se venga abajo y me reciben el sol y el azul. Un 103 semivacío pasa al momento, y llego al liceo quince minutos antes. La máquina del café ya está andando. Me meto a internet y leo de un hombre que rifó su camioneta para pagar la operación de su esposa y el ganador no quiso aceptar el premio. La mujer salió bien. Un miércoles que arranca con todo el brillo. Carpe diem. Y saludos a Inumet.






Cuando sorpresivamente después de meses y meses sube al bondi el morocho rapero decidís compartir algo que te distraiga y te ponés a tipear mientras recorre los asientos exigiendo atención: "mirándome a mí.. ¡biennn!!"
Si tú no eres usuario de la línea A del STM lo lamento por ti, estimado, pero no vas a poder escuchar su tono de voz ni a recrear en tu cabeza verso por verso su tema hit y único, el que habla de la higuera que no da higos y de la chica sin padre que cayó en manos de la pasta base. Sí, ese digo, el de siempre. 
Baja del 103 y se ve que el chofer le comenta algo, quizá que está más tranquilo, porque se ríe y contesta:
_ Sí, soy yo. Estoy más lindo, más blanco, pero soy yo, jaja! 
Y se va. 
Está más tranquilo, es verdad, mucho más. Aún es molesto y repetitivo, pero ya no parece desquiciado. O largó algo o está metido en un amor, una terapia o una religión. No nos gritó ni nada. Me alegro por él. Y por todos nosotros.




Una está de lo más tranquila trabajando en su casa y de pronto el cielo se oscurece y se instala un silencio tenso en la naturaleza, hasta que un trueno (lejano, por ahora) lo interrumpe. Es como que la noche apareciera a las once de la mañana y se adueñara del resto del día. 
Una estaba ayer de lo más tranquila viendo una serie por la noche, cuando el ruido del granizo se apoderó del patio y hubo que mirar asombrada cómo iban apareciendo una a una centenares de piedras de hielo en el patio. 
Una puede estar en un liceo, en un cine, en donde sea que no se llueva, pero cuando afuera se pone a diluviar y el ruido del chaparrón se hace intenso de veras una no puede menos que sentir como que el corazón se arruga un poquito y cierta inquietud se instala en el alma hasta que la cosa amaina y vuelve a los niveles normales.

Una es un bichito. Como todos.





No, no, no, no. 
El problema no es que llegaras hoy al liceo con el bolsillo reventando de monedas en previsión de una larga jornada de trabajo, todo para encontrarte con un prolijo cartel en la máquina de café informando escuetamente que "No funciona".
El problema no es que hoy fuera la última fecha para entregar promedios y debieras andar haciendo malabares con el tiempo para darle a las adscriptas notas y juicios de unos 70 estudiantes de cuarto año.
El problema no es que del frío de la mañana hayamos pasado a un pre-verano al mediodía, obligándote a cargar bolsos y campera en mochila y mano, y aún así asarte bajo el sol de diciembre en agosto.
El problema no es que en el Abitab te trancaran la tarjeta del STM durante una operación supuestamente sencilla de recarga y te tuvieran 40 minutos (sin exagerar, reloj en mano) parada frente a la ventanilla, cuando tus extremidades llevaban ya seis horas y media de no conocer la palabra "asiento" en ninguna de sus variables posibles. Ni que te hicieran salir diciendo que estaba todo bien cuando no lo estaba. Ni que tuvieras que bajarte del bus que tomaste rumbo al CES ante el cartel de "Sin saldo disponible" cuando acababas de acreditar mil pesos. NI que caminaras de vuelta 4 cuadras para volver a plantificarte frente a la bienamada y nunca buen ponderada ventanilla del Abitab, mientras se hacían las dos y media de la tarde y tu desayuno había sido a las seis y media de la mañana. Ni que te dieran salida con un vago "mañana te desbloquean la tarjeta", es decir, panorama incierto e imposibilidad de boletos de una o dos horas de acá a mañana, en el mejor de los casos.
El problema no es que para cuando llegaste el buffet pegado a tu trabajo no tuviera más que fuentes vacías de comida que debió ser rica, en su momento pero que ahora brillaba por su ausencia. 
No, ese no es el problema. 
El problema es que te dejes afectar por pequeñeces, que sabés que son insignificantes, transitorias y hasta tragicómicas, pero igual te joden. ¡Cómo te joden! 
Brownies de tilo compro. Nervocalm, gotas. O empanadas de valium, lo que tengan más a mano. 

Feliz lunes.





"Hay 9.191 personas sin luz en Montevideo", leo, y lo primero que pienso es "fiuuuu...", y después: ¿cómo se llega a esa cifra tan específica? Si fuera el número de hogares podría entenderlo, pero ¿9191 personas? ¿Eso incluye las visitas? ¿Los parientes que vinieron por el fin de semana largo? ¿Los amantes escondidos en el ropero? ¿Los amigos de los nenes que vinieron por la pijama party y ahora no se quieren ir? ¿Eh?





