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jueves, 2 de noviembre de 2017

Noviembre 2017






Diálogos con mi Temible Amigo Sincero
_ ¡Mirá! Ahí, a tu derecha. El rubio.
_ Ah. ¿Qué?
_ Nada, que salí con él hace años. 
_ ¿Ese bicho?
_ ¿Qué bicho, estás loco? ¡Es un dios griego! ¿Te acordás que te conté de alguien que estaba en una etapa mística y la dejó por salir conmigo? Era ese.
_ ¡¿Y para qué lo hiciste salir?! Lo hubieras dejado ahí, pobre hombre. Probablemente no estaba en una etapa mística: era que nadie le daba corte.
_ Vos no ves nada. Es perfecto.
_ ¡Nada que ver! Lo que pasa es que vos ves la estructura externa, pero los detalles se te van. Me hace acordar a un espectáculo de Malena Pichot.
_ ¿Cuál? ¿"Persona"?
_ No: "Hermostras". Para vos es hermoso, pero en realidad es un monstruito. 
_ Contigo no se puede hablar. ¿Vamos a ver que hay en los stands de comida?

_ Vamos.





Invité a un amigo a pasar una tarde en un hotel de una ciudad europea, solo una tarde. Mientras estábamos merendando plácidamente en los jardines vimos a una señora mayor y un hombre joven que, en la mesa de al lado, pasaban problemas porque algo sucedía con una de las patas y aquello amenazaba con venirse abajo con merienda y todo. MI amigo rápidamente se paró, levantó la mesa y la apoyó contra un murito bajo, con lo cual frenó la inminencia de la caída. La mujer veterana y el hombre joven cruzaron una mirada de inteligencia: “es de los nuestros”. Y le contaron. 
Hace muchos años, tantos y tan duros que quizá solo fueron meses, la ciudad fue cayendo bajo el poder del enemigo. Muchos de los nuestros murieron, y hubiéramos desaparecido todos si no hubiésemos encontrado un refugio. Un mundo nuevo. Debimos escondernos en el subsuelo gigante de ese hotel en que ahora merendábamos. Éramos muchos, cientos, no sabemos cuántos. El subsuelo contaba con varios niveles, y en ellos organizamos al ejército, los médicos, los maestros, todo, pero no podíamos salir, excepto a veces, de noche, por una pequeña puertita al nivel del garaje del hotel. La playa estaba enfrente, y dos por tres nos tirábamos al mar. Recuerdo que un par de alumnas en cierta ocasión llegaron al colmo del atrevimiento y quisieron salir con tablas de surf pero no las dejamos, porque era peligroso que llamaran la atención del enemigo. Durante el día hablábamos bajo. Vivíamos en una semi penumbra. Todo era en blanco y negro. Cuando salíamos por la noche y recorríamos el viejo hotel teníamos que dejar todo ordenado, por si había inspección sorpresiva y alguien se percataba de nuestra soterrada existencia. Yo dejaba mucha ropa encima de las camas, era un peligro, pero siempre a último momento me daba cuenta y la volvía a dejar en su sitio. En general éramos súper organizados, funcionábamos con la división de tareas y la previsibilidad de un hormiguero. No teníamos un líder, la atorregulación y la defensa del grupo era nuestro motor principal para la acción.
Y ahora me quiero acordar de más cosas, pero desperté y se me fueron disolviendo; voy a tener que buscar Underground, a ver qué tanto de ella hay en mi historia. 
Tengo un inconsciente perezoso que le copia a Kusturica. 

Lo que me faltaba.




Consulta: ¿a qué círculo del infierno le corresponde ir a una persona que saca un caracol de su jardín y lo deja en la vereda? ¿Es un atenuante si la persona lo deposita con suavidad en el pasto para no maltratarlo? ¿Constituye un agravante el haberlo dejado junto al arbusto de un vecino que no banco... eh... que no resulta especialmente apreciado por la persona que mudó de lugar al citado gasterópodo de tierra? Gracias por participar, tendré en cuenta su opinión. Buenos días.




Montevideo Portal publica una nota sobre Julio Bocca y un amor uruguayo y le pone por título “Bailar pegados”. Yo voy a escribir una crónica sobre mi viaje de vuelta en 103, y va a llevar por título “Viajar pegados”. 
Voy sentada a la ventanilla junto a una señora muy voluminosa, pero ese no es el problema, porque las mujeres (gruesas o delgadas) no nos tiramos abusivamente sobre la persona de al lado... Salvo si nos dormimos, claro. 
La buena señora se ve que viene muy, muy, muy cansada, y cada vez que la vence el sueño se me viene encima, llevando los treintaypico de grados de la tarde prelluvia a niveles francamente insalubres. 
Acabamos de pasar Beisso: adiós expectativa de perderla de vista en 3 Cruces. Y para peor la lluvia se demora. 

No se si resistiré hasta mi barrio. Por las dudas, fue un gusto conocerlos. Sean felices.




La nena va al jardín, debe tener unos 4 años. ¿Hace falta cargarla con una pulsera-perfumero , o quizás pulsera-dispensador de alcohol en gel? ¿No es peor asustarla de chiquita con que todo es sucio, malo, feo olor, caca? O será que todas las nenas lindas usan cosas de princesitas... No sé qué es peor.

(Arrancando el último día de clases en 3... 2... 1...)





Veo su foto y se me viene a la cabeza la imagen de un tipo raro. Escanlar entró al IPA en la misma generación que yo: no fuimos amigos, no recuerdo que hayamos charlado alguna vez, nunca supe nada de su vida personal. Solo sé que era un bocho, que tenía más lecturas que todo el resto de nosotros encima y que el IPA (o al menos el mundillo de Literatura en el IPA) quedó marcado a fuego después de su paso por ahí. Escanlar era capaz de percibir si un docente le había errado en un año a la fecha de publicación de un libro de la mística española del siglo XVI. Capaz de hacer una carpeta de Didáctica con hojas Tabaré y letra manuscrita como forma de quejarse por la materia y sus requerimientos formales ("Yo me llamo Gustavo Escanlar" decía en la carátula, "A mí me dicen Tabo o Tabito", seguía). Capaz de armar el escrito del examen de Pedagogía como la página de un comic en el que dos estudiantes discutìan las teorías educativas que se nos habían preguntado, o de hacer el análisis de un canto de la Ilíada en forma de diálogo entre Borges y Homero en el cielo, por ejemplo. Los profesores lo bochaban en todos los exámenes, pero cruzaban a la fotocopiadora de enfrente con sus escritos. Él nunca nos contó nada de todo esto, aunque era imposible no enterarse. Todo se sabía en los pasillos del viejo IPA. Si mal no recuerdo fue por esos años que ganó un concurso de poemas de la FEUU con un texto que no leí, de cuyo título es fácil no olvidarse: "Con el pene en la boca". En un grupo compuesto mayoritariamente por tragas y buenos estudiantes, por personas modositas y bien educadas, el gordo era indefectiblemente el distinto, a la vez que resultaba inquietante y admirable. No sé nada de su vida personal, repito, nada más allá de lo que veía de él en la tele o escuchaba en la radio, pero siempre le tuve cariño. 

Y ta, era eso. Vi la foto y me acordé.




Diferentes niveles de actividad en Arbolito, un domingo por la mañana. Ella duerme y yo corrijo. Las malas lenguas dirán que ella duerme y yo veo El universo de Stranger Things, pero no hagan caso. Es simple intromisión del upside down. 
Ups. 
They are here... The temibles parcials.

Oh, my...





Está ahí. Te mira. Es el último de los brownies de chocolate y nuez que te compraste ayer en la feria, y reclama ser homenajeado como lo fueron sus cinco hermanos. No, no es mágico: solo tiene nuez y chocolate amargo. Cuando ya creías que habías logrado olvidarlo vas al armario, lo encuentras disimulado detrás de las galletas de arroz y comprendes que será inútil toda resistencia, pero no te culpes, oh, mortal, que tú nada puedes hacer sino asentir, obedecer y después irte a caminar por un rato. Tras el pecado vendrá el perdón. O eso esperas, al menos.





Sí, sí, sí, de acuerdo: la primera prueba de fuego de tu nuevo e impremeditado corte de pelo fue caer al liceo ayer y ver qué te decían tus estudiantes, y salió bastante bien. La segunda, encontrarte con tus compañeros del CES y ver sus caras ante la novedad capilar: 2 a 0. La tercera, que un conocido con el que te saludás desde hace 25 años te mirara como por primera vez y se mostrara más que comunicativo ("escuchame... te dejo mi teléfono... mandame un mensajito... hablamos..."). Íbamos bien, casi casi empezabas a perdonar al Peluquero Manos de Tijera Veloz, pero la prueba de fuego estaba por llegar, y vos lo sabías. Tu amigo hipercrítico e insensible a los encantos femeninos pero de indudable buen gusto e intachable criterio estético. Tu amigo que no duda en decirte que algo es espantoso, y que no conoce el significado de la palabra "eufemismo". Tu temible Amigo Sincero.
Lo mirás medio con miedo. 
_ Bien.-concluye luego de evaluar por unos segundos la situación.- No parece estar terminado, pero es un proceso positivo. Me gusta. 
Listo. Cerrá y vamos. 
Le daremos otra forma a la masa rulosa, quizás, en estos días, pero el largo larguísimo descontrolado y salvaje no vuelve, como no vuelve el rubio claro amarillento.
He dicho.





Esta vez por fin la prisión te va a gustar... 
Suena a medio volumen la radio del ómnibus, que viene limpio, amable y semivacío. Afuera las personas recorren ferias, juntan firmas, hacen ejercicio o simplemente caminan bajo el sol de noviembre. Voy leyendo una novela policial, sentada a la ventanilla junto a una chica flaquita que no invade mi espacio personal. 
Hay aire de vacaciones en el aire. No del todo, pero casi. Tiempo libre, caminatas, comida sana, libertad! 

Sí, me encanta mi trabajo, pero... vacaciones, vacaciones, lalalala!





