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viernes, 16 de febrero de 2018

La estancia de Don Pepe






Una vez, hace casi cuarenta años, fui a una estancia. 
Era un 16 de febrero; mis viejos, mi tío Valmar y yo estábamos de charla a la caída de la tarde, mientras el Toby se ocupaba de patrullar los alrededores del campamento para asegurar que no hubiera ninguna amenaza dando vueltas por el monte. La estancia de Don Pepe era la más linda y la menos peligrosa de todas las estancias del mundo, pero nuestro perro cumplía su misión de defensa de la manada a conciencia, como correspondía a su rol en el grupo.
De repente, un ladrido. Se acercaba un caballo con jinete, que saludó con el sombrero y desmontó en silencio. Era el dueño de la estancia. Nos miramos, sorprendidos. Ahí mismito vimos que no era una la persona que llegaba, sino dos. Mi viejo ya se estaba levantando para recibir a las visitas cuando le vio la cara al otro y ahogó una exclamación que no presagiaba nada bueno:
_ ¡El Negro!
_ Buenas- dijo el aludido, y descendió del caballo. Mi tío Valmar también quedó conmocionado al ver al vecino y amigo de toda la vida en un sitio tan impensado, a muchos kilómetros de la capital y casi con las primeras sombras de la noche.
_ Pero… Negro, ¿qué hacés acá?
_ Tuve que venir; tus hermanas me pidieron que les avisara. El viejito ta muy grave, no sabemos si pasa de esta noche. 
El viejito era mi abuelo, el Viejo Manuel. Andaba por los 80, hacía años que arrastraba las secuelas de un cáncer de estómago mezclado con la mala alimentación y las consecuencias de toda una vida de pobreza y doce hijos, ya iba siendo hora de descansar. La ocasión no daba para llantos ni lamentos: había que ser expeditivo.
_ Vení, Negro, sentate, tomate unos mates mientras nosotros desarmamos todo- dijo alguien, mirando consternado el panorama de los alrededores. 
No es fácil deshacer un campamento familiar a las apuradas y con poca luz, ni mucho menos ordenar las cosas para que ocupen poco lugar y entren en la cajuela de la Austin A40 roja y blanca de mi padre, la que en el barrio todos creían que era de la Coca Cola. Mi vieja, práctica como siempre, empezó con las cosas de la cocina, mientras los hombres iban soltando las cuerdas que ataban la carpa. El vecino y el que lo había traído a caballo se fueron al ratito, a ver si el Negro lograba agarrar un ómnibus que pasaba a las ocho por la carretera, mientras nosotros seguíamos doblando frazadas, metiendo comida en bolsas, descolgando enseres y mirando a ver si no dejábamos nada olvidado entre los árboles. Al final, ya en plena noche, decidimos que habíamos guardado todo, y nos fuimos. 
Pasamos por la estancia, donde nos dieron las anticipadas condolencias del caso. Esperanzas de que se salvara no había, pero se iba a tratar de llegar a tiempo para una despedida, por lo menos. Mi tío Valmar se quedó en la estancia por un par de horas porque no entraba en la camionetita y ellos lo iban a alcanzar más tarde hasta la carretera. Nosotros partimos en seguida; íbamos los tres en la cabina, con el Toby a los pies.
En el camino, varias porteras. Mi madre era la encargada de bajarse, abrir, cerrar, volver a subir. El camino estaba barroso y lleno de zanjas; no llegábamos más. Nadie hablaba. Mi viejo iba concentrado en manejar en medio de la oscuridad más absoluta, tratando de hacer las cosas con delicadeza para que la Austin no se nos quedara por el camino. En cierto momento me pareció que tenía los pies fríos y que algo me estaba faltando. 
_ ¡El Toby! ¡No está el Toby!
Puta madre: habíamos perdido al Toby en alguna de esas bajadas, no sabíamos en cuál. Dimos la vuelta. El Cele seguía sin decir una palabra. Allá a lo lejos, varios kilómetros atrás, le vimos los ojitos brillantes en medio de lo negro. Venía sin aliento, pobrecito. Mi vieja me echó la culpa de haberlo perdido, inventando una regla nueva (“el que viaja al lado de la puerta es el que se fija que el perro suba”), pero no me extrañó, porque es lo que siempre hace cuando la sobrepasan la culpa o el dolor. Abrazamos al Toby, le dimos un poco de agua y muchos mimos, y seguimos el viaje. 
La verdad es que no estoy muy segura de por dónde andábamos; creo recordar que la de Pepe era una estancia en Florida. Solo sé que el lugar era increíblemente hermoso, y que poco tiempo después iba a desaparecer, tragado por las aguas del embalse de una represa. 
No miré a mi viejo en todo el camino; ahora sé que ese viaje debió ser bravo para él, y también debe haber sido difícil para mi tío, que lo tuvo que afrontar solo y en la incertidumbre de qué estaría pasando en su casa cuando regresara, porque Valmar era uno de los varios hijos que compartían con el viejo la enorme y deteriorada casa de la calle Lutecia. 
El Viejo Manuel fue el que menos conocí de mis cuatro abuelos; no recuerdo haber tenido una charla, ni saber prácticamente nada de lo que había sido su vida antes de convertirse en una presencia adherida al banquito del frente de su casa, rezongando a los botijas de la familia y quejándose por todo. Después vino la enfermedad, y ya no salió casi de su cuarto. Tal vez llegué tarde para conocerlo. 
Entramos a Montevideo alrededor de las once de la noche, y fuimos derecho a los de mis abuelos. Había varios autos a la entrada; terminamos parando en la esquina, así que el Cele se bajó solo, para no dejar la camioneta cargada a merced de los ladrones. Mi madre, el Toby y yo esperamos en silencio hasta que volvió, a los diez minutos. 
_ Ya se murió.
Y no había mucho más para decir. 
Hoy estaba por hacer algo en la computadora cuando vi la fecha y se me vinieron encima las imágenes, especialmente la de los ojitos brillantes del Toby corriendo atrás de la Austin que se le iba cada vez más lejos. Cosa rara, la memoria, cómo nos graba a fuego algunas cosas de hace una vida y nos empaña otras de recién, de hace un ratito. O será que se gasta con el tiempo, no lo sé. 
Estuve buscando fotos de ese viaje y no tenemos, cosa rara dado lo aficionados que siempre fuimos a la fotografía en la familia. Pero lo que me resulta francamente inquietante es que tampoco tengo fotos del Viejo Manuel, ni una. Ni siquiera alguna imagen en que aparezca borroso o confundido entre los rostros de sus muchos hijos. No está en el casamiento de mis viejos, no está en el viejo álbum de las fotos en blanco y negro, nada. No aparece. Como si el tiempo se lo hubiera tragado. 
Carpe Diem. El tiempo siempre nos termina ganando, así que carpe diem y todo eso, y no duden en correrle de atrás a la vida si sienten que de repente los está dejando solos en mitad de la nada. A veces la oscuridad es solo un susto pasajero. 

sábado, 3 de febrero de 2018

Febrero 2018





_ Señora... ¿me puedo sentar a su lado?
_ Sí. 
_ Bien- dice la chica. Es alta y flaca, bastante linda, de vestido negro, ojotas en los pies y guitarra en la mano. Nos mira, y prosigue:
_ Bueno, voy a hacer un poco de música para todos ustedes. Algo cortito, porque ahora se empiezan a bajar todos por 18 y eso ya lo tengo bastante calado. Además hace mucho calor. Voy a hacer un tema de una uruguaya, Luciana Mocchi. Dice así...
Y arranca su tema. Es MUY buena. Todos la aplaudimos, sinceramente impresionados. Ella se despide: 
_ Gracias, gente. A veces no sé si cantar este tema porque dice la palabra “porro”, pero es muy, muy bueno. Gracias por escucharme. 
Recauda algo de dinero (bastante, creo percibir), agradece y se baja.


Crónicas admirativas de músicos de bus... Aproveche, estimado lector, que esto no se va a repetir con frecuencia. Tómelo como una franquicia de carnaval. 




Acabo de revisar mi cartera: ayer salí con dos lapiceras y volví con cuatro. Hoy voy a probar con celulares, para ir midiendo el alcance de mis poderes.




Despierto tras una noche con número normal de horas de sueño pero sin poder despegar los ojos, como si me hubiera dormido media hora antes.

_ Hola. Una hora- saludo maquinalmente al guarda-chofer del 404.
_ Hola. ¡Bienvenida!- responde con una sonrisa.

¿Qué me hablan de San Valentín?, pienso, mientras me ubico en un asiento vacío del medio del coche. Esto es amor, amor a los demás, a las personas en general, a nuestra función en el mundo. Sigo mi viaje, ahora despierta y de buen humor, hacia la mesa de examen de cuarto año en el IAVA.

Buen día, gente. ¡Bienvenidos!

(Salvo que no hayan estudiad... eh... No, nada).




Góndola de las verduras de Tienda Inglesa. Dos voces a mis espaldas, de una mujer y un niño pequeño.
_ ¡Le va a gustar Bob Esponja!
_ Todavía no sabemos si al hermanito le va a gustar Bob Esponja. Tenemos que preguntarle cuando nazca.
_ ¡Pero cuando nazca no va a saber hablar! 
_ Claro. Tenemos que esperar que aprenda a hablar y ahí le preguntamos. 
_ Sí. ¡Y le va a gustar Bob Esponja!


Sigo recorriendo las verduras, mientras se me ocurre que hubiera estado bueno tener un hermano mayor que pensara en mis gustos desde antes de que yo naciera aunque un poco depende, porque en una de esas él me quería fan de Marco o de Meteoro, y lo mío siempre fue más Pantera Rosa, Oso Hormiguero o Inspector Clouzeau. 




Hace unos días releí Madame Bovary. La primera vez había sido cuando iba al IPA, así que no me sorprendió demasiado ver que no me acordaba de nada, excepto de la línea central del argumento. 
Ayer de noche arranqué con Río místico, que leí hará dos o tres años, y si bien reconozco los personajes y más o menos el rumbo que van tomando los acontecimientos, me asombra darme cuenta de que no tengo ni la menor idea de cómo termina. Quizás la otra vez lo abandoné inconcluso, ¿no? Debe ser eso, ¿eh? 
Decidido: esa será mi verdad oficial. La otra vez lo dejé por la mitad. Lo abandoné sin saber si el malo era castigado, sin confirmar si el autor iba a ser tan genial de resignificar algunos acontecimientos en apariencia menores y hacerme sentir que la cosa cuajaba redondita, redondita... 
Bueno, bueno, basta de palos. Después de todo, las verdades oficiales no tienen por qué ser coherentes. Alcanza con que nos saquen (o parezcan sacarnos) del borde del abismo, por ahora. Y en eso estamos.


A propósito: amo a Dennis Lehane, y quiero que lo sepan.




Somos un país de ansiosos. Mientras estaba en Valizas a principio de enero recibí mensajes de estudiantes del IPA para hacer la práctica en alguno de mis grupos, los supermercados hace veinte días que armaron la góndola de los útiles escolares y acabo de ver un 300 con un cartel de “por Llamadas”, a las 8 de la mañana. 

Seguiría comentando el tema pero no tengo tiempo, porque estoy viendo quién le da de comer a la gata el fin de semana largo del 2 de noviembre, que me voy de paseo con mis amigas. Hasta luego.




Estoy releyendo Madame Bovary (esos pequeños lujos de las vacaciones), y me impresionó una parte en la que ella y su pretendiente conversan al disimulo en medio de una actividad ganadera de la región. Flaubert va alternando dos planos del diálogo de la manera más natural:

-Cien veces quise marcharme y la seguí, me quedé.
«Estiércoles.»
-¡Cómo me quedaría esta tarde, mañana, los demás días, toda mi vida!
«Al señor Carón, de Argueil medalla de oro.»
-Porque nunca he encontrado en el trato con la gente una persona tan encantadora como usted.
«lAl señor Bain, de Givry - Saint Martin!»
-Por eso yo guardaré su recuerdo.
«Por un carnero merino...»
-Pero usted me olvidará, habré pasado como una sombra.

Me hace acordar al fragmento de Rayuela en que Oliveira lee un libro y a la vez se van intercalando sus pensamientos respecto a La Maga, que anda por ahí, enojada con él, si mal no recuerdo. Ya estoy elevando mentalmente loas a ambos (y a tantos otros) por esta forma creativa de plantear la simultaneidad, cuando caigo en la cuenta de que toda esta parte de la Bovary ha llegado a mi cerebro matizada por un tercer nivel de diálogo; hay otra voz que se interpone entre Flaubert y yo, entre Cortázar y yo, entre ustedes y yo.

-Cien veces (miau) quise marcharme y la seguí, (miaaau) me
quedé.
«Estiércoles.»(mrrrmau!)
-¡Cómo me quedaría esta tarde, mañana, (miau miau) los
demás días, toda mi vida! (meoooow)
«Al señor Carón, (miau!) de Argueil medalla de oro.» (MIAU!)

Y sigo con la lectura, sabiendo que ni el atún ni las miradas ni los mimos callan esa voz hiperarticuladora que desde hace un tiempo acompaña mi lectura, mi preparación de almuerzo, mi
limpieza de la casa o mi sueño de las cinco de la mañana.





_ ¿Y, vecina? Quedó bien prolijo el seto, ¿no?

_ No. No quedó nada, m’hijo. Les pedí que podaran el del costado, no el del frente. ¿No ves que cortaste como veinte ramas de la enredadera que me gusta y que hace años tapa la parte en que el seto está seco, ¿eh? ¿Y el pasto? ¿Para qué me cortaron el pasto? A mí me gusta de cinco centímetros y lo dejaron contra el piso, pobrecito. ¡Y además arrancaron cuatro ramas grandes del romero!! Yo adoro el romero, reparto ramas con mis amigos, les doy a los vecinos... Ustedes siempre lo mismo: solo saben podar y podar al ras lo que sea. Lamento que vinieran ayer, que no estaba, o los hubiera vigilado de cerca. Dos metros de seto tenían que podar, dos metros, no todo el jardín, puta madre que los parió.