A veces pienso que para los gurises de la edad de mis alumnos la noción de lo que era vida en los años ochenta se debe reducir a lo que se revive trabajosamente cada 24 de agosto, en esa cosa melancólica que todos tenemos, y que se potencia en los fines de semana largos nublados y con alertas meteorológicas. Parece que solo escuchábamos YMCA o Last train to London, que lo más importante de los bailes era tener una bola de espejos en el techo y unos jean oxford y que el único peinado de moda eran los rulos largos y esponjosos como... Nada. No dije nada. Ol-vi-den-e-so-úl-ti-mo. Y continuemos.
5 cosas básicas acerca de los bailes de mis quince años:
1. Eran de 12 a 4. Uno llegaba doce y cuarto, y media, y se quedaba hasta las últimas tres canciones, que eran siempre las mejores. Un par de veces por año el Banco República tenía permiso para hacer baile hasta las 6, y ahí la gente salía de los otros lugares (el Automóvil Club, en mi caso -ojo, no confundir con el Centro Automovilístico, que era un embole-) y se tomaba un ómnibus para Pocitos, a romper la noche en ese ratito extra y salir con la luz del día sintiéndose una persona de mundo. Casi un neoyorquino, te diría

2. No se vendía alcohol, y de la marihuana solo nos enterábamos por las películas. En algún momento de la noche caía una inspección del INAME y todos lo sabíamos al instante porque de golpe se prendían las luces y pasábamos de la penumbra romántica habitual a un ambiente luminoso y familiar, como de cumpleaños de quince. Ese era el momento apropiado para que los que aún no tenían los 15 cumplidos (yo, al principio) se pusieran a bailar con cualquiera, porque era sabido que los inspectores solo dejaban en paz sin pedir documentos a los que bailaban. Los novatos (en general, las novatas) apenas prendían las luces corrían a encerrarse en el baño, trampa mortal que los experientes escabullidores del INAME conocíamos muy bien. Nunca al baño durante una inspección, o esas personas horribles y viejas, como de 35 años o más, te echaban a la calle por ser extra péndex.
3. La pista era pequeña, bailabas apretujado y sin poder desplegar habilidades danzarinas. La transpiración te corría a chorros, haciendo que tu flequillo brushineado a duras penas antes de salir de la casa de tu prima se te volviera rulito tras rulito en dos canciones. ¡Porca miseria!
4. Poca música en español. Dos o tres temas argentinos en la última media hora y basta. Cero música uruguaya. Cero música antigua tampoco: nunca Creedence, Doors, Beatles. ¡Ochentas, ochentas, ochentas! It's urgent, Tubular bells, Eye of the Tiger, Everybody Wants To Rule The World. Esas cosas.
5. A las tres menos cuarto bajaban aún más las luces y venía la media hora de música lenta. ¿Bailás? No. ¿Bailás? No. ¿Y entonces a qué venís? (silencio piadoso mirando para otro lado hasta que se iba el pesado) ¿Bailás? No. ¿Bailás? Sí. ¿Venís siempre acá? No, a veces. Mis padres no me dejan salir todos los sábados. Ah, ¿y con quién viniste hoy? Con mi prima y unos amigos. Aah...Pero... ¿amigos amigos, o hay algo más? No, no: solo amigos. Aaah... ¿Estudiás o trabajás? Etc.
Bueno, ta, ya me di cuenta: caí en la misma rosca nostálgica de la que intentaba zafar al principio. Ustedes hagan como que dije algo nuevo. Y dejen de sacar cuentas de la edad que tengo, ¿quieren?

(¡Let's dance! Put on your red shoes and dance the blues...)





Truenos y más truenos. Lluvia a baldes. Noche espantosa, que por suerte comenzó a estarlo justo justo cuando llegué a mi casa. Estaba preparando una ensalada y de pronto una cosa ensordecedora, entre rayo y trueno, hizo temblar las paredes de Arbolito. "Está timosférico", me dije, y me sorprendí con esa palabra, que siempre decía mi vieja cuando yo era chica y arrancaba un temporal.. Timosférico no existe ni en español ni en portugués, aunque googleando por ahí la encuentro en un par de notas; debe venir de algún portuñol cerrolarguense que no logro descifrar. O quizá es invento de mi familia, vaya uno a saber. Pequeñas contribuciones Barreto Borba al español de entre casa.
Feliz viernes timosférico, estimados. 

Que les (nos) sea leve.





Respira... respira hondo y repite conmigo: hay que darle tiempo al tiempo. Los zapallos se acomodan en el carro. Cada cosa a su momento. Oooom... respiro... respiro cuando alguien me manda fotos de tres gatitos abandonados en un contenedor, uno blanco, otro barcino y uno amarillo, respiro hondo y digo no sé, vemos, no te aseguro nada, hasta que la persona confirma que dos fueron dados en adopción en pocos minutos y es un hecho que el tercero correrá (o ya corrió) la misma suerte. 
Estrategia de auto regulación, le llaman. 

No sé por cuánto tiempo más pueda mantenerla.





Llueve a baldes y truena de vez en cuando; está tan oscuro que la luz de la cooperativa junto a mi ventana aún no se apaga. Estamos atascados en medio del invierno. De pronto suena el teléfono: es el mensaje de una amiga que me cuenta que (al fin!!) nació su bebé, con una foto de las dos juntas, con las caritas pegadas. ¡Algo tan simple! Por un segundo desaparecen la lluvia, el frío y los truenos. La vida (siempre) puede más.