3 versiones 3 de Hoy es viernes y tu cuerpo solo sabe que no sabe nada.
Versión matinal:
Profe, ¿hiciste los promedios? ¿Corregiste? ¿Cuándo te puedo entregar el trabajo? ¿Pudiste ver el video? ¿Sale despedida de fin de año? ¿Nos podemos ir? ¿Por qué no ocupaste con nosotros? ¿Cuándo nos vas a invitar a tu casa? ¿Viste que te mandé un mensaje? Un 9 yo, ¿no? ¿Me fui a examen? ¿Es difícil el examen? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?
Versión vespertina:
Caminata dos menos veinte de la tarde IAVA - Teatro de Verano. Evento. Coreo de cumbia. Sol. Chacarera. Calor. Murga. Cansancio. Teatro. Sed. Musical. Baja batería. Agrupación vocálica. Hambre. Más teatro. Agotamiento. Cosas para desarmar, juntar, guardar, apilar junto a la puerta. Todos contentos, todos destruidos. Caminata. Rambla. 405. Asiento. Sueño.
Versión nocturna
Llego a mi casa junto a la perra Innominada por el frente y la Vecina Demandante por la ventana del fondo, pero yo tengo algunas cosas claras, y sé que primero lo primero, así que busco el cargador y enchufo al pobre celular que venía sosteniendo un heroico 1% desde Montevideo Shopping, más o menos. Luego sí, los bichos, y al fin la humana, yo. La merienda ultraveloz es seguida por una puesta a punto de unos dos minutos y medio y por una nueva salida, veinte minutos después de la llegada. Hay una actividad a la que me gustaría poder ir, me vendría bien un 316 pero como ando con el tiempo justo decido que me tomaré lo primero que venga. Si viene. Pasan uno tras otro nueve Cutcsas, un Coetc y un Ucot, y ni uno de ellos para. Casi todos van con cartel de Expreso, aunque algunos (de luz apagada) llevan pasajeros y tienen lugar de sobra. Empieza a circular una palabra a nivel de los siete u ocho que esperamos en la parada: "paro". Se pronuncia con signo de interrogación, en voz baja, con escepticismo o con bronca, pero todos hablan de un posible paro sorpresa. Busco en internet: ni noticia. Pasan dos expresos más, y decido pegar la vuelta. Seguro que no había paro, capaz que fue casualidad, pero ya era muy tarde para seguir esperando, y mi nivel de energía hacía horas que andaba titilando en rojo con carteles de "pare". Otra vez será.
Le doy de comer de nuevo a la gata, y me preparo un capucchino. A ver qué tienes para ofrecerme, Netflix.

Me declaro tuya hasta que el agotamiento nos separe.





“El olor a las peluquerías me hace llorar a gritos”, dice el viejo poema de Neruda, y yo agrego: a mí me da sueño. El olor, el calor, el ronroneo de los secadores y el concierto de voces femeninas a mi alrededor. Por eso pospongo la visita, estiro los plazos, hago como que no me veo la línea del crecimiento hasta que se hace franja y tengo que pararle el carro o me voy a vivir definitivamente a Señora. 
Sucede que me canso de ser rubia. 
Walking around. 

Penúltima vez en el año. Ooom.





Esto de ver las fotos de “Un día como hoy” te hace a veces comprender algunas cosas. Por ejemplo, que si te negás a aceptar nuevas relaciones afectivas tal vez sea porque hay ausencias que siguen doliendo. 

No me presionen más con la Vecina Demandante: le voy a dar comida y mimos pero no un lugar en mi casa. Necesito un verano, y después veo... salvo que la muy oportuna se me aparezca preñada, pero no, por ahora no parece. Por ahora.





Êl va sentado detrás de mí en el repleto 100 de la caída de la tarde. Habla fuerte, no porque grite o discuta sino porque parece no saber mantener otro tono que el ultraplusmáximoaltoelevado. Paro la oreja ante una frase que repite tres o cuatro veces: 
_ ¡Vos tenías cara de orto!!!
Estará bromeando o habla de una charla previa con otra persona, pienso, pero no. Le está diciendo (y repitiendo) a una chica al celular que tenía terrible cara de orto ayer, cuando se vieron. Y sigue.
_ Y sí. Estabas con cara de orto. ¿Y por qué te molestás, si es verdad? Ah, pero no entiendo nada... Todavía que le trato de meter la mejor onda a vos te cae mal. ¡Si tenías cara de orto, ayer, qué querés que te diga! ¡Ah, qué bonito! Uno le trata de poner la mejor onda, de hacer las cosas bien y vos te molestás... ¿Y ahora en qué andás? Ah, ya estás saliendo... Bueno, pero... Bueno, chau. Chau. 
Mister Cero Habilidad Social continúa su viaje en silencio, mientras yo pienso que ojalá que la chica le dé el raje por nabo. Ya que le cortara estuvo muy bien. 8 para Cara de Orto. 10 si lo larga. 12 si lo hace entender que no se puede andar por la vida insultando primero y haciéndose después el nunca visto.

(Recuerdan cómo empecé las crónicas esta mañana, ¿verdad? Miércoles de neurosis pre fin de año, mis queridos. Ya va a pasar. Espero. )





Época de parciales, o de pruebas especiales de evaluación, o de promedios finales, o de fin de cursos, lo mismo da. Todo se resume en una sola palabra que se te graba en la frente y va poco a poco expandiéndose hasta apoderarse de tu tiempo, tu cerebro, tu energía, tu pobre mundo (diría Idea): trabajo. Toda tu vida gira esta semana en torno al trabajo. 
Ya no hay tardes de plácida serie o caminata discalorizante, se acabó toda lectura que no venga en formato papel y lapicera (nunca lápiz, herejía hace largo tiempo condenada en este reino), olvidate hasta de los recreos de cinco minutos para desenchufarte de la clase. 
En esta semana y hasta el lunes (fecha límite para entregar los promedios) todo segundo se puebla de brazos que te paran por el pasillo, de ojos enormes, de caras preocupadas y de preguntas, muchas preguntas. 
Sobre todo preguntas. 
_ ¿Cómo me fue en...?
_ ¿Puedo entregarte fuera de fecha el...? 
_ ¿Hiciste los promedios?
_ ¿Me la llevo?
_ ¿Puedo hacer una tarea extra? 
_ ¿Corregiste los trabajos?
_ ¿Pudiste ver el video?
_ ¿Ahora cuándo venís?
_ ¿Me decís cómo le fue a...?
Una avanza por los menguados pasillos del IAVA, responde algunas cosas, difiere otras, y siempre termina pensando lo mismo: queda poco. Queda poco, ellos son un encanto y en algún momento vas a empezar a extrañarlos. Por ahora solo extrañás las horas de sueño y los ojos descansados. Casi casi que envidiás a los tipos que cruzás desde el ómnibus, sentados frente a una mesa de bar, con los ojos fijos en un partido de fútbol. 
Queda poco, repetís, queda poco, mientras mirás de reojo la carpeta llena de escritos sin corregir. 

Oooom...




No, señor veterano: usted no puede ir colgado de la misma agarradera que yo, porque su elaborado diseño está pensado para una mano sola, ¿ve?
No, no, pibe veinteañero: no podés sonarte la nariz durante medio minuto en el 404 de la mañana, y menos abrir después el pañuelo desechable para comprobar el color de los mocos porque es una chanchada, ¿viste? 
No, no, no, señor trabajador: no me mastique chicle con la boca abierta a treinta centímetros de mi oreja porque es desagradable escucharlo, ¿sabe?
Miércoles neurótico en el STM.

No me juzguen.







SIGLOS DE ORO ESPAÑOLES

* Había novelas dramáticas, líricas y narrativas. 
* Se pasaba mucha pobreza en ese entonces, la sociedad era bastante vaga.
* Todos querían llegar a ser nobles, ya sea comprando su título o intercambiándolo por tierras, se podía comprar el título de mesquita, los cuales eran los nobles que estaban más abajo en la pirámide social. 
* El Renacimiento fue una época donde el arte antiguo clásico fue interferido con arte de la edad media y su transición al barroco fue combinándose. 
* Dentro de las novelas se creía en la ficción y lo sobrenatural.

* Barranco fue una época donde se tomo en cuenta muchas obras y libros, la literatura estuvo mucho y fue importante.
*En el Renacimiento se creó la impresora.

DON QUIJOTE

* Don Quijote es una novela de tipo caballerizas.
* Miguel (de Cervantes) además de ser buen escritor era esclavo. 
* Le puso “Rocinante”, la terminación del nombre le daba un toque de grandeza y valor a este caballo pobre y desdicho.
* Nos ubica en un lugar de la ciudad de España llamado “La Mancha”. 
* Comienza diciéndonos tres espacios temporales donde va a transcurrir la escena. 

* La primera parte que se sacó al aire de Don Quijote fue significativa en la historia lírica.
* Cervantes fue recaudador de impuestos para la Armada Inverosímil.
* La ama y la sobrina son representaciones innombrables.
* El Quijote es una obra de Cervantes que se divide en publicaciones. La primera se da en el año 1547.
* (El Quijote) fue publicado aproximadamente en 1542.

* Estructura del Quijote: Está dividido en varias partes.

MACBETH

* A lo largo de la obra ocurren varias cosas no muy comunes como que le cortan en el final la cabeza a Macbeth y la colocan en la cima de su castillo.






El 103 sorpresivamente abandona 18 de Julio y dobla por una lateral: algo pasa a un par de cuadras, pero nadie nos lo comunica. 
La señora de adelante, una cincuentona tirando a la siguiente década, pregunta a su compañero circunstancial de asiento si sabe qué es lo que ha sucedido. 
El hombre (de su edad, un morochote de voz agradable y lentes negros) se pone a explicarle que hubo un hecho de sangre y que ese es el motivo del corte de 18. No oigo toda su explicación, sino palabras sueltas: un taxista... rapiña... dio vuelta y... ta bravo...
La mujer coincide con él en todo: qué horrible... sí, sí... nadie nos cuida... es lo que yo digo...
Vamos cinco o seis paradas y la charla está cada vez más animada; incluso al rato se vuelca a la política y se habla mal de todos los partidos. Luego arrancamos con el precio de las lechugas y los morrones, y si el presidente ya agarró o no agarró una torta de plata de no sé dónde. Los dos coinciden en todo lo que se charla y no se callan ni medio segundo. Son tal para cual. 
No sé para ustedes, señoras y señores, pero para mí es evidente que aquí Se Ha Formado Una Pareja.
Cabe señalar que al parecer también se ha formado un cotolengo, porque acaban de subir seis o siete ancianas, todas risueñas. Una de ellas cuando el 103 está por arrancar le pega el grito al guarda: 
_ Espere, espere que todavía faltan subir un montón de viejas.- con lo que sus amigas y ella se ríen a carcajadas. 
En eso volvemos a 18, porque la manifestación del taxi terminó, como hace notar sutilmente una de las ladies de blancos cabellos:
_ ¿Viste? Estos pelotudos de los taxistas ya se fueron. Qué ganas de jorobar.
Por la calle camina valija en mano un payaso alto y hermoso de unos veinte años. Le sonríe a los transeúntes, acompaña unos metros a algunas damas y se arrodilla ante otras para besarles la mano al mejor estilo de hace 200 años. Todos los del ómnibus nos distraemos mirando cómo él no abandona nunca su personaje, hasta que por fin nos ponemos en movimiento y lo vamos dejando en el pasado.
Mientras tanto, ya pasamos El Galpón. La parejita de adelante sigue de charla, las veteranas hablan del 5 de oro, y yo continúo exprimiendo los datos móviles y la batería de mi teléfono, que me pide a gritos un descanso.