Eso y algunas cositas más debí decirles, pero me salió:

_ Eeeeh... Sí, bien. Ta luego.

Y me fui. Como cuando el peluquero me cortó de más, o como cuando mi vieja me cosió el Fiorucci desflecado con el que iba a Bellas Artes, más o menos. Si el otro le erra de puro comedido me desarma, maldición. 
Debe ser que soy igual.
Ustedes cualquier cosa me avisan, ¿ta? No se olviden. Con tacto, pero me lo dicen. No se olviden.




Él es alto, flaco, de barba, medio hippie, de unos 18 años. Sube al 405 en Ramón Anador. Muy peace and love; nada lo perturba, habla bajito y sin entonación. 
_ Bueno, ¿Cómo andan? Estamos aquí, con ganas de cantar un poquito. Se notan las buenas vibraciones...
Rasguido de guitarra. Pausa. 
_ Bueno, se me acaba de romper una cuerda. Eso quiere decir que esto saldrá como se pueda. 
Y se embarca en una larguísima cosa que pareció ser una salmodia cristiana pero terminó resultando ser (según él) dos temas, uno de Pink Floyd y otro de Santana. Nadie apaludió. El silencio era más que elocuente. Él no acusó recibo del golpe y siguió, con su tono desmayado: 
_ Bueno, Gracias por la atención. Eran temas en inglés porque hoy nos levantamos con ganas de cantar ingleses... Bueno, aunque Santana no es inglés, es de Estados Unidos. 
Y se bajó, cuando ya casi llegábamos a Comercio. 
Me dieron ganas de decirle que Santana no es de Estados Unidos, que no se puede tocar Pink Floyd con cinco cuerdas y que las dos de la tarde no es la hora más adecuada para un concierto de ómnibus, pero seguí escribiendo en el celular y no dije nada, en parte porque no me correspondía y en parte porque en TV Bus estaban pasando unos videos de carpinchos y no me los quería perder. Egoísmo de verano o laissez faire, yo qué sé. Tengo el cerebro a temperatura de horno. Bastante con que respiro; pensar ya sería otro precio.




Salgo de mi casa y camino hacia la parada enfrentando la mañana del lunes con osadía y despreocupación. Voy bajo el sol sin protector, uso un vestido libre de bolsillos y dejo atrás una casa con gata no oficialmente adoptada durmiendo feliz sobre la alfombra. Mariela Jones, ese es mi nombre. 
Salgo de mi casa y encaro la semana cual si fuese la conquista de un reino o la búsqueda de un tesoro milenario, y poco importa saber que no me puse protector porque se me pasó, o que ando sin bolsillos porque el vestido me queda bien aunque me obligue a llevar todo en la cartera.
Lo de la gata adentro de casa es en verdad el único riesgo importante de este lunes de febrero con trabajo y con calor. Espero que no invite amiguitos, que no rompa nada y que no vomite en la alfombra, por lo menos.
Mariela Jones viaja hacia lo desconocido en el 103 de todos los días donde un niño llora, el guarda insiste en “pasando al fondo que hay lugar” y una señora le responde que “la culpa es nuestra por aceptar viajar en estas condiciones”. 
La aventura continúa.

El 144 en el que voy es una gran familia. 
Primero un flaquito recorre todos los asientos pidiendo de a dos pesos hasta completar su boleto de dos horas. Después una chica y un muchacho con acento extranjero hablan de fútbol y reglamentos, porque estudian para ser entrenadores. Un policía gordo con pinta de bonachón se mete en la charla y les plantea una situación problemática que ellos no pueden responder y que al parecer (según él) “ni la FIFA pudo contestar”. La gente escucha al disimulo; al final todos se miran y sonríen. 
La rubia del fondo, mientras tanto, sube a las redes fotos de manzanas y de lagartos, a la vez que escribe cosas sin parar en su teléfono, como si no escuchara o no le interesara percibir nada de lo que la rodea. 
El 144 en el que voy es una gran familia, repito, y en ella estamos todos: los jóvenes estudiosos, el tío que plantea enigmas, el parásito que solo viene a manguear plata y la que chusmea al disimulo aunque no lo parece. Estamos todos.



El señor Juan Larraín Oteiza hizo una donación importantísima a la ciudad: un edificio de un piso pero grande que está al lado del instituto de ciegos y hoy no sé si es una policlínica barrial o algo parecido. ¿Que cómo lo sé? Fácil: hay un relieve en las paredes donde en letras de 40cm de alto dice “Donación de Juan Larraín Oteiza”. Gracias, don Juan, muy generoso de su parte. De la modestia ni hablamos, pero, bueno. Bien igual.




En otras épocas cuando despertaba contenta y con sensación de ser etérea es porque había soñado que volaba. Hoy, en cambio, soñé que había bajado 5 kilos: viene a ser más o menos lo mismo, ¿no?


(No, ya sé que no... disimulen.)

jueves, 18 de enero de 2018

EL DIABLO TIENE GUSTO A SAL

EL DIABLO TIENE GUSTO A SAL



1
Martes, 7.06.
El coche 3 de Rutas del Sol con destino al Chuy acaba de romper uno de los axiomas que muy suelta de cuerpo suelo repetir sin la más mínima base sólida: las salidas desde 3 Cruces son extremadamente puntuales. 
Por lo menos viajo sola; acabo de sentarme junto a una ventanilla que sé que no me corresponde y mi principal esperanza de aquí a la salida de Montevideo es que el supuesto ocupante del asiento 24 haya desistido del viaje o que se conforme con el pasillo cuando me vea con cara de ya instalada y de aquí no... ¡no me moverán! 😎
Y hablando de moverse: ¡salimos!



2
Martes, 9.02. 
Viajar tiene algo de hipnótico. Uno se entrega a la sucesión de árboles, de nubes, de carteles que pasan a velocidad que imposibilita la lectura, y parece que la mente empieza a vibrar en una frecuencia diferente. 
Capaz que entre eso y cierta somnolencia matinal que no llega a convertirse en un dormir hecho y derecho es que se me ocurrió una idea: ¿por qué no hacer una novela sobre el cadáver enterrado de la casa de mi abuela? 
El tema ha estado desde siempre en mi cabeza, sería una historia que ya tengo a medio escribir; eso en sí mismo no es novedoso. Lo que se me ocurrió ahora tiene que ver con una charla de ayer con mi amiga Carla, que es escribana. Ella me estaba contando los trámites que tengo que hacer para comprar el rancho en Valizas (a propósito, no sé si les dije, pero voy a comprar un rancho en Valizas), y en cierto momento mencionó que hay que sacar un papel en el que constan todos los dueños que ha tenido el bien inmueble. Es decir que a través de los papeles de compra o venta de una casa uno puede tener los nombres asociados con toda la historia de la vivienda. ¿Entienden? ¡Puedo llegar al dueño original, el que le vendió la casa a mi abuela y supuestamente enterró antes a su mujer en el sótano de la calle Osvaldo Cruz! Claro, esto implica rastrear los papeles, pero entre mi vieja y mis cuatro tías alguna los debe tener, y ¿qué mejor enganche para mi novela que meterle nombres y datos reales?
El Coche 3 de Rutas del Sol sigue avanzando a velocidad constante por la ruta 9. Voy a ver si pienso un poco más en este tema y después trato de descansar, que la playa me espera y ayer me acosté tarde. 
¡Me encanta la idea de hacer una novela!
Ya contaré detalles. No sean ansiosos.




3
Martes, 9.47. 
Pensé que dormir un poco estaría bueno, pero esta idea de la historia me tiene absolutamente despierta. Acabo de hablar con mi vieja por el asunto de la casa de mi abuela. Ella dice que no tiene los papeles, pero me dio el teléfono de la escribana con la que hicieron la venta. 
Hace unos meses estuve en un seminario de novela policial en el CCE con un escritor uruguayo de cuyo nombre no puedo acordarme. Ando cada vez peor de la memoria; ya compré una tintura de Ginkgo en Valizas, pero a veces me olvido de tomarla. 😱 En todo caso, él decía que le gustaría escribir una novela sobre alguno de los casos no aclarados en Uruguay, como el de Lola, y que el libro terminara siendo un insumo más en la investigación del crimen. ¿Quién te dice que no termine aclarándose de una vez por todas el misterio de la casa de mi abuela? Quizás la chica a la que el dueño mató (según pensamos) pueda entonces por fin descansar en paz y dejar de aparecerse a las personas de la calle Osvaldo Cruz. O quizás no.
Por ahora necesito lápiz y papel para ir armando la idea, porque en el teléfono no me va a dar la batería y además está bueno ver la cosa desplegada en su totalidad. Van a ser 100 capítulos, eso ya lo definí. Me gustaría que fuera un viaje como el de Dante, pero al revés: del Paraíso al Infierno. No sé si me va a dar la capacidad o el interés, pero al menos lo voy a ir pensando. 
Ya tengo pronto el papel de los bizcochos; solo falta conseguir una lapicera. 



4
Martes, 10.18. 
“END POLLO NOW”, acabo de leer en un cartel del Rutas, y pensé que se refería a terminar con los pollos llenos de hormonas de las avícolas, pero cuando le saqué la foto y pude ampliarla resultó que se refería a la polio. 😱
Nota mental: oculista ya, apenas vuelva a Montevideo. 👓
Nota mental 2: el cartel me hizo acordar a un personaje de fines del siglo XIX: el General Pollo, que construyó la famosa Casa del Águila en la calle Celiar, en mi barrio. Parece que el tal Pollo (pese a que su nombre parece sacado de un cuento infantil) era un tipo sanguinario, que debajo de su mansión tenía varios calabozos donde encadenar y torturar a sus enemigos políticos. La casa es de fines del siglo XIX, ha estado durante años invadida por intrusos y tiene mil historias de fantasmas. Yo intenté entrar una vez pero desde hace un tiempo la bisnieta del General ordenó que las puertas y las ventanas fueran tapiadas, así que solo pude verla desde afuera. 
Nota mental 3: estoy pesada con las historias de fantasmas y de crímenes en este viaje, voy a ver si dejo de escribir y me dedico a disfrutar (aunque es posible que escribir y disfrutar resulten ser una misma cosa, al fin y al cabo).



5
Martes, 11.09. 
No puedo creerlo; algo sumamente extraño ha sucedido hace solo dos minutos: acabo de recibir una amenaza por mensaje privado: “Ojo con lo que escribís”.
¿Será que a alguien le molesta mi intención de revolver la vieja historia de fantasmas de la casa de mis abuelos?
¿Será que soy tan buena investigando que voy a dar con el asesino de la chica a más de medio siglo de cometido el crimen?
¿O será que es una broma de mi amigo Mandan, que es quien maneja la cuenta de Roberto Elsu Pervisor junto conmigo y con otros diez o veinte profes y ex alumnos del viejo y querido liceo 30?
Ya casi me había olvidado de ese viejito. Roberto Elsu Pervisor fue un invento que hicimos hace unos diez años: su misión era velar por la pureza del idioma y corregir con amabilidad los horrores ortográficos que a veces aparecían en los comentarios del facebook oficial del liceo. Es un superhéroe del castellano, y por eso su símbolo es una “Ñ”. No deja de ser gracioso esto de recibir una “amenaza” de don Roberto, siempre tan dulce y bondadoso, aunque un poquitito chapado a la antigua. 
Sigo mi viaje hacia Punta del Diablo. 
Ya me comí dos ojitos. 
No sé por dónde vamos, pero todavía no se ven las palmeras. 
#ViajeEterno
🙂




6
Martes, 11.18. 
Pensé que aún faltaría mucho para Rocha ciudad, pero de pronto todo el mundo comienza a bajarse y me doy cuenta de que ya llegamos al destino. Miro por la ventanilla mientras se desagota la sucesión de pasajeros apurados por bajar del ómnibus. ¿Esto es la terminal de Punta del Diablo? ¿Esta cosa enorme, polvorienta y sin gracia?
Evidentemente las cosas han cambiado un poco desde la última vez que vine, hace unos ocho años. 🙂



7
Martes, 12.19. 
Si aparece alguien y me dice que estoy en un pueblo llamado Villa Mar o algo por el estilo, le creo. Esto no es Punta del Diablo, no puede serlo: es el triple de grande de lo que yo recordaba. La terminal en las afueras, los bares que están y los que faltan, los millones de hostels... Aún no puedo conectarlo con mi memoria de 2010, aunque ya iré hilando recuerdos y ordenando imágenes, supongo. 
Esta vez vengo invitada por mi amiga Matilde, quien me saluda agitando los brazos en señal de bienvenida desde la esquina donde acaba de dejarme la camioneta de circulación interna del balneario. Ella está pasando unos días con su familia y hoy es el cumpleaños del marido, así que he caído justo justo para el festejo. Por ahora están en la playa Emilio, la hija menor (Fermina) y una amiga de la muchacha, y mientras Matilde vuelve con ellos Kira y yo disfrutamos del aire fresco de la terraza. Esto es vida. Un clisé, lo sé, pero no hay otra manera de decirlo, salvo agregándole signos de exclamación: ¡esto es vida!
Solo me preocupa un poco que mi amigo Mandan (a quien le mandé un mensaje para preguntarle) asegura que él no tuvo nada que ver con la “amenaza” de hace un rato, pero supongo que debe estar bromeando.
Entrecierro los ojos: desde la terraza se oye el ruido del mar mezclado con el viento, los autos y las músicas lejanas. Hay algo de polvo levantado del camino, pero el agua a lo lejos se ve de un color increíble.
¡Esto es vida!