18 nutrida y variopinta al caer la tarde previa a la previa del feriado. Personas abrigadas para el invierno junto a gentes de remera y con aire acalorado. Dos chicas vestidas igual (jean, top gris, saquito negro) corriendo por la vereda, descalzas y a toda velocidad. Un gaucho de impecable traje típico negro y un payaso de ropa y maquillaje multicolores conversando, mientras interminables olas de personas aspiran en cada parada a subirse al salvoconducto a su barrio, vulgo 103. Pero ya no hay lugar, ya no. Solo unos pocos privilegiados pertenecen de verdad al gran mundo. Unos 128, a juzgar por el panorama que veo desde mi asiento, justo al lado del joven que juega al fútbol en el celular y me tiene acorralada contra la ventana. 103 microscópico y lento, pero seguro y pasador. 103 con Soda Stéreo. Lejana adolescencia, paraíso, cielo.





Iba llegando a la parada cuando la vi: una tarjeta del STM nuevita, ahí, sobre el pasto. ¿Cuándo le van a poner nombre a estas cosas?, pensé, pero no pensé mucho, porque a unos metros vi un vecino revisando afanosamente su mochila, pregunté, y sí, era de él.
Comienzo el día con una buena acción. Tal vez mi recompensa sea venir en el 103 parada junto a una mujer que lleva un enorme pin en el saco con la leyenda: "Controle su peso ahora. ¡Pregúnteme cómo!", pero no, no voy a preguntar, porque lo mío fue una acción desinteresada, porque no creo en las recompensas instantáneas y porque la señora tampoco es una Barbie made in 103, en fin. 

Pequeña maldad de miércoles de mañana. Para equilibrar lo de la tarjeta, digo.





El 405 con destino a Peñarol los domingos de noche suele venir repleto y con un ambiente inconfundible. La mitad de los pasajeros son niños, la otra mitad quinceañeros en barra y el resto (unos pocos) somos los abnegados mayores de 15 que pagamos un pasaje para viajar apretados, respirando "Eau de teenager" y cuidando que la ropa no se nos manche de rojo con las manzanas acarameladas de los más chicos. Sí, ya sé que dos mitades más unos pocos no da una unidad: a eso me refiero cuando digo que el 405 Peñarol suele venir reventando. 
Hoy en particular el fascinante y nunca bien ponderado Mundo Adolescente se dividía en dos bandos, geográficamente lo bastante distantes para no rozarse, pero lo bastante cerca como para escucharse y medirse con la mirada. 
El Grupo del Fondo tenía un número desde mi perspectiva indefinible de chicas y chicos, aunque casi siempre se escuchaba a uno solo de los varones, que les decía "sucia" a sus amigas (evidentemente, un vocativo aceptado por el grupo), aunque no todo el tiempo: de vez en cuando lo cambiaba por "sucia de mierda". Nueve veces, por lo menos, durante las cinco o seis paradas en que le presté alguna atención, al principio. Las chicas no parecían molestarse, o al menos nada decían, mientras él hablaba, hablaba, hablaba, siempre a máximo volumen. 
El Grupo del Medio consistía en cinco o seis varones, todos flaquitos, de gorro, championes y pantalón negro de jogging achupinado. Ellos no hablaban fuerte, pero jugaban de mano, se pegaban cachetadas y patadas todo el tiempo, al menos hasta que una mujer les paró el carro y su hijo mayor, un chiquilín de unos 18 extremadamente voluminoso, les ordenó de muy malos modos que se dejaran de cosas, a lo cual por suerte obedecieron, tras el intercambio verbal en mal tono de rigor para no quedar como unos peleles con los del Fondo.
Cuando todos se bajaron en el Intercambiador el chofer le pegó el grito a uno de que no se hiciera el vivo, que lo había visto escupir para adentro al descender. 
Reanudamos la marcha en medio, ahora sí, del espacio y el silencio apropiados para una noche de domingo, y en tres paradas ya me estaba bajando en la cooperativa y reencontrándome con el celular, que vaya uno a saber por qué desde el principio del viaje me había rogado con la mirada que lo dejara ahí, bien metido adentro de la cartera, un poco escondido entre los lentes y un par de recibos que acababa de pagar un rato antes. Es tímido, lo que pasa. No le gustan las multitudes. 
Feliz fin de fin de semana. 
Y recuerden que el viernes es feriado. 





"Prepárate que voy a castigarte, voy a darte, por cualquier parte, y hasta el yugo voy a darte". Linda la letra del 100 que viene con cumbia a todo trapo. Después disimula como que habla del canto, en esa cosa pueril de "nooo, yo no hablaba se eso..." La siguiente canción afirma que "voy a darte sin clemencia". 

No critico la cumbia, sé que porquerías como esta hay en todos los géneros. Solo digo que es tiempo de reaccionar contra la violencia, venga en el formato que venga.





Debo reconocer que ya desde ayer estaba preocupada por tener que ir a verlo hoy. Cuando le toqué timbre y bajó a abrirme pensé por un momento que mientras él no saliera del ascensor aún estaba a tiempo de escapar e irme caminando por 8 de Octubre como si nada. Fue un instante de tentación, pero no me animé, y de pronto ahí estaba él, abriendo la puerta. 
Es alto y flaco, como a mí me gustan, tiene más o menos mi edad, y se le nota la pinta de buena gente. El apartamento tiene una vista espectacular, porque está en el sexto piso, y apenas miro las paredes pienso que me gustaría probar ese color para las mías algún día.
No hablamos mucho, pero me gusta su voz. Y sus dedos. Tiene lindas manos, pienso, mientras me recuesto en el sillón y cierro los ojos, porque no quiero mirarlo directamente 
Como a la media hora él recibe una llamada. 
_ Eh... sí... ¿Podrías llamarme en un rato? Estoy ocupado ahora.
Qué bien que le cortó; hay que establecer con claridad las prioridades en esta vida, me digo mientras él vuelve a concentrarse en mí. Creo que lo hace bien, aunque sé que puedo equivocarme. He pasado por esto antes, y ya no endioso a ninguno. 