El viaje en el 103 suele ser lento y eterno, pero nunca aburrido. El 103 es pueblo, como una. Y ahora si me disculpan voy a guardar en la mochila mi Iphone 6 plus, que una será pueblo pero no se regala. Hasta luego.





No, señor veterano: usted no puede ir colgado de la misma agarradera que yo, porque su elaborado diseño está pensado para una mano sola, ¿ve?
No, no, pibe veinteañero: no podés sonarte la nariz durante medio minuto en el 404 de la mañana, y menos abrir después el pañuelo desechable para comprobar el color de los mocos porque es una chanchada, ¿viste? 
No, no, no, señor trabajador: no me mastique chicle con la boca abierta a treinta centímetros de mi oreja porque es desagradable escucharlo, ¿sabe?
Miércoles neurótico en el STM.

No me juzguen.





Época de parciales, o de pruebas especiales de evaluación, o de promedios finales, o de fin de cursos, lo mismo da. Todo se resume en una sola palabra que se te graba en la frente y va poco a poco expandiéndose hasta apoderarse de tu tiempo, tu cerebro, tu energía, tu pobre mundo (diría Idea): trabajo. Toda tu vida gira esta semana en torno al trabajo. 
Ya no hay tardes de plácida serie o caminata discalorizante, se acabó toda lectura que no venga en formato papel y lapicera (nunca lápiz, herejía hace largo tiempo condenada en este reino), olvidate hasta de los recreos de cinco minutos para desenchufarte de la clase. 
En esta semana y hasta el lunes (fecha límite para entregar los promedios) todo segundo se puebla de brazos que te paran por el pasillo, de ojos enormes, de caras preocupadas y de preguntas, muchas preguntas. 
Sobre todo preguntas. 
_ ¿Cómo me fue en...?
_ ¿Puedo entregarte fuera de fecha el...? 
_ ¿Hiciste los promedios?
_ ¿Me la llevo?
_ ¿Puedo hacer una tarea extra? 
_ ¿Corregiste los trabajos?
_ ¿Pudiste ver el video?
_ ¿Ahora cuándo venís?
_ ¿Me decís cómo le fue a...?
Una avanza por los menguados pasillos del IAVA, responde algunas cosas, difiere otras, y siempre termina pensando lo mismo: queda poco. Queda poco, ellos son un encanto y en algún momento vas a empezar a extrañarlos. Por ahora solo extrañás las horas de sueño y los ojos descansados. Casi casi que envidiás a los tipos que cruzás desde el ómnibus, sentados frente a una mesa de bar, con los ojos fijos en un partido de fútbol. 
Queda poco, repetís, queda poco, mientras mirás de reojo la carpeta llena de escritos sin corregir. 

Oooom...




Êl va sentado detrás de mí en el repleto 100 de la caída de la tarde. Habla fuerte, no porque grite o discuta sino porque parece no saber mantener otro tono que el ultraplusmáximoaltoelevado. Paro la oreja ante una frase que repite tres o cuatro veces: 
_ ¡Vos tenías cara de orto!!!
Estará bromeando o habla de una charla previa con otra persona, pienso, pero no. Le está diciendo (y repitiendo) a una chica al celular que tenía terrible cara de orto ayer, cuando se vieron. Y sigue.
_ Y sí. Estabas con cara de orto. ¿Y por qué te molestás, si es verdad? Ah, pero no entiendo nada... Todavía que le trato de meter la mejor onda a vos te cae mal. ¡Si tenías cara de orto, ayer, qué querés que te diga! ¡Ah, qué bonito! Uno le trata de poner la mejor onda, de hacer las cosas bien y vos te molestás... ¿Y ahora en qué andás? Ah, ya estás saliendo... Bueno, pero... Bueno, chau. Chau. 
Mister Cero Habilidad Social continúa su viaje en silencio, mientras yo pienso que ojalá que la chica le dé el raje por nabo. Ya que le cortara estuvo muy bien. 8 para Cara de Orto. 10 si lo larga. 12 si lo hace entender que no se puede andar por la vida insultando primero y haciéndose después el nunca visto.

(Recuerdan cómo empecé las crónicas esta mañana, ¿verdad? Miércoles de neurosis pre fin de año, mis queridos. Ya va a pasar. Espero. )






No diré que a esta altura de la vida ya me conozco a todo el personal del STM, pero es verdad que a muchos los ubico con toda facilidad. 
Hoy, por ejemplo, en el primer bus de la mañana me tocó con el Amable Guarda. El Amable Guarda pregunta si los pasajeros tienen calor antes de abrir la ventilación del techo, conversa con quien tenga alguna duda sobre el recorrido y ofrece dejar su mochila en el espacio del costadito a alguna cargada pasajera a quien se le haya ocurrido la peregrina idea de ir al trabajo con su computadora, cargador y parlantes para iniciar la penúltima semana de clases (iupiii!!!).
El segundo bus es semidirecto, viene bastante despejado y esta vez el que se destaca es el Amable Chofer, que no deja pasajero sin saludar con un cordial:
_ ¡Buenos días!

No han subido vendedores o cantores de bus ni proponedores de lo que sea. Comienzo a pensar que los lunes de noviembre vienen con un... qué sé yo. Cercanía de las vacaciones, creo que se llama. 





Hoy de tarde vine en el 103 escuchando de manera inevitable al innombrable de la radio. Una chica había llamado a su programa para algo; por suerte no escuchaba el cien por ciento de lo que se hablaba, pero lo que oí fue suficiente, algo así como: 
_ Y... al final salimos. Yo estaba de pijama y pantuflas. (...) Sí, era nuestra primera salida. Fuimos a lo de la ex, a llevarle la plata del mes para el nene. (...) ¿Sexo? Sí, hubo, y fue horrible. Yo me hice la dormida todo el tiempo y al otro día me hice la estúpida, como que no me acordaba, y no hablamos del tema. (...) Ah, pero el 24 de agosto se portó como un caballero: me trajo una rosa, compró las entradas y alquiló una pieza.

Ahora escucho otro programa de radio (este sí, elegido y no impuesto), donde un señor de mi edad afirma que las dos únicas cosas que le gusta hacer en la vida son comer e ir al fútbol.

Hace poco entrevisté a un muchacho y le pregunté cuál era su sueño, cómo quería verse de aquí a diez años: "igual", me dijo, "trabajando de lo mismo". No estaba trabajando ahí por vocación: fue el primer lugar en que cayó, y ahí se quedó. Quietito. Como un dado.

Las tres situaciones me quedaron dando vuelltas en la cabeza, hasta que me di cuenta de que su común denominador era la sensación de desperdicio vital, de tiempo malgastado, de posibilidades tiradas al tacho de la basura. Por cosas como esas es que decidí dar clases de Literatura, pienso: porque el que estudia tiene sueños, el que lee abre horizontes y el que no piensa pierde. Por eso. Porque si me cae en una clase la pobre gurisa sin autoestima, el señor limitado o el muchacho sin sueños tal vez puedo a través de las palabras ajenas mostrarles que la vida no se acaba en una hamburguesa o un escritorio, y mucho menos en una relación sin ganas y sin palabras. Puedo hacerlo o puedo intentarlo, por lo menos, que ya es algo. Que ya es algo.
Y ahora, con su permiso, voy a intentar hacer una pascualina. 
Buenas noches.






COLONIALES

Una le erra a la ruta y agarra para Colonia por la 5, justo unos kilómetros antes de meterse a contramano por la 1, llevando consigo una chorrera de autos de esos que siguen al de adelante a cómo dé lugar. 
Otra abre un cajón de la cocina, ve que hay unas velas y murmura:
_ Mirá... hay velas. Por si llueve. 
Dos de ellas se olvidan de la tormenta con alerta naranja y ponen el aire acondicionado tan en frío que uno siente que han dormido en un iglú. Son las mismas que mientras dialogábamos con la dueña de casa a propósito de un percance inicial con la heladera tiraron al disimulo sus petates en la mejor habitación de la casa, onda “¡no, no nos moverán!”
Hay quien quiere ser una madre para todas y mientras levanta la mesa cargada con decenas de platos y cubiertos igual quiere alcanzarle algo a otra, quizá apelando a una tercera mano cuya existencia hasta el momento ignorábamos.
En medio de la charla pasa una figura femenina patinando sobre el parquet al mejor estilo seis años, mientras otra persona sentada en el piso escribe y escribe frenéticamente en un celular de batería titilante. Es la misma que a la una y media de la mañana quiere salir a bailar, un 2 de noviembre, en Colonia.
_ ¿Dónde están mis lentes? No puedo encontrarlos hace rato...
_ Los tenés en tu cabeza. 
_ Ah, sí, cierto. Gracias!
Vamos a caminar bajo la tormenta pero nos quedamos charlando en la casa. cuando el sol ya ha salido. Hacemos planes de vida sana pero nos enganchamos con cuanta propuesta calórica se nos cruce en el camino. Proponemos un minuto de meditación en el silencio con olitas del puerto y la primera conclusión que se verbaliza es que ojalá que nunca cambien los faroles redondos de las calles de Colonia.
Son mis amigas. 
Cuando estoy con ellas no hay alertas naranjas, no hay soledad ni hay tiempo perdido. Tampoco hay hambre. Ni silencio. 
Son mis amigas.

Chapeau.