8
Martes, 14.05. 
A las dos de la tarde Punta del Diablo cae en una especie de letargo siesteril: todo se aquieta, andan menos autos y la gente camina a paso lento e insolado. 
En el almacén Lo de Sandra, sin embargo, las dos de la tarde es la hora apropiada para las multitudes. Las cajas de adentro y las del puesto de frutas y verduras no dan abasto para atender gente, reponer productos y asegurarse de que nadie entre sin haber dejado previamente las mochilas y bolsos en el locker, tal como lo exigen varios carteles a la entrada. 
Precisamente en Lo de Sandra estaba hace un ratito cuando me sentí observada y tuve que darme vuelta. Parece que los humanos tenemos vestigios del instinto que en otras épocas nos permitía sobrevivir a los predadores acechantes: si se nos mira fijamente, lo notamos. Y eso acaba de pasarme. Junto a la ventana del costado, al lado de una de las cajas del puesto, un par de ojos celestes me estaban evaluando con expresión interesada, o eso pensé en una primera instancia. Caramba, caramba. Punta del Diablo acaba de ganar 200 puntos, punto más, punto menos. 
Iba ya saliendo con los mandados cuando volví a verlo. Él estaba en la esquina, parado al rayo del sol y tapado por el polvo de la calle barrida por el viento. Por un momento me pareció que me estaba mirando: apenas asomé por la puerta del almacén comenzó a caminar hacia la playa y continuó sin darse vuelta, hasta que me aburrí de seguirlo con los ojos y volví a la casa con mi amiga y su familia. 
Ahora estamos en la terraza del polvo, el viento y la buena vista. Hace un momento Emilio, el cumpleañero, acaba de asomarse y proponer el menú para el almuerzo:
_ El plato del día consiste en una falsa paella, que también podría llamarse risotto de mar, o simplemente guiso recalentado. 
Recalentado pero con camarones, pensé cuando apareció con la fuente: esto huele muy bien, y habrá que hacerle los honores. Con su permiso.



9
Martes, 16.25. 
A ver, queridos: basta de bromas, ¿puede ser? Que primero un amigo me manda un mensaje con emoji de fantasma, después otra me toma el pelo por wsp y ahora recibo un llamado que si no fuera porque sé que no es en serio me hubiera asustado, y mucho.
Fue después de la sobremesa, mientras estábamos todos en la terraza charlando de los viejos pobladores de Valizas, del camioncito de Gastambide y de cómo se veía el pueblo en los ochentas, cuando los valiceros eran pocos y se conocían entre todos nada más que con verse las caras una vez por año. Mi amiga Matilde contaba de cuando se quedó en el camping del Beco: ella es tan, pero tan fanática de la limpieza que había llevado guantes y Agua Jane, y se levantaba cada mañana a las 7 para limpiar un baño que supuestamente ya había sido higienizado por los que manejaban el camping. Era muy difícil imaginarla tan joven y tan prolija en ese universo de hippies a puro paz y amor con poco jabón. 
En eso me vibró el teléfono que había dejado cargándose en el alargue del patio. Atendí. 
_ Mira, Mariela, todo bien con tu jueguito de las redes pero si no lo cortas hoy mismo te vas a tener que meter el celular en...
Corté. No lo pensé ni medio segundo, nunca lo hago. Las pocas veces que alguien me ha hablado mal por teléfono sé que automáticamente la cosa termina igual. Primero corto, luego pienso y a veces me arrepiento. Podría haberle preguntado quién era, a qué se refería, qué le importaba lo que yo escribiera para entretenerme en estos cuatro días de mi vuelta a Punta del Diablo, podría haberle dado charla a ver si obtenía alguna pista o reconocía su voz, pero no. Solo corté, y aquí estoy, pensando que si es una broma de alguno de mis amigos está bien, pero no la repitan, ¿quieren? No la repitan. 



10
Martes, 16.45.
Matilde está hace rato empeñada en hacer una crema doble para la torta de cumpleaños de Emilio, pero no le sale. Una vez que termine vamos a ir a caminar un rato por la playa; la tarde está soleada pero ventosa, y yo ni siquiera me he puesto las ojotas todavía. 
Sigo dándole vueltas a esa llamada en mi cabeza. La voz era de un hombre. Quizá no un muchacho, pero tampoco un viejo. Un hombre. ¿Pero a qué hombre le puede importar tres pitos lo que yo llegue a contar de un crimen cometido hace como sesenta años? Era un hombre y hablaba de tú. ¿Sería alguien de Rocha? ¿A quién conozco yo en Rocha?
Miro hacia el horizonte: el mar siempre está verde en Punta del Diablo. Es tiempo de hacerle una visita.



11
Martes, 19.41. 
La caminata por la Viuda fue un tour de force. Primero, contra el viento: nunca hubiera imaginado que existiría una playa más ventosa que Valizas, pero hoy confirmé que sí, la hay. Segundo, contra mis recuerdos. ¿Dónde están los ranchos de madera, el estacionamiento, la cañada, los caminos que solía hacer a diario y ahora no puedo ubicar ni siquiera vagamente en este pueblo nuevo al que he venido a parar?
En cierto momento me pareció ver al hombre de los ojos celestes sobre la arena; fue apenas un instante. Cuando traté de fijar la mirada y enfocar su imagen ya se había ido. Lo volví a ver al regreso hacia el rancho, de todos modos, pero también fue algo fugaz: me di vuelta sin motivo alguno en una esquina y ahí estaba, a pocos metros de nosotras, que veníamos charlando de ranchos y de paisajes. Enseguida dobló hacia el monte y dejamos de verlo. Me gusta ese hombre. Tiene más o menos mi edad, es flaco, canoso, bello e inquietante. Un poco inquietante. No mucho.
Cae la tarde en medio de un viento furioso en Punta del Diablo. Recién fui hasta la playa Rivero como de visita, solo a decirle que he vuelto y que mañana pasaré a saludarla. Ha refrescado como treinta grados y estoy helada. Vuelvo al rancho caminando tranquila por calles que desconozco rumbo al cumpleaños de Emilio y a la fabulosa torta hecha con todo amor por la rubia Matilde. Hace un rato él les pidió a ella y a Fermina que la adornaran con una escena de Game of Thrones pero se le aclaró que se deje de locas pasiones, que eso no va a poder ser. Debe estar deliciosa; igual que el café que me pienso hacer cuando llegue a la cabaña. 
Por suerte en lo que va de la tarde no he recibido más llamados ni mensajes raros; lo anterior debió ser solamente producto de mi imaginación. 




12
Martes, 21.25. 
Está a punto de comenzar el festejo de cumpleaños de Emilio. Una pareja de amigos vienen en viaje desde La Paloma y otra en cualquier momento va a cruzar desde la cabaña de enfrente. Momento de calma dentro de la casa, mientras afuera sopla rabiosamente el viento. 
Me dejo aflojar sobre una de las camas del entrepiso, a la vez que pienso en la novela y cuál será la mejor forma de encararla. ¿Lo haré de manera ordenada, exponiendo todas las teorías, documentos y entrevistas como si se tratara de una investigación policial, o quizá resultará mejor hacer la historia novelada, agregándole diálogos y descripciones de personajes salidos estrictamente de mi imaginación? 
Intenso estrés en las cabañas Oasis, como ven. 
La torta es tentadora; es una lástima que no pueda invitarlos. Ustedes comprenderán. 🎂




13
Martes, 21.53. 
El inicio del cumpleaños se ha visto ligeramente diferido mientras los vecinos de enfrente tratan de solucionar un pequeño inconveniente doméstico: él se quedó encerrado en el baño. Emilio y su amigo Gerardo, recién llegado de La Paloma, van al rescate. Durante un buen rato los vemos conferenciar con el prisionero a través de la ventanita pequeña del baño, hasta que escuchamos gritos y aplausos y comprendemos que el auto-rehén acaba de ser liberado.



14
Martes, 22.36. 
La danza de la luz y la sombra ha comenzado en Punta del Diablo; arrancó justo en el momento en que le estaba contando lo de la casa de mi abuela a Washington y a Gerardo. Ambos conocen mi barrio, lo cual es sumamente raro y facilita el devenir de la historia. Después vino el cuento de la Casa del Águila y del General Pollo; estaba mostrándoles fotos de lo que queda de ella cuando se cortó la luz por primera vez. Oscuridad total. Algunos gritos. Alguien afirma haber visto un fogonazo para el lado de la Rivero. Vuelve la luz. Se va. Y así cuatro o cinco fugaces idas y vueltas, hasta que la oscuridad se instala por completo en todo el balneario. 
Fermina está hace rato preparando una ensalada para ella y su amiga, ambas veganas. Al momento en que se corta la luz no dice una palabra ni se inmuta: solo continúa pelando una berenjena entre las tinieblas, con el cuchillo más enorme y filoso de la cabaña.
Los demás nos instalamos en la terraza, algunos con cervezas, otros con agua, a conversar con los amigos y disfrutar de la noche estrellada.



15
Martes, 23.03.
Estimado veraneante de las costas rochenses: en las noches de viento extremo no se complique usted por la posibilidad de que se le vuele todo de la mesa del patio. Sujete los manteles con pulpos, último grito de la moda en Devil’s Point.
Matilde: inteligencia. 🙂



16
Martes, 23.32.
Hace unos quince minutos que la luz parece haber vuelto con cierto nivel de estabilidad. En la terraza maravillosa los humanos charlamos y comemos chivitos con y sin carne, mientras el integrante canino de la familia recorre las sillas solicitando trozos de carne y cascaritas de queso a los comensales con quienes establece contacto visual.
Se respira la paz y la felicidad en el cumpleaños de Emilio. Lejos han quedado las historias de fantasmas y de asesinatos impunes, así como lejos parecen haber quedado las amenazas en serio o en broma y las miradas paralizantes de parte de algunos pobladores de ojos claros y pasos oscuros. El mundo sonríe y descansa tranquilo, por ahora.



17
Miércoles, 00.20. 
Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz... Que los cumplas, Emilio, ¡que los cumplas feliz!
Un poco pasada la hora, un poco imposible prender las velas, un poco calórica la torta.
Mañana será otro día.



18
Miércoles, 02.20. 
El entrepiso me pertenece por completo, al menos en tanto Fermina y Nicole continúen viviendo la noche de Punta del Diablo. Junto a la escalera vigila la fiel Kira. El cumpleaños acaba de terminar, un par de horas pasadas de la fecha a celebrar, y yo me entretengo con el teléfono. Cuando voy a buscar en la memoria una foto del entrepiso para ilustrar la publicación anterior algo llama mi atención: una imagen negra, la última, de hace diez minutos. ¿Cuándo saqué yo una foto totalmente negra? ¿Qué estaría pensando? ¿Enfoqué al cielo estrellado? ¿O fue un error y la cámara se disparó por su cuenta?
Es hora de dormir, me repito, es hora de dormirse de una vez o mañana te vas a perder la mejor hora de playa. 
Y en eso estoy.



19
Miércoles, 8.56. 
Despierto relativamente temprano y lo primero que me viene a la cabeza es algo que ocurrió ayer de noche en el cumpleaños de Emilio mientras estábamos terminando el postre en la Terraza del Viento Huracanado. Las chiquilinas ya se habían ido sin probar la torta, porque el merengue tenía huevo. Emilio estaba absorto en una escena de mutua adoración con Kira mientras le sacaba del pelaje los abrojos de la jornada, y Matilde en la cocina buscaba tazas para el cafecito post calorías de la noche.
_ ¡No puedo creer que en este rancho seamos nueve personas, tres de las cuales conocen donde vivo!- había comentado yo. 
_ Sí.- respondió de inmediato Washington- Qué casualidad.
Entonces lo vi, o creí verlo: Gerardo y Vilma intercambiaron una mirada fugaz. Una mirada que tenía algo de alerta, no sé, allí hubo un aviso o una complicidad. De todos modos la charla pronto continuó por los carriles habituales y la sensación se fue esfumando. Quizás eran solo cosas mías. Volví a concentrarme en lo que se charlaba. 
_ Yo cuando era adolescente pasaba muy seguido cerca de la casa de tu familia- estaba diciéndome Washington- porque era amigo de un muchacho que vivía en Osvaldo Cruz, al lado de la Bozzolo.
_ ¿La Bozzolo? ¿Qué es eso?- intervino Matilde, que seguía en la cocina pero tenía buen oído.
_ Era una vieja fábrica de baldosas- aclaró Gerardo.- Ya no funciona como tal, el edificio está abandonado y en peligro de derrumbe. La gente del barrio trata de evitar esa vereda porque...
_ ¿Vos conociste la casa de mis abuelos?- lo interrumpí, mirando a Washington. Gerardo lanzó un resoplido mínimo, casi inaudible. Evidentemente no le gusta que lo corten, como es lógico, pero había algo más en esa molestia, algo que no pudo disimular. Algo como una impotencia. Se quedó mirando el mar a lo lejos y por unos minutos no participó de la conversación. Vilma, mientras tanto, abandonó en ese momento el celular en el que escribe casi de continuo y se sumó a nuestro grupo. 
_ Ubico perfectamente la casa- estaba diciendo Washington- pero nunca estuve adentro. Todos en el barrio sabíamos de la Mujer de Blanco que aparecía por las noches, y por más que entre nosotros nos burlábamos de las historias de los viejos, si una cosa te puedo asegurar es que ni locos nos metíamos en una casa asombrada.
_ Ah... ¿O sea que el barrio conocía los cuentos de mi familia?- pregunté, sorprendida.
_ ¡Claro! - respondió- Esas cosas siempre se saben. Además había uno de mis amigos, el Guiño, el que estaba casado con tu tía Esther, que nos venía cada mañana con las novedades de la noche anterior. Que la Mujer de Blanco había cruzado por el dormitorio de las gurisas, que Cathy se había caído corriendo hacia el cuarto de los viejos, que otra vez salían llamas de fuego por la ventana de la cocina y cuando llegaban no había nada... Cada día pasaba algo nuevo en esa casa. 
_ Historias de botijas- acotó Vilma.- Cuando uno es adolescente siempre le fascinan los cuentos de aparecidos.
_ Puede ser que fueran solo cuentos-respondió Washington- Pero que en esa casa hay algo, es seguro. Ya cuando vivía ahí el finado Cosme...
_ ¿Quién?- lo corté.
_ Cosme, el viejo Cosme, el que les vendió la casa a tus abuelos. Era un viejito divino, me acuerdo que siempre nos regalaba uvas del parral del fondo. Murió hace como cuatro años.
_ ¡Así que conociste al dueño anterior!
_ ¿Y cómo no lo voy a conocer, si yo era amigo del sobrino? Alberto Suárez, ¿te acordás de Alberto, Gerardo? Le decíamos Chumbito, Chumbo, algo de eso. 
_ ¿Alberto? No. Estoy un poco olvidado. Fue… fue hace mucho.
_ ¡Uy, qué tarde que se nos hizo!- exclamó de pronto Vilma mirando el reloj en el celular- Estoy muerta de sueño. ¿Si nos vamos? 
Y se fueron. Se fueron de repente, en medio de la sobremesa, como apurados, llevándose consigo a Washington y Cecilia, en cuya casa iban a quedarse por esta noche. Aquello me sonó a un escape, pero ¿de qué diablos se iban a escapar dos personas maduras que simplemente participaban en una conversación sobre historias mínimas del siglo pasado?
No volvimos a tocar el tema. Igual no era algo urgente; guardé el nombre de Alberto en la memoria (para eso no necesitaba el Ginkgo Biloba, que de todos modos había olvidado en la mesita de luz de Montevideo), y decidí que a la primera oportunidad en estos días tenía que agarrar a Washington sin Gerardo y preguntarle sobre el tema.