El tiempo pasa volando. Cuando me acompaña a la salida flota en el aire la posibilidad de un encuentro futuro, pero a quién voy a engañar: sé perfectamente que solo en caso de emergencia estética o sanitaria puede ser que me agarren para venir de nuevo al dentista





Listo, ya entendí todo. 
El chofer viene oyendo el partido (uds disculpen mi ignorancia, ni idea de qué partido es pero evidentemente es EL partido del miércoles). Como le tocó trabajar a esta hora y viene molesto (porque ademas es la hora pico y el 103 salió de la Ciudad Vieja ya con gente parada) se desquita parando lo más adelante que puede a cada oportunidad, provocando movimientos coreográficos de peregrinación multitudinaria, como olas de abrigos con pelos y sombreros que caminan dos o tres metros cada vez, en apretada masa indivisible.
_¿Te paso la data?- grita un señor parado a mi lado- ¡1 a 0 la franja y 3 a 1 el Real! - pero no sé a quién le habla, debe estar mandando un mensaje de voz.
Charlo con una ex alumna del 58, excelente estudiante de sexto Economía, que trabaja nueve horas y media y viaja hasta el fin del mundo día tras día, pero igual quiere hacer de nuevo sexto año, de Medicina esta vez, para cursar Veterinaria y trabajar en lo que le guste, aunque sea de aquí a diez años. 
Fútbol, apretujes, pasiones y proyectos sobre ruedas mientras cae la noche y Montevideo se apresta a apagarse.

103: la vida misma (esta vez en versión Semidirecta). 





Recorrida random por este mundo: paso por una página de la Guardia Republicana que comparte la noticia de una señora que tuvo un problema médico y fue llevada en patrullero. El perro los siguió corriendo, lo vieron, lo dejaron subir y después quedarse bajo la cama de su dueña, pobre bicho. 
Dis cosas dos llaman mi atención más allá de la tierna historia. 
"No, no ocurrió en otro país, pasó aquí", comienza, y yo pienso "obvio; dónde más alguien va a dejar a un perro entrar a un hospital?", pero no pienso mucho, porque igual me parece bien lo que hicieron. 
"Los animales demuestran mucho más valor que algunos 'humanos' ", termina. ¿Qué necesidad de terminar una nota tierna con un palo a alguien, estimada Republicana? ¿Es que no se puede con la costumbre? En toda la historia no hay ni una persona que haya obstaculizado el desarrollo de la acción, pero se ve que a veces la tentación de atacar es tan fuerte que se ataca al voleo, a ver si alguien se siente tocado.
Queda mucho por hacer.
A mí, por ejemplo, me queda bajarme del COPSA y volar hasta el IAVA. 

Permiso.






Primera escena: Sábado de tarde: Vos escondiendo media tableta de chocolate negro y enviándole órdenes a tu subconsciente: "esto no está sucediendo, aquí no hay nada nada nada de chocolate, olvidas su existencia, desaparece de tu mente en 3...2...1..."
Segunda escena: Lunes por la noche. Vos sacando la tableta de su escondite y comiendo un cuadradito. UN cuadradito. O dos. Bueno, cuatro.
Tercera escena: Lunes por la noche, dos minutos más tarde. Vos escribiendo una crónica de tu propia debilidad, solo para que alguien te comente que es un crimen dejar el chocolate escondido, que te lo comas sin culpa, que carpe diem y etc.
¿Cómo se llama la película?
Lindt. Se llama LIndt, y el subtítulo es 60% cacao. 

Creo que es un cortometraje.




El 103 vino con destino cortado: Bulevar Artigas, y por lo tanto se desplaza a medio llenar, al menos desde que en el Intercambiador se bajaron diez o doce personas. La guarda y la chofer aprovechan a tener una charla laboral. 
_ Lo que pasa es que el reglamento es de 1800... Fijate que especifica que no se puede subir al ómnibus ni siquiera con bolsos...
_ Sí, y si lo vamos a cumplir del todo también dice que está prohibido hablar en voz alta. ¡Ni se puede hablar en voz alta!
_ Sí. Si lo vamos a cumplir del todo es imposible. 
Mirá vos pienso mientras me acomodo junto a un señor que viaja termo y mate en mano oyendo cumbias sin auriculares. 
Es ahí cuando entiendo el origen de la charla matinal. En fin, tampoco pienso pelear por mi derecho al silencio a las siete de la mañana, especialmente porque solo llegamos hasta Bulevar, y ya vamos por Propios. 

No me juzguen.





Ellos eran dos, padre e hija, y venían sentados adelante en el 405, en un asiento perpendicular al mío. La nena tendría 3 años y el padre no llegaría a los veinte. Él sostenía una Cajita Feliz en la mano y venía totalmente concentrado en su teléfono, mientras ella mordisqueaba como la cosa más natural del mundo una bolsa vacía de nylon transparente. En cierto momento, como él no la miraba, consideró que era tiempo de llamar su atención de un modo más directo:
_ Mirá, papá. 
_ Ah. ¿Ta rica esa?- dijo él, y siguió pasando foto tras foto en el celular. 
Todo mal, pensé, todo mal. La lleva a Mc Donalds, es adicto al teléfono, la deja masticar bolsas, todo mal. 
En ese momento él empezó a mostrarle a su hija lo que había estado mirando con tanto interés en el teléfono: eran todas fotos de ella, o de ella con él, sonrientes. 
No estaba todo del todo mal, entonces. 