Fue abrir la puerta y entrar a Mundo Vicio. De un lado quesos, mieles, dulces. Del otro, chocolates. Mis amigas y yo dejamos de lado la sección 1 y fuimos como arrastradas por el viento del deseo hacia la parte 2, donde el color predominante era el marrón. Marrón bien oscuro. Calórico. Tentador. 
Las dos señoras que atendían el negocio estaban impecablemente ataviadas con ropa tradicional que me imagino debe ser típica de Suiza, porque estábamos en Nueva Helvecia. Elda y Danis: una era la dueña y la otra la empleada, aunque en el trato se advertía que el afecto entre ambas estaba por encima de roles circunstanciales. 
Elda comenzó describiéndonos todas y cada una de las variedades de cosas maravillosas que albergaban sus vitrinas. La lista era interminable. Mis amigas y yo la escuchábamos como imagino que oirían los hebreos a Moisés, solo que en este caso los 10 Mandamientos venían acompañados de la imagen y el aroma de los tesoros a los que ella iba dando contenido y textura: 
_ Estos de aquí son de chocolate con mango. Después tenemos los bombones rellenos de menta con un leve toque de ron, las tabletas de chocolate con sal marina, con almendras, con naranja... Los medallones tienen diferente porcentaje de cacao. El más alto tiene un 96%; en general no es gustado como golosina porque es muy fuerte, y solo se usa por razones medicinales. 
Elda habló por unos cinco minutos, mientras nos daba a probar uno tras otros diversos tipos de drogas. Nosotras nos movíamos por el local como mecidas por la conciencia del pecado y la certeza de su inevitabilidad, hasta que tímidamente empezamos a definir nuestros caminos. 
_ Yo quiero medallones...
_ Me parece que llevo de aquellos...
_ Voy a elegir unos bombones...
Una vez determinado el grado y el tenor de la caída de cada una de nosotras en la tentación descubrimos que la vida de Elda no se agotaba en la venta de delicias y el buen trato con el público. 
_ ¿Vos comés chocolates?- le pregunté.
_ No.- respondió, y nos quedamos todas sorprendidas.- A mí no me gusta el chocolate. Los he probado todos, eso sí, para saber cómo ofrecerlos al público, pero no, no me llaman la atención. 
A partir de ahí empezamos a charlar las dos helvéticas y las seis montevideanas como viejas conocidas. Resulta que Elda a sus 63 años es un ejemplo de vida sana y desbordante energía. Camina 5 km por día, tiene una familia con marido, hijos y nietos para atender, es tan coqueta que se maquilla y se pone tacos aunque sea para cocinar, pesa 54 kilos y tiene una piel espectacular. No para, y no puede parar: siempre está dispuesta a hacer cosas, a moverse, a ir para adelante. La empleada y ella se adoran y parecen divertirse en su trabajo "aunque eso no quiere decir que no tengamos problemas", acota Danis. 
Terminamos entre bromas y fotos, mientras la clienta que acababa de entrar al local esperaba su turno con una leve sonrisa en los labios, como quien no entiende del todo por qué la tienda se convirtió de pronto en living de una casa con siete mujeres riéndose a carcajadas. Salimos felices, y aprovechamos a despedirnos en la puerta de la tienda, porque íbamos en dos autos y nuestros destinos apuntaban a diferentes sitios. Todas coincidimos en que el encuentro con Elda a esta altura del viaje de amigas no había sido casual, ni mucho menos, y cada una se llevó en el corazón el modelo o el fragmento de modelo que más le convenía a sus planes de futuro. 
Y los chocolates. 
Especialmente los chocolates. 

Volvimos al caer la noche, y en plena carretera nos sorprendió la salida gigante y anaranjada de la luna llena. El viaje estaba terminando, entonces. O recién empezaba. 

martes, 17 de octubre de 2017

Preverano en Valizas






Valizas: mediodía. Dejamos atrás La Proa y sus precios astronómicos y nos dirigimos al pueblo a ver qué pinta, pero en octubre no pinta mucho. Terminamos en las monárquicas sillas del Rey de la Milanesa. La mía, de lentejas.
El dueño, cabe señalar, sigue teniendo los ojos verdes más impresionantes del mundo. No mucho más, pero en materia de ojos no le gana nadie. 
_ Hace años no se te veía por aquí- me dice. 
_ Es cierto. Desde que me quedé sin rancho vengo poco- le respondo, y pienso: además no como carne, y si comiera no vendría por tu reinado, pero no digo nada, porque hoy o es el Rey o La Proa, y Diana y yo no vinimos con ganas de pagar 370 por un plato de pescado. 
Un señor muy muy muy gordo nos ofrece rancho. Le decimos que ya tenemos,pero él igual viene hasta nuestra mesa; nos deja su teléfono y un plano de su casa, para otra vez. 
_Yo soy conocido- nos aclara sin que le preguntemos.- Salgo en Tiranos Temblad. Que nada te detenga, esa es mi frase. 
_ Sí, yo te conozco.- le digo. 
Era el Peteca. 
_ ¿Viste que soy famoso?
_ Sí. Te ubico. 
Se va contento, el Peteca. Y nosotras seguimos con las milangas reales.
El pueblo está lleno de gente. La playa parece casi veraniega; hay personas, perros y fósiles por todos lados. Patos negros. Dunas que parecen eternas aunque no lo sean. Ranchos a medio derrumbar.Miles de arañitas corriendo por la arena, y larguísimas telas de araña flotando contra el azul del cielo. Espuma, mucha espuma. Perros buscando alimentadores. Un conocido en la playa con una canasta vendiendo sandwiches integrales, tarta de zanahorias con chocolate, galletas de avena, tentador y delicioso. Pescadores con cañas y redes. Adolescentes en lo alto de la arena. Un flaco se baña al atardecer: cruza el arroyo a nado y después sube corriendo hasta lo alto de la duna; creemos que lo hace solo por presumir. Al costado, una parejita de barbudos hace un castillo de arena. Baja el sol en la tarde de Valizas. Es tiempo de volver al hostel.
En el camino, un amor breve pero intenso con un felino blanco y negro medio petisón, absolutamente querible y llevable, Supongo que tiene dueño; voy a investigar.
A la noche, conocidos en el hostel, en el super, en las calles. Caras que voy de a poco encajando en moldes hace tiempo olvidados. Suena la música en el hostel y en un boliche enfrente: este es un pueblo con solo dos cuadras de acción, y si uno quiere salir esta es LA zona.

De pronto miramos al cielo y ahogamos un grito. Las estrellas se nos vienen encima, y dan ganas de quedarse a la intemperie mirando para arriba, pero igual volvemos a nuestro hogar dulce hogar, donde nos esperan la cerveza, el licor de butiá, las pascualinas y los coquitos del Tío Pato. Y habrá que hacerles los honores.




Domingo de sol en Valizas pre feriado. 
Desayuno (delicioso) en el hostel, donde los perros tienen su propio espectáculo para disfrute de los turistas madrugadores. Cuando llegamos había tres cachorros, que ya fueron regalados. Ahora quedan tres perras adultas (Fabia, Flora, Fiona) y un cachorrito negro de ojos soñadores, que duerme la mayor parte del tiempo en un puff rojo, en el patio. 
Para hoy habíamos previsto ir al Cabo, y como la cosa lleva sus horas bajamos a la playa y cruzamos el arroyo temprano, a eso de las nueve. El botero nos avisó que solo aseguraba el regreso si volvíamos antes de las cinco y media. Después... Bueno, se supone que ellos saben cuánta gente fue y cuánta volvió, y capaz que nos podían esperar, pero su plan era irse cinco y media, y es justo que nos lo avisaran con tiempo. Al parecer el arroyo está bravo estos días, y dos por tres tienen que rescatar gente que arrastran las corrientes del medio. 
El sol estuvo amable pero potente durante toda la mañana, e iniciamos la caminata en medio de una ensenada vacía de humanos y repleta de aves, caracoles y cosas que me pedían a gritos que las llevara a Montevideo. 
El paisaje de las dunas y las orillas resulta impactante, no importa las veces que una lo haya recorrido. No hay foto que lo contenga; hay que estar ahí. 
Entre fotos, fósiles y admiraciones varias de rocas y playas se hizo el mediodía y aún no habíamos encarado la playa del Barco. Yo hacía rato que venía sintiendo una molestia en el pie derecho y la verdad es que a mi tendinitis no le iba a hacer nada bien una marcha de varios kilómetros sobre arena blanda y en pendiente, así que propuse la vuelta por razones etarias. Quiero decir, sanitarias. Y nos volvimos. 
Llegamos de nuevo al pueblo a las dos de la tarde. La Proa, que ayer habíamos abandonado por razones de precios poco valiceros, hoy se nos cruzó en el camino hambriento del regreso, y ahí anclamos. No fue una buena idea: la moza estaba desbordada de gente, había demasiado viento para la terraza abierta frente al mar y los buñuelos de algas estaban encharcados. 
De tarde fui hasta las Malvinas, zona de ranchos caídos, espumas amistosas y caracoles violeta. 
A la vuelta me crucé con Diana y nos fuimos a recorrer el pueblo por la zona del bañado, donde encontramos callejones y pasajes que yo nunca había visto, por una zona tan linda que me dieron ganas de tener un rancho de nuevo en Valizas. 
En cierto momento a mi amiga se le ocurrió ver cómo era un hostel que cruzamos medio se casualidad, y allá fuimos. El dueño resultó ser un cuarentón bastante volado, que nos contó doscientas cosas en diez minutos y reconoció que a los precios los fija según venga la mano con la temporada. 
_ No sé aún las tarifas... Y no acepto reservas. Prefiero mirar a la gente a la cara y ver si la dejo entrar a mi hostel, que es mi casa. Antes aceptaba a cualquiera que me pagara la noche, pero ahora no. Ya no me prostituyo más. 
Dejamos a Mister No Prostituto en su hogar dulce hogar y anduvimos de grandes compras por el pueblo, a saber: una empanada, pasta frola de dulce de leche, tarta de frutas, sandwiche de pan integral, galletitas de avena y canela, cerveza y una tabla de cocina. 
En el hostel, a la vuelta, caímos en las redes de un poderoso hechizo de sueño del cual emergimos cual bellas durmientes unas cuatro horas más tarde. Diana se despertó; yo habría seguido de largo, pero escuché su pregunta de: "¿vamos a ser bichos de nuevo, o nos integramos?" Y sí: había que integrarse. Estuvimos de charla, vino y cerveza hasta la una y pico. Bah, yo no estuve ni de asado ni de vino ni de cerveza: sanita la criatura, y encima vegetariana, pero sociable sí, un poco, de vez en cuando. Linda gente, la del hostel anoche, un rejunte de argentinos y uruguayos, montevideanos y valiceros, nuevos algunos, viejos conocidos, otros. 
Antes de dormir bajamos a la playa a ver si había noctilucas, y había. No fue una noche cargada de luz, pero las olas sí se veían luminosas, y la arena también. Arriba, el cielo estaba mejor que nunca, sin luna ni nubes. Solo la luz del faro del Cabo, con su intermitencia regular como un pulso. El pueblo a las dos ya estaba dormido y silencioso; los agites de octubre suelen ser tempraneros. 
Volvimos al hostel, a reanudar el sueñus interrumptus de la noche. 

La felicidad tiene cara de Valizas.