20
Miércoles, 9.08. 
Punta del Diablo amaneció gris y lloviznosa. Día ideal para sacarle datos a...  Día ideal para charlar con los amigos, quiero decir. 😎



21
Miércoles, 9.27. 
Soy de terror. Me levanto antes que todos y me preparo un desayuno frugal y saludable (no malinterpreten, las galletitas Sensación no son para mí... son para Kira). En eso veo al de los ojos celestes mirándome desde la callecita del costado, a la izquierda, pego un respingo y tiro media taza de té sobre la mesa. Lo dicho. (Tintura de algo para ser menos torpe por la vida, ¿alguien puede recomendar?)
😱



22
Miércoles, 9.35. 
Emilio es el primero de la familia en levantarse (si exceptuamos a Kira). Me ve desayunando en la terraza y pregunta:
- ¿No querés un pedacito de torta?
Fue ahí cuando me di cuenta de que había olvidado del postre de Matilde. Evidentemente la situación es más grave aún en mi cerebro de lo que yo creía; quizás no haya Ginkgo Biloba que pueda con ella. 
Y ahora, con su permiso, voy a encarar la parte dulce del desayuno. Y que siga lloviznando, si quiere. De la terraza con la torta no, no me moverán. 🎵Excepto que pinte alguna charla interesante con Washington o con el de los ojos celestes. Lo que llegue primero.



23
Miércoles, 10.30. 
Sigo en la terraza, desde donde se ve perfectamente el fondo de la cabaña de nuestros amigos. Vilma y Cecilia conversan animadamente. Cecilia nunca ha estado en mi barrio y no sabe nada de la casa de mis abuelos, pero Vilma... Voy a tener que buscar un pretexto para ir a la casa de enfrente, porque los visitantes por el cumpleaños de Emilio planean volver a La Paloma esta misma tarde. 
La mañana sigue gris en Punta del Diablo. Hay gente que ya está bajando a la playa pero la llovizna no deja de caer, y en este rancho ya está apareciendo la palabra mágica de los días lluviosos en Rocha: la palabra “Chuy”.



24
Miércoles, 10.50. 
Las investigaciones de crímenes del pasado en la ciudad y las búsquedas de ojos claros en el presente del pueblo pueden esperar. 
Tiempo de idolatrar a Kira, la perra que se derrite. ❤



25
Miércoles, 11.15. 
Kira no deja de controlar a los de enfrente. 
Hace un rato estuvo Gerardo, medio de pasada. Vino con la excusa de devolverle a Emilio el vaso que ayer se llevó para terminar el whisky en la cabaña y se quedó un rato charlando con nosotros, que aprovechábamos a leer algo tirados en la hamaca y las sillas de la terraza. Ahora resulta que él fue al viejo liceo 30 en la misma época que yo, aunque iba al intermedio y no de mañana. Fuimos incluso ambos a Telemacht, él como participante y yo alentando a mis compañeros. Gerardo recuerda los nombres de los profesores, los festejos en el patio con la copa que nos dieron por ganar las dos primeras etapas, la desilusión cuando el liceo 1 nos borró de la competencia, las exigencias del uniforme, los adscriptos, las ratas correteando por los tirantes.
Me cae bien Gerardo. Creo que realmente no sabe nada de la casa de mis abuelos; debe ser que escuchó las historias de fantasmas y tiene miedo de reconocer que un poco se las creía, como todos los gurises de la cuadra. 



26
Miércoles, 11.20. 
Y, no. ¿Cómo vas a entrar sin remera al almacén? ¿No ves que no da el espacio? 😕
La llovizna ha parado desde hace un ratito, aunque sigue nublado. Ya se desactivó el protocolo Chuy y los habitantes de la casa planean una bajada fuera de horario a la playa, que será solo de media hora, en mi caso. 



27
Miércoles, 13.43.
La cosecha matinal ha sido magra, aunque no del todo desdeñable teniendo en cuenta el poco tiempo de Rivero que hice. No me gusta mucho tirarme a tomar sol (reflejo de sol, en este caso), por lo que preferí caminar para el lado de Playa Grande y reencontrarme con las pequeñas ensenadas del trayecto, que era el lugar donde iba cada mañana a buscar caracoles en los eneros que pasaba en Punta del Diablo hace años con mi ex marido. 
Todo está cambiado por estos lados. Sé que ya lo he dicho, estoy repetitiva, pero es que no puedo dejar de sorprenderme. Ahora resulta que no solo las calles, los comercios y las casas son diferentes, sino también las orillas. Todo tiene otros contornos y no encontré ni uno de los caracoles grandes que solía haber en este lado, aunque un poco me cuestiono si no será por esos japoneses invasores, los rapana, creo que se llaman. Parece que vinieron en las redes de algún pesquero, nadie lo sabe con certeza, pero el caso es que se adaptaron tan bien a nuestras costas que ahora se los encuentra por todos lados y el problema es que se comen a los otros, malditos bichos foráneos. 
De todos modos esto no explica por qué todo es diferente. Simple paso del tiempo, quizás. Yo ya no voy todos los veranos, ni sigo casada, ni me obsesiono con las búsquedas de playa como antes… Bueno, al menos no tanto. 
A las doce decidí que, nublado o no, era tiempo de pegar la vuelta. En el camino me crucé con los cuatro vecinos de la cabaña de enfrente pero no estaba con ánimo de interpretar miradas o de establecer suposiciones, así que solo los saludé desde lejos y seguí andando. 
Del hombre de los ojos celestes, cabe acotar, hoy no he tenido ni noticias. Tal vez ya se fue del pueblo.



28
Miércoles, 14.12.
Estábamos empezando a preparar una ensalada para el mediodía cuando vimos que no había huevos y me ofrecí a cruzar hasta el almacén de enfrente a buscarlos. (¿Ojos claros? ¿Que la primera vez que vi al de los ojos celestes fue en Lo de Sandra? No sé de qué me hablan.)
Es muy lindo ir al almacén de enfrente, porque uno no tiene que pensar nada: ellos se han ocupado de poner algún que otro simpático cartelito para que sepamos qué no debemos hacer, dónde no, cuándo no, y por qué no.
A la vuelta mi amiga contó que los de enfrente propusieron un almuerzo en el pueblo, pero como ya es muy tarde y en la Oasis nº 4 tenemos hambre, hemos decidido no acompañarlos esta vez. Me quedaré con algunas dudas, hasta que los vuelva a cruzar y les pregunte medio a lo bobo todo lo que saben del viejo Cosme y de su sobrino Alberto. Inumet pronostica lluvias para la tarde, tal vez pase a saludarlos con la excusa de devolver los tres huevos que nos prestaron ayer para el merengue del postre, una vez que vimos que la crema doble no nos iba a salir de ninguna manera. Esa puede ser la ocasión perfecta para una charla casual sobre mínimas historias ya casi olvidadas.



29
Miércoles, 16.38.
Hace un rato que estoy instalada en el promontorio delantero esperando que pase la hora peligrosa del sol, que llueva de una vez o que los vecinos vuelvan de almorzar, lo que llegue primero. 
Debo decir que Emilio acaba de abrir una nueva ventana de inquietud (como si hiciera falta) y lo hizo en la sobremesa, poniendo su mejor cara de póker. 
_ Sin ánimo de interferir con la investigación, me parece que yo tengo algo para aportar a tu historia.
Matilde y yo lo miramos con expresión interrogativa, pero nada dijimos.
_ Veo que nunca te preguntaste por qué Washington se había encerrado en el baño. 
Con mi amiga largamos la carcajada.
_ ¡Porque se le trancó la llave, obvio!
_ ¿Qué llave?- dijo él, señalándonos con el tenedor- La gente usualmente no cierra el baño con llave.
_ Cierto.
_ Eso fue un rato después que Vilma y Gerardo llegaran para el cumpleaños, cuando estaban a punto de venirse todos para acá. Qué oportuno, ¿no? Como si alguien no quisiera que muestro amigo de enfrente revelara algo que ni él mismo comprendía... Como si la idea fuese dejarlo afuera de la fiesta para que no hablara contigo y no diera ningún nombre. ¿Cosme, no? 
_ Sí. Cosme Suárez, al menos si su apellido es el mismo del sobrino, cosa de la que no estoy muy segura. Lo busqué en facebook ayer antes de acostarme, y nada. 
_ De repente hay cosas que no se tienen que preguntar en las redes. 
_Puede ser. Pero acá la internet anda mal, casi no me logro conectar.
_ El internet. 
_ La.
_ El. 
Matilde se incorporó en la silla y miró hacia la calle.
_ Mirá, Emilio, ahí llegaron Vilma y Gerardo del almuerzo, ¿vamos a despedirlos? 
_ Vamos.
_ Ah, no, no hace falta. Ellos vienen.



30
Miércoles, 18.03.
Hace media hora que el camión de la Barométrica limpia el pozo del hostel de enfrente, mientras nosotros tomamos café y charlamos en la terraza. Hoy sopla menos fuerte el viento, ideal para que el olorcillo del camión nos llegue en toda su intensidad, iupi. 
No me da para interrogar a Vilma y Gerardo, lo siento, pero no me da. Los dos me caen bien, viven en mi barrio, él fue a mi liceo… Debo recordar que vine a estas mini vacaciones para disfrutar de los paisajes y la amistad, no en aras de resolver ningún misterio sepultado en el pasado. 
Seguimos tomando un cafecito mientras el Señor Barométrico nos recuerda que aún bajo el sol, frente al mar y entre los árboles, aún aquí puede haber cosas que huelan mal. Muy mal. Cosas que una se cuestiona si alguna vez podrán llegar a limpiarse del todo, aunque ya hayan pasado sesenta años de los hechos. 
Ups. Lo hice de nuevo. Sepan disculpar.




31
Miércoles, 19.28. 
Listo: me mandé otra cagada. Nada grave, fue de puro despistada, aunque en verdad no fue una, sino dos metidas de pata de mi parte.
La primera fue aceptar la solicitud de amistad de un desconocido. En mi defensa debo aducir que yo solo quise abrir su perfil para tratar de indagar quién era, si teníamos amigos comunes, si el suyo era un muro con una historia de vida y no uno falso, de esos de puro levante o baboseo, pero le erré a las teclas, y le di aceptar. Un error menor, pensé, ahora lo dejo como amigo, no es nada grave. 
Ahí me llegó su mensaje. No era uno de esos “Fulano y tú ahora están conectados por Facebook”, sino uno personal, y bastante directo: “No te dije ayer que te dejaras de pavadas?”. 
Y ahí lo eliminé. Lo eliminé sin pensar, igual que con la llamada aquella que corté a lo loco. Ahora no me acuerdo ni del nombre ni del apellido. La foto creo que era de un hombre de unos cincuenta, de pelo negro y porte adusto, pero no podría asegurar nada. No estaba entre mis conocidos, en todo caso.
Quizás el mensaje era equivocado. 
Quizás fue una broma. 
O quizás no. 
La luz del día huye a toda velocidad en Punta del Diablo; estoy en la zona rocosa, donde está un adefesio de metal que recuerda vagamente a Artigas. Voy a volver al rancho y a prepararme un té. No sé por qué, pero de repente me acaba de correr un escalofrío por la espalda; tengo la piel erizada, y no es por el viento.



32
Miércoles, 21.13
Hace un rato me fui sola a caminar por el pueblo; ahí fue cuando recibí el mensaje que les contaba. Lo que no les dije fue que había salido de la casa con un objetivo mucho más preciso que una simple caminata vespertina: iba a buscar a Gerardo. Por única vez sabía que lo podía encontrar solo, porque él se había ido a sacar unas fotos a la zona de los artesanos mientras Vilma prefirió quedarse en la terraza charlando con Matilde y Emilio. Algo me decía que Gerardo solo era una presa más fácil para extraer algo de información del tema de mi interés, de manera que salí en su busca con el pretexto de tirar la basura y darme una vueltita por el centro del pueblo. Pero no lo encontré. 
Estaba comprando una caipirinha a dos chicos al costado de la playa cuando lo vi pasar junto a Vilma en el auto. Él había retornado antes de lo previsto a la cabaña de mis amigos, y ahora él y su esposa se iban de vuelta a su casa en La Paloma. Una posibilidad de información se me acababa de esfumar cual nube de tierra de cualquier calle de este pueblo. 
Saludaron con una sonrisa al pasar. Quizás de verdad se iban porque así lo habían dispuesto desde antes de venir pero a mí me pareció percibir un destello de alivio en sus miradas, aunque tal vez haya sido solo un producto de mi imaginación.
Todo es posible, tanto en este pueblo como en esta imaginación.