La nena dejó de masticar la bolsa, ambos se concentraron en las imágenes y a partir de ahí no dejaron de sonreír como en las fotos, hasta que vino mi parada y tuve que bajarme.





Nunca llegué a verle la cara, porque todo el tiempo lo vi de espaldas, charlando con el guarda. Tiene veintipico, y subió al ómnibus en 20 de febrero, excitado porque parece que un Cutcsa no frenó y "casi le pasa por arriba". Habla a los gritos, dice que va a denunciar al que no frenó, pero no está seguro de qué línea era y no le tomó la matrícula. 
_ Estoy de turno. Ayer me quisieron rapiñar y hoy esto... 
_ ¿Te quisieron rapiñar?- le da pie el guarda, y el muchacho arranca a contar lo de ayer, y de otra vez que tuvo que ir a declarar y la jueza le dijo no sé qué cosas de venganzas y corrupciones, y se pone a hablar de que él apoya a la 404 y a Graciela Bianchi, y que esto está cada vez peor, y etc, etc, etc, hasta que se bajó en Comercio, asegurando que iba a denunciar al chofer que no había parado antes. 
Apenas bajó, el guarda se fue a charlar con el chofer. 
_ ¿Viste lo que contó, lo que le dijo la jueza? ¡La jueza! ¡Fijate vos, la jueza!
El chofer lo miró un segundo antes de responder. 
_ Andá a saber cómo fueron las cosas...
Y liquidó ahí la charla, con lo que la música de la radio volvió a adueñarse del viaje. 
Dos posturas frente a la vida, pienso. O quizá tres. O cuatro. El novelero (sea por inocencia o por aburrimiento), el que exige pruebas (por cauteloso o por experiente), el que desparrama indignación (por actitud vital o por interés político) y la que registra todo (por afán de escribir o por trastorno obsesivo). 

De todo como en botica en la viña del señor.





Era una oficina gigante, como el Salón de los Pasos Perdidos, o más. Todo el espacio estaba ocupado por personas vestidas completamente de negro o azul oscuro, la mayoría de ellas inmóviles, sin nada que hacer. Sobre un extremo, la zona de castigo, donde las autoridades (que no se diferenciaban visiblemente del resto de nosotros) tenían bajo estricta observación a ocho o diez infractores, a los que sentaban en una mesa, paraban a su lado o los hacían tirar boca abajo en el piso. Entre ellos, entre los castigados, había una chica flaquita muy movediza que evidentemente iba a querer escapar a la primera oportunidad, por lo que uno de los guardias la controlaba con especial cuidado. 
Afuera, en el patio, se repetía exactamente la misma situación. Un hombre de mi edad, en especial, llamó mi atención; creo que yo lo conocía de antes. Era otro de los castigados, pero su actitud era la opuesta a la de la muchacha; él se esforzaba al máximo por cumplir el castigo, a fin de caerle bien a la autoridad y obtener con ello algún beneficio. 
La sensación aplastante era que por la más mínima e impensada cosa que uno hiciera o dijese se podía pasar de persona común a castigado por tiempo indefinido.
Yo di una vuelta por el patio caminando muy despacio en ese mundo de gente quieta, y volví a entrar. Extrañamente, en ese momento los guardias habían salido todos al patio y adentro no había quedado ninguno. Insólito. Como era previsible, la flaquita ya no estaba, y en su lugar solo se veía un buzo negro, que habría abandonado en el momento de la huida. Me pregunté qué debía hacer: si no denunciaba el hecho probablemente terminara condenada por cómplice, pero yo quería que la chica se pudiera escapar. Miré alrededor: no había ni rastros de ella, seguramente ya estaría muy lejos, inalcanzable. Salí al patio y se lo comenté como de pasada a alguien, a una persona cualquiera: "Creo que una chica de adentro se escapó", y la persona me respondió "No te preocupes, que igual a la una..." pero se interrumpió ante una mirada intimidatoria de otra, a su lado. Parece que había algo de lo que no se debía hablar, y yo no tenía ni idea.
Seguí caminando. Mi conocido prisionero en el patio se esforzaba por mantener su obligada inmovilidad. Era una persona de las que cumplen a rajatabla cualquier mandamiento, más allá de la lógica o la justicia.
En ese momento se empezó a esparcir un rumor por todo el lugar, y todos comenzamos a mirarnos como si fuera la primera ver que nos veíamos. No estaban. Los otros no estaban por ninguna parte. Era ya la una de la tarde, y por alguna razón todas las autoridades se habían retirado para siempre.
Mi conocido se resistía a creerlo y permanecía inmóvil, aún cuando veía que a nuestro alrededor las personas cambiaban de posición y empezaban tímidamente a desplazarse, primero con miedo, luego más rápido, dibujando sonrisas en sus caras y comenzando a hablar en voz alta. Era hermoso. 
Lo último que recuerdo era que él al fin se decidía y empezaba a moverse hacia la salida. Iba capitaneando una banda de cuatro personas con diferentes grados de discapacidad: un loco, otro rengo, alguien de mirada muy extraña. Ese era el grupo más lento de la sala, pero en ellos fue que se enfocaron los periodistas que aparecieron como por arte de magia para captar las imágenes de la liberación. Se empezó a escuchar una música vibrante, propia del final de una película de actos heroicos. Los cuatro salieron de la sala juntos. Iban caminando lento, pero avanzaban. 