El domingo de tardecita iba caminando con mi amiga Diana por la calle principal de Valizas cuando vi venir a un flaco en bicicleta y sentí que se me iluminaba el alma. No era un ex ni un futuro ex, era un amigo al que no veía desde hace seis o siete años. Nos saludamos al pasar, charlamos dos minutos, dijimos de vernos más tarde. Yo al rato caí en un sueño de cinco horas y ya no salí del hostel, y quién sabe si él habrá andado en la vuelta. No importa, nada importa: mi amigo es una de esas personas a las que quiero más allá de verlo o no verlo. Cuando voy al pueblo paso por su casa todos los días y nunca llego, porque sé que si se tiene que dar nos vamos a cruzar, y si no queda para la próxima.
Hay pocas personas con las que tengo esa clase de conexión, cuatro o cinco, a lo sumo. Gente a la que dejo de ver por diez años y es como si habláramos a diario. Personas con las que me siento tan a gusto como si las conociera desde hace una eternidad, más allá de si son nuevas o viejas en mi vida, hombres o mujeres, sociables o bichitos. 
Hace unos días pensaba qué rara e inexplicable es la atracción por alguien que nos mueve el piso sin que podamos saber por qué; igual me pasa con algunos de mis amigos: con estos, los eternos episódicos.
Ahora sería bueno que lograra desarrollar una atracción momentánea hacia unos treinta escritos de quinto que me miran en silencio. Ellos saben que la última de las excusas para no encararlos es meterme en una crónica inmotivada y a cuenta de nada (o de casi nada), pero sé que también saben que a continuación los miro, largo un suspiro entre quejoso y resignado, y me entrego. 
Prepárate, Macbeth versión 2DA2: es contigo.

domingo, 1 de octubre de 2017

Octubre 2017





Cae la tarde sobre Montevideo y en mi cooperativa hay un clima de fiesta. Todo el mundo está en la calle, los vecinos charlan en las veredas y se escuchan risas, voces y corridas de niños. 
La tarde de Halloween arrancó con todo a la caída del sol, que fue como el puntapié inicial del partido. Salieron a la cancha jugadores y equipos de todas las ligas. Los ataviados con temática tradicional (brujas, fantasmas, demonios, heridos) y los disfrazados de lo que venga (Batmans, dinosaurios, ángeles, Hombres Araña). Los de disfraces comprados, los elaborados por mamá y los armados a último momento con una tela negra encima del jogging de todos los días. Niños pequeños y preadolescentes. Chicas de 14 maquilladas y con sombreritos onda bruja pero de vestido sexy y escote revelador. Niños solitarios del brazo de su madre y bandas de cinco o seis gurisitos con un par de mujeres. Golpeadores tímidos o derribadores de puertas. Con bolsa calabaza o con bolsa Tienda Inglesa. Con o sin perro. 
Todos, todos, todos los niños del barrio se dan cita en mi cooperativa los 31 de octubre a la caída de la tarde. Llegan a nuestras casas a razón de un grupo cada diez minutos. El barrio está de fiesta.
Saludos desde el 405: me voy a ver un documental sobre el Bosco. ¿Qué me estoy escapando? No... ¿Cómo se les ocurre? Nada que ver. Casualidad. Son ideas de ustedes. Seguro. 

Mal pensados.





“Jamás visto en el ómnibus: soquetes Adidas, soquetes de shopping, con la calidad de las grandes marcas, una oferta que sale al mercado y se agota, señores... En tiendas y comercios del ramo estarían abonando hasta 400$ por tres pares y yo vengo a ofrecerles, a regalarles (escuchen bien) CUATRO pares por 100$!!!”
El vendedor de medias es amable, joven y entusiasta. Su discurso es correcto, convincente. Articula todas las palabras y las dice con naturalidad, no como un speech aprendido y dicho de memoria. Como voy sentada adelante no pude confirmar si vendió algún pack de cuatro pares, pero se lo merece. Cómprenle, ta? Que yo ya tengo soquetes como para llegar al próximo siglo. Cómprenle. Son soquetes de shopping a precios de 103, caramba, ¿qué más se puede esperar? 

Cómprenle.





Eran apenas pasadas las tres de la tarde; el reencuentro de ex alumnos del liceo estaba recién comenzando y aún no habían arrancado las actividades programadas. 
_ Yo no sé adónde tengo que ir- me llegó una voz desde el costado del patio. 
La miré. Era una señora de unos sesenta, o tal vez más, a juzgar por lo que agregó enseguida: 
_ Soy generación 1964, pero no veo el cartel de mi año. 
_ A ver...- empecé a buscar con ella- Mirá, es en el salón 8, acá. 
_ Aaah. ¿Y yo dónde estoy?
La miré de nuevo. Le expliqué que no había fotos de los ex alumnos, que la distribución por salones era por si uno se quería quedar en la vuelta, a ver si justo venía alguno de los de su época y se podían reconocer. 
_ Claro, claro. Gracias. ¿Vos trabajás acá?- me preguntó.
_ Trabajo, pero además soy ex alumna. Hoy estoy cumpliendo los dos roles.
_ Sos profesora... ¿De qué materia?
_ De Literatura.
_ ¡Ay, qué lindo! Yo en el IAVA tuve a Idea Vilariño. Maravillosa, Idea, inolvidable. Hasta hoy recuerdo los versos de Baudelaire que nos enseñó: ¡tuvimos que aprenderlos en francés! 
Rosa, era el nombre de la señora. Nos quedamos de gran charla un buen rato, mientras iban apareciendo caras a nuestro alrededor y el reencuentro comenzaba a moverse. 
_ ¿Así que vos también sos docente, Rosa?
_ Sí, pero estoy jubilada. En el IAVA no trabajé nunca: unas amigas mías sí, dan clases acá hasta ahora... Son mucho más jóvenes que yo, porque yo entré al IPA de grande. Lo que pasa es que soy argentina, y cuando salí del liceo había una ley que decía que para ser presidente y para ser docente tenías que haber nacido en el país. 
_ ¡No te puedo creer!
_ Sí. Años después se flexibilizó el requisito: si uno no era nacido acá pero con padres uruguayos, ahí sí, podía entrar al IPA. Y mis viejos eran uruguayos, así que me anoté y empecé la carrera tarde, como a los treinta. 
_ Bueno, menos mal que la hiciste.
_Sí, menos mal. 
Cortamos la charla y dejamos la continuación para más tarde, porque en el Salón de Actos ya estaba pronto el coro del liceo y no era cuestión de andar haciéndolos esperar. 
Las historias y las miradas estaban cargadas de magia y no es casual que las cosas pasen cuando tienen que pasar, pensé. En el otro patio algunos de mis alumnos de este año preparaban una pancarta. Subí con un nudo en la garganta que solo se fue deshaciendo cuando la energía de las voces de hoy empezaron a sacudir las viejas paredes del liceo de siempre. 
Uno siempre está en el mismo lugar: exactamente donde debe estar. 

Dejé de pensar, y empecé a disfrutar.





El canto de los pájaros bajo el sol de Arbolito se interrumpe de pronto y escucho un sonido raro, como... no sé, como si un gigante hubiera aspirado hondo el aire de mi fondo. Es un sonido único, breve, inmotivado. En el patio las flores y las hormigas no parecen haberlo escuchado, pero la gata para la oreja. Está mirando el platito que le puse con agua limpia esta mañana: hay algo raro en él. Me acerco. Es una babosa diminuta, extraña, de un tipo que nunca antes había visto. Miro por la ventana: el mundo exterior parece seguir su curso normal de sábado de primavera por la mañana. 
Con un esfuerzo heroico oprimo el botón de Stop Netflix y le doy Play a un video de Petinato entrevistando a Lerner, ayer en su programa. Para cosas extrañas tengo un paquete de parciales esperando a ser corregidos, pienso.

Y me pongo a limpiar la cocina.





_ Mari, ¿yo te conté una historia de fantasmas de la laguna? - me dice mi vieja por teléfono.
_ Mmmmh... No, creo que no. 
_ Ah, entonces te voy a contar. El otro día estábamos de gran charla con el hombre que nos alquila la casa y resulta que él dice que un día yendo a Río Branco... ¿Vos viste esa cruz que hay al costadito, contra el alambrado? Bueno, parece que ahí hubo un accidente en el que murió un muchacho. Pues el vecino iba cerca cuando sintió que no podía avanzar, que una fuerza lo tiraba como para atrás y tuvo que bajarse de la bicicleta. No podía seguir, se quedó como sin fuerzas. Se subió de nuevo a la bici, empezó a andar y otra vez, sintió como que lo tiraban para atrás y tuvo que dar vuelta. Cuando volvió para la casa anduvo de lo más normal, es decir, que a él no le pasaba nada, era solo que el lugar tenía como una fuerza, algo raro, qué sé yo...
_ Eh... ¿y no será que tu vecino inventa cosas?
_ No, no sé, pero no creo. Nosotros con el Cele también vimos algo ahí. Íbamos en el auto para Río Branco hace un par de semanas y de repente en la tumba, había un niño parado, quieto, de espaldas a la carretera, mirando la cruz. Un niño chiquito, como de seis años. Yo le dije al Cele de parar y ver qué hacía esa criatura ahí solita, pero el Cele no me hizo caso y siguió de largo. ¿Eh? ¿Qué decís, Cele?
Se escucha la voz de mi viejo, que se ve que le agrega algo que yo no logro entender. Mi madre se olvida de que estoy al otro lado del teléfono y sigue con él:
_ ¡Ah, sí, seguro que el padre iba a estar por ahí cerca, orinando en el campo! ¿Pero vos estás loco? Si ahí no hay ni árboles, dónde iba a estar el hombre que no lo viéramos. No. Ese niño estaba solo, y a la vuelta no lo vimos. Yo vine mirando, y no estaba.
_ ¿Y vos que creés que era?- interrumpo, para que se acuerde de que sigo de este lado.
_ Yo no sé, pero justo ahí, en la tumba, y de espaldas a la carretera... Es muy raro. Y no es cosa mía, ¿eh? El Cele lo vio también, era de mañana tempano pero estaba claro. 
_ Bueno. Por ahora no andes asustándote, y si otro día lo ves, parás y le preguntás al gurí qué anda haciendo. 
_ Raro que lo vea de nuevo. Para mí fue solo esa vez. 
_ Puede ser. Bueno, te dejo. Tené cuidado con las yaras, ¿eh?
_ Sí, no te preocupes, andan lejos. Por casa no llegan. 
_ Si andan por la escuela y la comisaría es evidente que hasta tu casa llegan. Vos tené cuidado. Beso a los dos. 
_ Chau, Mari, saludos de tu papá, un beso. Que andes bien. Y no te preocupes, que donde hay gatos las víboras no se arriman.
_ Vos cuidate. 

_ Bueno.




Llueve a baldes. El viento estuvo a punto de destrozar el ya de por sí endeble paraguas que por suerte había guardado a último momento en la mochila antes de salir de casa esta mañana. Los championes veraniegos se mantuvieron secos hasta que bajé del bus, y ahí sí entre correntada y charcos varios se fueron convirtiendo en oscuras canoítas que avanzaban sonoramente por las calles de la cooperativa (porque las veredas son de pedazos de mármol y cuando llueve se hacen resbalosas, especialmente los tramos de color negro). Chlop chlop chlop.
Al fin llegué a mi puerta y me puse a buscar la llave, ya bajo el techito de la entrada, pero no estaba sola: la perra vagabunda, la Innominada 2, llegó conmigo. Ensopada, en un estado lamentable, pobre, pero contenta de verme y muerta de hambre. Entramos las dos chorreando agua al living. Yo me saqué los championes y medias. Ella se sacudió unos dos litros de agua encima de mis muebles y después se revolcó en la alfombra de tiras de cuero, que ahora apesta. 
Le di doble ración de comida, mientras me ponía una calza y sandalias. ¿Qué haría con ella? De alguna manera ha vivido en la calle desde el verano pasado, pensé, seguro que algún vecino la entra cuando llueve, así que puse mi mejor tono de alegría y le dije: 
_ ¡Bueno! ¡Nos vamooos!
Y la saqué al frente. 
A los cinco minutos estaba golpeándome la puerta. No sé cómo hace, si le pega con la pata o qué, pero se hace oír. Abrí. Me miró con cara de ángel ensopado. La entré. 
Le armé una cama en el galpón, que no se llueve, y ahí se quedó. 
Desde entonces tenemos una rutina: cada tres minutos me golpea una puerta, pasa por mi casa, la saco por la otra, luego golpea esa puerta y todo vuelve a recomenzar. Ya sé que quiere quedarse conmigo, pero olvídenlo: no, ni ahí, ni de casualidad.
Viernes mojado y con olor a perro.