33
Miércoles, 21.23.
Algo raro pasa en Punta del Diablo, no me lo nieguen. ¿Por qué si no iba a haber dos supermercados uno al lado del otro sobre la calle principal, uno llamado El Vasco y otro El Vasquito? Algo raro pasa en este pueblo. 😳




34
Miércoles, 23.59.
Kira se llenó de abrojos, descubrí un lugar en el que venden cuadraditos de dulce de leche y Matilde me llevó a conocer un Shopping en la Rivero que es espectacular, con ropa divina y a buen precio.
El miércoles termina complicado; habrá que esforzarse mañana para solucionar tantos desafíos. Saludos desde la terraza sacudida a puro viento de la playa y cumbia del hostel de enfrente.



35
Jueves, 7.33.
El día amaneció increíble. Me acabo de levantar y ya hay movimiento en el rancho. Kira vino a saludar con paso vacilante: creemos que algo le pasa en una patita, que apoya con cuidado. Ayer entre Matilde y yo le hicimos de coiffeur de emergencia, porque se había llenado de abrojos chiquitos. Mi amiga con una tijera le sacó las matas de pelo de la cola y el costado, mientras que yo le iba desenredando los del pecho, que eran menos. Problemas de las de pelo largo, pensé, recordando todas las veces que los gurises de la escuela 55 (“los” gurises, siempre eran los varones) nos enredaban abrojos en el pelo a las nenas, especialmente a las de buena conducta, candidatas ideales a terminar llorando desconsoladas en virtud de la estrecha e inmediata relación que se establece entre pelo y abrojo. Kira no llora pero nos deja hacer con estoicismo, aunque Matilde dice que simplemente está chocha de que nos dediquemos a ella. 
El otro ser vivo despierto a esta hora es Fermina, que vino de bailar poco antes del amanecer y ya no se acostó. Hace un momento acaba de salir hacia la playa. Su amiga Nicole partió la noche pasada hacia la capital, de manera que ahora tengo mucho lugar para mí en el entrepiso. 
El día parece increíble, repito. Demasiado bello como para no desayunar y bajar ya mismo. Ayer había pensado levantarme con las primeras luces y salir de fotos por el pueblo, pero para eso hoy ya es un poco tarde. Ahora solo me queda terminar mi café (tratando de evitar los cuadraditos de dulce de leche que compré en un ataque de locura) y salir. ☕


36
Jueves, 8.46.
Hace un ratito estábamos desayunando en la terraza cuando vimos una situación insólita frente a Lo de Sandra: cinco empleados municipales estaban vaciando a mano el contenedor de la basura. Qué raro, pensamos, se les habrá roto el camión. Ahora voy caminando rumbo a la Viuda y me cruzo precisamente con el camión que levanta los contenedores. Los mismos empleados de antes iban en él; dos de ellos un poco rezagados para echarles chorros de líquido (supongo que desinfectante) una vez vaciados. Cuando paso al lado suyo se levanta más fuerte el viento y me bañan las piernas con una lluvia desinfectante. No piden disculpas pero me miran con rostro amable. 
Sigo el camino hacia la Viuda, segura al menos de que esta vez no voy a tener problema con los mosquitos. Ni con hormigas. Ni con arañitas de la arena. Ni con insecto alguno. Ni con ningún homo sapiens sapiens de la variedad ojocelestensis, suspiro, mientras abandono la sombra de la panadería, guardo en el bolsillo el celular y reanudo mi camino.



37
Jueves, 9.19. 
Me meto entre los ranchos buscando la salida a la playa. Hasta eso está cambiado desde la última vez que vine, en 2010. La cañada corre por otro lado y hay una duna donde antes se veía una calle.
De pronto alguien se materializa a mi costado: Washington. Venía sin aliento, debe haberme estado siguiendo. Uno no escucha pasos ni corridas en Punta del Diablo, porque la arena y el ruido del mar siempre se lo impiden. Es el sitio perfecto para un crimen silencioso.
En todo caso, Washington no venía a cometer un crimen sino a hablarme de uno, cosa que hizo en una suerte de monólogo, interrumpido solo a veces para tomar un poco del aire que a ojos vistas le venía faltando.
_ Escuchá: te voy a decir todo lo que sé ahora, porque Cecilia no quiere que hable de asuntos de muerte y yo no le voy a arruinar las vacaciones. El que les vendió la casa a tus abuelos fue Cosme Suárez, el tío de Alberto. No sé mucho de él (era de la generación de mis viejos); me acuerdo que había nacido en el 30’ porque todos en el barrio le decían Centenario, y a él eso le molestaba mucho. Era un soltero empedernido, pero cuando cumplió 33 años lo obligaron a casarse con Rosario, una gurisa muy dulce y con cierta dificultad en una pierna, que había venido a trabajar como empleada con cama en la casa de los Bozzolo. Parece que la piba tenía 16, y para cuando se casaron la panza ya era imposible de disimular. Eran otros tiempos, vos sabés. El tal Cosme se fue a vivir a Buenos Aires poco antes de vender la casa (tus abuelos tuvieron que tratar y hacer todo el tramiterío con la madre), y después no supimos más de él. Viajó sin Rosario, en todo caso, porque en el barco iba también mi primo el Bocha, que se fue charlando con él todo el camino. Escuché que se murió hace tiempo, pero ojo que fue solo un chisme del Guiño, y vos sabés que en el Guiño mucho no se puede confiar. Y ta, eso es lo que sé. Gerardo capaz que recuerda algo más pero él no va a hablar, porque la madre de Vilma era prima de la vieja de Alberto. Cosas de familia, ya sabés. Los trapos sucios se lavan en casa, decían cuando yo era chico. Y me voy yendo, que le dije a Cecilia que tenía antojo de bizcochos y tengo que llevar algunos para disimular. ¡Suerte!- me dijo.
Dio media vuelta, arrancó a caminar, pero antes de rodear uno de los ranchos se detuvo, volteó a mirarme y agregó: 
_ Cuidate



38
Jueves, 9.45
Iba yo de lo más tranquila por la Viuda. El objetivo, ya lo he dicho, era llegar a la punta y cruzar hacia el otro lado, donde Cecilia y Washington me dijeron que hay una playa no muy linda, llena de resaca y de cosas que trae la marea.
_ Me interesa- dije enseguida- Capaz que hay algo que pueda juntar. 
_ Mmmh... No creo- aclaró Cecilia- Más bien hay basura, plásticos, cosas de origen humano. 
_ Bueno, si encuentro una boya de vidrio de origen humano no me voy a quejar.
Y si encuentro otro tipo de suciedades humanas, como las huellas de un antiguo crimen, tampoco, pensé, pero no dije nada.
Y aquí voy, avanzando a buen paso sobre la arena blanda y en declive de La Viuda. No es muy cómoda esta pendiente pero sé que se termina en unas cuadras, de manera que trato de no darme cuenta de los avisos que mi tendón de Aquiles comienza tímidamente a mandarme y continúo la marcha hacia la punta de la playa y más allá.




39
Jueves, 9.52
El sol está picante hoy, pese a lo temprano de la hora. Yo iba dejando atrás a las multitudes amontonadas, hasta que llegué a la parte en que solo hay una sombrilla cada veinte metros. De una de esas sombrillas, precisamente, salió rumbo al agua él. Ahí justo decidí (por pura casualidad) detenerme para sacar el protector solar. Caminé hasta la arena seca y dejé la pequeña mochila sobre las ojotas, por si la arena estuviera húmeda. 
Blue Eyes caminaba en ese momento casi en línea recta hacia mí. Estaba a cinco metros de distancia y yo estaba pensado qué comentario casual, gracioso e increíblemente brillante hacer en el momento en que pasara, cuando vi de reojo una mancha blanca que se me acercaba rastrera. Era algo espumoso y susurrante: era una ola. Una idiota ola de esas que avanzan lento y sin ruido se dirigía con paso furtivo hacia mis cosas. Era imperioso ocuparse de salvar mis pertenencias; los ojos celestes tendrían que esperar. 
Mi reacción fue rápida y certera, de manera que pude rescatar la mochila antes de que la espuma del mar la alcanzara. ¡Bien ahí! 
Lástima que el iphone me había quedado entre la mochila y las ojotas. Lo miré con desesperación: era tarde ya. La ola lo había arrastrado unos centímetros, meciéndolo dulcemente entre la sal y la espuma de La Viuda.



40
Jueves, 9.53.
Saqué el teléfono de la ola y miré a Blue Eyes a ver si me podía servir de ayuda, pero no. El muy indiferente se estaba metiendo al agua como si no captara que el universo entero acababa de desmoronarse con un golpe de espuma. Incluso por un momento creí percibir cierta alegría en su paso. No lo puedo asegurar, pero juraría que mientras avanzaba entre las olas Ojos Celestes Insolidario se estaba riendo feliz de cara al sol.
Urgía tomar alguna decisión; en estos momentos hay que actuar sin dilaciones. Levanté la vista a la sombrilla más cercana: una pareja de edad madura observaba en silencio mi pequeña odisea playeril. Me acerqué. 
_Hola. ¿Tienen un poco de agua? Se me acaba de mojar el teléfono y sé que el agua de mar es muy mala para él...
Enseguida me dieron una botella, y luego una toalla para secarlo. Tiré un chorro de agua dulce en el celular, le saqué la carcasa turquesa, lo sequé todo lo que pude, agradecí la desinteresada amabilidad de la pareja y comencé el retorno hacia el pueblo. 
Que Ojos Celestes se quede jugando con las olas traicioneras. 
Yo me iba a buscar arroz al rancho.




41
Jueves, 10.05
Cuando llegué a las escaleras de madera (unas muy panorámicas que ahora hay al principio de la playa) intenté prender el teléfono, y nada. Traté de abrirlo pero eso no es cosa fácil con los Iphone; hay que usar un alfiler, que por supuesto no tenía. 
Caminé de vuelta hasta la casa. Iba muy nerviosa, le erré de camino e hice como seis cuadras de más, hasta que paré en Lo de Sandra a comprar arroz para meter el teléfono. 
Por suerte iba con la remera puesta.



42
Jueves, 10.10.
Y si nunca más prende, ¿qué hago? ¿Me vuelvo a Montevideo a buscar el viejo teléfono que dejé de usar al comprar este? ¿Andará el chip o el agua de mar también lo habrá jodido? ¿Y si mejor me compro uno? ¿Cuánto puede salir un celular en el Chuy, aunque sea de medio pelo? ¿Aguantaré hasta mañana incomunicada? ¿Es que no puedo vivir ni dos días sin teléfono? ¿Y ahora cómo sigo esto del diablo tiene gusto a sal? ¿Les aviso a los lectores que se corta la historia? ¿O la sigo en otro aparato? ¿Habrá ciber café en Punta del Diablo? Pero no tengo más fotos… ¿Lo seguiré escribiendo con fotos bajadas de internet? ¿No tendrá Matilde un teléfono extra que no esté usando? ¿Será grave este grado de adicción a internet y las redes? ¿Estoy en problemas? ¿Eh?



43
Jueves, 10.21
El arroz está haciendo su mejor esfuerzo, lo sé. 
Hace unos minutos traté de prender el teléfono y casi salto de alegría cuando vi algo que aparecía en la pantalla. Algo muy oscuro: era la hora. Borrosa, apenas visible, pero ahí estaba. 
Lo dejé reposando en un plato hondo lleno de arroz hasta el tope y me fui a la Rivero, donde Matilda y Emilio habían dicho que iban a estar. 
Hice el trayecto en silencio, pero cantando por dentro.
¡El iphone se salva, el iphone se salva, la la la! 🎵



44
Jueves, 11.30. 
Ni bien bajé a la playa un tumulto afanoso de mujeres amontonadas sobre la arena llamó mi atención. ¿Sería un equipo de fútbol femenino? No: Matilde me contó que se trataba simplemente del puesto de ropa de la playa. 
El señor de la ropa (un flaco cuarentón muy vendedor y charlatán) instaló montañas (literalmente: montañas) de prendas encima de unos pareos que formaban como una “u” sobre la arena. Después recorrió la playa voceando la mercadería y las ofertas del día con un parlante, y se sentó a esperar. Las potenciales clientas fueron cayendo, cayendo, y para cuando llegué yo ya había unas treinta revolviendo, preguntando precios y probándose ropa. 
¿Quién es una para desobedecer los mandatos de la especie?, me pregunto. 
Y allá fui.



45
Jueves, 12.10
Mensaje de Matilde: “Cecilia y Washington nos invitan a almorzar a las 2. Van a hacer moqueca”. 
Ni idea de qué es moqueca, pero desde el Milagro Iphone de esta mañana estoy más que dispuesta a probar cualquier cosa; incluso a terminar la caipirinha de ayer, que como era demasiado grande terminé dejando por la mitad en la heladera.




46
Jueves, 12.30.
El iphone había prendido cuando volví, pero algo no andaba bien en la pantalla: estaba más oscura que las tierras de Mordor o las conciencias de algunas personas. Por suerte Fermina tiene 21 años y siempre está dispuesta a ayudar a las personas que le doblan la edad, o poco menos. 
_ No sé qué le pasa- había dicho yo, ya asumiendo la pérdida- Para mí que el agua le jodió algún circuito. 
_ ¿Pero probaste a subirle el brillo?
_ Eh… Ah. No. 
_ A ver, pasámelo un segundo. ¡Era eso! Listo, ya está- me dijo, y para el momento en que me lo devolvió yo había pasado a sentirme una octogenaria, pero una octogenaria con teléfono. 




