Nos miramos.
Somos solo él y yo, al menos hasta que cierro la puerta del baño y Roldana se cuela a último momento. Él intenta esconderse detrás de la cortina apelando a mi habitual simpatía por los más débiles, aunque no me engaña. Ya no. La batalla es ardua y me exige llevar mi menguada capacidad visual hasta límites absurdos pero al final lo logro y dejo sus restos estampados contra una de las baldosas de la pared.
Tal vez debería sentirme culpable, pero no: salgo del baño charlando con Roldana como si nada. Ambas vamos sonriendo.
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