¿Cuándo para de llover?




Viernes de lluvia. 
Viernes complicado. 
Viernes cansado. 
Viernes de pies mojados. 
Cómo será la cosa que acabo de subir al 103 y pedirle al chofer un boleto de una hora y media.

Cerrá y vamos.




Subo al 100 en la parada del Solís y me siento junto a una ventanilla. Privilegios del que lo toma al inicio del recorrido, pienso, pero mi posesión de espacio propio no dura mucho: en la primera parada de 18 se sienta a mi lado una persona vestida de negro, con portafolios y lentes oscuros. Una mujer. 
Apenas se instala me lanza una larga mirada inquisitiva que yo interpreté como silencioso pedido para que me aplastara contra el vidrio dejándole más lugar, pero no le hice caso. Mi anatomía no iba más allá de los magros límites del asiento de bus chino, con espacios pensados para niños o adolescentes flaquitos. 
A propósito de adolescentes, enseguida subieron al ómnibus tres varones y dos chicas con evidentes ganas de armar revuelo, y se pusieron a hablar a los gritos, a silbar y gritarle cosas a los transeúntes de 18 al mediodía. 
Novatos, me dije, novatos ellos de pie en el pasillo y novata la mujer a mi lado. Ajenos por diferentes motivos a los espacios y las convenciones del usuario de bus en la capital. 
_ Perdón- escucho de pronto. 
Miro. Era Lady 100: 
_ ¿Te molestaría abrir un poco la ventanilla?
_ No hay problema- respondí abriéndola.
_ Ah, gracias. Es que acá hay un olorete que...
Creo que su intención era seguir conversando, pero mi seco “mjm” la desanimó. Menos mal que me bañé antes de salir y no había caminado más que tres cuadras: seguro que la persona del olorete no era yo, al menos.
Mientras tanto los péndex seguían de fiesta y relajo, ahora sobre el fondo del vehículo. Al pasar por el túnel hubo veinte segundos de oscuridad, que ellos aprovecharon para pegar un par de gritos jugando, como si estuvieran asustados.
_ Pero... ¿Por qué el chofer no prende la luz?- me llega el tono molesto de la voz de la mujer al costado. 
No respondí. 
El resto del viaje lo realizamos en silencio, rodeadas por las voces y risas de los gurises, la cumbia del chofer y la tos irredimible de alguien en el asiento de atrás, a medio metro de nuestros organismos (preparados para el ataque fulminante de algún bacilo de bus). Cada vez que sonaba un “cof” Lady 100 movía un dedito nervioso, hasta que al llegar a Propios se bajó, dando por finalizada su odisea ciudadana. 
Yo acabo de hacer lo propio en mi cooperativa, mientras que los gurises gritones siguen el viaje hacia el interior profundo de Montevideo. 
Quien quiera conocer la peor cara de la ciudad puede darse una ida y una vuelta en el 100 Aparicio Saravia. El trayecto Ciudad Vieja - Curva de Maroñas no es más que un anticipo, más allá del relato horrorizado que seguramente mi ex compañera de asiento le hará a alguien durante la merienda, hoy, en alguna confitería del Centro o de Pocitos. 

Ojalá que los gurises gritones sigan encontrando razones para reírse, le pese a quien le pese. Ojalá.




"Estimada Directora: 
Quiero dejar constancia de haber salido hoy de mi casa en tiempo y forma con rumbo al IAVA. Si no llego en hora será que he caído en un agujero de dimensión desconocida, que no me explico. 
Tampoco entiendo el olor a perro o los pelos grises en mi remera negra. Este es un mundo lleno de misterios. Por suerte. 

Saludos."





El 103 Semidirecto parece ser una tentación irresistible, porque viene lleno a reventar esta mañana. 
A mi lado viene sentado un hombre joven muy muy desprolijo; lleva en brazos a una nena limpita que quiere upa pese a que él nunca deja de abrazarla. Cuando se baja el señor no pide permiso, solamente se para y arremete como si yo no estuviera. 
Parada al costado, una joven regordeta toda vestida de negro y con las uñas rojas. Se mueve. Se mueve todo el tiempo, pero no es una enfermedad y tampoco está bailando, más bien es como un temblor nervioso, como le pasa a esa gente que sacude la patita de continuo, solo que ella se mueve de pies a cabeza. 
Enfrente una mujer sumamente pobre abre su cartera y busca alguna cosa durante largos minutos. La veterana de ojos azules, pelo blanco y bastón que tiene al lado clava los ojos y chusmea sin el menor prurito todo lo que contiene, hasta que percibe que la estoy mirando, desvía la vista y se hace la disimulada. 
Sigue subiendo gente y más gente. ¡Pasando al fondo que hay lugar! 
De pronto algo sucede: la péndex movediza casi se me viene encima, y tanto ella como una treintañera a su lado lanzan sendas exclamaciones quejosas. No es nada, señores, solo una pareja de viejitos que quiere bajar por adelante y atropella ciegamente todo lo que se interponga en su camino. 
El 103 Semidirecto parece ser una tentación irresistible esta mañana. 

Para la próxima espero un COPSA.




Una sabe que está curada de todo espanto cuando en medio del almuerzo en lo de los chinos ve pasar junto a su plato a una araña patona de unos 4 cm de diámetro (con todo y patas) y en vez de asustarse (o, mínimamente, sorprenderse) una prende el teléfono y como si fuese la cosa más natural del mundo trata de registrar el acontecimiento. 

Que la susodicha no haya salido en la foto no deja de ser un mero detalle; la gran pregunta es de dónde habría venido, pero es una duda con la que puedo convivir, por ahora, o al menos eso creo.




Foto de búho. Noticia sobre libros. Fotos de bicho peludo colorido, de gato, de foca bebé. Noticia sobre fotografía. Noticia y foto de un ammonites espectacular. 

Acabo de descubrir la sección "Explorar" de facebook: esta gente me conoce. Ya lo sabía, pero nunca deja de sorprenderme. Solo les falta meter fotos de Valizas y crónicas de 103; se ve que no han encontrado.





El ómnibus viene lleno casi hasta la puerta. Acodado al pasamano, charlando con el chofer, el Gaucho. El de bigote onda Charly, ese. 
_ ...Y ayer había una convención de la juventud del Partido Colorado. ¡Yo meto más gente! Unas cien personas, había. Al final estaba Ágata*, y viste cómo es, la gente de la parada se arrimaba a bailar con Ágata. Bailaban con el Partido Colorado, y el Partido Colorado nos hizo bailar a todos! Pero la gente se olvida...
Mirá vos, pienso. El gaucho de bus a partir de hoy se merece que lo deteste un poquito menos. Y dejo de escuchar la conversación, que acaba de quedar un lugar libre y las pasajeras de 103 nunca rechazamos un asiento. Con su permiso.

* O algo parecido




1. La subida
_ Disculpe... ¿Este me deja en el CASMU?
_ No, señora. Este es un 405. Pero si quiere lo puede tomar hasta 8 de octubre y ahí combina con otro.
2. Dos paradas después
_ Pero a mí me parece que yo me tomaba este para ir al CASMU...
_ No, señora. Usted tal vez se tomaba otro rojo, un 404, que sí pasa por ahí.
3. A los dos minutos
_ No sé dónde bajarme. ¿Usted me avisa?
_ Sí, señora, quédese tranquila que yo le aviso.
4. En Avenida Italia y Comercio. 
_ ¡Comercio!
_ ¿Acá me bajo?
_ No, señora. Ya le dije que yo le aviso. 
_ Gracias. Es que tengo mi marido internado y estoy nerviosa.
_ No se preocupe, señora.
5. Dos paradas antes de 8 de octubre
_ ¿Acá bajo yo? 
_ No señora.
_ Ah...
_ Señora, usted está muy ansiosa. Yo le aviso.
6. Al salir a 8 de octubre
_ Señora, es en la próxima. No se olvide de cruzar la calle, que usted va para el otro lado. 
_ Gracias.
¿Qué edad tenía la señora? Unos 30, y no parecía del interior. Cómo va a ubicar la habitación del marido en el CASMU, me pregunto. Pobre señora. Pobre marido. Bien el guarda.

Y sigo viaje hacia mi casa, mientras afuera el día se va soleando de a poquito, de a poquito. 




Una sale de remera y pollerita, en modo primaveral, y cuando sube al 103 se ubica del lado del sol para que colabore con la tarea de secado de rulos. Ella viene de pantalón y varias capas de buzos, se instala en el pasillo y lo primero que hace es abrir la ventanilla, acalorada, para que entre feliz e imparable el viento de la mañana. Los rulos inician labores de despegue. Una se corre hacia el fondo. Ella se baja a las dos paradas. Una la odia en silencio. 
Historias de bus en octubre, estimados. 

Pasando al fondo que hay lugar (y acaba de quedar un asiento vacío).




Infancia: películas lacrimógenas, de muchachitas buenas en manos de redomados bellacos, de Lassie mirándote con sus ojos enormes y a prueba de pruebas, de niños perdidos en medio del bosque. expuestos a los osos malos, el hambre y la nieve.
Juventud: se acabó, no miro más una p... película idiota de esas, si al final todos sabemos cómo terminan y son todas TAN previsibles!
Post juventud (ejem): videítos de un minuto o dos donde el perro agotado lucha para no ahogarse, mamá gata defiende a sus cachorros de un depredador o seres humanos enfrentan toda clase de peligros para salvar a un indefenso de cualquier especie.
Ya no se puede viajar en paz en el ómnibus. 
Dígale NO al video que arranca solo.

Grupo de autoayuda para el adicto de 103... ¿alguien conoce? ¡Gracias!




Buena terminación de puño.
Flojito.
De algodón.
Soquete bueno. 
Se adapta a todo tamaño del pie. 
Azul negro y gris.
Soquetitos de verdad.
Para hacer una buena compra hay que llevar calidad.
Buen zoquete.
Paga-lleva porque es bueno su resultado.
Ni uno, ni dos, ni tres ni cuatro. Tampoco cinco. Le doy los seis pares por cien pesos.