47
Jueves, 13.27.
¿Qué sucede si juntás un tajito en la mini de jean y una hamaca para subirse a la cual hay que separar las piernas?
Pasa que escuchás un “trrrrj”, mirás para abajo y te das cuenta de que la cosa no tiene remedio. Eso pasa.



48
Jueves, 13.39.
No carga. El celular no carga. Queda un 22% de batería y el accidentado se niega a recibir alimento, hasta que lo desenchufo, soplo amorosamente la entrada del cargador por si hubiera quedado algún grano de arena, pruebo de nuevo y él vibra un poquito y comienza a recibir oxígeno. Digo, electricidad. 



49
Jueves, 13.55.
Tenemos nuevos habitantes en la cabaña. Matilde anda con un dedo que le arde después de descolgar la ropa; pensamos en un bicho peludo, porque ya hemos visto alguno en la vuelta, pero creo que ella un poco está empezando a desconfiar de las inocentes avispas del techo del patio. Trataré de convencerla de su inocencia, pero no prometo nada.



50
Jueves, 17.14.
Acabamos de tener un almuerzo nivel gourmet con los vecinos de enfrente, con paisaje de mar y monte, con música de Gilberto Gil y suave vientito para acompañar.
Cecilia nos preparó un moqueque al mejor estilo bahiano, una comida con arroz, pescado, camarones, leche de coco y aceite de dendé, comida en la que mi frágil vegetarianismo tambaleó y fue derrotado una vez más. El almuerzo vino acompañado de caipirinha deliciosa, refrescante e impulsadora de charlas y revelaciones. 
Resulta que si Washington no es mi pariente debe ser de pura casualidad, porque no solo nació en Melo y vivió a una cuadra de mi casa actual sino que además es Rodríguez, ¡y también Barreto! Yo creo que nos parecemos, además. A partir de hoy voy a suponer que es descendiente de ese hermano número 13 del que poco se habla en mi familia, el hijo de la Tobinha. Él aduce tener otros padres, pero no sé, no sé.
La charla fue variada y placentera; hablamos de viajes, de la música que nos gusta y de la que nos gustaba hace tiempo, de los cambios de Punta del Diablo, de los lugares para comer en el pueblo. En cierto momento, no sé cómo, derivamos al tema de la violencia de género. Alguien mencionó un discurso de Ophra, de ahí pasamos a algunos casos locales y terminamos concluyendo que se trata de una lucha que debe librarse en todos los frentes, incluso en el de las conversaciones cotidianas con personas que ni sueñan que tienen algo que ver en el tema. 
_ Sin ir más lejos uno de mis tíos- acoté- está tan horrorizado como todos con las cosas que ve en el informativo, pero a la vez él sostiene que “esas son cosas que siempre han pasado y van a seguir pasando”. Ahí me parece que está la clave, en dejar de naturalizar la violencia.
_ Cierto- concordó Washington mientras tomaba de su vaso de caipirinha mirando el mar en el horizonte- Tenemos que hacernos conscientes de lo que implican nuestros discursos, y ver si no estamos validando los actos de violencia más terribles con nuestras palabras… O con nuestro silencio.
Y continuó bebiendo callado, mientras hacía sonar de vez en cuando los cubitos de hielo al mover el vaso, cada vez más vacío.



51
Jueves, 17.30.
Por ahora prefiero no decir nada de lo que hablé con mi pseudo nuevo primo mientras me acompañaba desde el fondo de su casa hasta la vereda; tengo que pensar algunas cositas antes de poder divulgarlas. Hoy es mi penúltimo día aquí, no me queda mucho tiempo para estas investigaciones. Claro que los anfitriones son de Montevideo, pero es sabido que uno siempre habla más y se censura menos cuando contempla el mar a lo lejos y la caipirinha a lo cerca.
Por ahora es tiempo de silencio y descanso en la cabaña Oasis número 4. En una hora sale excursión a la playa pasando La Viuda. Esta vez el celular va a ir en una bolsita ziploc, por las dudas.



52
Jueves, 17.40. 
Preparando la caminata hasta la Post Viuda. Llevo bolsas vacías (por si veo algo) y oídos atentos (por si algo escucho). 😎



53
Jueves, 19.09.
A eso de las seis de la tarde salió la caminata por la playa de la Viuda. AGOTADORA. Emilio anda con un tobillo torcido y no quiso ir, así que la hicimos los otros cuatro: Cecilia, Matilde, Washington y yo. Por suerte la arena estaba bastante dura y con poca pendiente. En todo el camino no encontramos nada, pero nada de nada. Ni un caracol, cero fósiles, nada de troncos traídos por el mar, ni piedras. Solo mejillones y conchilla. 
Al llegar a la punta de rocas frente a la casa de la viuda vimos un camino que se abre hacia la derecha y lo tomamos. La de la viuda es una mansión enorme y bastante linda, pintada de amarillo y rodeada por un arenal lleno de uñas de gato (una buena planta para la fijación de la arena) y caracoles de tierra de color beige (los vivos) o blancos (los muertos). 
El camino es de arena suelta y se extiende por un par de cuadras, más o menos. Un poco antes de salir a la otra playa se empieza a ver un paisaje muy peculiar: hay montañas de botellas tiradas. Solo botellas, pero muchísimas, cientos, tal vez miles, de plástico, viejas, amontonadas sobre el pasto al costado del camino.



54
Jueves, 19.15
Interrumpo la caminata para atender el llamado de una amiga: me cuenta que en Montevideo el calor es insoportable. Por suerte estamos cerca del mar, y en una zona alta y ventosa. Siempre refresca en Rocha por las noches, es un axioma que debería pintarse en el costado de cada ómnibus de Rutas del Sol y a la entrada de cada balneario de la costa. 




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Jueves, 19.20.
Otra vez el teléfono suena en medio del paseo; comienzo a lamentar que no se haya estropeado con la ola asesina de La Viuda. 
No, mentira. 
Pensé que era otra vez la amiga sofocada por el infierno de la capital, pero no: ahora era mi prima Mercedes, una de las varias Testigos de Jehová de la rama Barreto de mi familia. Sí, somos muy eclécticos en lo religioso, tenemos católicos, evangélicos, testigos y hasta algún macumbero. De todo como en botica, dirían los viejos. 
_ ¿Qué pasó, Merce?- pregunté, preocupada, porque esa prima nunca antes me había llamado, y ahora que lo pienso yo ni siquiera sabía que ella tuviera mi número.
_ Hola… Nada, nada, la familia está bien, no te preocupes. Pasa que mi hija te lee en Facebook, y quería pedirte que te dejes de hablar de asesinatos y fantasmas, porque ella es muy impresionable, ¿viste?
_ Eh… 
_ Además, vos no sabés nada de la casa, de la verdadera historia de la casa. 
_ Ah. ¿Y vos sí?-contesté con un tono sobrador que no pude (juro que no pude) evitar.
_ Mirá- respondió con un ímpetu que me hizo pensar en un discursito preparado de antemano- yo lo que sé es que hay cosas que se tienen que dejar en paz, especialmente después de tanto tiempo, ¿entendés?
_ Ah… ¿Y cuánto tiempo te parece bien para tapar un crimen? 
Y ahí me cortó. Debe ser cosa de familia. 
Seguí caminando, ahora con paso más rápido para no perder de vista a mis amigos, que ya estaban saliendo al otro lado del camino hacia la playa. Que mi prima Mercedes vaya a conocerse, hubiera dicho mi abuela. ¡Nunca me llama y ahora pretende darme órdenes! No, si yo digo… 
Que esto le quede claro a Mercedes, al resto de mi familia y a todo el mundo: voy a seguir averiguando lo que sea, y si descubro algo lo voy a escribir, le guste a quien le guste y le pese a quien le pese. 
_ ¡Che! ¡Espérenme, no vayan tan rápido!-pegué el grito.
La tardecita ya iba cambiando los colores del cielo, el mar y la arena. No era una buena hora para quedarse sola en la punta de La Viuda.



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Jueves, 19.40.
“Playa de Santa María”, es lo primero que leo en una pintada en la roca más alta. Miro a lo lejos: no hay nada, salvo una larguísima extensión de arena y olas que llega sin interrupciones hasta La Esmeralda, según me han dicho. El paisaje es impresionante, y más al atardecer, cuando fuimos nosotros. A lo lejos se veían dos personas solitarias, apenas dos manchitas, lejos una de la otra; suponemos que eran pescadores. El mar es aquí tan limpio como en Punta del Diablo, las rocas son bellísimas y la arena blanca y suave. 
El problema es la basura. Una basura muy extraña, compuesta por tapitas de botellas y otros elementos pequeños de plástico, más algo de ramas, unos cuantos troncos y algunos pedazos de cuerdas. Nada de nylon, vidrio, latas o restos orgánicos. Nada de cucharetas, huesos ni caracoles. Algo no nos cerró con esa playa. O fue en su momento basurero de Punta del Diablo o... No sé, pero hay algo (repito) que no cierra del todo. Si el mar lleva plásticos, ¿por qué no lleva también cucharetas, o piedras, o bolsas de nylon?
Volvimos al pueblo ya con la caída de la tarde casi noche, y al llegar a la escalera de acceso de la Viuda hacia el centro hicimos una parada técnica, porque tres de los cuatro estábamos literalmente sin aliento. 
Mañana me propongo volver a la Viuda, a mirar con mayor detenimiento ciertas zonas de cucharetas que hoy pasé medio rápido. El problema es que además planeo ir a la Rivero antes de que se llene de gente, llegar a Playa Grande e ir al shopping del barrio. 19.30 sale mi bus y aún no aprendí como triplicar la densidad de mis horas, aunque ciertamente lo estoy intentando. Lo estoy intentando.



57
Jueves, 21.00
No hubo casi tiempo de recuperación de energías: Emilio ya había planeado que los tres fuéramos a comer afuera, en un lugar llamado Peces y panes, donde tocaba un ángel en forma de muchacha con nombre que parece sacado de una revista de historietas: Papina de Palma. Fermina se había vuelto hoy a las dos para Montevideo porque tenía ensayo de tambores con su comparsa, de manera que solo éramos nosotros tres para la cena. No logramos reservar lugar, nadie atendió los llamados, pero decidimos intentarlo de todos modos. Matilde y yo sacamos fuerzas de no sé dónde, nos dimos un par de duchas hiperveloces sin tiempo para maquillajes o arreglos capilares, y allá vamos.
Ya contaré detalles, si no me duermo de cansancio.



58
Jueves, 21.17.
Nunca (pero nunca) vi un servicio más rápido en toda mi vida. Conseguimos medio de casualidad una mesa reservada cuyos legítimos propietarios no se presentaron en tiempo y forma, nos instalamos en un lugar desde donde no se podía ver el escenario ni por casualidad y pedimos un par de lasagnas de verduras (mi amiga y yo) y un pollo al curry (su marido). Pedimos los platos, pestañeamos y a los tres minutos llegó nuestra cena. Increíble, y además deliciosa.




59
Jueves, 21 45. 
Maldición: es él, y con una morocha al lado. 
Mierda, mierda, mierda. 
Habrá que empezar a mirar para otros lados. Ojos Celestes no solo no es solidario con las personas que sufren percances celulares en la playa, sino que también es un tonto superficial que sale con una gurisa que es como veinte años menor, porque a mí no me engaña con ese bronceado y esa ropa de péndex: él es de mi generación, y si no fue a Telemacht cuando iba al liceo habrá sido de puro tronco. He dicho. 



60
Jueves, 22.00
Teléfono. Mi prima Mercedes otra vez. Sonaba muy aguda, como todas las de la familia cuando algo nos saca de quicio.
_ Hola, Marie, vos disculpá que me meta, pero, ¿no podrías dejar de escribir malas palabras en tu relato? Porque Faustina tiene 9, se le dio por leerte a través de mi perfil y no quiero que piense que los adultos podemos ser unos boca sucia. Los niños son como esponjas, ¿nunca te lo dijeron? 
Reprimo un largo suspiro antes de responder con mi mayor tono de amabilidad.
_ Tas pesada, Merce, ¿nunca te lo dijeron? Igual no te preocupes, que ya te soluciono el problema. Chau, querida, no te preocupes, nos vemos.
Amigos. Mercedes. Eliminar. Bloquear. Listo. 
Ahora puedo decir lo que quiera, mientras Ojos Celestes comienza a compartir su trufa de chocolate rellena de maracujá con Miss Punta del Diablo Adolescente. 
Mierda. 




61
Jueves, 22.55
Papina de Palma es una diosa. Charla con el público, esparce luz desde el escenario que no vemos, canta como un ángel. En la segunda parte de su actuación presenta un tema y se lo dedica “a todos los que trabajan en Paces y Penes”. Oh, cielos. Todos nos reímos y ella reformula la cortesía, pero no encara repetir el acto fallido: “esta canción se la dedico a... a todos los que trabajan en este local”. 🙂



62
Jueves, 23,38.
Peces y panes. Papina de Palma. Final del show.
“¿Qué pesa más: mi certeza o esperar?”
Volvemos a la cabaña bajo la luz de la luna. Kira nos esperaba despierta, con la certeza de ligar un paseo nocturno antes del descanso profundo del final de la noche.