Y ahí me desperté.





1.¿Cómo superar la ruptura de una relación dañina?
2. ¿Qué tan seguido hay que cambiar las esponjas de cocina?
3. A qué se deben los raros agujeritos que aparecen en tu ropa.
Estimada amiga, no tienes por qué preocuparte si ignoras alguna de las respuestas a tan sesudas preguntas; estoy en condiciones de develar para ti los misterios de la sabiduría ancestral femenina:
1. No seas pegote y manejate.
2. Una vez por semana. 
3. A que usás la ropa reventando, darling.
De nada. 

Si deseas saber más detalles puedes consultar la sección "M de Mujer", en El País Digital. Qué haríamos sin ella las mujeres que vivimos en pleno siglo diecin... veinte.





Día de alerta meteorológica, aunque apenas si llovió un poco esta mañana. Día de asamblea en el Salón de Actos y de intervenciones en el patio por los mártires estudiantiles. Día en que ambos practicantes reacomodaron sus planes para adaptarse a una situación no prevista. 
En la última media hora con un grupo de cuarto, viendo que eran la tercera parte de la clase y que no daba para arrancar La casa de Bernarda Alba sin quórum, les propuse empezar a ver la película. Conseguí computadora pero los parlantes no andaban, así que me fui a la biblioteca a ver si había un cable para conectarlos. Volví a los tres minutos, pero mi presencia no era imprescindible: ellos ya estaban viendo la película, porque habían conectado el sonido del celular. Se escuchaba bajito, pero se entendía. Vimos veinte minutos y tocó el timbre. La semana que viene arrancamos de nuevo con el texto. 
Día de alerta, asambleas y cambios de planes. 

Día en que todos aprendemos algo. Por suerte.





Voy llegando a casa cuando lo veo. Es casi medianoche, y entre los dos serenos de la cooperativa, uno en cada punta, hay dos cuadras vacías de toda alma humana, barridas por el viento. Él me mira, me mira sin disimulo y en un momento se decide, cambia su camino y comienza a seguirme. Es un negro joven, en muy buen estado físico. Siento sus pasos detrás de mí. No importa cuánto me apure o cuán indiferente pretenda mostrarme, sus pasos resuenan en el hormigón mojado de la calle principal de las viviendas. En cierto momento algo lo debe haber distraído, porque dejo de escuchar su caminar a mis espaldas y para cuando llego a Arbolito no hay ni rastros de él. 
Respiro aliviada. No estoy para tramitar adopciones caninas a esta hora de la noche, y además el perseguidor andaba de collarcito y estaba bien alimentado, así que debe tener familia en el barrio. 
Entro a casa y suspiro mientras me aflojo y comienzo a calentar agua para un capucchino. 
Si hubiera sido un gato ya le estaría abriendo una lata de atún, pienso, pero sé que no. Demasiado pronto. Todavía no.





Estoy echada a perder, no tengo remedio. Intento evitar que cierto nivel de maldad aflore demasiado pronto, pero a veces no puedo evitarlo. Por ejemplo cuando una persona que está dando una charla utiliza conceptos como espacialidad, textura, semiótica y poética, espesura, texto plano, necesidad de plasmar un universo , etc, pero no puede evitar meter un yo, a mí, yo, yo, me, cada dos palabras, a la vez que menciona cosas que "han habido" e inserta un "bueno, nada" cada cinco minutos. Mea culpa, mea culpa, mea grandísima culpa. 

Tal vez algún día supere el rechazo que me provocan algunas individualidades ya desde el primer momento. Tal vez no.





Ese fantástico momento en que te levantás y los dos a la vez, el teléfono y la computadora, te cuentan que han tenido una noche de jodita y dependen de vos para poder abrir los ojos de nuevo (ellos le llaman "reiniciarse").
La notebook tiene buen carácter y solo te demanda unos numeritos, pero el teléfono nuevo es un poco temperamental y arranca con necesidades de IDs, contraseñas y pruebas varias que apenas (y a regañadientes) están al alcance de la neurona titilante de las seis de la mañana. 

Ahora están ellos y vos desayunando, y solo queda esperar que se dejen de locas pasiones, que se estabilicen un poco y abandonen esta frenética e interminable carrera por incorporar la novedad más insignificante día por medio. Les asegurás que vos los querés como son, que no tienen que actualizarse como si los fueras a cambiar por otro al primer viaje que te pinte, pero ellos te miran de reojo e intercambian un gesto de incredulidad cuando creen que no los estás observando. Y tal vez tienen razón.





La caída de la tarde en mi rancho de Valizas era bella y en paz. Las sombras se iban haciendo más espesas casi sin notarlo, hasta que resultaba casi imprescindible encender una vela y adivinar las formas y los colores de lo que quedaba más allá se su radio de influencia. No había internet, ni equipo de música, solo el silencio de encontrarse con uno mismo y la inmensidad del paisaje y el tiempo. 
La caída de la tarde en mi rancho de Valizas era bella y en paz, pero no así en Arbolito, donde un &#%€£¥ apagón amenaza con mandarme a la cama a horarios de Cerro Largo, es decir, cuando se acabe la batería de la notebook y deje de escuchar viejos programas de Darwin que tengo descargados. 
"¡Luz! ¡Más luz!" Dicen que fueron las últimas palabras de Goethe, y si hay algo que tengo claro en medio de las sombras es que el tal Goethe siempre tenía la posta. 
¡QUE VUELVA LA LUZ!!!
O que renuncie Bonomi. Lo que sea más fácil. 