El señor estuvo tres paradas pregonando su mercadería, orgulloso, seguro de lo que ofrecía. Las personas con vocación para la venta la ejercen con alegría, más allá del contexto; lástima que por registrar lo que decía no le compré ni un soquete. Mal yo.




Suena Shadow dancing en el 105 de las ocho y media de la mañana... creo que he caído en un túnel del tiempo. Lo peor es que en mi cabeza aparece la imagen de Andy Gibb, pero las voces suenan a Bee Gees. El túnel del tiempo se oscurece, por momentos, y no puedo menos que pensar qué sería de nosotros si nos quedáramos sin la tutela de San Google, señor de los desmemoriados y de los momentáneamente confundidos.





Me niego a publicar fotos de bichos muertos, pero tengo que contarlo al menos: en Lago Merín (donde viven mis viejos) mataron ayer tres yaras ENORMES, como de metro y medio. Gruesas como... como un frasco de miel de un kilo, mirá lo que te digo. Increíble, y eso no es lo peor: lo peor es que una fue encontrada en la comisaría y dos en la escuela. En la laguna anda todo el mundo con los pelos de punta, y no es para menos. Ojalá en la policlínica se pongan las pilas con el suero antiofídico, por las dudas. Y que no pase nada. 
Crucemos los dedos.

Om.




Salgo del CES: la calle de mi parada está cortada y el sr. policía no me sabe explicar bien por dónde pasan ahora los buses, así que camino hasta 18. 
Delante de mí va una madre joven con dos niños de la mano. 
_ ¿Mamá, dónde para ahora el ómnibus?- resopla la nena, de uniforme escolar. La madre responde: 
_ Allá, Sofi, a dos cuadras. Dejá de comportarte como una vieja: ¡tenés seis años, Sofi! 
Y siguen los tres caminando bajo la amable tarde de octubre. 

Listo. Voy a fundar el club de fans de la madre.





Cosas que parece que dije de Macbeth y el teatro isabelino:
* La entrada para el teatro era laica.
* Del tercer piso se colgaban las gentes.
* La gente normal hacía representaciones religiosas.
* El hombre más pequeño representaba la parte femenina.
* Macbeth , a quien mata por primera vez, es a Becoon, y lo hace porque su mujer lo incentiva, porque cree que será su competencia, entonces lo convence.
* Es en este caso que las mujeres hacen su aparición, pero no como mujeres ya adultas, sino como adolescentes. 
* Macbeth luego de matar al rey comienza a agonizar.
* El teatro más representado era el dramático.
* Se representaba en las iglesias o lugares religiosos. 
* Luego de esta época el teatro se separó del Estado y de la Iglesia. 
* El 3 es un número nocrabulítico.
* En el teatro isabelino los vestuarios eran muy sinuosos. 
* Los temas de la misa eran religiosos.
* Se veía mal que las mujeres actuaran según la Iglesia Angelicana.
* El palco donde estaba el público era imperativo.

* Como antecedentes del teatro isabelino podemos decir que el teatro nace en Grecia y que la armada invencible fue destruida por una tormenta.




Cuarto año 2, esta mañana. Primera aproximación a Lazarillo.
_ ¿Hoy hay alguien que se ocupe de los niños en situación de calle? ¿O de los que trabajan? Antes era muy común ver niños vendiendo caramelos en los ómnibus; ahora ya no, porque el trabajo infantil está prohibido. 
Una mano se levanta desde el costado de la clase. 
_ ¿Cómo que no hay niños en los ómnibus, profe? ¡En los míos siempre hay!
_ Eeeh... Yo viajo en ómnibus todos los días y alguno he visto, pero muy rara vez... uno cada dos meses, capaz...
_ ¡Yo viajo en el 100 y 103 , y en esos hay montones de gurises vendiendo!
_¿Eh? ¡Yo también viajo en esos ómnibus, y no los veo!
_ Yo todos los días...
_ Parece que estamos viviendo en realidades paralelas...
_ Yo qué sé...
Ahí toco el timbre, y me fui a poner el escrito a los Artísticos. Sigo pensando en lo de las realidades paralelas. Cada uno ve lo que quiere, o lo que puede.
Vuelvo a casa en un 110, oyendo a una péndex a mis espaldas enviar uno tras otro cuatro o cinco mensajes de voz. La mitad, en francés. La otra mitad en algo que me suena como a ruso, pero no estoy segura.
El mundo de la línea A de Cutcsa da para todo, para el plurilingüismo, las realidades paralelas y hasta para el Morucho Rapero, que en estos días anda prometiendo un nuevo tema para la semana que viene, uy, dio.
¡Mirándome a mí!

¡Bieeeen!




"¿Ex novio obsesivo? Su signo te lo explica", nos dice M de Mujer, amigas, y luego nos plantea cuáles son los signos que peor toman las rupturas amorosas, de mayor a menor gravedad. 
Entre otras cosas. nos enteramos de que los de Escorpio "Son personas pasionales con un carácter muy fuerte. Cuando los dejan no lo toman de buena manera y tienden a sacar su lado más oscuro. Puede que lleguen al nivel del acoso llamando y mensajeando cada hora para saber lo que ocurre y qué puede hacer para volver a tenerte a su lado. No te sorprendas si te ganás un stalker cuando se separen".
Digo yo... ¿esto no es naturalizar el control y la violencia simbólica?
Sí, ya sé que a todo el mundo lo único que le interesa a esta hora es el partido. En verdad puse la página de El País para irme enterando de cómo va la cosa en el estadio de vez en cuando, pero esto es un mamarracho tan grosso que no pude pasarlo por alto.
Saludos de Aries. 
Parece que somos los menos violentos y obsesivos de todos.

Pucha, digo...




Martes de aprender cosas nuevas, áura que dice, este martes de corregir escritos, vio.
Parece que las brujas esperaban a Macbeth en un bar, o en un tambo, según a quién le preguntes. Cosas de Shakespeare, que escribió durante la presidencia de Isabel y se inspiró en un tal Helped, autor de unas crónicas sobre Inglaterra, Escocia e Indonesia. Las obras de este Shakespeare eran románticas y eróticas, propias de los siglos XVI y XVII A.C, el período en que se acaba el papado. 
Volviendo a Macbeth, parece que no tenía ningún tipo de apuro, él solo quería dejar que todo transcurriera con normalidad, pero su esposa (una tal Lady) lo fue empujando a la ambición. Ah, me olvidaba: las brujas se separan cuando son llamadas por sus adoratrices. Pobres brujas, parece que tienen mala salud, o al menos eso es lo que dicen que Banquo dice.

Guardo el quinto Biológico 2 corregido en una carpeta y tomo el mazo de los escritos del Artístico 1 medio con miedo de lo que pueda llegar a encontrar, pero no tengo más remedio que encarar, y sigo corrigiendo.





La señora tiene más de ochenta. Prolijita, pelo blanco, anillos y caravanas. 
_ ¿Para en Yaguarón? Voy a subir solo por una parada. - aclara- Quiero ir a la iglesia pero la del Cordón está cerrada y todas las que abren quedan en el Buceo. 
La señora hace el trayecto parada en el escalón, y el chofer no le cobra boleto. Cuando se baja le dice:
_ Muchas gracias. Que dios te bendiga. Te desearía que dios te dé una linda novia pero ahora que te miro bien ya tenés pinta de tener una. Por la edad, digo. 

Y se baja.





¡Cómo me molestan los guardas que te tapan la pantalla de la máquina hasta que aparece el consabido cartel de "1 hora"! Parece como si asumieran que una va a ser una atropellada con poca experiencia en estas lides, pero en verdad todos sabemos que no es eso: es que esa pantalla es su sitio de poder y ellos te dan el acceso a su templo levantando la manito en el momento adecuado. A ver si puedes hacer al menos esto bien, oh, tú, torpe pasajero. Peor aún si a cada persona que pide boleto el señor le aclara que "vamos hasta Luis Alberto de Herrera". Ya sé hasta dónde vamos, señor guarda, está en el destino del coche, vio.

La queja inconducente por insignificancias: patrimonio nacional.




Mi viaje al Uruguay profundo, a la pura entraña de la patria, a las raíces mismas del ser nacional. Vulgo: mi viaje a Sauce.
El recorrido de ida en el 6R6 de Casanova fue movido y sardinoso. El chofer resultó ser un tipo de lo más simpático y amable, los pasajeros pese a ir apelotonados mantuvieron en todo momento el buen humor, y la solidaridad fue la tónica con que se trató a cada persona que bajaba cargada de bolsos o preguntaba por una dirección incierta. 
Se me había metido en la cabeza conocer a la gente que hizo las excavaciones en el arroyo del Vizcaíno y el sábado de patrimonio me ofreció la excusa perfecta. Ellos estaban recibiendo público y explicando su tarea y sus hallazgos hoy por la tarde, de manera que allá fui. 
En el camino sentí que iba pasando por diversas etapas de mi memoria. La escuela 55, donde hice los seis años, la calle Instrucciones, donde viví hasta los 18 meses, las quintas cerca de Toledo Chico, donde vive o vivía mi primer amor. 
Mucha pobreza, una pobreza con ribetes de sordidez y ley de la selva, sobre todo hasta dejar Montevideo. Después empezaron a aparecer vacas, ovejas, corderitos, caballos, alguna cañada, bosques, viveros y ciruelos en flor. 
Bajé en plena plaza del pueblo y el chofer me dijo dónde tomar el bus de la vuelta. En el lugar se estaba preparando una movida musical, la gente acomodaba cables, parlantes, equipos, porque a las seis y media tocaba el Alemán.
Costó encontrar la calle Canelones, pese a que era a una cuadra de la plaza, porqué los saucenses no conocen el concepto de carteles con nombres en las esquinas y cuando una les pregunta se quedan pensando, medio bloqueados, pero al final vi una banderita patrimoniosa (la única de todo el pueblo) y allá fui. 
Obviamente el tema de la Megafauna no llama la atención por estos lados, porque en la media hora o más que estuve en el local de exposición no entró ni un visitante, es decir que tenía todos los huesos y los paleontólogos para mí sola, la la la la! Millonaria en Sauce, qué más puedo pedir? Me presentaron al pope (Fariña), al estanciero en cuyo campo se encontraron los huesos (no me acuerdo del nombre... Rossi, capaz, o Risso), y me quedé de charla con cuatro paleontólogos cuatro. Me mostraron videos, fotos, unos fémures de perezoso que ya quisiera tener en mi mesita de luz (salvo por el detalle de que medían como medio metro, en fin), otros huesotes y algunos fósiles impresos en 3D. Me explicaron cómo fue el proceso, las complicaciones, los hallazgos, todo. Salí pipona de información, y ya de paso los conminé a contarme y compartir fotos de sus visitas a liceos públicos, para compartir en las redes. Ah, porque una es lo que tiene, vio. Trabaja hasta cuando se divierte. 
Volví a la plaza, recorrí un museo de Artigas y recibí una charla sobre el pueblo y su primera biblioteca. Parece que la directiva de la biblio era un puesto tan codiciado que en cierto momento hubo elecciones y votaron casi 900 de los dos mil y pico de sauceños. Andá llevando. 
Y aquí voy de vuelta, en un ómnibus amarillo casi vacío. Por suerte cuando juega Peñarol ponen un servicio especial directo al estadio, o sea que mi bus va tranquilo y silencioso en su camino a la capital. 
Ese fue mi viaje al Sauce. 