63
Viernes, 7.09
Acabo de despertar de un sueño en el que participaba de una cena semi familiar multitudinaria, tanto que había como diez mesas largas todas en paralelo, llenas de gente de la cual solo conocía a la mitad. Yo (quizá de casualidad) me había sentado enfrente a Peluffo y estaba charlando con él. Simpático, Peluffo, un tipo sencillo. No recuerdo quién lo había invitado.
En eso mi tío Valmar me pidió que fuera a pedirle a Clotilde un par de cuchillos a la casa de al lado. Difícil encontrar a Clotilde; recorrí toda la casa (absolutamente llena de personas) hasta que la vi. El problema es que la tal Clotilde (que a todo esto no es de mi familia, y su imagen era la de una señora veterana de pelo corto que yo creo que trabaja en el CES) resultó ser medio Diógenes: tenía pila de cuchillos y vasos, pero todos rajados, o el mango por un lado y el filo por otro. Al final hallé dos cubiertos enteros y me los iba a llevar pero ella dijo que esperara, que antes los iba a lavar. 
Fui hasta la vereda de enfrente, pasaron diez minutos y nada. ¿Cómo iba a perderme la cena con Peluffo solo por esperar los idiotas cuchillos de la lenta Clotilde, que parecía no vivir en este mundo sino en uno que iba a diferente velocidad? Terminé entrando en la casa y robando los cuchillos, que de todos modos ella todavía no había empezado a lavar. 
En la zona de la cena las cosas seguían como cuando me fui: aún no habían servido nada, y todos tenían hambre. El nivel de ruidos entre las charlas de cientos de personas y la música alta era bastante complejo como para poder tener una charla con Peluffo, pero eso no me importaba. Yo estaba feliz, más allá de su presencia, y extrañamente no me había puesto ni un poquito nerviosa.
Dejé los cuchillos en una fuente que llevaba la Jacque (la directora del IAVA) y me senté. Quise sacarme una selfie con Peluffo pero el teléfono no me obedeció, y desistí. Charlé algo con él, hasta que me distraje cuando uno de los adolescentes del costado se puso a cantar una canción muy, muy dulce. Lo miré: no lo podía creer.
_ ¡Yo escuché esa misma canción ayer en Punta del Diablo!
Y ahí desperté. Se ve que aprovechar la mañana era más importante que el sueño con Peluffo, por lo que mi inconsciente me mandó una señal para que me fuera de fotos temprano, y allá voy.



64
Viernes, 07.58.
Una amiga de estas redes me apura para que escriba la novela, y me dice como comentario en uno de los posts: “¡animate, animate!”.
Yo sigo caminando hacia el rancho con mi bolsa de bizcochos calentitos. A ellos sí que me animo, al menos en Punta del Diablo. Y que haga dieta algún cobarde. 
😬



65
Viernes, 08.05.
Este balneario se está desmoronando. Al igual que algunos secretos familiares que tarde o temprano tienen que salir a la luz, acá también las estructuras que sustentan al pueblo están siendo lentamente devoradas por el devenir del tiempo, y probablemente algún día terminen por caerse. 
Mientras tanto caminamos, charlamos, reímos y sacamos fotos haciendo de cuenta que nada está sucediendo y que todo ha de seguir siendo feliz, colorido y veraniego para siempre.



66
Viernes, 08.10
Señor, señora: este es el portón de la casa, ¿vio? Es decir, es la salida. No lo olvide, por favor, es muy importante: portón, salida, playa. La playa está para el lado del mar, en la vereda de enfrente. Gracias por su amable atención. Siga participando.



67
Viernes, 09.17
Mensaje de mi prima Lourdes: “mirá que en la casa de los abuelos siguen pasando cosas. Me llegó el rumor de que los que viven ahí no dicen nada, pero no pueden dormir tranquilos. Como nosotros, cuando vivíamos ahí.”
Bueno, bueno, bueno. 
Parece que la cosa no era solo propia de una familia imaginativa como la nuestra, ¿eh?, pienso mientras camino hacia la entrada de las cabañas desde la calle y veo a Kira metiéndose de nuevo en el abrojal de enfrente. 
Hay muchas cosas enredadas en este mundo; lo que no sé es si todas se podrán hacer desaparecer solo con un peinado y un corte de pelo.




 68
Viernes, 09.20.
En el monte de enfrente, cerca del abrojal de Kira, vive un gato salvaje. Es gris, flaco, joven, y no le gusta que le saquen fotos. Respeto su condición de antisocial y no lo persigo, por ahora. Por ahora.



69
Viernes, 09.25.
Desayuno en la cabaña Tocco-Giménez: el melón es el objetivo; las tostadas y los bizcochos solo están para disimular. Caminamos más de 8000 pasos ayer, según una aplicación del celular de mi amiga. Es tiempo de reponer calorías. Digo, energías. 



70
Viernes, 09.47.
¿Se acuerdan de Buscando a Wally? 
Este juego se llama Buscando al Benteveo, y acabo de estar cinco minutos mirando las ramas y escuchándolo cantar hasta que lo vi. 
Juegos matinales en Punta del Diablo: ¡complejidad, exigencia, desafío! 
A veces la realidad está justo ahí, frente a nuestras narices, pero no podemos verla.
Arranco la última caminata hacia la Viuda por este viaje. Cielo semi azul, poco viento, calor intenso y proyecto de caracoles pequeños que no sé si se van a dejar ver por el momento. 
Ya verán fotos (o no). 




71
Viernes, 10.08.
Acabo de sacarme remera y minifalda con efecto rasgado cada vez más revelador. En la arena. A 15 metros de cualquier intento traicionero de reconquistar a mi iphone de nuevo y llevárselo al upsite down. 
Mariela: inteligencia. O ensayo y error. No termino de definirlo. 😎



72
Viernes, 10.39.
¿Viste cuando estás en las alturas y escuchás el mar y el viento es amable y el sol a veces se nubla y el paisaje es increíble por los cuatro costados y no sabés si seguir caminando o si quedarte a vivir ahí para siempre? 
Bueno, eso.



73
Viernes, 11.03.
La casa de la Viuda está mucho más cerca de Punta del Diablo de lo que parece. A diferencia de lo que ocurre en Valizas, aquí una planifica una caminata interminable, se distrae, y ya llegó a su destino. Igual me pasó con el viaje, cuando creía estar por entrar a Rocha y de pronto el guarda gritó “¡Punta del Diablo!”. 
Todo es diferente en esta playa y en este pueblo. 
Para empezar, no hay fósiles, piedras ni huesos recientes. Siempre camina gente por todos lados, no hay manera de preocuparse por la soledad, los loquitos, el peligro. El sol parece quemar menos. El agua siempre está verde.
Este lugar no es Valizas.



74
Viernes, 11.48.
Hay un Cristo a orillas de la Viuda, o eso parece el señor blanco hasta la fantasmidad que toma sol con pose de crucificado sobre la arena húmeda de la orilla, justo a la altura donde llegan las olas más grandes. Debe estar buscando alguna clase de purificación espiritual, pensé al cruzarlo. O quizá solo desea dejar el color blanco leche y ha elegido una pose sacrificial para propiciar a Ra y sus secuaces. No podría asegurarlo.



75
Viernes, 11.59.
Debería estar ocupándome del crimen de la pobre Rosario, lo sé, pensar las cosas que Washington me contó, tratar de sacarle algo más, llamar a mis primas a ver si se acuerdan de otros datos o al menos ver si la escribana tiene el nombre completo del tal Cosme. Debería ocuparme de Rosario, lo sé, pero creo que ella en mi lugar lo comprendería perfectamente.



76
Viernes, 12.09.
Descubra la realidad colándose en medio de la utopía.



77
Viernes, 12.15.
Paso por una casa y recuerdo que hice el mismo camino ayer, en medio de la crisis Waterphone. Una señora de avanzada edad estaba sentada en el frente, tomando sol de lo más tranquila, mientras dentro de la vivienda se desarrollaba una escena una tanto diferente. Dos personas discutían en el living: estaban cabeza con cabeza, mirándose a los ojos, moviendo las manos con vehemencia y hablándose probablemente en voz baja. 
Distraída con el chusmerío no había reparado en una cosa blanca y peluda que empezó a ladrarme y se me vino encima, como si no hubiese captado el pequeño detalle de que él no era más que un alfeñique de cuatro kilos y medio, molesto y desubicado. 
Continué mi camino sintiéndome una heroína: había salvado al pequeño caniche de recibir una patada por parte de una persona en pleno síndrome de alienación post Waterphone, y no importaba que el demonio peludo no fuera nunca a llegar a enterarse de su buena suerte matinal.




78
Viernes, 13.22.
Vine a Punta del Diablo por primera vez como paseo de la Escuela 55, allá por 1977, más o menos. Charito y Raquel (las maestras de los dos grupos, porque éramos un quinto doble) organizaron a pulmón un paseo de un día que arrancó por el Chuy, luego siguió por la Fortaleza y al final llegó al pequeño pueblo de pescadores que era esto antes de explotar y convertirse en Little East Point.
Como corresponde a niños de 10 u 11 años, todos nos gastamos en el Chuy la plata para el día y pegamos la vuelta llenos de cajas de bombones Garotos y chicles Ploc! 
Eran gurises complicados, mis compañeros; recuerdo que cuando no nos dábamos cuenta saquearon los bolsos de las nenas (en esa época no había mochilas) y nos robaron nuestras golosinas, entre ellas un paquete de Amanditas sin abrir que llevaba para mis padres, paquete cuya ausencia todavía me duele.
Todo para decir que conozco este lugar en el que estoy ahora desde que era verdaderamente una aldea. Había ocho o diez puestos de artesanías atendidos por las esposas de los pescadores, que vendían todo tipo de collares, pulseras y cajitas hechas por ellas mismas con vértebras de pescado.
40 años han pasado desde entonces (40 años... casi casi mi edad actual). 
El pueblo ha crecido, ha mejorado, ha empeorado.
Ojalá no siga cambiando a este ritmo, pienso mientras escucho en la vereda de enfrente los cantos de la gente del hostel. Ojalá.




79
Viernes, 14.15
El hijo de Washington y Cecilia cruza a visitar a sus vecinos de enfrente. Es estudiante de Arquitectura; charla con Emilio sobre viajes que no he hecho y países que desconozco. 
Parece un buen muchacho, y seguramente es muy serio a la hora de estudiar. Me pregunto si sabrá de los sótanos tapiados y los calabozos subterráneos desperdigados por la ciudad, o si será que en la Facultad no le hablan más que de cosas bellas, legales e inocentes.



80
Viernes, 14.34.
Mi amiga Ceci me manda un mensaje desde Minnesota: “¿Viste esto?”. La foto que lo acompaña es una captura de pantalla de la página fúnebre de El Observador. No entiendo mucho de qué se trata, y además casi no veo lo que envía, hasta que hago zoom en la foto y casi me caigo de la hamaca en la que estaba tirada desde hace rato. 
Así que hubo un Cosme Suárez que murió en 2014, más o menos en la misma época que me Washington recordaba, y que fue enterrado en el Cerro. 
Me parece que voy a tener que tener una charla con algunas personas de mi familia, pienso. Por lo menos con las que a fines del siglo pasado se mudaron medio de apuro y en bloque para el Cerro, un barrio al que hasta entonces solo habían oído nombrar en los informativos, y no precisamente en la parte de las buenas noticias.
Es un hecho que esta familia guarda más de un secreto en sus entrañas. Lo que no sé es si llegaré algún día a develar ni la punta más floja de esta madeja enredada en que nos hemos ido convirtiendo a fuerza de secretos y de cosas de las que nunca se ha hablado. 
Y hablando de enredos, me voy a lavar el pelo, que ya parece una sola rasta gigante e inentrable. Así no puedo volver a Montevideo. Así, no. 




81
Viernes, 15.30.
Próximo y fugaz destino: La Coronilla. Por las dudas que las costumbres allí sean más prolijitas que en Punta del Diablo, no solo me he lavado el pelo sino que acabo de darle un toque de discreción al tajo de mi pollera. ¡No me digan que no me quedó re chuchi! 😍



82
Viernes, 16.26.
La primera casa que vemos en La Coronilla está abandonada y desmoronándose. Todo lo que no se cuida se destruye, pienso, al tiempo que me pregunto si alguna vez la casa de mis abuelos correrá esa misma suerte y me digo que en caso de ser así allí estaré con pico y pala para resolver el misterio de Rosario y Cosme, si es que existió Rosario y si es que Cosme la asesinó.



83
Viernes, 16.44.
Tras un larguísimo tiempo de espera que pasé sentada en un banco a la sombra veo que Matilde por fin sale del Red Pagos al cual había ido a abonar una factura. Viene quejándose por la extrema lentitud de la persona que la atendió. Todo se hace a otra velocidad en esta zona del país, lo hemos visto y experimentado en cada sitio al que fuimos, excepto en Panes y peces. Incluso en varios comercios hay carteles al estilo de “si usted está apurado no es este el lugar”. Punta del Diablo pertenece a la corriente Slow, aunque no sé si por decisión turística o por simple pereza.
Nos metemos en La Coronilla para un paseo que deberá ser breve, porque a las 19.30 ya voy a estar volviendo a una ciudad lenta si la comparamos con las grandes capitales del mundo, pero puro vértigo y acción para quien sale del ritmo de Rocha y sus aletargados pueblitos costeros.




84
Viernes, 17.00.
Llegamos hasta el final de la entrada principal y bajamos a ver el paisaje. 
Todavía no entendemos muy bien cómo un sitio tan solitario y quieto como La Coronilla tiene durante el año tanto movimiento como para justificar que haya un hotel, escuela, liceo y UTU. Suponemos que recibe a muchos estudiantes de los pueblos vecinos, porque francamente aquí no parece vivir nadie, o casi nadie. 
Todos repetimos más o menos lo mismo cuando hablamos de esta zona del país: el Canal Andreoni de la dictadura secó los bañados y mató a La Coronilla. No sé qué tanto de verdad o de mito tenga esa afirmación, pero lo cierto es que el agua se ve marrón y revuelta frente a nuestros ojos.
La playa a esta altura es una cinta interminable de mar y de arena. Hay un mirador al final del camino, cerca de los baños públicos, pero no nos parece gran cosa, y pronto volvemos al auto.