Yo, que te conozco bien,
Me atrevería a jurar
Que vas a regresar,
Que tocarás mi puerta.
Yo, que te conozco a ti
Me atrevería a decir 
Que estás arrepentida...
El muchacho grita y desafina en medio del bus repleto del domingo a las cinco de la tarde, mientras yo pienso que nunca había escuchado con atención esa letra pero resulta de un egocentrismo repugnante. ¿Qué sabés, m'hijo? ¿No te entra en la cabecita que ella encuentre a uno que le guste más que vos? ¿Eh?
En esa beligerancia interna andaba cuando el cantor (que yo casi no veía porque él andaba por el fondo del ómnibus) terminó de perpetrar la cosa y arrancó su discurso pro propina:
_ Gracias por esos aplausos... les diré que en la última curva me tuve que aguantar para no caerme como de casualidad arriba de esta muchacha tan pero tan bonita... A ver... permiso... corriendo las colitas para que pase... No se preocupen por ir apretados, que así arrancó Flor de la V y muy mal no le fue...
Listo, todo está claro. 
El muchacho y su canción, un solo corazón.
Queda mucho por hacer.





Domingo. Sol. Silla amiga. Plantas compañeras. Un libro apenas iniciado. Mediodía amable y un par de horas de dolce fer niente o quasi niente por delante. Pájaros lejanos. Un agosto que se disfraza de primavera. 
Y entonces: ella.
Ella aparece cuando quiere, zumbando y revoloteándome alrededor con su carita de buena, pero a mí no me engaña, y cada vez que viene me autodesalojo del Paraíso y la dejo adueñarse del fondo hasta que se aburre y pone proa a otros patios, a interrumpir otras lecturas y a desestabilizar a otras gentes.
Debo dejar de comer dulces, pienso. Mi sangre debe ser puros glucosa y triglicéridos, agrego, como si supiera algo de química o de nutrición. O quizás será que hay un kilo de miel de alfalfa en la cocina y ella me la reclama, no sé qué le pasa, solo sé que siempre vuelve, siempre vuelve. 
Por ahora me resisto al exilio bajo techo, pero no lo descarto del todo. 

Me pregunto qué hacía Quiroga cuando en la selva se le venían encima las abejas, las hormigas asesinas y las serpientes blanduzcas. Ese es el verdadero misterio de Horacio Q, concluyo, mientras me vuelvo a instalar en el fondo con el cerebro y los ojos a medias en el libro y a medias en el entorno, por si acaso. Solo por si acaso.





Camino a la parada me cruzo con un vecino y no puedo evitarlo: mi cabeza se va solita hacia febrero del 84, al campamento de Costa Azul. Fue en Costa Azul o tal vez en Jaureguiberry, no estoy segura. Los jóvenes de la cooperativa habíamos conseguido que FUCVAM nos prestara su predio y un par de carpas gigantes, nos las ingeniamos para que la COVINE nos pagara el viaje en el camión de obras, y allá fuimos. 
En mi memoria éramos como 50, pero es probable que no pasáramos de 30. Una banda de gurises de entre 15 y 20 años, acompañados por tres parejas de adultos jóvenes que en medio de su inconsciencia aceptaron ir con nosotros: Edgardo y Eva, Betty y Hugo y otros dos que mi memoria ha borrado. 
Las cosas no salieron tan mal como hubieran podido; se ve que tuvimos suerte. Cierto que el camión solo aceptó llevarnos en dos tandas y la mitad debimos esperar como 3 horas frente al SUM a que volviera por nosotros, pero ese tiempo sirvió para que pasara a saludarnos Marcelo, que tenía unos ojos verdes absolutamente inolvidables. Cierto que un día jugando a la guerra en el agua le dejé mis uñas marcadas en la espalda al flaco Esteban y también cierto que el atlético José Luis se tiró un clavado en una zona de medio metro de agua y lo tuvieron que llevar de urgencia a Montevideo, en fin, pequeñeces. Anduvo seis meses enyesado de cuello a cintura pero quedó bien, es decir, no fue nada. Y cuando la corriente nos llevó a un lugar donde dejamos de hacer pie y los nadadores del grupo tuvieron que irnos sacando de a uno tampoco fue tan terrible, especialmente porque a mí me sacó el Tito, que era el morochito más lindo de la cooperativa. 
Leo lo anterior y parece que solo recordase el paseo en relación a los chicos lindos del viaje, pero no.
También tengo la imagen de Eva y Edgardo jugando con algunos de nosotros al tutti frutti a la tardecita mientras los demás aprovechaban hasta la última gota de sol, y en realidad lo que más recuerdo es que una de las chicas casadas, Betty, se compadeció de mi inutilidad de los 16 y me agarró de hija mientras duró el campamento. Me preparaba la cocoa, se fijaba si había comido, me armaba churrascos sin grasa y me invitaba con bizcochitos, si había. Yo la adoraba. 
Betty murió en un accidente de auto un par de años más tarde, y su viudo al tiempo volvió a casarse, hace ya de esto como treinta años. Ahora cada vez que me lo cruzo (y lo veo dos por tres) me acuerdo de aquella gurisa flaca, de ojos claros y risa contagiosa que me calentaba la leche porque yo no sabía ni prender la cocinilla. 
La memoria tiene esas cosas. 
Las buenas acciones también. 
Uno a veces parece un adolescente atolondrado y enamoradizo con memoria a corto plazo, pero en verdad es una grabadora de pequeños gestos amorosos y desinteresados. 