Breve pero intenso.





Iba ensimismada en el ómnibus que me trae desde Sauce cuando escuché un grito del chofer: 
_ Señora, ¿usted para dónde va?
Era conmigo. Solo quedábamos dos pasajeros, y la pregunta era conmigo. Mantuvimos un diálogo de asiento a espejo retrovisor:
_ Voy hacia Casciari- pensé decir, pero en lugar de eso dije:
_ Para la Intendencia, ¿por?
_ Ah, porque así cortamos camino, que el muchacho (por el otro) va a ver el partido y ya está llegando tarde. 
Y se metió por cualquier calle, y en cinco minutos me avisó que ya estábamos en Ejido, mientras yo escribía esta crónica sin mirar por dónde íbamos.
_ Ya estamos en Ejido. La vi muy ensimismada, por eso le digo...
Montevideo. Lo bueno y lo malo, lo imprevisible y lo esperable resumido en una sola palabra: Montevideo.





1
_ Mire que no le va a llegar el recibo a su casa. Pague antes.
_ Ojo que si no paga le cortamos el servicio.
_ Páguenos. Páguenos cuanto antes, ¿oyó?
_ Le quedan tres días. 
_ La vamos a bloquear, mire que ya le avisamos...
2
Usted no tiene conexión a internet. Teléfono sin servicio.
(Uy... ¿Y ahora? ¿Por qué no tengo línea?)
3
_ Hola, señor Abitab, buenos días. Vine a pagar el celular. 
_ Bien, pero el servicio no se restablece de inmediato. Va a demorar 48 horas.
Y esa, estimados, es la razón por la que estoy sin teléfono por ahora.
Moraleja
No debo olvidar pagar el teléfono.
No debo olvidar pagar el teléfono.

No debo olvidar pagar el teléfono.





Mañana de Café Concert en cuarto 2. 
La practicante Irina organizó un módulo diferente para el cierre de su unidad. En la primera hora, merienda compartida con té y café, mientras los alumnos leían textos de Lorca que les gustaron especialmente. En la segunda, poemas del autor musicalizados por Irina y una invitada. A esta parte no llegué, porque tenía el tribunal de otra practicante, que trabajó muy bien Walking Around en un sexto de Medicina. 

Mañana de sol en el IAVA. Solo nos preocupan dos torcazas que parecen haberse caído de su nido con el viento; están juntitas, bajo un arbusto del patio. No sabemos si la madre andará en la vuelta, pero al menos tenemos claro que ninguno de los alumnos les va a hacer daño por más plaga nacional que sean las palomas. Que acá lo que sobra es humanidad, por suerte.





Hoy fue un día en que muchas cosas me salieron mal. Pequeñeces, nada dramático, pero una atrás de la otra.
De mañana llegué tarde a la ATD del 58. Me fui a ubicar discretamente a un costadito pero no pude pasar desapercibida, porque mis ex compañeros empezaron a saludarme con tanto afecto que por un par de minutos se paralizó la asamblea al grito de "siempre se vuelve al primer amor", "lo que pasa es que vive a unas cuadras", "bienvenida!". Los nuevos deben haberme odiado. Y sí, le quedó claro a todo el mundo: llegué tarde. 😱
Después, al mediodía, hice cualquiera con el celular. Le erré de destinatarios, mandé mensajes a quienes no iban, escribí cosas indescifrables y parece que hasta mandé un audio a mis amigas, aunque yo ni noticias tengo de haberlo hecho.
Ya a la tarde un amague de hambre hizo que me tirara hasta la panadería al lado del CES a comprar tarta de manzana. Rica la tarta. Muy rica. Rica, muy rica y chorreante. Tenía un almíbar que no sé cómo tomó posesión de mi pantalón, el piso bajo mi escritorio y hasta el pasillo que lleva al tacho de basura de la cocina, porque la bandeja cuando fui a tirarla fue dejando un reguero digno de Hansel y Gretel. Todo almibarado. Un calor de locos y yo con las piernas del vaquero pegajosas de tarta de manzana, iupi.
A la noche estuve charlando con dios, bajo la forma de Sergio Blanco.
Hoy fue un día espectacular: Sergio Blanco mata todas las pequeñeces de la jornada. ¡Y tengo Tebas Land para leer!

Hoy la tierra y los cielos me sonríen. Etc.





Mañana de martes. Estoy trabajando en las redes cuando una pregunta me surge de repente: 
_ Che... ¿el IAVA no tendrá twitter?
Pongo en el buscador y sí, ahí está. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¡Claro que lo tiene! Raro que la directora nunca lo mencionara, pero capaz que fui yo que no lo registré... 
Entro a IAVA (@iava): todo en inglés, como corresponde a la página de Iraq and Afghanistan Veterans of America.
Salgo rauda y veloz. 

No pienso seguir al IAVA en twitter, por ahora. 





Cuando yo era chica las familias dejaban la plata de la leche junto a los envases vacíos del día anterior al lado de la puerta o del contador, al alcance de cualquiera. Los vendedores ambulantes iban por los barrios y en cada hogar entregaban por veinte minutos una bolsa con quince o veinte productos que luego pasaban a recoger, como para que las personas se dejaran tentar y terminaran comprándoles algo. Algunas de mis tías vendían cosas en cuotas sin tarjeta ni papeles, y en el almacén del barrio podías comprar un chocolondo aunque no te diera la plata, porque con la cuenta a lápiz del almacenero alcanzaba y sobraba para dejar constancia de la deuda. 
Hoy nada de eso existe, pero seguimos repartiendo ingenuidades por el mundo. 
Aún creemos lo que nos dicen las noticias, compartimos fotos que escrachan a supuestos delincuentes sin comprobar la fuente o aceptamos como amigos virtuales a personas que ni siquiera sabemos si existen. De buena fe compartimos fotos de bichos perdidos que ya han regresado a sus hogares o de documentos que hace días se han reencontrado con sus destinatarios. Damos por válidas fotos de tornados uruguayos que en realidad son de lejanos países, o nos creemos las perfecciones de modelos que son más o menos como cualquier persona linda de la calle más una buena dosis de retoques virtuales. 
Seguimos confiando en el otro, al menos en ciertos niveles. 
En lo que a la pantalla de la computadora se refiere somos como los gurises chicos. Nos hacemos amigos en cinco minutos, o menos; todo está en que el otro nos diga más o menos disimuladamente que coincide con nosotros.
Yo no creo que seamos mala gente, ni dormidos, ni despistados, pero sí un poquito crédulos, a veces, al menos por estos lares. 
Por ejemplo, tal vez ustedes creyeran que esta reflexión iba a llevarlos a alguna parte y ya ven, no sucedió nada, salvo que yo mientras la escribía me entretuve en el 103 y logré dejar de escuchar por unos minutos a Petinatti en la radio del chofer. Solo por unos minutos. 
Y ahora, con su permiso: bajo en la próxima.




La vecina demandante llora dos por tres ante mi puerta. Siempre lo hace temprano, los días que entro a primera y me levanto a las seis de la mañana. Apenas comienzo a bajar la escalera arranca ella un concierto de maullidos que de ninguna manera puede uno confundirse y creer que es un pedido: es una orden. Cuando abro la puerta se retuerce y pide mimos, pero yo a esa hora no estoy para demorarme en la vereda. La entro medio a prepo: la vecina no pasa del rellano de la escalera y desde ahí pacientemente pruebo a invitarla con diferentes opciones del menú, pero nada, nada, nada le gusta. Ni ración, ni comida de gatos de sobrecito, ni atún, ni queso: no he logrado adivinar qué es lo que come la criatura. Al fin cada día le hago unos mimos y la dejo en el umbral, desde donde a veces me sigue media cuadra, dependiendo de si llueve o hace frío. 

La vecina demandante es como yo a los catorce: insoportable. Pero linda. 




Bajamos del 103 al caer la tarde. Ella es altísima y flaquísima, siempre seria, con pinta de tranquila, unos años mayor que yo (quizá cinco, quizá diez, no logro determinarlo). Sé que vive sola, cerca de mi casa, y no mucho más. Nunca habíamos cruzado más que un hola distraído por las calles de la cooperativa, pero hoy nos pusimos a charlar a raíz de una observación casual de su parte: cada vez hay más perros abandonados en este barrio. 
_ Vos te quedaste con uno de los que tuvo aquella pobre que anduvo meses por la cooperativa, ¿no?- me preguntó..
_ No, no: los di todos. Uno a una amiga y el otro a Cristina, tu vecina. 
_ ¡Ah, sí! Ya me acuerdo. 
_ ¡El de mi amiga es fatal!
_ El de Cristina también: rompe, muerde, no para quieto un segundo... ¿Vos no tenés bichos, entonces?
_ No, no. 
_ Yo sí tengo uno, un perro muy viejito: 19 años, tiene. Ya no destroza las cosas, pobre, pero se le ha dado por robarme comida de la mesa,que antes nunca hacía. La otra noche yo me había calentado unos chorizos al vino blanco que habían quedado del mediodía, los puse en el plato, subí al baño y cuando volví solo vi la piolita. Come todo lo que encuentra, husmea por todos lados, pero yo entiendo que son cosas de la edad y casi no lo rezongo. Otro día había dejado un ondil arriba del sillón y se lo comió también. 
(un ondil... ¿qué diablos es un ondil?)
_ Después durmió despatarrado hasta el otro día. Por suerte no le pasó nada más. 
(ah... debe ser un ansiolítico...)
_ Lo que pasa es que yo tengo que tomar medicamentos. El psiquiatra me dice que no los deje. Igual voy a tener que consultar de nuevo en estos días, porque no puedo dormir de dolor. Siento como una plancha de hierro sobre el pecho que no me deja respirar.
_ ¿Angustia?
_ Sí, es eso. Angustia. Una angustia horrible. No puedo más. Bueno, chau, nos vemos. 
_ Chau, que mejores...
Nos separamos bajo las últimas luces del día, y arrancamos cada una para su casa silenciosa. Durante dos cuadras y cinco minutos conversamos como si nos conociéramos de toda la vida, pero entre nosotras no había habido una pared derribada sino una ventana corrediza que se dejó abrir por un ratito, mientras cada una buscaba sus llaves en el bolsillo y se preguntaba cómo iba a ser la noche, que se nos venía encima.