85
Viernes, 17.02.
Un vehículo estacionado llama nuestra atención, al punto que medio a escondidas (por si los dueños andan en la vuelta) nos acercamos y le sacamos un par de fotos. Tiene inscripciones en árabe, dice algo de Austria, parece un camión de guerra. 
Me pregunto si será posible que haya secretos que no estén encerrados en los sótanos tapiados de una vieja casa de la Curva de Maroñas sino que se muevan sobre ruedas preparadas para todo tipo de terreno, en una suerte de hogar amarillo, metálico y con pinta de indestructible, como algunas mentiras.




86
Viernes, 17.10.
Cuando estamos saliendo de La Coronilla vemos un cartel que dice “Al puente colgante”, y allá fuimos.
Una vez en la playa, estamos en condiciones de afirmar que hemos encontrado los restos de Mordor en las arenas de La Coronilla. De Sauron (afortunadamente) ni noticias, por ahora.



87
Viernes, 17.43.
Las barrancas de este lugar son gigantes y bellísimas, pero tienen un grave problema: se están derritiendo. Dan muchas ganas de perderse en la exploración de las paredes de barro de diferentes colores; estoy segura de que en ellas debe haber de todo: puntas de flecha, boleadoras, algún sable de los españoles, cualquier cosa que no sea barro y más barro, pero nada veo. Matilde opina que La Coronilla es espantosa, y que no pasaría por aquí más que media hora, a lo sumo. Yo creo que con todo un verano no me alcanzaría para revisar las barrancas, pero sé que puedo equivocarme, y que quizás con un par de días resultaría suficiente y comenzaría a percibir la soledad y la quietud de este lugar detenido en el tiempo. Pero no sé.



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Viernes, 18.30.
El puente colgante sobre el Canal Andreoni parece sólido, pero cuando damos unos pasos empieza a temblar y a convertirnos la sangre en hielo y las piernas en gelatina. 
Confirmado: cuando tengo miedo me olvido de todo (hasta de esconder la panza para la foto). 



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Viernes, 18.48.
Cuando salíamos de La Coronilla paramos con Matilde a cargar nafta con súper descuento en una estación de la ruta. Había una larga fila de autos antes que nosotros, porque se ve que el precio es tentador para todos. Estábamos de gran charla recordando incidentes relacionados con los incendios de hace años de Santa Teresa y Punta del Diablo cuando me sonó el celular. Era un número desconocido. 
_ ¿No vas a atender?- preguntó mi amiga cuando vio que el teléfono seguía sonando y yo nada.
_ No sé... no me gustan los números que no tengo agendados. Mirá si es alguien del IAVA para avisarme que por alguna razón hay una mesa especial en enero- bromeé, pero al final atendí. Era una mujer. 
_ ¿Hola? ¿Hablo con Mariela Rodríguez?
Íbamos bien: al menos no había preguntado por la “profesora Mariela Rodríguez”. 
_ Sí.
No soy muy locuaz cuando hablo con desconocidos.
_ Ah, mire, la llamo de parte de la escribana Pittaluga, que es la profesional que se ocupó de la venta de la casa de la calle Osvaldo Cruz.
_ Ah, sí, sí- respondí casi a los gritos. Matilde me miró, interrogativa. Le hice un gesto onda Psicosis que ella entendió como referencia al cadáver del sótano. 
_ La escribana me pide que le pregunte si la puede llamar a su domicilio hoy pasadas las 20 horas, ¿será posible?
_Eh... No, en realidad no. Estoy de vacaciones, vuelvo esta medianoche, ¿por qué asunto es?
_ Disculpe, pero no puedo adelantarle nada por el momento. Asuntos legales, usted comprenderá... Le diré a la escribana que se comunique con usted en la mañana, ¿le parece bien?
_ Claro, claro, no hay problema. De todos modos, si ella quisiera llamarme hoy al celular...
_No creo que ello sea posible, señora Rodríguez. La escribana prefiere tratar ciertos asuntos solo en persona o por teléfono de línea, pero le trasmitiré su mensaje. Buenas tardes.
Y cortó.



90
Viernes, 19.10.
Los vecinos de enfrente cruzan a despedirme, y aprovecho para sondear a Washington una última vez. 
_ Che, primo… ¿Vos estás seguro de que no sabés nada más que lo que me contaste?
Él carraspea, un poco nervioso. Su mujer toma la palabra y me mira a los ojos antes de hablarme con la enorme dulzura que la caracteriza:
_ Él te dijo todo lo que sabe, creeme. Yo pasé una vez con él por Osvaldo Cruz, y me contó la historia. Si tuviera otro dato para aportar le diría que te lo diga, pero es solo eso: una historia del pasado que se desfleca y se pierde en el tiempo. Yo no creo que nunca llegues vos o llegue nadie a solucionar el misterio. 
Y se fueron. Acababan de merendar con el hijo menor y estaban deseando darse una ducha y descansar mirando el mar a lo lejos, hasta que la luz del atardecer terminara por borrar la línea del horizonte.




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Viernes, 19.45.
Mi pasaje de las 19.30 era para el coche 3 de Rutas del Sol. Llegamos a la terminal temprano, Matilde y yo: el coche ya estaba ahí. Estaba por subirme cuando una chica se nos acercó pidiendo que le cambiara el pasaje por uno para el coche 2, así ella no viajaba sin sus amigos, y accedí. El 3 se fue puntualmente 19.30 y yo aquí estoy, quince minutos después en un sitio vacío, esperando. 
Soy la única pasajera que espera. 
Miro a lo lejos: no se ve nada; no hay nube de polvo rojizo que indique la venida del coche 2, que a esta hora empiezo a sospechar si será solo un producto de mi imaginación o una buena falsificación de pasaje.



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Viernes, 20.01. 
Parte al fin raudo y veloz el coche 2, con solo 31 minutos de retraso, y el hecho de que el asiento 33 esté roto y su respaldo no se pueda graduar no es más que el corolario dorado de una decisión equivocada. ¡Perdóname, coche 3, he sido una tonta! Nunca debí abandonarte, ahora lo comprendo, aunque bien sé que es demasiado tarde. 
¿Ya les conté que en el asiento de atrás viene gritando una nenita de unos dos años? Y eso no es todo: a mi derecha tengo otra niña, esta vez mayorcita, que viaja en silencio pero cada vez que se acomoda en su asiento me pega sin querer una patada.
I ❤ Rutas del Sol.
Este va a ser un largo viaje.



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Viernes, 21.04.
Nueve de la noche en el benemérito coche 2: tiempo de pasar en limpio lo que tengo hasta ahora, más allá de la historia en sí, que la mayoría de ustedes me ha oído contar más de una vez. 
* El dueño de esa época se llamaba Cosme y murió en 2014, según parece. 
* De Rosario nunca más nadie supo nada: no fue a Buenos Aires, nadie recuerda si llegó a parir, nada.
* Washington sabe muchas cosas y me dijo algunas, pero creo que se guarda otras. Lo que me aportó el día de la moqueca es que la tal Rosario venía del Norte del país y no tenía familia conocida en la capital. Además me dijo que la pobre era muy bondadosa pero medio crédula, por lo que podría haber resultado fácil de engañar, y que el sobrino Alberto murió, pero hay una hija que quizá recuerde la historia y pueda aportar algo interesante.
* El de la amenaza a través del facebook del héroe del idioma (Roberto) y el del mensaje para que me deje de investigar deben haber sido gurises paveando, porque no volvieron a aparecer. 
* La escribana Pittaluga me va a llamar mañana o pasado.
* Mr. Blue Eyes resultó ser simplemente un cuarentón baboso y desubicado en busca de veinteañeras trofeo. Tenía que decirlo.
* Odio al coche 2 de Rutas del Sol. También tenía que decirlo. 
* La foto de esta publicación no tiene nada que ver con el post, pero es linda. 
Fin del resumen.



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Viernes, 21.15.
Tengo hambre. Con las vueltas por La Coronilla y esto de cambiar el pasaje para otro coche olvidé que iba a comprar algo en la terminal para las cuatro horas del viaje. Tengo hambre, y lo más parecido a comida que llevo encima es un pote de crema de coca con clavo de olor para la tendinitis. Trataré de no hincarle el diente, pero no prometo nada. 



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Viernes, 22.03.
He venido editando fotos y navegando en internet la mitad del viaje, ya me va quedando poca batería. Hace un rato logré, finalmente, dar unas cabezadas, aunque no llegué a dormir más que un par de minutos, durante los cuales soñé que cuando compraba el rancho de Valizas resultaba que había un sótano oculto debajo de la cocina, que tenía un gliptodonte enterrado.  
No, mentira. 
No he podido dormir ni un segundo, todavía. Afuera está muy oscuro y no llego a leer por qué kilómetro vamos. Por lo menos la nena de atrás ha dejado de llorar. El asiento va todo el tiempo inclinado al máximo y saltando con cada movimiento del ómnibus. Esto no va a ser bueno para mi columna, para mi tendinitis ni para mi vista, cansada de ver una pantalla luminosa y movediza en medio de la oscuridad. 
Sigo tratando de descansar mientras controlo el nivel de la batería: aún me queda 29 %.



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Viernes, 22.09.
Siento la vibración y atiendo de primera, aunque es un número que no conozco. Sé que la nena del asiento de al lado duerme profundamente, pero de todos modos hablo en voz muy baja. Al parecer medio mundo va durmiendo en este coche.
_ ¿Hola?
_ ¿Hablo con Mariela? Ah, qué tal… mi nombre es Sofía. Sofía Pittaluga.
Tu tuuu…



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Viernes, 22.10. 
_ ¿Señora Mariela? Soy yo de nuevo. Creo que la comunicación anterior se cortó…
_ Eh… Ah. Sí, debe haberse cortado sola. Las líneas andan cada vez peor, y en este momento voy en viaje. ¿Cómo está?




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Viernes, 22.35.
Atendé, Matilde, te lo pido por favor, atendé… 
Pero no. "El teléfono con el que usted trata de comunicarse está apagado o fuera del área de cobertura". Y ahora qué hago con lo que acaba de decirme la escribana. Demasiado tarde para llamar a nadie, demasiada poca batería para dar explicaciones, demasiado todo para que no me explote la cabeza en el medio del bendito coche 2 de Rutas del Sol, la puta que lo parió y no me importa nada que Faustina vaya a leer lo que escribo porque ya está bloqueada por culpa de su puta madre. Mierda.  



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Viernes, 23.50.
Bajo en la terminal y me zambullo en el primer cargador de celular que veo libre en la pared, junto a la puerta del medio. El iphone titila unos segundos y al final se prende. Sé que es muy tarde para comunicarse con una casa de familia pero mi amiga Matilde está en Punta del Diablo, y en Punta del Diablo los horarios no existen. Llamo. Suena dos, tres, cinco veces, hasta que me da con el mismo mensaje de hace una hora. No puedo comunicarme. Voy a tener que definir esto sola, aunque no tenga ni la más remota idea de qué debo ni (mucho menos) qué quiero hacer.



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Sábado, 1.20.
Entro a mi casa precedida por una masa de pelos grises y maullidos; tiro mochila y morral en el primer sillón que veo y me desmorono en el segundo. La gata se instala junto a mi oreja y comienza a exigirme cuentas por el atún adeudado de los últimos cuatro días. Mientras preparo el café de la madrugada comienzo a pensar que voy a tener que tomar una montaña de decisiones en las próximas horas, y no me vendría mal una buena noche de sueño, para empezar. Pongo un platito con comida en el fondo, dejo a la gata entretenida, cierro puertas y ventanas y llego casi de arrastro hasta mi cama. 
Por esta noche no quiero soñar con pesadillas ni recibir señales, solo espero poder dormir profundo y despertar por la mañana con la cabeza despejada, sin necesidad de poner la alarma. 
Las palabras de la escribana continúan resonando en mis oídos.
_ Mire, Mariela, como no podía esperar que llegara a su casa, se lo voy a decir sin rodeos, usted lo piensa y mañana me contesta, ¿le parece? La familia que compró la casa de sus abuelos ha decidido hacer unos arreglos en lo que antes era la cocina. Parece que cuando comenzaron a sacar el viejo piso ha aparecido una cavidad un tanto extraña en una de las esquinas de la habitación… Piensan que tal vez puede ser el famoso sótano del que su familia siempre ha hablado, pero sus creencias religiosas les impiden continuar investigando. “Profanación”, creo que fue la palabra que usó el dueño de casa cuando me llamó. En todo caso, dado que usted ha manifestado cierto interés por la propiedad, ellos se han contactado con mi secretaria para ofrecerle a través de nuestra oficina, con todas las garantías de la ley, la posibilidad de continuar con la excavación. Esto no contará como un pecado para la familia de los actuales moradores, dado que usted cargará con todo el peso moral de dicha decisión, si decide tomarla. Ah, otra cosita: en caso de decidir que sí quiere continuar, también cargará con el costo de todo el reciclaje de la casa. El actual dueño dice que sus abuelos se la vendieron en muy malas condiciones, el costo de las reparaciones puede llegar a ser alto e incluso se llegó a utilizar la palabra “estafa”. ¿Me cuentan que usted estaba por comprarse un rancho en Valizas? Como sea, el dueño actual me pide que le comunique que le da 24 horas para decidirse. Si para el mediodía del sábado no tiene una respuesta de su parte él va a tirar una colada de cemento en el piso de la habitación y considerará que este tema se ha cerrado para siempre. ¿Cómo dice? ¿Qué eso es menos de 24 horas? Bueno, digamos 12. Usted vea; por favor llámeme cuando sepa qué ha decidido. Buenas noches.
Y cortó. 
Dormir, dormir, dormir. Tengo que poder lograr un poco de silencio en mi cerebro. 
Esta noche es eterna. No doy más. 
Dejo esta crónica por acá. Sean felices y no maten a nadie, o al menos si lo hacen no dejen a la víctima en un sótano, ¿quieren? Que las víctimas no siempre se resignan, y a veces continúan hablando de maneras insospechadas.