Gracias, Betty.





Llego a mi casa molesta por el ruido de las podadoras: comienza agosto y los jardineros arrancan con cuerpo y alma a mutilar a todos los árboles de la cooperativa.
Al rato voy al fondo y arranco un yuyo de entre las piedritas del costado, y otro contra el muro. Corto una rama de malvón que me estorba para colgar la ropa, saco unas tunas que están asfixiando a otras. Les pongo coto a las más invasivas; hay algunas que no tienen límites, están tomando el deck, ¿qué se piensan? ¡Fuera, basta de avances, cortar, cortar, cortar! ¡Aaargh!
Listo. 
Soy cuno más de los jardineros de la cooperativa. Tenemos un montón de despojos verdes en nuestra conciencia, y el recurso de último momento de plantar algunas ramitas en el ex baño de las gatas a ver si se adaptan al otro extremo del patio no me exonera de culpa. 

Si algún día pasan a visitarme recuerden que tengo orégano y romero para regalar. Y malvones. Y tunas varias. Albahaca no, porque se secó, y zanahorias tampoco, porque por ahora solo son dos y no pienso arrancarlas. Considérense avisados. Y no me juzguen.





La premisa 1 del usuario del STM de mi barrio es que no se corre al 103, excepto que sea el Semidirecto.
Ahí sí, una está autorizada a mandarse una carrerita de (digamos) quince metros, subir sin aliento y pensar por enésima vez que ya va siendo tiempo de volver al gym. Hace como diez años que ya va siendo tiempo, en fin.
_ A ver si te ponés las pilas de una vez- dice el guarda, y una piensa "¿y este cómo sabe?", hasta que capta que sus palabras van dirigidas al chofer.
_ ¿Por qué?
_ Porque en esta no era parada, y en la anterior tampoco. 
_ Uuuuh... ¡es cierto!- dice riendo el chofer- Esas no son paradas. Cuesta acostumbrarse. 
_ O todavía no te despertaste y vas medio dormido... - retruca el guarda, ante lo cual ambos se ríen bonachonamente.
Sigue el viaje, mientras la rubia de rulos termina de recobrar el aire, consigue asiento y se pone a escribir, pensando si valdrá la pena correr para tomar un semidirecto en estos primeros días en que nadie tiene del todo claras las paradas que se hacen y las que se saltean. O si valdrá la pena volver al gimnasio. O si está bien que escriba crónicas con su nuevo celular en medio del 103 repleto de ojos de las ocho de la mañana.
Oh oh. 
Hasta luego.





Historia de la amistad más corta del mundo
15.06: Recibo una solicitud en esta red de parte de (digamos) Juan Pérez.
15.08: Entro al perfil de Juan Pérez. Tiene veintipocos, en su foto está con una chica y entre sus muchos amigos tenemos 4 personas en común. Asumo que es un ex alumno o al menos alguien que no molesta, y lo acepto. 
15.15: Recibo un mensaje de Juan Pérez, quien me cuenta que está realizando unas encuestas sobre salud y nutrición, asegura que no va a venderme nada y me pregunta si me queda mejor que pase por mi casa de tarde o por la mañana. 
15.16: Juan Pérez es eliminado de mis amigos por caer en uno (o quizá dos) de los ítems del protocolo de limpieza de esta red, que son 4, a saber: a) baboso b) mala onda c) vendedor y d) pesado.
Fin de la historia.
Epílogo
15.20: Me cuestiono si debo seguir aceptando gente desconocida en este mundo.
15.24: Sí. Pero no garantizo que duren mucho.





_ Hola... ¿está Joaquín?- resuena en el 100 medio vacío de la tardecita. El guarda viene hablando por celular y su voz es fuerte y clara._ Ah... porque necesito líquido de frenos; vamos por la Plaza Libertad y nos estamos por quedar sin embriague. Bueno, en 20 minutos en Villagrán y 8 de Octubre, dale, bien.
Y corta.
Si no me ven por estos lados después de las seis y media no se preocupen, pero por si acaso dénle una miradita a las noticias. Solo por si acaso.





Salgo entre las sombras y el silencio de la noche. Mi calle está en lo alto de un repecho, y la soledad del entorno me da cierto escalofrío cada vez que abro la puerta, pero sé que no es más que una sensación pasajera. Sé que en la primera cuadra me voy a cruzar con el vecino de barba que va a buscar el auto en los garages de la cooperativa al fondo de mi casa, y según a qué altura nos crucemos ambos calibraremos si salimos tarde o a tiempo. Sé que cerca del Salón Comunal un veterano estará dando el paseo matinal a un par de perros lentos de color clarito, sé que en el último tramo se van a deslizar a mi paso dos o tres figuras blancas y grises, de esas bellas, peludas y con bigotes, y sé que apenas llegue a la parada me integraré a la Hermandad de la Espera, a la cual abandonaré al primer COPSA que pase y se digne detenerse. 
Pequeños rituales del invierno.